
| EL
CEMENTERIO DE EYLAU |
| (LE
CIMETIÈRE D'EYLAU) |
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Por
Víctor Hugo |
Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia |
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Presentamos
a continuación esta pequeña
gran joya del incomparable maestro Víctor
Hugo, uno de sus monumentos napoleónicos
escrito según los relatos que le eran
contados por su tío Louis-Joseph
Hugo (1777-1853), capitán
en el 55º regimiento de línea,
durante la campaña de Polonia.
En este poema, Víctor Hugo nos pinta
el cuadro fantástico de la terrible
jornada del 8 de febrero de 1807 tal como
la vivieron su tío y su heroica compañía
de granaderos, minúsculo islote humano
ahogado en medio de una tormenta de nieve
y de fuego, aislado de todos, y cuya posición
crucial, caracterizada por el deber de mantener
la posición a cualquier costo, constituyó
el pivote mismo de las maniobras de la Grande
Armada.
El 55° de línea estaba apostado
cerca del mítico cementerio de Eylau.
El recinto se encontraba en el centro del
pueblo, rodeando a una iglesia. El frío
era extremo en aquella época, y la
nieve cubría los campos.
El general ruso Benningsen estaba determinado
a apoderarse del pueblo, por lo que a las
7:30 horas efectuó un terrible bombardeo
en dicha localidad. Ante este ataque de inaudita
violencia, Napoleón ordenó a
la división de Saint Hilaire y al cuerpo
de Augereau acometer contra el centro ruso.
Es entonces cuando Joseph Hugo y sus 85 granaderos
del 55° de línea entran en el escenario,
y en la leyenda. Una terrible tormenta de
nieve se desata sobre las tropas, y la artillería
rusa por poco diezma el cuerpo de Augereau;
poco después, una ráfaga de
metralla explota cerca de Louis-Joseph: una
bala atraviesa su bicornio y un casco de metralla
le hiere en el brazo derecho, quebrándoselo.
Anécdota curiosa, Louis-Joseph se «
da la mano » a sí mismo para
asegurarse de no haber perdido el brazo, luego,
exangüe, cae medio desmayado sobre la
nieve. En cuanto a su pequeña tropa,
ha sido prácticamente aniquilada por
la metralla. Cuando el bombardeo ruso se termina
hacia las 18:00 horas, sólo tres sobrevivientes
quedan en el cementerio, Hugo, el teniente
y el pequeño tambor.
Tras este episodio, Louis-Joseph recibió
atención médica, lo cual no
impidió que algunos días después
la gangrena se manifestara. No obstante, dadas
las condiciones de la batalla, no se pudo
encontrar personal médico que le amputase
el brazo. Louis-Joseph tuvo que atenderse
él mismo, y gracias a inyecciones de
quinina salvó su brazo por su propia
cuenta... Su sacrificio y heroísmo
serán recompensados con la Cruz de
la Legión de Honor el 14 de abril de
1807.
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| Louis-Joseph
Hugo (1777-1853) |
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| Pabellón
del 55º
regimiento de línea |
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EL
CEMENTERIO DE EYLAU
A mis hermanos mayores,
alumnos pasmados,
Lo que sigue fue contado por mi tío
Louis,
Quien me decía a mí, con
su voz más tierna:
- ¡Juega, niño! –
juzgándome demasiado pequeño
para comprender.
Yo escuchaba sin embargo, y mi tío
decía:
- ¡Una batalla, bah! ¿Sabéis
lo que es?
Humo. Al alba uno se levanta, al anochecer
Uno se acuesta; y voy a contarles una.
Esa batalla se nombra Eylau; creo
Que yo era capitán y que tenía
la cruz;
Sí, yo era capitán. Después
de todo, en la guerra,
Un hombre, es sombra, y no cuenta,
Y no es de mí de lo que se trata.
Entonces, Eylau
Es un país en Prusia; un bosque,
campos, agua,
Hielo, y por doquier el invierno y la
llovizna.
El regimiento acampó cerca de
un muro en ruinas;
Se veían tumbas alrededor de
un viejo campanario.
Benigssen no sabía más
que una cosa, acercarse
Y huir; pero el Emperador desdeñaba
esos tejemanejes.
Y las llanuras estaban todas blancas
de nieve.
Napoleón pasó, con su
catalejo en la mano.
Los granaderos decían: Será
para mañana.
Unos viejecillos, niños descalzos,
mujeres embarazadas
Se marchaban; yo pensaba; miraba las
fosas.
En la velada prendimos los fuegos, y
el coronel vino,
Dijo: - ¿Hugo? – Presente.
- ¿Cuántos hombres? –
Ciento veinte.
