| Por
S.E. el Príncipe |
GABRIEL
DE BROGLIE
CANCILLER
DEL INSTITUTO DE
FRANCIA
Comendador
de la Legión de Honor, Caballero
de la Orden Nacional del Mérito,
Comendador de las Artes y las Letras,
Comendador de las Palmas Académicas |
Traducción
de Marta Gegúndez García,
presentada con su amable aprobación. |
Las
lenguas están en el mundo como el agua
en nuestro planeta, móvil pero activa,
informe pero elástica. Si se someten
a relaciones de fuerza, no son estas las que
rigen las relaciones entre los Estados. Así,
la globalización trae consigo un movimiento
general de las lenguas, con corrientes ocultas,
mareas, una deriva, pero sabemos poca cosa de
las leyes que, de existir, gobiernan el movimiento.
¿Está nuestro mundo en vías
de unificación lingüística
o, al contrario, de fragmentación o bien
de coagulación?
¿Queremos ejemplos de estas incertidumbres?
Las sociedades eruditas inglesas se preocupan:
al mismo tiempo que se extiende a la escala
del planeta, el inglés se latiniza y
pierde la riqueza de su vocabulario anglosajón.
En Brasil, un lingüista declaraba que una
de las consecuencias notables de la Internet
era permitir la salvaguardia de las lenguas
de todas las tribus de la Amazonia. En Europa,
en el momento en que la expansión se
presentaba como un incremento del poder, el
gobierno español pidió que se
reconozcan como lenguas oficiales de la Unión
cinco lenguas: el castellano, el catalán,
el valenciano, el vasco y el gallego. De igual
modo, la directiva Bolkestein, destinada a unificar
el mercado de servicios, acabaría en
realidad por aislarlo, manteniendo las prestaciones
bajo el régimen del país de origen,
incluso en materia de lengua.
En Francia, finalmente, donde somos tan celosos
de la difusión de nuestra lengua, ¿a
quién se le informó que la primera
escritora laureada con el Premio Holberg que
Noruega acaba de crear por imitación
del Premio Nobel, dotado con medio millón
de euros, era francesa, Julia Kristeva, por
Meurtre à Byzance (Asesinato
en Bizancio)?
Estas imágenes aproximativas muestran
que el movimiento de las lenguas reviste aún
un carácter misterioso que la lingüística
histórica no hace sino describir a
posteriori, pero que se antoja explorar
lanzando una mirada prospectiva y tomando en
consideración principalmente a la lengua
francesa.
La pregunta puede entonces plantearse así:
¿bajo cuáles condiciones puede
una lengua, la lengua francesa, proseguir su
desarrollo? De manera más general, ¿hay
leyes que rigen el movimiento de las lenguas
en el mundo?
Hay que buscar embriones de respuestas en tres
direcciones que tomaremos sucesivamente: considerando
la lengua como un instrumento de poder,
considerando la eficacia de una lengua,
y luego su difusión.
LAS LENGUAS
Y EL PODER
La historia
enseña como una ley muy general que
el desarrollo de una lengua va en función
del poder político, militar y
económico del pueblo que la habla. Las
grandes lenguas están ligadas a la suerte
de los imperios.
Sin remontarnos más atrás, el latín
borra al etrusco y suplanta al griego en el momento
en que Roma extiende su dominio por regiones cada
vez más vastas más allá del
Lacio. De manera inversa, el latín declina
con la caída del Imperio Romano, da vida
a las lenguas latinas y se une al griego entre
las lenguas muertas.
Siglos más tarde, tras una competencia
bastante áspera entre el español,
el italiano y el francés, este último
gana y se afirma como la lengua principal en Europa
en el momento en que Francia se impone como la
nación más poblada, el país
más centralizado, el reino más rico
y más prestigioso, con el ejército
más poderoso.
Se construye el francés clásico,
por cierto, a todo lo largo del siglo XVII, como
un instrumento para la gloria del rey de Francia.
La fundación de la Academia Francesa corona
las gestiones de los gramáticos y los juristas
al servicio del poder real. La dedicatoria del
primer diccionario de la Academia Francesa en
1694 no deja duda alguna a este respecto.
Fuera de Europa, la colonización contribuyó
a la expansión de las lenguas europeas.
El inglés se benefició de ello más
que el francés porque las colonias inglesas
fueron colonias de población transformadas
en nuevas Inglaterras, mientras que las nuevas
Francias, que eran igualmente importantes en América
del Norte, fueron barridas por el retroceso político
en el siglo XVIII. El siglo XIX le dio a Francia
un segundo imperio colonial cuyas zonas coloreadas
en rosa en el mapamundi marcan la extensión
actual de la lengua francesa en el mundo. La victoria
de 1918 y el lugar de Francia entre los vencedores
en 1945 permitieron mantener esa presencia lingüística,
como también fue el caso con el inglés,
el español y el portugués, a diferencia
del alemán, el italiano y el japonés.
¿Qué mejor ilustración del
vínculo histórico entre poder político
y lengua?
La situación actual de las lenguas
en el mundo se determina, aún más
profundamente, por fenómenos de poder.
Una superpotencia domina al mundo, militar, económica,
financiera y diplomáticamente. Su lengua
se impone en los asuntos multinacionales, los
transportes, los estados mayores, las finanzas,
la publicidad, las organizaciones internacionales
y la diplomacia. Esta lengua vehicula imágenes,
héroes, usos, en fin, un modo de pensar
que se extiende en todo el planeta. Ejercen un
dominio que es más fuerte que si fuera
político, porque es a la vez económico
y cultural, y conduce a lo que algunos denuncian
como un neocolonialismo.
Este dominio suscita muchas preguntas.
