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Francósfera
México-Francia
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador. |
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| Visión
de la Torre Eiffel
por Alfonso Reyes
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Por la doctora |
Doña
Alicia Reyes Mota
Directora de la
Capilla
Alfonsina
Caballero de las Artes y de las
Letras de Francia
Miembro
del Comité de la Francofonía
de la Francósfera México-Francia |
«
La
Francósfera
México-Francia
desea expresar su
más encarecido
agradecimiento a
la doctora doña
Alicia Reyes,
quien muy amablemente
pone a disposición
de nuestro lectorado
internacional este
valioso escrito
referente a diversos
aspectos de la vida
y pensamiento de
Don Alfonso
Reyes en
relación
a su segunda patria,
Francia.
Este texto figura
en el libro de doña
Alicia « Genio
y figura de Alfonso
Reyes »,
publicado en la
Ciudad de México
por el Fondo de
Cultura Económica,
4ª edición;
1ª reedición,
2001 ». |
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El
hombre propone
Dios dispone
y el diablo lo descompone... |
Una
vez cumplida su misión ante el
rey de España, decide regresar
inmediatamente a París, pues «
no quiso que supusieran que se quedaba
a pasear por Madrid que tanto quería
». Ya se disponía a zarpar,
cuando recibe un telegrama de Genaro Estrada
que le hace saber la conveniencia de permanecer
en Europa y esperar el cambio de gobierno,
al fin de que lo nombren para alguna legación
en Europa. « Corramos la aventurilla
—exclama Alfonso— descansando
en Genaro y en mi estrella ». Nuevamente
la incertidumbre... mientras tanto encuentra
alojamiento en el 44 de la Rué
Hamelin y se muda ahí el 18 de
noviembre: « Hoy hace dos años
que murió Marcel Proust. Hoy entré
a habitar en la misma casa en que él
murió ». Al otro día
el conserje le cuenta que Proust vivió
ahí los tres últimos años
de su vida. Trabajaba en un cuarto interior,
forrado de corcho, donde sólo el
entraba; había rogado al inquilino
del sexto piso (él vivía
en el quinto) que no hiciera ningún
ruido; dormía de día y trabajaba
de noche. Una que otra noche también
salía. Era popular en el barrio
y en la vecindad. Caritativo con los del
sexto, la gente humilde de la casa. De
pocas palabras. Muy amable. La portera
lloró al recordarlo. Solía
venir a verlo el señor Fernández
(don Ramón), un petit.
Tiene un hermano cirujano, en 2 Ave. Hoche,
y la hija de éste, Mlle. Proust,
también escribe. El conserje subió
a verlo dos minutos después de
su muerte, y estaba aún como vivo.
La noche anterior, dijo a la señora
Alvanet, la que lo cuidaba: « Hoy
he escrito la última línea
de mi libro ». « Demain,
je ne serai plus ».
Mientras
se confirma su posible misión en
Europa, Reyes visita Chartres, recorre
museos y encuentra amigos. Entre estos
últimos, nada menos que a Menéndez
Pidal, quien el 29 de noviembre recibe
de la Universidad de París su título
de doctor honoris causa; a Unamuno,
quien le recita muchos sonetos «
a veces prosaicos o romanticones muertos,
y a veces de admirable nerviosismo quevedesco,
en los jardines de Luxemburgo ».
« Vive, estando en París,
en Salamanca: recita y lee en las calles
a su coro de amigos. Va todas las tardes
al Café de la Rotonda, donde lo
rodea un grupo de muchachos españoles
y, entre ellos, algunos policías
del Directorio español, de que
él no hace caso ».
Hacia
el 10 de diciembre, y cuando ya los diarios
de México habían hecho mil
conjeturas sobre la situación de
nuestro Alfonso, recibe un telegrama de
la Secretaría de Relaciones Exteriores
anunciándole su nombramiento como
ministro en París. Solicita el
placet correspondiente al gobierno
francés, que le es otorgado el
16 de diciembre. Nuevamente busca alojamiento
y se decide por un lindo pisito en la
Rué de Messine « qui n’a
l’air de rien », pero que
es confortable y simpático y que
le dará refugio, en tanto encuentra
algo más adecuado para hacer recepciones
ministeriales. Desde su ventana contempla
el Parc Monceau que inspira este poema:
Parque
En verde
cuna el Parc Monceau
arrullaba sueños de estatuas
y los lacayos al balcón
eran los dueños de las casas.
Mil veces
deshecha a los pasos
errabundos del paseante,
la constelación de gorriones
se recompone junto al estanque.
No caiga
la piedra del pájaro
en el leve cristal del charco,
que dice: « Frágil »,
en las alas
de los gansos de porcelana!
(Cortesía, pp. 57-58)
NAVIDAD
ROMANA
Se acercaba
la Navidad. Aunque en París contaba
con amigos fraternales como Rafael Cabrera
y Francisco García Calderón,
decide aprovechar la tregua, mientras
llegaban de México sus cartas credenciales
para trasladarse a Roma, donde lo habían
invitado sus viejos amigos de Madrid,
el consejero de la embajada de España
ante la Santa Sede, Justo Gómez
Ocerin —uno de sus más cercanos
camaradas de la etapa madrileña—
y su esposa Conchita.
Con grandes
dificultades consigue los tres billetes
para Manuelita, su hijo —que se
moría de ganas por ver a su amigo
Eduardo, hijo de Justo y de Conchita—
y para él. Llegan al Palazzo di
Spagna, la magnífica residencia
—frente al Pincio— el 24 de
diciembre. Para Alfonso chico fue una
Navidad inolvidable: « Tenía
yo la impresión —recordaba
a menudo— de estar viviendo en un
sueño, no faltaban más que
los príncipes y las princesas ».
Entre
la servidumbre del Palazzo di Spagna —el
solo nombre parece frase de encantamiento—
existía la su-perstición
de que, por la noche, paseaba por aquellos
espaciosos patios un fantasma, «
el Cura Chiquito », el Cura Piccolo.
Así que cuando vieron a Alfonso
Reyes, nadie pudo quitarles de la cabeza
que el Cura Piccolo había
encarnado...
Los Gómez Ocerin le presentan a
un joven escritor italiano, Fausto María
Martini, a su esposa —célebre
por su « belleza triste »—
y a Multedo, viejo diplomático
español encargado de la Obra Pía
de España, que presumía
ser amigo de D’Annunzio y que
se
asoma a olfatear a los nuevos huéspedes
mexicanos, pues tiene —dice
Reyes— manías y curiosidades
de solterona. Colecciona documentos
antropológicos sobre la rubia
(la verdadera hembra) y la morena
(la hembra mezclada de varón).
Las rubias de corazón moreno,
me asegura, son los ejemplares más
raros; o no sé ya si las
morenas de corazón rubio.
No puede menos de recordar a Insúa
(El negro que tenía el
alma blanca). Conoce también
al embajador español ante
la Santa Sede, « que siendo
hijo de don Juan Valera, se atreve
a escribir »... |
Era el
Año Santo, por lo tanto, pueden
cruzar la famosa puerta de San Pedro,
abierta sólo en estas ocasiones.
Visitan las ruinas de Ostia y la de Ostia
Marina.
Allí
presenciamos —escribe el
Cura Piccolo— una
escena curiosa. En una mesa cercana
almorzaban una pareja y un amigo.
