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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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Reseña
introductoria y descriptiva |
| Por
el profesor |
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Eduardo
Garzón-Sobrado
Presidente-fundador
del Instituto Napoleónico México-Francia
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| Pr.
Garzón-Sobrado |
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| Descripción
de las Armas del Imperio francés |
“Nos
habían colocado
en la tribuna imperial
a la diestra del trono
del Emperador. ¡Dios,
qué bello era!
¡Esta gran iglesia
llena únicamente
de los Cuerpos del Estado
en trajes magníficos;
en la nave el Senado,
el Cuerpo legislativo,
los consejeros de Estado;
las filas llenas de mujeres
cubiertas de pedrerías,
brillantes de juventud,
de belleza, luego ese
joven héroe que
la gloria rodeaba de todo
su prestigio sobre cuya
cabeza la Religión
venía a colocar
una corona que ella consagraba
y legitimaba por el óleo
santo y la presencia de
su jefe!”. |
Estefanía
de Beauharnais, gran duquesa
de Baden. |
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Tradicionalmente,
la Consagración simboliza el origen
divino del poder real, en el caso que
nos ocupa, imperial; asimismo, instituye
al elegido « representante de Dios
en el Reino ».
Al ser
ungido y consagrado por el Papa
Pío VII, Napoleón
se inscribe dentro de la profunda y plurisecular
tradición le legitimación
del poder temporal por la autoridad espiritual:
“¿Prometéis…
de hacer observar la ley, de hacer justicia
a todos vuestros sujetos, de mantener
la paz en la iglesia de Dios?”
pregunta Pío VII; es el juramento
que prestan los monarcas cristianos. Napoleón
extiende sus dos manos sobre el libro
de los Evangelios que le presenta el Cardenal
Fesch, y jura. Durante la entronización,
el Papa, acompañado por todo su
clero, se aproximará a saludar
a Napoleón, quien ha subido sólo
al trono. Pío VII le besa la mejilla.
Como Carlomagno, Napoleón, desde
ahora “hijo mayor de la Iglesia”,
se presenta como el jefe de los cristianos
de la tierra, el “nuevo Constantino”.
Una vez consagrado por el Sumo Pontífice,
y tras coronarse en la Catedral de Nuestra
Señora de París, el 2 de
diciembre de 1804, el Emperador anuncia
de facto el
nacimiento formal de una nueva dinastía,
la cuarta de la monarquía francesa,
la de los Napoleónidas,
cuya descendencia se perpetúa hasta
nuestros días noblemente encabezada
por Su
Alteza Imperial y Real Jean-Christophe,
Príncipe Napoleón.
La ceremonia
de coronación del Emperador es
un espectáculo sin precedentes,
en cuyo protocolo todas las tradiciones
son contempladas, haciendo revivir y fusionarse
la unción de los reyes bíblicos
antiguos, el imperio romano, y las tres
dinastías francas: los Merovingios,
los Carolingios y los Capetos.
En efecto, con este acto solemne, Napoleón,
quien declararía « Asumo
todo, de Clovis al Comité de Salud
Pública »,
concilia tres discursos políticos
prolongando el poder y la tradición
de Carlomagno así como la herencia
de los Reyes de Francia, a la vez que
aplica los ideales del régimen
heredado del Siglo de las Luces.
La ceremonia
de la consagración y posterior
coronación de Napoleón se
lleva a cabo un domingo, según
la antigua costumbre; no obstante, rompe
con una tradición secular al tener
lugar en París, y no en Reims,
como había sido el caso desde Enrique
I (nieto de Hugo Capeto) en 1027, y hasta
Luis XVI.
Ante las
miradas absortas de los grandes monarcas
y los reinos de Europa, la ceremonia imperial,
inmortalizada por el gran Louis David,
instaura y consagra al nuevo poder de
Francia, mientras el Papa y el Emperador
reúnen los atributos del rey del
mundo.
LA
CREACIÓN DEL BLASÓN
Proclamado
emperador de los franceses el 28 floreal
año XII (18 de mayo de 1804), Napoleón
aborda por primera vez el problema de
los emblemas de la soberanía el
23 pradial siguiente (12 de junio) durante
una sesión en el Consejo de Estado.
