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| Instituto
Napoleónico México-Francia - Institut
Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador. |
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Por |
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Isis
Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los Países
Hispánicos
Delegada en Cuba
Representante oficial en Alemania y Suiza |
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| Isis
Wirth |
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Instituto Napoleónico México-Francia
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El
pasado 17 de octubre, cuando yo arribaba a París,
falleció en el Hospital General Judío
de Montreal el doctor Ben Weider, a los 84 años.
Un
gran hombre de negocios canadiense, él
estuvo en el origen del desarrollo del fisicoculturismo
en el mundo, y sin duda fue quien “hizo”
a Arnold Schwarzenegger, hoy gobernador
de California como se sabe.
Había recibido la Orden
de Canadá, y de manos de Jacques
Chirac, el grado de Chevalier de
la Legión
de Honor.
Autor de
numerosos libros y artículos, presidente
fundador de la Sociedad Napoleónica
Internacional, la pasión de Ben Weider
era Napoleón, un culto en el que
había sido iniciado por su padre.
El objetivo de su vida fue colocar en su
sitio verdadero la memoria del Emperador,
desenmascarando falsedades y otros entuertos,
muchos de los cuales —no todos—
remiten a la “leyenda negra”
de Napoléon, ya construida en vida
de éste por los
ingleses. Sobre todo, el objetivo de
su vida fue demostrar científicamente,
para lo cual no escatimó su dinero
y mucho menos su tiempo, el envenenamiento
por arsénico de Napoleón
en Santa
Helena. Lo logró. (Pueden leer
aquí: “La
última prueba”.) |
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| Ben
Weider en Longwood House, junto
con sus hijos Louis^, Eric <
y Mark> |
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 |
Ello
le produjo la animadversión encarnizada
de ciertos medios napoleónicos franceses,
debido a dos razones. Una, no es “políticamente
correcto”, en nombre de un designio
enrevesado, el que Napoleón haya
sido envenenado, con perdón de la
cacofonía.
La segunda, Ben Weider, aun si Quebecois
—ah, “vive le Quebec libre”,
¿recuerdan a de Gaulle?— no
era francés. ¿Cómo
un no-francés justo va a ocuparse
de lo que está “interdit”
*, que Napoleón hubiese sido asesinado?
Olvidan a Mickiewicz: “Franceses,
Napoleón no es de ustedes”.
(Personalmente, moi, Cubaine, pocas
cosas han provocado mi sonrisa más
velada que el que me hayan dicho, en
français: “¿cómo
es posible que te intereses por Napoleón?”,
aun si admirativamente.) ¿Cuándo
comprenderán que la cierta “excepción
francesa” es Napoleón? |
La primera vez
que leí a Ben Weider fue en su recuento
de la peregrinación a Santa Helena. Había
llevado a sus tres hijos, entonces pequeños.
Fueron a Southampton, en Inglaterra, a tomar el
“Royal Mail Santa Helena”, el barco
que es el único medio de conexión
—y aprovisionamiento— de la isla donde
Napoleón murió con el mundo. Años
después, cuando fue el turno de mi peregrinación,
aunque no en ese “Royal Mail”, cada
palabra de Ben Weider me resonaba sin cesar.
Creería saber que el Emperador, donde quiera
que esté, le habrá acaso dicho ya
a Ben Weider que no se equivocó en la principal
faena de su vida.
Puede descansar
en paz, la de los bravos.
P.D.: Leer “La
muerte de un gigante”.
* Prohibido.
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