Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
VUELVE AL ATAQUE LA « LEYENDA NEGRA » DEL EMPERADOR
El Emperador Napoleón y el esclavo malayo Toby
En los Briars, en octubre de 1815, el Emperador hace amistad con el viejo esclavo y propone comprarlo con el objetivo de devolverle su libertad y enviarle de regreso a casa. Esta oferta fue sin embargo rechazada por el gobernador de Santa Helen, Hudson Lowe.
PRESENTACIÓN GENERAL  

El dos de diciembre de 2005, día glorioso del bicentenario de la batalla de Austerlitz, Francia - esta vez en la persona del Emperador Napoleón - fue nuevamente víctima de los ataques de un enemigo de la grandeza y de la gloria de esta gran nación. En efecto, aprovechando los terribles acontecimientos sociales que en ese momento conmovían a ese país, un escritor sensacionalista, Claude Ribbe, haciéndose pasar por el defensor de la causa de las « minorías oprimidas », no dudó en publicar exactamente el día del bicentenario un escrito que reúne amalgamas históricas, anacronías patentes, citas astutamente truncadas y falaces, y que inclusive los más acerbos enemigos de Napoleón calificaron de «panfleto», «caricatura» y otros términos equivalentes.

Poco importó la objetividad de los críticos, el mal estaba ya hecho, ya que al mismo tiempo en que el sombrío autor de este libelo irrisorio se jactaba viendo que su obra había logrado su objetivo con las autoridades, a saber el hecho de sabotear tan importante conmemoración, los medios de comunicación se complacían difundiendo una obra que, aunque llena de falsedades y de falacias, aprovechaba la ignorancia del público en general para desencadenar las pasiones necesarias a la mejor venta de sus ediciones y emisiones. En lo que se refiere al mencionado señor Ribbe, poco hay que decir de un autor que manifiestamente se aventura sin chistar en temas que desconoce, y que recurre a procedimientos tan groseros para tratar de ganarse así el fugaz brillo de una popularidad de ocasión.

Y es que, suponiendo que el restablecimiento de la esclavitud en las Antillas fuese un crimen penalmente definido, es preciso recordar que, contrariamente a las acusaciones del Sr. Ribbe, dicha medida está lejos de ser el crimen de un solo hombre, el incriminado Primer Cónsul Bonaparte, quien de hecho se opuso en múltiples ocasiones a su adopción. Seamos pues muy claros en este punto y no nos velemos los ojos: la falta incumbe en primer lugar a la República francesa.

En efecto, es en los corredores, salas y tribunales de toda una serie de instancias oficiales del gobierno donde el proceso de restablecimiento tiene su origen, desarrollo y conclusión:

- Primeramente, y bajo presión directa de los lobbies comerciales e industriales, fue planteado por el Consejo de Estado,
- Fue enseguida discutido por el Tribunado, que propuso su adopción,
- Ésta última fue decidida y aprobada por el Cuerpo Legislativo,
- Finalmente, el Senado validó el conjunto...

¡Como vemos, lo menos que podemos decir es que el Primer Cónsul contaba con muchos cómplices incluso antes de que él mismo conociese el proyecto, al cual, como ya dijimos, se opuso inicialmente con firmeza!
Precisemos por otra parte que la mayoría de todos esos representantes de la república francesa eran antiguos electos de la Convención y/o de los consejos del Directorio, figurando incluso entre ellos legisladores que habían votado la abolición en 1794...
Ahora, ¿Por qué nadie habla de su grave responsabilidad en este asunto?
Planteémonos y respondamos con franqueza a la siguiente pregunta: ¿podía el Primer Cónsul desafiar y oponerse a todas estas instancias gubernamentales oficiales y legalmente constituidas, contariarlas arbitrariamente, fundado sobre su propia y única voluntad y convicciones, sin caer en esa figura de « dictador » despótico que aquellos mismos que le acusan le imputan?
¿Podía (acaso tenía el derecho, podríamos añadir), máxime en el contexto de una Francia que salía de un periodo de diez años de guerra feroz y continua, sacrificar fríamente el futuro de toda una nación y de sus colonias por el de una isla? El problema no tenía nada que pedirle al más complejo dilema corneliano...
En todo caso, lo que desde ahora sí podemos señalar con todo el aplomo que brinda la certeza, es que el Señor Ribbe parece ignorar, o lo que es aun peor, osemos la palabra, opta por « olvidar », que (en una época en la que la esclavitud era practicada en el conjunto del planeta y uno de cada cuatro africanos era el esclavo de... ¡otro africano!) fue precisamente el Emperador Napoleón quien, en 1815, abolió primer soberano de europa en hacerlo la trata de negros, como medida preliminar para erradicar la esclavitud a largo plazo. Para quien pusiera en duda sus intenciones basta recordar que el Emperador, y nadie más que él, acabó anteriormente con la servidumbre en Polonia y con los ghettos de judíos en todo el Imperio, ambos restablecidos a su caída por las potencias de la Santa Alianza.

Pero volviendo al panfleto que nos ocupa, y en lo que se refiere al editor de esta farsa, ¡nos preguntamos cuánto tendremos que esperar para a conocer la cifra de ventas de su nuevo éxito de librería y así descubrir cuál es el precio de la infamia, el de la traición a la memoria, a la historia, y al honor de su propia Patria!

A continuación, a manera de introducción, les presentamos un artículo publicado en el diario francés Le Monde, en su edición del primero de diciembre de 2005, que nos dará una imagen del contexto y controversia generales. Enseguida, proponemos los comentarios del Profesor Pierre Nora, de la Academia francesa, seguidos por la respuesta de diversos especialistas con sendos artículos, todos de gran importancia: entre ellos, un categórico ensayo de la pluma del General Michel Franceschi, reconocidísimo experto del periodo Napoleónico. Otro más es obra del Señor Pierre Branda, miembro destacado del Recuerdo Napoleónico, a quien agradecemos su cortés contribución y su gentileza al comunicarnos nuevos datos que figuran en exclusiva para el mundo hispánico en este espacio.

Nota: Ver también en este sitio: El crimen de Napoleón, o la exquisita modestia del Sr. Claude Ribbe, por Jean-Claude Damamme.

 

 

Ecos de la Prensa
CUANDO NAPOLEÓN ANUNCIA A HITLER

Por Jérôme Gautheret

Artículo publicado en la edición del 01. 12. 2005 del diario Le Monde.


Mejor decirlo de inicio: « El Crimen de Napoleón » no es un libro de historia.

