| FRANCIA:
TESTIGO DE ESPERANZA PARA EL
NUEVO MILENIO |
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Bautizo
de Clovis por san Remigio,
obispo de Reims
El
Espíritu Santo desciende
trayendo la Santa Ámpula
que contiene el crisma que
sirvió para la unción
de los reyes de Francia. Grandes
Chroniques de France de Charles
V. París, Siglo
XIV. |
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| Por
S.E. el Cardenal |
Paul
Poupard
Presidente del Consejo
pontifical de la cultura
Prelado de honor de Su Santidad Juan Pablo
II (1971), Rector del Instituto Católico
de París (1972-1980) y vicepresidente
de la Sociedad de Historia Eclesiástica
Francesa.
Recipiendario del gran premio “Cardenal
Grente” de la Academia Francesa,
doctor honoris causa de la Universidad
Católica de Salta (Argentina),
Caballero de la Legión de Honor. |
| Traducción
al castellano de la Francósfera
México-Francia ©
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| «
Este
reino... será victorioso
y próspero mientras
le sea fiel a la fe romana,
pero será rudamente
castigado todas las veces
que sea infiel a su vocación
» |
San
Remigio, 496 D.C. |
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Roma,
Ateneo pontifical Regina apostolorum,
el 1º de diciembre de 2001.
I
Los pueblos,
como las personas, tienen un alma y una vocación
que llenar en el curso de su historia.
Sin duda alguna, la excepcional irradiación
de Francia a través de dos milenios tiene
sus raíces en su vocación cristiana.
En 496, « el rey de los francos, Clovis,
cediendo a las inspiraciones de la divina Providencia,
por decirlo con el Papa León XIII en
su Carta apostólica para el XV º
centenario del bautizo de Clovis, abjuró
el vano culto de los falsos dioses, abrazó
la fe cristiana, y fue regenerado en el agua
santa del bautizo ».
« Francia,
testigo de esperanza para el nuevo milenio.
Perspectivas y desafíos »: el tema
es un tanto provocador en el contexto de una
iglesia fuertemente sacudida por corrientes
sorprendentemente hostiles en el interior de
la sociedad francesa. La misma presencia francesa
en el seno de la Santa Sede no va sin disminuir.
Por otro lado,
la situación internacional que se enfrenta
a las ramificaciones peligrosas de un sistema
de odio y de terror al que ha, como un cáncer,
dejado desarrollarse en su seno, no permite
una perspectiva aunque sea poco razonada del
nuevo milenio, ni aún, más simplemente,
de la década próxima.
II
El
tema que me ha sido asignado es el de la cultura.
La convicción que quisiera compartir
con ustedes es que la memoria es la esperanza
del futuro. Ahora, la experiencia dramática
de nuestro tiempo es la de un verdadero caos
cultural, en el que el legado de los siglos
de cultura cristiana parece más pesado
de un pasado que rico de un porvenir. En efecto,
como la pila Wonder, la memoria no se desgasta
más que si uno la emplea. Y nuestra herencia
cultural presa de la amnesia está amenazada
de afasia. ¿Habría olvidado Europa
que nació del encuentro de una doble
exclamación, una de ellas surgida de
las profundidades de la antigua Grecia con el
« gnothi seauton » — «
¡Conócete a ti mismo! » —
de Sócrates, y la otra de Jerusalém
cuando, en los escalones del Pretorio, Pilatos
pronuncia ante la muchedumbre de los judíos:
« ¡He aquí el Hombre! »?
En un memorable
discurso en la UNESCO,
después de la guerra, en 1946, André
Malraux constataba: « A fines del siglo
XIX, la voz de Nietzsche retomó la frase
antigua, oída en el Archipiélago:
¡Dios ha muerto!, y dio de nueva cuenta
a esta frase todo su acento trágico...
¡El problema que se plantea para todos
hoy, es el de saber si, en esta vieja tierra
de Europa, sí o no, el hombre está
muerto! » (1). ¿Deberíamos
asistir en la impotencia al desmoronamiento
del mundo, inmediatamente después de
un siglo trágico que envileció
al hombre, y pena en hallar un aumento de humanidad?
Nuestra sociedad tolera — ¡concepto
falaz! — un uso perverso o muy simplemente
irresponsable de la todopoderosa libertad de
expresión, mientras son progresivamente
escarnecidos los componentes milenarios de nuestra
cultura, incluso ridiculizados los símbolos
de una identidad inalienable.