La elección de una nueva simbólica,
contrariamente a lo que se piensa generalmente,
si bien es necesaria para marcar una ruptura
con el Antiguo Régimen de los Borbones,
no pretende serlo, en el espíritu
de Napoleón, con la monarquía
francesa; al contrario, es una recuperación
de ésta tomando sus motivos en
los más antiguos símbolos.
La elección
resulta difícil: Crétet
propone sucesivamente el águila,
el león y el elefante. Cambacerés
prefiere las abejas, puesto que Francia
es un estado con un jefe, como un panal;
Segur se inclina por el león, vencedor
del leopardo inglés; Laumond por
el elefante, “el más fuerte
de los animales”; Duroc opta por
el fresno pacífico y Lebrun por
la flor de lis, que es el emblema de Francia
y no de los Borbones. Al gallo finalmente
adoptado por el Consejo de Estado, Napoleón
prefiere el león. Pero, el 21 mesidor
año XII (10 de julio de 1804),
el Emperador tacha al león sobre
el decreto que instituye su sello y sus
armas para imponer el águila. Puestas
a punto por Denon, Gay y Biennais, las
armas del Imperio, inspiradas por la Roma
antigua y Carlomagno, serán retomadas
sin grandes transformaciones por el Segundo
Imperio. Combinan los elementos siguientes: |
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EL
ÁGUILA
Componente principal del
nuevo blasón, el
ave de Zeus, luego de
Júpiter, emblema
de la Roma imperial, está
asociada desde la más
alta antigüedad a
las victorias militares.
El decreto del 10 de julio
de 1804 estipula que las
armas del Emperador son:
“de azur con
águila a la antigua
de oro, de pie sobre un
rayo del mismo (de
oro)”. Esta águila,
muy diferente de los motivos
de la heráldica
tradicional, se inspira
igualmente del águila
carolingia, en
tanto símbolo de
la tradición franca
y evangélica, pues
como se sabe ésta
ave era el símbolo
de San Juan Apóstol.
En efecto, pocos son los
que conocen el significado
real del águila;
refirámonos
al eminentísimo
heraldista, el barón
Philippe
Lamarque: «
una de los cuatro vivientes
del profeta Elías,
símbolo joánico,
supuesta capaz de contemplar
al sol de frente, heredera
a la vez del águila
romana y enseguida carolingia.
Pretende remplazar a la
austriaca y la rusa, una
y otra imágenes
de dos diócesis
imperiales de Roma y de
Bizancio, portadora de
de los rayos jovianos
(Neubecker), intermediaria
y pontifex entre el mundo
manifestado y el pleroma,
dominadora y depredadora
». Por otro lado,
este emblema evoca la
extensión del poder
real a través de
la presencia de Napoléon,
consagrado emperador.
Desde el día siguiente
a la coronación
del 2 de diciembre de
1804, Napoleón
hizo colocar el símbolo
imperial en la cima del
asta de todas las banderas
de los ejércitos
napoleónicos. En
la imagen, se muestra
un estudio preparatorio
para el Águila
Imperial, ejecutado por
Chaudet en 1804.
