| VUELVE
AL ATAQUE LA « LEYENDA NEGRA »
DEL EMPERADOR |
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El
Emperador Napoleón
y el esclavo malayo Toby
En los Briars, en octubre
de 1815, el Emperador hace
amistad con el viejo esclavo
y propone comprarlo con el
objetivo de devolverle su
libertad y enviarle de regreso
a casa. Esta oferta fue sin
embargo rechazada por el gobernador
Hudson Lowe. |
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PRESENTACIÓN
GENERAL |
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| El
dos de diciembre de 2005, día
glorioso del bicentenario de la
batalla
de Austerlitz, Francia - esta
vez en la persona del Emperador
Napoleón - fue nuevamente
víctima de los ataques
de un enemigo de la grandeza y
de la gloria de esta gran nación.
En efecto, aprovechando los terribles
acontecimientos sociales que en
ese momento conmovían a
ese país, un escritor sensacionalista,
Claude
Ribbe, haciéndose pasar
por el defensor de la causa de
las « minorías oprimidas
», no dudó en publicar
exactamente el día del
bicentenario un escrito que reúne
amalgamas históricas, anacronías
patentes, citas astutamente truncadas
y falaces, y que inclusive los
más acerbos enemigos de
Napoleón calificaron de
«panfleto», «caricatura»
y otros términos equivalentes.
Poco
importó la objetividad
de los críticos, el mal
estaba ya hecho, ya que al mismo
tiempo en que el sombrío
autor de este libelo irrisorio
se jactaba viendo que su obra
había logrado su objetivo
con las autoridades, a saber el
hecho de sabotear tan importante
conmemoración, los medios
de comunicación se complacían
difundiendo una obra que, aunque
llena de falsedades y de falacias,
aprovechaba la ignorancia del
público en general para
desencadenar las pasiones necesarias
a la mejor venta de sus ediciones
y emisiones. En lo que se refiere
al mencionado señor Ribbe,
poco hay que decir de un autor
que manifiestamente se aventura
sin chistar en temas que desconoce,
y que recurre a procedimientos
tan groseros para tratar de ganarse
así el fugaz brillo de
una popularidad de ocasión.
Y
es que, suponiendo que el restablecimiento
de la esclavitud en las Antillas
fuese un crimen penalmente definido,
es preciso recordar que, contrariamente
a las acusaciones del Sr. Ribbe,
dicha medida está lejos
de ser el crimen de un solo hombre,
el incriminado Primer Cónsul
Bonaparte, quien de hecho se opuso
en múltiples ocasiones
a su adopción. Seamos pues
muy claros en este punto y no
nos velemos los ojos: la
falta incumbe en primer lugar
a la República francesa.
En
efecto, es en los corredores,
salas y tribunales de toda una
serie de instancias oficiales
del gobierno donde el proceso
de restablecimiento tiene su origen,
desarrollo y conclusión:
-
Primeramente, y bajo presión
directa de los lobbies comerciales
e industriales, fue planteado
por el Consejo de Estado,
- Fue enseguida discutido
por el Tribunado, que propuso
su adopción,
- Ésta última fue
decidida y aprobada por
el Cuerpo Legislativo,
- Finalmente, el Senado
validó el conjunto...
¡Como
vemos, lo menos que podemos decir
es que el Primer Cónsul
contaba con muchos cómplices
incluso antes de que él
mismo conociese el proyecto, al
cual, como ya dijimos, se opuso
inicialmente con firmeza!
Precisemos por otra parte que
la mayoría de todos esos
representantes de la república
francesa eran
antiguos electos de la Convención
y/o de los consejos del
Directorio, figurando
incluso entre ellos legisladores
que habían votado la abolición
en 1794...
Ahora, ¿Por qué
nadie habla de su grave responsabilidad
en este asunto?
Planteémonos y respondamos
con franqueza a la siguiente pregunta:
¿podía el Primer
Cónsul desafiar y oponerse
a todas estas instancias
gubernamentales oficiales y legalmente
constituidas, contariarlas
arbitrariamente, fundado sobre
su propia y única voluntad
y convicciones, sin caer en esa
figura de « dictador »
despótico que aquellos
mismos que le acusan le imputan?
¿Podía (acaso tenía
el derecho, podríamos añadir),
máxime en el contexto de
una Francia que salía de
un periodo de diez años
de guerra feroz y continua, sacrificar
fríamente el futuro de
toda una nación y de sus
colonias por el de una isla? El
problema no tenía nada
que pedirle al más complejo
dilema corneliano...
En todo caso, lo que desde ahora
sí podemos señalar
con todo el aplomo que brinda
la certeza, es que el Señor
Ribbe parece ignorar, o lo que
es aun peor, - osemos la palabra,
opta por « olvidar
», que fue precisamente
el Emperador Napoleón
quien, en 1815,
abolió -
primer soberano de europa en hacerlo
- la trata de
negros, como medida preliminar
para erradicar la esclavitud
a largo plazo. Para quien
pusiera en duda sus intenciones
basta recordar que el Emperador,
y nadie más que él,
acabó anteriormente con
el vasallaje en Polonia y con
los ghettos de judíos en
todo el Imperio, ambos restablecidos
a su caída por las potencias
de la Santa Alianza.
Pero
volviendo al panfleto que nos
ocupa, y en lo que se refiere
al editor de esta farsa, ¡nos
preguntamos cuánto tendremos
que esperar para a conocer la
cifra de ventas de su nuevo éxito
de librería y así
descubrir cuál es el precio
de la infamia, el de la traición
a la memoria, a la historia, y
al honor de su propia Patria!
A
continuación, a manera
de introducción, les presentamos
un artículo publicado en
el diario francés Le Monde,
en su edición del primero
de diciembre de 2005, que nos
dará una imagen del contexto
y controversia generales. Enseguida,
proponemos los comentarios del
Profesor Pierre Nora, de la Academia
francesa, seguidos por la respuesta
de diversos especialistas con
sendos artículos, todos
de gran importancia: entre ellos,
un categórico ensayo de
la pluma del General Michel Franceschi,
reconocidísimo experto
del periodo Napoleónico.
Otro más es obra del Señor
Pierre Branda, miembro destacado
del Recuerdo Napoleónico,
a quien agradecemos su cortés
contribución y su gentileza
al comunicarnos nuevos datos que
figuran en exclusiva para el mundo
hispánico en este espacio.
Nota:
Ver
también en este sitio:
El
crimen de Napoleón, o la
exquisita modestia del Sr. Claude
Ribbe, por Jean-Claude
Damamme. |
|

| Ecos
de la Prensa |
| CUANDO
NAPOLEÓN ANUNCIA A HITLER
|
|
por Jérôme
Gautheret
Artículo publicado en la
edición del 01. 12. 2005 del diario LE
MONDE.
Mejor decirlo de inicio: « El Crimen de
Napoleón » no es un libro de historia.