En efecto, sería peligroso tomar esta obra por otra cosa que una carga polémica dirigida contra los « historiógrafos oficiales », acusados de minimizar el pasado esclavista de Francia. Si la petición de una relectura crítica del hecho colonial es legítima, se puede dudar que este panfleto contribuya verdaderamente a ello.

A la hora del bicentenario de Austerlitz, el libro del escritor de Guadalupe Claude Ribbe regresa a un episodio mucho menos glorioso: el restablecimiento en 1802 de la esclavitud, abolida en 1794, y el envío a las Antillas de un cuerpo expedicionario que multiplicó las exacciones sin lograr evitar la pérdida de Santo-Domingo (Haití).

El relato del autor es alerta y avasallador, pero sus prejuicios crean pronto un cierto malestar. Es así en cuanto al uso sistemático y anacrónico del término «genocida» para calificar la represión que se abatió sobre las poblaciones de las Antillas: las exacciones fueron de una violencia extrema, pero nada demuestra la existencia de un « plan de exterminio » secreto tras las órdenes lejanas de Bonaparte. Por otro lado, otras fórmulas provocan el malestar. Bajo la pluma de Claude Ribbe, las prisiones que acogen a los prisioneros deportados se convierten en « campos de concentración », las calas de los barcos en donde murieron asfixiados algunos hombres y mujeres, después de intoxicarse con azufre, son llamados « cámaras de gas »...

Estas analogías transparentes no tienen otra finalidad que nutrir la tesis central del autor, que por otra parte nada sustenta: Napoleón es « el primer dictador racista de la historia », « aventurero nogrófobo » cuya acción “prefigura de manera evidente la plítica de exterminio entablada contra los judíos y los gitanos durante la segunda guerra mundial”

El restablecimiento de la esclavitud del Código negro anunciaría las leyes de Nuremberg, y las masacres de la armada napoleónica serían el preámbulo de la « solución final »...

Como si el mensaje no fuera lo suficientemente claro, el editor escogió para ilustrar la pasta del libro una fotografía de Adolf Hitler observando la tumba del Emperador, en junio de 1940. Una última provocación que desacredita aún un poco más el propósito, sin duda destinado a un bello futuro en la confusión actual.

Al lector que desearía una síntesis seria sobre el periodo, aconsejaremos más bien el reciente Esclavage, métissage, liberté. La Révolution française en Guadeloupe 1789-1802 de Frédéric Régent (Grasset). Una Síntesis más árida, pero mucho más recomendable

Le crime de Napoléon de Claude Ribbe; Ediciones Privé.

 

ALEGATO POR LOS « INDÍGENAS » DE AUSTERLITZ

Por el Profesor
Pierre Nora

El artículo siguiente fue publicado en la edición del diario francés “Le Monde”, del 12 de diciembre de 2005; es obra del gran historiador y académico Pierre Nora.
Nacido en 1931, obtiene su licenciatura en letras y filosofía y su agregación de historia en 1958, viajando posteriormente a diversos países como Argelia, Estados Unidos, Cuba, China. Desde entonces, ha llevado a cabo una actividad paralela de universitario y de editor.
Asistente y Maestro asistente en el Instituto de estudios políticos de París de 1965 à 1977, director de estudios en la Escuela de Altos Estudios en ciencias sociales, especializado en el estudio de la historiografía y del sentimiento nacional, se ha consagrado especialmente, en el marco de una « historia del presente », a la elaboración de una problemática general de la memoria histórica contemporánea.
Es doctor honoris causa de la universidad de Laval en Quebec (1999).
Fundador en 1980 de la revista Le Débat, fue presidente de la “Librería europea de las ideas” (Librairie européenne des idées » en el Centro Nacional del Libro, perteneció al consejo de administración de la Biblioteca nacional de Francia, al consejo científico de la Escuela de las Cartas (École des chartes), al consejo de administración del establecimiento público de Versalles, y al Alto Comité de las celebraciones nacionales.

Ganador de los Premios Diderot-Universalis, Louise Weiss-Bibliothèque nationale, Gobert (historia) de la Academia Francesa y el Gran Premio nacional de la Historia.
En 2001, ingresa a la Academia Francesa en donde ocupa desde entonces el 27º sillón.
Entre sus innumerables artículos y publicaciones, subrayaremos en especial su ensayo de psicología colectiva Los franceses en Argelia, su Diccionario crítico de la Revolución francesa, el Cuadro N.R.F. de la literatura francesa, o sus Conversaciones del patrimonio, Daedalus, etc.

Con esta conmemoración, o mejor dicho esta no-conmemoración, de la batalla de Austerlitz, tocamos el fondo. El fondo de la vergüenza y el fondo del ridículo.

Europa entera se puso a trabajar. Bélgica conmemoró Waterloo con una reconstitución gigante que halló su éxito público. Los ingleses conmemoraron suntuosamente la batalla de Trafalgar, y Francia envió so más hermoso navío, aún cuando el hombre de quien lleva el nombre, Charles de Gaulle, probablemente no hubiese apreciado que Francia participase a la celebración de su propia derrota — pero en fin, ahí estábamos.

Y he aquí que los checos organizan con brillo la batalla de Austerlitz, la batalla de los “tres emperadores”. En espera del año próximo, cuando los alemanes proyectan lo que ellos mismos llaman un “una gran cita con Napoleón”, en Iena y en Auerstaedt (1806: victorias napoleónicas contra el reino de Prusia).

Todas estas manifestaciones son el signo tangible de que Napoleón no pertenece sólo a Francia y que entró en el imaginario y el patrimonio europeos. Con su leyenda y su contra-leyenda, con su situación ambigua de portavoz de la Revolución de los derechos del hombre y de unificador de una Europa a la francesa, por el hierro y por el fuego.

¿Y Francia? Se excusa, se hace toda chiquita, se hace perdonar, y se esconde detrás de su dedito. Se podrá decir que este dedito era sin embargo su ministra de la defensa, así es como se comprendió y como se quiso.

¿Y porqué? Porque un quídam decidió, en un panfleto sin pies ni cabeza publicado por las ediciones Privé, que el Código negro prefiguraba las leyes de Nuremberg, y que Napoleón anticipaba a Hitler (se trata de la obra de Claude Ribbe). Siempre esta manía de hoy de no juzgar la historia más que en términos morales y de hincar en el pasado rejillas de interpretación que no son válidas más que para el presente. El quídam sin otra autoridad intelectual o moral que la que le acaban de conferir por aberración nombrándolo por decreto del Diario oficial del 10 de noviembre a la Comisión nacional consultativa de los derechos del hombre.

