Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..

CAMPAÑA DE PRUSIA, 1806
LA GUERRA QUE NAPOLEÓN NO QUISO

POR JEAN-CLAUDE DAMAMME
CONSULTOR HISTÓRICO DEL INSTITUTO NAPOLEÓNICO MÉXICO-FRANCIA
   
El Sr. Jean-Claude Damamme
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
La batalla de Iena, por Horace Vernet, 1836 (detalle).

«Esta guerra no era más que la lucha del principio de legitimidad de los estados europeos contra el heredero de la Revolución»
(Leopold von Ranke, historiador alemán)

En la noche del 2 de diciembre de 1805, cuando los cañones se callaron en el campo de batalla de Austerlitz, Rusia y Austria acababan de sufrir una derrota lancinante, y Napoleón de llevarse una victoria ejemplar, que conmemoraba, de manera a la vez trágica y magnífica, el primer aniversario del joven Imperio francés.
Puesto que acabamos de emplear el vocablo «trágico», y porque la responsabilidad de cada guerra declarada a la Francia imperial por las monarquías absolutas de Europa es sistemáticamente imputada a Napoleón, recordemos, como lo hacemos frecuentemente en el sitio del Instituto Napoleónico México-Francia, que esta tercera Coalición fue, como las precedentes, y como lo serán las siguientes, montada por instigación de Inglaterra, cuidadosa, en aquel momento preciso, de disipar la amenaza que se había concretado, en las costas de la Mancha, por la presencia de ese ejército, llamado también «de las Costas del Océano», reunido ahí en la espera febril y gozosa de un embarque con destino a las playas de Inglaterra:
«Jamás trabajos más duros, escribió un joven oficial de marina y futuro almirante, Jean Grivel, fueron ejecutados con semejante alegría por esos soldados, cuya devoción a la Patria, al honor francés y al hombre que, para ellos, personificaba todas esas cosas, era puro y libre de codicia y de egoísmo.»
Para llevar a Austria (y a Rusia) a participar a su salvación, Inglaterra, como era su costumbre, no había escatimado en el empleo de la «caballería de San Jorge»: dos millones y medio de libras desembolsadas a mediados del año 1804 para incitar a Austria y a Rusia a declarar la guerra a Francia, y cinco millones más depositados a fines del mismo año por los negociantes de Londres para financiar la Coalición.
Una canasta a la cual Austria no había podido resistir: estaba casi en estado de bancarrota, como lo indica este extracto de una carta enviada al Emperador, el 11 de octubre de 1805, por su ministro de Relaciones exteriores, Talleyrand:
«Señor,
«Tengo el honor de dirigir a S.M. dos cartas del Sr. de La Rochefoucauld
[embajador de Francia en Viena] de una fecha un poco antigua y que no contienen más que pocas noticias, pero de las cuales algunas tienen interés. En general, confirman aquellos de lo que nos habíamos enterado por cierto de los apuros y del desamparo de la corte de Viena. Ésta pide a sus pueblos ayudas gratuitas confesando que el tesoro no está en estado de pagar por sus productos…»

¡Qué importaba entonces que se hiciera matar, herir y mutilar algunos miles de hombres con tal de que Inglaterra respirase y que la corte de Viena recuperara su lustre!
Pero, si los dos protagonistas y atacantes austriacos y rusos habían sido vencidos, había un tercero, que, aunque perteneciente a la Coalición, se las había arreglado para salir sin daños.
Por una razón simple: no había aparecido en el campo de batalla. ¿Por qué?
Ese vencido –en espera de serlo– era Prusia.
Un regreso hacia atrás se impone aquí.

 

LOS « TAPUJOS » DEL REY DE PRUSIA

Desde el tratado de Potsdam firmado el 3 de noviembre de 1805, Prusia formaba oficialmente parte de la 3ª Coalición. No se había salvado del desastre más que por el plazo – un mes – que le había ido acordado para poner a su ejército en pie de guerra. La noticia de la rendición de Ulm, llevada a Berlín por uno de los hermanos del emperador de Austria, no había influido poco en el poco ardor manifestado por el rey Federico Guillermo III.
Mantenido en la ignorancia completa de todos los tratos de la corte de Prusia, el embajador de Francia, el Sr. de Laforest, no podía instruir a Napoleón en cuanto a los eventos que se tramaban. Seamos justos: ¡tampoco su homólogo prusiano en París había sido informado del tratado de Potsdam!

Federico Guillermo III: éste rey débil y limitado reina, pero no gobierna, pues es su esposa, la hermosa reina Luisa, quien es la verdadera ama del país.
 
La reina Luisa de Prusia, enemiga mortal y declarada de Francia. Su odio hacia Napoleón era tal, que le enseñaba a... su perico... ¡a insultar al Emperador!

 

A pesar de esta «cortina de hierro» antes de tiempo, el Emperador había tenido noticia de esta alianza de Prusia con sus enemigos austriacos y rusos a través de una proclama hecha a su ejército por Francisco II de Austria, el día mismo de la entrada de Napoleón en Viena. Proclama en la cual el soberano declaraba:
«En estas circunstancias, no queda al Emperador de Austria más que conformarse con los recursos poderosos que halla en los corazones, en la prosperidad, en la fidelidad y la fuerza de sus pueblos, apoyarse en el poder aún intacto de sus grandes amigos y aliados, el emperador de Rusia y el rey de Prusia, y de perseverar en esta unión estrecha
No se podía ser más claro.
Y, mientras su Primer ministro Haugwitz trataba de «adormecer» a Napoleón con argumentos tranquilizantes y grandes protestas de fidelidad –«La convención del 3 de noviembre es una simple declaración que lleva el ofrecimiento de buenos oficios y de mediación…» Federico Guillermo se apresuraba a escribir al zar Alejandro que «el grueso de [sus] tropas va a concentrarse en Franconia», y eso con toda la celeridad posible «en espera del resultado de la negociación del conde de Haugwitz, que sin embargo no las paraliza en nada.»
La maña estaba tan perfectamente montada que el mismo Talleyrand, aunque gran maestro en el arte de la duplicidad, se había dejado atrapar:
«El hecho es, escribía a uno de sus amigos diplomáticos, que estoy contento del Sr. De Haugwitz. No hubo tratado en Potsdam el 3 de noviembre. Hubo un intercambio de declaraciones. La declaración de Prusia fue que ésta ofrecería sus buenos oficiosos, su mediación para establecer y garantizar la paz del Continente; he ahí todo.»

La negociación no estaba acabada cuando, el 2 de diciembre, Napoleón había infligido a los austro-rusos la corrección que sabemos.
Asimismo, cuando, tres días más tarde, le fue informado por el ministro francés de Relaciones exteriores, Talleyrand, que el vencedor deseaba entrevistarse con él, Haugwitz se esperaba a lo peor.
En efecto, habiéndose encontrado después de la batalla Napoleón – había dejado al zar escaparse sin buscar perseguirlo – y el emperador de Austria Francisco II, el prusiano ya no representaba nada. Ni para el emperador de Austria, ni para el de los franceses, que no podía ver más en él a un mediador, puesto que, por el hecho de la derrota austriaca, la supuesta «convención de buenos oficios» firmada en Potsdam, ya no podía servir de sostén a aquel prusiano, venido con el único fin de engañar a Napoleón.
Éste último dejara estallar su justa cólera ante tanta trapacería:
«Señor conde, os he acogido en Brünn con los miramientos debidos al ministro de un gran soberano que otrora me había hecho creer que podía contar con su amistad. Pero hoy, conozco el tratado que habéis concluido con los enemigos de Francia; sé que, según vuestras convenciones con ellos, vuestros ochenta mil hombres debían caerme encima si rechazase las condiciones que estáis encargado de dictarme; sé también que no os bastó declararos mi enemigo, pero que, en vuestro encarnizamiento contra Francia, ibais a arrastrar con vosotros a los Estados que están bajo vuestra dependencia y a Europa entera si pudieseis lograrlo…»
Haugwitz tratará en múltiples ocasiones de engañar a Napoleón mientras que Prusia se entendía con Rusia para engañar a Francia.

Napoleón pudo haber lanzado inmediatamente a su ejército - que acababa de vencer rápido y bien, y cuyas pérdidas habían sido pobres contra los 80 000 prusianos. Hubiera estado en la línea recta de la imagen de bruto guerrero que sus incondicionales e (¡hay!) infatigables detractores dan de él.
¿Qué pasó entonces?
Lejos de echarse en una nueva campaña, que no habría tenido otro resultado que el que veremos pronto, Napoleón pidió a Duroc, su Gran Mariscal del Palacio, ir a buscar a Haugwitz y conducirlo al palacio de Schönbrunn donde el prusiano, bien sorprendido, encontró a un Napoleón de humor jovial, que le dijo:
«Todavía esta mañana, creía que la guerra con Prusia era inevitable, y ahora, si lo queréis, si podéis firmar conmigo el tratado que os propondré, tendréis lo que, a fin de cuentas, debe interesaros prodigiosamente, y yo tendré una garantía de la amistad [!] del rey, y la unión entre Francia y Prusia será establecida para siempre.»
Y ante Haugwitz atónito, Napoleón había dictado a Duroc los términos del tratado que proponía a Prusia.
¿Qué podía hacer el prusiano?
Vencidos los aliados austriaco y ruso, ¿era prudente exponer, por una negativa, a su país a una guerra cuyo resultado no dejaba lugar a dudas?
Pero, por otro lado, ¿era oportuno aceptar firmar un tratado cuando toda Prusia clamaba la guerra?
Prudencia obliga, Haugwitz, el 16 de diciembre (1805) había firmado el tratado propuesto por Napoleón, estando a cargo de Federico Guillermo III el ratificarlo o no. Él, Haugwitz, había ganado tiempo. No mucho tampoco, pues el Emperador, cuidadoso de no mostrarse inocente ante este adversario cuya marrullería acababa de descubrir, había acordado un plazo de tres semanas.

 

REACCIÓN IRRITADA DE LA CORTE DE PRUSIA
 
Los continuos esfuerzos desplegados por el Emperador Napoleón para evitar la guerra que habría de llevar al aplastamiento de Prusia, no son, como de costumbre, nunca mencionados.

El 25 de diciembre, Haugwitz arribó a Berlín, con, a manera de regalo de Navidad, este gesto de (bien) buena voluntad del Emperador de los franceses, acompañado de una carta personal de Napoleón para Federico Guillermo. Hela aquí, reproducida en la lengua en uso en aquel tiempo entre soberanos y de la que conviene hacer abstracción:
«Señor mi hermano, he visto al Sr. conde de Haugwitz; ha charlado largamente con él de mis sentimientos, de mis proyectos y de mis vistas. Él vio en mi alma, la vio al desnudo. Era una situación tan nueva para mi corazón haber tenido de qué quejarse de Vuestra Majestad, que él no pudo cubrirse con ningún artificio. Deseo mucho que el Sr. Conde de Haugwitz no esconda nada a Vuestra Majestad de todo lo que le he dicho; y, si Ella tiene algo de qué quejarse, me precio de que Ella verá que si Ella hubiese sido para mí un simple personaje de política, mi corazón no se hubiera visto así tan sensiblemente afectado. El Sr. Conde de Haugwitz es portador de un tratado en el que Vuestra Majestad juzgará que nada ha podido hacerme olvidar seis años de amistad y sobre todo la prueba de interés que Ella me dio del interés que tenía para conmigo, habiendo sido la primera en reconocer a mi dinastía. No dependerá más que de Vuestra Majestad que yo sea constantemente el mismo para con Ella. Si Ella desea, por el pensamiento, colocarse exactamente en mi posición y apreciar en esta circunstancia lo que he hecho por Ella, se convencerá de toda la verdad de mis sentimientos. Uno de los mayores beneficios que quiero deber a los éxitos que he obtenido, es el reconocer que me han puesto más allá de los prejuicios ordinarios y en caso de no consultar más que a mi corazón y a esta amistad que le he profesado desde hace largo tiempo. Me ha sido bien doloroso pensar un instante que nuestros enemigos comunes me la habían hecho perder; pero siento hoy que, cualquiera que sea la situación en que la política coloque desde ahora nuestras coronas, no me pertenece más librarme a un sentimiento que me ha constantemente guiado en tantas circunstancias importantes.»

 

EL TRATADO REVISADO Y CORREGIDO POR LOS PRUSIANOS

Como era de esperarse, y a pesar de las frases de paz escritas por Napoleón, la recepción que el entorno de Federico Guillermo III reservó a este esbozo de tratado dicho de Schönbrunn fue de las más frescas.
Echemos un vistazo a este tratado para tratar de discernir lo que, en sus propuestas, podía provocar la ira de los prusianos.
Si el tratado era ratificado, Prusia cedería Baviera al país de Anspach, y a Francia Clèves y Neuchâtel; como compensación, Baviera entregaría a Prusia un territorio de veinte mil habitantes para redondear el Margraviato de Bayreuth, y Francia daría a Prusia el muy codiciado Hannover – esa posesión de la corona inglesa había sido conquistada por el futuro mariscal Mortier como represalia de la ruptura, por parte de Inglaterra, del tratado de paz de Amiens.
Hablemos en cifras: en esta eventualidad, Prusia perdería, es verdad, una treintena de miles de habitantes, pero recuperaría un poco más de novecientos mil por la obtención de Hannover, y se elevaría, por lo demás, al rango de potencia marítima convirtiéndose en ama de la mar del Norte, puesto que la región se extendería del centro de Alemania hasta el mar del Norte, y de los Países Bajos al oeste hasta Sajonia al este.
Cuando el vencedor de Austerlitz hubiera estado en su derecho de portar sus armas contra ella, Prusia, la hipócrita vencida virtual de la tercera Coalición, habría podido estimarse feliz de zafarse en tan buenos términos. En demasiado buenos términos. No fue así, y, reunidos en torno a su soberano, los ministros de Federico Guillermo III emprendieron aportar «enmiendas» de su manera al proyecto de tratado concebido por Napoleón.
Dos artículos adicionales merecen ser subrayados:
- Por el ARTÍCULO 2, consciente de que «la adquisición del Electorado de Hannover era para el reposo y la seguridad de la monarquía prusiana de un precio que el rey siente cada día mejor.» Federico Guillermo «acepta como consecuencia la cesión que Su Majestad el Emperador [Napoleón] cuenta hacerle. Entretanto, el Rey tomará posesión del Electorado y responderá a Francia por la tranquilidad del norte de Alemania.»
- En cuanto al ARTÍCULO 3, estipula que «en cuanto la posesión de Hanover se haya convertido en propiedad por las disposiciones de la paz entre Francia e Inglaterra, el Rey cederá al instante a Baviera, a un príncipe del Santo Imperio designado por Su Majestad el Emperador Napoleón y a la misma Francia, los tres objetos estipulados en las actas III, IV y V de la convención.»