III
Me
parece que interrogando a la historia, el recurso
a la memoria puede ayudarnos a responder a la
invitación de Juan pablo II, hace ya
cinco años, recuerdo, en Sainte-Anne
d’Auray: « He venido a invitarles
a hacer crecer la esperanza ».
Llegué, en una conversación confiada,
a decirle al Santo Padre: « ¡Muy
Santo Padre, somos gente extraña, tan
extraña que donde los hijos de Pascal
siempre hay un poco de Voltaire, y en los hijos
de Voltaire, un poco de Pascal! » El Santo
Padre pareció sorprendido, pues la Francia
de él, es la de Louis-Marie Grignion
de Montfort, es la Francia del Cura de Ars y
de Lourdes, de la rue du Bac, de Montmartre
y del Sacré-Cœur, la Francia de
Teresa de Lisieux y, más cerca de nosotros,
del Padre Henri de Lubac. Así es como
confiaba, en su Mensaje dirigido por radio y
televisión al pueblo francés,
tres días antes de su primer viaje apostólico
a Francia: « Este viaje me atrae por muchos
conceptos... Antes que nada, Francia es la hija
mayor de la Iglesia. Y ha engendrado tantos
santos. Podría añadir que existen
en el suelo de Francia muchos lugares a los
que voy a menudo en peregrinaje por medio de
la plegaria y el corazón » (2).
Juan Pablo II lo dijo en múltiples ocasiones:
« ¡Cuán tributario soy de
la santidad francesa! » Así es
como apenas elegido Papa, mandaba a buscar en
la recámara que ocupaba durante el Cónclave,
su ejemplar todo maculado del Traité
de la Vraie Dévotion («
Tratado de la verdadera Devoción
») de san Louis-Marie Grignion de Montfort,
libro que llevaba siempre con él cuando
trabajaba como obrero en las canteras de piedra
en Zakrzówek o en la fábrica química
de Solvay durante la segunda guerra mundial,
y que guarda aún hoy con él hasta
en sus escapadas estivales en las montañas
del Valle de Aoste.
IV
Bien
podemos, sin chauvinismo, dirigir nuestra mirada
hacia el legado cultural de Francia que ha hecho
de ella un testigo de esperanza para el nuevo
milenio. Francia es el fruto de una
larga historia de siglos contrastados, entre
sombras y luces. A la vez hijo y creador de
su propia cultura, es a través de su
herencia y de su historia como el francés
se afirma, en la Iglesia y en el mundo, con
una personalidad propia, diferente de la del
italiano o del español. La Francia misma,
en virtud de su posición geográfica
y su larga y rica historia, es una encrucijada
de pueblos y de culturas. Ha sabido admirablemente,
desde los comienzos hasta nuestra generación,
integrar las riquezas de las poblaciones de
orígenes diversos, para forjar su propia
cultura. Ahí se encuentra tal vez la
razón de un espíritu prendado
de universalidad que tantos hombres de letras
y de las artes han sabido magníficamente
ilustrar.
Guardo preciosamente
en mi memoria esta bella exclamación
del Papa Pablo VI al preparar, lo recuerdo,
su memorable discurso a las Naciones Unidas:
«el francés ejerce la magistratura
de lo universal».
La singularidad
de la cultura francesa está sin lugar
a dudas en su aspiración a lo universal.
Es por ahí que puede ser signo de esperanza
para el nuevo milenio, por lo mucho que es cierto
que una cultura no es verdaderamente humana
más que cuando porta en ella la apertura
hacia las demás culturas.
¡Cuantos
nombres ilustres jalonan, en todos los ámbitos
de la cultura, la historia milenaria de Francia!
En los campos de la filosofía, de la
literatura y de las artes, como en el pensamiento
teológico, cuántas figuras han
rebasado nuestras fronteras. De la vasta galería
de retratos de la familia de Francia que he
pintado anteriormente en recientes obras consagradas
a Francia, hija mayor de la Iglesia
y El Cristianismo al amanecer del 1er milenio
(3), extraigo algunos
nombres como signos de esperanza para el nuevo
milenio.
V
La
historia de Francia nos invita a remontar los
siglos hasta el bautizo de Clovis.
