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¡Honor
al valor desdichado, respeto a los valientes….
Voy a tocar llamada y tropa por los viejos
restos del ejército francés! |
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"El
Medio-sueldo"
Cuadro de Théodore
Géricault (1791-1824) |
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En
la obra del gran Víctor Hugo, la figura
de su padre, el famoso general Hugo, “adquiere
la dimensión de un titán”,
nos recuerda Jean Tulard en su libro El Mito
de Napoleón.
En efecto, la epopeya Napoleónica es una
historia forjada por héroes y colosos que
vivieron y murieron en una época que exigía
de ellos grandes privaciones y sacrificios, brindando
a cambio, a vivos y muertos por igual, un prestigio
y una gloria jamás vista - antes o después
- por los registros humanos.
Era el precio de un objetivo. Era el precio de
un ideal común superior por sus dimensiones
y magnitud a sus propias vidas, lo cual es tan
difícil de comprender por las mentalidades
de nuestra generación, individualista a
ultranza, víctima sin saberlo de su espíritu
mezquino y utilitario, y tan ajenas a la idea
del sacrificio, preocupadas tan sólo por
adquirir bienes irrisorios y fortuna personales.
Héroes y colosos, decíamos, sin
duda lo eran, pero ante todo Hombres, personas
que rieron y lloraron mientras hombro a hombro
hilaban la historia del Monarca más grande
jamás visto, y junto con él fraguaban
su imperio de gloria y de grandeza.
Del inocente novato de batallón al viejo
veterano mostachón de la Grande Armada;
del simple soldado enlodado al apuesto y reluciente
Mariscal, esta sección nos llevará
a través las diferentes regiones de Francia
y de Europa, de pueblo en pueblo, del salón
de un palacio parisino a la hoguera de una cabaña
rural, en las buenas y en las malas, descubriendo
como era la vida de aquellos hombres, pero, sobre
todo, quienes eran ellos.
¿En esta perspectiva, quién mejor
que el erudito Comandante Lachouque para iniciarnos
en este interesante recorrido?
El precioso texto que orgullosamente presentamos
a continuación, fue publicado en la revista
Miroir de l’Histoire (Espejo de
la Historia) nº 109, de enero de 1959, París.
EG-S. |
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GROGNARDS*
Y VIEJOS SOLDADOS LE ESPERAN |
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Por
el Comandante |
Henry
Lachouque |
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| El
Comandante Lachouque |
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Traducción
del Instituto napoleónico México-Francia. |
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Homenaje
a los Bravos
Del campo de Asilo |
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Junio
1815 - Waterloo, la abdicación.
Le 29, el Emperador caído deja Malmaison para ir a
Rochefort, Santa
Helena, su Destino.
Julio - París capitula el 3. Wellington, B1ücher,
aprobados por Fouché, ordenan al ejército retirarse
detrás del río Loira. Se trata de obtener de
los soldados la adhesión al Rey, que muchos oficiales
se niegan a firmar. Davout propone garantías: “Ningún
francés será proscrito, ni privado de su rango
y empleo; el ejército será conservado en su
estado actual mientras los extranjeros se queden en Francia”.
Os he dicho veinte veces, responde el Mariscal Gouvion Saint-Cyr,
ministro de la guerra, que me está prohibido recibir
del ejército otra cosa que la sumisión pura
y simple...
14 de julio – En el castillo de la Source, cerca de
Orleáns, el príncipe de Eckmühl, rodeado
por sus generales, se esfuerza en convencer a sus oficiales.
Aquel día, en la rada
de la Isla de Aix, el Emperador sube a bordo del Belerofonte.
Falta entregar las banderas y cambiar las escarapelas. La
disciplina y el espíritu militar prevalecen sobre los
sentimientos.
En París, el Rey ha prometido que nadie será
inquietado por delito de opinión, pero el 25 la cacería
de estrellas comienza. Ney, los hermanos Lallemand, Bertrand,
Drouot, Cambronne, Arrighi, Colbert, etc. En tres meses 12
371 oficiales, suboficiales y soldados son expulsados de la
capital.
