Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
EL CASO DEL DUQUE DE ENGHIEN:
UNA MAQUINACIÓN CONTRA NAPOLEÓN

Por el General

Michel Franceschi
Comendador de la Legión de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico México-Francia.

El General Michel Franceschi, Consultor Militar Especial del INMF.
General Franceschi
Traducido del francés por el Señor Alain Arnaud Bobadilla. Instituto Napoleónico México-Francia. ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
 
El Duque de Enghien ante el pelotón de ejecución.
El Duque de Enghien ante el pelotón de ejecución
Ilustración de Job.

« Entre mejor se conozca la verdad toda entera, más grande será Napoleón »
Stendhal.

*** *** ***


ÍNDICE

EL CASO DEL DUQUE DE ENGHIEN,
UNA MAQUINACIÓN CONTRA NAPOLEÓN

- Prefacio del Señor Ben Weider,
Presidente de la Sociedad Napoleónica Internacional

I – ¡ACUSADO NAPOLEÓN, LEVANTAOS!

II – EL TESTIMONIO IRREFRAGABLE DE LOS HECHOS
- Legitimidad del arresto y de la inculpación
- Regularidad del proceso y de la sentencia pronunciada
- El odioso derrape de la ejecución

III – UNA FALSIFICACIÓN DE LA HISTORIA
- El aire de la calumnia
- Falso y uso de falso
- Mentiras históricas
- Absurdidad de la tesis del crimen de sacrificio
- Contrasentido de la tesis del crimen político
- Ineptitud de un pseudo remordimiento de Napoleón
- Aprobación en Francia y en Europa
- Un complot escondió a otro

CONCLUSIÓN

*** *** ***

Prefacio del Dr. Ben Weider
Pesidente de la Sociedad Napoleónica Internacional
 
Dr. Ben Weider, Presidente de la Sociedad Napoleónica Internacional, Presidente de Honor del Comité de Investigación del Instituto Napoleónico México-Francia.
El Dr. Ben Weider
« ¿De qué podría acusárseme de lo cual un historiador no pueda defenderme? (…)
Los hechos hablan por sí mismos, brillan como el sol… »

Napoleón I en Santa Helena.
 
Sabemos que el renombre de Napoleón ha fluctuado a través del tiempo entre una « leyenda dorada » y una « leyenda negra ». No sobra decir que la historiografía napoleónica ha dado más lugar a la Pasión que a la Razón.
En nuestros días, la « leyenda negra » goza de un regreso hipócrita bajo la forma insidiosa de una abundante literatura histórica falsamente objetiva.
Confundiendo demasiado comúnmente causas y efectos, tomando el pasado por el presente, escritores con pretensión histórica ceden a su aversión personal por Napoleón para escribir su Historia. Es así como la afirmación perentoria hace oficio de prueba, el proceso de intención reemplaza al rigor intelectual, y el prejuicio malintencionado se impone como Verdad revelada.
Prosperando sobre este fondo de comercio jugoso, algunos « mandarines » muy creídos de si mismos nos imponen hábilmente su impresionante erudición, la cual, tan brillante como sea, no basta para la obtención de la etiqueta de la Historia; pero a fuerza de copiarse unos a otros y de asestar repetidamente sus fantasmas perniciosos, estos maestros del pensamiento y sus émulos forjan de esta manera una Historia irreal en proceso de convertirse en oficial.
La Sociedad Napoleónica Internacional y el Instituto Napoleónico México-Francia se han impuesto como misión primera hacer justicia de las mentiras y calumnias que contaminan la Historia de Napoleón y manchan gravemente su memoria.
Miembro activo de nuestra sociedad, el general (cr) Michel Franceschi inaugura con « El caso del duque de Enghien » una serie de Crónicas redactadas para este efecto. La SNI va a editarlas o a publicarlas en su sitio. La elección de su primera producción no debe nada al azar. La presentación generalmente hecha de la muerte del duque de Enghien bajo la forma de una ejecución sumaria constituye en efecto el ataque más perverso cometido contra Napoleón, ya que lo toca en los fundamentos mismos de su conciencia.
Llevada a cabo a tambor batiente a la manera de una investigación judicial, su convincente demostración hace por fin caso omiso de una odiosa falsificación de la Historia.
No cabe duda alguna que Napoleón le hubiese acordado en su vida un afectuoso pellizco en la oreja…

 

Instituto Napoleónico México-Francia, INMF.


EL CASO DEL DUQUE DE ENGHIEN,
UNA MAQUINACIÓN CONTRA NAPOLEÓN

En la noche del 20 al 21 de marzo de 1804, Luis Antonio Enrique de Borbón, duque de Enghien, nieto del príncipe de Condé, cae ante las balas de un pelotón de ejecución en las fosas del Castillo de Vincennes. Algunos instantes antes, una Comisión Militar lo ha condenado a muerte por inteligencia con el enemigo, alta traición y complicidad de complot.
Prácticamente de manera unánime, la literatura histórica presenta este desgraciado caso como una mancha sangrienta en la memoria de Napoleón. Un pensamiento único históricamente correcto se ha impuesto…
Por poco que uno se interese en el evento con un mínimo de objetividad, nos es forzoso constatar que Napoleón es víctima de una grave difamación y la Historia de una grosera manipulación.
Si no hubiese prescripción y si los testigos estuviesen aún en vida, la cuestión podría corresponder a un procedimiento judicial. Así, utilizaremos un método comparable para esclarecer totalmente este caso. Conminamos a Napoleón a comparecer ante el Tribunal de la Historia…
Tras la lectura del acto de acusación, procederemos al examen riguroso de los hechos. De su confrontación surgirá la Verdad.

 

I – ¡ACUSADO NAPOLEÓN, LEVANTAOS!

En todo proceso, esta invitación al acusado precede a la lectura del acto de acusación. Éste se funda esencialmente sobre cuatro particularidades del caso, que es importante exponer de inicio:

- El rapto del duque de Enghien fuera del territorio nacional.
- La instrucción del proceso y la condena a muerte en algunas horas.
- La ejecución inmediata del condenado en odiosas condiciones.
- El encubrimiento por parte de Napoleón del culpable de este imperdonable abuso de poder.

En su sequedad, estos datos brutos inclinan naturalmente a pensar que estamos frente a una criminal parodia de justicia. Innegablemente, las apariencias abogan contra Napoleón.
Constantemente al acecho de su más mínimo error, sus innumerables despreciadores han arremetido la cabeza por delante sobre esta gran ocasión como sobre un capote rojo. Un juicio desplazando a otro, de alguna manera, han entablado contra él un verdadero proceso de intención que el mismo Stalin no hubiera renegado. Aún historiadores serios se han dejado atrapar por este señuelo, amplificando el caso a placer para conferirle una repercusión que éste no conoció. Los más rencorosos acusan a Napoleón de «crimen», de «asesinato» o de «homicidio». Los menos virulentos emplean el término de «ejecución sumaria» digna del gulag.

Sería fastidioso establecer la lista interminable de estos émulos de Saint-Just. Uno de ellos, historiador de renombre, formula la quintaesencia del acto de acusación. En su «Historia de Francia», Jacques Bainville escribe en efecto: «Es al equivalente de un regicidio a lo que recurre a su vez Napoleón para dar a su trono un sangriento bautizo republicano (…). Hizo raptar por la fuerza al joven príncipe de Condé quien se encontraba en Ettenheim, en territorio de Baden, y quien fue pasado por las armas después de un simulacro de juicio. ¿Era este crimen necesario para que Napoleón se convirtiera en emperador? ¡Ni siquiera! ».
Numerosos autores ponen en duda el procedimiento: investigación preliminar hecha de prisa, violación de una frontera con desprecio del derecho internacional, jurisdicción de excepción, proceso inicuo expedido a la carrera, ejecución sumaria de la sentencia.

Todo crimen requiere un móvil. Sobre este tema no hay acuerdo. Según Bainville y algunos otros, el « crimen » se basa de algún modo en la antigua costumbre pagana del sacrificio humano. Para la mayoría, procede de la imparable ambición de Napoleón, urgido de acceder al trono imperial.

Estos juicios irreflexivos no conciernen más que a sus autores a título individual. La cosa es diferente en lo concerniente a los manuales de historia y las enciclopedias, encargados de dispensar a la juventud estudiantil la enseñanza oficial.

