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SANTA HELENA
PEQUEÑA ISLA...
 
"Napoleón muriente", por Vincenzo Vela, 1866.
Los últimos días de Napoleón
Escultura de Vincenzo Vela (1820-1891).
«Sólo el infortunio le faltaba a mi renombre. He llevado la Corona Imperial de Francia, la Corona de Hierro de Italia; y ahora Inglaterra me ha dado otra más grande aún y más gloriosa, la que fue llevada por el Salvador de Mundo, una Corona de Espinas». Napoleón I.

Por el Señor

Gilbert Martineau (1918-1995)
Antiguo Cónsul Honorario de Francia y Curador de los territorios franceses en Santa Helena.

Sr. Gilbert Martineau
Napoleón deja Francia y se embarca en el navío inglés Belerofonte
«La leyenda de Santa Helena creó una literatura y una dramaturgia. Provocó divagaciones filosóficas y casos de locura. Pero sobre todo, ejerció una influencia profunda y durable en sensibilidad humana»
Albéric Cahuet, Après la mort de l'Empereur, 1913.

El 29 de julio de 1815 una lluvia cerrada caía sobre la cubierta del Belerofonte, navío veterano de Abukir y Trafalgar que tiraba de su ancla, moviéndose pesadamente sobre la marejada de la bahía de Plymouth, cuando el comandante, Frederick Maitland, regresó a bordo tras una conversación con su jefe, el almirante Keith. Detrás de las portas, el inglés adivina las siluetas que espían con ansiedad las idas y venidas, atentos a los pasos de la guardia, al silbato de los gavieros, e «intentan descubrir en la menor circunstancia procedente de tierra esperanzas engañosas». En la popa del barco, en la cámara del comandante, Napoleón, echado en un sofá, lee y relee la vida de Washington; los que le rodean, tan pronto abatidos como turbulentos, se forjan ilusiones comentando los rumores y estudiando el mapa de América del Norte. Maitland, con los diarios del día bajo el brazo, diarios que difunden la feliz noticia del destierro de Napoleón a Santa Helena.

PÉRFIDA ALBIÓN

El 24 de mayo se había hecho a la vela en Cawsand Bay, para un crucero de rutina en persecución de navíos franceses; pero de pronto todo se desarrolla como en una celada bien organizada, y el sobre sellado que contiene sus órdenes de ruta le lleva en línea recta a una cita con la historia. El 30 de mayo se le indica que vaya a hacer el bloqueo a Rochefort; el 18 y 21 intercepta barcos enemigos, y el 27 recibe la noticia de la declaración de guerra a Francia; al día siguiente le llega el rumor del desastre de Waterloo, y el 7 de julio el almirante Hotham, su jefe de escuadra que cruza cerca de Quiberón, le indica que Napoleón ha salido de París con destino a Rochefort, con la intención de embarcar allí para Estados Unidos. «Emplearéis los mejores medios para interceptar las fragatas de la isla de Aix». El 10 de julio, en la rada de Basques, y mientras dos emisarios de Napoleón intentan en vano obtener de él libre paso de los navíos hacia América, Maitland descifra las instrucciones suplementarias del almirante: «Si tenéis la suerte de capturarlo, le pondréis bajo guardia y haréis ruta, con discreción y celeridad, hacia un puerto británico».

E1 Belerofonte en la rada de Plymouth
A bordo de este navío inglés, comandado por el capitán de navío Maitland, el Emperador Napoleón viajó de la isla de Aix a Plymouth, y en él tambiñen se enteró de la terrible hospitalidad que Inglaterra le reservaba. Pintura de J.-J. Chalon el Mayor.

A las preguntas de los franceses, que han ido a sondearle, responde, pues, cortésmente, pero de manera lo bastante imprecisa como para no decepcionarles, y, manteniéndoles en la inquietud, ganar tiempo. «¿Poseen salvoconductos para Estados Unidos? ¿Se opondrá el Gobierno inglés a la partida del Emperador? ¿Se le permitirá el paso a un navío neutral?» Savary y Las Cases meditan las preguntas. Maitland no sabe nada, afirma, respecto a las intenciones de sus ministros; pero no autorizará que aparejen los navíos franceses sin orden formal de su jefe. Con el deseo, como más tarde confesaría, de «impulsar a Napoleón a esperar una respuesta del almirante, medida que dará tiempo a los refuerzos a llegar al Belerofonte» sugiere con voz neutra: «¿Por qué no solicitar asilo a Inglaterra?».

Habiendo utilizado con mucha astucia «los mejores medios para capturarlo, Maitland recibe a bordo al Emperador el 15 de julio y regresa a Plymouth con tal lentitud que la noticia de su éxito pueda llegar a Londres por vía terrestre. El 24 fondea en Torbay para enterarse de que su navío está en cuarentena y de que la carta de Napoleón al príncipe regente, confiada en la isla de Aix al general Gourgaud, no ha sido enviada.

El Gabinete de Londres, presidido por lord Liverpool, no se siente muy trabado por consideraciones legales ni por sutilezas protocolarias; el refugio bajo pabellón británico ha salvado la vida a «Bonaparte», perseguido por los agentes de Luis XVIII y amenazado con la cuerda por Blücher; Inglaterra, por lo tanto, ha realizado un gesto humanitario. El resto es asunto de política y los ministros del regente juzgan hallarse en libertad para disponer de la suerte de quien no es más que su prisionero. Ciertamente, «por depender Bonaparte de la justicia de Europa», en cuanto a la forma, Liverpool tomará en cuenta las opiniones de los aliados, pero, desde el 25 de julio, seguro ya de su proyecto, negocia un acuerdo con la Compañía de Indias para que pase bajo la dirección de la corona la islita de Santa Helena. Napoleón sólo escapará a la justicia de Luis XVIII y al odio de Blücher para ser relegado a una cárcel en los trópicos. «Santa Helena - escribe Liverpool - es el lugar del mundo mejor elegido para encerrar a semejante personaje. A tal distancia y en semejante lugar, toda intriga le resultará imposible, y, alejado de Europa, pronto será olvidado

Napoleón a bordo del Belerofonte
Pintura de Sir William Quiller Orchardson.

