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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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| EL
EMPERADOR NAPOLEÓN
I EL
GRANDE |
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S.M.I.
y R. Napoleón
I (1769-1821)
Emperador de
los franceses y Rey
de Italia
Esbozo al óleo
de Jacques-Louis David
(1748-1825) para el
retrato de Cassel. |
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|
Por |
André
Castelot |
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| André
Castelot |
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Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
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Esta
estatua permite evocar la primera etapa
de su historia. Entonces es pensionario
de la Escuela militar de Brienne.
Según el parecer de uno de sus
condiscípulos, es « sombrío
y hasta arisco, encerrado casi siempre
en sí mismo », tanto
que se le imagina «recién
salido de un bosque y habiéndose
sustraído hasta entonces a las
miradas de sus semejantes». No por
ello es menos estudioso, meditativo y
bien notado. El caballero de Kéralio,
inspector de las Escuelas reales, creyendo
descubrir en él «una chispa
que no se debería desatender demasiado»,
le destina a la Marina.
Así, contrariamente a ciertas leyendas,
Napoleón no fue desdichado en Brienne.
Su gusto por la soledad sin duda llamó
la atención del padre Berton, principal
de la escuela, quien puso a su disposición
un jardincito en el cual al futuro emperador
le gusta meditar, sin testigos, en el
pequeño cenador que se acondicionó
en medio de las madreselvas.
Discutible
por lo menos, la tradición según
la cual el joven Napoleón tenía
entonces una detestable escritura. A su
camarada des Mazis le habría costado
mucho leerle. Las cartas de la época,
c1asificadas en los archivos de Prangins,
vienen a tachar de falso esta afirmación.
Siendo
ya Emperador, Napoleón se complace
en volver a ver y recompensar a sus profesores
de Brienne y distribuir puestos a sus
antiguos condiscípulos.
¿Quién
no conoce las etapas de su carrera?
Teniente segundo en Valence, donde, algunas
noches, la melancolía y las ideas
de muerte se abaten sobre él y
le oprimen el corazón, sueña
con nostalgia con la isla hacia la cual
vuelan todos sus pensamientos. |
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Napoleón
niño, en Briena
Estatua en el jardín del
castillo de Prangins, residencia
del Prínipe Napoleón.
« Para mi pensamiento,
Brienne es mi patria, es ahí
donde sentí las primeras
impresiones del hombre »,
dirá más tarde el
Emperador. Obra de Louis Rochet
(1813-1878). |
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El 15 de septiembre
de 1786, ¡qué dicha para la Señora
Letizia al estrechar en sus brazos al querido
« pequeño Nabulio » vestido
con su hermoso traje azul con dobladillo rojo!
¡Es el primer corso en convertirse en
oficial del rey! Conoce a los niños nacidos
durante su larga ausencia: Paolina o Paoletta
-la futura princesa Paulina- María Annunziata
–o Carolina –que se convertirá
un día en Carolina, reina de Nápoles,
y Girolamo, Jerónimo- que no tiene más
que dos años y será rey de Westfalia.
Es el 16 de septiembre de 1793 que la estrella
se elevó. Esa noche, el corso Salicetti,
diputado de la Convención, en misión
en el Sur, recibe en el pueblo de Beausset,
en los alrededores de Tolón, la visita
de un capitán de veinticuatro años,
un compatriota que, como él, ha combatido
a Paoli.
Y, una hora más tarde, el representante
escribe al Comité de Salud Pública:
« El azar nos ha servido de maravilla,
detuvimos al ciudadano Bonaparte, capitán
instruido, quien iba en camino al ejército
de Italia, y le ordenamos remplazar a Dommartin,
el jefe del batallón que comandaba la
artillería del sitio de Tolón,
quien había sido gravemente herido.
»
 |
| Dos
diplomas firmados « Louis
»: el de la derecha
nombra a Napoleón a la
Escuela militar de París
en calidad de cadete-gentilhombre;
el de la izquierda le da el
cargo de teniente segundo. |
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La llave de la puerta
de la recámara de Napoleón
en Auxonne
«Cuando tenía
el honor de ser teniente segundo
, desayunaba con pan seco,
pero cerraba con llave mi
puerta sobre mi pobreza
». |
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Gracias a Tolón,
helo aquí general. ¿Su jefe, Dugommier,
no dijo acaso: « Si fuésemos
ingratos con él, este oficial se ascendería
solo »? Pero la fortuna parece ya
alejarse del joven Bonaparte. Víctima
de Termidor, es declarado excedente. El futuro
Emperador vive miserablemente con su medio sueldo,
en el hôtel du Cadran Bleu, calle
de la Huchette, esta calle es sombría
como un pozo. Solo come una vez al día
y se contenta a medio día con una taza
de café negro. Ase priva de todo para
poder enviar algunos subsidios a su madre.
