Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
DOBLE SALVAMENTO DE LA REPÚBLICA Y DE LA PAZ CIVIL
EL 18 DE BRUMARIO
Alegoría del 18 Brumario
Óleo de Antoine François Callet (1741-1823).

Por el general (2S)

MICHEL FRANCESCHI
Comendador de la Legión de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico México-Francia

El General Michel Franceschi, Consultor Militar Especial del INMF.
El General Franceschi
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Ben Weider (1923-2008)
PRESENTACIÓN GENERAL
Instituto Napoleónico México-Francia.
Por el Dr. Ben Weider (1923-2008)
Oficial de la Legión de Honor

Fundador de la Sociedad Napoleónica Internacional
Presidente del Comité científico del Instituto Napoleónico México-Francia

En la larga secuencia de eventos explotados por los detractores de Napoleón para mancillar su imagen, el 18 de Brumario figura en excelente lugar. En este evento, el futuro Emperador es muy a menudo presentado como un detestable putchista que derroca al régimen para satisfacer una incoercible ambición personal.
En este ensayo, el general Franceschi bravea una vez más un pensamiento único históricamente correcto para hacer triunfar la verdad.
Situando buen el caso en su contexto general, despeja de él con claridad los aspectos destacados.
Acto salvador de la República, el 18 de Brumario permitió realizar suavemente la vital transición institucional entre un Directorio en descomposición y un Consulado que va a revelarse prodigioso.
Políticamente legítima, esta operación de salud pública no le debe nada a un complot. Fue concebida en la transparencia por personalidades eminentes, conscientes de un peligro mortal inminente y que tomaron valientemente todas sus responsabilidades. Perfectamente legal, su proceso se desarrolló sin la menor efusión de sangre.
Si Bonaparte hubiera sido un hombre de pronunciamiento, no se habría esperado hasta entonces para hacerse del poder. Hubiera podido tentar un golpe de estado ya el 13 de Vendimiario y sobre todo lograrlo a su regreso triunfal de la campaña de Italia.
El aspecto más positivo del 18 de Brumario es el de haber evitado a Francia volverse a hundir en las sangrientas convulsiones de la Revolución hacia las cuales ya se encaminaba inexorablemente.
El advenimiento del Consulado fue de hecho acogido en el entusiasmo general por una opinión pública que gozaba de un juicio más seguro que el de muchos supuestos historiadores.
Le debemos agradecimientos al general Franceschi por resta nueva contribución convincente a la historia de Napoleón.

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

« Ciudadanos, la Revolución está fijada en los principios que la han comenzado, está terminada »
Primer Cónsul Bonaparte, 11 de noviembre de 1799.

El cambio de régimen operado los días 18 y 19 de brumario del año VIII (9 y 10 de noviembre de 1799), brindó a los detractores patentados de Napoleón une buena oportunidad de perjudicarlo, a precio de una grosera falsificación de la Historia, ¡una más!

¡Cuántas tonterías no se han escrito a propósito de este evento salvador! Es de esa fecha que data que el Emperador se habría convertido en un ogro liberticida. Conscientes de la vanidad de pretender derrumbar en su totalidad su memoria, algunos creyeron hábil dividir su vida en dos: Bonaparte el bueno hasta el 18 de brumario, Napoleón el malo enseguida. Incluso se llegó hasta a escribir que el 18 de brumario había inspirado todos los putchs del siglo XX. ¡Si el ridículo pudiera matar, la Historia se habría por fin deshecho de todos los parásitos y falsos historiadores que la contaminan!

Examinemos de cerca el evento a la luz de la situación catastrófica de Francia en 1799.

 

1– EXIGENCIA VITAL DE UN CAMBIO DE RÉGIMEN POLÍTICO

Recordemos primero un dato fundamental del caso: cuando Bonaparte llega a París el 16 de octubre de 1799 viniendo de Egipto, la unción popular ya le está adquirida. Recibido como un mesías, ha sido plebiscitado por las multitudes a todo lo largo de su travesía triunfal del país desde Fréjus.

Su viaje hasta la capital ha suscitado un entusiasmo creciente a cada etapa. En Aviñón, fue acogido por una muchedumbre inmensa frente al hotel al que llega. En Lyon, se han iluminado y engalanado todas las casas. Se ha bailado en las calles disparando cohetes. El teatro ha presentado una pieza de circunstancia en su honor. Y por doquier se han dejado oír los « viva Bonaparte », a menudo seguidos de « que viene a salvar a la Patria ». Y en todas partes igualmente se han elevado quejas contra el Directorio.

Esta fiebre se ha apoderado progresivamente de toda Francia apenas ha sido conocida la noticia de su regreso. En Nevers, conscriptos que se negaban a incorporarse a sus regimientos han cambiado de opinión. En Pontarlier, « republicanos han derramado lágrimas, creyendo soñar », según una crónica de la época…

En París, el alborozo popular ha confinado al delirio. El público de los teatros ha interrumpido los espectáculos para entonar cantos patrióticos. Las fanfarrias de los regimientos, tocando marchas militares, están fuera de las casernas. La « Gazette de France » escribió que « nada iguala la alegría que propaga el regreso de Bonaparte. Es el único evento que, desde hace tiempo, haya vuelto a encender el entusiasmo popular ».

En el Palacio Borbón, el Consejo de los Quinientos, no obstante contestatario como lo veremos pronto, ha aplaudido de pie el anuncio de su regreso con gritos de « viva la República », y levantado la sesión cantando aires patrióticos.

La muchedumbre se había congregado frente a su domicilio en la rue de la Victoire y había entonado una vibrante Marsellesa, entrecortada por clamores de « viva Bonaparte el salvador de la Patria ». Llegada la noche, se han improvisado iluminaciones en todas las calles.

