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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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ESPAÑA
Un Pararrayos que precipita al relámpago
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Rendición
de Madrid, por
Antoine-Jean Gros |
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Por el General (2S)
Michel Franceschi
Comendador de la Legión de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico
México-Francia.
| «
No fueron ni las batallas
ni los enfrentamientos lo
que agotaron a las fuerzas
francesas, sino los incesantes
acosos de un enemigo invisible,
que, de ser perseguido, se
perdía entre la gente,
de la cual reaparecía
inmediatamente después
con fuerza renovada. El león
de la fábula atormentado
a muerte por un jején
da una imagen verdadera del
ejército francés
» |
Abate
de Pradt. |
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Traducción del Instituto
Napoleónico México-Francia
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¡Bien
sombrío y tortuoso asunto es el de España!
Los detractores de Napoleón lo presentan,
junto con la guerra de Rusia que está
por venir, como la marca incontestable de la
megalomanía de Napoleón. Hay que
cuidarse de los juicios simplistas. Eminentemente
compleja, la cuestión merece que nos
extendamos en ella.
Se puede afirmar
de entrada que la guerra de España estaba
inscrita en la naturaleza de las cosas si uno
se refiere a la situación belígera
y a la coyuntura del momento.
Después de Tilsit, Napoleón espera
a que Inglaterra, echada de Europa del norte,
expulsada de Portugal, y contenida en Italia,
se volviese contra el «vientre flojo»
español para encender en él una
nueva hoguera. Es vital para Francia prevenir
la abertura de un nuevo frente a sus espaldas.
En 1808 España
es aliada de Francia, con la cual ha compartido
el desastre de Trafalgar. Acaba de echar a los
ingleses de Buenos Aires y de aportar al ejército
francés el concurso de un contingente
militar en Alemania, bajo las órdenes
del general La Romana. Y muy recientemente,
ha cooperado lealmente con Francia en la expedición
militar de Portugal con miras a destruir la
primera cabeza de puente inglesa. En teoría,
todo va de la mejor manera en el mejor de los
mundos. Basta mantener la alianza en vigor para
conservar la seguridad de la guardia de flanco
española.
En realidad, la cosa es muy diferente. La alianza
española presenta todos los estigmas
de una inquietante fragilidad.
Primero, se
tuvo la prueba de que la corte de Madrid se
complacía en la duplicidad y el doble
juego. Cuando pasó por Potsdam en 1806,
Napoleón cayó de casualidad sobre
una correspondencia entre el rey de España
Carlos IV y el rey de Prusia, olvidada por éste
último en su huida frenética.
En su carta, el rey de España se ofrecía
para « atacar por la espalda
» a Napoleón mientras está
lejos en Prusia. El Infante Fernando, por su
parte, muestra una francofília de pura
fachada, pero sus correspondencias hierven de
odio por Francia y los franceses. Su entorno
reúne a un gran número de aristócratas
y de religiosos anti-franceses, en particular
su preceptor, el canónigo Escoiquiz.
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Por
lo demás, esos Borbones de España,
aunque descendientes de Luis XIV, presentan
todos los signos de una decadencia avanzada,
sobre la cual por caridad cristiana no
nos explayaremos. El pintor Goya no tuvo
los mismos escrúpulos en sus cuadros.
El mayor desacuerdo reina entre los miembros
de la familia. El rey, personaje de zarzuela,
la reina María Luisa, marimacha
de temperamento excesivo, y el primer
ministro favorito de la reina, Godoy,
bautizado príncipe de la paz, forman
un ménage à trois
muy unido. El hijo mayor Fernando, príncipe
de Asturias, seguido en este aspecto por
todo el país, no soporta esta situación
indigna y profesa desprecio por sus padres
y odio por Godoy, quienes se lo regresan
al céntuplo.
La querella familiar se encona en el otoño
de 1807 y los protagonistas hacen del
Emperador el árbitro de sus diferendos.
El rey acusa a su hijo de complotar para
destronarlo y de querer atentar contra
la vida de su madre. Pide a Napoleón
« ayudarle con su luz y con
sus consejos ». El príncipe
heredero, la pusilanimidad encarnada,
le implora lloriqueando tomarle bajo su
protección para defenderlo contra
Godoy, del que sospecha quererle desposeer.
Llega hasta solicitar un matrimonio con
una princesa Bonaparte. Por supuesto,
Napoleón no da seguimiento alguno
a este repugnante cambalache, pero envía
a su chambelán de Tournon a la
corte de España para calmar el
juego y establecerle un reporte de la
situación en el país.
La alianza franco-española de octubre
de 1807 y la conquista de Portugal ponen
la querella familiar bajo sordina por
algún tiempo. |
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Don
Carlos IV,
Rey de España |
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¿Cuál
es el estado de ánimo de la población
española? La presencia del ejército
francés en España en tránsito
por Portugal es muy bien vista. El pueblo español,
actor esencial de la pieza que está por
realizarse, está menos evolucionado que
los demás pueblos europeos. Ha permanecido
bajo la influencia sofocante de un clero aún
no totalmente librado del fundamentalismo «
torquemadiano » de la Inquisición.
Por ahora, la opinión espera que Francia
ponga fin a la inaceptable situación
de la familia real. Siente lástima por
el rey, execra a la reina y a Godoy. A falta
de algo mejor, se inclina por el príncipe
de Asturias.
