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En mayo de 1802, Bernadotte, cuyo mando
se extendía a todos los departamentos
comprendidos entre la embocadura de la
Gironda y la del Sena, tenía bajo
sus órdenes a un ejército
de 80 000 hombres.
Si el general Bernadotte hubiese tenido
más carácter, el Primer
Cónsul hubiera tenido de qué
preocuparse de haberle dado un mando tan
importante; pues, puedo decirlo hoy, como
un hecho histórico, y sin perjudicar
a nadie, Bernadotte conspiró contra
el gobierno del que Bonaparte era jefe.
Los generales Bernadotte y Moreau, celosos
de la posición elevada del Primer
Cónsul, habían resuelto
derrocarle y ponerse a la cabeza del gobierno.
Para alcanzar ese objetivo, Bernadotte,
quien tenía un talento muy particular
para darse a querer por los oficiales
y los soldados, recorrió las provincias
de su mando, pasando la revista de los
cuerpos de tropas, y empleando todos los
medios para ganárselos más:
zalamerías de todos tipos, dinero,
peticiones y promesas de avance, todo
fue empleado con sus subalternos, mientras
en secreto denigraba frente a los jefes
al Primer Cónsul y a su gobierno.
Bernadotte tenía como jefe de estado
mayor a un general de brigada llamado
Simón, hombre capaz, pero sin firmeza.
Al ponerle su posición en condiciones
de corresponder diariamente con los jefes
de cuerpo, avisó de ello para hacer
de su oficina el centro de la conspiración.
Un jefe de batallón llamado Fourcart,
estaba entonces agregado al general Simón,
quien hizo de él su agente principal.
Fourcart, yendo de guarnición en
guarnición, bajo pretexto de servicio,
organizó una liga secreta, a la
cual entraron casi todos los coroneles,
así como cantidad de oficiales
superiores, a los que se excitaba contra
el Primer Cónsul.
Se convino que la guarnición de
Rennes, compuesta de muchos regimientos,
comenzaría el movimiento, que se
extendería como una rociada de
pólvora en todas las divisiones
del ejército; y como era preciso
que en esta guarnición hubiese
un cuerpo que se decidiera el primero,
para levantar a las demás, se hizo
ir a Rennes al 82º de línea,
comandado por el coronel Pinoteau, hombre
capaz, muy activo, muy bravo, pero un
poco exaltado de ideas, aunque pareciera
flemático. Era una de las criaturas
de Bernadotte y uno de los jefes más
ardientes de la conspiración.
Todo estaba listo para la explosión,
cuando Bernadotte, falto de resolución,
y queriendo sacar las castañas
del fuego con la pata del gato, persuadió
al general Simón y a los demás
conjurados principales de que era indispensable
que se encontrara en París en el
momento en que la deposición de
los cónsules fuera proclamada por
el ejército de Bretaña,
a fin de estar en condiciones de apoderarse
de inmediato de las riendas del gobierno,
de concierto con Moreau, con quien iba
a conferenciar acerca de tema tan grave.
La realidad era que Bernadotte no quería
verse comprometido si el asunto fallaba,
reservándose la oportunidad de
aprovechar de él en caso de éxito,
y el general Simón, así
como los otros conspiradores, fueron los
suficientemente ciegos para no ver esta
artimaña. Se convino entonces el
día de la protesta general, y el
que debía haberlo dirigido, puesto
que la había preparado, tuvo la
destreza de alejarse.
Antes de la salida de Bernadotte para
París, se redactó una proclama
dirigida al pueblo francés, así
como al ejército. Muchos miles
de ejemplares, preparados de antemano,
debían ser pegados en los muros
el día del evento. Un librero de
Rennes, iniciado por el general Simón
y por Fourcart al secreto de los conspiradores,
se encargó de imprimir esta proclama
él mismo. Era lo adecuado, para
que la publicación pudiera tener
lugar prontamente en Bretaña; pero
Bernadotte deseaba tener en parís
un gran número de ejemplares, que
era importante difundir en la capital
y enviar a todas las provincias, apenas
el ejército del Oeste se hubiera
rebelado contra el gobierno, y como se
temía ser descubierto dirigiéndose
a un impresor de París, he aquí
cómo hizo Bernadotte para tener
una gran cantidad de dichas proclamas
sin comprometerse. Dijo a mi hermano Adolphe,
su ayuda de campo, que acababa de hacer
nombrar lugarteniente en la región
del Loira, que le autorizaba a acompañarle
a la capital y que le instaba a hacer
llegar su caballo y su cabriolé,
dado que la estancia sería larga.