En las innumerables aclamaciones oídas, un leitmotiv ha prevalecido: « viva Bonaparte, abajo el Directorio ». Sin ninguna ambigüedad, Francia inquieta ha enviado un doble mensaje: aspira unánimemente a cambiar de régimen político y es a Bonaparte a quien el pueblo ha confiado esta misión. Nadie puede pues contestar la legitimidad democrática de una intervención de Bonaparte en los asuntos del país. El interesado la concibe como un deber sagrado.

En esta hora crucial de su Historia, Francia carece de razones de aborrecer al Directorio, impotente para superar sus dificultades y moralmente desacreditado. La situación económica es catastrófica, las cajas del estado están absolutamente vacías. A los funcionarios ya no se les paga. El desorden y la corrupción hacen estragos en todos lados. Ni siquiera se conocen los efectivos precisos del ejército, privado desde hace meses de sueldo y de víveres. La anarquía y la inseguridad reinan. Bandas organizadas siembran el terror por doquier, especialmente en los campos. En la región de Aix, han llevado la osadía hasta pillar las valijas de Bonaparte durante su paso… Los enriquecidos del sistema ostentan un lujo insolente, mientras la masa ni siquiera logra alimentarse correctamente.

Un edificante reporte de policía describe los progresos del vicio: « La depravación de la moral, es extrema y la generación nueva está en un gran desorden, cuyas consecuencias infaustas son incalculables para la generación futura. El amor sodomita y el amor sáfico son tan descarados como la prostitución y hacen progresos deplorables ». El « estercolero nacional », tal era la expresión del tiempo para calificar la situación general.

En resumen, en octubre de 1799, Francia se desliza inexorablemente hacia el caos. La situación se aparenta a la del 13 Vendimiario (5 de octubre de 1795), cuando Bonaparte salvó una primera vez la República y la paz civil. Si se quiere evitar una explosión más grave que la de 1789, es primordial cambiar de régimen político con toda urgencia. Cuanto más rápido que en las fronteras, el enemigo, momentáneamente frenado por las recientes victorias de Brune y de Masséna, no espera más que los desórdenes internos para abatirse sobre París.

Este imperativo de cambio es unánime entre los políticos que cuentan en el país. Pero todavía falta hallar el modo operatorio más apropiado…

Con la fuerza que le da su legitimidad popular, Bonaparte lo hará todo para respetar la legalidad republicana.

 

2 – UN PROCESO ESCRUPULOSAMENTE LEGAL

En efecto, Bonaparte rechaza de inicio la solución de un putch militar que algunos le sugieren. Se impone una doble exigencia democrática: la operación debe hacerse con la aprobación de la representación nacional sin efusión de sangre.

Hay que comenzar por no confundir rapidez y precipitación. Como toda batalla militar, la batalla política que se anuncia exige previamente un examen preciso de la situación.

Tres vías de acción se le presentan.

Elimina pronto la alianza con el clan de los « podridos », que encarna Barras, ese viejo golfo a quien se contentará en neutralizar.

La segunda manera de operar consistiría en aliarse con los jacobinos, entre los cuales los generales Jourdan y Augereau gozan de una cierta influencia. Se encuentra con éstos últimos. Conscientes de las relaciones de fuerza, estarían dispuestos a concederle el papel protagónico, al menos en lo inmediato. Pero desconfía de ellos. Con ellos, siempre hay un riesgo de derrape hacia el robespierrismo. Tiene mucho cuidado de no confundir autoridad y autoritarismo. Declina educadamente su propuesta, no sin tranquilizarlos en cuanto a sus convicciones republicanas demostradas en Vendimiario y en Fructidor. Pero desde ese momento debe cuidarse de su activismo y ganarles por la mano, pues se le informa que traman bajo la mesa un golpe para el 20 de Brumario. El famoso negociante Santerre mantiene una amenazante agitación en los suburbios. Sabe además que disponen de una fuerte minoría inquieta en el Consejo de los Quinientos. Va a darse cuenta de ello muy pronto. Entretanto, le encarga a Salicetti tranquilizarlos…

Queda el cambio de régimen por la vía democrática, por iniciativa misma del Directorio. Es la que elige porque concilia en todo el respeto de la Constitución y la voluntad popular. Y para mostrar bien claro que no tiene en la mira más que el interés superior del país, proclama alto y fuerte: « Yo no pertenezco a ninguna camarilla, yo soy de la gran camarilla del Pueblo francés ». Fouché, Talleyrand, Cambacérès y el banquero Collot, le aportan su concurso. Todo lo que cuenta en el microcosmos político insiste en ser recibido por Bonaparte.

Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838)
Retratado en 1815 por Alexi Nicolas Noël.
 
Joseph Fouché, duque de Otranto (1763-1820)
Ministro de la policía general, retrato tardío por un autor anónimo.
 
Abate Emmanuel-Joseph Sieyès (1748-1836)
Quien según Barras, « veía jacobinos por todos lados ». Óleo de J.L. David.

 

Pero aún falta convencer a los cinco directores en funciones: Gohier, presidente en ejercicio del Directorio, el ex abate Sieyès, Ducos, Barras y el general Moulin. Éste último está muy molesto con él. ¿Acaso no propuso a sus colegas, con una ingenuidad consternante, deshacerse de él mandándolo condenar como desertor del ejército de Egipto? Le recordaron prestamente que fueron ellos mismos quienes llamaron de vuelta al « desertor »… Uno se pregunta por cierto por medio de qué artificios este mediocre general sin título de guerra alguno pudo alzarse hasta el puesto de Director. Por el momento, es la sombra de Gohier.

A pesar de la habilidad de Josefina, de quien es pretendiente, el presidente del Directorio se muestra reacio al cambio. Se le comprende, al estar consciente de que no recuperará su sinecura presidencial en un nuevo régimen. Sus intereses personales le hacen olvidar los del país, que le importa un pepino.