Se le informa
entonces a Napoleón que Inglaterra
activa su regreso militar en la península
ibérica. Albión presiente
que habrá una oportunidad que aprovechar
en la revolución de palacio que se anuncia
en Madrid. Esta noticia no constituye una sorpresa,
pero confirma la necesidad de hallar rápidamente
una solución al embrollo dinástico
español.
A estas alturas del asunto, el problema que
se plantea no es saber si se debe actuar en
España, sino cómo y cuándo
actuar, en función de la evolución
de la situación, pero sin tardar demasiado.
Talleyrand resulta un consejero muy radical.
En virtud de una especie de derecho de retracto
nacional, empuja a Napoleón a destronar
sin miramientos a los lastimeros Borbones de
España, indignos descendientes del gran
Luis XIV. A su manera de ver, su reemplazo por
una nueva dinastía derivada de la familia
imperial es la única solución
para garantizar una España segura. Esta
opción expeditiva, viniendo de un experto
generalmente moderado, sorprende al Emperador
y lo echa en una espantosa sospecha. ¿Despechado
por su reemplazo por Champagny a la cabeza de
los Asuntos Exteriores, estaría Talleyrand
buscando vengarse empujando a la política
de lo peor?
Entre tanto, Napoleón toma una medida
militar preventiva. Nombra a Murat su teniente
general en España, a la cabeza de un
cuerpo de armada que se instala en el norte
de la capital, Madrid. Hecho notorio, el
ejército francés es bien recibido
por una población que todavía
no ha sido montada contra él. Al mismo
tiempo, la escuadra del almirante Rosily va
a acostar en Cádiz. Permitida por los
acuerdos franco-españoles de octubre,
dentro del marco del asunto de Portugal, esta
decisión presenta también la ventaja
de poder disponer rápidamente de fuerzas
en ese país, ya que los ingleses,
esto se confirma, maquinan algo.
Pero los eventos
se precipitan. Los días 18 y 19 de marzo,
estallan unas insurrecciones en Aranjuez, fomentadas
por los partisanos de Fernando. Godoy es encarcelado
y no le debe la vida más que a la intervención
personal del mismo Fernando. Carlos IV se resigna
vergonzosamente a « abdicar en favor
de su bien amado hijo, el príncipe de
Asturias ». Éste último
se proclama rey de todas las Españas
bajo la apelación de Fernando VII.
Sin la menor decencia, la reina destituida escribe
a Murat para « que obtenga del Emperador
que se le de al rey, mi esposo, a mí
misma y al príncipe de la paz, lo necesario
para vivir los tres juntos, en un lugar conveniente
para nuestra salud, sin autoridad y sin intrigas
».
En este
instante crucial, hubiese sido necesario
tener en el lugar mismo una cabeza política
capaz de tomar inmediatamente decisiones
apropiadas a la situación. Echándole
el ojo al trono de España, Murat
decide por su cuenta ocupar Madrid el
23 de marzo de 1808 y se las arregla
para hacer que el antiguo rey se eche
para atrás en su abdicación.
¡La situación empieza a
convertirse en una farsa! Carlos IV
escribe a Napoleón: « He
sido forzado a abdicar, pero, plenamente
confiado, hoy en día, en la magnanimidad
y el genio del gran hombre que siempre
se ha mostrado mi amigo, he tomado la
resolución de conformarme en
todo a lo que ese gran hombre decida
en cuanto concierne a mi suerte, la
de la reina y la del príncipe
de la paz. Dirijo a Vuestra Majestad
mi protestación contra los eventos
de Aranjuez y contra mi abdicación.
Me remito y me confió
por completo al corazón y la
amistad de Vuestra Majestad
». No sabemos si esto es totalmente
sincero, pero es claro: Carlos IV reniega
su abdicación, obtenida por coacción,
y se remite enteramente a Napoleón
para resolver el problema español.
A este
nivel del asunto, el Emperador no ve
realmente como arreglárselas.
Si Murat no hubiera intervenido, no
habría dos reyes en ese instante
en España, y sólo tendría
que arreglárselas con el nuevo.
Se siente tentado a abandonar pura y
simplemente a Carlos IV, pero los consejos
de Talleyrand le vuelven en mente. Para
todos los efectos, prepara la solución
de la devolución del trono de
España a un Bonaparte. Piensa
en primera instancia en Luis quien se
niega con desplante. José se
mostrará más cooperativo
en poco tiempo…
Por otro lado, el reporte de la misión
de información que había
mandado, pone de manifiesto la
francofobia aseverada del nuevo rey
y sobre todo de su entorno.
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Napoleón
se da todavía tiempo para reflexionar.
Como antes de una batalla, decide ir a darse
cuenta in situ y por sí mismo, y de proceder
a una confrontación de los protagonistas
de Bayona. Encarga a Savary ir a convencer a
Fernando VII de prestarse a ello. No debería
representar dificultades puesto que el interesado
ha solicitado el concurso del Emperador hace
poco.
Antes de su
partida de París, Napoleón dirige
por carta a Murat sus reproches y sus instrucciones
para que no agrave la situación con otras
iniciativas intempestivas. Comienza a dudar
de la lealtad del gran duque de Berg, el esposo
de su hermana Carolina…
Muchos se hubieran ahorrado escribir inepcias
si se hubiesen tomado la pena de leer con cuidado
y objetividad esta carta a Murat. Retomemos
aquí los extractos reveladores de la
prudencia, de la clarividencia y de la política
de espera de Napoleón en ese momento:
« (…) Me
temo que os equivoquéis acerca de la
situación de España y que os engañéis
a vos mismo. El asunto del 23 de marzo ha complicado
singularmente los eventos. Sigo en una
gran perplejidad. No creáis
que atacáis una nación desarmada
y que no tengáis más que mostrar
tropas para someter a España. (…)
Hay energía en los españoles.
