Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
EL MITO NAPOLEÓNICO

Por el Profesor

Jean Tulard
del Instituto de Francia
Caballero de la Legión de Honor, Oficial de la Orden Nacional del Mérito, Comendador de las Artes y las Letras, Caballero de las Palmas Académicas.

El Prof. Jean Tulard
Instituto Napoleónico México-Francia ©
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PRESENTACIÓN
Prof. Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador del INMF.
El texto siguiente es el preámbulo de un interesante libro del Profesor Jean Tulard, Le Mythe de Napoléon («El Mito de Napoleón»), publicado por la casa de edición Librairie Armand Colin, París, 1971.
En él, el autor, con una óptica interesante y muy personal, hace particular hincapié en la proximidad temporal de los hechos y la dificultad que este fenómeno ha representado para los artistas y creadores, confrontándolos a eventos demasiado frescos en la memoria histórica y que tal vez hubieran necesitado más tiempo para
«no estorbar el proceso creativo».
Es interesante notar, a la lectura de las líneas siguientes, que la labor de los historiadores modernos, principalmente aquellos de las últimas tres décadas del siglo XX, quienes han despreciado y dejado definitivamente atrás el lado literario de la historia - el partido de un Bainville, un Madelin, un Merejskowski o un Ludwig – para consagrarse específicamente a su aspecto puramente científico, ha sufrido grandemente de las consecuencias de dicho fenómeno. Aún más sin duda que la labor de los mencionados creadores y artistas, cuya misión principal es menos el estudio de los fríos hechos establecidos, finalmente siempre íntimamente ligados – y hasta dependientes - del contexto histórico que los generó, que la reflexión profunda sobre los aspectos subjetivos, pasionales, filosóficos y simbólicos que hilan y conforman el tejido complejo de la Historia, con todos los contenidos y significados que éstos vehiculan a través de las generaciones, las culturas y los siglos.
A pesar de esto, y aunque muy breve, esta pequeña introducción brinda una buena visión de conjunto del tema que nos ocupa, y que puede servir perfectamente para ayudar al público no especialista a entrar en materia de manera completa y profunda.

Consideremos a Napoleón tal como David lo fijó en el momento de la coronación, conquistador colmado, llevando entre sus manos la corona con la que había soñado César. Más allá de la fundación de una dinastía que no tendrá porvenir, es la apropiación del poder supremo por el individuo lo que nos sugiere el pintor. He aquí enseguida 1814 de Meissonier: un ejército fantasma, un estado mayor abrumado, el Emperador con la mirada fija, perdido en sus pensamientos.
« Sobre este gigante, grandeza hasta entonces ahorrada, la desgracia, leñador siniestro, se había subido (1). »

El prodigioso ascenso del soldado de fortuna, su caída no menos vertiginosa, tales son los dos aspectos – complementarios – del mito Napoleónico.

Goethe observa: « El cuento de Napoleón se me presenta como el Apocalipsis de San Juan en el que cada uno siente que hay todavía algo más sin saber qué. »
Es reconocer la existencia del mito. Mito que se diferencia sin embargo de aquellos de Ulises, Rolando y Don Juan en la medida en que hunde sus raíces en una época que nos es cercana. No sabemos casi nada de Ulises – la misma identificación de Itaca es discutida; ignoramos la vida de Rolando; el verdadero rostro Don Juan sigue siendo desconocido. No este el caso con Napoleón. Sus propios escritos, los testimonios de los contemporáneos, los archivos de su administración, han llegado hasta nosotros. El hombre, el general, el jefe de estado no representan ningún enigma al historiador: el misterio, condición necesaria de la leyenda, no rodea a Napoleón. Y sin embargo, dramaturgos, novelistas, poetas, pintores o músicos no han dudado en apoderarse de él.

