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NAPOLEÓN
EN EGIPTO: ¿EL PRIMER CHOQUE
DE CULTURAS? |
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La
Batalla de las Pirámides
Ebozo de François
André Vincent (1746-1816). |
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Por |
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Isis
Wirth Armenteros
Delegada
del INMF en Cuba
Consejera
Especial para los Países Hispánicos
Representante oficial en Alemania y Suiza |
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| Isis
Wirth |
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Instituto Napoleónico México-Francia
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“¡Jihad,
Jihad!”, gritaban los musulmanes de Egipto
tras que unas conversaciones de paz con el general
Kléber, al mando del ejército francés
de Oriente tras la partida de Bonaparte a Francia,
fracasaran. A los convencidos entre los egipcios
de que las hostilidades debían cesar, se
les acusa de “apóstatas”, de
haberse convertido a la fe cristiana (aunque los
franceses del ejército revolucionario eran
ateos o anti-cristianos.)
Bonaparte, apenas llegar a Egipto, se había
olido el asunto: el que no podían verlos
sino como a Saint-Louis, el gran cruzado. Pero,
añade: “Bah,
si ellos fueran los que irían a nuestros
países, sería para imponernos sus
creencias”. ¿Percibió
el peligro? Quizás. Pero como para su voluntad
daba lo mismo el calor del desierto de Egipto
que el frío de Rusia, y si en Egipto no
había caballos pues a montar a los soldados
en dromedarios, insistió hasta dónde
pudo en la conquista de Egipto.
A la proclamación
de esa “Jihad”, le siguieron 33 días
de combate entre franceses y mamelucos y otomanos,
aliados para la ocasión. Ganaron los franceses,
y Kléber, “en nombre del sólo
Dios, grande y misericordioso”, otorga el
perdón a los “jihadistas”.
El 27 de abril de 1800, Kléber entra en
El Cairo. No sabe que le quedan menos de dos meses
de vida.
Se reúne con los ulemas: “Cuando
vinimos a vuestro país, consideramos a
los hombres que se dedican a las ciencias religiosas
como los más inteligentes, los guías
y el modelo del pueblo. Nos hicieron creer que
el pueblo los escuchaba y los seguía para
hacer el bien y evitar el mal. Pero, cuando llegaron
los otomanos, ustedes los acogieron con alegría.
Vuestra hipocresía devino manifiesta”.
Para castigar a los hipócritas, les carga
un impuesto, extendido a todos, con la excepción
de los pobres y los cristianos, que estos últimos
no habían participado en la revuelta. Kléber
comete el error de encargar a los cristianos,
bajo la dirección de un “moallem”
Yaacoub, el recolectar el dinero. Según
los musulmanes, esos cristianos (coptos y sirios),
“querían destruir el Islam”.
Kléber le confía al “moallem”
Yaacoub una legión copta, compuesta de
un millar de hombres, y una guardia de 30 franceses.
Por la primera vez, cristianos aborígenes
tienen poder sobre los musulmanes. La ocupación
francesa ha ido demasiado lejos.
Un joven de 24 años, Solimán, originario
de Aleppo (hoy en Siria), había estudiado
en la mezquita Al-Azhar, de El Cairo. (Los franceses
llamaban a estas mezquitas, “universidades”,
como similarmente Kléber se refería
a “ciencias religiosas”: éste
fue el primer gran “choque de civilizaciones”;
los europeos trataban de componer las cosas con
sus términos.) Dos de sus “profesores”
en la “universidad”, es decir, sheiks
en la gran mezquita, lo habrían iniciado
en la Jihad. De regreso en Aleppo, fue contactado
por dos agentes “islamistas” quienes
lo convencieron de volver a El Cairo para asesinar
a Kléber, “enemigo de los musulmanes”.
A cambio, le prometieron intervenir en favor de
su padre, un negociante en problemas con las autoridades
de Aleppo. Antes de arribar a El Cairo, Solimán
tuvo que pasar por Gaza, para recibir dinero e
instrucciones de la “célula islamista”
local. Cuando llegó a la capital de Egipto,
se alojó en la casa de uno de sus “profesores”,
y algunos de los jóvenes ahí intentaron
disuadirlo del proyecto de asesinar al general
francés, pues no era sino, voilà,
un acto suicida. Hoy, es con bombas. Entonces,
Solimán sólo tenía un puñal.
Solimán se acerca a Kléber en la
tarde del 14 de junio de 1800, en el jardín
de su residencia, tras un almuerzo con miembros
del Instituto de Egipto. Hace el gesto de intentar
besarle la mano y saca el puñal, que hunde
varias veces en el pecho del francés.
