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LOS HOMBRES
 
« Si éramos desdichados, estábamos moribundos de hambre y de frío, aún nos quedaba una cosa que nos sostenía: el honor y el coraje »
Sargento Bourgogne.
 
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Agradecimiento y recuerdo
Grabado romántico.
Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador del INMF.
PRESENTACIÓN GENERAL

Por el Profesor
Sir Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia

En la obra del gran poeta Víctor Hugo, la figura de su padre, el famoso general Hugo, «adquiere la dimensión de un titán», anota el profesor Jean Tulard en su libro El Mito de Napoleón.
En efecto, la epopeya Napoleónica es una historia forjada por héroes y colosos que vivieron y murieron en una época que exigía de ellos enormes privaciones y sacrificios, pero brindando a cambio, a vivos y muertos por igual, un prestigio y una gloria jamás vistas - antes o después - por los registros humanos.
Era el precio de un objetivo. Era el alto costo de un ideal común superior por sus dimensiones y magnitud a sus propias vidas, lo cual es tan difícil de comprender por las mentalidades de nuestra generación desvirilizada, individualista a ultranza, víctima sin sospecharlo de su espíritu mezquino y utilitario, y tan ajenas a la idea del sacrificio, preocupadas tan sólo por adquirir beneficios inmediatos, bienes irrisorios y fortuna personales.
Héroes y colosos, decíamos, sin duda lo eran, pero ante todo hombres, personas que rieron y lloraron mientras hombro a hombro hilaban la historia del Monarca más grande jamás visto, y junto con él fraguaban su imperio de libertad, de gloria y de grandeza.
Del inocente novato de batallón al viejo veterano mostachón de la Gran Armada; del simple soldado enlodado al donoso y reluciente Mariscal, esta sección nos llevará a través las diferentes regiones de Francia y de Europa, de pueblo en pueblo, del salón de un palacio parisino a la hoguera de una choza rural, en las buenas y en las malas, descubriendo cómo era la vida de aquellos hombres, pero, sobre todo, quienes eran.
¿En esta perspectiva, quién mejor que el erudito Comandante Lachouque para iniciarnos en este interesante recorrido?
El precioso texto que orgullosamente presentamos a continuación, fue publicado en la revista Miroir de l’Histoire («Espejo de la Historia») nº 109, de enero de 1959, París.

GROGNARDS* Y VIEJOS SOLDADOS LE ESPERAN

Por el Comandante

Henry Lachouque
Oficial de la Legión de Honor
Cruz de Guerra 1914-1918

El Comandante Lachouque (1883-1971)
Insigne cronista napoleónico entre los que más, el comandante Henry Lachouque (1883-1971, exigente historiador, fue un hombre poco dispuesto a informar acerca de su propia persona. Al investigador, respondía con bromas: « ¿Mi biografía? Nací en Francia en la segunda mitad del siglo pasado. Hice estudios extremamente medianos en un establecimiento de la Universidad. No tengo mi certificado de estudios. Hice dos guerras como tantos otros sin gloria, y en balde… Ya no fumo, no soy republicano, ¡y adoro el helado de café! »
Nos enteraremos al menos de que Henry Lachouque egresó de Saint-Cyr en 1805 (¡promoción Austerlitz!), que se dedicó a la historia desde su regreso a la vida civil, en 1921. Y lo que nadie puede ignorar, es que conoció la época imperial como nadie, que la casa de Napoleón en Santa Helena fue salvada de la destrucción gracias a él, que fue el editor de las « Memorias de Marchand », que develó el « secreto de Waterloo », que podía hablar de la Guardia Imperial como si hubiera formado parte de ella.
En sus obras, escritas con una pluma incisiva, brillante, animaba la imagen del « hombre al que nadie se le parece ».
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
Homenaje a los Bravos
Del campo de Asilo.

Junio 1815 - Waterloo, la abdicación.
Le 29, el Emperador caído deja Malmaison para ir a Rochefort, Santa Helena, su Destino.
Julio - París capitula el 3. Wellington, B1ücher, aprobados por Fouché, ordenan al ejército retirarse detrás del río Loira. Se trata de obtener de los soldados la adhesión al Rey, que muchos oficiales se niegan a firmar. Davout propone garantías: « Ningún francés será proscrito, ni privado de su rango y empleo; el ejército será conservado en su estado actual mientras los extranjeros se queden en Francia ».
Os he dicho veinte veces, responde el Mariscal Gouvion Saint-Cyr, ministro de la guerra, que me está prohibido recibir del ejército otra cosa que la sumisión pura y simple...
14 de julio – En el castillo de la Source, cerca de Orleáns, el príncipe de Eckmühl, rodeado por sus generales, se esfuerza en convencer a sus oficiales.

