EL
CASO DEL DUQUE DE ENGHIEN:
UNA MAQUINACIÓN CONTRA NAPOLEÓN |
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Por
el General |
Michel
Franceschi
Comendador
de la Legión de Honor
Consultor
Militar Especial del Instituto Napoleónico
México-Francia. |
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| Traducido
del francés por el
Señor Alain Arnaud Bobadilla.
Instituto Napoleónico México-Francia.
© |
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El
Duque de Enghien ante el pelotón
de ejecución
Ilustración
de Job. |
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«
Entre mejor se conozca la verdad toda entera, más
grande será Napoleón »
Stendhal.
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*** ***
ÍNDICE
EL CASO DEL
DUQUE DE ENGHIEN,
UNA MAQUINACIÓN CONTRA NAPOLEÓN
- Prefacio
del Señor Ben Weider,
Presidente de la Sociedad Napoleónica Internacional
I –
¡ACUSADO NAPOLEÓN, LEVANTAOS!
II –
EL TESTIMONIO IRREFRAGABLE DE LOS HECHOS
- Legitimidad del arresto y de la inculpación
- Regularidad del proceso y de la sentencia pronunciada
- El odioso derrape de la ejecución
III –
UNA FALSIFICACIÓN DE LA HISTORIA
- El aire de la calumnia
- Falso y uso de falso
- Mentiras históricas
- Absurdidad de la tesis del crimen de sacrificio
- Contrasentido de la tesis del crimen político
- Ineptitud de un pseudo remordimiento de Napoleón
- Aprobación en Francia y en Europa
- Un complot escondió a otro
CONCLUSIÓN
***
*** ***
Prefacio
del Dr. Ben Weider
Pesidente de la Sociedad Napoleónica Internacional
|
«
¿De qué podría acusárseme
de lo cual un historiador no pueda defenderme? (…)
Los hechos hablan por sí mismos, brillan como
el sol… »
Napoleón en Santa Elena.
Sabemos
que el renombre de Napoleón ha
fluctuado a través del tiempo
entre una « leyenda dorada »
y una « leyenda negra ».
No sobra decir que la historiografía
napoleónica ha dado más
lugar a la Pasión que a la Razón.
En nuestros días, la «
leyenda negra » goza de un regreso
hipócrita bajo la forma insidiosa
de una abundante literatura histórica
falsamente objetiva.
Confundiendo demasiado comúnmente
causas y efectos, tomando el pasado
por el presente, escritores con pretensión
histórica ceden a su aversión
personal por Napoleón para escribir
su Historia. Es así como la afirmación
perentoria hace oficio de prueba, el
proceso de intención reemplaza
al rigor intelectual, y el prejuicio
malintencionado se impone como Verdad
revelada.
Prosperando sobre este fondo de comercio
jugoso, algunos « mandarines »
muy creídos de si mismos nos
imponen hábilmente su impresionante
erudición, la cual, tan brillante
como sea, no basta para la obtención
de la etiqueta de la Historia; pero
a fuerza de copiarse unos a otros y
de asestar repetidamente sus fantasmas
perniciosos, estos maestros del pensamiento
y sus émulos forjan de esta manera
una Historia irreal en proceso de convertirse
en oficial.
La Sociedad Napoleónica Internacional
y el Instituto Napoleónico México-Francia
se han impuesto como misión primera
hacer justicia de las mentiras y calumnias
que contaminan la Historia de Napoleón
y manchan gravemente su memoria.
Miembro activo de nuestra sociedad,
el general (cr) Michel Franceschi inaugura
con « El caso del duque de Enghien
» una serie de Crónicas
redactadas para este efecto. La SNI
va a editarlas o a publicarlas en su
sitio.
La elección de su primera producción
no debe nada al azar. La presentación
generalmente hecha de la muerte del
duque de Enghien bajo la forma de una
ejecución sumaria constituye
en efecto el ataque más perverso
cometido contra Napoleón, ya
que lo toca en los fundamentos mismos
de su conciencia.
Llevada a cabo a tambor batiente a la
manera de una investigación judicial,
su convincente demostración hace
por fin caso omiso de una odiosa falsificación
de la Historia.
No cabe duda alguna que Napoleón
le hubiese acordado en su vida un afectuoso
pellizco en la oreja…
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EL CASO DEL DUQUE DE ENGHIEN,
UNA MAQUINACIÓN CONTRA NAPOLEÓN
En
la noche del 20 al 21 de marzo de 1804, Luis Antonio
Enrique de Borbón, duque de Enghien, nieto
del príncipe de Condé, cae ante las
balas de un pelotón de ejecución en
las fosas del Castillo de Vincennes. Algunos instantes
antes, una Comisión Militar lo ha condenado
a muerte por inteligencia con el enemigo, alta traición
y complicidad de complot.
Prácticamente de manera unánime, la
literatura histórica presenta este desgraciado
caso como una mancha sangrienta en la memoria de Napoleón.
Un pensamiento único históricamente
correcto se ha impuesto…
Por poco que uno se interese en el evento con un mínimo
de objetividad, nos es forzoso constatar que Napoleón
es víctima de una grave difamación y
la Historia de una grosera manipulación.
Si no hubiese prescripción y si los testigos
estuviesen aún en vida, la cuestión
podría corresponder a un procedimiento judicial.
Así, utilizaremos un método comparable
para esclarecer totalmente este caso. Conminamos a
Napoleón a comparecer ante el Tribunal de la
Historia…
Tras la lectura del acto de acusación, procederemos
al examen riguroso de los hechos. De su confrontación
surgirá la Verdad.
I
– ¡ACUSADO NAPOLEÓN, LEVANTAOS!
En todo proceso,
esta invitación al acusado precede a la lectura
del acto de acusación. Éste se funda
esencialmente sobre cuatro particularidades del caso,
que es importante exponer de inicio:
- El rapto del duque
de Enghien fuera del territorio nacional.
- La instrucción del proceso y la condena a
muerte en algunas horas.
- La ejecución inmediata del condenado en odiosas
condiciones.
- El encubrimiento por parte de Napoleón del
culpable de este imperdonable abuso de poder.
En su sequedad, estos
datos brutos inclinan naturalmente a pensar que estamos
frente a una criminal parodia de justicia. Innegablemente,
las apariencias abogan contra Napoleón.
Constantemente al acecho de su más mínimo
error, sus innumerables despreciadores han arremetido
la cabeza por delante sobre esta gran ocasión
como sobre un capote rojo. Un juicio desplazando a
otro, de alguna manera, han entablado contra él
un verdadero proceso de intención que el mismo
Stalin no hubiera renegado. Aún historiadores
serios se han dejado atrapar por este señuelo,
amplificando el caso a placer para conferirle una
repercusión que éste no conoció.
Los más rencorosos acusan a Napoleón
de «crimen», de «asesinato»
o de «homicidio». Los menos virulentos
emplean el término de «ejecución
sumaria» digna del gulag.
Sería fastidioso
establecer la lista interminable de estos émulos
de Saint-Just. Uno de ellos, historiador de renombre,
formula la quintaesencia del acto de acusación.
En su «Historia de Francia», Jacques Bainville
escribe en efecto: «Es al equivalente
de un regicidio a lo que recurre a su vez
Napoleón para dar a su trono un sangriento
bautizo republicano (…). Hizo raptar
por la fuerza al joven príncipe de Condé
quien se encontraba en Ettenheim, en territorio de
Baden, y quien fue pasado por las armas después
de un simulacro de juicio. ¿Era
este crimen necesario para que Napoleón
se convirtiera en emperador? ¡Ni siquiera! ».
Numerosos autores ponen en duda el procedimiento:
investigación preliminar hecha de prisa, violación
de una frontera con desprecio del derecho internacional,
jurisdicción de excepción, proceso inicuo
expedido a la carrera, ejecución sumaria de
la sentencia.
Todo crimen requiere
un móvil. Sobre este tema no hay acuerdo. Según
Bainville y algunos otros, el “crimen”
se basa de algún modo en la antigua costumbre
pagana del sacrificio humano. Para la mayoría,
procede de la imparable ambición de Napoleón,
urgido de acceder al trono imperial.
Estos juicios irreflexivos
no conciernen más que a sus autores a título
individual. La cosa es diferente en lo concerniente
a los manuales de historia y las enciclopedias, encargados
de dispensar a la juventud estudiantil la enseñanza
oficial.
En seguida se presenta,
a título de ejemplo, una antología edificante
sacada de tres enciclopedias francesas:
Según la menos
partidaria, la Encyclopédia Universalis,
el odio hacia los Borbones constituye el móvil
de Napoleón: “Mi sangre vale lo mismo
que la de ellos. Voy a regresarles el terror que me
quieren inspirar.”
Hachette
se toma todas las libertades con la realidad y no
se va por las ramas. “El duque vivía
muy tranquilamente” en Ettenheim,
escribe. Fue “condenado a muerte por un
Consejo de Guerra (sic) reunido fuera de cualquier
legalidad”. Fue Napoleón
quien “decidió la ejecución
del duque de Enghien”. Lleva sobre
sí “la vergüenza de
una violación de ese tamaño del derecho
de gentes.” Según Hachette,
el complot de Cadoudal, que implicaba a los generales
Moreau y Pichegru, era “infinitamente
grave” para Napoleón puesto
que “al poner en juego la fidelidad
del ejército, fundamento real del poder de
Bonaparte (…) había que dar un gran golpe,
dar miedo, derramar la sangre.”
