 |
|
Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
|
|
| |
 |
Primera
distribución de la Legión
de Honor, iglesia
de Los Inválidos, 14 de julio
de 1802
Pintura de Jean-Baptiste
Debret (1768-1848); Palacio de Versalles. |
|
|
Por
el Coronel |

|
Émile
Guéguen
Gran
Oficial de la Legión de Honor
(1925-2003) |
| Traducción
al castellano por el Instituto Napoleónico
México-Francia ©.
Esta página está disponible
al público de manera gratuita
y puede ser reproducida con fines no
lucrativos, siempre y cuando no sea
mutilada, se cite la fuente completa
y su dirección electrónica.
De otra forma, requiere permiso previo
por escrito de la institución.
|
 |
| Cor.
Émile Guéguen |
|
El
militar más condecorado
de Francia, el Coronel
Émile Guéguen,
fue un combatiente emérito
cuyas hazañas de guerra
son célebres en todo
el ejército de Francia.
Siempre
dio muestras en combate de un
espíritu caballeresco
reconocido por todos sus adversarios,
alemanes, vietnamitas o argelinos
por igual. Caballero, oficial
y enseguida comendador de la
Legión de Honor, fue
elevado a la dignidad de Gran
Oficial de dicha orden el 15
de octubre 1996.
A partir de
1988 dedicó por completo
su vida a combatir por la imagen
de Francia y la defensa de la
memoria de Napoleón I,
empeñándose en
eliminar las calumnias dirigidas
contra el Emperador. El coronel
Guéguen forjó
una sentencia que gustaba de
repetir frecuentemente, y que
se ha convertido en una verdadera
profesión de fe para
muchos napoleónicos del
mundo: « Napoleón
– decía –
no
tiene ninguna necesidad de leyenda,
sólo necesita verdad
».
|
|
El
19 de mayo de 1802, el Cuerpo Legislativo por
propuesta del Primer Cónsul, votó
la creación
de la Legión de Honor.
Artículo primero – En ejecución
del artículo 87 de la Constitución,
en lo relativo a las recompensas militares y
para recompensar también los méritos
y las virtudes civiles, será formada
una une Legión de Honor (siguen 17 artículos
que fijan la organización y el modo de
selección).
Bajo la dirección del general Dumas,
de inmediato fue creado el Gran Consejo. Se
componía de tres cónsules, Bonaparte,
Cambacerés y Lebrun, con Kellermann representante
del Senado, Luciano Bonaparte representante
del Tribunado, José Bonaparte representante
del Consejo del Estado, y Lacépède,
representante del Cuerpo Legislativo.
Bernard-Germain-Etienne de la ville, conde de
Lacépède (1756-1825) fue designado
como Gran Canciller. Fue para marcar bien claro
el carácter igualmente civil de la nueva
creación que Napoleón escogió
a un sabio estimado y respetado. Lacépède
consagró su vida a la Legión de
Honor que le debe, en gran medida, su inmediato
y prodigioso desarrollo. Comportaba tres grados,
caballero, oficial, comandante (hoy comendador)
y dos dignidades, gran oficial y gran-águila
(hoy gran cruz). Un decreto del 1º de julio
de 1804 fijó la forma de la condecoración:
una estrella con cinco rayos dobles, esmaltada
de blanco y atada a un listón tornasolado
rojo. Una renta fue sumada a cada grado. La
renta anual era de 500 francos para un caballero,
1,000 francos para un oficial, 2,000 francos
para un comandante y 5,000 francos para un gran
oficial; los grandes-águilas recibían
dotaciones, lo más frecuentemente en
forma de castillos. Además, casas de
educación de la Legión de Honor
fueron abiertas para la enseñanza de
las hijas de los Legionarios.
La primera entrega
de la condecoración tuvo lugar en el
patio de Honor de Los
Inválidos
el 15 de julio de 1804. Fue el mismo Napoleón
quien hizo entrega personalmente a cada recipiendario.
