CRÓNICAS
DEL CONSULADO
Segunda
Parte |
|
Una
mirada a la historia
verdadera del Emperador
Napoleón I, de
su obra y de su legado
| NAPOLEÓN,
UN CONSTRUCTOR PRENDADO
DE LA PAZ |
 |
Al
pacificador
del
mundo
«
Se priva
por
nosotros
del
reposo
que
nos
da
»;
dibujo
a la
pluma
de Lecointe. |
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|
| |
«
La
paz
es
la
primera
de
las
necesidades
y
la
primera
de
las
glorias
». |
Napoleón.
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Así
se expresa Bonaparte
desde su accesión
al poder en una carta
dirigida al Rey de Inglaterra
Jorge III. Esta noble
máxima constituye
la quintaesencia de
toda la política
de Napoleón.
Al tanto que le ha elevado
al rango del más
grande capitán
de todos los tiempos,
la fatalidad de la guerra
ha eclipsado su genio
creador pacífico,
prioridad del personaje.
Estereotipos caricaturales
han enturbiado su imagen,
comenzando por su personalidad.
UNA
NATURALEZA FUNDAMENTALMENTE
PACÍFICA
 |
| El
rey
Jorge
III
de
Inglaterra |
|
|
No
se puede contestar
el carácter
abrupto y entero
de Napoleón.
Ignora la demagogia,
la forma más
despreciable
del desprecio,
de la que saca
provecho todo
político
que se respete.
Confrontado
a la duplicidad
que le desazona,
no siempre domina
su impulsividad
natural. A ella
es a la que
debe implacables
enemistades
que le costaron
muy caro, especialmente
de parte de
grandes jerarcas
como Talleyrand
y Fouché.
La cólera
le hace tomar
decisiones desafortunadas,
entre las cuales
su funesta elección
en la cuestión
de España.
Pero hay que
precisar que
sus arrebatos
públicos
a veces están
calculados para
obtener un efecto
político.
Esto dicho,
contrariamente
a las apariencias,
Napoleón
es un hombre
de alma sensible,
opuestamente
al «ogro
corso»,
imagen de propaganda
falaz, en añadidura
manchada de
delito de facies.*
Escuchemos esta
confidencia
hecha a Roederer:
« Hay
en mí
dos hombres
distintos: el
hombre de la
cabeza y el
hombre del corazón.
En mi interior,
soy el hombre
del corazón
».
No se le otorga
la importancia
que merecen
a los numerosos
testimonios,
oficiales o
privados, de
este aspecto
de la personalidad
de Napoleón
Bonaparte.
Napoleón
quedó
traumatizado
de por vida
por las atrocidades
de la Revolución,
en especial
la insostenible
masacre de los
guardias suizos
en las Tullerías
de la que fue
testigo el 10
de agosto de
1792. Contrajo
ese día
una alergia
feroz a toda
forma de violencia
popular descontrolada
y a todo sistema
de gobierno
extremista.
|
Conocemos
muchos otros ejemplos
de su sensibilidad de
alma. Nunca dejará
de mostrar un asco no
fingido ante el espectáculo
insostenible de los
campos de batalla tras
el combate. En Austerlitz,
expresará el
profundo sufrimiento
que siente por la muerte
de tantos humildes soldados,
indiferentemente franceses
o enemigos. «
Ojalá
que tanta desdicha recaiga
por fin sobre los pérfidos
insulares que son causa
de ella ».
Su
horror de la guerra
le hizo cometer al menos
en tres ocasiones una
misma falta estratégica
grave. En Wagram, en
la Moskova, y después
de Bautzen, a pesar
de las reprobaciones
de sus mariscales, renuncia
a la persecución
del vencido para detener
la efusión de
sangre. « ¡Basta
ya de sangre vertida!
» exclama
después de Wagram.
En esas tres circunstancias,
contravino deliberadamente
a su inmutable objetivo
de guerra que consistía
en destruir el ejército
del enemigo para disuadirlo
de recomenzar la guerra.
