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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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POLÉMICA |
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EL
CONCORDATO Y EL RÉGIMEN DE
LOS CULTOS RECONOCIDOS |
| 26
mesidor del año IX (15 de julio
de 1801) |
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Firma
del Concordato, 1801
Porcelana de la manufactura
nacional de Sèvres,
por A-E Fragonard. |
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Por
el Profesor |
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Claude Langlois
Director emérito
de Estudios de historia
y de sociología del catolicismo
contemporáneo en la Va sección
de la
École pratique des hautes études-Sciences
religieuses (EPHE)* |
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Instituto Napoleónico México-Francia
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El
26 de mesidor del año IX, seis firmas
estaban puestas al pie de un tratado difícilmente
negociado entre la Santa Sede y el Primer Cónsul,
en especial las de José Bonaparte y del
abate Bernier por Napoleón Bonaparte,
de Consalvi ante todo por Pío VII. El
Concordato
estaba firmado pero no entrará en vigor
antes de su promulgación solemne, el
18 de abril de 1802, el día de Pascua,
en Nuestra Señora de París, en
la vieja catedral parisina devuelta al culto
católico.
Mientras tanto hizo falta hacer arriar bandera
a dos episcopados, el constitucional y el refractario,
para hacerle lugar a un tercero, y hacer avalarlas
cláusulas del acuerdo por la curia romana
resignada y por las asambleas consulares reacios.
Bonaparte hizo uso para convencer a éstas
últimas de la adjunción, inmediatamente
denunciada por Roma, de los artículos
orgánicos que reintroducían el
galicanismo parlamentario y abalizaban el reconocimiento
conjunto de los cultos
protestantes. En lo esencial, por el Concordato,
el catolicismo recobraba su lugar en la sociedad
tras los desgarramientos y las violencias de
la Revolución.
Bonaparte nombrará a los obispos como
lo hacía Luis XVI y controlará
los asuntos de la Iglesia católica a
la manera de José II. Roma no había
obtenido en contraparte más que un reconocimiento
de facto: el catolicismo era la religión
del Primer Cónsul, y la de «la
gran mayoría de los ciudadanos franceses»,
constatación que podía leerse
de dos maneras: el catolicismo ya no era la
religión oficial de Francia, pero seguía
siendo, a pesar de la reciente descristianización,
la de los franceses.
El Concordato
aportaba paz y estabilidad. Su anuncio –
coincidiendo con la Paz de Amiens – precede
el plebiscito del año X (consulado vitalicio)
en el que por vez primera, sin manipulación
de los resultados, contrariamente a lo que había
pasado en el año VIII, Bonaparte gozó
de la aprobación de cerca de la mayoría
del cuerpo electoral, score nunca alcanzado
en ocasión de elecciones de este tipo
durante la Revolución y el Imperio. El
Concordato, el Código
civil, la Universidad constituyen las masas
de granito, según una expresión
siempre juiciosa, sobre las cuales es compuesta
la sociedad francesa después de los estremecimientos
revolucionarios.
El concordato
también, a su manera, participa
a la secularización del Estado:
ahora éste no reconoce más
que a los cultos, vía mediana,
manera administrativa.
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Concordato
entre el primer Cónsul
y la Santa Sede
Viñeta de la
colección 69 dibujos
para la ilustración de
la Historia de Francia durante
el Imperio de Napoleón
el Grande, por Charles
Monnet (hacia 1808) |
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Esta
elección se aparta a la vez de
una práctica antigua, multisecular,
que hacía del catolicismo y de
sus creencias la religión del reino;
pero toma también sus distancias
con relación a la novedad revolucionaria,
liberal en sus inicios, según la
cual «nadie puede ser inquietado
por sus opiniones incluso religiosas»
(artículo 10 de la Declaración
de los derechos del Hombre).
No reconociendo el Estado más que
los cultos, se declara como tal ateo sin
decirlo, pero en un doble concepto: es
indiferente a las creencias, no teniendo
por qué adherir a una más
bien que a otra; sobre todo no tiene que
escoger creer, sino solo a tomar en consideración
a quienes creen, sin constreñir
a los que no lo hacen.