Imaginen al pequeño
general dejando su vivienda, dirigiéndose
apresuradamente, la noche del 12 vendimiario,
hacia las Tullerías donde Barras
llama a los oficiales generales «
caídos en desgracia por su republicanismo
».
Congrega a su alrededor
a estos oponentes, puesto que se trata
de combatir la insurrección realista.
Imagínenlo, y lo verán,
caminando a grandes pasos sobre el pavimento
de la rue de la Huchette, así
como lo ha descrito un testigo: «
Su sombrerito terminado con un penacho
de azar mal fijado, el cinturón
tricolor más que negligentemente
anudado, su traje hecho a la diabla
y un sable que, en verdad, no parecía
el arma que debiese hacer su fortuna.
»
¡Y sin embargo!
Dándole
la ocasión de someter a los realistas
de Saint-Roch y de salvar a la Convención,
la Historia, por segunda vez, vino a
tomar al pequeño corso de la
mano...
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| Sortija
de compromiso obsequiada por
Napoleón a Josefina. |
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Algunos días
más tarde, el 18 vendimiario, deja definitivamente
el hôtel du Cadran Bleu para
instalarse en la magnífica residencia
del general que comanda el ejército del
Interior. Fue sin duda entonces cuando conoció
a Josefina
de Beauharnais...
Un cuerpo suelto como una palma de las islas,
un cuerpo todo languidez. La ama, la desposa
a paso de carga y parte hacia Italia para inscribir
en la Historia su más bella campaña.
Se ha encargado
de la armada de Italia, el ejército más
estragado de la República, una verdadera
banda de tunantes, y se ha impuesto a los viejos
mostachos. « Este pequeño
bribón de general me dio miedo »,
confiesa Augereau... Entre dos combates, esos
combates que van a darle Italia a Francia, envía
a Josefina misivas que están entre las
más hermosas cartas de amor de la Historia.
¡El Piamonte
ha sido conquistado! El rey de Cerdeña
baja las armas. El armisticio es firmado. Antes
de lanzar a su ejército contra los austriacos,
dirige a sus treinta mil hombres lo que ha sido
llamada su carta de nobleza.
« ¡Soldados!
¡Os habéis llevado en quince días
seis victorias, tomado veintiuna banderas...
Habéis ganado batallas sin cañón,
pasado ríos sin puentes, hecho marchas
forzadas sin zapatos, vivaqueado sin aguardiente
y frecuentemente sin pan. ¡Las falanges
republicanas, solo los soldados de la libertad
eran capaces de sufrir lo que habéis
sufrido!... Pero tenéis aún combates
que librar, ciudades que tomar, ríos
que pasar...»
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El
pintor Simon
Boilly retrató
al Primer Cónsul en 1800,
cuando éste acababa de
tomar el poder. Gaudin lo verá
en la misma época. Como
todos los demás, queda
sorprendido por la actividad
intensísima que despliega
y por la extraordinaria agudeza
de su mirada azul.
« Hallé en
efecto a un personaje que no
me era familiar más que
por el alto renombre del que
se había hecho acreedor,
dirá Gaudin; de una
talla poco elevada, delgado
en extremo, la tez amarilla,
el ojo del águila, los
movimientos vivos y animados
». |
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La incomparable Josefina
poseía una piel deslumbrante,
cabellos sedosos castaño
claro con reflejos rojizos,
ojos cambiantes. Algunos testigos
los verán azules, los
pintores nos los muestran
generalmente color café;
sus dos pasaportes, establecidos
en 1795 los indican como «anaranjados»
o «negros»...
Divergencias debidas probablemente
a que los tiene «casi
siempre medio cerrados por
sus amplios párpados
ligeramente arqueados y rodeados
de las más bellas pestañas
del mundo» . |
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Luego se abre
la prodigiosa campaña. La Lombardía
es conquistada, Bonaparte afirma a los habitantes
que ha venido a libertarlos y a romper sus cadenas.
Se lanza, una bandera en mano, sobre el puente
de Árcole y, la noche de Lodi, confía
a Murat: « Siento
que estoy destinado a acciones de brillantez
que el mundo no sospecha ».
¡Árcole,
Lodi, Rivoli!... Nombres que entran, ellos también,
en la fulgurante epopeya. La noche de Rívoli,
mientras los soldados van a poner a sus pies
treinta banderas enemigas, Bonaparte ve al joven
Lasalle titubear de fatiga. Entonces muestra
las banderas acumuladas frente a su caballo:
«¡Acuéstate
sobre ellas, Lasalle, lo has merecido bien!».