Al visitar el campo
de la espantosa carnicería
de Eylau que no pudo
evitar, las lágrimas
que corren sobre sus
mejillas no pasan desapercibidas
por el general Billon,
testigo que le oye decir:
« ¡Qué
masacre!¿Y para
qué resultado?
Espectáculo
bien hecho para inspirar
a los príncipes
el amor de la paz y
el horror de la guerra
(…) Un
padre que pierde a sus
hijos no saborea ningún
encanto de la victoria.
Cuando el corazón
habla, la gloria misma
no tiene ya ilusiones…
».
Frecuente en su boca
para designar a sus
intrépidos
grognards, la expresión
« mis hijos »
contenía un auténtico
afecto que acentuaba
su legendario pellizco
de oreja. Podemos multiplicar
los ejemplos de este
orden…
Contamos con testimonios
conmovedores de su insondable
dolor por la pérdida
en el combate de sus
mejores compañeros,
tales como Desaix en
Marengo (1800), Lannes
en Essling (1809), o
Duroc en Markersdorf
(1813).
A su regreso de la isla
de Elba, se desmaya
de emoción al
recibir la noticia de
la muerte de Berthier,
su jefe de estado mayor
de siempre que sin embargo
le ha abandonado. Sufre
un suplicio al no volver
a encontrar a su hijo
de cuatro años,
el trágico Aguilucho,
que le han inhumanamente
arrebatado. Se esfuerza
en no dejar asomar nada,
pero Carnot le sorprende
en lágrimas ante
el retrato del niño.
Ni siquiera se le ocurre
tratar de intercambiarlo
por el duque de Angoulême
a quien tiene a su merced
en ese mismo momento
en el valle del Ródano.
Este procedimiento de
gangster repugna a su
moral.
El
crimen, inclusive
de Estado, siempre
repugnó
a Napoleón.
La abominable
acusación
de « asesinato
del duque de Enghien
» el 21
de marzo de 1804
es totalmente
infundada. Napoleón
ordenó
legítimamente
el arresto del
duque de Enghien
en virtud de las
pesadas sospechas
que gravaban sobre
él. |
Su
cargado pasado
de combatiente
contra el ejército
francés
en las filas
enemigas no
abogaba a su
favor. Su rapto
en Baden más
allá
de la frontera
es un reproche
irrisorio en
vista de la
gravedad del
asunto. Fue
ordenado en
virtud de un
legítimo
derecho de prosecución.
El duque fue
juzgado por
un tribunal
legal e independiente.
La condena a
la pena capital
fue decretada
unánimemente
y en virtud
de las leyes
en vigor, no
por su participación
no probada en
la conjura Cadoudal,
sino por otros
cinco motivos
más de
traición
y de confabulación
con el enemigo,
todos pasibles
de la pena de
muerte.
La
odiosa ejecución
expeditiva de
la sentencia
fue ordenada
por Savary,
y por nadie
más.
Sin deberse
en nada a la
voluntad de
Napoleón,
fue inspirada
por los regicidas
de su entorno
para impedirle
definitivamente
ceder a una
eventual tentación
de restaurar
la monarquía,
como lo había
hecho el general
Monk en Inglaterra
un siglo y medio
antes. Muy al
contrario, el
Primer Cónsul
hizo todo para
reservarse el
beneficio político
de un indulto
y lo habría
logrado sin
duda, de no
ser por el extraño
desfallecimiento
«dormitivo»
de su consejero
de Estado, Réal.
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Atentado
de
la
Calle
Saint-Nicaise,
el
24
de
diciembre
de
1800
Comanditado
por
los
realistas,
este
atentado
fallido
consistió
en
la
explosión
de
una
carreta
repleta
de
explosivos
colocada
en
la
ruta
de
Napoleón
a
la
ópera.
La
máquina
infernal
estalló
dos
minutos
después
del
paso
del
Primer
Cónsul,
hiriendo
y
matando
a
decenas
de
inocentes.
Entre
ellos,
una
niñita
hecha
pedazos
a
la
que
uno
de
los
terroristas
había
cobardemente
confiado
la
guardia
del
caballo
que
tiraba
del
vehículo.