Como las gacetas no podían bastar para indicar al molesto cautivo la decisión británica, se le envió a un incierto subsecretario de Estado, acompañado del almirante más distinguido de la flota, con el encargo de que, juntamente, le comunicarán la traducción de un memorándum destinado a su guardián, el almirante Cockburn: «Esto es peor que la jaula de Tamerlán», se conformó con exclamar el vencido. Luego se exaltó, protestó, resistió, se hizo leer el fin de Catón, descrito por Plutarco, y, habiendo renunciado al suicidio, repentinamente se dispuso con calma al viaje que había de llevarle al exilio. Designó, para formar parte de la minúscula corte que se le autorizaba a conservar, al general Bertrand, gran mariscal de Palacio; al general De Montholon, al general Gourgaud y al conde de Las Cases. Después, trasladado sin muchos miramientos al Northumberland para una travesía de diez semanas, se fue alejando de las costas de la Europa que había soñado refundir.

El 14 de octubre, en la niebla del poniente, se adivinó un picacho gris y negro envuelto en nubes. «El pico de Diana», dijo el almirante. Era Santa Helena, formidable fortaleza surgida de las ondas. Al día siguiente, Napoleón se levantó temprano, escrutó el amenazador acantilado, los roquedales rojos y estériles, el pueblo miserable sumido en las hondonadas del James Valley; las pocas casuchas pegadas a las pendientes, y luego volvió a encerrarse en su camarote. «No es un bello lugar; hubiera hecho mejor quedándome en Egipto», murmuró.

Retrato de Napoleón y cuatro personas de su séquito
Serie de caricaturas realizadas por Denzil Ibbetson a bordo del Northumberland, entre el 7 y el 16 de octubre de 1815. Se aprecian, de izquierda a derecha: Napoleón, Bertrand, Gourgaud (o más probablemente el mayordomo Cipriani Franceschi (?), Las Cases, Montholon.

Por una noche, se le alojó en Porteous House, albergue de marineros, en pleno pueblo, mientras el almirante Cockburn buscaba una residencia segura para los que llamaba en tono despectivo «el general y su familia». Mientras que dos edificios, Plantation House y la fortaleza de Jamestown, ofrecían todas las comodidades requeribles, el almirante optó por Longwood House, una especie de granja dispuesta para albergar, durante la canícula, al lugarteniente-gobernador de la colonia. Durante tres meses, mientras los marineros de la flota se ajetreaban para agrandar esa mala edificación, Napoleón fue huésped de William Balcombe, proveedor de la Compañía de Indias. En un pabellón de verano del dominio de los Briars, un frágil ventorrillo de aspecto japonés, una sola habitación le sirve de salón, de comedor y de dormitorio. Las Cases, promovido al rango de favorito y de memorialista, se conforma con un granero y los criados pasan las noches sobre paja e incluso echados en el suelo. Instalación sumaria; pero que le evita la odiosa promiscuidad de la pensión Porteous, asediada por los obreros, los soldados y los esclavos. En un decorado a lo Pablo y Virginia, Napoleón aprecia - tras la prueba de la travesía y de la sociedad fríamente educada de Cockburn - el silencio de la naturaleza y la simplicidad deferente y cohibida de la familia Balcombe.

William es cortés, dispuesto a complacer, mientras que su esposa, que evoca la graciosa silueta de María Walewska, encanta con su gracia y sus atenciones; cuando se evade de sus reflexiones, lecturas o dictados, Napoleón se distrae mucho con las veladas provinciales de los Briars y no cesa de alabar a sus huéspedes. La menor de las hijas, Elizabeth, Betzy, traviesa, inteligente y viva, será la sonrisa del desterrado, hasta el día de diciembre en que verterá lágrimas cuando vea alejarse hacia la meseta brumosa de Longwood al desgraciado Emperador al que ella había convertido, en tres meses, en tío cariñoso.

LA VIDA EN LONGWOOD

La llegada del Northumberland a Santa Helena, el 15 de octubre de 1815
Montañas áridas, con frecuencia brumosas, algunas casas en el fondo del triste valle... «No es un bonito lugar para estar», murmuró el prisionero. Grabado de Curvoisier-Dubois.

Instalados en Longwood a comienzos de diciembre, los franceses se sienten a disgusto; todo allí les molesta, les desagrada el cuadro, la casa, las normas que la rigen, el clima. El interior, preparado para el uso personal del Emperador, recordaba el de un simple funcionario de la Compañía de Indias: sala de estar, comedor, salón, dos dormitorios, lavabo. Estas habitaciones se integraban en construcciones mediocres, de piedra y barro, cubiertas de tela alquitranada que no protege de la lluvia ni del sol. Encerrado en esa jaula de Tamerlán, que temía ya en Plymouth, espiado por sus guardianes hasta en su silla de rejilla, Napoleón va a conocer la prueba de la soledad.

Bertrand, el dignatario más envidiado de las Tullerías, comparte con resignación esa situación miserable, dividido entre el servicio de Longwood y los deberes de su familia. Entre un Napoleón que se queja y refunfuña, cuando no injuria, y una mujer que llora, a Bertrand le costará mucho mantener su reputación de fidelidad. La historia le hará justicia; pero en Santa Helena pronto será suplantado por Montholon, que trabajará en serio para conquistar el afecto y estima de su señor.

Tristán y Albine de Montholon forman una pareja a la que no se esperaría encontrar en el ambiente de un soberano caído y prisionero; más bien se les imagina evolucionando con ligereza en un palacio europeo o intrigando en las antecámaras. En París, cierto es, Napoleón estaba rodeado de hombres de otro temple; pero hubo de conformarse con esa pareja cuando las fidelidades hubieran podido contarse con los dedos de una mano. Surgido en el seno de una vieja familia de togados, ambicioso y brillante conversador, Tristán probó la caballería, entró discretamente en la diplomacia, representó al Imperio en una corte de opereta y se unió a los Borbones en 1814 para obtener un grado; adornado con éste, ofreció sus servicios al Emperador al día siguiente de Waterloo. En cuanto a Albine, ligera y sagaz, divorciada dos veces, unida a Montholon, le costó a ese fogoso marido su buen empleo de ministro plenipotenciario y el favor imperial. Para restablecer una situación que ella había comprometido, no perdió un instante y, apenas presentada, ya en Rochefort mira dulcemente al soberano, que por caído que esté, según ella, no deja de disponer de un tesoro considerable y de favores para distribuir. No muy bonita; pero incitante y bien hecha, cuenta con la soledad de ese hombre de cuarenta y seis años para elevarse al rango de favorita y, si no existen pruebas materiales de sus artificios, resulta difícil no admitir ciertas alusiones: «Se hace la prudente, se abstiene y atiza el fuego; es una hermana», fulmina con ironía Gourgaud, su enemigo jurado; y Balmain, el comisario ruso, afirma sin tapujos: «Aunque madura, desarreglada y fea, hoy es la amante del gran hombre».

