
CAMPAÑA
DE PRUSIA, 1806
LA GUERRA QUE NAPOLEÓN NO
QUISO
POR JEAN-CLAUDE
DAMAMME
CONSULTOR HISTÓRICO DEL INSTITUTO
NAPOLEÓNICO MÉXICO-FRANCIA
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| El
Sr. Jean-Claude Damamme |
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| La
batalla de Iena, por Horace
Vernet, 1836 (detalle). |
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«
Esta guerra no era más que la lucha
del principio de legitimidad de los estados europeos
contra el heredero de la Revolución
»
(Leopold von Ranke, historiador alemán)
En
la noche del 2 de diciembre de 1805, cuando los
cañones se callaron en el campo de batalla
de Austerlitz, Rusia y Austria acababan
de sufrir una derrota lancinante, y Napoleón
de llevarse una victoria ejemplar, que conmemoraba,
de manera a la vez trágica y magnífica,
el primer aniversario del joven Imperio francés.
Puesto que acabamos de emplear el vocablo «
trágico », y porque la responsabilidad
de cada guerra declarada a la Francia imperial
por las monarquías absolutas de Europa
es sistemáticamente imputada a Napoleón,
recordemos, como lo hacemos frecuentemente en
el sitio del Instituto Napoleónico México-Francia,
que esta tercera Coalición fue, como las
precedentes, y como lo serán las siguientes,
montada por instigación de Inglaterra,
cuidadosa, en aquel momento preciso, de disipar
la amenaza que se había concretado, en
las costas de la Mancha, por la presencia de ese
ejército, llamado también «
de las Costas del Océano », reunido
ahí en la espera febril y gozosa de un
embarque con destino a las playas de Inglaterra:
« Jamás trabajos más
duros, escribió un joven oficial de
marina y futuro almirante, Jean Grivel, fueron
ejecutados con semejante alegría por esos
soldados, cuya devoción a la Patria, al
honor francés y al hombre que, para ellos,
personificaba todas esas cosas, era puro y libre
de codicia y de egoísmo. »
Para llevar a Austria (y a Rusia) a participar
a su salvación, Inglaterra, como era su
costumbre, no había escatimado en el empleo
de la « caballería de San Jorge »:
dos millones y medio de libras desembolsadas a
mediados del año 1804 para incitar a Austria
y a Rusia a declarar la guerra a Francia, y cinco
millones más depositados a fines del mismo
año por los negociantes de Londres para
financiar la Coalición.
Una canasta a la cual Austria no había
podido resistir: estaba casi en estado de bancarrota,
como lo indica este extracto de una carta enviada
al Emperador, el 11 de octubre de 1805, por su
ministro de Relaciones exteriores, Talleyrand:
« Señor,
« Tengo el honor de dirigir a S.M. dos cartas
del Sr. de La Rochefoucauld [embajador de
Francia en Viena] de una fecha un poco antigua
y que no contienen más que pocas noticias,
pero de las cuales algunas tienen interés.
En general, confirman aquellos de lo que nos habíamos
enterado por cierto de los apuros y del desamparo
de la corte de Viena. Ésta pide a sus pueblos
ayudas gratuitas confesando que el tesoro no está
en estado de pagar por sus productos… »
¡Qué importaba entonces que se hiciera
matar, herir y mutilar algunos miles de hombres
con tal de que Inglaterra respirase y que la corte
de Viena recuperara su lustre!
Pero, si los dos protagonistas y atacantes austriacos
y rusos habían sido vencidos, había
un tercero, que, aunque perteneciente a la Coalición,
se las había arreglado para salir sin daños.
Por una razón simple: no había aparecido
en el campo de batalla. ¿Por qué?
Ese vencido –en espera de serlo– era
Prusia.
Un regreso hacia atrás se impone aquí.
| LOS
« TAPUJOS » DEL REY DE
PRUSIA |
|
Desde el tratado
de Potsdam firmado el 3 de noviembre de 1805,
Prusia formaba oficialmente parte de la 3ª
Coalición. No se había salvado del
desastre más que por el plazo – un
mes – que le había ido acordado para
poner a su ejército en pie de guerra. La
noticia de la rendición de Ulm, llevada
a Berlín por uno de los hermanos del emperador
de Austria, no había influido poco en el
poco ardor manifestado por el rey Federico Guillermo
III.
Mantenido en la ignorancia completa de todos los
tratos de la corte de Prusia, el embajador de
Francia, el Sr. de Laforest, no podía instruir
a Napoleón en cuanto a los eventos que
se tramaban. Seamos justos: ¡tampoco su
homólogo prusiano en París había
sido informado del tratado de Potsdam!
 |
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 |
| Federico
Guillermo III: éste
rey débil y limitado reina,
pero no gobierna, pues es su esposa,
la hermosa reina Luisa, quien
es la verdadera ama del país. |
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|
|
| La
reina Luisa de Prusia,
enemiga mortal y declarada de
Francia. Su odio hacia Napoleón
era tal, que le enseñaba
a... su perico... ¡a insultar
al Emperador! |
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|
A pesar de esta
« cortina de hierro » antes de tiempo,
el Emperador había tenido noticia de esta
alianza de Prusia con sus enemigos austriacos
y rusos a través de una proclama hecha
a su ejército por Francisco II de Austria,
el día mismo de la entrada de Napoleón
en Viena. Proclama en la cual el soberano declaraba:
« En estas circunstancias, no
queda al Emperador de Austria más que conformarse
con los recursos poderosos que halla en los corazones,
en la prosperidad, en la fidelidad y la fuerza
de sus pueblos, apoyarse en el poder aún
intacto de sus grandes amigos y aliados, el emperador
de Rusia y el rey de Prusia, y de perseverar en
esta unión estrecha. »
No se podía ser más claro.