Ya Napoleón transluce bajo Bonaparte.
Crea la República cisalpina, decreta,
legifera, se ocupa de las artes y de las ciencias,
impone, con pericia, su punto de vista al Directorio
y, con fuerza, su voluntad a los diplomáticos.
Ora zorro, ora león –lo confiesa–
sabe que el secreto del gobierno consiste en
escoger el momento en que hay que ser lo uno
o lo otro.
La estrella –su estrella– está
ahora bien elevada y brillará durante
dieciocho años...
De regreso en
París, acoge la gloria con serenidad.
El incienso no se le sube para nada a la cabeza.
Acepta entrar al Instituto, pero, cuando los
realistas le hacen aperturas para convertirse
en miembro del Directorio, sabe declinar sus
ofrecimientos y evitar desconsiderarse.
« Veo,
declara, que si permanezco
en París estoy hundido dentro de poco.
Todo se desgasta, ya no tengo gloria; esta pequeña
Europa no provee demasiada; hay que ir a Oriente
».
El proyecto
que forma de atacar a Inglaterra
en Egipto
y cortar la ruta de las Indias ya ha sido estudiada
por Leibniz. El Directorio suscribe a él
con las segundas intenciones de alejar allende
los mares a un general victorioso cuya gloria
se torna estorbosa.
Napoleón se embarca en Tolón
(« el sable se aleja »,
anota Barras), llega a Alejandría, la
tierra de los Faraones, se interna en el desierto,
rechaza a los mamelucos, entra al Cairo, ocupa
Egipto, lo administra, y, después de
la expedición de Siria, regresa a Abukir
para evacuar a los turcos al mar.
« ¡General,
sois grande como el mundo! » le dice
Kléber echándose a sus brazos
la noche de la victoria.
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| El
sable de Napoleón en
Egipto y un grabado
que muestra al General en jefe
luciendo una túnica árabe.
En realidad, el futuro Emperador
solo vistió un día
la vestimenta oriental que menciona
Bourrienne... pero un acuarelista
tuvo tiempo de ejecutar este
retrato del héroe que
los Egipcios llaman «
el Gran Sultán »
- el Sultán El Kebír. |
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La cantimplora de
Marengo. Menos importante
y deslumbrante que su espada
o sus mapas, este objeto ciertamente
no era menos necesario. Esta
es la cantimplora de la cual
Napoleón bebió
durante la mítica batalla,
tal vez después de
haber dicho: « Ánimo,
soldados, las reservas llegan.
¡Tened firmes!
» |
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Pero
Nelson, el año precedente, ha destruido
la flota. Si el ejército francés
es prisionero de su conquista, Bonaparte,
por su parte, no lo está. Su papel
se ha terminado en Egipto pero Europa
le espera. Fiándose a su estrella,
parte con un puñado de hombres
amontonados en dos fragatas antaño
tomadas en Venecia, y pasa, como esquivándolos,
a través de los cruceros ingleses.
París
se entera del desembarque de Bonaparte
en Fréjus, el arrebato se apodera
de la ciudad: se abraza, se patalea, se
aplaude. ¡Francia va a recobrar
su alma!
Hasta esa noche del 22 vendimiario, cuando
la noticia corre por la ciudad, todo parecía
muerto... La corrupción inaudita
del gobierno de Barras no ya ni siquiera
escandalizaba.
Es en
Saint-Cloud, el 18
brumario año VIII – 10
de noviembre de 1799 – donde todo
va a jugarse. Los soldados de Bonaparte
parecen listos para « cruzar el
Rubicón», pero los granaderos
del Cuerpo legislativo dudan. Son más
de las 5:00, el día cae, la bruma
de noviembre ahoga al parque; hay que
terminar antes de la noche. Luciano acaba
de hacer pasar a su hermano un llamado
angustiado. « Antes de diez
minutos, hay que interrumpir la sesión,
o ya no respondo de nada. »
Bonaparte da por fin órdenes precisas.
Gracias a Luciano – lo veremos más
lejos – los soldados invaden la
Orangerie. Algunos recalcitrantes
se aferran a su escaño; los soldados
los prenden y los llevan fuera. Los que
resisten demasiado sienten el acero de
las bayonetas acariciarles el espinazo.
Afuera,
es el aturrullo, una fuga perdida en la
noche que cae sobre los bosquetes. Para
correr más rápido, los diputados
abandonan sus vestidos en los saltos de
lobo y sobre el césped, manchas
púrpuras que viran en la neblina...