Napoleón habría escogido la solución
fácil y puesto sus miras sobre el duque de
Enghien puesto que “era el único
Borbón que era fácil de arrestar”.
Para permitir “el ascenso del Primer
Cónsul al trono imperial (…) la vida
de un hombre tenía poco peso”.
Volvemos a encontrar aquí el tema recurrente
de la ambición exacerbada como móvil.
La enciclopedia Hérodote
se supera a sí misma. El duque “no
intentó nada contra la Francia revolucionaria
(sic) salvo haber emigrado al Gran Ducado de Baden,
un país neutral” ¡Vaya pregón!
La conjura de Cadoudal, que tenía como objetivo
ostensible asesinar al Primer Cónsul y a derrocar
al régimen no sería sino “un
pretexto, proporcionado por un plan
de insurrección transmitido a la policía
por un agente doble, Méhée de la Touche”.
El desprecio flagrante
de los hechos comprobados prosigue: “La
Comisión Militar sólo reconoce
la culpabilidad del duque por haber hecho un complot
en contra de la seguridad del Estado, lo cual es falso,
y de haber recibido dinero de Inglaterra, lo cual
es cierto.” ¡Vaya!
Definitivamente, para
Hérodote la cuestión no es tanto el
complot de Cadoudal como el “complot
napoleónico” (sic), cuyo
objetivo era “aterrorizar a la oposición
realista de una vez por todas (…). El asesinato
desemboca en el resultado esperado (…). Talleyrand
animó al Primer Cónsul a cometer este
crimen, preludio de la dictadura personal
de Napoleón”. De nuevo
el móvil es la ambición sanguinaria…
Nos repetiríamos
si prosiguiéramos con estos testimonios tendenciosos.
Lo esencial del acto de acusación está
expresado. Resumamos:
1 – Bajo el
“pretexto” de
un complot que amenazaba su vida y el régimen,
Napoleón es culpable de “asesinato”
sobre la persona del duque de Enghien.
2 – El móvil
del crimen es doble:
- venganza personal
en contra de los Borbones.
- ambición devoradora para acceder más
rápidamente al trono imperial.
3 – El Derecho
fue ridiculizado:
- violación
de una frontera.
- simulacro de juicio.
- ejecución sumaria de la sentencia.
Para juzgar el fundamento
de esta inculpación sin concesiones, vamos
a someterla al veredicto soberano de los hechos.
II –
EL TESTIMONIO IRREFRAGABLE DE LOS HECHOS
Este testimonio requiere
el análisis riguroso del desarrollo del asunto
que debe permitirnos dar una respuesta clara a tres
cuestiones simples dictadas por la lógica:
- ¿La situación
del duque de Enghien justificaba acaso su rapto más
allá del Rin y su presentación delante
de una corte marcial?
- ¿Su proceso fue regular y la sentencia justa?
- ¿Su ejecución precipitada respetó
acaso las reglas del Derecho?
Responderemos SÍ a las dos primeras interrogantes
y NO a la tercera, pero sin que Napoleón cargue
con la responsabilidad.
Legitimidad
del arresto y de la inculpación
El caso del duque
de Enghien se junta con el complot Cadoudal-Moreau-Pichegru,
al cual conviene referirse en primer término.
Cuando llegó
el Consulado, la oposición realista llena de
odio hacia el Primer Cónsul se desata salvajemente,
y los realistas no titubean para recurrir al terrorismo
ciego. Desde el 24 de diciembre de 1800, Napoleón
escapa de milagro al monstruoso atentado de la calle
Santa Nicasia. A pesar de la reprobación general,
los realistas no van a renunciar a la eliminación
física del Primer Cónsul. Con este fin,
el Primer Ministro inglés Pitt inspira y sostiene
los proyectos homicidas del conde de Artois, hermano
menor del extinto Luis XVI, emigrado en Londres con
su hijo, el duque de Berry y una cohorte de realistas
sin escrúpulos. Los demás jerarcas de
la realeza en el exilio no se oponen a ello.
Incluso antes de la
ruptura de la paz de Amiens en mayo de 1803, se sella
en Londres una nueva conjura de un tamaño sin
precedente. Cadoudal es la mente maestra con la complicidad
al menos tácita de los generales Moreau y Pichegru.
El objetivo sigue siendo eliminar a Napoleón
para restaurar la realeza en Francia.
Puesto sobre la pista
de la conspiración desde el verano de 1802,
el jefe de la policía política Desmarets
arresta al final del año 1803 a dos comparsas
de Cadoudal, los llamados Querelle y Sol de Grisolle.
Tres cómplices realistas de segundo orden forman
parte de la detención.
El 13 de enero de
1804, Real, consejero de Estado a cargo de la policía,
se entera de la llegada de Pichegru a París,
llamado por Cadoudal quien ya estaría en la
capital. Pensando que se está evitando la pena
de muerte, Querelle suelta todo lo que sabe. Sobre
todo confirma la presencia en París de Cadoudal
y Pichegru que están en relación con
Moreau.
| Se
sabe que Cadoudal desembarcó en Normandía
el 20 de agosto de 1803, al pie del acantilado
de Biville. Desde ahí, se puso en funcionamiento
una filial logística que encaminaba los
medios y los sicarios encargados de suprimir
a Napoleón. El método cambió.
La carnicería de la calle Santa Nicasia
terminó siendo contraproducente para
la imagen del realismo. Esta vez, está
planeado ni más ni menos que el rapto
del Primer Cónsul en el trayecto de las
Tullerías a Malmaison o a Saint Cloud.
Un fuerte destacamento de sicarios armados hasta
los dientes atacaría la escolta del Primer
Cónsul y se apoderaría de él,
vivo o muerto.
Así,
durante cinco meses, la policía, a pesar
de contar con la fama de ser eficaz, no descubrió
la presencia de Cadoudal en París. Napoleón
le debe la vida únicamente a los largos
retrasos necesarios para preparar esta verdadera
operación de guerra.
¿Era
descabellado entonces emplear todos los medios
necesarios para poner fin a esta empresa terrorista
de desestabilización de las instituciones
y hacer que sus autores sufrieran los rigores
de la ley? |
 |
| Jean-Baptiste
Charles Bouvet de Lozier
(1704-1786) |
|
|
El 29 de enero, Real
recibe el mando de la operación bajo el control
judicial del Gran Juez Régnier. Murat, gobernador
militar de París desde el 15 de enero y Savary,
comandante de la gendarmería de élite,
deben aportarle todo su apoyo. Se decreta que París
está en estado de sitio.
La situación
evoluciona rápidamente. Real detiene a dos
individuos importantes: a un tal Picot, sirviente
de Cadoudal y sobre todo a Bouvet de Lozier, antiguo
ayudante general del ejército de los príncipes,
quien había combatido en contra de Francia
durante las horas calientes de la Revolución.
En ese momento, Lozier era el brazo derecho de Cadoudal.
No se hace del rogar
para develar todo el complot. Confirma en todos sus
puntos las revelaciones de Querelle y añade
precisiones sobre las relaciones entre Cadoudal, Moreau
y Pichegru. Por ventura para Napoleón y Francia,
no pudieron llegar a un acuerdo. Moreau estaba de
acuerdo en eliminar al Primer Cónsul, pero
a condición de sucederle. Partidario fanático
de una Restauración realista, el sanguinario
Cadoudal se enoja y le espeta con desdén ¡que
antes que él preferiría a Napoleón!
Consumada la ruptura, Cadoudal prosigue sólo
la aventura, con la complicidad ahora tácita
de Moreau y Pichegru.
La policía
consular continúa trabajando rápido
y bien. En la noche del 26 al 27 de febrero de 1804,
procede a arrestar de manera aparatosa a Pichegru,
a los hermanos Armand y Jules de Polignac y a Ribière,
personajes de alto rango del realismo militante. Algunos
comparsas de poca monta forman parte de la detención.
Las confesiones de
esta gente de alcurnia aportan un elemento nuevo y
determinante: un “joven príncipe”,
uno que según esto ellos no conocían,
forma parte de la conspiración.
Debe “unir” el país después
del asesinato del Primer Cónsul, con el objetivo
de una Restauración realista. Aquí se
trama el asunto del duque de Enghien.
Ya con conocimiento
del guión del complot, el Primer Cónsul
prescribe al gobierno que tome todas las disposiciones
que se imponen para dejar a Cadoudal fuera de la posibilidad
de hacer daño y para identificar al
joven príncipe.
El nombre del duque
de Enghien aparece rápido en un reporte policiaco.
Posee todas las cualidades para el empleo: es príncipe,
es joven (32 años) y sobre todo tiene un pasado
“cargado”. En el exilio desde 1789, no
ha cejado desde entonces de combatir en contra de
Francia con las armas en la mano, primero en el ejército
de los emigrados comandado por su abuelo Condé,
y luego, después de la lamentable dispersión
de esta última, en el ejército austriaco.
