Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
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« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
DESCUBRIR A NAPOLEÓN
Por
Renée Casin
Presidente del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia
Laureada de la Academia francesa
Sra. Renée Casin
Entrevista concedida a la revista Chrétiens Magazine, N° 157, del 15 febrero de 2003
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia.
PRESENTACIÓN GENERAL
Por el Profesor
Sir Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia.
A través del siguiente texto, breve presentación hecha por el propio autor de su « Preciso », el libro Napoléon 1er et les bicentenaires des grandes institutions de la République (« Napoleón I y los bicentenarios de las grandes instituciones de la República », Ediciones Résiac, 2002) podremos darnos una idea clara del verdadero rostro del EMPERADOR NAPOLEÓN, a saber el de un pacificador esencial, de un civilizador sin equivalente, de un genio visionario, pero ante todo, el de un hombre de gran rectitud, gran corazón, y profunda humanidad.
¿Sin embargo, a pesar de esto, Francia, y a través de ella, la civilización Latina, por las que murió relegado e incomunicado, condenado a una dolorosa agonía, a un interminable martirio, le han conservado una memoria fiel?
La respuesta, es muy triste escribirlo, es clara y cae como una cuchilla: NO, y por increíble que parezca, muchos franceses ni siquiera saben que su país, como tantos otros en el mundo, viven y se gobiernan aún hoy sobre las bases civiles, administrativas, educativas, jurídicas y económicas que el Emperador fundó « sobre el granito ». En efecto, el desastre de la enseñanza orientada de la Historia, así como la extraña, por no decir cómplice discreción oficial de las autoridades en ocasión de los bicentenarios de tantos hechos y obras gloriosas, así lo prueban.
A contracorriente de la desinformación ideológica diseminada por tendencias memoricidas y funestas, gracias a este texto, que es tan sólo una introducción, pero que por su gran interés presentamos sin embargo a título de texto plenamente, tendremos algunas nociones de por qué el Prometeo moderno, aunque comúnmente vilipendiado y mal visto, es no obstante mejor conocido, rspetado e incluso admirado en el extranjero que en Francia… De por qué los pueblos vecinos pidieron « como una gracia » en 1815, tras la caída del Imperio, conservar las leyes francesas. Veremos por qué las constantes peticiones de paz del Emperador – « la primera de las necesidades como la primera de las glorias », como lo escribió al gabinete de Londres – estaban condenadas al fracaso de antemano. Sabremos por qué fue considerado en su tiempo el restaurador de la religión, y por qué, entre otras comunidades religiosas marginadas, los mekhitaristas armenios o los judíos de Europa no dudaban en considerar a Napoleón un salvador e incluso,
en sus elogios más exuberantes, un « mesías ».
Descubriremos finalmente por qué el Emperador, a quien los «
ingleses herejes » y sus aliados « apóstatas y cismáticos » llamaban no obstante y con insidiosa mala fe el « anticristo », dijo sin embargo a la aya de su hijo, el fatídico Rey de Roma: « Haced de él un buen francés y un buen cristiano: uno no va sin lo otro ».

He aquí mi trigésima obra. Ésta confirma la primera: « Napoleón y los manuales de historia » (Napoléon et les manuels d’histoire) publicado en 1956, con un prefacio del General Weygand y coronado por la Academia francesa (Premio Thérouanne 1957)*. Hice toda mi carrera en la enseñanza y siempre estuve escandalizada por la manera como los manuales de historia maltrataban la verdad histórica. Durante una discusión con mi inspector, al final de mi clase, tomé como ejemplo los numerosos trámites pacíficos del Primer Cónsul, luego del Emperador, para poner un término al engranaje de las coaliciones contra Francia que fueron constantes de 1792-1793 a 1815. De esos trámites repetidos, en el transcurso de los cuales él pidió vanamente la reunión de un congreso general en el que proponía oficialmente sacrificios territoriales precisos, se poseen múltiples pruebas diplomáticas. La apertura de los Archivos extranjeros, a fines del Siglo XIX, lo probó de manera irrefutable. ¡Pero ningún manual habla de ello! Mi inspector no supo qué responder: « ¡Debemos formar republicanos, entonces!… ». Este « entonces » significa que cantidad de hechos de primera importancia son puestos bajo silencio, por razones políticas. Sin embargo, esa entrevista tuvo un final inesperado: el día siguiente, le llamó a mi directora: « dígale que ella tal vez tiene razón ».
El general Maxime Weygand
(1867-1965)

