Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
LE 5 MAI 1821 (1)
 
« Muerte del Emperador Napoleón I en Santa Helena, el 5 de mayo de 1821 » Litografía de la época según Carl von Steuben.

Por

Isis Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los Países Hispánicos

Delegada en Cuba

Representante oficial en Alemania y Suiza

Isis Wirth Armenteros, Consejera Especial para los Países Hispánicos, Delegada en Cuba y Representante Oficial en Alemania y Suiza del Instituto Napoleónico México-Francia.
Isis Wirth
Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« Muero prematuramente, asesinado por la oligarquía inglesa y su sicario »
Napoleón.

« Muero prematuramente, asesinado por la oligarquía inglesa y su sicario », escribió Napoleón en su testamento. Alguien que calculaba tanto todo lo que hacía y decía, y que muchas veces confundía las pistas para decir todo y nada, es por completo acusatorio con esas palabras. Acaso la única expresión, en su testamento, « que se le fue », remite a dónde quiere que descansen sus cenizas: « au milieu de ce peuple français que j’ai tant aimé » (2), en medio de ese pueblo francés que he amado tanto. O sea, él no se consideraba francés...

Era muy difícil engañar a Napoleón, con la excepción de Josefina. Sabía que lo estaban envenenando, y se dejó, él mismo insistió en el martirio, y «oportunista» como era, vio que la ocasión se la ponían en bandeja sus propios enemigos y verdugos. Un hombre como él tan suspicaz, acostumbrado desde muy joven al poder y a sus peligros, que durante muchas cenas que le ofrecían sólo comía huevos duros, porque no pueden ser envenenados, ¿de pronto perdió su « paranoia », en el lugar menos indicado para ello, su prisión? Cierto que los que manipulaban su comida -y sobre todo, su bebida- eran de su confianza, especialmente su maître d’hôtel - y espía particular -, el corso Cipriani, su compañero de juegos infantiles en Ajaccio. Mais, hélas, Cipriani, que cataba el vino (de Constance, en África del sur, sucedáneo del Gevrey-Chambertin que Napoleón tomaba en Francia), murió de pronto una noche, acaso porque bebió demasiado, ya que el envenenamiento, con arsénico para ratas, era crónico, en pequeñas dosis.

El gran Ben Weider ha demostrado el envenenamiento crónico por arsénico. De una manera irrefutable. Otro asunto sería: ¿quién?, y, ¿a las órdenes de quién? La primera pregunta suele ser respondida con el nombre de Montholon, uno de sus acompañantes... Tras leer el libro que su descendiente, François de Candé-Montholon, escribió (« L’énigme Napoléon résolue », Albin Michel, 2000), bouleversé (3) por las cartas de su ancestro que encontró en el archivo familiar, tanto, que fue más fuerte el impulso de la verdad que el estigma sobre su nombre, no quedarían dudas. El resto es literatura. ¿Y la segunda pregunta? Napoleón acusa a la « oligarquía inglesa » - a notar el uso de este término, y no el de « monarquía ». ¿Podemos creerle? En todo caso, habían bastantes interesados en su muerte, los ingleses, entre los primeros, por la parte « pragmática » (debo quitar las comillas) del asunto: mantener a Napoleón prisionero le costaba a la corona. Y con la esplendorosa salud que tenía el prisionero - que siempre tuvo, otra razón que va en contra de la «muerte natural», porque intempestivamente en Santa Helena el emperador comienza a presentar problemas inusitados - , había que apurar las cosas.

Ahora bien, ¿y si no fue en el vino, y fue en el agua que tomaba Napoleón?:

« Cependant je suis très inquiet depuis quelque temps et c’est la raison pour laquelle je vous écris, au cas où il m’arriverait un malheur et que je ne puisse revoir notre cher village. Un jour que je remontais de la source avec les bouteilles d’eau, je rencontrai au croisement du sentier et de la route un officier anglais que nous craignons beaucoup et qui semblait m’attendre. Je tremblais comme une feuille car c’est lui qui est chargé de nos affectations et il a la réputation d’être très sévère. Les soldats anglais l’appellent Lecteur. Il m’a fait signe de le suivre dans une petite cabane, a sorti de sa poche un flacon contenant une poudre grise, a ouvert mes bouteilles, a pris avec un morceau de papier quelques infimes grains de poudre et les a fait tomber dans l’eau. Puis il a agité les bouteilles et me les a rendus. Il a glissé le flacon dans ma tunique et, sans un mot, seulement par gestes, m'a fait comprendre que je devais faire la même chose chaque matin. Puis il a mis un doigt devant sa bouche et serré ses deux mains autour de son cou, et il est parti, me laissant abasourdi ». (4)