Uno cree estar soñando. Inclusive aquellos, a quienes pertenezco, que no son napoleónicos fervientes, se frotan los ojos y se sienten convertirse a su vez en « indígenas » de la Grande Armada. ¿Los profesores tendrán que dejar de dibujar en el pizarrón negro Valmy, Austerlitz y Verdun? Cesar de enseñar a sus alumnos los versos de Víctor Hugo que tanto gustaban a Peguy:

No odio oír en el fondo de mi pensamiento / El ruido de los pesados cañones rodando hacia Austerlitz.”

Quienes leyeron con placer los Cien Días (Ediciones Perrin, 2001) de un cierto Dominique de Villepin sienten pena ajena por el autor, quien debió tragarse su sombrerito.

¿Y todos aquellos quienes, condecorados con la Legión de Honor, se acuerdan de que la deben a Napoleón, quien creó la orden por razones militares, deben ahora preguntarse si el color rojo que portan en el ojal no debe subírseles a la frente?

Es el momento de recordar la observación del historiador Marc Bloch (1886-1944): «hay dos categorías de franceses que nunca comprenderán la historia de Francia: los que se niegan a vibrar ante el recuerdo de la Coronación de Reims y los que leen sin emoción el relato de la Fiesta de la Federación». Hubiese podido añadir: los que no sienten algo elevarse en su corazón con el sol de Austerlitz.

¿En el punto en el que están las cosas, porqué no ir hasta el extremo? ¡Un esfuerzo ciudadano más! O mejor dicho, puesto que la responsabilidad de esta bufonada corresponde a la más alta autoridad del Estado, que ésta me permita hacerle respetuosamente una modesta sugestión: Señor Presidente, le gusta a usted complacer a todo el mundo, no se detenga en tan buen camino. Ya de una vez, saque pues a Napoleón de los Inválidos para regresárselo a los corsos y ponga mejor ahí a la tumba del Esclavo desconocido.

Por haberme comprometido a fondo a favor de la independencia de Argelia, sé que hay muchas medidas que tomar para poner al día a Francia con su consciencia colonial, siempre demasiado buena o demasiado mala. Pero ésta última es sin duda la más lamentable, y tan sólo propia a perder en todos los campos.

Pierre Nora.

 

CARTA AL SEÑOR PRIMER MINISTRO DE FRANCIA, DOMINIQUE DE VILLEPIN

Por el Señor
Raphaël Lahlou

El Sr. Raphaël Lahlou, miembro de honor del  Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia.

Historiador, miembro de honor del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia.
Ganador del Premio Verdaguer 2005 del Instituto de Francia (Academia francesa).

Señor Primer Ministro,

Es con inquietud como me dirijo a usted, tanto como historiador, como ciudadano cuidadoso de la paz civil. Desde hace muchos meses, y más aún desde hace algunos días, ante el bicentenario de la batalla de Austerlitz (celebrado con sobriedad en Francia como en el extranjero), se eleva una ola de protestas de resabios extremamente inquietantes, y provenientes de los representantes del colectivo del 2 de Diciembre y de diversos organismos similares y asociados, cuyo miembro más importante, desde el punto de vista del talento y de las capacidades es el Sr. Claude Ribbe.

Éste último es el autor de una bella evocación novelesca del general Dumas y de un buen escrito sobre la expedición de Santo Domingo; pero los últimos trabajos del Sr. Claude Ribbe, sobre la esclavitud y su restablecimiento, en 1802, son voluntariamente polémicos y provocadores.

La amplitud de las reacciones de esos colectivos y de su representante no me parece pertenecer al campo de la investigación histórica serena. En efecto, el comité pretende hacer demandar de manera póstuma a Napoleón Bonaparte, a nivel moral y a nivel de una historia revisada, por crimen contra la humanidad porque éste último, 1802, habría restablecido la esclavitud por una única voluntad racista y asesina, en virtud de una lógica « genocidaria ».

Un proyecto, Señor Primer Ministro, de esos colectivos es hacer entregar la legión de honor al general Alejandro Dumas, de manera póstuma. Preparando una biografía de su hijo, el ilustre escritor, me asocio con gusto a esa idea. Al contar entre mis ancestros con generales divisionarios de la Revolución, en particular el joven general corso Jean-Charles Abbatucci, muerto heroicamente al defender Huningue, en 1796 (y él mismo no titular de la legión de honor), no puedo sino ser sensible a este cometido.

Sin embargo, las últimas reacciones del Sr. Ribbe acerca de la cuestión espinosa de la esclavitud y sobre la responsabilidad « criminal » e unilateral de Bonaparte en su restablecimiento, en 1802, apelan a muchos comentarios o precisiones necesarias. Pues otro proyecto, al cual me niego a acordar el más mínimo crédito, del Sr. Ribbe y de sus colectivos, es hacer colocar en la tumba de Napoleón en los Inválidos una placa que lleve la inscripción siguiente: «Aquí yace el hombre glorioso quien, en 1802, restableció la esclavitud».

Ciertamente, Bonaparte mantuvo – y no restableció – la esclavitud, así como lo dice expresamente el texto de la ley de 1802; pero no es posible olvidar otros hechos, y en particular el contexto general del asunto. Pues, aún cuando la esclavitud es oficialmente abolida en 1794 por la Convención, la ley de abrogación no fue aplicada. Así, en Guyana por ejemplo, desde 1794, el comisario Brusnel instaura para los esclavos libertados un riguroso trabajo forzado, que será mantenido por Víctor Hugues, nombrado a su sucesión por el Directorio agonizante, en la primavera de 1799. Las revueltas habían estallado en las colonias francesas desde 1791 (el caso de Santo Domingo siendo a la vez el más flagrante y el más ambiguo: Toussaint-Louverture, convertido en general francés iba a llevar a cabo en los años siguientes, hasta su captura por los franceses en 1802 y su muerte en prisión en 1803, una política en la que el trabajo forzado y la esclavitud « pragmática y económica », iban a formar una triste parte desde mediados de los años 1790).

La ley generosa de abolición de 1794 no fue aplicada. En 1797, el Directorio (sin Bonaparte, naturalmente), preparaba ya la famosa expedición para «echar a andar las colonias», que no debía realizarse hasta 1802, bajo las órdenes de Leclerc en Santo Domingo y de Richepance y de Víctor Hugues para el resto de las islas. Los oficiales y generales « de color » fueron dados de baja del personal militar en 1797. Lo cual, en sus argumentos, el Sr. Ribbe se cuida bien de no señalar, atribuyendo esta decisión tan sólo al cónsul Bonaparte, en 1802.