En otros términos, el rey de Prusia se otorgaba Hanover, se instalaba, y sacaba de él las ganancias subsecuentes, pero sin retroceder nada antes de que la paz, aún bien hipotética, se hubiera tornado efectiva entre Francia e Inglaterra.
Y es en posesión de este documento sorprendente como Haugwitz se había vuelto a poner en marcha hacia París.
En Berlín, en donde era bien sabida la devoción respetuosa que Napoleón tenía por los manes del Gran Federico, nadie dudaba: «el Usurpador» se dejaría engañar sin siquiera cuidarse.
No obstante fino, el mismo Haugwitz lo creía firmemente cuando llegó a París el 1º de febrero de 1806 para someter a Napoleón el tratado revisado y corregido.
De hecho, en la capital prusiana, les tenía sin cuidado que Napoleón aceptase o no la pasmosa proposición prusiana, pues el entorno directo del rey, la reina Luisa la primera, pregonaba una suerte de guerra santa, y fortificados por el pacto místico de Potsdam – en una puesta en escena rocambolesca imaginada por la reina, iniciadora de la «ceremonia», el rey y el zar habían jurado ante la tumba del difunto Gran Federico proseguir la lucha contra «el heredero de la Revolución» los prusianos soñaban de venir a las manos con la Francia impía.

El desastre que va a marcar, para Prusia, el fin de este año 1806 y reducirla a nada por algunos años, es tan ejemplar, tan trágico –y al mismo tiempo tan merecido– que conviene detenerse un instante en los que cargan con la responsabilidad.

Imagen popular del juramento entre el rey de Prusia y el zar de Rusia frente a la tumba del Gran Federico.
 
UN BOTAFUEGO LLAMADO LUISA DE PRUSIA

En primer lugar, miremos, o más precisamente, admiremos a la reina Luisa, pues, más que su esposo, es ella quien reina sobre Prusia.
Nacida Luisa de Mecklembourg-Strelitz, esta joven mujer –en 1806, tiene treinta años de edad– reina también sobre los corazones, pues su belleza es proverbial.
«Hay que haber visto, escribió la Sra. Vigée-Lebrun, retratista titulada de María Antonieta, a la reina de Prusia para comprender cómo, a su primer aspecto, quedé primero como encantada.»
El mismísimo gran Goethe escribió todavía más hermosamente que un día la reina pasó ante sus ojos cuan «aparición celeste cuya impresión no se extinguirá jamás.»
Bien evidentemente, la situación era la misma para el rey, enteramente bajo la férula de su encantadora mujer, este Federico Guillermo III (treinta y seis años en 1806), juzgado así por Napoleón:
«Ningún sastre sabía más que el rey Federico Guillermo acerca de cuánto era necesario de tela para hacer un vestido. Si el ejército francés hubiera sido comandado por un sastre, el rey de Prusia habría ciertamente ganado la batalla como consecuencia de su saber superior en esta materia.»
De manera menos gráfica y más cruel, en 1807 en Tilsit, dirá del mismo:
«Es un hombre totalmente limitado, sin carácter, sin medios [intelectuales], un verdadero pánfilo, un palurdo, un aburrido.»
La ausencia de carácter del soberano prusiano pronto se revelaría trágica.
Como todos los soberanos de aquel tiempo, la reina Luisa de Prusia odiaba aquella Francia nueva encarnada por «Buonaparte», y como el verdadero rey era de hecho la reina, la «demisión» de Federico Guillermo le dejaba el campo libre para pregonar su cruzada anti-francesa.
Para agravar las cosas, el entorno de la soberana estaba constituido por una jauría de jóvenes oficiales turbulentos y arrogantes, quienes, cada día, bajo la impulsión dada por la reina, se persuadían de que, ellos, los herederos del Gran Federico, vencedor de los franceses en Rossbach, el 5 de noviembre de 1757 durante la guerra de Siete Años, harían, con que se les proporcionara la ocasión, un bocado de los miserables franceses, que no eran los herederos más que de la morralla revolucionaria.
A su cabeza, el sobrino en línea directa del Gran Federico, el príncipe Luis Fernando de Prusia, treinta y cuatro años, personaje controvertido, valiente hasta la temeridad – o la estupidez – esgrimidor y juerguista reputado.
Aureolados por la protección de la hermosa reina, esos jóvenes se pusieron a calentar la opinión pública prusiana contra Francia, y, peor aún, lograron arrastrar a los grandes jefes del ejército prusiano, honores que, por consideración a su rango, debieron haberse mantenido al margen de semejante mascarada.

 

SOBREPUJA EN LAS INVECTIVAS
 
« ... Unos garrotes bastarían para echar a esos perros franceses. »
Mientras Napoleón se esforzaba por todos los medios en su poder por preservar la paz en Berlín, se multiplicaban las provocaciones. En esta imágen, vemos a los alumnos oficiales prusianos quienes, bajo la influencia del príncipe Luis Fernando, provocan al embajador de Francia en Berlín, el Sr. de Laforest, afilando sus sables en los escalones de la embajada de Francia. Dibujo del Barón Felician Myrbach-Rheinfeld (1853-1940).

Cada cual cargó las tintas.
El príncipe de Hohenlohe afirmaba que él, que había vencido a los franceses en más de «sesenta asuntos» se comprometía a vencer a Napoleón con que se le dejaran los «brazos libres» cuando estuviera «enfrentándose a él.»
Hay que precisar que, para este personaje, como para, prácticamente, todos los oficiales prusianos así fueran de los más pequeños grados, el Emperador «no era digno de ser cabo en el ejército prusiano».

¿Qué decir de los mariscales y generales, si no que «zapateros remendones improvisados generales por la Revolución», no tenían ninguna oportunidad frente a los oficiales prusianos que «han aprendido la guerra desde su juventud»?
«En tres meses, y con fuerzas de dos tercios de las suyas, echaríamos a fuetazos a esos tíos más allá del Rin; lo apuesto por mi salvación», peroraba otro.
Mencionemos igualmente, aunque sea bien conocida, la anécdota de los alumnos oficiales que iban, en un gesto de pura provocación, a afilar sus sables en los escalones de la residencia del embajador de Francia, el Sr. de Laforest. Viéndolos a la obra, se señala que su coronel habría dicho:
«Lamento que nuestros bravos prusianos empleen sables y fusiles; unos garrotes bastarían para echar a esos perros franceses.»
Por poco, hubiesen tenido piedad, si el desprecio no hubiera prevalecido.
Una frase de Blücher, pues este personaje odioso y vindicativo regresa frecuentemente en la historia del Primer Imperio, en especial en ocasión de las derrotas repetidas que le infligió Napoleón –la última (¡hay!) en Ligny, dos días antes de Waterloo– y que no hicieron sino reforzar su odio de Francia y de su jefe. La ambición de Blücher: preparar la «tumba de todos los franceses que se encontraban a lo largo del Rin».
Estos argumentos, en sí ya odiosos, revelaban por lo demás una vanidad y una estupidez sorprendentes, pues quienes los formulaban parecían olvidar que esos «zapateros remendones» y su «cabo» acababan, el 2 de diciembre del año precedente, de triunfar de bella manera ante los dos ejércitos ruso y austriaco.
El príncipe Luis Fernando de Prusia

Cuando Haugwitz llegó a París con el proyecto de tratado de Napoleón revisado por los prusianos, ignoraba que el embajador francés ya había transmitido una copia de él.
Resultado: una nota seca del Emperador transmitida por Talleyrand:
«El ministro de las relaciones exteriores ha recibido la orden expresa de Su Majestad el Emperador de dar a conocer al Sr. de Haugwitz, en la primera entrevista, que por defecto de ratificación en los tiempos previstos, Su Majestad no podría ver el tratado concluido en Viena como existente; que Su Majestad no reconocerá a ninguna potencia y menos a Prusia que a ninguna otra, porque la experiencia ha probado que había que hablar claramente y sin rodeos, el derecho de modificar los diferentes artículos de un tratado; que el tener dos textos de un mismo tratado no es intercambiar ratificaciones y que la irregularidad parece todavía más grande si se consideran las tres o cuatro páginas del informe añadidas a las ratificaciones de Prusia…»

NAPOLEÓN AJENO A TODA IDEA DE GUERRA CON PRUSIA

Cuando, el 9 de febrero, concedió finalmente una audiencia a Haugwitz, Napoleón, entre otras cosas, le significó que, para que los dos países quedasen en buenos términos, lo mejor era regresar a la situación tal como estaba antes de la campaña de 1805 – lo cual, evidentemente, implicaba que se mantuviera la ocupación de Hannover por las tropas francesas.
Finalmente, acorralado, temiendo que, ante estas tergiversaciones, Napoleón endureciera, cada día que pasara, los términos de lo que había sido el tratado de Schönbrunn, y rechazara mañana lo que había acordado la víspera, Haugwitz, con todo su pesar, firmó, el 15 de febrero, el tratado. Fue ratificado por Federico Guillermo el 26 del mismo mes.
En Berlín, cuando se conoció la noticia, una ola de odio sacudió al partido de la guerra, y, a partir de entonces, el incendio se propagó en las casernas de todo el país.
Aún cuando era el primer concernido, uno solo permanecía imperturbablemente sereno en medio de toda esta efervescencia: el mismo Napoleón, pues no albergaba ninguna animosidad particular contra Prusia.
Así, en el momento en que había iniciado el proceso de creación de la Confederación del Rin, concretada el 12 de julio precedente, había propuesto al rey de Prusia tomar la cabeza de un equivalente puesto bajo su autoridad: la Confederación del Norte. El argumento, frecuentemente utilizado, de que la creación de la Confederación del Rin haya sido el origen de la campaña de 1806 es peor que falso: deshonesto.

El Señor de Laforest, embajador de Francia en Berlín.
El embajador francés en Berlín había de hecho manifestado a su ministro de tutela, Talleyrand, la intensa satisfacción de la corte de Federico Guillermo III ante esta marca de confianza:
«El rey [de Prusia] declara pues hoy formalmente que brinda su adhesión entera a la Confederación del Rin, que tomará todas las medidas del partido que acoge y que acepta la proposición que le ha hecho el Emperador de asentir igualmente las disposiciones del mismo tipo que Prusia adoptará en el Norte [una Confederación idéntica constituida con los Estados pertenecientes al Santo Imperio romano germánico, que cesará de existir el 6 de agosto]. La modestia natural de Su Majestad prusiana hace que no esté aún bien seguro si aprovechará la ocasión de hacer integrarse la corona imperial en la casa de Brandenburgo. Su Gabinete no puede más que aconsejárselo y comprender su utilidad para el destino de Prusia… El Rey no solo se ve a sí mismo como el aliado de Francia sino como el aliado del soberano del Imperio francés, y es de esta manera como contribuye con un fervor amistoso a todo lo que consolida la dinastía imperial
Tales eran, contados por Laforest, los sentimientos supuestos de Prusia hacia Napoleón. Pero los argumentos de Federico Guillermo III tomarán toda su dimensión cuando se sepa que emanan del mismo personaje que, tan sólo un mes antes, – el 12 de julio – había firmado la paz con el zar Alejandro, otro tratado que no tenía otro fin que el aniquilamiento de la Francia imperial. Recordemos el artículo VII, que no puede ser más claro:

«Nos ocuparemos primero de los medios necesarios para poner nuestro ejército en una condición formidable, y de un plan de operaciones detalladas, pero eventual, para ser ejecutado tan pronto como el caso de actuar viniera a presentarse, ya sea para la defensa común, ya sea para sostener las garantías de las que nos encargamos por el artículo III.»
Un artículo III que nos revela que el zar y el rey de Prusia harán todo para «concurrir a los arreglos por medio de los cuales, cuando la paz general, se podrá por fin lograr arreglar y garantizar un estado de las cosas estable y permanente en Europa.»
Así pues, sobre la base de las informaciones transmitidas por su embajador, Napoleón era extranjero a toda idea de guerra. Tenemos por cierto registros escritos de sus disposiciones pacíficas.
El 17 de agosto de 1806 – en menos de dos meses, Prusia habrá declarado la guerra y habrá sido magistralmente aplastada – , he aquí lo que escribía al mariscal Berthier, jefe de estado mayor general de la Gran Armada, a propósito de las tropas que quedaron en ocupación a lo largo del Rin después de la victoria de Austerlitz:
«Hay que pensar seriamente en el regreso de la Gran Armada puesto que me parece que todas las dudas sobre Alemania se han despejado…
«Podéis anunciar que el ejército va a ponerse en marcha; que todo el mundo esté listo para volver a Francia.
»

Es difícil imaginar a un Napoleón listo para saltarle a la garganta a Federico Guillermo III – es decir a volver a irse a la guerra – y, al mismo tiempo anunciando, a sus tropas, que toma las medidas para su regreso a la Patria, la más bella de las recompensas para todo soldado.
En el mismo orden de ideas, por medio del Exposé de la situación de l’Empire (Exposición de la situación del Imperio) el Cuerpo legislativo había podido, desde el 5 de marzo, tener conocimiento oficialmente, no solo del anuncio del próximo regreso de la Gran Armada a su hogar, sino también de los proyectos del Emperador:
«Después de lo que el gobierno ha hecho por la gloria y la prosperidad de Francia, el Emperador no contempla más que lo que queda por hacer y lo encuentra bien por debajo de lo que ha hecho; pero no son conquistas lo que proyecta; ha agotado la gloria militar, no ambiciona esos laureles sangrientos que le han forzado a recoger: perfeccionar la administración, hacer de ella para su pueblo la fuente de una felicidad durable, de una prosperidad siempre creciente, tal es la gloria que ambiciona, tal es la recompensa que él se promete de una vida dedicada toda entera a las más nobles pero a las más difíciles funciones.»