En seguida se presenta, a título de ejemplo, una antología edificante sacada de tres enciclopedias francesas:

Según la menos partidaria, la Encyclopédia Universalis, el odio hacia los Borbones constituye el móvil de Napoleón: « Mi sangre vale lo mismo que la de ellos. Voy a regresarles el terror que me quieren inspirar. »

Hachette se toma todas las libertades con la realidad y no se va por las ramas. « El duque vivía muy tranquilamente » en Ettenheim, escribe. Fue « condenado a muerte por un Consejo de Guerra (sic) reunido fuera de cualquier legalidad ». Fue Napoleón quien « decidió la ejecución del duque de Enghien ». Lleva sobre sí « la vergüenza de una violación de ese tamaño del derecho de gentes. » Según Hachette, el complot de Cadoudal, que implicaba a los generales Moreau y Pichegru, era « infinitamente grave » para Napoleón puesto que « al poner en juego la fidelidad del ejército, fundamento real del poder de Bonaparte (…) había que dar un gran golpe, dar miedo, derramar la sangre. » Napoleón habría escogido la solución fácil y puesto sus miras sobre el duque de Enghien puesto que « era el único Borbón que era fácil de arrestar ». Para permitir « el ascenso del Primer Cónsul al trono imperial (…) la vida de un hombre tenía poco peso ». Volvemos a encontrar aquí el tema recurrente de la ambición exacerbada como móvil.

La enciclopedia Hérodote se supera a sí misma. El duque « no intentó nada contra la Francia revolucionaria (sic) salvo haber emigrado al Gran Ducado de Baden, un país neutral » ¡Vaya pregón! La conjura de Cadoudal, que tenía como objetivo ostensible asesinar al Primer Cónsul y a derrocar al régimen no sería sino « un pretexto, proporcionado por un plan de insurrección transmitido a la policía por un agente doble, Méhée de la Touche ».

El desprecio flagrante de los hechos comprobados prosigue: « La Comisión Militar sólo reconoce la culpabilidad del duque por haber hecho un complot en contra de la seguridad del Estado, lo cual es falso, y de haber recibido dinero de Inglaterra, lo cual es cierto. » ¡Vaya!

Definitivamente, para Hérodote la cuestión no es tanto el complot de Cadoudal como el « complot napoleónico » (sic), cuyo objetivo era « aterrorizar a la oposición realista de una vez por todas (…). El asesinato desemboca en el resultado esperado (…). Talleyrand animó al Primer Cónsul a cometer este crimen, preludio de la dictadura personal de Napoleón ». De nuevo el móvil es la ambición sanguinaria…

Nos repetiríamos si prosiguiéramos con estos testimonios tendenciosos. Lo esencial del acto de acusación está expresado. Resumamos:

1 – Bajo el « pretexto » de un complot que amenazaba su vida y el régimen, Napoleón es culpable de « asesinato » sobre la persona del duque de Enghien.

2 – El móvil del crimen es doble:

- venganza personal en contra de los Borbones.
- ambición devoradora para acceder más rápidamente al trono imperial.

3 – El Derecho fue ridiculizado:

- violación de una frontera.
- simulacro de juicio.
- ejecución sumaria de la sentencia.

Para juzgar el fundamento de esta inculpación sin concesiones, vamos a someterla al veredicto soberano de los hechos.


II – EL TESTIMONIO IRREFRAGABLE DE LOS HECHOS

 

Este testimonio requiere el análisis riguroso del desarrollo del asunto que debe permitirnos dar una respuesta clara a tres cuestiones simples dictadas por la lógica:

- ¿La situación del duque de Enghien justificaba acaso su rapto más allá del Rin y su presentación delante de una corte marcial?
- ¿Su proceso fue regular y la sentencia justa?
- ¿Su ejecución precipitada respetó acaso las reglas del Derecho?
Responderemos SÍ a las dos primeras interrogantes y NO a la tercera, pero sin que Napoleón cargue con la responsabilidad.

Legitimidad del arresto y de la inculpación

El caso del duque de Enghien se junta con el complot Cadoudal-Moreau-Pichegru, al cual conviene referirse en primer término.

El general Pichegru
 
Jorge Cadoudal
 
El general Moreau

Cuando llegó el Consulado, la oposición realista llena de odio hacia el Primer Cónsul se desata salvajemente, y los realistas no titubean para recurrir al terrorismo ciego. Desde el 24 de diciembre de 1800, Napoleón escapa de milagro al monstruoso atentado de la calle Santa Nicasia. A pesar de la reprobación general, los realistas no van a renunciar a la eliminación física del Primer Cónsul. Con este fin, el Primer Ministro inglés Pitt inspira y sostiene los proyectos homicidas del conde de Artois, hermano menor del extinto Luis XVI, emigrado en Londres con su hijo, el duque de Berry y una cohorte de realistas sin escrúpulos. Los demás jerarcas de la realeza en el exilio no se oponen a ello.

Incluso antes de la ruptura de la paz de Amiens en mayo de 1803, se sella en Londres una nueva conjura de un tamaño sin precedente. Cadoudal es la mente maestra con la complicidad al menos tácita de los generales Moreau y Pichegru. El objetivo sigue siendo eliminar a Napoleón para restaurar la realeza en Francia.

Puesto sobre la pista de la conspiración desde el verano de 1802, el jefe de la policía política Desmarets arresta al final del año 1803 a dos comparsas de Cadoudal, los llamados Querelle y Sol de Grisolle. Tres cómplices realistas de segundo orden forman parte de la detención.

El 13 de enero de 1804, Real, consejero de Estado a cargo de la policía, se entera de la llegada de Pichegru a París, llamado por Cadoudal quien ya estaría en la capital. Pensando que se está evitando la pena de muerte, Querelle suelta todo lo que sabe. Sobre todo confirma la presencia en París de Cadoudal y Pichegru que están en relación con Moreau.

Se sabe que Cadoudal desembarcó en Normandía el 20 de agosto de 1803, al pie del acantilado de Biville. Desde ahí, se puso en funcionamiento una filial logística que encaminaba los medios y los sicarios encargados de suprimir a Napoleón. El método cambió. La carnicería de la calle Santa Nicasia terminó siendo contraproducente para la imagen del realismo. Esta vez, está planeado ni más ni menos que el rapto del Primer Cónsul en el trayecto de las Tullerías a Malmaison o a Saint Cloud. Un fuerte destacamento de sicarios armados hasta los dientes atacaría la escolta del Primer Cónsul y se apoderaría de él, vivo o muerto.

Así, durante cinco meses, la policía, a pesar de contar con la fama de ser eficaz, no descubrió la presencia de Cadoudal en París. Napoleón le debe la vida únicamente a los largos retrasos necesarios para preparar esta verdadera operación de guerra.

¿Era descabellado entonces emplear todos los medios necesarios para poner fin a esta empresa terrorista de desestabilización de las instituciones y hacer que sus autores sufrieran los rigores de la ley?

Jean-Baptiste Charles Bouvet de Lozier (1704-1786)

El 29 de enero, Real recibe el mando de la operación bajo el control judicial del Gran Juez Régnier. Murat, gobernador militar de París desde el 15 de enero y Savary, comandante de la gendarmería de élite, deben aportarle todo su apoyo. Se decreta que París está en estado de sitio.

La situación evoluciona rápidamente. Real detiene a dos individuos importantes: a un tal Picot, sirviente de Cadoudal y sobre todo a Bouvet de Lozier, antiguo ayudante general del ejército de los príncipes, quien había combatido en contra de Francia durante las horas calientes de la Revolución. En ese momento, Lozier era el brazo derecho de Cadoudal.

No se hace del rogar para develar todo el complot. Confirma en todos sus puntos las revelaciones de Querelle y añade precisiones sobre las relaciones entre Cadoudal, Moreau y Pichegru. Por ventura para Napoleón y Francia, no pudieron llegar a un acuerdo. Moreau estaba de acuerdo en eliminar al Primer Cónsul, pero a condición de sucederle. Partidario fanático de una Restauración realista, el sanguinario Cadoudal se enoja y le espeta con desdén ¡que antes que él preferiría a Napoleón! Consumada la ruptura, Cadoudal prosigue sólo la aventura, con la complicidad ahora tácita de Moreau y Pichegru.

La policía consular continúa trabajando rápido y bien. En la noche del 26 al 27 de febrero de 1804, procede a arrestar de manera aparatosa a Pichegru, a los hermanos Armand y Jules de Polignac y a Ribière, personajes de alto rango del realismo militante. Algunos comparsas de poca monta forman parte de la detención.

Las confesiones de esta gente de alcurnia aportan un elemento nuevo y determinante: un « joven príncipe », uno que según esto ellos no conocían, forma parte de la conspiración. Debe « unir » el país después del asesinato del Primer Cónsul, con el objetivo de una Restauración realista. Aquí se trama el asunto del duque de Enghien.

Ya con conocimiento del guión del complot, el Primer Cónsul prescribe al gobierno que tome todas las disposiciones que se imponen para dejar a Cadoudal fuera de la posibilidad de hacer daño y para identificar al joven príncipe.