En efecto, sería
peligroso tomar esta obra por otra cosa que una
carga polémica dirigida contra los «
historiógrafos oficiales », acusados
de minimizar el pasado esclavista de Francia.
Si la petición de una relectura crítica
del hecho colonial es legítima, se puede
dudar que este panfleto contribuya verdaderamente
a ello.
A la hora del bicentenario de Austerlitz, el libro
del escritor de Guadalupe Claude Ribbe regresa
a un episodio mucho menos glorioso: el restablecimiento
en 1802 de la esclavitud, abolida en 1794, y el
envío a las Antillas de un cuerpo expedicionario
que multiplicó las exacciones sin lograr
evitar la pérdida de Santo-Domingo (Haití).
El relato del
autor es alerta y avasallador, pero sus prejuicios
crean pronto un cierto malestar. Es así
en cuanto al uso sistemático y anacrónico
del término «genocida» para
calificar la represión que se abatió
sobre las poblaciones de las Antillas: las exacciones
fueron de una violencia extrema, pero nada demuestra
la existencia de un « plan de exterminio
» secreto tras las órdenes lejanas
de Bonaparte. Por otro lado, otras fórmulas
provocan el malestar. Bajo la pluma de Claude
Ribbe, las prisiones que acogen a los prisioneros
deportados se convierten en « campos de
concentración », las calas de los
barcos en donde murieron asfixiados algunos hombres
y mujeres, después de intoxicarse con azufre,
son llamados « cámaras de gas »...
Estas analogías
transparentes no tienen otra finalidad que nutrir
la tesis central del autor, que por otra parte
nada sustenta: Napoleón es « el primer
dictador racista de la historia », «
aventurero nogrófobo » cuya acción
“prefigura de manera evidente la plítica
de exterminio entablada contra los judíos
y los gitanos durante la segunda guerra mundial”
El restablecimiento
de la esclavitud del Código negro anunciaría
las leyes de Nuremberg, y las masacres de la armada
napoleónica serían el preámbulo
de la « solución final »...
Como si el mensaje
no fuera lo suficientemente claro, el editor escogió
para ilustrar la pasta del libro una fotografía
de Adolf Hitler observando la tumba del Emperador,
en junio de 1940. Una última provocación
que desacredita aún un poco más
el propósito, sin duda destinado a un bello
futuro en la confusión actual.
Al lector que
desearía una síntesis seria sobre
el periodo, aconsejaremos más bien el reciente
Esclavage, métissage, liberté.
La Révolution française en Guadeloupe
1789-1802 de Frédéric Régent
(Grasset). Una Síntesis más árida,
pero mucho más recomendable
Le crime de
Napoléon de Claude Ribbe; Ediciones
Privé.

| ALEGATO
POR LOS « INDÍGENAS »
DE AUSTERLITZ |
|
Por
el Profesor
Pierre
Nora
El
artículo siguiente fue publicado en la
edición del diario francés “Le
Monde”, del 12 de diciembre de 2005; es
obra del gran historiador y académico Pierre
Nora.
Nacido en 1931, obtiene su licenciatura en letras
y filosofía y su agregación de historia
en 1958, viajando posteriormente a diversos países
como Argelia, Estados Unidos, Cuba, China. Desde
entonces, ha llevado a cabo una actividad paralela
de universitario y de editor.
Asistente y Maestro asistente en el Instituto
de estudios políticos de París de
1965 à 1977, director de estudios en la
Escuela de Altos Estudios en ciencias sociales,
especializado en el estudio de la historiografía
y del sentimiento nacional, se ha consagrado especialmente,
en el marco de una « historia del presente
», a la elaboración de una problemática
general de la memoria histórica contemporánea.
Es doctor honoris causa de la universidad de Laval
en Quebec (1999).
Fundador en 1980 de la revista Le Débat,
fue presidente de la “Librería europea
de las ideas” (Librairie européenne
des idées » en el Centro Nacional
del Libro, perteneció al consejo de administración
de la Biblioteca nacional de Francia, al consejo
científico de la Escuela de las Cartas
(École des chartes), al consejo de administración
del establecimiento público de Versalles,
y al Alto Comité de las celebraciones nacionales.
Ganador de los Premios Diderot-Universalis, Louise
Weiss-Bibliothèque nationale, Gobert (historia)
de la Academia Francesa y el Gran Premio nacional
de la Historia.
En 2001, ingresa a la Academia Francesa en donde
ocupa desde entonces el 27º sillón.
Entre sus innumerables artículos y publicaciones,
subrayaremos en especial su ensayo de psicología
colectiva Los franceses en Argelia, su Diccionario
crítico de la Revolución francesa,
el Cuadro N.R.F. de la literatura francesa, o
sus Conversaciones del patrimonio, Daedalus, etc.
Con
esta conmemoración, o mejor dicho esta
no-conmemoración, de la batalla de Austerlitz,
tocamos el fondo. El fondo de la vergüenza
y el fondo del ridículo.
Europa entera
se puso a trabajar. Bélgica conmemoró
Waterloo con una reconstitución gigante
que halló su éxito público.
Los ingleses conmemoraron suntuosamente la batalla
de Trafalgar, y Francia envió so más
hermoso navío, aún cuando el hombre
de quien lleva el nombre, Charles de Gaulle, probablemente
no hubiese apreciado que Francia participase a
la celebración de su propia derrota —
pero en fin, ahí estábamos.
Y he aquí
que los checos organizan con brillo la batalla
de Austerlitz, la batalla de los “tres emperadores”.
En espera del año próximo, cuando
los alemanes proyectan lo que ellos mismos llaman
un “una gran cita con Napoleón”,
en Iena y en Auerstaedt (1806: victorias napoleónicas
contra el reino de Prusia).
Todas estas manifestaciones
son el signo tangible de que Napoleón no
pertenece sólo a Francia y que entró
en el imaginario y el patrimonio europeos. Con
su leyenda y su contra-leyenda, con su situación
ambigua de portavoz de la Revolución de
los derechos del hombre y de unificador de una
Europa a la francesa, por el hierro y por el fuego.
¿Y Francia?
Se excusa, se hace toda chiquita, se hace perdonar,
y se esconde detrás de su dedito. Se podrá
decir que este dedito era sin embargo su ministra
de la defensa, así es como se comprendió
y como se quiso.
¿Y porqué?
Porque un quídam decidió, en un
panfleto sin pies ni cabeza publicado por las
ediciones Privé, que el Código negro
prefiguraba las leyes de Nuremberg, y que Napoleón
anticipaba a Hitler (se trata de la obra de Claude
Ribbe). Siempre esta manía de hoy de no
juzgar la historia más que en términos
morales y de hincar en el pasado rejillas de interpretación
que no son válidas más que para
el presente. El quídam sin otra autoridad
intelectual o moral que la que le acaban de conferir
por aberración nombrándolo por decreto
del Diario oficial del 10 de noviembre a la Comisión
nacional consultativa de los derechos del hombre.
