Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
“Los Amigos del INMF” – “Les Amis de l’INMF”
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
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Instituto Napoleónico México–Francia – Institut Napoléonien Mexique–France
Eduardo Garzón–Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean–Christophe, Prince Napoléon..

 

Versión en castellano
HACIA EL PORVENIR TRAS LAS HUELLAS DEL EMPERADOR
Version en Français
« Estudio de una cabeza para un retrato de Napoleón en traje de la Coronación » por David, 1808.
« Los hombres de genio son meteoros destinados a arder para iluminar su siglo »
S.M. Napoleón I (1769-1821). Óleo de David.
Por el Profesor
Sir Eduardo Garzón-Sobrado
De la Academia Nacional de Historia y Geografía (ANHG/UNAM)

Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia, INMF
.
El Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador y director general del Instituto Napoleónico México-Francia .
E. Garzón-Sobrado
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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apoleón!

¡De lo lejos de los océanos infinitos, de lo alto del granito eterno de su exilio, de más allá de las fronteras del tiempo y el espacio, esta palabra de acentos extraños y poéticos resuena aún, y llega hasta nuestros oídos asombrados!

« He cerrado el abismo anárquico y desembrollado el caos. He desmancillado la Revolución, ennoblecido a los pueblos y afianzado a los reyes. He excitado todas las emulaciones, recompensado los méritos y alejado los límites de la Gloria ».

¿Hace falta decir más para evocar el recuerdo del gran Emperador cuya imagen, irguiéndose siempre en el cielo de un Occidente crepuscular, nos ilumina sin embargo aún con todo el resplandor de su gloria?

Napoleón, el hombre del Destino.

El 2 de abril de 1821 –nos señala su médico, Francesco Antommarchi– los domésticos advierten que han observado un cometa hacia el oriente. « ¡Un cometa! –exclama el Emperador con emoción– fue el signo precursor de la muerte de César... ¡Estoy al límite, todo me lo anuncia! ».

Según el astrónomo Faye, el 5 de mayo, día de la muerte de Napoleón, « aquel cometa debía aún ser visible desde la isla de Santa Elena, al alejarse cada día más de la tierra » ...

Vástagos de un Occidente desencantado y sin esperanza aparente, atravesamos con espanto los abismos del Siglo XX, esa era de hierro y de fuego, buscando en las tinieblas ese delgado hilo de luz que pudiese guiarnos hacia las regiones donde sólo nuestra esperanza desfalleciente nos dejaba adivinar un poco de solaz.

El cometa de Santa Helena o Profecías del Emperador Napoleón
Viñeta popular lionesa decimonónica.

Fue aquel un tiempo en el que se podía creer todo perdido; no obstante, ¿podíamos por ello pensar que la obra de Napoleón se hubiese desvanecido, que hubiera desaparecido? ¿Lo podemos todavía?
¿No era ecaso más que una nube pasajera, más que un fantasma irrisorio?
¿Aquella obra inmensa que tantos poetas – y entre ellos los más ilustres, los más insignes – han cantado, no habría sido más que un sueño, una vaga ilusión?
¡No! ¡Pues si el cometa se había ido, alejándose de nosotros lentamente, poco a poco, irremediablemente, su estela luminiscente estaba sin embargo ahí para guiarnos, trazando con su resplandor vibrante una senda radiante en la extensión profunda del firmamento!

Al poner fin al terror de la tormenta revolucionaria, y legando al mundo su Código inmortal, primera legislación universal de la modernidad, el Emperador proyectó hacia el porvenir una lanza vengadora, portadora de esperanza, de justicia, de equidad y de libertad para todos los hombres y para todos los pueblos.
Estos fundamentos, que fueron los del Imperio, fueron también la osamenta, el andamio y la estructura que más tarde permitieron al mundo resistir a los embates de los proyectos de expansionismo hegemónico de los fascismos socialistas, del horror nihilista y deicida del comunismo y su satánico holocausto bolchevique –el mayor genocidio de la historia de la humanidad–, tiranías funestas que marcaron nuestro siglo con una mancha indeleble de lágrimas, de sudor y de sangre.

Luego, el siglo se acabó, y un telón sombrío cayó sobre aquel escenario sembrado de cenizas y de humo...

¡Colosal espectáculo en un teatro igualmente gigantesco!

Die Welt als Vorstellung

Aquellos grandes pensadores que fueran Kant y tras él Schopenhauer nos enseñaron que nuestro mundo palpable no es más que una representación, una tragedia ilusoria, un vasto juego dionisiaco.