El nombre del duque de Enghien aparece rápido en un reporte policiaco. Posee todas las cualidades para el empleo: es príncipe, es joven (32 años) y sobre todo tiene un pasado « cargado ». En el exilio desde 1789, no ha cejado desde entonces de combatir en contra de Francia con las armas en la mano, primero en el ejército de los emigrados comandado por su abuelo Condé, y luego, después de la lamentable dispersión de esta última, en el ejército austriaco. Se distinguió especialmente en el asunto de Belheim, en el ataque de las líneas de Wissembourg, en la toma del pueblo de Bertheim, en la defensa del fuerte de Kehl, en Biberach en contra de Moreau. Había cubierto exitosamente la retirada del ejército austriaco. Figuraba desde hacía mucho en la lista de los traidores a la patria. Si llegaba a caer en las manos de la justicia, no había duda de qué suerte le estaría deparada. Ya estaba expuesto a la pena capital por alta traición, de conformidad con las leyes en vigor.

Desde hacía dos años vivía en Ettenheim, unos kilómetros más allá del Rin, en el país de Baden. Compartía su tiempo entre el amor apasionado que dedicaba a su prometida Carlota de Rohan-Rochefort y, sobre todo, el activismo sin freno que desarrollaba en el medio agitado de los emigrados de la región de Ofenburgo.

El Duque de Enghien
Retrato al pastel de la época; escuela francesa.
 
Carlota de Rohan-Rochefort
Prometida del Duque de Enghien; escuela francesa.

La información de la policía precisa que cuando va a Estrasburgo intenta corromper a los soldados. Estaría intentando organizar una filial de deserción. Más información añade que habría ido una vez en secreto a París para encontrarse ahí con personalidades no identificadas.

¡Lo mínimo que se puede decir es que la investigación no se orientaba para nada en el sentido de la presunción de su inocencia!

¿Se puede entonces reprochar de buena fe a Napoleón que quisiera estar seguro? En una reunión de su gabinete, sus ministros lo exhortan unánimemente a demostrar la mayor firmeza. Talleyrand y Fouché son los más determinados a recomendar el arresto del duque.

El general Moncey recibe la misión de proseguir activamente las investigaciones. Envía al lugar al sargento de caballería Lamothe, de la Gendarmería Nacional. Como resultado de su investigación sobre el terreno, Lamothe hace llegar su reporte al Primer Cónsul el 10 de marzo.

Mientras tanto, como memoria, Moreau escribe una carta a Napoleón el 8 de marzo, en la cual reconoce sus contactos con los conspiradores, pero afirmando que rechazó sus proposiciones. En cuanto a Cadoudal, es arrestado el 9 de marzo en el barrio del Odeón después de una sangrienta escaramuza. Arrogante, proclama su intención de asesinar al Primer Cónsul. Confirma la participación de un príncipe del cual pretende ignorar la identidad. Esperaba su llegada a París para actuar. Detenido al mismo tiempo que él, su cochero Léridant corrobora las declaraciones de su jefe.

Es evidente que al nivel que ocupa, Cadoudal debe conocer al « joven príncipe » esperado. Napoleón rechaza con horror el empleo de la tortura que algunos le sugieren para hacerlo hablar. Prefiere atenerse a los medios normales de la investigación policiaca. En su lugar, un auténtico tirano sanguinario no habría titubeado un solo instante para emplear el método bárbaro pero eficaz del suplicio…

El reporte Lamothe refuerza las sospechas de culpabilidad del duque. En Ettenheim deben de estar cerca de él el general felón Dumouriez y un tal Smith, probablemente el célebre británico fabricante de complots. El duque va seguido a Estrasburgo y a Ofenburgo. Ahí se reúne con todos los realistas exaltados de la región. La sospecha de implicación del duque se refuerza en el curso de la información que aflora. Todo lo designa de ahora en adelante como el muy probable « joven príncipe » esperado.

No se puede perder un minuto más para asegurarse. En el curso de una nueva reunión, el gabinete toma a unanimidad la decisión de arrestar al duque y presentarlo ante la justicia. De nuevo, Talleyrand y Fouché se muestran como los más impacientes.

Carlos de Talleyrand
 
José Fouché

¿Qué hay de ilegítimo en esta medida? Tenemos a un gobierno que está a punto de ser derrocado por la violencia y su jefe a punto de ser asesinado. Un haz completo de indicios concordantes llevan a un príncipe, centro de gravedad presunto de la conjura más importante que Francia haya conocido. Después de haber puesto a los ejecutantes fuera de la posibilidad de hacer daño, ¿había que dejar escapar a la cabeza del complot y permitirle volver a comenzar un poco después? Verdaderamente, ¡habría sido irresponsable por parte de cualquier gobierno quedarse en esas!

Hagamos notar que el arresto y la presentación ante la justicia convierten implícitamente a Napoleón en inocente de asesinato sumario. Si hubiera estado animado sólo por la voluntad de derramar la sangre de un Borbón, le habría sido mucho más fácil contratar a asesinos a sueldo que se habrían encargado discretamente sin el menor riesgo de error.

El arresto debe solucionar un delicado problema de derecho internacional. Se podía escoger entre dos soluciones: la petición de extradición hecha de buena manera al margrave de Baden o el rapto por la fuerza y por sorpresa. Se renuncia rápido al primer método, manifiestamente inoperante. Esta opción larga e indiscreta le daría al sospechoso todo el tiempo de tomar las de Villadiego. Por si fuera poco, sumiría al margrave en una profunda disyuntiva, con la seguridad de que se atraería la hostilidad de una u otra de las partes. De hecho, de esto se tuvo la confirmación después del golpe, al leer la muy tímida respuesta a la carta de excusas del gobierno. Hasta se habría podido escuchar que exhalaba un profundo suspiro de alivio.…

Entonces, la única solución que le queda al gobierno es el rapto por la fuerza. No faltan las objeciones, pues todo parece una agresión a un país extranjero. Sin otra opción, Napoleón toma la responsabilidad de pasar a la acción, con la aprobación de sus grandes subordinados.

El concepto de la inviolabilidad de las fronteras no tenía entonces la importancia que tiene hoy. Las violaciones eran bastante frecuentes. En su Consejo, Napoleón justifica su decisión fundándose sobre el espíritu y no la letra de las convenciones en vigor: « La inviolabilidad del territorio no se concibió en interés de los culpables, sino únicamente en el de la independencia de los pueblos y de la dignidad del príncipe soberano ». En otros términos, esto se llama « droit de suite »(derecho de proseguir)…

Es importante subrayar, por otra parte, que el duque y sus amigos eran tolerados en Ettenheim por parte del margrave únicamente a condición de « no conspirar en contra del gobierno francés, amigo y aliado ». Tenían que dar muestras de una « conducta tranquila y sabia », promesa que manifiestamente no respetaron.

Para reducir al máximo las consecuencias internacionales, la expedición tomó la forma de un asalto de ida y vuelta de muy corta duración, sin provocar el menor daño colateral al país. Para asegurarse de ello, Napoleón construye por sí mismo en detalle el plan de operación.

El 10 de marzo, a la cabeza de un gran destacamento militar de un millar de hombres, el general Ordener recibe la orden de « ir a Ettenheim, rodear la ciudad, raptar al duque de Enghien, a Dumouriez, a un coronel inglés y a cualquier individuo que estuviera con ellos ».

A pesar de mantener la discreción, los allegados al duque sospechan la inminencia del peligro. De todas partes, le llegan consejos de alejarse de Ettenheim. Pero siempre temerario, no hace caso alguno, como si él mismo quisiera sellar su destino fatal.

En la noche del 14 al 15 de marzo, el destacamento de gendarmería del comandante Charlot procede al arresto del duque sin el menor derramamiento de sangre. La sorpresa sólo sirvió parcialmente, pero el duque y compañía, a pesar de estar armados, no oponen resistencia alguna, ante el gran asombro de Charlot.

No son ni Dumouriez ni Smith a quienes encuentra Charlot en Ettenheim, sino al marqués de Thumery y un tal lugarteniente Schmidt. El sargento de caballería Lamothe cayó en el error debido a la pronunciación de los patrónimos en alemán. Lo fundamental del asunto no cambia. Se trata esencialmente del duque, y éste último está entre las manos de la gendarmería, así como sus documentos muy comprometedores que no tuvo tiempo de hacer desaparecer. Inmediatamente es llevado a París bajo la buena escolta de Charlot.

El arresto del duque de Enghien en marzo de 1804
Obra de Alphonse Lalauze (1872-1936).

En el camino, el duque se muestra elocuente con su guardián. Habiendo recobrado su soberbia natural, confía imprudentemente. Se sorprende de que hubieran creído que Dumouriez estaba con él, pero declara « que era posible que haya tenido la responsabilidad de traerle instrucciones de Inglaterra ».

