« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.

Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
YO ESTABA EN AUSTERLITZ
¡En camino hacia la meseta de Pratzen, en Moravia, escenario de la inmortal batalla!

Por

Isis Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los Países Hispánicos
Representante oficial en Alemania y Suiza

La Sra. Isis Wirth Armenteros, Consejera Especial para los Países Hispánicos y Representante Oficial en Alemania y Suiza del Instituto Napoleónico México-Francia.
Isis Wirth
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©

Austerlitz, 2005, ha sido la más grande reconstitución de una batalla histórica hasta el momento. En total, 3 538 participantes. Entre ellos, 1981 de la parte francesa y 1557 de la parte austro-rusa. Un 20% de reconstituyentes checos, un 15% de rusos, 15% también, de alemanes; 10 % de franceses, y 10% de italianos. “Contingentes” importantes arribaron asimismo de: Gran Bretaña, Bélgica, Ucrania, Polonia, Bielorrusia, Holanda, Austria, Eslovaquia. Unidades individuales, o, incluso, soldados individuales, arribaron de: Lituania, Letonia, Malta, España, Luxemburgo, Noruega, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda.
L
a Grande Armée contó con 118 oficiales, 1650 suboficiales y soldados, 213 personas en la retaguardia, con 1 062 fusiles y 103 maquetas de fusiles, y 114 caballos.
El ejército austro-ruso: 92 oficiales, 1 307 suboficiales y soldados, 158 personas en la retaguardia, 969 fusiles, 28 piezas de artillería y 92 caballos.
Se consumió en la batalla una tonelada de pólvora. Hubo 8 heridos ligeros entre los participantes, así como dos caballos heridos.
El ejército francés aportó para la batalla — ¡“quand même”! — 150 cañones.

Fotos cortesía del Señor Jean-Jacques Bonnefis

Sí, yo estuve en Austerlitz, 2005. No sé si el Emperador diría de mí que yo soy “une brave”, porque ni siquiera participé como reconstituyente en la batalla. Acaso, podría merecer con la humildad de un soldado ese, el calificativo más grande del honor y el coraje jamás otorgado por un jefe de guerra (y el propio 2 de diciembre, en el bacón del castillo de Austerlitz, desde donde Napoleón, después de la batalla, dirigió a sus bravos ese discurso célebre, la emoción me provocó más temblores que los de la helada planicie), tan sólo por haber hecho un viaje algo largo (pero otros aún viajaron desde mucho más lejos, si no es que lo hicieron en su propio auto, y durmieron en él la víspera de la reconstitución de la batalla); o haber pospuesto algunos compromisos que hacían el regreso a la “realidad” cotidiana más tenso; o por haber soportado las bajas temperaturas, la incomodidad de la nieve, el viento cortante en las colinas, algunos ascensos algo penosos para el citadino consuetudinario (especialmente, el de Santón, con sus laderas de hielo).
En muchas ocasiones, como la subida a Pratzen, el 4 de diciembre, la inevitable fatiga ahondaba la pena de la marcha. Entonces, nos decíamos: “¡Adelante!, que los bravos de Napoleón subieron a Pratzen con acaso más de 20 kilos sobre sus espaldas, que no es el caso nuestro; sin contar que habían caminado desde Francia sin parar hasta Moravia para, también sin detenerse, combatir y ganar la batalla quizás más grande de la historia”. Infusión de adrenalina que borraba cualquier cansancio o dolor muscular.
¿Cómo podemos haber sido “des braves”, nosotros, al lado de esos, los míticos de Austerlitz?

Nuestro grupo fue el de Estcapade-Les Vosgues Napoléoniennes, una organización adherente del Souvenir Napoléonien, en tanto Estcapade es una agencia de viajes especializada en los países de Europa del Este, o mejor dicho, especializada en el Emperador. Valga la mención para reconocer en Estcapade, a cargo de la familia Doillon, su pasión napoleónica que va de la mano con su profesionalismo ejemplar y su devota entrega a cada miembro del grupo, bajo la advocación de ese “feu sacré” del que hablaba Napoleón.

Unidos con el Emperador en Stara Posta, durante los cantos de los himnos. A la izquierda del Emperador, el Sr. Jérôme Beuclair.

 

Apenas la llegada a Praga, el 30 de noviembre, fue el pasaje obligatorio en la capital de la República Checa, la cual, pese a sus innumerables encantos y atracciones disímiles (Breton la llamaba “la capital mágica de Europa”), sabíamos muy bien no era lo que nos había unido en ese viaje. No obstante, la organización del tiempo para disfrutar más que posible de la gran villa bohemia — que bajo Rodolfo II fue la capital del Imperio de los Habsburgo; ironía que tras Austerlitz, Napoleón enterrase al Sacro Imperio Romano Germánico — fue irreprochable.