Elizabeth Balcombe, la traviesa Betzy, cuyo encanto infantil alegró la estancia del prisionero en las isla del exilio. En este retrato tardío aparece representada a los dieciocho años aproximadamente.
Briars Valley o el valle de las Zarzas. Este lugar salvaje es uno de los más característicos de Santa Helena. Napoleón fue aquí huésped de la familia Balcombe, cuya simplicidad y gentileza atenuaron el pesar de los primeros días de exilio. (Fotografía de Gilbert Martineau).

El barón Gaspard Gourgaud, general de artillería, primer oficial de ordenanza de su majestad, pertenecía a la raza de esos «héroes de las imágenes de Epinal» que cabalgan, sable en mano, en un decorado de campo de batalla. En Santa Helena aparecerá como un actor sin empleo. De la familia de los Dugazon, heredó las vivas inclinaciones de las gentes del teatro, y de su padre, violín del rey, una sensibilidad de artista: las campañas victoriosas, las heridas, el amor al uniforme, la veneración hacia el Emperador hicieron lo demás. Joven, atlético, rubicundo, este antiguo compañero soporta mal la rivalidad, la contradicción, la falta de trabajo; sinceramente adicto a un hombre al que quiere tanto como admira, se entrega por entero a él y quiere ser pagado con la misma moneda. Atraído a la artillería por la fulgurante carrera del más grande artillero de la historia, como los jóvenes de su tiempo, vivió para esa gloria que se conquistaba en las llanuras de Europa; en Austerlitz recibió la estrella de los valientes, y en España hizo el aprendizaje de la más cruel de las guerras. En recompensa a este entusiasmo, recibió en 1811 el maravilloso uniforme azul bordado de oficial de ordenanza. «Tiene instrucción, talento; ha hecho bien la guerra, sabe observar y explicar bien lo que ha visto»; aparentemente, pues, es el cortesano ideal para un soberano en exilio; pero, de hecho, por sus mismas cualidades y virtudes, resulta el menos agradable de los compañeros en la soledad y la prueba.
No teniendo enemigos a los que atacar, ni Beresina que atravesar, se dedica a meterse con los Montholon, a quienes desprecia, y a apartar a los Bertrand, a quienes respeta pero que le inspiran celos; cuando juzga irrealizable una tarea, se lanza a una oposición sistemática, hace escenas como una modistilla - pues ese muchacho vigoroso llora como una muchacha - y pierde la partida a fuerza de querer ganarla. Un día de 1818 Napoleón le permitirá que se marche, sintiéndose aliviado, aunque también apesadumbrado. «Volveremos a vemos en otro mundo. Adiós, abrazadme.» «Lloro», dice Gourgaud, le abraza, y parte a las cinco de la mañana. El turbulento guerrero, valeroso, pero incapaz de reacciones diversas, no había comprendido que en la escuela de la desventura es preciso adaptarse a la nueva situación.

Longwood House, vista de conjunto
Fue en esta vivienda miserable y denigrante donde el Emperador Napoleón fue condenado a pasar los últimos años de su gloriosa vida. Aquí conoció la soledad, el abandono, el hastío, y, sobre todo, padeció de la vigilancia estrecha y las mezquindades de su carcelero, Hudson Lowe.
Acuarela pintada por el fiel Louis Marchand, y ofrecida como obsequio, el 1 de enero de 1820, al Emperador.

Sigue de cerca a Las Cases por la ruta del retorno; Las Cases, cuyo celo era demasiado brillante, demasiado reciente para que durase mucho, y que huyó de la galera una vez hubo hecho en ella su fortuna. Bertrand había seguido a Napoleón para servirle; Montholon para defenderse a sí mismo; Gourgaud para mantener una causa por la que combatir; Las Cases, literato y periodista nato, para amasar documentos que valían su peso en oro. Ese antiguo marino emigrado, realista de corazón y de espíritu, tardíamente unido al Imperio, desde la abdicación y la estancia en Malmaison, comprendió la obra histórica que estaba por hacer; a los cuarenta y seis años, Napoleón, «el hombre más extraordinario que han producido los siglos», esconde aún más de un valor ignorado, y, vuelva o no de América - se trataba de ir a Estados Unidos cuando Las Cases ofreció su compañía - tenía la certidumbre de hacer carrera en las letras compartiendo la suerte de Bonaparte y haciéndole hablar. Mantenido a distancia por todos los que rodeaban al Emperador, no tardó en morder el freno y en pensar que Santa Helena no merecía perder a Europa, sobre todo cuando ya se hallaba en posesión de un voluminoso manuscrito que trataba de todos los problemas que apasionaban al universo, y que contenía las opiniones más secretas del Emperador. Comprometido por un asunto absurdo de una correspondencia clandestina, burdamente montada, dejó la isla sin sentirlo demasiado y pronto se encontró más a gusto en sus funciones oficiosas de portavoz del exiliado en Europa que en las de confidente en Santa Helena. Su obra inmensa tendrá el éxito que merecía el talento político y literario del verdadero autor. «El señor de Las Cases - dice Stendhal - carece de talento. Tanto mejor, cien veces tanto mejor. No puede mezclar Las Cases con Napoleón cual lo hubiere hecho el señor Fain.»

EL HASTÍO QUE MATA

Tomando posesión de Longwood con el mismo despego que si se tratara de un alojamiento provisional de campaña, Napoleón pone buena cara al mal tiempo, y se somete rápidamente a una rutina que no abandonará sino obligado por los elementos o la enfermedad. Pronto, para sustraerse a los espías de Hudson Lowe, agregará incluso a los rigores del exilio y a la melancolía del cautiverio, con una especie de indiferencia, el deprimente estilo de vida de un jubilado. El que dormía cuando quería, en el campamento o en la cámara, será presa del insomnio; el trabajador incansable que se complacía en la tarea, en el baño, en la mesa, el baile o la ópera, no se dedica a dictar sino para distraer a sus generales. «Cuando se despierta, por la noche, no puede volver a dormirse; se acuerda de todos sus errores y compara su situación pasada con la actual.»