Por lo demás, sin entrar en el estricto debate de la esclavitud y de su abolición, Señor Primer Ministro, hay que acordarse de que, de la Convención hasta los años del Consulado, los negros (esclavos o no) no fueron los únicos que sufrieron, cuando se rebelaban, frecuentemente con excelentes razones, una represión feroz: el Oeste de Francia, Bretaña, Mayenne, Vendea, las regiones de Marsella o de Lyon, igualmente, conocieron una represión salvaje. Fue en Vendea donde se experimentaron las bolas de azufre, primeros ensayos de muerte por gas, que el Sr. Ribbe no encuentra más que en la isla de Guadalupe.

Durante un breve debate confrontándolo al Sr. Thierry Lentz, historiador y presidente de la Fundación Napoleón, en el breve espacio de un diario televisivo del servicio audiovisual público, el Sr. Ribbe expresó declaraciones totalmente lamentables. En particular, cuando trató de hacer amalgamas dudosas, entre Napoleón y Hitler, e insistiendo en el viaje a París de éste último en 1940, sobre su visita a la tumba imperial de los Inválidos.

Este viaje, el Sr. Ribbe lo encuentra revelador de la admiración del racista y criminal canciller alemán por el « racista y criminal » Primer Cónsul Bonaparte. Éste se convirtió en Emperador de los Franceses y de la República francesa en 1804 y se encuentra finalmente confirmado por el éxito de las armas de un ejército nacional y republicano, el 2 de diciembre de 1805 en Austerlitz (esta batalla esencial y mediática sirve de « razón », sin duda el 3 de diciembre de 2005, al Sr. Ribbe para poner en escena una manifestación fuertemente política contra « Bonaparte el esclavista ». Sin lo cual, no vemos la relación entre la esclavitud y las llanuras de Moravia, el marco célebre de la famosa batalla). ¿Porqué este desprecio relativo a instituciones francesas, mientras que ese mismo día una reconstitución de la batalla tendrá lugar en el sitio, juntando en un mismo movimiento conmemorativo franceses y diversos extranjeros, entre los cuales un estadounidense? Vencedores, vencidos y neutros están así reunidos.

Siguiendo con sus argumentos de amalgama, el Sr. Ribbe afirmaba enseguida que, durante el regreso de las cenizas del Rey de Roma, en 1942 (que no fue más que una tentativa política pérfida de manipulación de parte de las autoridades del Reich), Francia y Petain habían dado una recepción entusiasta al cadáver, en un gran movimiento multitudinario. Nada es más falso. Pocas personas asistían a la lúgubre ceremonia. Y, contrariamente a lo que afirma Ribbe, no fueron los soldados alemanes quienes llevaron hasta su tumba de los Inválidos los restos del desgraciado Napoleón II, sino una escolta de soldados franceses.

Por otra parte, en su empleo actual del general Dumas contra Bonaparte, el Sr. Ribbe transforma singularmente dos hechos: fue en Egipto donde, definitivamente, por motivos políticos y no racistas, (al negarse Dumas a apoyar el regreso a Francia de Bonaparte), los dos hombres vieron su camino común separado. Bonaparte guardó de ello un despecho definitivo que, en los años siguientes, arruinó la carrera de Dumas. Hasta Egipto, Dumas (amigo de Kleber y de Jourdan) beneficiaba del amparo de Bonaparte, quien le apodaba « el Horatius Cocles del Tirol ». No fue el Cónsul Bonaparte quien mandó destruir la estatua del general Dumas en Villers-Cotterêts, sino los alemanes en 1943; pero para el Sr. M. Ribbe, Hitler y Napoleón pertenecen al mismo mundo.

Aún cuando Napoleón pertenecía claramente al suyo, a un mundo en el que las potencias de Europa coaligadas contra la Francia revolucionaria e imperial, practicaban mayoritariamente, masivamente y duramente la esclavitud (incluidas la república estadounidense de Washington y Jefferson, Inglaterra o inclusive España y Portugal). La actitud del Primer Cónsul en 1802 no era pues exclusiva de Francia tan solo. Y Bonaparte es en ello mismo heredero de las contradicciones de la Revolución... Entre las viejas monarquías, Dinamarca habiendo planteado el principio de la abolición en 1792 necesitará once años para aplicarlo, a partir de 1803.

Por otro lado, las colonias bajo Napoleón (una vez realizada la cesión de la Louisiana y considerando que las diversas islas, entre las cuales las Antillas, siguen estando constantemente amenazadas o son progresivamente ocupadas por los ingleses), no representan ya, a partir de los años 1802-1808, más que un espacio muy limitado, una serie de confetis geográficos poco poblados, en donde los franceses pierden su influencia en provecho de las potencias aliadas (ellas también esclavistas, y a mayor escala España en particular o Portugal). Además, Santo Domingo es independiente de facto en 1804, sin que la esclavitud cese bajo Toussaint Louverture (hasta 1802) y sus sucesores por « pragmatismo económico ». Dicho de otra forma, el terreno en que se mantuvo la esclavitud fue, entre 1802 y 1815, cada vez más reducido. Esto también, hay que tenerlo en cuenta, así como la duplicidad inglesa, que prohibía tácticamente la trata en 1807, pero no emancipó a los esclavos más que entre 1833 y 1838.

Esta carta es bien larga, Señor Primer Ministro, y debo terminar con dos hechos: El Sr. Ribbe tiene perfectamente el derecho de tener algo contra el Cónsul legislador de 1802; no puede sin embargo ignorar que Napoleón, el 29 de marzo de 1815, prohibió formalmente por decreto la trata y el comercio de esclavos. Esta disposición, conforme por cierto a las del tratado de Viena, fue completado por una ordenanza real en 1818. La ruta de la Abolición, terminándose legislativamente en 1848 y, formalmente gracias a los esfuerzos de Napoleón III contra la trata clandestina en 1861, fue pues abierta por Napoleón I. Añadamos finalmente que el Sr. Ribbe se niega a perdonar a Bonaparte mientras que el propio hijo del general Dumas había sabido hacerlo, en 1814. Y la familia de Dumas se había reconciliado a tal grado con los Bonaparte que una de las hijas de Alejandro Dumas hijo se casó con el eminente historiador bonapartista Ernest d’Hauterive, biógrafo meticuloso del general Dumas en 1897; otra de sus hijas iba a darle como nombre a uno de sus niños el de Napoleón: se trata de Sergio-Napoleón Lippmann, bisnieto de Alejandro Dumas padre.