El 1 de diciembre, hacia el fin de la tarde, en el viaje en autobús a Brno (donde pernoctamos; debemos recordar que Austerlitz, Slavkov en checo, es todavía una villa de menos de 30 000 habitantes, con sólo dos hoteles — uno de ellos, el Soult — en tanto 100 000 personas, sin contar los reconstituyentes, estuvieron en Austerlitz, 2005), las emociones comenzaron a aflorar: un anuncio de un aperitivo checo remite a un águila muy similar a la napoleónica. La autorruta nos sorprendía con varias de estas águilas, indicándonos el camino. ¿Coincidencia? Es posible.

La autora posa con el Emperador (el estadounidense Mark Schneider)
 
La autora con el general de artillería Jérôme Beuclair. Foto: cortesía del Sr. Arnaud Lemoing.

 

Sin instalarnos en el hotel, fuimos a la colina de Pratzen — donde, como se sabe, se decidió la batalla, y Napoleón así lo había dicho que sería, ya el 20 de noviembre previo — cuyo Museo de la Paz ofrece, sobre todo para los napoleofílicos — y para los que no lo son, también — que no son expertos en estrategia militar, una explicación diagramático-cinética de cómo fue la batalla, de principio a fin, que no deja lugar a dudas, ¡ninguna!, del genio absoluto de Napoleón. La claridad de las señales móviles, ayudarían después a mejor comprender, el día de la reconstitución de la batalla, a este genio.
Como espectadores, situados en frente (los que acaso pudieron mas eficazmente apreciar tanto derroche de inteligencia fueron los checos que no alcanzaron billetes para las tribunas, y poblaron milimétricamente la colina de Santón: otra previsión de Napoleón que, 200 años después, volvía a cumplirse) de las operaciones, en ocasiones parecía ilógico, o confuso, que los franceses arribasen desde el mismo lugar donde estaban los rusos o los austriacos. ¿Es que son franceses, son rusos, o son austriacos? (El humo de la pólvora, además, dificultaba la visión para reconocer los uniformes; sin contar que la legendaria niebla de Austerlitz milagrosamente acudió a la cita esta vez, lo mismo que ese sol rojo.) ¡Lógica napoleónica!

El Dr. Oleg Sokolov

 

Tras el museo, reconstitución de un vivaque, en la propia colina de Pratzen, la víspera de la batalla, como recoge un cuadro célebre. Fue entonces que comenzamos a sentir los rigores del clima moravo. La nieve estaba sólida en unos veinte centímetros — hubo ilusos, como yo, que no sacaron las pesadas botas de la maleta ese día, pensando que el “ fuerte” sería solo el de la batalla — y el viento, más cortante que la hoja de una guillotina, hacía de las suyas. Pero un muy buen Bordeaux (¡con perdón, Sire!, que no fue Gevrey-Chambertin), y sobre todo el calor de multitud de: “Vive l’Empereur!” nos devolvieron el coraje.

En el hotel, durante la cena, nos esperaba Oleg Sokolov, vestido, “comme il faut”, en su uniforme de mariscal. Oleg Sokolov, ¡bendito seas! Todas nuestras pasiones, juntas, de unos dicen que 50 millones de napoleónicos alrededor del mundo, caben en la tuya. La única vez que no se gritó “Vive l’Empereur!”, fue para saludarte, “¡Vive Oleg!”, cuando apareciste en la batalla, la cual, por otra parte, nos garantizaste esa noche que estaba bajo tu “completo control”.

 
Ceremonia de la conmemoración de la paz, al pie del Monumento de la Paz, en Pratzen

 

El día siguiente, el 2 de diciembre, “el-que-es”, cuya noche fue para el “maître du monde” que se reveló entonces, la más bella de su vida. Pese a que el “sol de Austerlitz”, rojo, indescriptible — creería que fue un regalo que nos hizo el Emperador, o, si se prefiere, que fue una experiencia mística — apareció ese día, alrededor de la misma hora en que lo hizo 200 años atrás, la reconstitución de la batalla tendría lugar el 3 de diciembre... un sábado.
Hay que recordar que esos bravos reconstituyentes dedican todo su tiempo libre a su fervor, como dedican mucho de su dinero a confeccionarse los uniformes ellos mismos, o fabricarse los cañones, en su espíritu de fidelidad a la época, que no puede garantizar un instituto militar de un estado. La reconstitución de la batalla de Austerlitz siempre tiene lugar el sábado más cercano al aniversario.

