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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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Por
la Señora |
Renée
Casin
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Presidente
del Comité Histórico
del
Instituto Napoleónico
México-Francia |
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| Sra.
Renée Casin
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| Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
©
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al público de manera gratuita y
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A
través del siguiente texto,
breve presentación hecha
por el propio autor de su «
Preciso », la obra Napoléon
1er et les bicentenaires des grandes
institutions de la République
(« Napoleón I y los
bicentenarios de las grandes instituciones
de la República», Ediciones
Résiac, 2002) podremos tener
una idea del verdadero rostro del
EMPERADOR
NAPOLEÓN,
el de un pacificador esencial, un
civilizador sin equivalente, pero
ante todo de un visionario, de un
hombre de gran corazón y
profunda humanidad.
¿A pesar de esto, Francia,
y a través de ella, la civilización
Latina, por las que murió
incomunicado y condenado a un terrible
e interminable martirio, le han
conservado una memoria fiel?
La respuesta, es muy triste escribirlo,
es clara y cae como una cuchilla:
NO, y por
increíble que parezca, muchos
franceses ni siquiera saben que
su país, como tantos otros
en el mundo, viven y se gobiernan
aún hoy sobre las bases civiles,
administrativas, jurídicas
y económicas que el Emperador
fundó « sobre el granito
». El desastre de la enseñanza
orientada de la Historia, así
como la discreción oficial
de las autoridades en ocasión
de los bicentenarios de tantos hechos
y obras gloriosas lo prueban.
Gracias a este texto que es tan
sólo una introducción,
pero que por su gran interés
presentamos sin embargo a título
de texto plenamente, tendremos algunas
nociones de porqué el verdadero
padre de Europa, aunque comúnmente
vilipendiado y malmirado, es no
obstante mejor conocido y admirado
en el extranjero que en Francia…
Porqué los pueblos vecinos
pidieron « como una gracia
» en 1815, tras la caída
del Imperio, conservar las leyes
francesas. Veremos porqué
las constantes peticiones de paz
del Emperador – « la
primera de las necesidades como
la primera de las glorias »,
escribió a Londres –
estaban condenadas al fracaso de
antemano. Sabremos porqué,
entre otras comunidades religiosas,
los judíos de Europa no estaban
lejos de considerar a Napoleón
un « mesías ».
Descubriremos al fin porqué
el Emperador, a quien los ingleses
apóstatas y sus aliados cismáticos
llamaban no obstante el «
anticristo », dijo sin embargo
a la nana de su hijo, el fatídico
Rey de Roma: « Haced
de él un buen francés
y un buen cristiano: uno no va sin
el otro ».
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He
aquí mi trigésima obra.
Ésta confirma la primera: «
Napoleón y los manuales de historia
» (Napoléon
et les manuels d’histoire)
publicado en 1956, con un prefacio del
General Weygand y coronado por la Academia
francesa (Premio Thérouanne 1957)
*.
Hice toda mi carrera en la enseñanza
y siempre estuve escandalizada por la
manera como los manuales de historia maltrataban
la verdad histórica. Durante una
discusión con mi inspector, al
final de mi clase, tomé como ejemplo
los numerosos trámites pacíficos
del Primer Cónsul, luego del Emperador,
para poner un término al engranaje
de las coaliciones contra Francia que
fueron constantes de 1792-1793 a 1815.
De esos trámites repetidos, en
el transcurso de los cuales él
pidió vanamente la reunión
de un congreso general en el que proponía
oficialmente sacrificios territoriales
precisos, se poseen múltiples pruebas
diplomáticas. La apertura de los
Archivos extranjeros, a fines del Siglo
XIX, lo probó de manera irrefutable.
¡Pero ningún manual habla
de ello! Mi inspector no supo qué
responder: « ¡Debemos formar
republicanos, por consiguiente!…»
Este « por consiguiente »
significa que cantidad de hechos de primera
importancia son puestos bajo silencio,
por razones políticas. Sin embargo,
esa entrevista tuvo un final inesperado:
el día siguiente, le llamó
a mi directora: « dígale
que ella tal vez tiene razón ». |
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El
General Maxime Weygand
1867-1965
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El General Weygand,
de quien cada quien puede acordarse (brazo derecho
del Mariscal Foch en 1914-18; quien, en los
años 1920, ayudó a Pilsudski a
echar al ejército ojo de Polonia; el
que, en 1942, reorganizó la armada de
África del Norte con el general Juin)
me escribió, después de haber
leído mi manuscrito: « Señorita,
como se lo había dejado prever, la obligué
a esperar esta carta. Mis demasiado numerosas
ocupaciones no me han permitido acabar más
rápido la lectura de su excelente libro.