Por otra parte, la saña con la cual el Sr. Ribbe persigue con la acusación asombrosa de « revisionismo » a eminentes historiadores napoleónicos o a especialistas de la trata negrera, como el Sr. Max Gallo y el Sr. Olivier Pétré-Grenouilleau – quien ha sido premiado por el Senado – es absolutamente inaceptable. Uno no puede utilizar el poder mediático que él tiene de la manera con la que lo emplea sin hacer amalgamas dudosas, y finalmente sin correr el riesgo de graves irresponsabilidades. Que el Sr. Ribbe tenga libremente su visión de la esclavitud, de sus consecuencias, es muy normal, pero por favor, a unos días de una crisis difícil para la Nación, que tenga más el sentido de la mesura y del apaciguamiento nacional. ¡Y que cese sus excesos de procurador peligroso!!
Pues finalmente, el Sr. Ribbe, tan listo como esté para saltar sobre los escritores y los historiadores, ¿está bien consciente del peligro de ciertos argumentos y amalgamas excesivos, en una Francia marcada por graves eventos en los suburbios? En donde el cuerpo docente tiene tantas dificultades para asegurar el conjunto de su misión ante la juventud... El Sr. Ribbe, quien pudo beneficiar de la igualdad de oportunidades, quien encarna un hermoso logro entre Escuela Normal y titulación por oposición en Filosofía, debería ser sensible a una cierta serenidad.

He aquí, Señor Primer Ministro, lo que tenía que decirle. No me queda más que pedirle crea en mi perfecta y alta simpatía.

Raphaël Lahlou.

 

NAPOLEÓN
CHIVO EXPIATORIO

Por el General
Michel Franceschi

General Michel Franceschi, oficial del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia.

El General Michel Franceschi, es Consultante Militar Especial y miembro de Honor del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia. Ocupa igualmente las funciones de Consultante Histórico Especial y de miembro del Comité Literario de la Sociedad Napoleónica Internacional, de la que es Miembro de Honor (FINS). En el sitio Internet de dicha institución dirige la rúbrica «Crónicas napoleónicas ».
Acaba de salir a la venta en Francia un libro perentoriamente intitulado “El crimen de Napoleón” tratando del restablecimiento de la esclavitud por el Consulado el 20 de mayo de 1802. ¿Merece esta obra la promoción mediática ensordecedora que acompaña a su aparición? La cuestión es saber si Napoleón merece la infamante acusación de... esclavismo levantada contra él.

Importa primeramente recordar que en el momento del acontecimiento, Francia ya está metida desde hacía algunos meses en un asunto de esclavitud en su colonia de Santo Domingo (1) Un antiguo esclavo negro, el fenomenal Toussaint Louverture (2), había sublevado a la isla y tomado el poder. En un primer tiempo, Bonaparte logró llevar a cabo con él una suerte de acuerdo de protectorado y lo nombra Capitán General en marzo de 1807. Pero muy rápidamente, el comportamiento dictatorial y violento de Toussaint Louverture amenaza al futuro de la colonia. Un cuerpo expedicionario desembarca en la isla en enero de 1802 para restablecer la situación.

Lo esencial aquí no es conocer los resultados del asunto sino las condiciones de esta intervención. La Marina, de la cual dependían las colonias, había aconsejado la expedición. El lobby comercial del azúcar y del café había presionado fuertemente al Primer Cónsul para que restableciera la esclavitud, abolida por la Convención en 1794. Bonaparte se había negado determinantemente y había resistido a sus presiones.

En la primavera de 1802 el asunto se desplaza a las Antillas. Firmado el 25 de marzo de 1802 con Inglaterra, el tratado de Amiens regresa a Francia las islas de Martinica y Guadalupe.
Es aquí donde se da el problema. Previamente ocupada por los ingleses (3), Martinica no había beneficiado de la medida de abolición.
La concurrencia económica entre ambas islas se había visto trastornada en detrimento de Guadalupe al punto de provocar en dicha isla un derrumbe de la producción y una gravísima crisis social difícilmente resorbida.

El primer movimiento de Bonaparte tras la recuperación de Martinica es hacer beneficiar a su vez la abolición de la esclavitud.
La Marina y los medios de los negocios se lo desaconsejan fuertemente. Al seguir siendo esclavistas las colonias británicas vecinas, las mismas causas engendrarían los mismos efectos nefastos para Martinica. Bonaparte busca entonces una solución en la conservación del statu quo. El senado opone su veto en nombre de la sacrosanta igualdad republicana.
Bonaparte se halla así confrontado a un terrible dilema, suerte de elección entre la peste y el cólera, en este caso la miseria en el caos o el regreso a una esclavitud en toda hipótesis aligerado.
Asumiendo sus responsabilidades de hombre de estado, se une, contra su conciencia, a esta última medida preconizada por el gobierno.

Tales son los hechos que ninguna argucia falaz puede torcer.

¿Puede uno de buena fe acusar al Primer Cónsul de haber escogido el menor de dos males? ¿Se acusa acaso por infanticidio al médico que, en un parto trágico, debe sacrificar la vida del niño a la de la madre?
¿Cómo se osa acusar a Napoleón de esclavismo, a él, el emancipador de los pueblos?

En verdad, sus detractores inveterados le han hecho actuar en este asunto el papel de chivo expiatorio. Bonaparte es menos culpable de esclavismo que el rey de Inglaterra o el Zar de Rusia quienes no abolieron la esclavitud ni la servidumbre, mientras él abolió éste último en Polonia en 1807 y la trata de negros durante los Cien Días, manera de abolir la esclavitud a plazo por extinción (4).

Tratándose de la isla de Guadalupe, comparte la responsabilidad de su decisión con los representantes del pueblo que han votado sin chistar la ley del restablecimiento. Esta medida fue posteriormente caucionada por todos los gobiernos que siguieron al de Napoleón hasta 1848, año de su abolición definitiva. Y, para dar más de la medida, añadamos que los historiadores serios evocan apenas el evento cuando no lo ignoran.

La elección de la fecha de salida del libro el día mismo de la conmemoración del bicentenario de Austerlitz señala una intención obsesiva de perjudicar la grandeza de Napoleón y en consecuencia la de Francia.

Definitivamente, esta indigente operación de falsificación de la Historia no mueve ni siquiera al desprecio, cuando mucho a la indiferencia...

NOTAS

1) Saint-Domingue, en francés, es hoy la República de Haití.
2) Santo Domingo, 1743 - Fuerte de Joux, 1803.
3) Los ingleses se apoderaron de la isla en 1794.
4) Junto con la prohibición de la trata de negros y de la servidumbre en Polonia, entre otras medidas libertadoras para con otros pueblos, podemos citar las más importantes como la supresión de la Inquisición en España, el decreto de libertad de culto para los protestantes, la libertad de culto y protección para los armenios, y la destrucción de los ghettos de judíos en los reinos y naciones del Imperio anulando la obligación de portar la estrella amarilla.