El proceso efectuado por los europeos declaró
sin embargo inocente al “profesor”
de la “Universidad”, pero sí
lo hizo con tres cheiks, cómplices, que
fueron decapitados. Y cerraron la “mezquita-universidad”
durante más de un año.
Un cronista musulmán no pudo reprimir su
admiración por el proceso, el que los franceses
hubiesen podido ejecutar sumariamente, y por el
contrario, hicieron encuestas, interrogaron, deliberaron:
“Es digno de interés como esas gentes
tienen tanto cuidado y tanta precisión,
esas gentes, que no profesan ninguna religión,
se basan solamente en su juicio sobre la razón
del conocimiento”. Lo inusitado para el
cronista era que “no profesaran ninguna
religión” y pudieran ser tan escrupulosos,
justo porque la muerte de Kléber obedeció
a la religión.
Pudiera ser paradójico,
y sin embargo es de una coherencia histórica
sin falla: el primer gran “choque de culturas”
entre el Islam y Occidente se produjo con revolucionarios
franceses ateos. Fue Bonaparte, motor al fin y
al cabo, quien malgré lui, vislumbró
la “conexión cruzada”. La modernidad
racional tenía que inaugurarse en el mundo
que le era más extraño, alejado
y contrario, con este enfrentamiento. Hoy continúa
sin resolverse, del mismo modo, acaso, en que
“la Revolución francesa no se ha
acabado todavía”.
El tribunal condenó a Solimán a
ser empalado, según la tradición
local, para que los buitres se lo comieran.
Cuando le clavan el palo al “jihadista”,
pronuncia: “Allah akhbar”, desde luego.
Acaso los franceses no tenían el que haberle
concedido a las costumbres aborígenes una
ejecución tan bárbara. ¿Es
que no llevaron la guillotina con ellos o se quedó
en uno de sus barcos que Nelson hundió
en Abukir? O ya se estaban aplatanando: “Se
deben aplicar las penas que son ordinaries en
Egipto, habida cuenta que la inmensidad del crimen
comporta una pena que tiene que golpear la imaginación”.
A esto hoy se le llamaría, quizás,
comprensión de la “diversidad cultural”.
Larrey, el cirujano en jefe del ejército
y luego de la Guardia Imperial, el hombre más
virtuoso que haya conocido Napoléon, y
a quien hasta el inepto de Wellington respetaría
en la batalla de Waterloo, disecó el cadáver
de Solimán. Lo llevó a París,
al Museo nacional de historia natural. Los frenólogos
estudiaron el cráneo del asesino. “Las
jorobas del fanatismo religioso son en efecto
muy pronunciadas”. ¿Podrían
hoy hallarse los salientes craneales del fanatismo
religioso en los restos de los suicidas islamistas?
¿Fue ese
el primer gran “choque de culturas”?
La lectura de las memorias de la campaña
de Egipto lo indicaría. Y por si fuera
poco, el general Bonaparte traía ¡a
la Revolución francesa! ¿No había
dicho Camille Desmoulins el 12 de julio de 1789
que “la escarapela tricolor iba a dominar
el mundo”?
El general Bonaparte, según el historiador
Bernard Lewis – quien, por cierto, es el
autor conceptual del “choque de civilizaciones”
– marcó profundamente al Medio Oriente.
“La presencia de los franceses fue de corta
duración, y Egipto volvió a la dominación
musulmana. Pero el episodio fue revelador. Mostró
cuán fácil era para un pequeño
cuerpo expedicionario europeo el conquistar un
país situado en el corazón del Medio
Oriente. La partida de los franceses mostró
que sólo una otra potencia occidental (los
ingleses) podía sacarlos. Esta doble lección
no se perderá”.
Los franceses,
soldados faltos de mujer, descubrían con
horror que las musulmanas tenían el sexo
cosido para preservar la virginidad. La mayoría,
entre ellos, buscó “esposas”
cristianas. Cuando alguno pretendió la
mano de una musulmana, seducido por su gracia
al caminar, una vez que el padre se la dió,
al levantarle el velo, veía, espantado,
que era tuerta.
Lo peor era, sin embargo, el comportamiento público
de las mujeres francesas que acompañaban
al ejército. La cara al descubierto, vestidas
con ligereza y colores brillantes, femeninas,
con adornos y perifollos, montaban a caballo o
sobre asnos. Reían escandalosamente y se
burlaban de los egipcios que se acercaban a ellas,
pensando obtener ventaja de su condición
al no estar veladas.
