
| VUELVE
AL ATAQUE LA « LEYENDA NEGRA »
DEL EMPERADOR |
Presentación
por
Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador
del INMF
El
dos de diciembre de 2005, día glorioso del
bicentenario de la batalla
de Austerlitz, Francia - esta vez en la persona
del Emperador Napoleón - fue nuevamente víctima
de los ataques de un enemigo de la grandeza y de la
gloria de esta gran nación. En efecto, aprovechando
los terribles acontecimientos sociales que en ese
momento conmovían a ese país, un escritor
sensacionalista, Claude
Ribbe, haciéndose pasar por el defensor
de la causa de las « minorías oprimidas
», no dudó en publicar exactamente el
día del bicentenario un escrito que reúne
amalgamas históricas, anacronías patentes,
citas astutamente truncadas y falaces, y que inclusive
los más acerbos enemigos de Napoleón
calificaron de «panfleto», «caricatura»
y otros términos equivalentes.
Poco importó
la objetividad de los críticos, el mal estaba
ya hecho, ya que al mismo tiempo en que el sombrío
autor de este libelo irrisorio se jactaba viendo que
su obra había logrado su objetivo con las autoridades,
a saber el hecho de sabotear tan importante conmemoración,
los medios de comunicación se complacían
difundiendo una obra que, aunque llena de falsedades
y de falacias, aprovechaba la ignorancia del público
en general para desencadenar las pasiones necesarias
a la mejor venta de sus ediciones y emisiones. En
lo que se refiere al mencionado señor Ribbe,
poco hay que decir de un autor que manifiestamente
se aventura sin chistar en temas que desconoce, y
que recurre a procedimientos tan groseros para tratar
de ganarse así el fugaz brillo de una popularidad
de ocasión.
Y es que, suponiendo
que el restablecimiento de la esclavitud en las Antillas
fuese un crimen penalmente definido, es preciso recordar
que, contrariamente a las acusaciones del Sr. Ribbe,
dicha medida está lejos de ser el crimen de
un solo hombre, el incriminado Primer Cónsul
Bonaparte, quien de hecho se opuso en múltiples
ocasiones a su adopción. Seamos pues muy claros
en este punto y no nos velemos los ojos: la
falta incumbe en primer lugar a la República
francesa.
En efecto, es en los corredores,
salas y tribunales de toda una serie de instancias
oficiales del gobierno donde el proceso de restablecimiento
tiene su origen, desarrollo y conclusión:
- Primeramente, y bajo presión
directa de los lobbies comerciales e industriales,
fue planteado por el Consejo de Estado,
- Fue enseguida discutido por el Tribunado,
que propuso su adopción,
- Ésta última fue decidida y
aprobada por el Cuerpo Legislativo,
- Finalmente, el Senado validó el conjunto...
¡Como vemos, lo menos que
podemos decir es que el Primer Cónsul tuvo
muchos cómplices incluso antes de que él
mismo conociese el proyecto, al cual, como ya dijimos,
se opuso inicialmente con firmeza!
Precisemos por otra parte que la mayoría de
todos esos representantes de la república
francesa eran antiguos electos de
la Convención y/o de los consejos
del Directorio, figurando incluso entre ellos
legisladores que habían votado la abolición
en 1794...
Ahora, ¿Por qué nadie habla de su grave
responsabilidad en este asunto?
Planteémonos y respondamos con franqueza a
la siguiente pregunta: ¿podía el Primer
Cónsul desafiar y oponerse a todas estas instancias
gubernamentales oficiales y legalmente constituidas,
contariarlas arbitrariamente, fundado sobre su propia
y única voluntad y convicciones, sin caer en
esa figura de « dictador »
despótico que aquellos mismos que le acusan
le imputan?
¿Podía (acaso tenía el derecho,
podríamos añadir), máxime en
el contexto de una Francia que salía de un
periodo de diez años de guerra feroz y continua,
sacrificar fríamente la economía y el
futuro de toda una nación y de sus colonias
por la de una isla? El problema no tenía nada
que pedirle al más complejo dilema corneliano...
En todo caso, lo que desde ahora sí podemos
señalar con todo el aplomo que brinda la certeza,
es que el Señor Ribbe parece ignorar, o lo
que es aun peor, - osemos la palabra, opta
por « olvidar »,
que fue precisamente el Emperador Napoleón
quien, en 1815,
abolió - primer soberano de
europa en hacerlo - la trata de negros,
como medida preliminar para erradicar la esclavitud
a largo plazo. Para quien pusiera en duda
sus intenciones basta recordar que el Emperador, y
nadie más que él, acabó anteriormente
con el vasallaje en Polonia y con los ghettos de judíos
en todo el Imperio, ambos restablecidos a su caída
por las potencias de la Santa Alianza.
Pero volviendo
al panfleto que nos ocupa, y en lo que se refiere
al editor de esta farsa, ¡nos preguntamos cuánto
tendremos que esperar para a conocer la cifra de ventas
de su nuevo éxito de librería y así
descubrir cuál es el precio de la infamia,
el de la traición a la memoria, a la historia,
y al honor de su propia Patria!
A continuación,
a manera de introducción, les presentamos un
artículo publicado en el diario francés
Le Monde, en su edición del primero de diciembre
de 2005, que nos dará una imagen del contexto
y controversia generales. Enseguida, proponemos los
comentarios del Profesor Pierre Nora, de la Academia
francesa, seguidos por la respuesta de diversos especialistas
con sendos artículos, todos de gran importancia:
entre ellos, un categórico ensayo de la pluma
del General Michel Franceschi, reconocidísimo
experto del periodo Napoleónico. Otro
más es obra del Señor Pierre Branda,
miembro destacado del Recuerdo Napoleónico,
a quien agradecemos su cortés contribución
y su gentileza al comunicarnos nuevos datos que figuran
en exclusiva para el mundo hispánico en este
espacio.
EG-S.
Ver también
en este sitio: El
crimen de Napoleón, o la exquisita modestia
del Sr. Claude Ribbe, por Jean-Claude
Damamme.

| Ecos
de la Prensa |
| CUANDO
NAPOLEÓN ANUNCIA A HITLER
|
|
por Jérôme
Gautheret
Artículo publicado en la edición
del 01. 12. 2005 del diario LE MONDE.
Mejor decirlo de inicio: « El Crimen de Napoleón
» no es un libro de historia.
En efecto, sería peligroso
tomar esta obra por otra cosa que una carga polémica
dirigida contra los « historiógrafos
oficiales », acusados de minimizar el pasado
esclavista de Francia. Si la petición de una
relectura crítica del hecho colonial es legítima,
se puede dudar que este panfleto contribuya verdaderamente
a ello.
A la hora del bicentenario de Austerlitz, el libro
del escritor de Guadalupe Claude Ribbe regresa a un
episodio mucho menos glorioso: el restablecimiento
en 1802 de la esclavitud, abolida en 1794, y el envío
a las Antillas de un cuerpo expedicionario que multiplicó
las exacciones sin lograr evitar la pérdida
de Santo-Domingo (Haití).