Diez años
antes, Mirabeau había gritado al
joven Dreux-Brézé quien
palidecía bajo sus penachos:
« ¡No saldremos de aquí
más que por la fuerza de las bayonetas!
». Su predicción acaba
de cumplirse, ¡la Revolución
ha muerto!
Bonaparte
es Primer Cónsul y Francia se da
a Bonaparte. Pero Austria ataca, primero
hay que volver a conquistar Italia perdida.
¡Es Marengo!
«Cuento
vencerlos aquí»,
había dicho poniendo su dedo sobre
el mapa.
A las 5:00, la batalla está perdida.
A las 7:00, gracias a Desaix, quien ha
recibido la orden de regresar, se ha ganado. |
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El
saco del Primer Cónsul
La mañana en que
se presentó ante
Josefina, vestido por primera
vez con su traje rojo bordado
de oro de Primer Cónsul,
Napoleón le preguntó
si este atuendo le iba bien.
Siempre muy apegada de espíritu
a la monarquía de
Antiguo Régimen,
le respondió: «¡Menos
bien que el de Condestable!».
Se le había propuesto
portar, en su calidad de
Cónsul, un gorro
rojo, pero Napoleón
respondió abruptamente
- y esta declaración
era igualmente una profesión
de fe: « ¡Ni
gorro rojo, ni tacón
rojo! ». |
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Y he aquí
el regreso del vencedor. Atrás de un
mameluco que lleva un arco en la mano, al medio
día exactamente, Bonaparte aparece bajo
el pórtico de las Tullerías, de
ese castillo de las Tullerías donde acaba
de instalarse en los apartamentos mismos de
Luis XVI... Una gigantesca ovación se
eleva hacia él. Simplemente vestido con
su traje gris, monta un caballo blanco encaparazonado
de terciopelo nacarado. Detrás de él,
viene un centelleante barullo de ayudas de campo
empenachados y dorados. « Ninguno
de sus retratos se le parece, dirá
Charles Nodier quien le vio en esa gloria.
Es imposible captar el carácter de su
figura, pero su fisonomía arrasa... Tiene
el rostro muy largo, la tez de un gris de piedra,
los ojos muy hundidos, muy grandes, fijos y
brillantes como cristal. »
Va a colocarse,
según la usanza consagrada desde ventoso,
frente al castillo, en el lugar donde se yergue
hoy el arco del Carrusel. Las tropas desfilan,
sinfonía de casacas azules, de correajes
amarillos, de charreteras rojas, de piernas
calzadas con polainas blancas, de plumeros bermellón,
de altas gorras de piel, mientras la música
militar deja oír sus marchas lentas y
solemnes. Y con su mirada « brillante
como cristal », el general mira esos hombres
con quienes dará la vuelta a Europa,
Bonaparte se ha puesto a trabajar, dándose
cuenta « de
que no hay nada tan difícil de enjaezar
como un pueblo que se ha sacudido su basto ».
Lo logra: « He cerrado el abismo anárquico
y desembrollado el caos. He desmancillado la
Revolución, ennoblecido a los pueblos
y afianzado a los reyes. He excitado todas las
emulaciones, recompensado los méritos
y alejado los límites de la Gloria
».
Francia renace...
Firma el Concordato, « una
sociedad sin religión es como un navío
sin brújula ». Crea
la Banca de Francia, instaura los prefectos
y subprefectos y gracias a Gaudin reorganiza
las finanzas.
¡El Consejo de Estado colabora a la redacción
del Código Civil!
« ¡Lo
que nada borrará, dirá
en la víspera de su muerte, lo
que vivirá eternamente, es mi Código
Civil! »
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Retrato
de Bonaparte,
Primer Cónsul,
por el Barón Gros.
« Su palabra era
grave, acentuada, nos
dice Menevál, su secretario,
pero no era interrumpida
por ningún reposo.
A medida que entraba en su
tema, la inspiración
se hacía sentir. Se
revelaba por un tono más
animado y por una especie
de tic que consistía
en un movimiento del brazo
derecho que torcía
dando un jalón con
la mano. » |
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Los
éxitos de Bonaparte han probablemente
« confundido
el orgullo británico
», pero no han calmado lo menos
del mundo a los realistas extremistas:
Chuanes irreductibles que se niegan
a dejarse pacificar. Para los que tienen
el odio enclavijado en el alma, «
el Usurpador es el hombre que hay
que abatir ». Según
la expresión de Fouché,
el aire está lleno de puñales.
Después de la explosión
de la máquina infernal, los Borbones
– es al menos lo que el Primer
Cónsul cree – lo toman
como punto de mira. Y el duque de Enghien,
apresado en territorio extranjero, es
ejecutado en Vincennes.