Esta confesión refuerza la sospecha de que el duque y el « joven príncipe » esperado son la misma persona. Al darse cuenta de su enorme metedura de pata, se precipita a añadir para hacerla olvidar « que según él Napoleón es un gran hombre ». Pero su orgullo se sobrepone inmediatamente al proseguir diciendo « que siendo príncipe de la familia de los Borbones, le ha tenido un odio implacable, igual que a los franceses, a quienes combatiría en cualquier ocasión ». Incluso antes de ser llevado ante el tribunal, el duque prepara por sí mismo su condena a muerte…

Sir Charles Stuart (1753–1801)
P
or Grozer.

Cuando Charlot le pregunta por qué se entregó sin resistencia, demuestra cierto malestar y responde « que se arrepiente de no haberle pegado un tiro, lo que habría decidido su suerte con las armas en la mano ».

De pasada, aquí se impone una constatación. Sin la menor decencia, el duque vomita su odio hacia el pueblo de su país. Como digno representante de los Borbones, proporciona así la profunda razón del derrocamiento de su familia. Al perder el amor hacia su pueblo, virtud cardinal de sus ancestros, los últimos Borbones se perdieron a sí mismos. Reyes de Francia, se olvidaron de seguir siendo reyes de los franceses…

Los papeles confiscados en Ettenheim llegan a las manos de Napoleón el 19 de marzo. Confirman, en caso de ser necesario, el comprometimiento del duque por conspiración con el enemigo. Se descubre, efectivamente, que recibe una pensión del gabinete inglés y que dirige una red antirrepublicana completa con numerosas ramificaciones.

En una correspondencia dirigida a Sir Charles Stuart, ofrece servilmente sus servicios a los enemigos ancestrales de su país, haciendo que todos los capetos se retuerzan en sus tumbas. Se lee ahí: « El duque de Enghien solicita de las bondades de su Majestad británica la gracia de dirigir sus ojos hacia él para emplearlo fuere como fuere en contra de sus implacables enemigos, dignándose confiarle el mando de algunas tropas auxiliares (…) ». Los « implacables enemigos » del duque son los franceses. Después de esta confesión abrumadora, ¿puede todavía dudarse de su culpabilidad de conspiración con el enemigo y de traición, incluso si no se aporta la prueba de que él es el « joven príncipe » esperado?

Cartas recientes a su abuelo Condé que le aconsejaban ser prudente, confirman su activismo desenfrenado y nutren algo más la sospecha de que es él el « joven príncipe » esperado: « En este momento, en el cual la orden del consejo privado de su Majestad británica ordena a los emigrados retirados que acudan a los bordes del Rin, no sabría, sea lo que pudiese acontecerme, alejarme de estos dignos y leales servidores de la realeza ». Notemos de pasada la alusión clara de que Londres estaba implicado en la conspiración en curso.

Otras cartas a su abuelo refuerzan las sospechas de su participación en el complot de Cadoudal. Una de entre ellas es particularmente comprometedora: « (…) Mi deseo es permanecer cerca de las fronteras puesto que, como decía anteriormente, la muerte de un hombre puede traer, al punto en que están las cosas, un cambio total (…) ». El hombre cuya muerte se espera, ¿no es acaso Napoleón y el « cambio total » el derrocamiento del régimen? En la hipótesis menos grave, el duque es por lo menos cómplice de un asesinato en preparación…

Antes de referirnos al proceso, podemos afirmar sin sombra de duda que el duque es culpable de conspiración con el enemigo y de traición. Si no reconoció ser el príncipe esperado, no por ello no confesó su complicidad en el complot. Su arresto y su presentación ante la justicia son de lo más legítimas. La intrusión no autorizada en el país de Baden no representa más que una fruslería teniendo en cuenta la gravedad del asunto.

Regularidad del proceso y de la sentencia pronunciada

El ilustre prisionero llega al castillo de Vincennes en la noche del 20 de marzo. Esa tarde, el Primer Cónsul reunió de nuevo a su Consejo en las Tullerías con el objeto de encauzar la decisión de enjuiciamiento. Con toda la legalidad y sin ninguna objeción jurídica por parte del Consejo, se adoptó el texto siguiente: « Sobre el acta del Gran Juez, Ministro de Justicia, acerca de la ejecución de las órdenes dadas por el gobierno el 16 del mes en curso relativas a los conspiradores que se habían reunido en el electorado de Baden, el gobierno declara que el presente duque de Enghien, culpable de haber portado las armas en contra de la República, de haber estado y estar todavía a sueldo de Inglaterra, de formar parte de los complots urdidos por esta potencia en contra de la seguridad interior y exterior de la República, será presentado delante de una Comisión Militar compuesta de siete miembros, nombrados por el Gobernador Militar de París, y que se reunirá en Vincennes ».

Las Comisiones Militares no eran tribunales de excepción. Habían sido instituidas por la Convención. El Primer Cónsul les había limado el rigor. Se las incautaba muy a menudo. Entre 1803 y 1804, se las incautó casi cincuenta veces.

Gobernador militar de París, Murat dispone de muy poco tiempo para integrar la Comisión. Escoge un poco al azar entre los oficiales de la guarnición de París. El general Hulin, Comandante de los Granaderos de la Guardia, es nombrado presidente. Murat le comunica la exhortación verbal de Napoleón, transmitida por Savary, jefe de la gendarmería de élite, de « juzgar sin parar y terminar en la noche », es decir sesionar sin interrupción hasta la sentencia. Tomemos en cuenta la expresión « juzgar sin cesar y terminar en la noche » puesto que tomará una gran importancia en lo subsiguiente.

Seis coroneles comandantes de regimientos, un capitán informador y un escribano completan la Comisión. Los seis coroneles son: Guiton (1er. Regimiento de coraceros), Bazancourt (4to. Regimiento de infantería ligera), Ravier (18avo. Regimiento de línea), Barrois (96mo. Regimiento de línea), Rabbe (2do. Regimiento de la Guardia de París). El capitán informador se llama Dautancourt. Nada en el currículum vitae de estos hombres permite poner en duda su imparcialidad, como lo confirmará el desarrollo del proceso.

Savary está encargado en calidad (ès qualité) de la seguridad del lugar. Gracias a este cargo, se impone como observador omnipotente del proceso. Nada en el derecho le impide estar presente, puesto que no se decreta el juicio a puertas cerradas. De hecho, otros oficiales presentes observan desde lejos.

La Comisión recibe el acta de instrucción alrededor de las veintidós horas. Contiene la decisión del gobierno citada anteriormente que confiere su misión a la Comisión, da la orden de Murat que precisa la composición de ésta última, el informe de síntesis redactado por Real y las piezas de convicción constituidas por los papeles comprometedores del duque confiscados en Ettenheim.

Joaquín Murat

Se somete inmediatamente al enjuiciado a un interrogatorio riguroso por parte del capitán informador. En ningún momento, el duque solicita la asistencia de un defensor, el cual, como él sabe, tiene derecho a exigir. Dautancourt se toma el tiempo para no dejar nada en la oscuridad. De su interrogatorio se desprende en sustancia que el duque niega ferozmente cualquier tipo de participación en la conjura de Cadoudal. Pero reconoce sin dificultad, e incluso con cierto deleite, su negro pasado de combatiente en contra del ejército francés. Afirma impertinentemente su voluntad de volverlo a hacer si se le da la menor oportunidad. Muestra su total fidelidad a Inglaterra, en guerra contra Francia. Confirma su odio y hostilidad hacia « Bonaparte » al cual, por otra parte, no puede dejar de admirar.

Antes de firmar el proceso verbal del interrogatorio, se empecina en añadir de su propia mano esta petición disfrazada de gracia: « Hago con insistencia la petición de tener una audiencia particular con el Primer Cónsul. Mi nombre, mi rango, mi forma de pensar y el horror de mi situación me hacen esperar que no rechazará mi petición ». Esta petición es totalmente legítima.

Dautancourt introduce al procesado en la sala de audiencia hacia las doce y media de la noche. Savary permanece en un rincón de la sala, muy atento.

Frente a sus jueces, quienes lo escrutan intensamente, el duque conserva su actitud altanera. El coronel Ravier pide inmediatamente la palabra: « Mi general, declara, insisto en hacer observar que no llenamos las condiciones exigidas por la Ley: no se ha citado a ningún testigo, no se proporcionó un defensor al acusado. Me pregunto si en tales condiciones tenemos el derecho de sesionar. » Ante esta cuestión capital, el presidente aporta una respuesta precisa: « No estamos constituidos como Consejo de Guerra sino como Comisión Militar, jurisdicción especial instituida por la Convención en el año III, que dispone de un poder discrecional y juzga sin apelación. El acusado no solicitó un defensor. » La Comisión sesiona en completa legalidad.

Después de esta aclaración, el oficial informador procede a la lectura del proceso verbal de interrogatorio. Termina con la petición de audiencia del duque hacia el Primer Cónsul. El coronel Barrois pide entonces la palabra: « Creo que es nuestro deber, declara, transmitir esta súplica al general Bonaparte. Esto no nos impedirá seguir sesionando. En menos de cuatro horas, un jinete bien montado puede llevar un mensaje a la Malmaison y traernos la respuesta. » Savary salta hasta el sillón del presidente y objeta con tono perentorio: « ¡Esa petición es inoportuna! » ¿Por qué se inmiscuye Savary en esto?