Uno cree estar
soñando. Inclusive aquellos, a quienes
pertenezco, que no son napoleónicos fervientes,
se frotan los ojos y se sienten convertirse a
su vez en « indígenas » de
la Grande Armada. ¿Los profesores tendrán
que dejar de dibujar en el pizarrón negro
Valmy, Austerlitz y Verdun? Cesar de enseñar
a sus alumnos los versos de Víctor Hugo
que tanto gustaban a Peguy:
“No
odio oír en el fondo de mi pensamiento
/ El ruido de los pesados cañones rodando
hacia Austerlitz.”
Quienes leyeron
con placer los Cien Días (Ediciones
Perrin, 2001) de un cierto Dominique de Villepin
sienten pena ajena por el autor, quien debió
tragarse su sombrerito.
¿Y todos
aquellos quienes, condecorados con la Legión
de Honor, se acuerdan de que la deben a Napoleón,
quien creó la orden por razones militares,
deben ahora preguntarse si el color rojo que portan
en el ojal no debe subírseles a la frente?
Es el momento
de recordar la observación del historiador
Marc Bloch (1886-1944): «hay dos categorías
de franceses que nunca comprenderán la
historia de Francia: los que se niegan a vibrar
ante el recuerdo de la Coronación de Reims
y los que leen sin emoción el relato de
la Fiesta de la Federación». Hubiese
podido añadir: los que no sienten algo
elevarse en su corazón con el sol de Austerlitz.
¿En el
punto en el que están las cosas, porqué
no ir hasta el extremo? ¡Un esfuerzo ciudadano
más! O mejor dicho, puesto que la responsabilidad
de esta bufonada corresponde a la más alta
autoridad del Estado, que ésta me permita
hacerle respetuosamente una modesta sugestión:
Señor Presidente, le gusta a usted complacer
a todo el mundo, no se detenga en tan buen camino.
Ya de una vez, saque pues a Napoleón de
los Inválidos para regresárselo
a los corsos y ponga mejor ahí a la tumba
del Esclavo desconocido.
Por haberme comprometido
a fondo a favor de la independencia de Argelia,
sé que hay muchas medidas que tomar para
poner al día a Francia con su consciencia
colonial, siempre demasiado buena o demasiado
mala. Pero ésta última es sin duda
la más lamentable, y tan sólo propia
a perder en todos los campos.
Pierre Nora.

| CARTA
AL SEÑOR PRIMER MINISTRO DE
FRANCIA, DOMINIQUE DE VILLEPIN |
|
Por
el Señor
Raphaël
Lahlou
Historiador,
miembro de honor del Comité Histórico
del Instituto Napoleónico México-Francia.
Ganador del Premio Verdaguer 2005 del Instituto
de Francia (Academia francesa).
Señor
Primer Ministro,
Es con inquietud
como me dirijo a usted, tanto como historiador,
como ciudadano cuidadoso de la paz civil. Desde
hace muchos meses, y más aún desde
hace algunos días, ante el bicentenario
de la batalla de Austerlitz (celebrado con sobriedad
en Francia como en el extranjero), se eleva una
ola de protestas de resabios extremamente inquietantes,
y provenientes de los representantes del colectivo
del 2 de Diciembre y de diversos organismos similares
y asociados, cuyo miembro más importante,
desde el punto de vista del talento y de las capacidades
es el Sr. Claude Ribbe.
Éste último
es el autor de una bella evocación novelesca
del general Dumas y de un buen escrito sobre la
expedición de Santo Domingo; pero los últimos
trabajos del Sr. Claude Ribbe, sobre la esclavitud
y su restablecimiento, en 1802, son voluntariamente
polémicos y provocadores.
La amplitud de
las reacciones de esos colectivos y de su representante
no me parece pertenecer al campo de la investigación
histórica serena. En efecto, el comité
pretende hacer demandar de manera póstuma
a Napoleón Bonaparte, a nivel moral y a
nivel de una historia revisada, por crimen contra
la humanidad porque éste último,
1802, habría restablecido la esclavitud
por una única voluntad racista y asesina,
en virtud de una lógica « genocidaria
».
Un proyecto, Señor
Primer Ministro, de esos colectivos es hacer entregar
la legión de honor al general Alejandro
Dumas, de manera póstuma. Preparando una
biografía de su hijo, el ilustre escritor,
me asocio con gusto a esa idea. Al contar entre
mis ancestros con generales divisionarios de la
Revolución, en particular el joven general
corso Jean-Charles Abbatucci, muerto heroicamente
al defender Huningue, en 1796 (y él mismo
no titular de la legión de honor), no puedo
sino ser sensible a este cometido.
Sin embargo, las
últimas reacciones del Sr. Ribbe acerca
de la cuestión espinosa de la esclavitud
y sobre la responsabilidad « criminal »
e unilateral de Bonaparte en su restablecimiento,
en 1802, apelan a muchos comentarios o precisiones
necesarias. Pues otro proyecto, al cual me niego
a acordar el más mínimo crédito,
del Sr. Ribbe y de sus colectivos, es hacer colocar
en la tumba de Napoleón en los Inválidos
una placa que lleve la inscripción siguiente:
«Aquí yace el hombre glorioso
quien, en 1802, restableció la esclavitud».
Ciertamente, Bonaparte
mantuvo – y no restableció –
la esclavitud, así como lo dice expresamente
el texto de la ley de 1802; pero no es posible
olvidar otros hechos, y en particular el contexto
general del asunto. Pues, aún cuando la
esclavitud es oficialmente abolida en 1794 por
la Convención, la ley de abrogación
no fue aplicada. Así, en Guyana por ejemplo,
desde 1794, el comisario Brusnel instaura para
los esclavos libertados un riguroso trabajo forzado,
que será mantenido por Víctor Hugues,
nombrado a su sucesión por el Directorio
agonizante, en la primavera de 1799. Las revueltas
habían estallado en las colonias francesas
desde 1791 (el caso de Santo Domingo siendo a
la vez el más flagrante y el más
ambiguo: Toussaint-Louverture, convertido en general
francés iba a llevar a cabo en los años
siguientes, hasta su captura por los franceses
en 1802 y su muerte en prisión en 1803,
una política en la que el trabajo forzado
y la esclavitud « pragmática y económica
», iban a formar una triste parte desde
mediados de los años 1790).
La ley generosa
de abolición de 1794 no fue aplicada. En
1797, el Directorio (sin Bonaparte, naturalmente),
preparaba ya la famosa expedición para
«echar a andar las colonias», que
no debía realizarse hasta 1802, bajo las
órdenes de Leclerc en Santo Domingo y de
Richepance y de Víctor Hugues para el resto
de las islas. Los oficiales y generales «
de color » fueron dados de baja del personal
militar en 1797. Lo cual, en sus argumentos, el
Sr. Ribbe se cuida bien de no señalar,
atribuyendo esta decisión tan sólo
al cónsul Bonaparte, en 1802.