- Bien. Tomad con vos la compañía
entera,
Y haceos matar. - ¿Dónde?
– En el cementerio.
Y le respondí: - En efecto es
el lugar.
Yo tenía mi cantimplora, él
bebió y yo bebí; un viento
frío
Soplaba. Dijo: - La muerte no está
lejos. Capitán,
Amo la vida, y vivir es la cosa cierta,
Pero nada sabe morir como los regalones.
Yo, doy mi corazón, pero mi pellejo,
lo vendo.
¡Gloria a las hermosas! Brindemos.
Vuestro puesto es el peor. -
Pues nuestro coronel tenía el
comentario para reír.
Continuó: - Salvad el muro y
la fosa,
Y quedaos ahí; ese punto está
un poco amenazado,
Al ser ese cementerio la clave de la
batalla.
Guardadlo. - Bien. – Tened algunas
gavillas de paja.
- No tenemos. – Dormid en el suelo.
- Dormiremos.
- ¿Vuestro tambor es bravo? -
Como Barra.
- Bien. Que bata la carga al azar y
en lo obscuro,
Hay que tener el ruido cuando no se
tiene el número.
Y dije al muchacho: - ¿Oyes,
muchacho? - Sí,
Mi capitán, dijo el niño,
casi enterrado
Bajo la escarcha y la nieve, y riendo.
- La batalla
Prosiguió el coronel, será
toda con metralla;
A mí me gusta el arma blanca,
y desapruebo el abuso
Que se hace de las cobardías
feroces del obús;
El sable es un valiente, la bomba una
traicionera;
Pero dejemos proceder al Emperador.
Adiós, el tiempo apremia.
Quedaos aquí mañana sin
moveros. Hasta la vista.
No os iréis hasta las seis de
la tarde. -
El coronel partió. Dije: - ¡Por
fila a la derecha!
Y entramos todos en un recinto estrecho;
Hierba, un muro alrededor, una iglesia
en medio,
Y en la sombra, bajo las tumbas, un
Dios bueno.
Un cementerio sombrío, con blancas
ondas,
Aquello recuerda un poco el mar. Almenamos
El muro, y di el santo y seña,
e hice
Instalar la ambulancia al pie del crucifijo.
- Merendemos, dije, y durmamos. La nieve
ocultaba la hierba:
Nuestros capotes estaban en jirones;
es soberbio,
Si se quiere, pero es duro cuando hay
mal tiempo.
Tomé por almohada una fosa; tenía
Los pies transidos, pues mis botas no
tenían suela;
Y pronto, capitán y soldados
revueltos,
No nos movimos más, adormecidos
sobre los muertos.
Duermen, los soldados; no tienen ni
remordimientos,
Ni temor, ni piedad, al no ser responsables;
Y helados por la nieve o quemados por
la arena,
Duermen; y además, batirse hace
alegre.
Les grité: ¡Buena noche!
Y cerré los ojos;
En la guerra no se tiene tiempo para
pantomimas.
El cielo estaba desapacible, nevaba,
dormimos.
Habíamos recogido herramientas
de labranza,
Y habíamos hecho con ellas un
gran fuego. Mi tambor
Lo atizó, y luego vino junto
a mí a echarse un sueño.
Era un gran soldado, dije, este hombrecito.
El crucifijo permaneció de pie,
como un patíbulo.
En fin, el fuego se apagó; y
la nieve caía.
¿Cuánto tiempo pasamos
durmiendo de esa manera?
¡Quiero, si lo sé, que
me lleve el diablo!
Dormimos bien. Dormir, es probar la
muerte.
En la guerra es bueno. Tuve frío,
mucho frío primero;
Luego soñé; vi en sueño
esqueletos
Y espectros, con grandes charreteras;
Por grados, lentamente, sin dejar mi
cabecera,
Tuve la sensación de que amanecía,
Mis párpados sentían claridad
en la sombra;
De repente, a través de mi sueño,
un ruido sombrío
Me sacudió, era parecido al cañón;
Desperté; tenía algo blanco
Sobre los ojos; suavemente, sin choque,
sin violencia,
La nieve nos había cubierto a
todos en silencio
Con un sudario, y en él hice,
al levantarme un hoyo;
Una bola de cañón, que
nos llegó no sé bien por
donde,
Me despertó por completo; le
dije: ¡Pasa de largo!
Y grité: - ¡Tambor, de
pie! ¡y bate la carga!
Ciento veinte cabezas entonces, como
un archipiélago,
Salieron de la nieve: un sargento hizo
el llamado,
Y el alba se mostró, roja, alegre
y lenta;
Se hubiera creído ver una boca
sangrante.