En primer lugar, es el resultado de una voluntad
política. Un dominio lingüístico
no se establece por sí solo, ni en función
de los datos concretos solamente. Todas las potencias
tienen una política lingüística
y las que lo reconocen menos abiertamente tienen
la más determinada. Sin ceder a una obsesión
antiestadounidense, hay que señalar que
los Estados Unidos de América tienen una
política lingüística muy decidida,
aplicada no solo por el poder federal, sino por
todas las principales agencias gubernamentales,
por las fundaciones y las universidades, por los
grandes negocios que siempre están vinculados
al poder.
En segundo lugar, las técnicas modernas
de comunicación, cine, medios masivos,
nuevas tecnologías, dan al imperialismo
lingüístico medios de propaganda,
de presión, de seducción nunca reunidos
en el pasado. De allí la idea que nos viene
del Imperio Romano, de una lingua franca
que se impondría de manera universal, para
el mayor beneficio y progreso de la humanidad.
Esta idea está tan bien presentada que
encuentra tantos partidarios entre los dominados
como entre los dominadores.
¿UNA
LENGUA UNIVERSAL?
La idea y, para
algunos, el sueño, ¿se están
realizando? No lo creo. No veo al mundo en vías
de unificación lingüística.
Pienso incluso que el concepto de una lengua universal
es una idea cientificista de fines del siglo XIX
superada hoy en día. Ninguna de las dieciséis
lenguas artificiales que se pretendieron universales
se ha implantado en un uso perceptible.
¿Está sustituyendo el angloamericano
a las lenguas artificiales en su ambición
de universalidad? Tampoco, y por varias razones.
Para empezar, la lengua de uso, o «dialecto
de transacción» como decía
Chateaubriand, que sirve para los turistas, los
comerciantes o los expertos durante sus contactos
internacionales, es una lengua pobre cuyo vocabulario
se cifra en doscientas o quinientas palabras,
y que no puede sustituirse a las lenguas completas
de las naciones ni dar todas las precisiones y
los matices de intercambio intelectual de diferentes
esferas lingüísticas. Más allá
de las simples convenciones utilitarias, la traducción
sigue siendo indispensable. Por otra parte, los
Estados Unidos de América mismos no están,
en su territorio, en vías de unificación
lingüística, y las lenguas minoritarias,
sobre todo el español, se están
desarrollando en él. Finalmente, las lenguas
de todas las grandes naciones están en
expansión numérica y ninguna da
signos de decadencia. La lengua más hablada
es el chino mandarín, por mil millones
de personas. Después viene el hindi, hablado
por cerca de 500 millones de personas. Todas las
grandes naciones muestran una gran solidez lingüística.
Alemania y España se dotaron de una legislación
lingüística. El Parlamento ruso estudia
un régimen inspirado en la Ley Toubon.
Japón preserva su lengua, al igual que
la nación árabe dispersada, cuya
lengua literaria es escuchada por trescientos
millones de personas.
Pero si el mundo no está en vías
de unificación lingüística,
es sobre todo gracias a la vitalidad de las grandes
lenguas internacionales, que son cuatro, el inglés,
el francés, el español, el portugués,
a los cuales se unirán quizás el
ruso y el chino. Para acceder a ese rango, estas
lenguas deben presentar características
que les permitan conservar su vocación
de comunicación mundial: lengua hablada
por una población suficientemente numerosa,
apego de los hablantes a su lengua, vocabulario
y neología vivos que permitan designar
todas las nociones y realidades nuevas a medida
que aparezcan, lengua de intercambio para una
proporción suficiente de la actividad económica,
lengua hablada en varios continentes, presencia
en todas las redes modernas de comunicación,
vehículo de una cultura cuya difusión
es universal.
EL CASO
DEL FRANCÉS
Se observará
que la mayoría de estas características
son de orden material. El francés las reúne
todas, junto con el inglés. A la escala
del planeta, nuestra lengua no se encuentra en
la situación alarmante que algunos denuncian
a veces. El francés nunca ha sido hablado
por un número tan grande de hablantes como
hoy. Los francófonos reales se cuentan
en 110 millones, los francófonos ocasionales
en 60 millones, y los francófilos, que
tienen nociones de francés, en 110 millones.
Los francófonos están dispersados
por los diferentes continentes. La calidad promedio
del francés escrito y hablado — ¿qué
significa la calidad promedio de una lengua? —,
se sitúa en un nivel mejor, en el plano
internacional, que el de todas las demás
lenguas, mejor en nuestro territorio que el que
estaba en uso hace un siglo. Nuestra lengua se
deforma poco, evoluciona, se enriquece en los
campos científicos. El francés se
habla además, con frecuencia muy bien,
por elites extranjeras que le conservan a nuestra
lengua parte de su antiguo y reconocido estatus
de lengua de las relaciones internacionales. Esto
la coloca en el segundo lugar de las grandes lenguas
mundiales, aun si, por número, ocupa un
lugar detrás del español y otras
lenguas asiáticas.
Pero el francés mantiene, además,
el lugar de antigua lengua dominante. Vivimos
en la nostalgia del «tiempo en que Europa
hablaba francés», del mundo en el
que los dirigentes se expresaban en francés,
de las épocas antiguas en que primero Inglaterra,
y luego la mitad de la América del Norte
hablaron francés. Conservamos las heridas
de las fechas que marcaron el declive progresivo
del francés, 1763 en América, 1800
en Inglaterra, 1918 a pesar de la victoria, 1943,
1973 con la entrada de Gran Bretaña en
el Mercado Común. Tenemos la tendencia
a atribuir estas regresiones a malos golpes de
fortuna o a un pretendido sentido de la historia.
