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HACIA EL PORVENIR TRAS
LAS
HUELLAS
DEL
EMPERADOR |
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« Los
hombres
de
genio
son
meteoros
destinados
a
arder
para
iluminar
su
siglo
»
S.M. Napoleón I (1769-1821).
Óleo
de
David.
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Por
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Eduardo
Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia
|
| Instituto
Napoleónico
México-Francia
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apoleón!
¡De
lo lejos de los océanos
infinitos, de lo alto
del granito eterno de
su exilio, de más allá
de las fronteras del
tiempo y el espacio,
esta palabra de acentos
extraños y poéticos
resuena aún, y llega
hasta nuestros oídos
asombrados!
«
He cerrado el abismo
anárquico y desembrollado
el caos. He desmancillado
la Revolución, ennoblecido
a los pueblos y afianzado
a los reyes. He excitado
todas las emulaciones,
recompensado los méritos
y alejado los límites
de la Gloria ».
¿Hace
falta decir más para
evocar el recuerdo del
gran Emperador cuya
imagen, irguiéndose
siempre en el cielo
de un Occidente crepuscular,
nos ilumina sin embargo
aún con todo el resplandor
de su gloria?
Napoleón,
el hombre del Destino.
El
2 de abril de 1821 - nos
señala su médico, Francesco
Antommarchi - los domésticos
advierten que han observado
un cometa hacia el oriente.
« ¡Un cometa! - exclama el Emperador
con emoción - fue
el signo precursor de
la muerte de César...
¡Estoy al límite, todo
me lo anuncia! ».
Según
el astrónomo Faye, el
5 de mayo, día de la muerte
de Napoleón, « aquel
cometa debía aún ser visible
desde la isla de Santa
Elena, al alejarse cada
día más de la tierra »
...
Vástagos
de un Occidente desencantado
y sin esperanza aparente,
atravesamos con espanto
los abismos del Siglo
XX, esa era de hierro
y de fuego, buscando en
las tinieblas ese delgado
hilo de luz que pudiese
guiarnos hacia las regiones
donde sólo nuestra esperanza
desfalleciente nos dejaba
adivinar un poco de solaz.
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El
cometa
de Santa
Helena
o
Profecías
del Emperador
Napoleón.
Viñeta
popular
lionesa.
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Fue
aquel un tiempo
en el que se podía
creer todo perdido;
no obstante, ¿podíamos
por ello pensar
que la obra de
Napoleón se hubiese
desvanecido, que
hubiera desaparecido?
¿Lo podemos todavía?
¿No era ecaso
más que una nube
pasajera, más
que un fantasma
irrisorio?
¿Aquella obra
inmensa que tantos
poetas – y entre
ellos los más
ilustres, los
más insignes –
han cantado, no
habría sido más
que un sueño,
una vaga ilusión?
¡No!
¡Pues si el cometa
se había ido,
alejándose de
nosotros lentamente,
poco a poco, irremediablemente,
su estela luminiscente
estaba sin embargo
ahí para guiarnos,
trazando con su
resplandor vibrante
una senda radiante
en la extensión
profunda del firmamento!
Al
poner fin al terror
de la tormenta
revolucionaria,
y legando al mundo
su Código inmortal,
primera legislación
universal de la
modernidad, el
Emperador proyectó
hacia el porvenir
una lanza vengadora,
portadora de esperanza,
de justicia, de
equidad y de libertad
para todos los
hombres y para
todos los pueblos.
Estos fundamentos,
que fueron los
del Imperio, fueron
también la osamenta,
el andamio y la
estructura que
permitieron al
mundo resistir
los embates asesinos
de los proyectos
exterminadores
del Socialismo
Nacional, del
horror nihilista
del Comunismo,
tiranías funestas
que marcaron nuestro
siglo con una
mancha indeleble
de lágrimas, de
sudor y de sangre.
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Luego,
el siglo se acabó, y un
telón sombrío cayó sobre
aquel escenario sembrado
de cenizas y de humo...
¡Colosal
espectáculo en un teatro
igualmente gigantesco!
Die
Welt als Vorstellung
Aquellos
grandes pensadores que
fueran Kant y tras él
Schopenhauer nos enseñaron
que el mundo no es más
que una representación,
una tragedia ilusoria,
un vasto juego dionisiaco.
En
este juego, figura en
primer plano Napoleón
- Commediante, Tragediante
– según las palabras célebres
del Papa Pío VII.