De pronto, éste se puso
de pie, alzó la copa y,
como si estuviera ante un auditorio
numeroso, lanzó, entre
aspavientos y a voz en cuello,
todo un discurso o brindis: «
¡Henos aquí ante
el mar —gritaba el energúmeno
— , con nuestra radiante
juventud, y mi amigo con su bellísima
compañera! » (Era
fea de encargo.).
Pero ¿qué
es esto? —pregunté
ajusto.
Que no todo es auténtico
en Italia, como en parte alguna
—fue la discretísima
respuesta—. Ha empezado
el fascismo.
Para mí —prosigue
Alfonso—, aquélla
era una ocasión única
de conocer la ciudad de Roma,
pues en mi anterior viaje a Italia,
desde España (1921), sólo
logré ver Turín,
Milán, Venecia, Florencia
y Genova. (« Fronteras:
rumbos cruzados », en Las
vísperas de España,
Obras completas, FCE, t.
II.)
Me siento deslumbrado en Roma,
y cierro los ojos ante los primeros
« camisas negras »
que ya aparecen por las calles.
Al llegar, en la Piazza di Spagna,
frente a la embajada, he admirado
la fuente o barcaccia
del Bernini, que en otros siglos
los embajadores españoles
llenaban de vino para el pueblo,
los días de grandes fiestas.
Todavía se me representa,
bajo su mejor luz, la campiña
romana, como en los fondos del
Perugino. Luego, la Roma Antigua,
Imperio de Hierro duro y fuerte,
en las palabras de Daniel, cuya
ruina todavía se transfigura,
bajo la mano de Agustín,
en Ciudad de Dios. O ya es la
Roma Moderna que deja ver al trasluz
la Roma Sacra, en que vino a cristalizar
la Roma Eterna cantada por Catulo.
O creo ver la Roma Triunfante,
con su escudo, lanza y esfera;
los pilares de Ostia que tiemblan
en el agua azul; la extraña
pirámide de la Puerta Ostiense;
la venerable Vía Apia y
los pinos de Italia evocados por
Rubén Darío; la
Puerta Apia que, en su enorme
marco de pesadas columnas, parece
el ojo de una cerradura; el Palatino,
como se deja ver del Monte Aventino:
arcos de piedra y penachos de
verdura; el pórtico roto
del Palatino, como se lo aprecia
desde el Foro; el confuso Capitolio
y el Foro; la florida casa de
las Vestales; la noble Basílica
Julia, el Templo de Roma, la dentadura
quebrada del Coliseo, en cuyo
foso los vecinos pescan gatos,
esos característicos gatos
romanos de cara inconfundible;
las misteriosas miradas en la
imagen mural de las Catacumbas
de Calixto; las borrosas figuras
de la Sagrada Eucaristía,
Cristo y la Samaritana, el Orante,
el Buen Pastor, la Virgen con
el Niño, los santos Cornelio
y Cipriano con las cicatrices
del tiempo; el sólido Arco
de Constantino y las Basílicas
Constantina y Laterana; la cúpula
de San Pedro, centro un día
del mundo; San Paolo, de oro y
rosa y gris, cuyo interior resplandece
todo; la Basílica de San
Lorenzo, con su inesperado «
portal de hacienda »; Santa
Sabina y el Panteón; San
Cosme y San Damián vestidos
de enredaderas moradas; la Santa
Cruz de Jerusalén, el Santo
Pesebre y la Cadena de San Pedro,
el Moisés de Miguel Ángel,
un joven con barbas postizas;
Santa María la Antigua,
la Mayor, la del Trastévere,
la de Cósmedin; San Clemente
del Monte Celio; el ábside
de Santa Prudencia; Santa Inés
Extramuros; las pinturas y galerías
del Vaticano, la Capilla Sixtina,
el Juicio Final; la Piazza del
Popólo; Santa Trinita dei
Monti, cuya escalinata, subida
de rodillas, ayuda a concebir
las proles; el Techo de San Ignacio,
pintado con llamas; y parque,
y perspectivas casi irreales...
En la Galena Doria-Pamphili me
detengo a admirar el retrato del
papa Inocente, obra de Velázquez.
Se acercan dos turistas norteamericanas.
Al ver que en su Baedeker,
el retrato está marcado
con asteriscos, se creen obligadas
a admirar. Buscan el nombre del
pintor (1):
« Diego de Silva y Velázquez
», y exclaman con aire satisfecho:
deteniéndose los lentes
con la mano derecha: « ¡Oh,
de Silva! » [...]
|
Con la
esperanza de regresar a Roma algún
día, cumpliendo el rito popular,
arrojan las moneditas a la Fontana di
Trevi y, al día siguiente —7
de enero de 1925 —, toman el tren
rumbo a París (2).
Ya camino de París, en Milán
—8 de enero de 1925— escribe
en su Diario: « ¡Inolvidables
días del Palazzo di Spagna! ¡Sueño,
magia, irrealidad! ¡Campo romano
visto a la mejor luz! ¿Cómo,
cómo decirlo todo?... »
En París,
como era de esperarse, se encuentra inundado
de papeles y correspondencia. Trata de
escribir y leer mucho, no obstante la
agotadora tournée diplomática
que le absorbe la mayor parte de su tiempo.
« Me cansa estar de cupletista a
la moda » —escribe el 15 de
febrero de 1925—, pero la famosa
tournée se prolonga hasta
el 7 de marzo. Este mismo día encuentra
casa en el 23 de Cortambert, lindo hotelito
particular a dos pasos del Lycée
Janson donde va su hijo (Ave. Henri Martin),
tipo francés clásico, tres
pisos y caves, su medio metro
de jardín enfrente y sus cinco
o seis cuadrados de jardín en el
fondo. Otros son ya los tiempos, otras
ya las circunstancias: « la Casa
de Hielo » permanecerá en
su recuerdo y le hará apreciar
más su nueva vida; ahí hallará
reposo para escribir, pues felizmente
está en un medio en que se respeta
y se comprende el aislamiento necesario
a todo hombre de letras: sus libros y
manuscritos ya van en camino...
Manuelita,
infatigable como siempre y acostumbrada
a sostener el mundo, va y viene, cuelga
cuadros, instala alfombras, pasa en limpio
las páginas « recién
nacidas » de nuestro Alfonso.
Hacia
el 27 de enero —nos cuenta
Reyes—, mi pobre Manuela sufrió
un accidente de auto, salió
con una leve cortada de vidrio en
la cara, que, aunque leve, le ha
dejado señal en la mejilla
izquierda. La prensa de México
dio la noticia, como de costumbre,
diciendo que mi esposa estaba a
punto de morir, aunque no era para
tanto, allá no sabían
más que lo que decía
la prensa: ¡con cuánto
dolor considero que no hubo uno
solo de los amigos —ni los
que disponen del telégrafo
gratis— que haya telegrafiado
para informarse de la salud de mi
mujer! Y por correo, las dos familias,
Francisco Monterde, Juan Sánchez
Azcona, ¡y —de La Habana—
Camelita, mi antigua novia! |
¿Y
Alfonsito qué hace, mientras tanto?
Estudia en el Lycée Janson, aprende
francés, rompe clavículas
y discute con sus
maestros:
A
mi llegada, me contaba un día,
tuve mi primera pelea en el liceo,
los compañeritos se aprovechaban
al verme extranjero y se burlaban
de mí, yo no sabía
francés... Cansado de sus
bromas pesadas « se me subió
lo mexicano » y le di de golpes
a un francesito insolente: ¡cuál
no sería mi sorpresa, al
ver que se tiró en el suelo
retorciéndose de dolor! El
director, los maestros se acercaron
a toda prisa: ¡Mon Dieu!,
gritaban a coro. El francesito tenía
la clavícula rota. A partir
de esa fecha —decía
mi padre— aprendieron a respetarme...
