| ÉL,
EL EMPERADOR |
| Extractos
de El Médico Rural |
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«
Nostalgia y recuerdo »
Dibujo
de Charlet |
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por |
Honorato
de Balzac |
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| Honorato
de Balzac |
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Traducción
y notas del Instituto Napoleónico
México-Francia |
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| Napoleón
es uno de los principales personajes
de La Comedia humana,
y sin duda nunca fue mejor retratado
por Balzac, ni halló
más intensamente el escritor
el sentido profundo de la epopeya
imperial que en su obra «
El Médico rural
» (Le Médecin
de campagne [1833]), de
donde extraemos un hermoso pasaje
en el cual el viejo Goguelat,
un antiguo grognard
de la Guardia en los tiempos
heroicos, relata muy a su manera
la historia de Napoleón,
y sobre todo nos cuenta «
al Emperador ». |
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¡Contadnos
al Emperador! Gritaron juntas múltiples
personas.
- Lo queréis, respondió Goguelat.
¡Eh! Bien, veréis que no significa
nada cuando es dicho al paso de carga.
Prefiero contaros toda una batalla. ¿Queréis
Champ-Aubert (1), cuando ya no había cartuchos,
y donde igual tuvimos que darnos con la bayoneta?
- ¡No! ¡El Emperador! ¡El Emperador!
El soldado de
infantería se levantó de su bota
de heno, paseó sobre la asamblea esa mirada
negra, toda cargada de miseria, de eventos y de
sufrimientos que distingue a los viejos soldados.
Tomó su gabán por los dos faldones
del frente, los levantó como si se tratase
de recargar el saco en el que antaño estaban
sus pingajos, sus zapatos, toda su fortuna; luego
se apoyó el cuerpo sobre la pierna izquierda,
avanzó la derecha y cedió de buen
grado a los deseos de la asamblea. Después
de haber echado sus cabellos grises de un solo
lado de su frente para descubrirlo, elevó
la cabeza al cielo a fin de ponerse a la altura
de la gigantesca historia que iba a decir.
- Veis, amigos
míos, Napoleón nació en Córcega,
que es una isla francesa calentada por el sol
de Italia, en donde todo hierve como en una hornaza,
y en donde se matan unos a otros, de padre a hijo,
a propósito de nada; una idea que ellos
tienen (2).
Para comenzar lo extraordinario de la cosa, su
madre, que era la más bella mujer de su
tiempo y una astuta, tuvo la reflexión
de encomendarle a Dios, para hacerle escapar a
todos los peligros de su infancia y de su vida,
porque había soñado que todo el
mundo estaba en llamas el día de su parto.
¡Era una profecía!
Entonces pide que Dios le proteja, a condición
de que Napoleón restablezca su santa religión,
que entonces estaba por tierra.
He ahí que estaba convenido, y eso se vio
(3).
Ahora seguidme
bien, y decidme si lo que vais a oír es
natural.
Es seguro y cierto
que solo un hombre que había tenido la
imaginación de hacer un pacto secreto podía
ser susceptible de pasar a través de las
líneas de los demás, a través
de las balas, las descargas de metralla que nos
barrían como moscas, y que le tenían
respeto a él. Tuve la prueba de ello, yo
particularmente, en Eylau. Le veo todavía,
sube sobre una altura, coge su telescopio, mira
su batalla y dice: ¡esto va bien! Uno de
mis intrigantes empenachados que le molestaban
considerablemente y le seguían por doquier,
aún mientras comía, según
nos dijeron, se quiere pasar de listo, y toma
el lugar del Emperador cuando él va.
¡Ah! ¡Barrido! No más penacho.
Oís bien que Napoleón se había
comprometido a guardar su secreto para él
solo. He aquí porqué todos los que
le acompañaban, hasta sus amigos particulares,
caían como nueces: Duroc, Bessières,
Lannes, todos hombres fuertes como barras de acero
y que él fundía a su uso. En fin,
prueba que era el hijo de Dios, hecho para ser
el padre del soldado, es el que nunca se le vio
ni teniente ni capitán (4). ¡Ah!
Pues sí, de jefe de inmediato.
No tenía el aspecto de tener más
de veintitrés años, y ya era viejo
general, desde la toma de Tolón, donde
comenzó por hacerle ver a los demás
que no entendían nada de maniobrar los
cañones. Para entonces, nos cae todo flacucho
y general en jefe del ejército de Italia
que estaba falto de pan, de municiones, de zapatos,
de trajes, un pobre ejército desnuda como
un gusano.
« Amigos míos,
que dice, henos aquí juntos. Ahora metéos
en la cholla que de aquí a quince días
seréis vencedores, estaréis vestidos
con ropa nueva, que tendréis todos capotas,
buenas polainas, y estupendos zapatos; pero, hijos
míos, hay que marchar para ir a tomarlos
en Milán, donde hay ».