En ocasión de su primera venida a París,
el Papa, lo recuerdo, sorprendió innegablemente
a sus anfitriones dirigiéndose a la nación
francesa como a una persona; « Esa misma
salvación, vengo a traerla ahora a Francia,
con todo mi corazón y toda mi afección,
diciéndole: soy profundamente dichoso
de visitarte en estos días, y de mostrarte
mi deseo de servirte en cada uno de tus hijos.
El mensaje que quiero librarte es un mensaje
de paz, de confianza de amor y de fe »
(4).
La nación francesa es una de las más
antiguas de Europa. La evocación de San
Remigio, de santa Clotilde y de Clovis, nos
recuerda que adhiriendo a la fe católica,
el rey de los Francos pudo guiar pueblos diferentes
hacia la edificación de una sola y misma
nación. El bautizo de Clovis forma parte
de los eventos que formaron a Francia, y los
valores que, desde entonces, fueron adoptados
y vividos permanecen a la vez un fundamento
en la vida presente y una orientación
para el porvenir. Cuando se desmoronaba el imperio
romano, una civilización entera desaparecía,
y solo la Iglesia, resistiendo al sismo, fue
capaz de asegurar la continuidad entre civilización
gala romanizada y el nuevo reino franco, bajo
la autoridad de un rey incontestado, Clovis,
y en la asociación de una misma fe. El
Evangelio de Jesucristo, creador de civilización,
invita al cristiano a comprometerse en la sociedad
civil por medio de una puesta en práctica
de la fe personal, como un servicio del hombre
y una comunión fraternal entre las personas
y los pueblos, cuyo fundamento es el amor. ¿No
llama el Evangelio a la acción desinteresada
y generosa por la justicia y la paz, en una
sociedad en la que las libertades y la dignidad
de cada hombre y de cada mujer son respetadas
y protegidas? La lenta conversión de
Clovis al contacto de Genoveva, la pastora de
Nanterre, de san Remigio, obispo de Reims, y
del ermitaño san Vaast, le coloca ante
el Cristo crucificado y humillado, ante la debilidad
de un Dios vencido cuya sabiduría es
la del amor ofrecido por la salvación
de los hombres. Con la inteligencia de la fe
y del corazón, inaugura una cierta manera
de ser política cuya práctica
hallará el más hermoso ejemplo
en San Luis y continuará a través
de múltiples avatar hasta Robert Schuman
y Edmond Michelet. El General de Gaulle en cuanto
a él no temía declarar a Roma,
el 27 de junio de 1959: « Tenemos una
responsabilidad, la de jugar el papel de Francia;
ese papel, en mi espíritu como en el
de ustedes, se confunde con un papel cristiano.
Nuestro país no sería lo que es,
es casi banal decirlo, si no fuera primero un
país católico... Quisiera agradecerles
muy simplemente, añadiendo como última
palabra, la afirmación de mi entera confianza
en los destinos de nuestro país. Pienso
que si Dios hubiera querido que Francia muriese,
esto ya estaría hecho. No lo quiso, vive,
el provenir es de ella ». Bautizado solemnemente
en Reims, la noche de Navidad de 496, Clovis
oye la temible advertencia de san Remigio: «
Este reino... será victorioso y próspero
mientras le sea fiel a la fe romana, pero será
rudamente castigado todas las veces que sea
infiel a su vocación ».
VI
La
advertencia de san Remigio nos invita a dirigir
nuestra mirada hacia los dones recibidos en
el bautizo y las responsabilidades que de ellos
derivan. La historia de Francia demuestra
una gran fecundidad de la gracia, a través
de una multitud de hombres y de mujeres que,
hoy todavía, hacen resplandecer la gran
luz del testimonio cristiano, del apostolado,
del espíritu misionario, del martirio,
de todas las formas de la santidad. Ireneo de
Lyon, primer teólogo en nuestro país,
discípulo de Policarpo, él mismo
discípulo del Apóstol san Juan,
llevó el Evangelio y la fe para con el
verdadero Dios que se hizo carne, contra las
herejías, hasta la capital de las Galias;
luego san Hilario de Poitiers, teólogo
de la Trinidad, san Honorato y san Cesáreo
de Arles del monasterio de Lérins, contribuyeron
a enraizar la fe cristiana en la tierra de Francia.
El Santo Padre
enumeraba en Reims una larga letanía
de santos refiriéndose « a los
mártires de Pothin y Blandine de Lyon,
a los pastores como Martín o Remigio,
Francisco de Sales o Eugenio de Mazenod, a las
santas mujeres como Juana de Arco, Margarita
María o Teresa de Lisieux, a los apóstoles
de la caridad como Vicente de Paul, a los santos
educadores como Nicolás Roland o Juan
Bautista de la Salle, a las fundadoras misionarias
como Ana María Javouhey o Claudine Thévenet
» (5).
