Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
NAPOLEÓN EN EGIPTO: ¿EL PRIMER CHOQUE DE CULTURAS?
La Batalla de las Pirámides
Ebozo de François André Vincent (1746-1816).

Por

Isis Wirth Armenteros
Delegada del INMF en Cuba
Consejera Especial para los Países Hispánicos

Representante oficial en Alemania y Suiza

Isis Wirth Armenteros, Consejera Especial para los Países Hispánicos, Delegada en Cuba y Representante Oficial en Alemania y Suiza del Instituto Napoleónico México-Francia.
Isis Wirth
Instituto Napoleónico México-Francia ©
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“¡Jihad, Jihad!”, gritaban los musulmanes de Egipto tras que unas conversaciones de paz con el general Kléber, al mando del ejército francés de Oriente tras la partida de Bonaparte a Francia, fracasaran. A los convencidos entre los egipcios de que las hostilidades debían cesar, se les acusa de “apóstatas”, de haberse convertido a la fe cristiana (aunque los franceses del ejército revolucionario eran ateos o anti-cristianos.)
Bonaparte, apenas llegar a Egipto, se había olido el asunto: el que no podían verlos sino como a Saint-Louis, el gran cruzado. Pero, añade: “Bah, si ellos fueran los que irían a nuestros países, sería para imponernos sus creencias”. ¿Percibió el peligro? Quizás. Pero como para su voluntad daba lo mismo el calor del desierto de Egipto que el frío de Rusia, y si en Egipto no había caballos pues a montar a los soldados en dromedarios, insistió hasta dónde pudo en la conquista de Egipto.

A la proclamación de esa “Jihad”, le siguieron 33 días de combate entre franceses y mamelucos y otomanos, aliados para la ocasión. Ganaron los franceses, y Kléber, “en nombre del sólo Dios, grande y misericordioso”, otorga el perdón a los “jihadistas”. El 27 de abril de 1800, Kléber entra en El Cairo. No sabe que le quedan menos de dos meses de vida.
Se reúne con los ulemas: “Cuando vinimos a vuestro país, consideramos a los hombres que se dedican a las ciencias religiosas como los más inteligentes, los guías y el modelo del pueblo. Nos hicieron creer que el pueblo los escuchaba y los seguía para hacer el bien y evitar el mal. Pero, cuando llegaron los otomanos, ustedes los acogieron con alegría. Vuestra hipocresía devino manifiesta”.
Para castigar a los hipócritas, les carga un impuesto, extendido a todos, con la excepción de los pobres y los cristianos, que estos últimos no habían participado en la revuelta. Kléber comete el error de encargar a los cristianos, bajo la dirección de un “moallem” Yaacoub, el recolectar el dinero. Según los musulmanes, esos cristianos (coptos y sirios), “querían destruir el Islam”.
Kléber le confía al “moallem” Yaacoub una legión copta, compuesta de un millar de hombres, y una guardia de 30 franceses. Por la primera vez, cristianos aborígenes tienen poder sobre los musulmanes. La ocupación francesa ha ido demasiado lejos.
Un joven de 24 años, Solimán, originario de Aleppo (hoy en Siria), había estudiado en la mezquita Al-Azhar, de El Cairo. (Los franceses llamaban a estas mezquitas, “universidades”, como similarmente Kléber se refería a “ciencias religiosas”: éste fue el primer gran “choque de civilizaciones”; los europeos trataban de componer las cosas con sus términos.) Dos de sus “profesores” en la “universidad”, es decir, sheiks en la gran mezquita, lo habrían iniciado en la Jihad. De regreso en Aleppo, fue contactado por dos agentes “islamistas” quienes lo convencieron de volver a El Cairo para asesinar a Kléber, “enemigo de los musulmanes”. A cambio, le prometieron intervenir en favor de su padre, un negociante en problemas con las autoridades de Aleppo. Antes de arribar a El Cairo, Solimán tuvo que pasar por Gaza, para recibir dinero e instrucciones de la “célula islamista” local. Cuando llegó a la capital de Egipto, se alojó en la casa de uno de sus “profesores”, y algunos de los jóvenes ahí intentaron disuadirlo del proyecto de asesinar al general francés, pues no era sino, voilà, un acto suicida. Hoy, es con bombas. Entonces, Solimán sólo tenía un puñal.
Solimán se acerca a Kléber en la tarde del 14 de junio de 1800, en el jardín de su residencia, tras un almuerzo con miembros del Instituto de Egipto. Hace el gesto de intentar besarle la mano y saca el puñal, que hunde varias veces en el pecho del francés. El proceso efectuado por los europeos declaró sin embargo inocente al “profesor” de la “Universidad”, pero sí lo hizo con tres cheiks, cómplices, que fueron decapitados. Y cerraron la “mezquita-universidad” durante más de un año.
Un cronista musulmán no pudo reprimir su admiración por el proceso, el que los franceses hubiesen podido ejecutar sumariamente, y por el contrario, hicieron encuestas, interrogaron, deliberaron: “Es digno de interés como esas gentes tienen tanto cuidado y tanta precisión, esas gentes, que no profesan ninguna religión, se basan solamente en su juicio sobre la razón del conocimiento”. Lo inusitado para el cronista era que “no profesaran ninguna religión” y pudieran ser tan escrupulosos, justo porque la muerte de Kléber obedeció a la religión.

