Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
Extractos de El Médico Rural
ÉL, EL EMPERADOR
 
« Nostalgia y recuerdo »
Dibujo de Nicolas-Toussaint Charlet (1792-1845).

Por

Honorato de Balzac

Honorato de Balzac
Traducción y notas del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador de la Francósfera México-Francia.
Napoleón es uno de los principales personajes de La Comedia humana, y sin duda nunca fue mejor retratado por Balzac, ni halló más intensamente el escritor el sentido profundo de la epopeya imperial que en su obra « El Médico rural » (Le Médecin de campagne [1833]), de donde extraemos un hermoso y emotivo pasaje en el cual el viejo Goguelat, un antiguo grognard de la Guardia en los tiempos heroicos, relata, muy a su manera, la historia de Napoleón, y sobre todo nos cuenta « al Emperador ».

¡Contadnos al Emperador! Gritaron juntas múltiples personas.
- Lo queréis, respondió Goguelat. ¡Eh! Bien, veréis que no significa nada cuando es dicho al paso de carga.
Prefiero contaros toda una batalla. ¿Queréis Champ-Aubert (1), cuando ya no había cartuchos, y donde igual tuvimos que darnos con la bayoneta?
- ¡No! ¡El Emperador! ¡El Emperador!

El soldado de infantería se levantó de su bota de heno, paseó sobre la asamblea esa mirada negra, toda cargada de miseria, de eventos y de sufrimientos que distingue a los viejos soldados. Tomó su gabán por los dos faldones del frente, los levantó como si se tratase de recargar el saco en el que antaño estaban sus pingajos, sus zapatos, toda su fortuna; luego se apoyó el cuerpo sobre la pierna izquierda, avanzó la derecha y cedió de buen grado a los deseos de la asamblea. Después de haber echado sus cabellos grises de un solo lado de su frente para descubrirlo, elevó la cabeza al cielo a fin de ponerse a la altura de la gigantesca historia que iba a decir.

- Veis, amigos míos, Napoleón nació en Córcega, que es una isla francesa calentada por el sol de Italia, en donde todo hierve como en una hornaza, y en donde se matan unos a otros, de padre a hijo, a propósito de nada; una idea que ellos tienen (2).
Para comenzar lo extraordinario de la cosa, su madre, que era la más bella mujer de su tiempo y una astuta, tuvo la reflexión de encomendarle a Dios, para hacerle escapar a todos los peligros de su infancia y de su vida, porque había soñado que todo el mundo estaba en llamas el día de su parto. ¡Era una profecía!
Entonces pide que Dios le proteja, a condición de que Napoleón restablezca su santa religión, que entonces estaba por tierra.
He ahí que estaba convenido, y eso se vio (3).

Ahora seguidme bien, y decidme si lo que vais a oír es natural.