Se levanta temprano, y, con placer sencillo, se acomoda a la compañía de sus dos ayudas de cámara, Louis Marchand, un joven reservado y deferente («los servicios que me prestó fueron los de un amigo», dirá en su testamento), y Saint-Denis, llamado Alí, el falso mameluco que hace las camas, arregla los libros en la biblioteca y cuida el jardín. Napoleón charla, pregunta, gasta bromas a los jóvenes, los cuales, sosteniendo uno de ellos el espejo y el otro la toalla, asisten a su arreglo matinal y luego le sirven el café. El gran mariscal hace una entrada discreta y saluda compungidamente. Le sigue el médico; se le acoge amistosa y con frecuencia burlonamente, pero las discusiones importantes se le reservan; desde el Belerofonte, Napoleón se ha encaprichado del doctor O'Meara, un irlandés que entiende el italiano y que pidió el retiro en la marina británica para convertirse en médico particular del «general». Al principio más espía que profesional, O’Meara fue seducido por Napoleón y pronto conquistado, cuando las constantes sospechas de Hudson Lowe le amargarán la vida.
Retrato de Jean-Baptiste-Louis Marchand
El fiel y dedicado sirviente del Emperador. Detalle de una pintura de J. P. Mauzaisse
Se hará perdonar sus comienzos poco honrosos, publicando tras su expulsión de la isla su Voz de Santa Helena, cuyos capítulos contienen, en medio de un cúmulo de imprecaciones contra el carcelero oficial, un precioso retrato del héroe por su médico, un Napoleón único, cáustico e insinuante, altanero y familiar, que en parte escapó a la visión de los demás memorialistas.

Cuando hace buen tiempo - un día de cada tres, en Longwood - Napoleón se calza las botas, se pone su traje civil y, seguido por Gourgaud o Las Cases, monta a caballo para dar un paseo matinal. Este esfuerzo, que le distiende los nervios y facilita a su cuerpo ejercicio, por desgracia no sirve para evitar el aburrimiento, pues allá donde dirija su cabalgadura Napoleón encuentra una barrera: por un lado, el mar que lame el pie de los abruptos roquedales; por otro, los barrancos del valle del Pescador; y algo más allá, inmóviles pero hostiles, los centinelas del 53 Regimiento. Ciertamente, el paisaje no carece de belleza, y la tierra, áspera y atormentada, petrificada en una convulsión de otras eras, ofrece a la mirada formas, colores y contrastes grandiosos: la masa gris y formidable del Barn, la montaña por la que saltan las cabras; el paisaje lunar del Prosperous Valley, y el océano infinito, como un mantel de plata. Pero ¿qué prisionero se complacería en los atractivos de su prisión, cuando todo en su pasado le incita a llorar por su existencia libre y poderosa, ya perdida?
Cuando Napoleón regresa al sendero polvoriento que asciende, entre madroños y agaves, hacia Longwood House, agazapada en la cresta, prefiere pensar en la otra isla; aquella en la cual nació y por la que ahora, ocioso y abandonado, siente incesante añoranza.

De retorno en el interior de la casa, toma el baño con lentitud, charla con el doctor y los oficiales, sonríe ante las historias que le cuentan, y que divierten a las gentes de la isla: relatos de guarnición, o asuntos de faldas. Luego almuerza, por lo común solo, en un velador de su habitación; comida sencilla, pues siempre conservó sus gustos de teniente frugal, y prefiere un plato de lentejas con aceite o un trozo de cordero asado que los platos complicados que su cocinero desearía guisar con los escasos recursos locales. El único lujo es un dedo de vino mezclado con agua y un poco de café bien caliente. «Con un luis - dice riendo - podría vivir en cualquier parte.»

Longwood Old House 
Longwood era una granja vieja y degradada. Ubicada en el sitio más inclemente de la isla, muy húmeda y expuesta a los vientos más violentos, estaba apolillada e infestada de mosquitos y de ratas feroces. Fue en semejante pocilga donde la pérfida Inglaterra relegó al gran héroe que, de buena fe, se había entregado a las autoridadesde Inglaterra, confiando ciegamente en el sentido del honor y en «la generosidad» de las leyes «de su más poderoso y más constante enemigo».

Al mediodía, en la espaciosa y clara antecámara, que es la habitación menos húmeda de la casa, pone en limpio con sus oficiales el texto de sus Memorias, de sus notas, de sus protestas. Manos a la espalda, va y viene, refiriendo fechas, nombres, deteniéndose para consultar un mapa o un libro sobre la mesa de billar, o para lanzar una ojeada, por un agujero practicado en un postigo, al campo de Deadwood, en el que se ajetrean los «guerreras rojas», o al jardín de la Compañía de Indias. A veces, los visitantes afrontan la lluvia y el sol, los malos caminos y los malignos reglamentos, con tal de contemplar al conquistador encadenado. Provistos de un triste trozo de papel gris, que «invita al oficial comandante del puesto de guardia de Longwood a dejar pasar hacia la residencia del general Bonaparte», son acogidos en la verja del jardín por un criado que los acompaña hasta la escalinata, donde les espera un oficial de uniforme. En la antecámara, el gran mariscal se inclina, tan solemnemente como si estuviera en las Tullerías, y anuncia que su majestad va a recibir; y todos esos extranjeros, almirantes, jueces o gobernadores de la India no pueden penetrar sin un nervioso temblor en la sala en que Napoleón les acoge, en pie junto a la chimenea o con el sombrero bajo el brazo. Durante los primeros meses, estas entrevistas le interesaron; interrogaba y bromeaba con los viajeros, recibiéndoles con amabilidad para que así llegara a Inglaterra un testimonio de su aislamiento; pero muy pronto se dio cuenta de la inutilidad de tales diálogos y adivinó cuánto de interesado había en sus interlocutores, ávidos tan sólo de agregar en sus diarios, entre un capítulo sobre los cafres y el retorno a Spithead, algunas «consideraciones sobre la situación presente de Napoleón Bonaparte».

Cuando los visitantes se marchaban, hacía preparar su calesa para dar una vuelta por la única carretera que le estaba permitido recorrer, y ofrecía lugar a su lado a la condesa Bertrand o a la señora de Montholon; dos oficiales se instalaban en el otro asiento, y el cochero hacía arrancar a los seis caballos de un sonoro latigazo. Por el camino, estrecho y sinuoso, el coche iba a buena marcha, pero en Alarm House, allí donde el camino desciende repentinamente hacia el puerto, los soldados ingleses cerraban el paso: sin la escolta de uno de sus oficiales el «general» no podía ir más allá de ese límite. «No podría salir del camino por una necesidad - bromeaba Napoleón - sin correr el riesgo de un tiro de fusil.»

La comida es una prueba, una intolerable alusión al pasado amargamente añorado, una constricción que aviva las querellas y despierta las envidias. Como los Bertrand comen en mesa aparte, salvo los domingos, los únicos comensales del Emperador son la señora de Montholon, a su derecha; Las Cases a su izquierda, y, enfrente, Gourgaud, Montholon y el joven Las Cases. Con las cortinas bajadas, las velas de los candelabro. encendidas, la plata que brilla suavemente y el oro de los uniformes parece como si se abolieran de pronto el tiempo y la distancia. A los ingleses les saca de quicio un lujo que consideran desplazado. «El servicio de postres era de porcelana de Sèvres, con tenedores, cuchillos y cucharillas de oro. Las tazas de café valían 25 guineas en Europa.» Un Bonaparte que hubiera comido en escudilla hubiese despertado en ellos más simpatía y compasión, que ese hombre ya grueso al que llaman Señor y Su Majestad a la luz de candelabros de plata; en una isla cuyo aprovisionamiento depende del Estado y el regalo de un cordero es una ganga para la gaceta, no se tardará en chismear sobre los menús de Longwood, y se tendrá más rencor a Bonaparte por sus guisos de pollo que por el bloqueo continental.