El relato del autor es alerta y avasallador,
pero sus prejuicios crean pronto un cierto malestar.
Es así en cuanto al uso sistemático
y anacrónico del término «genocida»
para calificar la represión que se abatió
sobre las poblaciones de las Antillas: las exacciones
fueron de una violencia extrema, pero nada demuestra
la existencia de un « plan de exterminio »
secreto tras las órdenes lejanas de Bonaparte.
Por otro lado, otras fórmulas provocan el malestar.
Bajo la pluma de Claude Ribbe, las prisiones que acogen
a los prisioneros deportados se convierten en «
campos de concentración », las calas
de los barcos en donde murieron asfixiados algunos
hombres y mujeres, después de intoxicarse con
azufre, son llamados « cámaras de gas
»...
Estas analogías transparentes
no tienen otra finalidad que nutrir la tesis central
del autor, que por otra parte nada sustenta: Napoleón
es « el primer dictador racista de la historia
», « aventurero nogrófobo »
cuya acción “prefigura de manera evidente
la plítica de exterminio entablada contra los
judíos y los gitanos durante la segunda guerra
mundial”
El restablecimiento de la esclavitud
del Código negro anunciaría las leyes
de Nuremberg, y las masacres de la armada napoleónica
serían el preámbulo de la « solución
final »...
Como si el mensaje no fuera lo suficientemente
claro, el editor escogió para ilustrar la pasta
del libro una fotografía de Adolf Hitler observando
la tumba del Emperador, en junio de 1940. Una última
provocación que desacredita aún un poco
más el propósito, sin duda destinado
a un bello futuro en la confusión actual.
Al lector que desearía una
síntesis seria sobre el periodo, aconsejaremos
más bien el reciente Esclavage, métissage,
liberté. La Révolution française
en Guadeloupe 1789-1802 de Frédéric
Régent (Grasset). Una Síntesis más
árida, pero mucho más recomendable
Le crime de Napoléon
de Claude Ribbe; Ediciones Privé.

| ALEGATO
POR LOS « INDÍGENAS »
DE AUSTERLITZ |
|
Por el
Profesor
Pierre
Nora
El
artículo siguiente fue publicado en la edición
del diario francés “Le Monde”,
del 12 de diciembre de 2005; es obra del gran historiador
y académico Pierre Nora.
Nacido en 1931, obtiene su licenciatura en letras
y filosofía y su agregación de historia
en 1958, viajando posteriormente a diversos países
como Argelia, Estados Unidos, Cuba, China. Desde entonces,
ha llevado a cabo una actividad paralela de universitario
y de editor.
Asistente y Maestro asistente en el Instituto de estudios
políticos de París de 1965 à
1977, director de estudios en la Escuela de Altos
Estudios en ciencias sociales, especializado en el
estudio de la historiografía y del sentimiento
nacional, se ha consagrado especialmente, en el marco
de una « historia del presente », a la
elaboración de una problemática general
de la memoria histórica contemporánea.
Es doctor honoris causa de la universidad de Laval
en Quebec (1999).
Fundador en 1980 de la revista Le Débat, fue
presidente de la “Librería europea de
las ideas” (Librairie européenne des
idées » en el Centro Nacional del Libro,
perteneció al consejo de administración
de la Biblioteca nacional de Francia, al consejo científico
de la Escuela de las Cartas (École des chartes),
al consejo de administración del establecimiento
público de Versalles, y al Alto Comité
de las celebraciones nacionales.
Ganador de los Premios Diderot-Universalis, Louise
Weiss-Bibliothèque nationale, Gobert (historia)
de la Academia Francesa y el Gran Premio nacional
de la Historia.
En 2001, ingresa a la Academia Francesa en donde ocupa
desde entonces el 27º sillón.
Entre sus innumerables artículos y publicaciones,
subrayaremos en especial su ensayo de psicología
colectiva Los franceses en Argelia, su Diccionario
crítico de la Revolución francesa, el
Cuadro N.R.F. de la literatura francesa, o sus Conversaciones
del patrimonio, Daedalus, etc.
Con
esta conmemoración, o mejor dicho esta no-conmemoración,
de la batalla de Austerlitz, tocamos el fondo. El
fondo de la vergüenza
y el fondo del ridículo.
Europa entera se puso a trabajar.
Bélgica conmemoró Waterloo con una reconstitución
gigante que halló su éxito público.
Los ingleses conmemoraron suntuosamente la batalla
de Trafalgar, y Francia envió so más
hermoso navío, aún cuando el hombre
de quien lleva el nombre, Charles de Gaulle, probablemente
no hubiese apreciado que Francia participase a la
celebración de su propia derrota — pero
en fin, ahí estábamos.
Y he aquí que los checos organizan
con brillo la batalla de Austerlitz, la batalla de
los “tres emperadores”. En espera del
año próximo, cuando los alemanes proyectan
lo que ellos mismos llaman un “una gran cita
con Napoleón”, en Iena y en Auerstaedt
(1806: victorias napoleónicas contra el reino
de Prusia).
Todas estas manifestaciones son el
signo tangible de que Napoleón no pertenece
sólo a Francia y que entró en el imaginario
y el patrimonio europeos. Con su leyenda y su contra-leyenda,
con su situación ambigua de portavoz de la
Revolución de los derechos del hombre y de
unificador de una Europa a la francesa, por el hierro
y por el fuego.
¿Y Francia? Se excusa, se hace
toda chiquita, se hace perdonar, y se esconde detrás
de su dedito. Se podrá decir que este dedito
era sin embargo su ministra de la defensa, así
es como se comprendió y como se quiso.
¿Y porqué? Porque un
quídam decidió, en un panfleto sin pies
ni cabeza publicado por las ediciones Privé,
que el Código negro prefiguraba las leyes de
Nuremberg, y que Napoleón anticipaba a Hitler
(se trata de la obra de Claude Ribbe). Siempre esta
manía de hoy de no juzgar la historia más
que en términos morales y de hincar en el pasado
rejillas de interpretación que no son válidas
más que para el presente. El quídam
sin otra autoridad intelectual o moral que la que
le acaban de conferir por aberración nombrándolo
por decreto del Diario oficial del 10 de noviembre
a la Comisión nacional consultativa de los
derechos del hombre.
Uno cree estar soñando. Inclusive
aquellos, a quienes pertenezco, que no son napoleónicos
fervientes, se frotan los ojos y se sienten convertirse
a su vez en « indígenas » de la
Grande Armada. ¿Los profesores tendrán
que dejar de dibujar en el pizarrón negro Valmy,
Austerlitz y Verdun? Cesar de enseñar a sus
alumnos los versos de Víctor Hugo que tanto
gustaban a Peguy:
“No odio
oír en el fondo de mi pensamiento / El ruido
de los pesados cañones rodando hacia Austerlitz.”