Pero, en realidad, nos cuidamos bien de aplicar
a la lengua los criterios y las condiciones del
desarrollo sostenido. La primera de esas condiciones
es demográfica. En efecto, el desarrollo
de una lengua se garantiza en primer lugar por
el número creciente de sus hablantes. Ahora
bien, la demografía francesa no ha dejado
de debilitarse desde mediados del siglo XVIII,
y nunca hemos establecido, salvo en Quebec, poblaciones
de ultramar. Los quebequenses contemporáneos,
quienes han establecido la supervivencia y el
desarrollo de su lengua-nación en una nueva
ciencia que profundizan incesantemente, la demolingüística,
han comprendido bien la lección.
Quizás sea a esta situación de lengua
destronada a la que los franceses deben la acritud,
el despecho que experimentan con respecto a la
preponderancia de lo angloamericano.
ECONOMÍA
Y TECNOLOGÍA
La situación
objetiva puede explicar nuestra nostalgia, pero
no justifica nuestro derrotismo. Ni los datos
de la economía ni los de la tecnología
conducen al triunfo de una sola lengua y a la
unificación lingüística del
mundo.
Las leyes de la economía no parecen
tener un efecto único sobre la lengua.
La investigación, la ciencia, la alta tecnología
favorecen quizás, bien lo vemos, el empleo
de una lengua común. Esto es mucho menos
cierto en cuanto a los procesos de producción,
la gestión de los recursos humanos. Ya
no lo es en modo alguno en cuanto al comercio,
la distribución de los productos. Las sociedades
multinacionales encuentran, al contrario, en la
diversidad lingüística de sus mercados
no un obstáculo, sino una carta de triunfo
suplementaria que les permite adaptar sus productos
y sus circuitos a los diferentes mercados mejor
de lo que pueden hacerlo las empresas que no tienen
su dimensión.
Nos preguntamos sobre el devenir del Mercado Común
transformado en Unión Europea. ¿Está
llevando a nuestras viejas naciones a una fusión
lingüística? El Tratado de Roma es
mudo en lo relativo a las lenguas. El Tratado
de Maastricht proclama el principio de la diversidad
cultural como lo hace la Constitución sometida
a nuestra ratificación. La diversidad lingüística
de Europa es constitutiva de la Unión y,
por lo tanto, de la pertenencia de los miembros
a dicha Unión. No es más evitable
que la diversidad de la historia, de las culturas
e incluso de la geografía de Europa. Si
el objetivo económico es crear un mercado
único, la traba principal no reside en
las lenguas, sino en los ríos y las montañas,
que nadie pretende eliminar.
¿De dónde vienen pues estas cuestiones
que resurgen sobre las lenguas de trabajo, del
etiquetaje de los productos, de la lengua de las
patentes?
Periódicamente, una iniciativa torpe de
la Comisión o de un país de lengua
no latina revive un debate que ya ha sido zanjado.
Francia protesta y sus interlocutores la dejan
subir sola a la almena, sabiendo que es la mejor
defensora de un principio al cual se adhieren
veintitrés de los veinticinco miembros
de la Unión, el plurilingüismo, sabiendo
también que todo aquel que desconociere
la diversidad lingüística de Europa
estaría en desventaja económica,
conduciría por el contrario a un empobrecimiento
no solo cultural, y a conflictos lingüísticos
por demás inútiles.
¿No vienen otras leyes recientes a combatir
la gran dispersión lingüística
en la cual vive el mundo hoy, me refiero a las
nuevas tecnologías de la comunicación?
El cine, la televisión y el disco se han
utilizado como puntas de lanza para la penetración
estadounidense, lengua y modo de vida, en el conjunto
del planeta. Francia, también ahí,
resiste. Estimula su cine nacional, que ocupa
un muy confortable segundo lugar entre los cines
de las grandes naciones, ha impuesto a las televisiones
públicas y privadas un régimen de
programas de expresión original francesa,
única en el mundo junto con Quebec.
La revolución de la informática
representó una amenaza de otra magnitud,
pero no solo para el francés, puesto que
la informática es un lenguaje numérico,
binario, que hace retroceder a la lengua, a todas
las lenguas.
La revolución de la Internet modelará
más profundamente el mundo de las lenguas
del mañana. La Internet es una invención
estadounidense. El 80% de los mensajes transmitidos
por la red de redes está en inglés
y llegan en un 80 % a los Estados Unidos de América.
Del 20 % restante, el francés representa
alrededor del 5 %; tanto como el alemán
actualmente, pero es una proporción que
tiende a crecer. Puede presentarse así
la situación de otra manera, indicando
que el 50 % de los usuarios no son anglófonos
de nacimiento y que el francés representa
al 10 % de los usuarios en una lengua diferente
del inglés. La Internet acentúa,
para este modo de comunicación, la preponderancia
de la economía estadounidense, ya que representa
enormes cifras en el flujo de la red, traduce
la importancia de la lengua inglesa en los mensajes,
y la débil presencia del francés,
debida al número insuficiente de francófonos
enlazados y a la escasa utilización que
hacen de la misma.
Pero con respecto a la informática, la
Internet revierte la situación. No se sustituye
a lo escrito, pero le proporciona un nuevo modo
de transmisión, individual y colectivo
a la vez, de masas y dirigido. Ofrece pues a las
lenguas globalmente, es decir a todas las lenguas,
sin privilegiar a ninguna, un nuevo uso, nuevas
perspectivas de empleo: edición, traducción,
reproducción, correspondencias, simples
mensajes utilitarios, con lo que, por consiguiente,
abren entre ellas un nuevo campo de competencia.
Si se suman todas las nuevas técnicas de
comunicación, se observa que la sociedad
de la información en la cual vivimos reduce
globalmente el lugar de las lenguas, de las que
nos servimos cada vez menos. La imagen, el icono,
la informática personal, los múltiples
usos de la Internet como herramienta han reemplazado
en un gran número de circunstancias el
uso de las lenguas.