Pudiera ser paradójico, y sin embargo es de una coherencia histórica sin falla: el primer gran “choque de culturas” entre el Islam y Occidente se produjo con revolucionarios franceses ateos. Fue Bonaparte, motor al fin y al cabo, quien malgré lui, vislumbró la “conexión cruzada”. La modernidad racional tenía que inaugurarse en el mundo que le era más extraño, alejado y contrario, con este enfrentamiento. Hoy continúa sin resolverse, del mismo modo, acaso, en que “la Revolución francesa no se ha acabado todavía”.
El tribunal condenó a Solimán a ser empalado, según la tradición local, para que los buitres se lo comieran.
Cuando le clavan el palo al “jihadista”, pronuncia: “Allah akhbar”, desde luego.
Acaso los franceses no tenían el que haberle concedido a las costumbres aborígenes una ejecución tan bárbara. ¿Es que no llevaron la guillotina con ellos o se quedó en uno de sus barcos que Nelson hundió en Abukir? O ya se estaban aplatanando: “Se deben aplicar las penas que son ordinaries en Egipto, habida cuenta que la inmensidad del crimen comporta una pena que tiene que golpear la imaginación”. A esto hoy se le llamaría, quizás, comprensión de la “diversidad cultural”.
Larrey, el cirujano en jefe del ejército y luego de la Guardia Imperial, el hombre más virtuoso que haya conocido Napoléon, y a quien hasta el inepto de Wellington respetaría en la batalla de Waterloo, disecó el cadáver de Solimán. Lo llevó a París, al Museo nacional de historia natural. Los frenólogos estudiaron el cráneo del asesino. “Las jorobas del fanatismo religioso son en efecto muy pronunciadas”. ¿Podrían hoy hallarse los salientes craneales del fanatismo religioso en los restos de los suicidas islamistas?

¿Fue ese el primer gran “choque de culturas”? La lectura de las memorias de la campaña de Egipto lo indicaría. Y por si fuera poco, el general Bonaparte traía ¡a la Revolución francesa! ¿No había dicho Camille Desmoulins el 12 de julio de 1789 que “la escarapela tricolor iba a dominar el mundo”?
El general Bonaparte, según el historiador Bernard Lewis – quien, por cierto, es el autor conceptual del “choque de civilizaciones” – marcó profundamente al Medio Oriente. “La presencia de los franceses fue de corta duración, y Egipto volvió a la dominación musulmana. Pero el episodio fue revelador. Mostró cuán fácil era para un pequeño cuerpo expedicionario europeo el conquistar un país situado en el corazón del Medio Oriente. La partida de los franceses mostró que sólo una otra potencia occidental (los ingleses) podía sacarlos. Esta doble lección no se perderá”.