Manifestando valientemente su independencia, la Comisión sigue adelante y decide reexaminar la cuestión al final de la audiencia.

Ante las preguntas del general Hulin, quien se apoya en el contenido del proceso verbal de interrogatorio, el duque responde directamente. Confirma su grave pasado de guerrero en contra del ejército francés. No puede negar su subordinación retribuida por Inglaterra, enemiga de su país. Persiste en renovar sus confesiones abrumadoras con una satisfacción provocadora.

Algunos miembros de la Comisión intentan en vano echarle la mano tratando de detectar alguna hipotética circunstancia atenuante. Sólo pierden el tiempo, mientras el duque se embrolla: « (…) Un Condé sólo puede regresar a Francia con las armas en la mano. Mi nacimiento, mi opinión, me convierten por siempre en el enemigo de vuestro gobierno ». Esta fanfarronada tiene algo de clase, pero determina la condena a muerte de su autor por sí mismo…

¡Y eso no es todo! En lo concerniente a la cuestión crucial de su participación en la conjura de Cadoudal, renueva con vigor sus negaciones anteriores y estima que el procedimiento es indigno de él. Pero, empujado hacia sus últimos atrincheramientos por parte del general Hulin, acaba soltando esta confesión a medias que termina por perderlo: Mi intención no era la de quedar indiferente. Había pedido a Inglaterra servir en su ejército y me habia respondido que no podía hacerlo, pero que tenía que quedarme en el Rin en donde tendría que desempeñar incesantemente un papel, y yo esperaba. Señor, ¡no tengo nada más que añadir! »

¿Sería el duque, sin saberlo él mismo, el « joven príncipe » que esperaban los conjurados? Tiempo después, se pudo establecer que se trataba del duque de Berry, lo cual no excluye que se esperara también al duque de Enghien a título complementario. De cualquier forma, la cuestión se había vuelto accesoria.

Al terminar los debates, se regresa al duque a su celda en espera del veredicto. La deliberación de la Comisión dura menos de dos horas. Ningún tribunal ha tenido jamás que juzgar un asunto tan sencillo. El enjuiciado ya firmó él mismo su condena de modo moral. Además, su actitud provocadora no alienta a la clemencia de los jueces. La sentencia de muerte es ineluctable. La Comisión la pronuncia a unanimidad. El duque de Enghien es encontrado culpable:

-------------------« 1 - de haber portado las armas en contra de la República francesa.
-------------------2 - de haber ofrecido sus servicios al gobierno inglés, enemigo de Francia.
-------------------3 - de haber recibido y acreditado ante sí a agentes del gobierno inglés, el cual le procuró los medios de practicar el espionaje en --Francia y de haber conspirado con ellos en contra de la seguridad interior y exterior del Estado.
-------------------4 - de haberse puesto a la cabeza de una agrupación de emigrados y demás, pagados por Inglaterra, junto a las fronteras de Francia, en los países de Friburgo y Baden.
-------------------5 - de haber practicado la conspiración en la plaza de Estrasburgo, con el propósito de provocar el levantamiento de los departamentos circunvecinos para hacer operar allí una revuelta favorable a Inglaterra.
-------------------6 - de ser uno de los promotores y de los cómplices de la conspiración tramada por los ingleses en contra de la vida del Primer Cónsul, y que debía, en caso de éxito de esta conspiración, llevar a cabo la invasión de Francia. »

Debemos observar que todos estos motivos corresponden en todos los puntos a los hechos constatados y a las confesiones del enjuiciado. Hagamos notar también que no se le reconoce como el « joven príncipe esperado », sino solamente como cómplice del complot de Cadoudal. De todas maneras, la cuestión se había vuelto superflua comparada con los demás cargos…

Anne-Jean-Marie-René Savary, duque de Rovigo, ministro de la policía general durante el (1774-1833)
Cuadro de Robert Lefèvre (detalle).

Se ha criticado mucho la severidad de la sentencia, probablemente porque atenía a un príncipe de sangre real. Jurídicamente, este veredicto no puede atacarse. Para los crímenes de conspiración con el enemigo y de traición, establecidos aquí claramente e incluso revindicados, las leyes del 28 de marzo de 1793 y del 26 de brumario del año III no prevén sino la pena capital para cada una de estas inculpaciones. La Justicia debe ser la misma para todos sin ninguna discriminación. Una posición social elevada constituye más bien, ¡una circunstancia agravante! « Dura lex, sed lex. » El jurado no tenía otra opción. Napoleón mismo no habría podido evitarle al duque la pena de muerte. No le quedaba más que el derecho de gracia…

Igualmente se ha atacado el juicio aduciendo una laguna en la redacción. La Comisión conocía las leyes que aplicaba, pero no sus fechas precisas. Debió dejarlas provisoriamente en blanco. Esta imperfección menor no cambia absolutamente nada del fondo.

La redacción del juicio da lugar a un incidente penoso. Como lo pide el escribano, el primer refrito ya firmado por todos los miembros de la Comisión debe ser anulado por anomalías en la forma. Los miembros se consagran inmediatamente a una segunda redacción sin tener el cuidado de destruir la primera, que se queda en los papeles personales del presidente Hulin. Veremos más adelante qué uso deshonesto le darán algunos para desacreditar el procedimiento judicial.

Acabamos de desmentir los injustos reproches que se han hecho en general al procedimiento judicial seguido. Hasta aquí todo se ha desarrollado según las reglas establecidas, excepto el último acto. Un abuso de poder imperdonable, cometido por Savary, va a ensuciar gravemente la ejecución de la sentencia.

 

El odioso derrape de la ejecución

Entregado el juicio, el general Hulin trabaja inmediatamente en darle el seguimiento previsto a la petición de audiencia con el Primer Cónsul. Savary se interpone de nuevo:

- « ¿Qué hacéis? » le pregunta secamente al general.

- « Le escribo al Primer Cónsul para expresarle el deseo de la Comisión y el del condenado ».

- « Su asunto ha acabado, le replica éste con vehemencia, arrancándole la pluma de la mano. ¡Ahora este asunto es mío! »

Si creemos sus « Explicaciones ofrecidas a los hombres imparciales » (1823), el general Hulin pretende comprender entonces que « era su deber advertir al Primer Cónsul » y no insiste en ello. Es una explicación, pero no una justificación. En una circunstancia tan grave, de ninguna manera el presidente de la Comisión debería de haber delegado su deber a nadie. Un remordimiento inconsolable debió socavar el resto de su existencia. Se ha querido culpar al general Hulin de la ejecución precipitada. Él lo niega sobre su honor en el documento antes citado: « Quiero alejar de mí y de mis colegas la idea de que actuamos como hombres de partido. (…) Sí, juro en nombre de todos mis colegas, nosotros no autorizamos esa ejecución. (…) La segunda redacción del juicio, la verdadera, no llevaba la orden de « ejecutar » en el acto, sino simplemente de « leer » al condenado el juicio de inmediato. (…) La orden de ejecución no podía ser dada en lo regular sino por una autoridad superior. (…) Ignoramos si aquel que precipitó tan cruelmente la ejecución funesta tenía órdenes. Si no las tenía, él solo es responsable. » Por supuesto, se trata de Savary.

Podemos creer de buena fe en las justificaciones del general Hulin. Savary es el único responsable de la violación flagrante de la Ley que permite al condenado a muerte el derecho al recurso de gracia.

Al final de la noche del 21 de marzo de 1804, Savary no pierde un segundo para impedirle a cualquiera que se oponga a sus negros designios. Ordena al gobernador de Vincennes que transfiera inmediatamente al condenado a los fosos del castillo, en donde se va a desarrollar una tragedia atroz, conmovedora y surrealista, la cual aportó mucho para que el asunto fuera notorio.

Al llegar a los fosos, el duque comprende que está perdido. A la luz de las linternas, percibe bajo una lluvia fina a un pelotón de gendarmes alineados, con el arma al pie. Un suboficial avanza hacia él con una linterna en la mano y lee el juicio en voz alta.

Permaneciendo dueño de sí mismo, el duque pregunta si alguien puede prestarle unas tijeras. Un gendarme le da satisfacción a esta petición insólita. El duque corta una mecha de su cabello y lo desliza con el anillo que lleva en el dedo en el sobre de una carta que estaba escribiendo cuando fueron a buscarlo. Se dirige al oficial de gendarmería presente: « ¿Querría usted entregar esto a la princesa de Rohan-Rochefort? » El oficial acepta cumplir esta última voluntad.