¿Quién
no guarda, entre sus recuerdos de alumnos, la
imagen de san Luis rindiendo justicia bajo un
roble en Vincennes? Hombre de Estado incomparable,
crea el Parlamento de París y un cuerpo
de controladores para vigilar a los funcionarios
y corregir sus abusos, prohíbe las guerras
privadas y el duelo judiciario, y promueve la
paz interna del país y su progreso económico.
Más aún, habitado por un verdadero
amor de los pobres todo franciscano, sale al
encuentro de su pueblo para conocerlo, ayudarlo,
amarlo.
Un siglo más
tarde, Juana de Arco en su misión sobrenatural
en el corazón de lo temporal, marca la
historia de Francia de tal manera que los mismos
no creyentes la reconocen como ejemplar en una
memoria sorprendentemente viva. Al obispo Cauchon
que la interroga para cogerla en la trampa:
« ¿Odia Dios a los ingleses? »,
Juana da la sabrosa respuesta portadora de una
verdad profunda: « No, pero los prefiere
en casa ». He podido constatarlo, al recorrer
el vasto mundo, de la misma Inglaterra cuyas
iglesias puebla, a Rusia y los Estados Unidos:
la irradiación de Juana rebasa las fronteras
de nuestro país. ¡Me gusta recordar
también que en cuatro ocasiones el Catecismo
de la Iglesia Católica la cita,
rebasando así al santo cura de Ars, a
san Máximo el Confesor y hasta a Ignacio
de Loyola!
Para cerrar
el capítulo de una manera propia a la
cultura francesa de ejercer la política,
quisiera citar a Robert Schuman, padre de Europa.
Adversario resuelto de un laicismo reductor,
ese « hombre de vida interior que las
circunstancias empujaron a la escena del mundo
», según la expresión de
Pierre Pfimlin, luchó victoriosamente
por que la Iglesia recobrase una real libertad
de acción en un Estado laico. Para él,
una democracia se honra y se conforta con el
aporte conjunto de sus diversas familias espirituales.
En el momento en que Francia se esfuerza junto
con los demás países de Europa
para forjarse una identidad común, el
ejemplo valiente de Robert Schuman debería
inspirar a nuestros dirigentes y recordarles
las raíces cristianas de nuestra civilización
europea. Cuando tuve el honor de recibir, en
Estrasburgo, el premio Robert Schuman, insistí
en citarlo: « Europa no podría
limitarse a la larga a una estructura puramente
económica. Es preciso que se convierta
también en una salvaguardia para todo
lo que hace la grandeza de nuestra civilización
cristiana. Semejante misión cultural
será el complemento indispensable y el
acabamiento de una Europa que, hasta aquí,
ha sido fundada sobre la cooperación
económica. Le conferirá un alma,
un ennoblecimiento espiritual y una verdadera
consciencia común ».
Junto con Schuman,
no puedo omitir mencionar otro actor político
de quien tuve la dicha de postular, como para
Robert Schuman, la apertura de la causa de la
beatificación: Edmond Michelet, resistente
de la primera hora, inspirado por Péguy,
deportado a Dachau, y devenido ministro de la
República. No es sin admiración
como su amigo agnóstico André
Malraux lo retrató: « Fue toda
su vida el capellán de Francia ».
¿No es esta « confesión
» laica el reconocimiento, bajo forma
de homenaje, de una cultura política
que desde el bautizo de Clovis lleva la marca
de la gracia? Los eventos trágicos que
marcaron este principio de milenio, muestran
de manera evidente la necesidad de un forzoso
recurso a esta manera de hacer la política
por el bien de los pueblos.
VII
El
patrimonio cultural de Francia constituye aún
una luz para el nuevo milenio, tanto en el ámbito
de las artes, del pensamiento, como en el de
la fe.