Corrupto hasta el tuétano, Barras no es un obstáculo. Una fuerte suma de dinero, entregada por Talleyrand, basta para hacerlo retirarse de la escena.

El insignificante Ducos le es todo devoto a Sieyès, el hombre de la situación.

Viejo caminero de la Revolución de la que es uno de los padres, por cierto regicida, constitucionalista curtido, exento de los escándalos y de la inmoralidad ambiente, Sieyès posee la autoridad y la inteligencia políticas para jugar un papel determinante, sobre todo en el Consejo de lo Antiguos, en donde goza de una gran influencia. Mucho antes de Bonaparte, su incontestable civismo lo ha convencido de la necesidad de un cambio de régimen. Pero su exigente ambición lo inclina naturalmente a jugar el papel principal, con la ayuda de una « espada no muy larga ».

Ha pensado sucesivamente en los generales Jourdan, Joubert y Moreau, sin éxito.

El regreso inopinado de Bonaparte perturba sus planes. Los primeros contactos entre los dos hombres son glaciales, pero, siendo que comparten el mismo objetivo político, están condenados a asociarse.

En lo que concierne a Bonaparte, el cambio de régimen deseado se presentaría mejor si, previamente, obtuviese un puesto de Director. Sin ilusión alguna, lo solicita verbalmente ante el Directorio. Gohier le objeta con una gran sonrisa que la Constitución exige una edad mínima de cuarenta años, cuando él sólo tiene treinta y uno. ¡Pero fuera de eso, se le otorgará el mando militar de su elección! ¡Qué excelente manera de alejarlo bajita la mano! La triquiñuela es demasiado evidente. Elude la propuesta. Pero desde ahora debe precipitar su acuerdo con Sieyès.

Desde hace algún tiempo, Talleyrand y Fouché lo presionan en ese sentido. Roederer comparte la misma opinión con muchos otros de menor importancia. Su hermano Luciano va a desempeñar los buenos oficios. Su accesión el 26 de octubre a la presidencia del Consejo de los Quinientos, constituye un augurio de los más alentadores.

La entrevista decisiva con Sieyès se lleva a cabo en el domicilio de Luciano el 10 de brumario (1° de noviembre). Para dejarle bien clara su superioridad a su interlocutor, Bonaparte toma inmediatamente la dirección de la entrevista, yendo raudamente al grano. A decir verdad, atropella un poco a su interlocutor, para gran sorpresa de Luciano. En la combinación esbozada por Sieyès, solo le estaba destinado el poder militar. Exige formar parte del Gobierno interino. Sieyès se inclina, porque tiene la inteligencia de comprender que ya no puede hacerlo de otra forma, dado que el mayor triunfo se encuentra en la mano de Bonaparte. Finalmente, se ponen de acuerdo en el proyecto siguiente:

 

- Dimisión del Directorio en totalidad o en mayoría.

- Sobre Decreto legal del Consejo de los Antiguos, ya adquirido, translación del Cuerpo Legislativo (Consejo de los Antiguos y Consejo de los Quinientos) al castillo de Saint-Cloud, para constatar el vacío del poder, nombrar un gobierno provisional de tres Cónsules, y designar una Comisión Legislativa encargada de preparar una nueva Constitución, para someterla a la votación del pueblo.

- El Decreto de los Antiguos nombrará al general Bonaparte comandante del ejército encargado de asegurar la seguridad de la transferencia de las cámaras y de sus deliberaciones, contra toda agitación de donde fuera que proviniese. Todavía se teme, en efecto, una insurrección popular fomentada por jacobinos extremistas, de ahí la decisión de la transferencia de las Asambleas a Saint-Cloud, al abrigo de un golpe forzado.

La validez del Decreto exige todavía la contrafirma del Presidente du Directorio. Gohier resiste muchas horas y luego se inclina, añadiendo, enigmático: « Todo se arreglará mañana en Saint-Cloud ».

Así pues, todo se desarrolla de la manera más legal. Queda ahora pasar rápidamente a la ejecución de dicho plan…

Si bien las dimisiones de Sieyès, Ducos y Barras se dan como previsto, Gohier se hace de rogar y no cede hasta el último minuto. Pero desde ese instante el Directorio ha dejado de existir. El poder está vacante. La puerta está abierta al cambio de régimen como quien no quiere la cosa.

Antes de la difusión del Decreto de los Antiguos, Bonaparte se ha asegurado de la participación del general Lefebvre, al mando de la guarnición de París, quien ha jurado « echar al río » en caso de necesidad a esos « abogados de quienes viene todo el mal ». En un impulso de generosidad, Bonaparte le hace don de su sable de Egipto. Compuesto en lo esencial por veteranos de Italia, al ejército en su conjunto ya lo tiene ganado. Sin embargo, a los granaderos de la Guardia del Cuerpo Legislativo, funcionariados, no hay que quitarles el ojo de encima.

Pero no logra convencer de unírsele al general Bernadotte, esposo de su ex novia Désirée Clary, quien le profesa una enemistad íntima que no se desmentirá jamás… Los generales Moreau, Macdonald y Beurnonville se han sumado sin dificultad.

Las tres fases están fijadas. Tras un buen inicio, vamos a asistir a una tragicomedia inesperada.

 

3- LA BURLESCA REACCIÓN CONSERVADORA DEL CUERPO LEGISLATIVO

El Decreto sésamo de los Antiguos llega al domicilio de Bonaparte, rue de la Victoire, el 18 de brumario a las ocho treinta horas. Lo esperaba impacientemente desde el amanecer, rodeado por sus fieles, convocados para asistirlos.

Pieza maestra de la legalidad de la operación, así es como está redactado, en total conformidad con lo que estaba previsto:

« Artículo 1°: el Cuerpo Legislativo es transferido a la comuna de Saint-Cloud. Ambos Consejos se reunirán ahí en las dos alas del palacio.

