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Por
el Profesor |
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Jean Tulard
Del Instituto
de Francia.
Caballero de la Legión
de Honor, Oficial de la Orden Nacional del
Mérito, Comendador de las Artes y
las Letras, Caballero de las Palmas Académicas.
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| El
Prof. Jean Tulard |
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| Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
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| PRESENTACIÓN |
El
texto siguiente es el preámbulo
de un interesante libro
del Profesor Jean Tulard,
“Le Mythe de Napoléon”
(El Mito de Napoleón),
publicado por la casa de
edición « Librairie
Armand Colin », París,
1971.
En él, el autor,
con una óptica interesante
y muy personal, hace particular
hincapié en la proximidad
temporal de los hechos y
la dificultad que este fenómeno
ha representado para los
artistas y creadores, confrontándolos
a eventos demasiado frescos
en la memoria histórica
y que tal vez hubieran necesitado
más tiempo para "no
estorbar el proceso creativo".
Es
interesante notar, a la
lectura de las líneas
siguientes, que la labor
de los historiadores modernos,
principalmente aquellos
de las últimas tres
décadas del siglo
XX, quienes han despreciado
y dejado definitivamente
atrás el lado literario
de la historia - el partido
de un Bainville, un Madelin,
un Merejskowski o un Ludwig
- para consagrarse específicamente
a su aspecto puramente científico,
ha sufrido grandemente de
las consecuencias de dicho
fenómeno. Aún
más sin duda que
la labor de los mencionados
creadores y artistas, cuya
misión principal
es menos el estudio de los
fríos hechos establecidos,
finalmente siempre íntimamente
ligados - y hasta dependientes
- del contexto histórico
que los generó, que
la reflexión profunda
sobre los aspectos subjetivos,
pasionales, filosóficos
y simbólicos que
hilan y conforman el tejido
complejo de la Historia,
con todos los contenidos
y significados que éstos
vehiculan a través
de las generaciones, las
culturas y los siglos.
A
pesar de esto, y aunque
muy breve, esta pequeña
introducción brinda
una buena visión
de conjunto del tema que
nos ocupa, y que puede servir
perfectamente para ayudar
al público no especialista
a entrar en materia de manera
seria y completa.
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Consideremos
a Napoleón tal como David lo fijó
en el momento de la coronación, conquistador
colmado, llevando entre sus manos la corona con
la que había soñado César.
Más allá de la fundación
de una dinastía que no tendrá porvenir,
es la apropiación del poder supremo por
el individuo lo que nos sugiere el pintor. He
aquí enseguida 1814 de Meissonier:
un ejército fantasma, un estado mayor abrumado,
el Emperador con la mirada fija, perdido en sus
pensamientos.
« Sobre este gigante, grandeza hasta entonces
ahorrada, la desgracia, leñador siniestro,
se había subido (1).
»
El prodigioso ascenso del soldado de fortuna,
su caída no menos vertiginosa, tales son
los dos aspectos – complementarios –
del mito Napoleónico.
Goethe observa:
« El cuento de Napoleón se me presenta
como el Apocalipsis de San Juan en el que cada
uno siente que hay todavía algo más
sin saber qué. »
Es reconocer la existencia del mito. Mito que
se diferencia sin embargo de aquellos de Ulises,
Rolando y Don Juan en la medida en que hunde sus
raíces en una época que nos es cercana.
No sabemos casi nada de Ulises – la misma
identificación de Itaca es discutida; ignoramos
la vida de Rolando; el verdadero rostro Don Juan
sigue siendo desconocido. No este el caso con
Napoleón. Sus propios escritos, los testimonios
de los contemporáneos, los archivos de
su administración, han llegado hasta nosotros.
El hombre, el general, el jefe de estado no representan
ningún enigma al historiador: el misterio,
condición necesaria de la leyenda, no rodea
a Napoleón. Y sin embargo, dramaturgos,
novelistas, poetas, pintores o músicos
no han dudado en apoderarse de él.
Los románticos
nutrieron con él sus sueños; Napoleón
fue el modelo en función del cual se definieron.