El Concordato
hará, en Francia, sistema; en el
exterior por ejemplo, a través
de Europa primero, más tarde, a
principios del reinado de Pío IX,
incluso en América Latina. Si se
quisiera ir a lo esencial, lo que se llama
sistema concordatario o, en términos
más jurídicos, el régimen
de los cultos reconocidos, se desarrolló
apoyándose sobre cuatro pilares.
El primero está
constituido por el refuerzo del pluralismo
confesional, gracias a la incorporación
entre los cultos del judaísmo,
efectivo entre 1807 (reunión du
Grand Sanedrín) y 1831 (remuneración
de los rabinos). El segundo, por la ampliación
de los beneficiarios gracias a la toma
en cuenta de las congregaciones católicas
– ante todo las congregaciones de
mujeres, hospitalarias luego docentes
– reconocidas por olas sucesivas
entre 1809 y 1860.
El tercer pilar es financiero: desde fines
de los años veinte los gastos de
los cultos son alzados a un nivel elevado,
superior hasta 1880 a los gastos del Estado
para la instrucción pública;
comprenden la remuneración de los
cleros pero también la ayuda al
mantenimiento y a la creación de
los edificios cultuales.
Cuarto pilar, el más visible, la
creación inmediata de un ministerio
de los cultos: más que un símbolo,
una administración; menos sin embargo
que un verdadero ministerio puesto que,
salvo en su creación, éste
dependerá siempre de otro, el Interior,
la Justicia o la Instrucción pública,
triangulo obligado del control del Estado
sobre la Religión. |
Le Concordato
francés hubiese podido desaparecer tempranamente
– como tantos otros en otras partes, más
tarde – a la primera alarma, más
precisamente desde el final del Imperio. Sobrevivió
a la larga querella entre Pío VII y Napoleón
como todavía, durante la Restauración,
a la proclamación del Catolicismo como
religión del Estado y a la negociación
malograda por Luis XVIII de otro Concordato.
No fue lastimado tocado, a pesar del tumulto,
por el Syllabus y por la radicalización
ideológica de un catolicismo en el que
el intransigentismo doctrinal domina por un
largo tiempo sobre la capacidad de un papado
debilitado de pasar acuerdos contractuales.
Resistió aun a las leyes laicas de los
inicios de la IIIª República francesa
por la voluntad conjunta de León XIII
y de Jules Ferry de no ir hasta la ruptura.
Sólo se hundió en 1905 ante la
exacerbación de las pasiones ligadas
al caso Dreyfus, al relance de la cuestión
escolar que llevará a la interdicción
de enseñar de las congragaciones (1904),
a la voluntad radical de reñir, a la
respuesta romana de no transigir.
Así se llegó al término
de un siglo de Concordato aun cuando la última
solución hallada, por Briand o Jaurès,
fue más moderada que aquella imaginada
por el pequeño Padre Combes.
El Concordato
dejó de ser; ¿pero es esto bien
seguro? Ciertamente la ley de Separación
está todavía en vigor, esa que,
en la fórmula lapidaria de su artículo
2 – «La República no reconoce,
no asalaria, ni subvenciona ningún culto»
– resume perfectamente en qué justamente
ha consistido el sistema concordatario: los
cultos, su financiamiento, su reconocimiento.
Y sin embargo, desde 1908, «el Estado,
los departamentos y las comunas» pueden
efectuar gastos para conservar edificios, iglesias
principalmente, del culto católico que
han pasado a su cargo, tras el rechazo de Pío
X de aceptar las asociaciones cultuales; y no
obstante la República, aunque una
e indivisible, desde 1919, reconoce los
tres cultos concordatarios y retribuye a sus
representantes en Alsacia-Mosela; y a pesar
de ello desde hace algunos años el ministro
del Interior se dice también con una
insistencia sospechosa ministro de los cultos
y no deja de encontrar maneras de «reconocer»
al Islam de Francia...
Imposible retorno
del Concordato, inevitables prácticas
concordatarias...
* Escuela práctica
de altos estudios – Ciencias religiosas.
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