Tan poco se esperaba Napoleón a una declaración de guerra de Prusia, que había dado la orden a las tropas de Alemania de volver a Francia.
Exactamente lo que, Primer Cónsul, él decía en 1802 –¡ya entonces!– a ese marqués de Lucchesini, embajador prusiano en París. En un despacho enviado a su soberano, Lucchesini le informaba que Bonaparte le había parecido decidido «a descartar cuidadosamente todo tema relativo a la guerra a fin de poder hacer que se dediquen al provecho de la agricultura, de la industria, del comercio, de las artes, los recursos pecuniarios que la guerra absorbe y extingue a la vez.»
El diplomático proseguía explicando que el Primer Cónsul le había hablado «con convicción de canales que perfeccionar y abrir, de caminos por trazar y reparar, de puertos que limpiar, de ciudades por embellecer, del culto y de los establecimientos piadosos que dotar, de instrucción y de educación públicas que pagar.»
En cuanto a las inquietudes de su embajador en Berlín, el señor de Laforest, Napoleón no podía pues sino juzgarlas infundadas, como lo prueba este extracto de una carta enviada a Talleyrand:
«La carta del Sr. de Laforest del 12 de agosto me parece una locura. Es un exceso de miedo que inspira piedad. Hay que permanecer tranquilos hasta que sepamos positivamente qué esperar.»

¿En donde está ese Napoleón camorrista descrito hasta la náusea por una multitud de historiadores, en especial ingleses y, casi igual de numerosos, e igualmente nocivos… franceses; ese Napoleón listo para hacer marchar a sus ejércitos contra el primero que se hubiese atrevido a incluso aparentar no querer doblegarse a sus cuatro voluntades?
Un evento –inglés– vino a perturbar este simulacro de relaciones armoniosas. Un evento feliz sin embargo: la muerte, el 23 de enero de 1806, del Primer ministro inglés, William Pitt, víctima de un poco glorioso ataque… de gota.

 

LA ESPERANZA DEFRAUDADA DE NAPOLEÓN
 
Esta caricatura francesa cruel pero bien fundada ilustra a su manera la muerte en 1806 del Primer ministro inglés William Pitt, llamado «el Segundo» algunas semanas después del anuncio de la derrota de los austriacos y de los rusos en Austerlitz a quienes había subvencionado para que declarasen la guerra a Napoleón.
Es él quien fue, junto con sus predecesores y sus sucesores, ese «carnicero de Europa», para retomar la expresión abyecta empleada recientemente por una agencia de prensa extranjera hacia el Emperador Napoleón.

Su sucesor, Lord Grenville, había nombrado en los Asuntos extranjeros a un hombre de cincuenta y siete años, al que Napoleón, entonces Bonaparte, había conocido poco después de la firma, el 25 de marzo de 1802, de la paz de Amiens.
El nuevo ministro inglés y el Primer Cónsul se habían encontrado varias veces, y habiendo aprendido a conocerse, habían desarrollado una estima recíproca.

EPITAFIO DE WILLIAM PITT POR NAPOLEÓN

«El Sr. Pitt ha sido el amo de toda la política europea; ha tenido en sus manos la suerte moral de los pueblos; hizo un mal uso de ella; incendió el universo y se inscribirá en la Historia a la manera de Erostrato [Habitante de Efeso, quien, para inmortalizar su nombre, prendió fuego al templo de Artemisa, una de las Siete Maravillas del mundo.] entre flamas, lamentos y lágrimas…
«Primeramente, las chispas iniciales de nuestra Revolución, luego todas las resistencias al deseo nacional, en fin todos los crímenes horribles que fueron la consecuencia de ello son obra suya. Esa conflagración universal de veinticinco años; esas numerosas coaliciones que la mantuvieron; el trastorno, la devastación de Europa; los mares de sangre de los pueblos que de ella fueron el resultado; la deuda espantosa de Inglaterra que pagó todas esas cosas; el sistema pestilencial de los préstamos, bajo el cual los pueblos permanecen curvados; el malestar universal de hoy, todo eso es de su obra. La posteridad lo reconocerá; ella lo señalará como un verdadero azote: ese hombre tan elogiado en su tiempo, no será un día más que el genio del mal…
William Pitt «el Joven»
El verdadero carnicero de Europa
Pero lo que la posteridad reprochará sobre todo al Sr. Pitt, será la horrible escuela que ha dejado tras de él; el maquiavelismo insolente de ésta, su inmoralidad profunda, su frío egoísmo, su desprecio por la suerte de los hombres o de la justicia de las cosas.»
Embusteramente indoctrinada por los esmeros vigilantes de los ingleses y de sus deudores, los realistas franceses, la posteridad, desgraciadamente, se ha equivocado de culpable. Peor: persiste en su error.

Ese hombre, Charles James Fox, era bien conocido por ser, en Inglaterra, el más talentoso y más virulento oponente a la política anti-francesa de Pitt. Para Napoleón, siempre en busca de esa paz que buscaba desesperadamente con Albión –su carta enviada el 2 de enero de 1805 al rey de Inglaterra Jorge III: «La paz es el deseo de mi corazón», podemos leer entre otras palabras de apertura, había quedado sin respuesta– la llegada al poder de este hombre de bien constituía el anuncio de un posible y durable relajación entre ambos países.
Pero en ese caso, se tornaba imposible ceder a Prusia, como había sido inicialmente contemplado y prometido, ese Hannover que ésta codiciaba, pero que era también la cuna de la familia reinante de Inglaterra.

El ministro inglés Charles James Fox

Por medio de una estratagema dudosa, demasiado larga para desarrollarla aquí, el enviado de Berlín ante Napoleón, el marqués de Lucchesini, prusiano de origen italiano (Lucca), tuvo conocimiento de este viraje de la política del Emperador. Pero, en vez de pedir una audiencia para obtener aclaraciones sobre las compensaciones –que habían sido previstas por Napoleón comunicó sin esperar la noticia a Berlín. El frenesí anti-francés se convirtió entonces en una histeria colectiva.

Para concretar el cambio que podía instaurarse en las relaciones entre los dos países, enemigos hereditarios, Fox dirigió a su homólogo francés, Talleyrand, una carta informándole que había recibido a un individuo de nacionalidad francesa que quería revelarle «cosas que le agradarían». He aquí, descritas por el mismísimo Fox, las «cosas» en cuestión:
«Conversé con él solo en mi gabinete donde, después de algunos discursos poco importantes, ese bribón tuvo la osadía de decirme que, para tranquilizar a las Coronas, hacía falta hacer morir al jefe de los franceses, y que, con este objeto, se había rentado una casa en Passy desde donde se podía, con toda seguridad y sin riesgo, ejecutar ese proyecto detestable…»

Se podrá evaluar el camino recorrido al saber que una carta proveniente de Londres, fechada el 23 de diciembre de 1805, e incautada por la policía francesa, mencionaba la necesidad de un «asesinato deseable». El de Napoleón, por supuesto.

A petición del Emperador, Talleyrand agradeció a Fox en estos términos:

«Señor, puse la carta de Vuestra Excelencia ante los ojos de Su Majestad. Su primer comentario, después de haber acabado su lectura, fue: “reconozco aquí los principios de honor y de virtud que siempre han animado al Sr. Fox. Agradecedle de mi parte, y decidle que, ya sea que la política de su soberano nos haga permanecer aún por largo tiempo en guerra, ya sea que una querella tan inútil para la humanidad tenga un término tan cercano como ambas naciones deben desearlo, me regocijo del nuevo carácter que, por medio de este trámite, la guerra ya ha tomado, y que es el presagio de lo que se puede esperar de un Gabinete cuyos principios me plazco en apreciar en virtud de los del Sr. Fox, uno de los hombres mejor hechos para sentir en toda cosa lo que es bello, lo que es verdaderamente grande”. No me permitiré, señor, añadir nada a las propias expresiones de Su Majestad Imperial. Firmado: Talleyrand».

A este correo, estaba adjunto un documento destinado a mostrar a Fox que Napoleón estaba siempre listo para entablar negociaciones de paz con Londres.
Ante tal perspectiva –la paz con Inglaterra, era la paz con Europa– Napoleón no oía, o no quería oír, el ruido de botas y espuelas que los matamoros de Berlín hacían resonar de lo lindo.
Ya no le quedaba al Emperador más que esperar a que el viento que soplaba de Inglaterra le aportase la buena nueva: la afirmativa del gabinete de Saint-James para la apertura de negociaciones de paz.
Una noticia le llegó efectivamente, pero fue una triste noticia: la muerte, acaecida el 13 de septiembre, del respetable Charles Fox.
Sobre ese peñasco maldito de Santa Helena a donde los ingleses lo habían deportado, el Emperador dirá, pero lo pensó ciertamente en el instante en que el anuncio de ese fallecimiento le llegó:
«La muerte del Sr. Fox es una de las fatalidades de mi carrera. Si hubiese seguido viviendo, los asuntos hubieran tomado un giro muy diferente; la causa de los pueblos hubiera prevalecido, y hubiésemos fijado un nuevo orden de las cosas en Europa.»

Con Fox, era la paz, esa paz tan deseada por Napoleón, la que bajaba a la tumba.
En Londres, donde los viejos demonios volvieron a predominar, se pusieron a hacer funcionar febrilmente la «plancha de billetes».
Napoleón, entonces, no pudo hacer otra cosa que escuchar las vociferaciones venidas de Berlín, en donde se habían preparado los garrotes para «echar a esos perros franceses».
Los prusianos, henchidos de orgullo y ebrios por su jactancia – una relación de la policía menciona: «En el ejército, se patalea de impaciencia, y Dios sabe lo que pasaría si no nos batiésemos» se dirigían sin saberlo hacia un espectacular suicidio colectivo.
El primer acto de la tragedia se presentó en forma de un ultimátum enviado a Napoleón por Federico Guillermo III que exigía que «las tropas francesas vuelvan a pasar el Rin, todas sin excepciones, comenzando su marcha el día fijado por el Rey [!!] y prosiguiéndola sin detenerse; pues su retirada al instante, completa, es, en el punto en que están las cosas, la única garantía de seguridad que el Rey pueda admitir.»
Lo que Federico Guillermo III, ese rey que nadie había amenazado, pero que exigía una garantía de seguridad, ignoraba, es que se acercaba el momento en que iba a ver realizarse –con algunas semanas de retraso– una predicción de Mirabeau:
«Si el rey de Prusia se lanza al partido de los ingleses, en quince años será el marqués de Brandenburgo.»

 

NAPOLEÓN JUEGA SUS ÚLTIMAS CARTAS DE PAZ

El Emperador quiso sondear una última vez las intenciones de Londres.
Basta tener conocimiento de las concesiones que propuso para apreciar su buena voluntad y su deseo de poner un punto final a este estado de guerra larvado con el gabinete
de Londres: restitución de Hannover a Inglaterra, con compensaciones acordadas a Prusia, la isla de Malta reconocida propiedad inglesa (aun cuando le había sido dada a Francia por el tratado de Amiens), abandono, en provecho de Londres, de las factorías francesas de Pondichéry, Chandernagor y Mahé, y de una de las pequeñas Antillas, Tobago, que, después de haberle sido arrebatada a Francia en 1795, le había sido devuelta en 1802 por ese mismo tratado de Amiens.
Al hacer esto, el Emperador se jugaba prácticamente sus últimas cartas de paz, pero le era absolutamente preciso saber a qué atenerse antes de volcar su atención hacia Prusia.
En cuanto a Federico Guillermo, seguro de salirse con la suya, se volteó hacia su proveedor de fondos habitual: Inglaterra.
He aquí por cierto con qué convencer a los escépticos – y Dios sabe que son numerosos cuando uno ambiciona, por respeto a su memoria, demostrar la verdad, siempre disimulada porque molesta para aquellos quienes lo ultrajan desde su caída, de que Napoleón fue verdaderamente un hombre de paz. Se trata de una carta enviada, el 6 de septiembre de 1806, por el rey de Prusia al zar Alejandro:

«He seguido vuestros consejos. Por ello es que he terminado mis diferendos con Suecia. Discusiones de detalle en este momento serían la muerte de la unión. Lo esencial es actuar, y, para ponerme en estado de poderlo con vigor, es preciso ante todo que Inglaterra me proporcione medios prontos, suficientes, a reserva de contar más rigurosamente juntos cuando los éxitos nos dejen tiempo para ello. Vuestro ministro podría prestarme servicios esenciales persuadiendo al gabinete de Londres de que es éste el único medio de obtener todavía éxitos contra el perturbador del reposo del universo.»

Por el momento, el «perturbador» se esforzaba por todos los medios, y esto en detrimento incluso de su dignidad y de la del país que gobernaba, de preservar la paz.
Como respuesta a las (demasiado) generosas concesiones francesas, el plenipotenciario inglés, Lord Lauderdale, no dio más indicación que pedir sus pasaportes – lo cual era la señal de una ruptura definitiva.
El zar, por su lado, acababa de romper, el 15 de agosto, el tratado que su enviado, el consejero de Estado d’Oubril, había firmado con Napoleón el 20 de julio –recordemos que, ocho días antes, el mismo Alejandro había firmado con Prusia un tratado de alianza ofensiva contra Francia–, bajo el pretexto que «esa convención era enteramente opuesta a las órdenes y a las instrucciones de que ese plenipotenciario había sido provisto.»
Pretexto perfectamente falaz que dice mucho sobre la villanía de Alejandro, pues, poco antes de la llegada a París del enviado de San Petersburgo, el gran canciller de Rusia había escrito a Talleyrand:
«Me queda rogaros dar crédito a todo lo que el Sr. Consejero de Estado d’Oubril os dirá en nombre de Su Majestad Imperial.»
Una Majestad imperial que había, por lo demás, dado plenos poderes a su diplomático para «entrar en charlas con aquel o aquellos que estén suficientemente autorizados por parte del gobierno francés, concluir y firmar con ellos una acta o convención sobre bases propias para afirmar la paz que será restablecida entre Rusia y Francia».
Hubiese sido difícil ser más explícito.