Aunque este calificativo no necesite comentarios,
añado que estoy seducido por la voluntad
y el valor de que hace usted prueba en su lucha
contra la falsificación culta de la historia
que se le enseña a nuestra juventud (con
la que se contentan por cierto demasiadas grandes
personas). Y también por el talento y
la solidez con las cuales ha organizado y armado
el batallón de argumentos que conduce
usted al asalto de la mentira. Agrego que estoy
todo dispuesto a escribir el prefacio que me
hizo usted el honor de pedirme para esta obra…
»
Este libro,
que recibió los elogios de sesenta diarios
y revistas de Francia y el mundo entero, desde
Canadá hasta Pondichéry, me valió
el placer de recibir en casa al presidente del
Círculo Napoleónico de Santiago
de Chile, de paso en París.
¿Todo eso no es nada? Sin embargo reeditar
esas 330 páginas estaba fuera de discusión;
así – puesto que la enseñanza
de la historia se tornaba cada vez más
lamentable – quise aprovechar los bicentenarios
de nuestras grandes instituciones desde el Consejo
de Estado, la Legión
de Honor, los grandes Códigos, el
gran Sanedrín que hizo de los judíos
(franceses y europeos) ciudadanos plenamente,
hasta muchas decenas de otras de primera jerarquía,
que aún nos rigen, para escribir un «
Preciso » corto y percutiente.
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El Emperador
Napoleón I en
uniforme de coronel de granaderos
a pie de la Guardia Imperial,
por
Robert Lefèvre.
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¿Se
conoce, por ejemplo, que el primer
experimento de seguridad social con un
funcionamiento como el actual, data de
un decreto de Napoleón de 1813
en las minas
de carbón belgas?
Por supuesto, la primera obra del genial
pacificador fue la reconciliación
nacional. Como Enrique IV, fueron «
Edictos de Nantes » sucesivos lo
que impuso el Primer Cónsul, enseguida
el Emperador, quien puso a trabajar juntos
a los enemigos de ayer, actores o sobrevivientes
de un caos sangriento de que nos cuesta
formarnos una idea, puesto que además
de la guillotina, las masacres
de la Vendea habían hecho
600,000 muertos…
Y Francia poco a poco pacificada, libertada
por un « juez de paz » cuyo
genio civil era más grande aún
que el genio militar, se reconstruía.
La libertad religiosa era restablecida,
la constitución
civil del clero abolida, el Concordato
firmado, los curas sobrevivientes volvían
de Guyana. La campana mayor de Nuestra-Señora
hinchaba sus ecos sobre un pueblo que
volvía a poner a trabajar. ¡Vaya
símbolo, las «abejas»
imperiales!
En cuanto
a las « águilas » francesas,
éstas llevaron la « libertad
y la igualdad » a los pueblos de
Europa, como lo dice Winston Churchill.
Todo eso merece que nos planteemos algunas
preguntas y que vayamos a ver más
de cerca.
Articulé
mi « Preciso » en torno a
diez puntos en los que el lector podrá
hallar lo que nunca se dice, aún
en los comentarios actuales. Sólo
Robert Hossein hace excepción hasta
hoy, gracias a su sentido justo de la
epopeya: |
1.
El orgullo de ser francés: Napoleón
y la paz.
2. Piezas relativas a la ejecución
del duque de Enghien.
3. En las fundaciones de la Francia moderna:
las
masas de granito napoleónicas.
4. Para el Concordato de 1801, el héroe
y el santo.
5. Napoleón en el consejo de Estado.
6. 1813, primer experimento de seguridad
social.
7. Napoleón visionario: Francia,
Europa, el mundo.
8. Gran lector, melómano y gran
escritor.
9. El Emperador tal como era.
10. Santa
Helena: las voces inglesas. |
Una mentira
mil veces repetida se convierte en una verdad,
a los ojos del público en general. Recordemos
lo que escribía Paul Fleuriot de Langle:
« Todo error que se repite, al repetirse,
se acredita y se agrava ». Y Fustel de
Coulanges, dominando la cuestión, exclamaba:
« Nuestros más crueles enemigos
no tienen necesidad de inventar las calumnias
y las injurias… sus historiadores más
hostiles no tienen más que traducir las
nuestras ».