Por lo demás,
sin entrar en el estricto debate de la esclavitud
y de su abolición, Señor Primer
Ministro, hay que acordarse de que, de la Convención
hasta los años del Consulado, los negros
(esclavos o no) no fueron los únicos que
sufrieron, cuando se rebelaban, frecuentemente
con excelentes razones, una represión feroz:
el Oeste de Francia, Bretaña, Mayenne,
Vendea, las regiones de Marsella o de Lyon, igualmente,
conocieron una represión salvaje. Fue en
Vendea donde se experimentaron las bolas de azufre,
primeros ensayos de muerte por gas, que el Sr.
Ribbe no encuentra más que en la isla de
Guadalupe.
Durante un breve
debate confrontándolo al Sr. Thierry Lentz,
historiador y presidente de la Fundación
Napoleón, en el breve espacio de un diario
televisivo del servicio audiovisual público,
el Sr. Ribbe expresó declaraciones totalmente
lamentables. En particular, cuando trató
de hacer amalgamas dudosas, entre Napoleón
y Hitler, e insistiendo en el viaje a París
de éste último en 1940, sobre su
visita a la tumba imperial de los Inválidos.
Este viaje, el
Sr. Ribbe lo encuentra revelador de la admiración
del racista y criminal canciller alemán
por el « racista y criminal » Primer
Cónsul Bonaparte. Éste se convirtió
en Emperador de los Franceses y de la República
francesa en 1804 y se encuentra finalmente confirmado
por el éxito de las armas de un ejército
nacional y republicano, el 2 de diciembre de 1805
en Austerlitz (esta batalla esencial y mediática
sirve de « razón », sin duda
el 3 de diciembre de 2005, al Sr. Ribbe para poner
en escena una manifestación fuertemente
política contra « Bonaparte el esclavista
». Sin lo cual, no vemos la relación
entre la esclavitud y las llanuras de Moravia,
el marco célebre de la famosa batalla).
¿Porqué este desprecio relativo
a instituciones francesas, mientras que ese mismo
día una reconstitución de la batalla
tendrá lugar en el sitio, juntando en un
mismo movimiento conmemorativo franceses y diversos
extranjeros, entre los cuales un estadounidense?
Vencedores, vencidos y neutros están así
reunidos.
Siguiendo con
sus argumentos de amalgama, el Sr. Ribbe afirmaba
enseguida que, durante el regreso de las cenizas
del Rey de Roma, en 1942 (que no fue más
que una tentativa política pérfida
de manipulación de parte de las autoridades
del Reich), Francia y Petain habían dado
una recepción entusiasta al cadáver,
en un gran movimiento multitudinario. Nada es
más falso. Pocas personas asistían
a la lúgubre ceremonia. Y, contrariamente
a lo que afirma Ribbe, no fueron los soldados
alemanes quienes llevaron hasta su tumba de los
Inválidos los restos del desgraciado Napoleón
II, sino una escolta de soldados franceses.
Por otra parte,
en su empleo actual del general Dumas contra Bonaparte,
el Sr. Ribbe transforma singularmente dos hechos:
fue en Egipto donde, definitivamente, por motivos
políticos y no racistas, (al negarse Dumas
a apoyar el regreso a Francia de Bonaparte), los
dos hombres vieron su camino común separado.
Bonaparte guardó de ello un despecho definitivo
que, en los años siguientes, arruinó
la carrera de Dumas. Hasta Egipto, Dumas (amigo
de Kleber y de Jourdan) beneficiaba del amparo
de Bonaparte, quien le apodaba « el Horatius
Cocles del Tirol ». No fue el Cónsul
Bonaparte quien mandó destruir la estatua
del general Dumas en Villers-Cotterêts,
sino los alemanes en 1943; pero para el Sr. M.
Ribbe, Hitler y Napoleón pertenecen al
mismo mundo.
Aún cuando
Napoleón pertenecía claramente al
suyo, a un mundo en el que las potencias de Europa
coaligadas contra la Francia revolucionaria e
imperial, practicaban mayoritariamente, masivamente
y duramente la esclavitud (incluidas la república
estadounidense de Washington y Jefferson, Inglaterra
o inclusive España y Portugal). La actitud
del Primer Cónsul en 1802 no era pues exclusiva
de Francia tan solo. Y Bonaparte es en ello mismo
heredero de las contradicciones de la Revolución...
Entre las viejas monarquías, Dinamarca
habiendo planteado el principio de la abolición
en 1792 necesitará once años para
aplicarlo, a partir de 1803.
Por otro lado,
las colonias bajo Napoleón (una vez realizada
la cesión de la Louisiana y considerando
que las diversas islas, entre las cuales las Antillas,
siguen estando constantemente amenazadas o son
progresivamente ocupadas por los ingleses), no
representan ya, a partir de los años 1802-1808,
más que un espacio muy limitado, una serie
de confetis geográficos poco poblados,
en donde los franceses pierden su influencia en
provecho de las potencias aliadas (ellas también
esclavistas, y a mayor escala España en
particular o Portugal). Además, Santo Domingo
es independiente de facto en 1804, sin que la
esclavitud cese bajo Toussaint Louverture (hasta
1802) y sus sucesores por « pragmatismo
económico ». Dicho de otra forma,
el terreno en que se mantuvo la esclavitud fue,
entre 1802 y 1815, cada vez más reducido.
Esto también, hay que tenerlo en cuenta,
así como la duplicidad inglesa, que prohibía
tácticamente la trata en 1807, pero no
emancipó a los esclavos más que
entre 1833 y 1838.
Esta carta es
bien larga, Señor Primer Ministro, y debo
terminar con dos hechos: El Sr. Ribbe tiene perfectamente
el derecho de tener algo contra el Cónsul
legislador de 1802; no puede sin embargo ignorar
que Napoleón, el 29 de marzo de 1815, prohibió
formalmente por decreto la trata y el comercio
de esclavos. Esta disposición, conforme
por cierto a las del tratado de Viena, fue completado
por una ordenanza real en 1818. La ruta de la
Abolición, terminándose legislativamente
en 1848 y, formalmente gracias a los esfuerzos
de Napoleón III contra la trata clandestina
en 1861, fue pues abierta por Napoleón
I. Añadamos finalmente que el Sr. Ribbe
se niega a perdonar a Bonaparte mientras que el
propio hijo del general Dumas había sabido
hacerlo, en 1814. Y la familia de Dumas se había
reconciliado a tal grado con los Bonaparte que
una de las hijas de Alejandro Dumas hijo se casó
con el eminente historiador bonapartista Ernest
d’Hauterive, biógrafo meticuloso
del general Dumas en 1897; otra de sus hijas iba
a darle como nombre a uno de sus niños
el de Napoleón: se trata de Sergio-Napoleón
Lippmann, bisnieto de Alejandro Dumas padre.