Aquel día, en la rada de la Isla de Aix, el Emperador sube a bordo del Belerofonte. Falta entregar las banderas y cambiar las escarapelas. La disciplina y el espíritu militar prevalecen sobre los sentimientos.
En París, el Rey ha prometido que nadie será inquietado por delito de opinión, pero el 25 la cacería de estrellas comienza. Ney, los hermanos Lallemand, Bertrand, Drouot, Cambronne, Arrighi, Colbert, etc. En tres meses 12 371 oficiales, suboficiales y soldados son expulsados de la capital.
En el ejército, guardaespaldas vestidos « de burgueses » traen al duque de Tarento, sucesor de Davout, unas « listas negras ». Lefebvre-Desnouettes corta sus bigotes y se convierte en viajero de comercio; Delaborde, gotoso, se esconde en una granja; Lallemand el mayor está a bordo del « Belerofonte » con Savary...
Los jóvenes esperan su liberación; los viejos la temen. Saben que sus días están contados.

Es mejor así. Puesto que el Emperador traicionado, prisionero de los ingleses, está en camino a Santa Helena, más vale desaparecer, entregar las águilas, que servir bajo banderas que nunca se han visto en los campos de batalla. La miseria acecha, pero les queda el recuerdo del Padre desaparecido. En el último escalón de las grandezas militares, pero con frecuencia os primeros en la brecha, tras haber sudado su sangre por la gloria de Francia y el triunfo del Emperador quien les ha fascinado, los « Grognards » esperan su suerte, sin murmurar.
Y bueno, a final de cuentas, queda una esperanza: ¡con « el Rapado », nunca se sabe!
¡Tal vez regrese!...
Sobre los caminos lodosos, por la nieve y bajo la lluvia caminan hombres sombríos. Vestidos con capotes o abrigos militares, cubierta la cabeza con un gorro de policía, llevan sobre la espalda un saco o un portamantas terciado, un estuche para « cartuchos » y una cáscara de coco esculpida, arreglada en forma de recipiente. Sin armas, sin pan, un bastón en mano, aquellos Belisarios regresan a sus departamentos natales. Como los prisioneros, los soldados pueden marchar durante horas sin hablar. Los gendarmes les acechan y les insultan, las casas se cierran a su paso... ¡Son los « bandoleros del Loira », j... bribones secuaces del Usurpador! Aquellos a quienes durante quince años el pueblo de Francia ha festejado, aclamado, adulado y que hoy rechaza por miedo, cobardía, ingratitud. No hay estable más que lo que ya no es.

Conversación entre un « antiguo » (veterano) y un « bleu » – un novato. 
Un viejo soldado ocupado en los trabajos del campo detiene a un joven conscripto y le hace sentir como bate su corazón.

Están los que vuelven a ver o que encuentran:
Un hogar;
un campo;
un armario para guardar los viejos trapos cepillados, con lágrimas en los ojos, el 15 de agosto y el 2 de diciembre, porque se los volverán a poner tal vez un día, cuando Él regrese;
un marco para colgar los títulos de nobleza, la licencia y la cruz bajo un retrato del Emperador;
niños, para enseñar el ejercicio;
amigos, para escuchar las veladas de Schoenbrunn y la retirada de Rusia; « antiguos » (veteranos) con quienes, los días de mercado, se brinda por « el Otro ».
Saludan al brigadier de gendarmería porque es un soldado, pero no hablan nunca de política... ¡Todo pasa por dentro!

Están los que la policía vigila. En habitaciones alquiladas de miseria, viven en dormitorios de tropa, de trabajillos, o por cualquier medio. Agobiados, amargados, irascibles, revientan de hambre, cortejan a la cajera del café, atropellan a los ultras, les matan en duelo, se hacen a veces bandidos, desaparecen, se van a la frontera, se suicidan. Son los « demi-solde » (1). Balzac les ha conocido.