Al mismo tiempo, gracias a la desmaterialización
de los servicios numéricos y a la flexibilidad
infinita de la Internet, las leyes de la estandarización
ya no están en juego. Toda lengua puede
preservarse de ahora en adelante, incluso las
de las tribus de la Amazonia. Pero muchas lenguas
ya no están suficientemente perfeccionadas,
o completas, para seguir el progreso de la sociedad
de la información. A este respecto, las
grandes lenguas internacionales ven sus posiciones
respectivas estabilizadas y consolidadas. El francés,
al mismo título que las demás lenguas,
se beneficia de esta ventaja adquirida.
LA EFICACIA
DE LAS LENGUAS
En realidad, no
hay fatalidad en materia de lengua. Los marxistas
convinieron en que el materialismo histórico
no se aplicaba en este campo. El movimiento de
las lenguas no se rige solamente por los fenómenos
de poder, la riqueza de los imperios, la fuerza
de las leyes.
Depende también de los caracteres propios
de cada lengua, de su eficacia como lenguaje.
«La grandeza de Roma, se ha escrito, le
debe más al latín que al éxito
de las armas». El francés, desde
ese punto de vista, sucedió al latín.
¿Cuándo, por qué, cuánto
tiempo?
El francés, reconocido desde el siglo IX
como la lengua romance más alejada del
latín, siempre ha evolucionado. Pasó
por periodos de gran inventiva, primero en los
siglos XV y XVI, en los que los escritores crean
libremente sus idiolectos, en los que la creación
léxica se desencadena a través de
la búsqueda de sinónimos, de préstamos
extranjeros, de la creación de nombres
con el verbo o con el adjetivo, de la simplificación
de la ortografía. Después, en los
siglos XVII y XVIII, pasa por un periodo de depuración,
de codificación, de búsqueda de
la elegancia. En el siglo XIX, la lengua escrita
se fija gracias a los diccionarios y a la enseñanza,
pero el vocabulario, la sintaxis y la versificación
se enriquecen, se diversifican. En el siglo XX,
el francés se fija y se libera. Veamos
cuál es su situación hoy en día.
LA SITUACIÓN
ACTUAL DEL FRANCÉS
El francés
es la lengua única y unificada en uso en
Francia. Es una situación excepcional en
el mundo, y reciente. La comodidad de los franceses
con su lengua data de hace noventa años.
Hay pocas diferencias entre los niveles de la
lengua, materna, popular, oficial, de cultura.
A través del mundo, también, el
francés se deforma poco, mucho menos que
el inglés y el español. Nuestra
lengua está normalizada, institucionalizada
y fijada. El vocabulario se retracta. Hay, ciertamente,
préstamos del inglés, pero menos
que hace cuarenta años. La creación
de neologismos, de expresiones nuevas, es una
necesidad para expresar todas las realidades nuevas,
que el francés no satisface sino con esfuerzo
y timidez. El francés hablado conoce libertades
que, a veces, provienen de un perfeccionismo o
de un esnobismo. Así, el pretérito
y el imperfecto del subjuntivo tienden a desaparecer,
pero se observa un exceso de subjuntivos ahí
donde no harían falta. Se privilegian los
verbos de la primera conjugación porque
son más fáciles de declinar. La
inversión interrogativa desaparece también,
al igual que el ne de negación,
mientras que la palabra pas se utiliza
aun cuando es inútil. La concordancia del
participio pasado se maneja con creciente torpeza,
con frecuencia por exceso. Una mujer dirá
así a un hombre: «Je vous ai comprise.»
(«La he comprendida.»)
La ortografía conoce quizás el deterioro
más grave. No es que afecte a la lengua
escrita cuidada. Fuera de algunas curiosidades,
de palabras raras y de algunas dificultades como
la duplicación de consonantes, la ortografía
francesa no es más difícil que cualquier
otra. Pero ya no se enseña y las nuevas
generaciones simplemente la ignoran. Esto dice
mucho sobre su conocimiento de la gramática,
de la cual la ortografía no es con frecuencia
sino la traducción.
Se observarán además algunas degradaciones
del francés hablado: el abuso de las locuciones
de espera sin significación, como bon,
alors, quoi, ben, heu,
donc, et puis, enfin
(bueno, entonces, qué,
bien, eh, luego, pues,
en fin). La tendencia a abreviar los
nombres de más de tres sílabas;
el abuso de las siglas, la formación de
palabras con los prefijos anti-, cyber-,
néo-, post-, pré-,
pro-, etc., sin llegar hasta el horrible
e- ; o de los sufijos aproximativos como
-isme para la palabra abstracta, o -erie
para la concreta.
La pronunciación evoluciona también
al mismo tiempo que los acentos regionales se
difuminan. Al principio de las palabras, frecuentemente
se suprimen las vocales, al final, por el contrario,
aparece un acento tónico, o incluso la
añadidura de una -e acentuada:
bonjoure. Las consonantes finales casi
siempre se pronuncian, but, août.
Las concordancias (liaisons) se hacen
al azar, se omiten o son incorrectos, la h
aspirada tiende a desaparecer.
Este panorama de los usos actuales no intenta
ser completo. Se observará que no incluí
en él la aparición de los argots,
del verlan o habla al revés, de
los sufijos -os, del lenguaje de la periferia
de la ciudad. Los clasifico, una vez más,
entre los códigos que siempre han existido
y que no afectan la lengua. ¿Qué
juicio global emitir? A pesar de lo severo que
pueda uno mostrarse, el francés no pierde
sus cualidades, que siguen siendo reconocidas,
fuera de la esfera francófona, y a ese
título adquieren más valor.
¿Las cualidades del francés?