Tenéis que véroslas con un pueblo
nuevo. Tiene todo el coraje y tendrá
todo el entusiasmo que se encuentra en los hombres
que las pasiones políticas no han desgastado.
La aristocracia y el clero son los amos
de España. Si temen por sus
privilegios y por su existencia, harán
contra nosotros levas en masa que podrán
eternizar la guerra. Tengo partisanos: si yo
me presento como conquistador, no los tendré
más (…) No es nunca útil
hacerse odioso e inflamar los odios. España
tiene más de cien mil hombres bajo las
armas, es más de lo que hace falta para
sostener con ventaja una guerra interior (…)
Inglaterra no dejará escapar
esta ocasión de multiplicar nuestros
apuros. Expide diariamente avisos a las fuerzas
que tiene en las costas de Portugal y en el
Mediterráneo. Hace enrolamientos
de sicilianos y de portugueses (…) ¿Cuáles
son las mejores medidas que tomar? ¿Iré
a Madrid? ¿Ejerceré el acto de
un gran protectorado, escogiendo entre el padre
y el hijo? Me parece difícil hacer reinar
a Carlos IV: su gobierno y su favorito están
tan despopularizados que no se sostendrían
tres meses. Fernando es enemigo de Francia,
es por eso que lo hicieron rey. Ponerlo
sobre el trono será servir a las facciones
que desde hace 25 años quieren el aniquilamiento
de Francia. Una alianza de familia sería
un débil bien (…) Pienso
que no hay que precipitar nada (…)
No apruebo el partido que tomó Vuestra
Alteza imperial de apoderarse tan precipitadamente
de Madrid. Había que mantener al ejército
a diez leguas de la capital (…) Vuestra
entrada a Madrid, inquietando a los españoles,
ha servido poderosamente a Fernando. He ordenado
a Savary ir donde el nuevo rey para ver lo que
pasa (…) Avisaré ulteriormente
el partido que deberá tomarse.
Entretanto, he aquí lo que juzgo conveniente
prescribiros. No me comprometeréis a
una entrevista en España con Fernando
más que si juzgáis la situación
de las cosas tal, que deba reconocerle como
rey de España. (…) Os las arreglaréis
para que los españoles no puedan sospechar
el partido que he de tomar. Esto no os será
difícil: yo mismo no tengo idea.
Haréis entender a la nobleza y al clero
que si Francia debe intervenir en los asuntos
de España, sus privilegios y sus inmunidades
serán respetados. (…) Les demostraréis
las ventajas que pueden sacar de una regeneración
política (…) No forcéis
ningún trámite (…) Yo pensaré
en vuestros intereses particulares, no penséis
en ellos vos mismo (…) Que ningún
proyecto personal os ocupe ni dirija vuestra
conducta: eso me perjudicaría aun más
que a mí (…) Ordeno que la disciplina
sea mantenida de la manera más severa:
nada de gracia por las pequeñas faltas.
Se tendrá para con el habitante
los más grandes miramientos. Se respetarán
principalmente las iglesias y los conventos.
El ejército evitará cualquier
encuentro con los Cuerpos del ejército
español (…) De ningún lado,
debe quemarse un cartucho (…) Si
la guerra se prendiese, todo estaría
perdido. Es a la política y
a las negociaciones a las que compete decidir
el destino de España (…)
».
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Murat
da cuenta a Napoleón
de su viaje a España
Imagen
satírica española
en la que el diablo tiende al
Emperador pasmado un papel en
el que se lee «
Dios puede más que yo».
Escarnece las decepcionadas
ambiciones de Murat, que esperaba
la concesión del trono
de España. Interesante
documento, esta caricatura es
prueba de que los españoles
no ignoraban las motivaciones
del mariscal. |
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Esta
carta resume perfectamente la
incertidumbre de Napoleón
en el momento de su partida para Bayona:
-------------1
– No ha decidido nada aún
porque todavía no ve claro en
el embrollo español. Espera a
estar sobre el terreno para actuar.
No prepara ninguna « celada
» como tanto se ha dicho neciamente.
Ambas partes solicitan su arbitraje,
el rey destronado para obtener venganza,
y el nuevo para ser reconocido. ¿Por
qué rechazaría cualquier
posibilidad de arreglo?
-------------2
– Busca un compromiso en toda
suavidad entre el imperativo de seguridad
de Francia y la querella real española,
con el asentimiento de la población
española. Quiere ante
todo evitar la guerra. En todo
caso, no abriga ninguna intención
de conquista.
-------------3
– No oculta a Murat que su conducta
ya ha comprometido las oportunidades
de una solución y que no se ha
dejado engañar por su juego.
¡Que no sueñe con el trono
de España!