Quienes leyeron con placer los Cien
Días (Ediciones Perrin, 2001) de un cierto
Dominique de Villepin sienten pena ajena por el autor,
quien debió tragarse su sombrerito.
¿Y todos aquellos quienes,
condecorados con la Legión de Honor, se acuerdan
de que la deben a Napoleón, quien creó
la orden por razones militares, deben ahora preguntarse
si el color rojo que portan en el ojal no debe subírseles
a la frente?
Es el momento de recordar la observación
del historiador Marc Bloch (1886-1944): «hay
dos categorías de franceses que nunca comprenderán
la historia de Francia: los que se niegan a vibrar
ante el recuerdo de la Coronación de Reims
y los que leen sin emoción el relato de la
Fiesta de la Federación». Hubiese podido
añadir: los que no sienten algo elevarse en
su corazón con el sol de Austerlitz.
¿En el punto en el que están
las cosas, porqué no ir hasta el extremo? ¡Un
esfuerzo ciudadano más! O mejor dicho, puesto
que la responsabilidad de esta bufonada corresponde
a la más alta autoridad del Estado, que ésta
me permita hacerle respetuosamente una modesta sugestión:
Señor Presidente, le gusta a usted complacer
a todo el mundo, no se detenga en tan buen camino.
Ya de una vez, saque pues a Napoleón de los
Inválidos para regresárselo a los corsos
y ponga mejor ahí a la tumba del Esclavo desconocido.
Por haberme comprometido a fondo a
favor de la independencia de Argelia, sé que
hay muchas medidas que tomar para poner al día
a Francia con su consciencia colonial, siempre demasiado
buena o demasiado mala. Pero ésta última
es sin duda la más lamentable, y tan sólo
propia a perder en todos los campos.
Pierre Nora.

| CARTA
AL SEÑOR PRIMER MINISTRO DE FRANCIA,
DOMINIQUE DE VILLEPIN |
|
Por el
Señor
Raphaël
Lahlou
Historiador, miembro
de honor del Comité Histórico del Instituto
Napoleónico México-Francia.
Ganador del Premio Verdaguer 2005 del Instituto de
Francia (Academia francesa).
Señor
Primer Ministro,
Es con inquietud como me dirijo a
usted, tanto como historiador, como ciudadano cuidadoso
de la paz civil. Desde hace muchos meses, y más
aún desde hace algunos días, ante el
bicentenario de la batalla de Austerlitz (celebrado
con sobriedad en Francia como en el extranjero), se
eleva una ola de protestas de resabios extremamente
inquietantes, y provenientes de los representantes
del colectivo del 2 de Diciembre y de diversos organismos
similares y asociados, cuyo miembro más importante,
desde el punto de vista del talento y de las capacidades
es el Sr. Claude Ribbe.
Éste último es el autor
de una bella evocación novelesca del general
Dumas y de un buen escrito sobre la expedición
de Santo Domingo; pero los últimos trabajos
del Sr. Claude Ribbe, sobre la esclavitud y su restablecimiento,
en 1802, son voluntariamente polémicos y provocadores.
La amplitud de las reacciones de esos
colectivos y de su representante no me parece pertenecer
al campo de la investigación histórica
serena. En efecto, el comité pretende hacer
demandar de manera póstuma a Napoleón
Bonaparte, a nivel moral y a nivel de una historia
revisada, por crimen contra la humanidad porque éste
último, 1802, habría restablecido la
esclavitud por una única voluntad racista y
asesina, en virtud de una lógica « genocidaria
».
Un proyecto, Señor Primer Ministro,
de esos colectivos es hacer entregar la legión
de honor al general Alejandro Dumas, de manera póstuma.
Preparando una biografía de su hijo, el ilustre
escritor, me asocio con gusto a esa idea. Al contar
entre mis ancestros con generales divisionarios de
la Revolución, en particular el joven general
corso Jean-Charles Abbatucci, muerto heroicamente
al defender Huningue, en 1796 (y él mismo no
titular de la legión de honor), no puedo sino
ser sensible a este cometido.
Sin embargo, las últimas reacciones
del Sr. Ribbe acerca de la cuestión espinosa
de la esclavitud y sobre la responsabilidad «
criminal » e unilateral de Bonaparte en su restablecimiento,
en 1802, apelan a muchos comentarios o precisiones
necesarias. Pues otro proyecto, al cual me niego a
acordar el más mínimo crédito,
del Sr. Ribbe y de sus colectivos, es hacer colocar
en la tumba de Napoleón en los Inválidos
una placa que lleve la inscripción siguiente:
«Aquí yace el hombre glorioso quien,
en 1802, restableció la esclavitud».
Ciertamente, Bonaparte mantuvo –
y no restableció – la esclavitud, así
como lo dice expresamente el texto de la ley de 1802;
pero no es posible olvidar otros hechos, y en particular
el contexto general del asunto. Pues, aún cuando
la esclavitud es oficialmente abolida en 1794 por
la Convención, la ley de abrogación
no fue aplicada. Así, en Guyana por ejemplo,
desde 1794, el comisario Brusnel instaura para los
esclavos libertados un riguroso trabajo forzado, que
será mantenido por Víctor Hugues, nombrado
a su sucesión por el Directorio agonizante,
en la primavera de 1799. Las revueltas habían
estallado en las colonias francesas desde 1791 (el
caso de Santo Domingo siendo a la vez el más
flagrante y el más ambiguo: Toussaint-Louverture,
convertido en general francés iba a llevar
a cabo en los años siguientes, hasta su captura
por los franceses en 1802 y su muerte en prisión
en 1803, una política en la que el trabajo
forzado y la esclavitud « pragmática
y económica », iban a formar una triste
parte desde mediados de los años 1790).
La ley generosa de abolición
de 1794 no fue aplicada. En 1797, el Directorio (sin
Bonaparte, naturalmente), preparaba ya la famosa expedición
para «echar a andar las colonias», que
no debía realizarse hasta 1802, bajo las órdenes
de Leclerc en Santo Domingo y de Richepance y de Víctor
Hugues para el resto de las islas. Los oficiales y
generales « de color » fueron dados de
baja del personal militar en 1797. Lo cual, en sus
argumentos, el Sr. Ribbe se cuida bien de no señalar,
atribuyendo esta decisión tan sólo al
cónsul Bonaparte, en 1802.
Por lo demás, sin entrar en
el estricto debate de la esclavitud y de su abolición,
Señor Primer Ministro, hay que acordarse de
que, de la Convención hasta los años
del Consulado, los negros (esclavos o no) no fueron
los únicos que sufrieron, cuando se rebelaban,
frecuentemente con excelentes razones, una represión
feroz: el Oeste de Francia, Bretaña, Mayenne,
Vendea, las regiones de Marsella o de Lyon, igualmente,
conocieron una represión salvaje. Fue en Vendea
donde se experimentaron las bolas de azufre, primeros
ensayos de muerte por gas, que el Sr. Ribbe no encuentra
más que en la isla de Guadalupe.