Quizás no sea el lugar para recordar, tras
Boileau, Rivarol
y tantos otros, que la cualidad principal que
tal vez contenga todas las demás es la
claridad. El francés no solamente es claro,
tiende a la especulación, a la demostración,
al mandato y a la síntesis. Ello se debe
a algunos caracteres indefinidamente celebrados:
el orden directo de la oración, que procede
de lo particular a lo general, de lo que rige
la comprensión y a lo que se deriva de
ello, el equilibrio entre el nombre que expresa
las formas fijas y los conceptos y el verbo, que
expresan las formas en movimiento y la acción.
Esto se debe a la riqueza de los verbos franceses
en tiempos, modos, formas, a la fuerza de las
conjunciones, a la precisión de su vocabulario
abstracto, a su sintaxis indestructible.
En cuanto a la ventaja que da a la estabilidad
sobre el movimiento, a la razón sobre los
sentimientos, a la institución sobre la
intimidad, al orden sobre el desorden, a lo vertical
sobre lo horizontal, el francés ofrece
la herramienta más evolucionada al servicio
de la actividad intelectual.
Pero esta herramienta no es la única, hay
otras, hay otra, el inglés, que es más
fácil, más corto, que está
mejor adaptado al mundo de la economía,
de la empresa. Hay que hacer prevalecer la simplicidad
sobre la forma, la rapidez sobre la concisión,
el intercambio sobre el análisis, la comunicación
sobre la declaración. De allí la
inevitable interrogación: ¿no corresponde
el francés a un momento rebasado de la
civilización, son convenientes sus cualidades
para nuestra sociedad tecnológica, de confort,
de consumo, de permisividad?
El francés presenta otra cualidad, modelada
también por su historia, pero que posee
todo su precio en el mundo en que vivimos: no
es opresor, ni siquiera imperialista. En el pináculo
de su poder, jamás ha combatido ni eliminado
las lenguas extranjeras, su vocación ha
sido siempre y continúa siendo, al contrario,
la coexistencia, la complementariedad, el paso
de una cultura a otra, de una concepción
del mundo a otra. Tras haber sido la lengua de
las cortes y la de la Revolución, la lengua
de la herencia y de los derechos del hombre, el
francés se ha vuelto, en unos decenios,
el cimiento de una de las redes importantes del
planeta, la francofonía.
La francofonía designa a la vez el hecho
de hablar francés, el conjunto de quienes
lo hablan, las instituciones creadas para este
propósito y la forma de pensamiento que
engendra la práctica colectiva del francés.
Cubre un sistema de enseñanza, una red
de universidades, una literatura, una canción
en lengua francesa, pero también intercambios
en los medios masivos, una cooperación
en los campos de la economía, de las profesiones,
de la tecnología, e incluso un estilo de
administración, un tipo de ciudadanía,
de costumbres sociales, de viajes, de ocios. Esta
red es densa y cálida, pero está
cada vez más desequilibrada y no es suficientemente
generosa, en todo caso por parte de Francia. Por
cierto, es más bien un entramado de francofonías
diversas, la americana, la caribeña, la
árabe, la magrebí, la africana al
sur del Sahara, la oceánica, que establecen
entre ellas relaciones múltiples, no necesariamente
en ramificaciones ni en pleno. El número
de interlocutores va en aumento (55 países
en la cumbre de Beirut) de los cuales no necesariamente
todos tienen «el francés compartido»,
según la bella definición de la
francofonía, sino que son atraídos
por una solidaridad que no es solamente lingüística
y que corre el riesgo de disolverse en una forma
de resistencia a la globalización. El conjunto
es pobre, está amenazado y con frecuencia
es tímido, pero reacciona con vigor, está
en vías de expansión numérica,
de desarrollo institucional y de consolidación.
El francés no solamente abre las vías
de la francofonía. Facilita el acceso a
todas las lenguas y el intercambio entre ellas.
Lengua abierta, favorece la similitud entre una
lengua y una cultura, contrariamente a otras lenguas
más cerradas. Capta y desarrolla la simpatía
entre las culturas. Se la busca por su aptitud
para el diálogo, los traductores la aprecian
como la plataforma mejor concebida, el puente
más seguro para las traducciones, incluso
para aquellas de una lengua extranjera a otra.
Así se afirma la modernidad de la lengua
francesa, su vitalidad y aun su necesidad, tan
bien demostrada por Léopold Sédar
Senghor, retomada con igual convicción
por Salah Stétié en un bello texto
recientemente publicado: Le Français,
l’autre langue (El francés,
la otra lengua) ¹.
Las cualidades de la lengua francesa garantizan
pues su desarrollo sostenido en el mundo de hoy.
Pero falta, para elaborar la metáfora,
que la inversión que representa la riqueza
del francés sea objeto de un mantenimiento
suficiente.
El mantenimiento de una lengua es primeramente
su enseñanza. Se ha dicho todo acerca del
fracaso de la enseñanza del francés
en Francia. El primer grado fabrica una proporción
alarmante de iletrados, que siguen siendo, en
el segundo grado, incapacitados del francés,
incapacidad que no les impedirá acceder
a la enseñanza superior, pero de la cual
nunca se recuperarán.
Desde 1984, a bruscos accesos de firmeza ministerial
que proclaman la necesidad de un restablecimiento
siguen largos periodos de renuncia: lectura, escritura,
gramática, ortografía, pronunciación,
aquello que generaciones de pequeños del
medio rural aprendían bien hace un siglo,
¿no pueden enseñarlo actualmente
profesores, más numerosos y con formaciones
más largas? ¿Son capaces de hacerlo,
tienen ganas de hacerlo, o la composición
de las clases hace insalvable la dificultad? Ahí
está el principal tema de preocupación,
la principal amenaza contra la permanencia del
francés.
