VIEJOS
DE LA VIEJA
15
de diciembre
Por
el tedio echado de mi recámara,
Erraba a lo largo del bulevar:
Hacía un tiempo de
diciembre,
Viento frío, fina lluvia
y neblina;
Y
ahí vi, espectáculo
extraño,
Escapados de la sombría
estancia,
Bajo la llovizna y en el fango,
Pasar espectros en pleno día.
Empero
es de noche cuando las sombras,
En un claro de luna alemán,
En las viejas torres en escombros,
Regresan ordinariamente;
Es
de noche cuando los Elfos
salen
Con su ropaje húmedo
en el borde,
Y bajo los nenúfares
llevan
Su valsador de fatiga muerto;
Es
de noche que tiene lugar la
revista
En la balada de Zedlitz,
Donde el Emperador, sombra
entrevista,
Cuenta las sombras de Austerlitz.
Pero
espectros cerca del Gimnasio,
A dos pasos de las Variétés,
Sin bruma o mortaja que los
vele,
¡Espectros mojados y
enlodados!
Con
sus dientes amarillos por
el tartre,
Su cráneo de musgo
enverdecido,
En París, bulevar Montmartre,
¡Mob mostrándose
en pleno medio día!
La
cosa bien vale que se la mire:
Tres fantasmas de viejos grognards,
En uniformes de la ex-guardia,
¡Con dos sombras de
húsares!
Se
hubiese dicho la litografía
En la cual, dibujados por
un rayo,
Los muertos, que Raffet deifica,
Pasan, gritando: ¡Napoleón!
No
eran los muertos que despierta
El sonido del nocturno tambor,
Sino algunos viejos de la
vieja
Que celebraban el gran regreso.
Desde
la suprema batalla,
Uno a enflaquecido, el otro
ha engordado;
El traje antaño a su
talla,
Es demasiado grande o demasiado
encogido.
Nobles
jirones, andrajo épico,
Santos harapos, que estrella
una cruz,
¡En su ridículo
heroico
Más bellos que mantos
de reyes!
Un
plumaje enervado palpita
En su colbac rojizo y pelado;
Cerca de los agujeros de bala,
la polilla
Ha roído su dolmán
acribillado;
Su
braga de piel demasiado ancho
Hace mil pliegues sobre su
fémur;
Su sable oxidado, pesada carga,
Surca el suelo y bate el muro;
O
bien una gordura grotesca,
Con gran dificultad abotonada,
Hace un retaco, del cual uno
se ríe casi,
Del viejo héroe todo
curtido.
Ne
os burléis de ellos,
camarada;
Saludad más bien quitándoos
el sombrero
A esos Aquiles de una Ilíada
Que Homero no inventaría.
¡Respetad
su cabeza cana!
Sobre su frente por veinte
cielos bronceada,
La cicatriz continúa
El surco que la edad ha hendido.
Su
piel, bizarramente ennegrecida,
Dice al Egipto de cielos quemantes;
Y las nieves de Rusia
Empolvan aún sus cabellos
blancos.
Si
sus manos tiemblan, es sin
duda
Por el frío de la Beresina;
Y si cojean, es que el camino
Es largo del Cairo a Vilna;
Si
están tullidos, es
que en la guerra
Las banderas eran sus únicas
sábanas;
Y si su manga no queda,
Es que una bola de cañón
tomó su brazo.
No
nos mofemos de esos hombres
A los que riendo el chaval
persigue;
Fueron el día del que
somos
La velada y tal vez la noche.
¡Cuando
se olvida, ellos se acuerdan!
Lancero rojo y granadero azul,
Al pie de la columna, vienen
Como al altar de su único
dios.
Ahí,
orgullosos de su largo sufrimiento,
Agradecidos de los males sufridos,
Sienten el corazón
de Francia
Palpitar bajo sus pobres hábitos.
Así
los llantos empapan el reír
Al ver ese santo carnaval,
Esta mascarada de imperio
Pasar como una mañana
de baile;
Y
el águila de la Grande
Armada
En el cielo que llena su impulso,
Desde el fondo de una gloria
exaltada,
¡Extiende sobre ellos
sus alas de oro!
Théophile
Gautier, Émaux
et Camées (Esmaltes
y Camafeos). |