Por otra parte,
la saña con la cual el Sr. Ribbe persigue
con la acusación asombrosa de « revisionismo
» a eminentes historiadores napoleónicos
o a especialistas de la trata negrera, como el
Sr. Max Gallo y el Sr. Olivier Pétré-Grenouilleau
– quien ha sido premiado por el Senado –
es absolutamente inaceptable. Uno no puede utilizar
el poder mediático que él tiene
de la manera con la que lo emplea sin hacer amalgamas
dudosas, y finalmente sin correr el riesgo de
graves irresponsabilidades. Que el Sr. Ribbe tenga
libremente su visión de la esclavitud,
de sus consecuencias, es muy normal, pero por
favor, a unos días de una crisis difícil
para la Nación, que tenga más el
sentido de la mesura y del apaciguamiento nacional.
¡Y que cese sus excesos de procurador peligroso!!
Pues finalmente, el Sr. Ribbe, tan listo como
esté para saltar sobre los escritores y
los historiadores, ¿está bien consciente
del peligro de ciertos argumentos y amalgamas
excesivos, en una Francia marcada por graves eventos
en los suburbios? En donde el cuerpo docente tiene
tantas dificultades para asegurar el conjunto
de su misión ante la juventud... El Sr.
Ribbe, quien pudo beneficiar de la igualdad de
oportunidades, quien encarna un hermoso logro
entre Escuela Normal y titulación por oposición
en Filosofía, debería ser sensible
a una cierta serenidad.
He aquí,
Señor Primer Ministro, lo que tenía
que decirle. No me queda más que pedirle
crea en mi perfecta y alta simpatía.
Raphaël Lahlou.

| NAPOLEÓN |
| CHIVO
EXPIATORIO |
|
Por
el
General
Michel Franceschi
El General
Michel Franceschi, es Consultante Militar Especial
y miembro de Honor del Comité Histórico
del Instituto Napoleónico México-Francia.
Ocupa igualmente las funciones de Consultante
Histórico Especial y de miembro del Comité
Literario de la Sociedad Napoleónica Internacional,
de la que es Miembro de Honor (FINS). En el sitio
Internet de dicha institución dirige la
rúbrica «Crónicas napoleónicas
».
Acaba de
salir a la venta en Francia un libro perentoriamente
intitulado “El crimen de Napoleón”
tratando del restablecimiento de la esclavitud
por el Consulado el 20 de mayo de 1802. ¿Merece
esta obra la promoción mediática
ensordecedora que acompaña a su aparición?
La cuestión es saber si Napoleón
merece la infamante acusación de... esclavismo
levantada contra él.
Importa primeramente
recordar que en el momento del acontecimiento,
Francia ya está metida desde hacía
algunos meses en un asunto de esclavitud en su
colonia de Santo Domingo (1) Un antiguo esclavo
negro, el fenomenal Toussaint Louverture (2),
había sublevado a la isla y tomado el poder.
En un primer tiempo, Bonaparte logró llevar
a cabo con él una suerte de acuerdo de
protectorado y lo nombra Capitán General
en marzo de 1807. Pero muy rápidamente,
el comportamiento dictatorial y violento de Toussaint
Louverture amenaza al futuro de la colonia. Un
cuerpo expedicionario desembarca en la isla en
enero de 1802 para restablecer la situación.
Lo esencial aquí
no es conocer los resultados del asunto sino las
condiciones de esta intervención. La Marina,
de la cual dependían las colonias, había
aconsejado la expedición. El lobby comercial
del azúcar y del café había
presionado fuertemente al Primer Cónsul
para que restableciera la esclavitud, abolida
por la Convención en 1794. Bonaparte se
había negado determinantemente y había
resistido a sus presiones.
En la primavera
de 1802 el asunto se desplaza a las Antillas.
Firmado el 25 de marzo de 1802 con Inglaterra,
el tratado de Amiens regresa a Francia las islas
de Martinica y Guadalupe.
Es aquí donde se da el problema. Previamente
ocupada por los ingleses (3), Martinica no había
beneficiado de la medida de abolición.
La concurrencia económica entre ambas islas
se había visto trastornada en detrimento
de Guadalupe al punto de provocar en dicha isla
un derrumbe de la producción y una gravísima
crisis social difícilmente resorbida.
El primer movimiento
de Bonaparte tras la recuperación de Martinica
es hacer beneficiar a su vez la abolición
de la esclavitud.
La Marina y los medios de los negocios se lo desaconsejan
fuertemente. Al seguir siendo esclavistas las
colonias británicas vecinas, las mismas
causas engendrarían los mismos efectos
nefastos para Martinica. Bonaparte busca entonces
una solución en la conservación
del statu quo. El senado opone su veto en nombre
de la sacrosanta igualdad republicana.
Bonaparte se halla así confrontado a un
terrible dilema, suerte de elección entre
la peste y el cólera, en este caso la miseria
en el caos o el regreso a una esclavitud en toda
hipótesis aligerado.
Asumiendo sus responsabilidades de hombre de estado,
se une, contra su conciencia, a esta última
medida preconizada por el gobierno.
Tales son los
hechos que ninguna argucia falaz puede torcer.
¿Puede
uno de buena fe acusar al Primer Cónsul
de haber escogido el menor de dos males? ¿Se
acusa acaso por infanticidio al médico
que, en un parto trágico, debe sacrificar
la vida del niño a la de la madre?
¿Cómo se osa acusar a Napoleón
de esclavismo, a él, el emancipador de
los pueblos?
En verdad, sus
detractores inveterados le han hecho actuar en
este asunto el papel de chivo expiatorio. Bonaparte
es menos culpable de esclavismo que el rey de
Inglaterra o el Zar de Rusia quienes no abolieron
la esclavitud ni el vasallaje, mientras él
abolió éste último en Polonia
en 1807 y la trata de negros durante los Cien
Días, manera de abolir la esclavitud a
plazo por extinción (4).
Tratándose
de la isla de Guadalupe, comparte la responsabilidad
de su decisión con los representantes del
pueblo que han votado sin chistar la ley del restablecimiento.
Esta medida fue posteriormente caucionada por
todos los gobiernos que siguieron al de Napoleón
hasta 1848, año de su abolición
definitiva. Y, para dar más de la medida,
añadamos que los historiadores serios evocan
apenas el evento cuando no lo ignoran.
La elección
de la fecha de salida del libro el día
mismo de la conmemoración del bicentenario
de Austerlitz señala una intención
obsesiva de perjudicar
la grandeza de Napoleón y en
consecuencia la de Francia.
Definitivamente,
esta indigente operación de falsificación
de la Historia no mueve ni siquiera al desprecio,
cuando mucho a la indiferencia...
NOTAS
1) Saint-Domingue,
en francés, es hoy la República
de Haití.
2) Santo Domingo, 1743 - Fuerte de Joux, 1803.
3) Los ingleses se apoderaron de la isla en 1794.
4) Junto con la prohibición de la trata
de negros y del vasallaje en Polonia, entre otras
medidas libertadoras para con otros pueblos, podemos
citar las más importantes como la supresión
de la Inquisición en España, el
decreto de libertad de culto para los protestantes,
la libertad de culto y protección para
los armenios, y la destrucción de los ghettos
de judíos en los reinos y naciones del
Imperio anulando la obligación de portar
la estrella amarilla.