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En
cambio, sobrevivió
a un número incalculable
de tentativas de asesinato,
fomentadas abiertamente
por el gabinete británico
o el conde de Artois,
futuro Carlos X. Acabará
sucumbiendo en Santa
Helena a un envenenamiento
por arsénico,
ahora científicamente
demostrado, perpetrado
por aquellos mismos
quienes le acusaban
del asesinato del duque
de Enghien.
Pero
él, el corso,
nunca cedió a
la tentación
de la vendetta.
Siempre rechazó
los múltiples
ofrecimientos de asesinos
a sueldo de deshacerse
sin estorbos de sus
enemigos mortales.
Ni siquiera se dejó
ir a medidas vindicativas
personales fáciles.
En Tilsit, por ejemplo,
se privó de pedir
al Zar Alejandro I,
quien nada podía
rehusarle entonces,
la cabeza de su más
implacable enemigo personal,
el corso Carlos Pozzo
di Borgo, intrigante
enrabiado, que expelía
su odio hacia Napoleón
en la corte de San Petersburgo.
La
gran tolerancia
de Napoleón rayaba
a menudo en la debilidad.
Josefina abusó
de ella durante años.
Él perdonó
muchas malversaciones
a compañeros
en nombre de una antigua
amistad, Bourrienne
por ejemplo. Se negó
a hacer comparecer ante
la justicia por alta
traición a jerarcas
como el siniestro Talleyrand,
reputado « entregar
a todos los que lo habían
comprado »,
o aun al detestable
Fouché quien
dijo del primero, convertido
en vicecanciller, que
« era el único
vicio que le faltaba
». ¡Qué
pobre « embastillador
», este «
tirano »
de Napoleón!
¿Y qué
decir de su excesiva
paciencia ante la constante
deslealtad de ese felón
de Bernadotte quien
acabará por tomar
las armas contra Francia
con el ejército
sueco?
Llegó inclusive
a cometer infracciones
a la sacrosanta razón
de Estado. Así
es como, en dos ocasiones,
sucumbió ante
el dolor de dos mujeres
que imploraban a sus
pies el perdón
de sus maridos, Polignac
por el complot Cadoudal,
en 1804, y el príncipe
de Hatzfeld por felonía
en Berlín en
1806.
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 |
Clemencia
de
Napoléon
para
con
la
Señora
de
Hatzfeld
Grabado
de
Nicolas
André
Monsiau. |
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|
Tras
la intercepción
de una carta
dirigida
al príncipe
de Hohenlohe,
que contenía
informes
militares,
el príncipe
de Hatzfeld
es condenado
a muerte
por traición
y espionaje.
Al enterarse
de la terrible
noticia,
su esposa,
la princesa
de Hatzfeld,
en ese entonces
encinta
de ocho
meses, logra
llegar hasta
el gabinete
de Napoleón,
echándose
a sus pies
y afirmando
que su esposo
no está
implicado
en el complot
cuya responsabilidad
se le imputa.
El Emperador
le muestra
entonces
la carta
que le incrimina,
y cuyo contenido
es aplastador.
Reconociendo
la letra
de su marido,
la princesa
rompe en
llanto.
Conmovido
por su dolor,
Napoleón
le hace
entrega
del documento
y le pide
echarlo
al fuego,
de tal suerte
que no exista
prueba alguna
del crimen
y por ende
no se le
pueda castigar
por él..
Tenemos
un testimonio
de este
episodio
de la pluma
del mismo
Emperador,
en una carta
fechada
el 6 de
noviembre
de 1806,
y dirigida
a la emperatriz
Josefina:
«
(...) Por
lo demás
verás
que fui
muy bueno
para una
que se mostró
sensible
y buena,
la Señora
de Hatzfeld.
Cuando le
mostré
la carta
de su marido,
me dijo
sollozando,
con una
profunda
sensibilidad
y cándidamente:
“Ah!
sí
es su escritura”.
Mientras
leía,
su acento
llegaba
al alma.