El escándalo es tanto más grande
cuanto que el francés se enseña
fuera de Francia, como lengua materna, lengua
de enseñanza o lengua extranjera, por 100
000 profesores de francés repartidos en
118 países, reagrupados en 180 asociaciones
y una muy dinámica Federación Internacional.
Estas enseñanzas están lejos de
ser alcanzadas por la misma esterilidad. En lugar
de meditar acerca de disciplinas estimulantes
y la reforma de los métodos pedagógicos,
en ellos se aprende sencillamente el francés,
y un poco de literatura francesa por añadidura.
Por otra parte, numerosos maestros franceses participan
de manera muy apreciable en esta enseñanza,
sea directamente, sea con asistencia en la formación
de los maestros. Pero la inversión más
rentable, por mucho, consiste en la presencia
de los liceos franceses en las ciudades extranjeras
importantes, porque forman las elites del país
o de los extranjeros residentes en ellos. Hace
veinte años, se pensaba en cerrar tal o
cual de esos liceos ¡para enviar al extranjero
transmisiones de televisión! ¡Era
vender las joyas de la corona para lanzar un mal
fuego de artificio!
Con las universidades, la cooperación adquiere
otra consistencia. Se vuelve búsqueda en
común, emulación enriquecedora entre
los departamentos de literatura francesa y en
otras disciplinas. Es de lamentarse que esos trabajos
no estén suficientemente preparados ni
seguidos por intercambios de profesores o de becas
para estudiantes en Francia.
El mantenimiento de una lengua implica también
su difusión por todos los medios de comunicación.
Aunque esta misión se aseguró en
el pasado brillantemente, los esfuerzos actuales,
que son importantes, dan la impresión estarse
sofocando. Entre los centros culturales de las
embajadas, las Alianzas Francesas, las giras de
las compañías teatrales, conciertos,
conferencias, las grandes exposiciones, el envío
de películas de cine, emisiones de televisión,
libros, publicaciones periódicas, la panoplia
está completa, pero no es seguro que alcance
a la masa crítica en cada caso. Por ejemplo,
¿cómo hacer que se proyecten películas
francesas en las salas de Estados Unidos? Del
mismo modo, ¿por qué los periódicos
franceses en todas las grandes capitales son los
peor distribuidos de toda la prensa internacional?
Es cierto que el satélite difunde en Francia
más de noventa cadenas francófonas.
También es cierto que globalmente, las
películas francesas han conocido recientemente
récords de afluencia, en Francia y en el
extranjero, y que las aportaciones extranjeras
en las coproducciones se han desarrollado. El
mantenimiento de la lengua pasa también
por su presencia en los nuevos medios. ¿Cómo
generalizar el acceso de los franceses a la Internet?
Asegurando un acceso libre y sometido a la competencia,
evitando desfavorecer los sitios instalados en
Francia por una reglamentación de excepción
que no estuviera coordinada con la de los demás
países europeos y por consiguiente sin
efecto práctico, asegurando que las normas
técnicas y las prácticas de los
principales empresarios no tiendan a constituir
monopolios no europeos, generalizando el acceso
a la Internet por incitación del Estado
y de las colectividades locales, movilizando para
tal fin no solamente a France Télécom
sino también a EDF, cuya red eléctrica
podría, utilizando las corrientes portadoras
en línea, distribuir la Internet en el
interior de una instalación particular.
LAS INDUSTRIAS
DEL LENGUAJE
Habría
una tendencia a descuidar desde hace algún
tiempo las perspectivas ofrecidas por las nuevas
tecnologías de la información, a
causa del exceso de engolosinamiento que conocieron
precedentemente, del carácter abstracto
y artificial de las «carreteras de la información»,
del estallido de la burbuja de la Internet, de
la crisis del teléfono móvil clásico
y de los beneficios sin límite en la telefonía
móvil de tercera generación.
Las técnicas informáticas aplicadas
a la lengua constituyen una aventura naciente,
pero van a conocer grandes desarrollos. Permiten
tratar los corpus de textos, de palabras, los
léxicos, los diccionarios y toda clase
de documentos, consultar los bancos y bases de
datos, investigar y seleccionar las informaciones.
Se extienden a la edición asistida por
computadora, a los programas de corrección
de la ortografía y del estilo, de ayuda
a la redacción, de resúmenes automáticos,
de generación de textos a partir de los
resúmenes, a los programas de traducción
automática y de traducción asistida
por computadora. Han abordado sobre todo el campo
del tratamiento vocal, es decir, el reconocimiento
vocal de la palabra, del hablante, de la lengua,
de las palabras, de los temas, el dictado automático
y la firma vocal. Pero, en este último
caso, ¡nos alejamos de la lengua para abordar
los campos de los cheques bancarios o de las cerraduras
sonoras!
Por el momento, estas industrias no afectan globalmente
la salud de la lengua, pero dirigirán su
empleo en el nivel mundial en el futuro y la situación
respectiva de una lengua en relación con
las otras para llegar, al final, a poner en tela
de juicio su supervivencia misma como lengua internacional.
Estados Unidos está muy involucrado en
las industrias del lenguaje, favorecidas por el
muy vasto mercado del inglés, por el dinamismo
de sus empresas, siempre apoyadas por los organismos
oficiales. Invierte en múltiples aplicaciones
que han tenido siempre salidas económicas,
no solamente para el angloamericano, sino para
las aplicaciones multilingües que le dan
el dominio de los mercados exteriores. Los países
asiáticos, Japón, Corea, China lo
han seguido en este esfuerzo, por necesidad, para
que la especificidad de sus lenguas no les cierre
el acceso a los recursos lingüísticos
mundiales. Europa aborda estas cuestiones con
una mentalidad más desinteresada, con la
presión del multilingüismo que, en
este caso, es más una ventaja que un inconveniente,
pero de manera dispersa, frecuentemente en competencia.