Mi hermano, encantado, llenó de
diversos efectos los cofres de dicho coche,
cuya conducción confía a
su doméstico, que debía
venir à por pequeñas jornadas
mientras que Adolphe se va por la diligencia.
Cuando mi hermano hubo partido, el general
Simón y el comandante Fourcart,
retardando bajo algún pretexto
la salida del doméstico, abren
las puertas del cabriolé, del cual
retiran los efectos, que reemplazan por
paquetes de proclamas; luego, habiendo
vuelto a cerrar todo, ponen en camino
al pobre Joseph, que no se imaginaba lo
que llevaba con él.
Sin embargo, la policía del primer
Cónsul, que comenzaba a organizarse
bien, se había enterado de que
se tramaba algo en el ejército
de Bretaña, pero sin saber precisamente
lo que se meditaba, ni quiénes
eran los instigadores. El ministro de
la policía creyó deber prevenir
del hecho al prefecto de Rennes, que era
el Sr. Mounier, célebre orador
de la Asamblea constituyente. Por un azar
muy extraordinario, el prefecto recibió
el despacho el día mismo en que
la conspiración debía estallar
en Rennes durante el desfile, al medio
día, ¡y ya eran las once
y media!…
El Sr. Mounier, a quien el ministro no
daba ningún informe positivo, creyó
que no podía hacer nada mejor para
obtenerlos que dirigirse al jefe de estado-mayor,
en ausencia del general en jefe. Así
pues manda rogar al general Simón
que pase a su hotel y le muestra el despacho
ministerial. El general Simón,
creyendo entonces que todo está
descubierto, pierde la cabeza como un
niño, y responde al prefecto que
existe en efecto una vasta conspiración
en el ejército, que desafortunadamente
ha tomado parte en ella, pero que se arrepiente
de ello; ¡y helo aquí que
revela todo el plan de los conjurados,
a cuyos jefes nombra, añadiendo
que en unos instantes, las tropas reunidas
en la plaza de armas van, a la señal
dada por el coronel Pinoteau, a proclamar
la deposición del gobierno consular!…
Juzguen la sorpresa del Sr. Mounier, que
se encontraba por cierto muy azorado en
presencia del general culpable quien,
primero turbado, podía volver a
sí, y recordar que tenía
80 000 hombres bajo sus órdenes,
de los cuales de 8 a 10 000 se reunían
en el momento mismos, ¡no lejos
de la prefectura!… La posición
del Sr. Mounier era de lo más crítica;
se las arregló como el hombre hábil
que era.
Al general de gendarmería Virion
le había sido encomendado por el
gobierno formar en Rennes un cuerpo de
gendarmería a pie, para cuya composición
cada regimiento del ejército había
provisto algunos granaderos. Esos militares,
no teniendo ninguna homogeneidad entre
ellos, escapaban por consiguiente a la
influencia de los coroneles del ejército
de línea y no conocían más
que las órdenes de sus nuevos jefes
de la gendarmería, quienes ellos
mismos, según los reglamentos,
obedecían al prefecto. El Sr. Mounier
manda entonces de inmediato al general
Virion, haciéndole decir que llevase
a todos los gendarmes. Sin embargo, temiendo
que el general Simón se echara
para atrás y se escapase para ir
a ponerse a la cabeza de las tropas, lo
amansa por medio de lindas palabras, asegurándole
que su arrepentimiento y sus confesiones
atenuarán su falta a ojos del Primer
Cónsul, y lo insta a entregar su
espada y dirigirse a la torre Labat, donde
van a conducirle los gendarmes a pie que
en ese momento ingresaban en el patio.
He aquí al primer motor de la revuelta
estaba en prisión.
Mientras esto sucedía en la prefectura,
las tropas de línea, reunidas en
la plaza de Armas, esperaban la hora del
desfile que debía ser la de la
revuelta. Todos los coroneles formaban
parte del secreto y habían prometido
su concurso, exceptuando al del 79º,
el Sr. Godard, a quien se esperaba ver
seguir el movimiento.
¡De qué dependen los destinos
de los imperios!… El coronel Pinoteau,
hombre firme y determinado, debía
dar la señal, que su regimiento,
el 82º, ya formado en línea
de combate en la plaza, esperaba con impaciencia;
pero Pinoteau, de concierto con Fourcart,
había empleado toda la mañana
preparando envíos de proclamas,
y en su preocupación, había
olvidado rasurarse.