Uno de mis maestros, monsieur Dubois,
cuando le dije que me habían
picado los mosquitos, exclamó
con sorpresa: ¡Mais voyons
mon petit, en France il n’y
a pas de moustiques! ¡Il y
en a seulement dans des pays comme
le vôtre! Pensé:
a éste hay que darle una
lección, así que al
domingo siguiente, de paseo por
Versalles, me dediqué a llenar
un pomo con mosquitos franceses,
y el lunes se los llevé lleno
de júbilo por mi nueva victoria... |
Volviendo
a nuestro Alfonso. Aunque la tournée
es cansada, no por eso faltan las grandes
emociones y las grandes satisfacciones,
como el inolvidable banquete que la Revue
de l’Amérique Latine le ofreció
en el Garitón: « Hasta después
de las dos de la mañana se prolongó
una fiesta en que el ambiente de cordialidad
fue realmente raro. En mi libro de recortes
se verán los ecos de la prensa:
¡Y son pálidos! » y
que
resultó ser el baile más
animado y la sesión literaria
más amena que he visto en
mi vida. Ofreció Martinenche;
habló Sousa Dantas, embajador
del Brasil, por los diplomáticos;
por los amigos de la Revista,
Zaldumbide, que hizo un verdadero
estudio de mi obra; resumió
Robert de Flers, como presidente
del banquete; hablé yo en
francés con mucha suerte;
Richepin el viejo se levantó
entusiasmado y me dio la accolade,
y el ex ministro Honnorat... |
Su hotelito
de Cortambert se va convirtiendo poco
a poco en el lugar predilecto de sus amigos
franceses, me-xicanos y extranjeros. Centro
obligado de reunión de los que
están de paso por París.
Veamos lo que el abate González
de Mendoza —su compañero
constante— nos cuenta de aquellos
días memorables (3):
Nos
conocimos en París, el 18
de octubre de 1924. Al día
siguiente, domingo, paseando por
los bulevares, anudé con
él los lazos indestructibles
que son las aficiones comunes, entre
otras las que he llamado «
Topografía literaria »,
al saber, por ejemplo: « Delante
de tal edificio cayó Stendhal
fulminado por la apoplejía
»; o bien: « En tal
casa estrecha, cuya fachada tiene
—como él decía—
reflejos de plata y carbón,
vivió Alfonsina Plessis,
incorporada a la literatura bajo
el nombre de Dama de las Camelias
».
Ese paseo fue el primero de otros
muchos, llenos de largas y gustosas
conversaciones, efectuadas en días
de asueto a lo largo de más
de dos años, hasta que él
salió para Buenos Aires.
Ello explica la dedicatoria puesta
en el primer libro suyo con que
me obsequió; debajo de mi
nombre, estas palabras: «
mi compañero de París
». |
| Nunca
releo sin melancolía esa
línea. Está manuscrita
en el libro más sutil y fino
de los suyos, el más rico
en contenido evocador, obra maestra
de oro virgen y de cristal de roca.
Basta lo dicho para identificar
a Visión de Anáhuac.
Todos recordamos su epígrafe:
« Viajero: has llegado a la
región más transparente
del aire ». Parece tan natural
esa frase, que muchos no advierten
que la compuso el mismo autor del
texto admirable. Se ha vuelto lugar
común del habla mexicana.
Se le creyera anónima, obra
de siempre, voz de raza. »
Por supuesto, lo que en nuestros
paseos visitábamos no era
« lo turístico »,
sino lo curioso, lo peculiar. Los
más de ellos tenían
por origen y por meta algo relacionado
con México, a la manera del
heliotropo hacia el sol. «
No nos basta ya el paisaje: lo queremos
con recuerdo », escribía
en su poemita, en 1927.
En París le interesaba conocer
los lugares en que estuvo fray Servando
Teresa de Mier. Juntos recorrimos
los pocos metros que quedan de la
rué des Filles-de-Saint-Thomas,
por donde sin duda pasó muchas
veces el andariego encargado de
la Parroquia de Santo Tomás;
la iglesia era la de un convento
de monjas dominicas, y fue demolida,
así como el edificio conventual,
en 1808, para construir el palacio
de la Bolsa. Indagamos dónde
estuvo el café Borel, que
el padre Mier menciona como escenario
de las habilidades de un ventrílocuo.
Paseamos por los soportales del
muy tranquilo y solitario Palais
Royal, imaginándolo —con
pie en lecturas de obras especializadas
y de novelas como La piel de
zapa y Las ilusiones perdidas,
de Balzac— cómo estaría
en los albores del siglo XIX, cuando
el inquieto regiomontano lo conoció.
Buscarnos asimismo otras huellas
mexicanas: el « Hotel de Suez
» donde murió Julio
Rucias; los objetos arqueológicos
aztecas en el Museo Etnográfico;
y libros acerca de México
en los tenderetes a orillas del
Sena; esto, casi siempre sin éxito. |
 |
Don
Alfonso Reyes
Fotografía
de juventud |
|
|
Una
tarde fuimos a ver en el cementerio
de Montparnasse la tumba de don
Porfirio Díaz y la del genial
dibujante de la Revista Moderna.
Por supuesto, nos detuvimos también
ante el sepulcro de Huysmans y ante
el de Baudelaire, y contemplamos
el cenotafio del gran poeta de Las
flores del mal. Después
fuimos a la iglesia de San Sulpicio
y admiramos los dos bellísimos
paineles pintados por Delacroix.
Nos fascinó el que representa
la lucha de Jacob con el ángel,
imagen que todos los seres humanos
sostenemos torpemente. Fruto de
esa contemplación fue, en
la obra de Alfonso Reyes, el hermoso
poema que comienza: « Noche
a noche combato con el ángel...»
Recuerdo otro paseo cuyo móvil
fue asimismo mexicano. Habíamos
cenado en un restaurante del boulevard
Montparnasse y tomábamos
café en la terraza de La
Rotonde. La noche era clara. Mirábamos
la luna llena, localizando en ella
al mítico tochtli,
el conejo que los aztecas creían
ver estampado en el astro. Alfonso
Reyes recordó que, en su
mocedad, callejeando por la ciudad
de México con un compañero
de estudios, había visto
a la luz de la luna las casonas
de los tiempos virreinales en la
calle de don Juan Manuel: y me propuso
una contemplación equivalente.
Fuimos a ver el castillito gótico
de los arzobispos de Sens y recorrimos
silenciosas callejas del vetusto
barrio del Marais.
Era buen catador de cuanto es grato
en la existencia. Ya en su Oración
pastoral, poema de juventud,
había dicho: « ¡Amo
la vida por la vida! ». Así,
hallaba delectación en los
armoniosos paisajes parisienses.
Años después, en 1929,
desde América del Sur me
escribía: « Cuénteme
cosas. Hágame creer que vivo
en París ». Y meses
más tarde volvía sobre
lo mismo: « Por favor, hágame
creer que aún existe un París
donde puede uno ser feliz con sólo
pasear por la calle. Ese pensamiento
me ayudará a vivir ».