Después de la comida, todos disfrutan de un momento de descanso, juego de cartas, o romanza italiana cantada por Albine de Montholon, en espera del instante temido. «Vamos a oír a Talma o a Fleury», dice a veces Napoleón, pidiendo un libro de uno de sus autores predilectos: Corneille, Voltaire, Ossián, Cervantes u Homero. Lee mal y de prisa, se detiene ante una palabra que maltrata, critica un giro o una idea, y el auditorio, cansado, adormecido, inmóvil no se agita sino cuando suena la brusca interpelación: «¡Se duerme usted, señora!».
Lo que todos prefieren son las sobremesas en que Napoleón, prescindiendo de la tragedia y de los versos, evoca los episodios de su carrera; narrador nato, posee al más alto grado el don de mantener atento a su auditorio, el gusto por la expresión justa, la desenvoltura del novelista sazonada con la desenvoltura del campamento militar.
Longwood House, estado actual
Comprada por Francia, la casa-prisión del Emperador alberga hoy un hermoso museo.
Al azar de los mecanismos de la memoria, explica su ascensión, se detiene en el retrato de un personaje, en los encuentros que tuvo, y su monólogo deslumbrante, esa síntesis de la historia del siglo verificada por el personaje clave hacen olvidar la decadencia material, e ignorar el paso del tiempo señalado por el reloj de caoba. Napoleón es el que se detiene brutalmente y pregunta con voz neutra: «Bertrand, ¿qué hora es?.. Un día menos... Vamos a acostarnos».

Se retira a su dormitorio, donde Marchand le aguarda; se desviste rápidamente, se pone una bata y lee un rato antes de dormir. ¿En qué piensa entre esas cuatro paredes recubiertas de mahón blanco, en esa pequeña cama de hierro de sus campañas? «Si debiera empezar de nuevo... Qué novela mi vida... Si en vez de la expedición a Egipto la hubiera hecho a Irlanda... A qué se debe el destino de los imperios... Qué pequeñas e imperfectas son nuestras revoluciones en la organización del universo.» Sobre el techo ligero, cae la lluvia a ráfagas, empujada por el alisio, y una fétida humedad * asciende del piso mal trabado; durante las pocas semanas en que reina un calor sofocante, el canto del grillo es lo que turba sus ensoñaciones o el zumbido de los mosquitos en torno a las velas: «Todo respira aquí un hastío mortal... pero tenemos un alma para engañar a veinte tiranos... y nuestra situación incluso puede tener atractivos. El universo nos contempla... la adversidad ha hundido mi carrera. Es preciso que muera aquí o que Francia me venga a buscar».

* Para hacerse una idea aproximativa de lo que es la humedad en Longwood House, basta mencionar que, incluso hoy en día, los servicios de mantenimiento del cónsul de Francia en Santa Helena recogen diariamente diez litros de agua en cada pieza del recinto, lo que nos permite imaginar lo que pudo haber sido la situación en tiempos de la deportación del Emperador. En ese sentido, y entre tantas otras anécdotas, podemos citar el caso de la famosa baraja de Longwood, cuyas cartas debían ser sistemáticamente planchadas antes de cada juego… EG-S.

HUDSON LOWE, EL CARCELERO DEL EMPERADOR

Sir Hudson Lowe, el sicario infame
Grabado de la época según un dibujo del artista británico Wivell.

El 14 de abril de 1816 desembarca en Santa Helena el tipo elegido por Bathurst para que sea el ejecutor de la política oficial y, al pisar el malecón de Jamestown, sir Hudson Lowe sale de la oscuridad del ejército para entrar de lleno en la escena de la historia por la dudosa puerta de los papeles ingratos. Este militar pobre, inteligente, íntegro, pero devorado por la ambición, careció de juicio al extremo de preferir ese detestable empleo de carcelero a un honrado puesto en el Estado Mayor, y pagaría caro su error: su nombre se convertirá en símbolo de un vil empleo y, cuando suene la hora de la verdad, cuando la fama del Emperador invada las publicaciones del siglo y monopolice los ensueños de los poetas, Hudson Lowe, envejecido y abandonado, se convertirá en el representante vivo de uno de los más colosales errores de la historia de Inglaterra.

De momento, ha llegado a Santa Helena «para dar órdenes y no para recibir lecciones», y tenso, en lucha con una enfermiza timidez, aguijoneado por la estúpida vanidad del soldado que ha tenido éxito, pronto logra hacerse detestar por los ingleses, convertirse en motivo de burla para los franceses y ser zaherido por los comisarios. «No es un caballero», dijo de él Wellington. Otros verán en su persona «un fondo inagotable de lugares comunes, un carácter frío, desconfiado, maneras que repelen bajo una intención de mostrarse amable, una exactitud tiránica en la observancia de sus deberes», y, además, «un espíritu estrecho, un hombre al que la responsabilidad con que se le ha cargado aplasta y hace temblar, que se devana el cerebro por tonterías, y que sólo difícilmente realiza, agitándose mucho, lo que otros harían con naturalidad». Imbuido de instrucciones severas, y de órdenes verbales que no traspasaron las paredes de la oficina ministerial, apenas desembarca inaugura un reinado de guardián de galeotes, reduce los límites de los paseos, espía a quienes forman el ambiente del Emperador, interroga a los domésticos, hace registrar las papeleras de sucia tela, inventaría cartas y paquetes, prohíbe toda comunicación con los habitantes de la isla, y acaba por poner Longwood House en cuarentena. Al quejarse Bertrand de ello, Lowe se conforma con gruñir, con la lógica del suboficial que está de semana: «Me han dado una orden y es preciso que la ejecute».
 
El globo terráqueo de Napoleón en Santa Helena
¿Cuáles fueron los pensamientos del monarca desterrado ante la representación del mundo que alguna vez tuvo prácticamente a sus pies? Hermosa pieza conservada en el Museo de Longwood y fotografiada por el señor Gilbert Martineau.

