Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
LE CIMETIÈRE D’EYLAU
EL CEMENTERIO DE EYLAU 
El General Hugo en la batalla de Eylau
Pintura de Lucien Lapeyre.

Por

Víctor Hugo

Víctor Hugo (1802-1885)
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador del INMF.
PRESENTACIÓN GENERAL
Por el profesor
Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia

Presentamos a continuación esta pequeña gran joya de Víctor Hugo, uno de sus monumentos napoleónicos escrito según los relatos que le eran contados por su tío Louis-Joseph Hugo (1777-1853), capitán en el 55º regimiento de línea, durante la campaña de Polonia.
En este poema, Víctor Hugo nos pinta el cuadro fantástico de la terrible jornada del 8 de febrero de 1807 tal como la vivieron su tío y su heroica compañía de granaderos, minúsculo islote humano ahogado en medio de una tormenta de nieve y de fuego, aislado de todos, y cuya posición crucial, caracterizada por el deber de mantener la posición a cualquier costo, constituyó el pivote mismo de las maniobras de la Grande Armada.
El 55° de línea estaba apostado cerca del mítico cementerio de Eylau. El recinto se encontraba en el centro del pueblo, rodeando a una iglesia. El frío era extremo en aquella época, y la nieve cubría los campos.
El general ruso Benningsen estaba determinado a apoderarse del pueblo, por lo que a las 7:30 horas efectuó un terrible bombardeo en dicha localidad. Ante este ataque de inaudita violencia, Napoleón ordenó a la división de Saint Hilaire y al cuerpo de Augereau acometer contra el centro ruso. Es entonces cuando Joseph Hugo y sus 85 granaderos del 55° de línea entran en el escenario, y en la leyenda. Una terrible tormenta de nieve se desata sobre las tropas, y la artillería rusa por poco diezma el cuerpo de Augereau; poco después, una ráfaga de metralla explota cerca de Louis-Joseph: una bala atraviesa su bicornio y un casco de metralla le hiere en el brazo derecho, quebrándoselo. Anécdota curiosa, Louis-Joseph se « da la mano » a sí mismo para asegurarse de no haber perdido el brazo, luego, exangüe, cae medio desmayado sobre la nieve. En cuanto a su pequeña tropa, ha sido prácticamente aniquilada por la metralla. Cuando el bombardeo ruso se termina hacia las 18:00 horas, sólo tres sobrevivientes quedan en el cementerio, Hugo, el teniente y el pequeño tambor.

Louis-Joseph Hugo (1777-1853)
Tras este episodio, Louis-Joseph recibió atención médica, lo cual no impidió que algunos días después la gangrena se manifestara. No obstante, dadas las condiciones de la batalla, no se pudo encontrar personal médico que le amputase el brazo. Louis-Joseph tuvo que atenderse él mismo, y gracias a inyecciones de quinina salvó su brazo por su propia cuenta... Su sacrificio y heroísmo serán recompensados con la Cruz de la Legión de Honor el 14 de abril de 1807.
Pabellón del 55º regimiento de línea

EL CEMENTERIO DE EYLAU

A mis hermanos mayores, alumnos pasmados,
Lo que sigue fue contado por mi tío Luis,
Quien me decía a mí, con su más tierna voz:
- ¡Juega, niño! – juzgándome demasiado pequeño para comprender.
Yo escuchaba sin embargo, y mi tío decía:
- ¡Una batalla, bah! ¿Sabéis lo que es?
Humo. Al alba uno se levanta, al anochecer
Uno se acuesta; y voy a contarles una.
Esa batalla se nombra Eylau; creo
Que yo era capitán y que tenía la cruz;
Sí, yo era capitán. Después de todo, en la guerra,
Un hombre, es sombra, y no nada cuenta,
Y no es de mí de lo que se trata. Entonces, Eylau
Es un país en Prusia; un bosque, campos, agua,
Hielo, y por doquier el invierno y la llovizna.
El regimiento acampó cerca de un muro en ruinas;
Se veían tumbas alrededor de un viejo campanario.
Benigssen no sabía más que una cosa, acercarse
Y huir; pero el Emperador desdeñaba ese tejemaneje.
Y las llanuras estaban todas blancas de nieve.
Napoleón pasó, con su catalejo en la mano.
Los granaderos decían: Será para mañana.
Unos viejecillos, niños descalzos, mujeres gordas
Se marchaban; yo pensaba; miraba las fosas.