¿La situación? Hela aquí: un zar que rompe un compromiso solemne; un embajador inglés que demanda sus pasaportes después de haber encarecido sin cesar sus exigencias – siempre aceptadas; prusianos que se abalanzan sobre sus monturas.
¿Cómo hubiera podido Napoleón, sin poner gravemente en peligro al país del cual estaba a cargo, sustraerse a la obligación de prepararse al conflicto?

 

PUESTA EN MARCHA DE LA MÁQUINA IMPERIAL

Obligado, a pesar de él, a la guerra, el Emperador va entonces a desplegar los recursos de su prodigiosa inteligencia y de su igualmente prodigiosa energía, y el jefe de Estado demasiado conciliador deja su lugar al jefe de guerra, el único talento que se digna reconocérsele – aun cuando para un historiador napoleónico bien conocido «su concepción [la de Napoleón] de la guerra tenía más de póquer que de ajedrez [!!!] *».
La maniobra magistral de Austerlitz ha demostrado toda la pertinencia de esta apreciación.

El Mariscal Louis Alexandre Berthier (1753 - 1815), Príncipe de Neuchâtel y de Wagram.

En el caso de esta campaña de 1806, Napoleón atacó tan poco a Prusia, y entraba tan poco en sus intenciones hacerlo, que le fue necesario primero saber todo para poder prever todo.

Así las preguntas se pusieron a prorrumpir en dirección de su indispensable «ordenador», el mariscal Berthier, jefe de estado mayor general de la Gran Armada.
Preguntas acerca de los ríos, los puentes, los caminos «Haréis buscar los mejores mapas que pueden hallarse en Munich y en Dresden. Enviaréis oficiales inteligentes a Dresden y a Berlín. Se detendrán por doquier en el camino para desayunar, cenar, dormir, no caminarán de noche y estudiarán bien el local. Dadme también detalles sobre el Spree. No necesito decir que la mayor prudencia es precisa para obtener estas informaciones.»sobre los equipajes militares, sobre el servicio de ambulancias – le parece que «las carretillas de la compañía Breidt no son propias para este servicio. Cada regimiento debe tener su ambulancia.» sobre los herrajes necesarios a la caballería, y sobre los… hornos de pan que no tienen ningún secreto para él – «Un buen horno puede hacer cocer pan para tres mil hombres.». Tantos detalles que pueden parecernos irrisorios el día de hoy –pero, en aquella época, el problema, por ejemplo, de los herrajes para los caballos era tan primordial como lo es para un ejército moderno su avituallamiento en carburante– y de los que uno podría sorprenderse con toda razón de que Napoleón se preocupara en persona.

Pero, decía en 1800, «en la guerra, nada se obtiene sino por el cálculo, todo lo que no es profundamente meditado en los detalles no produce ningún resultado.»
Los prusianos no iban a tardar en verificar a sus expensas la justeza de este pensamiento.

A esos «detalles», se aunaba la preparación de los movimientos de los ejércitos, preparación tanto más compleja cuanto que éstos no estaban acantonados en un mismo lugar. Algunos se encontraban ya en Alemania, mientras otros estaban en Maastricht, Gante, Tournai, otros aún en Moulins, Saint-Quentin, Boloña, Saint-Brieuc, Grenoble, y otros todavía en Italia: Turín, Alejandría…
Y todos, a pesar de las distancias, a pesar de su rapidez de marcha diferentes –infantes, jinetes, artilleros, zapadores y pontoneros no se desplazaban a la misma velocidad– deberán, en un instante dado, encontrarse en el lugar preciso que él habrá escogido. Por ello es que le hacía falta conocer el estado de los caminos, las distancias, los medios de franqueamiento, etc.

Quien sea, de buena fe se entiende, lo que esclarece los rangos, no puede permanecer insensible a esa inteligencia fuera de lo común –la expresión es débil– capaz de pasar, de lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande.

Napoleón trabajando en su despacho. Ningún detalle, por pequeño que fuera en apariencia, se le escapa.

*) El historiador francés Jean Tulard (NdT).

 

TRÁMITES DE LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD CON LA CORTE DE PRUSIA

No obstante, aún al preparar la guerra (que le era impuesta) para tener la paz (que él deseaba), Napoleón guardaba aún una esperanza –mientras– que franceses y prusianos se quedaran cada cual en casa.
Es con esta preocupación presente en la mente como hay que considerar los dos trámites, que podemos calificar de «la última oportunidad» (para los prusianos) que Napoleón efectuó con el rey Federico Guillermo III los días 7 y 12 de septiembre.
El primero se presenta en forma de una audiencia que acordó al embajador prusiano. Las palabras que Napoleón pronunció aquel día deben ser leídas y comprendidas por lo que son verdaderamente: las palabras de un hombre sinceramente –uno estaría tentado de escribir: furiosamente apegado a la paz:

«Si yo no tuviera una repugnancia extrema en hacerle la guerra a Prusia, después de Austerlitz, hubiese caído sobre ella como una bomba y hubiese podido hacerle mucho daño. Pero consideraba la muerte de un prusiano o de un francés, una guerra tan insensata, como un crimen político…»

Sin embargo, para mostrar bien que su deseo de conciliación no era de debilidad, había añadido:

«He ordenado al mariscal Berthier hacer retomar a mi armada de Alemania todas las posiciones de las que había comenzado a retirarse… Si soy forzado a emprender una guerra tan contraria a mis proyectos y a los intereses de los dos pueblos, es preciso que aproveche las ventajas de mis posiciones. He aquí lo que me obliga a acuciar las determinaciones de vuestra Corte para la cesación de sus armamentos…»

Igual de reveladora, y más aún probablemente, pues se trata en este caso de un diálogo de soberano a soberano, es su carta personal a Federico Guillermo III.
Segunda y última gestión para evitar el choque de dos naciones, esta carta debe ser leída con la más grande atención, pues, al no poder ya ir más lejos, Napoleón había, a su pesar, alcanzado el punto en el que no había vuelta atrás. Es, por lo demás, una carta llena de nobleza, en los términos y en los sentimientos, que hace aún más odiosas las bravuconerías y los insultos de la corte de Berlín y de los jefes prusianos para con él:

«… Si me veo obligado a tomar las armas para defenderme, será con el mayor pesar como las emplearé contra las tropas de Vuestra Majestad. Consideraré esta guerra como una guerra civil, por lo mucho que los intereses de nuestros Estados están ligados. Yo no quiero nada de Vuestra Majestad. Nada le he pedido. Tengo una tal opinión de su justicia que me remito a Ella para saber quien se equivoca en esta circunstancia, si Prusia o Francia. Todos los informes que le han dado son falsos. Yo soy amigo o enemigo francamente. Le tengo apego a Vuestra majestad más que por el corazón, le tengo apego por la razón. No obstante, acabo de hacer también disposiciones para prepararme contra sus tropas que amenazan con atacar a mi ejército de Alemania. Lo he hecho porque hubiere sido culpable hacia mi pueblo, si no me hubiese prevenido contra los preparativos formidables que Ella [Vuestra Majestad] hace, preparativos que están tan avanzados que las tropas de su capital se han marchado. Debo decirlo a Vuestra Majestad, jamás la guerra se deberá a mi iniciativa, porque, si así fuere, me consideraría como un criminal; así es como llamo a un soberano que hace una guerra de fantasía, que no está justificada por la política de sus Estados… Que Vuestra Majestad me responda que ha rescindido sus disposiciones, y yo rescindiré las mías.»

Pero, cuando hubo recibido el ultimátum mencionado más arriba, Napoleón comprendió al fin que los dados, esta vez, estaban echados.

 

QUINCE MIL PALABRAS EN TRES DÍAS

En Berlín, el frenesí guerrero estaba en su apogeo.
Ciñendo un uniforme de dragón de comedia, la reina Luisa de Prusia pasaba frente a las tropas electrizando, por su presencia, a oficiales y soldados.
En revancha, en el castillo de Saint-Cloud en donde residía de manera casi permanente desde el mes de mayo, Napoleón trabajaba duro. Y con tanta más energía cuanto que le era necesario recuperar el tiempo que sus ofrecimientos de paz, y las respuestas que esperaba, le habían hecho perder.
La prodigiosa máquina intelectual se había puesto a la obra.
En menos de tres días, el Emperador no dictó menos de cuarenta y cinco órdenes, o sea, pues el cálculo ha sido hecho, ¡el equivalente de quince mil palabras! Y no cualquier tipo de palabras, puestas unas tras las otras, o salidas de un pensamiento confuso. No, palabras sopesadas, que tienen todas un significado preciso, pues cada una de ellas podrá, en algunos días, ser de graves consecuencias, benéficas o trágicas.
He aquí un ejemplo –elocuente– de la inconcebible minucia del hombre sobre el cual, ahora, reposan la organización de la campaña por venir y la suerte de decenas de miles de hombres, quienes no más que él, no deseaban entrar en campaña. Se trata de una de sus directivas relativas a la marcha de la Guardia Imperial. Estas pocas líneas dicen, sin que sea necesario comentar más, toda la amplitud de los conocimientos que el Emperador tenía de los detalles de su ejército (entre otros ámbitos), de los caminos que seguir, de los albergues, del número de vagones necesarios para el encaminamiento de las tropas. Lista no exhaustiva:

«EL 1ER REGIMIENTO DE GRANADEROS DE MI GUARDIA PARTIRÁ MAÑANA A LAS DIEZ DE LA MAÑANA, Y PERNOCTARÁ EN CLAYE. SE MARCHARÁ DE AHÍ EL DÍA SIGUIENTE, AL AMANECER. EL 2º DE GRANADEROS PARTIRÁ A LAS SEIS DE LA MAÑANA E IRÁ A PASAR LA NOCHE A MEAUX. LOS CAZADORES DORMIRÁN EN DAMMARTIN. AHÍ Y EN MEAUX, HABRÁ CIEN CARRETAS ATALAJADAS CADA UNA CON CUATRO COLLARES CAPACES DE PORTAR DIEZ HOMBRES. LAS DE MEAUX ESTARÁN LISTAS EN ESE LUGAR A LAS DIEZ DE LA MAÑANA; LAS DE DAMMARTIN A LAS OCHO DE LA MAÑANA. DOS COMISARIOS DE GUERRA PARTIRÁN MAÑANA EN LA MAÑANA ANTES DE LAS DOS PARA ARREGLAR CON EL SUBPREFECTO DE MEAUX LA REUNIÓN DE ESOS VEHÍCULOS. ENSEGUIDA, SEGUIRÁN CON LA PREPARACIÓN DE TODOS LOS ALBERGUES EN AMBAS RUTAS, UNA POR METZ PARA LOS GRANADEROS, LA OTRA POR LUXEMBURGO PARA LOS CAZADORES. LA PRIMERA TENDRÁ CATORCE ALBERGUES DE MEAUX A WORMS; LA SEGUNDA TRECE, DE DAMMARTIN A BINGEN… CADA CABALLO SERÁ PAGADO EN CINCO FRANCOS DIARIOS. LOS PROPIETARIOS DE LOS CABALLOS PROVEERÁN ELLOS MISMOS LOS FORRAJES. LOS VEHÍCULOS SERÁN PAGADOS POR EL MAYOR DE CADA REGIMIENTO, LOS RECIBOS SERÁN REMITIDAS AL SUBPREFECTO QUE OS LOS ENVIARÁ DE INMEDIATO… COMO EL TIEMPO ES MUY CORTO PARA LOS PRIMEROS ALBERGUES, HICE ENVIAR POR EL MARISCAL BESSIÈRES UN OFICIAL DE ESTADO MAYOR QUE HABRÁ VISTO AL SUBPREFECTO DE MEAUX ANTES DE LAS CUATRO DE LA MAÑANA, DE MANERA QUE CUANDO LOS COMISARIOS DE GUERRA LLEGUEN EL SUBPREFECTO YA HABRÁ TOMADO SUS DISPOSICIONES».

A LA « PESCA » DE TROPAS
 
La Gran Armada en movimiento

En ese momento, sus ejércitos están diseminados en un vasto tablero cuyas cuatro esquinas están materializadas por Amsterdam y Berlín arriba, Nápoles y Bayona abajo.
En los cuadros de este tablero, que llevan por nombre Utrecht, Montpellier, Le Havre, Stuttgart, Tolón, Baden, Grenoble, Munich, Génova, Karlsruhe…, va a ir a «recoger» batallones, escuadrones, a veces compañías, lo más frecuentemente regimientos o brigadas, incluso simplemente a un oficial o a un general, y va a diseminarlos –en apariencia sin disposición precisa– en los caminos –caminos sobre los cuales todo ha sido previsto y pensado en materia de posadas de etapas y de avituallamiento– que llevan a Wesel, Mayence, Frankfurt, Wurtzbourg y Bamberg. Bamberg, en Baviera, siendo el lugar que había elegido para la conjunción del ejército.
Al final, como una fórmula algebraica, esos elementos dispersos darán una ecuación compleja: la que rige la concentración, en un punto determinado por él, de la Gran Armada.
Aún cuando esto es (en principio) bien sabido, es conveniente recordar aquí que las hábiles combinaciones de Napoleón, que invocan al cálculo matemático, no son del ámbito del azar; son el fruto de las verdaderas «investigaciones» que hace llevar a cabo por sus colaboradores, y cuyas informaciones traduce en parámetros precisos.
¿Es posible concebir el «poder de cálculo», cómo decimos hoy a propósito de nuestras computadoras, que era precisa –con los medios de la época: papel, plumas de ganso, ayudas de campo y caballos para armonizar la marcha de todas esas armas: infantería, caballería, genio, artillería, desplazándose, como ha sido dicho más arriba, a velocidades diferentes, haciendo altos en etapas diferentes a horas diferentes, y durante duraciones variables, y que, como por milagro, se encontraban el día previsto en el lugar que les había sido designado?
Lo más portentoso, si un superlativo tiene alguna significación con un hombre semejante, es que, además de sus preparativos de una campaña, cuyo advenimiento había hecho todo por retrasar, con la esperanza, ahora vana, de conservar la paz –acordémonos de esa frase al embajador de Rusia en 1802: «Es con horror que hago la guerra», frase que, bien evidentemente, no se cita jamás , vigila lo que, a cualquier otro, le parecería bien vulgar: el calzado, los capotes, los bidones, las marmitas –«Si no hay bastantes, que se compren donde el habitante, pero sobre todo que no se cometan villanías, que se les pague exactamente.»–, las legumbres, la harina –«¿Se ha pensado que hacía falta madera para transformar esa harina en pan?» –; sin perjuicio de sus consejos de gobierno a su hermano José, rey de Nápoles y a su hijastro Eugenio, virrey de Italia.