El Emperador juzga al hombre desde la primera entrevista: «No es el hábito el que hace al carcelero; es su carácter y su modo de comportarse, y yo, yo que he gobernado al mundo, bien sé qué clase de gentes se usa para cumplir semejantes misiones». Por lo tanto, se niega a mantener un contacto que sólo hubiera facilitado la tarea del inglés, sin por ello disminuir la presión del reglamento. Cinco entrevistas en cinco años, siempre agitadas por palabras ofensivas, por frases irreparables, abrieron un foso entre ambos hombres y los aislaron definitivamente; pero, «como el que sólo sabía mandar estaba en poder del que solamente sabía obedecer», la miserable tarea de Lowe no tardaría en dar frutos. Cuando le limitan el espacio, el dinero, los libros y los visitantes, Napoleón se va haciendo cada vez menos combativo; desmoralizado por las peleas caseras, vigilado hasta dentro de la casa, reducido a ser el segundo que lee su propia correspondencia; pronto preferirá convertir su habitación en barricada: ese enclaustramiento, actuando sobre su carácter y su salud, le entregará sin defensa al mayor de los hastíos y a la enfermedad.

La convención del 2 de agosto de 1815 autoriza a los aliados a que mantuvieran en Santa Helena unos comisarios «para que tuviesen la seguridad de la presencia de Napoleón Bonaparte sin por ello tener que guardarle». Estos representantes sin poder llegaron a la isla el mes de junio de 1816, y Napoleón, que esperaba encargados de misión, tuvo que conformarse con guardianes honorarios; se enteró del texto de la convención, alzó los hombros, y, sin duda para disimular su desengaño, la emprendió violentamente contra el Emperador de Austria, «un hombre que me suplicó que me casara con su hija, y al que devolví sus Estados por dos veces», y contra el zar Alejandro, «que estaba a mis pies y me llamaba su mejor amigo». Por una vez, forma coro con el Gabinete de Londres - al que esa supervisión no le causaba placer - y se burla del trío: «Qué locura, mandar aquí comisarios sin cargo ni responsabilidad. No tendrán más trabajo que andar por las calles y trepar por las rocas. No pienso recibirles, ya que acaban de llamarme general, como el gobernador».

El modo como esos funcionarios fueron enviados y la astucia de Lowe privaron a Napoleón de una compañía que hubiera podido resultarle un alivio, pues si bien el francés era un tipo sin cultura ni educación, el ruso y el austriaco no carecían de don de gentes ni de facilidad de conversación. En Longwood se pensó recibirles como si fueran particulares, pero el gobernador, juzgando que podía haber algún riesgo en ello, señaló que no podía presentarlos personalmente - el puente se había roto entre el Emperador y él -, lo que impedía toda visita espontánea. Al inglés ya no le quedaba más trabajo que aislar a esos molestos personajes; el tiempo trabajó en su favor, y el aburrimiento, la enfermedad y la inacción pusieron fin a la estancia de los comisarios.
El austriaco Stürmer fue llamado a Viena, a petición de Londres; el ruso Balmain, al casarse con la hija de lady Lowe, se pasó al campo de su padre político. En cuanto a los franceses, el inapreciable marqués de Montchenu, sensible a las delicias de la mesa, se dejará tratar como un cabo para gozar en paz de los platos de lady Lowe y de las partidas de cartas de Plantation House; e incluso procurará que la nota de sus invitaciones la pague su señor, ofreciendo a sir Hudson, para el hijo que acaba de darle su esposa, el padrinazgo de Luis XVIII.

LA ÚLTIMA VICTORIA

Estado actual del antiguo salón de Longwood, donde falleció el Emperador Napoleón I, el 5 de mayo de 1821.
Esta esmerada ambientación busca reproducir el aspecto que tenía este cuarto al momento de la muerte del Emperador. Hoy cuidadosamente mantenido con finas telas y duelas enceradas, nos es difícil imaginar el estado de Longwood House durante la deportación del Emperador: en vano buscaría el visitante los techos agujerados, confeccionados con maderos podridos, que tanto hicieron sufrir al general Gourgaud; los plafones emplastados de chapopote que sofocaban a Las Cases; los mosquitos que escocían la suave piel de Madama de Montholon, o las legiones de ratas feroces de Longwood que los esclavos chinos de rostizaban…

Precipitado desde las alturas del poder, entregado a la animosidad y a la intriga, Napoleón ha de extraer de su propia inteligencia los recursos necesarios para sobrevivir y activar su ambiente. Muy frecuentemente pudo vérsele, dando al olvido a sus generales y a su ruidoso servicio, gozarse en combatir contra el gobernador o en entablar querellas con los ingleses. Ciertamente, el duelo entre el Emperador y el lugarteniente general de la isla, entre el detenido y su guardián, parece ganado de antemano, a quien lo observe en el propio terreno, por el segundo, y Lowe no deja de dar cuenta, al escribir a su ministro, de sus aparentes éxitos. Pero para quien considere el duelo desde el ángulo de la historia, Napoleón, arquetipo del autócrata, genio del ataque reducido a la defensa, vence con mucho a Lowe, modelo del militar sumiso y pasivo, paralizado por el complejo de inferioridad. Y mientras que el inglés se conforma con satisfacer a su jefe, Napoleón busca en cada escaramuza el juicio de la posteridad y la aprobación de los hombres de corazón. El exiliado, en ese duelo de frases, halla el estímulo necesario para un trabajo cotidiano, y se aplica con delicia a un bombardeo epistolar cuyo eco, como muy bien sabe, resonará hasta las orillas de Europa. Dicta un primer texto, que entrega a la meditación de sus generales, más interesado en darles alguna ocupación que en saber lo que opinan; se levanta por la noche para pulir su manuscrito, redondear una frase y fulminar contra su adversario: «Verá cómo trabajo yo; hiero con el rayo. Esto le permitirá comprender la ventaja que tiene un buen lógico sobre un imbécil». Menos que al hombrecillo pelirrojo de Plantation House, apela al Gabinete de Londres, a la nación inglesa y al antiguo mundo; cuidadosamente recopiada por Marchand y Alí, esa prosa incandescente exaltará a los supervivientes de la epopeya y a la juventud liberal de todos los países: «¿Vuestros ministros ignoran, pues, que el espectáculo de un gran hombre presa de la adversidad es el espectáculo más sublime? ¿Ignoran que Napoleón en Santa Helena, en medio de las persecuciones de todo género a las que sólo opone la serenidad, es más grande, más sagrado, más venerable que el primer trono del mundo? Los que con esta actitud faltan a Napoleón no envilecen sino su propio carácter y a la nación que representan».