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LAS
ABEJAS
Símbolo de inmortalidad,
de resurrección y
linaje real desde el antiguo
Egipto, las abejas fueron
escogidas con el fin de
vincular a la nueva dinastía
con los orígenes
mismos de la monarquía
francesa. En efecto, abejas
de oro (algunos las interpretan
como cigarras) habían
sido descubiertas en 1653,
en Tournai (hoy Bélgica),
en la tumba del rey Childerico
I, fundador en
457 de la dinastía
merovingia y padre del gran
rey Clovis. Son consideradas
como el emblema más
antiguo de los soberanos
de Francia. En cuanto a
su significado intrínseco,
en el plano espiritual y
límitándonos
a nuestra tradición
judeo-cristiana, la abeja,
por su miel, es considerada
como el emblema de Jesucristo:
por un lado, se destaca
su dulzura y su misericordia;
por el otro, el ejercicio
de su justicia como Cristo-juez;
hallamos recurrentemente
su figura en la literatura
de la Edad Media. Para Bernardo
de Clairvaux simboliza el
Espíritu Santo. Insistiendo
en la noción de la
intermediación, encontramos
en un texto jurídico
medieval galés que
la nobleza de las abejas
viene del paraíso
y es a causa del pecado
del hombre que de ahí
vinieron; Dios extendió
su gracia sobre ellas y
es por por esa razón
que no se puede cantar la
misa sin cera. En el
ámibito terrenal
y desde una perspectiva
social, la abeja simboliza
al maestro del orden y de
la prosperidad, ya sea éste
rey o emperador, guía
líder y padre ungido
en todo caso; se aparenta
igualmente a los héroes
civilizadores, que establecen
la armonía por medio
de la sabiduría y
la espada. Como lo indica
el barón Philippe
Lamarque, «
el
Emperador se reserva su
uso exclusivo » precisando
que «
las
únicas tolerancias
se aplican a las cabezas
de escudos
de los príncipes
dignatarios y de las ciudades
de primera clase ». |
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Las
famosas abejas merovingias
Estos hermosos ejemplares,
hallados en la tumba del
rey Childerico I,
en Tournai, se distinguen
por su cabeza y tórax
de oro, y sus alas engarzadas
con granates.
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EL
COLLAR DE LA LEGIÓN
DE HONOR
Creada el 29
de floreal del año
XI (19 de mayo de 1802)
para recompensar los servicios
civiles y militares, la
Legión
de Honor toma
su denominación a
la Roma antigua, pero tanto
en la forma como principalmente
en su mítico “listón
rojo”, que simboliza
la sangre del combatiente
vertida por Francia, se
inspira directamente en
la medalla de la Orden real
y militar de San Luis, instaurada
por el rey Luis XIV en 1693
para recompensar a los mejores
servidores de la monarquía.
El collar de la
Legión de Honor,
reservado al Emperador,
a los príncipes de
la familia imperial y a
los grandes dignatarios,
se compone de una cadena
de oro conformada por 16
trofeos enlazados entre
sí por águilas
portando al cuello el listón
y la cruz de la orden. Esta
cadena está bordeada
de cada lado por una cadenita
que alterna estrellas y
abejas. El motivo central
compuesto por la inicial
del Emperador Napoleón,
la N, está
rodeado por una corona de
laureles y soporta la cruz
de la Legión de Honor,
una estrella de cinco ramas
con puntas terminadas “en
botón”, esmaltada
de blanco con, en su centro,
el perfil laureado del monarca,
rematado el conjunto por
la corona imperial. |
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LA
MANO DE JUSTICIA Y EL
CETRO
Atributo
real esencial, dos cetros
indican que el monarca
es asimilado a los reyes
de Judea. El cetro, bastón
de mando, signo de autoridad
soberana, era empleado
por los Francos, “pueblo
predilecto” de Dios,
ese mismo que Él
escogió para expresar
sus altos designios en
la tierra.
El cetro más largo
representa al bastón
de Moisés, es decir,
transcrito a la tradición
cristiana, el del buen
Pastor que guía
a su pueblo, testigo de
que la tierra, por la
vía del rey, está
unida al cielo.
Dos de los “Honores”
de Carlomagno, recuperados
durante la consagración
del 2 de diciembre de
1804, figuran entrelazados
en las armas imperiales.
El cetro
es el de Carlos V de Francia
a la efigie de
Carlomagno (en
la primera imagen pintado
por Ingres), y soporta
en su cima una estatuilla
del primer emperador de
Occidente. También
lo vemos representado
en otro muy famoso cuadro,
éste de David,
La Consagración,
en manos del mariscal
Pérignon.
Aquí junto, vemos
igualmente el cetro de
Napoleón, rematado
por el Águila
Imperial (vid.
supra), que encontramos
en diversas representaciones.
En el cuadro de David,
es sostenido por el archi-tesorero
Lebrun.
finalmente, el cetro corto,
rematado con una mano
de marfil, es el símbolo
de que el soberano es
el nuevo rey David, cuyo
nombre significaría
“mano fuerte”.