Luego, siempre tranquilo, pide la asistencia de un sacerdote. Es su última voluntad y nadie tiene derecho a oponerse. Savary, quien sigue acumulando las infamias en esta noche fatal, no tiene la misma opinión. Su voz estruendosa cae desde el puente levadizo que pasa por encima del foso, sobre el cual preside la ejecución: « ¡Nada de santurronadas! ».

Siempre digno, el duque se dirige entonces hacia un arbusto que estaba allí. Se arrodilla para rezar. Como si no estuviera ya lleno de ignominias, Savary se impacienta: « ¡Ayudante, dirijid el fuego! »

Algunos minutos después, el duque cae bajo las balas del pelotón de ejecución. Es difícil alejar de él a su perro Mohilof, al cual se había autorizado traer de Ettenheim. Su cadáver es aventado y sepultado en un foso que ya había sido cavado cerca de allí, lo que demuestra la criminal premeditación de Savary.

El Duque de Enghien en los fosos de Vincennes
cuadro de Jean-Paul Laurens.

La ejecución no llevó más que algunos minutos. La Comisión se encuentra todavía en el castillo cuando escucha la crepitación del fusilamiento. Estupefacta, tiembla de miedo…

El duque de Enghien murió dignamente. Su indiscutible valentía habría merecido mejor cosa que la defensa nostálgica de privilegios anticuados, contrarios a los intereses superiores de una Patria de la cual no tuvo conciencia.

Temprano por la mañana de ese 21 de marzo de 1804, Savary llega a la Malmaison para rendir su informe al Primer Cónsul, « en ejecución de sus órdenes » tiene el atrevimiento de decir.

Ante el anuncio de la ejecución, Napoleón queda estupefacto. Al ser consciente de modo tan crudo de la extrema gravedad de este desarrollo precipitado, siente que el suelo se abre bajo sus pies. Se sofoca, a punto de desfallecer. A causa de un conjunto funesto de circunstancias que veremos más adelante, se acaba de cometer un espantoso error político en contra de su voluntad. La invaluable carta de una gracia posible acaba de esfumarse.

El infame Savary trata de justificarse con una explicación jalada de los pelos. Afirma con la mano en el corazón que había comprendido que « juzgar sin parar y terminar en la noche », como se le había ordenado en la Comisión, significaba ir hasta la ejecución de la sentencia. De seguro, si un representante del Primer Cónsul hubiera estado presente, no habría ordenado la ejecución inmediata sin su consentimiento, añade Savary hipócritamente.

La cólera sigue a la estupefacción y Napoleón le inflige una memorable paliza que los observadores han casi dejado en el silencio, puesto que sólo les preocupa inculparlo en su proceso histórico.

Napoleón se repone rápidamente. Su legendario realismo retoma las riendas. El mal ya estaba hecho, era trágicamente irremediable, lo importante de ahora en adelante es limitar los estragos políticos de este monstruoso error. Veremos cuando llegue el momento las razones que lo condujeron a no desolidarizarse públicamente y a conservar a su lado al despreciable Savary.

Hecho esto, se va a echar la culpa de la horrible acusación de ser quien ordenó y fue jefe de esta ejecución sumaria. El proceso de Napoleón se va a imponer al del duque de Enghien. Sus detractores van a explotar a ultranza esta situación y a erigirla en máquina de guerra en su contra, despreciando una pieza capital del asunto que disculpa totalmente a Napoleón y que ellos fingen ignorar. Nos la guardamos como postre.

Napoleón conoce a su gente. La insistencia con la cual algunos de sus grandes subordinados lo han orillado a mostrarse implacable le hace temer un intempestivo exceso de celo. Para evitar una situación incontrolable, decide introducir en el circuito judicial a su propio representante. En el momento en que la Comisión está lista para sesionar, le hace llegar a Real la orden siguiente, redactada por el secretario de Estado Maret:

« Dirigíos cuanto antes a Vincennes para hacer interrogar al prisionero. El interrogatorio que haréis es el siguiente:
-------------------1- ¿Habéis portado las armas en contra de vuestra patria?
-------------------2- ¿Habéis sido pagado por Inglaterra?
-------------------3- ¿Habéis olvidado cualquier sentimiento natural hasta el punto de llamar al pueblo francés vuestro más cruel enemigo?
-------------------4- ¿Acaso no habéis propuesto levantar una legión y hacer desertar a tropas de la República, diciendo que vuestra estancia durante dos años cerca de las fronteras os había permitido conspirar entre las tropas que están sobre el Rin?
-------------------5- ¿Tenéis conocimiento del complot tramado por Inglaterra tendiente a derrocar el gobierno de la República y, al tener éxito el complot, no debíais entrar en Alsacia e incluso dirigiros a París, según las circunstancias?

Este cuestionario es exactamente el mismo que el contenido en el acta de la Comisión y Napoleón lo sabe perfectamente. Pero es un buen pretexto para tener a uno de sus hombres en el lugar. De esta manera, se asegura el control del proceso judicial. Mientras Real no le haya hecho el reporte de su misión, no podrá producirse nada que sea irreparable o irreversible…

El Barón Claude-François de Méneval (1778 - 1850)
Retrato por un autor anónimo.

Desgraciadamente –muy desgraciadamente– un conjunto fatal de circunstancias, que le gusta a la Historia infligirle a veces a los hombres, viene a echarlo todo a perder, y reduce a la nada el cerrojo de seguridad puesto por el Primer Cónsul. Cuando su misiva llega al domicilio de Real a las veintidós horas, éste último duerme ya el sueño de los justos, agotado por su larga y minuciosa investigación. Su papel había terminado. La Justicia acababa de tomar el relevo. Real le había ordenado a su mayordomo de dormitorio que no lo molestara bajo ningún pretexto antes de las cinco de la mañana. Cuando despierta y toma conocimiento del documento, se precipita a Vincennes fuera de sí, pero llega demasiado tarde. Lo irreparable ha sido consumado.

¿Habría Napoleón acordado su gracia si la petición del duque le hubiera llegado? En el Memorial de Santa Elena da una respuesta positiva: « Si hubiera visto la carta que me escribía y que no se me entregó, Dios sabe por cuáles motivos, sino hasta después cuando ya no estaba, muy ciertamente habría perdonado ». Regresaremos para estudiar la expresión « que no se me entregó, Dios sabe por cuáles motivos, sino hasta después… », alusión cargada de sentido… No podemos dudar de la sinceridad de esta confidencia de Napoleón hecha quince años después de los hechos. Pero no podemos afirmar tampoco que así habría sido en 1804, en el ambiente candente de ese momento. La decisión habría dependido seguramente de la actitud del duque frente a Napoleón.…

En sus Memorias, en donde da un lugar amplio al asunto, su secretario Meneval abunda en el sentido de la clemencia de Napoleón: « Estoy persuadido de que Napoleón, suficientemente reconfortado por la humillación que había infligido a sus enemigos al desmontar su complot, se habría inclinado hacia la clemencia y salvado la vida del príncipe. » Venida de alguien que vivió en la intimidad de Napoleón, esta confidencia tiene mucho peso…

Sea como fuere, repitámoslo, la carta a Real indiscutiblemente convierte a Napoleón en inocente de la acusación de crimen en contra del duque de Enghien.

Antes de pasar a la última parte, procedamos a una recapitulación sucinta del asunto. Las graves sospechas que planeaban sobre el duque de Enghien justificaron plenamente su arresto y su presentación ante la justicia. Aunque breve por ser simple, su proceso fue regular y la sentencia, pronunciada por un tribunal legal e imparcial, conforme a Derecho. Sólo su odiosa ejecución precipitada es condenable, pero acabamos de ver que Napoleón no es ni culpable ni responsable.

Así, en el inicuo proceso de satanización intentado contra Napoleón, el testimonio testarudo de los hechos hace volar en pedazos el acto falaz de acusación montado en su contra.

La causa debería ser entendida, ¡pero no es así! A pesar de las evidencias, los detractores incondicionales de Napoleón persisten en mantener la leyenda negra de este episodio sombrío de nuestra Historia.

 

III – UNA FALSIFICACIÓN DE LA HISTORIA

Una visita al Tintorero, o Colin corre (Caulaincourt) donde el quita-manchas
Caulaincourt llega al taller del Sr. Savon (Sr. jabón), quien « quita toda clase de mancha ». - ¡Bórreme esta mancha! - Es imborrable.

Ante la ausencia de argumentos convincentes y de pruebas irrefutables, el ensañamiento neurótico por afectar el recuerdo de Napoleón impulsa a sus autores a recurrir a la desinformación característica: las calumnias, la falsedad y uso de falsedad, las afirmaciones contrarias a la verdad histórica vienen una tras otra…

El aire de la calumnia

Escuchamos esta melodía esencialmente al leer las Memorias de los principales protagonistas del asunto, que le achacan sus propias torpezas a Napoleón. ¡Figúrense que estos valientes tuvieron la extrema temeridad de esperar la muerte del emperador para publicar su prosa!