Están aquellos cuyo talento no pasaba del manejo de las armas; han recorrido Europa, contentos con un pellizco en la oreja y una probada de tabaco. Portan en el pecho un pedazo de gabardina gris, en lugar de la estrella de la legión que creían haber merecido; no pensaban más que en ganar batallas y morir por él.

Están los que sirven al Rey porque hay que vivir.

Están los que sirven en su Guardia, porque servir es su honor; tienen el deber de dar el ejemplo a los demás, de mostrar a los oficiales cuyas charreteras de oro son demasiado nuevas, lo que era un soldado del Emperador. Son los « puritanos del honor ».
« La abnegación de sí mismo es una cosa más fácil y más común de lo que se piensa », escribe A. de Vigny.

... No se arrepiente más que de una cosa, de no haber podido estar en la batalla de Austerlitz; sueña con ella siempre, ya sea durmiendo o acabando su surco, pues hace falta que trabaje para vivir, y el pan le es amargo, se ha hecho viejo y ha sido olvidado.
Litografía romántica.

Están las víctimas de la política y del odio: los proscritos « cuyos nombres llueven de los canalones de la Tullerías »; los que persiguen la policía y los consejos de guerra: mariscales, generales, capitanes, soldados, Ney, d'Erlon, Lefebvre-Desnouettes, Mouton-Duvernet, La Bédoyère, Arrighi, Cambronne, Bertrand, etc., los sospechosos, atormentados, acosados: Gilly, Grouchy, etc.; los fusilados, los matados, asesinados por un capataz o un peleonero de cabaret, un Trestaillons, un Giraud que anuncia al final de la jornada: « ¡Maté a diecisiete de ellos! Mi golpe favorito es ponerles mi pistola en la oreja y volarles los sesos! « Sin contar los Miquelets de Loverdo, los guardias nacionales desencadenados, los ingleses de Hudson Lowe, la chusma enrabiada, las furias que apalean a golpes de « pala real » erizada de clavos a los supervivientes del 13º de línea; los asesinos a sueldo homicidas de Brune, de Ramel, de Calvet, de los federados, etc., masacradores de los Mamelucos de Marsella que gritan « ¡Viva el Emperador! », ¡antes de ser echados en carretadas llenas de cadáveres sobre los cuales flota una bandera blanca!

Están los que conspiran con o sin esperanza, para embriagarse de acción y de recuerdo. Es la ocasión de hablar del « Otro » y de preparar el acantonamiento del « P'tit » (2) quien, en los bordes del Sena, tocaba ligeramente la pluma del granadero Coignet. Se irá a buscarle a Schoenbrunn, donde juega cerca de la Glorieta, en el parque del « suegro »; ¡el camino es conocido! Flambeau, sargento en el 2º batallón del 3º Granaderos en Waterloo (y que Rostand fue tal vez a buscar en el control de la 6ª compañía del batallón de la Isla de Elba), se ocupa de él.

Están los que se ahogan de rabia y prefieren expatriarse. Se les acoge en Renania como « hermanos de armas », porque el nombre de Napoleón es ahí el símbolo de las libertades perdidas... En Mayence, en Colonia. Vuelven a encontrarse en Deux-Ponts al cantinero Seel, cabo con los hospicianos de la Guardia, pasado a los Granaderos, herido en Waterloo; en Oppenheim, Schroeder, ex-ayudante suboficial en el 2º jinetes-ligeros-lanceros, legionario; Lindenstuhl, teniente en el 1º Granaderos, hizo todas las campañas desde Iena y porta la estrella de la Legión... ¡la verdadera!
Krettly, el antiguo trompeta-mayor de los cazadores a caballo de la Guardia, cuya yegua Fanny saludaba al Emperador con una elegante encabritada, parte a Bélgica con el general Allix, para evitar la prisión y sus consecuencias. « Estás aquí en tu casa, le dice un « hermano de armas » convertido en coronel de un regimiento belga; no te quejes, compadece solamente a quienes han traicionado a la Patria y al Emperador. Honor a los exiliados que Francia desconoce ».