Durante un breve debate confrontándolo
al Sr. Thierry Lentz, historiador y presidente de
la Fundación Napoleón, en el breve espacio
de un diario televisivo del servicio audiovisual público,
el Sr. Ribbe expresó declaraciones totalmente
lamentables. En particular, cuando trató de
hacer amalgamas dudosas, entre Napoleón y Hitler,
e insistiendo en el viaje a París de éste
último en 1940, sobre su visita a la tumba
imperial de los Inválidos.
Este viaje, el Sr. Ribbe lo encuentra
revelador de la admiración del racista y criminal
canciller alemán por el « racista y criminal
» Primer Cónsul Bonaparte. Éste
se convirtió en Emperador de los Franceses
y de la República francesa en 1804 y se encuentra
finalmente confirmado por el éxito de las armas
de un ejército nacional y republicano, el 2
de diciembre de 1805 en Austerlitz (esta batalla esencial
y mediática sirve de « razón »,
sin duda el 3 de diciembre de 2005, al Sr. Ribbe para
poner en escena una manifestación fuertemente
política contra « Bonaparte el esclavista
». Sin lo cual, no vemos la relación
entre la esclavitud y las llanuras de Moravia, el
marco célebre de la famosa batalla). ¿Porqué
este desprecio relativo a instituciones francesas,
mientras que ese mismo día una reconstitución
de la batalla tendrá lugar en el sitio, juntando
en un mismo movimiento conmemorativo franceses y diversos
extranjeros, entre los cuales un estadounidense? Vencedores,
vencidos y neutros están así reunidos.
Siguiendo con sus argumentos de amalgama,
el Sr. Ribbe afirmaba enseguida que, durante el regreso
de las cenizas del Rey de Roma, en 1942 (que no fue
más que una tentativa política pérfida
de manipulación de parte de las autoridades
del Reich), Francia y Petain habían dado una
recepción entusiasta al cadáver, en
un gran movimiento multitudinario. Nada es más
falso. Pocas personas asistían a la lúgubre
ceremonia. Y, contrariamente a lo que afirma Ribbe,
no fueron los soldados alemanes quienes llevaron hasta
su tumba de los Inválidos los restos del desgraciado
Napoleón II, sino una escolta de soldados franceses.
Por otra parte, en su empleo actual
del general Dumas contra Bonaparte, el Sr. Ribbe transforma
singularmente dos hechos: fue en Egipto donde, definitivamente,
por motivos políticos y no racistas, (al negarse
Dumas a apoyar el regreso a Francia de Bonaparte),
los dos hombres vieron su camino común separado.
Bonaparte guardó de ello un despecho definitivo
que, en los años siguientes, arruinó
la carrera de Dumas. Hasta Egipto, Dumas (amigo de
Kleber y de Jourdan) beneficiaba del amparo de Bonaparte,
quien le apodaba « el Horatius Cocles del Tirol
». No fue el Cónsul Bonaparte quien mandó
destruir la estatua del general Dumas en Villers-Cotterêts,
sino los alemanes en 1943; pero para el Sr. M. Ribbe,
Hitler y Napoleón pertenecen al mismo mundo.
Aún cuando Napoleón
pertenecía claramente al suyo, a un mundo en
el que las potencias de Europa coaligadas contra la
Francia revolucionaria e imperial, practicaban mayoritariamente,
masivamente y duramente la esclavitud (incluidas la
república estadounidense de Washington y Jefferson,
Inglaterra o inclusive España y Portugal).
La actitud del Primer Cónsul en 1802 no era
pues exclusiva de Francia tan solo. Y Bonaparte es
en ello mismo heredero de las contradicciones de la
Revolución... Entre las viejas monarquías,
Dinamarca habiendo planteado el principio de la abolición
en 1792 necesitará once años para aplicarlo,
a partir de 1803.
Por otro lado, las colonias bajo Napoleón
(una vez realizada la cesión de la Louisiana
y considerando que las diversas islas, entre las cuales
las Antillas, siguen estando constantemente amenazadas
o son progresivamente ocupadas por los ingleses),
no representan ya, a partir de los años 1802-1808,
más que un espacio muy limitado, una serie
de confetis geográficos poco poblados, en donde
los franceses pierden su influencia en provecho de
las potencias aliadas (ellas también esclavistas,
y a mayor escala España en particular o Portugal).
Además, Santo Domingo es independiente de facto
en 1804, sin que la esclavitud cese bajo Toussaint
Louverture (hasta 1802) y sus sucesores por «
pragmatismo económico ». Dicho de otra
forma, el terreno en que se mantuvo la esclavitud
fue, entre 1802 y 1815, cada vez más reducido.
Esto también, hay que tenerlo en cuenta, así
como la duplicidad inglesa, que prohibía tácticamente
la trata en 1807, pero no emancipó a los esclavos
más que entre 1833 y 1838.
Esta carta es bien larga, Señor
Primer Ministro, y debo terminar con dos hechos: El
Sr. Ribbe tiene perfectamente el derecho de tener
algo contra el Cónsul legislador de 1802; no
puede sin embargo ignorar que Napoleón, el
29 de marzo de 1815, prohibió formalmente por
decreto la trata y el comercio de esclavos. Esta disposición,
conforme por cierto a las del tratado de Viena, fue
completado por una ordenanza real en 1818. La ruta
de la Abolición, terminándose legislativamente
en 1848 y, formalmente gracias a los esfuerzos de
Napoleón III contra la trata clandestina en
1861, fue pues abierta por Napoleón I. Añadamos
finalmente que el Sr. Ribbe se niega a perdonar a
Bonaparte mientras que el propio hijo del general
Dumas había sabido hacerlo, en 1814. Y la familia
de Dumas se había reconciliado a tal grado
con los Bonaparte que una de las hijas de Alejandro
Dumas hijo se casó con el eminente historiador
bonapartista Ernest d’Hauterive, biógrafo
meticuloso del general Dumas en 1897; otra de sus
hijas iba a darle como nombre a uno de sus niños
el de Napoleón: se trata de Sergio-Napoleón
Lippmann, bisnieto de Alejandro Dumas padre.
Por otra parte, la saña con
la cual el Sr. Ribbe persigue con la acusación
asombrosa de « revisionismo » a eminentes
historiadores napoleónicos o a especialistas
de la trata negrera, como el Sr. Max Gallo y el Sr.
Olivier Pétré-Grenouilleau – quien
ha sido premiado por el Senado – es absolutamente
inaceptable. Uno no puede utilizar el poder mediático
que él tiene de la manera con la que lo emplea
sin hacer amalgamas dudosas, y finalmente sin correr
el riesgo de graves irresponsabilidades. Que el Sr.