Diez
días antes de su muerte, Napoleón
hizo volver a abrir su testamento y
añadió estas líneas:
« Hice
arrestar y juzgar al duque
de Enghien
porque era necesario para la seguridad,
el interés y el honor del pueblo
francés, cuando el conde de Artois
mantenía por su propia confesión,
a sesenta asesinos en París.
En semejante circunstancia, procedería
hoy del mismo modo. »
¡Y
he aquí ahora la Consagración!
¡La Consagración de Nuestra
Señora de París! ¡El
Papa en París! La carroza de
oro tirada por ocho caballos bayos,
la carroza en la que racimos de pajes
verde y oro se suspenden en las partes
delantera y trasera del vehículo.
Inolvidable ceremonia en la que Napoleón
trata de renovar el pasado y de reconciliar
la antigua y la nueva sociedad.
Domingo
29 de septiembre de 1805, 7 vendimiario
año XIV, Napoleón está
en Estrasburgo. Acaba de reencontrarse
con su ejército, la Grande Armada.
Hace quince días, sus ciento
ochenta mil hombres se hallaban aún
en Boloña, listos para invadir
Inglaterra, pero el almirante Villeneuve
–agotado por su campaña
en la Martinica– Villeneuve y
su flota no pudieron llegar a la Mancha.
Entonces, bruscamente, Napoleón
ha cambiado sus planes. Puesto que Austria
y Rusia se han integrado a la coalición
contra Francia, puesto que ya amenazan
las fronteras del Imperio, es contra
ellas que va a voltearse, no para hacer
la guerra, sino para buscar la paz...
esta paz que se escapará de él
hasta 1814.
«
No haré
más que detenerme un poco en
Viena, declara; una
vez pacificado el continente, volveré
al océano para trabajar en la
paz marítima. »
|
No regresará
jamás. Y es, ese día, desde Boloña,
que dictará el plan de la inmensa migración.
Su perfecto conocimiento de los hechos y su
prodigiosa precisión de la mente le permiten
prever las etapas, de establecer los itinerarios,
de fijar las fechas sin tener que consultar
un mapa o un estado de situación.
En quince días –en siete torrentes–
la armada ha atravesado Francia. El soldado
– ya es el grognard – gruñe...
« ¡El Emperador hace la guerra
con nuestras piernas! »
¡Gruñe, pero marcha! Al llegar
a Estrasburgo, ha olvidado su fatiga. ¡El
Emperador está ahí! Y sin un murmullo,
bajo una lluvia que cae inexorablemente, los
siete torrentes de armada atraviesan el Rin
y penetran en Alemania. La campaña va
a abrirse y nos conduce a Austerlitz,
esa batalla en la que Napoleón ha concebido
todo, imaginado todo... hasta los movimientos
del adversario. Es la brillante demostración
de la mecánica imperial – esa ciencia
inigualable e inigualada.
 |
| Botines
y prendas de la Consagración
del Emperador. |
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|
El mítico Sombrerito,
bicornio distintivo del Emperador. |
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Y además
y además también, Austerlitz marca
el inicio de la imaginería imperial.
¿Se puede soñar en toda la historia
militar escena más bella que la velada
de la víspera de la batalla, esa noche
de Austerlitz, esa cabalgata de Napoleón
en la neblina, esa cabalgata del Emperador rodeado
de jinetes portando antorchas y yendo a hacerse
aclamar de vivaque en vivaque? Luego, de repente,
todo el frente de bandera iluminándose
en honor del aniversario de la Consagración.
Las músicas tocan marchas mientras un
inmenso clamor de ¡Viva el Emperador!
clamado por ochenta mil hombres, ¡desgarra
las tinieblas y va a llamar la atención
de los soldados rusos y austriacos! Esos vencidos
de mañana... Su derrota será completa,
la victoria total. El emperador de Austria irá
al vivaque de su vencedor para implorar la paz.
Y Napoleón se dirige a sus soldados,
como solo él sabe hablarles: «
Soldados, estoy contento
de vosotros. ¡Soldados, os llevaré
de vuelta a Francia! Dad mi nombre a vuestros
hijos, yo os lo permito. Soldados, os bastará
más tarde decir: “yo estaba en
Austerlitz”, para que se responda: “¡He
aquí un bravo!” ».
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El
Emperador Napoleón
en traje de la Consagración
por el barón François
Gérard, 1805.
El heraldo de armas ha proclamado
majestuosamente: «¡El
muy glorioso y muy augusto
Napoleón, Emperador
de los franceses, está
consagrado e intronizado!
», y el Emperador
murmura su hermano: «
¡Ah! José, si
babbu ci vidia - si papá
nos viera! »
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El año
siguiente, aplastará a Prusia
en Iena,
mientras Davout es vencedor en Auerstaedt.