En
esta obra improbable,
El Emperador es el poeta,
el actor y el héroe; él
la crea y la recrea; recompone
los actos, renueva las
escenas, concibe los más
espectaculares e inesperados
coups de théâtre,
y de lo alto de su peñasco
fatal todavía exclama:
«
En el Valle de México,
Arquímedes hubiese hallado
su centro de gravedad;
de ahí, yo podía aún hacer
temblar al mundo
».
¡Este
juego, como un dios Demiurgo,
lo crea, lo representa,
y muere en él!
Napoleón
es ese Tragediante
de la Comedia Humana;
es ese Commediante
de la Divina Comedia quien,
elevándose ora en las
alturas celestes, precipitándose
enseguida en los abismos
sin fondo, elemento
primitivo de la naturaleza,
esencia primera del héroe
mítico y literario, atraviesa
y franquea tal Ulises-Odiseo
los océanos del espacio
y del tiempo, desgarrando
en su recorrido ese
velo de Maya que
cubre con su ilusión engañosa
el escenario de nuestra
tragedia.
Pues
sería un grave error pensar
que el gran Emperador
hubiera sido víctima de
esta farsa de la razón.
¡En
contra de los filósofos
de la nada y de los gurús
de la negación quienes
tanto seducen a nuestra
época abúlica, Napoleón
el Grande, como el Gran
Goethe, constituye el
polo contrario, el exacto
opuesto de estos extravíos
falaces, de estos engaños
que descarrían el espíritu
y que hoy sumergen nuestro
pensamiento occidental
marchito, como la hiedra
seca al árbol que absorbe!
Napoleón
es el héroe de la Voluntad,
el carácter hecho fuerza
que transforma el mundo;
es el espíritu de la creación
y de la afirmación perpetua,
la expresión temporal,
a nuestra escala modestamente
humana, de lo eterno:
Alles
Vergängliche
Ist nur ein Gleichniss
El
telón se levanta sobre
el escenario de un nuevo
siglo, y los primeros
momentos del acto inicial,
al sonido de las trompetas
fatales nos develan los
espectros gesticulantes
de nuevos tiranos que
nos amenazan.
Entre
silbidos y rechinidos
estridentes, Mefistófeles,
der Geist der Stets
verneint – el espíritu
que todo lo niega – hace
su aparición con pompa
y estruendo, ante un público
deslumbrado y fascinado
por el destello fantástico
de su garbo de atractivos
miríficos y tornasolados;
la audiencia conmovida
es seducida por el timbre
melódico de sus frases
melosas y llenas de afectación
y de un énfasis ampuloso;
pasmados, los espectadores
admiran el rictus guasón
de su máscara afable y
plena de simpatía, pero
tras la cual se disimulan
colmillos acerados y henchidos
de ponzoña.
Hoy,
al alba del nuevo milenio,
sobre el fondo opaco del
desfallecimiento y del
desencanto generalizados,
de la falta de fe, del
conformismo beato, de
la pasividad complaciente,
del ateísmo erigido cual
tótem, nuevas formas de
opresión resurgen y se
despliegan buscando proyectarnos
definitivamente en el
abismo de la fatuidad,
de la impersonalidad y
del vacío espiritual,
prorrumpiendo con rabia
y soberbia, como el apóstata
antiguo: « ¡Has vencido,
Galileo! »
Hoy
en día, cuando asistimos
a la puesta a punto de
nuevos regímenes de tiranía
que ponen en obra los
procedimientos que conocemos
tan bien, y de los cuales
esperábamos sin embargo
haber escapado, lentamente,
el crimen se transforma
en virtud, el vicio en
principio, y la mentira
en fundamento.
El pensamiento único
– opaco becerro
de oro de nuestra apagada
modernidad – se
instala; la corrupción,
la extorsión, la disolución
de los valores, el aniquilamiento
de la moral, las persecuciones,
el terror, son otros tantos
mecanismos deletéreos
que despuntan en el horizonte,
y parecen dar la tonalidad
a este siglo que ya se
anuncia bajo los tintes
lúgubres de una tiniebla
renovada.
Es
en estos momentos cruciales,
hoy más que nunca, cuando
regresa a la memoria el
recuerdo del gran Emperador,
y divisamos su silueta
valiente que se yergue
entre la bruma para recordarnos
que debemos levantar los
ojos y buscar, en la inmensidad,
el rastro celeste del
astro del hilo de plata
que, de los confines del
espacio, del tiempo y
de la historia, nos llama
y nos transmite a lo lejos
su mensaje imperecedero
de esperanza, de equidad
y de libertad.

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