En el ejército, guardaespaldas vestidos “de burgueses”
traen al duque de Tarento, sucesor de Davout, unas “listas
negras”. Lefebvre-Desnouettes corta sus bigotes y se
convierte en viajero de comercio; Delaborde, gotoso, se esconde
en una granja; Lallemand el mayor está a bordo del
“Belerofonte” con Savary...
Los jóvenes esperan su liberación; los viejos
la temen. Saben que sus días están contados.
Es mejor así. Puesto
que el Emperador traicionado, prisionero de los ingleses,
está en camino a Santa Elena, más vale desaparecer,
entregar las águilas, que servir bajo banderas que
nunca se han visto en los campos de batalla. La miseria acecha,
pero les queda el recuerdo del Padre desaparecido. En el último
escalón de las grandezas militares, pero con frecuencia
os primeros en la brecha, tras haber sudado su sangre por
la gloria de Francia y el triunfo del Emperador quien les
ha fascinado, los “Grognards” esperan su suerte,
sin murmurar.
Y bueno, a final de cuentas, queda una esperanza: ¡con
“el Rapado”, nunca se sabe!
¡Tal vez regrese!...
Sobre los caminos lodosos, por la nieve y bajo la lluvia caminan
hombres sombríos. Vestidos con capotes o abrigos militares,
cubierta la cabeza con un gorro de policía, llevan
sobre la espalda un saco o un portamantas terciado, un estuche
para “cartuchos” y una cáscara de coco
esculpida, arreglada en forma de recipiente. Sin armas, sin
pan, un bastón en mano, aquellos Belisarios regresan
a sus departamentos natales. Como los prisioneros, los soldados
pueden marchar durante horas sin hablar. Los gendarmes les
acechan y les insultan, las casas se cierran a su paso...
¡Son los “bandoleros del Loira”, j... bribones
secuaces del Usurpador! Aquellos a quienes durante quince
años el pueblo de Francia ha festejado, aclamado, adulado
y que hoy rechaza por miedo, cobardía, ingratitud.
No hay estable más que lo que ya no es.
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Conversación
entre un "antiguo" (veterano) y un "bleu"
- un novato.
Un viejo soldado ocupado en los trabajos
del campo detiene a un joven conscripto y le hace
sentir como bate su corazón. |
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Están los que vuelven
a ver o que encuentran:
Un hogar;
un campo;
un armario para guardar los viejos trapos cepillados, con
lágrimas en los ojos, el 15 de agosto y el 2 de diciembre,
porque se los volverán a poner tal vez un día,
cuando Él regrese;
un marco para colgar los títulos de nobleza, la licencia
y la cruz bajo un retrato del Emperador;
niños, para enseñar el ejercicio;
amigos, para escuchar las veladas de Schoenbrunn y la retirada
de Rusia; "antiguos” con quienes, los días
de mercado, se brinda por “el Otro”.
Saludan al brigadier de gendarmería porque es un soldado,
pero no hablan nunca de política... ¡Todo pasa
por dentro!
Están los que la policía
vigila. En habitaciones alquiladas de miseria, viven en dormitorios
de tropa, de trabajillos, o por cualquier medio. Agobiados,
amargados, irascibles, revientan de hambre, cortejan a la
cajera del café, atropellan a los ultras, les matan
en duelo, se hacen a veces bandidos, desaparecen, se van a
la frontera, se suicidan. Son los “demi-solde”
(1). Balzac les ha conocido.
Están aquellos cuyo
talento no pasaba del manejo de las armas; han recorrido Europa,
contentos con un pellizco en la oreja y una probada de tabaco.
Portan en el pecho un pedazo de gabardina gris, en lugar de
la estrella de la legión que creían haber merecido;
no pensaban más que en ganar batallas y morir por él.
Están los que sirven
al Rey porque hay que vivir.
Están los que sirven
en su Guardia, porque servir es su honor; tienen el deber
de dar el ejemplo a los demás, de mostrar a los oficiales
cuyas charreteras de oro son demasiado nuevas, lo que era
un soldado del Emperador. Son los “puritanos del honor”.
“La abnegación de sí mismo es una cosa
más fácil y más común de lo que
se piensa”, escribe A. de Vigny.
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...
No se arrepiente más que de una cosa, el
no haber podido estar en la batalla de Austerlitz,
sueña con ella siempre, ya sea durmiendo
o acabando su surco, pues hace falta que trabaje
para vivir, y el pan le es amargo, se ha hecho viejo
y ha sido olvidado.