Las personas que no hayan experimentado
el peculiar magnetismo de aquella
ciudad sin par, acaso no acierten
a explicarse tales palabras, expresión
de un anhelo común a infinidad
de iberoamericanos. Lo que hallamos
allí es la cumbre de la civilización
de la que nos sentimos parte, la
civilización latina, no dominada
por máquinas tremendas, no
acuciada por angustiosas prisas,
no envenenada por el imperioso materialismo
del dinero, sino hecha a la medida
humana, armoniosa, impregnada de
tradición cultural.
Una frase de Alfonso Reyes me dio
la clara percepción de esto.
Estábamos sentados bajo los
castaños floridos, en la
terraza de la Closerie de Lilas.
Contemplábamos la perspectiva
que desde la fuente ornada con el
magnífico grupo de Las
cuatro partes del mundo, obra
de Carpeaux, tiene por fondo el
jardín y el palacio de Luxemburgo.
Inmediata a nosotros se alzaba la
estatua del mariscal Ney, modelada
por Rude: y, enfrente, el barrancón
del Bal Bullier, nido de bullicio
y alegría juveniles. Veíamos
la umbrosa encrucijada de la avenida
del Observatorio con los bulevares
de Montparnasse, Port-Royal y Saint-Michel.
Sabíamos que estaban cerca
las prestigiosas escuelas universitarias,
el Val-de-Grâce con su majestuosa
cúpula, la casa donde vivió
Rubén Darío. Ningún
alambre rayaba el cielo primaveral:
tan sólo vuelos de gorriones
y de palomas. Y Alfonso Reyes, mirando
con delicia el amable paisaje, comentó:
— ¡Cuántos siglos
de buena educación han sido
necesarios para formar todo esto!
El meollo de la frase no era «
civilización », concepto
sobreentendido. No: era «
buena educación »,
con cuanto ello significa: urbanidad,
cortesía, pensamientos delicados,
acción moderada y congruente.
« Buena educación »
durante muchas generaciones, con
sentido de la proporción
y de la medida, con afinación
del gusto, con cuanto supone de
voluntaria disciplina, de templanza,
de todo aquello que suaviza y lenifica
la vida. Ésa es la sencilla
clave de tantas fervorosas adhesiones.
Por eso Alfonso Reyes, en su preciosa
Charla sobre Francia, decía
bien al decir: « ¡Oh
patria común tierra de todos!
» Lo que no significa desvío
de la propia patria, ni despego
de la tierra natal.
Durante los dos años y pico
en que fue ministro de México
en Francia, habitó en una
casita de dos pisos, en la rue Cortambert
número 23. De ella habla
en el capítulo « Pasos
de Passy » de su libro Marginalia
(4), segunda
serie. Los domingos recibía
a varios amigos: compatriotas, unos;
otros, amigos de México.
A esas reuniones podían aplicarse
palabras de su Diálogo
entre mi ingenio y mi conciencia:
« En la charla de los amigos
y dentro de la sala abrigada, el
día es igual a la noche,
la noche es igual al día
y las horas arden en el hilo azul
del tabaco, o se diluyen, como los
terrones de azúcar, en las
tazas del café ». Con
tazas de té, o con refrescos
agasajaba a los visitantes la esposa
del anfitrión. Manuelita,
que aunaba a la simpatía
el savoir faire.
Durante el verano la tertulia se
hacía en el jardincillo,
sombreado por dos o tres hermosos
árboles, con césped,
con flores. Algunos dimos en llamarlo
« el jardín de Academo
». Nunca faltaban el dibujante
salvadoreño Toño Salazar,
cuya agilidad mental es pasmosa,
y León Pacheco, costa-rricense,
docto estudiante de filosofía.
Ambos alcanzaron, mucho después,
alta jerarquía en el servicio
diplomático de su respectivo
país. Solían ir también
los insignes escritores peruanos
Ventura y Francisco García
Calderón; el ensayista venezolano
Alberto Zérega Fombona; una
que otra vez el historiador uruguayo
Hugo Daniel Barbagelata.
Allí acudían escritores
españoles que pasaban por
París. Recuerdo al profesor
Américo Castro, incisivo
ironista, í ameno narrador
de anécdotas. A Enrique Díez-Canedo,
uncioso, todo bondad, cuyo inmenso
saber no parecía aprendido,
sino connatural. Corpus Barga, dogmático,
punzante, se empeñaba en
castellanizar los nombres franceses
mediante traducciones literales.
Así, del ensayista Jacques
Rivière decía: «
No es Jacobo Rivera, es Santiago
Río ». Tomábamos
a broma tal peculiaridad y, puesto
que la palabra couteau
significa cuchillo, ya
no mencionábamos a Jean Cocteau
sino como Juanito Cocchillo. También
lo llamábamos —al modo
de Alfonso Reyes en su agilísimo
poema « Ángeles »—
Juan Coqueto, vertiendo en esa forma
fonética la pronunciación:
Cocteau, Coqueto, Coqueto.
Entre los visitantes franceses,
Jean Cassou, dinámico, polifacético,
que por aquellas calendas había
sacado a luz su Eloge a la folie,
alguna vez nos dejaba sin Alfonso,
llevándoselo, por ejemplo,
a conocer a Rainer María
Rilke, Francis de Miomandre, que
tantas páginas de escritores
famosos tradujo, era la personificación
de la fantasía alada, la
inteligencia mariposeante, la cortesía
a la manera dieciochesca, sublimada
en cumplidos hiperbólicos.
Jules Supervielle, altísimo,
desgarbilado, en quien la ropa parecía
colgada y no vestida, hablaba agudamente
de la poesía. Los muchachos,
los muchachos de hace 30 y tantos
años... lo admirábamos,
sobre todo, por el acierto humorístico
de haber dado a algunos de sus personajes
novelescos nombres tales como Innumerables
—en honra a los Innumerables
mártires de Zaragoza—
; y por su deliciosa invención
suprarrealista antes del suprarrealismo,
de hacer que el hombre de la pampa,
protagonista de la novela de ese
título, llevase a París,
en un maletín, un volcán
domesticado: el hombre de la pampa
lo desempaquetaba en la Plaza de
la Concordia y el volcán
le seguía como un perrito,
pero echando chispas.
Un día, mediado agosto de
1925, cenábamos al anochecer,
en el jardín, Alfonso Reyes,
Salazar, Pacheco y yo. Para eliminar
inconvenientes del servicio, doña
Manuelita había hecho poner
cerca de la mesa un pequeño
refrigerador, abastado con cuanto
necesitábamos. De repente
sonó un fuerte golpe, como
el de un palmetazo descargado sobre
la tapa del mueble. Alfonso Reyes,
con naturalidad, dijo:
— Es mi duende... Ronda cerca
de mí. Alguna vez he logrado
percibirlo con el rabo del ojo...
Y nos refirió un cuentecillo
sutil que subrayaba el contenido
poético de la ocurrencia:
en Londres, dos caballeros contemplan
el paisaje del Támesis poco
antes de que las primeras luces
agujereen la penumbra crepuscular.
Uno de ellos comenta:
— Es hora de los duendes...
El otro contesta, secamente:
-Yo no creo en duendes.
Y el primero replica:
— ¡Pues yo, sí!
Y desaparece en el aire. |
Poemas
parisinos
Jacob
Noche
a noche combato con el ángel,
y llevo impresas las forzudas manos
y hay zonas de dolor por mis costados.
Tiemblo
al nacer la noche de la tarde,
y entra sed de cuchillo por mis
flancos,
y ando confuso y temeroso ando.