Al Emperador le gustaba el agua de una fuente en un valle en Santa Helena (que yo tomé hasta que no pude más cuando fui a la isla, y con la que llené una botella de vino sudafricano, aunque no de Constance, que me daban para cenar en el barco, frasco cerrado à jamais), y hacía que se la trajeran los chinos esclavos, a los que él apreciaba mucho, como a los esclavos negros. En la cita, arriba, uno de esos esclavos chinos cuenta cómo un soldado inglés abrió las botellas de agua, y dejó caer en ellas unos granos de polvo gris. « Después, él agitó las botellas y me las devolvió (...), y sin una palabra, sólo por medio de gestos, me hizo comprender que debía hacer la misma cosa cada mañana... »

La carta donde se encuentra la cita le fue remitida al historiador francés Jacques Macé, especialista en Santa Helena, por un chino nacido en 1945. Tras la destrucción de la biblioteca de la Universidad de Shangai por las huestes del Gran Timonel, « el presidente Mao », una hoja de papel (la carta, siempre las cartas...), que volaba, vino a incrustarse en el pecho de este chino de 1945. Al menos, el « espíritu santo » volador de Napoleón se salvó de la barbarie comunista.

El 1 de mayo de 1821, Napoleón ya respiraba penosamente. Los doctores Arnott (inglés) y Antommarchi (el corso que murió en Santiago de Cuba, donde descansa en Santa Efigenia) duermen en la biblioteca de Longwood, la miserable casa de Napoleón. Habría sido este día cuando el Emperador plantea la « gran cuestión »: « no hay nada después », de la muerte, ya la está viendo.
Pero el 2 de mayo se recupera, la llama de la vida lo reconquista.
El 3 de mayo, sin embargo, Arnott le suministra una medicina que, en dosis demasiado fuerte, le precipita el deceso.
El 4 de mayo, duerme tranquilamente, e incluso intenta levantarse de la cama.
El 5 de mayo, bebe bastante durante la madrugada, pero no abre más los ojos. Sobre las dos, dice algo: « Francia, cabeza del ejército, Josefina ». Son sus últimas palabras. A las cinco, vomita. Sobre las 11 de la mañana, el sol aparece. Se pone a las cinco y cuarenta de la tarde. A las cinco y cuarenta nueve, muere. En los últimos tres minutos, exhala tres suspiros: ¿Francia, el ejército, Josefina?

Un día, hoy, de tristeza singular, acrecentada porque el mismo día, pero de 1818, nació en Tréveris un tal Karl Marx. Los hados, como se sabe, siempre son curiosos numéricamente. ¡Vade retro! Al de Tréveris, todavía.

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NOTAS:

1) El cinco de mayo de 1821.
2) « En medio de ese pueblo francés al que tanto amé »
3) Turbado.
4) « Sin embargo estoy muy inquieto desde hace algún tiempo y es la razón por la cual os escribo, en caso de que me sucediese una desgracia y no pudiese volver a ver nuestro querido pueblo. Un día cuando subía de regreso de la fuente con las botellas de agua, encontré en el cruce del sendero y del camino a un oficial inglés al que temíamos mucho y que parecía esperarme. Yo temblaba como una hoja pues es él quien está encargado de nuestras asignaciones y tiene la reputación de ser muy severo. Los soldados ingleses le llaman Lector. Me hizo la seña de seguirle a una pequeña cabaña, sacó de su bolsillo un frasco conteniendo un polvo gris, abrió mis botellas, tomó con un pedazo de papel algunos ínfimos granos de polvo y los hizo caer el en agua. Luego él agitó las botellas y me las devolvió. Deslizó el frasco en mi túnica y, sin una palabra, solo por medio de gestos, me hizo comprender que debía hacer la misma cosa cada mañana. Luego puso un dedo frente a su boca y apretó sus dos manos alrededor de su cuello, y se fue, dejándome atónito ».