Me puse a pensar en mi madre; el viento
Parecía hablarme quedo; en la
guerra a menudo
Al levantarse el día la que se
levanta es la muerte.
Pensaba. Primero, tuvimos una tregua;
Los dos cañonazos no eran más
que una señal,
La música a veces echa a volar
con el baile
Y hace bailar en el aire una o dos notas
vanas.
La noche había cuajado nuestra
sangre en nuestras venas,
Pero sentir el combate venir, nos recalentaba.
La armada iba a apoyarse en nosotros
en efecto;
Éramos los guardianes del centro,
y el puñado
De hombres sobre quienes la bomba, así
como un destral,
Va a encarnizarse; y hubiese preferido
estar en otro lugar.
Puse a mi gente a lo largo del muro;
como tiradores.
Y cada uno se forjaba ilusiones de la
oportunidad poco segura
De un buen grado por miedo de una buena
herida;
En la guerra uno se hace matar para
tener éxito.
Mi teniente, muchacho que egresaba de
Saint-Cyr,
Me gritó: - La mañana
es una cosa amable;
¡Qué rayo de sol encantador!
¡La nieve está rosa!
¡Capitán, todo brilla y
ríe! ¡Qué fresco
azur!
¡Cuán blanco es este paisaje,
apacible y puro!
- Esto se va a poner terrible, respondí.
Y pensaba en el Rin, en los Alpes, en
el Adigio,
Y en todos nuestros orgullosos combates
siniestros de antaño.
La batalla estalló. Seiscientas
voces
Enormes, lanzándose la flama
a plenas bocas,
Se insultaron de lo alto de las colinas
fieras,
Toda la planicie fue un abismo humeante,
Y mi tambor batía la carga perdidamente.
A los cañones se sumaba una fanfarria
altiva,
Y las bombas llovían sobre nuestro
cementerio,
Como si se buscase matar las tumbas;
Se veía a los cuervos echar a
volar del campanario;
Me acuerdo que un tiro de obús
agujeró la tierra,
Y el muerto apareció, estupefacto
en su ataúd,
Como si el bullicio humano le despertase.
Luego una niebla ocultó al sol.
La bola de cañón
Y la bomba hacían un ruido espantoso.
Berthier, príncipe de imperio
y vicecondestable
Cargó a nuestra derecha contra
un cuerpo hannoveriano
Con treinta escuadrones, y ya no vimos
más nada
Sino una niebla sin fondo, estrellada
de bombas;
Por lo mucho que toda la batalla y toda
la refriega
Habían desparecido en la niebla
trágica.
Una nube caída sobre la tierra,
horrible, acrecentada
Por vómitos inmensos de humos,
Niños, era debajo de eso donde
estaban los dos ejércitos;
La nieve esa noche flotaba como una
lanilla,
Y nos exterminábamos, a fe mía,
como se podía.
Hacíamos lo mejor que podíamos.
Pensativo, en los escombros,
Yo veía a mis soldados merodear
como sombras;
Espectros a lo largo del muro formados
en espaldera;
Y ese campo producía sobre mí
un efecto singular,
Cadáveres bajo y sobre fantasmas.
Algunos caseríos estaban en llamas;
a lo lejos ardían chozas.
Luego la bruma en la que del Harz oíamos
el coro
Halló la forma de crecer y de
espesarse aún,
Y ya no vimos más que nuestro
cementerio;
Al medio día teníamos
nuestro muro por frontera,
Como por una mano negra, en la noche,
Nos sentimos tomar, y todo se desvaneció.
Nuestra iglesia parecía un peñón
en la espuma.
La metralla veía muy claro en
esa bruma,
Nos hacía compañía,
aplastaba el presbiterio
De la iglesia, y la cruz de piedra,
y nos probaba
Que no estábamos solos en esta
planicie obscura.
Teníamos hambre, pero no sopa;
uno se procura
Con dificultad qué comer en semejante
lugar. He aquí
Que el granizo de fuego repentinamente
redobló.
La metralla, es algo muy molesto; es
lluvia;
Solo que lo que cae y os molesta,
Son granos de flama y no gotas de agua.
Gente a quien se pone sobre los ojos
una banda,
Éramos nosotros. Todo se derrumbaba
bajo los obuses, el claustro,
La iglesia y el campanario, y yo veía
decrecer
Las sombras que tenía de pie
a mi alrededor;
Una de vez en cuando caía. –
Morimos mucho,
Dice un sargento pensativo como un lobo
en una trampa;
Luego siguió, mostrando las fosas
bajo la nieve:
- ¿Por qué se nos da este
campo ya amueblado? -
Luchábamos. Es la suerte de los
hombres y del trigo
El ser segados sin ver la guadaña.