« Francia
simboliza para nuestro mundo un país
de una historia muy antigua, muy densa también;
un país de un patrimonio artístico
y cultural incomparable, cuya irradiación
ya no se debe describir. Cuántos pueblos
se han beneficiado del genio francés,
que ha marcado sus propias raíces, y
constituye todavía para ellos un motivo
de orgullo y al mismo tiempo, podemos afirmarlo,
que una suerte de referencia ». (6)
La cultura
es la expresión encarnada en la historia
de esa identidad que constituye el alma de un
pueblo. Conforma el alma de una nación
que se reconoce en valores, se expresa en símbolos,
comunica por medio de signos. Siempre estoy
conmovido, a mis regresos a la dulce Francia,
al contemplar los paisajes de nuestras campiñas
ritmadas por los campanarios de las iglesias,
y marcados por la Cruz de nuestro Señor.
El arte medieval, románico, gótico,
la fe de todo un pueblo, impregnan todo el territorio
de nuestro país. Los nombres de Cluny,
Paray-le-Monial, Tournus o Vézelay en
Borgoña, de Conques, Le Puy o Saint-Nectaire
en Auvernia, Moissac y también Fontenay,
Saint-Germain-des-Prés, la Primacial
Saint-Jean de Lyon, Notre-Dame-de-Jumièges,
Fontevrault y Saint-Sernin de Tolosa, Saint-Bertrand-de-Comminges
como Saint-Martin-du-Canigou son todas ellas
expresiones de un genio cristiano que supo edificar
esos santuarios románicos para la adoración
y el humilde loor. El románico, donde
la sombra tempera la luz y donde el espacio
y el volumen son centro de acogida de la presencia
del Dios oculto, es un arte apacible de fe simple
y recogida.
Francia es
también el país de las catedrales
góticas: Nuestra Señora de París,
Reims, Saint-Denis, Sens, Amiens, Bourges, Chartres,
Ruán, Estrasburgo son todos testigos
de aquellos tiempos luminosos en que nuestros
santuarios parecen, por el poderoso movimiento
de sus contrafuertes, arrancar a la tierra las
raíces del pecado de los hombres, y elevarlos
hacia el cielo de la gracia. En el corazón
de la Ciudad Luz, la Sainte-Chapelle, «
la más gloriosa y la más santa
de las coronas » (7),
se eleva como una plegaria y ofrece hoy todavía,
el testimonio del « ideal gótico
», incomparable expresión artística
de una cultura extraordinariamente orgánica
y luminosa (8). Junto
con Nuestra Señora de París, todas
esas obras maestras de cultura cristiana no
cesan de extender aún en Francia un manto
materno e invitan al pueblo cristiano a la plegaria.
El Cardenal Eugenio Pacelli, futuro Papa Pío
XII, lo clamaba con emoción bajo las
bóvedas de Nuestra Señora, el
6 de julio de 1937: « En medio del rumor
incesante de esta inmensa metrópolis,
entre la agitación de los negocios y
de los placeres, en el áspero torbellino
de la lucha por la vida, testigo apiadado de
las desesperaciones estériles y de los
gozos decepcionantes, Nuestra Señora
de París, siempre serena en su calma
y pacificadora gravedad, parece repetir sin
descanso a todos los que pasan: Orate, fratres,
orad, hermanos; parece, diría gustoso,
ser ella misma un Orate fratres de
piedra, una invitación perpetua a la
plegaria ».
Péguy
y Claudel, incomparables chantres del nombre
de Chartres, lo comprendieron bien: el genio
que presidió la edificación de
las catedrales góticas de Francia no
solo construyó edificios magníficos.
Su arte sutil que doma la luz le da el resplandecer
dando vida al inmenso espacio verticalizado
cuyo impulso nos inspira. Sobre el vitral, el
haz luminoso se dilata y rebota de colores en
colores como la fe que atraviesa las eras e
irradia las culturas en una simbiosis permanente,
de una fecundidad sin cesar renovada.
En nuestra
cultura vuelta anémica por la pérdida
del sentido, nuestros arquitectos ganarían
releyendo a Saint-Exupéry: « Mi
civilización ha buscado, durante siglos,
mostrar al Hombre, como les ha enseñado
a distinguir una catedral a través de
las piedras. Hay en el hombre, como en todo
ser, algo que no explican los materiales que
lo componen. Una catedral es una muy otra cosa
que una suma de piedras. No son las piedras
las que la definen, es ella la que enriquece
a las piedras con su propia significación.
Esas piedras son ennoblecidas por ser piedras
de una catedral » (9).
La cultura
tiene por vocación volver al hombre más
humano. Ahora, el hombre es la ruta de la Iglesia.
