Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.

LA AGONÍA DE NAPOLEÓN

POR EL SEÑOR JEAN-CLAUDE DAMAMME
CONSULTOR HISTÓRICO ESPECIAL DEL INSTITUTO NAPOLEÓNICO MÉXICO-FRANCIA.
"De qué murió Napoleón", "Cómo murió Napoleón", "Dónde murió Napoleón", "Asesinato de Napoleón"
« Muerte del Emperador Napoleón I en Santa Helena, el 5 de mayo de 1821 » Litografía de la época según el cuadro del Baron Karl von Steuben (1788-1856).
Vemos en esta obra, de izquierda a derecha: al joven Napoleón Bertrand y a su padre el gran mariscal Bertrand (sentado); el Dr. Antommarchi (de pie); observando al Emperador, Marchand (de manos cruzadas) y, detrás de él, Saint-Denis Alí. Sentada, la condesa Bertrand con sus hijos Henri y Hortence; el conde de Montholon (extendiendo la mano), el Dr. Arnott y el capitán Crokatt (arriba, extrema derecha); abajo, Jean Abram Noverraz (de rodillas).
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El Sr. Jean-Claude Damamme
El presente texto fue escrito en el año 2000. Desde entonces, muchas cosas han ocurrido. Ben Weider, el hombre que se encarnizó durante más de treinta años en hacer saber que Napoleón había sido envenenado, continuó su combate. Y sus adversarios continuaron – y continúan – combatiéndolo con los mismos argumentos insignes de deshonestidad y, a menudo, lamentables de estupidez y de mala fe.
Por medio de sus análisis, el Dr. Pascal Kintz, presidente de la Asociación Internacional de Toxicólogos de Medicina Forense, ha demostrado sucesivamente que el arsénico se encuentra en el corazón de los cabellos de Napoleón, lo cual indica un «recorrido» por la vía digestiva, y no por una contaminación externa, como la revista Science & Vie había tratado de hacérnoslo creer con el fin de acreditar, por razones misteriosas, que la presencia del tóxico se explicaba por productos de conservación de los cabellos.
Y, en 2005, durante una conferencia de prensa muy mediatizada, el Dr. Kintz reveló la naturaleza del tóxico utilizado: arsénico mineral, mejor conocido bajo su apelación popular de raticida.
¿Qué individuo, honesto, se entiende, osará aún afirmar hoy en día que, aún si acaso, el 5 de mayo de 1821, el Emperador no murió de una «sobredosis» de arsénico, no fue envenenado?
Los detalles de este asunto figuran íntegramente en el sitio del Instituto Napoleónico México-Francia (ver el expediente especial del envenenamiento de Napoleón).
Todo está explicado ahí, y las maniobras más o menos tortuosas de los adversarios de esta tesis no podrán cambiar nada a una realidad científica certificada y demostrada por las más altas instancias de la toxicología: el Emperador deportado a Santa Helena fue envenenado con raticida.
Jean-Claude Damamme
Consultor histórico especial del Instituto Napoleónico México-Francia.

 

 « Muero prematuramente, asesinado por la oligarquía inglesa y su sicario »
Napoleón.

«En una pieza sombreada que cortan algunos rayos de luz, una silueta blanca reposa sobre un lecho de hierro tendido con un mosquitero, del cual se han levantado los vuelos. Recostada sobre la espalda, la forma inmóvil parecería sin vida, si, por un instante, no escaparan de ella silbidos y el chasquido siniestro y lastimoso de un hipo sin fin. Alrededor de ese cuerpo en moratoria, dieciséis siluetas fijas forman un círculo. Algunas, cuyas charreteras doradas enganchan algunos trazos de luz, parecen escuderos velando a un caballero en agonía.

Ningún ruido en esta asistencia estatuada aguardando un evento trágico, pues esta forma blanca es el hombre que la Inglaterra llena de odio de William Pitt y de sus sucesores, a falta de haber logrado asesinarle con la ayuda de sus cómplices realistas franceses, empujó a guerras sin fin realizadas por las monarquías absolutistas europeas asalariadas a altísimo precio. Después de haberle – por fin – vencido, le ha deportado sobre ese pedrusco perdido en medio del Atlántico sur: Santa Helena. El moribundo es el EMPERADOR NAPOLEÓN I. Estamos a 5 de mayo de 1821.

Confiando – demasiado – en el supuesto sentido del honor inglés, el vencido de Waterloo se había rendido ante su enemigo.