Un pequeño número
De fantasmas merodeaba aún en
la penumbra;
Mi niño tambor continuaba su
ruido;
Tirábamos por encima del muro
casi destruido.
Mis hijos, tenéis un jardín;
la metralla
Estaba sobre nosotros, guardianes de
esta áspera muralla,
Como vosotros sobre las flores con vuestra
regadera.
- No os iréis hasta las seis
horas de la tarde.
Pensaba, meditando en voz baja esta
consigna.
Hazes de rayos mezclados con plumas
de cisne,
Pavesas rayando en la sombra los copos,
Es todo lo que nuestros ojos podían
ver. - ¡Ataquemos!
Me dijo el sargento. - ¿A quien?
Dije, no se ve a nadie.
- Pero se puede oír. Las voces
hablan; la corneta suena.
Partamos, salgamos; la muerte escupe
sobre nosotros aquí;
Estamos bajo la bomba y el obús.
– Quedémonos.
Añadí: - Es sobre nosotros
que cae la batalla.
Somos el pivote de la acción.
- Bostezo,
Dice el sargento. – El cielo,
los campos, todo estaba negro;
Pero aunque en plena noche, estábamos
lejos de la velada,
Y me repetía en voz baja: Hasta
las seis.
- ¡Diantre! ¡Tendremos pocas
ocasiones mejores
Para avanzar! me dijo mi teniente. En
esas,
Una bola de cañón se lo
llevó. Yo no tenía fe
En el éxito; la victoria finalmente
no es más que una mujerzuela.
Un pálido fulgor, en la bruma
disperso,
Iluminaba vagamente el cementerio. A
lo lejos
Nada de distinto, sino que se tenía
necesidad
De nosotros para recibir sobre nuestras
cabezas las bombas.
El Emperador nos había puesto
ahí, entre esas tumbas;
Pero, solos, acribillados de obuses
y devolviendo golpes por golpes,
No adivinábamos lo que hacía
de nosotros.
Éramos, en medio de ese combate,
el blanco.
Tener recio, y durar lo más posible,
Tratar de no estar muertos más
que a las seis de la tarde,
Entretanto, matar, era nuestro deber.
Tirábamos al azar, negros de
pólvora, fieros;
No tomando el tiempo de morder los cartuchos,
Nuestros soldados combatían y
caían sin hablar.
- ¿Sargento, dije, se ve al enemigo
recular?
- No. - ¿Qué veis? - Nada.
- Ni yo. – Es el diluvio.
Pero en llamas. - ¿Veis a nuestra
gente? - No. Si juzgo
Por el número de disparos que
en este momento tiramos,
Bien somos cuarenta. - Un grognard
con sardineta
Que tiroteaba no lejos de mí
dijo: - Somos treinta.
Todo era nieve y noche; el cierzo penetrante
Soplaba, y, tiritando, veíamos
llover
Un abismo de puntos blancos en un abismo
negro.
La batalla sin embargo parecía
tornarse peor.
¡Es que un reino era comido por
un imperio!
Se adivinaba detrás de un velo
un choque pavoroso;
Se hubiese dicho leones devorándose
entre sí;
Era como un combate de los gigantes
de la fábula;
Se oía el ruido de las descargas,
semejante
A derrumbes enormes; los arrabales
De la ciudad de Eylau se incendiaban;
los tambores
Redoblaban su música horrible,
y bajo la nube
Seiscientos cañones hacían
las veces de bajo continuo;
Nos masacrábamos; nada parecía
decidido;
Francia jugaba ahí su mayor golpe
de suerte;
¿El buen Dios de allá
arriba estaba por o contra?
¡Qué sombra! Y yo sacaba
de vez en cuando mi reloj.
Por intervalos un grito turbaba ese
campo mudo,
Y se veía un cuerpo yaciente
que se revolvía.
Éramos fusilados uno junto al
otro, un estertor
Inmenso llenaba esa sombra sepulcral.
Los reyes tienen los soldados como vosotros
vuestros juguetes.
Levantaba mi espada, y la sacudía
Por sobre mi cabeza, y gritaba: ¡Coraje!
Estaba sordo y estaba ebrio, por la
mucha rabia
Con la que los truenos eran por otros
golpes seguidos;
De repente mi brazo pendió, mi
brazo derecho, y vi
Mi espada a mis pies, que se me había
escapado;
Tenía un brazo roto; recogí
la espada
Con el otro, y la cogí en mi
mano izquierda: - ¡Amigos!
¡Hacerse así romper el
brazo izquierdo está permitido!
Grité, y me puse a reír,
cosa útil,
Pues el soldado no está contento
de que se le mutile,
Y ver al jefe un poco herido no desagrada.