En más largas cartas dirigidas a sus aliados, los reyes de Wurtemberg y de Baviera, y al Elector de Baden, para ilustrarlos acerca de las causas de esta guerra que le es impuesta, descubrimos, en medio de esta suma colosal de despachos políticos, diplomáticos, estratégicos y logísticos capitales, esta cosita, una decisión relativa a un viejo soldado de ciento dos años, llamado Vilcot, quien se ha encomendado a su benevolencia. Recibido en audiencia en Saint-Cloud el 20 de septiembre, este gran veterano se vio acordar «2 400 francos por una indemnidad de viaje y una pensión anual de 600 francos».
¿Y qué pensar del sentimiento que inspira la carta que envió a Talleyrand, siempre de Saint-Cloud, el 22 de septiembre?:

«Señor Príncipe de Benevento, es necesario que el Sr. de Hohenzollern forme una compañía de 140 dragones a caballo, todos alemanes.
«COMO TODOS LOS ESFUERZOS QUE HARÁ NO ESTÁN DE ACUERDO CON SUS MEDIOS, LE DIRÉIS QUE EN SECRETO LE DARÉ EL SUBSIDIO NECESARIO.
«LE HARÉIS SABER QUE MI MOTIVO ES PROPORCIONAR A LA CASA DE HOHENZOLLERN LOS MEDIOS DE MOSTRASE EN ESTA CIRCUNSTANCIA.
»

Hijo de una amiga de Josefina y su compañera de prisión durante el Terror, la princesa Amelia de Hohenzollern-Sigmaringen, Carlos Antonio, el beneficiario de esta largueza, se convertirá en oficial de ordenanza del Emperador.
¿Qué relación, se nos preguntará probablemente, existe entre estos detalles «domésticos» y la preparación de esta guerra puesto que se le ha negado la paz que ofreció?
Ninguno, de no ser que ese Napoleón tan cruelmente criticado, insultado sería un vocablo más apropiado, por los soberanos llamados «por derecho divino», sabía conservar, a pesar de tantas preocupaciones, de obligaciones y de trabajos abrumadores, el sentido de lo humano, en especial hacia los pequeños, incluidos los principitos.
El 25 de septiembre, acompañado por la Emperatriz Josefina, Napoleón dejaba Saint-Cloud, en dirección a Mayence, donde llegó tres días después.
Dentro de tres semanas, Prusia habrá dejado de existir.

 

JEFES DE GUERRA DE LA TERCERA EDAD

El 18 de septiembre, el rey de Prusia se había, el igualmente, puesto en marcha para ejecutar «su» guerra, de la cual el historiador –alemán– Leopold von Ranke ha escrito que «no era más que la lucha del principio de la legitimidad de los Estados europeos contra el heredero de la Revolución.».

Con él, la reina Luisa, quien se había esforzado tanto por que esta guerra fuese declarada, y un cortejo de unas dos mil personas –cifra proporcionada por un testigo ocular del entorno real. Se hubiera dicho, por lo mucho que el ambiente era locuaz, que todas esa gente se dirigía a una fiesta o a unas nupcias principescas, y no al funeral del ejército prusiano. La certeza de aplastar a los «zapateros remendones» estaba tan anclada en las mentalidades que, en el curso de las dos primeras semanas, no hubo más que galas y recepciones.
Algunos jefes prusianos estimaban sin embargo que la presencia de la reina no convenía a los azares de un ejército en marcha, pero éstos eran poco numerosos, estimando la mayoría, no sin razón, que la presencia de esta joven y hermosa mujer era indispensable, pues ella era el alma de la armada, el alma de los soldados, el alma de su marido, y muchos de los jefes prusianos sabían muy bien que, sin esta mujer de la cual el rey estaba justamente prendado y que era su «motor», el insignificante rey de Prusia, aunque joven –treinta y seis años– tal vez se hubiera regresado a Berlín.

Al acercarse el momento en que los dos adversarios se alistan para llegar a las manos, conviene echar un vistazo a quienes van a entrar a la liza.

El duque de Brunswick

Honor al adversario prusiano.
En primer lugar, los jefes.
A la cabeza de los ejércitos prusianos, se distinguía al duque Carlos de Brunswick, el hombre del Manifiesto que lleva su nombre, y lanzado de Coblenz, el 25 de julio de 1792 en nombre de las potencias coaligadas. Por medio de este documento, redactado por un emigrado francés, el marqués de Limon, a petición de la reina María-Antonieta, y contra la opinión del representante de Luis XVI, los Coaligados amenazaban de librar París «a una ejecución militar y a una subversión total», si se cometía «el menor ultraje» a la familia real. Conocido en París el 1º de agosto, este factum violento exacerbó la violencia de los parisinos, ya de por sí sobreexcitados, indispuso a la Asamblea legislativa, y tuvo como consecuencia la caída, ampliamente previsible, de la realeza el 10 del mismo mes, e incluso probablemente, la muerte del rey y de la reina María Antonieta.
El 20 de septiembre siguiente, Brunswick, convertido en jefe de los ejércitos coaligados era vencido en Valmy, primera victoria –toda simbólica– del ejército revolucionario sobre los prusianos y los austriacos.
Este fracaso no había empañado la reputación de Brunswick, puesto que es a él a quien Federico Guillermo III había confiado el alto comando del ejército encargado de echar a los «perros franceses».
Notemos, pues este detalle no está falto de interés, que en 1806 Brunswick tenía 71 años de edad. Un gran viejecillo, según los criterios de esa época.
El resto del alto mando prusiano estaba acorde. El feld-mareschal von Möllendorf: 82 años, el feld-mareschal conde von Kalkreuth: 69 años, el príncipe de Hohenlohe: 60 años, los generales Prittwitz, Arnim, Holzendorf: respectivamente 72, 66 y 65 años, y el detestable Blücher: 64.
En medio de este areópago anquilosado, el príncipe Luis Fernando de Prusia, con sus 34 años, era considerado un «galopín».

 

LOS TREINTAÑEROS FLAMEANTES DE LA GRAN ARMADA
 
El Emperador Napoleón rodeado por sus mariscales

Vayamos ahora al campo francés. ¿Qué es lo que vemos?
El jefe supremo, Napoleón: 37 años, encuadrado por sus mariscales: Lannes, Ney, Soult, 37 años también, Davout, el benjamín, con sus 36 años, Bessières, 38 años, Murat, 39 años, y dos cuadragenarios valientes que nada tenían que enviarles: Bernadotte, 43 años y Augereau, quien, con sus 49 años, pasaba por ser un ancestro.
¡Treintañeros rutilantes frente a «señores de la guerra» de la tercera edad!

El mariscal Jean Lannes
(1769-1809)
 
El mariscal Jean-Baptiste Bessières
(1768-1813)

 

Observemos ahora a las tropas.

El ejército prusiano era magnífico. La maniobra se hacía con majestad pero con lentitud, y una marcha de diez o de veinte kilómetros no estaba lejos de pasar por una hazaña, mientras que, en la de Napoleón, se podía hacer sin pestañear –si no sin gruñir– fácilmente el doble, incluso el triple cuando las circunstancias lo exigían. Y ahí donde el soldado imperial pasaba su noche al raso, su homólogo prusiano, en la etapa, construía una verdadera ciudad de tela que desmontaba al día siguiente. Como en el circo.
En cuanto al arte del combate, había evolucionado singularmente, gracias, en especial, a la emergencia de esas armadas revolucionarias, que, al principio, habían tenido que paliar lo que les faltaba en disciplina y en entrenamiento por el entusiasmo, la rapidez y la soltura.
Y, hoy, menos de un año después de su victoria de Austerlitz, se puede escribir que los soldados de Napoleón «tenían agallas». Nada los asustaba. Otra diferencia de talla: mientras Prusia había permanecido una buena docena de años sin tener guerra alguna que sostener, Francia, por su lado, acosada sin reposo desde 1792 por las monarquías europeas, no había cesado de batirse para defenderse.

Así, en ese mes de octubre de 1806, los soldados franceses estaban acostumbrados a soportar fatigas y peligros bajo el mando de jefes que habían visto en acción, batiéndose en medio de ellos y soportando, las más veces, las mismas adversidades y las mismas privaciones que ellos. Un ejército convertido ciertamente en imperial, pero permanecido republicano de espíritu.

En lo que concierne a los efectivos pronto en presencia, las fuerzas movilizadas por Prusia estaban estimadas en 240 000 hombres, de los cuales el ejército activo representaba 154 000 de ellos, de todas armas, incluyendo el resto los efectivos de las guarniciones y de las milicias.
Estas fuerzas estaban divididas en tres cuerpos:
- El ejército de Hannover (34 000 hombres) comandados por el general von Rüchel, en las fronteras del Hesse;
- El ejército principal, llamado «ejército del rey» (70 000 hombres) bajo las órdenes del duque de Brunswick, con, por adjuntos, lo feld-mareschal von Möllendorf y von Kalkreuth, atrás del Elba, en los alrededores de Magdeburg;
- El ejército sajo-prusiano o armada de Silesia: 50 000 hombres, de los cuales 20 000 sajones, bajo las órdenes del general Hohenlohe, cuya vanguardia estaba comandada por ese cabeza loca de Luis Fernando.

Majestuosos, pero poco habituados a la guerra de movimiento, los soldados prusianos se derrumbarán ante los de Napoleón.

La Gran Armada, por su parte, estaba repartida en múltiples cuerpos de armada, los de los mariscales Augereau: 20 000 hombres, Bernadotte: 23 000, Lannes: 22 000, Davout: 29 000, Ney: 33 000, Soult, el más numeroso con sus 41 000 hombres, a lo que se añadía reserva de caballería, comandada por Murat y la Guardia Imperial bajo las órdenes de Bessières.

 

EL COMBATE DE SAALFELD
PRELIMINAR SINIESTRO PARA LOS PRUSIANOS
 
Algunas figuras de soldados de la Guardia Imperial, élite de la Gran Armada.

El primer contacto con el enemigo fue una escaramuza, que opuso, del lado de Schleiz, a unos cuarenta kilómetros al sur de Jena, por un lado, al cuerpo de Bernadotte, seguido por dos divisiones de reserva y precedido por la brigada de caballería ligera del general Lasalle, a una división, compuesta de aproximadamente 6 000 Prusianos y 3 000 Sajones encargada de flanquear al ejército enemigo en ese punto, fue fácilmente rechazada.
Fue sobre el mariscal Lannes, quien comandaba al 5º cuerpo, que recayó el primer asunto serio de la campaña. El más simbólico también.
El mariscal Lannes, cuyo cuerpo de armada formaba la cabeza del ala izquierda del ejército, había recibido del Emperador la orden de atacar al enemigo en Saalfeld si sus fuerzas no excedían los 18 000 hombres, y, en caso contrario, de esperar la llegada del mariscal Augereau con su 7º cuerpo.
Por su lado, el 9 de octubre, el príncipe Luis Fernando de Prusia había recibido de Hohenlohe la orden formal de no emprender acción alguna contra los franceses antes de haber sido alcanzado por la vanguardia del ejército capitaneado por Blücher, y si sobreviniera que fuese atacado, debía replegarse cerca de Orlamünde (a igual distancia: aproximadamente 19 kilómetros, de Jena al sur, y de Saalfeld al noreste), bajo la protección del general Grawert.
Pero el mismo día, Luis Fernando fue informado de que los franceses, que habían rechazado a los puestos avanzados, estarían muy verosímilmente desde el día siguiente ante Saalfeld. Esto fue suficiente para que transgrediera la orden formal recibida.
Mientras las tropas francesas confluían de todas partes en la orilla derecha del río, Luis Fernando, el día 10, se dirigió entonces hacia Saalfeld, que se encuentra en la orilla izquierda de la Saale, y esperó a esos franceses que tanto despreciaba en una posición bien poco estratégica: frente a él, una montaña poblada de árboles, detrás de él un río muy encajonado, afluente del Elba, la Saale, de 427 kilómetros de largo. En caso de problema, este personaje arrogante, pero poco al tanto de las realidades de la guerra, no tendrá, como campo de combate, más que el fondo de un barranco adosado a dos ríos: el Saale, ya mencionado, y el Schwarza.