Y, mientras su Primer ministro Haugwitz trataba
de « adormecer » a Napoleón
con argumentos tranquilizantes y grandes protestas
de fidelidad –« La convención
del 3 de noviembre es una simple declaración
que lleva el ofrecimiento de buenos oficios y
de mediación… »
Federico Guillermo se apresuraba a escribir al
zar Alejandro que « el grueso
de [sus] tropas va a concentrarse en
Franconia », y eso con toda
la celeridad posible « en espera
del resultado de la negociación del conde
de Haugwitz, que sin embargo no las paraliza en
nada. »
La maña estaba tan perfectamente montada
que el mismo Talleyrand, aunque gran maestro en
el arte de la duplicidad, se había dejado
atrapar:
« El hecho es, escribía
a uno de sus amigos diplomáticos, que
estoy contento del Sr. De Haugwitz. No hubo tratado
en Potsdam el 3 de noviembre. Hubo un intercambio
de declaraciones. La declaración de Prusia
fue que ésta ofrecería sus buenos
oficiosos, su mediación para establecer
y garantizar la paz del Continente; he ahí
todo. »
La
negociación no estaba acabada cuando,
el 2 de diciembre, Napoleón había
infligido a los austro-rusos la corrección
que sabemos.
Asimismo, cuando, tres días más
tarde, le fue informado por el ministro
francés de Relaciones exteriores,
Talleyrand, que el vencedor deseaba entrevistarse
con él, Haugwitz se esperaba a lo
peor.
En efecto, habiéndose encontrado
después de la batalla Napoleón
– había dejado al zar escaparse
sin buscar perseguirlo – y el emperador
de Austria Francisco II, el prusiano ya
no representaba nada. Ni para el emperador
de Austria, ni para el de los franceses,
que no podía ver más en él
a un mediador, puesto que, por el hecho
de la derrota austriaca, la supuesta «
convención de buenos oficios »
firmada en Potsdam, ya no podía servir
de sostén a aquel prusiano, venido
con el único fin de engañar
a Napoleón.
Éste último dejara estallar
su justa cólera ante tanta trapacería:
« Señor
conde, os he acogido en Brünn con los
miramientos debidos al ministro de un gran
soberano que otrora me había hecho
creer que podía contar con su amistad.
Pero hoy, conozco el tratado que habéis
concluido con los enemigos de Francia; sé
que, según vuestras convenciones
con ellos, vuestros ochenta mil hombres
debían caerme encima si rechazase
las condiciones que estáis encargado
de dictarme; sé también que
no os bastó declararos mi enemigo,
pero que, en vuestro encarnizamiento contra
Francia, ibais a arrastrar con vosotros
a los Estados que están bajo vuestra
dependencia y a Europa entera si pudieseis
lograrlo… » |
 |
| Haugwitz
tratará en múltiples
ocasiones de engañar
a Napoleón mientras que
Prusia se entendía con
Rusia para engañar a
Francia. |
|
|
Napoleón
pudo haber lanzado inmediatamente a su ejército
- que acababa de vencer rápido y bien,
y cuyas pérdidas habían sido pobres
contra los 80 000 prusianos. Hubiera estado en
la línea recta de la imagen de bruto guerrero
que sus incondicionales e (¡hay!) infatigables
detractores dan de él.
¿Qué pasó entonces?
Lejos de echarse en una nueva campaña,
que no habría tenido otro resultado que
el que veremos pronto, Napoleón pidió
a Duroc, su Gran Mariscal del Palacio, ir a buscar
a Haugwitz y conducirlo al palacio de Schönbrunn
donde el prusiano, bien sorprendido, encontró
a un Napoleón de humor jovial, que le dijo:
« Todavía
esta mañana, creía que la guerra
con Prusia era inevitable, y ahora, si lo queréis,
si podéis firmar conmigo el tratado que
os propondré, tendréis lo que, a
fin de cuentas, debe interesaros prodigiosamente,
y yo tendré una garantía de la amistad
[!] del
rey, y la unión entre Francia y Prusia
será establecida para siempre. »
Y ante Haugwitz atónito, Napoleón
había dictado a Duroc los términos
del tratado que proponía a Prusia.
¿Qué podía hacer el prusiano?
Vencidos los aliados austriaco y ruso, ¿era
prudente exponer, por una negativa, a su país
a una guerra cuyo resultado no dejaba lugar a
dudas?
Pero, por otro lado, ¿era oportuno aceptar
firmar un tratado cuando toda Prusia clamaba la
guerra?
Prudencia obliga, Haugwitz, el 16 de diciembre
(1805) había firmado el tratado propuesto
por Napoleón, estando a cargo de Federico
Guillermo III el ratificarlo o no. Él,
Haugwitz, había ganado tiempo. No mucho
tampoco, pues el Emperador, cuidadoso de no mostrarse
inocente ante este adversario cuya marrullería
acababa de descubrir, había acordado un
plazo de tres semanas.
| REACCIÓN
IRRITADA DE LA CORTE DE PRUSIA |
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Los continuos esfuerzos desplegados
por Napoleón
para evitar la guerra que habría
de llevar al aplastamiento de
Prusia, no son, como de costumbre,
jamás mencionados.
(DR). |
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El 25 de diciembre,
Haugwitz arribó a Berlín, con, a
manera de regalo de Navidad, este gesto de (bien)
buena voluntad del Emperador de los franceses,
acompañado de una carta personal de Napoleón
para Federico Guillermo. Hela aquí, reproducida
en la lengua en uso en aquel tiempo entre soberanos
y de la que conviene hacer abstracción:
« Señor
mi hermano, he visto al Sr. conde de Haugwitz;
ha charlado largamente con él de mis sentimientos,
de mis proyectos y de mis vistas. Él vio
en mi alma, la vio al desnudo. Era una situación
tan nueva para mi corazón haber tenido
de qué quejarse de Vuestra Majestad, que
él no pudo cubrirse con ningún artificio.