Los románticos nutrieron con él sus sueños; Napoleón fue el modelo en función del cual se definieron. « Lo que él comenzó por la espada, yo lo acabaré por la pluma », afirma Balzac. Voluntad e inteligencia hacen entonces de Napoleón el símbolo de la energía individual. René Ruyghe nota muy justamente que el único sistema filosófico nacido bajo el Imperio fue el de Maine de Biran. El individuo, decía, no puede conocerse más que como fuerza que es vida y opera por el querer. ¿No era esto dar involuntariamente la mejor imagen de ese Bonaparte, exaltación del yo en la acción? (2)

Mientras Simeón Fort mostraba la caballería de Murat arrollando a los rusos en Eylau, bajo la forma de una larga mancha sombría en el centro de su acuarela, Géricault aísla en su lienzo al oficial de cazadores o al acorazado herido. De igual forma la batalla de Waterloo es evocada en La Cartuja de Parma (La Chartreuse de Parme) a través de Fabricio él solo. La afirmación del individuo, tal es la lección que los románticos han sacado de la aventura Napoleónica.

La desmesura es el otro aporte de Napoleón al romanticismo. Louis Geoffroy imagina Napoleón triunfante ante los Rusos y fundando la monarquía universal (3). La palabra « gigante » vuelve constantemente a propósito del Emperador bajo la pluma de Emperador bajo la pluma de Víctor Hugo. La rapidez de su caída impresiona más aún que la extensión de su imperio. ¿Podrían los frescos de Delacroix y la Comedia Humana haber sido concebibles sin Napoleón?
Al otro extremo del siglo, Nietzsche ve en él la encarnación de la voluntad de poder, al superhombre. Barres toma de su ejemplo no solamente el culto del yo, sino la lección de energía que él ofrece a sus desarraigados bajo el domo de los Inválidos.

Napoleón pertenece no obstante a un pasado demasiado próximo para haber inspirado una diversidad de obras comparables a aquellas a las que dieron nacimiento Fausto, Don Juan o Juana de Arco. Combinando a César, Prometeo y Jesús, el mito Napoleónico no posee una riqueza tan brillante como la de sus predecesores. La falta de distancia a estorbado la libertad creadora del artista.
Además, este mito no nació espontáneamente; tal vez resida en esto, finalmente, su principal originalidad. Como Carlomagno o Luis XIV, Napoleón creó él mismo su propia leyenda, haciéndole de hecho múltiples retoques antes de darle su forma última en Santa Elena. ¿Cómo olvidar que nos encontramos ante un mito de esencia política? Carácter que se acentuó aún más tras la llegada del Segundo Imperio. Cuando Pushkin canta al Emperador de Occidente, es para desafiar al Zar autócrata de todas las Rusias en nombre de las ideas liberales esparcidas en Europa oriental por la Grande Armada; en cambio la imagen de Napoleón que nos proponen Erckmann y Chatrian en El Conscripto de 1813 sería incomprensible si hiciéramos abstracción de las ideas republicanas de ambos autores.

