| Él,
el Emperador, el Pequeño Cabo,
el Rapadito; e incluso el «
Patrón » como lo
apellida afectuosamente aun hoy un historiador
conocido nuestro…
Y su
nombre, esa « ecuación mágica
», rebasa las fronteras, atraviesa
los océanos: Napoleón es
mundial. De La Habana a Tokio, de Londres
al Cabo, el Emperador es omnipresente.
Desde
el momento de su muerte, e incluso antes,
se vio surgir una nueva Gran Armada: la
de los 80 000, 85 000 libros, que aparecieron
sobre él y su época. Biografías,
memorias, recuerdos, estudios de todo
género; ¡y no se ha acabado!
Todas
ellas tantas piedras masivas que conforman
un gigantesco monumento dedicado a la
posteridad. Napoleón puede estar
orgulloso de sus nuevos mariscales: Los
Louis Madelin, los Frédéric
Masson, Henry Houssaye, Jean Thiry, Comandante
Lachouque, Louis Garros, Georges Mauguin…
y de sus generales, entre los vivos éstos:
Ben Weider, Alain Pigeard, Jean Tulard,
Jean-Claude Damamme, Eduardo Garzón-Sobrado,
Albert Martin… Sin hablar de la
multitud de apasionados, de todos esos
anónimos que restablecen cotidianamente
las verdades de una época demasiado
a menudo mal conocida, incluso deformada
por ciertos incultos.
Chateaubriand
(no obstante tan genial por otro lado),
Lewis Goldsmith, Jean Savant, Henri Guillemin,
Roger Caratini: ¡desde 1815 se ha
calumniado tanto!
«
Él », es ante todo ese extraordinario
organizador civil, ¡y la nueva Francia
republicana (desde un cierto 4 de septiembre
de 1870) no tiene lecciones que darle
a la Francia del Imperio! |
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El
Emperador Napoleón
en su estudio, hacia 1807
Por Paul-Hippolyte
Delaroche (detalle) . |
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