« Lo que él comenzó por la
espada, yo lo acabaré por la pluma »,
afirma Balzac. Voluntad e inteligencia hacen entonces
de Napoleón el símbolo de la energía
individual. René Ruyghe nota muy justamente
que el único sistema filosófico
nacido bajo el Imperio fue el de Maine de Biran.
El individuo, decía, no puede conocerse
más que como fuerza que es vida y opera
por el querer. ¿No era esto dar involuntariamente
la mejor imagen de ese Bonaparte, exaltación
del yo en la acción? (2)
Mientras Simeón
Fort mostraba la caballería de Murat arrollando
a los rusos en Eylau, bajo la forma de una larga
mancha sombría en el centro de su acuarela,
Géricault aísla en su lienzo al
oficial de cazadores o al acorazado herido. De
igual forma la batalla de Waterloo es evocada
en La Cartuja de Parma (La Chartreuse de Parme)
a través de Fabricio él solo. La
afirmación del individuo, tal es la lección
que los románticos han sacado de la aventura
Napoleónica.
La desmesura es
el otro aporte de Napoleón al romanticismo.
Louis Geoffroy imagina Napoleón triunfante
ante los Rusos y fundando la monarquía
universal (3). La palabra
« gigante » vuelve constantemente
a propósito del Emperador bajo la pluma
de Emperador bajo la pluma de Víctor Hugo.
La rapidez de su caída impresiona más
aún que la extensión de su imperio.
¿Podrían los frescos de Delacroix
y la Comedia Humana haber sido concebibles sin
Napoleón?
Al otro extremo del siglo, Nietzsche ve en él
la encarnación de la voluntad de poder,
al superhombre. Barres toma de su ejemplo no solamente
el culto del yo, sino la lección de energía
que él ofrece a sus desarraigados bajo
el domo de los Inválidos.
Napoleón
pertenece no obstante a un pasado demasiado próximo
para haber inspirado una diversidad de obras comparables
a aquellas a las que dieron nacimiento Fausto,
Don Juan o Juana de Arco. Combinando a César,
Prometeo y Jesús, el mito Napoleónico
no posee una riqueza tan brillante como la de
sus predecesores. La falta de distancia a estorbado
la libertad creadora del artista.
Además, este mito no nació espontáneamente;
tal vez resida en esto, finalmente, su principal
originalidad. Como Carlomagno o Luis XIV, Napoleón
creó él mismo su propia leyenda,
haciéndole de hecho múltiples retoques
antes de darle su forma última en Santa
Elena. ¿Cómo olvidar que nos encontramos
ante un mito de esencia política? Carácter
que se acentuó aún más tras
la llegada del Segundo Imperio. Cuando Pushkin
canta al Emperador de Occidente, es para desafiar
al Zar autócrata de todas las Rusias en
nombre de las ideas liberales esparcidas en Europa
oriental por la Grande Armada; en cambio la imagen
de Napoleón que nos proponen Erckmann y
Chatrian en El Conscripto de 1813 sería
incomprensible si hiciéramos abstracción
de las ideas republicanas de ambos autores.
Mientras el estudio
de Fausto o de Edipo puede ser llevado a cabo
sin referencia a la historia, el mito Napoleónico
es inseparable de ella. ¿Podríamos
comprender Los Cien Días (Les
Cent Jours) de Grabbe sin conocer la revolución
de 1830? ¿El Puerto de Arrebatacapas
(La Foire d'empoigne) de Anouilh sin tener una
idea de la depuración de 1944 en Francia?
Aún más, es, por primera vez con
una fuerza tan grande, la noción de generación
la que es así introducida en la historia
de las ideas: los románticos, los quarante-huitards,
la juventud revanchista de después de 1870,
nos brindan cada una sus diversas interpretaciones
de un mito que se ajusta a la actualidad. Napoleón
se convierte, en 1840, en el dios de una generación
que se aburre – la expresión es de
Lamartine. A los grognards de la Grande
Armada sucedieron en efecto los boticarios de
la Guardia nacional, a Coignet, César Birotteau.
La era de las grandes hazañas y de las
grandes ambiciones parece pasada; la nostalgia
del pasado se apodera de esos hijos de oficiales
condenados al ocio: el general Hugo adquiere en
la obra de su hijo la dimensión de un titán.