Sale
de París el 2 de abril 1808 y
recibe el 20 del mismo en Bayona, en
el castillo de Marracq,
a Fernando y a la corte reducida que
le acompaña. Al acercarse a Francia,
el seudo-rey se muestra reticente en
penetrar a ella. En Vitoria, sus dos
principales consejeros, el canónigo
Escoiquiz, quien es
también su confesor, y su primer
gentilhombre Cevallos, le aconsejan
no dar un paso más, a pesar de
las garantías proporcionadas
por Savary que corre a rendir cuenta
de ello a Bayona. Regresa inmediatamente
donde Fernando con la carta siguiente
del Emperador que lo decide a terminar
su viaje: « Lo
digo a Vuestra Alteza, a los españoles
y al mundo entero, si la abdicación
del rey Carlos es de puro movimiento,
si no ha sido forzado por la insurrección
y por el motín de Aranjuez, no
pongo ninguna dificultad en admitirla,
y reconozco a Vuestra Alteza real como
rey de España. Deseo pues discutir
con él este objeto…
». Nada ha cambiado en la posición
de Napoleón: quiere arbitrar
el conflicto real español que
le ha sido sometido, en presencia de
los interesados, de viso, de alguna
manera.
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En su
primer encuentro, Fernando le dio al
Emperador una impresión horrible.
El hombre inspira la repulsión.
No se puede fundar la seguridad de Francia
y la felicidad de España en semejante
personaje. Es claro que no es más
que un fantoche en manos de una facción
de la nobleza y del clero. El porvenir
lo confirmará, su única
fuerza reside en el asco que inspiran
sus padres a la nación española.
¿Napoleón debe estar condenado
a elegir entre la peste y el cólera?
Esa misma noche, hace que se le lleve
a Fernando por Savary una propuesta
a propósito provocante, cuya
única finalidad es poner de entrada
muy alto la barra de las negociaciones
que están por venir: su renunciación
a la corona en provecho de su padre,
a cambio de la muy modesta corona de
Etruria. Fernando y sus consejeros claman
con fuerza su indignación. Es
la entrada en materia deseada.
Las
negociaciones se abren en esas condiciones,
en espera del arribo de la otra parte.
Escoiquiz defiende con ardor la posición
de su señor. A cambio de su reconocimiento
como rey, promete un gobierno «
todo a la devoción de Napoleón
». Sería la mejor solución.
¿Pero qué seguridad puede
tener Napoleón de que esta promesa
será cumplida, conociendo los
sentimientos hostiles del interesado
y de su señor, hacia Francia
en general, y hacia su persona en particular?
Ante la reticencia de Napoleón,
va inclusive hasta prometerle como garantía
una provincia septentrional del país.
Para que pueda decidirse, Napoleón
necesita ahora conocer la actitud del
otro protagonista, Carlos IV.
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El
príncipe Don
Fernando «el
rey deseado» |
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El reencuentro
de toda la familia el 30 de abril estuvo cerca
de llegar hasta el pugilato. El espectáculo
no puede ser más afligente, es el de
un padre precipitándose sobre su hijo
y tratándolo de todos los nombres, y
de su madre encareciendo. Y todo eso en presencia
de Godoy, amante transido...
La actitud y los argumentos de Carlos IV convencen
a Napoleón de que la única cosa
que cuenta desde ahora para él es la
interdicción del trono de España
a su hijo. Oficializa esta posición por
una carta al príncipe de Asturias el
2 de mayo, por medio de la cual le da a conocer
que sus crímenes le impiden sucederle
al trono y que « España
no podría ser salvada más que
por el Emperador ».
Sabiendo a qué atenerse por ese lado,
pero todavía en negociaciones con Escoiquiz,
el Emperador avanza un poco en la idea del reemplazo
de Fernando por José, llamado de Nápoles
donde le sucedería Murat. Sin embargo
aún no ha decidido nada oficialmente;
algo lo retiene aún… El asunto
tendrá un desenlace brutal el 5 de mayo.
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Escena
del Tres de Mayo
de 1808 en Madrid:
los fusilamientos en la Montaña
del Príncipe Pío
(1814). |
Célebre
cuadro de Francisco de Goya y Lucientes,
esta obra, que muestra el fusilamiento
de 43 combatientes españoles,
es una de las primeras durante el
periodo del Imperio que retratan
una matanza no de manera anecdótica
sino a manera de franca acusación.
A la postre se convirtió
en un símbolo de la lucha
y el martirio de los patriotas virtuosos
y libertarios; Edouard Manet hace
clara referencia a ella en 1868,
en su emotiva composición
La ejecución de Maximiliano,
emperador de México. |
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Durante el día,
llega a Bayona la noticia de la insurrección
sangrienta del 2 de mayo en Madrid, el famoso
« dos de mayo
» que proyectó el renombre de Goya.
Los despreciadores de Napoleón califican
la entrevista entre Napoleón y la familia
real española de « celada de
Bayona ». ¡Vaya si es un juicio
falaz! En realidad, se trata de una emboscada
tendida a Napoleón en Madrid.
El anuncio de
la salida de la capital de los infantes, llamados
por su padre, fue presentada por agitadores
como un rapto por el ejército francés.
Al conocerse esta noticia, Madrid se inflama.
Algunos soldados franceses sorprendidos son
masacrados en gran número con un pasmoso
salvajismo. El ejército español
se une a los sublevados. Murat acaba con la
insurrección al día siguiente
sin ningún miramiento. Se deploran muchos
miles de muertos…
Este evento
sangriento hará cometer a Napoleón
el error de juicio más grave de su reinado.
Todo hace pensar que la sublevación ha
sido organizada por los partisanos de Fernando.
Puestos en presencia suya, el rey y la reina
le acusan con furor de haber fomentado la insurrección.
La reina inclusive llega hasta golpear a su
hijo en el rostro, se atreve a tratarlo de «
bastardo » y habla de llevarlo al cadalso.
