¿MERECE NAPOLEÓN LA GLORIA QUE ENVUELVE A SU NOMBRE?
El Emperador Napoleón
Óleo de François Gérard (1805)

Por el Señor

Jean-Claude Damamme
Consejero Histórico Especial del Instituto Napoleónico México-Francia
Representante en Francia de la Sociedad Napoleónica Internacional

Sr. Damamme

Es una pregunta que se plantea frecuentemente con las segundas intenciones de hostilidad tradicionales que los visitantes de este sitio conocen bien.

A esta pregunta respondo:

Sí, y sin vacilación alguna.

Cuando Bonaparte tomó el poder, Francia, económicamente, políticamente, moralmente, socialmente, era un país siniestrado.
Él restableció la economía, restauró la paz religiosa y social, consolidó, estructurándolas, las adquisiciones de la Revolución, estableció – lo cual constituye una increíble novación en aquel tiempo – la promoción al talento y a la capacidad, y dio a Francia instituciones: Código civil, prefecturas, liceos, Bolsas de comercio, Magistraturas del Trabajo, Corte de las Cuentas, Banca de Francia, Legión de Honor… – sin perjuicio de los grandes trabajos: rutas, puertos, canales, puentes, etc. – que hicieron de Francia un Estado moderno, fuerte y próspero, y subsisten aún en nuestros días.

Él llevó en brazos una Francia en guerra, desde la Revolución, con, prácticamente, toda la Europa legitimista que no quería que los Derechos del Hombre, esa idea explosiva, hicieran escuela y viniesen a borrar el buen sistema de los monarcas por derecho divino.

Napoleón, al inicio de su reino, hizo una oferta – escrita – de paz al rey de Inglaterra.
No obtuvo más que una inadmisibilidad, y a falta de haber logrado, cuando él era Primer Cónsul, hacerlo asesinar por los matones realistas soldados por ella, Inglaterra pagó mercenarios: Rusia, Austria, Prusia, Suecia, España, Portugal… para destruir a Francia y a su jefe. Esto le costó sesenta y seis millones de libras esterlinas de la época.

Siguieron diez años de coaliciones, conocidas hoy bajo el nombre de « guerras napoleónicas ». Vergonzosa manipulación semántica que da a creer al público en general, deliberadamente engañado, que el hombre cuyo patronímico dio inicio a este adjetivo es el responsable de ellas, a la vez que deja, velados en una sombra cómplice, a los verdaderos culpables.
Después de cada victoria, Napoleón proponía la paz. Se hacía como si se la aceptara sólo para restaurar sus fuerzas y preparar una nueva coalición.

Sí, Napoleón, quien, demasiado usualmente, sirve de valedor a individuos mediocres persuadidos de elevarse al rebajarlo, merece la gloria que rodea su nombre, porque ese hombre que un puñado de imbéciles malhechores ávidos de lectores y de notoriedad [!] comparan gustosos a Hitler, dio a los judíos, que no tenían entonces ningún derecho, el estatuto de ciudadanos de pleno derecho, en Francia y en los países integrados al Imperio.

Su poder fue autoritario. Sin duda, pero no se gobierna un país convaleciente por las atrocidades del Terror y de la anarquía del Directorio, rodeado de enemigos y en situación casi permanente de guerra larvada, como se gobierna un principado de opereta.

¿Errores? Claro, pero, ¿quién, investido de responsabilidades tan gigantescas en medio de tanta adversidad, no los hubiese cometido?

No se podría terminar una evocación de Napoleón sin citar una de sus frases. He aquí, para mí, la más bella, la que lo resume perfectamente:
« No hay más enemigos tras la victoria, sino solamente hombres. »

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