Quiere
correr a consunción mi sangre
y aunque sé que en su busca
me deshago,
otra vez lo persigo y lo reclamo.
Bajo
las contorsiones del gigante,
aúllo a veces —oh enemigo
blanco —
y dentro de mí mismo estoy
cantando.
¡Oh
sombra masculosa, oh nube grave!
Derrótame una vez para que
caiga,
o de una vez rómpeme el pecho
y ábreme
entre los dos reflejos de tu espada.
(París, 1925)
Al salir del Jockey
Los
techos de París exhalan
ya las primeras golondrinas
y en el bochorno azul que baja
sube una paz vegetativa.
silencio, cuando la caricia
sus pétalos olvida por las
frentes.
Miente quien dijo «todavía»,
y quien dijo «ya no más»
miente.
Desde cada pestaña, una
gotita de risa le tiembla,
mientras divaga el ala de la luna
entre la noche coqueta de estrellas.
(París, 1926)
Epitafio
del perro Bobby (5)
Pasa
a través del corazón
del niño
un hilo fiel de tu sangre sumisa,
y ronda las orillas de su alma
tu almita elemental, de hocico húmedo.
(París, 1926) |
Cada «
morada » de nuestro Alfonso, por
lo visto, se hace famosa por uno u otro
aspecto; a la de París acudían
también Jean Prévost y Marcelle
Auclair —novios primero y luego
ya casados—, Gabriela Mistral, Palma
Guillen, Valery Larbaud, Jules Romains,
Paul Valéry...
La amistad con el autor de Fermina
Márquez —nos dice Paulette
Patout en su admirable Correspondencia—
(6) data seguramente
de Madrid, allá por el año
de 1923, intensificándose en Francia
y manteniéndose hasta la muerte
de Larbaud. Él fue quien dio la
bienvenida a Reyes en la Revue de
l’Amerique Latine, con un espléndido
artículo que empezaba así:
La
nación mexicana nos envía
para que la represente oficialmente
ante nuestro gobierno a Alfonso
Reyes, uno de los jóvenes
escritores más distinguidos;
y ello viene a ser como un hermoso
presente ofrecido, para festejar
el comienzo del año, a todos
los hombres de letras franceses,
por el país que luce por
emblema, en medio de una alta meseta
solar que se extiende entre la pradera
y la aurora, el Águila vencedora
de la Serpiente y erguida sobre
el Nopal simbólico. A nuestra
vez saludemos con gratitud este
emblema, y mediante un estudio más
atento de la presente literatura
mexicana y mediante relaciones y
cambios más frecuentes con
la crema de la intelectualidad de
aquel gran pueblo, estrechemos los
lazos que unen a nuestras dos literaturas
desde la hora en que Pierre Corneille
escogió como uno de sus maestros
al mexicano Juan Ruiz de Alarcón. |
No cabe
duda de que una aureola de simpatía
rodeaba a nuestro Alfonso. Todo él
irradiaba algo especial, que como un imán
atraía la amistad perdurable de
cuantos lo conocían. Este ambiente,
la nueva condición económica
—ya más asentada y tranquila—
hicieron posible la conquista de París
a Alfonso Reyes.
Las veladas de Cortambert son en cierta
forma un retornar a las « noches
dedicadas al genio », ahora en un
medio ciento por ciento propicio. Y a
propósito de veladas inolvidables,
bajo el cielo de París y junto
al Sena —a la Sena diría
nuestro Amado Nervo—, hay que recordar
la del 2 de diciembre de 1925, en casa
del escritor Gonzalo Zaldumbide, en que
Reyes leyera su Ifigenia y comentario,
con intermedios de quenas bolivianas.
Aunque escrita en Madrid, nos ha parecido
más acertado aprovechar el recuerdo
de esta velada para aden-trarnos un poco
en su Ifigenia.
Este poema dramático tuvo su raíz
en el estudio de las « Electras
» del teatro ateniense, emprendido
allá por el año de 1908
y publicado —como vimos— en
sus Cuestiones estéticas.
Era
la edad —nos cuenta Alfonso—
en que hay que suicidarse o redimirse,
y de la que conservamos para siempre
las lágrimas secas en las
mejillas. Por ventura, el estudio
de Grecia se iba convirtiendo en
un alimento del alma y ayudaba a
pasar la crisis. Aquellas palabras
tan lejanas se iban acercando e
incorporando en objetos de actualidad.
Aquellos libros, testigos y cómplices
de nuestras caricias y violencias,
se iban tornando confidentes y consejeros.
Los coros de la tragedia griega
predican la sumisión a los
dioses, y ésta es la única
y definitiva lección ética
que se extrae del teatro antiguo.
Hay quien ha podido aprovechar su
consejo. La literatura, pues, se
salía de los libros y, nutriendo
la vida, cumplía sus verdaderos
fines. Y se operaba un modo de curación,
de sutil mayéutica, sin la
cual fácil fuera haber naufragado
en el vórtice de la primera
juventud. Ignoro si éste
es el recto sentir del humanismo.
Mi Religio Grammatici parecerá
a muchos demasiado sentimental.
Tenemos derecho —una vez que
por cualquier camino alcanzamos
la posesión del módulo—
para manejarlo a nuestra guisa.
¿Y qué otra cosa han
hecho los trágicos de todos
los tiempos, sino volver a contar
a su modo una historia conocida
en lo general?
|
El poema
fue elaborándose lentamente, enfocado
desde otro punto de vista: Reyes supone
que Ifigenia, arrebatada en Áulide
por la diosa Artemisa a las manos del
sacrificador, ha olvidado su pasado e
ignora cómo ha venido a ser, en
Táuride, sacerdotisa del culto
bárbaro y cruel de su divinidad
protectora. El conflicto trágico,
que ninguno de los poetas anteriores interpretó
así, consiste en que Ifigenia reclama
su herencia de recuerdos pasados y tiene
miedo de sentirse huérfana de pasado
y distinta de las demás criaturas:
| Es
que reclamo mi embriaguez,
mi patrimonio de alegría
y dolor mortales.
¡Me son extrañas tantas
fiestas humanas
que recorréis vosotras con
el mirar del alma!
Cuando en las tardes dejáis
andar la rueca
y cantáis solas, a fuerza
de costumbre,
unas tonadas en que yo sorprendo
como el sabor de algún recuerdo
hueco;
canciones hechas en el hilo lento,
canciones confidentes y cómplices
que, siempre con iguales palabras,
esconden cada vez hurtos distintos
y mordiscos secretos en la pulpa
de la vida;
que, mientras manan sin esfuerzo
de la boca,
dan libertad para otros pensamientos,
entonces
yo adivino que andáis errando
lejos
de la labor que ocupa vuestras manos,
dueñas de lo que sólo
es vuestro
y que en vano atisban los maridos
en la joya robada de los ojos.
Ninguna
costumbre os sujeta
y, en lícita infidelidad,
abrís con la llave que lleváis
al cinto
una cerradura sin chirridos.
Y os
envidio, mujeres de Táuride,
alargando mis manos a la canción
perdida. (7)
|
Ifigenia
reclama su embriaguez, su patrimonio de
alegría y dolor mortales, pero
cuando, gracias a su hermano Orestes —quien
hace posible la anagnórisis—
recobra la memoria y se percata de que
pertenece a una raza ensangrentada y perseguida
por la maldición de los dioses,
siente asco de sí misma:
¿Para
que siga hirviendo en mis entrañas
la culpa de Micenas, y mi leche
críe dragones y amamante
incestos;
y salgan maldiciones de mi techo
resecando los campos de labranza,
y a mi paso la peste se difunda,
mueran los toros y se esconda la
luna?