En este ambiente trágico, Napoleón
cede igualmente a la cólera. Ordena agriamente
a Fernando reconocer antes de la media noche
a su padre como rey legítimo, y de hacerlo
saber a Madrid, de lo contrario será
tratado como un rebelde. Fernando no resiste
y acepta la propuesta de tomar un confortable
retiro en el castillo de Valençay, que
ofrece Talleyrand.
Ese mismo día, Carlos IV oficializa su
promesa de ceder al Emperador todos sus derechos
al trono de España, a cambio de los castillos
de Compiègne y de Chambord, y de una
muy confortable renta. De tal forma, aquel 5
de mayo de 1808, los Borbones de España
renunciaron voluntariamente a su trono.
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S.M.
el rey Don Carlos IV y su familia |
Apreciamos
en esta obra, de izquierda a derecha,
al infante Don Carlos María
Isidoro de Borbón y Borbón-Parma,
a la infanta Doña María
Josefa, a una princesa no identificada,
a la infanta Doña María
Isabel, a la reina María
Luisa, al infante Don Francisco
de Paula, a S.M. el rey Don Carlos
IV, al infante Don Antonio Pascual,
a la infanta Doña Carlota
Joaquina, a Don Luis de Borbón,
a Don Carlos Luis, y a la infanta
Doña María Luisa Josefina.
El cuadro es de Francisco de Goya
y Lucientes (1746-1828) quien se
representó a sí mismo
en la extrema izquierda, al fondo,
frente a su caballete. |
|
Cuando José
les sucede, algunos días más tarde,
a Fernando le parece muy natural, sin que se
le pida nada, prestarle « el juramento
que le debo, así como el de los españoles
que están conmigo ».
¡Tal era el individuo al que Napoleón
hubiese debido subordinar la seguridad de Francia!
En vez de tranquilizar
la situación, su decisión impulsiva
va al contrario a agravarla. Ni su proclama
tranquilizadora a los españoles, ni el
reconocimiento de José por una junta
española, van a cambiar nada a la agitación
que se extiende. Pronto, con la participación
del ejército español, se convertirá
en una guerrilla generalizada, procediendo justamente
de ésta el término « guerrilla
».
Una espiral de reveses se engrana. El 14 de
junio, el almirante Rosily se rinde ante los
españoles en Cádiz. Dos días
después de la entrada de José
a Madrid, el general Dupont capitula en campo
raso el 22 de julio en Bailén.
Cerca de 20 000 soldados franceses se rinden
sin pelear frente al general Castaños.
José debe huir vergonzosamente de su
capital.
La capitulación deshonrosa de Bailén
tendrá una repercusión considerable
a través de toda Europa. Le dará
un golpe serio a la reputación de la
Grande Armada, hasta entonces considerada invencible,
y por ende, constituirá un estimulo para
todos los enemigos de Francia, que están
al acecho.
Evidentemente,
los ingleses no tardan en hacer acto de presencia.
El mediocre Junot capitula el 30 de agosto en
Cintra ante Wellesley, futuro
duque de Wellington, quien explota sin demora
las dificultades de Francia. La fatal guerra
de España ha comenzado…
No eludiremos
las propias responsabilidades de Napoleón
en este asunto de España. Las consideraciones
que siguen no tienen otro objetivo que esclarecer
un poco mejor las cosas.
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| Dos
aspectos de la insurrección
de Madrid: A la izquierda, la Resistencia
de Madrid contra los franceses el
2 de mayo de 1808 (defensa
del parque de artillería de
Monteleo), de Joaquín Sorolla
(1884); a la derecha, la Lucha
contra los mamelucos,
de Francisco de Goya y Lucientes.
Esta obra es ejemplar de la naturaleza
de fanatismo religioso que adquirió
la guerra de España, una suerte
de extraña Reconquista
callejera contra los franceses, «infieles
agentes de Satanás».
Extraña en más de una
forma, pues la colaboración
armada con los ingleses, luteranos
apóstatas, no causó
grandes problemas de consciencia ni
al pueblo ni al clero españoles
en su lucha contra el Emperador a
quien, no obstante católico,
la iglesia española no vacilaba
en condenar con el calificativo infamante
de «anticristo».
Vemos en la imagen a un grupo de mamelucos
con su típico atuendo alla
turca, inmersos en una refriega
brutal. Es de notar que todos éstos
personajes son representados por Goya
con rasgos semitas, con una clara
intención dramática
y propagandística: en efecto,
a pesar de sus típicos turbante,
cadatario, cimitarra y vestimenta
orientales, los mamelucos eran, en
su gran mayoría, descendientes
de, o ellos mismos antiguos esclavos
caucásicos, provenientes (ya
sea por captura o por compra) de los
países eslavos, o bien europeos
simplemente luciendo el exótico
atuendo, por consiguiente hombres
de raza blanca. |
|
Ese funesto
5 de mayo de 1808, Napoleón cometió
el error capital de exigir la renunciación
de Fernando al trono de España para confiarlo
a un miembro de su casa. La sed de venganza
de la sangre francesa derramada el 2 de mayo
y la falta absoluta de confianza que le inspiraban
los Borbones de Madrid pueden explicar la reacción
de un hombre, pero no justificar la decisión
de un Jefe de Estado, que no debe nunca ceder
a la cólera.
¿Si la insurrección del 2 de mayo
no hubiese acaecido, se hubieran desarrollado
las cosas de otra manera? No es imposible que
Escoiquiz hubiese logrado ofrecer garantías
convincentes; las negociaciones se centraban
en ese punto hasta el 5 de mayo. ¿Dichas
garantías habrían sido fiables?