 

 

UNA TESIS ARMADA DE PIES A CABEZA:

El CRIMEN DE NAPOLEÓN DE CLAUDE RIBBE

Por el Señor
Pierre Branda

Sr. Pierre Branda.

El texto siguiente es la respuesta del Señor Pierre Branda, miembro de la delegación de los Alpes Marítimos del Recuerdo Napoleónico (Souvenir Napoleónien). El Señor Branda vive en la ciudad de Niza; es diplomado en administración y en su calidad de jefe de empresa, ha publicado diversos estudios específicamente sobre las finanzas del consulado y el imperio. Asímismo, contribuye regularmente con la Fundación Napoleón sobre estos temas especialmente.

« Mejor decirlo de inicio: “El Crimen de Napoleón” no es un libro de historia. » ha escrito al principio de su crítica literaria Jérôme Gautheret de “Le Monde” (primero de diciembre de 2005). ¿Entonces, porqué hablar de él? Muy simplemente porque este libro ha sido presentado como tal y que un gran número de sus conclusiones fueron apenas discutidas por ciertos medios televisivos muy frecuentemente reductores. Por otro lado, no es inútil regresar sobre el fondo de la obra del señor Ribbe. Pues fue justamente a partir de « hechos históricos » que el autor construyó su panfleto. Esta obra está también constituida por importantes pasajes referentes al estado actual de nuestra sociedad. Si nuestro propósito no es discutir acerca de ellos, como recordatorio, sin embargo, nos pareció importante citar un extracto significativo: « Francia, porque vivió de la esclavitud y que no quiere reconocerlo, porque el Directorio se prostituyó a Bonaparte, se quedó racista, como cada descendiente de esclavo puede constatarlo con facilidad al pasearse por la calle. En el siglo XXI, en los prestigiosos barrios de París en donde están aún alineadas las residencias de los colonos de Santo Domingo, no se tolera a los negros más que para asustar en la entrada de las tiendas de lujo y a las negras más que para empujar las carriolas de los niños blancos (página 23). El tono está dado. No nos corresponde responder aquí políticamente a Claude Ribbe. Ciertos cantantes de Rap son igualmente poco amenos para con Francia y sus grandes personajes. El autor no tiene los mismos ultrajes pero si no hace Rap, veremos que en materia histórica, derrapa alegremente.

Según él, el restablecimiento de la esclavitud no es el más grave « crimen » de Napoleón. Ya que cada uno sabe que no fue ni el primero ni el último a recurrir a ella. Además, nadie ignoró la ley de 1802 que puso fin a la abolición de la esclavitud en ciertas colonias. En efecto, un coloquio importante sobre el tema se llevó a cabo en París en 2002. No, el verdadero « crimen » de Napoleón consiste en un « genocidio » perpetrado a gran escala contra los negros de las Antillas. « Sin el precedente de Napoleón, nada de leyes de Nuremberg. Hitler lo sabe. » (Página 25) escribe el autor. A resultas de esto, he aquí al Emperador de los franceses convertido en el « monstruo absoluto », el responsable de todos los crímenes desde 1802 puesto que desde entonces cada uno podía seguir su ejemplo.
Para fabricar su tesis, el señor Ribbe necesitaba cinco ingredientes principales: una personalidad abominable, una voluntad criminal confirmada, un testigo irrecusable, un modo de ejecución horrible y finalmente una amplitud criminal fuera de norma. Examinemos una tras otra las « recetas » empleadas por el autor para mistificar la historia:

El Regreso del « Ogro Corso »

Para cometer un crimen, hace falta forzosamente un personaje detestable. El señor Ribbe la toma largamente con la personalidad de Napoleón. Y en la materia, no duda en retomar todos las viejas trivialidades del género, ya sea el incesto con Paulina o su paternidad presunta del primer niño de Hortensia. Está también la pobre Esther Vesey, « mulata » de dieciséis años quien sufrió en Santa Elena al « negrófobo » para satisfacer su « libido estacional » y su «fascinación neurótica del colono impotente por la dominación sexual de su cautiva, a la vez codiciada y despreciada» (página 76). En cuanto al «racismo» de Napoleón hacia los negros, Ribbe la atribuye a su « odio » hacia el general Dumas (ese « coloso negro » siempre superior en grado en el momento de su encuentro con un Bonaparte « engallándose » y midiendo « cinco pies dos pulgadas ») (página 64) y a « un secreto de familia no asumido », su lejana descendencia de un « Francesco Buonaparte, llamado en el siglo XVI el « Moro » o el « Moro de Sárzano » (página 62).

Todo esto no es serio y podría prestarse a sonreír si el propósito no se pretendiera tan serio. ¡En todo caso, un panfletario antibonapartista del siglo XIX no habría podido hacerlo mejor! Ya no falta más que el « Ogro corso » a su tema...

Las instrucciones a Leclerc

Para que el crimen sea constituido, hace falta una voluntad sin equívoco. Cuando Leclerc, el cuñado de Napoleón, parte para retomar el control de la isla de Santo Domingo dirigida por el general negro Toussaint-Louverture, recibe según Ribbe una instrucción « verbal » de « exterminar a los ciudadanos « negros » (página 110). Solamente verbal, ya que el autor está bien preocupado por encontrar una prueba escrita de sus afirmaciones puesto que no existe.
Las instrucciones secretas recibidas por el marido de Paulina Bonaparte contenían cuando mucho órdenes de deportación a Guyana para aquellos quienes se « habían comportado mal ». Era seguramente poco suficiente para hacer de él uno de los padres del nazismo. Así, Ribbe encuentra una parada bien cómoda: « Napoleón pensó siempre en su leyenda. Jamás un escrito para ordenar lo inconfesable » (página 99). El autor desconoce profundamente la historia del Primer Imperio. Cuando Napoleón quiere reprimir una revuelta, no se priva de ordenarlo por escrito y sin rodeos. Su correspondencia publicada recientemente por la Fundación Napoleón brinda múltiples ejemplos para Italia o España. Así pues, es muy sorprendente que para un «negrófobo» de su índole, haya querido disimular su « crimen ». Esto no resiste al análisis de los hechos. Si hubiese habido instrucciones muy severas hacia los negros, Leclerc hubiera recibido la orden formal.

Más lejos en su libro, Ribbe escribe todavía: « En su última carta fechada del 7 de octubre de 1802, Leclerc repite como por un hechizo las instrucciones negrófobas que le han sido dadas en las Tullerías: « Hay que destruir a todos los negros de la Montaña, hombres y mujeres, no guardar más que a los niños menores de doce años [...] ». ¡Listo, ya estamos! La voluntad genocida parece patente. Salvo que... Ribbe ha « omitido » citar la frase que precedía este texto y que invalida totalmente su tesis: « He aquí mi opinión sobre ese país » escribía Leclerc un día antes de sucumbir de fiebre amarilla.