Artículo 2: se habrán presentado ahí mañana 19 de brumario al medio día. Toda continuación de funciones, de deliberaciones está prohibida en otro lugar y antes de ese tiempo.

Artículo 3: El general Bonaparte está encargado de la ejecución del presente Decreto. Tomará todas las medidas necesarias para la seguridad de la representación nacional.

Artículo 4: El general Bonaparte es llamado al seno del Consejo de los Antiguos para recibir una expedición del presente Decreto y prestar juramento. »

Bonaparte brinca sobre un gran caballo negro de cabeza blanca, un tanto repropio, que le ha prestado el almirante Bruix, según se ha dicho. Y, rodeado por su numerosa escolta de oficiales, se encamina con gran aparato a las Tullerías, en la sala del Consejo de los Antiguos. Ahí, dirige a aquellos honorables parlamentarios las palabras que esperan:

« La República perecía. Lo habéis reconocido. Habéis expedido un Decreto que va a salvarla. Ayudado por todos los amigos de la Libertad, de quienes la han fundado, de quienes la han defendido, yo la sostendré. Los valientes que están bajo mis órdenes comparten mis sentimientos. Habéis expedido la Ley que promete la salvación pública, nuestros valientes sabrán ejecutarla. Queremos una República fundada sobre la Libertad, sobre la Igualdad, sobre los principios sagrados de la representación nacional. ¡La tendremos! ¡Lo juro! »

Su estado mayor recalca después de él: « ¡Lo juramos! ». Las tribunas se derrumban bajo los aplausos.

Deja la sala del Consejo de los Antiguos para inspeccionar a los diez mil soldados reunidos en el jardín. Los generales Moreau, Macdonald y Beurnonville lo acompañan. Se alista para dirigirse a la tropa, cuando percibe a Bottot, un allegado de Barras a quien éste había enviado en otro tiempo a Italia para espiar. Lo empuja ante el frente de las tropas cual víctima expiatoria y la toma con él en términos acusadores, a la atención de la opinión pública: « ¿Qué habéis hecho de esta Francia que os había dejado tan brillante? ¡El robo ha sido erigido como sistema! Se ha librado al soldado sin defensa. ¡Os he dejado la paz, he vuelto a encontrar la guerra! ¡Os he dejado victorias, he vuelto a hallar reveses! ¡Os he dejado millones de Italia, he vuelto a encontrar por doquier leyes espoliadoras y la miseria! ¡Este estado de las cosas no puede durar! Antes de tres meses, nos llevaría al despotismo. ¡Queremos la República asentada sobre las bases de la Igualdad, de la Moral, de la Libertad civil y de la tolerancia política! (…) »

Los fusiles se alzan, las aclamaciones crepitan. Bonaparte salta sobre su caballo para pasar a las unidades en revista, mientras el pobre Bottot huye apenado.

Tras haber leído el Decreto a las tropas, les dirige su arenga acostumbrada: « Soldados, el Decreto extraordinario del Consejo de los Antiguos es conforme a los artículos 102 y 103 del acta Constitucional. Me ha hecho entrega del mando de la ciudad y del ejército. Lo he aceptado para secundar las medidas que va a tomar y que están todas por entero a favor del pueblo. La República está mal gobernada desde hace dos años. Habéis esperado que mi regreso pusiera un término a tantos males. Lo habéis celebrado con una unión que me impone obligaciones que lleno. Cumpliréis con las vuestras y secundareis a vuestro general con la energía, la firmeza, y la confianza que siempre he vito en vosotros ».

Un inmenso grito de « viva Bonaparte » retumbó hasta muy lejos.

En ese 18 de brumario a medio día, todo transcurre todavía muy bien… Tanto más cuanto que, para preparar a los parisinos al evento, carteles compuestos por Roederer y Regnault habían sido fijados durante la noche en los muros de la capital. Despiadados para con el Directorio, proclaman la necesidad de elevar al general Bonaparte a las más altas responsabilidades del país.

Éste último pasa la tarde en las Tullerías, donde, con su estado mayor determina las disposiciones militares para la jornada decisiva del día siguiente. En vista de ahogar en el huevo toda veleidad de disturbios al orden público, serán colocadas tropas a todo lo largo del itinerario que lleva a Saint-Cloud. En el castillo, el dispositivo militar será omnipresente, en medida de hacerle frente a toda eventualidad.

Al final de la tarde, Bonaparte recapitula con los actores principales de la empresa. Lee en su rostro una cierta inquietud, compartida por cierto por Cambacérès. Fouché, Ministro de la Policía, le rinde cuenta de que ha « hecho bajar las barreras de París », es decir que aísla la capital. El propio moderado Sieyès le aconseja ordenar el arresto de una cincuentena de cabecillas jacobinos. Se niega categóricamente. Insiste en la legalidad absoluta de la operación y no quiere atentar en modo alguno contra la libertad de expresión y de movimiento. Se sorprende de todos esos temores. El pueblo les es partidario. ¿Acaso no están en regla en todos los planos de la legalidad? Aún cuando su director se ha mostrado reticente, todo se desarrolla bajo la égida misma del Directorio, sin que ninguna coacción haya sido ejercida sobre quien sea. ¿De qué se trata después de todo, sino del trámite legal y a la chita callando de jerarcas republicanos conscientes de sus responsabilidades nacionales para evitarle a Francia el caos que la amenaza de cerca?

A decir verdad, aún poco curtido en chanchullos de políticos, Bonaparte da muestra en la circunstancia de una gran ingenuidad. Contrariamente a sus asociados, aprecia mal la oposición con la que se va a topar. No puede concebir que el imperativo de la supervivencia de Francia no se imponga a todo responsable político.