Van hasta Hungría, Turquía, como Lallemand el mayor; a Persia, como los hermanos Bacheville; a los Estados Unidos, tierra de libertad en donde Grouchy, Clausel, Lefebvre-Desnouettes, tantos otros, se encuentran con José Bonaparte, llamado « conde de Survilliers ». Lallemand, quien recorre el mundo, trata de organizar la colonia militar del « Campo de asilo ». Trescientos proscritos trabajan para roturar Texas, para vivir juntos como antaño, acostarse enrollados en un abrigo bajo el cobertizo de un vivaque, despertarse al sonido del tambor, parapetándose contra las bestias y los salvajes. Cuando el campo de Aigleville esté terminado con su plaza de Austerlitz, sus calles de Eylau y de Wagram, irán a liberar al Emperador encadenado por los ingleses en Santa Helena.
Los antropófagos y el vómito negro acabarán con esos desdichados.

Pero su vocación queda. Ya sea frente a los pelotones de ejecución, en el cabaret, durante la velada, en el desfile de los mosqueteros de los que se burlan, sobre el puente de Mayence, en Texas, frente a la Columna en la que « Él » ya no está, o bien como centinela delante del Arco del Carrusel, el arma al pie, mentón sobre el fusil, es en « Él », siempre en « Él » en quien piensan, en lo que han hecho juntos, a su regreso; puesto que « Él » regresará. Se puede soportar la miseria, las privaciones, el exilio, la muerte, porque, sobre su peñasco perdido, « él sufre más que nosotros ».

Él nunca dejó de pensar en ellos.
« Si no hubiese tenido más que servidores semejantes », le dice a Las Cases, « los hubiera puesto como modelos al mundo entero ».
Es en ellos en quien piensa cuando, en su cuarto de diez metros cuadrados, con el piso podrido, las manos en la espalda, dicta a sus compañeros sus recuerdos:
« ... Una reunión de hombres no hace soldados... ».
« Con mi Guardia completada a 40 000 ó 50 000 hombres, hubiera estado seguro de atravesar Europa ».

Cuando la Huesuda llama a su puerta, después de su hijo, es en ellos en quien piensa al redactar su testamento:
Al hijo de Bessières...
A la hija de Duroc...
A los niños de Letort...
A los chicos de Mouton-Duvernet y de Chartrand, fusilados.
A Lefebvre-Desnouettes, Cambronne, Lallemand, Emmery, Boinod, Drouot, Larrey, etc.

« Una gratificación a los heridos de Waterloo, y a los oficiales y soldados del Batallón de la Isla de Elba ».
100 000 francos para ser repartidos entre los proscritos que erran en países extranjeros. Franceses o italianos, o belgas, u holandeses, o españoles, o de los departamentos del Rin, sobre disposición de mis ejecutores testamentarios ».
200 000 francos « para ser repartidos entre los amputados o heridos gravemente de Ligny, Waterloo, aún vivos, sobre estados establecidos por mis ejecutores testamentarios a los que serán adjuntados Cambronne, Larrey, Perey y Emmery; le será dado doble a la Guardia, cuádruple a los de la Isla de Elba ».
300 000 francos serán distribuidos a los oficiales y soldados del batallón de mi Guardia de la isla de Elba actualmente vivos o a sus viudas y niños. Los amputados o heridos gravemente tendrán el doble.

Éste estaba en Austerlitz
Dibujo de Nicolas-Toussaint Charlet (1792-1845).
Cuando el Emperador Napoleón pasa por su pueblo, el viejo soldado obtiene serle presentado y, una vez en su presencia, le dice: « Majestad, es en Austerlitz donde fui demolido ».

Se sabe que « Él » está muy enfermo, muerto por el clima y por los ingleses, pero un cierto Prometeo, como Él, representante divino de la humanidad, como Él encadenado sobre una roca, era inmortal...
¿Entonces? Él, tal vez...
Más allá del oleaje y las brumas del Atlántico, la sombra de la gabardina gris y del sombrerito crece en forma de leyenda.
Cuando, una mañana de julio 1821, los vendedores ambulantes del bulevar, los peatones del correo, anuncia n « la muerte de Napoleón Buonaparte », ciertos « Antiguos » se quedan escépticos. ¿Muerto?...
¿Como los otros? ¡Vamos! ¡Otra farsa de los ultras! Pero con el mes de agosto, algunas tiendas de vendedores de novedades, algunas cajas de buhoneros sacan extraños folletos... « Napoleón en los Campos Elíseos », por un viejo soldado; « Pensamientos de los valientes acerca de los altos hechos de Napoleón »; « Diálogo militar sobre la muerte de Napoleón entre una compañía de valientes »; ¡cien, doscientos, quinientos libelos por causa de alguacil! Los Viejos de la Vieja (3) se hacen escritores, poetas, cancioneros...
Luego, en desorden, el Memorial, la Historia de Napoleón, del antiguo gendarme de ordenanza de Norvins, ¡la noticia de su evasión! ¡Acaba de desembarcar en Ostende!...
« ¿A dónde vas? » dice su esposa a un viejo soldado belga que se pone su traje de granadero...
« ¡voy a Su encuentro! »
« siempre Él, Él por doquier... », escribe Víctor Hugo.
Beranger canta:

Se hablará de su gloria
bajo la choza, por largo tiempo...

