| A
PROPÓSITO
DE LA INTERVENCIÓN
DEL SEÑOR
THIERRY LENTZ |
|
Por
el Señor |
Jean-Claude
Damamme
Consejero
Histórico
Especial del Instituto
Napoleónico
México-Francia
Representante
en Francia de
la Sociedad Napoleónica
Internacional |
 |
| Sr.
Damamme
|
|
|
Traducción
al castellano
por el Instituto
Napoleónico
México-Francia
© |
Durante
la conferencia
«
a dos
voces
»
en la
que participaron
el doctor
Pascal
Kintz,
del Instituto
de Medicina
Forense
(Universidad
Louis-Pasteur)
de Estrasburgo,
y el Sr.
Thierry
Lentz,
director
de la
Fundación
Napoleón,
el 14
de enero
de 2004
por iniciativa
del diario
Dernières
Nouvelles
d’Alsace
(«
Últimas
Noticias
de Alsacia
»). |
|
Comenzando
por un recuerdo del inicio
del asunto (el envenenamiento
de Napoleón), el
director de la Fundación
Napoleón evoca
la « revelación
» que un estomatólogo
sueco, Sten
Forshufvud, tuvo en
los años sesenta
durante la lectura de
las memorias, recientemente
publicadas, del doméstico
de Napoleón en
Santa Helena, Louis Marchand.
Muy esquemáticamente
expuesto, constatando
una degradación
inexplicable de la salud
del Emperador, Forshufvud
– quien había
hecho estudios de toxicología
– había creído
identificar los síntomas
de una intoxicación
arsenical.
Después de haberse
procurado un cabello de
Napoleón a través
de una personalidad incontestable
del medio Napoleónico,
bien conocido por todos
los entusiastas del periodo,
el comandante Henry Lachouque,
había confiado
para su análisis,
al profesor Hamilton Smith,
jefe del Departamento
de Medicina Forense a
la Universidad de Glasgow.
En colaboración
con un laboratorio inglés
de investigaciones nucleares
que trabajaba para la
Defensa nacional, Hamilton
Smith había podido,
por un « bombardeo
» neutrónico,
poner en evidencia la
presencia de arsénico
en el cabello provisto
por Forshufvud.
Lachouque, el 8 de octubre
de 1960, había,
por escrito, rendido homenaje
al trabajo de Forshufvud:
« Mi querido
Doctor,
« He leído
y releído su magnifico
trabajo que naturalmente
me ha interesado mucho.
Permítame primeramente
felicitarle por su paciente
estudio, por su erudición,
por su sentido crítico,
por su fidelidad a los
textos.
« Todo esto forma
parte de un conjunto admirable
de calidades sin las cuales
el historiador se aparenta
al novelista histórico.
»
Después de una
serie de consejos para
permitirle dar toda su
fuerza a la tesis desarrollada,
Lachouque terminaba así:
«
Habrá algunos
retoques a su texto, pero
es insignificante. Veo
muy bien lo que se puede
hacer, y es muy interesante...
»
Hacía falta que
hubiera algo verdadero
en las deducciones del
sueco, pues se imagina
difícilmente a
un personaje tan estricto
como lo era el comandante
Lachouque escribiendo
estas líneas a
un charlatán. El
brusco cambio que dará
poco después de
conocer los resultados
de los análisis
es –teóricamente–
inexplicable.
Luego, vino el tiempo
de los sarcasmos. Se burlaron
del sueco, especialmente
por su libro, publicado
en 1961, cuyo título,
ya desde entonces, planteaba
esta pregunta: ¿Fue
Napoleón envenenado?