Por otra parte, no se da bien cuenta de que el asunto les mina el terreno a los jacobinos y sobre todo amenaza al egoísta corporativismo parlamentario. Pudientes y cebados, envarados en sus uniformes de carnaval, un número demasiado grande de diputados van a preferir sus sinecuras, sus prebendas y sus privilegios a la salvaguarda de la República y a la salvación del país.

Estas dos oposiciones no van a dejar de conjugar sus esfuerzos. ¿De hecho, acaso no se ha cometido una falta táctica dejándoles toda la noche para concertarse antes de la jornada capital de Saint-Cloud? ¿Pero cómo hacerlo de otra forma, salvo a alimentar la acusación de golpe de Estado?

Estos loables escrúpulos democráticos van finalmente a constituir una debilidad funesta, al grado de hacer que todo fracase…

Como previsto, las dos asambleas del Cuerpo Legislativo se presentan en Saint-Cloud en la mañana del 19 de brumario (10 de noviembre), bajo la protección del ejército a todo lo largo del itinerario. Se distingue la pertenencia de los diputados por su uniforme, o más bien por su ridículo atavío. Manto azul ajustado con un cinturón rojo, tocado rojo, manto blanco para los Antiguos. Toga blanca ajustada con un cinturón azul, tocado y manto rojos para los Quinientos.

A su llegada, las salas de deliberación que les están destinadas no están listas. Los Antiguos no ocuparán el Gran Salón hasta las trece horas, los Quinientos la Orangerie a las quince horas.

Este retraso es enojoso. Acrecienta el mal humor de los diputados, de por sí ya exasperados por el impresionante despliegue de fuerzas. Les proporciona así la oportunidad de mostrarse mutuamente las caras. Oyendo algunas conversaciones por aquí y por allá, es bien claro que un buen número de diputados, sin duda debidamente apartados y aconsejados desde el día anterior, se esfuerzan por excitar a sus colegas. Hay manifiestamente agitadores a la obra…

Bonaparte percibe desde su llegada esta tensión imprevista. Todos los caciques políticos consideran un eventual motín popular jacobino, pero no se esperaban en lo más mínimo a una fronda parlamentaria. Echa un vistazo rápido al dispositivo militar alrededor del castillo. Los granaderos de la Guardia del Cuerpo Legislativo están dispuestos en el primer patio, a cargo de la hilera de honor. Las demás tropas se reparten alrededor. Murat ocupa el centro estratégico, la explanada del castillo.

En el espartano gabinete particular que les está reservado, se reúne con Sieyès y Ducos, que le parecen a disgusto. Así tiene la confirmación de que las cosas no van a pasar tan fácilmente como previsto. Esperan charlando a que las Asambleas entren en deliberación. La inquietud es palpable. Se informa discretamente a Bonaparte que Sieyès ha hecho ocultar en el bosque su coche enganchado, listo para salir pintando rápidamente, mientras Talleyrand ha preferido instalarse fuera del castillo en compañía de Collot. ¡Valientes pero no temerarios, estos jerarcas del régimen!

Luciano Bonaparte (1775-1840)
Hermano del Emperador y futuro príncipe de Canino y Musignano, retratado por François-Xavier Favre.

El asunto empieza mal. Los Antiguos, supuestamente ya ganados por entero, tergiversan acerca del respeto de la Constitución, pero las cosas deben poder arreglarse por ese lado. Por el lado de los Quinientos, es inmediatamente un tumulto, incontrolable por su Presidente, su hermano Luciano. Una minoría de diputados sobreexcitados les impone a todos su actitud agresiva. Algunos de ellos se han manifiestamente retrasado en los merenderos próximos al castillo. En medio de los clamores y de las vociferaciones, se las arreglan para adherir a la propuesta de un diputado, que consiste en prestar juramento a la Constitución del año III. No es para nada el objeto de la sesión. De lo que se trata es de asegurar la dimisión del Directorio. Los Quinientos cometen ahí su primera irregularidad. A pesar de su llamada a la orden del día, Luciano no puede oponerse a la adopción de la propuesta. Espera que los ánimos puedan así calmarse un poco… Pero el juramento, nominal y teatral, debe tomar al menos cinco horas… El ayuda de campo Lavalette informa a Bonaparte todo aquello frente a Sieyès. Ambos están de acuerdo en estimar que ya es demasiado.

Como en todas sus batallas pasadas o por venir, cuando la suerte vacila, Bonaparte decide intervenir en persona en el lugar crucial. El moderado Sieyès lo aprueba. Comienza por los Antiguos, Cámara Alta, y de quienes espera que arrastren a los Quinientos. Al presentarse, cruza una unidad de granaderos que hace redoblar los tambores « aux champs » y grita espontáneamente « Viva Bonaparte ». Este encuentro fortuito le da ánimos. Acompañado por algunos granaderos y su secretario Bourrienne, entra en la sala con un paso decidido. Amargado por sus sinsabores por venir, Bourrienne dará más tarde una versión tendenciosa de la escena que sigue, tragada tal cual por los detractores de Napoleón.

Bonaparte se dirige a los Antiguos en estos términos, de modo a poner los puntos sobre las íes: « Representantes del pueblo, si yo hubiera querido usurpar la autoridad suprema, no me habría atenido a las órdenes que me habéis dado, no habría tenido necesidad de recibir esta autoridad del Senado. Os lo juro, representantes del pueblo, la Patria no tiene defensor más celoso que yo. Me brindo todo entero para hacer ejecutar vuestras órdenes. Pero es sobre vosotros solos que reposa su salvación, pues ya no hay Directorio, cuatro de los miembros que formaban parte de él han presentado su dimisión y el quinto ha sido puesto bajo vigilancia por su seguridad. ¡Los peligros son apremiantes, el mal se acrecienta…! »

Se le interrumpe brutalmente invocando el respeto de la Constitución. Así, he aquí electos del pueblo que se desdicen abiertamente, contaminados por el corporativismo de los Quinientos. Para salvar sus privilegios de elegidos, se burlan de la miseria del pueblo y de la salvación del país, refugiándose detrás de la ficción hipócrita de una Constitución unánimemente condenada y escandalosamente escarnecida.