En la velada prendimos los fuegos, y el coronel vino,
Dijo: - ¿Hugo? – Presente. - ¿Cuántos hombres? – Ciento veinte.
- Bien. Tomad con vos la compañía entera,
Y haceos matar. - ¿Dónde? – En el cementerio.
Y le respondí: - Es en efecto el lugar.
Yo tenía mi cantimplora, él bebió y yo bebí; un viento frío
Soplaba. Dijo: - La muerte no está lejos. Capitán,
Amo la vida, y vivir es la cosa cierta,
Pero nada sabe morir como los regalones.
Yo, doy mi corazón, pero mi pellejo, lo vendo.
¡Gloria a las hermosas! Brindemos. Vuestro puesto es el peor. -
Pues nuestro coronel tenía el comentario para reír.
Continuó: - Salvad el muro y la fosa,
Y quedaos ahí; ese punto está un poco amenazado,
Al ser ese cementerio la clave de la batalla.
Guardadlo. - Bien. – Tened algunas gavillas de paja.
- No tenemos. – Dormid en el suelo. - Dormiremos.
- ¿Vuestro tambor es bravo? - Como Barra.
- Bien. Que bata la carga al azar y en lo obscuro,
Hay que tener el ruido cuando no se tiene el número.
Y dije al chaval: - ¿Oyes, chaval? - Sí,
Mi capitán, dijo el niño, casi sepultado
Bajo la escarcha y la nieve, y riendo. - La batalla
Prosiguió el coronel, será toda a metralla;
A mí me gusta el arma blanca, y desapruebo el abuso
Que se hace de las cobardías feroces del obús;
El sable es un valiente, la bomba una traicionera;
Pero dejemos proceder al Emperador. Adiós, el tiempo apremia.
Quedaos aquí mañana sin moveros. Hasta la vista.
No os iréis hasta las seis de la tarde. -
El coronel partió. Dije: - ¡Por fila a la derecha!
Y entramos todos en un recinto estrecho;
Hierba, un muro alrededor, una iglesia en medio,
Y en la sombra, bajo las tumbas, un Dios bueno.
Un cementerio sombrío, con blancas ondas,
Aquello recuerda un poco el mar. Almenamos
El muro, y di el santo y seña, e hice
Instalar la ambulancia al pie del crucifijo.
- Merendemos, dije, y durmamos. La nieve ocultaba la hierba:
Nuestros capotes estaban en jirones; es soberbio,
Si se quiere, pero es duro cuando hay mal tiempo.
Tomé por almohada una fosa; tenía
Los pies transidos, pues mis botas no tenían suela;
Y pronto, capitán y soldados revueltos,
No nos movimos más, dormidos sobre los muertos.
Duermen, los soldados; no tienen ni remordimientos,
Ni temor, ni piedad, al no ser responsables;
Y helados por la nieve o quemados por la arena,
Duermen; y además, batirse hace alegre.
Les grité: ¡Buena noche! Y cerré los ojos;
En la guerra no se tiene tiempo para pantomimas.
El cielo estaba desapacible, nevaba, dormimos.
Habíamos recogido herramientas de labranza,
Y habíamos hecho con ellas un gran fuego. Mi tambor
Lo atizó, y luego vino junto a mí a echarse un sueño.
Era un gran soldado, dije, este hombrecito.
El crucifijo permaneció de pie, como un patíbulo.
En fin, el fuego se apagó; y la nieve caía.
¿Cuánto tiempo pasamos durmiendo de esa manera?
¡Quiero, si lo sé, que me lleve el diablo!
Dormimos bien. Dormir, es probar la muerte.
En la guerra es bueno. Tuve frío, mucho frío primero;
Luego soñé; vi en sueño esqueletos
Y espectros, con grandes charreteras;
Por grados, lentamente, sin dejar mi cabecera,
Tuve la sensación de que amanecía,
Mis párpados sentían claridad en la sombra;
De repente, a través de mi sueño, un ruido sombrío
Me sacudió, era parecido al cañón;
Desperté; yo tenía algo blanco
Sobre los ojos; suavemente, sin choque, sin violencia,
La nieve nos había cubierto a todos en silencio
Con un sudario, y en él hice, al levantarme un hoyo;
Una bola de cañón, que nos llegó no sé bien por donde,
Me despertó por completo; le dije: ¡Pasa de largo!
Y grité: - ¡Tambor, de pie! ¡y bate la carga!
Ciento veinte cabezas entonces, como un archipiélago,
Salieron de la nieve: un sargento hizo el llamado,
Y el alba se mostró, roja, alegre y lenta;
Se hubiera creído ver una boca sangrante.