Es la mano
de Justicia,
coronada por una mano
de marfil bendiciendo
según el rito trinitario
de la Iglesia Católica:
en nombre del Padre, del
Hijo, y del Espíritu
Santo. Insignia del poder
de los reyes Francia,
es alusiva a la potestad
religiosa y al poder del
soberano de juzgar y hacer
justicia. Asimismo, cada
dedo tiene un significado,
representando el pulgar
al Rey; el índice
a la Razón; el
mayor a la Caridad, y
los dos últimos
a la Fe católica.
La mano de Justicia napoleónica
representa una mano extendida
y semiabierta, probablemente
copiada de la del propio
Napoleón; en el
gran cuadro de David,
es sostenida por el archi-canciller
Cambacerés, y en
la imagen que se muestra
aquí, por el mismo
Napoleón en el
famoso retrato del Emperador
en su trono por Ingres.
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LA
CORONA Y EL MANTO IMPERIAL
La
vestimenta de la Consagración
del Emperador Napoleón
se basa en la de los reyes
Carolingios (es decir la
de los herederos de la dinastía
de Carlomagno), que a su
vez inspirara la de los
reyes Capetos. Sus raíces
se inscriben a la vez en
el Antiguo Testamento y
en la Mística Cristiana.
Contrariamente a lo que
se usaba en la tradición
real, Napoleón no
entra a la catedral vestido
con una simple túnica,
sino portando ya su manto
imperial y su corona.
La Corona imperial
es la señal o marca
de la elección por
Dios del soberano, así
como el símbolo de
la recompensa que éste
último, tras su muerte,
y de cumplir dignamente
con su misión, recibirá
del cielo: “que
después de haber
gobernado con una justa
moderación un imperio
temporal, merezcáis
reinar con aquel que, único,
Rey de Reyes y sin pecado,
vive y es glorificado con
Dios el Padre, en la unidad
del mismo Espíritu”,
recitan el Papa Pío
VII y el conjunto del clero
en 1804, recordando a Napoleón,
a través de estas
plegarias sacramentales,
su condición de mortal.
Aquí vemos un dibujo
preparatorio a la acuarela
de la colección Nitot,
luego Chaumet; se muestra
también una fotografía
reciente, más abajo.
El manto
y la túnica
que porta el Emperador revelan
el carácter espiritual
de sus atributos y de su
misión. Sus botines
y espuelas de oro, así
como su espada lo incorporan
a la caballería.
Por desgracia, el manto
original fue destruido,
despedazado y vendido en
trozos durante la Restauración
borbónica: el armiño
fue separado del terciopelo,
las coronas y motivos bordados
recortados, y las abejas
de oro vendidas al peso...
El escudo de armas napoleónico
se destaca sobre el manto
imperial inspirado del de
los Pares de Francia. De
terciopelo púrpura
sembrado de abejas de oro,
bordado de pámpanos,
con franjas de oro y dobladillo
de armiño, sale de
la corona cerrada, conformada
por águilas erguidas
alternando con arcos en
forma de bóveda y
terminándose en un
orbe rematado con la cruz,
es el globo del rey Luis
IX de Francia, el gran San
Luis. |
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EL
GLOBO CRUCÍFERO
Coronado
por una cruz - la del
rey San Luis (Luis IX
de Francia) - símbolo
del mundo, representa
el imperio defendido
por el soberano, garante
de los valores y virtudes
del cristianismo: “Sed
en medio de vuestro
pueblo el ministro de
Dios para operar el
bien, a fin de que Aquel
que os eleva por encima
del resto de los mortales
sobre la tierra etc.”,
recomienda el Papa Pío
VII a Napoleón.
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El
Emperador Napoleón
en traje de la Consagración,
por Isabey
“Mientras brilléis
exteriormente a los ojos
de los hombres por el destello
de vuestro atuendo, vuestros
méritos y vuestras
virtudes os darán
interiormente un brillo
más grande todavía”;
Pío VII a Napoleón.