Ribbe tenga libremente su visión de la esclavitud,
de sus consecuencias, es muy normal, pero por favor,
a unos días de una crisis difícil para
la Nación, que tenga más el sentido
de la mesura y del apaciguamiento nacional. ¡Y
que cese sus excesos de procurador peligroso!!
Pues finalmente, el Sr. Ribbe, tan listo como esté
para saltar sobre los escritores y los historiadores,
¿está bien consciente del peligro de
ciertos argumentos y amalgamas excesivos, en una Francia
marcada por graves eventos en los suburbios? En donde
el cuerpo docente tiene tantas dificultades para asegurar
el conjunto de su misión ante la juventud...
El Sr. Ribbe, quien pudo beneficiar de la igualdad
de oportunidades, quien encarna un hermoso logro entre
Escuela Normal y titulación por oposición
en Filosofía, debería ser sensible a
una cierta serenidad.
He aquí, Señor Primer
Ministro, lo que tenía que decirle. No me queda
más que pedirle crea en mi perfecta y alta
simpatía.
Raphaël Lahlou.

| NAPOLEÓN |
| CHIVO
EXPIATORIO |
|
Por el
General
Michel Franceschi
El General Michel
Franceschi, es Consultante Militar Especial y miembro
de Honor del Comité Histórico del Instituto
Napoleónico México-Francia. Ocupa igualmente
las funciones de Consultante Histórico Especial
y de miembro del Comité Literario de la Sociedad
Napoleónica Internacional, de la que es Miembro
de Honor (FINS). En el sitio Internet de dicha institución
dirige la rúbrica «Crónicas napoleónicas
».
Acaba de salir
a la venta en Francia un libro perentoriamente intitulado
“El crimen de Napoleón”
tratando del restablecimiento de la esclavitud por
el Consulado el 20 de mayo de 1802. ¿Merece
esta obra la promoción mediática ensordecedora
que acompaña a su aparición? La cuestión
es saber si Napoleón merece la infamante acusación
de... esclavismo levantada contra él.
Importa primeramente recordar que
en el momento del acontecimiento, Francia ya está
metida desde hacía algunos meses en un asunto
de esclavitud en su colonia de Santo Domingo (1) Un
antiguo esclavo negro, el fenomenal Toussaint Louverture
(2), había sublevado a la isla y tomado el
poder. En un primer tiempo, Bonaparte logró
llevar a cabo con él una suerte de acuerdo
de protectorado y lo nombra Capitán General
en marzo de 1807. Pero muy rápidamente, el
comportamiento dictatorial y violento de Toussaint
Louverture amenaza al futuro de la colonia. Un cuerpo
expedicionario desembarca en la isla en enero de 1802
para restablecer la situación.
Lo esencial aquí no es conocer
los resultados del asunto sino las condiciones de
esta intervención. La Marina, de la cual dependían
las colonias, había aconsejado la expedición.
El lobby comercial del azúcar y del café
había presionado fuertemente al Primer Cónsul
para que restableciera la esclavitud, abolida por
la Convención en 1794. Bonaparte se había
negado determinantemente y había resistido
a sus presiones.
En la primavera de 1802 el asunto
se desplaza a las Antillas. Firmado el 25 de marzo
de 1802 con Inglaterra, el tratado de Amiens regresa
a Francia las islas de Martinica y Guadalupe.
Es aquí donde se da el problema. Previamente
ocupada por los ingleses (3), Martinica no había
beneficiado de la medida de abolición.
La concurrencia económica entre ambas islas
se había visto trastornada en detrimento de
Guadalupe al punto de provocar en dicha isla un derrumbe
de la producción y una gravísima crisis
social difícilmente resorbida.
El primer movimiento de Bonaparte
tras la recuperación de Martinica es hacer
beneficiar a su vez la abolición de la esclavitud.
La Marina y los medios de los negocios se lo desaconsejan
fuertemente. Al seguir siendo esclavistas las colonias
británicas vecinas, las mismas causas engendrarían
los mismos efectos nefastos para Martinica. Bonaparte
busca entonces una solución en la conservación
del statu quo. El senado opone su veto en nombre de
la sacrosanta igualdad republicana.
Bonaparte se halla así confrontado a un terrible
dilema, suerte de elección entre la peste y
el cólera, en este caso la miseria en el caos
o el regreso a una esclavitud en toda hipótesis
aligerado.
Asumiendo sus responsabilidades de hombre de estado,
se une, contra su conciencia, a esta última
medida preconizada por el gobierno.
Tales son los hechos que ninguna argucia
falaz puede torcer.
¿Puede uno de buena fe acusar
al Primer Cónsul de haber escogido el menor
de dos males? ¿Se acusa acaso por infanticidio
al médico que, en un parto trágico,
debe sacrificar la vida del niño a la de la
madre?
¿Cómo se osa acusar a Napoleón
de esclavismo, a él, el emancipador de los
pueblos?
En verdad, sus detractores inveterados
le han hecho actuar en este asunto el papel de chivo
expiatorio. Bonaparte es menos culpable de esclavismo
que el rey de Inglaterra o el Zar de Rusia quienes
no abolieron la esclavitud ni el vasallaje, mientras
él abolió éste último
en Polonia en 1807 y la trata de negros durante los
Cien Días, manera de abolir la esclavitud a
plazo por extinción (4).
Tratándose de la isla de Guadalupe,
comparte la responsabilidad de su decisión
con los representantes del pueblo que han votado sin
chistar la ley del restablecimiento. Esta medida fue
posteriormente caucionada por todos los gobiernos
que siguieron al de Napoleón hasta 1848, año
de su abolición definitiva. Y, para dar más
de la medida, añadamos que los historiadores
serios evocan apenas el evento cuando no lo ignoran.
La elección de la fecha de
salida del libro el día mismo de la conmemoración
del bicentenario de Austerlitz señala una intención
obsesiva de perjudicar
la grandeza de Napoleón y en consecuencia
la de Francia.
Definitivamente, esta indigente operación
de falsificación de la Historia no mueve ni
siquiera al desprecio, cuando mucho a la indiferencia...
NOTAS
1) Saint-Domingue, en francés,
es hoy la República de Haití.
2) Santo Domingo, 1743 - Fuerte de Joux, 1803.
3) Los ingleses se apoderaron de la isla en 1794.
4) Junto con la prohibición de la trata de
negros y del vasallaje en Polonia, entre otras medidas
libertadoras para con otros pueblos, podemos citar
las más importantes como la supresión
de la Inquisición en España, el decreto
de libertad de culto para los protestantes, la libertad
de culto y protección para los armenios, y
la destrucción de los ghettos de judíos
en los reinos y naciones del Imperio anulando la obligación
de portar la estrella amarilla.