Me puse a pensar en mi madre; el viento
Parecía hablarme quedo; en la guerra a menudo
Al levantarse el día la que se levanta es la muerte.
Pensaba. Primero, tuvimos una tregua;
Los dos cañonazos no eran más que una señal,
La música a veces echa a volar con el baile
Y hace bailar en el aire una o dos notas vanas.
La noche había cuajado nuestra sangre en nuestras venas,
Pero sentir el combate venir, nos recalentaba.
La armada iba a apoyarse en nosotros en efecto;
Éramos los guardianes del centro, y el puñado
De hombres sobre quienes la bomba, así como un destral,
Va a encarnizarse; y hubiese preferido estar en otro lugar.
Puse a mi gente a lo largo del muro; como tiradores.
Y cada uno se forjaba ilusiones de la oportunidad poco segura
De un buen grado por miedo de una buena herida;
En la guerra uno se hace matar para tener éxito.
Mi teniente, muchacho que egresaba de Saint-Cyr,
Me gritó: - La mañana es una cosa amable;
¡Qué rayo de sol encantador! ¡La nieve está rosa!
¡Capitán, todo brilla y ríe! ¡Qué fresco azur!
¡Cuán blanco es este paisaje, apacible y puro!
- Esto se va a poner terrible, respondí.
Y pensaba en el Rin, en los Alpes, en el Adigio,
Y en todos nuestros orgullosos combates siniestros de antaño.
La batalla estalló. Seiscientas voces
Enormes, lanzándose la flama a plenas bocas,
Se insultaron de lo alto de las colinas fieras,
Toda la planicie fue un abismo humeante,
Y mi tambor batía la carga perdidamente.
A los cañones se sumaba una fanfarria altiva,
Y las bombas llovían sobre nuestro cementerio,
Como si se buscase matar a las tumbas;
Se veía a los cuervos echar a volar del campanario;
Me acuerdo que un tiro de obús agujeró la tierra,
Y el muerto apareció, estupefacto en su ataúd,
Como si el bullicio humano le despertase.
Luego una niebla ocultó al sol. La bola de cañón
Y la bomba hacían un ruido espantoso.
Berthier, príncipe de imperio y vicecondestable
Cargó a nuestra derecha contra un cuerpo hannoveriano
Con treinta escuadrones, y ya no vimos más nada
Sino una niebla sin fondo, estrellada de bombas;
Por lo mucho que toda la batalla y toda la refriega
Habían desparecido en la niebla trágica.
Una nube caída sobre la tierra, horrible, acrecentada
Por vómitos inmensos de humos,
Niños, era debajo de eso donde estaban los dos ejércitos;
La nieve esa noche flotaba como una lanilla,
Y nos exterminábamos, a fe mía, como se podía.
Hacíamos lo mejor que podíamos. Pensativo, en los escombros,
Yo veía a mis soldados merodear como sombras;
Espectros a lo largo del muro formados en espaldera;
Y ese campo producía sobre mí un efecto singular,
Cadáveres abajo y encima fantasmas.
Algunos caseríos estaban en llamas; a lo lejos ardían chozas.
Luego la bruma en la que del Harz oíamos el coro
Halló la forma de crecer y de espesarse aún,
Y ya no vimos más que nuestro cementerio;
Al medio día teníamos nuestro muro por frontera,
Como por una mano negra, en la noche,
Nos sentimos tomar, y todo se desvaneció.
Nuestra iglesia parecía un peñón en la espuma.
La metralla veía muy claro en esa bruma,
Nos hacía compañía, aplastaba el presbiterio
De la iglesia, y la cruz de piedra, y nos probaba
Que no estábamos solos en esta planicie obscura.
Teníamos hambre, pero no sopa; uno se procura
Con dificultad qué comer en semejante lugar. He aquí
Que el granizo de fuego repentinamente redobló.
La metralla, es algo muy molesto; es lluvia;
Sólo que lo que cae y os molesta,
Son granos de flama y no gotas de agua.
Gente a quien se pone sobre los ojos una venda,
Éramos nosotros. Todo se derrumbaba bajo los obuses, el claustro,
La iglesia y el campanario, y yo veía decrecer
Las sombras que tenía de pie a mi alrededor;
Una de vez en cuando caía. – Morimos mucho,
Dice un sargento pensativo como un lobo en una trampa;
Luego siguió, mostrando las fosas bajo la nieve:
- ¿Por qué se nos da este campo ya amueblado? -
Luchábamos. Es la suerte de los hombres y del trigo
El ser segados sin ver la guadaña. Un pequeño número
De fantasmas merodeaba aún en la penumbra;
Mi chaval tambor continuaba su ruido;
Tirábamos por encima del muro casi destruido.