La obra fue recibida con
desprecio por los medios
napoleónicos franceses,
como lo recordaba amablemente
el profesor Tulard en
Le Figaro Littéraire
del 27 de mayo de 1999:
« La traducción
francesa fue acogida con
jolgorio. Los doctores
Godlewski y Ganière,
grandes especialistas
de Santa Helena y seguros
de sus conocimientos médicos,
no hicieron más
que un bocado del infortunado
dentista. »
Recordemos para la pequeña
historia que es a este
mismo doctor Ganière
a quien le debemos esa
frase que figura en la
página 1521 del
Diccionario Napoleón
(bajo la dirección
de Jean Tulard):
« ... Por otro
lado, apoyándose
en las constataciones
hechas por O'Meara durante
la autopsia, la existencia
del alrededor del estómago
de un sistema linfático
tumefacto y de ganglios
en vía de supuración
hacen pensar en un tumor
canceroso... »
Lo ignorábamos,
el doctor Ganière
lo revela: O’Meara
era visionario. ¿Si
no, cómo explicar
que haya sido capaz de
asistir a una autopsia
practicada tres años...
después de que
dejara Santa Elena, el
25 de julio de 1818?
En los años que
siguieron, Forshufvud
siguió siendo el
« dentista sueco
» descarriado en
la Historia.
¡Sorpresa! El 14
de enero pasado en Estrasburgo,
Forshufvud se convierte
repentinamente, pero sin
que se conozcan las razones
de esta mansedumbre inesperada,
en un « estomatólogo
» que posee «
una real formación
toxicológica ».
Hoy difunto, Sten Forshufvud,
investigador aficionado
– y desinteresado,
lo que hace de él
una simpática curiosidad
– estará
tal vez feliz de este
(tardío) reconocimiento
póstumo.
Viene enseguida la evocación
de los trabajos del presidente
de la Sociedad Napoleónica
Internacional de
Montreal, Ben Weider,
y de la tesis de un posible
envenenamiento (conservemos
este vocablo por facilidad)
de Napoleón.
El orador, el Sr. Lentz,
se asegura de recordar
que Ben Weider hizo fortuna
« en el músculo
»: para tratar de
destrozar la credibilidad
de un hombre, y por la
misma ocasión,
de lo que defiende, una
sospecha de irrisión,
factual en apariencia,
no podría hacer
daño. En esto,
el Sr. Lentz sigue fielmente
las huellas de su mentor,
el profesor Tulard, quien
nunca ha visto en este
caso nada más que
una « nueva serpiente
marina » retomada
por un « fabricante
canadiense de artículos
de deporte ».
Quien no haya leído,
en la revista editada
por el « Recuerdo
Napoleónico »
(Le Souvenir Napoléonien),
las críticas [!]
por el Sr. Lentz de las
obras del profesor en
cuestión ignorará
siempre lo que es la adulación
servil y cortesana.
Para la edificación
de los visitantes del
sitio internet de la Sociedad
Napoleónica Internacional,
precisemos que el gran
historiador inglés
del periodo, el profesor
David Chandler, cuya competencia
esperamos que el Sr. Lentz
se dignará admitir
–internacionalmente
reconocida– no se
cree obligado a semejantes
bajezas.
Rinde homenaje y no toma
en cuenta más que
el trabajo efectuado por
el canadiense:
« Nunca ha sido
mi ambición tratar
de probar que Napoleón
haya sido asesinado. Esta
tarea fue la de Ben Weider,
cuyo interés apasionado
por la suerte de Napoleón
ha obtenido resultados
espectaculares a lo largo
de los veinticinco años
que han pasado…
»
Sin embargo, así
como sus homólogos
franceses, el profesor
Chandler no creía
en la tesis de un envenenamiento
de Napoleón, y
durante años, dudó.
Pero, contrariamente a
sus homólogos franceses,
demostró una elemental
honestidad al observar
la metodología
histórica del canadiense.
Como la encontró
« seria »,
analizó con cuidado
los elementos científicos
sobre los cuales Ben Weider
fundamentaba su argumentación.
Y desde 1975, fecha de
su encuentro fortuito
con el presidente de la
Sociedad Napoleónica
Internacional en
el campo de batalla de
Waterloo, no ha dejado
de seguir los avances
de la tesis.