En la rada de Plymouth, el 15 de julio de 1815, Napoleón había ascendido la escala de portalón del Belerofonte, un veterano de Abukír y de Trafalgar, y había dicho a su comandante: «Vengo a vuestro bordo a ponerme bajo la protección de vuestro príncipe y de vuestras leyes
La respuesta del gobierno inglés a esta marca de confianza, Napoleón la había encontrado el domingo 15 de octubre de ese mismo año 1815, tras una navegación de setenta y dos días: un peñasco torturado por la naturaleza y azotado por los vientos, bautizado Santa Helena.

Al alba, a través de un sirimiri grisáceo que encubría sus contornos, el Emperador había largamente escrutado esta fortaleza. Sin duda, desde este instante, ya no se hizo ilusiones. Esta isla, de la cual un diccionario de la época dice que tiene seis leguas de circunferencia y se encuentra a cuatrocientas leguas de la tierra más próxima, sería su tumba. «No es un bonito lugar para estar», había increpado flemáticamente a uno de sus compañeros de viaje, el general Gourgaud, al desembarcar el día siguiente en la capital del lugar, Jamestown.

«Santa Helena vista desde el mar».
Acuarela inglesa de la época.
   
La señorita Betsy Balcombe

Una bonita sonrisa de 14 años había suavizado la rudeza de este descubrimiento, la de Betsy (Elizabeth) Balcombe, una de las dos hijas del representante en la isla de la Compañía de las Indias Orientales.
Lo que ve venir hacia ella no es ese «ogro con un ojo rojo flameante en medio de la frente» que sus lecturas le han hecho imaginar, sino un hombre que «se mantiene con un aire noble e imponente sobre un soberbio caballo negro como el azabache». En ese tiempo, Napoleón está en plena posesión de sus capacidades intelectuales y físicas: la jovencita confiará en sus Recuerdos su asombro de ver a Napoleón brincar sobre la silla y domar sin dificultad a un joven y muy repropio caballo árabe que el piquero Archambault no lograba calmar.
Las siete semanas que pasó en los Briars (los espinos), la propiedad de los Ba1combe, fueron los últimos momentos de dicha del Emperador en esta tierra.
Cuando su «gran amigo» la dejó, el l5 de diciembre, para instalarse en Longwood, Betsy no pudo mirarle alejarse. Se echó a su cama y estalló en lágrimas.

Situada en la planicie de la isla, la casa de Longwood es todo menos lujosa: una antigua granja baja, de muros color ocre rosa, en la cual un papel cubierto de chapopote hace las veces de techo, construida en la parte más húmeda de la isla. En la casa, el mildéu cubre los muros y las ratas pululan. Se trata de acabar con ellas con grandes cantidad de arsénico.

En este tugurio sórdido y viscoso se amontonan, además del Emperador, Gourgaud, el conde de Montholon y su mujer, Albine, de encantos maduros pero turbadores, Las Cases y su hijo, los domésticos: Marchand, el mameluco Alí, Noverraz, Santini, Gentilini, oriundo de la isla de Elba, los dos Archambault, Cipriani, Pierron, Lepage, Rousseau... a quienes se añaden un oficial encargado de la guardia del deportado y el doctor O’Meara encargado de velar por su salud. En cuanto al ex-gran mariscal del palacio, el general Bertrand, está, con su mujer, hospedado a dos millas de Longwood
Desde el 5 de mayo de l8l6, extraño e inexplicables síntomas asaltan a Napoleón: dolores de cabeza violentos, hinchamiento de los tobillos, fotofobia, encías esponjosas, decoloradas y que sangran a la menor presión, incoercibles somnolencias, tos persistente... Cuando se acaba el año l8l6, Marchand nota: «La salud del Emperador se había gravemente deteriorado

Dr. Pascal Kintz.
«Más del 95% del arsénico dentro de los cabellos de Napoleón, es arsénico mineral»
Dr. Pascal Kintz
Presidente (2005-2007) de la Asociación Internacional de Toxicólogos Forenses, TIAFT.
Conferencia del 2 de junio de 2005, en Illkirch-Graffenstaden.