Deseo mucho que el Sr. Conde de Haugwitz no esconda
nada a Vuestra Majestad de todo lo que le he dicho;
y, si Ella tiene algo de qué quejarse,
me precio de que Ella verá que si Ella
hubiese sido para mí un simple personaje
de política, mi corazón no se hubiera
visto así tan sensiblemente afectado. El
Sr. Conde de Haugwitz es portador de un tratado
en el que Vuestra Majestad juzgará que
nada ha podido hacerme olvidar seis años
de amistad y sobre todo la prueba de interés
que Ella me dio del interés que tenía
para conmigo, habiendo sido la primera en reconocer
a mi dinastía. No dependerá más
que de Vuestra Majestad que yo sea constantemente
el mismo para con Ella. Si Ella desea, por el
pensamiento, colocarse exactamente en mi posición
y apreciar en esta circunstancia lo que he hecho
por Ella, se convencerá de toda la verdad
de mis sentimientos. Uno de los mayores beneficios
que quiero deber a los éxitos que he obtenido,
es el reconocer que me han puesto más allá
de los prejuicios ordinarios y en caso de no consultar
más que a mi corazón y a esta amistad
que le he profesado desde hace largo tiempo. Me
ha sido bien doloroso pensar un instante que nuestros
enemigos comunes me la habían hecho perder;
pero siento hoy que, cualquiera que sea la situación
en que la política coloque desde ahora
nuestras coronas, no me pertenece más librarme
a un sentimiento que me ha constantemente guiado
en tantas circunstancias importantes. »
| EL
TRATADO REVISADO Y CORREGIDO POR LOS
PRUSIANOS |
|
Como era de esperarse,
y a pesar de las frases de paz escritas por Napoleón,
la recepción que el entorno de Federico
Guillermo III reservó a este esbozo de
tratado dicho de Schönbrunn fue de las más
frescas.
Echemos un vistazo a este tratado para tratar
de discernir lo que, en sus propuestas, podía
provocar la ira de los prusianos.
Si el tratado era ratificado, Prusia cedería
Baviera al país de Anspach, y a Francia
Clèves y Neuchâtel; como compensación,
Baviera entregaría a Prusia un territorio
de veinte mil habitantes para redondear el Margraviato
de Bayreuth, y Francia daría a Prusia el
muy codiciado Hannover – esa posesión
de la corona inglesa había sido conquistada
por el futuro mariscal Mortier como represalia
de la ruptura, por parte de Inglaterra, del tratado
de paz de Amiens.
Hablemos en cifras: en esta eventualidad, Prusia
perdería, es verdad, una treintena de miles
de habitantes, pero recuperaría un poco
más de novecientos mil por la obtención
de Hannover, y se elevaría, por lo demás,
al rango de potencia marítima convirtiéndose
en ama de la mar del Norte, puesto que la región
se extendería del centro de Alemania hasta
el mar del Norte, y de los Países Bajos
al oeste hasta Sajonia al este.
Cuando el vencedor de Austerlitz hubiera estado
en su derecho de portar sus armas contra ella,
Prusia, la hipócrita vencida virtual de
la tercera Coalición, habría podido
estimarse feliz de zafarse en tan buenos términos.
En demasiado buenos términos. No fue así,
y, reunidos en torno a su soberano, los ministros
de Federico Guillermo III emprendieron aportar
« enmiendas » de su manera al proyecto
de tratado concebido por Napoleón.
Dos artículos adicionales merecen ser subrayados:
- Por el ARTÍCULO 2, consciente de que
« la adquisición del
Electorado de Hannover era para el reposo y la
seguridad de la monarquía prusiana de un
precio que el rey siente cada día mejor.
» Federico Guillermo « acepta como
consecuencia la cesión que Su Majestad
el Emperador [Napoleón] cuenta
hacerle. Entretanto, el Rey tomará posesión
del Electorado y responderá a Francia por
la tranquilidad del norte de Alemania. »
- En cuanto al ARTÍCULO 3, estipula que
« en cuanto la posesión
de Hanover se haya convertido en propiedad por
las disposiciones de la paz entre Francia e Inglaterra,
el Rey cederá al instante a Baviera, a
un príncipe del Santo Imperio designado
por Su Majestad el Emperador Napoleón y
a la misma Francia, los tres objetos estipulados
en las actas III, IV y V de la convención.
»
En otros términos,
el rey de Prusia se otorgaba Hanover,
se instalaba, y sacaba de él las
ganancias subsecuentes, pero sin retroceder
nada antes de que la paz, aún bien
hipotética, se hubiera tornado
efectiva entre Francia e Inglaterra.
Y es en posesión de este documento
sorprendente como Haugwitz se había
vuelto a poner en marcha hacia París.
En Berlín, en donde era bien sabida
la devoción respetuosa que Napoleón
tenía por los manes del Gran Federico,
nadie dudaba: « el Usurpador
» se dejaría engañar
sin siquiera cuidarse.
No obstante fino, el mismo Haugwitz lo
creía firmemente cuando llegó
a París el 1º de febrero de
1806 para someter a Napoleón el
tratado revisado y corregido.
De hecho, en la capital prusiana, les
tenía sin cuidado que Napoleón
aceptase o no la pasmosa proposición
prusiana, pues el entorno directo del
rey, la reina Luisa la primera, pregonaba
una suerte de guerra santa, y fortificados
por el pacto místico de Potsdam
– en una puesta en escena rocambolesca
imaginada por la reina, iniciadora de
la « ceremonia », el rey y
el zar habían jurado ante la tumba
del difunto Gran Federico proseguir la
lucha contra « el heredero de la
Revolución » los prusianos
soñaban de venir a las manos con
la Francia impía.
El desastre que va a marcar,
para Prusia, el fin de este año
1806 y reducirla a nada por algunos años,
es tan ejemplar, tan trágico –y
al mismo tiempo tan merecido– que
conviene detenerse un instante en los
que cargan con la responsabilidad.
|
 |
| Imagen
popular del juramento entre el rey
de Prusia y el zar de Rusia ante la
tumba del Gran Federico. |
|
| UN
BOTAFUEGO LLAMADO LUISA DE PRUSIA |
|
En primer lugar,
miremos, o más precisamente, admiremos
a la reina Luisa, pues, más que su esposo,
es ella quien reina sobre Prusia.
Nacida Luisa de Mecklembourg-Strelitz, esta joven
mujer –en 1806, tiene treinta años
de edad– reina también sobre los
corazones, pues su belleza es proverbial.