| UNA
TESIS ARMADA DE PIES A CABEZA: |
El
CRIMEN DE NAPOLEÓN DE CLAUDE
RIBBE
|
|
Por el Señor
Pierre
Branda
El
texto siguiente es la respuesta del Señor Pierre
Branda, miembro de la delegación
de los Alpes Marítimos
del Recuerdo Napoleónico (Souvenir Napoleónien).
El Señor Branda vive en la ciudad de Niza;
es diplomado en administración y en su calidad
de jefe de empresa, ha publicado diversos estudios
específicamente sobre las finanzas del consulado
y el imperio. Asímismo, contribuye regularmente
con la Fundación Napoleón sobre estos
temas especialmente.
« Mejor
decirlo de inicio: “El Crimen de Napoleón”
no es un libro de historia. » ha escrito al
principio de su crítica literaria Jérôme
Gautheret de “Le Monde” (primero de diciembre
de 2005). ¿Entonces, porqué hablar de
él? Muy simplemente porque este libro ha sido
presentado como tal y que un gran número de
sus conclusiones fueron apenas discutidas por ciertos
medios televisivos muy frecuentemente reductores.
Por otro lado, no es inútil regresar sobre
el fondo de la obra del señor Ribbe. Pues fue
justamente a partir de « hechos históricos
» que el autor construyó su panfleto.
Esta obra está también constituida por
importantes pasajes referentes al estado actual de
nuestra sociedad. Si nuestro propósito no es
discutir acerca de ellos, como recordatorio, sin embargo,
nos pareció importante citar un extracto significativo:
« Francia, porque vivió de la esclavitud
y que no quiere reconocerlo, porque el Directorio
se prostituyó a Bonaparte, se quedó
racista, como cada descendiente de esclavo puede constatarlo
con facilidad al pasearse por la calle. En el siglo
XXI, en los prestigiosos barrios de París en
donde están aún alineadas las residencias
de los colonos de Santo Domingo, no se tolera a los
negros más que para asustar en la entrada de
las tiendas de lujo y a las negras más que
para empujar las carriolas de los niños blancos
(página 23). El tono está dado. No nos
corresponde responder aquí políticamente
a Claude Ribbe. Ciertos cantantes de Rap son igualmente
poco amenos para con Francia y sus grandes personajes.
El autor no tiene los mismos ultrajes pero si no hace
Rap, veremos que en materia histórica, derrapa
alegremente.
Según él,
el restablecimiento de la esclavitud no es el más
grave « crimen » de Napoleón. Ya
que cada uno sabe que no fue ni el primero ni el último
a recurrir a ella. Además, nadie ignoró
la ley de 1802 que puso fin a la abolición
de la esclavitud en ciertas colonias. En efecto, un
coloquio importante sobre el tema se llevó
a cabo en París en 2002. No, el verdadero «
crimen » de Napoleón consiste en un «
genocidio » perpetrado a gran escala contra
los negros de las Antillas. « Sin el precedente
de Napoleón, nada de leyes de Nuremberg. Hitler
lo sabe. » (Página 25) escribe el autor.
A resultas de esto, he aquí al Emperador de
los franceses convertido en el « monstruo absoluto
», el responsable de todos los crímenes
desde 1802 puesto que desde entonces cada uno podía
seguir su ejemplo.
Para fabricar su tesis, el señor Ribbe necesitaba
cinco ingredientes principales: una personalidad abominable,
una voluntad criminal confirmada, un testigo irrecusable,
un modo de ejecución horrible y finalmente
una amplitud criminal fuera de norma. Examinemos una
tras otra las « recetas » empleadas por
el autor para mistificar la historia:
El Regreso
del « Ogro Corso »
Para cometer un crimen,
hace falta forzosamente un personaje detestable. El
señor Ribbe la toma largamente con la personalidad
de Napoleón. Y en la materia, no duda en retomar
todos las viejas trivialidades del género,
ya sea el incesto con Paulina o su paternidad presunta
del primer niño de Hortensia. Está también
la pobre Esther Vesey, « mulata » de dieciséis
años quien sufrió en Santa Elena al
« negrófobo » para satisfacer su
« libido estacional » y su «fascinación
neurótica del colono impotente por la dominación
sexual de su cautiva, a la vez codiciada y despreciada»
(página 76). En cuanto al «racismo»
de Napoleón hacia los negros, Ribbe la atribuye
a su « odio » hacia el general Dumas (ese
« coloso negro » siempre superior en grado
en el momento de su encuentro con un Bonaparte «
engallándose » y midiendo « cinco
pies dos pulgadas ») (página 64) y a
« un secreto de familia no asumido »,
su lejana descendencia de un « Francesco Buonaparte,
llamado en el siglo XVI el « Moro » o
el « Moro de Sárzano » (página
62).
Todo esto no es serio
y podría prestarse a sonreír si el propósito
no se pretendiera tan serio. ¡En todo caso,
un panfletario antibonapartista del siglo XIX no habría
podido hacerlo mejor! Ya no falta más que el
« Ogro corso » a su tema...
Las instrucciones
a Leclerc
Para que el crimen
sea constituido, hace falta una voluntad sin equívoco.
Cuando Leclerc, el cuñado de Napoleón,
parte para retomar el control de la isla de Santo
Domingo dirigida por el general negro Toussaint-Louverture,
recibe según Ribbe una instrucción «
verbal » de « exterminar a los ciudadanos
« negros » (página 110). Solamente
verbal, ya que el autor está bien preocupado
por encontrar una prueba escrita de sus afirmaciones
puesto que no existe.
Las instrucciones secretas recibidas por el marido
de Paulina Bonaparte contenían cuando mucho
órdenes de deportación a Guyana para
aquellos quienes se « habían comportado
mal ». Era seguramente poco suficiente para
hacer de él uno de los padres del nazismo.
Así, Ribbe encuentra una parada bien cómoda:
« Napoleón pensó siempre en su
leyenda. Jamás un escrito para ordenar lo inconfesable
» (página 99). El autor desconoce profundamente
la historia del Primer Imperio. Cuando Napoleón
quiere reprimir una revuelta, no se priva de ordenarlo
por escrito y sin rodeos. Su correspondencia publicada
recientemente por la Fundación Napoleón
brinda múltiples ejemplos para Italia o España.
Así pues, es muy sorprendente que para un «negrófobo»
de su índole, haya querido disimular su «
crimen ». Esto no resiste al análisis
de los hechos. Si hubiese habido instrucciones muy
severas hacia los negros, Leclerc hubiera recibido
la orden formal.
Más lejos en
su libro, Ribbe escribe todavía: « En
su última carta fechada del 7 de octubre de
1802, Leclerc repite como por un hechizo las instrucciones
negrófobas que le han sido dadas en las Tullerías:
« Hay que destruir a todos los negros de la
Montaña, hombres y mujeres, no guardar más
que a los niños menores de doce años
[...] ». ¡Listo, ya estamos! La voluntad
genocida parece patente. Salvo que... Ribbe ha «
omitido » citar la frase que precedía
este texto y que invalida totalmente su tesis: «
He aquí mi opinión sobre ese país
» escribía Leclerc un día antes
de sucumbir de fiebre amarilla.