Este hombre, que podía pasar días y noches enteros a caballo, que vimos llegar a la isla apuesto y fogoso como un cazador a caballo de la Guardia Imperial, ya está marchito. Y cuando, violando una debilidad que le confinó seis días enteros en la casa, se aventura a dar un paseo, Las Cases, que le observa a hurtadillas, le ve vacilante. Y sobre todo, sus labios están cubiertos de granos. ¿Puede el cáncer del estómago ser responsable de éstos síntomas? ¿O el clima? ¿Pero entonces, los demás exiliados? Bertrand murió a los 7l años, Gourgaud a los 69, Montholon a los 70, Marchand a los 85, el mameluco Alí a los 68. ¡O sea, tomando los extremos, de veintitrés a cincuenta y cinco años después de haber dejado la isla maldita!

El hombre de acción se convierte en un retirado miserable. Su andar se ha hecho pesado, pero el espíritu siempre planea por arriba de todos, pues todavía tiene, y afortunadamente, las charlas con Las Cases. No por mucho tiempo: el 30 de diciembre de 1816, por orden del gobernador Hudson Lowe, el memorialista dejaba «este lugar caro y maldito».

¡Qué mal año, ese 1818! El 13 de enero, Gourgaud, deja a aquel a quien venera. Un feo carácter, el del artillero Gourgaud, pero salvó dos veces la vida del Emperador, en Rusia y durante la campaña de Francia en l8l4. Así, no soporta la preferencia marcada que Napoleón dispensa a ese Montholon, de buena gana cauteloso, que no deja de quemarle la sangre, como si buscase deshacerse de él para quedarse solo con el proscrito.
Dos semanas más tarde, Cipriani muere en circunstancias extrañas. Luego O’Meara, con quien Napoleón ha hecho migas, es expulsado por orden del gobernador: médico, no quería ser un soplón.
Desde ahora, ya no hay en el entorno inmediato de Napoleón – al no residir los Bertrand en el lugar – más que Montholon que tenga algún título de importancia que hacer valer.

Poco tiempo después de la partida de O’Meara, Napoleón es presa de náuseas. Por primera vez desde su llegada a Santa Helena, vomita. ¿La marca del cáncer? «Soy más afortunado que vos. En toda mi vida, nunca sentí mi cabeza, ni mi estómago» (éstas tres palabras subrayadas). Esta observación, la había hecho el domingo l1 de agosto de l8l6 a Las Cases, quien le hacía el feo a su cena a causa, justamente, de dolores de estómago. Este comentario que repitió a menudo es confirmado por Bertrand el 25 de abril: «El Emperador ha observado que nunca había abusado de su estómago, que nunca se había sentido indispuesto por éste, ni un sólo día de su vida, que era bastante extraordinario que le diera por ahí.» Y helo aquí abrumado desde ahora por vómitos que no van a dejarle reposo hasta su muerte.

UN HOMBRE QUE ABATIR
La tesis del envenenamiento criminal de Napoleón entra en la lógica del gobierno inglés de la época: eliminar a aquel que, después de haber sacado a Francia del socavón revolucionario, había hecho de ella su rival incontestado. He aquí otras acciones organizadas precedentemente para asesinar a Napoleón:
------ Atentado terrorista de la calle Saint-Nicaise (24 de diciembre de 1800). Perpetrado por los realistas con la bendición inglesa contra el Primer Cónsul, causó la muerte de 22 personas – entre las cuales una niña a la que uno de los conspiradores había dado a detener la rienda del caballo que jalaba la carreta en la que estaba colocada la carga de pólvora – y mutiló a 56 más.
------ La conspiración Cadoudal-Pichegru de 1803-1804: fue montada y financiada por los realistas franceses a instigación del gobierno inglés, abrumado de recriminaciones por los negociantes ingleses a quienes perjudicaba la paz de Amiens. Se soldó por un fracaso. Cadoudal fue ejecutado, y Pichegru se suicidó (tesis oficial).
------ La tentativa de Staps: este estudiante sajón fue a Viena en 1809, después de la batalla de Wagram, para asesinar a Napoleón. «No, no es Vuestra Majestad quien hace la guerra; pero como Ella es siempre más fuerte y más afortunada que los demás soberanos juntos, era más fácil mataros a vos que matar a tantos otros...», le dirá al Emperador durante una entrevista. La partida de Napoleón hacia París le impidió otorgarle su gracia, lo que no hubiera dejado de hacer.
------ La tentativa de la isla de Elba: una casi-certeza existe de que desertores corsos habían sido reclutados para asesinar a Napoleón. Al no serle pagada la renta concedida por el tratado de Fontainebleau, el Emperador se hubiese visto obligado a despedir a su magra tropa. Un asesinato hubiera sido cosa fácil. Su regreso a Francia le salvó.
Pregunta: ¿Acaso Napoleón envió jamás asesinos del otro lado de la Mancha para asesinar a Jorge III, rey de Inglaterra, o a su Primer ministro, William Pitt, el azote de la humanidad de aquella época?
------ Inglaterra trató enseguida de abatir tanto al país como a su jefe a fuerza de coaliciones esmeradamente montadas y pagadas por ella. Le será necesario esperar el 18 de junio de 1815 en Waterloo para que el objetivo que perseguía desde hacía quince años fuera alcanzado.