Los franceses, soldados faltos de mujer, descubrían con horror que las musulmanas tenían el sexo cosido para preservar la virginidad. La mayoría, entre ellos, buscó “esposas” cristianas. Cuando alguno pretendió la mano de una musulmana, seducido por su gracia al caminar, una vez que el padre se la dió, al levantarle el velo, veía, espantado, que era tuerta.
Lo peor era, sin embargo, el comportamiento público de las mujeres francesas que acompañaban al ejército. La cara al descubierto, vestidas con ligereza y colores brillantes, femeninas, con adornos y perifollos, montaban a caballo o sobre asnos. Reían escandalosamente y se burlaban de los egipcios que se acercaban a ellas, pensando obtener ventaja de su condición al no estar veladas.
Al cirujano Larrey, un emir, agradecido porque lo había curado, le regaló un harem. Se presentó con doce mujeres en su casa. Era una oferta que no podía rechazar. Se convirtió Larrey en el hazmerreír del ejército. Larrey las fue regalando, una a una, a su vez.
El único francés que en realidad se convirtió al Islam fue el general Menou, quien tras la muerte de Kléber ocupará el mando. Menou confesaría que su matrimonio con una musulmana, a la que nunca le vió la cara ni le habló antes de la unión, era “estrictamente político”. Creía que su conversión, matrimonio de por medio – y con una soi-disant descendiente de Mahoma –, lo acercaría a los nativos. Los franceses no se lo perdonaron; le llamaron el “Renegado”, ellos, ateos o descristianizados. Y no convenció a los aborígenes, por mucho que les dijera que iba a peregrinar a la Meca (nunca fue), y que poseía dos ejemplares del Corán y “tres o cuatro libros de rezos”. “Soy tan musulmán como Mahoma, todos los turbanes verdes son mis primos”, clamaba, pero no le creían. Lo más probable es que permaneciera ateo de veras. Al día siguiente del fin de la expedición francesa en Egipto, su matrimonio con Zobeida fue anulado por un tribunal de El Cairo.

El general Bonaparte, “Sultán Kebir”, había hecho todo lo posible por ganarse a los musulmanes.
En las proclamas dirigidas a la población, se declara ser el emisario de Alá en la tierra.
En el Memorial de Santa Helena, dice Las Cases que cuando Napoléon recibió en la isla-prisión la recopilación de todas sus proclamas como general, Primer cónsul y emperador, remitentes a Le Moniteur, se precipitó a ellas, al estar trabajando con Las Cases en el memorial.
Cuando lee las de la primera campaña de Italia, se emociona: “¡Y después han osado decir que yo no sabía escribir!” Pero cuando llegó a las de Egipto, comenzó a hacer chistes sobre aquellas donde se decía “inspirado y enviado por Alá”.
Eso era charlatanismo mío, le dice a Las Cases, pero del más elevado. No lo hice sino para poder ser traducido en los bellos versos árabes. Mis soldados franceses no hacían sino reírse con el contenido de esas proclamas, tanto que para hacerles entender que yo citara a la religión, me sentí obligado a hablar con bastante ligereza, poniendo a los judíos al lado de los cristianos y a los rabinos al lado de los obispos” (como si la ecuación de la judeocristiandad lo dispensara de su pretendido acercamiento al Islam, en los ojos de sus soldados.)
Y pasa a defenderse: “Falso que yo me vestí alguna vez como un musulmán. Si entré en una mezquita fue como un vencedor, nunca como un fiel”.
“Sultán Kebir” ofrece una traducción de la Jihad: “combat sacré”. Dice que hubiese sido víctima del mismo, como Kléber, sino se habría ganado a los cheiks, que le salvaron más de una vez la vida, al revelarle los planes para ultimarlo.
Napoléon hace que Las Cases escriba:
La decisión de la Gran Mezquita de El Cairo, a favor del ejército francés, fue una obra maestra de habilidad de la parte de un general en jefe (o sea, Bonaparte): él hizo que el sínodo de los grandes cheiks declarara que los musulmanes podían obedecer y pagar tributo al general francés. Éste es el primer ejemplo y el único de ese tipo, después del establecimiento del Corán, que prohibe someterse a los infieles”.