Se distinguió especialmente en el asunto de
Belheim, en el ataque de las líneas de Wissembourg,
en la toma del pueblo de Bertheim, en la defensa del
fuerte de Kehl, en Biberach en contra de Moreau. Había
cubierto exitosamente la retirada del ejército
austriaco. Figuraba desde hacía mucho en la
lista de los traidores a la patria. Si llegaba a caer
en las manos de la justicia, no había duda
de qué suerte le estaría deparada. Ya
estaba expuesto a la pena capital por alta traición,
de conformidad con las leyes en vigor.
Desde hacía
dos años vivía en Ettenheim, unos kilómetros
más allá del Rin, en el país
de Baden. Compartía su tiempo entre el amor
apasionado que dedicaba a su prometida Carlota de
Rohan-Rochefort y, sobre todo, el activismo sin freno
que desarrollaba en el medio agitado de los emigrados
de la región de Ofenburgo.
 |
El
Duque de Enghien
Retrato al pastel de
la época; escuela francesa. |
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 |
Carlota
de Rohan-Rochefort
Prometida del Duque de
Enghien; escuela francesa. |
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|
La información
de la policía precisa que cuando va a Estrasburgo
intenta corromper a los soldados. Estaría intentando
organizar una filial de deserción. Más
información añade que habría
ido una vez en secreto a París para encontrarse
ahí con personalidades no identificadas.
¡Lo mínimo
que se puede decir es que la investigación
no se orientaba para nada en el sentido de la presunción
de su inocencia!
¿Se puede entonces
reprochar de buena fe a Napoleón que quisiera
estar seguro? En una reunión de su gabinete,
sus ministros lo exhortan unánimemente a demostrar
la mayor firmeza. Talleyrand y Fouché son los
más determinados a recomendar el arresto del
duque.
El general Moncey
recibe la misión de proseguir activamente las
investigaciones. Envía al lugar al sargento
de caballería Lamothe, de la Gendarmería
Nacional. Como resultado de su investigación
sobre el terreno, Lamothe hace llegar su reporte al
Primer Cónsul el 10 de marzo.
Mientras tanto, como
memoria, Moreau escribe una carta a Napoleón
el 8 de marzo, en la cual reconoce sus contactos con
los conspiradores, pero afirmando que rechazó
sus proposiciones. En cuanto a Cadoudal, es arrestado
el 9 de marzo en el barrio del Odeón después
de una sangrienta escaramuza. Arrogante, proclama
su intención de asesinar al Primer Cónsul.
Confirma la participación de un príncipe
del cual pretende ignorar la identidad. Esperaba su
llegada a París para actuar. Detenido al mismo
tiempo que él, su cochero Léridant corrobora
las declaraciones de su jefe.
Es evidente que al
nivel que ocupa, Cadoudal debe conocer al “joven
príncipe” esperado. Napoleón
rechaza con horror el empleo de la tortura que algunos
le sugieren para hacerlo hablar. Prefiere atenerse
a los medios normales de la investigación policiaca.
En su lugar, un auténtico tirano sanguinario
no habría titubeado un solo instante para emplear
el método bárbaro pero eficaz del suplicio…
El reporte Lamothe
refuerza las sospechas de culpabilidad del duque.
En Ettenheim deben de estar cerca de él el
general felón Dumouriez y un tal Smith, probablemente
el célebre británico fabricante de complots.
El duque va seguido a Estrasburgo y a Ofenburgo. Ahí
se reúne con todos los realistas exaltados
de la región. La sospecha de implicación
del duque se refuerza en el curso de la información
que aflora. Todo lo designa de ahora en adelante como
el muy probable “joven príncipe”
esperado.
No se puede perder
un minuto más para asegurarse. En el curso
de una nueva reunión, el gabinete toma a unanimidad
la decisión de arrestar al duque y presentarlo
ante la justicia. De nuevo, Talleyrand y Fouché
se muestran como los más impacientes.
 |
| Carlos
de Talleyrand Périgord |
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|
¿Qué
hay de ilegítimo en esta medida? Tenemos a
un gobierno que está a punto de ser derrocado
por la violencia y su jefe a punto de ser asesinado.
Un haz completo de indicios concordantes llevan a
un príncipe, centro de gravedad presunto de
la conjura más importante que Francia haya
conocido. Después de haber puesto a los ejecutantes
fuera de la posibilidad de hacer daño, ¿había
que dejar escapar a la cabeza del complot y permitirle
volver a comenzar un poco después? Verdaderamente,
¡habría sido irresponsable por parte
de cualquier gobierno quedarse en esas!
Hagamos notar que
el arresto y la presentación ante la justicia
convierten implícitamente a Napoleón
en inocente de asesinato sumario. Si hubiera estado
animado sólo por la voluntad de derramar la
sangre de un Borbón, le habría sido
mucho más fácil contratar a asesinos
a sueldo que se habrían encargado discretamente
sin el menor riesgo de error.
El arresto debe solucionar
un delicado problema de derecho internacional. Se
podía escoger entre dos soluciones: la petición
de extradición hecha de buena manera al margrave
de Baden o el rapto por la fuerza y por sorpresa.
Se renuncia rápido al primer método,
manifiestamente inoperante. Esta opción larga
e indiscreta le daría al sospechoso todo el
tiempo de tomar las de Villadiego. Por si fuera poco,
sumiría al margrave en una profunda disyuntiva,
con la seguridad de que se atraería la hostilidad
de una u otra de las partes. De hecho, de esto se
tuvo la confirmación después del golpe,
al leer la muy tímida respuesta a la carta
de excusas del gobierno. Hasta se habría podido
escuchar que exhalaba un profundo suspiro de alivio.…
Entonces, la única
solución que le queda al gobierno es el rapto
por la fuerza. No faltan las objeciones, pues todo
parece una agresión a un país extranjero.
Sin otra opción, Napoleón toma la responsabilidad
de pasar a la acción, con la aprobación
de sus grandes subordinados.
El concepto de la
inviolabilidad de las fronteras no tenía entonces
la importancia que tiene hoy. Las violaciones eran
bastante frecuentes. En su Consejo, Napoleón
justifica su decisión fundándose sobre
el espíritu y no la letra de las convenciones
en vigor: “La inviolabilidad del
territorio no se concibió en interés
de los culpables, sino únicamente en el de
la independencia de los pueblos y de la dignidad del
príncipe soberano”. En
otros términos, esto se llama « droit
de suite »(derecho de proseguir)…
Es importante subrayar,
por otra parte, que el duque y sus amigos eran tolerados
en Ettenheim por parte del margrave únicamente
a condición de “no conspirar en contra
del gobierno francés, amigo y aliado”.
Tenían que dar muestras de una “conducta
tranquila y sabia”, promesa que manifiestamente
no respetaron.
Para reducir al máximo
las consecuencias internacionales, la expedición
tomó la forma de un asalto de ida y vuelta
de muy corta duración, sin provocar el menor
daño colateral al país. Para asegurarse
de ello, Napoleón construye por sí mismo
en detalle el plan de operación.
El 10 de marzo, a
la cabeza de un gran destacamento militar de un millar
de hombres, el general Ordener recibe la orden de
“ir a Ettenheim, rodear la ciudad, raptar al
duque de Enghien, a Dumouriez, a un coronel inglés
y a cualquier individuo que estuviera con ellos”.
A pesar de mantener
la discreción, los allegados al duque sospechan
la inminencia del peligro. De todas partes, le llegan
consejos de alejarse de Ettenheim. Pero siempre temerario,
no hace caso alguno, como si él mismo quisiera
sellar su destino fatal.
En la noche del 14
al 15 de marzo, el destacamento de gendarmería
del comandante Charlot procede al arresto del duque
sin el menor derramamiento de sangre. La sorpresa
sólo sirvió parcialmente, pero el duque
y compañía, a pesar de estar armados,
no oponen resistencia alguna, ante el gran asombro
de Charlot.
No son ni Dumouriez
ni Smith a quienes encuentra Charlot en Ettenheim,
sino al marqués de Thumery y un tal lugarteniente
Schmidt. El sargento de caballería Lamothe
cayó en el error debido a la pronunciación
de los patrónimos en alemán. Lo fundamental
del asunto no cambia. Se trata esencialmente del duque,
y éste último está entre las
manos de la gendarmería, así como sus
documentos muy comprometedores que no
tuvo tiempo de hacer desaparecer. Inmediatamente es
llevado a París bajo la buena escolta de Charlot.
En el camino, el duque
se muestra elocuente con su guardián. Habiendo
recobrado su soberbia natural, confía imprudentemente.
Se sorprende de que hubieran creído que Dumouriez
estaba con él, pero declara “que
era posible que haya tenido la responsabilidad de
traerle instrucciones de Inglaterra”.
Esta confesión
refuerza la sospecha de que el duque y el “joven
príncipe” esperado son la misma
persona. Al darse cuenta de su enorme metedura de
pata, se precipita a añadir para hacerla olvidar
“que según él Napoleón
es un gran hombre”. Pero su orgullo se sobrepone
inmediatamente al proseguir diciendo “que
siendo príncipe de la familia de los Borbones,
le ha tenido un odio implacable, igual que
a los franceses, a quienes combatiría en cualquier
ocasión”. Incluso antes
de ser llevado ante el tribunal, el duque prepara
por sí mismo su condena a muerte…
 |
Sir
Charles Stuart
(1753–1801)
Por
Grozer. |
|
|
Cuando Charlot le pregunta
por qué se entregó sin resistencia,
demuestra cierto malestar y responde “que
se arrepiente de no haberle pegado un tiro,
lo que habría decidido su suerte con
las armas en la mano”.