| UNA
TESIS ARMADA DE PIES A CABEZA: |
El
CRIMEN DE NAPOLEÓN DE CLAUDE
RIBBE |
|
Por el
Señor
Pierre
Branda
El
texto siguiente es la respuesta del Señor
Pierre Branda, miembro de la delegación
de los Alpes Marítimos
del Recuerdo Napoleónico (Souvenir Napoleónien).
El Señor Branda vive en la ciudad de Niza;
es diplomado en administración y en su
calidad de jefe de empresa, ha publicado diversos
estudios específicamente sobre las finanzas
del consulado y el imperio. Asímismo, contribuye
regularmente con la Fundación Napoleón
sobre estos temas especialmente.
« Mejor
decirlo de inicio: “El Crimen de Napoleón”
no es un libro de historia. » ha escrito
al principio de su crítica literaria Jérôme
Gautheret de “Le Monde” (primero de
diciembre de 2005). ¿Entonces, porqué
hablar de él? Muy simplemente porque este
libro ha sido presentado como tal y que un gran
número de sus conclusiones fueron apenas
discutidas por ciertos medios televisivos muy
frecuentemente reductores. Por otro lado, no es
inútil regresar sobre el fondo de la obra
del señor Ribbe. Pues fue justamente a
partir de « hechos históricos »
que el autor construyó su panfleto. Esta
obra está también constituida por
importantes pasajes referentes al estado actual
de nuestra sociedad. Si nuestro propósito
no es discutir acerca de ellos, como recordatorio,
sin embargo, nos pareció importante citar
un extracto significativo: « Francia, porque
vivió de la esclavitud y que no quiere
reconocerlo, porque el Directorio se prostituyó
a Bonaparte, se quedó racista, como cada
descendiente de esclavo puede constatarlo con
facilidad al pasearse por la calle. En el siglo
XXI, en los prestigiosos barrios de París
en donde están aún alineadas las
residencias de los colonos de Santo Domingo, no
se tolera a los negros más que para asustar
en la entrada de las tiendas de lujo y a las negras
más que para empujar las carriolas de los
niños blancos (página 23). El tono
está dado. No nos corresponde responder
aquí políticamente a Claude Ribbe.
Ciertos cantantes de Rap son igualmente poco amenos
para con Francia y sus grandes personajes. El
autor no tiene los mismos ultrajes pero si no
hace Rap, veremos que en materia histórica,
derrapa alegremente.
Según él,
el restablecimiento de la esclavitud no es el
más grave « crimen » de Napoleón.
Ya que cada uno sabe que no fue ni el primero
ni el último a recurrir a ella. Además,
nadie ignoró la ley de 1802 que puso fin
a la abolición de la esclavitud en ciertas
colonias. En efecto, un coloquio importante sobre
el tema se llevó a cabo en París
en 2002. No, el verdadero « crimen »
de Napoleón consiste en un « genocidio
» perpetrado a gran escala contra los negros
de las Antillas. « Sin el precedente de
Napoleón, nada de leyes de Nuremberg. Hitler
lo sabe. » (Página 25) escribe el
autor. A resultas de esto, he aquí al Emperador
de los franceses convertido en el « monstruo
absoluto », el responsable de todos los
crímenes desde 1802 puesto que desde entonces
cada uno podía seguir su ejemplo.
Para fabricar su tesis, el señor Ribbe
necesitaba cinco ingredientes principales: una
personalidad abominable, una voluntad criminal
confirmada, un testigo irrecusable, un modo de
ejecución horrible y finalmente una amplitud
criminal fuera de norma. Examinemos una tras otra
las « recetas » empleadas por el autor
para mistificar la historia:
El Regreso
del « Ogro Corso »
Para cometer un
crimen, hace falta forzosamente un personaje detestable.
El señor Ribbe la toma largamente con la
personalidad de Napoleón. Y en la materia,
no duda en retomar todos las viejas trivialidades
del género, ya sea el incesto con Paulina
o su paternidad presunta del primer niño
de Hortensia. Está también la pobre
Esther Vesey, « mulata » de dieciséis
años quien sufrió en Santa Elena
al « negrófobo » para satisfacer
su « libido estacional » y su «fascinación
neurótica del colono impotente por la dominación
sexual de su cautiva, a la vez codiciada y despreciada»
(página 76). En cuanto al «racismo»
de Napoleón hacia los negros, Ribbe la
atribuye a su « odio » hacia el general
Dumas (ese « coloso negro » siempre
superior en grado en el momento de su encuentro
con un Bonaparte « engallándose »
y midiendo « cinco pies dos pulgadas »)
(página 64) y a « un secreto de familia
no asumido », su lejana descendencia de
un « Francesco Buonaparte, llamado en el
siglo XVI el « Moro » o el «
Moro de Sárzano » (página
62).
Todo esto no es
serio y podría prestarse a sonreír
si el propósito no se pretendiera tan serio.
¡En todo caso, un panfletario antibonapartista
del siglo XIX no habría podido hacerlo
mejor! Ya no falta más que el « Ogro
corso » a su tema...
Las instrucciones
a Leclerc
Para que el crimen
sea constituido, hace falta una voluntad sin equívoco.
Cuando Leclerc, el cuñado de Napoleón,
parte para retomar el control de la isla de Santo
Domingo dirigida por el general negro Toussaint-Louverture,
recibe según Ribbe una instrucción
« verbal » de « exterminar a
los ciudadanos « negros » (página
110). Solamente verbal, ya que el autor está
bien preocupado por encontrar una prueba escrita
de sus afirmaciones puesto que no existe.
Las instrucciones secretas recibidas por el marido
de Paulina Bonaparte contenían cuando mucho
órdenes de deportación a Guyana
para aquellos quienes se « habían
comportado mal ». Era seguramente poco suficiente
para hacer de él uno de los padres del
nazismo. Así, Ribbe encuentra una parada
bien cómoda: « Napoleón pensó
siempre en su leyenda. Jamás un escrito
para ordenar lo inconfesable » (página
99). El autor desconoce profundamente la historia
del Primer Imperio. Cuando Napoleón quiere
reprimir una revuelta, no se priva de ordenarlo
por escrito y sin rodeos. Su correspondencia publicada
recientemente por la Fundación Napoleón
brinda múltiples ejemplos para Italia o
España. Así pues, es muy sorprendente
que para un «negrófobo» de
su índole, haya querido disimular su «
crimen ». Esto no resiste al análisis
de los hechos. Si hubiese habido instrucciones
muy severas hacia los negros, Leclerc hubiera
recibido la orden formal.
Más lejos
en su libro, Ribbe escribe todavía: «
En su última carta fechada del 7 de octubre
de 1802, Leclerc repite como por un hechizo las
instrucciones negrófobas que le han sido
dadas en las Tullerías: « Hay que
destruir a todos los negros de la Montaña,
hombres y mujeres, no guardar más que a
los niños menores de doce años [...]