Es seguro y cierto que solo un hombre que había tenido la imaginación de hacer un pacto secreto podía ser susceptible de pasar a través de las líneas de los demás, a través de las balas, las descargas de metralla que nos barrían como moscas, y que le tenían respeto a él. Tuve la prueba de ello, yo particularmente, en Eylau. Le veo todavía, sube sobre una altura, coge su telescopio, mira su batalla y dice: ¡esto va bien! Uno de mis intrigantes empenachados que le molestaban considerablemente y le seguían por doquier, aún mientras comía, según nos dijeron, se quiere pasar de listo, y toma el lugar del Emperador cuando él va.
¡Ah! ¡Barrido! No más penacho. Oís bien que Napoleón se había comprometido a guardar su secreto para él solo. He aquí porqué todos los que le acompañaban, hasta sus amigos particulares, caían como nueces: Duroc, Bessières, Lannes, todos hombres fuertes como barras de acero y que él fundía a su uso. En fin, prueba que era el hijo de Dios, hecho para ser el padre del soldado, es el que nunca se le vio ni teniente ni capitán (4). ¡Ah! Pues sí, de jefe de inmediato.
No tenía el aspecto de tener más de veintitrés años, y ya era viejo general, desde la toma de Tolón, donde comenzó por hacerle ver a los demás que no entendían nada de maniobrar los cañones. Para entonces, nos cae todo flacucho y general en jefe del ejército de Italia que estaba falto de pan, de municiones, de zapatos, de trajes, un pobre ejército desnuda como un gusano.
« Amigos míos, que dice, henos aquí juntos. Ahora metéos en la cholla que de aquí a quince días seréis vencedores, estaréis vestidos con ropa nueva, que tendréis todos capotas, buenas polainas, y estupendos zapatos; pero, hijos míos, hay que marchar para ir a tomarlos en Milán, donde hay ». Y caminamos. El francés, aplastado, plano como una chinche, se yergue. Éramos treinta mil va-nu-pieds (5) contra ochenta mil alemanes matasietes (6), todos hombres hermosos bien equipados, que todavía veo. Entonces Napoleón, que no era entonces más que Bonaparte, nos insufla no sé qué en el vientre. Y caminamos de noche, y caminamos de día, y que les damos en Montenotte, corremos a aporrearles en Rívoli, Lodi, Árcole, Millesimo, y no les soltamos. El soldado se aficiona a ser vencedor. Entonces Napoleón los envuelve a esos generales alemanes que no sabían dónde meterse para estar gusto, los enrolla muy bien, les sisa a veces diez mil hombres de un solo golpe rodeándooslos con mil quinientos franceses que hacía cundir a su manera. Finalmente, les quita sus cañones, víveres, dinero, municiones, todo lo que tenían útil de tomar, os los echa al agua, les bate en las montañas, les muerde en el aire, los devora en la tierra, los zurra por doquier. He aquí tropas que se reponen; porque, veis, el Emperador, que era también un hombre entendido, se hace ver bien por el habitante, al que dice que vino para libertarlos. Entonces, el paisano (7) nos alberga y nos quiere, las mujeres también, que eran mujeres muy juiciosas. Fin final, en ventoso de 96, que era en aquel tiempo el mes de marzo de hoy, estábamos acorralados en un rincón del país de las marmotas; pero después de la campaña, henos aquí amos de Italia, como Napoleón lo había predicho. Y para el mes de marzo siguiente, en un solo año y dos campañas, nos pone a la vista de Viena: todo estaba bosquejado. Nos habíamos acabado tres ejércitos sucesivamente diferentes y dejado empleo a cuatro generales austriacos entre los cuales un viejo que tenía los cabellos blancos y que quedó frito como una rata en los tapetes, en Mantua (8). ¡Los reyes pedían piedad de rodillas! La paz se había ganado. ¿Un hombre habría podido hacer eso? No. Dios le ayudaba, es seguro. Se subdividía como los cinco panes del Evangelio, comandaba la batalla del día, la preparaba de noche, que los centinelas le veían siempre yendo y viniendo, y no dormía ni comía. En ese entonces, reconociendo esos prodigios, el soldado te lo adopta por su padre. ¡Y adelante! Los demás, en París, viendo eso, se dicen: « ¡he aquí un peregrino que parece tomar sus consignas en el cielo, es singularmente capaz de apoderarse de Francia; hay que soltarlo en Asia o en la América, tal vez se contente con ello! » Estaba escrito para él como para Jesucristo. El hecho es que se le da orden de hacer facción en Egipto. He ahí su parecido con el hijo de Dios.

Puntuando su discurso con «¡Ha! Eso, amigos míos, ¿creéis que era natural?», Goguelat narra la expedición de Egipto, el 18 de Brumario, las grandes campañas de 1805 a 1814. Luego, trata el tema de la caída:

(...) Finalmente los generales, de quienes había hecho sus mejores amigos, le abandonan por los Borbones, de quienes nunca habíamos oído hablar. Entonces nos dice adiós en Fontainebleau. « ¡Soldados!... » Todavía le oigo, nosotros llorábamos todos como verdaderos niños; las águilas, las banderas estaban inclinadas como para un entierro, pues se los puedo decir, era el funeral del Imperio y sus ejércitos pimpantes ya no eran más que esqueletos. Entonces nos dijo desde lo alto de la escalinata de su castillo: « Mis hijos, estamos vencidos por la traición, pero nos volveremos a ver en el cielo, la patria de los valientes. Defended a mi pequeño que os confío: ¡Viva Napoleón II!
Tenía la idea de morir, y para no dejar que se viera a Napoleón vencido, toma veneno como suficiente para matar a un regimiento, porque, como Jesucristo antes de su pasión, se creía abandonado de Dios y de su talismán; pero el veneno no le hace nada. ¡Otra cosa! Se reconoce inmortal. Seguro de su situación y de ser siempre emperador, va a una isla durante algún tiempo para estudiar el temperamento de éstos (9), que no dejan de hacer tonterías sin fin. Mientras montaba su guardia, los chinos y los animales de la costa de África, berberiscos y otros que no son nada cómodos, tan le creían otra cosa que un hombre, que respetaban su pabellón diciendo que tocarlo, era vérselas con Dios. Reinaba sobre el mundo entero, mientras éstos le habían echado de su Francia. Entonces se embarca en la misma cáscara de nuez de Egipto, pasa en las barbas de los navíos ingleses, pone pie en Francia, Francia le reconoce, el santo cucú (10) emprende el vuelo de campanario en campanario, toda Francia grita: « ¡Viva el Emperador! ».
Y por aquí el entusiasmo por esta maravilla de los siglos fue sólido, el Dauphiné se comportó muy bien; y yo estuve particularmente satisfecho de saber que aquí se lloraba de dicha al volver a ver su gabardina gris.