La fe en Jesucristo se acompaña en cierto
modo de la fe en el hombre. Y el esfuerzo dos
veces milenario de la Iglesia para encarnar
el Evangelio en el corazón de las culturas
y promover por ahí su más auténtica
humanidad, halla en el arte sagrado la prueba
brillante que en ella los pueblos del mundo
pueden extraer una añadidura de esperanza.
VIII
Una
pléyade de sabios cristianos han honrado
la cultura francesa.
Me gusta evocar
este episodio sabroso de un joven estudiante
que viajaba en tren con un hombre relativamente
viejo, que recitaba su rosario. Preso de piedad,
explica a este espíritu rústico
que el desarrollo de las ciencias va a suplantar
a la religión y aportar todas las soluciones
deseables. Tras un largo discurso, escuchado
con atención y paciencia por su interlocutor,
el joven, deseoso de enviarle algunos textos
científicos para corroborar sus declaraciones,
pide al viejo su dirección. Éste,
con una gran sonrisa, le extiende su tarjeta
de visita. El estudiante entonces se calla y
lee, estupefacto: « Louis Pasteur, de
la Academia francesa, París. »
¿Y cómo
no evocar a Pascal?, el brillo de cuyos Pensamientos
irradia al Dios oculto. Si « solo Dios
habla bien de Dios », como lo dice él
mismo, Pascal, debatiéndose entre el
don total al Cristo y su propia grandeza en
el siglo, es claramente, según el hermoso
título del libro de Romano Guardini,
« el drama de la consciencia cristiana
».
Corneille y
Racine lo expresaron en el teatro, Bossuet y
Fenelón en la cátedra, con el
mismo genio y el mismo brillo contrastado. Y
el siglo XIX, por largo tiempo mal conocido,
incluso despreciado por nuestros contemporáneos
presas de la modernidad, atestigua una fecundidad
espiritual sin par, siguiendo los pasos del
Genio del Cristianismo de Chateaubriand
(10). Después de la crisis revolucionaria,
la ola racionalista del siglo XVIII había
poco a poco invadido las mentes hasta en las
iglesias y los seminarios. El
Primer Cónsul reconoce la utilidad social
de la religión que entonces vuelve
a recobrar derecho de ciudadanía, así
como el genio de la elocuencia y la poesía.
Contra la ironía llena de odio de Voltaire,
el talento de Chateaubriand fue el de voltear
en favor del sentimiento religioso el prejuicio
mundano.
El Genio
del Cristianismo es el de probar que el
catolicismo es tan hermoso que la cultura post-revolucionaria
va a reconocer su valor estético, moral
y social, así como su irradiación
misionaria.
¿En
nuestra cultura marcada por « la pérdida
de los valores », en la que el furor de
vivir predomina sobre los principios fundadores
de toda vida en sociedad — respeto de
la vida desde el comienzo hasta su término,
familia unida, sentido del bien común
y del servicio desinteresado del Estado, etc.
—, y que la satisfacción de los
deseos en una sensualidad absorbente no perdona
ni a los niños, sabremos extraer en la
savia que irriga la cultura francesa la fuerza
de una renovación?
IX
El
siglo XX herido por tantas crisis nos ofrece
sin embargo, él también, una galería
de testigos incomparables. Péguy
celebra a la pequeña hija Esperanza en
términos inolvidables. Tres niñas
caminan en el bosque tupido. Las dos hermanas
grandes, que son las más fuertes, marchan
lo más alegremente sujetando de la mano
a una criatura, esa niñita pequeñita
que es la más débil. ¿Pero,
a fin de cuentas, no es esa chiquilla, la más
frágil, quien, con toda la presión
de la que es capaz, con sus dos pequeñas
manitas, arrastra a las otras dos hacia adelante,
siempre más adelante? Pues la esperanza
es la más fuerte.
Me parece que
asistimos hoy a una doble conjunción:
por una parte la quiebra de muchas razones de
esperar que eran del orden de una inocente confianza
en el porvenir y las promesas de un progreso
indefinido de la economía y de las ciencias,
por otra parte la incoercible necesidad de esperar
que revela la nostalgia persistente de la esperanza,
esa esperanza que no engaña, según
la expresión del apóstol Pablo
(Rm 5, 5). Es que la esperanza — esta
palabra que la lengua francesa se toma el cuidado
de distinguir de espoir — (11),
es para las personas una confianza en alguien.