Al cirujano Larrey, un emir, agradecido porque
lo había curado, le regaló un harem.
Se presentó con doce mujeres en su casa.
Era una oferta que no podía rechazar. Se
convirtió Larrey en el hazmerreír
del ejército. Larrey las fue regalando,
una a una, a su vez.
El único francés que en realidad
se convirtió al Islam fue el general Menou,
quien tras la muerte de Kléber ocupará
el mando. Menou confesaría que su matrimonio
con una musulmana, a la que nunca le vió
la cara ni le habló antes de la unión,
era “estrictamente político”.
Creía que su conversión, matrimonio
de por medio – y con una soi-disant descendiente
de Mahoma –, lo acercaría a los nativos.
Los franceses no se lo perdonaron; le llamaron
el “Renegado”, ellos, ateos o descristianizados.
Y no convenció a los aborígenes,
por mucho que les dijera que iba a peregrinar
a la Meca (nunca fue), y que poseía dos
ejemplares del Corán y “tres o cuatro
libros de rezos”. “Soy tan musulmán
como Mahoma, todos los turbanes verdes son mis
primos”, clamaba, pero no le creían.
Lo más probable es que permaneciera ateo
de veras. Al día siguiente del fin de la
expedición francesa en Egipto, su matrimonio
con Zobeida fue anulado por un tribunal de El
Cairo.
El general Bonaparte,
“Sultán Kebir”, había
hecho todo lo posible por ganarse a los musulmanes.
En las proclamas dirigidas a la población,
se declara ser el emisario de Alá en la
tierra.
En el Memorial de Santa Helena, dice Las
Cases que cuando Napoléon recibió
en la isla-prisión
la recopilación de todas sus proclamas
como general, Primer cónsul y emperador,
remitentes a Le Moniteur, se precipitó
a ellas, al estar trabajando con Las Cases en
el memorial.
Cuando lee las de la primera campaña de
Italia, se emociona: “¡Y después
han osado decir que yo no sabía escribir!”
Pero cuando llegó a las de Egipto, comenzó
a hacer chistes sobre aquellas donde se decía
“inspirado y enviado por Alá”.
“Eso era charlatanismo
mío, le dice a Las Cases, pero
del más elevado. No lo hice sino para poder
ser traducido en los bellos versos árabes.
Mis soldados franceses no hacían sino reírse
con el contenido de esas proclamas, tanto que
para hacerles entender que yo citara a la religión,
me sentí obligado a hablar con bastante
ligereza, poniendo a los judíos al lado
de los cristianos y a los rabinos al lado de los
obispos” (como si la ecuación
de la judeocristiandad lo dispensara de su pretendido
acercamiento al Islam, en los ojos de sus soldados.)
Y pasa a defenderse: “Falso
que yo me vestí alguna vez como un musulmán.
Si entré en una mezquita fue como un vencedor,
nunca como un fiel”.
“Sultán Kebir” ofrece una traducción
de la Jihad: “combat sacré”.
Dice que hubiese sido víctima del mismo,
como Kléber, sino se habría ganado
a los cheiks, que le salvaron más de una
vez la vida, al revelarle los planes para ultimarlo.
Napoléon hace que Las Cases escriba:
“La decisión
de la Gran Mezquita de El Cairo, a favor del ejército
francés, fue una obra maestra de habilidad
de la parte de un general en jefe (o sea, Bonaparte):
él hizo que el sínodo de los grandes
cheiks declarara que los musulmanes podían
obedecer y pagar tributo al general francés.
Éste es el primer ejemplo y el único
de ese tipo, después del establecimiento
del Corán, que prohibe someterse a los
infieles”.
Para sofocar la
insurrección de El Cairo, en octubre de
1798, los franceses tuvieron que entrar, a caballo,
en la mezquita Al- Azhar. Para Jabarti, cronista
árabe de la campaña de Egipto, fue
“el recuerdo más desagradable”
de la misma. La mezquita en cuestión era
el lugar irreductible, la rebelión se circunscribía
ahí. Los franceses, cuenta Jabarti, rompieron
lo que encontraron, botaron los ejemplares del
Corán, y los pisotearon. Orinaron y defecaron,
según él. Y, ¡ay!, tomaron
vino como cosacos, luego tiraban las botellas,
asegurándose que sus fragmentos permanecieran
en el gran pasillo.
Tras la insurrección, Bonaparte extremó
su prudencia. Comprendió con acuidad que
el problema radicaba en “lo musulmán”.