La metodología
del director de la Fundación
Napoleón, quien
es también, como
era de esperarse, la del
profesor Tulard, se presenta
bien diferente.
Tras haber afirmado que
Ben Weider había
pasado de una «
tentación histórica
» a una «
íntima convicción
», El Sr. Lentz,
por su parte, declara
que « se burla de
saber si Napoleón
fue envenenado o no »,
pues se trata de un fenómeno
« secundario »
–es oportuno de
su parte que se haya negado
la enfadosa expresión
de « detalle »–
por no apegarse más
que a la incidencia, en
la Historia, de la muerte
del Emperador.
Si esta preocupación
es de un interés
que nadie, evidentemente,
contestará, esta
actitud es por lo menos
extraña de parte
del director de esta Fundación
Napoleón que, salvo
error, tiene como vocación
explicar a Napoleón,
su vida –¿y
porqué no entonces
su muerte, sobre todo
si se trata de un crimen
que fue probablemente
un asesinato político?–
su obra y, dado el caso,
pero es esencial, defender
su memoria frecuentemente
atacada. Es por cierto
toda, y la única,
justificación de
la herencia –de
la que bastará
decir que es « astronómica
»– otorgada
por un industrial, el
Señor Marcial Lapeyre,
al «Recuerdo Napoleónico».
Actitud extraña
y un tanto ligera para
deshacerse de lo que constituye
un enigma, y, de todas
maneras, injustificable
de parte de un historiador.
À menos que estemos
en presencia de una escapatoria
de parte de los oponentes
confrontados hoy al implacable
rigor de los resultados
científicos.
Recordemos brevemente
los móviles posibles
que hubieran podido llevar
a algunos a tratar de
envenenar a Napoleón,
cuyas causas de su muerte,
acaecida a los cincuenta
y un años, están
en el centro de una polémica.
Una cosa es segura: el
Emperador tenía
en sus cabellos de siete
a treinta y ocho veces
la cantidad de arsénico
« tolerada ».
¿Cuáles
podían ser esos
móviles?
- La realeza francesa,
poco gloriosamente y frágilmente
restaurada tras la batalla
de Waterloo gracias al
apoyo entusiasta de los
ingleses y prusianos,
no se sentía segura
sabiendo al Emperador,
ciertamente lejos, pero
bien vivo, y de quien
podía temer que
viviese aún varios
años:
« Si -escribe
Chateaubriand, quien fue
también ministro
de Luis XVIII- Napoleón,
escapado de las garras
de sus carceleros, se
retirara a los Estados
Unidos, sus miradas fijas
sobre el océano
bastarían para
turbar a los pueblos del
viejo mundo. Su mera presencia
sobre la orilla americana
del Atlántico forzaría
a Europa a acamparse en
la orilla opuesta.
»
En una situación
política inestable
susceptible de bascular
en todo momento, los realistas
debían hacer olvidar
que habían tomado
las armas contra su país
para reconstruir un sistema
del que Francia se había
deshecho por la Revolución,
¡por desgracia con
las abominaciones que
sabemos!
- En cuanto a
los ingleses,
eran los sesenta y seis
millones de libras (¡o
sea mil millones y medio
de francos de oro de la
época!) entregados
a las monarquías
europeas de 1793 a 1815,
de los cuales la mayoría
entre 1811 y 1815, para
arruinar a la Francia
Napoleónica por
medio de guerras incesantes,
lo que les hacía
falta hacer olvidar. Una
política que, recordémoslo,
estaba lejos de hacer
la unanimidad del otro
lado de la Mancha. Por
otra parte, el cautiverio
del Emperador costaba
muy caro a los ingleses:
muchos millones de libras
anuales.
