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ELOGIO
DE NAPOLEÓN |
| Discurso
pronunciado el 5 de mayo de 1921 en
Los Inválidos |
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Por
el Mariscal |
Ferdinand
Foch (1851–1929) |
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| El
Mariscal Foch |
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Traducción
de Eduardo Garzón-Sobrado |
Discurso
pronunciado el 5 de mayo de 1921 en Los
Inválidos
¡Napoleón!
Si el prestigio de este nombre conquistó
la admiración del mundo, es no menos seguro
que su resplandor crece, a medida que la distancia
del tiempo permite medir la amplitud de la tarea
cumplida.
Ayer, se os mostraba cómo Bonaparte había
ya restablecido la paz, el orden, la autoridad
en una Francia dividida, en una sociedad volteada
por la Revolución, de poderes desplazados,
ama de derechos nuevos, en busca de un equilibrio
y de una estabilidad capaces de sustraerla a un
régimen de estremecimientos repetidos.
En lo que nos concierne, la Revolución
francesa cambió profundamente la esencia
y las proporciones de la guerra: en sus objetivos,
en sus medios, así como en sus procedimientos
y en los sentimientos puestos en juego. A partir
de entonces nuestros ejércitos se baten
por nuestra independencia, y luego por la libertad
de los pueblos. A la lucha se consagran, sin contar,
todos los recursos de la Nación en hombres
y material, son considerables. Nuestros soldados
improvisados luchan por sus opiniones o sus intereses;
su acción individual, ampliamente utilizada,
se substituye a la acción más alineada
y por ende más rígida del rango.
Lleva a esas formaciones en tiradores de una naturaleza
más agresiva y de un rendimiento más
poderoso. Lejos de hacer la guerra de posición
o de lugar para conquistar plazas y adquirir una
provincia, es la destrucción del ejército
enemigo lo que ya persigue la Convención,
por medio de las directivas de Carnot, a fin de
reducir al Gobierno enemigo, de esa forma desarmado,
a la paz que se le quiere imponer.
Cuando Napoleón entra en escena en este
mundo nuevo, ya ha estudiado y comprendido todas
las enseñanzas del pasado sobre el arte
de la guerra, pero sobre todo ha entendido
el alcance de los cambios realizados por la guerra
nacional. Pronto Sieyès dirá de
él: «Sabe hacerlo todo, puede hacerlo
todo, quiere hacerlo todo». Es con una perfecta
maestría de los diferentes elementos del
problema entero como va a trazar con sus fuerzas
un empleo racional, luego, en una sorprendente
actividad, a sacar de él resueltamente
una resultante superior y aplicarla sobre el objetivo
que habrá elegido según el caso,
en una rara amplitud de vistas.
En total, si consolida la Revolución en
el interior organizándola y ajuiciándola,
la explotará en el exterior, lanzando,
a una velocidad vertiginosa, todas las fuerzas
de ésta concentradas en su mano, según
una mecánica siempre ilustrada y razonada.
Por ahí, romperá todos los obstáculos
a una política cada vez más guiada
por el éxito militar, cada vez más
peligrosa por las reacciones que llama.
En principio, su objetivo es el principal ejército
enemigo. Pero, a partir de 1796, contrariamente
a la opinión de Carnot, observador más
estricto de la doctrina, no teme, después
de sus primeros éxitos, encarnizarse contra
el ejército piamontés hasta ponerlo
fuera de causa, antes de encargarse del ejército
principal, el de Austria.
E igualmente, en 1805, atacado por una coalición
de Inglaterra, de Suecia, Rusia y Austria, que
ha colocado su ejército principal en Italia,
bajo el mando de su mejor general, el archiduque
Carlos, porque Austria quiere volver a conquistar
Italia, se cuidará de emplazar ahí
el grueso de sus tropas. En ese punto se defiende
con un ejército reducido y entabla el combate
con el más grande en el valle del Danubio,
para dislocar ahí a la coalición,
vencer a la potencia austriaca en Viena y destruir
las dos fuerzas en Austerlitz.
