
VIDA
DEL CONDE
EMMANUEL DE LAS CASES |
Por
Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador
del Instituto Napoleónico México-Francia.
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El
Conde Emmanuel de Las Cases |
Sabio,
historiador y escritor nacido el 21 de enero de
1766 en el castillo de Las Cases, Languedoc (Haute
Garonne), Francia, Emmanuel-Augustin-Dieudonné-Marin-Joseph,
Conde de Las Cases, marqués bajo el Antiguo
Régimen, nació en el seno de una
familia muy antigua de origen español (que
cuenta entre sus miembros al célebre Fray
Bartolomé de Las Casas, de ilustre memoria
en México), y que se había ilustrado
en el siglo XII en la guerra contra los moros.
Fue educado donde los oratorianos de Vendôme,
siendo más tarde admitido en la Escuela
Militar, entrando enseguida, en calidad de aspirante,
a la marina de Estado, donde desempeñará
un puesto como oficial de la Marina Real de 1782
a 1790.
Tras participar en el sitio de Gibraltar y en
el combate naval de Cádiz el 20 de octubre
de de 1782, realizó para su instrucción
diversas estancias en los Estados Unidos y en
las colonias francesas de América, siendo
ascendido a su regreso, a los veintiún
años, a teniente de navío.
Al
estallar la Revolución francesa,
el Marqués de Las Cases emigra hacia
Worms para alcanzar y unirse al Ejército
de los Príncipes en su lucha contra
las tropas revolucionarias, incorporándose
al primer cuerpo Realista, núcleo
del ejército de Condé. De
esta forma, formó parte de la famosa
expedición de Quiberón.
«Desbaratados en nuestras fronteras
–recuerda nuestro héroe–
licenciados, disueltos por el extranjero;
rechazados, proscritos por las leyes de
la patria» se encontraban los
emigrados, y como muchos otros Las Cases
decide retirarse a Inglaterra, donde pasará
su tiempo errando en las calles de Londres,
viéndose obligado a dar clases para
subsistir; al menos hasta la publicación
en 1802 de su célebre Atlas Histórico,
genealógico y cronológico,
publicado bajo el pseudónimo de Le
Sage, obra que se presentaba en forma
de cuadros analíticos los grandes
eventos de la historia universal, y que
tendrá un gran éxito en el
medio editorial londinense. |
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Portada e interior de un ejemplar
del Atlas Histórico
publicado en 1802 por
Las Cases bajo el pseudónimo
de « Le Sage ». |
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Estatua
del Conde Emmanuel de Las
Cases en Lavaur |
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Sin embargo, a pesar de
las satisfacciones que le procuran sus
estudios y la popularidad de su obra en
las librerías, Las Cases lleva
una vida obscura que se desarrolla en
la nostalgia y la añoranza de su
patria natal; igualmente, según
lo relatará más tarde en
el preámbulo de su Memorial,
consagrará largas horas a «reflexionar
(…) acerca de la horrible situación
de combatir a su patria bajo las banderas
extranjeras». Durante este
doloroso proceso – asegurará
– sus ideas, sus principios, sus
proyectos «se desmoronaron,
se alteraron o cambiaron» a
la vez que constantemente llegan de Francia
extraordinarias noticias que a la postre
lo incitarán a volver a su país
aprovechando la ley de amnistía
dictaminada por el Primer Cónsul
tras el Tratado de Amiens (1802).
Ya en casa, despojado
por la revolución, y habiendo perdido
durante sus años de exilio todo
lo que quedaba de su patrimonio, empezará
una nueva vida tomando cada vez más
interés en la evolución
fabulosa del nuevo gobierno. Sobre este
tema, más tarde dirá: «El
lustre de la patria se elevaba a una altura
desconocida en la historia de ningún
pueblo: era una administración
sin ejemplo por su energía y por
sus felices resultados, un impulso simultáneo
que, impreso de repente a todos los géneros
de industria, excitaba todas las emulaciones
a la vez; era un ejército sin igual
y sin modelo, asombrando de terror en
el exterior y creando un justo orgullo
en el interior. En cada instante,
nuestro país se llenaba de trofeos;
numerosos monumentos proclamaban nuestras
hazañas; las victorias de Austerlitz,
de Jena,
de Friedland, los tratados de Presburgo,
de Tilsit, constituían a Francia
como la primera de las naciones y el árbitro
de los destinos universales:¡era
verdaderamente un honor insigne el hallarse
ser francés! Y sin embargo, todos
esos prodigios eran la obra de un solo
hombre».