¿En busca
mía, para que conciba
nuevos horrores mi carne enemiga?
¡Para que aborten las madres
a mi paso,
y para que, al olor de la nieta
de Tántalo,
los frutos y las aguas huyan de
mi contagio?
|
Orestes
insiste en llevarla consigo, para que
cumpla con dar brotes nuevos a la familia
en que nació hembra. Pero, ante
la alternativa de reincorporarse en la
tradición de su casa, en la vendetta
de Micenas, o de seguir viviendo entre
bárbaros una vida de destazadora
de víctimas sagradas, prefiere
este último extremo, por abominable
y duro que parezca, único medio
cierto y práctico de eludir y romper
las cadenas que la sujetan a la fatalidad
de su raza:
¡Virtud
escasa, voluntad escasa!
¡Pajarillo cazado entre palabras!
Si la imaginación henchida
de fantasmas,
no sabrá ya volver del barco
en que tú partas,
la lealtad del cuerpo me retendrá
plantada
a los pies de Artemisa, donde renazco
esclava.
Robarás una voz, rescatarás
un eco;
un arrepentimiento, no un deseo.
Llévate entre las manos,
cogidas con tu ingenio,
estas dos conchas huecas de palabras:
.....................................................¡No
quiero!
|
Si habíamos
dejado un leve cordón que ataba
nuestras voluntades a nuestra patria —me
explicaba mi abuelo—, era porque
no había yo comprendido —no
obstante los continuos consejos de mi
querido Pedro— las ventajas de optar
por la libertad. El verano de 1923, ante
el mar, hizo nacer en redor de su Ifigenia
a sus compañeros necesarios y el
otoño madrileño, puso el
toque definitivo a las cuartillas comenzadas...;
ya empezaba a recortarle orillas inútiles
a su vida..., llegaba a la superación,
matando, para siempre, el rencor.
¿Qué
final dar al episodio? ¿Ifigenia
había de huir de Táuride,
como en mis grandes maestros? No
lo sabíamos aún...
Un súbito vuelco de la vida
vino a descubrirme la verdadera
misión redentora de la nueva
Ifigenia, haciendo que su simbolismo
creciera solo, como una flor que
me hubiera brotado adentro. |
El súbito
vuelco [en la vida de Reyes]: la muerte
trágica de su padre, el alejamiento
de su patria. Reyes —en libros y
poemas anteriores— buscaba la Kátharsis,
tenía derecho a ella: «[...]
Si nuestra ciencia puede engañarnos,
no así nuestra acción. Si
no está hecha para nosotros la
verdad, al menos el éxito práctico.
Y en esta tragedia de la vida, tenemos
derecho a la Kátharsis».
(8)
Pero donde realmente obra la Kátharsis,
indispensable en toda tragedia, y que
Alfonso necesitaba, es en el coro. Éste
funciona
periódicamente, como un instrumento
dinámico por donde estalla,
en cantos, en gritos, en ololygmoi,
el sedimento o carga emocional precipitados
por los episodios de la tragedia.
Por eso es fuerza que el coro esté
presente a todos los acontecimientos
y que penetre los secretos del héroe:
para así conocer el drama
íntimamente, para vivir de
su contacto y, de cuando en cuando,
desahogar —con lírico
desahogo y donde precisamente lo
requiere el ánimo de un espectador
ideal— esa emoción,
ese pathos acumulado por
las acciones dramáticas;
esa piedad, ese terror. El coro
es, pues, el instrumento de la Kátharsis
aristotélica: la purificación
de las pasiones por la danza y el
grito, por la ejercitación
y la mimesis artísticas.
El coro es un agente oportuno, rítmico,
lírico, que permite aliviar
la plétora de los sentimientos: |
| |
Alta señora cruel
y pura:
compénsate a ti misma, incomparable;
acaríciate sola, inmaculada;
llora por ti, estéril;
ruborízate y ámate,
fructífera;
asústate de ti, músculo
y daga;
escoge el nombre que te guste
y llámate a ti misma como quieras:
ya abriste pausa en los destinos,
donde
brinca la fuente de tu libertad.
¡Oh mar que bebiste la tarde
hasta descubrir sus estrellas:
no lo sabías, y ya sabes
que los hombres se libran de ellas! |
Y, además
de la lectura de Ifigenia, ¿qué
hace nuestro Alfonso? Publica en Le
Navire d’Argent su poema «
Trópico » (9)
traducido al francés por Marcelle
Auclair y Jean Prévost. Corrige
pruebas de sus libros Pansa y Reloj
de sol, que editará en París
y en Madrid respectivamente. Mientras
tanto viaja a Lyon, va a Bruselas en compañía
de Enrique Díez-Canedo; organiza
exposiciones, ayuda a amigos en penuria
y asiste a los principales eventos de
la capital francesa, como las muy comentadas
ventas de Adrienne Monnier y de André
Gide:
 |
|
Don
Alfonso Reyes en la Capilla
Alfonsina
|
|
Ha
habido —nos cuenta Reyes en
su Diario—, por estos
tiempos, dos famosas ventas de bibliotecas
privadas en París. La una,
de André Gide; la otra de
Mlle. Monnier. De André Gide
se dijo que vendía los libros
de todos aquellos amigos suyos con
quienes había reñido
a consecuencia de la publicación
del Corydon, alegato en
favor de la pederastía. Y
ya él cuidó, en todo
caso, de que, entre los precios
importantes que alcanzaron algunos
tomos de su colección, el
Anti-Corydon resultara
apreciado en unos cincuenta céntimos.
Supongo, de todos modos, que hay
fábula en esto. Gide vendió
sus libros para hacerse de algún
dinero antes de su viaje al continente
africano. ¡Los libros son
tan fáciles de obtener en
París! ¡Qué
más da tenerlos en casa o
en cualquier biblioteca circulante!
Y, luego, como confiesa Gide, puede
ser más agradable leer los
clásicos en ediciones universitarias
o populares baratas, que en ediciones
de lujo. Puede esto no ser el sentir
común, pero creo que es el
punto de vista más puramente
literario que existe; sin mezcla
de bibliofilia, espíritu
de coleccionista, ideas de decorador
de interiores, perfumista, snob
o amateur. Además,
llega la edad en que se lee menos,
y en que la lectura es mero pretexto
pasajero para disparar la propia
musa. Y por último, dice
Gide: « Yo no amo los bienes
». Los bienes (a juzgar por
las anécdotas sobre su avaricia
que corren por París) le
interesan menos que el dinero que
se da por ellos. Por eso ha vendido
sus libros. No han faltado amenidades
y chascarrillos en torno al caso.
Tal autor —creo que fue Henri
de Régner— le ha dedicado
su último libro con una dedicatoria
que dice aproximadamente: «
A André Gide para aumentar
su venta ». |
La
venta de estos libros ha producido
un pico. Yo vi la colección,
en compañía de Jules
Supervielle, en la Librería
Champion, donde estuvo expuesta.
La damita de la librería
nos instaló cómodamente
en sendos sillones. Y nos sumergimos
un par de horas en esa delicia de
ediciones originales dedicadas por
el autor. A cada rato encontrábamos,
entre las páginas de los
libros, cartas autógrafas
de los escritores. Gide había
conservado hasta sobres autógrafos,
y calculado así, minuciosamente,
el valor comercial de todo elemento
comerciable en su colección
de palabras escritas. Había
páginas inéditas de
Paul Valéry, que entonces
aún firmaba con un doble
nombre que ahora no recuerdo. Había
muchas cartas de Fierre Louys, salpicadas
con pecaminosas manchitas de perfume
que producían una expansión
de la tinta...