Estaba seguro que el jefe de la revuelta había
sido el cheik Al-Sadat, miembro del Diván.
Kléber le dice que por qué no lo
fusilaba. Bonaparte le respondió: “No,
este pueblo es muy diferente a nosotros…La
muerte de ese viejo impotente tendría para
nosotros consecuencias más funestas de
lo que usted piensa”.
Tras la revuelta, en diciembre siguiente, consciente
del peligro religioso, y con tal de intentar impedir
que se produjera otra insurrección, Bonaparte
hace la siguiente declaración:
“Ulemas y sherifs,
informen a sus gentes y sus comunidades que cualquiera
que se rebele contra mí y se me opone,
se lanza en una revuelta que no es sino perdición
y perversión del espíritu.
(…) El hombre inteligente
sabe que lo que hemos realizado es gracias al
poder divino y a la voluntad suprema de Dios,
y que es conforme a sus decisiones. ¡Quién
duda de ello es un estúpido y un ciego!”
Y ahora viene “lo mejor”:
“Hagan saber a su
pueblo que Dios ha decretado para toda la eternidad
la aniquilación de los enemigos del Islam
y la destrucción de las cruces con mis
propias manos. Él ha decretado, desde toda
la eternidad, que yo vendría de Occidente
a Egipto para aniquilar a los opresores del país
e instaurar el orden que yo he recibido”.
Pasa a convertirse casi en profeta (digo “casi”
porque sólo hay uno):
“Sepan también
que yo puedo revelar a la luz del día todo
lo que se oculta en el espíritu de cada
uno de ustedes. (…) Vendrán
el día y la hora donde se manifestará
a ustedes de forma visible que todo lo que yo
he hecho y declarado es el juicio irrefutable
de Dios; incluso si alguno entre ustedes multiplica
sus esfuerzos, no se encontrará al abrigo
del destino que Dios ha fijado y que me ha dado
a mí para lo que ejecute”.
¡Cuán bien había comprendido
Bonaparte, el “charlatán”,
que sólo podía dirigirse a los musulmanes
usando un lenguaje ideológico similar al
de ellos, que desestima a la razón!
Sin embargo, Bonaparte fracasó en Egipto,
aunque salvó su vida, lo que, hélas,
no fue el caso del mucho menos sutil Kléber,
objeto de una “fatwa”. Mientras que
el general Menou, el sucesor de Kléber,
entendiendo la lección propinada, se convertía,
displicente, al Islam…
Ahmed Youssef,
en su libro “Bonaparte et Mahomet. Le Conquérant
conquis” (Éditions du Rocher, 2003),
estima que Napoléon quiso un “choque
cultural” en Egipto, cuyas “terribles
ondas” no cesan de ser soportadas en Oriente
y Occidente. ¿Es Bonaparte el “culpable”?
Sin embargo, éste habría jugado
con los islamistas – de entonces –
“moderados” , mientras que los Estados
Unidos de América han jugado con el extremismo,
opina Youssef.
¿Sabía Bonaparte, cuando estaba
en el Medio Oriente, que doscientos años
después, sus herederos directos, en el
“choque de las culturas”, serían
los americanos?
¿Es el “progreso científico”,
en tanto producto de la modernidad occidental,
“compatible” con el Islam? Fue el
gran reto que se propuso Bonaparte en la expedición
a Egipto, desde este punto de vista. ¿Fracasó
aquí?
Comenzó la modernización del país.
Fue el primero en instituir, por demás,
una organización democrática en
tierras del Islam, con su Diván compuesto
de ulemas, “bonapartistas”, digamos.
Organización que luego fue proseguida por
sus herederos egipcios, pertenecientes a una élite.
Youssef es aún más conclusivo, al
expresar que el encuentro del general revolucionario
francés con el Profeta (también
conocido como Mahoma) fue el más determinante
de la historia. Así, el 9-11 no es sino
la última onda de ese choque, que remite
a esa (no tan lejana) “cita del destino”
entre Napoléon y Mahoma.
Si Youssef se muestra, digamos, simpático,
con Napoléon y su faena modernizadora,
la tiene no obstante que teñir con la irresistible
“fascinación” ejercida sobre
Bonaparte por el Islam. Si el primero junto con
su ejército no se convirtió al segundo,
habría sido por las trabas impuestas por
los franceses a la circuncisión y a tomar
vino, no resueltas convincentemente por los ulemas.