No atendiendo más que a su odio y su desprecio, se lanzó al ataque de las cabezas de columna de todo el cuerpo de armada del mariscal Lannes.
Lo que tenía que llegar se produjo: hacia la una de la tarde, las tropas prusianas, que combatían adelante y atrás de Saalfeld, no tardaron en ser rotas, y todos los batallones dispersados.
Evaluando entonces la medida de la trágica realidad, y comprendiendo la necesidad de una retirada inmediata, Luis Fernando se puso a la cabeza de cinco escuadrones de húsares prusianos y sajones. Éstos cargaron con impetuosidad contra el flanco izquierdo del 9º de húsares francés (división de caballería ligera Treilhard) enviado contra la infantería prusiana.
En una primera instancia, los húsares franceses plegaron ante el choque. No por mucho tiempo, pues los del 10º regimiento llegaron inmediatamente al rescate y acometieron sobre los dos flancos de la caballería sajo-prusiana, volcándola sobre la infantería que fue puesta en la más extrema confusión, que la desigualdad del terreno que Luis Fernando había escogido como palenque no hizo más que agravar.
En medio de este caos, el príncipe, que se esforzaba por reunir a los fugitivos, tomó conciencia de que sus condecoraciones y su alto penacho habían hecho que los jinetes franceses lo notaran. Cubriendo sus órdenes con su sombrero, buscó extirparse de la refriega saltando sobre una valla que cercaba a un jardín, pero las patas de su caballo se atoraron en ella.
Fue entonces cuando fue alcanzado por un sargento de caballería del 10º de húsares, Guindey, quien le asestó un sablazo en la cabeza ordenándole en múltiples ocasiones, pero sin saber con quién se las veía, rendirse. Como única respuesta, Luis Fernando respondió, obligando a Guindey a propinarle un último golpe, éste mortal, en el pecho, que lo tiró de su caballo (Guindey, nombrado a los granaderos a caballo de la Guardia Imperial, encontrará la muerte en Hanau en 1813. Era entonces capitán y oficial de la Legión de Honor).
El príncipe Luis-Fernando muere de una magistral estocada por parte del sargento de caballería Guindey.

El mariscal Lannes hizo recoger el cuerpo de Luis Fernando, y dio las órdenes para que se rindieran honores militares al príncipe.
Cuando tuvo noticia de la muerte del príncipe Luis-Fernando, Napoleón hizo escribir por Berthier el mensaje siguiente:
«Señor, el Emperador Napoleón me delega tener el honor de dar testimonio a Vuestra majestad de lo mucho que comparte la pena que debió causarle la muerte del príncipe Luis.»
Y Napoleón hizo además asentar en el 2º boletín de la Gran Armada esta mención:
«La muerte del príncipe Luis Fernando es gloriosa y digna de respeto; murió como debe desear morir todo buen soldado.»
¡Así, se puede ser indigno del grado modesto de cabo en el ejército prusiano y tener savoir-vivre!

 

ÚLTIMO LLAMADO DEL EMPERADOR A LA RAZÓN

Esta muerte de uno de los más ardientes partisanos de la guerra constituía un muy mal presagio para la continuación de la campaña.
Hemos dicho más arriba, y lo repetimos tan frecuentemente como es posible en el sitio del Instituto Napoleónico México-Francia, que Napoleón no es el matón sanguinario, el conquistador neurótico usualmente –por no decir siempre– descrito por sus detractores, cuya mala fe no es el menor defecto.
Escribimos también anteriormente que en cierto fascículo «histórico», el autor acusaba a Napoleón de haber «atacado a Prusia».
He aquí lo que el 12 de octubre, es decir dos días después de la muerte en combate singular de Luis Fernando, «el agresor» escribió al rey Federico Guillermo (para leerse con atención):

«¿Por qué verter tanta sangre? ¿Con qué fin? Me dirigiré a Vuestra Majestad de la misma forma como lo hice con el Emperador Alejandro dos días antes de la batalla de Austerlitz… Señor, he sido vuestro amigo desde hace seis años. No quiero aprovecharme de esa especie de vértigo que anima a sus consejeros y que le ha hecho cometer errores políticos de los cuales Europa está todavía toda sorprendida y errores militares por cuya enormidad Europa no tardará en resonar. Si Ella me hubiera pedido cosas posibles en su nota, yo las hubiese acordado; Elle pidió mi deshonor, Elle tenía que estar segura de mi respuesta. Así pues la guerra está hecha entre nosotros, la alianza está rota por siempre jamás. ¿Pero por qué mandar a degollar a nuestros sujetos? No celebro en nada una victoria que será comprada con la sangre de un buen número de mis hijos. Si estuviera en mis inicios en la carrera militar, y si pudiese temer los azares de los combates, este lenguaje estaría totalmente fuera de lugar. Señor, vuestro ejército será vencido. Ella habrá comprometido el reposo de sus días sin la sombra de un pretexto. Ella está hoy intacta y puede tratar conmigo de una manera conforme a su rango. Ella tratará antes de un mes en una situación diferente. Ella me ha dicho que me había frecuentemente rendido servicios. Pues bien, quiero darle la prueba del recuerdo que tengo de ello. De Ella depende ahorrarle a sus sujetos las desgracias y los estragos de la guerra. Apenas comenzada, Ella puede terminarla, y Ella hará una cosa por la que Europa le estará agradecida. Señor, no tengo nada que ganar contra Vuestra Majestad. No quiero nada y nada he querido de Ella. La guerra actual es una guerra impolítica… Ruego a Vuestra Majestad de no ver en esta carta más que el deseo que tengo de impedir derramar la sangre de los hombres y evitar a una nación, que geográficamente no podría ser enemiga de la mía, el amargo arrepentimiento de haber escuchado demasiado sentimientos efímeros que se excitan y se calman con tanta facilidad entre los pueblos.»

Como algunos se la pasan siempre buscando significaciones ocultas e intenciones sórdidas detrás de cada una de sus palabras, he aquí otra carta de Napoleón, ésta muy personal puesto que el destinatario no es otro que la Emperatriz Josefina, quien, en ese momento, se encuentra en Mayence:

«Gera, [a una treintena de kilómetros al oeste de Jena] dos de la mañana.
«Estoy en Gera, mi buena amiga; mis asuntos van muy bien y todo como podía esperarlo. Con la ayuda de Dios, en pocos días, ello habrá tomado un carácter bien terrible, creo, para el pobre rey de Prusia, a quien compadezco personalmente porque es bueno. La reina está en Erfurt con el rey; si quiere ver la batalla, tendrá ese cruel placer…
»

Con más abandono y brevedad, esta carta no hace más que confirmar los términos de la que fue enviada precedentemente a Federico Guillermo III.
Nunca, son citados estos documentos, sin duda porque no «cuadran» con la imagen que se da ordinariamente de Napoleón.

Si el asunto de Saalfeld no costó a los prusianos «más que» tres mil hombres aproximadamente, muertos, heridos o prisioneros, hizo mucho ruido cuando llegó a Berlín, sembrando la consternación donde, precedentemente, no había más que altanería y desprecio.
Entre los jefes prusianos, había al menos uno que daba muestra de lucidez. Era el feld-mareschal conde von Kalkreuth (1735-1818).
Ante los retrasos de sus pares –no se le habían escapado al Emperador: «Todas las cartas interceptadas dejan ver que los enemigos han perdido la cabeza. Se reúnen en consejo noche y día y no saben qué partido tomar… Hasta el momento, muestran bien su ignorancia del arte de la guerra…», escribía, el 12 de octubre al mariscal Lannes – , Kalkreuth pronosticó:
«El término fatal avanzaba a grandes pasos, y, a menos de un milagro, nos dirigíamos a un desastre.»

Es a uno de sus oficiales de ordenanza, Montesquiou, a quien Napoleón había confiado la tarea de llevar al cuartel general prusiano la muy bella carta que citamos más arriba.
¿De qué depende el destino de una Nación?
En este caso preciso, de la actitud cerrada de un oficial prusiano que le negó a Montesquiou la calidad de parlamentario porque no iba precedido de una trompeta reglamentaria.
No fue pues sino hasta el día siguiente, el 13 pues, cuando el enviado de Napoleón pudo entregar a Hohenlohe la carta destinada a su soberano. Percibiendo inmediatamente la importancia y las implicaciones que recelaba este documento de la última oportunidad, Hohenlohe puso todo en obra para transmitirla sin más demora a Federico Guillermo. Pero cuando llegue a su destinatario, la batalla estará no solo iniciada sino ya prácticamente perdida por los prusianos.

 

LA DOBLE CATÁSTROFE DE JENA-AUERSTAEDT
 
Plano de la batalla de Jena
Dibujo de A. M. Perrot, según la Historia de Napoleón de Norvins.

Hemos escrito, en la introducción, que este texto no contaría más que muy brevemente la batalla en sí para dejar el mejor lugar a los esfuerzos realizados –en vano, desgraciadamente para Prusia– por Napoleón para que ésta no tuviera lugar. Estimamos, en efecto, que esta opción es la mejor que haya para la memoria del Emperador, acusado de todos los males sufridos por la Europa de ese tiempo. Veremos igualmente cómo esos soldados, complacientemente descritos, junto con su jefe, como hunos sedientos de sangre, se comportarán en la Prusia de rodillas.
He aquí pues, muy brevemente resumida, la batalla que lleva al impensable (sobre todo por él) aplastamiento del ejército prusiano el 14 de octubre de 1806.

Desde el 12 de octubre, por lo mucho que la marcha de las tropas francesas fue rápida, el ejército prusiano estaba ya casi cortado de Berlín.
Concentrados alrededor de Weimar, los prusianos habían sido repartidos en dos grandes masas colocadas respectivamente bajo las órdenes del príncipe de Hohenlohe –el que asegura vencer a Napoleón con que se le «dejaran los brazos libres» en el sudoeste, y por el duque de Brunswick, en el nordeste. Junto a éste último, Federico Guillermo y la reina Luisa.
El 13 de octubre, Hohenlohe se enteraba de que no tenía frente a él elementos destacados del ejército francés, sino muy ciertamente al mismísimo Napoleón con el grueso de sus tropas, es decir 155 000 hombres. No fue suficiente para inquietarle, pues, entre Napoleón, establecido en Jena, y él, en posición frente a Weimar, se erigía un obstáculo natural de talla: la planicie del Landgrafenberg. Culminando a cuatrocientos metros, tenía la reputación de ser infranqueable –«Sus pendientes, cuenta el célebre Coignet, quien pasó en ella una noche memorable, son tan empinadas como el techo de una casa.» y, por ello, confería una gran serenidad a Hohenlohe quien estimaba impensable que un ejército, llevando, además, piezas de artillería, pudiese remontar sus cuestas. El ejército de autómatas prusianos, sin duda alguna, pero no la Gran Armada, animada por su jefe en persona.
Efectivamente, Napoleón, informado por el mariscal Lannes, jefe del 5º cuerpo, de la existencia de un sendero, difícil pero practicable, que permitía llegar a la cima de la meseta –él mismo había apostado su vanguardia en ese lugar hizo subir sin retraso a los 22 000 hombres del 5º cuerpo con su artillería, y la infantería de la Guardia. Recordemos a título de información la anécdota bien conocida de Napoleón alumbrando él mismo con un farol de mano el trabajo de los soldados mientras ensanchaban, en plena noche, el sendero que permitía encaminar los cañones.

El 14, cuando el sol desgarró el velo de la neblina, Hohenlohe creía todavía imposible la instalación de una gran parte de la armada imperial sobre la meseta. No tardaría en desengañarse.
Napoleón, después de haber iniciado una intensa preparación d’artillería, acababa de lanzar una ofensiva general. Y esta planicie del Landgrafenberg, que los prusianos habían creído infranqueable e inaccesible para un ejército, se abatía ahora sobre ellos, infantería, jinetes, artilleros a caballo, todos electrizados por la presencia de Napoleón, quien desde la cima de la meseta, les designaba los objetivos.
Hacia las dos de la tarde, la catástrofe previsible se precisó a pesar de la llegada sobre el terreno de un cuerpo de armada todo fresco, el del teniente general von Rüchel. Pena perdida. En menos de una hora, sus veintitrés mil hombres, de los cuales la mayoría había sido puesta fuera de combate, fueron a engrosar la corriente de los fugitivos que se escurría en todas las direcciones.
Al juzgar a la Gran Armada incapaz de tomar posición sobre el Landgrafenberg, Hohenlohe había hecho un grave error de interpretación.
Napoleón, también, se había equivocado en su estimación inicial: creyó tener frente a él al conjunto del ejército prusiano, pero, este asunto terminado, había vuelto a hacer su cálculo: más o menos sesenta mil hombres. No más. El resto no pudiendo estar muy lejos, se esperaba entonces a retomar el combate el día siguiente. Sin inquietud sin embargo, pues tendría frente a él a un ejército en situación de inferioridad numérica – y moral, en virtud del grave revés de esta jornada del 14.
Ese 14 de octubre en Jena había costado a los prusianos la bagatela de doce mil muertos y heridos, y una quincena de miles de prisioneros. Doscientas piezas de artillería y muchas centenas de banderas habían, por lo demás, quedado entre las manos de los soldados de Napoleón. Éste último estaba pues bien autorizado a esperar la continuación de los eventos con toda serenidad.
Al dirigirse a Jena, tras haber entrado a Weimar, se sorprendía simplemente de no tener ninguna noticia del mariscal Davout, quien debía encontrarse a unos quince kilómetros al norte.

 

EL TRIUNFO DEL MARISCAL DAVOUT
 
El «Mariscal de Hierro», Louis-Nicolas Davout, Duque de Auerstaedt, Príncipe de Ekmühl (1770-1823)

En el momento en el que Napoleón aplastaba a Hohenlohe a quien se había sin duda olvidado dejar «los brazos libres» como lo había pedido el mariscal Davout se ilustraba trágicamente y de manera infinitamente más ejemplar que Napoleón en Jena.
Es durante la noche del 13 al 14 que Davout había recibido instrucciones del Emperador prescribiéndole «dirigirse al Apolda a fin de caer sobre la zaga del ejército [prusiano].»
Davout no tenía consigo más que los veintinueve mil hombres de su 3º cuerpo, de los cuales mil seiscientos jinetes y cuarenta y cuatro cañones.
Frente a él, Brunswick, siempre flanqueado por el rey y la reina, con sesenta mil soldados, de los cuales diez mil jinetes y ciento quince cañones. El choque se produjo en Auerstaedt.
Como había sucedido en Jena, después de algunos flotamientos debidos a la enorme inferioridad numérica francesa, Davout, cuyos hombres se batieron con un furor sobrehumano a uno contra tres, acabaron por doblegar a los prusianos, cuyo jefe, Brunswick, recibió una herida mortal.
Las pérdidas prusianas se elevaron a unos quince mil muertos y heridos a los cuales era conveniente añadir tres mil prisioneros. Perdieron además toda su artillería.
La reina Luisa tenía «diversiones mundanas» altamente costosas.