El primero de marzo, Napoleón desembarca con doscientos para conquistar el reino de Francia y de Navarra, que, el 20 de marzo, se había vuelto a convertir en el Imperio francés. El Hombre se hallaba ese día en París, tras haber recorrido todo había retomado su querida Francia, y recogido a sus soldados no diciéndoles más que dos cosas: « ¡Heme aquí! ». ¡Es el milagro más grande que ha hecho Dios! ¿Antes de él, había un hombre ganado jamás un imperio solo mostrando su sombrero? ¿Y se creía a Francia vencida? Nada de eso.
A la vista del águila, un ejército nacional se vuelve a hacer, y marchamos todos hacia Waterloo. Entonces, ahí, la Guardia muere de un solo golpe. ¡Napoleón en la desesperación se lanza tres veces frente a los cañones enemigos a la cabeza del resto, sin hallar la muerte! ¡Nosotros vimos eso! He aquí la batalla perdida.
En la noche el Emperador llama a sus viejos soldados, quema en un campo lleno de nuestra sangre sus banderas y sus águilas: esas pobres águilas, siempre victoriosas, que gritaban en las batallas: ¡Adelante! Y que habían volado sobre toda Europa, fueron salvadas de la infamia de ser del enemigo. Los tesoros de Inglaterra no podrían solo darle la cola de un águila. ¡Ya nada de águilas! Lo demás es suficientemente conocido.

El Hombre rojo (11) se pasa con los Borbones como el bribón que es. Francia está apabullada, el soldado ya no es nada, se le priva de lo que se le debe, se le envía a su casa para tomar en su lugar nobles que ya no podían caminar, qué lástima daba.
Y se apoderan de Napoleón por traición, los ingleses los incomunican en una isla del gran mar, en un peñón elevado diez mil pies por encima del mundo. Fin final, se ve obligado a quedarse ahí, hasta que el Hombre rojo le devuelva su poder para la dicha de Francia.

¡Estos dicen que está muerto! ¡Ah! ¡Pues sí, muerto! Se ve claro que no le conocen. Repiten esa patraña para engañar al pueblo y hacer que se esté tranquilo en su barraca de gobierno. Escuchad. La verdad de todo es que sus amigos le dejaron solo en el desierto, para satisfacer una profecía hecha acerca de él, pues olvidé enseñaros que su nombre de Napoleón quiere decir el león del desierto. Y he aquí lo que es cierto como el Evangelio. Todas las demás cosas que oiréis decir sobre el Emperador son tonterías que no tienen forma humana. Porque, lo veis, ¡no es al hijo de una mujer que Dios habría dado el derecho de trazar su nombre en rojo como él escribió el suyo sobre la tierra, que se acordará de él siempre! ¡Viva Napoleón, el padre del pueblo y del soldado!

Honorato de Balzac, « El Médico rural » (Le Médecin de campagne); capítulo III: El Napoleón del pueblo.

NOTAS:

1. Batalla de la Campaña de Francia, el 10 de febrero de 1814.
2. Balzac escribió La Vendetta.
3. A1usión al Concordato de 1801.
4. De hecho, Napoleón era capitán en Tolón, pero su ascensión fue efectivamente muy rápida.
5. Literalmente, los « va-descalzo », nombre dado a los soldados de los ejércitos revolucionarios, que peleaban aún estando a menudo en harapos y sin calzado.
6. En el original fendants: bravucones, fanfarrones.
7. En el original péquin: el civil, en el argot militar.
8. Se trata de Wurmser que tuvo que capitular en Mantua.
9. Los Borbones.
10) El cucú: nombre que daban los soldados al Águila Imperial.
11) Ese « Hombre rojo », era un extraño fantasma que desde la época de Catalina de Médicis merodeaba en el palacio de las Tullerías, apareciéndosele durante cientos de años a los soberanos e incluso a veces haciendo profecías. Como Catalina, la reina María Antonieta lo había visto durante su cautiverio, Carlos X durante la Restauración, su hermano Luis XVIII lo haría poco antes de morir...
En cuanto al Emperador, poco antes de Waterloo, se había retirado a su recámara para descansar un rato; estaba sentado en su sofá después de haber circulado a través de toda la pieza, cuando sintió una especie de torpor invadir sus miembros y paralizarlo en el punto mismo. Enseguida, vio una neblina roja que llenaba el cuarto, y, a través de ella, vio a un hombre que portaba un gorro de lana semejante al gorro frigio. Antes de haber podido emitir el menor sonido, la visión se había desvanecido.