Litografía romántica |
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Están las víctimas
de la política y del odio: los proscritos “cuyos
nombres llueven de los canalones de la Tullerías”;
los que persiguen la policía y los consejos de guerra:
mariscales, generales, capitanes, soldados, Ney, d'Erlon,
Lefebvre-Desnouettes, Mouton-Duvernet, La Bédoyère,
Arrighi, Cambronne, Bertrand, etc., los sospechosos, atormentados,
acosados: Gilly, Grouchy, etc.; los fusilados, los matados,
asesinados por un capataz o un peleonero de cabaret, un Trestaillons,
un Giraud que anuncia al final de la jornada: “¡Maté
a diecisiete de ellos! Mi golpe favorito es ponerles mi pistola
en la oreja y de volarles los sesos! “Sin contar los
Miquelets de Loverdo, los guardias nacionales desencadenados,
los ingleses de Hudson Lowe, la chusma enrabiada, las furias
que apalean a golpes de “pala real” erizada de
clavos a los supervivientes del 13º de línea;
los asesinos a sueldo homicidas de Brune, de Ramel, de Calvet,
de los federados, etc., masacradores de los Mamelucos de Marsella
que gritan “¡Viva el Emperador!”, ¡antes
de ser echados en carretadas llenas de cadáveres sobre
los cuales flota una bandera blanca!
Están los que conspiran
con o sin esperanza, para embriagarse de acción y de
recuerdo. Es la ocasión de hablar del “Otro”
y de preparar el acantonamiento del “P'tit” (2)
quien, en los bordes del Sena, tocaba ligeramente la pluma
del granadero Coignet. Se irá a buscarle a Schoenbrunn,
donde juega cerca de la Glorieta, en el parque del “suegro”;
¡el camino es conocido! Flambeau, sargento en el 2º
batallón del 3º Granaderos en Waterloo (y que
Rostand fue tal vez a buscar en el control de la 6ª compañía
del batallón de la Isla de Elba), se ocupa de él.
Están los que se ahogan
de rabia y prefieren expatriarse. Se les acoge en Renania
como “hermanos de armas”, porque el nombre de
Napoleón es ahí el símbolo de las libertades
perdidas... En Mayence, en Colonia. Vuelven a encontrarse
en Deux-Ponts al cantinero Seel, cabo con los hospicianos
de la Guardia, pasado a los Granaderos, herido en Waterloo;
en Oppenheim, Schroeder, ex-ayudante suboficial en el 2º
jinetes-ligeros-lanceros, legionario; Lindenstuhl, teniente
en el 1º Granaderos, hizo todas las campañas desde
Iena y porta la estrella de la Legión... ¡la
verdadera!
Krettly, el antiguo trompeta-mayor de los cazadores a caballo
de la Guardia, cuya yegua Fanny saludaba al Emperador con
una elegante encabritada, parte a Bélgica con el general
Allix, para evitar la prisión y sus consecuencias.
“Estás aquí en tu casa, le dice un “hermano
de armas” convertido en coronel de un regimiento belga;
no te quejes, compadece solamente a quienes han traicionado
a la Patria y al Emperador. Honor a los exiliados que Francia
desconoce”.
Van hasta Hungría,
Turquía, como Lallemand el mayor; a Persia, como los
hermanos Bacheville; a los Estados Unidos, tierra de libertad
en donde Grouchy, Clausel, Lefebvre-Desnouettes, tantos otros,
se encuentran con José Bonaparte, llamado “conde
de Survilliers”. Lallemand, quien recorre el mundo,
trata de organizar la colonia militar del “"Campo
de asilo”. Trescientos proscritos trabajan para roturar
Texas, para vivir juntos como antaño, acostarse enrollados
en un abrigo bajo el cobertizo de un vivaque, despertarse
al sonido del tambor, parapetándose contra las bestias
y los salvajes. Cuando el campo de Aigleville esté
terminado con su plaza de Austerlitz, sus calles de Eylau
y de Wagram, irán a liberar al Emperador encadenado
por los ingleses en Santa Elena.
Los antropófagos y el vómito negro acabarán
con esos desdichados.
Pero su vocación queda.