». ¡Listo, ya estamos! La voluntad
genocida parece patente. Salvo que... Ribbe ha
« omitido » citar la frase que precedía
este texto y que invalida totalmente su tesis:
« He aquí mi opinión sobre
ese país » escribía Leclerc
un día antes de sucumbir de fiebre amarilla.
El caballero
de Fréminville
Para describir
el horror, hacía falta un testigo: será
esencialmente el Caballero de Fréminville,
oficial de marina presente en Santo Domingo. Los
extractos escogidos describen los horrores perpetrados
por el general Rochambeau, sucesor del general
Leclerc. Los ahogamientos en serie de negros llenaron
evidentemente de asco al joven oficial. Según
Ribbe, esta situación es por supuesto el
hecho de órdenes « implícitas
» de Bonaparte. Salvo que... Fréminville
había dado su propia versión de
los hechos : « ¡De un lado como
del otro, no hay cuartel! Rochambeau rivalizó
en barbarie con los generales negros. Estos últimos
hacían aserrar, entre dos tablones, a los
blancos que caían entre sus manos. Les
arrancaban los ojos con un sacatrapos, y les quemaron
todos vivos. Los Blancos, por su lado, ahogaban
sin piedad a los negros ». Por supuesto,
este pasaje fue olvidado en el libro
que nos ocupa. Esta atroz escalada alimentada
por militares sanguinarios, Rochambeau del lado
francés y Dessalines del lado haitiano,
no podía en efecto convenir a la tesis
central de la obra de Ribbe. De todas maneras,
para él, las exacciones cometidas por los
insurgentes no lo fueron más que en «estado
de legítima defensa» (página
194)... Pero ahí, ninguna cita sobre el
tema.
Las cámaras
de gas
Para que el «
crimen » sea horrible, hacía falta
que su « genocidio » pareciese al
perpetrado por los nazis. Así pues, ¿qué
mejor que las cámaras de gas? Ribbe afirma
que fue un método corriente de ejecución
de los rebeldes pero también de los civiles
negros que caían en manos de los franceses.
Se basa para ello en las afirmaciones de tres
historiadores del siglo XIX (de los cuales dos
haitianos), Thomas Madiou, Antoine Métral
y Juste Chancelatte y sobre el de Víctor
Schoelcher, ardiente adversario de Napoleón
III, en su biografía de Toussaint Louverture.
Si las memorias del tiempo evocan en efecto muertes
crueles, ese método de ejecución
no figura en ellas. Ciertamente la ausencia de
pruebas no es una prueba de la ausencia de las
« cámaras de gas ». Esta «
guerra de colores » como la llamó
Fréminville no ahorrara ningún horror
a uno o a otro campo. Pero en cambio, que esta
posibilidad de crimen haya inspirado al régimen
nazi, es imposible. Los libros de Thomas Madiou
y de Antoine Métral no fueron publicados
más que en Haití (respectivamente
en 1848 y 1825) y jamás traducidos a otras
lenguas. En cuanto al libro de Víctor Schoelcher
quien abolió con su ley la esclavitud en
Francia, es poco verosímil que haya figurado
en las bibliotecas de los dirigentes nazis...
De todas formas, Hitler en esta materia no tenía
que buscar muy lejos, la Primera Guerra Mundial
que él había conocido no habrá
sido avara de este modo de exterminio.
Una contabilidad
macabra
Para que el «
crimen » sea impresionante, hace falta un
número de víctimas considerable
al menos del orden del millón. Por ello,
Ribbe termina su obra de la manera siguiente:
« Por su culpa, al menos doscientos mil
africanos serán deportados a las colonias
francesas y un millón más perderán
la vida a causa de estas operaciones de deportación
si se consideran cinco africanos muertos por un
esclavo desembarcado en las Antillas » (página
195). ¡Diantre! Salvo que... bajo el Imperio,
la trata de negros no concernió más
que a 20 000 negros africanos (contra más
de un millón en el siglo XVIII) y que la
tasa de mortandad a bordo de los barcos negreros
era de 10 % más o menos. Así pues,
no hubo un millón sino dos mil a causa
de la trata negrera. Esta cifra era por supuesto
demasiado « magra » para concluir
este « Crimen de Napoleón ».
Sin esos cinco
elementos, el « crimen » de Napoleón
se derrumba. El señor Ribbe había
sin embargo logrado con éxito su «
casting » pues este nombre es siempre capaz
de suscitar las pasiones con casi los mismos ultrajes
que hace 200 años. ¡He aquí
otro tema más para los (verdaderos) historiadores
de Napoleón!

| ANEXO
|
EL
VERDADERO GENOCIDIO DE SANTO DOMINGO |
|
Por su parte,
y para concluir este expediente, el INMF presenta
un documento desconocido por el público
en general. Nos muestra que en efecto, sí
existió un genocidio en Santo Domingo -
¡pero ciertamente no el que uno podría
pensar a la lectura del panfleto que hemos analizado!.
Se trata de la proclama oficial de Jean-Jacques
Dessalines (1758-1806) sucesor de Toussaint Louverture,
a los habitantes de la isla; fue compuesta por
Boisrond Tonnerre autor igualmente de otra tristemente
célebre declaración:
« Para levantar el acta de nuestra
independencia, hace falta la piel de un blanco
para servir de pergamino, su craneo como escribanía,
su sangre como tinta, y una bayoneta como pluma
».
Por cierto, por curioso que parezca, esta proclama
que desencadenó los suplicios y masacres
de la población civil blanca de la isla
fue cuidadosamente « escamoteada»
por el señor Claude Ribbe al momento de
redactar su obra. Vemos que en este caso específico,
la existencta material de pruebas escritas no
era tan importante para sus fines, como la ausencia
de ellas, en el caso de Napoleón...
Los comentarios salen sobrando, por lo que sin
más explicaciones lo dejamos a la apreciación
de nuestros lectores.
PROCLAMA
DE DESSALINES A LA POBLACIÓN DE SANTO DOMINGO

Jean-Jacques
Dessalines
Ciudadanos,
no es suficiente haber expulsado de vuestro país
a los bárbaros que lo han ensangrentado
desde hace dos siglos, no es suficiente haber
puesto un freno a las facciones siempre renacientes
que esgrimían una y otra vez el fantasma
de libertad de Francia exponía a vuestros
ojos; hace falta, por un último acto de
autoridad nacional, asegurar para siempre el imperio
de la libertad en el país que os ha visto
nacer; hay que arrebatar al gobierno inhumano,
que desde hace tanto tiempo tiene nuestros espíritus
en la torpeza más humillante, toda esperanza
de volver a avasallarnos. Hace falta finalmente,
la independencia o la muerte.
Que estas palabras sagradas nos unan en torno
a la bandera y que sean por doquier la señal
de nuestra reunión.