¿No es el testimonio de una tierra tan
ricamente provista en gracias de todas suertes
una poderosa inspiración parta avanzar
con confianza en los nuevos itinerarios del
milenio naciente? Sigo impresionado por la confianza
del Papa Juan Pablo II quien tiene una cierta
idea de Francia. Es que le parece imposible
que dos milenios de cristianismo se disipen
como humo. Así, concluía, lo recuerdo,
su memorable discurso a los obispos de Francia,
el 1º de junio de 1980: « ¿No
pertenece el cristianismo de manera inmanente
al genio de vuestra nación? ¿No
es siempre Francia la hija mayor de la iglesia?
» (12). Me gusta
poner en paralelo esta picante reflexión
de Péguy: « Es molesto, dice Dios,
cuando ya no haya esos franceses, hay cosas
que hago, que ya no habrá nadie para
entenderlas » (13).
Claudel y Le
Partage de midi (« El Reparto
del medio día »), L’Annonce
faite à Marie (« El Anuncio
hecho a María ») o Le
Soulier de satin (« El Zapato
de satín »), lleva al teatro
su meditación del misterio. León
Bloy, por su parte, rumia la Escritura Santa
como única palabra que valga, y opone
el radicalismo del Evangelio a la religión
mezquina de los bien-pensantes. Pisándole
los talones, Bernanos fustiga, con L’Imposture
(« La Impostura »), a los
católicos mundanos, magnificando a la
vez el honor y la fidelidad, fuentes de gozo,
y el sentido de la tradición como el
del sacrificio. Con Mouchette y Le
Curé de campagne (« el
Cura rural »), es el amor de la Iglesia
lo que él expresa como en Le Dialogue
des Carmélites («El Dialogo
de los Carmelitas»): «No viviré
cinco minutos fuera de la Iglesia, y si se me
echase, entraría en ella de inmediato,
descalzo, en camisa, con la cuerda en el cuello.»
X
El
tiempo falta para evocar a aquellos poetas y
dramaturgos, memorialistas y novelistas, o historiadores
y polemistas que, de Ronsard a mi amigo
el poeta Pierre Emmanuel, han enriquecido la
cultura francesa con sus obras incomparables.
Más cercanos a nosotros, más cercanos
de los papas también, el historiador
Daniel-Rops fue el amigo de Juan XXIII, Jacques
Maritain y Jean Guitton lo fueron de Pablo VI,
y Juan Pablo II me confiaba un día: «
En un año, he perdido dos grandes amigos
y eran franceses uno y otro: Jérôme
Lejeune y André Frossard ». Uno
por la defensa de la vida, el otro por la Defensa
del Papa, se mostraron fieles al legado
de sabiduría venido del fondo de las
eras. ¿No son ellos también, cada
uno a su manera, hijos de la « madre de
los santos », según la bella expresión
del Papa Benedicto XV, quien « lamentaba
no ser francés más que por el
corazón »?
« Somos
los hijos de los santos », exclama Violaine
en L’Annonce faite à Marie.
La gran familia de los santos de Francia de
carismas tan diversos no cesa de incrementarse,
por la generosidad de Juan Pablo II y sus canonizaciones
multiplicadas hasta el domingo pasado todavía.
A los mártires de los primeros siglos,
sucede Martín de Tours, fundador del
primer monasterio en Galia, en Ligugé.
Luego vienen san Bernardo de Clairvaux, chantre
de Nuestra Señora, los santos Abates
de Cluny, y tantos fundadores de Órdenes
religiosas, o monásticas, hombres y mujeres
apasionados hasta el don radical de sí
mismos, que arrastran tras de sí a multitudes
de hermanos y hermanas de todas condiciones.
¿No
asistimos hoy todavía, a una misteriosa
copiosidad de comunidades nuevas en las que
hombres y mujeres inspirados por el Espíritu
de Jesús, se comprometen en la nueva
evangelización? Como en su tiempo Francisco
de Sales, Alfonso María de Liguori, el
señor Vincent, el Cura de Ars y, más
próximo de nosotros, el Padre Carlos
de Foucault; como Margarita María Alacoque,
Juana Francisca de Chantal, Catalina Labouré,
Juana Jugan, Teresa de Lisieux y su hermana
del Carmel, Elisabeth de la Trinidad, misionarios,
obispos, laicos generosos siguen de cerca los
pasos de los santos y de las santas de irradiación
incomparable.
