Acaba
de morir a lo lejos… Su historia
llena de gloria se apodera de las
imaginaciones.
Acordaos:
Montenotte, las brazadas de banderas;
Árcole, la loca bravía
en la metralla; una escena triunfal
que Gros nos ha guardado; e1 Oriente,
las Pirámides, el sol, el espejismo,
el llamado de Francia; Brumario; los
Alpes atravesados «sobre un
caballo fogoso»; las Águilas,
la Coronación; Milán,
la corona de hierro; Austerlitz; lena;
el asombro de los burgueses de Berlín;
el vivaque de Astorga; Wagram; la
hija de los Emperadores: «¡El
porvenir es mío!».
El
porvenir es de Dios.
El
desastre es tan prodigioso como glorioso:
Moscú en llamas, la batalla
de las Naciones, el rayo de Montmirail
y los adioses -El vuelo del Águila,
Waterloo, el Océano... Aquí
yace... sin nombre. El pueblo y los
soldados ebrios de gloria. Y ese mundo
de rodillas en la admiración-
¿Por qué?
En
Berlín, se amontonan en la
Universidad donde el jurisconsulto
Gans trata durante dieciocho meses
acerca de Napoleón. En Galicia,
se reza: «Te saludo, Francia,
llena de gloria, Napoleón está
contigo». En Corfu, brillan
cirios ante su imagen. Ucrania le
llama su «liberador» y
¡Georgia le llama a su socorro
contra el Zar! En las ventas de Castilla,
Quinet encuentra imágenes singulares.
Poniatowski a caballo remplaza a Santiago;
«Su leyenda corre junto
a la del Cid».
Lady
Stanhope, la sobrina de Pitt a quien
amó apasionadamente sir John
Moore, dijo al conde Marcellin: «
He dejado Europa desde hace diez
años y para siempre; ¿que
queréis que extrañe
de ella? ¡Naciones envilecidas
y reyes imbéciles! »
Un
solo hombre era digno de comandar
a los Árabes como al mundo;
los Reyes de Europa lo exiliaron...
Más
lejos: Gobineau lo halla donde
los persas, sentado en un
trono, el tadj de tres picos
sobre la cabeza, sus mariscales,
de brazos cruzados, atrás
de él. Se le encuentra
en las pagodas de Indochina,
de China, entre los Budas.
En Japón, dos ingleses
encuentran una historia ilustrada
de Napoleón: ¡En
ocasión de su boda
con María Luisa, hace
rostizar al embajador de Inglaterra!
En la Patagonia, el Inca de
blanca barba, al naturalista
d'Orbigny, le dice, ante un
retrato de Napoleón:
«Permite que te
bese ya que tú has
visto a ese semidiós,
puesto que le has hablado»...
Los indígenas de Nueva
Zelanda llaman a su jefe «Napulo
Ponapát».
Radama, rey de los Hovas,
ordena en Inglaterra, para
su uso personal, un traje
verde, un sombrerito,
botas, nombra mariscal al
sargento francés Robin
porque ha servido a Napoleón,
su «modelo», «el
ejemplo» que quiere
seguir.
¿Acaso
Napoleón fabricó
su leyenda en aquellos países
lejanos? ¿Invitó
a los poetas del mundo a cantar
su gloria? A propósito
de la entrada del Emperador
a Dusseldorf, sobre su caballo
gris, Henri Heine escribe:
«Si yo hubiese sido
el príncipe real de
Prusia, hubiese envidiado
la suerte de ese pequeño
caballo». Luego
escucha sus «Dos
Granaderos» regresando
a Francia después de
Waterloo... La Cruz de
Honor, con su listón
rojo, tú me la pondrás
sobre el corazón; me
pondrás el fusil en
la mano... es así como
quiero quedarme en la tumba,
como un centinela hasta el
día en que retumbe
el rugido del cañón
en el galope de los caballos.
Entonces el Emperador pasará
a caballo sobre mi tumba al
sonido de los tambores y de
los choques de los sables;
y yo saldré todo armado
de la tumba para defenderlo.
¡Él! ¡Él!
¡El Emperador! ¡El
Emperador!
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| Piezas
de un juego de ajedrez
chino decimonónico
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«Napoleón
dijo “despiértate Iliria”.
Y ésta se despierta, suspira:
¿Quién me llama a la
luz?», canta el poeta Vodnik.
Para Mickiewitz, él es el Mesías,
escribe Edouard Driault: «Hacer
tal obra, era continuar la obra de
Jesucristo: ¡ya no era suficiente
enseñar, de predicar a Dios,
hacía falta la acción!»
Y si se siguen las «huellas
de Napoleón» a través
del Romanticismo, como lo hizo Stendhal,
uno se detiene ante la Revista
de Media Noche cantada por
Zedlitz, a la manera del Apocalipsis
y fijada por Raffet.
En
la noche, hacia la duodécima
hora, el tambor deja su tumba,
hace la ronda con su instrumento...
las manos sin carne golpean
con ambos palillos, redoblan
marcando el despertar y la
retirada. El tambor resuena
con sonidos extraños
que hacen levantarse a los
soldados muertos desde hace
largo tiempo... Y aquellos
quienes en el norte lejano
quedaron entumecidos en la
nieve.
Y aquellos que yacen en la
tierra caliente de Italia.
Y los que duermen en el limo
del Nilo o en la arena del
desierto de Arabia.
Y hacia la duodécima
hora, la trompeta deja su
tumba: hace sonar su instrumento
y retiene a su caballo que
bufa y roe los frenos.
Entonces
acuden sobre sus caballos
fantasmas todos los jinetes
muertos desde hace largo tiempo;
Son los viejos escuadrones
antaño cubiertos de
sangre de las batallas y que
han retomado sus armas de
las cuales escuchamos el choque.
Los cráneos blancos
brillan bajo los cascos, y
las manos esqueléticas
levantan los sables.
Y
hacia la hora duodécima,
el Emperador sale de su tumba,
y cabalga lentamente rodeado
por su estado mayor.
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| El
Despertar.
Litografía
de Raffet.
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Lleva
su sombrerito, su traje
sin ornamento, su espada al
lado. El pálido brillo
de la luna se extiende sobre
la vasta llanura.
El hombre del sombrerito
pasa revista de sus tropas. |
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Los
soldados le presentan las armas, luego
todo el ejército desfila, música
al frente, por regimientos. Los mariscales,
los generales, hacen un círculo
alrededor del Emperador. Éste
dice una palabra muy bajito al oído
más próximo.
Y la palabra pasa, de boca en boca
hasta las líneas más
alejadas.
-
¡El grito de guerra es Francia!
¡Y la palabra de llamado es
Santa
Helena!
Es
la revista de los Campos Elíseos
que el Emperador muerto pasa hacia
la duodécima hora.
Vayan
una noche a Waterloo; deténganse
delante del montículo del León,
de cara al sur y escuchen...
Cuando las doce campanadas de la media
noche suenen en el campanario de Braine-l’Alleud,
comprenderán porqué
la Revista nocturna es la
expresión romántica
más impactante tal vez de la
leyenda creada por la imaginación
popular entorno a Napoleón.
Comandante
Lachouque.
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| Resurrección,
por L. Beraud.
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