Mis hijos, tenéis un jardín; la metralla
Estaba sobre nosotros, guardianes de esta áspera muralla,
Como vosotros sobre las flores con vuestra regadera.
- No os iréis hasta las seis horas de la tarde.
Pensaba, meditando en voz baja esta consigna.
Hazes de rayos mezclados con plumas de cisne,
Pavesas rayando en la sombra los copos,
Es todo lo que nuestros ojos podían ver. - ¡Ataquemos!
Me dijo el sargento. - ¿A quien? Dije, no se ve a nadie.
- Pero se puede oír. Las voces hablan; la corneta suena.
Partamos, salgamos; la muerte escupe sobre nosotros aquí;
Estamos bajo la bomba y el obús. – Quedémonos.
Añadí: - Es sobre nosotros que cae la batalla.
Somos el pivote de la acción. - Bostezo,
Dice el sargento. – El cielo, los campos, todo estaba negro;
Pero aunque en plena noche, estábamos lejos de la velada,
Y me repetía en voz baja: Hasta las seis.
- ¡Diantre! ¡Tendremos pocas ocasiones mejores
Para avanzar! me dijo mi teniente. En esas,
Una bola de cañón se lo llevó. Yo no tenía fe
En el éxito; la victoria finalmente no es más que una mujerzuela.
Un pálido fulgor, en la bruma disperso,
Iluminaba vagamente el cementerio. A lo lejos
Nada de distinto, sino que se tenía necesidad
De nosotros para recibir sobre nuestras cabezas las bombas.
El Emperador nos había puesto ahí, entre esas tumbas;
Pero, solos, acribillados de obuses y devolviendo golpes por golpes,
No adivinábamos lo que hacía de nosotros.
Éramos, en medio de ese combate, el blanco.
Tener recio, y durar lo más posible,
Tratar de no estar muertos más que a las seis de la tarde,
Entretanto, matar, era nuestro deber.
Tirábamos al azar, negros de pólvora, fieros;
No tomando el tiempo de morder los cartuchos,
Nuestros soldados combatían y caían sin hablar.
- ¿Sargento, dije, se ve al enemigo recular?
- No. - ¿Qué veis? - Nada. - Ni yo. – Es el diluvio.
Pero en llamas. - ¿Veis a nuestra gente? - No. Si juzgo
Por el número de disparos que en este momento tiramos,
Bien somos cuarenta. - Un grognard con sardineta
Que tiroteaba no lejos de mí dijo: - Somos treinta.
Todo era nieve y noche; el cierzo penetrante
Soplaba, y, tiritando, veíamos llover
Un pozo de puntos blancos en un abismo negro.
La batalla sin embargo parecía tornarse peor.
¡Es que un reino era comido por un imperio!
Se adivinaba detrás de un velo un choque pavoroso;
Se hubiese dicho leones devorándose entre sí;
Era como un combate de los gigantes de la fábula;
Se oía el ruido de las descargas, semejante
A derrumbes enormes; los arrabales
De la ciudad de Eylau se incendiaban; los tambores
Redoblaban su música horrible, y bajo la nube
Seiscientos cañones hacían las veces de bajo continuo;
Nos masacrábamos; nada parecía decidido;
Francia se jugaba ahí su mayor golpe de suerte;
¿El buen Dios de allá arriba estaba por o contra?
¡Qué sombra! Y yo sacaba de vez en cuando mi reloj.
Por intervalos un grito turbaba ese campo mudo,
Y se veía un cuerpo yaciente que se revolvía.
Éramos fusilados uno junto al otro, un estertor
Inmenso llenaba esa sombra sepulcral.
Los reyes tienen a los soldados como vosotros vuestros juguetes.
Levantaba mi espada, y la sacudía
Por sobre mi cabeza, y gritaba: ¡Coraje!
Estaba sordo y estaba ebrio, por la mucha rabia
Con la que los truenos eran por otros golpes seguidos;
De repente mi brazo pendió, mi brazo derecho, y vi
Mi espada a mis pies, que se me había escapado;
Tenía un brazo roto; recogí la espada
Con el otro, y la cogí en mi mano izquierda: - ¡Amigos!
¡Hacerse romper también el brazo izquierdo está permitido!