Ciudadanos, mis compatriotas, he juntado, el primero
de enero, en este día solemne, a estos
militares valientes quienes, en vísperas
de recoger el último suspiro de libertad,
han prodigado su sangre para salvarla. Estos generales
que han guiado vuestros esfuerzos contra la tiranía
no han todavía hecho suficiente por vuestra
felicidad. El nombre francés es aún
lúgubre en nuestras comarcas. Todo en ellas
retraza el recuerdo de ese pueblo verdugo; nuestras
leyes, nuestras costumbres, nuestras villas, todo
lleva aún la huella francesa; ¿qué
digo? Existen aún franceses en nuestra
isla, y os creéis libres e independientes
de esa república que ha combatido a todas
las naciones, es verdad, pero que nunca ha vencido
a las han querido ser libres.
¡Y qué! Víctimas durante catorce
años de nuestra credulidad y de nuestra
indulgencia; vencidos, no por ejércitos
franceses, sino por la engañadora elocuencia
de las proclamas de sus agentes, ¿cuando
nos cansaremos de respirar el mismo aire que ellos?
¿Que tenemos en común con ese pueblo
bárbaro? Su crueldad, comparada a nuestra
paciente moderación, su color y el nuestro,
la extensión de los mares que nos separan,
nuestro clima, nos dicen suficientemente que ellos
no son nuestros hermanos, que nunca lo serán,
y que, si hallan asilo entre nosotros, serán
los maquinadores de nuestros problemas y de nuestras
divisiones.
¡Ciudadanos indígenas! Hombres, mujeres,
niñas y niños, dirigid vuestras
miradas hacia todas las partes de esta isla. Buscad
en ellas a vuestras esposas, a vuestros maridos,
a vuestros hermanos, a vuestras hermanas, ¿qué
digo? Buscad en ellas a vuestros niños
de pecho, ¿en qué se han convertido?
Tiemblo al decirlo… La presa de esos buitres.
En lugar de esas víctimas interesantes,
vuestro ojo sorprendido no percibe más
que a sus asesinos, más que tigres todavía
chorreando de su sangre, y cuya horrenda presencia
os reprocha vuestra insensibilidad y vuestra culpable
lentitud en vengarles. ¿Qué esperáis
para apaciguar sus manes? Pensad que habéis
querido que sus restos reposasen un día
junto a los de vuestros padres. ¿Cuándo
hayáis echado a la tiranía, bajaréis
a la tumba sin haberlos vengado? No, sus osamentas
rechazarían a las vuestras.
Y vosotros, hombres preciosos, generales intrépidos,
quienes, insensibles a vuestras propias desgracias,
habéis resucitado a la libertad prodigándole
vuestra sangre, sabed que no habéis hecho
nada si no dais a las naciones un ejemplo terrible,
pero justo, de venganza que debe ejercer un pueblo
orgulloso de haber recobrado su libertad y celoso
de mantenerla. Espantemos a todos los que estarían
aún tentados de arrebatárnosla.
Comencemos por los franceses, cumplamos este objetivo,
si no por el recuerdo de las crueldades que ellos
han ejercido, al menos por la resolución
terrible que vamos a tomar de condenar a la muerte
a cualquiera que, nacido francés, mancillará
con su pie sacrílego el territorio de la
libertad.
Hemos osado ser libres. Osemos serlo por nosotros
mismos; imitemos al niño que crece; su
propio peso quiebra la andadera que se vuelve
inútil y que le estorba en su andar. ¿Qué
pueblo ha combatido por nosotros? ¿Qué
pueblo podría recoger el fruto de nuestros
trabajos? ¿Y qué deshonrosa absurdidad
es vencer para ser esclavo? ¡Esclavo! Dejemos
a los franceses este calificativo; han vencido
para dejar de ser libres.
Marchemos sobre otras huellas; imitemos a esos
pueblos que, llevando su solicitud hasta sobre
el porvenir y temiendo dejar a la posteridad el
ejemplo de la libertad, han preferido ser exterminados
que borrados del número de pueblos libres.
Cuidémonos sin embargo de que el espíritu
de proselitismo destruya nuestra obra ; dejemos
a nuestros vecinos respirar en paz; que vivan
apaciblemente bajo la égida de las leyes
que ellos se han hecho, y no vayamos, botafuego
revolucionario, a erigirnos legisladores de las
Antillas y hacer consistir nuestra gloria en turbar
el reposo de las islas que lindan con nosotros;
éstas no tienen venganza que ejercer contra
la autoridad que las protege, felices de no haber
conocido nunca los azotes que nos han destruido,
no pueden más que formular deseos por nuestra
posteridad. ¡Paz a nuestros vecinos! ¡Pero
anatema al nombre francés! ¡Odio
eterno a Francia! He aquí nuestro grito.
Indígenas de Haití, mi feliz destino
me reservaba para ser un día el centinela
que debe velar por la guardia del ídolo
al cual os sacrificáis. He velado, combatido
algunas veces solo, y he sido lo bastante feliz
para volver a poner en vuestras manos el depósito
sagrado que me habéis confiado, pensad
que os corresponde a vosotros ahora conservarlo.
Al combatir por vuestra libertad, he trabajado
por mi propia felicidad. Antes de consolidar por
medio de leyes que aseguren vuestra propia individualidad,
vuestros jefes que reúno aquí y
yo mismo, os debemos la última prueba de
nuestra devoción. Generales y vosotros,
jefes reunidos aquí cerca de mí
por la felicidad de nuestro país, el día
ha llegado, este día que debe eternizar
nuestra gloria, nuestra independencia. Si hubiese
entre nosotros un corazón tibio, que se
aleje y tiemble al pronunciar el juramento que
debe unirnos. Juremos al Universo entero, a la
posteridad, a nosotros mismos, renunciar para
siempre a Francia y morir antes que vivir bajo
su dominación, combatir hasta el último
suspiro por la independencia de nuestro país.
Y tú, pueblo demasiado tiempo desafortunado,
testigo del juramento que pronunciamos, acuérdate
que fue con tu constancia y tu valor con lo que
conté cuando me lancé a la carrera
de la libertad para combatir al despotismo y la
tiranía contra las cuales luchabas desde
hacía catorce años. Acuérdate
que he sacrificado todo para volar a tu defensa:
padres, hijos, fortuna; y que ahora no soy rico
más que de tu libertad; que mi nombre se
ha convertido en el horror de todos los pueblos
que quieren la esclavitud, y que los déspotas
y los tiranos no lo pronuncian más que
maldiciendo el día que me vio nacer; y
si acaso te negaras, o recibieras murmurando las
leyes que el Genio que vela sobre tus destinos
me dictará para tu felicidad, merecerías
la suerte de los pueblos ingratos; pero lejos
de mí esta espantosa idea; tú serás
el sostén de la libertad que amas y el
soporte del jefe que te manda.
Prestad todos pues el juramento de vivir libres
e independientes, y de preferir la muerte a todo
aquello que tendería a ponernos nuevamente
bajo el yugo. Jurad finalmente perseguir para
siempre a los traidores y enemigos de vuestra
independencia.

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