Esta literatura, apoyada por los esfuerzos de su dispersa familia y las intervenciones de sus admiradores - según él pensaba - podría dar lugar a una suavización del exilio, e incluso, tal vez, a un traslado a Malta bajo un clima más clemente; pero la única voz que se alzar en la Cámara de los Lores para hablar de grandeza y de magnanimidad será la de lord Holland, y la ahogarán las venenosas frases de Bathurst; los pares del reino darán de lado la noble moción del sobrino de Fox, que preguntaba con emoción «si Inglaterra mostraba la generosidad que convenía a una gran nación». Liverpool no halló dificultades, después, para obtener de los aliados la firma en blanco que habría de autorizar medidas aún más severas; en el Congreso de Aquisgrán, el zar Alejandro, por mediación de su representante, presentó un riguroso proyecto. «Napoleón, que representa el poder de la Revolución concentrado en un solo hombre que se puso al margen de la ley de las instituciones permanecerá bajo la vigilancia de Inglaterra.» Se rechazó con altanería un llamamiento de la señora Letizia, «madre afligida por encima de toda expresión», y se prestó atención, divertidamente, a la frase de Pozzo di Borgo, corso al servicio del zar, que calificó a Napoleón de «temible vagabundo». El Emperador seguiría, pues, en Santa Helena; encarcelando de este modo al que ha causado tanto pánico, los soberanos soñaban con dar firmeza a sus tronos y expulsar de las mentes el espectro de la emancipación social. Esos apologistas ciegos de un pasado periclitado se engañaban al unísono, y, despojando al prisionero de Europa de su manto de conquistador, lo transformaban en símbolo de las ideas nuevas, facilitando a los poetas del siglo, de Heine a Byron, de Pushkin a Manzoni, un sublime maná.

Cuando cesaron los del Congreso, Napoleón comprendió que habría de morir en aquel peñón. «No me mataré; sería una cobardía; es noble y valeroso superar el infortunio», dijo; pero de pronto perdió el gusto del combate y el siniestro año 1819, el de Aquisgrán, señaló el inicio de la decadencia final. Las Cases y Gourgaud habían huido ya de la isla; ahora le tocó el turno a la señora de Montholon, que ya había llenado su bolsa. Se ha dicho que el Emperador se emocionó al ver la calesa avanzar hacia Jamestown. Pero ¿lloraba en realidad por la partida de la petulante Albine, o, más sencillamente, por «la miseria del más fiero genio de la acción» ?

EN EL UMBRAL DE LA INMORTALIDAD

Finalmente, llegó el tiempo en que ese hombre entregado a sí mismo no tuvo otra cosa, y se le oyó murmurar: «Mi estancia aquí es una muerte diaria». Para alcanzar la suprema etapa, aún tenía que atravesar el país del padecimiento físico.

El registro de Santa Helena 
En un excepcional documento, vemos aquí un extracto la página en la que fue registrado el fallecimiento del Emperador Napoleón, en fecha del día 9 de mayo de 182l. La inscripción inglesa, reza: «Napoleón Buonaparte, ex emperador de Francia, que ha fallecido el 5 del presente en la vieja casa de Longwood, y fue enterrado en la propiedad del señor Richard Torbett».

Desde 1815 no se había quejado sino de males benignos, originados por el cambio de modo de vida y el insólito clima: una serie de gripes, con sus secuelas de dolor de garganta, migraña, dolores reumáticos y trastornos gástricos debidos a la execrable alimentación. Gripes y disenterías son los enemigos de la tonicidad, y las notas de los que rodeaban a Napoleón muestran el estado de depresión en que el Emperador fue languideciendo desde 1816 a 1819. «Su majestad está muy triste [...] sufriente, abatido [...]. Tiene insomnios; devorado por la pena, triste, habla poco, se queja de dolor de cabeza.» Instalado en su sofá, confinado en su habitación, somnoliento, contempla el fuego de leña verde que humea al arder, para olvidar la lluvia que imposibilita las salidas o los reglamentos que le impiden aprovechar los días en que hace buen tiempo. Desde 1817, Marchand anota el cambio producido por esta postración: «La salud del Emperador se alteraba perceptiblemente y sólo una gran fuerza moral le hacía soportar el hastío del cautiverio». Intacta, esta fuerza moral sin duda le hubiera permitido luchar con más éxito contra la enfermedad que le acechaba, y, si el clima y los tormentos que le imponía su carcelero no son las causas principales de su prematuro fin, las diversas afecciones de 1816 a 1819 - imputables sólo a su modo de vida y a las enfermedades endémicas del lugar - prepararon el terreno a trastornos más graves. Las experiencias modernas de la medicina psicosomática son lo bastante concluyentes como para que se pueda afirmar que Napoleón murió por serle imposible aceptar seguir viviendo de aquella manera; minado por el pesar, debilitado por los ataques incesantes de enfermedades no graves, herido por la inutilidad del combate que había librado para conseguir una suavización de su exilio, fue víctima de la terrible enfermedad que dio fin de él, cuando ya no tuvo la fuerza, el impulso y la combatividad necesarios para enfrentarse con la decadencia física.

En julio de 1820, en un cuerpo debilitado apareció el síntoma de una nueva enfermedad, de carácter alarmante, que desorientó a la escasa ciencia del profesor Antommarchi, el médico corso enviado por la familia, pero que sorprendió al gran mariscal: «Esta enfermedad nada tiene en común con sus antiguos trastornos del hígado», anota Bertrand; y el mismo Napoleón, desde que quedó inmovilizado en su lecho de campaña, dejó de prestar atención a la charlatanería del médico para pensar más de una vez en la muerte de su padre, Carlos Bonaparte. «Me parece que mi estómago padece la lesión que llevó a mi padre a la tumba...; lo sospecho desde que mis vómitos se han vuelto más frecuentes y obstinados.» Sólo hacía falta la pomposa ignorancia de los medicuchos que le atendían para que no pudieran ni prestarle crédito; Antomarchi y Arnott, un inglés a sueldo de Lowe, lanzaron todos los posibles diagnósticos: empacho, fiebres gástricas, hipocondría; y recomendaron, todo ello mezclado, vejigatorios, lavativas, fricciones en los riñones, mercurio, hierro, hemético tártaro y calomelano. En Plantation House, Hudson Lowe mostraba el optimismo más risueño: «Es una enfermedad del alma, no del cuerpo; el resultado de su maligna conducta conmigo».