De pasada, aquí se
impone una constatación. Sin la menor
decencia, el duque vomita su odio hacia el
pueblo de su país. Como digno representante
de los Borbones, proporciona así la
profunda razón del derrocamiento de
su familia. Al perder el amor hacia su pueblo,
virtud cardinal de sus ancestros, los últimos
Borbones se perdieron a sí mismos.
Reyes de Francia, se olvidaron de seguir siendo
reyes de los franceses…
Los papeles confiscados en
Ettenheim llegan a las manos de Napoleón
el 19 de marzo. Confirman, en caso de ser
necesario, el comprometimiento del duque
por conspiración con el enemigo.
Se descubre, efectivamente, que recibe
una pensión del gabinete inglés
y que dirige una red antirrepublicana completa
con numerosas ramificaciones.
En una correspondencia
dirigida a Sir Charles Stuart, ofrece servilmente
sus servicios a los enemigos ancestrales de
su país, haciendo que todos los capetos
se retuerzan en sus tumbas. Se lee ahí:
“El duque de Enghien solicita
de las bondades de su Majestad británica
la gracia de dirigir sus ojos hacia él
para emplearlo fuere como fuere en contra
de sus implacables enemigos, dignándose
confiarle el mando de algunas tropas auxiliares
(…)”. Los “implacables
enemigos” del duque son los franceses.
Después de esta confesión abrumadora,
¿puede todavía dudarse de su
culpabilidad de conspiración con el
enemigo y de traición, incluso si no
se aporta la prueba de que él es el
“joven príncipe”
esperado?
|
Cartas recientes a
su abuelo Condé que le aconsejaban ser prudente,
confirman su activismo desenfrenado y nutren algo
más la sospecha de que es él el “joven
príncipe” esperado: “En
este momento, en el cual la orden del consejo privado
de su Majestad británica ordena a los emigrados
retirados que acudan a los bordes del Rin, no sabría,
sea lo que pudiese acontecerme, alejarme de estos
dignos y leales servidores de la realeza”.
Notemos de pasada la alusión clara de que Londres
estaba implicado en la conspiración en curso.
Otras cartas a su
abuelo refuerzan las sospechas de su participación
en el complot de Cadoudal. Una de entre ellas es particularmente
comprometedora: “(…) Mi deseo
es permanecer cerca de las fronteras puesto que, como
decía anteriormente, la muerte de un hombre
puede traer, al punto en que están las cosas,
un cambio total (…)”. El
hombre cuya muerte se espera, ¿no es acaso
Napoleón y el “cambio total” el
derrocamiento del régimen? En la hipótesis
menos grave, el duque es por lo menos cómplice
de un asesinato en preparación…
Antes de referirnos
al proceso, podemos afirmar sin sombra de duda que
el duque es culpable de conspiración con el
enemigo y de traición. Si no reconoció
ser el príncipe esperado, no por ello no confesó
su complicidad en el complot. Su arresto y su presentación
ante la justicia son de lo más legítimas.
La intrusión no autorizada en el país
de Baden no representa más que una fruslería
teniendo en cuenta la gravedad del asunto.
Regularidad
del proceso y de la sentencia pronunciada
El ilustre prisionero
llega al castillo de Vincennes en la noche del 20
de marzo. Esa tarde, el Primer Cónsul reunió
de nuevo a su Consejo en las Tullerías con
el objeto de encauzar la decisión de enjuiciamiento.
Con toda la legalidad y sin ninguna objeción
jurídica por parte del Consejo, se adoptó
el texto siguiente: “Sobre el acta del Gran
Juez, Ministro de Justicia, acerca de la ejecución
de las órdenes dadas por el gobierno el 16
del mes en curso relativas a los conspiradores que
se habían reunido en el electorado de Baden,
el gobierno declara que el presente duque de Enghien,
culpable de haber portado las armas en contra
de la República, de haber estado y estar todavía
a sueldo de Inglaterra, de formar parte de los complots
urdidos por esta potencia en contra de la
seguridad interior y exterior de la República,
será presentado delante de una Comisión
Militar compuesta de siete miembros, nombrados por
el Gobernador Militar de París, y que se reunirá
en Vincennes”.
Las Comisiones Militares
no eran tribunales de excepción. Habían
sido instituidas por la Convención. El Primer
Cónsul les había limado el rigor. Se
las incautaba muy a menudo. Entre 1803 y 1804, se
las incautó casi cincuenta veces.
Gobernador militar
de París, Murat dispone de muy poco tiempo
para integrar la Comisión. Escoge un poco al
azar entre los oficiales de la guarnición de
París. El general Hulin, Comandante de los
Granaderos de la Guardia, es nombrado presidente.
Murat le comunica la exhortación verbal de
Napoleón, transmitida por Savary, jefe de la
gendarmería de élite, de “juzgar
sin parar y terminar en la noche”,
es decir sesionar sin interrupción hasta la
sentencia. Tomemos en cuenta la expresión “juzgar
sin cesar y terminar en la noche” puesto que
tomará una gran importancia en lo subsiguiente.
Seis
coroneles comandantes de regimientos, un capitán
informador y un escribano completan la Comisión.
Los seis coroneles son: Guiton (1er. Regimiento
de coraceros), Bazancourt (4to. Regimiento de
infantería ligera), Ravier (18avo. Regimiento
de línea), Barrois (96mo. Regimiento
de línea), Rabbe (2do. Regimiento de
la Guardia de París). El capitán
informador se llama Dautancourt. Nada en el
currículum vitae de estos hombres permite
poner en duda su imparcialidad, como lo confirmará
el desarrollo del proceso.
Savary está
encargado en calidad (ès qualité)
de la seguridad del lugar. Gracias a este cargo,
se impone como observador omnipotente del proceso.
Nada en el derecho le impide estar presente,
puesto que no se decreta el juicio a puertas
cerradas. De hecho, otros oficiales presentes
observan desde lejos.
La Comisión
recibe el acta de instrucción alrededor
de las veintidós horas. Contiene la decisión
del gobierno citada anteriormente que confiere
su misión a la Comisión, da la
orden de Murat que precisa la composición
de ésta última, el informe de
síntesis redactado por Real y las piezas
de convicción constituidas por los papeles
comprometedores del duque confiscados en Ettenheim. |
|
Se somete inmediatamente
al enjuiciado a un interrogatorio riguroso por parte
del capitán informador. En ningún momento,
el duque solicita la asistencia de un defensor, el
cual, como él sabe, tiene derecho a exigir.
Dautancourt se toma el tiempo para no dejar nada en
la oscuridad. De su interrogatorio se desprende en
sustancia que el duque niega ferozmente cualquier
tipo de participación en la conjura de Cadoudal.
Pero reconoce sin dificultad, e incluso con cierto
deleite, su negro pasado de combatiente en
contra del ejército francés.
Afirma impertinentemente su voluntad de volverlo
a hacer si se le da la menor oportunidad.
Muestra su total fidelidad a Inglaterra,
en guerra contra Francia. Confirma su odio y hostilidad
hacia “Bonaparte” al cual, por
otra parte, no puede dejar de admirar.
Antes de firmar el
proceso verbal del interrogatorio, se empecina en
añadir de su propia mano esta petición
disfrazada de gracia: “Hago con insistencia
la petición de tener una audiencia particular
con el Primer Cónsul. Mi nombre, mi rango,
mi forma de pensar y el horror de mi situación
me hacen esperar que no rechazará mi petición”.
Esta petición es totalmente legítima.
Dautancourt introduce
al procesado en la sala de audiencia hacia las doce
y media de la noche. Savary permanece en un rincón
de la sala, muy atento.
Frente a sus jueces,
quienes lo escrutan intensamente, el duque conserva
su actitud altanera. El coronel Ravier pide inmediatamente
la palabra: “Mi general, declara, insisto
en hacer observar que no llenamos las condiciones
exigidas por la Ley: no se ha citado a ningún
testigo, no se proporcionó un defensor al acusado.
Me pregunto si en tales condiciones tenemos el derecho
de sesionar.” Ante esta cuestión
capital, el presidente aporta una respuesta precisa:
“No estamos constituidos como Consejo
de Guerra sino como Comisión Militar, jurisdicción
especial instituida por la Convención en el
año III, que dispone de un poder discrecional
y juzga sin apelación. El acusado no solicitó
un defensor.” La Comisión
sesiona en completa legalidad.
Después de
esta aclaración, el oficial informador procede
a la lectura del proceso verbal de interrogatorio.
Termina con la petición de audiencia del duque
hacia el Primer Cónsul. El coronel Barrois
pide entonces la palabra: “Creo que es nuestro
deber, declara, transmitir esta súplica al
general Bonaparte. Esto no nos impedirá seguir
sesionando. En menos de cuatro horas, un jinete bien
montado puede llevar un mensaje a la Malmaison y traernos
la respuesta.” Savary salta hasta el sillón
del presidente y objeta con tono perentorio: “¡Esa
petición es inoportuna!”
¿Por qué se inmiscuye Savary en esto?