¿Pero qué hora era? No
tenía más que un puño,
Y lo necesitaba para alzar mi espada;
Mi otra mano batía mi flanco,
de sangre empapada,
Y ya no podía sacar mi reloj.
Finalmente
Mi tambor se detuvo: - ¿Curioso,
tienes miedo? – Tengo hambre,
Me respondió el niño.
En ese momento la planicie
Tuvo como una sacudida, y estuvo bruscamente
llena
De un grito que hasta el cielo siniestro
se elevó.
Me sentía flaquear; todo un hombre
se va
Por una llaga; un brazo roto, chorrea;
Charlar con alguien sostiene cuando
se vacila;
Mi sargento me habló; dije al
azar: Sí,
Pues no quería caer desmayado.
Repentinamente el fuego cesó,
la noche pareció menos negra.
Y se gritaba: ¡Victoria! y yo
grité: ¡Victoria!
Percibí claridades que se aproximaban
a nosotros.
Sangrando, sobre una mano y sobre ambas
rodillas
Me arrastré; dije: - Veamos cómo
vamos.
Añadí: - ¡De pie,
todos! Y contaba mis hombres.
- ¡Presente! dijo el sargento.
- ¡Presente! dijo el chaval.
Vi a mi coronel venir, espada en mano.
- ¿Por quién pues fue
ganada la batalla?
- Por vosotros, dijo. - La nieve estaba
bañada de sangre.
Continuó: - ¿Sois vos,
Hugo? ¿Es vuestra voz?
- Sí. - ¿Cuántos
vivos sois aquí? - Tres.
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LE
CIMETIÈRE D’EYLAU
A
mes frères aînés,
écoliers éblouis,
Ce qui suit fut conté par mon oncle
Louis,
Qui me disait à moi, de sa voix
la plus tendre:
- Joue, enfant! - me jugeant trop petit
pour comprendre.
J'écoutais cependant, et mon oncle
disait:
- Une bataille, bah! Savez-vous ce que
c'est?
De la fumée. A l'aube on se lève,
à la brune
On se couche; et je vais vous en raconter
une.
Cette bataille-là se nomme Eylau;
je crois
Que j'étais capitaine et que j'avais
la croix;
Oui, j'étais capitaine. Après
tout, à la guerre,
Un homme, c'est de l'ombre, et ça
ne compte guère,
Et ce n'est pas de moi qu'il s'agit. Donc,
Eylau
C'est un pays en Prusse; un bois, des
champs, de l'eau,
De la glace, et partout l'hiver et la
bruine.
Le régiment campa près d'un
mur en ruine;
On voyait des tombeaux autour d'un vieux
clocher.
Bénigssen ne savait qu'une chose,
approcher
Et fuir; mais l'Empereur dédaignait
ce manège.
Et les plaines étaient toutes blanches
de neige.
Napoléon passa, sa lorgnette à
la main.
Les grenadiers disaient: Ce sera pour
demain.
Des vieillards, des enfants pieds nus,
des femmes grosses
Se sauvaient; je songeais; je regardais
les fosses.
Le soir on fit les feux, et le colonel
vint,
Il dit: - Hugo? - Présent. - Combien
d'hommes? - Cent-vingt.
- Bien. Prenez avec vous la compagnie
entière,
Et faites-vous tuer. - Où? - Dans
le cimetière.
Et je lui répondis: - C'est en
effet l'endroit.
J'avais ma gourde, il but et je bus; un
vent froid
Soufflait. Il dit: - La mort n'est pas
loin. Capitaine,
J'aime la vie, et vivre est la chose certaine,
Mais rien ne sait mourir comme les bons
vivants.
Moi, je donne mon cœur, mais ma peau,
je la vends.
Gloire aux belles! Trinquons. Votre poste
est le pire. -
Car notre colonel avait le mot pour rire.
Il reprit: - Enjambez le mur et le fossé,
Et restez là; ce point est un peu
menacé,
Ce cimetière étant la clef
de la bataille.
Gardez-le. - Bien. - Ayez quelques bottes
de paille.
- On n'en a point. - Dormez par terre.
- On dormira.
- Votre tambour est-il brave? - Comme
Barra.
- Bien. Qu'il batte la charge au hasard
et dans l'ombre,
Il faut avoir le bruit quand on n'a pas
le nombre.
Et je dis au gamin: - Entends-tu, gamin?
- Oui,
Mon capitaine, dit l'enfant, presque enfoui
Sous le givre et la neige, et riant. -
La bataille
Reprit le colonel, sera toute à
mitraille;
Moi j'aime l'arme blanche, et je blâme
l'abus
Qu'on fait des lâchetés féroces
de l'obus;
Le sabre est un vaillant, la bombe une
traîtresse;
Mais laissons l'Empereur faire. Adieu,
le temps presse.