Ya sea frente a los pelotones de ejecución, en el cabaret,
durante la velada, en el desfile de los mosqueteros de los
que se burlan, sobre el puente de Mayence, en Texas, frente
a la Columna en la que “Él” ya no está,
o bien como centinela delante del Arco del Carrusel, el arma
al pie, mentón sobre el fusil, es en “Él”,
siempre en “Él” en quien piensan, en lo
que han hecho juntos, a su regreso; puesto que “Él”
regresará. Se puede soportar la miseria, las privaciones,
el exilio, la muerte, porque, sobre su peñasco perdido,
“él sufre más que nosotros”.
Él nunca dejó
de pensar en ellos.
“Si no hubiese tenido más que servidores semejantes”,
le dice a Las Cases, “los hubiera puesto como modelos
al mundo entero”.
Es en ellos en quien piensa cuando, en su cuarto de diez metros
cuadrados, con el piso podrido, las manos en la espalda, dicta
a sus compañeros sus recuerdos:
“... Una reunión de hombres no hace soldados...”.
“Con mi Guardia completada a 40 000 ó 50 000
hombres, hubiera estado seguro de atravesar Europa”.
Cuando la Huesuda
llama a su puerta, después de su hijo, es en ellos
en quien piensa al redactar su testamento:
Al hijo de Bessières...
A la hija de Duroc...
A los niños de Letort...
A los chicos de Mouton-Duvernet y de Chartrand, fusilados.
A Lefebvre-Desnouettes, Cambronne, Lallemand, Emmery, Boinod,
Drouot, Larrey, etc.
“Una gratificación
a los heridos de Waterloo, y a los oficiales y soldados del
Batallón de la Isla de Elba”.
100 000 francos para ser repartidos entre los proscritos que
erran en países extranjeros. Franceses o italianos,
o belgas, u holandeses, o españoles, o de los departamentos
del Rin, sobre disposición de mis ejecutores testamentarios”.
200 000 francos “para ser repartidos entre los amputados
o heridos gravemente de Ligny, Waterloo, aún vivos,
sobre estados establecidos por mis ejecutores testamentarios
a los que serán adjuntados Cambronne, Larrey, Perey
y Emmery; le será dado doble a la Guardia, cuádruple
a los de la Isla de Elba”.
300 000 francos serán distribuidos a los oficiales
y soldados del batallón de mi Guardia de la isla de
Elba actualmente vivos o a sus viudas y niños. Los
amputados o heridos gravemente tendrán el doble.
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Éste
estaba en Austerlitz
Cuando Napoleón pasa
por su pueblo, el viejo soldado obtiene ser presentado
al Emperador, y una vez en su presencia: “Majestad,
es en Austerlitz donde fui demolido”
le dice. Dibujo de Charlet. |
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Se sabe que “Él”
está muy enfermo, matado por el clima y por los ingleses,
pero un cierto Prometeo, como Él, representante divino
de la humanidad, como Él encadenado sobre una roca,
era inmortal...
¿Entonces? Él, tal vez...
Más allá del oleaje y las brumas del Atlántico,
la sombra de la gabardina gris y del sombrerito crece en forma
de leyenda.
Cuando, una mañana de julio 1821, los vendedores ambulantes
del bulevar, los peatones del correo, anuncia n “la
muerte de Napoleón Buonaparte”, ciertos “Antiguos”
se quedan escépticos. ¿Muerto?...
¿Como los otros? ¡Vamos! ¡Otra farsa de
los ultras! Pero con el mes de agosto, algunas tiendas de
vendedores de novedades, algunas cajas de buhoneros sacan
extraños folletos... “Napoleón en los
Campos Elíseos”, por un viejo soldado; “Pensamientos
de los valientes acerca de los altos hechos de Napoleón”;
“Diálogo militar sobre la muerte de Napoleón
entre una compañía de valientes”; ¡cien,
doscientos, quinientos libelos por causa de alguacil! Los
Viejos de la Vieja (3) se hacen escritores, poetas,
cancioneros...
Luego, en desorden, el Memorial, la Historia de Napoleón,
del antiguo gendarme de ordenanza de Norvins, ¡la noticia
de su evasión! ¡Acaba de desembarcar en Ostende!...
“¿A dónde vas?” dice su esposa a
un viejo soldado belga que se pone su traje de granadero...