Manifestando valientemente
su independencia, la Comisión sigue adelante
y decide reexaminar la cuestión al final de
la audiencia.
Ante las preguntas
del general Hulin, quien se apoya en el contenido
del proceso verbal de interrogatorio, el duque responde
directamente. Confirma su grave pasado de guerrero
en contra del ejército francés. No puede
negar su subordinación retribuida por Inglaterra,
enemiga de su país. Persiste en renovar sus
confesiones abrumadoras con una satisfacción
provocadora.
Algunos miembros de
la Comisión intentan en vano echarle la mano
tratando de detectar alguna hipotética circunstancia
atenuante. Sólo pierden el tiempo, mientras
el duque se embrolla: “(…)
Un Condé sólo puede regresar a Francia
con las armas en la mano. Mi nacimiento, mi opinión,
me convierten por siempre en el enemigo de vuestro
gobierno”. Esta fanfarronada tiene
algo de clase, pero determina la condena a muerte
de su autor por sí mismo…
¡Y eso no es
todo! En lo concerniente a la cuestión crucial
de su participación en la conjura de Cadoudal,
renueva con vigor sus negaciones anteriores y estima
que el procedimiento es indigno de él. Pero,
empujado hacia sus últimos atrincheramientos
por parte del general Hulin, acaba soltando esta confesión
a medias que termina por perderlo: Mi
intención no era la de quedar indiferente.
Había pedido a Inglaterra servir en su ejército
y me habia respondido que no podía hacerlo,
pero que tenía que quedarme en el Rin en donde
tendría que desempeñar incesantemente
un papel, y yo esperaba. Señor, ¡no tengo
nada más que añadir!”
¿Sería
el duque, sin saberlo él mismo, el “joven
príncipe” que esperaban los conjurados?
Tiempo después, se pudo establecer que se trataba
del duque de Berry, lo cual no excluye que se esperara
también al duque de Enghien a título
complementario. De cualquier forma, la cuestión
se había vuelto accesoria.
Al terminar los debates,
se regresa al duque a su celda en espera del veredicto.
La deliberación de la Comisión dura
menos de dos horas. Ningún tribunal ha tenido
jamás que juzgar un asunto tan sencillo. El
enjuiciado ya firmó él mismo su condena
de modo moral. Además, su actitud provocadora
no alienta a la clemencia de los jueces. La sentencia
de muerte es ineluctable. La Comisión la pronuncia
a unanimidad. El duque de Enghien es encontrado culpable:
-------------------“1
- de haber portado las armas en contra de la República
francesa.
-------------------2
- de haber ofrecido sus servicios al gobierno inglés,
enemigo de Francia.
-------------------3
- de haber recibido y acreditado ante sí a
agentes del gobierno inglés, el cual le procuró
los medios de practicar el espionaje en --Francia
y de haber conspirado con ellos en contra de la seguridad
interior y exterior del Estado.
-------------------4
- de haberse puesto a la cabeza de una agrupación
de emigrados y demás, pagados por Inglaterra,
junto a las fronteras de Francia, en los países
de Friburgo y Baden.
-------------------5
- de haber practicado la conspiración en la
plaza de Estrasburgo, con el propósito de provocar
el levantamiento de los departamentos circunvecinos
para hacer operar allí una revuelta favorable
a Inglaterra.
-------------------6
- de ser uno de los promotores y de los cómplices
de la conspiración tramada por los ingleses
en contra de la vida del Primer Cónsul, y que
debía, en caso de éxito de esta conspiración,
llevar a cabo la invasión de Francia.”
Debemos observar que
todos estos motivos corresponden en todos los puntos
a los hechos constatados y a las confesiones del enjuiciado.
Hagamos notar también que no se le reconoce
como el “joven príncipe esperado”,
sino solamente como cómplice del complot de
Cadoudal. De todas maneras, la cuestión se
había vuelto superflua comparada con los demás
cargos…
 |
Anne-Jean-Marie-René
Savary, duque de Rovigo, ministro de la
policía general durante el (1774-1833)
Cuadro de Robert Lefèvre (detalle).
|
|
Se ha criticado
mucho la severidad de la sentencia, probablemente
porque atenía a un príncipe
de sangre real. Jurídicamente, este
veredicto no puede atacarse. Para los crímenes
de conspiración con el enemigo y de
traición, establecidos aquí
claramente e incluso revindicados, las leyes
del 28 de marzo de 1793 y del 26 de brumario
del año III no prevén sino la
pena capital para cada una de estas
inculpaciones. La Justicia debe ser
la misma para todos sin ninguna discriminación.
Una posición social elevada constituye
más bien, ¡una circunstancia
agravante! « Dura lex, sed lex. »
El jurado no tenía otra opción.
Napoleón mismo no habría podido
evitarle al duque la pena de muerte. No le
quedaba más que el derecho de gracia…
Igualmente
se ha atacado el juicio aduciendo una laguna
en la redacción. La Comisión
conocía las leyes que aplicaba, pero
no sus fechas precisas. Debió dejarlas
provisoriamente en blanco. Esta imperfección
menor no cambia absolutamente nada del fondo.
La redacción
del juicio da lugar a un incidente penoso.
Como lo pide el escribano, el primer refrito
ya firmado por todos los miembros de la Comisión
debe ser anulado por anomalías en la
forma. Los miembros se consagran inmediatamente
a una segunda redacción sin
tener el cuidado de destruir la primera,
que se queda en los papeles personales del
presidente Hulin. Veremos más adelante
qué uso deshonesto le darán
algunos para desacreditar el procedimiento
judicial.
Acabamos de
desmentir los injustos reproches que se han
hecho en general al procedimiento judicial
seguido. Hasta aquí todo se ha desarrollado
según las reglas establecidas, excepto
el último acto. Un abuso de poder imperdonable,
cometido por Savary, va a ensuciar gravemente
la ejecución de la sentencia.
|
El odioso
derrape de la ejecución
Entregado el juicio,
el general Hulin trabaja inmediatamente en darle el
seguimiento previsto a la petición de audiencia
con el Primer Cónsul. Savary se interpone de
nuevo:
- “¿Qué
hacéis?” le pregunta secamente al
general.
- “Le escribo
al Primer Cónsul para expresarle el deseo de
la Comisión y el del condenado”.
- “Su
asunto ha acabado, le replica éste
con vehemencia, arrancándole la pluma de la
mano. ¡Ahora
este asunto es mío!”
Si creemos sus “Explicaciones
ofrecidas a los hombres imparciales” (1823),
el general Hulin pretende comprender entonces que
“era su deber advertir al Primer Cónsul”
y no insiste en ello. Es una explicación, pero
no una justificación. En una circunstancia
tan grave, de ninguna manera el presidente de la Comisión
debería de haber delegado su deber a nadie.
Un remordimiento inconsolable debió socavar
el resto de su existencia. Se ha querido culpar al
general Hulin de la ejecución precipitada.
Él lo niega sobre su honor en el documento
antes citado: “Quiero alejar de mí
y de mis colegas la idea de que actuamos como hombres
de partido. (…) Sí, juro en nombre
de todos mis colegas, nosotros no autorizamos
esa ejecución. (…) La segunda redacción
del juicio, la verdadera, no llevaba la orden
de “ejecutar” en el acto, sino
simplemente de “leer”
al condenado el juicio de inmediato.
(…) La orden de ejecución no
podía ser dada en lo regular sino por una autoridad
superior. (…) Ignoramos si aquel que
precipitó tan cruelmente la ejecución
funesta tenía órdenes. Si no las tenía,
él solo es responsable.” Por supuesto,
se trata de Savary.
Podemos creer de buena
fe en las justificaciones del general Hulin. Savary
es el único responsable de la violación
flagrante de la Ley que permite al condenado a muerte
el derecho al recurso de gracia.
Al final de la noche
del 21 de marzo de 1804, Savary no pierde un segundo
para impedirle a cualquiera que se oponga a sus negros
designios. Ordena al gobernador de Vincennes que transfiera
inmediatamente al condenado a los fosos del castillo,
en donde se va a desarrollar una tragedia atroz, conmovedora
y surrealista, la cual aportó mucho para que
el asunto fuera notorio.
Al llegar a los fosos,
el duque comprende que está perdido. A la luz
de las linternas, percibe bajo una lluvia fina a un
pelotón de gendarmes alineados, con el arma
al pie. Un suboficial avanza hacia él con una
linterna en la mano y lee el juicio en voz alta.
Permaneciendo dueño
de sí mismo, el duque pregunta si alguien puede
prestarle unas tijeras. Un gendarme le da satisfacción
a esta petición insólita. El duque corta
una mecha de su cabello y lo desliza con el anillo
que lleva en el dedo en el sobre de una carta que
estaba escribiendo cuando fueron a buscarlo. Se dirige
al oficial de gendarmería presente: “¿Querría
usted entregar esto a la princesa de Rohan-Rochefort?”
El oficial acepta cumplir esta última voluntad.
Luego, siempre tranquilo,
pide la asistencia de un sacerdote. Es su última
voluntad y nadie tiene derecho a oponerse. Savary,
quien sigue acumulando las infamias en esta noche
fatal, no tiene la misma opinión. Su voz estruendosa
cae desde el puente levadizo que pasa por encima del
foso, sobre el cual preside la ejecución: “¡Nada
de santurronadas!”.