Mientras el estudio de Fausto o de Edipo puede ser llevado a cabo sin referencia a la historia, el mito Napoleónico es inseparable de ella. ¿Podríamos comprender Los Cien Días (Les Cent Jours) de Grabbe sin conocer la revolución de 1830? ¿El Puerto de Arrebatacapas (La Foire d'empoigne) de Anouilh sin tener una idea de la depuración de 1944 en Francia?
Aún más, es, por primera vez con una fuerza tan grande, la noción de generación la que es así introducida en la historia de las ideas: los románticos, los quarante-huitards, la juventud revanchista de después de 1870, nos brindan cada una sus diversas interpretaciones de un mito que se ajusta a la actualidad. Napoleón se convierte, en 1840, en el dios de una generación que se aburre – la expresión es de Lamartine. A los grognards de la Grande Armada sucedieron en efecto los boticarios de la Guardia nacional, a Coignet, César Birotteau. La era de las grandes hazañas y de las grandes ambiciones parece pasada; la nostalgia del pasado se apodera de esos hijos de oficiales condenados al ocio: el general Hugo adquiere en la obra de su hijo la dimensión de un titán. Treinta años más tarde, el tío es condenado en nombre del sobrino. La imagen de Napoleón es a partir de entonces asociada a la noción de golpe de estado, de dictadura militar y de invasión. Es el triunfo en Francia de una leyenda negra comparable a la que había desarrollado en 1814 bajo el impulso de Chateaubriand y de los panfletistas ingleses. Pero la voluntad de regresar a Francia Alsacia y Lorena incita a una nueva generación a buscar en el pasado razones de tener esperanza: Napoleón está ahí, quien humilló a Alemania, destrozando el poder militar de Prusia en Iena.
Inversamente, del otro lado del Rin, en donde flota la sombra del « canciller de hierro », Nietzsche, Wagner y Burckhardt creen reconocer en Napoleón – ese mediterráneo - « el Europeo perfecto ». « A él, escribe Nietzsche en La gaya ciencia, se le deberá un día el honor de haber vuelto a hacer en Europa un mundo en el que el hombre prevalecerá sobre el comerciante y el filisteo, tal vez aún sobre la mujer. » ¿No es él « uno de los más grandes continuadores de ese Renacimiento » del que Burckhardt se hace el historiador?

Buscar en las obras de Hugo, Byron, Tolstoi, Manzoni o Heine, esas imágenes privilegiadas caras a la crítica temática, de manera a encontrar la estructura lógica del mito, no conduciría más que a banalidades sobre el Héroe. Napoleón es comparado las más veces con el Océano – fuerza ciega – puesto que es el hombre del destino, tema que puede oscilar entre el género épico (Víctor Hugo, Thomas Hardy) o la ironía (Bernard Shaw). Hallamos en su carrera tal como la cuentan los románticos todas las etapas de la gesta heroica: vida oculta (Brienne y la Revolución); epifanía (el Imperio), muerte (Santa Elena) y resurrección (el regreso de las Cenizas) (4). Lo maravilloso impregna todos sus actos en el célebre relato de El Médico rural (Le Médecin de campagne) de Balzac. Con Adam Mickiewicz nace un mesianismo Napoleónico que desarrolla los temas de Napoleón-Cristo y de Santa Elena-Golgotha.
Nerval hace del Emperador un dios solar universal, nuevo Apolo, y León Bloy reconoce en él el rostro de Dios en las tinieblas, el que prefigura a « Aquel que debe venir ». en cambio, Elie Faure traza en 1921 un paralelo entre Jesús y Napoleón: éste parece ser el Anticristo, tal como los discípulos de Cristo se lo representaban.
¿Cristo o Anticristo, dios o demonio, héroe u ogro? El gran mérito del mito Napoleónico – más allá de esta dimensión sobrenatural de la que nadie escapa, ni siquiera Hegel quien, al asistir a la entrada de Napoleón en Berlín en 1806, escribe que ha visto « el alma del mundo » (5) – es esta ambigüedad, esta escisión de la figura de Napoleón entre una leyenda negra y una leyenda dorada. A menudo el mismo autor sirve a una u otra alternativamente, así Hugo.

Para esclarecer las diferentes facetas del mito, hemos escogido la vía aparentemente más fácil, la de la historia. Pero en el caso de Napoleón, ¿la coyuntura política no explica más aún que el análisis estructuralista o el psicoanálisis la visión del artista?


NOTAS:

1) - Hugo, La Expiación.
2)- René Huyghe, « Le sillage de Napoleón » (« La huella de Napoleón »), en la Revue de Paris, noviembre 1969.
3) - Louis Geoffroy, Napoléon apocryphe (Napoleón apócrifo) (1812-1832)., Consúltese la edición de 1841.
4) - Ver el análisis de las etapas de la gesta heroica en Ph. Sellier, Le Mythe du héros (El mito del héroe) (1970).
5)- Ningún filósofo alemán escapa a esta fascinación. ¿Acaso Schopenhauer no ve en Bonaparte a «la más bella manifestación de la voluntad humana»?


La leyenda napoleónica

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