Y caminamos. El francés, aplastado, plano
como una chinche, se yergue. Éramos treinta
mil va-nu-pieds (5) contra ochenta mil
alemanes matasietes (6), todos hombres hermosos
bien equipados, que todavía veo. Entonces
Napoleón, que no era entonces más
que Bonaparte, nos insufla no sé qué
en el vientre. Y caminamos de noche, y caminamos
de día, y que les damos en Montenotte,
corremos a aporrearles en Rívoli, Lodi,
Árcole, Millesimo, y no les soltamos. El
soldado se aficiona a ser vencedor. Entonces Napoleón
los envuelve a esos generales alemanes que no
sabían dónde meterse para estar
gusto, los enrolla muy bien, les sisa a veces
diez mil hombres de un solo golpe rodeándooslos
con mil quinientos franceses que hacía
cundir a su manera. Finalmente, les quita sus
cañones, víveres, dinero, municiones,
todo lo que tenían útil de tomar,
os los echa al agua, les bate en las montañas,
les muerde en el aire, los devora en la tierra,
los zurra por doquier. He aquí tropas que
se reponen; porque, veis, el Emperador, que era
también un hombre entendido, se hace ver
bien por el habitante, al que dice que vino para
libertarlos. Entonces, el paisano (7) nos alberga
y nos quiere, las mujeres también, que
eran mujeres muy juiciosas. Fin final, en ventoso
de 96, que era en aquel tiempo el mes de marzo
de hoy, estábamos acorralados en un rincón
del país de las marmotas; pero después
de la campaña, henos aquí amos de
Italia, como Napoleón lo había predicho.
Y para el mes de marzo siguiente, en un solo año
y dos campañas, nos pone a la vista de
Viena: todo estaba bosquejado. Nos habíamos
acabado tres ejércitos sucesivamente diferentes
y dejado empleo a cuatro generales austriacos
entre los cuales un viejo que tenía los
cabellos blancos y que quedó frito como
una rata en los tapetes, en Mantua (8). ¡Los
reyes pedían piedad de rodillas! La paz
se había ganado. ¿Un hombre habría
podido hacer eso? No. Dios le ayudaba, es seguro.
Se subdividía como los cinco panes del
Evangelio, comandaba la batalla del día,
la preparaba de noche, que los centinelas le veían
siempre yendo y viniendo, y no dormía ni
comía. En ese entonces, reconociendo esos
prodigios, el soldado te lo adopta por su padre.
¡Y adelante! Los demás, en París,
viendo eso, se dicen: « ¡he aquí
un peregrino que parece tomar sus consignas en
el cielo, es singularmente capaz de apoderarse
de Francia; hay que soltarlo en Asia o en la América,
tal vez se contente con ello! » Estaba escrito
para él como para Jesucristo. El hecho
es que se le da orden de hacer facción
en Egipto. He ahí su parecido con el hijo
de Dios.
| Puntuando
su discurso con «¡Ha!
Eso, amigos míos, ¿creéis
que era natural?»,
Goguelat narra la expedición
de Egipto, el 18 de Brumario,
las grandes campañas
de 1805 a 1814. Luego, trata
el tema de la caída: |
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(...) Finalmente
los generales, de quienes había hecho sus
mejores amigos, le abandonan por los Borbones,
de quienes nunca habíamos oído hablar.
Entonces nos dice adiós en Fontainebleau.
« ¡Soldados!... » Todavía
le oigo, nosotros llorábamos todos como
verdaderos niños; las águilas, las
banderas estaban inclinadas como para un entierro,
pues se los puedo decir, era el funeral del Imperio
y sus ejércitos pimpantes ya no eran más
que esqueletos. Entonces nos dijo desde lo alto
de la escalinata de su castillo: « Mis hijos,
estamos vencidos por la traición, pero
nos volveremos a ver en el cielo, la patria de
los valientes. Defended a mi pequeño que
os confío: ¡Viva Napoleón
II!
Tenía la idea de morir, y para no dejar
que se viera a Napoleón vencido, toma veneno
como suficiente para matar a un regimiento, porque,
como Jesucristo antes de su pasión, se
creía abandonado de Dios y de su talismán;
pero el veneno no le hace nada. ¡Otra cosa!
Se reconoce inmortal. Seguro de su situación
y de ser siempre emperador, va a una isla durante
algún tiempo para estudiar el temperamento
de éstos (9), que no dejan de hacer tonterías
sin fin. Mientras montaba su guardia, los chinos
y los animales de la costa de África, berberiscos
y otros que no son nada cómodos, tan le
creían otra cosa que un hombre, que respetaban
su pabellón diciendo que tocarlo, era vérselas
con Dios. Reinaba sobre el mundo entero, mientras
éstos le habían echado de su Francia.
Entonces se embarca en la misma cáscara
de nuez de Egipto, pasa en las barbas de los navíos
ingleses, pone pie en Francia, Francia le reconoce,
el santo cucú (10) emprende el vuelo de
campanario en campanario, toda Francia grita:
« ¡Viva el Emperador! ».
