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Buches
monstruosos
en el festín
de una nueva
coalición
El
rey Jorge III,
la reina y el
príncipe
de Gales en
una crítica
de la gula y
codicie insaciables
de la familia
real de Inglaterra.
Acuatinta coloreada
a mano de James
Gillray (1757
- 1815). |
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« Inglaterra
trafica todo
», decía, con amarga bonhomía
el augusto prisionero de Lord Bathurst
y de Hudson Lowe; « ¿por
qué no se pone a vender libertad?
» Debe creerse que esa mercadería
le faltaba, y que le faltará
Siempre.
¿Qué
es lo que no se ha dicho de la libertad
inglesa? Otro lugar común, eminentemente
clásico. ¿Y cuál
es la nación más esclava
de sus prejuicios religiosos o políticos,
de sus instituciones, de su fariseísmo
diabólico, de su orgullo insoportable
e impío? Lo mismo da hablar de
la libertad de Cartago, donde se crucificaba
a los leones, es decir, a los ciudadanos
que despreciaban el comercio, o de la
libertad de Roma, donde los deudores
insolventes pasaban, por fuerza de las
leyes, a ser esclavos de sus acreedores.
La hipocresía romana, que sólo
ha sido aventajada por la hipocresía
británica, había construido
un templo de la Libertad sobre el monte
Aventino. Allí se depositaban
los archivos del Estado. La Diosa estaba
representada como una mujer vestida
de blanco, símbolo de la inocencia,
teniendo a sus pies un gato, animal
díscolo por excelencia. Inglaterra
ha reemplazado ese pérfido felino
por un leopardo, y en esto radica la
diferencia.
Al gobierno
de los intereses dinásticos,
dominante preocupación de los
reyes de Francia, y sobre todo de Luis
XIV, predecesor molecular de Napoleón,
se opone en esta nación -tan
moderna por la bajeza de sus codicias
como antigua por su dureza para con
los débiles el gobierno exclusivo
de intereses mercantiles. Porque tal
es la vergüenza y la tarea indeleble
de Inglaterra. Es una usurera cartaginesa,
un mercader con traje de etiqueta, a
la que su aislamiento insular le permite,
decía Montesquieu, “insultar
en todas partes” y robar impunemente.
La famosa rivalidad tradicional no es
otra cosa que el antagonismo secular
de un pueblo noble y otro innoble, el
odio de una nación avariciosa
hacia una nación generosa.
“La
idea de destruir a Inglaterra -hace
notar Sorel (1)-,
era en Francia una idea corriente a
fines del antiguo régimen; se
la juzgaba simple y natural, y se la
discutía seriamente. Los archivos
están llenos de proyectos de
invasión”.
Napoleón pensaba y decía
que la naturaleza ha hecho de Gran Bretaña,
una de nuestras islas. En Boulogne,
sin duda, él la veía recortada
en una cuarentena de departamentos franceses,
con una autonomía eventual para
Irlanda y tal vez para Escocia. Su plan
de invasión estuvo muy cerca
de realizarse, y Gran Bretaña,
presa de miedo cerval, convertida en
pródiga por arte mágica,
apresuróse a echarle a sus espaldas
los ejércitos de Austria y de
Rusia.
Porque
la vieja bribona, Old England,
a falta del joven imperio que no podía
ponerse a sus plantas, estaba obligada
a ofrecerse, mediante oro, apoyos o
sostenes más maduros, que no
estuvieron muy lejos de arruinarla.
No se habló más que de
dinero, Europa se transformó
en un mercado de sangre humana, en el
que la Compradora fue a menudo engañada
sobre la calidad de los glóbulos
o la cantidad de la efusión.
La engañosa paz de Amiens no
había sido más que una
tregua de quince meses, una huelga no
habitual del homicidio. Los negocios
interrumpidos prosiguieron su curso,
e Inglaterra fue más esclava
que nunca de su caja registradora.
