« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.

Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
LA CRÍA DE NAVIDAD
Regreso de los restos mortales del Emperador Napoleón
El cortejo fúnebre pasa bajo el Arco de Triunfo en camino al Hotel de Los Inválidos, el 15 de diciembre de 1840.

Extracto de los « Recuerdos » del

Capitán Maurice Letourneux
del 69° regimiento de línea

Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia

Estábamos a 24 de diciembre de 1816. Desde hacía ya varios meses, el Emperador estaba cautivo en su roca. A veces me iba a reunir con mis antiguos compañeros de armas de Epernay en el Café de la Poste, situado en la plaza des Boucheries. Algunos evocaban el tiempo pasado, nuestras campañas, a la vez que leían « Le Constitutionnel » y señalaban a los policías a sueldo del poder real que nunca dejaban de contabilizar a los ex-oficiales del « Corso ». Se nos vigilaba.

Aquel día, la nieve comenzaba a caer en grandes copos sobre las viñas desnudas. Yo no podía hacer nada en el exterior a parte de cortar un poco de leña. Mis hijos jugaban con su madre. Me dispensé de esta faena y heme aquí en camino hacia Epernay esperando hallar una o varias figuras amigas en mi cafetín habitual. De Monthelon (mi pueblo) a Epernay, hay un poco más de cuatro leguas; lo cual no representa problemas en tiempo normal, pero con esta nieve…

Llegué sin embargo en un lapso razonable hasta lo alto de la Grand’Rue. Los copos se hacían más densos. Estaciono mi cupé y decido seguir a pie, cuando al llegar a la esquina de la calle de la Tour-Biron, oigo como un maullido. Pienso en un gato o algún animal y continúo mi camino. De nuevo, el mismo grito resuena. Me doy media vuelta. Y veo como una suerte de canasto grande colocado sobre el largo muro de la casa azul (una morada perteneciente a unos primos políticos de mi mujer Olivia). En medio del canasto, una cosa se movía, se agitaba, gritaba: tenía frente a mí a un bebecito todo apesadumbradito que lloraba a lágrima viva. Era una niñita de apenas unos días. Tengo que confesar que estaba como todo incomodo ante semejante descubrimiento. Tomo a la pequeña en mis brazos, esculco rápidamente en el canasto en busca de algún indicio, un mensajito, no sé, algo que explicara la presencia de este niño de pecho aquí. ¡Nada!

Y heme aquí en camino, un poco emocionado, con esta « louisette » en los brazos. La chiquilla estaba helada. La deslicé bajo mi redingote y le envolví la cabeza con mi corbata. Para empeorar todo, empezaba singularmente a hacer frío y la nieve no paraba.

Cual no fue la sorpresa de mis camaradas del Café de la Poste al verme llegar con este niño… Las preguntas llovieron como aquellas bolas de cañón que recibimos antaño durante la batalla del Monte San Juan…

Marcas, uno de mis amigos, que conocía algo de medicina, tomó el pulso de la pequeña. Estaba débil, agotándose de llorar… Había que actuar rápidamente. Madeleine, la patrona, preparó una gran cantidad de agua caliente. Al hacerlo, bañó a la pequeña muy suavemente en una bandeja a fin de calentarla… El infante se calmó un poco; y nosotros, viejos veteranos, estábamos atentos al menor de sus gestos. ¿Enternecidos? Tal vez.

Léon, el gerente de nuestro Café hizo vino caliente; una de esas recetas de las que él tiene el secreto, añadiendo de paso lo que se necesita de clavos de girasol, de canela y de cortezas de naranja. Entretanto, la pequeña, que ya llamábamos entre nosotros « La cría de Navidad », fue frotada enérgicamente por la patrona con agua de Colonia. Recuperaba su color cuando Madeleine la trajo con nosotros en la sala grande.

Me acuerdo del color de sus ojitos: un malva muy claro, un color como nunca lo había visto; pequeños bucles taheños rodeaban su carita lechosa. Madeleine, le dio algunas cucharadas de vino caliente. Ya no se oía ni un ruido en nuestro café. Una gran sonrisa apareció en sus labios. Revivía.

¿Quién era esta pequeña? ¿Era de Epernay? ¿De otra parte? Tantas preguntas sin respuestas. No tenía nombre. Le hacía falta uno. Mi camarada Rognet, a quien había conocido en España, era el más viejo de nosotros. A él correspondió el privilegio de este honor.

Nuestro Rognet adoptó un tono meditativo… Lo mirábamos todos con un aire curioso, esperando su elección.

- « ¡Napoléone!» exclamó. (1)
« Y porqué no Noëlle » simplemente, añadió Marcas. (2)

Siguió un debate durante el cual las opiniones divergieron fuertemente. Fue Madeleine, quien desempató a todo el mundo.

« Escojamos como primer nombre Noëlle, puesto que esta pequeña fue hallada en esta víspera del 25 de diciembre, y… Napoléone, en homenaje al hombre más grande que la tierra haya llevado, y que se muere hasta allá, en la isla Santa Helena ».

Un hurra general respondió a esta elección.

La pequeña que estaba de nueva cuenta llena de vida, fue levada en triunfo. Cada uno de nosotros, quiso dar un beso afectuoso en las mejillas coloridas por el vino caliente.

Por mi parte, tuve un gesto espontáneo que notaron mis hermanos de armas: desde hacía largo tiempo, yo llevaba alrededor del cuello una medallita de oro con la efigie del Emperador. La desabroché y cuando me trajeron a Noëlle, la puse alrededor de su cuello.

« ¡Que el gran Napoleón vele por ti mi pequeña! ».

Siguió un aplauso, lo cual no dejó de perturbarme, a mí, el viejo capitán, un poco incómodo en sociedad.

La pequeña Noëlle fue puesta bajo la protección del Sr. Alcalde de Epernay y acomodada en una familia de la ciudad. Yo la veía con frecuencia, y aún cuando yo ya tenía dos niños, la consideré como mi hija. Cuando Noëlle se paseaba en nuestra ciudad, y cuando cruzaba a uno de nosotros, nunca dejaba de venir a besarnos. A los veinte años, casó con un rico negociante de vino de Champaña y fue a establecerse en Châlons, donde fundó una familia.

La volvía a ver de casualidad, en un día memorable. En París, el 15 de diciembre de 1840, hacía más frío aún que aquel 24 de diciembre de 1816. Había hecho el viaje con Olivia. Estábamos apostados en el borde de los Campos Elíseos, perdidos en la muchedumbre que rendía un último homenaje al Emperador. Repentinamente justo junto a nosotros se voltea una mujer de ojos malva y de cabellos rojizos, toda arrebujada (se puede comprender con esa temperatura). Era Noëlle.

Nos presentó a su esposo. Durante la velada cenamos los cuatro en los bulevares, evocando mi feliz descubrimiento. Noté que ella portaba alrededor de su cuello la medallita de oro que le había obsequiado hace tanto tiempo. Nos separamos, prometiéndonos volver a vernos pronto en Châlons.

Me enteré recientemente que acababa de dar a luz a su tercer hijo, y que lo había llamado Napoleón…

NOTAS:

1) Napoléone: femenino francés de Napoleón, « Napoleona ».
2) Noëlle: femenino de Noël, nombre propio pero también, en Francia, el de la celebración de la natividad de Jesucristo, el 25 de diciembre.