Así, el «
batallón de argumentos »
que conduzco « al asalto de la
mentira » – general Weygan
dixit – no ha perdido nada de
su valor. Y eso debe saltarle a los
ojos de todo lector advertido. De ese
modo, Inglaterra, que nunca es mencionada
– o acaso una sola vez como de
casualidad y sin precisiones –
es la potencia tentacular de aquella
época, ama y señora de
todos los océanos, que declaró
a Francia en 1793 una « guerra
de exterminio », y fomentó
siete
coaliciones sucesivas hasta 1815,
¡contra nosotros! Las subvenciones
acordadas a las potencias de Antiguo
Régimen: Prusia, Austria, Rusia,
Suecia, etc., aumentarán año
con año y alcanzarán un
total que parece increíble, equivalente
a 270 millares de francos de
oro de la época. Por
mucho que Napoleón ganara victorias
en tierra firme, es la nación
que posee el dominio de los mares la
que gana siempre. Y Francia fue arrastrada,
hasta 1815, en esta espiral infernal
que no permitió a Napoleón
sino cortas treguas, porque él
era, a los ojos de los ingleses, el
emperador de la revolución, al
que había que abatir.
Pero en el seno de esta
tragedia, hubo algunas esperanzas. Los
liberales ingleses eran bastante numerosos
y Charles James Fox sucedió providencialmente
a William Pitt, fallecido súbitamente,
al enterarse de la victoria francesa
de Austerlitz.
El regreso a París del Emperador
de los franceses fue una inmensa satisfacción.
Se puso de inmediato en relación
con Fox y tuvo una firme esperanza de
restablecer la paz general. No olvidemos
que Inglaterra, después de haber
firmado la Paz de Amiens en 1802, la
había roto unilateralmente desde
1803. Las negociaciones proseguían
cuando Fox murió a su vez. «
La muerte del
Sr. Fox es una fatalidad de mi carrera;
si hubiese vivido, la paz general se
hubiera efectuado », explicó
el Emperador a los oficiales del Northumberland
que le conducían a su prisión
de Santa Helena. Pero nadie lo sabe.
Y nadie conoce tampoco sus ideas acerca
de una unión deseable de la Europa
futura, que explicó a Fox ya
en 1802 y repitió constantemente
y no sólo en el Memorial
de Santa Helena: él pensaba
en una misma moneda, en los mismos pesos
y medidas, en los mismos códigos…
«Una guerra
entre europeos es una guerra civil».
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El
«
Preciso »
de Renée Casin:
NAPOLÉON 1er
Editions RÉSIAC
– B.P. 6 - F 53150 Montsûrs
–
ISBN 2-85268-364-4
Octubre de 2002.
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| Renée
Casin es laureada
de la Academia
Francesa. Aquí
posa con su Medalla de la
Legión del Mérito |
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No
se expone la historia fundándose
sobre anécdotas y omisiones monumentales,
cualquiera que sea el ámbito. Ese
prisionero, muerto por Francia –
«¡que
me saquen de este hoyo de ratas!»
(en el sentido propio), profirió
un día allá – es una
de las más grandes figuras de la
historia del mundo. ¡Merece algo
mejor que algunas películas, en
las que nada es dicho de lo esencial,
y emisiones en las que múltiples
falacias se codean con lo ridículo!
Los franceses se han hecho maestros de
este ámbito. Y sin duda –
pero todo el mundo aquí lo ignora
– había que ir a visitar
la exposición de 2001 en Tokio
sobre « Napoleón, Emperador
de los franceses » para aprender
que los japoneses resaltan su voluntad
de paz en una época guerrera,
que su inmenso carisma hace de él
un personaje universal cuyo fin fue coronado
por una tragedia sin precedente. Y sin
duda aún – ¿pero quién
está al tanto en Francia? –
era preciso que ir a visitar la exposición
« Napoleón » en Nueva
York algunos años antes, para verificar
lo bien fundado de este juicio premonitorio
del poeta británico Thackeray en
1840: «Tuvo que haber algo en
ese hombre de grande y de noble, algo
de generoso y de apasionante, para haber
dejado un recuerdo tan caro al pueblo,
un nombre rodeado de un respeto tan constante,
de una tan durable afección».
Y el de Goethe: « Napoleón
crecerá a medida que se le conozca
mejor ».
¿Francia, « luz del mundo
», estaría habitada por un
pueblo que no sabe demasiado frecuentemente
más que manejar el apagavelas?
Les deseo
una buena lectura y buenos descubrimientos,
meditando primeramente esta carta enviada
en 1801 por el Primer Cónsul al
padre Charles, que le había preparado
para su primera comunión en Brienne:
« no he olvidado
que es gracias a vuestro virtuoso ejemplo
y a vuestras sabias lecciones que debo
la alta fortuna a la que he llegado. Sin
la religión,
no hay felicidad alguna, ningún
porvenir posible. Me recomiendo a vuestras
plegarias. » |
Renée Casin.
*
Este libro, Napoléon
et les manuels d’histoire, revisado
y aumentado, fue reeditado el 18 de junio de
2008 por las ediciones Economica, París;
se presenta además enriquecido con un
preámbulo del General Michel Franceschi.

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