Fueron vistos, uno tras otro, presentarse ante
el Emperador a los mariscales, los generales
Oudinot, Macdonald y Marmont, el cardenal Fesch,
Cambacerés, Talleyrand, los matemáticos
Monge y Laplace, Prony, Cuvier, Montgolfier,
Fontanes, Vivant Denon, David, Méhul,
Bernardin de Saint Pierre, inválidos
de las guerras de la República, oficiales,
y al mítico granadero Jean-Roch Coignet.
El esplendor
de la ceremonia de los Inválidos fue
todavía rebasado por la que se llevó
a cabo el 16 de agosto siguiente en el campo
de Boloña (Boulogne) en presencia de
doscientos mil oficiales, suboficiales y soldados.
Esta jornada marcó verdaderamente la
entrada de la Legión de Honor en el alma
de la nación; su resonancia fue universal.
Una columna, coronada con la estatua del Emperador,
conmemora el recuerdo de esta jornada. Muy gravemente
lastimada en 1944, la columna fue restaurada
en 1962 con una nueva estatua del escultor P.
Stenne.
La Legión de Honor iba muy pronto a integrarse
indisolublemente Francia entera. Así,
llenó plenamente la misión que
le había dedicado su fundador; al favorecer
la amalgama entre todos los franceses de todos
orígenes y niveles sociales, reforzó
los fundamentos de la nación. Un decreto
de junio de 1804 autorizó la admisión
de extranjeros y fue así como el gran
literato alemán Johann Wolfgang von Goethe
recibió la condecoración de manos
del Emperador, de quien permaneció un
ferviente admirador hasta el final de su vida.
De él decía: « Napoleón
siempre buscó la virtud, pero como no
existe en política, encontró el
poder ».
La Legión de
Honor resistió perfectamente
a todos los sobresaltos de la historia.
Ni siquiera el mismísimo Carlos
X, (el conde de Artois) que muy probablemente
hizo asesinar a Napoleón en Santa
Elena, y que ya había cometido
múltiples tentativas infructuosas
a ese fin, entre ellas, en 1800, la
máquina infernal y en 1803 el
envío a Francia de Cadoudal y
Pichegru, no se atrevió a suprimirla.
Temía que semejante decisión
desencadenase una nueva revolución.
En vista del éxito extraordinario
obtenido por la Legión de Honor,
se podría pensar que todos los
intelectuales y hombres políticos
que participaron en su organización
apoyaron el proyecto con entusiasmo.
Mandar, es prever y la primera calidad
de los hombres de decisión es
saber prever. ¡Y bien! No fue
el caso y Napoleón se topó
con las mismas dificultades que para
el Concordato, el Código Civil
y la Instrucción pública.
Thibaudeau, que
era él mismo un adversario del
proyecto nos dirá más
al respecto:
« El 4 de
mayo de 1802, Roederer, por petición
del Primer Cónsul, leyó
ante el Consejo de Estado el proyecto
de creación de la Legión
de Honor. Mathieu Dumas apoyó
el proyecto a condición que la
condecoración fuera exclusivamente
reservada a los militares.
|
 |
|
Ceremonia
de entrega de la Legión de
Honor en el campo de Boloña
Dieciséis de agosto de 1804 |
|
Napoleón:
“Esto era válido
en la edad media o en la época en que
los francos hicieron la conquista de Galia cuando
la fuerza física y la bravura de un individuo
determinaba su rango. Hoy somos una nación
de 30 millones de ciudadanos, unidos para lo
mejor y para lo peor, y en este conjunto, el
ejército no representa más que
un débil porcentaje. Son los civiles
quienes son la fuerza principal de la nación
y los mejores de entre ellos deben recibir una
recompensa nacional que será la misma
que la que se atribuya a los militares. Será
un medio de estrechar los lazos entre todos
y de forjar la unión indispensable”.
Este razonamiento
apoyado con una rara mezcla de elocuencia y
de buen sentido produjo un gran efecto al Consejo.