En el expediente que Science
& Vie consagró
a los (sorprendentes)
análisis realizados
a petición de la
revista, el profesor Tulard
explica, ironizando subraya
el autor del artículo,
que Napoleón, en
esa época no representaba
ya amenaza alguna, ni
para los ingleses, ni
para la realeza francesa,
no vemos « a quien
le hubiera beneficiado
el crimen ». En
efecto, se concibe fácilmente
que la presencia, durante
cinco años, de
múltiples navíos
de guerra y de algunos
miles de hombres –cifra
enorme para la armada
británica de ese
tiempo–
se imponía para
guardar, en ese peñasco
perdido en los confines
del Atlántico sur,
a 1 800 kilómetros
de las costas de África
y a 3 500 kilómetros
de las de Brasil, a un
solo hombre que no era
una amenaza para nadie.
Nos es forzoso pues concluir
que la presencia de esos
soldados y de esos marinos
ingleses no era sino la
manifestación de
una preocupación
tardía de rendir
los honores al Emperador
deportado por la felonía
de su gobierno.
A propósito de
Santa Helena, no puedo
resistir a la tentación
de rememorar una expresión
utilizada por el Sr. Lentz,
que nos muestra al siniestro
gobernador, Hudson Lowe,
administrando «
cuan buen padre de familia
» (¡sic!)
el presupuesto asignado
para la custodia del ilustre
deportado. No dudo ni
un instante que los verdaderos
Napoleónicos
–y me honro de incluirme
en este número–
apreciarán como
es debido este rasgo estampado
con una incontestable
originalidad.
- El general de
Montholon: no
olvidemos sobretodo al
intendente de Longwood.
Ese falso soldado, mentiroso
y prevaricador, quien
no obtuvo ninguno de sus
grados en el campo de
batalla, de quien todas
las declaraciones acerca
de sus hechos de armas
y sus heridas supuestas
son falaces (mencionemos
el falso sable de honor,
por no citar más
que este ejemplo), simple
coronel bajo el Imperio,
hecho mariscal de campo
(general de brigada) por
Luis XVIII en agosto de
1814, es, de todos los
compañeros de deportación,
el único cuyo pasado
sea tan escandaloso.
Cinco meses antes de su
nominación de mariscal
de campo, ese mismo Montholon,
permanentemente arruinado,
había, dizque para
pagarle a sus tropas,
« distraído
» de la caja del
habilitado del departamento
la suma de 5 970 francos
(de la época),
cuyo empleo nunca justificó.
Cuando el escándalo
estalló, Montholon,
amenazado de comparecer
ante un consejo de guerra,
fue sacado del aprieto
por el conde de Artois…
¡Menos de un año
más tarde, le volveremos
a encontrar –extrañamente–
elevado a la dignidad
de compañero de
deportación del
Emperador para quien es
prácticamente un
desconocido!
Pero sabrá arreglárselas
tan bien –con la
ayuda de su mujer, Albine–
que en abril de 1821,
cuando Napoleón
redacte su testamento
(en presencia del mismo
Montholon), este personaje
dudoso resultará
ser, con dos millones
de francos de oro (siempre
de la época), el
principal beneficiario
del testamento del Emperador.
Retomemos aquí
la singular interrogante,
ya antes mencionada, de
este adversario pertinaz
de la tesis, el profesor
Jean Tulard, en Science
& Vie: «
¿A quién
le hubiera beneficiado
el crimen? »
A pesar de este pasado
cargado, imperturbable,
el Sr. Lentz declara que
no cree en la culpabilidad
eventual de Montholon,
y lo disculpa, pues imagina
mal al descendiente de
una muy antigua familia
aristocrática «
ponerse en cuatro patas
» para ir a sacar
un pellizco de arsénico
–o, para retomar
la expresión del
orador, de « ¡polvos
de la madre Celestina!
»– destinado
a ese vino de Constanza
que el Emperador era el
único en beber.
¿Disculpar
a un eventual sospechoso
en nombre de su pertenencia
a una antigua familia,
no es acaso « la
íntima convicción
» del director de
la Fundación Napoleón
y de nadie más?