El caballero de Fréminville

Para describir el horror, hacía falta un testigo: será esencialmente el Caballero de Fréminville, oficial de marina presente en Santo Domingo. Los extractos escogidos describen los horrores perpetrados por el general Rochambeau, sucesor del general Leclerc. Los ahogamientos en serie de negros llenaron evidentemente de asco al joven oficial. Según Ribbe, esta situación es por supuesto el hecho de órdenes « implícitas » de Bonaparte. Salvo que... Fréminville había dado su propia versión de los hechos : « ¡De un lado como del otro, no hay cuartel! Rochambeau rivalizó en barbarie con los generales negros. Estos últimos hacían aserrar, entre dos tablones, a los blancos que caían entre sus manos. Les arrancaban los ojos con un sacatrapos, y les quemaron todos vivos. Los Blancos, por su lado, ahogaban sin piedad a los negros ». Por supuesto, este pasaje fue olvidado en el libro que nos ocupa. Esta atroz escalada alimentada por militares sanguinarios, Rochambeau del lado francés y Dessalines del lado haitiano, no podía en efecto convenir a la tesis central de la obra de Ribbe. De todas maneras, para él, las exacciones cometidas por los insurgentes no lo fueron más que en «estado de legítima defensa» (página 194)... Pero ahí, ninguna cita sobre el tema.

Las cámaras de gas

Para que el « crimen » sea horrible, hacía falta que su « genocidio » pareciese al perpetrado por los nazis. Así pues, ¿qué mejor que las cámaras de gas? Ribbe afirma que fue un método corriente de ejecución de los rebeldes pero también de los civiles negros que caían en manos de los franceses. Se basa para ello en las afirmaciones de tres historiadores del siglo XIX (de los cuales dos haitianos), Thomas Madiou, Antoine Métral y Juste Chancelatte y sobre el de Víctor Schoelcher, ardiente adversario de Napoleón III, en su biografía de Toussaint Louverture. Si las memorias del tiempo evocan en efecto muertes crueles, ese método de ejecución no figura en ellas. Ciertamente la ausencia de pruebas no es una prueba de la ausencia de las « cámaras de gas ». Esta « guerra de colores » como la llamó Fréminville no ahorrara ningún horror a uno o a otro campo. Pero en cambio, que esta posibilidad de crimen haya inspirado al régimen nazi, es imposible. Los libros de Thomas Madiou y de Antoine Métral no fueron publicados más que en Haití (respectivamente en 1848 y 1825) y jamás traducidos a otras lenguas. En cuanto al libro de Víctor Schoelcher quien abolió con su ley la esclavitud en Francia, es poco verosímil que haya figurado en las bibliotecas de los dirigentes nazis... De todas formas, Hitler en esta materia no tenía que buscar muy lejos, la Primera Guerra Mundial que él había conocido no habrá sido avara de este modo de exterminio.

Una contabilidad macabra

Para que el « crimen » sea impresionante, hace falta un número de víctimas considerable al menos del orden del millón. Por ello, Ribbe termina su obra de la manera siguiente: « Por su culpa, al menos doscientos mil africanos serán deportados a las colonias francesas y un millón más perderán la vida a causa de estas operaciones de deportación si se consideran cinco africanos muertos por un esclavo desembarcado en las Antillas » (página 195). ¡Diantre! Salvo que... bajo el Imperio, la trata de negros no concernió más que a 20 000 negros africanos (contra más de un millón en el siglo XVIII) y que la tasa de mortandad a bordo de los barcos negreros era de 10 % más o menos. Así pues, no hubo un millón sino dos mil a causa de la trata negrera. Esta cifra era por supuesto demasiado « magra » para concluir este « Crimen de Napoleón ».

Sin esos cinco elementos, el « crimen » de Napoleón se derrumba. El señor Ribbe había sin embargo logrado con éxito su « casting » pues este nombre es siempre capaz de suscitar las pasiones con casi los mismos ultrajes que hace 200 años. ¡He aquí otro tema más para los (verdaderos) historiadores de Napoleón!

 

 

ANEXO

EL VERDADERO GENOCIDIO DE SANTO DOMINGO

Por su parte, y para concluir este expediente, el INMF presenta un documento desconocido por el público en general. Nos muestra que en efecto, sí existió un genocidio en Santo Domingo - ¡pero ciertamente no el que uno podría pensar a la lectura del panfleto que hemos analizado!. Se trata de la proclama oficial de Jean-Jacques Dessalines (1758-1806) sucesor de Toussaint Louverture, a los habitantes de la isla; fue compuesta por Boisrond Tonnerre autor igualmente de otra tristemente célebre declaración:
« Para levantar el acta de nuestra independencia, hace falta la piel de un blanco para servir de pergamino, su craneo como escribanía, su sangre como tinta, y una bayoneta como pluma ».
Por cierto, por curioso que parezca, esta proclama que desencadenó los suplicios y masacres de la población civil blanca de la isla fue cuidadosamente « escamoteada» por el señor Claude Ribbe al momento de redactar su obra. Vemos que en este caso específico, la existencta material de pruebas escritas no era tan importante para sus fines, como la ausencia de ellas, en el caso de Napoleón...
Los comentarios salen sobrando, por lo que sin más explicaciones lo dejamos a la apreciación de nuestros lectores.

 