Eximieron a los franceses de la circuncisión,
pero el beber vino continuaría siendo un
pecado. El hábil Bonaparte, que lo que
hacía era seguirle el juego a los ulemas
en ese asunto (contrariamente a la opinión
de Youssef), casi se deshace en lágrimas
cuando le comunicaron que el consumo de alcohol
los colocaría siempre en estado de pecado.
No era posible, adujo Bonaparte, sentirse tan
desgraciados, como “verdaderos musulmanes”,
al pecar constantemente. Y se cerró el
dossier.
El triunfo absoluto del corso sobre Mahoma fue
el “cultural”. Bonaparte se trajo
a sus sabios no sólo para hacer la Descripción
de Egipto (en tanto a ningún egipcio se
le ocurriría emprender una Descripción
de Occidente, subraya amargamente Youssef) y desarrollar
el país, sino para seducir a los musulmanes
con los adelantos científico-técnicos
de Occidente.
Dispuso Bonaparte puertas abiertas en los laboratorios
de física y química del Instituto
de Egipto, hizo lanzar un globo aerostático,
abrió al pueblo la biblioteca que se trajo
el ejército desde Francia.
La victoria de Bonaparte consistió en que
se “asombraron” con el saber occidental,
rechazado hasta entonces de cuajo, negado y despreciado,
al provenir de los “inferiores” cristianos.
Pero los seducidos entre los musulmanes, si bien
ellos y sus continuadores a lo largo del siglo
XIX lograron “afrancesar el Islam”,
fueron unos pocos… El verdadero pueblo,
por el contrario, prosiguió en el rechazo
tradicional a reconocer el poder material de Occidente.
De este pueblo que permaneció “antibonapartista”
(“antiamericano” y “antioccidental”
hoy), surgirían en el siglo los Hermanos
Musulmanes en Egipto, el núcleo fundador
del fundamentalismo islámico, que desde
entonces no ha cesado de crecer y expandirse.
A la expedición científica y modernizadora
de Bonaparte, el “pueblo musulmán”,
en su islamitude no podía sino
oponerse por medio de la rebelión total.
¿Es Bonaparte
pues el origen, en tanto “choque”
irresoluto, del actual conflicto?
El corso estaba consciente de sus límites.
Sabía desde antes de desembarcar en Egipto
que la guerra más difícil de todas
no era contra Inglaterra ni contra los turcos
sino “contra los musulmanes que forman la
población del país”. De ahí
que dijera, luego, que “era necesario conciliarse
con sus ideas religiosas, no dejarse meter en
los rangos de los enemigos del islamismo, había
que convencer, ganarse a los muftis, los ulemas,
los sheriffs, los imanes, para que interpretasen
el Corán en favor del ejército”.
Fue lo que hizo, con éxito, en el principio.
¿No habría
sido mejor si Napoléon no hubiese pisado
nunca el suelo de Egipto y del Medio Oriente?
Aunque las razones inmediatas de la expedición
fueron estratégicas y comerciales respecto
de Inglaterra, y acaso de política interna,
al querer el Directorio desembarazarse del ambicioso
general, al mismo tiempo que les podía
ser útil, para ello se desempolvó
el proyecto de invasión a Egipto presentado
por Leibniz a Louis XIV, que éste no realizó,
ni tampoco Louis XV ni Louis XVI, en cuyas cortes
el (algo secreto y “misterioso”) Consilium
Aegyptiacum del alemán era un asunto pendiente,
el cual, paradójicamente, vino a poner
en práctica el régimen revolucionario
que destronó a la monarquía.
El filósofo del optimismo estimaba que
el Islam era un peligro para el mundo, y que había
que dirigirse en primer lugar a la joya del Islam
y del Imperio otomano, Egipto, para quitársela.
Naturalmente, Leibniz se instalaba todavía
en las coordenadas del conflicto Islam-cristiandad.
Paradójicamente, también, fue un
ejército de ateos quien invadió
a Egipto.
Ninguno fue un “cruzado”, strictu
sensu.
Pero ni con las proclamas del “charlatán”
Bonaparte, auto-erigiéndose como emisario
de Alá, ni con la conversión de
Menou al Islam tuvieron éxito.
Y Napoléon, una vez más, se revela
como fundador de la modernidad y su configuración,
incluso si en este caso egipcíaco habría
contribuido a legar al mundo actual un conflicto
sin resolver, el más acuciante hoy por
hoy.
Desde luego que no fue nunca ni un “enviado
de Alá” ni ese “profeta”
que veía en lo oculto del espíritu
de cada musulmán, pero sí un instrumento
del destino, y de un destino histórico
todavía manifiesto. En lo que él,
como sabemos, se reconocía.