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Muerte del Emperador Napoleón
I en Santa Helena, el 5
de mayo de 1821
» Litografía
de la época según
Carl von Steuben. |
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Isis
Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los
Países Hispánicos
Delegada en Cuba
Representante oficial en Alemania y
Suiza |
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| Isis
Wirth |
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Instituto Napoleónico México-Francia
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Muero prematuramente,
asesinado por la oligarquía
inglesa y su sicario
»
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Napoleón. |
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«
Muero
prematuramente, asesinado por la oligarquía
inglesa y su sicario
», escribió Napoleón en
su testamento. Alguien que calculaba tanto
todo lo que hacía y decía, y
que muchas veces confundía las pistas
para decir todo y nada, es por completo acusatorio
con esas palabras. Acaso la única expresión,
en su testamento, « que se le fue »,
remite a dónde quiere que descansen
sus cenizas: « au milieu de ce peuple
français que j’ai tant aimé
» (2), en medio
de ese pueblo francés que he amado
tanto. O sea, él no se consideraba
francés...
Era muy difícil engañar a Napoleón,
con la excepción de Josefina. Sabía
que lo estaban envenenando, y se dejó,
él mismo insistió en el martirio,
y «oportunista» como era, vio
que la ocasión se la ponían
en bandeja sus propios enemigos y verdugos.
Un hombre como él tan suspicaz, acostumbrado
desde muy joven al poder y a sus peligros,
que durante muchas cenas que le ofrecían
sólo comía huevos duros, porque
no pueden ser envenenados, ¿de pronto
perdió su « paranoia »,
en el lugar menos indicado para ello, su prisión?
Cierto que los que manipulaban su comida -y
sobre todo, su bebida- eran de su confianza,
especialmente su maître d’hôtel
- y espía particular -, el corso Cipriani,
su compañero de juegos infantiles en
Ajaccio. Mais, hélas, Cipriani, que
cataba el vino (de Constance, en África
del sur, sucedáneo del Gevrey-Chambertin
que Napoleón tomaba en Francia), murió
de pronto una noche, acaso porque bebió
demasiado, ya que el envenenamiento, con arsénico
para ratas, era crónico, en pequeñas
dosis.
El gran Ben
Weider ha demostrado el envenenamiento
crónico por arsénico. De
una manera irrefutable.
Otro asunto sería: ¿quién?,
y, ¿a las órdenes de quién?
La primera pregunta suele ser respondida con
el nombre de Montholon, uno de sus acompañantes...
Tras leer el libro que su descendiente, François
de Candé-Montholon, escribió
(« L’énigme Napoléon
résolue », Albin Michel,
2000), bouleversé (3)
por las cartas de su ancestro que encontró
en el archivo familiar, tanto, que fue más
fuerte el impulso de la verdad que el estigma
sobre su nombre, no quedarían dudas.
El resto es literatura. ¿Y la segunda
pregunta? Napoleón acusa a la «
oligarquía inglesa » - a notar
el uso de este término, y no el de
« monarquía ». ¿Podemos
creerle? En todo caso, habían bastantes
interesados en su muerte, los ingleses, entre
los primeros, por la parte « pragmática
» (debo quitar las comillas) del asunto:
mantener a Napoleón prisionero le costaba
a la corona. Y con la esplendorosa salud que
tenía el prisionero - que siempre tuvo,
otra razón que va en contra de la «muerte
natural», porque intempestivamente en
Santa Helena el emperador comienza a presentar
problemas inusitados - , había que
apurar las cosas.
Ahora bien,
¿y si no fue en el vino, y fue en el
agua que tomaba Napoleón?:
« Cependant
je suis très inquiet depuis quelque
temps et c’est la raison pour laquelle
je vous écris, au cas où il
m’arriverait un malheur et que je ne
puisse revoir notre cher village. Un jour
que je remontais de la source avec les bouteilles
d’eau, je rencontrai au croisement du
sentier et de la route un officier anglais
que nous craignons beaucoup et qui semblait
m’attendre. Je tremblais comme une feuille
car c’est lui qui est chargé
de nos affectations et il a la réputation
d’être très sévère.
Les soldats anglais l’appellent Lecteur.