En este juego, figura en primer plano Napoleón –Commediante, Tragediante– según las palabras célebres del Papa Pío VII.

En esta obra improbable, el Emperador es el poeta, el actor y el héroe; él la crea y la recrea; recompone los actos, renueva las escenas, concibe los más espectaculares e inesperados coups de théâtre, y de lo alto de su peñasco fatal todavía exclama:

« En el Valle de México, Arquímedes hubiese hallado su centro de gravedad;
de allí, yo podía aún hacer temblar al mundo
».

¡Este juego, cual espíritu Demiurgo, lo crea, lo representa, y muere en él!

Napoleón es ese Tragediante de la Comedia Humana; es ese Commediante de la Divina Comedia quien, elevándose ora en las alturas celestes, precipitándose enseguida en los abismos sin fondo, elemento primitivo de la naturaleza, esencia primera del héroe mítico y literario, atraviesa y franquea tal Ulises-Odiseo los océanos del espacio y del tiempo, desgarrando en su recorrido ese velo de Maya que cubre con su ilusión engañosa el escenario de nuestra tragedia.

Pues sería un grave error pensar que el gran Emperador hubiera sido víctima de esta farsa de la razón.

¡En contra de los filósofos de la nada y de los gurús de la negación quienes tanto seducen a nuestra época abúlica, Napoleón el Grande, como el gran Goethe, constituye el polo contrario, el exacto opuesto de estos extravíos falaces, de estos engaños que descarrían el espíritu y que hoy sumergen nuestro pensamiento occidental marchito, como la hiedra seca al árbol al que absorbe!

Napoleón es el héroe de la Voluntad, el carácter hecho fuerza que transforma el mundo; es el espíritu de la creación y de la afirmación perpetua, la expresión temporal, a nuestra escala modestamente humana, de lo eterno:

Alles Vergängliche
Ist nur ein Gleichniss

El telón se levanta sobre el escenario de un nuevo siglo, y los primeros momentos del acto inicial, al sonido de las trompetas fatales nos develan los espectros gesticulantes de nuevos tiranos que nos amenazan.

Entre silbidos y rechinidos estridentes, Mefistófeles, der Geist der Stets verneint –el espíritu que todo lo niega– hace su aparición con pompa y estruendo, ante un público deslumbrado y fascinado por el destello fantástico de su garbo de atractivos miríficos y tornasolados; la audiencia conmovida es seducida por el timbre melódico de sus frases melosas y llenas de afectación y de un énfasis ampuloso; pasmados, los espectadores admiran el rictus guasón de su máscara afable y plena de simpatía, pero tras la cual se disimulan colmillos acerados y henchidos de ponzoña.

Hoy, al alba del nuevo milenio, sobre el fondo opaco del desfallecimiento y del desencanto generalizados, de la falta de fe, del conformismo beato, de la pasividad complaciente, del ateísmo erigido cual tótem, nuevas formas de opresión resurgen y se despliegan buscando proyectarnos definitivamente en el abismo de la fatuidad, de la impersonalidad y del vacío espiritual, prorrumpiendo con rabia y soberbia, como el apóstata antiguo: « ¡Has vencido, Galileo! »

Hoy en día, cuando asistimos a la puesta a punto de regímenes oligárquicos de tiranía que ponen en obra los procedimientos que conocemos tan bien, y de los cuales esperábamos sin embargo haber escapado, lentamente, el crimen se yergue cual derecho, el vicio en virtud, y la mentira en principio.
El mundialismo y su pensamiento único –opaco becerro de oro de nuestra apagada y desfalleciente modernidad– se instala; la corrupción, la extorsión, la disolución de los principios y valores de nuestra civilización,
la destrucción de las identidades y de las soberanías, el aniquilamiento de la ética y de la moral, las persecuciones, el terror y el despotismo tribales de una hiper-clase cosmopolitista, son otros tantos mecanismos deletéreos que despuntan en el horizonte, y parecen dar la tonalidad a este siglo que ya se anuncia bajo los tintes lúgubres de una tiniebla anticrística renovada.

Es en estos momentos cruciales, hoy más que nunca, cuando regresa a la memoria el recuerdo del gran Emperador, y divisamos su silueta valiente que se alza entre la bruma para recordarnos que debemos levantar los ojos y buscar en la inmensidad el rastro celeste del astro del hilo de plata que, de los confines del espacio, del tiempo y de la historia, nos llama y nos transmite a lo lejos su mensaje imperecedero de coraje, de esperanza, de equidad y de libertad.

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