  La capitulación sin combate de las plazas fuertes fue la gran vergüenza del ejército prusiano. Aquí, la rendición de Stettin al general Lasalle.

El ejército, comandado ahora por el rey Federico Guillermo desde la herida mortal de Brunswick –su hijo, quien por supuesto, culpabilizaba a los franceses por la muerte de su padre, morirá en Waterloo– , refluía en un orden relativo en dirección de Weimar cuando se topó con los fugitivos de Jena.
La retirada se tornó entonces en una debacle loca, y de Auerstaedt a Erfurt, el camino se cubrió con los despojos de un ejército cuyo vergonzoso desplome no tenía igual más que su igualmente vergonzosa presunción.
Como recompensa por esta victoria sin medida común en virtud de la desproporción de las fuerzas, respecto a la de Jena, Napoleón concederá al mariscal Davout el honor de entrar el primero en Berlín y lo hará duque de Auerstaedt. Lo cual corta de tajo las insinuaciones de algunos, quienes afirman que el Emperador, celoso del éxito de su mariscal, minimizó la victoria de Auerstaedt en provecho de la de Jena. Basta también con leer su Correspondencia relativa a este asunto y el 5º Boletín de la Gran Armada para tomar la medida de la inanidad, y, sobre todo, de la lamentable –pero no gratuita mezquindad de esta afirmación.

El rey de Prusia no escatimaba, para con el Emperador, en duplicidades.
Así, el 19 de octubre, en Halle, un miembro de su entorno, el conde von Dönhoff, hacía entrega de la respuesta –tardía– de Federico Guillermo a la carta que el Emperador le había transmitido dos días después del combate de Saalfeld:

«En el cuartel general, el 15 de octubre de 1806
«Señor mi hermano, no recibí nada hasta ayer por la mañana, en el momento en que nuestras tropas ya se enfrentaban, la carta que Vuestra Majestad Imperial y Real me hizo el honor de dirigirme el 12 de este mes, y me apresuro a responder en el momento en que bajo de mi caballo. Los sentimientos que Ella manifiesta, a pesar de los diferendos [!] que tienen lugar entre nosotros, hacen que me sea preciosa, y no reconozco menos el carácter elevado de Vuestra Majestad Imperial que su intención de más bien hacer hombres felices que de verter la sangre de tantos miles de hombres…
»

  La ignominiosa fuga de la reina Luisa de Prusia

El rey de Prusia no había sin embargo juzgado necesario designar al responsable de la sangre derramada por «tantos miles de hombres».
Y Federico Guillermo terminaba pidiendo una suspensión de armas, «mientras nos estemos ocupando en fundar la dicha de nuestros.»
Carta bien conmovedora. Pero entonces, ¿por qué Napoleón no revocó la orden de persecución dada a sus cuerpos de armada?
La explicación aparece en la respuesta que hizo –acto continuo– a su correspondiente:

«Campo imperial de Halle, 19 de octubre de 1806
«Señor mi hermano, he recibido la carta de Vuestra Majestad. Lamento mucho que la carta que le envié por medio de uno de mis oficiales de ordenanza que llegó a su campo el 13, no haya podido impedir la batalla del 14. Toda suspensión de armas que daría tiempo de llegar a los ejércitos rusos, que Ella parece haber llamado durante el invierno, sería demasiado contrario a mis intereses para que, cualquiera que fuera el deseo que yo tuviese de evitar males y víctimas a la humanidad, pudiera suscribir…
»

Efectivamente, Napoleón, ampliamente engañado y sin embargo bien paciente, no podía tomar semejante riesgo, al haberse entendido Federico Guillermo con Alejandro para que éste acorriese a echarle la mano. En resumen, Federico Guillermo tendía, una vez más, una trampa a Napoleón para ganar tiempo con la esperanza de ver llegar a los rusos, a los que había llamado en su ayuda.
En virtud de esta amenaza, el Emperador no podía más que dejar a sus mariscales lanzarse a la persecución de los prusianos en fuga.
A partir de ese momento, las plazas fuertes capitularon, y la mayoría sin combatir, unas tras otras.
Lo mismo sucedió con los cuerpos de armada, cuyos jefes, quienes, hacía poco, no tenían más que insultos en la boca para el «cabo» y sus «zapateros remendones», se rindieron, sin siquiera salvar el honor ni de su nombre ni de sus armas.
Había bastado un mes para que el ejército prusiano fuera reducido a nada.
Además de los muertos y heridos, ciento diez mil prisioneros y doscientos cincuenta banderas dieron testimonio ante las monarquías de Europa de este desmoronamiento envilecedor, del cual no hay otro ejemplo en la Historia.

 

EL INCONCEBIBLE SERVILISMO DE LOS PRUSIANOS HACIA SU VENCEDOR

Normalmente, hubiéramos podido detenernos aquí en esta evocación, si no nos hubiese quedado un deber que cumplir hacia la memoria de Napoleón y la de su Gran Armada.
Ambos, en efecto, pasaron a la posteridad con una triste imagen: el Emperador, la de un conquistador sediento de conquista, que ponía a fuego y sangre a los países a los que entraba, sin importarle el precio, y sus soldados como brutos infernales. ¡O como soldados de la SS, como fue dicho en un plató de televisión!
Por consiguiente es una obligación mirar lo que pasó a partir del momento en que el Emperador hizo su entrada, el 27 de octubre, a la capital de Prusia, y en el que la dejó, el 24 de noviembre.

Si por un lado los jefes militares y el entorno de Federico Guillermo se habían mostrado arrogantes e injuriosos, los berlineses se mostraron conciliantes, amables, y para decirlo todo, anodinos ante aquel quien había reducido su ejército a nada.

Uno de los primeros gestos de Napoleón fue indultar al príncipe de Hatzfeld, gobernador de Berlín, inculpado por espionaje caracterizado: Napoleón tenía en su poder una carta en la cual Hatzfeld informaba a Hohenlohe (quien no había aún bajado las armas) el lugar donde el mariscal Davout tenía planeado cortarle el camino. La suerte que le esperaba no daba lugar a dudas: el pelotón de ejecución.

Llevado ante Napoleón por la intervención conjugada de Duroc, Gran Mariscal del Palacio, de Ségur y de Rapp, oficiales de ordenanza, la princesa de Hatzfeld obtuvo sin dificultad el indulto de su marido. Existe, acerca de este tema, una abundante (y bastante «lagrimosa») imaginería.
Otro bello gesto que acreditarle a Napoleón: la liberación de todos los soldados sajones hechos prisioneros en el transcurso de las dos batallas. Este gesto se justificaba tanto mejor cuanto que el Elector de Sajonia, Federico Augusto, había sido acarreado por la fuerza en esta guerra, después de que los prusianos hubieran invadido su territorio. Esta generosidad le valió al Emperador el ganar para su causa a un aliado, que permanecerá fiel a aquel quien, un día de ese año 1806, lo había hecho rey.

Si por un lado los jefes militares y el entorno de Federico Guillermo se habían mostrado arrogantes y injuriosos, los berlineses se mostraron conciliantes, amables, y para decirlo todo, anodinos ante aquel quien había reducido su ejército a nada.

Napoleón entra en Berlín. Aunque su atuendo fuera como siempre muy simple, los berlineses, que asistieron masivamente y con presteza, no tuvieron ojos más que para Napoleón. Gracias a la disciplina estricta de sus tropas y las medidas tomadas por el Emperador, la población no tuvo que sufrir de la ocupación.

Uno de los primeros gestos de Napoleón fue indultar al príncipe de Hatzfeld, gobernador de Berlín, inculpado por espionaje caracterizado: Napoleón tenía en su poder una carta en la cual Hatzfeld informaba a Hohenlohe (quien no había aún bajado las armas) el lugar donde el mariscal Davout tenía planeado cortarle el camino. La suerte que le esperaba no daba lugar a dudas: el pelotón de ejecución.
Llevado ante Napoleón por la intervención conjugada de Duroc, Gran Mariscal del Palacio, de Ségur y de Rapp, oficiales de ordenanza, la princesa de Hatzfeld obtuvo sin dificultad el indulto de su marido. Existe, acerca de este tema, una abundante (y bastante «lagrimosa») imaginería.
Otro bello gesto que acreditarle a Napoleón: la liberación de todos los soldados sajones hechos prisioneros en el transcurso de las dos batallas. Este gesto se justificaba tanto mejor cuanto que el Elector de Sajonia, Federico Augusto, había sido acarreado por la fuerza en esta guerra, después de que los prusianos hubieran invadido su territorio. Esta generosidad le valió al Emperador el ganar para su causa a un aliado, que permanecerá fiel a aquel quien, un día de ese año 1806, lo había hecho rey.

Federico Augusto, quien había sido arrastrado a pesar suyo en la Coalición que vio la debacle prusiana en Jena, pagará cara su fidelidad a Napoleón: después de la derrota de éste en Lipsia (19 de octubre de 1813), Federico Augusto I será hecho prisionero por los Aliados, y su país será administrado, primero por un gobernador ruso, luego por un gobernador de esta Prusia detestada.

El Emperador Napoleón ante la tumba del Gran Federico.

Hemos escrito más arriba que los berlineses se mostraron anodinos ante el vencedor. Es poco decirlo, siendo los peores los grandes nombres de la aristocracia prusiana que fueron, servilmente, a ponerse a su disposición.
Citemos por ejemplo a ese príncipe de Isemburgo quien creó un regimiento compuesto de... desertores y lo puso al servicio de Napoleón. Para exhortar a sus hombres a servir en esta unidad poco común, les dirigió una declaración de la que hay que citar un extracto por lo mucho que es sorprendente por su complacencia medrosa:

«… Les es ofrecido a los Señores oficiales prisioneros de guerra por capitulación que desean salir de esta triste situación para dedicar sus talentos militares y su actividad al servicio de nuestro invencible Emperador, ser investidos en este regimiento del mismo grado que han ocupado en el ejército del rey de Prusia. Este empleo honorable asegura a todos los que aspiran a ella la protección del héroe adorado que ama a sus soldados como a sus hijos. Acudid valientes guerreros, juntaos bajo las banderas de Napoleón el Grande. Id con él hacia la victoria y la gloria inmortal [Todos los pasajes subrayados en el texto].
«Berlín, a 18 de noviembre de 1806.
«Carlos, príncipe de Isemburgo.»

La tía del rey de Prusia no se quedaba atrás, escribiendo al Emperador que es «el más grande de los soberanos», y bendecía «por siempre a [Su] Majestad Imperial, cuya bondad suaviza los infortunios.»
Esta lamentable mojiganga acompañaba, como era de esperarse, una petición de favor.

Otro, duque de Sajonia-Coburgo-Gotha, encargaba a su chambelán «poner a los pies de Su Majestad Imperial y Real sus muy humildes felicitaciones por el éxito de sus armas.»
Y, como de nueva cuenta podíamos imaginarlo, pordioseaba una audiencia a la cual se presentaría «con una solicitud igual a [su] viva gratitud por las marcas de su generosa protección.»

Una última cita –pero hay otras pondrá fin a este desembalaje indecente de palabras obscuras y de una asquerosa bajeza. La debemos a la princesa regente del principado de Lippe, quien, así como sus pares, ambicionaba entrar en la Confederación del Rin, recientemente constituida – de ahí sus acometidas de tartuferías:
«En este momento en el que más que nunca la dicha y la conservación de los pueblos reposan en las manos poderosas y generosas del más grande de los héroes, la princesa regente de Lippe osa solicitar la ventaja, por largo tiempo deseada [¡algo así no se inventa!] de ser recibida en la Confederación de la cual el más grande monarca es el ilustre protector. Ella osa esperar que le sea permitido aspirar a esa felicidad, en virtud de la confianza sin límites y del apego inviolable de los cuales su corazón siempre ha hecho profesión por el inmortal Napoleón. Los éxitos brillantes, casi milagrosos de los ejércitos imperiales, han colmado la espera de la princesa.»
¿Cómo sorprenderse de que un historiador alemán de la época haya escrito?:
«La población de Berlín daba muestra de un envilecimiento tal de carácter, que un día Napoleón dijo, agitando la cabeza, que no sabía si debía regocijarse o tener vergüenza por los berlineses.»

 

EL HOMENAJE JUSTIFICADO DE LA POBLACIÓN A NAPOLEÓN Y A LA GRAN ARMADA

Atacado e insultado, Napoleón pudo haberse mostrado vengativo en su victoria.
¿Qué fue lo que pasó?
Olvidemos los testimonios franceses, de los que se nos podría objetar que son sospechosos de parcialidad, para limitarnos a los de los principales interesados: los berlineses y los prusianos en general.
Los archivos de la época nos indican que Napoleón se tomó a pecho ocuparse de los pobres de la ciudad haciendo acuñar groschen, dinero suelto que constituía lo esencial de lo que los pobres lograban arrancarle a los ricos. A falta de esas monedas, a los más desprovistos les costaba mucho comprar su pan cotidiano. Gracias a esta medida tomada por el Emperador, los necesitados de Berlín pudieron obtener –¡cosa nueva para ellos!– una libra de pan por la módica suma de un groschen máximo. En fin, todos los funcionarios, los pensionados y los inválidos recibieron las pagas atrasadas que se les debía.
Para aliviar lo más que se pudiera la molestia que representaba, para los habitantes, la obligación de alojar a los oficiales, Napoleón prescribió instalarlos en moradas que pertenecían a personajes de la Corte que se habían «ausentado» de Berlín.