« Hay que haber visto, escribió la
Sra. Vigée-Lebrun, retratista titulada
de María Antonieta, a la reina de Prusia
para comprender cómo, a su primer aspecto,
quedé primero como encantada. »
El mismísimo gran Goethe escribió
todavía más hermosamente que un
día la reina pasó ante sus ojos
cuan « aparición celeste cuya impresión
no se extinguirá jamás. »
Bien evidentemente, la situación era la
misma para el rey, enteramente bajo la férula
de su encantadora mujer, este Federico Guillermo
III (treinta y seis años en 1806), juzgado
así por Napoleón:
« Ningún
sastre sabía más que el rey Federico
Guillermo acerca de cuánto era necesario
de tela para hacer un vestido. Si el ejército
francés hubiera sido comandado por un sastre,
el rey de Prusia habría ciertamente ganado
la batalla como consecuencia de su saber superior
en esta materia. »
De manera menos gráfica y más cruel,
en 1807 en Tilsit, dirá del mismo:
« Es un
hombre totalmente limitado, sin carácter,
sin medios [intelectuales], un verdadero
pánfilo, un palurdo, un aburrido.
»
La ausencia de carácter del soberano prusiano
pronto se revelaría trágica.
Como todos los soberanos de aquel tiempo, la reina
Luisa de Prusia odiaba aquella Francia nueva encarnada
por « Buonaparte », y como el verdadero
rey era de hecho la reina, la « demisión
» de Federico Guillermo le dejaba el campo
libre para pregonar su cruzada anti-francesa.
Para agravar las cosas, el entorno de la soberana
estaba constituido por una jauría de jóvenes
oficiales turbulentos y arrogantes, quienes, cada
día, bajo la impulsión dada por
la reina, se persuadían de que, ellos,
los herederos del Gran Federico, vencedor de los
franceses en Rossbach, el 5 de noviembre de 1757
durante la guerra de Siete Años, harían,
con que se les proporcionara la ocasión,
un bocado de los miserables franceses, que no
eran los herederos más que de la morralla
revolucionaria.
A su cabeza, el sobrino en línea directa
del Gran Federico, el príncipe Luis Fernando
de Prusia, treinta y cuatro años, personaje
controvertido, valiente hasta la temeridad –
o la estupidez – esgrimidor y juerguista
reputado.
Aureolados por la protección de la hermosa
reina, esos jóvenes se pusieron a calentar
la opinión pública prusiana contra
Francia, y, peor aún, lograron arrastrar
a los grandes jefes del ejército prusiano,
honores que, por consideración a su rango,
debieron haberse mantenido al margen de semejante
mascarada.
| SOBREPUJA
EN LAS INVECTIVAS |
|
 |
Mientras
Napoleón se esforzaba por todos
los medios en su poder en
preservar la paz en Berlín,
se multiplicaban las provocaciones.
En esta imágen, vemos a los
alumnos oficiales prusianos quienes,
bajo la influencia del príncipe
Luis Fernando, provocan al embajador
de Francia en Berlín, el Sr.
de Laforest, afilando sus sables en
los escalones de la embajada de Francia.
Dibujo de Myrbach |
|
Cada cual cargó
las tintas.
El príncipe de Hohenlohe afirmaba que él,
que había vencido a los franceses en más
de « sesenta asuntos » se comprometía
a vencer a Napoleón con que se le dejaran
los « brazos libres » cuando estuviera
« enfrentándose a él. »
Hay que precisar que, para este personaje, como
para, prácticamente, todos los oficiales
prusianos así fueran de los más
pequeños grados, el Emperador « no
era digno de ser cabo en el ejército prusiano
».
¿Qué
decir de los mariscales y generales, si
no que « zapateros remendones improvisados
generales por la Revolución »,
no tenían ninguna oportunidad frente
a los oficiales prusianos que « han
aprendido la guerra desde su juventud »?
« En tres meses, y con
fuerzas de dos tercios de las suyas, echaríamos
a fuetazos a esos tíos más
allá del Rin; lo apuesto por mi salvación
», peroraba otro.
Mencionemos igualmente, aunque sea bien
conocida, la anécdota de los alumnos
oficiales que iban, en un gesto de pura
provocación, a afilar sus sables
en los escalones de la residencia del embajador
de Francia, el Sr. de Laforest. Viéndolos
a la obra, se señala que su coronel
habría dicho:
« Lamento que nuestros
bravos prusianos empleen sables y fusiles;
unos garrotes bastarían para echar
a esos perros franceses. »
Por poco, hubiesen tenido piedad, si el
desprecio no hubiera prevalecido.
Una frase de Blücher, pues este personaje
odioso y vindicativo regresa frecuentemente
en la historia del Primer Imperio, en especial
en ocasión de las derrotas repetidas
que le infligió Napoleón –la
última (¡hay!) en Ligny, dos
días antes de Waterloo– y que
no hicieron sino reforzar su odio de Francia
y de su jefe. La ambición de Blücher:
preparar la « tumba de todos los franceses
que se encontraban a lo largo del Rin ».
Estos argumentos, en sí ya odiosos,
revelaban por lo demás una vanidad
y una estupidez sorprendentes, pues quienes
los formulaban parecían olvidar que
esos « zapateros remendones »
y su « cabo » acababan, el 2
de diciembre del año precedente,
de triunfar de bella manera ante los dos
ejércitos ruso y austriaco. |
 |
|
El príncipe Luis
Fernando de Prusia. |
|
|
Cuando Haugwitz
llegó a París con el proyecto de
tratado de Napoleón revisado por los prusianos,
ignoraba que el embajador francés ya había
transmitido una copia de él.
Resultado: una nota seca del Emperador transmitida
por Talleyrand:
« El ministro
de las relaciones exteriores ha recibido la orden
expresa de Su Majestad el Emperador de dar a conocer
al Sr. de Haugwitz, en la primera entrevista,
que por defecto de ratificación en los
tiempos previstos, Su Majestad no podría
ver el tratado concluido en Viena como existente;
que Su Majestad no reconocerá a ninguna
potencia y menos a Prusia que a ninguna otra,
porque la experiencia ha probado que había
que hablar claramente y sin rodeos, el derecho
de modificar los diferentes artículos de
un tratado; que el tener dos textos de un mismo
tratado no es intercambiar ratificaciones y que
la irregularidad parece todavía más
grande si se consideran las tres o cuatro páginas
del informe añadidas a las ratificaciones
de Prusia… »
| NAPOLEÓN
AJENO A TODA IDEA DE GUERRA CON PRUSIA |
|
Cuando, el 9 de
febrero, concedió finalmente una audiencia
a Haugwitz, Napoleón, entre otras cosas,
le significó que, para que los dos países
quedasen en buenos términos, lo mejor era
regresar a la situación tal como estaba
antes de la campaña de 1805 – lo
cual, evidentemente, implicaba que se mantuviera
la ocupación de Hannover por las tropas
francesas.