¡Cuántos ejemplos no hallaríamos
de ese juicio para elegir el objetivo decisivo,
en ese vasto horizonte siempre cargado de intereses
militares y de intereses políticos! En
todo caso, una vez determinada la dirección
a seguir, se trata de vencer a las fuerzas enemigas
que la tienen y, para lograrlo, es él mismo
quien nos dice: «hay
muchos buenos generales en Europa, pero ven demasiadas
cosas, yo no veo más que una, son las masas.
Busco destruirlas, por supuesto que los accesorios
caerán enseguida por ellos mismos».
Y para golpearlos con un golpe certero, buscará
metódicamente el arte de hacer bulto, un
día dado, sobre esa masa enemiga.
¿Hay algo más descriptivo de la
novedad de esta doctrina que la conversación
de Bonaparte con Moreau donde el director Gohier,
en 1799? « Los dos generales que nunca se
habían visto, relata Gohier, parecieron
uno como el otro igualmente halagados de encontrarse.
Se notó que, en esta entrevista, ambos
se contemplaron en silencio un momento. Bonaparte
lo rompió el primero, dando testimonio
a Moreau del deseo que tenía desde hacía
tiempo de conocerle: “llegáis de
Egipto victorioso, le respondió Moreau,
y yo de Italia después de una gran derrota”...
Después de algunas explicaciones sobre
las causas de esta derrota, concluyó: “Era
imposible que nuestro valiente ejército
no fuese agobiado por tantas fuerzas reunidas.
Siempre es el gran número el que vence
al pequeño.
- Tenéis razón,
dijo Bonaparte, siempre
es el gran número el que bate al pequeño.
- Sin embargo, general, con pequeños ejércitos
a menudo habéis vencido a grandes, dije
a Bonaparte.
- Aun en ese caso,
dijo, siempre era el pequeño
número que era vencido por el más
grande. Lo cual le llevó a desarrollarnos
su táctica: “Cuando
con fuerzas menores yo estaba en presencia de
un gran ejército, agrupando con rapidez
la mía, caía como el relámpago
sobre una de sus alas y la desbarataba. Aprovechaba
enseguida el desorden que esta maniobra nunca
dejaba de poner en el ejército enemigo,
para atacarlo en otra parte, siempre con todas
mis fuerzas. La batía así en detalle,
y la victoria que resultaba de ello siempre era,
como lo veis, el triunfo del gran número
sobre el pequeño” ».
Y para crear
la cantidad, para presentar en el campo de batalla
más tropas que el enemigo, en particular
cuando dispone de un ejército menor en
el teatro de las operaciones, utilizará
en una combinación constantemente razonada
de la defensiva por un lado, de la ofensiva en
otros puntos, las propiedades distintas de la
tropa. Sabe en efecto que una tropa reducida es
capaz de resistir a un adversario superior y de
hacerle frente durante un tiempo tanto más
largo cuanto que se ayuda de una posición
naturalmente fuerte o artificialmente reforzada,
del poder de sus fuegos, o que ha organizado metódicamente
sus repliegues. Empleando ampliamente esas condiciones
de refuerzo y asignando a cada destacamento un
rol propio, podrá, durante un tiempo limitado,
reducir al extremo el efectivo de la tropa dedicada
al papel pasivo y aumentar otro tanto los efectivos
consagrados a la acción, mientras que una
fuerte reserva agrupada en la retaguardia permanecerá
constantemente lista para responder a la eventualidad
de un ataque enemigo en un punto de su periferia,
hasta el momento deseado en el que él mismo
se apodera de él y la lanza para terminar,
en masa de choque, sobre el punto en el que quiere
golpear, recuperando así el medio de presentarse
en número superior. En todo momento, y
para alcanzar este resultado, sus sistemas de
fuerzas, ampliamente extendidos para mantener
espacios, están sabiamente articulados
y ligados por medio de enlaces con el jefe, a
fin de poder rápidamente plegarse y conformar
el martillo en su mano.
Esta economía
y este empleo de fuerzas, característicos
de su arte, Napoleón los practicará
tanto en una posición de espera como en
la búsqueda de la batalla.
Así lo veremos, desde 1796, cuando, basado
en las líneas del Adigio y del Mincio,
va a enfrentarse a los ejércitos austriacos,
vencer sucesivamente a tres y, con fuerzas que
no rebasaron jamás los 50,000 hombres,
poner a más de 200,000 fuera de acción.