Restez ici demain sans broncher. Au revoir.
Vous ne vous en irez qu'à six heures
du soir. -
Le colonel partit. Je dis: - Par file
à droite!
Et nous entrâmes tous dans une enceinte
étroite;
De l'herbe, un mur autour, une église
au milieu,
Et dans l'ombre, au-dessus des tombes,
un bon Dieu.
Un cimetière sombre, avec de blanches
lames,
Cela rappelle un peu la mer. Nous crénelâmes
Le mur, et je donnai le mot d'ordre, et
je fis
Installer l'ambulance au pied du crucifix.
- Soupons, dis-je, et dormons. La neige
cachait l'herbe:
Nos capotes étaient en loque; c'est
superbe,
Si l'on veut, mais c'est dur quand le
temps est mauvais.
Je pris pour oreiller une fosse; j'avais
Les pieds transis, ayant des bottes sans
semelle;
Et bientôt, capitaine et soldats
pêle-mêle,
Nous ne bougeâmes plus, endormis
sur les morts.
Cela dort, les soldats; cela n'a ni remords,
Ni crainte, ni pitié, n'étant
pas responsable;
Et glacé par la neige ou brûlé
par le sable,
Cela dort; et d'ailleurs, se battre rend
joyeux.
Je leur criai: Bonsoir! et je fermai les
yeux;
A la guerre on n'a pas le temps des pantomimes.
Le ciel était maussade, il neigeait,
nous dormîmes.
Nous avions ramassé des outils
de labour,
Et nous en avions fait un grand feu. Mon
tambour
L'attisa, puis s'en vint près de
moi faire un somme.
C'était un grand soldat, dis, que
ce petit homme.
Le crucifix resta debout, comme un gibet.
Bref, le feu s'éteignit; et la
neige tombait.
Combien fut-on de temps à dormir
de la sorte?
Je veux, si je le sais, que le diable
m'emporte!
Nous dormions bien. Dormir, c'est essayer
la mort.
À la guerre c'est bon. J'eus froid,
très-froid d'abord;
Puis je rêvai; je vis en rêve
des squelettes
Et des spectres, avec de grosses épaulettes;
Par degrés, lentement, sans quitter
mon chevet,
J'eus la sensation que le jour se levait,
Mes paupières sentaient de la clarté
dans l'ombre;
Tout à coup, à travers mon
sommeil, un bruit sombre
Me secoua, c'était au canon ressemblant;
Je m'éveillai; j'avais quelque
chose de blanc
Sur les yeux; doucement, sans choc, sans
violence,
La neige nous avait tous couverts en silence
D'un suaire, et j'y fis, en me dressant
un trou;
Un boulet, qui nous vint je ne sais pas
trop par où,
M'éveilla tout à fait; je
lui dis: Passe au large!
Et je criai: - Tambour, debout! et bats
la charge!
Cent-vingt têtes alors, ainsi qu'un
archipel,
Sortirent de la neige: un sergent fit
l'appel,
Et l'aube se montra, rouge, joyeuse et
lente;
On eût cru voir sourire une bouche
sanglante.
Je me mis à penser à ma
mère; le vent
Semblait me parler bas; à la guerre
souvent
Dans le lever du jour c'est la mort qui
se lève.
Je songeais. Tout d'abord, nous eûmes
une trêve;
Les deux coups de canon n'étaient
rien qu'un signal,
La musique parfois s'envole avant le bal
Et fait danser en l'air une ou deux notes
vaines.
La nuit avait figé notre sang dans
nos veines,
Mais sentir le combat venir, nous réchauffait.
L'armée allait sur nous s'appuyer
en effet;
Nous étions les gardiens du centre,
et la poignée
D'hommes sur qui la bombe, ainsi qu'une
cognée,
Va s'acharner; et j'eusse aimé
mieux être ailleurs.
Je mis mes gens le long du mur; en tirailleurs.
Et chacun se berçait de la chance
peu sûre
D'un bon grade à travers une bonne
blessure;
À la guerre on se fait tuer pour
réussir.
Mon lieutenant, garçon qui sortait
de Saint-Cyr,
Me cria: - Le matin est une aimable chose;
Quel rayon de soleil charmant! La neige
est rose!
Capitaine, tout brille et rit! Quel frais
azur!
Comme ce paysage est blanc, paisible et
pur!
- Cela va devenir terrible, répondis-je.
Et je songeais au Rhin, aux Alpes, à
l'Adige,
A tous nos fiers combats sinistres d'autrefois.