Treinta años más tarde, el tío
es condenado en nombre del sobrino. La imagen
de Napoleón es a partir de entonces asociada
a la noción de golpe de estado, de dictadura
militar y de invasión. Es el triunfo en
Francia de una leyenda negra comparable a la que
había desarrollado en 1814 bajo el impulso
de Chateaubriand y de los panfletistas ingleses.
Pero la voluntad de regresar a Francia Alsacia
y Lorena incita a una nueva generación
a buscar en el pasado razones de tener esperanza:
Napoleón está ahí, quien
humilló a Alemania, destrozando el poder
militar de Prusia en Iena.
Inversamente, del otro lado del Rin, en donde
flota la sombra del « canciller de hierro
», Nietzsche, Wagner y Burckhardt creen
reconocer en Napoleón – ese mediterráneo
- « el Europeo perfecto ». «
A él, escribe Nietzsche en La gaya
ciencia, se le deberá un día
el honor de haber vuelto a hacer en Europa un
mundo en el que el hombre prevalecerá sobre
el comerciante y el filisteo, tal vez aún
sobre la mujer. » ¿No es él
« uno de los más grandes continuadores
de ese Renacimiento » del que Burckhardt
se hace el historiador?
Buscar en las
obras de Hugo, Byron, Tolstoi, Manzoni o Heine,
esas imágenes privilegiadas caras a la
crítica temática, de manera a encontrar
la estructura lógica del mito, no conduciría
más que a banalidades sobre el Héroe.
Napoleón es comparado las más veces
con el Océano – fuerza ciega –
puesto que es el hombre del destino, tema que
puede oscilar entre el género épico
(Víctor Hugo, Thomas Hardy) o la ironía
(Bernard Shaw). Hallamos en su carrera tal como
la cuentan los románticos todas las etapas
de la gesta heroica: vida oculta (Brienne y la
Revolución); epifanía (el Imperio),
muerte (Santa Elena) y resurrección (el
regreso de las Cenizas) (4).
Lo maravilloso impregna todos sus actos en el
célebre relato de El Médico
rural (Le Médecin de campagne) de
Balzac. Con Adam Mickiewicz nace un mesianismo
Napoleónico que desarrolla los temas de
Napoleón-Cristo y de Santa Elena-Golgotha.
Nerval hace del Emperador un dios solar universal,
nuevo Apolo, y León Bloy reconoce en él
el rostro de Dios en las tinieblas, el que prefigura
a « Aquel que debe venir ». en cambio,
Elie Faure traza en 1921 un paralelo entre Jesús
y Napoleón: éste parece ser el Anticristo,
tal como los discípulos de Cristo se lo
representaban.
¿Cristo o Anticristo, dios o demonio, héroe
u ogro? El gran mérito del mito Napoleónico
– más allá de esta dimensión
sobrenatural de la que nadie escapa, ni siquiera
Hegel quien, al asistir a la entrada de Napoleón
en Berlín en 1806, escribe que ha visto
« el alma del mundo » (5)
– es esta ambigüedad, esta escisión
de la figura de Napoleón entre una leyenda
negra y una leyenda dorada. A menudo el mismo
autor sirve a una u otra alternativamente, así
Hugo.
Para esclarecer
las diferentes facetas del mito, hemos escogido
la vía aparentemente más fácil,
la de la historia. Pero en el caso de Napoleón,
¿la coyuntura política no explica
más aún que el análisis estructuralista
o el psicoanálisis la visión del
artista?
NOTAS:
1) - Hugo, La
Expiación.
2)- René Huyghe, « Le sillage de
Napoleón » (« La huella de
Napoleón »), en la Revue de Paris,
noviembre 1969.
3) - Louis Geoffroy, Napoléon apocryphe
(Napoleón apócrifo) (1812-1832).,
Consúltese la edición de 1841.
4) - Ver el análisis de las etapas de la
gesta heroica en Ph. Sellier, Le Mythe du héros
(El mito del héroe) (1970).
5)- Ningún filósofo alemán
escapa a esta fascinación. ¿Acaso
Schopenhauer no ve en Bonaparte a «la más
bella manifestación de la voluntad humana»?

La leyenda napoleónica
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