Francia fue pionera en este campo, en lo referente
al tratamiento oral de la lengua, y al escrito,
con la obra monumental del Tesoro de la Lengua
Francesa, envidiada en el extranjero y ahí
copiada, hoy completamente digitalizada. Pero
el esfuerzo no ha sido sostenido. Francia se ha
retrasado, especialmente con respecto al alemán.
Este retraso es tal que ya no puede presentarse
sola ante el inglés. Quizás sea
la lección más general que deberíamos
sacar de este panorama. Debemos unir esfuerzos
con nuestros principales interlocutores europeos,
Alemania, España, Gran Bretaña,
cuyos recursos de lenguaje son diferentes de los
de Estados Unidos en cuanto a las industrias del
lenguaje, jugar con las sinergias comunitarias
y volver a poner en marcha los proyectos bien
concebidos que se habían lanzado hace ocho
o diez años.
Podría alargarse aún más
la reseña del mantenimiento de la lengua.
Sería darle a esta última un carácter
demasiado mecánico, demasiado utilitario.
El movimiento de las lenguas está ciertamente
regido por consideraciones de poder y de eficacia,
pero no solamente por ellos.
LA
FRANCITÉ, LO FRANCÉS
Más allá
de su poder y de su utilidad, una lengua posee
una difusión. Es toda la historia
de la lengua francesa desde hace cuatro siglos.
Alcanzó muy pronto un grado de perfección,
una edad de oro que hicieron pensar que escaparía
al tiempo, al ocaso, a la rivalidad de las demás
lenguas. La lengua se fijó con un brillo
en constante renovación. Indiscutiblemente,
ese brillo permanece. Si persistiera, como la
luz de las estrellas que nos llega mucho tiempo
después de que estas han desaparecido,
¿al cabo de cuánto tiempo lo sabríamos?
Para juzgar esta difusión de nuestra lengua,
hay que distinguir los valores que expresa y el
atractivo que aún ejerce.
Toda lengua expresa cierta visión del mundo.
El francés expresa una visión general
y diversificada a la vez, una visión alta
y familiar. Si se busca caracterizar esos valores,
debe hacerse progresar la noción de la
francité. Es una hermosa palabra
que Senghor habría preferido a la de francofonía,
pero que es más abstracta. La francité
designa la calidad, el ingenio de lo que es francés
y el ideal que proponen la lengua y la cultura
francesas. Precisemos aún más: ese
ingenio, ese ideal consisten en una aspiración
a lo universal, una comprensión de la alteridad,
la coherencia intelectual, una búsqueda
de seguridad en los intercambios del lenguaje,
una exigencia de humanidad y de dignidad. Estos
valores están unidos a la lengua francesa
en la mentalidad de nuestros contemporáneos,
más allá de los francófonos.
Son actuales y corresponden al movimiento del
mundo. Entran por una parte en la difusión
de la lengua y, a pesar de tantas amenazas, le
evitan flaquear.
El atractivo, también, persiste. Está
ligado a la aptitud del francés para la
creación. No es como amante de las letras
que hay que juzgarlo, sino como observador imparcial.
La cifra mundial de los tirajes en francés
revela su atractivo, pero también la resonancia
universal de la literatura, el lugar de la creación
escrita en la identidad y lo simbólico
de los grupos sociales, el diálogo entre
los siglos debido al éxito literario, la
consagración de la gloria literaria por
el Estado. Esos caracteres originales le han permitido
a la lengua francesa en el curso de los siglos
amasar el más hermoso de los patrimonios
literarios. El batallón de enormes escritores
le proporciona al francés hasta alrededor
de 1960 al menos una fuerza inmaterial y una irresistible
atracción. Una encuesta conducida en seis
países europeos hace ya algunos años
había clasificado la popularidad en la
opinión de los escritores más importantes.
En cuanto a los veinte primeros, se encontraban
siete de lengua francesa. Francia se enorgullece
con toda razón de los doce Premios Nobel
de literatura de lengua francesa. Otro criterio
significativo es la corriente continua de escritores
extranjeros que no son de lengua materna francesa
y que eligen nuestra lengua para crear su obra,
de Apollinaire a Ionesco, de Schéhadé
a Cioran, de Mircea Eliade a Milan Kundera, de
Hector Bianciotti a Andreï Makine, de Salah
Stétié a François Cheng.
Cada uno ha desvelado la naturaleza de su apego
a su nueva patria. Para Salah Stétié,
es una exigencia de coherencia y una familiaridad
ampliada al universo, «el techo de la casa»
según su fórmula. François
Cheng vive las palabras francesas como ideogramas
y carga la poesía francesa con «una
explicación órfica» de la
tierra. ¿No sigue siendo al final la misma
demostración?
Los escritores de hoy no son menos numerosos,
ni menos capaces. ¿Son igual de importantes
que sus predecesores? En todo caso, menos gloriosos.
Y es que la gloria literaria no se decreta. Las
instituciones bien pueden celebrar el bicentenario
de Víctor Hugo y hacer entrar a Alexandre
Dumas al Panteón, también pueden
añadir a la gloria póstuma, pero
no pueden crear una reputación. El éxito
nace de una suma de innumerables elecciones individuales.
Así como el uso resulta de un referéndum
universal y permanente, el éxito resulta
de una apropiación individual de la obra,
de un aplauso libre.
La lengua francesa sigue el movimiento de las
demás lenguas. Estas pierden su carácter
colectivo y su virtud de movilización social.
Ya no representan más, o menos, el papel
de matriz de una cultura y ya no comprometen el
destino nacional. Se vuelven una cuestión
personal. La lengua es la esfera en la cual el
individuo se arraiga y se protege. Ese repliegue
en la identidad, en la intimidad, no es ajeno
al atractivo persistente del francés en
el mundo.