MONTHOLON SOLO CON EL PROSCRITO

21 de septiembre de 1819. Bertrand presenta a Napoleón nuevos llegados: dos curas, un médico. Descontento del Emperador que, a pesar de su debilidad los juzgó para pronto: «El viejo cura [Buonavita] no es bueno para nada, es un decidor de misas. El joven [Vignali] es un estudiante de medicina y no un médico.» Antommarchi, por su parte, no es ni verdaderamente médico, ni verdaderamente cirujano. Este anatomista, de poca utilidad para un vivo, practicará en revancha una excelente autopsia del cuerpo del Emperador.

Por ahora, su paciente no es más que una sombra. Una sombra agitada por la fiebre y los temblores, desgarrada por toses secas, con la cabeza comprimida por insoportables migrañas; una sombra letárgica que protesta cuando se la quiere despertar: «¡Ah! doctor, se es feliz al dormir, nos se sufre ni privaciones ni soledad!». El augusto paciente de Antommarchi ya no es más que la apariencia irrisoria de un hombre que, después de haber reinado sobre la mitad de Europa, se divierte hoy, con el aspecto concentrado, a dirigir el chorro de agua de una bomba sobre un jardincito desecado.

El 28 de febrero de 1820, Montholon, cuyas cartas son transmitidas a la corte de Francia, y que lo sabe, escribe una extraña carta a su mujer, que se ha ido de Santa Helena en el mes de julio del año pasado: «Las lluvias han comenzado, y si continúan, adiós el jardinería (?). Se casan mal con el calomel; la menor humedad causa cólicos muy fuertes, tú lo sabes tan bien como yo» Y el 20 de diciembre: «Mi vida transcurre con él desde que ha caído por completo: quiere que esté siempre ahí, no quiere tomar más remedios que los que le doy o le aconsejo; Antommarchi pierde por ello la cabeza, sólo yo gozo de sus favores...»
Tantas atenciones le procurarán dos millones de francos legados por el testamento del 15 de abril. El Emperador sin embargo no se engaña; el 23 de abril de 1821, en un soplo, confiará a Bertrand: «Bien veo que Montholon me corteja por mi sucesión.» ¿Entonces, porqué haber legado a este falso soldado, que no es ni siquiera un recuerdo de los tiempos difíciles, y cuyos lazos con el conde de Artois son conocidos, una suma exorbitante, mientras que Bertrand, fiel y reservado, no obtendrá más que quinientos mil francos? Tal vez Albine, que supo amenizar algunos momentos del deportado, tenga algo que ver en esta singular generosidad...

El Conde Charles-Tristan de Montholon-Sémonville (1783-1853)
Litografía de Delannoy según una pintura de Leclerc, 1834.

EL SIROPE DE HORCHATA LE ES FATAL

Lunes 1º de enero de 1821. Como de costumbre, Marchand abre las persianas de la recámara del Emperador: «¿Y bien, qué regalo me tienes?Sire, la esperanza de ver a Vuestra majestad restablecerse y dejar un clima tan contrario a su salud. – No durará mucho, hijo mío, mi fin está cerca, no puedo ir más lejos

El final de calvario está cerca. El del decaimiento, sobre todo. Pues ese hombre, tan cuidadoso de sí mismo, debe soportar quedarse en cama después de que se le hayan administrado las lavativas que hace necesarias su pereza intestinal. Marchand y Alí cambian las sábanas ensuciadas, las más veces en la obscuridad, pues Napoleón no soporta más la luz del día. Cuando se descubre, cada uno comprende: quiere «mear», escribe Bertrand sin precaución literaria superflua. Líneas dolorosas de escribir, por lo mucho que se tiene el sentimiento de insultar la memoria de Napoleón. ¿Pero si una mano homicida le envenenó, cómo hacer sentir mejor todo el horror y la cobardía del gesto?

