 |
|
Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
|
|
|
|
|
Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
|
| Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
|
|
KLÉBER,
VÍCTIMA DE LA JIHAD
|
|
 |
El
asesinato de Kléber
Óleo proveniente
del taller de Jean-Antoine
Gros (1771-1835) |
|
|
|
Por |
|
Isis
Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los
Países Hispánicos
Delegada en Cuba
Representante oficial en Alemania
y Suiza |
 |
| Isis
Wirth |
|
|
|
Instituto Napoleónico México-Francia
©
Esta página está disponible
al público de manera gratuita
y puede ser reproducida con fines
no lucrativos, siempre y cuando no
sea mutilada, se cite la fuente completa
y su dirección electrónica.
De otra forma, requiere permiso previo
por escrito de la institución.
|
«
¡Jihad,
Jihad! », gritan los musulmanes
de Egipto
tras que unas conversaciones de paz con
el general Kléber, al mando del ejército
francés de Oriente luego de que el
general Bonaparte se la dejó en la
uña, fracasaran. A los convencidos
de que las hostilidades debían cesar,
se les acusa de «apóstatas»,
de haberse convertido a la fe cristiana
(y dizque los franceses esos eran tremendos
ateos y anti-cristianos).
Bonaparte,
apenas llegar a Egipto, había olido
el asunto. Expresa que no podían
verlos sino como a San Luis, el gran cruzado.
Pero añade: « Bah,
si fueran ellos quienes vinieran a nuestros
países, sería para
imponer sus creencias ».
Percibió el peligro, mas, voluntarioso
como era (creía que podía
doblegar a los elementos, le daba lo mismo
el calor de Egipto que el frío de
Rusia, y si en Egipto no había caballos,
¡pues a montar a los soldados en dromedarios!)
insistió hasta donde pudo en la ocupación
de Egipto.
A la proclamación
de esa Jihad, le siguieron 33 días
de combate encarnizado entre franceses y
mamelucos y otomanos, aliados para la ocasión.
Ganaron los franceses, y Kléber,
« en nombre del solo Dios, grande
y misericordioso », otorga el perdón
a los « jihadistas ».
 |
Monumento
del General Kléber
Al pie de esta
estatua situada en Estrasburgo,
ciudad natal de Jean-Baptiste
Kléber (1753-1800),
descansan los restos del
Nestor del
ejército, como
Napoleón le llamara.
Larrey lo habría
momificado a la usanza egipcia,
que el médico aprendió
sur place. Obra
de Philippe Grass (1801-1876). |
|
|
El
27 de abril de 1800, Kléber
entra a El Cairo. No sabe que le
quedan menos de dos meses de vida.
Se reúne con los ulemas:
« Cuando vinimos a vuestro
país, consideramos a los
hombres que se dedican a las ciencias
religiosas como los más inteligentes,
los guías y el modelo del
pueblo. Nos hicieron creer que el
pueblo los escuchaba y los seguía
para hacer el bien y evitar el mal.
Pero, cuando llegaron los otomanos
(o sea, los turcos, contra quienes
se dirigía la invasión
de los franceses, y no contra los
egipcios; nota mía) ustedes
los acogieron con alegría.
Vuestra hipocresía devino
manifiesta ».
Para castigar a los hipócritas,
les carga un impuesto, extendido
a todos, con la excepción
de los pobres y los cristianos,
que no habían participado
en la revuelta. Kléber comete
el error de encargar a los cristianos,
bajo la dirección de un «
moallem » Yaacoub, el recolectar
el dinero. Según los musulmanes,
esos cristianos (coptos y sirios)
« querían destruir
el Islam ».
Kléber
le confía al « moallem
» Yaacoub una legión
copta, compuesta de un millar de
hombres, y una guardia de 30 franceses.
Por la primera vez cristianos
aborígenes tienen poder sobre
los musulmanes. La ocupación
francesa ha ido demasiado lejos.
Un
joven de 24 años, Solimán,
originario de Aleppo (Siria), había
estudiado en la mezquita Al-Azhar,
de El Cairo (los franceses llamaban
a estas mezquitas, « universidades
», de la misma manera que
Kléber, en la cita arriba,
se refiere a « ciencias religiosas
»: éste fue el primer
gran « choque de civilizaciones
» del periodo contemporáneo,
los europeos trataban de componer
las cosas con sus términos).