El general Weygand, de quien cada quien puede acordarse (brazo derecho del Mariscal Foch en 1914-18; quien, en los años 1920, ayudó a Pilsudski a echar al ejército ojo de Polonia; el que, en 1942, reorganizó la armada de África del Norte con el general Juin) me escribió, después de haber leído mi manuscrito: « Señorita, como se lo había dejado prever, la obligué a esperar esta carta. Mis demasiado numerosas ocupaciones no me han permitido acabar más rápido la lectura de su excelente libro. Aunque este calificativo no necesite comentarios, añado que estoy seducido por la voluntad y el valor de que hace usted prueba en su lucha contra la falsificación culta de la historia que se le enseña a nuestra juventud (con la que se contentan por cierto demasiadas grandes personas). Y también por el talento y la solidez con las cuales ha organizado y armado el batallón de argumentos que conduce usted al asalto de la mentira. Agrego que estoy todo dispuesto a escribir el prefacio que me hizo usted el honor de pedirme para esta obra… »

Este libro, que recibió los elogios de sesenta diarios y revistas de Francia y el mundo entero, desde Canadá hasta Pondichéry, me valió el placer de recibir en casa al presidente del Círculo Napoleónico de Santiago de Chile, de paso en París.
¿Todo eso no es nada? Sin embargo reeditar esas 330 páginas estaba fuera de discusión; así – puesto que la enseñanza de la historia se tornaba cada vez más lamentable – quise aprovechar los bicentenarios de nuestras grandes instituciones desde el Consejo de Estado, la Legión de Honor, los grandes Códigos, el gran Sanedrín que hizo de los judíos (franceses y europeos) ciudadanos plenamente, hasta muchas decenas de otras de primera jerarquía, que aún nos rigen, para escribir un « Preciso » corto y percutiente.

El Emperador Napoleón I en uniforme de coronel de granaderos a pie de la Guardia Imperial.
Óleo de
Robert Lefèvre (1755-1830).

¿Se conoce, por ejemplo, que el primer experimento de seguridad social con un funcionamiento como el actual, data de un decreto de Napoleón de 1813 en las minas de carbón belgas?
Por supuesto, la primera obra del genial pacificador fue la reconciliación nacional. Como Enrique IV, fueron « Edictos de Nantes » sucesivos lo que impuso el Primer Cónsul, enseguida el Emperador, quien puso a trabajar juntos a los enemigos de ayer, actores o sobrevivientes de un caos sangriento de que nos cuesta formarnos una idea, puesto que además de la guillotina, las masacres de la Vendea habían hecho 600 000 muertos… Y Francia poco a poco pacificada, libertada por un « juez de paz » cuyo genio civil era más grande aún que el genio militar, se reconstruía.
La libertad religiosa era restablecida, la constitución civil del clero abolida, el Concordato firmado, los curas sobrevivientes volvían de Guyana. La campana mayor de Nuestra Señora hinchaba sus ecos sobre un pueblo que él volvía a poner a trabajar. ¡Vaya símbolo, el de las « abejas » imperiales!

En cuanto a las « águilas » francesas, éstas llevaron la « libertad y la igualdad » a los pueblos de Europa, como lo dice Winston Churchill. Todo eso merece que nos planteemos algunas preguntas y que vayamos a ver más de cerca.