El Sr. Lentz evoca enseguida
a dos autores más,
los señores Maury
y de Candé-Montholon,
quienes se abismaron en
esta atractiva puerta
abierta. El método
es astuto, que mezcla
con destreza los géneros,
ya que el Sr. Lentz no
ignora la amalgama de
lo razonable –el
móvil político
y/o crapuloso– y
de lo extravagante, puede
fácilmente ser
fatal al primero.
Evoquemos brevemente las
tesis sostenidas por los
dos autores.
Para el profesor de economía
René Maury, Napoleón
habría sido asesinado
por celos, al no soportar
Montholon las «
debilidades » de
su esposa, Albine, por
el Emperador. En ese caso,
le hubiera sido necesario
suprimir también
a uno de los oficiales
ingleses de la guarnición,
el teniente Jackson, con
quien la Señora
de Montholon tenía
igualmente bondades.
Más quimérica
es la tesis del Sr. Candé-Montholon,
descendiente del presunto
culpable: es por devoción
por lo que su ancestro
habría administrado
a este Emperador, a quien
casi no conoce, arsénico
en pobres dosis con el
fin de hacer que se enfermase
lo suficiente –pero
sin poner sus días
en peligro– para
obligar a los ingleses
a repatriarlo a Francia.
El director de la Fundación
Napoleón evoca
enseguida lo que él
llama con ese cuidado
de la irrisión
que le es habitual, «
la última ocurrencia
pública de los
“envenenistas”.
»
Una palabra primeramente
sobre el origen de esta
« ocurrencia ».
Durante la jornada
del 4 de mayo de 2000
en el Senado, Ben Weider
había presentado
los resultados de los
análisis hechos,
a petición suya,
por el FBI. Esos análisis
revelaban, ellos también,
importantes concentraciones
en arsénico. Entre
las voces de los «
especialistas »
que se habían hecho
oír, una de ellas
imputaba la presencia
del veneno a los…
ostiones y otros mariscos.
No nos atrevemos a imaginar
la cantidad de ostiones
y de mariscos –nunca
mencionados en sus costumbres
culinarias, por cierto
bastante modestas–
que el Emperador hubiera
tenido que ingurgitar
para presentar tal concentración
de veneno en sus cabellos.
La respuesta a esta hipótesis
–aún más
pintoresca por el hecho
de que emanaba de un representante
de un laboratorio oficial–
había sido aportada
por un profesor de medicina
presente: el arsénico
orgánico que se
encuentra en los crustáceos
y los mariscos es inmediatamente
destruido por el cuerpo.
A pesar de los resultados
cifrados, los especialistas
habían dado a entender
sin ambages que no estaban
dispuestos a aceptar los
resultados de un laboratorio
extranjero, aunque fuera
el del FBI. Ben Weider
se puso a la obra y sacrificó
cinco mechones de cabellos
del Emperador para hacerlos
analizar por científicos
franceses de muy alto
nivel pertenecientes a
la Universidad Louis-Pasteur.
Esa « ocurrencia
pública de los
envenenistas » de
la que habla el director
de la Fundación
Napoleón no fue
pues otra cosa que la
presentación de
los resultados reclamados
durante la jornada en
el Senado. ¿Cómo,
en efecto, llevar esos
resultados al conocimiento
de todos, sino por medio
de una conferencia de
prensa?
Pero, para el Sr.
Lentz, no hubo conferencia
de prensa, a lo mucho
un simulacro, puesto que
no se contaban en la sala
más que «
tres periodistas »
perdidos en un patio de
butacas de « seguidores
» del Sr. Weider
(un resultado realmente
milagroso para una Sociedad
que no contaría
en Francia más
que con « cinco
adeptos », como
lo afirmará el
orador al final de su
exposición; ver
más lejos). Sin
embargo, sin pestañear,
el mismo evoca inmediatamente
después la «
marejada » mediática
al día siguiente
de la conferencia de prensa.