La otra venta sobrevino hacia el
mes de mayo. Mlle. Monnier, alentada
sin duda por el ejemplo de Gide,
se decidió también
a vender sus libros. Los días
14 y 15 de mayo se llevó
a cabo el remate en el Hotel Druot.
Asistí yo la primera tarde.
Y la segunda, mi esposa me trajo,
entre otras cosas, los poemas de
Poe traducidos por Mallarmé
—la linda edición original
todavía intensa— Mlle.
Monnier quiso, con esta venta, resarcirse
de las pérdidas de Le
Navire d’Argent, su preciosa
revista... |
Hacia
el 21 de septiembre de 1926 y en forma
hasta cierto punto confidencial, recibe
mensaje cifrado de Genaro Estrada, quien
le dice: « Se piensa trasladarlo
por probable próximo viaje Pani
». Imaginamos la contrariedad de
nuestro Alfonso, pues en su Diario exclama:
« ¡Adiós a la educación
de mi hijo, adiós mis trabajos
de París! Acababa yo precisamente
de escribirle a Genaro: “Ahora sí
ha llegado mi legación a un equilibrio.
Ya podemos comenzar a trabajar en serio”.
¡Ironía! Ahora me tengo que
trasladar Dios sabe adónde...»
Pero, no obstante las miles de conjeturas
que él se hace, recibe días
más tarde un mensaje oficial anunciándole
su nombramiento en Madrid... Empiezan
los arreglos de su partida: casa, contratos,
arrendamientos, seguros, facturas pendientes,
suscripciones y despedidas.
Los datos autobiográficos que sobre
esta etapa ha consignado Reyes en sus
libros —nos dice Olguín—
son muy escasos. (10)
«
Fui llamado a México a mediados
de 1924 —dice en el ensayo
“El reverso de un libro”—,
y aunque designado para Buenos Aires,
adonde al fin no se me envió
en esa vez, anduve entre Francia
y España de octubre a diciembre
del propio año, en cierta
comisión pasajera; hice un
corto viaje a Roma por la Navidad
y Año Nuevo, y en enero de
1925 me encargué de la legación
de México en París
». |
La Revue
de l’Amérique Latine lo recibió
en una cálida reunión de
amigos y, más tarde, sus fundadores
le ofrecieron la dirección de la
revista, cargo que sus labores diplomáticas
no le permitieron aceptar.
« La Francia eterna » fue
otro de los amores de Reyes, tan grande
como el que tuvo a España y a la
antigua Grecia:
Todos
están convencidos —dijo
en un artículo desbordante
de entusiasmo cuando la liberación
de París en 1944— de
la eminente e incomparable contribución
de Francia al desarrollo del espíritu
humano, en los diversos órdenes
de la libertad y la cultura, dos
ideas que casi se confunden. Cuando
se ha nombrado a la antigua Grecia
y a la moderna Francia, se han reconocido
las deudas más importantes
de la civilización occidental,
la cual cada día se convierte
más en la civilización
sin distingo alguno. Después
del pensamiento griego, en efecto,
nada se parece tanto a los ideales
del hombre como el pensamiento francés.
Siempre estuvo presente donde la
humanidad se engrandece. Siempre
sirvió de contraste y de
criterio para apreciar la belleza
o la fecundidad de una forma artística
o de una idea, de una ley o de una
conducta. (11) |
La nómina
de autores franceses clásicos y
modernos a que Reyes ha dedicado ensayos
desde su primer trabajo sobre Mallarmé
en Cuestiones estéticas
es larguísima: Montaigne, Descartes,
Rousseau, Saint-Simon, Renan, Mistral,
Anatole France, Jules Romains, Bergson,
Proust, Cocteau, Valery Larbaud, Paul
Valéry, Paul Morand... Un libro
a la manera de Los dos caminos
en que Reyes recogió los recuerdos
de su amistad con algunos de estos últimos
escritores nos dará una idea más
cabal de la gran obra de acercamiento
que realizó, desde entonces, entre
Francia e Hispanoamérica. (12)
El año de 1927 comienza, otra vez,
con la incertidumbre de transferencia,
pues recibe instrucciones contradictorias:
Después
de haberme anunciado que mi sucesor
Alberto Pani llega a fines de éste
[8 de febrero] y que me prepare,
recibo mensaje diciendo que suspenda
preparativos para trasladar a Madrid
y que me disponga a volver a México,
en la inteligencia de que el presidente
desea emplear mis servicios en la
Legación de la Argentina.
Estoy con el ánimo dispuesto
a ir a cualquier parte, una vez
que debo dejar París. |
Estas
líneas encierran una profunda melancolía,
está dispuesto a ir a cualquier
parte. Creo que todos comprendemos esta
fina confesión. El 9 de marzo entrega
la legación a Pani y el 14 sus
cartas de retiro al presidente Doumerge,
pero no pierde un minuto de su actividad
creciente; tres días más,
ya lo tenemos corrigiendo las 12 páginas
de sus Cuestiones gongorinas
que le envía Espasa Calpe.
DESPEDIDAS
En el
banquete de despedida que le dan sus amigos
escritores, toma la palabra Gabriela Mistral,
haciendo un retrato fiel de la personalidad
de nuestro Alfonso —« Martinenche,
encantador y cariñoso, André
Honnorat y De monzie, muy importante »—:
| Se
va Alfonso Reyes y lo despedimos
franceses, peruanos o chilenos,
como criatura propia, con cuya honra
se nos añade alegría
y con cuya pena se nos ofende o
se nos roba. Él ha hecho
su trabajo callado y seguro de ganarse
la estimación y el cariño
por iguales partes, como los costados
de un mismo fruto. Y cuando digo
trabajo, no digo búsqueda
anhelante ni apetito de tenernos,
que ésos son torpezas y brusquedades
que no conoce la mano, tan delicada,
de este gran pudoroso.
Nada de arrollamientos feos en este
hombre en que el único medio
de presión, en la literatura
como en la vida, es una superioridad
natural que toma su sitio,
como el árbol en la atmósfera,
sin ruido ni desorden, con la
complacencia de la luz y del espacio.
Reyes ha logrado una cosa difícil
como un repecho: hacer estimar del
europeo al muy discutido hombre
de la América española;
hemos sido empinados en él,
en sus capacidades y en su hidalguía.
Le debemos, ni más ni menos,
que el haber dado testimonio de
nosotros, el haber sido nuestra
prueba irrefutable.
Suele decirse que la América
no inglesa tiene al individuo por
debajo de su geografía
y de su economía, que
valemos muchísimo menos
que el caucho del Brasil o la esmeralda
colombina; se asegura que entre
nosotros la planta fue verdad siempre,
pero el individuo no lo es todavía.
Por ello resulta una sorpresa para
el europeo cuando el hombre de allá
le aparece tan sólido y tan
fino como sus maderas preciosas.
Él ha definido alguna vez,
conversando, al diplomático:
« Debe ser un hombre, nada
más y nada menos ».
Esa cosa terriblemente sencilla,
ha querido ser él. Crear
conjuntamente la relación
política, la económica
y la mental, parece empresa dura,
y cuando menos, muy lenta.