Así lo vemos en 1800, en la Stradella,
cuando tiende su red para atrapar al austriaco
Melas, al que le dio la vuelta por el San Bernardo
pero al cual aspira a destruir; de ahí
Marengo, que pudo haber quedado como una sorpresa
el 14 de junio, pero que debía concluir
con una victoria el día siguiente.
E igualmente, en 1805, cuando llegado al Danubio
emprende envolver y batir al austriaco Mack cuyas
comunicaciones ha tomado. Y así mismo todavía
cuando, corriendo a Austerlitz, va a llevarse
la inmortal victoria, manteniendo a la vez en
respeto a las fuerzas austriacas de Hungría
y teniéndose en guardia contra una declaración
de guerra de Prusia.
Y así igualmente cuando va a Wagram y que
le es preciso, al mismo tiempo, vigilar a las
tropas austriacas de la orilla derecha del Danubio
y cuidar sus comunicaciones siempre amenazadas.
Pero después de haber montado de tal suerte
su batalla con efectivos superiores, ya sea que
ataque, ya sea que sea atacado, va a elevar el
arte todavía más alto, abordar y
golpear al enemigo en una dirección, la
de sus comunicaciones, que transforma para éste
la derrota en desastre, es Marengo, es Ulm, es
Jena.
Después de haber hecho así de la
guerra en su concepción un arte simple,
dice, -para quien conoce bien la mecánica
de todas sus fuerzas, añadiremos nosotros-
completa su fórmula diciendo que este arte
es todo de ejecución. Se da bien cuenta
en efecto que en semejante ámbito de realización,
el pensamiento no vale más que en la medida
en que es traducido en resultados materiales.
Por esta ejecución,
velará él mismo constantemente,
y de muy cerca: moral del soldado, preparación
y mantenimiento de los efectivos, aprovisionamientos,
municiones, seguridad de las comunicaciones, formación
de bases nuevas, búsqueda y examen de los
informes, dirección y duración de
los movimientos, nada se le escapará, le
pone el ojo a todo pero lo sustraerá a
todos. ¡Asimismo, qué actividad no
imprime por doquier! Por no citar más que
un ejemplo, ¿qué hay más
magnífico que aquella Gran Armada de 1805,
extendida en las costas, de la Somme a Holanda,
hasta los últimos días del mes de
agosto y llegando concentrada al Danubio, en la
retaguardia del ejército austriaco, ya
desde el 6 de octubre, para total sorpresa de
Europa?
Su resolución iguala a su sorprendente
actividad: no se entera hasta el 12 abril de 1809
en la velada, en París, de la entrada en
guerra de Austria, ya vieja de dos días.
Parte seguidamente, llega el 17 a Donauwerth a
un cuartel general vacío de jefes, recoge
inmediatamente él mismo de las estafetas
los informes provenientes de las tropas y dan
testimonio de una gran confusión en sus
movimientos, así como de los progresos
del enemigo en todo el frente. Y tomando de inmediato
en mano la dirección de esta situación
turbada, en un territorio particularmente abierto
y obscuro por su naturaleza boscosa entre el Danubio
y el Isar, va, en menos de seis días, a
reunir sus fuerzas dispersas, arremeter contra
el centro del ejército enemigo, rechazarlo
en huida parte al sur por el Landshut más
allá del Isar, parte a norte por Ratisbona
más allá del Danubio. En múltiples
batallas cuyo coronamiento es Eckmühl, ha,
el 23 de abril, once días después
de su salida de París, puesto fuera de
causa al gran ejército austriaco, y abierto
la ruta de Viena.
En ese ritmo desconcertante, lanza él mismo,
en medio de las tinieblas de una situación
siempre confusa, el rayo de luz que guía
a cada uno de los elementos de su ejército,
y el enemigo, incapaz de asir ningún conjunto,
no ve finalmente más que ataques fulminantes
abatirse sobre él como el relámpago,
demasiado tarde para defenderse de él.
Napoleón corre bien adelante de los eventos
para tomar su dirección, en vez de esperarlos
para sufrirlos. Pero no corre a ciegas; ha, previamente,
hecho un estudio profundizado del terreno y de
las circunstancias en las que va a operar. Tiene
por adelantado los elementos invariables, va a
jugar con ellos si no sobre seguro, siempre con
serio conocimiento. Su improvisación nunca
será arriesgada.