La fuerza de las palabras estaba aumentada por
el hecho de que estaban expresadas por el jefe
del gobierno que era también el más
célebre de los generales franceses.
El debate
prosiguió el 8 de mayo de 1802: Muchos
oponentes rechazaron el principio mismo de un
sistema de recompensa por medio de condecoraciones.
La objeción principal era que se iba
a crear una orden que pondría fin a la
igualdad. En una república, decían,
la única manera de recompensar a un ciudadano
de mérito es darle un empleo a su medida;
las cruces y los listones son sonajas apenas
buenas para las monarquías. Berlier y
otros citaron ejemplos tomados a los griegos
y a los romanos.
Napoleón:
“Habláis
de los romanos. Es curioso que los citéis
como ejemplo, cuando en su cultura el sistema
de los rangos y castas estaba llevado al extremo.
Los romanos tenían sus patricios, sus
caballeros, sus ciudadanos y sus esclavos. Cuando
desaparecieron los patricios, Roma cayó
en decadencia. El sentimiento más fuerte
en nuestros compatriotas es el del Honor. Debemos
guardar vivo este sentimiento y no podemos hacerlo
sin distinciones”.
El 19 de mayo de 1802, el proyecto de creación
de la Legión de Honor fue sometido a
la votación de las asambleas. He aquí
los resultados:
En el Consejo de Estado: 14 sufragios a favor,
10 en contra.
En el Tribunado: 56 sufragios a favor, 38 en
contra.
En el Cuerpo Legislativo: 166 sufragios a favor,
110 en contra.
En total, había pues 236 sufragios a
favor y 158 en contra. El margen era tan solo
de 78 sufragios. Ningún otro proyecto
de Bonaparte encontró nunc una oposición
tan fuerte ».
Jacques Chirac,
Presidente de la República francesa,
el 28 de enero de 2002, marcó por medio
de una gran recepción en el Eliseo el
inicio de las festividades conmemorativas del
200o aniversario de la creación de la
Legión de Honor: he aquí su discurso:
« ¿Por
qué esta pequeña estrella
blanca suspendida a un listón
rojo, ha sido tan anhelada y respetada
durante los dos últimos siglos?
¿Por qué la Legión
de Honor es una de las más famosas
condecoraciones, si no es que la más
famosa del mundo? ¿Por qué,
desde hace doscientos años, ha
servido de modelo para tantas otras
órdenes nacionales en Europa
y a través del mundo?
Esta orden no es la más antigua.
Algunas remontan a las cruzadas. Mas
sin embargo la Legión de Honor
sigue siendo, en Francia, la primera
distinción. La que ha sobrevivido
a los diferentes regímenes, a
las múltiples crisis y a los
tiempos difíciles que han marcado
nuestra historia. Numerosas enmiendas
han modificado los estatutos iniciales
pero no han cambiado en nada los principios
básicos.
En 1802, Francia está en paz:
el tratado de Lunéville acaba
de ser firmado con Austria, otro más
en Amiens con Inglaterra y un tercero,
el Concordato, con el Vaticano. El Primer
Cónsul puede, consecuentemente,
consagrarse a los asuntos internos tales
como la creación de instituciones
administrativas, judiciales y financieras
de las cuales muchas continúan
rigiendo la vida de cada día
en nuestro país. La Orden de
la Legión de Honor es una entre
ellas.
La Revolución de 1789 había
abolido todas las órdenes y condecoraciones;
el Directorio decidió reintroducir
una antigua tradición que consistía
en recompensar los actos de bravura
de los militares por medio del otorgamiento
de armas de Honor. Bonaparte no tardó
en aplicar esta medida desde la primera
campaña de Italia de 1796. Es
así como un joven tambor de Árcole
recibió dos baquetas de plata
que están hoy expuestas en el
Museo Nacional de la Legión de
Honor.