Como
he intentado demostrarlo en otro lugar,
la abyección comercial es indecible.
Es el grado más bajo y, en los
tiempos caballerescos, aun en Inglaterra
el mercantilismo deshonraba. ¿Qué
pensar de todo un pueblo que no vive,
no respira, no trabaja, no procrea,
sin ese objeto; mientras otros pueblos,
millones de seres humanos, sufren y
mueren por grandes cosas?
Durante diez años, de 1803 a
1813, los ingleses pagaron para que
les fuera posible traficar en seguridad
en su isla, para que fuera estrangulada
Francia, que obstaculizaba su vileza,
la Francia de Napoleón que ellos
nunca habían visto tan inmensa,
y que los colmaba de inquietudes.
“Quinientos
años de rivalidad han hecho personal
a cada individuo la emulación
que aguijonea a los dos pueblos... Francia
está en la posición de
la antigua Roma respecto de Cartago
entre la segunda y tercera guerra púnica...
“Inglaterra es la enemiga natural
de Francia; es una enemiga ávida,
ambiciosa, injusta y de mala fe. El
objeto invariable y querido de su política
es, si no la destrucción de Francia,
al menos su humillación, su envilecimiento
y su ruina... Esta razón de Estado
la lleva siempre sobre toda otra consideración,
y cuando ella habla, todos los medios
son justos, legítimos y hasta
necesarios, con tal que ellos sean eficaces”.
Justa quibus necessaria. Así
se expresaban publicistas anteriores
a la Revolución.
Pero
Inglaterra no era solamente el enemigo
natural de Francia. Era su enemigo sobrenatural.
Hacía cerca de tres siglos -antes
que, bajo las faldas de la odiosa Isabel,
se desencadenasen los demonios impuros
del mercantilismo protestante- el padre
de esta yegua coronada, el
polígamo Enrique VIII, no había
tenido más que hacer un ademán
para que toda Inglaterra, otrora llamada
la Isla de los Santos, renegara de la
Iglesia. Bochorno mayor e inicial de
ese reino consagrado a Satán
por un amo amasado en lodo, impaciente
de una autoridad religiosa que se oponía
a sus lascivias. Instantáneamente
la libre Inglaterra apostató,
y tanto más gustosamente, cuanto
el rey concedía con munificencia
los bienes de los obispados y monasterios
a sus domésticos obedientes.
Hubo mártires, pero en número
reducido.
Esto, mientras Francia, convulsionada
de horror, luchaba furiosamente contra
la herejía, y se preparaba a
combatirla por espacio de cincuenta
años, por todos los medios, hasta
la abjuración de otro lascivo
obligado a aceptar la misa para reinar
sobre la progenie espiritual de San
Dionisio y de San Martín,
¡Entretanto
que Inglaterra lleva esta iniquidad
al Juicio universal, esperando también
las calamidades que pudieran ser su
consecuencia, muy cercana hoy, hubo,
en la época de Napoleón,
la grande angustia insular que hizo
correr a través de Europa, un
Danubio de sangre, y que tuvo sobre
todo el horror de una vaca a cuatro
pasos del Becerro de Oro, amotinando
un continente mercenario para la destrucción
o envilecimiento de la maravillosa nación
francesa! Las más sombrías
maquinaciones de la más audaz
política fueron sus prácticas,
y el propio temor de revo1ucionar a
todos los pueblos civilizados no la
detuvo. Basta recordar la incomparable
piratería del bombardeo de Copenhague,
al día siguiente de Tilsitt,
para volar la flota danesa que el gabinete
inglés suponía ganada
para la causa franco-rusa, sin que semejante
atentado fuera provocado por acto ninguno
de hostilidad.
“El
poder oculto y magnético de Inglaterra”.
¿Dónde, pues, he leído
esas palabras? ¿Cuál era
ese poder, y de dónde podía
venir a esta nación apóstata,
hacia la que se aguzaban como hacia
un polo, todas las conciencias fangosas
o perturbadas, tan pronto como la sortílega
cuchicheaba en el silencio de las cancillerías
europeas?
