| EL
REGRESO DE LAS CENIZAS |
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Contado
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Victor
Hugo |
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| Víctor
Hugo (1802-1885) |
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Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
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En
su famoso recuento de notas
titulado « Cosas
Vistas »
(1),
antología de notas
y apuntes recopilados a lo
largo de su carrera, el gran
Víctor Hugo no podía
dejar de evocar el momento
del gran regreso de los restos
mortales del Emperador Napoleón
a Francia, para ser por fin
enterrado, después
de 25 años en el exilio,
« en
medio de ese pueblo francés
que tanto amó
».
A continuación, su
relato:
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Repentinamente
el cañón retumba a la vez en tres
diferentes puntos del horizonte. Este triple estruendo
simultaneo encierra al oído en una suerte
de triángulo formidable y soberbio. Unos
tambores alejados tañen en los campos.
La carroza del
Emperador aparece.
El sol, velado
hasta ese momento, reaparece al mismo tiempo.
El efecto es prodigioso.
Se ve a lo lejos,
en el vapor y en el sol, sobre el fondo gris de
los árboles de los Campos Elíseos,
a través grandes estatuas blancas que parecen
fantasmas, moverse lentamente a una especie de
montaña de oro. No se distingue aún
nada más que una suerte de centelleo luminoso
que hace destellar sobre toda la superficie de
la carroza ora estrella, ora rayos. Un inmenso
rumor envuelve a esta aparición.
Se diría
que esta carroza arrastra tras de sí la
aclamación de toda la ciudad como una antorcha
arrastra su estela de humo.
En el momento de dar vuelta en la avenida de la
Explanada, se queda algunos momentos detenida
pro alguna casualidad en el camino, frente a una
estatua que hace el ángulo de la avenida
y el paseo del muelle. He verificado más
tarde que esta estatua es la del Mariscal Ney.
En el momento
en el que el carro-catafalco apareció,
era la una y media.
El cortejo se
vuelve a poner en marcha.
La carroza avanza
lentamente. Ya se comienza a distinguir su forma.
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| La
carroza-catafalco en los Campos Elíseos |
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He aquí
los caballos de silla de los mariscales y de los
generales que sostienen el cordón de la
gasa fúnebre imperial.
He aquí
los ochenta y seis suboficiales legionarios llevando
las banderas de los ochenta y seis departamentos.
Nada más bello que este cuadro, sobre el
cual se agita un bosque de banderas. Uno creería
ver un campo de dalias gigantescas.
He aquí
un caballo blanco cubierto de la cabeza a los
pies por un velo violeta, acompañado por
un chambelán azul cielo bordado de plata
y conducido por dos lacayos vestidos de verde
y galoneados de oro. Es la librea del Emperador.
Estremecimiento
en la multitud: « ¡Es el caballo de
batalla de Napoleón! ». La mayoría
lo creía intensamente. A poco que el caballo
hubiese servido dos años al Emperador,
tendría treinta años, lo cual es
una bella edad para un caballo.
El hecho es que
este palafrén es un buen y viejo caballo-comparsa
que cumple desde hace una decena de años
el empleo de caballo de batalla en todos los entierros
militares en los que preside la administración
de las pompas fúnebres.
Este corcel de paja lleva sobre su espalda la
verdadera silla de montar de Bonaparte en Marengo.
Una silla de terciopelo carmesí con doble
galón de oro bastante desgastada.
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| El
caballo de batalla de Napoleón
dibujado por Víctor Adam |
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Después
del caballo vienen en líneas severas y
estrechas los quinientos marinos de la Belle-Poule
(2), jóvenes
rostros en su mayoría, en traje de combate,
con chaqueta oval, sombrero redondo lustroso sobre
la cabeza, pistolas en la cintura, hacha de abordaje
en mano y el sable al costado, un sable corto
de ancha empuñadura de hierro pulido.
Las salvas continúan.
En ese momento
cuentan entre la muchedumbre que esa mañana
el primer cañonazo disparado en los Inválidos
cortó los dos muslos de un guardia municipal.
Habían olvidado destapar la pieza. Añaden
que un hombre se resbaló, en la plaza Luis
XV, bajo las ruedas de la carroza y fue aplastado
(3).
La carroza está
ahora muy cerca. Es precedido casi inmediatamente
por el estado mayor de la Belle-Poule,
comandado por el Sr. Príncipe de Joinville
a caballo. El Sr. Príncipe de Joinville
tiene el rostro cubierto de barba, lo que me parece
contrario a los reglamentos de la manera militar.
Porta por vez primera el gran cordón de
la Legión de Honor. Hasta hoy no figuraba
en el libro de la Legión más que
como simple caballero.
Una vez llegada
frente a mí, no sé qué obstáculo
momentáneo se presenta. La carroza se detiene.
Hace una estación de algunos minutos entre
la estatua de Juana de Arco y la estatua de Carlos
V (4).
Pude mirarla a
gusto. El conjunto tiene grandeza. Es una enorme
masa, enteramente dorada, cuyos pisos se elevan
como una pirámide sobre cuatro enormes
ruedas que la portan. Bajo la gasa fúnebre
violeta salpicada de abejas, que lo recubre de
arriba a abajo, se distinguen detalles bastante
hermosos: las águilas vehementes del zócalo,
las catorce Victorias del coronamiento cargando
sobre una mesa de oro un simulacro de féretro.
El verdadero ataúd era invisible. Se le
ubicó en la cava del basamento, lo que
disminuye la emoción.
Ahí está
el gran defecto de esta carroza. Esconde lo que
uno quisiera ver, lo que Francia ha reclamado,
lo que el pueblo espera, lo que todos los ojos
buscan, el féretro de Napoleón.
Sobre el falso
sarcófago fueron colocadas las insignias
del Emperador, la corona, la espada, el cetro
y el manto. En la mediacaña que separa
a las Victorias del remate de las águilas
del pedestal, se ven distintamente, a pesar de
la doradura ya medio resquebrajada, las líneas
de sutura de las tablas de pino. Otro defecto.
Este oro no lo es más que en apariencia.
Pino sobre cartón piedra, He aquí
la realidad. Hubiese querido para la carroza del
Emperador una magnificencia que fuera sincera.
Víctor
Hugo
NOTAS
(1) Choses
vues, Souvenirs, journaux, cahiers (1830-1885);
J. Hetzel et Cie, 1887, París.
(2) La Belle-Poule: Fragata que regresó
a Francia los restos de Napoleón desde
Santa Elena. NdT.
(3) La carroza fúnebre pesaba trece toneladas.
NdT.
(4) Charles V de Francia (1338-1380), de la dinastía
de los Capetos, conocido como Carlos el Sabio.
Rey de Francia a partir de 1364. En nombre de
la “sapiencia” que le era tan cara,
es decir la sabiduría, reunió el
primer fondo de la Biblioteca nacional, construyó
el primer reloj público, y mandó
traducir al francés la Biblia, Tito-Livio,
y San Agustín. A su muerte, el tesoro real
cuenta con 17 millones de francos, mientras que
las cajas dejadas de sus predecesores estaban
regularmente vacías…Será bajo
su reinado cuando el célebre Du Guesclin
reconquiste Francia y eche a los ingleses del
reino. NdT.

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