Articulé mi « Preciso » en torno a diez puntos en los que el lector podrá hallar lo que nunca se dice, aún en los comentarios actuales. Sólo Robert Hossein hace excepción hasta hoy, gracias a su sentido justo de la epopeya:

1. El orgullo de ser francés: Napoleón y la paz.
2. Piezas relativas a la ejecución del duque de Enghien.
3. En las fundaciones de la Francia moderna: las masas de granito napoleónicas.
4. Para el Concordato de 1801, el héroe y el santo.
5. Napoleón en el consejo de Estado.
6. 1813, primer experimento de seguridad social.
7. Napoleón visionario: Francia, Europa, el mundo.
8. Gran lector, melómano y gran escritor.
9. El Emperador tal como era.
10. Santa Helena: las voces inglesas.

Una mentira mil veces repetida se convierte en una verdad, a los ojos del público en general. Recordemos lo que escribía Paul Fleuriot de Langle: « Todo error que se repite, al repetirse, se acredita y se agrava ». Y Fustel de Coulanges, dominando la cuestión, exclamaba: « Nuestros más crueles enemigos no tienen necesidad de inventar las calumnias y las injurias… sus historiadores más hostiles no tienen más que traducir las nuestras ».

Así, el « batallón de argumentos » que conduzco « al asalto de la mentira » – general Weygan dixit – no ha perdido nada de su valor. Y eso debe saltarle a los ojos de todo lector advertido. De ese modo, Inglaterra, que nunca es mencionada – o acaso una sola vez como de casualidad y sin precisiones – es la potencia tentacular de aquella época, ama y señora de todos los océanos, que declaró a Francia en 1793 una « guerra de exterminio », y fomentó siete coaliciones sucesivas hasta 1815, ¡contra nosotros! Las subvenciones acordadas a las potencias de Antiguo Régimen: Prusia, Austria, Rusia, Suecia, etc., aumentarán año con año y alcanzarán un total que parece increíble, equivalente a 270 millares de francos de oro de la época. Por mucho que Napoleón ganara victorias en tierra firme, es la nación que posee el dominio de los mares la que gana siempre. Y Francia fue arrastrada, hasta 1815, en esta espiral infernal que no permitió a Napoleón sino cortas treguas, porque él era, a los ojos de los ingleses, el emperador de la revolución, al que había que abatir.

Pero en el seno de esta tragedia, hubo algunas esperanzas. Los liberales ingleses eran bastante numerosos y Charles James Fox sucedió providencialmente a William Pitt, fallecido súbitamente, al enterarse de la victoria francesa de Austerlitz.
El regreso a París del Emperador de los franceses fue una inmensa satisfacción. Se puso de inmediato en relación con Fox y tuvo una firme esperanza de restablecer la paz general. No olvidemos que Inglaterra, después de haber firmado la Paz de Amiens en 1802, la había roto unilateralmente desde 1803. Las negociaciones proseguían cuando Fox murió a su vez. « La muerte del Sr. Fox es una fatalidad de mi carrera; si hubiese vivido, la paz general se hubiera efectuado », explicó el Emperador a los oficiales del Northumberland que le conducían a su prisión de Santa Helena. Pero nadie lo sabe. Y nadie conoce tampoco sus ideas acerca de una unión deseable de la Europa futura, que explicó a Fox ya en 1802 y repitió constantemente y no sólo en el Memorial de Santa Helena: él pensaba en una misma moneda, en los mismos pesos y medidas, en los mismos códigos… « Una guerra entre europeos es una guerra civil ».

El « Preciso » de Renée Casin:
NAPOLÉON 1er
Editions RÉSIAC
– B.P. 6 - F 53150 Montsûrs –
ISBN 2-85268-364-4
Octubre de 2002.
 
