
HACIA EL PORVENIR TRAS LAS HUELLAS
DEL EMPERADOR
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Por
Eduardo Garzón-Sobrado |
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Los hombres de genio son meteoros destinados
a arder para iluminar su siglo » |
Napoleón.
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apoleón!
¡De lo lejos de los
océanos infinitos, de lo alto del granito eterno
de su exilio, de más allá de las fronteras
del tiempo y el espacio, esta palabra de acentos extraños
y poéticos resuena aún, y llega hasta nuestros
oídos asombrados!
« He cerrado el
abismo anárquico y desembrollado el caos. He desmancillado
la Revolución, ennoblecido a los pueblos y afianzado
a los reyes. He excitado todas las emulaciones, recompensado
los méritos y alejado los límites de la Gloria
».
¿Hace falta decir
más para evocar el recuerdo del gran Emperador cuya
imagen, irguiéndose siempre en el cielo de un Occidente
crepuscular, nos ilumina sin embargo aún con todo
el resplandor de su gloria?
Napoleón, el hombre
del Destino.
El 2 de abril de 1821 - nos
señala su médico, Francesco Antommarchi - los
domésticos advierten que han observado un cometa hacia
el oriente. « ¡Un cometa!
- exclama el Emperador con emoción
- fue el signo precursor de la muerte de César...
¡Estoy al límite, todo me lo anuncia! ».
Según el astrónomo
Faye, el 5 de mayo, día de la muerte de Napoleón,
« aquel cometa debía aún ser visible
desde la isla de Santa Elena, al alejarse cada día
más de la tierra » ...
Vástagos de un Occidente
desencantado y sin esperanza aparente, atravesamos con espanto
los abismos del Siglo XX, esa era de hierro y de fuego, buscando
en las tinieblas ese delgado hilo de luz que pudiese guiarnos
hacia las regiones donde sólo nuestra esperanza desfalleciente
nos dejaba adivinar un poco de solaz.
Fue aquel un tiempo en el
que se podía creer todo perdido; no obstante, ¿podíamos
por ello pensar que la obra de Napoleón se hubiese
desvanecido, que hubiera desaparecido? ¿Lo podemos
todavía?
¿No era ecaso más que una nube pasajera, más
que un fantasma irrisorio?
¿Aquella obra inmensa que tantos poetas – y entre
ellos los más ilustres, los más insignes –
han cantado, no habría sido más que un sueño,
una vaga ilusión?
¡No! ¡Pues si
el cometa se había ido, alejándose de nosotros
lentamente, poco a poco, irremediablemente, su estela luminiscente
estaba sin embargo ahí para guiarnos, trazando con
su resplandor vibrante una senda radiante en la extensión
profunda del firmamento!
Al poner fin al terror de
la tormenta revolucionaria, y legando al mundo su Código
inmortal, primera legislación universal de la modernidad,
el Emperador proyectó hacia el porvenir una lanza vengadora,
portadora de esperanza, de justicia, de equidad y de libertad
para todos los hombres y para todos los pueblos.
Estos fundamentos, que fueron los del Imperio, fueron también
la osamenta, el andamio y la estructura que permitieron al
mundo resistir los embates asesinos de los proyectos exterminadores
del Socialismo Nacional, del horror nihilista del Comunismo,
tiranías funestas que marcaron nuestro siglo con una
mancha indeleble de lágrimas, de sudor y de sangre.
Luego, el siglo se acabó,
y un telón sombrío cayó sobre aquel escenario
sembrado de cenizas y de humo...
¡Colosal espectáculo
en un teatro igualmente gigantesco!
Die Welt als Vorstellung
Aquellos grandes pensadores
que fueran Kant y tras él Schopenhauer nos enseñaron
que el mundo no es más que una representación,
una tragedia ilusoria, un vasto juego dionisiaco.
En este juego, figura en primer
plano Napoleón - Commediante, Tragediante
– según las palabras célebres del Papa
Pío VII.
En esta obra improbable, El
Emperador es el poeta, el actor y el héroe; él
la crea y la recrea; recompone los actos, renueva las escenas,
concibe los más espectaculares e inesperados coups
de théâtre, y de lo alto de su peñasco
fatal todavía exclama:
« En el Valle de
México, Arquímedes hubiese hallado su centro
de gravedad;
de ahí, yo podía aún hacer temblar al
mundo ».