Regicidas o cómplices de este crimen, tenían mucho que hacerse perdonar por los nuevos jefes realistas de Francia. Entre el honor y la comodidad política, no vacilaron. Estos jerarcas de la epopeya napoleónica, que le debían todo a Napoleón, se entregaron a un indigno celo antibonapartista para conseguir la gracia, sin haberlo logrado de hecho. El más despreciable de ellos es sin duda Savary, pero ¿podemos todavía asombrarnos?

Sin extenderse demasiado, ¿podemos con seriedad acordarles la menor credibilidad a estos personajes dudosos? ¿Cómo creer en sus chismes, insinuaciones pérfidas y aserciones mentirosas?
Más condenable aún es la manipulación de los documentos.

Falsedad y uso de falsedad

Hemos señalado anteriormente el uso que se ha intentado hacer de la primera versión de la redacción del juicio del duque de Enghien, abandonado en cuanto fue escrito por no conformarse al estilo jurídico. Tiempo después alguien se apoderó de este escrito, de modo fraudulento, tomándolo de los papeles personales del general Hulin para demostrar la ilegalidad del proceso. Descubierto el engaño, hace mucho que el golpe perdió su fuerza,
sin que se haya levantado totalmente la sospecha.

Se hizo peor aun con la fabricación de una orden falsa dada por Napoleón a Murat, en la que ordenaba: « Hágale entender a los miembros de la Comisión que hay que terminar durante la noche y ordenad que la sentencia, si, como no puedo dudar, trae la condena a muerte, que ésta se ejecute inmediatamente y que el condenado sea enterrado en un rincón del fuerte ». Los falsificadores tardaron en darse cuenta que este documento estaba en contradicción formal con la carta oficial de Napoleón a Real, más o menos concomitante. Como la falsificación apestaba, tuvieron que resignarse a renunciar a esta ignominia. Pero no se puede asegurar que hoy en día se haya levantado la duda por completo. ¡Mentid, mentid, siempre quedará aun algo! Como en el caso de las afirmaciones contrarias a la verdad histórica…

Afirmaciones contrarias a la verdad histórica

La edificante confrontación del acto de acusación y del testimonio de los hechos nos ha permitido callar la mayoría de las afirmaciones contrarias a la verdad histórica proferidas. Todavía tenemos que hacer volar en pedazos las últimas.

- Absurdidad de la tesis del crimen por sacrificio
Barramos primero con el dorso de la mano esta extravagancia que afecta seriamente el crédito del historiador que la lanzó. De este modo, la muerte del duque de Enghien correspondería a la inmolación de un capeto en el altar del Imperio, con el fin de consagrar en la sangre el bautizo de la nueva dinastía. Esta asombrosa divagación desconoce totalmente la naturaleza fundamental de Napoleón. Hombre de las luces por excelencia, este rito pagano y bárbaro estaba en las antípodas de su filosofía. El crimen, se trate del que se trate, siempre le repugnó a su conciencia, como lo expresó en Santa Elena, al hablar de los Borbones: « Más de una vez me ofrecieron sus destinos. Me propusieron sus cabezas, desde el primero hasta el último. Lo rechacé con horror. Lo habría visto como una cobardía baja y gratuita. »

Para subir, Napoleón no tenía ninguna necesidad ni del crimen de sacrificio ni siquiera del crimen político…

- Contrasentido de la tesis del crimen político
Se sigue sosteniendo que el asunto del duque de Enghien fue montado totalmente por Napoleón para usarlo como trampolín hacia el Imperio. Absolutamente le hacía falta un acto fundador de ruptura con la realeza, como garantía de la intangibilidad republicana del próximo régimen. Este designio trastornó de verdad a algunas cabezas jacobinas como veremos más tarde, pero fue totalmente extraño a Napoleón. ¿Tenía aún necesidad de administrar la prueba de su afecto indefectible hacia la República? Desde 1789 lo había manifestado en todos sus actos. Ni el pueblo, ni los Borbones, ni las realezas europeas lo dudaban en absoluto desde hacía mucho. ¿No había acaso respondido a las ofertas oficiales del conde de Provenza que « para llegar al trono, el Pretendiente tenía que marchar sobre cien mil cadáveres »?

Los complots criminales cuyo objetivo era Napoleón fueron los que innegablemente constituyeron la causa determinante del cambio de régimen. Pero cuando se presentó el asunto del duque de Enghien, la causa ya se había entendido. La gente pensante estaba preparada desde hacía meses. Se ponían al punto los textos constitucionales. Y menos de dos meses después, se proclamaba el Imperio en la euforia general de la Nación.

La acusación de venganza personal en contra de los Borbones tampoco tiene sustento. A pesar de algunos bufidos espontáneos, Napoleón era demasiado inteligente políticamente para subordinar su acción a un resentimiento personal cualquiera.

La política interior del Primer Cónsul habría sido la perdedora si se hubieran revivido los odios civiles engendrados por las convulsiones revolucionarias. Desde la llegada al poder del Consulado, más de tres años atrás, la reconciliación de los franceses constituía hasta la obsesión el corazón y el eje de la gran obra interior del Primer Cónsul: paz con los chuanes, amnistía de los emigrados, Concordato, etc… En 1804 está a punto de concluir esta hazaña. Habría sido insensato de tomar el riesgo suicida de ponerlo todo en duda de una sola vez. Por el contrario, había una carta política principal que había que jugar. En su mayoría, los realistas hacían oídos sordos a las ofertas de pacificación de Napoleón. La clemencia de Augusto, manifestada por una gracia generosa acordada al duque, habría podido, quién sabe, atraer a un gran número…

Para acabar de dañar a Napoleón, sólo faltaba poner en duda su conciencia.

- Ineptitud de un pseudo remordimiento de Napoleón
Varios escritores de Historia dejan entender insidiosamente que toda su vida Napoleón estuvo lacerado por el remordimiento. Su fundamento es la necesidad que él habría sentido de justificarse hasta en su testamento.

Mala voluntad, de nuevo, pues le hacen decir al testamento lo que no dice. En seguida, a título de ejemplo, veamos lo que escriben todavía las enciclopedias Universalis y Hachette, y probablemente una copia a la otra: « Era un sacrificio necesario para mi seguridad y mi grandeza ». Comparemos con el texto auténtico, en el octavo párrafo el testamento: « (…) Hice arrestar y juzgar al duque de Enghien porque era necesario para la seguridad, el interés y el honor del pueblo francés, en el momento en que el conde de Artois mantenía, según su confesión, a sesenta asesinos en París. En una situación similar, actuaría todavía de la misma manera. » La comparación de los pasajes subrayados sorprende a los redactores en flagrante delirio de falsedad en la escritura.

En su lecho de muerte, Napoleón procede a una última aclaración. Asume la entera responsabilidad del arresto del duque y de su presentación ante la justicia como una decisión legítima. Por el contrario, no se siente culpable en absoluto de la orden de ejecución. Por lo tanto, no tiene ninguna razón de sentir remordimientos, a lo mucho sólo la frustración de no haber podido ejercer su derecho de gracia. Pero siente como una profunda injusticia la acusación de crimen.

El Emperador no tenía ninguna razón de sentirse deprimido. Como hemos visto, sus grandes colaboradores no sólo aprobaron sus decisiones sino que lo impulsaron con fuerza, por razones poco claras, es cierto.
Y lo que se intenta escondernos es la aprobación general de la opinión.

- Aprobación en Francia y en Europa
El impacto de una mentira es más devastador si el evento de que se trata es importante. Se ha inflado a voluntad la emoción y la desaprobación que según esto levantó la muerte del duque de Enghien.

Para culpabilizar mejor a Napoleón, existe una literatura completa que presenta una proliferación de consejos de moderación que según esto se le prodigó al Primer Cónsul por parte de sus colaboradores y de su círculo próximo al comienzo del asunto. La verdad es todo lo contrario. Démosle de nuevo la palabra a Napoleón en Santa Elena: « En cuanto a las oposiciones diversas que encontraba, a las numerosas solicitudes que se me hicieron, que en la época se expandieron, no hay nada más falso. Sólo las imaginaron para hacerme parecer más odioso. »

Si no son totalmente inventados, se exageran los desahogos lacrimosos de su círculo privado ante el anuncio de la muerte del duque, particularmente de Josefina. Esa misma noche, ella lo acompaña a la Ópera sin oponer la menor reticencia, y ahí se les aplaude ¡como nunca antes!

Puesto que la opinión pública aprueba abiertamente esta aplicación del principio de igualdad ante la Ley. Ante ella, la piel de un príncipe de sangre real no debe valer más que la de un simple plebeyo.