El 10 de abril de 1821, Napoleón manifestó a Montholon sus disposiciones testamentarias y le preguntó si 2 000 000 le bastarían para rescatar, en Borgoña, sus bienes familiares. Un primer documento, de 1819, reservaba la mayor parte de la herencia al gran mariscal; en 1821 corresponderá a Montholon y a Marchand, pues durante sus noches de sufrimiento el Emperador ha sabido valorar los servicios que se le prestan sólo con permanecer cerca de su camastro. Definidas las líneas esenciales del testamento, el día 12 se encierra con Montholon - que le ayuda - para pasar al papel sus de cisiones. Muy débil - morirá tres semanas más tarde -, realiza prodigios de voluntad para recopiar los párrafos de esa obra capital que contiene todo su pensamiento político, un lúcido juicio sobre su propia carrera, sobre su familia, y la loanza de las armas. Las fórmulas están en todas las memorias francesas; tienen igual carácter que sus mejores proclamas: «Deseo que mis cenizas reposen a orillas del Sena», éste es el epitafio que Francia podrá elegir cuando haya sacudido el yugo de los aliados y desenmascarado la impostura borbónica, mientras que el «todo para el pueblo francés» aconsejado al rey de Roma prepara el advenimiento del segundo Imperio. «Cuando tenga dieciséis años, sus objetos personales» deberán ser entregados a su hijo, desde la capa de Marengo a la espada de Austerlitz, objetos que «dibujan el recuerdo de un padre del que el universo le hablará». El dominio privado, que evalúa en 200 000 000 será, la mitad «para los oficiales y soldados que combatieron de 1792 a 1815 por la gloria y la independencia de la nación», y la otra mitad «para los pueblos y campiñas que padecieron a causa de la invasión». Se prevén legados para «los proscritos errantes en países extranjeros, franceses o italianos, españoles, holandeses o de las provincias del Rin» y que pagaron con su libertad su fidelidad al Imperio de Occidente. No olvida ni a los mutilados y heridos de Ligny y Waterloo, ni al sargento acusado de haber querido asesinar a Wellington, y cuando Bertrand le pone ante los ojos un impreso inglés relativo a la muerte de Enghien, toma de nuevo la pluma y agrega de un trazo: «Hice detener al duque de Enghien por ser esto preciso al interés y al honor del pueblo francés».

Entre dos lecturas de Homero, se impacienta, vigila todos los pormenores, comprueba los inventarios de sus bienes y dicta el texto de la nota que se deberá enviar al gobernador cuando llegue el momento: «El Emperador Napoleón ha muerto el... a consecuencia de una larga y penosa enfermedad. Tengo el honor de comunicároslo». Luego pasa a organizar su capilla ardiente, la ceremonia de sus funerales y la autopsia de su cuerpo. «Estoy muy cansado – dice –, pero queda poco tiempo; es necesario terminar.»

Los padecimientos de los últimos días fueron atroces: luchando con el dolor, agotado por los remedios de charlatán, hostigado por los mosquitos y las moscas, henchido de lavativas, se debate contra el aniquilamiento. Dice: «Tanto monta, monta tanto», y unos minutos después: «Es una causa perdida... Amigo, aventad las moscas». Poco antes del fin, se le oyó suspirar: «Quien retrocede... ¿Cómo se llama mi hijo?... Al frente del ejército», lo que pudo sugerir al poeta que en aquel momento «su pensamiento erraba aún en medio de los combates».

Murió el 5 de mayo, al ocaso.

Lowe vigiló al héroe muerto como había espiado al prisionero en vida: su infatigable y detestable minucia le impulsó a todo género de incongruencias. Hizo falsificar el informe de la autopsia, desenvolver los pequeños tesoros de la herencia, extender los vestidos del Emperador, sólo para divertir a la insignificante lady Lowe; por último, prohibió a Montholon que hiciera grabar el epitafio dispuesto: «Napoleón, nacido en Ajaccio el 15 de agosto de 1769 y muerto en Santa Helena el 5 de mayo de 182l». La losa se dejó desnuda. Ningún recuerdo, ninguna molestia. «No considero a Napoleón - dijo - un hombre superior por el espíritu, el juicio o el talento; es un personaje de segunda categoría.»

La tumba del Emperador Napoleón en el valle del Geranio, Santa Helena
Un paisaje romántico, algunos cipreses, una simple verja, el anonimato de una lápida desnuda... Aquí comienza la leyenda cuando ha terminado la epopeya. Acordémonos de los versos que Lamartine escribió en 1823:
Aquí yace... ningún nombre... preguntad a la tierra.
Y bajo el verde tejido del espino y de la hiedra
¡Se distingue un cetro roto!
Dibujo en sepia, traído de Santa Helena por Bertrand.

Revestido de su uniforme de la Guardia Imperial, escoltado con el ceremonial previsto para un general inglés, el Emperador fue llevado, cuatro días más tarde, al valle del Geranio, al son de los pífanos y de los tambores velados, y luego enterrado en un ambiente a lo Jean-Jacques Rousseau, a la sombra de tres sauces y muy cerca de un arroyuelo. Era la primera etapa de su epopeya póstuma.

Señor, vos retornaréis a vuestra capital,
sin rebato, sin combate, sin lucha, sin furor,
arrastrado por ocho caballos bajo el arco triunfal
vestido de Emperador.

Volvió a París en 1840 por voluntad de Luis-Felipe y de Thiers, que querían hacer olvidar las caricaturas de la época, ofreciendo a Francia un grabado de Epinal en movimiento. Un millón de franceses gritaron: «¡ Viva el Emperador!», mientras el gigantesco ataúd avanzaba hacia la cúpula solemne de los Inválidos, seguido por Bertrand canoso, por un Gourgaud también encanecido y por un Marchand deshecho en llanto.

El retorno de las cenizas compensaba los horrores del exilio; pero el amplio monumento de las orillas del Sena no puede hacernos olvidar las sombras y la soledad del valle del Geranio, pues la curva iniciada en una isla del Mediterráneo terminó su curso en un peñón de los trópicos: El Emperador en París es la lógica de la historia; la tumba en Santa Helena es el último cuadro de la gesta.

 

 

ARTÍCULOS

 

La agonía de Napoleón, por Jean-Claude Damamme.
Napoleón en Santa Helena, sus sentimientos religiosos y su muerte.
¿Qué pasó en el almacén de Mason?, por el Dr. Arnold Chaplin.
La liberación (muerte del Emperador), por el fiel Louis Marchand.
El último combate (La muerte del Emperador), por el mameluco Louis-Etienne Saint Denis «Alí».
Le 5 mai 1821, por Isis Wirth.
Hay que abrir la tumba de Napoleón, por el profesor Jean Defranceschi.
En torno a los proyectos de evasión a favor de Napoleón, por varios autores.
 La segunda visita a Santa Helena de Michel Ballabriga, por él mismo.


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