Nadie puede decirlo, pero eso no hubiera podido
ser peor que el levantamiento de toda España…
La insurrección
del 2 de mayo constituyó el detonador
de la tragedia española. ¿Quién
la fomentó? Los amotinados de Madrid
atacaron a los soldados franceses al grito de
« muerte a los infieles
». Algunos monjes y sacerdotes predicaron
la revuelta contra Napoleón, el «
anticristo ».
Los soldados eran llamados « satélites
del diablo » o también
« tropas de Voltaire
». En Oviedo, el furor del canónigo
Llano Ponte asombró. A la cabeza de los
amotinados que degollaron a 338 soldados de
la guarnición de Valencia se encontraba
el canónigo Calvo, etc., etc….
A los notables
españoles favorables a Francia, y había
muchos, no se les pasó por alto. En Badajoz,
el conde de la Torre fue descuartizado y hecho
pedazos. En Sevilla, el conde de Águila
fue fusilado y colgado en un balcón.
En Cádiz, el general Solano fue apuñalado
y decapitado. En Málaga, el general Trujillo
fue quemado vivo...
Todo acusa a
un clero local obscurantista y fanatizado, que
arrastró a un pueblo bajo influencia
a una cruzada vengadora contra el anticlericalismo
de la Revolución. El receloso nacionalismo
español no constituyó más
que un mantillo fértil y no la causa
del levantamiento. La revuelta fue de esencia
católica, algo que el Emperador, él
mismo católico, no se esperaba. Como
ejemplo, he aquí un extracto del catecismo
español de la época: «¿De
quién procede Napoleón? ¡Del
infierno y del pecado! ¿Cuáles
son sus principales oficios? ¡Los de engañar,
robar, asesinar y oprimir! ¿Es pecado
matar franceses? ¡Al contrario es hacerse
digno de la Patria si, por ese medio, se la
libera de los insultos, del robo y de los ardides!».
Es un verdadero llamamiento al homicidio, que
mezcla integrismo religioso y fanatismo nacionalista.
Pero
el clero local no se hubiera comportado
de esta manera tan declarada si no hubiese
recibido las exhortaciones de la Curia
romana. Algunos altos prelados nunca
admitieron el Concordato que rebajaba
el poder de la Iglesia en Francia. A
su manera de ver, el más grande
crimen de Napoleón era el haber
planteado el principio de la laicidad.
Sus recientes altercados con el Papa
no mejoraron su imagen para los católicos.
El 12 de mayo, Pío VII ha decidido
negar su investidura a los obispos nombrados
por el Emperador, como previsto. Diez
días después, prohibió
a sus fieles prestar juramento al gobierno
francés.
Y para terminar, el Papa pidió
a todos los obispos españoles
no reconocer a José, «
ese rey francmasón, hereje,
luterano, como lo son todos los Bonaparte
y la nación francesa ».
En realidad,
Napoleón pagó en España
su gran tolerancia religiosa, en particular
hacia los judíos,
a quienes acaba de acordar la libertad
de culto. Tratando de evitar la peste
inglesa y el cólera Borbón,
Napoleón contrajo la rabia romana.
Más que a un levantamiento nacional,
va a enfrentarse a una guerra santa.
Si estamos de acuerdo en pensar que
esta guerra atroz constituyó
la tumba del Imperio, no es exagerado
afirmar que fue un cierto sector del
papado el que cavó la fosa.
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¿Quid
de las operaciones militares?
En la situación en la que se encuentra,
Napoleón no tiene elección. Le
es preciso restablecer cuanto antes el orden
en España.
| EL
EFÍMERO RESTABLECIMIENTO DE LA SITUACIÓN |
Para Napoleón,
lo ideal sería intervenir inmediatamente
con fuerza. Un incendio es dominado más
fácilmente en la medida que su tratamiento
es rápido. Pero el Emperador debe primero
impedir imperativamente la apertura de un segundo
frente en Alemania mientras esté comprometido
en España. Es el objetivo del congreso
de Erfurt de septiembre a octubre de
1808, cuya duración es aprovechada para
elevar el ejército de España a
150 000 excelentes soldados, aguerridos en Austerlitz,
Iena y Friedland.
Simple
como de costumbre, el plan de campaña
de Napoleón consiste, a partir
de la orilla norte del Elba, en vencer
primero al ejército español
y volver a poner al rey José en
su trono en Madrid. |
Esta
primera acción debe lógicamente
atraer al interior de España a
los 40 000 Ingleses de Moore, acudiendo
de Portugal en ayuda del ejército
español. El ejército francés
se volcará entonces por sorpresa
sobre los ingleses para aniquilarlos antes
de que tengan el tiempo de decir uf.
Este plan será ejecutado casi a
la perfección. Sólo las
condiciones climáticas espantosas
salvarán a los ingleses de un aniquilamiento
total.
Napoleón entra en campaña
el 4 de noviembre. Vence primero a la
izquierda anglo-española de Blake,
destruye la derecha de Palafox, y luego
va directo al centro sobre Burgos. Bellas
victorias son obtenidas por Soult en Reinosa,
Víctor en Espinoza, y Lannes en
Tudela sobre Castaños. Saragoza
es sitiada.
En Burgos, el Emperador es testigo de
los aterradores desbordes de esta guerra
atroz. Aunque insostenibles, prácticas
de una crueldad inaudita no deben ser
ocultadas para ilustrar el carácter
fanático de la guerra de España.