¡Este juego, como un
dios Demiurgo, lo crea, lo representa, y muere en él!
Napoleón es ese Tragediante
de la Comedia Humana; es ese Commediante de la Divina
Comedia quien, elevándose ora en las alturas celestes,
precipitándose enseguida en los abismos sin fondo,
elemento primitivo de la naturaleza, esencia primera
del héroe mítico y literario, atraviesa y franquea
tal Ulises-Odiseo los océanos del espacio y del tiempo,
desgarrando en su recorrido ese velo de Maya que
cubre con su ilusión engañosa el escenario de
nuestra tragedia.
Pues sería un grave
error pensar que el gran Emperador hubiera sido víctima
de esta farsa de la razón.
¡En contra de los filósofos
de la nada y de los gurús de la negación
quienes tanto seducen a nuestra época abúlica,
Napoleón el Grande, como el Gran Goethe, constituye
el polo contrario, el exacto opuesto de estos extravíos
falaces, de estos engaños que descarrían el
espíritu y que hoy sumergen nuestro pensamiento occidental
marchito, como la hiedra seca al árbol que absorbe!
Napoleón es el héroe
de la Voluntad, el carácter hecho fuerza que transforma
el mundo; es el espíritu de la creación y de
la afirmación perpetua, la expresión temporal,
a nuestra escala modestamente humana, de lo eterno:
Alles Vergängliche
Ist nur ein Gleichniss
El telón se levanta
sobre el escenario de un nuevo siglo, y los primeros momentos
del acto inicial, al sonido de las trompetas fatales nos develan
los espectros gesticulantes de nuevos tiranos que nos amenazan.
Entre silbidos y rechinidos
estridentes, Mefistófeles, der Geist der Stets
verneint – el espíritu que todo lo niega
– hace su aparición con pompa y estruendo, ante
un público deslumbrado y fascinado por el destello
fantástico de su garbo de atractivos miríficos
y tornasolados; la audiencia conmovida es seducida por el
timbre melódico de sus frases melosas y llenas de afectación
y de un énfasis ampuloso; pasmados, los espectadores
admiran el rictus guasón de su máscara afable
y plena de simpatía, pero tras la cual se disimulan
colmillos acerados y henchidos de ponzoña.
Hoy, al alba del nuevo milenio,
sobre el fondo opaco del desfallecimiento y del desencanto
generalizados, de la falta de fe, del conformismo beato, de
la pasividad complaciente, del ateísmo erigido cual
tótem, nuevas formas de opresión resurgen y
se despliegan buscando proyectarnos definitivamente en el
abismo de la fatuidad, de la impersonalidad y del vacío
espiritual, prorrumpiendo con rabia y soberbia, como el apóstata
antiguo: « ¡Has vencido, Galileo! »
Hoy en día, cuando
asistimos a la puesta a punto de nuevos regímenes de
tiranía que ponen en obra los procedimientos que conocemos
tan bien, y de los cuales esperábamos sin embargo haber
escapado, lentamente, el crimen se transforma en virtud, el
vicio en principio, y la mentira en fundamento.
El pensamiento único - opaco becerro de oro
de nuestra apagada modernidad - se instala; la corrupción,
la extorsión, la disolución de los valores,
el aniquilamiento de la moral, las persecuciones, el terror,
son otros tantos mecanismos deletéreos que despuntan
en el horizonte, y parecen dar la tonalidad a este siglo que
ya se anuncia bajo los tintes lúgubres de una tiniebla
renovada.
Es en estos momentos cruciales,
hoy más que nunca, cuando regresa a la memoria el recuerdo
del gran Emperador, y divisamos su silueta valiente que se
yergue entre la bruma para recordarnos que debemos levantar
los ojos y buscar en la inmensidad el rastro celeste del astro
del hilo de plata que, de los confines del espacio, del tiempo
y de la historia, nos llama y nos transmite a lo lejos su
mensaje imperecedero de esperanza, de equidad y de libertad.
Pr. Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-Fundador
Instituto Napoleónico México-Francia
INMF

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