Siempre digno, el
duque se dirige entonces hacia un arbusto que estaba
allí. Se arrodilla para rezar. Como si no estuviera
ya lleno de ignominias, Savary se impacienta: “¡Ayudante,
dirijid el fuego!”
Algunos minutos después,
el duque cae bajo las balas del pelotón de
ejecución. Es difícil alejar de él
a su perro Mohilof, al cual se había autorizado
traer de Ettenheim. Su cadáver es aventado
y sepultado en un foso que ya había sido cavado
cerca de allí, lo que demuestra la
criminal premeditación de Savary.
 |
El
Duque de Enghien en los fosos de Vincennes
cuadro de Jean-Paul
Laurens. |
|
|
La ejecución
no llevó más que algunos minutos.
La Comisión se encuentra todavía
en el castillo cuando escucha la crepitación
del fusilamiento. Estupefacta, tiembla de
miedo…
El duque de
Enghien murió dignamente. Su indiscutible
valentía habría merecido mejor
cosa que la defensa nostálgica de privilegios
anticuados, contrarios a los intereses superiores
de una Patria de la cual no tuvo conciencia.
Temprano por
la mañana de ese 21 de marzo de 1804,
Savary llega a la Malmaison para rendir su
informe al Primer Cónsul, “en
ejecución de sus órdenes”
tiene el atrevimiento de decir.
Ante el anuncio
de la ejecución, Napoleón queda
estupefacto. Al ser consciente de modo tan
crudo de la extrema gravedad de este desarrollo
precipitado, siente que el suelo se abre bajo
sus pies. Se sofoca, a punto de desfallecer.
A causa de un conjunto funesto de circunstancias
que veremos más adelante, se acaba
de cometer un espantoso error político
en contra de su voluntad. La invaluable carta
de una gracia posible acaba de esfumarse.
El infame
Savary trata de justificarse con una explicación
jalada de los pelos. Afirma con la mano en
el corazón que había comprendido
que “juzgar sin
parar y terminar en la noche”,
como se le había ordenado en la Comisión,
significaba ir hasta la ejecución de
la sentencia. De seguro, si un representante
del Primer Cónsul hubiera estado presente,
no habría ordenado la ejecución
inmediata sin su consentimiento, añade
Savary hipócritamente.
|
La cólera
sigue a la estupefacción y Napoleón
le inflige una memorable paliza que los observadores
han casi dejado en el silencio, puesto que sólo
les preocupa inculparlo en su proceso histórico.
Napoleón
se repone rápidamente. Su legendario realismo
retoma las riendas. El mal ya estaba hecho, era
trágicamente irremediable, lo importante
de ahora en adelante es limitar los estragos políticos
de este monstruoso error. Veremos cuando llegue
el momento las razones que lo condujeron a no desolidarizarse
públicamente y a conservar a su lado al despreciable
Savary.
Hecho esto, se va
a echar la culpa de la horrible acusación
de ser quien ordenó y fue jefe de esta ejecución
sumaria. El proceso de Napoleón se va a imponer
al del duque de Enghien. Sus detractores van a explotar
a ultranza esta situación y a erigirla en
máquina de guerra en su contra, despreciando
una pieza capital del asunto que
disculpa totalmente a Napoleón y que ellos
fingen ignorar. Nos la guardamos como postre.
Napoleón
conoce a su gente. La insistencia con la cual algunos
de sus grandes subordinados lo han orillado a mostrarse
implacable le hace temer un intempestivo exceso
de celo. Para evitar una situación incontrolable,
decide introducir en el circuito judicial a su propio
representante. En el momento en que la Comisión
está lista para sesionar, le hace llegar
a Real la orden siguiente, redactada por el secretario
de Estado Maret:
“Dirigíos
cuanto antes a Vincennes para hacer interrogar al
prisionero. El interrogatorio que haréis
es el siguiente:
-------------------1-
¿Habéis portado las armas en contra
de vuestra patria?
-------------------2-
¿Habéis sido pagado por Inglaterra?
-------------------3-
¿Habéis olvidado cualquier sentimiento
natural hasta el punto de llamar al pueblo francés
vuestro más cruel enemigo?
-------------------4-
¿Acaso no habéis propuesto levantar
una legión y hacer desertar a tropas de la
República, diciendo que vuestra estancia
durante dos años cerca de las fronteras os
había permitido conspirar entre las tropas
que están sobre el Rin?
-------------------5-
¿Tenéis conocimiento del complot tramado
por Inglaterra tendiente a derrocar el gobierno
de la República y, al tener éxito
el complot, no debíais entrar en Alsacia
e incluso dirigiros a París, según
las circunstancias?
Este cuestionario
es exactamente el mismo que el contenido en el acta
de la Comisión y Napoleón lo sabe
perfectamente. Pero es un buen pretexto para tener
a uno de sus hombres en el lugar. De esta manera,
se asegura el control del proceso judicial. Mientras
Real no le haya hecho el reporte de su misión,
no podrá producirse nada que sea irreparable
o irreversible…
 |
El
Barón Claude-François
de Méneval (1778
- 1850)
Retrato por un autor anónimo. |
|
|
Desgraciadamente
–muy desgraciadamente– un conjunto
fatal de circunstancias, que le gusta a
la Historia infligirle a veces a los hombres,
viene a echarlo todo a perder, y reduce
a la nada el cerrojo de seguridad puesto
por el Primer Cónsul. Cuando su misiva
llega al domicilio de Real a las veintidós
horas, éste último duerme
ya el sueño de los justos, agotado
por su larga y minuciosa investigación.
Su papel había terminado. La
Justicia acababa de tomar el relevo. Real
le había ordenado a su mayordomo
de dormitorio que no lo molestara
bajo ningún pretexto antes de las
cinco de la mañana. Cuando
despierta y toma conocimiento del documento,
se precipita a Vincennes fuera de sí,
pero llega demasiado tarde. Lo irreparable
ha sido consumado.
¿Habría
Napoleón acordado su gracia si la
petición del duque le hubiera llegado?
En el Memorial de Santa Elena da una respuesta
positiva: “Si hubiera visto la
carta que me escribía y que no se
me entregó, Dios sabe por cuáles
motivos, sino hasta después cuando
ya no estaba, muy ciertamente habría
perdonado”. Regresaremos
para estudiar la expresión “que
no se me entregó, Dios sabe por cuáles
motivos, sino hasta después…”,
alusión cargada de sentido…
No podemos dudar de la sinceridad de esta
confidencia de Napoleón hecha quince
años después de los hechos.
Pero no podemos afirmar tampoco que así
habría sido en 1804, en el ambiente
candente de ese momento. La decisión
habría dependido seguramente de la
actitud del duque frente a Napoleón.…
En sus Memorias,
en donde da un lugar amplio al asunto, su
secretario Meneval abunda en el sentido
de la clemencia de Napoleón: “Estoy
persuadido de que Napoleón, suficientemente
reconfortado por la humillación que
había infligido a sus enemigos al
desmontar su complot, se habría
inclinado hacia la clemencia y salvado la
vida del príncipe.”
Venida de alguien que vivió en la
intimidad de Napoleón, esta confidencia
tiene mucho peso…
|
Sea como
fuere, repitámoslo, la carta a Real indiscutiblemente
convierte a Napoleón en inocente de la acusación
de crimen en contra del duque de Enghien.
Antes de pasar a
la última parte, procedamos a una recapitulación
sucinta del asunto. Las graves sospechas que planeaban
sobre el duque de Enghien justificaron plenamente
su arresto y su presentación ante la justicia.
Aunque breve por ser simple, su proceso fue regular
y la sentencia, pronunciada por un tribunal legal
e imparcial, conforme a Derecho. Sólo su
odiosa ejecución precipitada es condenable,
pero acabamos de ver que Napoleón no es ni
culpable ni responsable.
Así, en el
inicuo proceso de satanización intentado
contra Napoleón, el testimonio testarudo
de los hechos hace volar en pedazos el acto falaz
de acusación montado en su contra.
La causa debería
ser entendida, ¡pero no es así! A pesar
de las evidencias, los detractores incondicionales
de Napoleón persisten en mantener la leyenda
negra de este episodio sombrío de nuestra
Historia.
III –
UNA FALSIFICACIÓN DE LA HISTORIA
 |
|
Una
visita al Tintorero, o
Colin corre (Caulaincourt)
donde el quita-manchas
Caulaincourt llega al taller del Sr.
Savon (Sr. jabón), quien “quita
toda clase de mancha”. - ¡Bórreme
esta mancha! - Es imborrable.
|
|
Ante la ausencia
de argumentos convincentes y de pruebas irrefutables,
el ensañamiento neurótico por afectar
el recuerdo de Napoleón impulsa a sus autores
a recurrir a la desinformación característica:
las calumnias, la falsedad y uso de falsedad, las
afirmaciones contrarias a la verdad histórica
vienen una tras otra…
El
aire de la calumnia
Escuchamos esta
melodía esencialmente al leer las Memorias
de los principales protagonistas del asunto, que
le achacan sus propias torpezas a Napoleón.
¡Figúrense que estos valientes tuvieron
la extrema temeridad de esperar la muerte del emperador
para publicar su prosa!
Regicidas o cómplices
de este crimen, tenían mucho que hacerse
perdonar por los nuevos jefes realistas de Francia.