“¡voy a Su encuentro!”
“siempre Él, Él por doquier... “,
escribe Víctor Hugo.
Beranger canta:
Se hablará de su gloria
bajo la choza, por largo tiempo...
Quince años han pasado
en la inacción, en la esperanza. Francia acaba de volver
a izar la bandera tricolor de la República y de la
Epopeya. 1830 es como una revancha de 1815. Pero hay huecos
en los rangos: Lefebvre-Desnouettes murió en la mar
en 1822, durante un naufragio regresando de América.
Curial se mató en una caída de caballo, ocurrida
cuando la coronación de Carlos X. Muertos Kellermann,
Massena, Davout, Augereau, Lefebvre, Friant, Dupas, Clarke,
Rapp, tantos otros oficiales y soldados que han ido a reencontrarse
con el Emperador, porque Le añoraban, porque el ocio
de la paz es funesto para los viejos soldados.
¡Quince años! Es el tiempo que hizo falta a algunos
valientes, más afortunados que los demás, para
ganar un bastón de mariscal, una fortuna y... ¡traicionar!
El tiempo que le tomaba a un soldado de la Guardia llegar
a sargento-mayor, si sabía leer; el tiempo que Él
requirió para hacer el Código y darlo a Europa
a golpes de victorias.
El duque de Orleáns, rey de los franceses, ac1amado
con gritos de “¡Viva la Libertad” sobre
un fondo sonoro de “¡Viva el Emperador Napoleón!”,
se esfuerza en reparar las injusticias, llama a los veteranos
que fueron echados y pueden aún servir: Lallemand,
Petit, Barrois, Dautancourt, etc... confiere el gran cordón
a Drouot, las estrellas a Duchard, Trappier, Pailhès;
el bastón de mariscal a Mouton, conde de Lobeau; revisa
las pensiones de los humildes, vuelve a colocar al Emperador
sobre la Columna, regresa sus cenizas “a los bodes del
Sena”. .
Con esta noticia, los Grognards
que el Padre Eterno no ha llamado aún el 15 de diciembre
de 1840, extraen de su armario lo que, de sus viejos harapos,
los gusanos no han destruido. Los más pobres son vestidos
por el general de Flahaut. Partidos, vacilantes, tullidos,
jalando la pata, esos “despojos”, como se llaman
ellos mismos, toman su lugar detrás del carro fúnebre;
la muchedumbre los nota y los saluda. Entre los Mamelucos
se busca a Rustám; “¡pero solo la fidelidad
debe mostrarse en los funerales”! He aquí dos
marineros, lanceros, cazadores, infantes, en filas apretadas,
vistiendo trajes demasiado holgados, pantalones que flotan
sobre sus piernas enflaquecidas, plumas desplumadas; falange
heroica y ridícula, ¡orgullosamente disfrazada!
Pero todos llevan en el ojal una ramita de laurel, arrancada
de las guirnaldas que, sobre la “Daurade”, rodeaban
el féretro del Emperador. Algunos veteranos vinieron
de Bélgica, de Renania. Ahora bajan los Campos Elíseos
al son del cañón, entre las banderas tricolores
y las águilas de su juventud. ¡Bien sabíamos
que regresaría!
En el hotel de los Inválidos,
el general Petit, el de los Adioses, comandante en segundo,
los saluda; el Mariscal Moncey, gobernador, el Ejército,
la Guardia nacional los acoge.
El 15 de agosto de 1841, bajo
la presidencia del General Corbineau, los viejos, marinos
de la Guardia, en uniforme, inauguran en Boloña la
columna que remata el Napoleón de Bosio. Cada año,
el 29 de mayo, para el aniversario de la muerte de la emperatriz
Josefina, los antiguos Dragones de la Guardia cuyo regimiento
llevaba su título, van a la iglesia de Rueil a recogerse
ante la tumba de su graciosa patrona. Cuatrocientos sobrevivientes
de la Epopeya detrás de Arrighi asisten en la iglesia
de Saint-Leu a las exequias de Luis Bonaparte, antiguo del
5º Dragones, ex-rey de Holanda.