La bataille éclata. Six cents voix
Enormes, se jetant la flamme à
pleines bouches,
S'insultèrent du haut des collines
farouches,
Toute la plaine fut un abîme fumant,
Et mon tambour battait la charge éperdument.
Aux canons se mêlait une fanfare
altière,
Et les bombes pleuvaient sur notre cimetière,
Comme si l'on cherchait à tuer
les tombeaux;
On voyait du clocher s'envoler les corbeaux;
Je me souviens qu'un coup d'obus troua
la terre,
Et le mort apparu, stupéfait dans
sa bière,
Comme si le tapage humain le réveillait.
Puis un brouillard cacha le soleil. Le
boulet
Et la bombe faisaient un bruit épouvantable.
Berthier, prince d'empire et vice-connétable,
Chargea sur notre droite un corps hanovrien
Avec trente escadrons, et l'on ne vit
plus rien
Qu'une brume sans fond, de bombes étoilée;
Tant toute la bataille et toute la mêlée
Avaient dans le brouillard tragique disparu.
Un nuage tombé par terre, horrible,
accru
Par des vomissements immenses de fumées,
Enfants, c'est là-dessous qu'étaient
les deux armées;
La neige en cette nuit flottait comme
un duvet,
Et l'on s'exterminait, ma foi, comme on
pouvait.
On faisait de son mieux. Pensif, dans
les décombres,
Je voyais mes soldats rôder comme
des ombres;
Spectres le long du mur rangés
en espalier;
Et ce champ me faisait un effet singulier,
Des cadavres dessous et dessus des fantômes.
Quelques hameaux flambaient; au loin brûlaient
des chaumes.
Puis la brume où du Harz on entendait
le cor
Trouva moyen de croître et d'épaissir
encor,
Et nous ne vîmes plus que notre
cimetière;
A midi nous avions notre mur pour frontière,
Comme par une main noire, dans de la nuit,
Nous nous sentîmes prendre, et tout
s'évanouit.
Notre église semblait un rocher
dans l'écume.
La mitraille voyait fort clair dans cette
brume,
Nous tenait compagnie, écrasait
le chevet
De l'église, et la croix de pierre,
et nous prouvait
Que nous n'étions pas seuls dans
cette plaine obscure.
Nous avions faim, mais pas de soupe; on
se procure
Avec peine à manger dans un tel
lieu. Voilà
Que la grêle de feu tout à
coup redoubla.
La mitraille, c'est fort gênant;
c'est de la pluie;
Seulement ce qui tombe et ce qui vous
ennuie,
Ce sont des grains de flamme et non des
gouttes d'eau.
Des gens à qui l'on met sur les
yeux un bandeau,
C'était nous. Tout croulait sous
les obus, le cloître,
L'église et le clocher, et je voyais
décroître
Les ombres que j'avais autour de moi debout;
Une de temps en temps tombait. - On meut
beaucoup,
Dit un sergent pensif comme un loup dans
un piège;
Puis il reprit, montrant les fosses sous
la neige:
- Pourquoi nous donne-t-on ce champ déjà
meublé? -
Nous luttions. C'est le sort des hommes
et du blé
D'être fauchés sans voir
la faux. Un petit nombre
De fantômes rôdait encor dans
la pénombre;
Mon gamin de tambour continuait son bruit;
Nous tirions par-dessus le mur presque
détruit.
Mes enfants, vous avez un jardin; la mitraille
Etait sur nous, gardiens de cette âpre
muraille,
Comme vous sur les fleurs avec votre arrosoir.
- Vous ne vous en irez qu'à six
heures du soir.
Je songeais, méditant tout bas
cette consigne.
Des jets d'éclairs mêlés
à des plumes de cygne,
Des flammèches rayant dans l'ombre
les flocons,
C'est tout ce que nos yeux pouvaient voir.
- Attaquons!
Me dit le sergent. - Qui? dis-je, on ne
voit personne.
- Mais on entend. Les voix parlent; le
clairon sonne.
Partons, sortons; la mort crache sur nous
ici;
Nous sommes sous la bombe et l'obus. -
Restons-y.
J'ajoutai: - C'est sur nous que tombe
la bataille.
Nous sommes le pivot de l'action. - Je
bâille,
Dit le sergent. - Le ciel, les champs,
tout était noir;
Mais quoiqu'en pleine nuit, nous étions
loin du soir,
Et je me répétais tout bas:
Jusqu'à six heures.
- Morbleu! nous aurons peu d'occasions
meilleures
Pour avancer! me dit mon lieutenant. Sur
quoi,
Un boulet l'emporta. Je n'avais guère
foi
Au succès; la victoire au fond
n'est qu'une garce.