El 3 de mayo, el médico militar inglés Arnott, quien, por su cortesía, supo ganarse la simpatía del Emperador, asombrado de que se haya dejado al enfermo «tres días sin heces», decide administrarle calomel, purgativo poderoso e inofensivo. Salvo si se encuentra asociado con el ácido prúsico que se halla en las almendras amargas: hay entonces producción de cianuro de mercurio, un veneno mortal. Según la tesis sostenida por Ben Weider, parecería que Montholon haya añadido el sirope de horchata, que Napoleón ha hecho su bebida ordinaria. Y como el emético que le ha sido administrado ha inhibido el reflejo vomitivo, su estómago, desgastado por el arsénico, es incapaz de expulsar el veneno.

El viernes 4 de mayo, la isla es sacudida por un huracán. El fin de un mundo se acerca. El moribundo, cuyo chaleco «cubierto de escupitajos rojizos», y cuyos ojos fijos Bertrand ya no se atreve a mirar, no percibe esta cólera de la naturaleza. Un sólo pensamiento embruja todavía a Napoleón: su hijo, ese hijo tan esperado, tan amado, al que no ha vuelto a ver desde hace siete años...
Apenas si puede preguntar ahora cómo se llama ese hijo. No se tranquiliza más que al percibir, muy lejana, pues ya no oye, la voz de Bertrand que le murmura en la reja: «Napoleón, Sire.»

El 5 de mayo, a las 3 de la tarde, todo calor ha desertado a ese cuerpo al que nada, jamás, había podido doblar. Marchand, Bertrand, Alí, todos buscan en los ojos de Antommarchi una señal de esperanza. En vano. La muerte llegó.

Con los ojos fijos sobre su reloj, más conmovido de lo que quiere parecerlo, el doctor Arnott cuenta los intervalos que separan cada respiración: quince segundos, luego treinta, luego un minuto, luego...

Afuera, la naturaleza ha vuelto a ser apacible. A las 5:49 de la tarde, serena y atenta, pudo entonces oír subir hacia ella lo que Chateaubriand, con el alma por una vez elegante para con Napoleón, llamó «el más poderoso soplo de vida que animó jamás a la arcilla humana».

Los síntomas de la intoxicación arsenical
He aquí la lista de los síntomas que pueden aparecer en caso de intoxicación arsenical. A comparar con los males de los que sufría Napoleón en Santa Helena, tales como son descritos por los testigos.
Intoxicación crónica
Dolores de cabeza, fatiga general, modificaciones del carácter (depresión u optimismo exagerado), somnolencia que alterna con el insomnio, polineuritis que afecta los nervios sensitivos y motores. Dolores más particulares en la región del hígado, tobillos y pies hinchados, degeneración de los músculos, en particular los de los muslos y de las piernas, aumento de corpulencia y de peso por acumulación de grasa en el pecho y el abdomen (reporte de autopsia de los médicos ingleses: «Había más de dos centímetros de espesor de grasa sobre el esternón y cerca de cuatro centímetros sobre el abdomen»), dilatación del hígado, tinte amarillo de la piel y de las conjuntivas, comezón en todo el cuerpo, granos, sobre todo en los labios, desaparición del sistema piloso corporal, los cabellos se hacen finos, falta de apetito seguido de ganas repentinas de comer, sordez, sensibilidad de los ojos a la luz, ojos lagrimosos, micción difícil, tos seca y persistente, puntos de pleuresía, sensación de fiebre con una temperatura normal, transpiración, piernas heladas, enronquecimiento, taquicardia, arritmia cardiaca, calambres, dientes descarnados, encías hinchadas, dolorosas y sangrantes.
Intoxicación aguda
Sed ardiente, vómitos violentos, diarreas importantes, dolores en todo el cuerpo, pulso débil, retortijones y espasmos que dan a pensar en la epilepsia (el doctor O’Meara anota este síntoma en fecha del 14 de diciembre de 1816), pérdida de conciencia seguida de muerte.

Jean-Claude Damamme
Escritor-historiador
Miembro de la Société des Gens des Lettres
Miembro adherente de la Association des Ecrivains Combattants
Consultor Histórico Especial del Instituto Napoleónico México-Francia
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Representante en Francia de la Sociedad Napoleónica Internacional.

Ver también:

El último combate (La muerte del Emperador), por el mameluco Louis-Etienne Saint Denis «Alí».

La liberación (muerte del Emperador), por el fiel Louis Marchand.