En el banquete del 15 de diciembre
de 1847, que reúne a los antiguos oficiales de la Guardia
imperial, el general Schramm, subteniente en Egipto, capitán,
coronel en la Guardia, general de Napoleón, ministro
(y quien morirá en 1884 a los 95 años de edad...)
hace el elogio fúnebre de Drouot, el “sabio de
la Grande Armada”, felicita a Noisot : en el lugar llamado
“el Campo de Asilo”, en Fixin, cerca de Dijon,
el viejo soldado ha hecho erigir en su casa por su amigo el
escultor Rude un monumento llamado el “Despertar del
emperador”. Napoleón, cerca de su águila
muerta, despierta a la Inmortalidad. La inscripción
dedicatoria reza: “A Napoleón, Noisot, granadero
de la Isla de Elba, y Rude, escultor.” A algunos metros
de ahí Noisot se hará enterrar de pie, para
seguir montando guardia... eternamente cerca del Emperador.
Diez años más
tarde, los sobrevivientes de la fantástica epopeya
recibirán de “Su” sobrino convertido en
emperador a su vez, la “Medalla de Santa Elena”,
en recuerdo de “Su último pensamiento”
a sus compañeros de gloria.
Eran todavía arrogantes, los viejos jinetes precedidos
por dos trompetas quienes, pelliza al hombro, tocaban “por
el Emperador” al pie de la Columna el 15 de agosto y
el 2 de diciembre, como habían tocado antaño
en los “Adioses” en el patio del Caballo Blanco...
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Sobre
un peñón
Litografía romántica. |
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Se vio a los últimos,
una veintena más o menos, al final del Segundo Imperio;
en aquellos días desfilaban alrededor de la Columna;
un viejo tambor, seco como un sable, llevando un gorro pelado,
batía “la marcha”; luego se iban a la tumba
del Emperador, charlaban con los inválidos, iban a
brindar juntos como en tiempos del “Rapado” y
se separaban, con los ojos húmedos, diciéndose:
“Hasta el año próximo”. .
Pero el año siguiente, se deploraban ausencias:
En 1892, falleció en el hospicios de los ancianos de
Lyon el padre Vivien, ¡de 106 años! Había
nacido en esa ciudad en 1786, había servido en España
y en los cazadores a pie de la Guardia imperial en Waterloo.
Los habitantes de Pithiviers-le-Vieil (Loirat) condujeron
en 1894 al cementerio de su comuna al “antiguo”
Quinot, quien se había batido en Plancenoit el 18 de
junio de 1815. ¡Se hablaba todavía de él
durante la velada cuando yo era niño! ¡Era, si
no ayer, al menos... anteayer!
Uno solo de los veteranos vio tres siglos: el teniente Markiewiez,
oficial en el regimiento de caballería polaca. Nacido
en Cracovia en 1794, teniente en segundo tras la campaña
de Rusia, legionario el 28 de noviembre de 1813, cargó
en Waterloo y aún vivía en 1902.
Los cementerios acogieron
a los últimos sobrevivientes de la Epopeya pero su
recuerdo perdura gracias a Chateaubriand, Vigny, Heine, Mickiewicz,
Schumann, Zedlitz, Vernet, Beranger, Víctor Hugo, Thiers,
Albert Vandal, Henry Houssaye, Frederic Masson, Edmond Rostand,
el Mariscal Foch, Edouard Driault, Louis Madelin, Georges
d'Esparbès, Lucas-Dubreton, Marcel Dupont y... el Espejo
de la Historia...
¡La leyenda Napoleónica
sigue de pie a pesar de los envidiosos, de los mediocres que
buscan tumbarla, porque esta leyenda, es Historia!
NOTAS
*) «Grognards»,
«gruñones», o más exactamente gruñentes,
es como se le conocía a los soldados de la vieja guardia
de la Gran Armada.
1) Los “demi-soldes”, medio-sueldo literalmente,
era como se llamaba a los oficiales de la Grande Armada reducidos
a ganar la mitad de su salario, y enviados en un retiro forzoso
a su provincia de origen, usualmente bajo vigilancia de la
policía.
2) P’tit: abreviación de “petit”,
pequeño. Deriva de la expresión familiar pequeño
cabo (petit caporal), nombre que daban los soldados a
Napoleón.
3) Les Vieux de la Vielle, es decir los “viejos”
- veteranos - de la vieja Guardia.