Luego, es la persecución legendaria.
Y Murat podrá escribir a Napoleón:
« Sire, el combate se termina,
a falta de combatientes. »
Helo aquí en Berlín. Un
solo trofeo le interesa: la espada del
gran Federico, que se llevará
con él.
1807, ¡el año de Friedland!
Y algunos días más tarde,
antes de encontrarse con el Zar, el
Emperador puede exclamar orgullosamente:
«Mis
águilas son enarboladas sobre
el Niemen!»
A finales
del mes de septiembre de 1808, Napoleón
se encuentra en Erfurt.
La famosa entrevista se interpreta el
27. « Se interpreta », pues,
cuando se trata de Napoléon,
siempre hay en sus palabras y sus actos
un lado teatral.
En la mesa, teniendo a su diestra al
Zar, los reyes de Westfalia y de Wurtemberg;
a su izquierda, los reyes de Sajonia
y de Baviera, lanza: « ¡Cuando
tenía el honor de ser teniente
de artillería! »
Cual
buen empresario, ha convocado a los
mejores actores de la Comedia francesa,
los mejores cocineros de la cocina francesa,
y no ha omitido invitar a Goethe
y a Wieland, a quienes condecora. Todo
el mundo de hecho se cree sobre la escena,
incluso Alejandro quien, en el teatro
de Erfurt, se levanta en su palco y
aprieta la mano de su vecino Napoleón
al oír a Talma exclamar en Edipo:
«
La amistad de un gran hombre es
un beneficio de los dioses »
La paz
es breve... Mientras deja a sus mejores
tropas en España, vuelve a partir
hacia Viena «con sus pequeños
conscriptos, su nombre y sus grandes
botas». Y es Wagram,
esa victoria que no es un golpe mortal
para Austria.
El ejército del emperador Francisco
se retira en buen orden... al caer la
noche. Múltiples muertos y heridos
se quedan en el campo de batalla. ¡Horrible
espectáculo!
- « Quien
no ve con el ojo seco un campo de batalla,
dijo, causa la muerte de muchos hombres
inútilmente... »
|
¡Jamás
tal vez un hombre ha llevado tanto en sí
el deseo de sobrevivirse como Napoleón!
Fundar una raza, crear una nueva dinastía,
forjar el primer eslabón fue, apenas
hubo alcanzado el trono imperial, su mayor preocupación.
Habiéndole dado María Walewska
un hijo, puede entonces esperar sobrevivirse.
Repudia a Josefina y decide desposar a la archiduquesa
María Luisa de Austria.
En Compiègne, esperando a su futura esposa,
está ebrio de impaciencia y se abandona
a su imaginación soñando con su
futuro heredero quien, por su madre, descenderá
de las más ilustres familias de Europa.
Será el sobrino nieto de Luis XVI. El
infante no tomará el lugar de los Borbones,
les sucederá.
Los Estados del Papa, Holanda, las ciudades
hanseáticas son recortadas en departamentos
franceses. La república del Valais –
departamento del Simplón – es anexada
al Imperio. Ya los estados más allá
del Ebro y las no menos lejanas tierras ilirias
están agrupados en gobierno general y,
el día siguiente del nacimiento del rey
de Roma, serán franceses.
El niño ha nacido y encuentra una corona
en su cuna, la corona temporal del Papa. ¡El
rey de Roma!
« Lo
envidio, murmura sollozando de felicidad,
la gloria le espera,
mientras que yo tuve que correr tras de ella.
Para tomar el mundo, no tendrá más
que extender los brazos. »
Y eso duró menos de tres años...
 |
| Frente
a este cuadro que representa
el momento en que, al final
de la batalla de Austerlitz,
Rapp presenta al Emperador un
prisionero de alto rango, el
Príncipe Repnín,
de la Guardia rusa, vemos las
fundas de arzón, la manta
sudadera de la silla y el catalejo
empleados por Napoleón
I el día de la inmortal
jornada. |
|
|
 |
El Emperador presenta
al Rey de Roma. Estatuilla
en bronce.
Las aclamaciones resuenan
en las bóvedas de Nuestra
Señora y redoblan cuando,
después de haber besado
tres veces a su hijo, Napoleón,
invadido por la emoción,
el corazón batiente
y ebrio de felicidad, eleva
al pequeño rey hacia
el cielo, presentando al pueblo
al futuro soberano del imperio
de Occidente.
¡Y los pueblos beatos
no pudieron sino callar
Pues sus dos brazos alzados
presentaban a la tierra
Un infante recién nacido! |
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|
¡1812!