El caballero
de Fréminville
Para describir el
horror, hacía falta un testigo: será
esencialmente el Caballero de Fréminville,
oficial de marina presente en Santo Domingo. Los extractos
escogidos describen los horrores perpetrados por el
general Rochambeau, sucesor del general Leclerc. Los
ahogamientos en serie de negros llenaron evidentemente
de asco al joven oficial. Según Ribbe, esta
situación es por supuesto el hecho de órdenes
« implícitas » de Bonaparte. Salvo
que... Fréminville había dado su propia
versión de los hechos : « ¡De
un lado como del otro, no hay cuartel! Rochambeau
rivalizó en barbarie con los generales negros.
Estos últimos hacían aserrar, entre
dos tablones, a los blancos que caían entre
sus manos. Les arrancaban los ojos con un sacatrapos,
y les quemaron todos vivos. Los Blancos, por su lado,
ahogaban sin piedad a los negros ». Por
supuesto, este pasaje fue olvidado en el
libro que nos ocupa. Esta atroz escalada alimentada
por militares sanguinarios, Rochambeau del lado francés
y Dessalines del lado haitiano, no podía en
efecto convenir a la tesis central de la obra de Ribbe.
De todas maneras, para él, las exacciones cometidas
por los insurgentes no lo fueron más que en
«estado de legítima defensa» (página
194)... Pero ahí, ninguna cita sobre el tema.
Las cámaras
de gas
Para que el «
crimen » sea horrible, hacía falta que
su « genocidio » pareciese al perpetrado
por los nazis. Así pues, ¿qué
mejor que las cámaras de gas? Ribbe afirma
que fue un método corriente de ejecución
de los rebeldes pero también de los civiles
negros que caían en manos de los franceses.
Se basa para ello en las afirmaciones de tres historiadores
del siglo XIX (de los cuales dos haitianos), Thomas
Madiou, Antoine Métral y Juste Chancelatte
y sobre el de Víctor Schoelcher, ardiente adversario
de Napoleón III, en su biografía de
Toussaint Louverture. Si las memorias del tiempo evocan
en efecto muertes crueles, ese método de ejecución
no figura en ellas. Ciertamente la ausencia de pruebas
no es una prueba de la ausencia de las « cámaras
de gas ». Esta « guerra de colores »
como la llamó Fréminville no ahorrara
ningún horror a uno o a otro campo. Pero en
cambio, que esta posibilidad de crimen haya inspirado
al régimen nazi, es imposible. Los libros de
Thomas Madiou y de Antoine Métral no fueron
publicados más que en Haití (respectivamente
en 1848 y 1825) y jamás traducidos a otras
lenguas. En cuanto al libro de Víctor Schoelcher
quien abolió con su ley la esclavitud en Francia,
es poco verosímil que haya figurado en las
bibliotecas de los dirigentes nazis... De todas formas,
Hitler en esta materia no tenía que buscar
muy lejos, la Primera Guerra Mundial que él
había conocido no habrá sido avara de
este modo de exterminio.
Una contabilidad
macabra
Para que el «
crimen » sea impresionante, hace falta un número
de víctimas considerable al menos del orden
del millón. Por ello, Ribbe termina su obra
de la manera siguiente: « Por su culpa, al menos
doscientos mil africanos serán deportados a
las colonias francesas y un millón más
perderán la vida a causa de estas operaciones
de deportación si se consideran cinco africanos
muertos por un esclavo desembarcado en las Antillas
» (página 195). ¡Diantre! Salvo
que... bajo el Imperio, la trata de negros no concernió
más que a 20 000 negros africanos (contra más
de un millón en el siglo XVIII) y que la tasa
de mortandad a bordo de los barcos negreros era de
10 % más o menos. Así pues, no hubo
un millón sino dos mil a causa de la trata
negrera. Esta cifra era por supuesto demasiado «
magra » para concluir este « Crimen de
Napoleón ».
Sin esos cinco elementos,
el « crimen » de Napoleón se derrumba.
El señor Ribbe había sin embargo logrado
con éxito su « casting » pues este
nombre es siempre capaz de suscitar las pasiones con
casi los mismos ultrajes que hace 200 años.
¡He aquí otro tema más para los
(verdaderos) historiadores de Napoleón!

| ANEXO
|
EL
VERDADERO GENOCIDIO DE SANTO DOMINGO |
|
Por su parte,
y para concluir este expediente, el INMF presenta
un documento desconocido por el público en
general. Nos muestra que en efecto, sí existió
un genocidio en Santo Domingo - ¡pero ciertamente
no el que uno podría pensar a la lectura del
panfleto que hemos analizado!. Se trata de la proclama
oficial de Jean-Jacques Dessalines (1758-1806) sucesor
de Toussaint Louverture, a los habitantes de la isla;
fue compuesta por Boisrond Tonnerre autor igualmente
de otra tristemente célebre declaración:
« Para levantar el acta de nuestra
independencia, hace falta la piel de un blanco para
servir de pergamino, su craneo como escribanía,
su sangre como tinta, y una bayoneta como pluma
».
Por cierto, por curioso que parezca, esta proclama
que desencadenó los suplicios y masacres de
la población civil blanca de la isla fue cuidadosamente
« escamoteada» por el señor Claude
Ribbe al momento de redactar su obra. Vemos que en
este caso específico, la existencta material
de pruebas escritas no era tan importante para sus
fines, como la ausencia de ellas, en el caso de Napoleón...
Los comentarios salen sobrando, por lo que sin más
explicaciones lo dejamos a la apreciación de
nuestros lectores.
PROCLAMA DE
DESSALINES A LA POBLACIÓN DE SANTO DOMINGO

Jean-Jacques Dessalines
Ciudadanos,
no es suficiente haber expulsado de vuestro país
a los bárbaros que lo han ensangrentado desde
hace dos siglos, no es suficiente haber puesto un
freno a las facciones siempre renacientes que esgrimían
una y otra vez el fantasma de libertad de Francia
exponía a vuestros ojos; hace falta, por un
último acto de autoridad nacional, asegurar
para siempre el imperio de la libertad en el país
que os ha visto nacer; hay que arrebatar al gobierno
inhumano, que desde hace tanto tiempo tiene nuestros
espíritus en la torpeza más humillante,
toda esperanza de volver a avasallarnos. Hace falta
finalmente, la independencia o la muerte.
Que estas palabras sagradas nos unan en torno a la
bandera y que sean por doquier la señal de
nuestra reunión.
Ciudadanos, mis compatriotas, he juntado, el primero
de enero, en este día solemne, a estos militares
valientes quienes, en vísperas de recoger el
último suspiro de libertad, han prodigado su
sangre para salvarla. Estos generales que han guiado
vuestros esfuerzos contra la tiranía no han
todavía hecho suficiente por vuestra felicidad.