XI
¿Cómo
no evocar aún la alta figura de Jacques
Maritain de quien Etienne Gilson decía:
« Supo crear un clima espiritual comparable
al del siglo XIII, en el que cada uno decía
la verdad de una manera tal que, a penas dicha,
dejaba de pertenecerle »? Conservo el
recuerdo, el 9 de diciembre de 1965, justo después
de la clausura del Concilio, de ese filósofo
endeble y arqueado, de ojos una dulzura extrema.
Pablo VI que me había pedido recibirle
se consideraba como su discípulo y él
lo veneraba como a un padre. Preso de belleza,
sediento de justicia, hambriento de verdad,
enfrentado en su ser al drama espiritual de
nuestro tiempo vivido hasta la angustia, Maritain,
en esta « presente agonía del mundo
», no cesa de combatir lo que él
llama « un cristianismo decorativo »
y de afirmar que « la fe debe ser una
fe real, práctica, viva. Creer en Dios
debe significar vivir de tal manera que la vida
no podría ser vivida si Dios no existiese.
Entonces la esperanza terrestre en el Evangelio
podrá tornarse en la fuerza vivificadora
de la historia temporal » (14).
Inspirador
a la vez con René Cassin de la Declaración
universal de los Derechos del Hombre, y
con Jean Guitton del Mensaje a los intelectuales
y a los hombres del pensamiento en la clausura
del Concilio, Jacques Maritain es de eso que
vieron en mayo del 68 una señal de alarma
frente a un déficit de esperanza. Sintió
profundamente la inmensa espera de los jóvenes,
su sed de ideal y la necesidad de testigos.
Entre ellos,
me es forzoso mencionar al humilde religioso
dominicano, fundador de la Escuela Bíblica
de Jerusalém y enseguida de la Revista
Bíblica, el padre Marie-Joseph Lagrange.
De cara al drama intelectual de la crítica
racionalista, este « pionero que supo
operar los discernimientos necesarios sobre
la base de criterios seguros », según
las palabras de Juan pablo II, voltea en provecho
del creyente el arma del enemigo, tan bien que
sus principios son unánimemente admitidos
por la exegesis histórico-crítica.
Testigo también
de lo que me place definir como la santidad
de la inteligencia, el filósofo de Aix,
Maurice Blondel, subraya la armonía entre
la naturaleza y la gracia, entre la razón
y la fe, y nos hace comprender el precio divino
de la vida. Nutriéndose de las fuentes
de la tradición dogmática, patrística
y mística, vive intensamente su pensamiento.
Tres cardenales
teólogos finalmente, Jean Daniélou,
Henri de Lubac e Yves-Marie Congar, marcan el
pensamiento teológico de la Iglesia,
tanto por sus obras como por las grandes colecciones
de las que son inspiradores, de Sources
Chrétiennes (« Fuentes
Cristianas ») a Unam Sanctam,
aporte irremplazable de la cultura francesa
en el seno de la Iglesia. Siguiendo a la obra
titánica del Abate Migne, ¿quién
sabrá mesurar el aporte de los grandes
diccionarios: Dictionnaire de Théologie
catholique, Dictionnaire de la Bible
y su Supplément, Dictionnaire
d’Archéologie chrétienne
et de Liturgie, Dictionnaire de Droit
Canonique, y en fin Dictionnaire de
Spiritualité?
XII
Me
es preciso concluir. Lo haré
brevemente. « La memoria de la esperanza.
La cultura francesa en el seno de la Iglesia
» se muestra extraordinariamente rica
y fecunda a quien dirige sobre quince siglos
de cristianismo en Francia, una mirada atenta.
Esta historia está marcada por tantos
siglos de santidad: santidad de lo político,
santidad de la inteligencia y santidad popular,
obras maestras de las artes, de las letras y
de las ciencias, destello de un pensamiento
de toda finura en su búsqueda incansable
de lo universal.
Lacordaire,
en su famoso discurso en el Púlpito de
Nuestra Señora, el 14 de febrero de 1841,
sobre la vocación de la nación
francesa, afirmaba: « hace mucho tiempo,
señores, que Dios dispuso de las naciones
» (15). Y el hijo
de san Dominico añadía enseguida
esta vibrante advertencia: « No basta
responder a su vocación. Hay que perseverar
». Yo no podría concluir mejor.
La memoria
de la esperanza que he brevemente evocado podrá
ayudarnos a ser testigos de esperanza para afrontar
con fe las perspectivas y los desafíos
del nuevo milenio.