Il m’a fait signe de le suivre dans
une petite cabane, a sorti de sa poche un
flacon contenant une poudre grise, a ouvert
mes bouteilles, a pris avec un morceau de
papier quelques infimes grains de poudre et
les a fait tomber dans l’eau. Puis il
a agité les bouteilles et me les a
rendus. Il a glissé le flacon dans
ma tunique et, sans un mot, seulement par
gestes, m'a fait comprendre que je devais
faire la même chose chaque matin. Puis
il a mis un doigt devant sa bouche et serré
ses deux mains autour de son cou, et il est
parti, me laissant abasourdi ».
(4)
Al Emperador
le gustaba el agua de una fuente en un valle
en Santa Helena (que yo tomé hasta
que no pude más cuando fui a la isla,
y con la que llené una botella de vino
sudafricano, aunque no de Constance, que me
daban para cenar en el barco, frasco cerrado
à jamais), y hacía
que se la trajeran los chinos esclavos, a
los que él apreciaba mucho, como a
los esclavos negros. En la cita, arriba, uno
de esos esclavos chinos cuenta cómo
un soldado inglés abrió las
botellas de agua, y dejó caer en ellas
unos granos de polvo gris. « Después,
él agitó las botellas y me las
devolvió (...), y sin una
palabra, sólo por medio de gestos,
me hizo comprender que debía hacer
la misma cosa cada mañana... »
La carta
donde se encuentra la cita le fue remitida
al historiador francés Jacques Macé,
especialista en Santa Helena, por un chino
nacido en 1945. Tras la destrucción
de la biblioteca de la Universidad de Shangai
por las huestes del Gran Timonel, «
el presidente Mao », una hoja de papel
(la carta, siempre las cartas...), que volaba,
vino a incrustarse en el pecho de este chino
de 1945. Al menos, el « espíritu
santo » volador de Napoleón se
salvó de la barbarie comunista.
El 1 de mayo
de 1821, Napoleón ya respiraba penosamente.
Los doctores Arnott (inglés) y Antommarchi
(el corso que murió en Santiago de
Cuba, donde descansa en Santa Efigenia) duermen
en la biblioteca de Longwood, la miserable
casa de Napoleón. Habría sido
este día cuando el Emperador plantea
la « gran cuestión »: «
no hay nada después », de la
muerte, ya la está viendo.
Pero el 2 de mayo se recupera, la llama de
la vida lo reconquista.
El 3 de mayo, sin embargo, Arnott le suministra
una medicina que, en dosis demasiado fuerte,
le precipita el deceso.
El 4 de mayo, duerme tranquilamente, e incluso
intenta levantarse de la cama.
El 5 de mayo, bebe bastante durante la madrugada,
pero no abre más los ojos. Sobre las
dos, dice algo: «
Francia, cabeza del ejército, Josefina
». Son sus últimas palabras.
A las cinco, vomita. Sobre las 11 de la mañana,
el sol aparece. Se pone a las cinco y cuarenta
de la tarde. A las cinco y cuarenta nueve,
muere. En los últimos tres minutos,
exhala tres suspiros: ¿Francia, el
ejército, Josefina?
Un día,
hoy, de tristeza singular, acrecentada porque
el mismo día, pero de 1818, nació
en Tréveris un tal Karl Marx. Los hados,
como se sabe, siempre son curiosos numéricamente.
¡Vade retro! Al de Tréveris,
todavía.
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NOTAS:
1) El cinco
de mayo de 1821.
2) « En medio
de ese pueblo francés al que tanto
amé »
3) Turbado.
4) « Sin embargo estoy muy inquieto
desde hace algún tiempo y es la razón
por la cual os escribo, en caso de que me
sucediese una desgracia y no pudiese volver
a ver nuestro querido pueblo. Un día
cuando subía de regreso de la fuente
con las botellas de agua, encontré
en el cruce del sendero y del camino a un
oficial inglés al que temíamos
mucho y que parecía esperarme. Yo temblaba
como una hoja pues es él quien está
encargado de nuestras asignaciones y tiene
la reputación de ser muy severo. Los
soldados ingleses le llaman Lector. Me hizo
la seña de seguirle a una pequeña
cabaña, sacó de su bolsillo
un frasco conteniendo un polvo gris, abrió
mis botellas, tomó con un pedazo de
papel algunos ínfimos granos de polvo
y los hizo caer el en agua. Luego él
agitó las botellas y me las devolvió.
Deslizó el frasco en mi túnica
y, sin una palabra, solo por medio de gestos,
me hizo comprender que debía hacer
la misma cosa cada mañana. Luego puso
un dedo frente a su boca y apretó sus
dos manos alrededor de su cuello, y se fue,
dejándome atónito ».