Renée Casin es laureada de la Academia Francesa. Aquí posa con su Medalla de la Legión del Mérito

No se expone la historia fundándose sobre anécdotas y omisiones monumentales, cualquiera que sea el ámbito. Ese prisionero, muerto por Francia – « ¡que me saquen de este hoyo de ratas! » (en el sentido propio), profirió un día allá – es una de las más grandes figuras de la historia del mundo. ¡Merece algo mejor que algunas películas, en las que nada es dicho de lo esencial, y emisiones en las que múltiples falacias se codean con lo ridículo!
Los franceses se han hecho maestros de este ámbito. Y sin duda – pero todo el mundo aquí lo ignora – había que ir a visitar la exposición de 2001 en Tokio sobre « Napoleón, Emperador de los franceses » para aprender que los japoneses resaltan su voluntad de paz en una época guerrera, que su inmenso carisma hace de él un personaje universal cuyo fin fue coronado por una tragedia sin precedente. Y sin duda aún – ¿pero quién está al tanto en Francia? – era preciso que ir a visitar la exposición « Napoleón » en Nueva York algunos años antes, para verificar lo bien fundado de este juicio premonitorio del poeta británico Thackeray en 1840: « Tuvo que haber algo en ese hombre de grande y de noble, algo de generoso y de apasionante, para haber dejado un recuerdo tan caro al pueblo, un nombre rodeado de un respeto tan constante, de una tan durable afección ».
Y el de Goethe: « Napoleón crecerá a medida que se le conozca mejor ».
¿Francia, « luz del mundo », estaría habitada por un pueblo que no sabe demasiado frecuentemente más que manejar el apagavelas?

Les deseo una buena lectura y buenos descubrimientos, meditando primeramente esta carta enviada en 1801 por el Primer Cónsul al padre Charles, quien le había preparado para su primera comunión en Briena: « no he olvidado que es gracias a vuestro virtuoso ejemplo y a vuestras sabias lecciones que debo la alta fortuna a la que he llegado. Sin la religión, no hay felicidad alguna, ningún porvenir posible. Me recomiendo a vuestras plegarias. »

Renée Casin.

* Este libro, Napoléon et les manuels d’histoire, revisado y aumentado, fue reeditado el 18 de junio de 2008 por las ediciones Economica, París; se presenta además enriquecido con un preámbulo del General Michel Franceschi.

Algunas obras de Renée Casin:
- Pour l’honneur de la France - Un combat chrétien pour la liberté – (Por el honor de Francia - Un combate cristiano por la libertad).
- Jésus nous appelle –
(Jesús nos llama).
- Naufrageurs de la foi, du neutralisme à l’apostasie –
(Provocadores de naufragios de la fe, del neutralismo a la apostasía).
- Un prophète de l’unité : le cardinal de Richelieu –
(Un profeta de la unidad: el cardenal de Richelieu).
- Du rôle des évêques dans la restauration du tissu chrétien –
(Del rol de los obispos en la restauración del tejido cristiano).
- Pierre ou la mort de Dieu –
(Pedro o la muerte de Dios).
- Les catholiques et la Révolution française –
(Los católicos y la Revolución francesa).
- Législation anti-religieuse en U.R.S.S. –
(Legislación anti-religiosa en la U.R.S.S.).
- Saint Thomas d’Aquin ou l’intelligence de la foi –
(Santo Tomás de Aquino o la inteligencia de la fe).
- Le buisson de feu –
(El matorral de fuego).
- Précis d’histoire de l’Église - Mère de nos libertés –
(Preciso de historia de la Iglesia - Madre de nuestras libertades).
- Mensonges et silences sur Pie XII –
(Mentiras y silencios sobre Pío XII).
- Si tu savais le don de Dieu –
(Si tú supieras el don de Dios).
- La foi de notre baptême. Aux parents chrétiens –
(La fe de nuestro bautismo. A los padres cristianos).
- Ni Dieu ni Pape ? ou le salut par l’absurde –
(¿Ni Dios ni Papa? o la salvación por lo absurdo).
- Face à face : Christianisme Marxisme –
(Cara a cara: Cristianismo Marxismo).