Él la ha cumplido con una
facilidad gozosa, sin tono épico
de grandes trabajos de Hércules.
Así ha rematado su misión
de dos años y es bueno ver
un tipo, también en política,
de este trabajo casi estético,
sin desgracia y sin violencia.
Y aquí estamos para celebrar
el final de su misión, como
una muestra del éxito limpio,
honestísimo y cabal. Ninguna
envidia para el jugador leal y nada
tampoco de mano manca para apuntarle
la cifra alta. Su prestigio diplomático
ha venido a ponerse al lado de su
fama de escritor, firme y bella
como un marfil. Alfonso Reyes
se ha llamado en un libro suyo «
el cazador », y se nombró
bien, lo mismo como artista que
como hombre. ¡Qué oreja
labrada para oír lo delgado
y lo rudo, trajo él, y ha
usado en este mundo! Los clarines,
a veces tan agudos que punzan el
cielo, de su revolución mexicana,
no le han asustado el alma civil,
ni lo han ensordecido tampoco para
gozar después el sonido esbelto
y ondulante de su Góngora.
Y del cazador, el ojo brillante
de atención, que se aprende
el paisaje extraño como un
nombre y que se voltea a cada salto
de la luz. Y la paciencia del cazador
y el ser contenido y palpitante
a la vez delante del suceso,
y el recoger la presa sin grito,
como cosa que le estaba destinada
desde antes del tiempo. Virtudes
de cazador, virtudes de raza vieja,
azteca o española, que trae
sus sentidos sagaces desde muy lejos.
Tiene cazada, y se lleva consigo,
en cada partida, la tierra que vio,
como perdiz jaspeada o faisán
ardiente. No sabe pasar por
las patrias de los hombres sin amárselas.
Así se va ahora con su Francia
bien tibia y bien señalada,
sobre el pecho, donde, a cada paso
que dé por el camino nuevo,
le golpeará, con suavidad,
como la linda presa al cazador
que la carga.
Digamos para no entristecernos,
que lo damos en préstamo
como una materia preciosa, para
que otros también reciban
de él ese latido claro de
la probidad y esa onda muy suave,
pero muy vigorosa, de purificación
que él envía a los
demás, cuando quiere, y también
sin quererlo. Así se
presta sin dación a los mejores;
son el grano, doméstico y
sin embargo divino, de esa sal que
debe dar, según Cristo, sabor
al descubrimiento del mundo.
Vaya a donde vaya, verá siempre
esta fiesta de la consideración
superior y del cariño,
en torno suyo. Donde quiera hablar,
será maestro de jóvenes
y amigos buscado de viejos doctos.
En cualquier parte dirá la
palabra precisa, sin exageración
de malicia ni de soberbia, que conviene
sobre su México agrario,
que ha dividido el suelo como la
luz, para salud común,
y del México de las diez
mil escuelas, que hacen la pulsación
más rápida de la cultura
española.
Sea bueno el mar y segura la otra
orilla para nuestro amigo.
Él se lleva también
algo de mi alegría en su
mujer firme y clara, tan
propia para el símbolo de
la americana del sur, grata para
mí de mirar como tierra
espaciosa, y que da a su compañero
la seguridad de la tierra misma
que no sabe disminuirse, porque
su encargo es el de dar certidumbre
a su dueño...
Y, para terminar, una explicación:
me han encargado estas palabras
los escritores hispanoamericanos,
para despedir a su compañero
ilustre, porque las mujeres como
los niños recibimos siempre,
hablando u obrando, una
clemencia fácil y un
lindo perdón inmediato. |
Nos ha
parecido interesante reproducir el discurso
de Gabriela Mistral, porque está
lleno de imágenes bellas sobre
la obra y persona de nuestro Alfonso y,
además, porque representaba el
sentir de los escritores hispano-americanos
que se encontraban en París en
esa época. El banquete resultó
sumamente bello, cálido y conmovedor.
En la recepción que Reyes ofreció
en la embajada, desfilaron unas mil personas,
todas ellas con afecto y emoción.
Paul Valéry le envía la
Joven parca dedicada y ¡Paul Fort
un telegrama en nombre de los poetas de
Francia!
DE
PASO POR SU PATRIA
El 20
de marzo, muy de mañana, ya va
nuestro Alfonso —con mujer e hijo—
rumbo a St. Nazaire para embarcarse en
el Espagne y el 7 de abril llega
a Veracruz a las once y media de la mañana.
Por la noche viaja en el Mexicano rumbo
a México. No faltan los incidentes:
« Un “mosca” sube en
Córdoba al techo del Pullman, se
fulmina y quema en un túnel, y
lo apagan y bajan en otra estación,
muerto ».
Parece
ser que el telegrama de bienvenida que
le envió Maples Arce, emocionó
particularmente a Reyes, pues deja constancia
de él en su Diario...
Al día siguiente escribe: «
Llegada a México, con familia,
Genaro, Manuel Sierra, De la Torre, Icaza,
Anita, etc. Empiezan mis conferencias
en Relaciones. Voy a la Argentina y, además,
me encargan estudiar lo de la Conferencia
Panamericana para La Habana 1928 ».
Unos cuantos días de paseo por
su natal Monterrey, visita rápida
a Querétaro, regreso a México
y el 3 de junio rumbo a Laredo y Nueva
York. Además de Manuelita y Alfonsito,
va con ellos su perro Alí.
Hacia las dos de la tarde del 11 de junio
embarcan en el Hoboken; barco
pequeño y agradable. Buena cocina.
Poco pasaje y poco divertido. El viaje
es tranquilo... y el 23 ya se ven las
costas de Olinda y Pernambuco...
Durante la travesía le es confirmado,
ya oficialmente, el agréement
como embajador de México en la
Argentina...
Nuestro cazador, como tan acertadamente
lo señaló Gabriela, va hacia
un nuevo destino, pero con la plena satisfacción
de haber logrado subir un escalón
más en su carrera diplomática.
Pasa por Brasil, Uruguay, y el 2 de julio
recibe la cordial acogida del gobierno
argentino.
NOTAS:
1) Consta
en la primera edición de Cortesía,
1948. No pasó a Obras completas,
1959, t. x.
2) Reyes tenía
seguramente la intención de ampliar
estas notas de su viaje a Italia, pero
ante la imposibilidad de hacerlo, retocándolas
un poco, las entrega al Fondo de Cultura
Económica. Aparecieron en la Gaceta
del Fondo en diciembre de 1959, año
de su fallecimiento.
3) « Alfonso
Reyes anecdótico », Ábside,
xxviii, núm. 2, México,
1963, pp. 202-209.
4) Segunda serie: 1909-1954,
México, Tezontle, 1954.
5) Poema dedicado a su hijo cuando muere
su perro. Al ver la tristeza de Alfonsito,
Amigos muy queridos le regalan al Alí,
que será más tarde su fiel
compañero durante los años
de Argentina y Brasil.
6) Valery Larbaud-Alfonso Reyes,
París, Ed. Didier, 1972.
7) Alfonso Reyes, Obras completas,
1959, tomo x.
8) El suicida, Madrid, Col. Cervantes,
1917, p. 126.
9) Llamado más
tarde « Golfo de México »,
Alfonso Reyes, Obras completas,
1959, t. x.
10) Todavía
no se publicaba el Diario de Alfonso
Reyes.
11) Alfonso Reyes,
« La liberación de París
», Los trabajos y los días,
México, 1946, p. 265.
12) Manuel Olguín,
op. cit.
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