Para sofocar la insurrección de El Cairo, en octubre de 1798, los franceses tuvieron que entrar, a caballo, en la mezquita Al- Azhar. Para Jabarti, cronista árabe de la campaña de Egipto, fue “el recuerdo más desagradable” de la misma. La mezquita en cuestión era el lugar irreductible, la rebelión se circunscribía ahí. Los franceses, cuenta Jabarti, rompieron lo que encontraron, botaron los ejemplares del Corán, y los pisotearon. Orinaron y defecaron, según él. Y, ¡ay!, tomaron vino como cosacos, luego tiraban las botellas, asegurándose que sus fragmentos permanecieran en el gran pasillo.
Tras la insurrección, Bonaparte extremó su prudencia. Comprendió con acuidad que el problema radicaba en “lo musulmán”. Estaba seguro que el jefe de la revuelta había sido el cheik Al-Sadat, miembro del Diván. Kléber le dice que por qué no lo fusilaba. Bonaparte le respondió: “No, este pueblo es muy diferente a nosotros…La muerte de ese viejo impotente tendría para nosotros consecuencias más funestas de lo que usted piensa”.
Tras la revuelta, en diciembre siguiente, consciente del peligro religioso, y con tal de intentar impedir que se produjera otra insurrección, Bonaparte hace la siguiente declaración:
Ulemas y sherifs, informen a sus gentes y sus comunidades que cualquiera que se rebele contra mí y se me opone, se lanza en una revuelta que no es sino perdición y perversión del espíritu. (…) El hombre inteligente sabe que lo que hemos realizado es gracias al poder divino y a la voluntad suprema de Dios, y que es conforme a sus decisiones. ¡Quién duda de ello es un estúpido y un ciego!
Y ahora viene “lo mejor”:
Hagan saber a su pueblo que Dios ha decretado para toda la eternidad la aniquilación de los enemigos del Islam y la destrucción de las cruces con mis propias manos. Él ha decretado, desde toda la eternidad, que yo vendría de Occidente a Egipto para aniquilar a los opresores del país e instaurar el orden que yo he recibido”.
Pasa a convertirse casi en profeta (digo “casi” porque sólo hay uno):
Sepan también que yo puedo revelar a la luz del día todo lo que se oculta en el espíritu de cada uno de ustedes. (…) Vendrán el día y la hora donde se manifestará a ustedes de forma visible que todo lo que yo he hecho y declarado es el juicio irrefutable de Dios; incluso si alguno entre ustedes multiplica sus esfuerzos, no se encontrará al abrigo del destino que Dios ha fijado y que me ha dado a mí para lo que ejecute”.
¡Cuán bien había comprendido Bonaparte, el “charlatán”, que sólo podía dirigirse a los musulmanes usando un lenguaje ideológico similar al de ellos, que desestima a la razón!
Sin embargo, Bonaparte fracasó en Egipto, aunque salvó su vida, lo que, hélas, no fue el caso del mucho menos sutil Kléber, objeto de una “fatwa”. Mientras que el general Menou, el sucesor de Kléber, entendiendo la lección propinada, se convertía, displicente, al Islam…

Ahmed Youssef, en su libro “Bonaparte et Mahomet. Le Conquérant conquis” (Éditions du Rocher, 2003), estima que Napoléon quiso un “choque cultural” en Egipto, cuyas “terribles ondas” no cesan de ser soportadas en Oriente y Occidente. ¿Es Bonaparte el “culpable”? Sin embargo, éste habría jugado con los islamistas – de entonces – “moderados” , mientras que los Estados Unidos de América han jugado con el extremismo, opina Youssef.
¿Sabía Bonaparte, cuando estaba en el Medio Oriente, que doscientos años después, sus herederos directos, en el “choque de las culturas”, serían los americanos?
¿Es el “progreso científico”, en tanto producto de la modernidad occidental, “compatible” con el Islam? Fue el gran reto que se propuso Bonaparte en la expedición a Egipto, desde este punto de vista. ¿Fracasó aquí?
Comenzó la modernización del país.
Fue el primero en instituir, por demás, una organización democrática en tierras del Islam, con su Diván compuesto de ulemas, “bonapartistas”, digamos. Organización que luego fue proseguida por sus herederos egipcios, pertenecientes a una élite.
Youssef es aún más conclusivo, al expresar que el encuentro del general revolucionario francés con el Profeta (también conocido como Mahoma) fue el más determinante de la historia. Así, el 9-11 no es sino la última onda de ese choque, que remite a esa (no tan lejana) “cita del destino” entre Napoléon y Mahoma.
Si Youssef se muestra, digamos, simpático, con Napoléon y su faena modernizadora, la tiene no obstante que teñir con la irresistible “fascinación” ejercida sobre Bonaparte por el Islam. Si el primero junto con su ejército no se convirtió al segundo, habría sido por las trabas impuestas por los franceses a la circuncisión y a tomar vino, no resueltas convincentemente por los ulemas. Eximieron a los franceses de la circuncisión, pero el beber vino continuaría siendo un pecado. El hábil Bonaparte, que lo que hacía era seguirle el juego a los ulemas en ese asunto (contrariamente a la opinión de Youssef), casi se deshace en lágrimas cuando le comunicaron que el consumo de alcohol los colocaría siempre en estado de pecado. No era posible, adujo Bonaparte, sentirse tan desgraciados, como “verdaderos musulmanes”, al pecar constantemente. Y se cerró el dossier.
El triunfo absoluto del corso sobre Mahoma fue el “cultural”. Bonaparte se trajo a sus sabios no sólo para hacer la Descripción de Egipto (en tanto a ningún egipcio se le ocurriría emprender una Descripción de Occidente, subraya amargamente Youssef) y desarrollar el país, sino para seducir a los musulmanes con los adelantos científico-técnicos de Occidente.
Dispuso Bonaparte puertas abiertas en los laboratorios de física y química del Instituto de Egipto, hizo lanzar un globo aerostático, abrió al pueblo la biblioteca que se trajo el ejército desde Francia.
La victoria de Bonaparte consistió en que se “asombraron” con el saber occidental, rechazado hasta entonces de cuajo, negado y despreciado, al provenir de los “inferiores” cristianos.
Pero los seducidos entre los musulmanes, si bien ellos y sus continuadores a lo largo del siglo XIX lograron “afrancesar el Islam”, fueron unos pocos… El verdadero pueblo, por el contrario, prosiguió en el rechazo tradicional a reconocer el poder material de Occidente. De este pueblo que permaneció “antibonapartista” (“antiamericano” y “antioccidental” hoy), surgirían en el siglo los Hermanos Musulmanes en Egipto, el núcleo fundador del fundamentalismo islámico, que desde entonces no ha cesado de crecer y expandirse.
A la expedición científica y modernizadora de Bonaparte, el “pueblo musulmán”, en su islamitude no podía sino oponerse por medio de la rebelión total.