Finalmente, acorralado, temiendo que, ante estas
tergiversaciones, Napoleón endureciera,
cada día que pasara, los términos
de lo que había sido el tratado de Schönbrunn,
y rechazara mañana lo que había
acordado la víspera, Haugwitz, con todo
su pesar, firmó, el 15 de febrero, el tratado.
Fue ratificado por Federico Guillermo el 26 del
mismo mes.
En Berlín, cuando se conoció la
noticia, una ola de odio sacudió al partido
de la guerra, y, a partir de entonces, el incendio
se propagó en las casernas de todo el país.
Aún cuando era el primer concernido, uno
solo permanecía imperturbablemente sereno
en medio de toda esta efervescencia: el mismo
Napoleón, pues no albergaba ninguna animosidad
particular contra Prusia.
Así, en el momento en que había
iniciado el proceso de creación de la Confederación
del Rin, concretada el 12 de julio precedente,
había propuesto al rey de Prusia tomar
la cabeza de un equivalente puesto bajo su autoridad:
la Confederación del Norte. El argumento,
frecuentemente utilizado, de que la creación
de la Confederación del Rin haya sido el
origen de la campaña de 1806 es peor que
falso: deshonesto.
 |
| El
Señor de Laforest,
embajador de Francia en Berlín. |
|
|
El
embajador francés en Berlín
había de hecho manifestado a su ministro
de tutela, Talleyrand, la intensa satisfacción
de la corte de Federico Guillermo III ante
esta marca de confianza:
« El rey [de Prusia]
declara pues hoy formalmente que brinda
su adhesión entera a la Confederación
del Rin, que tomará todas las medidas
del partido que acoge y que acepta la proposición
que le ha hecho el Emperador de asentir
igualmente las disposiciones del mismo tipo
que Prusia adoptará en el Norte [una
Confederación idéntica constituida
con los Estados pertenecientes al Santo
Imperio romano germánico, que cesará
de existir el 6 de agosto]. La modestia
natural de Su Majestad prusiana hace que
no esté aún bien seguro si
aprovechará la ocasión de
hacer integrarse la corona imperial en la
casa de Brandenburgo. Su Gabinete no puede
más que aconsejárselo y comprender
su utilidad para el destino de Prusia…
El Rey no solo se ve a sí mismo como
el aliado de Francia sino como el aliado
del soberano del Imperio francés,
y es de esta manera como contribuye con
un fervor amistoso a todo lo que consolida
la dinastía imperial. »
Tales eran, contados por Laforest, los sentimientos
supuestos de Prusia hacia Napoleón.
Pero los argumentos de Federico Guillermo
III tomarán toda su dimensión
cuando se sepa que emanan del mismo personaje
que, tan sólo un mes antes, –
el 12 de julio – había firmado
la paz con el zar Alejandro, otro tratado
que no tenía otro fin que el aniquilamiento
de la Francia imperial. Recordemos el artículo
VII, que no puede ser más claro: |
«
Nos ocuparemos primero de los medios necesarios
para poner nuestro ejército en una condición
formidable, y de un plan de operaciones detalladas,
pero eventual, para ser ejecutado tan pronto como
el caso de actuar viniera a presentarse, ya sea
para la defensa común, ya sea para sostener
las garantías de las que nos encargamos
por el artículo III.»
Un artículo III que nos revela que el zar
y el rey de Prusia harán todo para «
concurrir a los arreglos por medio de los cuales,
cuando la paz general, se podrá por fin
lograr arreglar y garantizar un estado de las
cosas estable y permanente en Europa. »
Así pues, sobre la base de las informaciones
transmitidas por su embajador, Napoleón
era extranjero a toda idea de guerra. Tenemos
por cierto registros escritos de sus disposiciones
pacíficas.
El 17 de agosto de 1806 – en menos de dos
meses, Prusia habrá declarado la guerra
y habrá sido magistralmente aplastada –
, he aquí lo que escribía al mariscal
Berthier, jefe de estado mayor general de la Grande
Armada, a propósito de las tropas que quedaron
en ocupación a lo largo del Rin después
de la victoria de Austerlitz:
« Hay
que pensar seriamente en el regreso de la Grande
Armada puesto que me parece que todas las dudas
sobre Alemania se han despejado…
« Podéis anunciar que el ejército
va a ponerse en marcha; que todo el mundo esté
listo para volver a Francia. »
Es difícil imaginar a un Napoleón
listo para saltarle a la garganta a Federico Guillermo
III – es decir a volver a irse a la guerra
– y, al mismo tiempo anunciando, a sus tropas,
que toma las medidas para su regreso a la Patria,
la más bella de las recompensas para todo
soldado.
En el mismo orden de ideas, por medio del Exposé
de la situación de l’Empire
(Exposición de la situación del
Imperio) el Cuerpo legislativo había podido,
desde el 5 de marzo, tener conocimiento oficialmente,
no solo del anuncio del próximo regreso
de la Grande Armada a su hogar, sino también
de los proyectos del Emperador:
« Después
de lo que el gobierno ha hecho por la gloria y
la prosperidad de Francia, el Emperador no contempla
más que lo que queda por hacer y lo encuentra
bien por debajo de lo que ha hecho; pero no son
conquistas lo que proyecta; ha agotado la gloria
militar, no ambiciona esos laureles sangrientos
que le han forzado a recoger: perfeccionar la
administración, hacer de ella para su pueblo
la fuente de una felicidad durable, de una prosperidad
siempre creciente, tal es la gloria que ambiciona,
tal es la recompensa que él se promete
de una vida dedicada toda entera a las más
nobles pero a las más difíciles
funciones. »
 |
| Tan
poco se esperaba Napoleón
a una declaración de guerra
de Prusia, que había dado
la orden a las tropas de Alemania
de volver a Francia. |
|
|
Exactamente
lo que, Primer Cónsul, él
decía en 1802 –¡ya entonces!–
a ese marqués de Lucchesini, embajador
prusiano en París. En un despacho
enviado a su soberano, Lucchesini le informaba
que Bonaparte le había parecido decidido
« a descartar cuidadosamente
todo tema relativo a la guerra a fin de
poder hacer que se dediquen al provecho
de la agricultura, de la industria, del
comercio, de las artes, los recursos pecuniarios
que la guerra absorbe y extingue a la vez.