Irritado por esta interpelación, Bonaparte no se deja amorrar y prosigue con un tono vivo: « ¿La Constitución? Es invocada por todas las facciones y ha sido violada por todas ellas. Ya no puede ser para nosotros un medio de salvación porque ya no obtiene el respeto de nadie. ¿La Constitución? ¿No es en su nombre que habéis ejercido todas las tiranías? Y aún hoy es en su nombre que se conspira… ».

Con este comentario, sin duda provocador, la sala se inflama y se divide. El debate se vuelve un enfrentamiento vehemente en una total confusión. En ese ambiente sobrecalentado, los argumentos rebasan el pensamiento. Puesto fuera de sí por este incalificable comportamiento, Bonaparte se deja llevar por observaciones torpes, como la de referirse a sus fieles granaderos…

No solo es inútil sino igualmente malsano proseguir. Antes de retirarse azotando la puerta, seguido por sus compañeros, se las arregla para lograr lanzar su última exhortación: « Os invito a tomar medidas saludables que la urgencia de los peligros ordena imperiosamente. Hallaréis siempre mi brazo para hacer ejecutar vuestras resoluciones ». Los Antiguos van rápidamente a calmarse y a reincorporarse.

Es el turno del Consejo de los Quinientos, ahora, al cual su entorno le desaconseja dirigirse. Sabe pertinentemente que el número de sus adversarios es ahí más importante aún que donde los Antiguos. A pesar de los riesgos que corre, quiere agotar todas las vías de debate democrático, antes de verse obligado a emplear la fuerza de la Ley.

En camino a la Orangerie, cruza al escritor Arnault, que va llegando de París, quien le anuncia que la situación está totalmente tranquila en la capital. Le transmite la recomendación de Fouché, apoyada por Talleyrand, de « forzar » las cosas, en Saint-Cloud.

Su entrada en la Orangerie desencadena instantáneamente un estrépito indescriptible. Es recibido con alaridos de « abajo el dictador » y « fuera de la ley el tirano ». Algunos « viva Bonaparte » logran sin embargo dejarse oír en medio de la batahola general. El tumulto cae entonces en el pugilato entre un cierto número de diputados sobreexcitados y sus granaderos de escolta. Incluso se ve brillar un puñal surgido de una toga de un representante del pueblo, rápidamente neutralizado por el granadero Thomé (como recompensa, Josefina lo invitará a su mesa en compañía de su colega Pourrée quien lo había asistido, y le obsequiará un diamante de diamante de 200 escudos). Está asqueado por el espectáculo lamentable de aquellos diputados empenachados, liados en sus togas, tocados y mantos de mascarada. Olvidadizos de la miseria del pueblo e inconscientes de la situación crítica del país, no tienen en mente más que la defensa egoísta de sus propios privilegios de parlamentarios pudientes y ahítos.

El general Bonaparte en el Consejo de los Quinientos, en Saint-Cloud. Diez de noviembre de 1799
Doble salvamento de la república y de la paz civil ante el peligro inminente del restablecimiento del régimen del Terror por los partisanos anglo-jacobinos inflitrados en los Consejos. En esta imagen, los granaderos Thomé y Pourrée protegen al General Bonaparte ante la amenaza de un atentado mortal por parte de legisladores armados que lo rodean y ya lanzan el anatema terrible de « fuera de la ley », mismo que tuviera razón de Robespierre... Óleo de François Bouchot (1800-1842); Museo del Castillo de Versalles.

Para sacar a Bonaparte de sus garras aceradas, sus granaderos lo levantan y se lo llevan afuera de la sala, donde Luciano va a seguir defendiéndolo lo mejor que puede, con valor, lucidez, dignidad e incluso brío.

Bonaparte encuentra a Sieyès en su gabinete y recobra sus sentidos. Comparten la misma apreciación de la situación. Agrediendo al mandatario de los Antiguos y al querer ponerlo fuera de la ley, los Quinientos acaban de cometer su segundo error, después de su primer rechazo de conformarse a la orden del día prevista. Pero ésta es gravísima. Al tomarla violentamente con la persona de Bonaparte en el ejercicio normal de sus funciones, de las cuales le ha investido el Decreto de los Antiguos, violan muy simplemente una Constitución que pretenden defender.

La sentencia de Sieyès, conservada por la Historia, es inapelable: « Los Quinientos acaban de ponerse fuera de la Ley, os toca ahora a vosotros echarlos fuera de la sala ».

Son casi las diecisiete horas, el día declina. Hay que acabar antes de la noche. En dificultades, Luciano hace llegar a su hermano una nota instándolo a actuar. Para Bonaparte, es preciso en primer lugar poner a Luciano al abrigo. Envía un pelotón de granaderos a la sala de sesiones para escoltarlo hacia él. La situación es entonces tan confusa que Luciano cree que vienen a arrestarlo…

Los dos hermanos se encuentran en la explanada frente a la tropa que el general Sérurier ha comenzado a preparar para la acción con éstos términos: « Los Antiguos se han reunido con Bonaparte, los Quinientos han querido asesinarle ». Parece que la confusión se ha apoderado de una parte del ejército. Gritos provenientes de la Orangerie anuncian la puesta fuera de la Ley inminente de Bonaparte.