Entre el honor y la comodidad política, no
vacilaron. Estos jerarcas de la epopeya napoleónica,
que le debían todo a Napoleón, se
entregaron a un indigno celo antibonapartista para
conseguir la gracia, sin haberlo logrado de hecho.
El más despreciable de ellos es sin duda
Savary, pero ¿podemos todavía asombrarnos?
Sin extenderse demasiado,
¿podemos con seriedad acordarles la menor
credibilidad a estos personajes dudosos? ¿Cómo
creer en sus chismes, insinuaciones pérfidas
y aserciones mentirosas?
Más condenable aún es la manipulación
de los documentos.
Falsedad y uso de falsedad
Hemos señalado
anteriormente el uso que se ha intentado hacer de
la primera versión de la redacción
del juicio del duque de Enghien, abandonado en cuanto
fue escrito por no conformarse al estilo jurídico.
Tiempo después alguien se apoderó
de este escrito, de modo fraudulento, tomándolo
de los papeles personales del general Hulin para
demostrar la ilegalidad del proceso. Descubierto
el engaño, hace mucho que el golpe perdió
su fuerza,
sin que se haya levantado totalmente la sospecha.
Se hizo peor aun con la
fabricación de una orden falsa dada
por Napoleón a Murat, en la que ordenaba:
“Hágale entender a los miembros
de la Comisión que hay que terminar durante
la noche y ordenad que la sentencia, si,
como no puedo dudar, trae la condena a muerte, que
ésta se ejecute inmediatamente y
que el condenado sea enterrado en un rincón
del fuerte”. Los falsificadores tardaron
en darse cuenta que este documento estaba en contradicción
formal con la carta oficial de Napoleón a
Real, más o menos concomitante. Como la falsificación
apestaba, tuvieron que resignarse a renunciar a
esta ignominia. Pero no se puede asegurar que hoy
en día se haya levantado la duda por completo.
¡Mentid, mentid, siempre quedará aun
algo! Como en el caso de las afirmaciones contrarias
a la verdad histórica…
Afirmaciones
contrarias a la verdad histórica
La edificante confrontación
del acto de acusación y del testimonio de
los hechos nos ha permitido callar la mayoría
de las afirmaciones contrarias a la verdad histórica
proferidas. Todavía tenemos que hacer volar
en pedazos las últimas.
- Absurdidad
de la tesis del crimen por sacrificio
Barramos primero con el dorso de la mano esta extravagancia
que afecta seriamente el crédito del historiador
que la lanzó. De este modo, la muerte del
duque de Enghien correspondería a la inmolación
de un capeto en el altar del Imperio, con el fin
de consagrar en la sangre el bautizo de la nueva
dinastía. Esta asombrosa divagación
desconoce totalmente la naturaleza fundamental de
Napoleón. Hombre de las luces por excelencia,
este rito pagano y bárbaro estaba en las
antípodas de su filosofía. El crimen,
se trate del que se trate, siempre le repugnó
a su conciencia, como lo expresó en Santa
Elena, al hablar de los Borbones: “Más
de una vez me ofrecieron sus destinos. Me propusieron
sus cabezas, desde el primero hasta el último.
Lo rechacé con horror. Lo habría visto
como una cobardía baja y gratuita.”
Para subir, Napoleón
no tenía ninguna necesidad ni del crimen
de sacrificio ni siquiera del crimen político…
- Contrasentido
de la tesis del crimen político
Se sigue sosteniendo que el asunto del duque de
Enghien fue montado totalmente por Napoleón
para usarlo como trampolín hacia el Imperio.
Absolutamente le hacía falta un acto fundador
de ruptura con la realeza, como garantía
de la intangibilidad republicana del próximo
régimen. Este designio trastornó de
verdad a algunas cabezas jacobinas como veremos
más tarde, pero fue totalmente extraño
a Napoleón. ¿Tenía aún
necesidad de administrar la prueba de su afecto
indefectible hacia la República? Desde 1789
lo había manifestado en todos sus actos.
Ni el pueblo, ni los Borbones, ni las realezas europeas
lo dudaban en absoluto desde hacía mucho.
¿No había acaso respondido a las ofertas
oficiales del conde de Provenza que “para
llegar al trono, el Pretendiente tenía que
marchar sobre cien mil cadáveres”?
Los complots criminales
cuyo objetivo era Napoleón fueron los que
innegablemente constituyeron la causa determinante
del cambio de régimen. Pero cuando se presentó
el asunto del duque de Enghien, la causa ya se había
entendido. La gente pensante estaba preparada desde
hacía meses. Se ponían al punto los
textos constitucionales. Y menos de dos meses después,
se proclamaba el Imperio en la euforia general de
la Nación.
La acusación
de venganza personal en contra de los Borbones tampoco
tiene sustento. A pesar de algunos bufidos espontáneos,
Napoleón era demasiado inteligente políticamente
para subordinar su acción a un resentimiento
personal cualquiera.
La política
interior del Primer Cónsul habría
sido la perdedora si se hubieran revivido los odios
civiles engendrados por las convulsiones revolucionarias.
Desde la llegada al poder del Consulado, más
de tres años atrás, la reconciliación
de los franceses constituía hasta la obsesión
el corazón y el eje de la gran obra interior
del Primer Cónsul: paz con los chuanes, amnistía
de los emigrados, Concordato, etc… En 1804
está a punto de concluir esta hazaña.
Habría sido insensato de tomar el riesgo
suicida de ponerlo todo en duda de una sola vez.
Por el contrario, había una carta política
principal que había que jugar. En su mayoría,
los realistas hacían oídos sordos
a las ofertas de pacificación de Napoleón.
La clemencia de Augusto, manifestada por una gracia
generosa acordada al duque, habría podido,
quién sabe, atraer a un gran número…
Para acabar de dañar
a Napoleón, sólo faltaba poner en
duda su conciencia.
- Ineptitud
de un pseudo remordimiento de Napoleón
Varios escritores de Historia dejan entender insidiosamente
que toda su vida Napoleón estuvo lacerado
por el remordimiento. Su fundamento es la necesidad
que él habría sentido de justificarse
hasta en su testamento.
Mala voluntad, de
nuevo, pues le hacen decir al testamento lo que
no dice. En seguida, a título de ejemplo,
veamos lo que escriben todavía las enciclopedias
Universalis y Hachette, y probablemente una copia
a la otra: “Era un sacrificio necesario
para mi seguridad y mi
grandeza”. Comparemos con el
texto auténtico, en el octavo párrafo
el testamento: “(…) Hice arrestar
y juzgar al duque
de Enghien porque era necesario para la seguridad,
el interés y el honor
del pueblo francés, en el momento
en que el conde de Artois mantenía, según
su confesión, a sesenta asesinos en París.
En una situación similar, actuaría
todavía de la misma manera.”
La comparación de los pasajes subrayados
sorprende a los redactores en flagrante delirio
de falsedad en la escritura.
En su lecho de muerte,
Napoleón procede a una última aclaración.
Asume la entera responsabilidad del arresto del
duque y de su presentación ante la justicia
como una decisión legítima. Por el
contrario, no se siente culpable en absoluto de
la orden de ejecución. Por lo tanto, no tiene
ninguna razón de sentir remordimientos, a
lo mucho sólo la frustración de no
haber podido ejercer su derecho de gracia. Pero
siente como una profunda injusticia la acusación
de crimen.
El Emperador no
tenía ninguna razón de sentirse deprimido.
Como hemos visto, sus grandes colaboradores no sólo
aprobaron sus decisiones sino que lo impulsaron
con fuerza, por razones poco claras, es cierto.
Y lo que se intenta escondernos es la aprobación
general de la opinión.
- Aprobación
en Francia y en Europa
El impacto de una mentira es más devastador
si el evento de que se trata es importante. Se ha
inflado a voluntad la emoción y la desaprobación
que según esto levantó la muerte del
duque de Enghien.
Para culpabilizar
mejor a Napoleón, existe una literatura completa
que presenta una proliferación de consejos
de moderación que según esto se le
prodigó al Primer Cónsul por parte
de sus colaboradores y de su círculo próximo
al comienzo del asunto. La verdad es todo lo contrario.
Démosle de nuevo la palabra a Napoleón
en Santa Elena: “En cuanto a las
oposiciones diversas que encontraba, a
las numerosas solicitudes que se me hicieron, que
en la época se expandieron, no hay
nada más falso. Sólo las
imaginaron para hacerme parecer más odioso.”
Si no son totalmente
inventados, se exageran los desahogos lacrimosos
de su círculo privado ante el anuncio de
la muerte del duque, particularmente de Josefina.
Esa misma noche, ella lo acompaña a la Ópera
sin oponer la menor reticencia, y ahí se
les aplaude ¡como nunca antes!
Puesto que la opinión
pública aprueba abiertamente esta aplicación
del principio de igualdad ante la Ley. Ante ella,
la piel de un príncipe de sangre real no
debe valer más que la de un simple plebeyo.