La paz reencontrada permitió
al Primer Cónsul ir más
lejos; ¿Cuál era su objetivo?
Quería crear una orden que recompensara
la virtud, el Honor, el heroísmo,
una distinción que pudiese reconocer
el valor militar y el mérito
civil, una orden que no estaría
basada en el rango social o la heredad
sino que estaría abierta a todos
sin ninguna discriminación. Dicho
de otra forma, una orden que colocaría
en el mismo pie los méritos civiles
y militares. Y Bonaparte añadiría:
Esta condecoración será
otorgada a aquellos que habrán
servido mejor al ejército o al
Estado. Soldados que no saben ni leer
ni escribir estarán orgullosos
de portar la misma condecoración
que los más grandes sabios y
éstos estarán igualmente
orgullosos de portar la misma insignia
que los bravos.
El
coronel Émile
René Guéguen
(1925-2003) recibiendo
la dignidad de Gran
Oficial de la Legión
de Honor de manos del
presidente de la república
francesa, el Sr. Jacques
Chirac. Para esta ocasión
el presidente Chirac
insistió en hacer
entrega personalmente
de las insignias aferentes
al coronel, el 15 de
octubre de 1996, en
el Patio
de Honor de Los Inválidos,
en el lugar mismo en
el que el Emperador
Napoleón había
condecorado a sus Mariscales
el 15 de julio de 1804.
Héroe de guerra,
resistente durante la
ocupación Nazi,
el coronel Guéguen
recibíó
en su vida doce cruces
de guerra.
Desde hacía
veinte años,
el coronel Guéguen
defendía la memoria
de Napoleón en
el mundo, luchando encarnizadamente
por acabar con las calumnias
dirigidas contra el
Emperador. |
|
 |
| El
colonel (ret) Émile
René Guéguen |
Recibiendo
en el patio de
Los Inválidos
la dignidad de
Gran Oficial de
la Legión
de Honor de manos
del Presidente
de la república
francesa, el Sr.
Jacques Chirac. |
|
|
Roederer, encargado
de presentar el texto al Cuerpo Legislativo,
agregó: La Legión de Honor
borrará los resabios del Antiguo
Régimen que ponía la gloria
heredada por encima de la gloria adquirida
y a los descendientes de los grandes
hombres por delante de los grandes hombres.
Así eran reafirmados los dos
principios intangibles, el joven tambor
en el mismo rango que el príncipe
y el civil en el mismo rango que el
militar, que gobiernan desde 1802, una
institución a la cual Napoleón
dio la divisa Honor y Patria.
Esos dos principios profundamente humanos,
dieron rápidamente a la Legión
de Honor una repercusión extraordinaria.
Eran innovaciones que contribuyeron
grandemente a reforzar la imagen del
Emperador y el prestigio de Francia
a lo largo del mundo. La grandeza adquirida
por la Legión de Honor, en doce
años, fue tal, que aún
tras la caída del Imperio y la
restauración de la monaqruía
absoluta se mantuvo en todo su esplendor.
Después de las dos guerras mundiales,
el número de los Legionarios
alcanzó la cifra de 300,000.
El general De Gaulle, temiendo que ese
número pudiese disminuir el prestigio
de la Orden, pidió al general
Catroux, gran canciller, modificar las
condiciones de atribución. El
número de los Legionarios fue
fijado en un máximo de 125,000.
El 9 de febrero de 1996, en mi calidad
de Gran Maestre de la Orden, emití
una directiva para asegurar una mejor
repartición entre los militares
y los civiles, reforzar el carácter
universal de la orden por medio de una
mejoría del equilibrio entre
regiones para las nominaciones y promociones,
y aumentar el número de mujeres
legionarias a fin de respetar mejor
el verdadero tejido de nuestra sociedad.
Así, la Legión de Honor
permanece fiel a los principios de su
creación, desde hace ya doscientos
años. Igualdad, universalidad,
excelencia son aún las claves
de su atribución ».
|
|
|
|