Entonces Luciano va a entrar en la Historia… Más veloz que su hermano, salta sobre un caballo y se dirige solemnemente a la tropa, en su calidad de jefe de una Asamblea de la República: « ¡Ciudadanos soldados! El Presidente del Consejo de los Quinientos os declara que la inmensa mayoría de este Consejo está en este momento bajo el terror de algunos representantes del pueblo con estiletes, quienes asedian la tribuna, presentan la muerte a sus colegas y ejecutan las deliberaciones más horrorosas. Os declaro que esos audaces truhanes, sin duda a sueldo de Inglaterra, se han puesto en rebelión contra el Consejo de los Antiguos y han osado hablar de poner fuera de la ley al general encargado de la ejecución de su Decreto (…). Os declaro que ese pequeño número de furiosos se han puesto a sí mismos fuera de la ley por sus atentados contra la libertad de este Consejo (…). Confío a los guerreros el encargo de rescatar a la mayoría de sus representantes, a fin de que, liberada de los estiletes y de las bayonetas, pueda deliberar sobre la suerte de la República. General, y vosotros soldados, y todos vosotros ciudadanos, no reconoceréis por legisladores de Francia más que a quienes van a irse conmigo. En cuanto a los que permanecerán en la Orangerie, ¡que la fuerza los expulse! (…) ».

¡Se trata aquí de una requisición legal de la fuerza pública en debida forma y con todos los requisitos por una autoridad calificada!

Napoleón y los dragones de Sébastiani, que juegan un papel fundamental en la evacuación del Consejo de lo Quinientos. « No necesitamos explicaciones, sabemos que no queréis más que el bien de la República ». Grabado de Jules David (1808-1892).

Gritos de « viva Bonaparte » se elevan. La argumentación indiscutible de Luciano y la convicción con la cual la ha expresado acaban de hacer bascular la situación. Pero Bonaparte le da el último toque a este éxito, tomando la voz a su vez: «Soldados, os he llevado a la victoria, ¿puedo contar con vosotros?». Clamores de « sí » y « viva Bonaparte » se elevan de las filas y aumentan.

Él prosigue, frecuentemente interrumpido por más «viva Bonaparte»: «Agitadores buscan alzar al Consejo de los Quinientos contra mí. ¡Pues bien, los voy a poner en cintura! ¡Desde hace ya bastante tiempo, la Patria está atormentada, pillada, saqueada! ¡Desde hace suficiente tiempo sus defensores son envilecidos, inmolados! (…). Facciosos hablan de restablecer su dominación sanguinaria. ¡He querido hablarles, me han respondido por medio de puñales! (...) Tres veces he abierto las puertas de la República, y tres veces las han vuelto a cerrar (…) »

Las aclamaciones redoblan. Luciano le hace entonces seña de dejar de hablar. Sacando su espada y apuntando al pecho de su hermano, pronuncia entonces este juramento digno de una tragedia antigua: « ¡Os juro atravesar el seno de mi propio hermano si alguna vez atenta contra la libertad de los franceses! ». ¡Es el delirio en las filas!

Bonaparte da entonces al general Leclerc la orden de hacer evacuar la Orangerie. Los tambores baten la carga. Leclerc pasa la puerta e « invita los diputados a retirarse ». Uno o dos entre ellos elevan una tímida protesta, pero apenas Murat ordena: « ¡échenme a todo este mundo fuera! », es una desbandada desaforada y lamentable. Olvidando toda decencia, esos fanfarrones de los Quinientos se dispersan a toda prisa, por la puerta y las ventanas, desvistiéndose de sus hábitos para poder correr más rápido... Tocados y mantos rojos, togas blancas y cinturones azules cubren la Orangerie, los corredores, la explanada, las alamedas y los bosquecillos del castillo.

Son las veinte horas, la farsa se ha terminado.

Poco después, el ayuda de campo Lavalette le lleva a Bonaparte el Decreto de victoria del Consejo de los Antiguos, así redactado: « El Consejo de los Antiguos, en vista de la retirada del Consejo de los Quinientos, decreta lo que sigue: al haber presentado cuatro de los miembros del Directorio ejecutivo su dimisión y estando el quinto bajo estado de vigilancia, será nombrada una comisión ejecutiva provisional, compuesta por tres miembros ».

En virtud de la Constitución, es necesario ahora obtener el aval de los Quinientos. Se despachan estafetas por doquier para congregar a los más posibles en el castillo. Un buen quórum de ellos se presenta, todos apenados. Luciano los reúne en la Orangerie y, por propuesta del diputado Chazal, les hace adoptar el Decreto final, que les va a leer enseguida, hacia la media noche en su gabinete, a Bonaparte, Sieyès y Ducos: « El Cuerpo Legislativo crea provisionalmente una comisión consular ejecutiva, compuesta por los ciudadanos Sieyès, Ducos y de Bonaparte, general, quienes llevarán el nombre de Cónsules de la República ».

Nótese que el hábil Chazal había previamente hecho aprobar a unanimidad una medida financiera que consistía en asegurar el pago de las indemnizaciones de los diputados durante toda la vacante del Parlamento. ¡Si se hubiera empezado por ahí, tal vez se habría podido evitar la mascarada de la Orangerie!

De golpe, oh versatilidad de los hombres, los diputados recalcitrantes se vuelcan en la obsequiosidad, sin duda para buscar hacerse perdonar. Proclaman que « ¡Bonaparte, Murat, Lefebvre, Gardanne y demás generales, se han hecho dignos de la Patria! ».

Última formalidad, Sieyès, Ducos y Bonaparte, se prestan, aliviados, al sacrosanto requisito del juramento de « Fidelidad inviolable a la soberanía del pueblo, a la República francesa una e indivisible, a la igualdad, a la libertad y al sistema representativo ».