Citemos algunas escenas horribles extraídas
de un reporte oficial entre otros tantos:
« (…) Soldados [franceses]
capturados son torturados, emasculados,
las partes nobles colocadas en la boca
(…). Otros más son
aserrados en dos entre dos tablas (…).
Otros son enterrados vivos, o colgados
por los pies en las chimeneas prendidas
(…). Y ese desdichado capitán
de húsares crucificado en una puerta,
de cabeza sobre el fuego (…).
Y también el buen general René,
capturado con su mujer y su niño,
aserrado en dos frente a su mujer después
de haberla visto deshonrada. Enseguida,
el niño fue cortado en dos frente
a su madre que también fue serrada
en dos como su marido (…).
Los habitantes de Manzanares degollaron
en el hospital de la ciudad a 1200 soldados
enfermos o heridos. Un capitán
fue cortado en pedazos y echado a los
puercos (…) ». |
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Mapa
de la Campaña
de España de
1808 |
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En represalias,
el ejército francés se deja llevar
igualmente a espantosos excesos y tiene que
ser vuelto a controlar firmemente.
Tras la toma de Burgos y de
Santander, Napoleón
prosigue hacia Madrid. El 30 de noviembre, los
lanceros polacos se apoderan del paso de Somosierra
después de una carga heroica memorable.
Madrid capitula el 3 de diciembre.
José regresa a su trono y Napoleón
le da a España una Constitución
liberal.
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Batalla
de Somosierra, el 30 de noviembre
de 1808 |
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Como se esperaba,
Moore ha pasado de Portugal a España
con 35 000 hombres que vienen a reforzar otros
5000 más desembarcados en la Coruña.
Se une al ejército español de
La Romana. La aprensión de Napoleón
de una intervención en fuerza de Inglaterra
en España no era una impresión
fruto de un estado de ánimo, justificando
su acción preventiva en la península.
El Emperador
pasa entonces a la segunda fase de su plan.
El 22 de diciembre de 1808, se vuelve a poner
en marcha hacia el norte. Proyecta aniquilar
a Moore que se ha aventurado en la región
de Valladolid.
Pero el frío, la nieve y el lodo lo retrasan
considerablemente, dándole una probada
anticipada de la retirada de Rusia. Moore escapa
apenas al aniquilamiento. En su fuga frenética,
incluso abandona, dejándolos en manos
de este « satélite del diablo
» que es Napoleón, a un millar
de mujeres y de niños ingleses, hallados
el 2 de enero de 1809 en un hangar de Astorga,
hambrientos, tiritando de frío y temblando
de miedo. Las madres se echan a los pies del
Emperador y le suplican preservar la vida de
sus hijos. Napoleón hace que se tomen
todas las disposiciones para tranquilizar, alojar,
calentar y alimentar a esos desgraciados, antes
de enviarlos de regreso en excelente estado
de salud al ejército británico.
En Astorga,
llegan a Napoleón despachos alarmantes
referentes a la situación interior y
exterior de Francia. El 17 de enero decide regresar
a París a todas riendas, confiando a
Soult la responsabilidad de acabar la campaña.
Demasiado lento, éste último deja
embarcarse en la Coruña, el 19 de enero,
a una gran parte de las fuerzas de Moore, quien
sin embargo muere en este asunto.
La situación
militar en España ha sido provisionalmente
restablecida. Pero no es más que un alivio
del cáncer español que no sanará.
Napoleón no comandará nunca más
directamente en España. Algunos no han
dejado de reprochárselo sin razón.
Demasiado acaparado por las demás guerras,
más amenazadoras, no podía consagrar
el resto de su tiempo a otra cosa que al gobierno
de Francia. Asimismo, la naturaleza de la guerra
de España, a base de guerrilla y no de
grandes batallas, exigía una descentralización
del mando. ¿Por lo demás, los
mismos que acusan a Napoleón de belicismo
desenfrenado, tienen derecho de reprocharle
esta « deserción »
guerrera?
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Teatro
de las operaciones de España
(1809-1813) |
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Tras la partida
del Emperador, las operaciones de saneamiento
prosiguen. El 21 de febrero de 1809, Lannes
hace capitular a Zaragoza. El 28 de marzo, Víctor
y Sebastiani baten a los españoles respectivamente
en Medellín y en Ciudad
Real. El día siguiente, Soult
toma Porto en Portugal pero
no explota sobre Lisboa.
Después
de la batalla indecisa de Talavera el
28 de julio de 1809, Arthur Wellesley, nuevo
comandante del cuerpo expedicionario británico,
se convierte en vizconde Wellington
y se retira a Portugal. Es la ocasión
de algunos éxitos franceses. El 19 de
noviembre, Soult se lleva la victoria de Ocaña
abriéndose Andalucía. En diciembre,
Gouvion-Saint-Cyr toma Gerona
en Cataluña mientras Suchet pacifica
Aragón. En enero de 1810, Soult y Víctor
lanzan una ofensiva hacia Sevilla
y vuelven a tomar el control del sur del país;
no obstante fracasan ante Cádiz.
En mayo de 1810, Suchet se apodera de Lérida
y Soult de Badajoz, mientras
que Masséna es vencedor en Ciudad
Rodrigo en junio, y en Almeida
en agosto.
El 27 de septiembre, Masséna deja pasar
en Busaco una buena ocasión
de acabar con Wellington.
Víctima
de su desacuerdo con los demás
generales y de dificultades de aprovisionamiento,
Masséna abandona Portugal en
marzo de 1811. Durante todo ese año,
los combates van a concentrarse en torno
a las fortalezas de la frontera hispano-portuguesa,
Almeida, Ciudad Rodrigo y Badajoz.