Dos de sus « profesores »
en la « universidad »,
jeques en la gran mezquita, lo habrían
iniciado en la Jihad. De regreso
en Alepo, fue contactado por dos
agentes « islamistas »
quienes lo convencieron de volver
a El Cairo para asesinar a Kléber,
« enemigo de los musulmanes
». A cambio, le prometieron
intervenir en favor de su padre,
un negociante en problemas con las
autoridades de Alepo.
Antes de arribar a El Cairo, Solimán
tuvo que pasar por Gaza, para recibir
dinero e instrucciones de la «
célula islamista »
local. Cuando llegó a la
capital de Egipto, se alojó
en la casa de uno de sus «profesores»,
y algunos de los jóvenes
ahí intentaron disuadirlo
del proyecto de asesinar al general
francés, pues no era sino
un acto suicida. Hoy es con bombas,
entonces Solimán tenía
sólo un puñal.
|
Solimán
se acerca a Kléber en la tarde del
14 de junio de 1800, en el jardín
de su residencia, tras un almuerzo con miembros
del Instituto de Egipto. Hace el gesto de
intentar besarle la mano y saca el puñal,
que hunde varias veces en el pecho del comandante
en jefe (francés).
El proceso efectuado por los europeos declaró
sin embargo no culpable al « profesor
» de la « universidad »,
pero sí lo hizo con tres jeques,
cómplices, que fueron decapitados.
Y cerraron la « mezquita-universidad
» durante más de un año.
Un cronista
musulmán, bastante cultivado, no
pudo reprimir su admiración por el
proceso, que los franceses hubiesen podido
ejecutar sumariamente, y sin embargo hicieron
encuestas, interrogaron, deliberaron: «
Es digno de interés como esas gentes
tienen tanto cuidado y tanta precisión,
esas gentes, que no profesan ninguna religión,
se basan solamente en su juicio sobre la
razón del conocimiento ». Lo
inusitado para el historiador era que «
no profesaran ninguna religión »
y pudieran ser tan escrupulosos, justo porque
la muerte de Kléber obedeció
a la religión.
Pudiera ser paradójico, sin embargo
es de una coherencia histórica sin
falla: el primer gran « choque de
civilizaciones », que ya apuntaba,
entre el Islam y Occidente, se produjo con
revolucionarios « franceses ateos
».
Ahora, fue
Bonaparte, motor al fin y al cabo, quien,
malgré lui, vislumbró
la « conexión cruzada ».
La modernidad racional tenía que
inaugurarse, en el mundo que le era más
extraño, alejado y contrario, con
este enfrentamiento. Hoy continúa
sin resolverse, del mismo modo en que «
la Revolución francesa no se ha acabado
todavía ».
El tribunal
condenó a Solimán a ser empalado,
según la ley local, para que los
buitres se lo comieran.
Cuando le clavan el palo al « jihadista
», pronuncia: « Allah akhbar
», desde luego.
Acaso los franceses no tenían el
que haberle concedido a las costumbres aborígenes
una ejecución tan bárbara.
¿Es que no llevaron la guillotina
con ellos o se quedó en uno de sus
barcos que Nelson hundió en Abukir?
O ya se estaban aplatanando: « Se
deben aplicar las penas que son ordinarias
en Egipto, habida cuenta que la inmensidad
del crimen comporta una pena que tiene que
golpear la imaginación ». A
esto hoy se le llamaría comprensión
de la «diversidad cultural».
Larrey,
el cirujano en jefe del ejército,
y luego de la Guardia Imperial, el hombre
más virtuoso que haya conocido Napoleón,
y a quien hasta el inepto de Wellington
respetaría en la batalla de Waterloo,
al verlo asistir a los heridos en medio
del fuego, disecó el cadáver
de Solimán. Lo llevó a París,
al Museo nacional de historia natural. Los
frenólogos estudiaron el cráneo
del asesino: « Las jorobas del fanatismo
religioso son en efecto muy pronunciadas
».
Hoy ya no
existen frenolólogos, hasta donde
sé, y si continuasen sus análisis,
no podrían hallar los salientes craneales
del fanatismo religioso en los restos de
los suicidas islamistas, que se hacen despedazar
en los aires, protegiéndose tan sólo
el pene, con mucho cuidado en varias capas
de papel aluminio, para poder penetrar a
las 72 vírgenes en el paraíso.
|
|
|