“Un silencio profundo
reinó en la iglesia,
en la tribuna imperial,
pero cuando, después
de haber colocado él
mismo la corona en su cabeza,
el Emperador se levantó,
el “Salvum
fac imperatorem”
fue entonado, y todo lo
que se encontraba en la
iglesia se levantó
de un movimiento espontáneo,
agitando sus sombreros ornados
de plumas blancas. (…)
Había algo de tan
grande y tan solemne, que
yo, joven niña de
trece años, estuve
impactada al grado de sentir
un temblor en todo mi ser”.
Testimonio de Estefanía
de Beauharnais, gran duquesa
de Bade. |
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Corona
de Carlomagno
“Que
Dios ciña vuestra
frente con la corona
de gloria y de justicia;
que os arme de fuerza,
a fin de que, benditos
del cielo por nuestras
manos, plenos de fe
y de buenas obras, lleguéis
a la corona del reino
eterno”,
Pío VII a Napoleón.
Esta corona, de ocho
ramas y rematada por
un globo crucífero,
dicha “de Carlomagno”,
es en realidad una obra
moderna creada para
la coronación
de Napoleón.
Está inspirada
de dos grabados del
siglo XVIII, mostrados
en los Monumentos
de la monarquía
francesa, de Bernard
de Montfaucon (1655-1741).
Éstos muestran
una imagen del siglo
XV del emperador Carlomagno
con una corona imperial
cerrada, y probablemente
de la corona del busto
relicario de Carlomagno,
que Napoleón
había visto en
Aquisgrán en
septiembre de 1804.
Figura en el cuadro
de David en manos del
mariscal Kellerman.
La cofia de terciopelo
bordado fue añadida
en 1825, para la coronación
del rey Carlos X.
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La espada de la Consagración,
llamada “La Joyeuse”
(La Jubilosa o
La Alegre)
“Dignaos
recordar que esta espada
bendecida por nuestro ministerio
está destinada por
Dios para la defensa de
la Santa Iglesia; (para)
que reparéis los
desórdenes y conservéis
lo que está sabiamente
establecido. Tomad esta
espada, disponeos al combate,
y recordad que los santos
triunfaron sobre las potencias
de este mundo, no por la
espada sino por la Fe”,
Pío VII durante la
ceremonia de Coronación
de Napoleón.
Considerada como la espada
de Carlomagno, espada de
la coronación de
los reyes de Francia que,
según indica la leyenda,
llevaba empotrado en su
pomo un clavo de la Santa
Cruz y cuya hoja proyectaba
un resplandor tal que cegaba
a sus enemigos, esta pieza
es de hecho heterogénea,
compuesta de diversas piezas
añadidas por el orfebre
Biennais durante el proceso
de su restauración.
Durante la Consagración
de Napoleón I, la
funda estaba forrada de
terciopelo verde y ornamentada
con hojas de oro; aquí
la vemos en su estado actual
con terciopelo púrpura
y flores de lis, añadidas
ulteriormente para la Consagración
del rey Carlos X, en 1825. |
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Mano
de Justicia
La mano de Justicia
del Emperador, virga
virtutis et veritatis,
realizada por Biennais.
Pío VII recuerda
a Napoleón su
filiación directa
con el Salvador: “Amar
la justicia y detestar
la iniquidad, pues es
para semejante fin que
Dios os ha consagrado
Emperador, a ejemplo
de aquel a quien Él
había ungido
con un óleo de
gozo y de santificación,
antes de todos los siglos,
de una manera más
excelente que todos
los que participan en
su gloria, a saber Jesucristo”.
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El
Cetro de la Consagración
El Cetro bermejo de Carlomagno,
bastón del Pastor.
Su base, llamada nudo,
está decorada con
tres escenas de la vida
del emperador de Occidente,
inspiradas de la Crónica
del Pseudo-Turpín.
Sobre ella, se abre una
flor de lis, símbolo
de Francia, sobre la cual
vemos una figura sedente
de Carlomagno, entronizado.
Restaurada por Biennais,
es original sólo
en parte (la vara especialmente
es moderna, contemporánea
de los eventos). “Cetro
de rectitud y regla de la
virtud, para conduciros
bien, vos mismo y a la santa
Iglesia y el pueblo cristiano
que os es confiado”,
precisará Pío
VII a Napoleón.
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