En el curso de los días que siguen a la ejecución, le llegan al Primer Cónsul muchas misivas entusiastas del Gran Ejército, reunido en el Campo de Boloña. Pasa lo mismo con todas las regiones del país. En resumen, Francia entera aprueba al Primer Cónsul, con excepción de la oposición realista. Es cierto que Chateaubriand presenta su renuncia a su puesto diplomático en Italia, pero ¿qué representa este acto aislado, llevado a cabo bajo el impacto de la emoción y sin el conocimiento real del expediente?

En el extranjero, es la misma historia. Solamente Suecia (por poco tiempo), Inglaterra y sobre todo Rusia, manifiestan su hostilidad. El zar Alejandro I tiene cola que le pisen como para dispensar a Napoleón una lección de moral. Se sospecha de él, no sin fundamento, de complicidad en el asesinato de su padre Pablo I hace poco tiempo, y eso por instigación del gabinete inglés debido a que es « napoleófilo ». En cuanto a las demás monarquías europeas no hay ninguna reacción digna de mención.

Las cartas de protesta del conde de Provenza, futuro Luis XVIII, le fueron devueltas sin siquiera ser abiertas.

Extraño, verdaderamente extraño, los Borbones de España, Nápoles y Florencia, ¡ni siquiera se visten de luto! La reina de Etruria llega incluso a alegrarse del evento con su personal estilo: « Si alguna cosa podía darle a la Reina el consuelo al enterarse de la muerte de ese príncipe, fue la manera delicada en que el Primer Cónsul se tomó la molestia de darle a conocer el evento. » ¡Sin comentarios!

En resumen, la muerte del duque de Enghien se percibió en todas partes como un asunto político judicial normal. En verdad, nadie de buena fe pensó en incriminar a Napoleón, a parte de sus enemigos jurados, con una mala fe inagotable.
La última afirmación contraria a la verdad nos va a proporcionar la clave del deplorable desenlace del asunto.

Un complot ocultó a otro

Los verdaderos responsables de la ejecución expeditiva del duque de Enghien se deben buscar en el clan de los regicidas y de sus cómplices, los Fouché, Talleyrand, Savary y compinches.

Desde la llegada al poder del Consulado, la perspectiva de un regreso de los Borbones al trono de Francia les da frío en la espalda debido al ineluctable arreglo de cuentas que implica. Los atrapa el síndrome del general inglés Monk.

La Revolución francesa de 1789 presenta una analogía con la Revolución inglesa de la mitad del siglo XVII. En ambas se condenó a muerte al monarca reinante. Vencedor de la guerra civil inglesa, el general Cromwell proclama la República después de la decapitación de Carlos I en 1649. Después de su muerte en 1658, la anarquía se instala en el país. Su sucesor, el general Monk, acaba por restablecer en el trono a Carlos II Estuardo en 1660.

En este principio de la era napoleónica, los jacobinos saben que el pretendiente al trono de Francia, el futuro Luis XVIII, hace ofertas atractivas y repetidas al Primer Cónsul. Por más que este último las rechaza con desprecio como lo vimos anteriormente, permanecen inquietos de que Napoleón vaya a terminar inspirándose en el ejemplo de Monk.
Con el asunto del duque de Enghien, se les presenta una ocasión inesperada de sembrar la discordia irremediablemente entre Napoleón y los realistas. Los regicidas y sus compinches lo exhortan desde el principio a mostrarse despiadado. Manifiestan un celo sospechoso, como testimonia Napoleón en el Memorial de Las Cases: « (…) Todo se había previsto con anterioridad. Las piezas se encontraron totalmente listas, sólo había que firmar. Y la suerte del príncipe ya estaba decidida. » Sentimos que a Napoleón le gustaría extenderse sobre la cuestión. Pero, en la situación de prisionero perseguido en la cual se encuentra entonces, no se puede permitir acusaciones más graves sin parecer que sacrifica a sus antiguos colaboradores para mejorar su suerte. Sigue asumiendo la responsabilidad del crimen de los otros.

El general Georges Monk, primer duque de Albemarle (1608-1670)
Retrato pintado por Sir Peter Lely de 1665 a 1666.

La condena a muerte no se ponía en duda, pero les hacía falta a estos jacobinos integristas impedir a cualquier precio la eventualidad de una gracia de Napoleón. Es entonces que intervino, como sabemos, el miserable Savary, ejecutor de las obras bajas de la pandilla de los regicidas.
Se han levantado dudas sobre el papel de Real, cuya presencia en el proceso habría evitado el drama. Parece difícil poder creer las razones que dio para estar ausente. Pero, a falta de pruebas, no podemos sospechar de su complicidad.

Aún queda la cuestión central. ¿Por qué Napoleón no rompió la solidaridad con Savary y sus comanditarios? Al enterarse de la tragedia por parte del mismo Savary, comprende de inmediato que acaba de caer en una trampa diabólica que le tendieron algunos de sus allegados. Lo pusieron delante de un terrible hecho consumado. Se encuentra enfrentado al terrible dilema entre su moral interior y los intereses superiores del país. En estos casos, nunca tambaleó, y en varias ocasiones en el curso de su carrera se responsabilizó de los errores de sus subordinados.
Para limitar los daños políticos, se impone el realismo. Si desaprueba a Savary, se le acusará de desquitarse de modo cobarde sobre un subordinado devoto, chivo expiatorio de su « crimen ». Su popularidad podría sufrir un golpe fatal. La desconfianza se podría instalar en el corazón mismo del poder, y rompería su cohesión. En esos tiempos inciertos de transición institucional, esta actitud podría resultar más devastadora que el daño hecho, si se toma en cuenta la perennidad del régimen. Mientras tanto, no hay nada mejor que una buena espada de Damocles sobre la cabeza de un colaborador comprometido para asegurarse su fidelidad a toda prueba… por lo menos, mientras se está en vida. Es así que Savary prosiguió una muy brillante carrera al lado del Emperador, antes de apuñalarlo por la espalda post-mortem en sus Memorias…
A lo hecho, pecho. De todo mal hay que esforzarse en sacar lo rescatable. Se le impuso al Primer Cónsul una ruptura sangrienta con la realeza, ¡ni modo! Puesto que es irreversible, ¿por qué rechazar el provecho político? Todo mundo ya sabe que la realeza no será restaurada mientras Napoleón esté en el poder. En el momento en que ya se perfila la amenaza de una invasión militar, es la garantía de un sostén poderoso para todos aquellos, muy numerosos, que tienen mucho que perder con una Restauración. Las capas populares más humildes no van a esconder más su adoración hacia el « pequeño caporal ». Los beneficiarios de la venta de los bienes nacionales bajo la Revolución van a dejar de temer que ésta se ponga en duda.
Pero, por supuesto, Napoleón conoce perfectamente la sucia trampa que se le tendió. Acordémonos aquí del asombro fingido que le hace expresar Las Casas en Santa Elena a propósito de la no transmisión de la petición de audiencia del duque. Su « Dios sabe por qué » es más elocuente que un largo discurso…

De hecho, la sombra funesta de Talleyrand y de Fouché no ha dejado de planear sobre todo el asunto desde el principio. Podemos afirmar que estos siniestros personajes inauguraron en ese momento su traición hacia Napoleón la cual sólo irá acentuándose en el curso del tiempo.
El rey Luis-Felipe tampoco se dejó engañar. Si hubiera percibido a Napoleón como un ogro sediento de sangre real, ¿habría enviado en 1840 a su hijo, el príncipe de Joinville, a recoger en su nombre a Santa Elena los restos del Emperador? ¿Habría organizado un regreso de cenizas digno de un Dios?

Algunos se creen siempre obligados a ser « ¡más realistas que el Rey! »…

El Rey Luis-Felipe de Orleáns por Vigneron
 
El Príncipe de Joinville

 

CONCLUSIÓN

Al término de nuestra demostración, es necesario constatar que la presentación frente a la Historia del caso del duque de Enghien constituye un monumento a la desinformación, principalmente en Francia.

Los detractores incondicionales de Napoleón han usado este hecho como el caballito de batalla en la empresa de demolición de su imagen. Pero resulta al final de cuentas que sólo se trata de una vulgar baladronada, que acabamos de desmentir con facilidad...

El asunto del duque de Enghien cobra entonces un valor general. Ilustra elocuentemente la grave desviación de la historiografía. Es un testimonio de la falta de vergüenza monstruosa y de la impunidad perfecta de los falsificadores asalariados de la Historia. Nos hacen desear un hipotético comité de ética guardián del templo…

Terminaremos con una nota optimista. La mala voluntad llevada hasta la histeria acaba por regresarse contra sus autores como un bumerang. Tiene como consecuencia que se eche la duda sobre todas las demás aserciones mentirosas sobre Napoleón. Es una excelente noticia para sus admiradores…

¡Muchísimas gracias a ellos y a Napoleón!

Casaperta -Junio de 2005.

« La mentira pasa, la verdad queda »
Cita de Napoleón recopilada por el Dr Barry B. O’Meara en Santa Helena.