Une blême lueur, dans le brouillard
éparse,
Eclairait vaguement le cimetière.
Au loin
Rien de distinct, sinon que l'on avait
besoin
De nous pour recevoir sur nos têtes
les bombes.
L'Empereur nous avait mis là, parmi
ces tombes;
Mais, seuls, criblés d'obus et
rendant coups pour coups,
Nous ne devinions pas ce qu'il faisait
de nous.
Nous étions, au milieu de ce combat,
la cible.
Tenir bon, et durer le plus longtemps
possible,
Tâcher de n'être morts qu'à
six heures du soir,
En attendant, tuer, c'était notre
devoir.
Nous tirions au hasard, noirs de poudre,
farouches;
Ne prenant que le temps de mordre les
cartouches,
Nos soldats combattaient et tombaient
sans parler.
- Sergent, dis-je, voit-on l'ennemi reculer?
- Non. - Que voyez-vous? - Rien. - Ni
moi. - C'est le déluge.
Mais en feu. - Voyez-vous nos gens? -
Non. Si j'en juge
Par le nombre de coups qu'à présent
nous tirons,
Nous sommes bien quarante. - Un grognard
à chevrons
Qui tiraillait pas loin de moi dit: -
On est trente.
Tout était neige et nuit; la bise
pénétrante
Soufflait, et, grelottants, nous regardions
pleuvoir
Un gouffre de points blancs dans un abîme
noir.
La bataille pourtant semblait devenir
pire.
C'est qu'un royaume était mangé
par un empire!
On devinait derrière un voile un
choc affreux;
On eût dit des lions se dévorant
entr'eux;
C'était comme un combat des géants
de la fable;
On entendait le bruit des décharges,
semblable
A des écroulements énormes;
les faubourgs
De la ville d'Eylau prenaient feu; les
tambours
Redoublaient leur musique horrible, et
sous la nue
Six cents canons faisaient la basse continue;
On se massacrait; rien ne semblait décidé;
La France jouait là son plus grand
coup de dé;
Le bon Dieu de là-haut était-il
pour ou contre?
Quelle ombre! et je tirais de temps en
temps ma montre.
Par intervalle un cri troublait ce champ
muet,
Et l'on voyait un corps gisant qui remuait.
Nous étions fusillés l'un
après l'autre, un râle
Immense remplissait cette ombre sépulcrale.
Les rois ont les soldats comme vous vos
jouets.
Je levais mon épée, et je
la secouais
Au-dessus de ma tête, et je criais:
Courage!
J'étais sourd et j'étais
ivre, tant avec rage
Les coups de foudre étaient par
d'autres coups suivis;
Soudain mon bras pendit, mon bras droit,
et je vis
Mon épée à mes pieds,
qui m'était échappée;
J'avais un bras cassé; je ramassai
l'épée
Avec l'autre, et la pris dans ma main
gauche: - Amis!
Se faire aussi casser le bras gauche est
permis!
Criai-je, et je me mis à rire,
chose utile,
Car le soldat n'est point content qu'on
le mutile,
Et voir le chef un peu blessé ne
déplaît point.
Mais quelle heure était-il? je
n'avais plus qu'un poing,
Et j'en avais besoin pour lever mon épée;
Mon autre main battait mon flanc, de sang
trempée,
Et je ne pouvais plus tirer ma montre.
Enfin
Mon tambour s'arrêta: - Drôle,
as-tu peur? - J'ai faim,
Me répondit l'enfant. En ce moment
la plaine
Eut comme une secousse, et fut brusquement
pleine
D'un cri qui jusqu'au ciel sinistre s'éleva.
Je me sentais faiblir; tout un homme s'en
va
Par une plaie; un bras cassé, cela
ruisselle;
Causer avec quelqu'un soutient quand on
chancelle;
Mon sergent me parla; je dis au hasard:
Oui,
Car je ne voulais pas tomber évanoui.
Soudain le feu cessa, la nuit sembla moins
noire.
Et l'on criait: Victoire! et je criai:
Victoire!
J'aperçus des clartés qui
s'approchaient de nous.
Sanglant, sur une main et sur les deux
genoux
Je me traînai; je dis: - Voyons
où nous en sommes.
J'ajoutai: - Debout, tous! Et je comptais
mes hommes.
- Présent! dit le sergent. - Présent!
dit le gamin.
Je vis mon colonel venir, l'épée
en main.
- Par qui donc la bataille a-t-elle été
gagnée?
- Par vous, dit-il. - La neige était
de sang baignée.
Il reprit: - C'est bien vous, Hugo? c'est
votre voix?
- Oui. - Combien de vivants êtes-vous
ici? - Trois. |
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