»
El diplomático proseguía explicando
que el Primer Cónsul le había
hablado « con convicción
de canales que perfeccionar y abrir, de
caminos por trazar y reparar, de puertos
que limpiar, de ciudades por embellecer,
del culto y de los establecimientos piadosos
que dotar, de instrucción y de educación
públicas que pagar. »
En cuanto a las inquietudes de su embajador
en Berlín, el señor de Laforest,
Napoleón no podía pues sino
juzgarlas infundadas, como lo prueba este
extracto de una carta enviada a Talleyrand:
« La
carta del Sr. de Laforest del 12 de agosto
me parece una locura. Es un exceso de miedo
que inspira piedad. Hay que permanecer tranquilos
hasta que sepamos positivamente qué
esperar. » |
¿En donde
está ese Napoleón camorrista descrito
hasta la náusea por una multitud de historiadores,
en especial ingleses y, casi igual de numerosos,
e igualmente nocivos… franceses; ese Napoleón
listo para hacer marchar a sus ejércitos
contra el primero que se hubiese atrevido a incluso
aparentar no querer doblegarse a sus cuatro voluntades?
Un evento –inglés– vino a perturbar
este simulacro de relaciones armoniosas. Un evento
feliz sin embargo: la muerte, el 23 de enero de
1806, del Primer ministro inglés, William
Pitt, víctima de un poco glorioso ataque…
de gota.
| LA
ESPERANZA DEFRAUDADA DE NAPOLEÓN |
|
 |
Esta
caricatura francesa cruel pero bien
fundada ilustra a su manera la muerte
en 1806 del Primer ministro inglés
William Pitt, llamado
« el Segundo »
algunas semanas después del anuncio
de la derrota de los austriacos y de
los rusos en Austerlitz a quienes había
subvencionado para que declarasen la
guerra a Napoleón.
Es él quien fue, junto con sus
predecesores y sus sucesores, ese «
carnicero de Europa »,
para retomar la expresión abyecta
empleada recientemente por una agencia
de prensa extranjera hacia Napoleón. |
|
Su sucesor, Lord
Grenville, había nombrado en los Asuntos
extranjeros a un hombre de cincuenta y siete años,
al que Napoleón, entonces Bonaparte, había
conocido poco después de la firma, el 25
de marzo de 1802, de la paz de Amiens.
El nuevo ministro inglés y el Primer Cónsul
se habían encontrado varias veces, y habiendo
aprendido a conocerse, habían desarrollado
una estima recíproca.
EPITAFIO
DE WILLIAM PITT POR NAPOLEÓN
|
«
El
Sr. Pitt ha sido el amo de toda la
política europea; ha tenido
en sus manos la suerte moral de los
pueblos; hizo un mal uso de ella;
incendió el universo y se inscribirá
en la Historia a la manera de Erostrato
[Habitante de Efeso, quien, para inmortalizar
su nombre, prendió fuego al
templo de Artemisa, una de las Siete
Maravillas del mundo.] entre flamas,
lamentos y lágrimas…
« Primeramente, las chispas
iniciales de nuestra Revolución,
luego todas las resistencias al deseo
nacional, en fin todos los crímenes
horribles que fueron la consecuencia
de ello son obra suya. Esa conflagración
universal de veinticinco años;
esas numerosas coaliciones que la
mantuvieron; el trastorno, la devastación
de Europa; los mares de sangre de
los pueblos que de ella fueron el
resultado; la deuda espantosa de Inglaterra
que pagó todas esas cosas;
el sistema pestilencial de los préstamos,
bajo el cual los pueblos permanecen
curvados; el malestar universal de
hoy, todo eso es de su obra. La posteridad
lo reconocerá; ella lo señalará
como un verdadero azote: ese hombre
tan elogiado en su tiempo, no será
un día más que el genio
del mal… |
|
William Pitt
«
el
Joven
»
El verdadero carnicero
de Europa |
|
|
Pero
lo que la posteridad reprochará
sobre todo al Sr. Pitt, será
la horrible escuela que ha dejado
tras de él; el maquiavelismo
insolente de ésta, su inmoralidad
profunda, su frío egoísmo,
su desprecio por la suerte de los
hombres o de la justicia de las cosas.
»
|
Embusteramente
indoctrinada por los esmeros vigilantes
de los ingleses y de sus deudores,
los realistas franceses, la posteridad,
desgraciadamente, se ha equivocado
de culpable. Peor: persiste en su
error. |
|
Ese hombre, Charles
James Fox, era bien conocido por ser, en Inglaterra,
el más talentoso y más virulento
oponente a la política anti-francesa de
Pitt. Para Napoleón, siempre en busca de
esa paz que buscaba desesperadamente con Albión
–su carta enviada el 2 de enero de 1805
al rey de Inglaterra Jorge III: «
La paz es el deseo de mi corazón
», podemos leer entre otras
palabras de apertura, había quedado sin
respuesta– la llegada al poder de este hombre
de bien constituía el anuncio de un posible
y durable relajación entre ambos países.
Pero en ese caso, se tornaba imposible ceder a
Prusia, como había sido inicialmente contemplado
y prometido, ese Hannover que ésta codiciaba,
pero que era también la cuna de la familia
reinante de Inglaterra.
 |
| El
ministro inglés Charles
James Fox |
|
|
Por medio de una estratagema
dudosa, demasiado larga para desarrollarla
aquí, el enviado de Berlín
ante Napoleón, el marqués
de Lucchesini, prusiano de origen italiano
(Lucca), tuvo conocimiento de este viraje
de la política del Emperador. Pero,
en vez de pedir una audiencia para obtener
aclaraciones sobre las compensaciones
–que habían sido previstas
por Napoleón comunicó sin
esperar la noticia a Berlín. El
frenesí anti-francés se
convirtió entonces en una histeria
colectiva.
Para concretar el cambio
que podía instaurarse en las relaciones
entre los dos países, enemigos
hereditarios, Fox dirigió a su
homólogo francés, Talleyrand,
una carta informándole que había
recibido a un individuo de nacionalidad
francesa que quería revelarle «
cosas que le agradarían ».