Me dio lástima;
le dije:
“Pues
bien Señora,
echad esta
carta al
fuego, ya
no seré
lo suficientemente
poderoso
para hacer
castigar
vuestro
marido”.
Quemó
la carta,
y me pareció
bien feliz.
Su marido
está
desde entonces
muy tranquilo.
Dos horas
más
tarde, y
estaba perdido.
Ya ves que
me gustan
las mujeres
buenas,
inocentes
y dulces;
pero es
que sólo
ellas se
parecen
a ti ». |
|
Contrariamente
a las apariencias y
sobre todo a la desinfrmación
histórica habitual,
la moderación
política
fue una constante del
comportamiento de Napoleón.
Ya durante la campaña
de Italia, refrenó
el extremismo del Directorio,
decidido a liquidar
a los Habsburgo y al
papado. En Campo-Formio,
dejó a la corte
de Viena una sabia puerta
de salida, mientras
se mostraba considerado
con el Papa en sus Estados
de Italia central.
A su accesión
al Consulado, su primera
preocupación
fue evitar todo exceso
institucional. Es bien
conocido su famoso lema
« Ni
tacones rojos, ni gorros
rojos ».
No fue el hombre de
la ruptura histórica.
El se quería
el continuador de la
Francia de siempre.
El Imperio fue una síntesis
de la idea republicana
de la Revolución
y de la milenaria herencia
monárquica del
Antiguo Régimen.
Y es sorprendente constatar
hoy el carácter
un tanto monárquico
e imperial de la Va
República.
Para
evitar revoluciones
sangrientas, Napoleón
no buscó
nunca sublevar a los
pueblos contra
sus déspotas,
procedimiento que éstos
últimos intentaron
en vano contra él.
Aun cuando ocupase su
capital, no emprendió
nunca – con la
excepción justificada
de los Borbones de Nápoles
– derrocar sus
viejas monarquías
absolutas. El estado
de servidumbre, es decir
de semiesclavitud, al
que la arrogante aristocracia
de San Petersburgo sometía
al campesinado ruso,
hubiera no obstante
justificado una campaña
de liberación
social.
Podemos afirmar que
la causa primera de
la caída final
de Napoleón se
debe sin duda a su excesiva
benevolencia para con
las dinastías
reinantes. De hecho
se roía los puños
por ello en Santa Helena:
«
Aunque en nombre de
los soberanos se me
haya proclamado «
moderno Atila »,
« Robespierre
a caballo », todos
saben mejor en el fondo
de su corazón
que ellos descienden
de él. ¡Si
yo lo hubiera sido,
tal vez reinaría
aún, pero ellos,
bien seguramente y desde
hace mucho, no reinarían
más! ».
En
todas las guerras que
le fueron impuestas,
Napoleón dio
muestra de una moderación
que tendríamos
derecho de reprocharle.
Más de una vez
sucedió que no
acabase una victoria,
con tal de detener la
efusión de sangre,
creyendo cándidamente
que el enemigo le estaría
agradecido por su clemencia.
Así sucedió
por ejemplo en Austerlitz,
Friedland, Wagram, la
Moskova, Bautzen. En
las negociaciones de
Tilsit después
de Friedland, no se
distinguía quien
hablaba como vencedor
y quien como vencido.
La suspensión
de armas acordada a
los coaligados tras
la victoria de Bautzen
fue un evidente pacto
leonino.
Por
horror de la violencia,
Napoleón abdicó
en dos ocasiones en
1814 y 1815 para preservar
de los horrores de la
guerra civil y extranjera
al pueblo que permanecía
fiel y ardientemente
decidido a continuar
la defensa del país.
¿Acaso
es este el retrato del
« ogro
sanguinario »
que una horrorosa propaganda
se ha dedicado tan afanosamente
a representar?
* En
lo que concierne a las
vejaciones y ataques
discriminatorios dirigidos
a Napoleón, recordemos
el comentario edificante
del diario inglés
The Morning Post,
que describía
a Napoleón como
« un ser imposible
de clasificar, medio
africano, medio europeo,
un mulato mediterráneo
».