Grité, y me puse a reír, cosa útil,
Pues el soldado no está contento de que se le mutile,
Y ver al jefe un poco herido no desagrada.
¿Pero qué hora era? Ya no tenía más que un puño,
Y lo necesitaba para alzar mi espada;
Mi otra mano batía mi flanco, de sangre empapada,
Y ya no podía sacar mi reloj. Finalmente
Mi tambor se detuvo: - ¿Curioso, tienes miedo? – Tengo hambre,
Me respondió el niño. En ese momento la planicie
Tuvo como una sacudida, y estuvo bruscamente llena
De un grito que hasta el cielo siniestro se elevó.
Me sentía flaquear; todo un hombre se va
Por una llaga; un brazo roto, chorrea;
Charlar con alguien sostiene cuando se vacila;
Mi sargento me habló; dije al azar: Sí,
Pues no quería caer desmayado.
Repentinamente el fuego cesó, la noche pareció menos negra.
Y se gritaba: ¡Victoria! y yo grité: ¡Victoria!
Percibí claridades que se aproximaban a nosotros.
Sangrando, sobre una mano y sobre ambas rodillas
Me arrastré; dije: - Veamos cómo vamos.
Añadí: - ¡De pie, todos! Y contaba mis hombres.
- ¡Presente! dijo el sargento. - ¡Presente! dijo el chaval.
Vi a mi coronel venir, espada en mano.
- ¿Por quién pues fue ganada la batalla?
- Por vosotros, dijo. - La nieve estaba bañada de sangre.
Retomó: - ¿Sois vos, Hugo? ¿Es vuestra voz?
- Sí. - ¿Cuántos vivos sois aquí? - Tres.

 

LE CIMETIÈRE D’EYLAU

A mes frères aînés, écoliers éblouis,
Ce qui suit fut conté par mon oncle Louis,
Qui me disait à moi, de sa voix la plus tendre:
- Joue, enfant! - me jugeant trop petit pour comprendre.
J’écoutais cependant, et mon oncle disait:
- Une bataille, bah! Savez-vous ce que c’est?
De la fumée. A l’aube on se lève, à la brune
On se couche; et je vais vous en raconter une.
Cette bataille-là se nomme Eylau; je crois
Que j’étais capitaine et que j’avais la croix;
Oui, j’étais capitaine. Après tout, à la guerre,
Un homme, c’est de l’ombre, et ça ne compte guère,
Et ce n’est pas de moi qu’il s’agit. Donc, Eylau
C’est un pays en Prusse; un bois, des champs, de l’eau,
De la glace, et partout l’hiver et la bruine.
Le régiment campa près d’un mur en ruine;
On voyait des tombeaux autour d’un vieux clocher.
Bénigssen ne savait qu’une chose, approcher
Et fuir; mais l’Empereur dédaignait ce manège.
Et les plaines étaient toutes blanches de neige.
Napoléon passa, sa lorgnette à la main.
Les grenadiers disaient: Ce sera pour demain.
Des vieillards, des enfants pieds nus, des femmes grosses
Se sauvaient; je songeais; je regardais les fosses.
Le soir on fit les feux, et le colonel vint,
Il dit: - Hugo? - Présent. - Combien d’hommes? - Cent-vingt.
- Bien. Prenez avec vous la compagnie entière,
Et faites-vous tuer. - Où? - Dans le cimetière.
Et je lui répondis: - C’est en effet l’endroit.
J’avais ma gourde, il but et je bus; un vent froid
Soufflait. Il dit: - La mort n’est pas loin. Capitaine,
J’aime la vie, et vivre est la chose certaine,
Mais rien ne sait mourir comme les bons vivants.
Moi, je donne mon cœur, mais ma peau, je la vends.
Gloire aux belles! Trinquons. Votre poste est le pire. -
Car notre colonel avait le mot pour rire.
Il reprit: - Enjambez le mur et le fossé,
Et restez là; ce point est un peu menacé,
Ce cimetière étant la clef de la bataille.
Gardez-le. - Bien. - Ayez quelques bottes de paille.
- On n’en a point. - Dormez par terre. - On dormira.
- Votre tambour est-il brave? - Comme Barra.
- Bien. Qu’il batte la charge au hasard et dans l’ombre,
Il faut avoir le bruit quand on n’a pas le nombre.
Et je dis au gamin: - Entends-tu, gamin? - Oui,
Mon capitaine, dit l’enfant, presque enfoui
Sous le givre et la neige, et riant. - La bataille
Reprit le colonel, sera toute à mitraille;
Moi j’aime l’arme blanche, et je blâme l’abus
Qu’on fait des lâchetés féroces de l’obus;
Le sabre est un vaillant, la bombe une traîtresse;
Mais laissons l’Empereur faire. Adieu, le temps presse.