Quince años han pasado en la inacción, en la esperanza. Francia acaba de volver a izar la bandera tricolor de la República y de la Epopeya. 1830 es como una revancha de 1815. Pero hay huecos en los rangos: Lefebvre-Desnouettes murió en la mar en 1822, durante un naufragio regresando de América. Curial se mató en una caída de caballo, ocurrida cuando la coronación de Carlos X. Muertos Kellermann, Massena, Davout, Augereau, Lefebvre, Friant, Dupas, Clarke, Rapp, tantos otros oficiales y soldados que han ido a reencontrarse con el Emperador, porque Le añoraban, porque el ocio de la paz es funesto para los viejos soldados.
¡Quince años! Es el tiempo que hizo falta a algunos valientes, más afortunados que los demás, para ganar un bastón de mariscal, una fortuna y... ¡traicionar! El tiempo que le tomaba a un soldado de la Guardia llegar a sargento-mayor, si sabía leer; el tiempo que Él requirió para hacer el Código y darlo a Europa a golpes de victorias.
El duque de Orleáns, rey de los franceses, ac1amado con gritos de « ¡Viva la Libertad » sobre un fondo sonoro de « ¡Viva el Emperador Napoleón! », se esfuerza en reparar las injusticias, llama a los veteranos que fueron echados y pueden aún servir: Lallemand, Petit, Barrois, Dautancourt, etc... confiere el gran cordón a Drouot, las estrellas a Duchard, Trappier, Pailhès; el bastón de mariscal a Mouton, conde de Lobeau; revisa las pensiones de los humildes, vuelve a colocar al Emperador sobre la Columna, regresa sus cenizas « a los bodes del Sena ».

Con esta noticia, los Grognards que el Padre Eterno no ha llamado aún el 15 de diciembre de 1840, extraen de su armario lo que, de sus viejos harapos, los gusanos no han destruido. Los más pobres son vestidos por el general de Flahaut. Partidos, vacilantes, tullidos, jalando la pata, esos « despojos », como se llaman ellos mismos, toman su lugar detrás del carro fúnebre; la muchedumbre los nota y los saluda. Entre los Mamelucos se busca a Rustám; « ¡pero solo la fidelidad debe mostrarse en los funerales »! He aquí dos marineros, lanceros, cazadores, infantes, en filas apretadas, vistiendo trajes demasiado holgados, pantalones que flotan sobre sus piernas enflaquecidas, plumas desplumadas; falange heroica y ridícula, ¡orgullosamente disfrazada! Pero todos llevan en el ojal una ramita de laurel, arrancada de las guirnaldas que, sobre la « Daurade », rodeaban el féretro del Emperador. Algunos veteranos vinieron de Bélgica, de Renania. Ahora bajan los Campos Elíseos al son del cañón, entre las banderas tricolores y las águilas de su juventud. ¡Bien sabíamos que regresaría!

En el hotel de los Inválidos, el general Petit, el de los Adioses, comandante en segundo, los saluda; el Mariscal Moncey, gobernador, el Ejército, la Guardia nacional los acoge.

El 15 de agosto de 1841, bajo la presidencia del General Corbineau, los viejos, marinos de la Guardia, en uniforme, inauguran en Boloña la columna que remata el Napoleón de Bosio. Cada año, el 29 de mayo, para el aniversario de la muerte de la emperatriz Josefina, los antiguos Dragones de la Guardia cuyo regimiento llevaba su título, van a la iglesia de Rueil a recogerse ante la tumba de su graciosa patrona. Cuatrocientos sobrevivientes de la Epopeya detrás de Arrighi asisten en la iglesia de Saint-Leu a las exequias de Luis Bonaparte, antiguo del 5º Dragones, ex-rey de Holanda.