Los gallardos jinetes del Xº escuadrón de Cazadores de la Guardia Imperial

 

Sin embargo, nuestro 2 de diciembre fue magnánimo. Temprano en la mañana visitamos el castillo de Austerlitz, y luego, a cantar la Marsellesa — a la misma hora del “alea jacta est” de la batalla — en esa otra congelada colina de Zuran, donde el Emperador tenía su puesto de mando.

En los caminos, una y otra vez nos tropezábamos con las tropas y los batallones, que si bien la contienda era al siguiente día, había que ensayarla al detalle (Oleg nos había asegurado que todo sería exacto, y así fue: ¡adecuando las proporciones del número de reconstituyentes con los de la batalla real, más las medidas del terreno “2005” con el de “1805”, se logró el verdadero Austerlitz)! ¡Bravo, de nuevo, a estos bravos! Si durmieron dos horas cada día, desde que comenzaron a arribar el jueves, fue mucho. Y, hablemos claro, como ellos hablaban con nosotros cuando, para reconfortarlos, los invitábamos a un vaso de Slivowitz que “no podían rechazar”: la disciplina es militar, ni más ni menos. Son reconstituyentes, sí, pero no por eso son menos soldados que los otros.
Hay que mencionar a Jérôme Beuclair, francés, que dirige un grupo de reconstituyentes. Él es el Imperio. Y él lo sabe.

¡Los peregrinos en medio del fragor de la batalla!

 

Si la noche del 2 de diciembre fue la más bella en la vida del Emperador, para nosotros fue también la mas bella en nuestro Austerlitz, 2005. Porque fue la más mágica, una cena en Stara Posta — donde Napoleón y Murat durmieron previamente a la batalla — y muchos comieron bajo la tienda de campaña. ¡Sorpresa!: el Emperador (el norteamericano Marc Schneider) nos esperaba, junto a Jérôme Beuclair y la Guardia Imperial. Ahí, en Stara Posta, los espíritus — ¿quién dijo que mueren?, la prueba de lo contrario esta en conmemoraciones como la de Austerlitz — se reavivaron, acaso como nunca antes ni después en esos días. Si existen grietas en el tiempo, esa noche hubo una. Tanto, que al final, los rusos, los “enemigos”, vinieron a confraternizar con nosotros, con su vodka—que no se puede rechazar: es peor que derrotarlos en la guerra — y su “champanska” abierto a la manera cosaca, de un sablazo, y, por supuesto, gritando, ellos, “Vive l’Empereur!”.

La colina de Santón, ennegrecida por la multitud. Foto: cortesía del Sr. Arnaud Lemoing.

 

La batalla, al otro día, comenzó después de mediodía, lo cual nos dio la posibilidad de, en la mañana, subir a la colina de Santón. Solamente así, se comprende la visión de Napoleón, quien dio órdenes de morir en esta colina. “Júrenme que, pase lo que pase, ustedes no abandonarán Santón”. Domina todo el campo. Los rusos arribaron al pie de Santón, pero no más lejos que esto. En ese momento, Murat llego con su caballería y fulminó a los rusos. Bagration se pudo salvar. La artillería francesa, desde la colina, hizo el resto. Napoleón, que estaba en Zuran, entonces se desplazó a Pratzen: “Es aquí donde se decidirá la batalla”.

Tiempo de festejos en el Castillo de Austerlitz.

 

El 4 de diciembre, se imponían las celebraciones por la paz, en el propio monumento de Pratzen. Franceses, austriacos (los únicos que eran reticentes a exclamar “¡Vive l’Empereur!”; más bien “¡Lang Lebe der Kaiser!”, pero se comprende...), rusos, “todos mezclados”, para honrar a los muertos, de todos.
Como la magia, después de varias jornadas, se había hecho carne, ver a tantísimos soldados, oficiales y mariscales en sus impecables uniformes, campear sobre sus caballos o transportando sus cañones a lo largo de la blanca planicie, no fue ese día una grieta en el tiempo: ¡ya estábamos dentro de ese, nuestro tiempo!, sin asombro alguno por la maravilla, sin necesidad de artilugios.
Napoleón decía que la imaginación era el señor del mundo. Él, como “maître”, continúa insuflando la prueba de ello. Sus “braves” actuales, como sus soldados de antaño, también.

¡Vive l’Empereur!

Un grupo de cazadores deja Austerlitz, en marcha hacia Prusia para festejar el bicentenario de Iena y Auerstaedt 2006