Restez ici demain sans broncher. Au revoir.
Vous ne vous en irez qu’à six heures du soir. -
Le colonel partit. Je dis: - Par file à droite!
Et nous entrâmes tous dans une enceinte étroite;
De l’herbe, un mur autour, une église au milieu,
Et dans l’ombre, au-dessus des tombes, un bon Dieu.
Un cimetière sombre, avec de blanches lames,
Cela rappelle un peu la mer. Nous crénelâmes
Le mur, et je donnai le mot d’ordre, et je fis
Installer l’ambulance au pied du crucifix.
- Soupons, dis-je, et dormons. La neige cachait l’herbe:
Nos capotes étaient en loque; c’est superbe,
Si l’on veut, mais c’est dur quand le temps est mauvais.
Je pris pour oreiller une fosse; j’avais
Les pieds transis, ayant des bottes sans semelle;
Et bientôt, capitaine et soldats pêle-mêle,
Nous ne bougeâmes plus, endormis sur les morts.
Cela dort, les soldats; cela n’a ni remords,
Ni crainte, ni pitié, n’étant pas responsable;
Et glacé par la neige ou brûlé par le sable,
Cela dort; et d’ailleurs, se battre rend joyeux.
Je leur criai: Bonsoir! et je fermai les yeux;
A la guerre on n’a pas le temps des pantomimes.
Le ciel était maussade, il neigeait, nous dormîmes.
Nous avions ramassé des outils de labour,
Et nous en avions fait un grand feu. Mon tambour
L’attisa, puis s’en vint près de moi faire un somme.
C’était un grand soldat, dis, que ce petit homme.
Le crucifix resta debout, comme un gibet.
Bref, le feu s’éteignit; et la neige tombait.
Combien fut-on de temps à dormir de la sorte?
Je veux, si je le sais, que le diable m’emporte!
Nous dormions bien. Dormir, c’est essayer la mort.
À la guerre c’est bon. J’eus froid, très-froid d’abord;
Puis je rêvai; je vis en rêve des squelettes
Et des spectres, avec de grosses épaulettes;
Par degrés, lentement, sans quitter mon chevet,
J’eus la sensation que le jour se levait,
Mes paupières sentaient de la clarté dans l’ombre;
Tout à coup, à travers mon sommeil, un bruit sombre
Me secoua, c’était au canon ressemblant;
Je m’éveillai; j’avais quelque chose de blanc
Sur les yeux; doucement, sans choc, sans violence,
La neige nous avait tous couverts en silence
D’un suaire, et j’y fis, en me dressant un trou;
Un boulet, qui nous vint je ne sais pas trop par où,
M’éveilla tout à fait; je lui dis: Passe au large!
Et je criai: - Tambour, debout! et bats la charge!
Cent-vingt têtes alors, ainsi qu’un archipel,
Sortirent de la neige: un sergent fit l’appel,
Et l’aube se montra, rouge, joyeuse et lente;
On eût cru voir sourire une bouche sanglante.
Je me mis à penser à ma mère; le vent
Semblait me parler bas; à la guerre souvent
Dans le lever du jour c’est la mort qui se lève.
Je songeais. Tout d’abord, nous eûmes une trêve;
Les deux coups de canon n’étaient rien qu’un signal,
La musique parfois s’envole avant le bal
Et fait danser en l’air une ou deux notes vaines.
La nuit avait figé notre sang dans nos veines,
Mais sentir le combat venir, nous réchauffait.
L’armée allait sur nous s’appuyer en effet;
Nous étions les gardiens du centre, et la poignée
D’hommes sur qui la bombe, ainsi qu’une cognée,
Va s’acharner; et j’eusse aimé mieux être ailleurs.
Je mis mes gens le long du mur; en tirailleurs.
Et chacun se berçait de la chance peu sûre
D’un bon grade à travers une bonne blessure;
À la guerre on se fait tuer pour réussir.
Mon lieutenant, garçon qui sortait de Saint-Cyr,
Me cria: - Le matin est une aimable chose;
Quel rayon de soleil charmant! La neige est rose!
Capitaine, tout brille et rit! Quel frais azur!
Comme ce paysage est blanc, paisible et pur!
- Cela va devenir terrible, répondis-je.
Et je songeais au Rhin, aux Alpes, à l’Adige,
A tous nos fiers combats sinistres d’autrefois.
