Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
“Los Amigos del INMF” – “Les Amis de l’INMF”
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
EL BRILLO DE SU GLORIA EN EL MUNDO

Por el Comandante

Henry Lachouque
Oficial de la Legión de Honor
Cruz de Guerra 1914-1918

El Comandante Lachouque (1883-1971)
Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador del INMF.
PRESENTACIÓN GENERAL
Por el Profesor
Sir Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia
Insigne cronista napoleónico entre los que más, el comandante Henry Lachouque (1883-1971), exigente historiador, fue un hombre poco dispuesto a informar acerca de su propia persona. Al investigador, respondía con bromas: « ¿Mi biografía? Nací en Francia en la segunda mitad del siglo pasado. Hice estudios extremamente medianos en un establecimiento de la Universidad. No tengo mi certificado de estudios. Hice dos guerras como tantos otros, sin gloria y en balde… Ya no fumo, no soy republicano, ¡y adoro el helado de café! »
Nos enteraremos al menos de que Henry Lachouque egresó de Saint-Cyr en 1805 (¡promoción Austerlitz!), que se dedicó a la historia desde su regreso a la vida civil, en 1921. Y lo que nadie puede ignorar, es que conoció la época imperial como nadie, que la casa del Emperador Napoleón en Santa Helena fue salvada de la destrucción gracias a él, que fue el editor de las « Memorias de Marchand », que develó el « secreto de Waterloo », que podía hablar de la Guardia Imperial como si hubiera formado parte de ella...
En sus obras, escritas con una pluma incisiva, brillante, animaba la imagen del « hombre a quien nadie se le parece. »
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©
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El Desfile Nocturno
Litografía de Auguste Raffet (1804-1860).

Acaba de morir a lo lejos… Su historia llena de gloria se apodera de las imaginaciones.

Acordaos: Montenotte, las brazadas de banderas; Árcole, la loca bravía en la metralla; una escena triunfal que Gros nos ha guardado; el Oriente, las Pirámides, el sol, el espejismo, el llamado de Francia; Brumario; los Alpes atravesados « sobre un caballo fogoso »; las Águilas, la Coronación; Milán, la corona de hierro; Austerlitz; Jena; el asombro de los burgueses de Berlín; el vivaque de Astorga; Wagram; la hija de los Emperadores: « ¡El porvenir es mío! ».

El porvenir es de Dios.

El desastre es tan prodigioso como glorioso: Moscú en llamas, la batalla de las Naciones, el rayo de Montmirail y los adioses - El vuelo del Águila, Waterloo, el Océano... Aquí yace... sin nombre. El pueblo y los soldados ebrios de gloria. Y ese mundo de rodillas en la admiración - ¿Por qué?

En Berlín, se amontonan en la Universidad donde el jurisconsulto Gans trata durante dieciocho meses acerca de Napoleón. En Galicia, se reza: « Te saludo, Francia, llena de gloria, Napoleón está contigo ». En Corfu, brillan cirios ante su imagen. Ucrania le llama su « liberador » y ¡Georgia le llama a su socorro contra el Zar! En las ventas de Castilla, Quinet encuentra imágenes singulares. Poniatowski a caballo remplaza a Santiago; « Su leyenda corre junto a la del Cid ».

Lady Stanhope, la sobrina de Pitt a quien amó apasionadamente sir John Moore, dijo al conde Marcellin: « He dejado Europa desde hace diez años y para siempre; ¿que queréis que extrañe de ella? ¡Naciones envilecidas y reyes imbéciles! »

Un sólo hombre era digno de comandar a los árabes como al mundo; los reyes de Europa lo exiliaron...

Más lejos: Gobineau lo halla donde los persas, sentado en un trono, con el tadj de tres picos sobre la cabeza, sus mariscales, de brazos cruzados, atrás de él. Se le encuentra en las pagodas de Indochina, de China, entre los Budas. En Japón, dos ingleses encuentran una historia ilustrada de Napoleón : ¡en ocasión de su boda con María Luisa, hace rostizar al embajador de Inglaterra! En la Patagonia, el Inca de blanca barba, al naturalista d’Orbigny, le dice, ante un retrato de Napoleón: « Permite que te bese ya que tú has visto a ese semidiós, puesto que le has hablado »... Los indígenas de Nueva Zelanda llaman a su jefe « Napulo Ponapát ». Radama, rey de los hovas, ordena en Inglaterra, para su uso personal, un traje verde, un sombrerito, botas, nombra mariscal al sargento francés Robin porque ha servido a Napoleón, su « modelo », « el ejemplo » que quiere seguir.

