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APOLEÓN
decía que a continuación de
uno de sus grandes asuntos de Italia, atravesó,
él tercero o cuarto, los campos de
batalla de los que todavía no se
había podido quitar a los muertos:
“Era
durante un hermoso claro de luna y en la
soledad profunda de la noche”, decía
el Emperador;
“repentinamente,
un perro, saliendo de debajo de los vestidos
de un cadáver se arrojó sobre
nosotros y regresó de inmediato a
su gazapera, lanzando gritos dolorosos;
lamía por turno el rostro de su amo,
y se lanzaba de nuevo sobre nosotros; era
a la vez pedir socorro y buscar la venganza.
Sea disposición del momento, sea
el lugar, la hora, el tiempo, el propio
acto en sí, o no sé qué,
como sea es verdad que nunca nada, en ninguno
de mis campos de batalla, me causó
una impresión semejante. Me detuve
involuntariamente a contemplar aquel espectáculo.
Ese hombre, decíame a mí mismo,
tiene tal vez amigos; los tiene probablemente
en el campo, en su compañía,
y yace aquí, abandonado de todos,
¡salvo por su perro!
¡Qué lección la naturaleza
nos daba, por el intermediario de un animal!
¡Lo que es el hombre! ¡Y cuál
no es el misterio de sus impresiones!
Yo había sin emoción ordenado
batallas que debían decidir la suerte
del ejército; había visto
con el ojo seco ejecutar movimientos que
conllevaban la pérdida de un gran
número de entre nosotros; y aquí,
¡me sentía conmovido, estaba
afectado por los gritos y el dolor de un
perro!…
Lo que hay de más cierto, es que
en aquel momento yo hubiese sido más
tratable para un enemigo suplicante: concebía
mejor a Aquiles devolviendo el cuerpo de
Héctor a las lágrimas de Príamo”
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El
general Bonaparte visitando el campo
de batalla de Bassano, 6 de septiembre
de 1796
Aguatinta según Jean-Pierre-Marie
Jazet (1788-1871), ilustrada por el
maestro colorista Kahn (1860).
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