El nombre francés es aún lúgubre
en nuestras comarcas. Todo en ellas retraza el recuerdo
de ese pueblo verdugo; nuestras leyes, nuestras costumbres,
nuestras villas, todo lleva aún la huella francesa;
¿qué digo? Existen aún franceses
en nuestra isla, y os creéis libres e independientes
de esa república que ha combatido a todas las
naciones, es verdad, pero que nunca ha vencido a las
han querido ser libres.
¡Y qué! Víctimas durante catorce
años de nuestra credulidad y de nuestra indulgencia;
vencidos, no por ejércitos franceses, sino
por la engañadora elocuencia de las proclamas
de sus agentes, ¿cuando nos cansaremos de respirar
el mismo aire que ellos? ¿Que tenemos en común
con ese pueblo bárbaro? Su crueldad, comparada
a nuestra paciente moderación, su color y el
nuestro, la extensión de los mares que nos
separan, nuestro clima, nos dicen suficientemente
que ellos no son nuestros hermanos, que nunca lo serán,
y que, si hallan asilo entre nosotros, serán
los maquinadores de nuestros problemas y de nuestras
divisiones.
¡Ciudadanos indígenas! Hombres, mujeres,
niñas y niños, dirigid vuestras miradas
hacia todas las partes de esta isla. Buscad en ellas
a vuestras esposas, a vuestros maridos, a vuestros
hermanos, a vuestras hermanas, ¿qué
digo? Buscad en ellas a vuestros niños de pecho,
¿en qué se han convertido? Tiemblo al
decirlo… La presa de esos buitres. En lugar
de esas víctimas interesantes, vuestro ojo
sorprendido no percibe más que a sus asesinos,
más que tigres todavía chorreando de
su sangre, y cuya horrenda presencia os reprocha vuestra
insensibilidad y vuestra culpable lentitud en vengarles.
¿Qué esperáis para apaciguar
sus manes? Pensad que habéis querido que sus
restos reposasen un día junto a los de vuestros
padres. ¿Cuándo hayáis echado
a la tiranía, bajaréis a la tumba sin
haberlos vengado? No, sus osamentas rechazarían
a las vuestras.
Y vosotros, hombres preciosos, generales intrépidos,
quienes, insensibles a vuestras propias desgracias,
habéis resucitado a la libertad prodigándole
vuestra sangre, sabed que no habéis hecho nada
si no dais a las naciones un ejemplo terrible, pero
justo, de venganza que debe ejercer un pueblo orgulloso
de haber recobrado su libertad y celoso de mantenerla.
Espantemos a todos los que estarían aún
tentados de arrebatárnosla. Comencemos por
los franceses, cumplamos este objetivo, si no por
el recuerdo de las crueldades que ellos han ejercido,
al menos por la resolución terrible que vamos
a tomar de condenar a la muerte a cualquiera que,
nacido francés, mancillará con su pie
sacrílego el territorio de la libertad.
Hemos osado ser libres. Osemos serlo por nosotros
mismos; imitemos al niño que crece; su propio
peso quiebra la andadera que se vuelve inútil
y que le estorba en su andar. ¿Qué pueblo
ha combatido por nosotros? ¿Qué pueblo
podría recoger el fruto de nuestros trabajos?
¿Y qué deshonrosa absurdidad es vencer
para ser esclavo? ¡Esclavo! Dejemos a los franceses
este calificativo; han vencido para dejar de ser libres.
Marchemos sobre otras huellas; imitemos a esos pueblos
que, llevando su solicitud hasta sobre el porvenir
y temiendo dejar a la posteridad el ejemplo de la
libertad, han preferido ser exterminados que borrados
del número de pueblos libres. Cuidémonos
sin embargo de que el espíritu de proselitismo
destruya nuestra obra ; dejemos a nuestros vecinos
respirar en paz; que vivan apaciblemente bajo la égida
de las leyes que ellos se han hecho, y no vayamos,
botafuego revolucionario, a erigirnos legisladores
de las Antillas y hacer consistir nuestra gloria en
turbar el reposo de las islas que lindan con nosotros;
éstas no tienen venganza que ejercer contra
la autoridad que las protege, felices de no haber
conocido nunca los azotes que nos han destruido, no
pueden más que formular deseos por nuestra
posteridad. ¡Paz a nuestros vecinos! ¡Pero
anatema al nombre francés! ¡Odio eterno
a Francia! He aquí nuestro grito. Indígenas
de Haití, mi feliz destino me reservaba para
ser un día el centinela que debe velar por
la guardia del ídolo al cual os sacrificáis.
He velado, combatido algunas veces solo, y he sido
lo bastante feliz para volver a poner en vuestras
manos el depósito sagrado que me habéis
confiado, pensad que os corresponde a vosotros ahora
conservarlo.
Al combatir por vuestra libertad, he trabajado por
mi propia felicidad. Antes de consolidar por medio
de leyes que aseguren vuestra propia individualidad,
vuestros jefes que reúno aquí y yo mismo,
os debemos la última prueba de nuestra devoción.
Generales y vosotros, jefes reunidos aquí cerca
de mí por la felicidad de nuestro país,
el día ha llegado, este día que debe
eternizar nuestra gloria, nuestra independencia. Si
hubiese entre nosotros un corazón tibio, que
se aleje y tiemble al pronunciar el juramento que
debe unirnos. Juremos al Universo entero, a la posteridad,
a nosotros mismos, renunciar para siempre a Francia
y morir antes que vivir bajo su dominación,
combatir hasta el último suspiro por la independencia
de nuestro país.
Y tú, pueblo demasiado tiempo desafortunado,
testigo del juramento que pronunciamos, acuérdate
que fue con tu constancia y tu valor con lo que conté
cuando me lancé a la carrera de la libertad
para combatir al despotismo y la tiranía contra
las cuales luchabas desde hacía catorce años.
Acuérdate que he sacrificado todo para volar
a tu defensa: padres, hijos, fortuna; y que ahora
no soy rico más que de tu libertad; que mi
nombre se ha convertido en el horror de todos los
pueblos que quieren la esclavitud, y que los déspotas
y los tiranos no lo pronuncian más que maldiciendo
el día que me vio nacer; y si acaso te negaras,
o recibieras murmurando las leyes que el Genio que
vela sobre tus destinos me dictará para tu
felicidad, merecerías la suerte de los pueblos
ingratos; pero lejos de mí esta espantosa idea;
tú serás el sostén de la libertad
que amas y el soporte del jefe que te manda.
Prestad todos pues el juramento de vivir libres e
independientes, y de preferir la muerte a todo aquello
que tendería a ponernos nuevamente bajo el
yugo. Jurad finalmente perseguir para siempre a los
traidores y enemigos de vuestra independencia.

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