UN DERECHO
DE LAS LENGUAS
Al presentar este
cuadro, se pasa constantemente de la observación
de una lengua, el francés, a la de un sistema
de lengua, el nuestro, el de hoy, y se aparta
uno frecuentemente del marco estricto de la globalización.
Quisiera concluir con esos diferentes registros.
La situación del francés en el mundo
no justifica las observaciones demasiado alarmistas
ni las previsiones catastróficas. Esta
actitud, bastante extendida entre los militantes
de la lengua francesa, es desmoralizadora para
la opinión y más bien perjudicial,
porque no se vuelve hacia el futuro.
La verdadera inquietud que la situación
del francés puede inspirar no viene de
la situación del mundo, ni de las relaciones
de poder, ni de la conciencia lingüística
de los francófonos fuera de Francia. Tampoco
viene de la evolución interna de la lengua,
ni de una indiferencia de la opinión en
Francia. Viene de una imperdonable irresponsabilidad,
hecha de inconsciencia, de falta de civismo y
de esnobismo, por parte de las elites francesas.
En las elites incluyo a todos los altos responsables
de nuestra Educación Nacional que han dejado
deteriorarse ante sus ojos la enseñanza
de la lengua, cuando ellos mismos no han contribuido
a dicho deterioro; a numerosos directores de grandes
empresas, incluyendo las públicas, que
creen que es valorizador para ellos mismos, no
para sus negocios, dejar que se establezca el
uso del inglés en su compañía,
violando así con frecuencia la legislación;
a ciertos periodistas, no a todos, que encuentran
más a la moda utilizar términos
ingleses, con frecuencia inoportunamente, en detrimento
de la precisión de su información
y sin tener en cuenta la responsabilidad colectiva
que forzosamente trae consigo su misión;
incluyo a numerosos diplomáticos y sobre
todo a expertos que asisten a las reuniones internacionales
que se dejan ganar por el medio en el cual se
desempeñan y adquieren un cierto remordimiento
con respecto a su lengua, en detrimento de la
calidad y de la fuerza de su discurso; incluyo,
finalmente, a los gobernantes que habían
manifestado, hasta 1995, haber comprendido lo
que está en juego y una convicción,
y que desde esa fecha ya no tienen una postura
firme en favor de una política de la lengua
francesa.
En Francia tenemos demasiada tendencia a apoyarnos
en la acción del Estado. No es solamente
de dicha acción de la que depende el dinamismo
de la lengua francesa, pero es indispensable para
marcar una dirección, para vencer la apatía
en la opinión y levantar la moral de todos
los servidores públicos. La francofonía
misma manifiesta una gran propensión a
hundirse en los aparatos. Una intervención
determinada del gobierno en favor de una política
interior e internacional de la lengua francesa
parece estar imponiéndose ahora. Esta intervención
parece tanto más necesaria cuanto que la
Unión ampliada no escapará a una
reflexión sobre las lenguas de trabajo
para retener dos de ellas, tres o cinco. En todo
caso, no una lengua única, sea cual sea
el costo. Sería así la ocasión
para vaciar el absceso comunitario, porque no
puede edificarse una comunidad que amenaza su
lengua y que entonces ya no es una comunidad.
Comprenderemos que la lengua francesa cumple una
función que fue la suya desde siempre,
la de servir de referencia en los casos de interpretación
difícil de un texto, la de permitir separar
una jurisprudencia de la masa de decisiones dispersas,
la de proporcionar un instrumento eficaz para
la obra de codificación. La ampliación
de la Unión hace esas funciones cada vez
más necesarias, y la aptitud eminente de
la lengua francesa para cumplirlas en beneficio
de todos nuestros interlocutores debería
proponerse y reconocerse.
Si observamos ahora el conjunto de las lenguas
en el mundo, podemos preguntarnos si no están
todas sometidas a un movimiento comparable. Habría
una deriva de las lenguas como hay una deriva
de los continentes. Chateaubriand tuvo el presentimiento
de este fenómeno. Las lenguas se alejan
de sus orígenes, pierden sus caracteres
propios. Se desorganizan, por una suerte de degeneración
que con los siglos les haría perder su
fuerza, su virtud poética, su concisión
y su sentido de lo concreto. Otra cuestión
es saber si las lenguas tienden, cada una y todas
en conjunto, hacia la unidad o hacia la fragmentación.
Sin conocer las respuestas a estas preguntas,
existe otra que hay que plantear. ¿Es normal
que las lenguas vivan entre ellas en estado natural,
que no exista ningún freno, ni ninguna
regla para el desarrollo de una en detrimento
de las demás? ¿No es tiempo de pasar,
finalmente, del derecho de la gente al derecho
de las lenguas, de imaginar un sistema de coexistencia
pacífica de las lenguas? Sería quimérico
imaginar un directorio mundial pero, ¿no
debería proponerse, al menos, un observatorio
mundial de las lenguas que permitiera simplemente
conocer el movimiento de las lenguas e investigar
sus leyes?
Si nos remitimos, para terminar, a la problemática
de la globalización, debe observarse que
no hay modo de aplicarla al movimiento de las
lenguas, que no proporciona los parámetros
que permitan ver su porvenir.
Las lenguas no obedecen a las leyes de la economía
ni a las de la biología. No recorren una
juventud, una madurez, una vejez como las naciones
de las cuales son la expresión. Se desempeñan
como organismos independientes e indeterminados.
Si viven, es como una cultura o como un medio,
por una energía externa a ellas, insuflada
por la mente humana. Por esta razón, no
debe sucumbirse al pesimismo del entorno, que
el destino de nuestra lengua no está sellado,
que puede retomarse. Hace falta convicción,
voluntad e incluso fervor.
1) Salah Stétié,
Le Français, l’autre langue,
Paris, Imprimerie nationale, 2001.