Y por aquí el entusiasmo por esta maravilla
de los siglos fue sólido, el Dauphiné
se comportó muy bien; y yo estuve particularmente
satisfecho de saber que aquí se lloraba
de dicha al volver a ver su gabardina gris.
El primero de
marzo, Napoleón desembarca con doscientos
para conquistar el reino de Francia y de Navarra,
que, el 20 de marzo, se había vuelto a
convertir en el Imperio francés. El Hombre
se hallaba ese día en París, tras
haber recorrido todo había retomado su
querida Francia, y recogido a sus soldados no
diciéndoles más que dos cosas: «
¡Heme aquí! ». ¡Es el
milagro más grande que ha hecho Dios! ¿Antes
de él, había un hombre ganado jamás
un imperio solo mostrando su sombrero? ¿Y
se creía a Francia vencida? Nada de eso.
A la vista del águila, un ejército
nacional se vuelve a hacer, y marchamos todos
hacia Waterloo. Entonces, ahí, la Guardia
muere de un solo golpe. ¡Napoleón
en la desesperación se lanza tres veces
frente a los cañones enemigos a la cabeza
del resto, sin hallar la muerte! ¡Nosotros
vimos eso! He aquí la batalla perdida.
En la noche el Emperador llama a sus viejos soldados,
quema en un campo lleno de nuestra sangre sus
banderas y sus águilas: esas pobres águilas,
siempre victoriosas, que gritaban en las batallas:
¡Adelante! Y que habían volado sobre
toda Europa, fueron salvadas de la infamia de
ser del enemigo. Los tesoros de Inglaterra no
podrían solo darle la cola de un águila.
¡Ya nada de águilas! Lo demás
es suficientemente conocido.
El Hombre rojo
(11) se pasa con los Borbones como el bribón
que es. Francia está apabullada, el soldado
ya no es nada, se le priva de lo que se le debe,
se le envía a su casa para tomar en su
lugar nobles que ya no podían caminar,
qué lástima daba.
Y se apoderan de Napoleón por traición,
los ingleses los incomunican en una isla del gran
mar, en un peñón elevado diez mil
pies por encima del mundo. Fin final, se ve obligado
a quedarse ahí, hasta que el Hombre rojo
le devuelva su poder para la dicha de Francia.
¡Estos dicen
que está muerto! ¡Ah! ¡Pues
sí, muerto! Se ve claro que no le conocen.
Repiten esa patraña para engañar
al pueblo y hacer que se esté tranquilo
en su barraca de gobierno. Escuchad. La verdad
de todo es que sus amigos le dejaron solo en el
desierto, para satisfacer una profecía
hecha acerca de él, pues olvidé
enseñaros que su nombre de Napoleón
quiere decir el león del desierto.
Y he aquí lo que es cierto como el Evangelio.
Todas las demás cosas que oiréis
decir sobre el Emperador son tonterías
que no tienen forma humana. Porque, lo veis, ¡no
es al hijo de una mujer que Dios habría
dado el derecho de trazar su nombre en rojo como
él escribió el suyo sobre la tierra,
que se acordará de él siempre! ¡Viva
Napoleón, el padre del pueblo y del soldado!
Honorato de Balzac,
« El Médico rural » (Le
Médecin de campagne); capítulo
III: El Napoleón del pueblo.
NOTAS:
1. Batalla de
la Campaña de Francia, el 10 de febrero
de 1814.
2. Balzac escribió La Vendetta.
3. A1usión al Concordato de 1801.
4. De hecho, Napoleón era capitán
en Tolón, pero su ascensión fue
efectivamente muy rápida.
5. Literalmente, los « va-descalzo
», nombre dado a los soldados de los ejércitos
revolucionarios, que peleaban aún estando
a menudo en harapos y sin calzado.
6. En el original fendants: bravucones,
fanfarrones.
7. En el original péquin: el civil,
en el argot militar.
8. Se trata de Wurmser que tuvo que capitular
en Mantua.
9. Los Borbones.
10) El cucú: nombre que daban
los soldados al Águila Imperial.
11) Ese « Hombre rojo », era un extraño
fantasma que desde la época de Catalina
de Médicis merodeaba en el palacio de las
Tullerías, apareciéndosele durante
cientos de años a los soberanos e incluso
a veces haciendo profecías. Como Catalina,
la reina María Antonieta lo había
visto durante su cautiverio, Carlos X durante
la Restauración, su hermano Luis XVIII
lo haría poco antes de morir...
En cuanto al Emperador, poco antes de Waterloo,
se había retirado a su recámara
para descansar un rato; estaba sentado en su sofá
después de haber circulado a través
de toda la pieza, cuando sintió una especie
de torpor invadir sus miembros y paralizarlo en
el punto mismo. Enseguida, vio una neblina roja
que llenaba el cuarto, y, a través de ella,
vio a un hombre que portaba un gorro de lana semejante
al gorro frigio. Antes de haber podido emitir
el menor sonido, la visión se había
desvanecido.