«No
es un genio el que me revela de repente en secreto
lo que tengo que decir o que hacer en una circunstancia
inesperada para los demás, es la reflexión,
la meditación».
Gracias a este poder, el es el alma que anima
tan fuerte a toda la armada, el faro que la ilumina.
Pero cualquiera que sea su alcance, será
rebasada un día y nuestras armas perderán
entonces de su poder cuando nuestros ejércitos
se extiendan de una extremidad a otra de Europa
o lucharán en los vastos teatros de operaciones,
de Rusia y de Alemania.
A esta necesidad
de preparación y de concepción se
une por cierto una imaginación que las
distancias o los obstáculos de la naturaleza
no detienen de ninguna manera.
Si observamos que se muestra como tal a partir
de 1796, a la edad de veintisiete años,
es claramente que la naturaleza le ha dotado extraordinariamente.
Esos dones, los aplica sin contar, a todo lo largo
de su prodigiosa carrera.
De ese modo, traza su paso con una vía
deslumbrante en los fastos guerreros de la humanidad.
Lleva sus Águilas victoriosas de los Alpes
a las Pirámides y de las orillas del Tajo
a las de la Moskova, sobrepasando en su vuelo
las conquistas de Alejandro, de Aníbal
y de César. Así queda como el gran
capitán, superior a cualquier otro por
su prodigioso genio, su necesidad de actividad,
su naturaleza ardiente hasta la intemperancia,
que siempre es favorable a los provechos de la
guerra, pero temible para los equilibrios de la
paz.
Con ello, eleva el arte de la guerra por encima
de las alturas conocidas, pero este arte mismo
le llevará a las regiones del vértigo.
Identificando la grandeza del país con
la suya propia, es por las armas como querrá
arreglar la suerte de las naciones, como si se
pudiera hacer salir la dicha de su pueblo de una
secuencia desde entonces necesaria de victorias,
de sacrificios a pesar de todo dolorosos. ¡Como
si ese pueblo pudiera vivir de gloria y no de
trabajo! ¡Como si las naciones vencidas,
heridas en su independencia, no debieran alzarse
para reconquistarla, poner un término al
régimen en vigor, y presentar ejércitos
pronto fuertes por el número, e invencibles
por el ardor de les da el derecho ultrajado! ¡Como
si en un mundo civilizado, la moral no debiera
tener razón de una potencia hecha únicamente
de fuerza, tan genial como sea!
En esta tentativa, el mismo Napoleón zozobra,
no por haber faltado de genio, sino por haber
tentado lo imposible, por haber emprendido, con
una Francia agotada de todas formas, de doblegar
a sus leyes una Europa instruida por sus desgracias,
pronto enteramente en armas.
Decididamente, el deber sigue siendo común
a todos: por encima de los ejércitos que
comandar victoriosamente, es el país que
servir por su felicidad tal como lo entiende:
es la justicia que respetar por doquier, por encima
de la guerra está la paz.
Decididamente, el hombre mismo más dotado
se pierde, quien, en los saldos de cuentas de
la humanidad, se fía a sus vistas propias
y solo a sus luces, y se aleja de la ley moral
de las sociedades, hechas de respeto del individuo,
de esos principios de libertad, de igualdad y
de fraternidad bases de nuestra civilización
tal como la ha hecho el cristianismo.
Sire, dormid en paz; de la misma tumba trabajáis
siempre por Francia. Ante todo peligro de la patria,
nuestras banderas se agitan por el paso del Águila.
Si nuestras legiones han vuelto victoriosas por
el Arco triunfal que vos habéis construido,
es porque esta espada de Austerlitz había
trazado la dirección mostrándoles
como reunir y guiar las fuerzas que hacen la victoria.
Vuestras magistrales lecciones, vuestra tenaz
labor quedan como ejemplos imprescriptibles. Al
estudiarlas, al meditarlas, el arte de la guerra
se forma cada día más grande. Es
solamente bajo los rayos piadosamente y cuidadosamente
recogidos de vuestra gloria inmortal que las generaciones
lograrán entender, por mucho tiempo aún,
la ciencia de los combates y la maniobra de los
ejércitos, por la causa sagrada de la defensa
del país.