¿Acaso Napoleón fabricó su leyenda en aquellos países lejanos? ¿Invitó a los poetas del mundo a cantar su gloria? A propósito de la entrada del Emperador a Düsseldorf, sobre su caballo gris, Henri Heine escribe: « Si yo hubiese sido el príncipe real de Prusia, hubiese envidiado la suerte de ese pequeño caballo ». Luego escucha sus « Dos Granaderos » regresando a Francia después de Waterloo... La Cruz de Honor, con su listón rojo, tú me la pondrás sobre el corazón; me pondrás el fusil en la mano... es así como quiero quedarme en la tumba, como un centinela hasta el día en que retumbe el rugido del cañón en el galope de los caballos. Entonces el Emperador pasará a caballo sobre mi tumba al sonido de los tambores y de los choques de los sables; y yo saldré todo armado de la tumba para defenderlo. ¡Él! ¡Él! ¡El Emperador! ¡El Emperador!

Piezas de un juego de ajedrez chino decimonónico.

« Napoleón dijo “despiértate Iliria”. Y ésta se despierta, suspira: ¿Quién me llama a la luz? », canta el poeta Vodnik.
Para Mickiewitz, él es el Mesías, escribe Edouard Driault: « Hacer tal obra, era continuar la obra de Jesucristo: ¡ya no era suficiente enseñar, predicar a Dios, hacía falta la acción! »
Y si se siguen las « huellas de Napoleón » a través del romanticismo, como lo hizo Stendhal, uno se detiene ante la Revista de Media Noche cantada por Zedlitz, a la manera del Apocalipsis y fijada por Raffet.

En la noche, hacia la duodécima hora, el tambor deja su tumba, hace la ronda con su instrumento... las manos sin carne golpean con ambos palillos, redoblan marcando el despertar y la retirada. El tambor resuena con sonidos extraños que hacen levantarse a los soldados muertos desde hace largo tiempo... Y aquellos que en el norte lejano quedaron entumecidos en la nieve.
Y aquellos que yacen en la tierra caliente de Italia.
Y los que duermen en el limo del Nilo o en la arena del desierto de Arabia.
Y hacia la duodécima hora, la trompeta deja su tumba: hace sonar su instrumento y retiene a su caballo que bufa y roe los frenos.

Entonces acuden sobre sus caballos fantasmas todos los jinetes muertos desde hace largo tiempo; son los viejos escuadrones antaño cubiertos de sangre de las batallas y que han retomado sus armas cuyo choque escuchamos.
Los cráneos blancos brillan bajo los cascos, y las manos esqueléticas levantan los sables.

Y hacia la hora duodécima, el Emperador sale de su tumba, y cabalga lentamente rodeado por su estado mayor.

El Despertar
Litografía de Auguste Raffet (1804-1860).
Lleva su sombrerito, su traje sin ornamento, su espada al lado. El pálido brillo de la luna se extiende sobre la vasta llanura.
El hombre del sombrerito pasa revista de sus tropas.
 

Los soldados le presentan las armas, luego todo el ejército desfila, música al frente, por regimientos. Los mariscales, los generales, hacen un círculo alrededor del Emperador. Éste dice una palabra muy bajito al oído más próximo.
Y la palabra pasa, de boca en boca hasta las líneas más alejadas.

- ¡El grito de guerra es Francia! ¡Y la palabra de llamado es Santa Helena!

Es la revista de los Campos Elíseos que el Emperador muerto pasa hacia la duodécima hora.

Vayan una noche a Waterloo; deténganse delante del montículo del León, de cara al sur y escuchen...
Cuando las doce campanadas de la media noche suenen en el campanario de Braine-l’Alleud, comprenderán por qué la Revista nocturna es la expresión romántica más impactante tal vez de la leyenda creada por la imaginación popular en torno a Napoleón.

Comandante Lachouque.

Resurrección, por L. Beraud.