¡No parece que es como para inspirar
miedo, que el más grande de los
hombres fuese su víctima, que
el león del desierto que había
en él, pudiera ser fascinado
al fin, por esa serpiente de bajos fondos,
hasta precipitarse entre sus fauces
como en un refugio!
¡Es
abrumador decirse que el hombre de guerra
al que ningún otro puede compararse
haya sido vencido por un Wellington!
Verdad es que entonces sus lugartenientes
le obedecían mal o le traicionaban.
¡Pero, de todos modos, un Wellington,
es demasiado ignominioso! Todo lo que
podría decirse de ese inconcebible
general inglés, cuyo principal
mérito en España fue el
de un buen intendente de las vituallas,
y que hubiera sido irremediablemente
aplastado en Waterloo, si Napoleón
hubiera podido hacerse obedecer; todo
lo que la indignación o el sarcasmo
francés podría inspirar,
no iría más lejos, para
deshonrar a tal fantoche, que los consejos
satíricos dados a los “generales
en jefe”, por el autor inglés
de la encantadora obra: Advice to
the officers of the british army.
(2)
“Nada
es tan recomendable como la generosidad
hacia el enemigo. Seguirle apuntándole
con un arma después de la victoria,
sería sacar ventajas de su situación.
Basta con haberle probado que podéis
batirle cuando lo juzguéis conveniente...
Procederéis siempre abiertamente
y en buena fe, con amigos y enemigos.
Os cuidaréis de disimular o de
tender emboscadas. Nunca atacaréis
al enemigo durante la noche. Acordaos
de Héctor yendo a combatir a
Ajax: ¡Cielo, alúmbranos
y combate contra nosotros! Si el enemigo
se retira, dejadle sacar algunos días
de ventaja, a fin de mostrarle que siempre
podéis "sorprenderle cuando
os lo propongáis. ¿Quién
sabe si una actitud tan generosa no
lo impulsará a detenerse? Después
que él se ha detenido en un lugar
seguro, entonces podéis poneros
en su persecución, con todo vuestro
ejército... Nunca avancéis
un oficial inteligente; un rústico
compañero es todo lo que necesitáis
para la ejecución de vuestras
órdenes. Un oficial que sabe
una letra más de lo que exige
la rutina, debéis considerarlo
como vuestro enemigo personal, pues
podéis estar seguro de que se
ríe de vos y de vuestras maniobras”.
Es indiscutible
que Wellington, tan justamente admirado
por Inglaterra, ha seguido al pie de
la letra, en sus campañas de
la península y aún de
Bélgica, esos preciosos consejos.
Habíanle sido necesarios, en
España y en Portugal, para no
ser destruido veinte veces, la ausencia
capital de Napoleón y la anarquía
criminal de los generales que le reemplazaban.
Puede
tenerse la absoluta certeza de que hasta
la pérdida del Imperio fue menos
amarga a Napoleón, que esa suplantación
ridícula e ignominiosa. Lo que
prevalecía contra él,
el grandioso y magnánimo emperador
latino, era, en la persona del mediocre
Wellington, todo el comercio y toda
la banca de Londres. Esta era la horrible
hipocresía del protestantismo
parsimonioso y arrogante de los traficantes
en matanzas y en infamias. Era, en fin
y sobre todo, la sorprendente enmienda
del Dios de los ejércitos, arrepintiéndose,
como en el Diluvio, de haber hecho un
hombre tan grande y, por efecto de una
misericordia terrible, humillándole,
al fin, bajo los pies de un aborto de
la gloria!
Notas
del capítulo:
1) Albert
Sorel (1842-1906), historiador. León
Bloy leyó su obra mayor, “Europa
y la Revolución francesa”
(L’Europe et la Révolution
française), en ocho volúmenes
(1885-1904).
2) Advertencia a los oficiales del
ejército británico.
(N. del T.).