En el banquete del 15 de diciembre de 1847, que reúne a los antiguos oficiales de la Guardia imperial, el general Schramm, subteniente en Egipto, capitán, coronel en la Guardia, general de Napoleón, ministro (y quien morirá en 1884 a los 95 años de edad...) hace el elogio fúnebre de Drouot, el « sabio de la Gran Armada », felicita a Noisot : en el lugar llamado « el Campo de Asilo », en Fixin, cerca de Dijon, el viejo soldado ha hecho erigir en su casa por su amigo el escultor Rude un monumento llamado el « Despertar del emperador ». Napoleón, cerca de su águila muerta, despierta a la Inmortalidad. La inscripción dedicatoria reza: « A Napoleón, Noisot, granadero de la Isla de Elba, y Rude, escultor. » A algunos metros de ahí Noisot se hará enterrar de pie, para seguir montando guardia... eternamente cerca del Emperador.

Diez años más tarde, los sobrevivientes de la fantástica epopeya recibirán de « Su » sobrino convertido en emperador a su vez, la « Medalla de Santa Helena », en recuerdo de « Su último pensamiento » a sus compañeros de gloria.
Eran todavía arrogantes, los viejos jinetes precedidos por dos trompetas quienes, pelliza al hombro, tocaban « por el Emperador » al pie de la Columna el 15 de agosto y el 2 de diciembre, como habían tocado antaño en los « Adioses » en el patio del Caballo Blanco...

Sobre un peñón
Litografía romántica.

Se vio a los últimos, una veintena más o menos, al final del Segundo Imperio; en aquellos días desfilaban alrededor de la Columna; un viejo tambor, seco como un sable, llevando un gorro pelado, batía « la marcha »; luego se iban a la tumba del Emperador, charlaban con los inválidos, iban a brindar juntos como en tiempos del « Rapado » y se separaban, con los ojos húmedos, diciéndose: « Hasta el año próximo ». .
Pero el año siguiente, se deploraban ausencias:
En 1892, falleció en el hospicios de los ancianos de Lyon el padre Vivien, ¡de 106 años! Había nacido en esa ciudad en 1786, había servido en España y en los cazadores a pie de la Guardia imperial en Waterloo.
Los habitantes de Pithiviers-le-Vieil (Loirat) condujeron en 1894 al cementerio de su comuna al « antiguo » Quinot, quien se había batido en Plancenoit el 18 de junio de 1815. ¡Se hablaba todavía de él durante la velada cuando yo era niño! ¡Era, si no ayer, al menos... anteayer!
Uno solo de los veteranos vio tres siglos: el teniente Markiewiez, oficial en el regimiento de caballería polaca. Nacido en Cracovia en 1794, teniente en segundo tras la campaña de Rusia, legionario el 28 de noviembre de 1813, cargó en Waterloo y aún vivía en 1902.

Los cementerios acogieron a los últimos sobrevivientes de la Epopeya pero su recuerdo perdura gracias a Chateaubriand, Vigny, Heine, Mickiewicz, Schumann, Zedlitz, Vernet, Beranger, Víctor Hugo, Thiers, Albert Vandal, Henry Houssaye, Frederic Masson, Edmond Rostand, el Mariscal Foch, Edouard Driault, Louis Madelin, Georges d'Esparbès, Lucas-Dubreton, Marcel Dupont y... el Espejo de la Historia...

¡La leyenda Napoleónica sigue de pie a pesar de los envidiosos, de los mediocres que buscan tumbarla, porque esta leyenda, es Historia!


NOTAS:

*) Grognards, es decir « gruñones », o más exactamente gruñentes (con la connotación familiar propia del sufijo ard), es como el Emperador apodó en 1814 a los bravos de la Vieja Guardia, quedándoseles el mote desde entonces y posteriormente extendiéndose en el lenguaje popular a los soldados de la Gran Armada en general.
1) Los demi-soldes, literalmente « medio-sueldo », era como se llamaba a los oficiales de la Gran Armada reducidos a ganar la mitad de su salario tras la caída del Imperio, y enviados en un retiro forzoso a su provincia de origen, usualmente bajo vigilancia permanente de la policía.
2) P’tit: abreviación de « petit », pequeño. Deriva de la expresión familiar pequeño cabo (petit caporal), nombre que daban los soldados a Napoleón.
3) Les Vieux de la Vielle, es decir los « viejos » – veteranos – de la vieja Guardia.

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