LA CELEBRACIÓN DE LAS DERROTAS Y NO DE LAS VICTORIAS
UNA EXTRAÑA ESPECIFICIDAD FRANCESA

Por

Jean-Claude Damamme
Presidente de Honor del Comité de Distinciones
del Instituto Napoleónico México-Francia

William Pitt

La huida, o mejor aún, la desbandada, según la expresión muy justa del editorialista de Midi libre (un gran diario del sur de Francia), del gobierno francés en este asunto es una vergüenza (*) para nuestro país, que verdaderamente no tenía necesidad de esto.

¿Se puede dirigir un país doblando las rodillas ante un pequeño lobby, tan agresivo como sea, cuyas motivaciones reales quedan por determinarse?

Tal vez esta huida poco gloriosa hará perder a nuestros gobernantes del momento esas preciosas voces que tanto necesitan para su carrera. Entre aquellos quienes – con toda razón – tienen a Napoleón por un gran hombre, hay ya algunos – conozco a unos cuantos – quienes han decidido llevar sus sufragios « a otro lado ». Será justicia.

Ojalá que estos políticos puedan ser tratados por sus homólogos del futuro con la misma cobardía que la que ellos han mostrado hacia Napoleón.
Añado que este rechazo de conmemorar la victoria de Austerlitz, resultado de una guerra que Napoleón trató de evitar a todo precio (cf. su Correspondencia), es un insulto grave infligido a la memoria de todos los soldados franceses muertos o mutilados durante aquella campaña deseada por Austria y Rusia, por petición de Inglaterra, celosa de alejar la amenaza que hacía pesar sobre ella la presencia, en las costas de la Mancha y del Mar del Norte, de la que iba a convertirse pronto en la Grande Armada.

Señalo a quienes pudieran ignorarlo que a finales de 1804 el gobierno inglés hizo entrega de cinco millones de libras de oro a las cortes de Viena y de San Petersburgo para financiar la Coalición cuyo resultado fue Austerlitz. ¿Quién se atreve a decirlo?

A propósito, justamente, de esa Inglaterra, que, con sus fieles cómplices y propaladores, los realistas franceses, perdidos de agradecimiento por haberlos vuelto a poner sobre un trono del cual la Revolución los había echado, está al origen de la imagen sórdida que se da de Napoleón y de todas las guerras falsamente llamadas « napoleónicas », recuerdo que, salvo error de mi parte, Napoleón nunca envió asesinos a Londres para tratar de liquidar al detestable Primer ministro inglés Pitt quien, por su parte, se permitió esta baja faena. Resultado: una veintena de muertos y unos cincuenta heridos mutilados durante el atentado llamado de la calle San Nicasio, el 24 de diciembre de 1800. Lo que hizo decir al Emperador que « Este hombre tan vanagloriado en su tiempo no será un día más que el genio del mal ».

No se imaginaba que la posteridad, diestramente indoctrinada, se equivocaría de culpable.

Teniendo en cuenta estos pesados « antecedentes », bien poco honorables, pero cuidadosamente disimulados, una pregunta se plantea muy naturalmente:

¿No hubo acaso una repulsiva indecencia en el apresuramiento servil del gobierno francés en despachar el portaviones Charles de Gaulle y múltiples navíos de la marina nacional para festejar en compañía de los ingleses, de la reina Elizabeth y del Primer Ministro Tony Blair, su victoria – ¡y nuestra derrota! – de Trafalgar?

Jean-Claude Damamme

(*) Léase también el Alegato por los « indígenas » de Austerlitz por Pierre Nora.

 


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