Una multitud apacible asiste a la entrada de los franceses a Berlín.
Para hacer reinar la armonía –y la disciplina– Napoleón había hallado un auxiliar precioso en la persona del general Hulin.
Destaquemos, por el placer de la anécdota, el trámite de esa berlinesa que fue a quejarse ante Hulin de que el oficial que ella albergaba en su casa exigía, durante la comida, champaña o vino de borgoña que ella era incapaz de ofrecerle. Hulin le hizo entrega de una carta en la cual el destinatario pudo leer que si quería champaña, «tenía que ir a reclamarla al general general.» El vino ordinario hizo desde entonces las delicias del oficial gastrónomo.
Poco después, Hulin publicó una orden prescribiendo que «cada soldado o funcionario alojado en casa del habitante está obligado a compartir el almuerzo ordinario que éste puede proporcionar en virtud de su estado de fortuna; sin ningún pretexto, no se debe pedir más.»
¿Incidentes?
Hubo, pero, aún cuando no les guste a los detractores habituales de Napoleón, no se debieron a soldados –franceses– de la Gran Armada.

¿Los culpables? Esencialmente soldados bávaros y wurtembergueses, quienes, lengua común obliga, hubiesen debido teóricamente dar muestras de mayor consideración hacia sus vecinos prusianos. Pero éstos últimos eran odiados por el resto de Alemania, y en especial, lo hemos escrito precedentemente, por los sajones.
Al respecto, he aquí lo que el comandante en jefe de las tropas wurtemberguesas escribía a su soberano:

«Aun cuando me sería muy agradable encomiar al ejército de Vuestra Majestad, no puedo disimularle que un espíritu de salvajismo tiende a comunicarse, principalmente en la caballería, que está frecuentemente abandonada a sí misma. He visto ejemplos de una avidez sin límite que tuvo como consecuencia excesos y malos tratos cometidos contra desdichados campesinos sin defensa.»

¿Pero, se dirá con las segundas intenciones habituales y bien sabidas, en donde están las pruebas de esa buena conducta de las tropas –francesas– de ocupación?
Entre otras, en los periódicos de la época, como el Berliner Nachrichten, el cual, el 12 de marzo de 1807, publicaba la noticia siguiente:

«El Sr. Roussel, oficial de los granaderos del 14º regimiento de línea y comandante de armas de la ciudad de Brandenburgo-sobre-el-Havel, llamado de regreso por su soberano, se lleva con él el pesar de los magistrados y de todos los habitantes de esta ciudad por haber sabido, por su sabiduría, su amistad, su integridad y su justicia, conciliar los intereses de su soberano con los de los habitantes de esta ciudad que no olvidarán jamás los beneficios que este valiente oficial, honorable tanto por su conducta como por su desinterés. ¡Que este hombre valiente sea tan feliz en su carrera como lo merece! Los habitantes de Brandenburgo siempre se enterarán con gozo de lo que le ocurra de dichoso.»

Decididamente poco rencoroso, Napoleón hizo curar a los heridos prusianos como a los de su Gran Armada.

Nombremos también, pues todos estos testimonios son importantes para borrar la imagen sórdida que «algunos» se encarnizan en dar a los soldados de Napoleón, a ese general de Gastine, que las autoridades de Landsberg saludaron de esta manera:

«Landsberg-sobre-el-Warthe, el 10 de mayo de 1807
«
Más de cincuenta mil franceses de la Gran Armada pasaron por esta ciudad. Hemos albergado a la mayor parte en el recinto de nuestros muros. Nuestros burgueses, nuestros habitantes se prestaron a todos los sacrificios que dependieron de ellos para recibir y tratar a esas tropas como mejor podían. Ellas, por su lado (les debemos esta justicia), se han comportado hasta ahora como enemigos generosos y no hemos tenido más que el lastre inevitable de los pasos y de los alojamientos militares, sin tener que quejarnos de ningún exceso ni de acto alguno de violencia. Entre los que se detuvieron más tiempo entre nuestros muros, debemos particularmente hacer al mención más honorable del Sr. general de Gastine, que comanda la plaza por orden de Su Majestad el Emperador y Rey. Por un lado, el Sr. general de Gastine ha cumplido en este puesto importante con un celo y una exactitud sin igual; por otra parte, ha tratado a los habitantes de esta ciudad, sin excepción tanto los pequeños como los grandes, con una delicadeza que es el atributo de aquel cuyo espíritu y corazón han recibido un grado de cultura superior. Se ha ganado con ello el amor, la confianza y la veneración de la ciudad toda entera. No sabríamos pasar por alto el raro desinterés del Sr. le general de Gastine y la noble generosidad con la cual alimentó a más de cien mujeres y niños de soldados prusianos... Nuestros votos más ardientes lo acompañan. Que la Providencia lo proteja y conserve sus días en medio de los peligros de la guerra…
«Firmado: La municipalidad de los burgueses
».

Aún más reveladora, por si fuera necesario, esta correspondencia dirigida, el 18 de agosto de 1807, por el embajador de Austria en Berlín, el barón von Binder, a su superior, el ministro de Asuntos exteriores, el conde Johann Philipp von Stadion:

«El general Clarke es nombrado ministro de la guerra; debe ser, se dice, remplazado por el general Victor. El general Hulin es promovido general de división; se le destina la plaza de París. Será remplazado por el general Saint-Hilaire. El gobernador general así como el comandante de la plaza se llevan consigo los sentimientos de estima y de reconocimiento de los habitantes del país y de la capital en particular. La suavidad que aportaron a la ejecución de las órdenes severas que necesitaba el estado de guerra, la tranquilidad perfecta que hicieron reinar, el desinterés que mostraron en todas las ocasiones justifican estos sentimientos.»

Los reportes de esta naturaleza abundan; si, aquí, se denuncia la brutalidad de un oficial wurtembergués, arrestado por haber golpeado con la hoja de su sable al señor de la casa en la que estaba alojado, en otra parte, se puede leer en otras Memorias de la época que «los soldados franceses se mostraban hacia los berlineses bien mejores que los alemanes del sur.»

Estos testimonios de civiles prusianos, que honran la memoria de Napoleón y la de sus soldados, permiten hacer una instructiva comparación con las maneras del ex-vencido de 1806 (entre otros), el execrable Blücher, cuando, en 1814 y 1815, éste entre a Francia, escoltado por sus igualmente detestables soldadescotes, con los cuales los mismísimos ingleses, en su marcha hacia París, se negarán a congeniar.

 

PARA TERMINAR ESTA EVOCACIÓN

¿Qué añadir en materia de conclusión?
Que Napoleón, aunque provocado, lo hizo todo para que esta guerra no tuviera lugar –«El Emperador desea verdaderamente no disparar un tiro de fusil contra Prusia; considerará este evento como una desgracia», había escrito Talleyrand al embajador de Francia en Berlín– y, tras el asunto de Saalfeld, se había tomado todavía la pena, aún cuando nada lo obligaba a ello, de escribir a Federico Guillermo para suplicarle una última vez poner un término a las hostilidades. Aún era tiempo.
Vimos lo que sucedió.
Vimos igualmente cómo Napoleón trató al vencido: con moderación y humanidad, y esto a pesar del descubrimiento, en el castillo de Charlottenbourg, precipitadamente abandonado por la reina Luisa, de documentos comprometedores – entre otros, instrucciones al embajador de Prusia (cuyo país estaba teóricamente en buena inteligencia con Francia) en Madrid para que incitase a España a entrar en la Coalición.
¿Por qué estos comportamientos –nobles, en la acepción más estricta del vocablo– de Napoleón no son nunca mencionados?
¿Por qué, sin descanso, dejar que se le arrastre en el lodo, incluso, y sobre todo, en Francia, que tanto le debe?
¿En donde están entonces, y qué hacen –realmente, se entiende– por defender su memoria aquellos que fueron investidos en Francia con esta misión (y generosamente dotados para hacerlo)?

El Emperador Napoleón portando el manto de la Consagración

¿Por qué brindar tanta «publicidad» a quienes escupen sobre su memoria, porque cometió errores? ¿Quién, investido de responsabilidades tan gigantescas en medio de tanta adversidad, no hubiese cometido? Ya he escrito esta frase en el sitio del Instituto Napoleónico México Francia.
Pero la (mala) causa está clara desde hace largo tiempo: Napoleón puso a Europa a fuego y sangre para saciar su sed inextinguible de ambición y de conquistas.
Así, en un artículo publicado el 3 de agosto de 2006 en el sitio de una agencia de prensa extranjera en lengua francesa, el autor calificaba al Emperador de «carnicero de Europa»; en uno de esos fascículos con pretensiones históricas, evocados más arriba (se trata de fascículos de las ediciones –inglesas, como es conveniente– Osprey), el autor escribe, como se ha mencionado precedentemente, que Napoleón «atacó a Prusia»; en otro, que «la Gestapo no tuvo que enseñarle nada a sus agentes». Sobreentendido: Napoleón y su Gran Armada fueron sus modelos, etc. etc. Realmente hay que atreverse, pero ¿qué podemos esperar de fascículos escritos por ingleses sobre las guerras forzosamente «napoleónicas»?
Estos insultos constituyen un medio cómodo, eficaz –y sin peligro, puesto que nadie reacciona– para los ingleses para hacer olvidar que fueron, ellos, los inventores de los siniestros pontones a bordo de los cuales hicieron pudrirse en condiciones espantosas, hasta que les llegara la muerte, a miles de soldados de Napoleón prisioneros, y, más cerca de nosotros, de los campos de concentración de horrenda memoria, en la persona, no del Emperador, aunque les disguste a muchos, sino de Lord Kitchener. Eso sucedía en África del Sur, a principios del Siglo XX, durante la guerra de los Boers.
Permítase aquí al autor una reflexión personal, sin duda brutal, pero justificada, pues es repugnante ver cómo es tratado, en Francia especialmente, el hombre realmente admirable y digno de respeto que es Napoleón.

Ante la lectura de algunas correspondencias del Emperador que reprodujimos más arriba, hay que estar animado por la mala fe visceral de los realistas franceses, esos fracasados de la gloria que prefirieron chillar en sus camarines del faubourg Saint-Germain, y trepidar con las «hazañas» del jefe de una banda de matones, ese conde de Artois, futuro Carlos X, conspirador cobarde, guarnecido en Inglaterra, en vez de servir al hombre que sacó a Francia de su lodazal post-revolucionario. Hay que tener el rencor indeleble de los representantes de las monarquías extranjeras de ese tiempo, habitualmente vencidas después de haber provocado las guerras, y de las más codiciosa, de la más despreciable –no nos escondamos detrás de las fórmulas amaneradas entre ellas, la monarquía inglesa. Hay que tener el odio mercantil trabado en la pluma de esos panfletarios amargados (se reconocerán) que esgrimen la injuria cuan una de las bellas artes con el único fin –nunca confesado– de vender papel, para osar avanzar que Napoleón alcanzaba su plenitud en el carnaval sangriento de los campos de batalla.

Por un crapuloso juego de pasapasa, Inglaterra, jefe de fila y patrocinador de esos monarcas vindicativos y arrogantes, logró hacer recaer en el solo Napoleón la responsabilidad de los torrentes de sangre que, de 1805 a 1815, inundaron a Europa.
Es pues patente que la historia napoleónica, tal como es enseñada y contada, no es más que una gigantesca y monstruosa estafa que, a raíz de la inercia, por no decir la complicidad, culpable de ciertos especialistas o supuestos tales, se perpetúa desde hace mucho (demasiado) tiempo.
Los fundamentos de esta pseudo historia napoleónica reposan, de hecho, en la visión (!) que dieron de ella, desde 1815 y la derrota de Napoleón en Waterloo, primero los ingleses, muy cuidadosos en hacer olvidar todas las villanías de las que se hicieron culpables durante, esquemáticamente, los quince años que van del Consulado hasta el desmoronamiento del Imperio. Luego, por los detestables realistas franceses, deseosos, por su parte, de hacer olvidar que, durante esos años de grandeza, nunca cesaron de pactar con los enemigos de Napoleón –¡y vaya que no faltaban!– lo cual, en tiempos más recientes, recibió en Francia el nombre de «colaboración».

La alegría propiamente indecente de los realistas arrojadamente refugiados en Gante, en Bélgica, durante los Cien Días –la derrota francesa de Waterloo fue festejada ahí con un gran banquete, presidido, como es debido, por Luis XVIII , es la última y la más elocuente, al mismo tiempo que la más sórdida, manifestación.
En semejante contexto de deshonestidad, se concibe fácilmente que toda acción del Emperador, en cualquiera que sea el ámbito, le sea sistemáticamente imputada como un crimen.
No obstante, hará falta finalmente que un día «alguien» ¿pero quién tendrá el valor de ser ese «alguien»? tenga por fin el mínimo indispensable de decencia y de honestidad para restablecer la verdad, y hacer que ese hombre prodigioso no sea más tratado en nuestros libros escolares de «dictador», o de «carnicero de Europa», y que nuestra época, tan apegada –de palabra a esa «persona humana» que sin embargo respeta tan poco, se acuerde de que fue Napoleón, y nadie más que él, quien escribió esta bella frase que cito con frecuencia porque le define tan bien:

« NO HAY MÁS ENEMIGOS DESPUÉS DE LA VICTORIA
SINO TAN SÓLO HOMBRES
»

Después de éste movimiento de furor plenamente justificado, quise terminar por estos versos del poeta ¡ruso! Mikhail Lermontov (1814-1841), pues son, a la vez, una condena sin apelación a nosotros, franceses, que no cesamos de arrastrarnos ante los enemigos de Napoleón, y un homenaje emotivo rendido a la memoria del Emperador en el momento de la restitución de su cuerpo a Francia:

Mikhail Lermontov
Lejos de los últimos combates, de los golpes desesperados,
Para vuestro horror, y sin ver su herida,
¡Vosotros, como una mujer, lo habéis traicionado,
Como esclavos lo habéis vendido!
Privado de los derechos, privado del rango de ciudadano,
Él mismo, estando vencido, depuso su corona
Y os dejó por prenda un hijo al que amaba.
¡Ese hijo, lo libráis a los enemigos!
Luego, cargando al héroe con cadenas infamantes,
Lo habéis separado de sus hombres en llanto,
Y más allá de los mares, sobre una roca extranjera,
Olvidado de todos, murió, solo.
«La última morada».