¿Es Bonaparte pues el origen, en tanto “choque” irresoluto, del actual conflicto?
El corso estaba consciente de sus límites. Sabía desde antes de desembarcar en Egipto que la guerra más difícil de todas no era contra Inglaterra ni contra los turcos sino “contra los musulmanes que forman la población del país”. De ahí que dijera, luego, que “era necesario conciliarse con sus ideas religiosas, no dejarse meter en los rangos de los enemigos del islamismo, había que convencer, ganarse a los muftis, los ulemas, los sheriffs, los imanes, para que interpretasen el Corán en favor del ejército”. Fue lo que hizo, con éxito, en el principio.

¿No habría sido mejor si Napoléon no hubiese pisado nunca el suelo de Egipto y del Medio Oriente?
Aunque las razones inmediatas de la expedición fueron estratégicas y comerciales respecto de Inglaterra, y acaso de política interna, al querer el Directorio desembarazarse del ambicioso general, al mismo tiempo que les podía ser útil, para ello se desempolvó el proyecto de invasión a Egipto presentado por Leibniz a Louis XIV, que éste no realizó, ni tampoco Louis XV ni Louis XVI, en cuyas cortes el (algo secreto y “misterioso”) Consilium Aegyptiacum del alemán era un asunto pendiente, el cual, paradójicamente, vino a poner en práctica el régimen revolucionario que destronó a la monarquía.
El filósofo del optimismo estimaba que el Islam era un peligro para el mundo, y que había que dirigirse en primer lugar a la joya del Islam y del Imperio otomano, Egipto, para quitársela.
Naturalmente, Leibniz se instalaba todavía en las coordenadas del conflicto Islam-cristiandad.
Paradójicamente, también, fue un ejército de ateos quien invadió a Egipto.
Ninguno fue un “cruzado”, strictu sensu.
Pero ni con las proclamas del “charlatán” Bonaparte, auto-erigiéndose como emisario de Alá, ni con la conversión de Menou al Islam tuvieron éxito.
Y Napoléon, una vez más, se revela como fundador de la modernidad y su configuración, incluso si en este caso egipcíaco habría contribuido a legar al mundo actual un conflicto sin resolver, el más acuciante hoy por hoy.
Desde luego que no fue nunca ni un “enviado de Alá” ni ese “profeta” que veía en lo oculto del espíritu de cada musulmán, pero sí un instrumento del destino, y de un destino histórico todavía manifiesto. En lo que él, como sabemos, se reconocía.