En el curso de los
días que siguen a la ejecución, le
llegan al Primer Cónsul muchas misivas entusiastas
del Gran Ejército, reunido en el Campo de
Boloña. Pasa lo mismo con todas las regiones
del país. En resumen, Francia entera aprueba
al Primer Cónsul, con excepción de
la oposición realista. Es cierto que Chateaubriand
presenta su renuncia a su puesto diplomático
en Italia, pero ¿qué representa este
acto aislado, llevado a cabo bajo el impacto de
la emoción y sin el conocimiento real del
expediente?
En el extranjero,
es la misma historia. Solamente Suecia (por poco
tiempo), Inglaterra y sobre todo Rusia, manifiestan
su hostilidad. El zar Alejandro I tiene cola que
le pisen como para dispensar a Napoleón una
lección de moral. Se sospecha de él,
no sin fundamento, de complicidad en el asesinato
de su padre Pablo I hace poco tiempo, y eso por
instigación del gabinete inglés debido
a que es “napoleófilo”. En cuanto
a las demás monarquías europeas no
hay ninguna reacción digna de mención.
Las cartas de protesta
del conde de Provenza, futuro Luis XVIII, le fueron
devueltas sin siquiera ser abiertas.
Extraño,
verdaderamente extraño, los Borbones de España,
Nápoles y Florencia, ¡ni siquiera se
visten de luto! La reina de Etruria llega incluso
a alegrarse del evento con su personal estilo: “Si
alguna cosa podía darle a la Reina el consuelo
al enterarse de la muerte de ese príncipe,
fue la manera delicada en que el Primer Cónsul
se tomó la molestia de darle a conocer el
evento.” ¡Sin comentarios!
En resumen, la muerte
del duque de Enghien se percibió en todas
partes como un asunto político judicial normal.
En verdad, nadie de buena fe pensó en incriminar
a Napoleón, a parte de sus enemigos jurados,
con una mala fe inagotable.
La última afirmación contraria a la
verdad nos va a proporcionar la clave del deplorable
desenlace del asunto.
Un
complot ocultó a otro
Los verdaderos
responsables de la ejecución expeditiva del
duque de Enghien se deben buscar en el clan de los
regicidas y de sus cómplices, los Fouché,
Talleyrand, Savary y compinches.
| Desde
la llegada al poder del Consulado, la perspectiva
de un regreso de los Borbones al trono de
Francia les da frío en la espalda debido
al ineluctable arreglo de cuentas que implica.
Los atrapa el síndrome del general
inglés Monk.
La Revolución
francesa de 1789 presenta una analogía
con la Revolución inglesa de la mitad
del siglo XVII. En ambas se condenó
a muerte al monarca reinante. Vencedor de
la guerra civil inglesa, el general Cromwell
proclama la República después
de la decapitación de Carlos I en 1649.
Después de su muerte en 1658, la anarquía
se instala en el país. Su sucesor,
el general Monk, acaba por restablecer en
el trono a Carlos II Estuardo en 1660.
En este principio
de la era napoleónica, los jacobinos
saben que el pretendiente al trono de Francia,
el futuro Luis XVIII, hace ofertas atractivas
y repetidas al Primer Cónsul. Por más
que este último las rechaza con desprecio
como lo vimos anteriormente, permanecen inquietos
de que Napoleón vaya a terminar inspirándose
en el ejemplo de Monk.
Con el asunto del duque de Enghien, se les
presenta una ocasión inesperada de
sembrar la discordia irremediablemente entre
Napoleón y los realistas. Los regicidas
y sus compinches lo exhortan desde el principio
a mostrarse despiadado. Manifiestan un celo
sospechoso, como testimonia Napoleón
en el Memorial de Las Cases: “(…)
Todo se había previsto con anterioridad.
Las piezas se encontraron totalmente listas,
sólo había que firmar. Y la
suerte del príncipe ya estaba decidida.”
Sentimos que a Napoleón le gustaría
extenderse sobre la cuestión. Pero,
en la situación de prisionero perseguido
en la cual se encuentra entonces, no se puede
permitir acusaciones más graves sin
parecer que sacrifica a sus antiguos colaboradores
para mejorar su suerte. Sigue asumiendo la
responsabilidad del crimen de los otros. |
 |
El
general Georges Monk, primer duque de
Albemarle (1608-1670)
Retrato pintado por Sir Peter
Lely de 1665 a 1666. |
|
La condena a muerte
no se ponía en duda, pero les hacía
falta a estos jacobinos integristas impedir a cualquier
precio la eventualidad de una gracia de Napoleón.
Es entonces que intervino, como sabemos, el miserable
Savary, ejecutor de las obras bajas de la pandilla
de los regicidas.
Se han levantado dudas sobre el papel de Real, cuya
presencia en el proceso habría evitado el
drama. Parece difícil poder creer las razones
que dio para estar ausente. Pero, a falta de pruebas,
no podemos sospechar de su complicidad.
Aún queda
la cuestión central. ¿Por qué
Napoleón no rompió la solidaridad
con Savary y sus comanditarios? Al enterarse de
la tragedia por parte del mismo Savary, comprende
de inmediato que acaba de caer en una trampa diabólica
que le tendieron algunos de sus allegados. Lo pusieron
delante de un terrible hecho consumado. Se encuentra
enfrentado al terrible dilema entre su moral
interior y los intereses superiores del país.
En estos casos, nunca tambaleó, y en varias
ocasiones en el curso de su carrera se responsabilizó
de los errores de sus subordinados.
Para limitar los daños políticos,
se impone el realismo. Si desaprueba a Savary, se
le acusará de desquitarse de modo cobarde
sobre un subordinado devoto, chivo expiatorio de
su “crimen”. Su popularidad
podría sufrir un golpe fatal. La desconfianza
se podría instalar en el corazón mismo
del poder, y rompería su cohesión.
En esos tiempos inciertos de transición institucional,
esta actitud podría resultar más devastadora
que el daño hecho, si se toma en cuenta la
perennidad del régimen. Mientras tanto, no
hay nada mejor que una buena espada de Damocles
sobre la cabeza de un colaborador comprometido para
asegurarse su fidelidad a toda prueba… por
lo menos, mientras se está en vida. Es así
que Savary prosiguió una muy brillante carrera
al lado del Emperador, antes de apuñalarlo
por la espalda post-mortem en sus Memorias…
A lo hecho, pecho. De todo mal hay que esforzarse
en sacar lo rescatable. Se le impuso al Primer Cónsul
una ruptura sangrienta con la realeza, ¡ni
modo! Puesto que es irreversible, ¿por qué
rechazar el provecho político? Todo mundo
ya sabe que la realeza no será restaurada
mientras Napoleón esté en el poder.
En el momento en que ya se perfila la amenaza de
una invasión militar, es la garantía
de un sostén poderoso para todos aquellos,
muy numerosos, que tienen mucho que perder con una
Restauración. Las capas populares más
humildes no van a esconder más su adoración
hacia el “pequeño caporal”.
Los beneficiarios de la venta de los bienes nacionales
bajo la Revolución van a dejar de temer que
ésta se ponga en duda.
Pero, por supuesto, Napoleón conoce perfectamente
la sucia trampa que se le tendió. Acordémonos
aquí del asombro fingido que le hace expresar
Las Casas en Santa Elena a propósito de la
no transmisión de la petición de audiencia
del duque. Su “Dios sabe por qué”
es más elocuente que un largo discurso…
De hecho, la sombra
funesta de Talleyrand y de Fouché no ha dejado
de planear sobre todo el asunto desde el principio.
Podemos afirmar que estos siniestros personajes
inauguraron en ese momento su traición hacia
Napoleón la cual sólo irá acentuándose
en el curso del tiempo.
El rey Luis-Felipe tampoco se dejó engañar.
Si hubiera percibido a Napoleón como un ogro
sediento de sangre real, ¿habría enviado
en 1840 a su hijo, el príncipe de Joinville,
a recoger en su nombre a Santa Elena los restos
del Emperador? ¿Habría organizado
un regreso de cenizas digno de un Dios?
Algunos se creen
siempre obligados a ser “¡más
realistas que el Rey! ”…
 |
| El
Rey Luis-Felipe de Orleáns por
Vigneron |
|
|
|
CONCLUSIÓN
Al término
de nuestra demostración, es necesario constatar
que la presentación frente a la Historia
del caso del duque de Enghien constituye un monumento
a la desinformación, principalmente en Francia.
Los detractores
incondicionales de Napoleón han usado este
hecho como el caballito de batalla en la empresa
de demolición de su imagen. Pero resulta
al final de cuentas que sólo se trata de
una vulgar baladronada, que acabamos de desmentir
con facilidad...
El asunto del duque
de Enghien cobra entonces un valor general. Ilustra
elocuentemente la grave desviación de la
historiografía. Es un testimonio de la falta
de vergüenza monstruosa y de la impunidad perfecta
de los falsificadores asalariados de la Historia.
Nos hacen desear un hipotético comité
de ética guardián del templo…
Terminaremos con
una nota optimista. La mala voluntad llevada hasta
la histeria acaba por regresarse contra sus autores
como un bumerang. Tiene como consecuencia que se
eche la duda sobre todas las demás aserciones
mentirosas sobre Napoleón. Es una excelente
noticia para sus admiradores…
¡Muchísimas
gracias a ellos y a Napoleón!
Casaperta -Junio de
2005.

«
La mentira pasa, la verdad queda »
Cita de Napoleón recopilada por el Dr Barry
B. O’Meara en Santa Helena.

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