La bataille éclata. Six cents voix
Enormes, se jetant la flamme à pleines bouches,
S’insultèrent du haut des collines farouches,
Toute la plaine fut un abîme fumant,
Et mon tambour battait la charge éperdument.
Aux canons se mêlait une fanfare altière,
Et les bombes pleuvaient sur notre cimetière,
Comme si l’on cherchait à tuer les tombeaux;
On voyait du clocher s’envoler les corbeaux;
Je me souviens qu’un coup d’obus troua la terre,
Et le mort apparu, stupéfait dans sa bière,
Comme si le tapage humain le réveillait.
Puis un brouillard cacha le soleil. Le boulet
Et la bombe faisaient un bruit épouvantable.
Berthier, prince d’empire et vice-connétable,
Chargea sur notre droite un corps hanovrien
Avec trente escadrons, et l’on ne vit plus rien
Qu’une brume sans fond, de bombes étoilée;
Tant toute la bataille et toute la mêlée
Avaient dans le brouillard tragique disparu.
Un nuage tombé par terre, horrible, accru
Par des vomissements immenses de fumées,
Enfants, c’est là-dessous qu’étaient les deux armées;
La neige en cette nuit flottait comme un duvet,
Et l’on s’exterminait, ma foi, comme on pouvait.
On faisait de son mieux. Pensif, dans les décombres,
Je voyais mes soldats rôder comme des ombres;
Spectres le long du mur rangés en espalier;
Et ce champ me faisait un effet singulier,
Des cadavres dessous et dessus des fantômes.
Quelques hameaux flambaient; au loin brûlaient des chaumes.
Puis la brume où du Harz on entendait le cor
Trouva moyen de croître et d’épaissir encor,
Et nous ne vîmes plus que notre cimetière;
A midi nous avions notre mur pour frontière,
Comme par une main noire, dans de la nuit,
Nous nous sentîmes prendre, et tout s’évanouit.
Notre église semblait un rocher dans l’écume.
La mitraille voyait fort clair dans cette brume,
Nous tenait compagnie, écrasait le chevet
De l’église, et la croix de pierre, et nous prouvait
Que nous n’étions pas seuls dans cette plaine obscure.
Nous avions faim, mais pas de soupe; on se procure
Avec peine à manger dans un tel lieu. Voilà
Que la grêle de feu tout à coup redoubla.
La mitraille, c’est fort gênant; c’est de la pluie;
Seulement ce qui tombe et ce qui vous ennuie,
Ce sont des grains de flamme et non des gouttes d’eau.
Des gens à qui l’on met sur les yeux un bandeau,
C’était nous. Tout croulait sous les obus, le cloître,
L’église et le clocher, et je voyais décroître
Les ombres que j’avais autour de moi debout;
Une de temps en temps tombait. - On meut beaucoup,
Dit un sergent pensif comme un loup dans un piège;
Puis il reprit, montrant les fosses sous la neige:
- Pourquoi nous donne-t-on ce champ déjà meublé? -
Nous luttions. C’est le sort des hommes et du blé
D’être fauchés sans voir la faux. Un petit nombre
De fantômes rôdait encor dans la pénombre;
Mon gamin de tambour continuait son bruit;
Nous tirions par-dessus le mur presque détruit.
Mes enfants, vous avez un jardin; la mitraille
Etait sur nous, gardiens de cette âpre muraille,
Comme vous sur les fleurs avec votre arrosoir.
- Vous ne vous en irez qu’à six heures du soir.
Je songeais, méditant tout bas cette consigne.
Des jets d’éclairs mêlés à des plumes de cygne,
Des flammèches rayant dans l’ombre les flocons,
C’est tout ce que nos yeux pouvaient voir. - Attaquons!
Me dit le sergent. - Qui? dis-je, on ne voit personne.
- Mais on entend. Les voix parlent; le clairon sonne.
Partons, sortons; la mort crache sur nous ici;
Nous sommes sous la bombe et l’obus. - Restons-y.
J’ajoutai: - C’est sur nous que tombe la bataille.
Nous sommes le pivot de l’action. - Je bâille,
Dit le sergent. - Le ciel, les champs, tout était noir;
Mais quoiqu’en pleine nuit, nous étions loin du soir,
Et je me répétais tout bas: Jusqu’à six heures.
- Morbleu! nous aurons peu d’occasions meilleures
Pour avancer! me dit mon lieutenant. Sur quoi,
Un boulet l’emporta. Je n’avais guère foi
Au succès; la victoire au fond n’est qu’une garce.
