La
huida, o mejor aún, la desbandada,
según la
expresión muy justa del editorialista
de Midi libre (un gran diario
del sur de Francia), del gobierno francés
en este asunto es una vergüenza (*)
para nuestro país, que verdaderamente
no tenía necesidad de esto.
¿Se
puede dirigir un país doblando
las rodillas ante un pequeño lobby,
tan agresivo como éste sea, cuyas
motivaciones reales quedan por determinarse?
Tal vez
esta huida poco gloriosa hará perder
a nuestros gobernantes del momento esas
preciosas voces que tanto necesitan para
su carrera. Entre aquellos quienes –
con toda razón – consideran
a Napoleón un gran hombre, hay
ya algunos – conozco a unos cuantos
– quienes han decidido llevar sus
sufragios « a otro lado ».
Será justicia.
Ojalá
que estos políticos puedan ser
tratados por sus homólogos del
futuro con la misma cobardía que
la que ellos han mostrado hacia Napoleón.
Añado que este rechazo de conmemorar
la victoria de Austerlitz,
resultado de una guerra que Napoleón
trató de evitar a todo precio (cf.
su Correspondencia), es un insulto
grave infligido a la memoria de todos
los soldados franceses muertos o mutilados
durante aquella campaña deseada
por Austria y Rusia, por petición
de Inglaterra,
celosa de alejar la amenaza que hacía
pesar sobre ella la presencia, en las
costas de la Mancha y del Mar del Norte,
de la que iba a convertirse pronto en
la Gran Armada.
Señalo
a quienes pudieran ignorarlo que a finales
de 1804 el gobierno inglés hizo
entrega de cinco millones de libras de
oro a las cortes de Viena y de San Petersburgo
para financiar la Coalición
cuyo resultado fue Austerlitz. ¿Quién
se atreve a decirlo?
A propósito,
justamente, de esa Inglaterra, que, con
sus fieles cómplices y propaladores,
los realistas franceses, perdidos de agradecimiento
por haberlos vuelto a poner sobre un trono
del cual la Revolución los había
echado, está al origen de la imagen
sórdida que se da de Napoleón
y de todas las guerras falsamente llamadas
« napoleónicas », recuerdo
que, salvo error de mi parte, Napoleón
nunca envió asesinos a Londres
para tratar de liquidar al detestable
Primer ministro inglés Pitt quien,
por su parte, se permitió esta
baja faena. Resultado: una veintena de
muertos y unos cincuenta heridos mutilados
durante el atentado llamado de la calle
Saint-Nicaise, el 24 de diciembre de 1800.
Lo que hizo decir al Emperador que «
Este hombre
tan vanagloriado en su tiempo no será
un día más que el genio
del mal ».
No se
imaginaba que la posteridad, diestramente
indoctrinada, se equivocaría de
culpable.
Teniendo
en cuenta estos pesados « antecedentes
», bien poco honorables, pero cuidadosamente
disimulados, una pregunta se plantea muy
naturalmente:
¿No
hubo acaso una repulsiva indecencia en
el apresuramiento servil del gobierno
francés en despachar el portaviones
Charles de Gaulle y múltiples
navíos de la marina nacional para
festejar en compañía de
los ingleses, de la reina Elizabeth y
del Primer Ministro Tony Blair, su victoria
–¡y nuestra derrota!–
de Trafalgar?
Jean-Claude
Damamme
(*)
Léase también el Alegato
por los « indígenas »
de Austerlitz por Pierre
Nora.
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