El 3 de mayo de 1811, Masséna
inflige un serio revés a Wellington
en Fuentes de Oñoro. La indisciplina
de Bessières impide su aplastamiento.
Una victoria decisiva se desvanece así…
El 10 de mayo, Marmont remplaza a la
cabeza del ejército de España
a Masséna, que está ya
en las últimas.
El 16 de mayo Soult obtiene un gran
éxito en Albufera,
pero se abstiene una vez más
de perseguir y se retira hacia Sevilla.
En Cataluña, Suchet se apodera
de Tarragona.
Durante el resto del año 1811,
Wellington trata en vano de apoderarse
de Badajoz y de Ciudad Rodrigo. A principios
del invierno, se repliega de nuevo hacia
Portugal, esperando una inversión
de la relación de fuerzas.
Ésta
se produce apenas iniciado el año
1812 cuando Napoleón se ve obligado
a tomar unidades en España para
hacer frente al peligro del este. Wellington
se aprovecha de inmediato. El 18 de
enero, inflige un grave revés
al mustio Marmont frente a Ciudad
Rodrigo. La ciudad sufre atrocidades
inauditas. En el mismo momento, el valeroso
Suchet ocupa Valencia,
permitiendo la incorporación
de Cataluña al Imperio el 26
de enero.
El 6 de abril de 1812, Badajoz
sufre la misma suerte que Ciudad Rodrigo.
Portugal se pierde definitivamente.
En junio, los combates se prolongan
alrededor de Salamanca.
El 22 de julio, Marmont, no obstante
en igualdad de fuerzas, es vencido severamente
en los Arapiles, perdiendo
14 000 hombres de los 50 000 que entraron
en acción. Wellington entra el
1º de agosto a Madrid,
abandonado una vez más por el
rey José. Clausel remplaza a
Marmont, herido.
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Arthur
Wellesley, duque de Vitoria
Retrato por Francisco de Goya. |
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Del 9 de septiembre
al 18 de octubre, Wellington fracasa en su intento
de apoderarse de Burgos, heroicamente
defendido por el general Dubreton. Amenazado
por una contraofensiva francesa, evita prudentemente
una gran batalla. Levantando el sitio de Burgos
y abandonando Madrid, toma sus cuarteles de
invierno abrigado tras las murallas de Cuidad
Rodrigo. En el transcurso de su retirada, fue
duramente cogido por Soult en una segunda batalla
de los Arapiles. Una vez más,
Soult no explotó su éxito.
Pero la partida
ya está definitivamente perdida. El gravísimo
fracaso de la campaña de Rusia que acaba
de terminarse, obliga a Napoleón a puncionar
cada vez más fuerzas en España
mientras que por su lado Wellington no cesa
de recibir refuerzos.
El gobierno español en exilio pone 21
000 soldados a disposición de Wellington,
nombrado comandante en jefe tras su victoria
en los Arapiles. De ahora en adelante, va a
poder coordinar la acción de las grandes
bandas de guerrilleros con su ofensiva general.
Además se abre una nueva base de avituallamiento
marítimo más cercana en Santander.
A partir de
ahora, para el ejército francés
ya no se trata de conservar España sino
de defender la frontera de los Pirineos.
El Emperador ordena a José reagrupar
sus unidades menoscabadas sobre una línea
de defensa apoyada en el Ebro.
Wellington no le deja tiempo. Desbordado por
fuerzas superiores en número el 21 de
junio de 1813, José, tras una defensa
tesonera, es completamente deshecho en Vitoria.
Los vestigios de su ejército refluyen
en desorden hacia la frontera.
Soult toma el mando de lo que queda del ejército
francés, con excepción del ejército
de Suchet en Aragón y Cataluña.
Después de haber reagrupado sus magras
fuerzas atrás de la frontera, trata de
ir en ayuda de las guarniciones sitiadas de
Pamplona y de San Sebastián.
Retrasa la capitulación de San Sebastián
hasta el 31 de agosto, después de 69
días de sitio, y la de Pamplona hasta
finales de octubre.
El 8 de noviembre de 1813, Wellington franquea
el Bidassoa, y ataca las posiciones
de Soult detrás del Nivelle.
Aculado a una defensiva retardadora sin esperanza,
Soult conduce brillantemente su retirada. Su
resistencia se inscribe desde entonces en la
arrebatiña general contra Francia. Última
plaza española conservada, Lérida
cae el 25 de enero de 1814. El 27 de febrero,
Soult es derrotado en Orthez.
Los ingleses entran a Burdeos
el 12 de marzo. La última batalla de
Soult ante Wellington tiene lugar el 10 de abril
de 1814 frente a Tolosa.
El 11 de diciembre
de 1813 había sido firmado en Valençay
el tratado que restablecía a Fernando
VII en su trono, algo por lo cual los españoles
no tendrán que congratularse.
¿Qué
opinión de conjunto tener como conclusión
a la desastrosa guerra de España? Si
tuviésemos que definirla en una sola
palabra, la que más convendría
sería fatalidad. Napoleón
sufrió en España la más
larga y mortífera de las guerras, cuando
de hecho había intervenido justamente
para evitarla.
El pararrayos, paradójicamente, precipitó
al relámpago…
M.F.
Ver
también:
- El
asunto español: cronología razonada
hasta el 5 de Mayo,
por Eduardo Garzón-Sobrado.
- Guerra
de España: reacción de enfado,
por Jean-Claude Damamme.
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