Conviene dejar la última palabra al hombre del día, Luciano Bonaparte, que se expresa así en su discurso final a los Quinientos: « Oíd el grito sublime de la posteridad. Si la libertad nació en el juego de Palma de Versalles, fue consolidada en la Orangerie de Saint-Cloud. Los constituyentes de 89 fueron los padres de la Revolución, pero los legisladores del año VIII fueron los padres y los pacificadores de la Patria ».

Por su lado, Bonaparte ha redactado antes de volver a París, la discurso al Pueblo siguiente, reproducida aquí in extenso en su estilo particular:

 

PROCLAMA DEL GENERAL EN JEFE BONAPARTE
EL 19 DE BRUMARIO ONCE DE LA NOCHE

« A mi regreso a París, hallé la división en todas las Autoridades, y el acuerdo establecido en esta única verdad, que la Constitución estaba medio destruida y no podía salvar la libertad.
Todos los partidos vinieron a mí, me confiaron sus proyectos, develaron sus secretos y me pidieron mi apoyo. Me negué a ser el hombre de un partido.
El Consejo de los Antiguos me llamó; respondí a su llamado. Un plan de restauración general había sido concertado por hombres en quienes la Nación está acostumbrada a ver defensores de la libertad, de la igualdad, de la propiedad: este plan demandaba un examen tranquilo, libre, exento de toda influencia y de todo temor. Como consecuencia, el Consejo de los Antiguos decidió la traslación del Cuerpo legislativo a Saint-Cloud; me encargó la disposición de la fuerza necesaria a su independencia. Creí deber a mis conciudadanos, a los soldados que perecen en nuestros ejércitos, a la gloria nacional adquirida a precio de su sangre, aceptar el mando.
Los Consejos se reúnen en Saint-Cloud; las tropas republicanas garantizan la seguridad en el exterior. Pero asesinos establecen el terror en el interior; muchos Diputados del Consejo de los Quinientos, armados con estiletes y armas de fuego, hacen circular a su alrededor amenazas de muerte.
Los planes que debían ser desarrollados, son constreñidos, la mayoría está desorganizada, los Oradores más intrépidos desconcertados, y la inutilidad de toda propuesta sabia evidente.
Llevo mi indignación y mi dolor al Consejo de los Antiguos; le pido asegurar la ejecución de sus generosos designios; le represento los males de la Patria que se los hicieron concebir: se une a mí por medio de nuevos testimonios de su constante voluntad.
Me presento al Consejo de los Quinientos; solo, sin armas, con la cabeza descubierta, tal como los Antiguos me habían recibido y aplaudido; venía a recordar a la mayoría sus voluntades y a asegurarla de su poder.
Los estiletes que amenazaban a los Diputados, son enseguida levantados contra su libertador; veinte asesinos se precipitan sobre mí y buscan mi pecho: los Granaderos del Cuerpo Legislativo, a quienes había dejado en la puerta de la sala, acuden, se interponen entre los asesinos y yo. Uno de aquellos valientes Granaderos (Thomé) es herido de un estiletazo con el cual sus ropas son perforadas. Me llevan de ahí.
En el mismo momento, los gritos de « fuera de la ley » se dejan oír contra el defensor « de la ley ». Era el grito salvaje de los asesinos, contra la fuerza destinada a reprimirlos.
Se apretujan en torno al Presidente, con la amenaza en la boca, armas en mano; le ordenan pronunciar el fuera de la ley: se me advierte; doy la orden de arrancarlo a su furor, y seis Granaderos del Cuerpo legislativo se apoderan de él. Inmediatamente después, Granaderos del Cuerpo legislativo entran a paso de carga en la sala, y la hacen evacuar.
Los facciosos intimidados se dispersan y se alejan. La mayoría, sustraída a sus golpes, regresa libremente y apaciblemente a la sala de sus sesiones, oye las propuestas que debían serle hechas para la salud pública, delibera, y prepara la resolución saludable que debe convertirse en la ley nueva y provisional de la República.
Franceses, reconoceréis sin duda, en esta conducta, el celo de un soldado de la libertad, de un ciudadano entregado a la República. Las ideas conservadoras tutelares, liberales, volvieron a sus derechos por la dispersión de los facciosos que oprimían a los Consejos, y quienes, por haberse vuelto los más odiosos de los hombres, no han dejado de ser los más despreciables ».

 

Hallamos en este texto sintético la narración fiel del evento y, ya desde ahora, la preocupación Napoleón de colocarse siempre por encima de la melé, como unificador de la Nación, al servicio único de Francia…

El país acaba de librarse de una buena. Evita por poco una nueva explosión revolucionaria hacia la cual lo conducía inexorablemente la descomposición del Directorio. La guerra civil que le habría seguido fatalmente hubiera con toda seguridad llamado la invasión extranjera. De hecho, la acogida triunfal reservada al evento por la Nación toda entera no deja ninguna duda sobre su carácter de salvación pública.

¿Entonces el 18 de brumario, un putch, un pronunciamiento, una conspiración, un complot, un golpe de Estado, como se dan gusto machacándolo los despreciadores obstinados de Napoleón? Nada de todo eso, sino simplemente el doble salvamento de la República y de la paz, civil y militar, sacada adelante por un puñado de hombres valientes, que tomaron todas sus responsabilidades para sacar al país de una situación catastrófica. Una vital mutación institucional, tal es la verdadera definición del 18 de brumario.

Aquella noche del 19 al 20 de brumario del año VIII (10 al 11 de noviembre de 1799), se abre en el gran libro de la Historia de Francia, la página sin igual del reino de Napoleón Bonaparte. Sobre las cenizas de una Revolución por fin domada, va a fundar la Francia moderna por medio de una obra civil colosal, eclipsada por su incomparable gloria militar. El prodigioso Consulado va a abrir la vía al fabuloso Imperio.

Casaperta, Octubre de 2005.

Ver también en este sitio: Comentarios del 18 Brumario, por Isis Wirth.