He aquí, descritas por el mismísimo
Fox, las « cosas » en cuestión:
« Conversé con
él solo en mi gabinete donde, después
de algunos discursos poco importantes,
ese bribón tuvo la osadía
de decirme que, para tranquilizar a las
Coronas, hacía falta hacer morir
al jefe de los franceses, y que, con este
objeto, se había rentado una casa
en Passy desde donde se podía,
con toda seguridad y sin riesgo, ejecutar
ese proyecto detestable… »
|
Se podrá
evaluar el camino recorrido al saber que una carta
proveniente de Londres, fechada el 23 de diciembre
de 1805, e incautada por la policía francesa,
mencionaba la necesidad de un « asesinato
deseable ». El de Napoleón, por supuesto.
A petición
del Emperador, Talleyrand agradeció a Fox
en estos términos:
«
Señor, puse la
carta de Vuestra Excelencia ante los ojos de Su
Majestad. Su primer comentario, después
de haber acabado su lectura, fue: “reconozco
aquí los principios de honor y de virtud
que siempre han animado al Sr. Fox. Agradecedle
de mi parte, y decidle que, ya sea que la política
de su soberano nos haga permanecer aún
por largo tiempo en guerra, ya sea que una querella
tan inútil para la humanidad tenga un término
tan cercano como ambas naciones deben desearlo,
me regocijo del nuevo carácter que, por
medio de este trámite, la guerra ya ha
tomado, y que es el presagio de lo que se puede
esperar de un Gabinete cuyos principios me plazco
en apreciar en virtud de los del Sr. Fox, uno
de los hombres mejor hechos para sentir en toda
cosa lo que es bello, lo que es verdaderamente
grande”. No me permitiré, señor,
añadir nada a las propias expresiones de
Su Majestad Imperial. Firmado: Talleyrand
».
A este correo,
estaba adjunto un documento destinado a mostrar
a Fox que Napoleón estaba siempre listo
para entablar negociaciones de paz con Londres.
Ante tal perspectiva –la paz con Inglaterra,
era la paz con Europa– Napoleón no
oía, o no quería oír, el
ruido de botas y espuelas que los matamoros de
Berlín hacían resonar de lo lindo.
Ya no le quedaba al Emperador más que esperar
a que el viento que soplaba de Inglaterra le aportase
la buena nueva: la afirmativa del gabinete
de Saint-James para la apertura de negociaciones
de paz.
Una noticia le llegó efectivamente, pero
fue una triste noticia: la muerte, acaecida el
13 de septiembre, del respetable Charles Fox.
Sobre ese peñasco maldito de Santa Helena
a donde los ingleses lo habían deportado,
el Emperador dirá, pero lo pensó
ciertamente en el instante en que el anuncio de
ese fallecimiento le llegó:
« La muerte del Sr. Fox es una
de las fatalidades de mi carrera. Si hubiese seguido
viviendo, los asuntos hubieran tomado un giro
muy diferente; la causa de los pueblos hubiera
prevalecido, y hubiésemos fijado un nuevo
orden de las cosas en Europa. »
Con Fox, era la
paz, esa paz tan deseada por Napoleón,
la que bajaba a la tumba.
En Londres, donde los viejos demonios volvieron
a predominar, se pusieron a hacer funcionar febrilmente
la « plancha de billetes ».
Napoleón, entonces, no pudo hacer otra
cosa que escuchar las vociferaciones venidas de
Berlín, en donde se habían preparado
los garrotes para « echar a esos perros
franceses ».
Los prusianos, henchidos de orgullo y ebrios por
su jactancia – una relación de la
policía menciona: « En
el ejército, se patalea de impaciencia,
y Dios sabe lo que pasaría si no nos batiésemos
» se dirigían sin saberlo
hacia un espectacular suicidio colectivo.
El primer acto de la tragedia se presentó
en forma de un ultimátum enviado a Napoleón
por Federico Guillermo III que exigía que
« las tropas francesas vuelvan a pasar
el Rin, todas sin excepciones, comenzando su marcha
el día fijado por el Rey [!!]
y prosiguiéndola sin detenerse; pues su
retirada al instante, completa, es, en el punto
en que están las cosas, la única
garantía de seguridad que el Rey pueda
admitir. »
Lo que Federico Guillermo III, ese rey que nadie
había amenazado, pero que exigía
una garantía de seguridad, ignoraba, es
que se acercaba el momento en que iba a ver realizarse
–con algunas semanas de retraso– una
predicción de Mirabeau:
« Si el rey de Prusia se lanza
al partido de los ingleses, en quince años
será el marqués de Brandenburgo.
»
| NAPOLEÓN
JUEGA SUS ÚLTIMAS CARTAS DE
PAZ |
|
El Emperador quiso
sondear una última vez las intenciones
de Londres.
Basta tener conocimiento de las concesiones que
propuso para apreciar su buena voluntad y su deseo
de poner un punto final a este estado de guerra
larvado con el gabinete de
Londres: restitución de Hannover a Inglaterra,
con compensaciones acordadas a Prusia, la isla
de Malta reconocida propiedad inglesa (aun cuando
le había sido dada a Francia por el tratado
de Amiens), abandono, en provecho de Londres,
de las factorías francesas de Pondichéry,
Chandernagor y Mahé, y de una de las pequeñas
Antillas, Tobago, que, después de haberle
sido arrebatada a Francia en 1795, le había
sido devuelta en 1802 por ese mismo tratado de
Amiens.
Al hacer esto, el Emperador se jugaba prácticamente
sus últimas cartas de paz, pero le era
absolutamente preciso saber a qué atenerse
antes de volcar su atención hacia Prusia.
En cuanto a Federico Guillermo, seguro de salirse
con la suya, se volteó hacia su proveedor
de fondos habitual: Inglaterra.