Es la catástrofe de Rusia. El 15 de diciembre,
el mariscal Berthier puede escribir a Napoleón:
« Sire, la armada no existe más...»
Y ahora, todo va a ir muy rápido, trágicamente
rápido... « Estáis perdido,
Sire », le dirá Metternich.
Ese mismo año de 1813, en que se lleva
a cabo la batalla de las naciones, verá
hundirse el Imperio de Napoleón bajo
los golpes del emperador Francisco –su
suegro– del rey de Prusia y de Bernadotte.
El Gran Imperio está muerto. Francia
conoce a su vez la invasión.
« ¡Cincuenta
mil hombres y yo, da cien mil hombres!
»
¡Sí, pero los Aliados son doscientos
mil! Por mucho que Napoleón « calce
sus botas de 93 », París
es tomado. Los mariscales exigen la abdicación.
Y en Fontainebleau todo se derrumba. Generales
y domésticos, todos o casi, han huido
para unirse al nuevo gobierno. María-Luisa
está en el Loira con lo que queda de
la corte imperial.
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Medallas
y condecoraciones del Emperador Napoleón
I
Numeradas de izquierda a derecha vemos:
la placa de la Legión de honor
portada por el Emperador durante la
batalla de Lutzen, y que llevó
a Santa Helena (2). A la extrema izquierda
(1), el gran cordón y la gran
águila de la Orden
de la Legión de honor.
En el centro-derecha (4), reunidos
por un único listón,
el águila de plata de la Legión
de Honor y la insignia de la Orden
de la Corona de Hierro. En el
centro-izquierda (3), el águila
de oro de la Legión de Honor,
la insignia de oro de la Orden de
la Corona de Hierro y la insignia
de la Orden
de la Reunión. Finalmente
(5) el gran collar y tres cruces de
la Legión de Honor. |
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Se alista para
partir a Rambouillet con el pequeño rey
de Roma, a fin de alcanzar ahí al emperador
Francisco. Solo los grognards de la Vieja Guardia
ocupan los puestos en el castillo. Es de ellos
– después de haber vanamente pensado
en poner fin a sus días – de quienes
se despedirá. Lo que queda de la Guardia
– el primer regimiento de granaderos a
pie y los marinos de la Joven Guardia –
se encuentra alineado en dos filas. A lo lejos,
detrás de las rejas, toda la población
se ha amasado. Primero hay un pesado silencio,
luego los tambores se ponen a redoblar. Con
un gesto, Napoleón los detiene. Seguido
por sus comisarios extranjeros y por sus últimos
fieles, desciende los escalones. Una vez que
ha llegado al centro del patio, se detiene.
Con una voz clara, lanza las palabras inmortales:
« Soldados de
mi Vieja Guardia, me despido de vosotros. Desde
hace veinte años, os he hallado constantemente
en el camino del honor y de la gloria... parto:
vosotros, amigos míos, continuad sirviendo
a Francia. ¡Su dicha era mi único
pensamiento, será siempre el objeto de
mis deseos! No os lamentéis por mi suerte;
si he consentido a sobrevivirme, es para servir
aún a vuestra gloria. ¡Quiero escribir
las grandes cosas que hemos hecho juntos!...
¡Adiós, hijos míos! ¡Quisiera
abrazaros a todos en mi corazón; que
abrace al menos a vuestra bandera!...»
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Espadas
del Emperador Napoleón
I
De derecha a izquierda: la espada
llamada de Milán,
una espada de servicio, la espada
de la Consagración, la
espada dicha de los Cameos,
y la espada del Instituto de
Egipto. Abajo, dispuesta horizontalmente,
la espada del Primer Cónsul. |
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Napoleón se llevará
con él a Santa Helena
esta miniatura del Rey
de Roma, ejecutada
por Isabey. Al mirarla, se
le oía suspirar: «
Más vale para mi
hijo que yo esté aquí.
Si vive, mi martirio le valdrá
una corona... Si muero en
la cruz - y si él está
aún vivo - llegará
al trono. » A veces,
leía en voz alta Andrómaca,
« La pieza de los
padres desdichados »,
como él la llamaba:
Pasaba hasta los lugares
donde se guarda a mi hijo...
Iba, Señor, a pasar
un momento con él.
No lo he besado aún
el día de hoy.
Su voz se quebraba en este
pasaje y cerraba el libro... |
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Con las lágrimas
en los ojos, el general Petit avanza. El Emperador
abre sus brazos. Una emoción indecible
despunta. Los mismos generales aliados sienten
cerrarse su garganta. La guardia de honor que
rodea a la bandera del 1er regimiento de granaderos
da un paso. Nombres prestigiosos están
bordados en ella: Marengo, Austerlitz, Iena,
Eylau, Friedland, Wagram, Viena, Berlín,
Madrid, Moskova, Moscú. Napoleón
camina hasta la bandera y la besa. Y en las
filas pasa como un estremecimiento...