Argumentos que vaya que
suscitan la perplejidad:
¿cómo, en
efecto, explicar, de no
ser por la gracia de una
intervención casi
divina, que esos tres
periodistas abandonados
hayan podido inundar así
los medios del mundo entero?
Tras esta « conferencia
de prensa » –dudo
en recurrir a esta expresión
por miedo a hacerme pegar
en los dedos por el censor
de la Fundación
Napoleón–
los señores Tulard,
Lemaire (médico
e historiador de la medicina),
y Lentz se sintieron «
obligados a reaccionar,
ya que, en la metodología
de los envenenistas, nada
se sostiene. »
Con esta reserva, hay
que decirlo: fue gracias
a « la escuela envenenista
» que los científicos
pusieron en evidencia
la presencia de dosis
masivas de arsénico
en los cabellos del Emperador.
Y, aunque les desagrade,
eso « se sostiene
» muy bien.
Fue igualmente gracias
a « la escuela envenenista
» que, durante una
de las últimas
emisiones de Bouillon
de Culture (emisión
cultural francesa) los
telespectadores pudieron
oír al profesor
Jean Tulard declarar que,
nunca más, diría
que Napoleón murió
de cáncer del estómago.
¿Las razones de
este cambio brusco? Las
explicaciones que le había
dado su « colega
» del Instituto,
el doctor Lucien Israel,
profesor emérito
de cancerología.
Útil precisión:
el « cancerista
» emblemático
de los napoleónicos
se había sin embargo
cuidado de dar al canadiense
lo que le pertenece.
¡Y no obstante!
Si el profesor Israel
había logrado convencer
a Jean Tulard, era porque,
en vista de los resultados
de los análisis
efectuados por petición
de Ben Weider, se había
enterado de que la tesis
oficial del cáncer
de estómago no
« tenía pies
ni cabeza ».
La mala fe del Sr. Lentz
nos obliga pues a recordar,
una vez más, los
términos de la
carta escrita el 6 de
septiembre de 2000 a Ben
Weider por esa incontestable
personalidad del mundo
médico que es el
profesor Israel:
«
He leído atentamente
su libro, y comparto sus
conclusiones.
« Al haber comenzado
los malestares del Emperador
en 1816, duraron pues
cinco años. Un
cáncer del estómago
(por cierto, no es hereditario)
evolucionando tan largo
tiempo no hubiera podido
matar más que por
metástasis pulmonares
y sobre todo hepáticas.
Ahora, no se constató
ninguna en la autopsia.
Otra causa hubiese sido
una hemorragia cataclísmica.
No se produjo. Estos son
los argumentos principales,
pero hay otros, el hecho
por ejemplo de que los
ganglios regionales y
del mediastino muestran
aspectos supurativos,
lo que no se explicaría
en caso de cáncer
gástrico.
« Pienso pues que
su tesis
[la del envenenamiento]
es la buena.
»
No soñemos. Basta
escuchar, durante sus
numerosas apariciones
en televisión,
a Jean Tulard, quien no
es ni médico ni
cancerólogo, para
convencerse de que su
opinión sobre el
envenenamiento del Emperador
no ha evolucionado.
Seguiremos gustosos a
los Señores Tulard,
Lemaire y Lentz en su
afirmación de que
« nada se sostiene
» en los procedimientos
de los envenenistas si
piensan en las tesis Maury-Montholon.
Les concedemos también
que hubo, de parte de
una persona del entorno
de Ben Weider, interpretaciones
abusivas, y por lo menos
temerarias de ciertas
citas, que, lejos de reforzar
la tesis sostenida, le
fueron nefastas. Según
el mismo Sr. Lentz, que
no retrocede ante ningún
efecto, tan solo la evocación
de una de sus interpretaciones
hubiera de hecho provocado
entre las personas presentes
en esa conferencia de
prensa « emoción,
pasmo, desmayo a veces
».