Une blême lueur, dans le brouillard éparse,
Eclairait vaguement le cimetière. Au loin
Rien de distinct, sinon que l’on avait besoin
De nous pour recevoir sur nos têtes les bombes.
L’Empereur nous avait mis là, parmi ces tombes;
Mais, seuls, criblés d’obus et rendant coups pour coups,
Nous ne devinions pas ce qu’il faisait de nous.
Nous étions, au milieu de ce combat, la cible.
Tenir bon, et durer le plus longtemps possible,
Tâcher de n’être morts qu’à six heures du soir,
En attendant, tuer, c’était notre devoir.
Nous tirions au hasard, noirs de poudre, farouches;
Ne prenant que le temps de mordre les cartouches,
Nos soldats combattaient et tombaient sans parler.
- Sergent, dis-je, voit-on l’ennemi reculer?
- Non. - Que voyez-vous? - Rien. - Ni moi. - C’est le déluge.
Mais en feu. - Voyez-vous nos gens? - Non. Si j’en juge
Par le nombre de coups qu’à présent nous tirons,
Nous sommes bien quarante. - Un grognard à chevrons
Qui tiraillait pas loin de moi dit: - On est trente.
Tout était neige et nuit; la bise pénétrante
Soufflait, et, grelottants, nous regardions pleuvoir
Un gouffre de points blancs dans un abîme noir.
La bataille pourtant semblait devenir pire.
C’est qu’un royaume était mangé par un empire!
On devinait derrière un voile un choc affreux;
On eût dit des lions se dévorant entr’eux;
C’était comme un combat des géants de la fable;
On entendait le bruit des décharges, semblable
A des écroulements énormes; les faubourgs
De la ville d’Eylau prenaient feu; les tambours
Redoublaient leur musique horrible, et sous la nue
Six cents canons faisaient la basse continue;
On se massacrait; rien ne semblait décidé;
La France jouait là son plus grand coup de dé;
Le bon Dieu de là-haut était-il pour ou contre?
Quelle ombre! et je tirais de temps en temps ma montre.
Par intervalle un cri troublait ce champ muet,
Et l’on voyait un corps gisant qui remuait.
Nous étions fusillés l’un après l’autre, un râle
Immense remplissait cette ombre sépulcrale.
Les rois ont les soldats comme vous vos jouets.
Je levais mon épée, et je la secouais
Au-dessus de ma tête, et je criais: Courage!
J’étais sourd et j’étais ivre, tant avec rage
Les coups de foudre étaient par d’autres coups suivis;
Soudain mon bras pendit, mon bras droit, et je vis
Mon épée à mes pieds, qui m’était échappée;
J’avais un bras cassé; je ramassai l’épée
Avec l’autre, et la pris dans ma main gauche: - Amis!
Se faire aussi casser le bras gauche est permis!
Criai-je, et je me mis à rire, chose utile,
Car le soldat n’est point content qu’on le mutile,
Et voir le chef un peu blessé ne déplaît point.
Mais quelle heure était-il? je n’avais plus qu’un poing,
Et j’en avais besoin pour lever mon épée;
Mon autre main battait mon flanc, de sang trempée,
Et je ne pouvais plus tirer ma montre. Enfin
Mon tambour s’arrêta: - Drôle, as-tu peur? - J’ai faim,
Me répondit l’enfant. En ce moment la plaine
Eut comme une secousse, et fut brusquement pleine
D’un cri qui jusqu’au ciel sinistre s’éleva.
Je me sentais faiblir; tout un homme s’en va
Par une plaie; un bras cassé, cela ruisselle;
Causer avec quelqu’un soutient quand on chancelle;
Mon sergent me parla; je dis au hasard: Oui,
Car je ne voulais pas tomber évanoui.
Soudain le feu cessa, la nuit sembla moins noire.
Et l’on criait: Victoire! et je criai: Victoire!
J’aperçus des clartés qui s’approchaient de nous.
Sanglant, sur une main et sur les deux genoux
Je me traînai; je dis: - Voyons où nous en sommes.
J’ajoutai: - Debout, tous! Et je comptais mes hommes.
- Présent! dit le sergent. - Présent! dit le gamin.
Je vis mon colonel venir, l’épée en main.
- Par qui donc la bataille a-t-elle été gagnée?
- Par vous, dit-il. - La neige était de sang baignée.
Il reprit: - C’est bien vous, Hugo? c’est votre voix?
- Oui. - Combien de vivants êtes-vous ici? - Trois.