Suena el medio día. El coronel
Pinoteau, listo para dirigirse al desfile,
se da cuenta que su barba no está
rasurada y se apresura a cortarla. ¡Pero
mientras procede a esta operación,
el general Virion, escoltado por un gran
número de oficiales de gendarmería,
entra precipitadamente en su recámara,
hace confiscar su espada, y declarándole
que es prisionero, lo hace llevar a la
torre, donde ya se encontraba el general
Simón!… Unos minutos de retraso,
y el coronel Pinoteau, hallándose
a la cabeza de 10 000 hombres, no se hubiera
dejado intimidar por la captura del general
Simón y ciertamente hubiera llevado
a cabo sus proyectos de revuelta contra
el gobierno consular; pero, sorprendido
por el general Virion, ¿qué
podía hacer? Tuvo que ceder ante
la fuerza.
Hecho este segundo arresto, el general
Virion y el prefecto envían a la
plaza de Armas a un ayudante de campo
encargado de decir al coronel Godard,
del 79º, que tienen que transmitirle
de inmediato una comunicación de
parte del primer Cónsul, y, apenas
ha llegado donde ellos, le ponen al tanto
del descubrimiento de la conspiración,
así como de la detención
del general Simón, del coronel
Pinoteau, y le instan a unirse a ellos
para comprimir la rebelión. El
coronel Godard se compromete a hacerlo,
regresa a la plaza de Armas sin informar
a nadie lo que le acaba de ser comunicado,
ordena por el flanco derecho a su regimiento,
al que conduce hacia la torre Labat, donde
se reúne a los batallones de gendarmes
que la guardaban. Ahí encuentra
igualmente al general Virion y al prefecto,
que hacen distribuir cartuchos a esas
tropas fieles, y se espera los eventos.
No obstante, los oficiales de los regimientos
que se encuentran estacionados en la plaza
de Armas, sorprendidos por la partida
súbita del 79o, y no concibiendo
el retraso del coronel Pinoteau, mandaron
a buscarlo en su casa y se enteraron de
que acababa de ser conducido a la torre.
Fueron informados al mismo tiempo del
arresto del general Simón. ¡La
emoción fue grande!…
Desde las primeras confesiones del general
Simón, y si bien la victoria no
estuviese aún asegurada, el Sr.
Mounier había expeditado una estafeta
al gobierno, y el Primer Cónsul
ordenó visitar a todos los viajeros
que venían de Bretaña.
Mientras todo eso pasaba, el buen José
llegaba tranquilamente a Versalles en
el cabriolé de mi hermano, y grande
fue su sorpresa cuando fue sujetado por
gendarmes, que, a pesar de sus protestas,
le llevaron al ministerio de la policía.
Ya se imaginarán que al enterarse
de que el coche conducido por este hombre
pertenecía a uno de los ayudas
de campo de Bernadotte, el ministro Fouché
hizo abrir los cofres del vehículo,
hallándolos llenos de proclamas
por medio de las cuales Bernadotte y Moreau,
después de haber hablado del Primer
Cónsul en términos muy violentos,
anunciaban su caída y el advenimiento
de ellos al poder. Bonaparte, furioso
contra estos dos generales, los mandó
llevar ante él. Moreau le dijo
que al no tener ninguna autoridad sobre
el ejército del Oeste, declinaba
toda responsabilidad sobre la conducta
de los regimientos de los que estaba compuesta.
¡Las proclamas de los rebeldes llevaban
la firma de Bernadotte, y se acababa de
decomisar más de mil ejemplares
en el cabriolé de su ayudante de
campo!… El Primer Cónsul
pensaba que pruebas tan evidentes iban
a aterrar y a confundir a Bernadotte;
pero este jugó la carta de la sorpresa,
de la indignación: “¡No
sabía nada, absolutamente nada!
¡El general Simón era un
miserable, así como Pinoteau! ¡Desafiaba
que se le pudiera mostrar el original
de la proclama firmada de su mano! ¡¿Era
acaso su culpa si unos extravagantes habían
hecho imprimir su nombre al calce de una
proclama que con todas las fuerzas de
su alma él no reconocía,
así como tampoco a los culpables
autores de todas esas andanzas, cuya punición
él era el primero en demandar?!”
El Primer Cónsul, aunque convencido
de la culpabilidad de Bernadotte, no juzgó
que fuera posible motivar un acto de acusación
contra un general en jefe cuyo nombre
era my popular en el país y en
el ejército; pero no se tuvo tantos
miramientos con mi hermano Adolphe. Una
bella noche, llegaron a arrestarlo donde
mi madre, y eso en un momento en que la
pobre mujer estaba ya agobiada de dolor.
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