La generosidad nos impone
la obligación de
no comentar esa…
¡ocurrencia!
Escuchemos –y recordemos–
una opinión más
honesta. En vista de los
resultados obtenidos por
los científicos
de la Universidad de Glasgow,
del FBI y, apenas recientemente,
por el Instituto de Medicina
Forense de Estrasburgo,
he aquí lo que
el profesor David Chandler,
antes citado, declaró
a esta venerable institución
británica que es
el Sunday Times,
en su número del
12 de enero de 2003:
«
Es claro ahora
que Napoleón murió
envenenado. Acepto este
hecho aunque, durante
años, tuve dudas
sobre el tema.
»
Y en la revista de la
Folio Society inglesa,
escribe:
« Pero queda
por esclarecer quien era
(o eran) el asesino (o
los asesinos) ».
Este antiguo director
del Departamento de Estudios
Militares de la Academia
Real Militar inglesa de
Sandhurst, autor de numerosas
obras que hacen autoridad
y referencia sobre el
Primer Imperio, niega,
lo que puede comprenderse
sin forzosamente admitirse,
toda implicación
de su país en este
asunto sórdido.
En cambio, la realeza
francesa –por medio
de ese conspirador marrullero
y cobarde que era el conde
de Artois, futuro Carlos
X– y Montholon le
parecen tener el buen
perfil y las buenas motivaciones.
|
El
profesor David
Chandler |
¿Por
qué lo que parece
plausible a un gran
historiador inglés
es considerado grotesco
por un puñado
de historiadores napoleónicos
franceses? Ahora, no
más que Lachouque,
Chandler es un hombre
que se aventure en terreno
peligroso sin sólidas
garantías.
He aquí por lo
demás lo que
escribe, del otro lado
del Atlántico,
el historiador estadounidense
Donald D. Horward, Director
del Instituto de Historia
Napoleónica y
de la Revolución
Francesa en la Florida
State University:
« Por sus
investigaciones, Ben
Weider permite a los
lectores reconsiderar
las causas del fallecimiento
de Napoleón,
y no cabe la menor duda
de que su explicación
de los eventos entorno
a su muerte sea la más
verosímil.
»
|
El
profesor Donald
Horward |
Esto
no impide al Sr. Lentz,
imperturbable, quedarse
firme en sus posiciones,
« derecho
en sus botas »
de alguna manera:
« En el fondo
del fondo - resume
– no creo
en el envenenamiento
de Napoleón ».
Para él, a pesar
de las cantidades de
arsénico reveladas
en sus cabellos, el
Emperador murió
« de muerte
natural. »
Uno estaría tentado
de escribir: ¡Qué
salud!
Luego, muy seguro de
sí mismo, tomando
sin embargo la precaución
oratoria de precisar
que se trata de una
« humorada
», aconseja
a los científicos
ocuparse primero del
problema del arsénico
a principios del siglo
XIX antes de venir «
a ayudarnos
» en el expediente
de Napoleón.
Uno no podría
ser más condescendiente.
¡Cuidado, coto
reservado! Peligro.
¿Que haría
falta pues al Sr. Lentz
para que acepte la tesis
del envenenamiento criminal
del Emperador? Poca
cosa en verdad:
« Que me traigan
una carta de Montholon
diciendo: “Yo
maté a Napoleón”,
y lo creeré.
»
¿Es esto seguro?
¿Quién
sabe si no iría
a hacer una ronda en
ciertas estaciones acogedoras,
interrogándose
gravemente acerca de
la autenticidad del
documento?
Pues, después
de los cabellos «
atribuidos » al
Emperador, no hay duda
de que trataría
de convencernos que
la confesión
de Montholon es apócrifa…
Finalmente, la única
originalidad de la intervención
del director de la Fundación
Napoleón habrá
sido su discreción
ejemplar acerca de los
resultados de los análisis
de Science &
Vie.