Rápidamente,
el Emperador se dirige hacia su carruaje donde
Bertrand le espera. El general Petit les sigue
sollozando. La portezuela se cierra. El cochero
da la orden a sus seis caballos y la berlina
pasa frente a la Guardia, dirigiéndose
hacia la reja, luego, una vez en la plaza, toma
a la izquierda la ruta del bosque. Primera vuelta
de rueda en el camino del exilio, la ruta de
la isla de Elba... Una ruta que será
un calvario, una ruta en donde se le insultará,
en la que se verá obligado a disimularse
y a escabullirse, con una cucarda blanca en
el sombrero! No volverá a sonreír
hasta una mañana, en la isla de Elba,
en que se le anuncia la llegada de un puñado
de soldados de la Guardia que llegan a alcanzarle.
Radiante de gozo, abraza a su jefe diciéndole:
« ¡He
pasado momentos
bien malos...
pero ahora estamos reunidos y todo está
olvidado! »
Todo está olvidado, la agonía
de Fontainebleau, la angustia que le oprimió
la garganta en los caminos pedrosos de Provenza.
Todo está olvidado puesto que sus compañeros
de armas están ahí... ¡aquellos
con quienes venció a Europa! Esos mismos
quienes, con una sonrisa en los labios, le seguirán
pronto hasta las torres de Nuestra Dama... Y
cuando llega a París, el 20 de marzo,
el famoso castaño de las Tullerías,
que ha floreado el primero en el corazón
de un jardín aún invernal, se
asemeja a un gigantesco bouquet de flores que
los parisinos ofrecen al héroe. La historia
del vuelo « de campanario en campanario
» es tan bella que se olvida la catástrofe
con que este regreso se sellará para
Francia. Los muertos de Waterloo ya no parecen
haber sido sacrificados, aún por una
buena causa.
¡Waterloo!
Esa noche, Blücher escribe a su mujer:
« De concierto con Wellington,
he exterminado al ejército de Napoleón.
» Lo cual es ampliamente exagerado.
Los dos batallones del 1º de Granaderos
están todavía formados en
cuadro... Dos batallones contra dos ejércitos
enemigos... Siguiendo al Emperador, al
paso ordinario, en buen orden, serán
los últimos en dejar el campo de
la última batalla. Los prusianos
se contentarán con seguirles, fuera
del alcance de los fusiles.
¿Y
él? Él llora a su ejército
perdido. Por segunda vez, el Emperador
abdica.
Todo está
acabado – irremediablemente acabado.
Está ahora en Malmaison. En la
recámara en rotonda donde Josefina
murió el año pasado, sueña
frente al lecho sobre el cual velan dos
cisnes de alas desplegadas... Sueña...
« Es la
mujer que más he amado...
»
Poco antes, uno de sus últimos
fieles le dijo: « ¡Qué
hermoso sería ver a Napoleón
el Grande, después de haber depuesto
esa corona colocada sobre su cabeza, después
de veinte años de gloria, ir a
ofrecerse en sacrificio para redimir la
independencia de la Patria! »
¿Rendirse al inglés, al
« más generoso de sus
enemigos »? Sí, tal
vez... Este desenlace sería hermoso.
Pero no lo había aceptado; sin
embargo, la idea seguía ahí,
tenaz, obsesionante.
Terminará por imponérsele.
Y, al amanecer del 15 de julio de 1815,
tras haberse vestido con su uniforme legendario,
deja
la tierra de Francia. El bricbarca
Épervier (« Gavilán
»), en cuyo mástil ondea
una bandera tricolor, se aleja lentamente.
Napoleón, con el catalejo de Austerlitz
al ojo, mira, mar adentro, perfilarse
el Belerofonte, iluminado por
el sol levante... |
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El legendario redingote
gris del Emperador |
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¡Ya
una chalupa deja los flancos del navío
inglés y rema esforzadamente hacia
el bricbarca. Son las seis de la mañana.
Napoleón no volverá a pisar
tierra hasta dentro de tres meses y dos
días... y será la de otra
isla, esa « pequeña isla
» cuyo nombre había escrito,
veintisiete años antes, en Auxonne,
en su cuaderno de clase, hasta arriba
de una hoja que se quedó en blanco...
¡Santa
Helena! Durante cinco años,
Prometeo encadenado en su roca, revivirá
su historia.
« ¡Qué
novela fue mi vida! » |
A.C.
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