He aquí por cierto con qué convencer
a los escépticos – y Dios sabe que
son numerosos cuando uno ambiciona, por respeto
a su memoria, demostrar la verdad, siempre disimulada
porque molesta para aquellos quienes lo ultrajan
desde su caída, de que Napoleón
fue verdaderamente un hombre de paz. Se trata
de una carta enviada, el 6 de septiembre de 1806,
por el rey de Prusia al zar Alejandro:
«
He seguido vuestros consejos. Por ello es
que he terminado mis diferendos con Suecia. Discusiones
de detalle en este momento serían la muerte
de la unión. Lo esencial es actuar, y,
para ponerme en estado de poderlo con vigor, es
preciso ante todo que Inglaterra me proporcione
medios prontos, suficientes, a reserva de contar
más rigurosamente juntos cuando los éxitos
nos dejen tiempo para ello. Vuestro ministro podría
prestarme servicios esenciales persuadiendo al
gabinete de Londres de que es éste el único
medio de obtener todavía éxitos
contra el perturbador del reposo del universo.
»
Por el momento,
el « perturbador » se esforzaba por
todos los medios, y esto en detrimento incluso
de su dignidad y de la del país que gobernaba,
de preservar la paz.
Como respuesta a las (demasiado) generosas concesiones
francesas, el plenipotenciario inglés,
Lord Lauderdale, no dio más indicación
que pedir sus pasaportes – lo cual era la
señal de una ruptura definitiva.
El zar, por su lado, acababa de romper, el 15
de agosto, el tratado que su enviado, el consejero
de Estado d’Oubril, había firmado
con Napoleón el 20 de julio –recordemos
que, ocho días antes, el mismo Alejandro
había firmado con Prusia un tratado de
alianza ofensiva contra Francia–, bajo el
pretexto que « esa convención
era enteramente opuesta a las órdenes y
a las instrucciones de que ese plenipotenciario
había sido provisto. »
Pretexto perfectamente falaz que dice mucho sobre
la villanía de Alejandro, pues, poco antes
de la llegada a París del enviado de San
Petersburgo, el gran canciller de Rusia había
escrito a Talleyrand:
« Me queda rogaros dar crédito
a todo lo que el Sr. Consejero de Estado d’Oubril
os dirá en nombre de Su Majestad Imperial.
»
Una Majestad imperial que había, por lo
demás, dado plenos poderes a su diplomático
para « entrar en charlas con
aquel o aquellos que estén suficientemente
autorizados por parte del gobierno francés,
concluir y firmar con ellos una acta o convención
sobre bases propias para afirmar la paz que será
restablecida entre Rusia y Francia ».
Hubiese sido difícil ser más explícito.
¿La situación?
Hela aquí: un zar que rompe un compromiso
solemne; un embajador inglés que demanda
sus pasaportes después de haber encarecido
sin cesar sus exigencias – siempre aceptadas;
prusianos que se abalanzan sobre sus monturas.
¿Cómo hubiera podido Napoleón,
sin poner gravemente en peligro al país
del cual estaba a cargo, sustraerse a la obligación
de prepararse al conflicto?
| PUESTA
EN MARCHA DE LA MÁQUINA IMPERIAL |
|
Obligado, a pesar
de él, a la guerra, el Emperador va entonces
a desplegar los recursos de su prodigiosa inteligencia
y de su igualmente prodigiosa energía,
y el jefe de Estado demasiado conciliador deja
su lugar al jefe de guerra, el único talento
que se digna reconocérsele – aun
cuando para un historiador napoleónico
bien conocido « su concepción [la
de Napoleón] de la guerra tenía
más de póquer que de ajedrez [!!!]
* ».
La maniobra magistral de Austerlitz ha demostrado
toda la pertinencia de esta apreciación.
 |
|
El Mariscal Louis Alexandre
Berthier (1753 - 1815),
Príncipe de Neuchâtel
y de Wagram. |
|
|
En el caso de esta campaña
de 1806, Napoleón atacó
tan poco a Prusia, y entraba tan poco
en sus intenciones hacerlo, que le fue
necesario primero saber todo para poder
prever todo.
Así las preguntas
se pusieron a prorrumpir en dirección
de su indispensable « ordenador
», el mariscal Berthier, jefe de
estado mayor general de la Grande Armada.
Preguntas acerca de los ríos, los
puentes, los caminos «
Haréis buscar los mejores mapas
que pueden hallarse en Munich y en Dresden.
Enviaréis oficiales inteligentes
a Dresden y a Berlín. Se detendrán
por doquier en el camino para desayunar,
cenar, dormir, no caminarán de
noche y estudiarán bien el local.
Dadme también detalles sobre el
Spree. No necesito decir que la mayor
prudencia es precisa para obtener estas
informaciones. »sobre
los equipajes militares, sobre el servicio
de ambulancias – le parece que «
las carretillas de la compañía
Breidt no son propias para este servicio.
Cada regimiento debe tener su ambulancia.
» sobre los
herrajes necesarios a la caballería,
y sobre los… hornos de pan que no
tienen ningún secreto para él
– «
Un buen horno puede hacer cocer pan
para tres mil hombres. ».
Tantos detalles que pueden parecernos
irrisorios el día de hoy –pero,
en aquella época, el problema,
por ejemplo, de los herrajes para los
caballos era tan primordial como lo es
para un ejército moderno su avituallamiento
en carburante– y de los que uno
podría sorprenderse con toda razón
de que Napoleón se preocupara en
persona.
|
Pero, decía en
1800, «
en la guerra, nada se obtiene sino
por el cálculo, todo lo que no
es profundamente meditado en los detalles
no produce ningún resultado.
»
Los prusianos no iban a tardar en verificar
a sus expensas la justeza de este pensamiento.
A esos « detalles
», se aunaba la preparación
de los movimientos de los ejércitos,
preparación tanto más compleja
cuanto que éstos no estaban acantonados
en un mismo lugar. Algunos se encontraban
ya en Alemania, mientras otros estaban
en Maastricht, Gante, Tournai, otros aún
en Moulins, Saint-Quentin, Boloña,
Saint-Brieuc, Grenoble, y otros todavía
en Italia: Turín, Alejandría…
Y todos, a pesar de las distancias, a
pesar de su rapidez de marcha diferentes
–infantes, jinetes, artilleros,
zapadores y pontoneros no se desplazaban
a la misma velocidad– deberán,
en un instante dado, encontrarse en el
lugar preciso que él habrá
escogido. Por ello es que le hacía
falta conocer el estado de los caminos,
las distancias, los medios de franqueamiento,
etc.
Quien sea, de buena fe
| | | |