PROCLAMA DE DESSALINES A LA POBLACIÓN DE SANTO DOMINGO

Jean-Jacques Dessalines

Ciudadanos, no es suficiente haber expulsado de vuestro país a los bárbaros que lo han ensangrentado desde hace dos siglos, no es suficiente haber puesto un freno a las facciones siempre renacientes que esgrimían una y otra vez el fantasma de libertad de Francia exponía a vuestros ojos; hace falta, por un último acto de autoridad nacional, asegurar para siempre el imperio de la libertad en el país que os ha visto nacer; hay que arrebatar al gobierno inhumano, que desde hace tanto tiempo tiene nuestros espíritus en la torpeza más humillante, toda esperanza de volver a avasallarnos. Hace falta finalmente, la independencia o la muerte.
Que estas palabras sagradas nos unan en torno a la bandera y que sean por doquier la señal de nuestra reunión.
Ciudadanos, mis compatriotas, he juntado, el primero de enero, en este día solemne, a estos militares valientes quienes, en vísperas de recoger el último suspiro de libertad, han prodigado su sangre para salvarla. Estos generales que han guiado vuestros esfuerzos contra la tiranía no han todavía hecho suficiente por vuestra felicidad. El nombre francés es aún lúgubre en nuestras comarcas. Todo en ellas retraza el recuerdo de ese pueblo verdugo; nuestras leyes, nuestras costumbres, nuestras villas, todo lleva aún la huella francesa; ¿qué digo? Existen aún franceses en nuestra isla, y os creéis libres e independientes de esa república que ha combatido a todas las naciones, es verdad, pero que nunca ha vencido a las han querido ser libres.
¡Y qué! Víctimas durante catorce años de nuestra credulidad y de nuestra indulgencia; vencidos, no por ejércitos franceses, sino por la engañadora elocuencia de las proclamas de sus agentes, ¿cuando nos cansaremos de respirar el mismo aire que ellos? ¿Que tenemos en común con ese pueblo bárbaro? Su crueldad, comparada a nuestra paciente moderación, su color y el nuestro, la extensión de los mares que nos separan, nuestro clima, nos dicen suficientemente que ellos no son nuestros hermanos, que nunca lo serán, y que, si hallan asilo entre nosotros, serán los maquinadores de nuestros problemas y de nuestras divisiones.
¡Ciudadanos indígenas! Hombres, mujeres, niñas y niños, dirigid vuestras miradas hacia todas las partes de esta isla. Buscad en ellas a vuestras esposas, a vuestros maridos, a vuestros hermanos, a vuestras hermanas, ¿qué digo? Buscad en ellas a vuestros niños de pecho, ¿en qué se han convertido? Tiemblo al decirlo… La presa de esos buitres. En lugar de esas víctimas interesantes, vuestro ojo sorprendido no percibe más que a sus asesinos, más que tigres todavía chorreando de su sangre, y cuya horrenda presencia os reprocha vuestra insensibilidad y vuestra culpable lentitud en vengarles. ¿Qué esperáis para apaciguar sus manes? Pensad que habéis querido que sus restos reposasen un día junto a los de vuestros padres. ¿Cuándo hayáis echado a la tiranía, bajaréis a la tumba sin haberlos vengado? No, sus osamentas rechazarían a las vuestras.
Y vosotros, hombres preciosos, generales intrépidos, quienes, insensibles a vuestras propias desgracias, habéis resucitado a la libertad prodigándole vuestra sangre, sabed que no habéis hecho nada si no dais a las naciones un ejemplo terrible, pero justo, de venganza que debe ejercer un pueblo orgulloso de haber recobrado su libertad y celoso de mantenerla. Espantemos a todos los que estarían aún tentados de arrebatárnosla. Comencemos por los franceses, cumplamos este objetivo, si no por el recuerdo de las crueldades que ellos han ejercido, al menos por la resolución terrible que vamos a tomar de condenar a la muerte a cualquiera que, nacido francés, mancillará con su pie sacrílego el territorio de la libertad.
Hemos osado ser libres. Osemos serlo por nosotros mismos; imitemos al niño que crece; su propio peso quiebra la andadera que se vuelve inútil y que le estorba en su andar. ¿Qué pueblo ha combatido por nosotros? ¿Qué pueblo podría recoger el fruto de nuestros trabajos? ¿Y qué deshonrosa absurdidad es vencer para ser esclavo? ¡Esclavo! Dejemos a los franceses este calificativo; han vencido para dejar de ser libres.
Marchemos sobre otras huellas; imitemos a esos pueblos que, llevando su solicitud hasta sobre el porvenir y temiendo dejar a la posteridad el ejemplo de la libertad, han preferido ser exterminados que borrados del número de pueblos libres. Cuidémonos sin embargo de que el espíritu de proselitismo destruya nuestra obra ; dejemos a nuestros vecinos respirar en paz; que vivan apaciblemente bajo la égida de las leyes que ellos se han hecho, y no vayamos, botafuego revolucionario, a erigirnos legisladores de las Antillas y hacer consistir nuestra gloria en turbar el reposo de las islas que lindan con nosotros; éstas no tienen venganza que ejercer contra la autoridad que las protege, felices de no haber conocido nunca los azotes que nos han destruido, no pueden más que formular deseos por nuestra posteridad. ¡Paz a nuestros vecinos! ¡Pero anatema al nombre francés! ¡Odio eterno a Francia! He aquí nuestro grito. Indígenas de Haití, mi feliz destino me reservaba para ser un día el centinela que debe velar por la guardia del ídolo al cual os sacrificáis. He velado, combatido algunas veces solo, y he sido lo bastante feliz para volver a poner en vuestras manos el depósito sagrado que me habéis confiado, pensad que os corresponde a vosotros ahora conservarlo.
Al combatir por vuestra libertad, he trabajado por mi propia felicidad. Antes de consolidar por medio de leyes que aseguren vuestra propia individualidad, vuestros jefes que reúno aquí y yo mismo, os debemos la última prueba de nuestra devoción. Generales y vosotros, jefes reunidos aquí cerca de mí por la felicidad de nuestro país, el día ha llegado, este día que debe eternizar nuestra gloria, nuestra independencia. Si hubiese entre nosotros un corazón tibio, que se aleje y tiemble al pronunciar el juramento que debe unirnos. Juremos al Universo entero, a la posteridad, a nosotros mismos, renunciar para siempre a Francia y morir antes que vivir bajo su dominación, combatir hasta el último suspiro por la independencia de nuestro país.
Y tú, pueblo demasiado tiempo desafortunado, testigo del juramento que pronunciamos, acuérdate que fue con tu constancia y tu valor con lo que conté cuando me lancé a la carrera de la libertad para combatir al despotismo y la tiranía contra las cuales luchabas desde hacía catorce años. Acuérdate que he sacrificado todo para volar a tu defensa: padres, hijos, fortuna; y que ahora no soy rico más que de tu libertad; que mi nombre se ha convertido en el horror de todos los pueblos que quieren la esclavitud, y que los déspotas y los tiranos no lo pronuncian más que maldiciendo el día que me vio nacer; y si acaso te negaras, o recibieras murmurando las leyes que el Genio que vela sobre tus destinos me dictará para tu felicidad, merecerías la suerte de los pueblos ingratos; pero lejos de mí esta espantosa idea; tú serás el sostén de la libertad que amas y el soporte del jefe que te manda.
Prestad todos pues el juramento de vivir libres e independientes, y de preferir la muerte a todo aquello que tendería a ponernos nuevamente bajo el yugo. Jurad finalmente perseguir para siempre a los traidores y enemigos de vuestra independencia.

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