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Así pues, en este
marco que se sumaba a la proclamación
de la monarquía el 2 de diciembre
de 1804, y en virtud de que «cada
día se regresaba a [las] antiguas
ideas», que «se restablecía
todo lo que había sido caro a
[sus] principios», en 1806
Las Cases decide unirse al Imperio, lo
que hará de facto en 1809 cuando
los ingleses se apoderan de Flessingue
y amenazan Amberes, corriendo a enrolarse
como simple voluntario junto con los defensores
de dicha villa. Destacándose por
su gran valor en el estado mayor de Bernadotte,
será notado por el Mariscal quien
no omitirá señalarlo al
Emperador.
Las Cases recibirá ulteriormente
el título de Caballero la Legión
de Honor y más tarde el título
de Barón de Imperio, que se añade
a su Cruz de San Luis, que le había
sido otorgada por el Duque de Angoulême.
A fines de 1809, después
de la boda de Napoleón con María
Luisa, será nombrado chambelán
del Emperador y, seis meses más
tarde, en 1810, Relator del Consejo de
Estado en la sección de Marina,
llevando a cabo una misión oficial
en Holanda. El año siguiente recibirá
el título de Conde y se verá
asignar la dirección de la liquidación
de la deuda pública en Iliria;
asimismo será nombrado en 1812
inspector de los depósitos de mendicidad,
de las prisiones, de los hospicios y de
los establecimientos de beneficencia de
una parte de Francia.
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| Blason
de Las Cases |
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Después
de la primera abdicación de Napoleón
en 1814, Las Cases mostró toda la
dimensión de su fidelidad, negándose
a firmar el acta de adhesión del
derrocamiento del Emperador, regresando
nuevamente a Inglaterra.
Vuelve sin embargo a Francia el año
siguiente para reunirse con el Emperador
a su regreso de la isla de Elba, durante
los Cien Días, recuperando sus puestos. |
Tras
la terrible batalla de Waterloo, se reintegra
a su servicio de chambelán, y solicita
al Emperador el honor de compartir su exilio.
«¿Sabéis
a donde puede conduciros eso? pregunta
Napoleón.
- Majestad, no lo he calculado», certifica.
Acaba de presentir el papel que el destino
le reserva en la sombra del Gran Hombre
- apunta Gilbert Martineau.
Así pues, después de aprovisionarse
de todo el material que le será necesario,
saca a su hijo Emmanuel del liceo y junto
con el Emperador y los demás exiliados
parte rumbo a lo desconocido.
Saliendo de París y atascados en
la isla de Aix, en las costas de Rochefort,
será de hecho Las Cases a quien Napoleón
encomiende las negociaciones con las autoridades
inglesas en pos de obtener su pase hacia
América, trámite malogrado
que los llevará a la cautividad de
Santa
Elena después de que el mismo
Las Cases entregue al capitán Maitland,
comandante del Belerofonte, la inmortal
misiva dirigida por Napoleón al rey
Jorge IV de Inglaterra: «Vengo,
como Temístocles…»
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El
Emperador dictando el relato de
sus campañas al Conde de
Las Cases, en Santa Elena.
Cuadro de William
Quiller Orchardson. |
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Erudito,
exquisito conversador, de un espíritu
lúcido y vivaz, y dominando un lenguaje
elegante y ornado, Las Cases no tarda en
imponerse como el interlocutor favorito
de Napoleón, prodigándole
las atenciones más afectas, la más
fiel y fina dedicación, y escribiendo
bajo su dictado una relación de las
campañas de Italia. En efecto, ya
antes de haber desembarcado en la isla fatal,
el docto Las Cases se ha convertido en el
historiógrafo del monarca caído,
volviéndose su compañero de
cada instante, transcribiendo infatigablemente
los recuerdos y narraciones del ilustre
cautivo en todos los ámbitos, filosofía,
guerra, religión y sentimientos íntimos,
así como toda clase de anécdotas
y comentarios tanto históricos como
anecdóticos de la epopeya imperial,
y de la vida cotidiana de los deportados. |
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| El
Conde de Las Cases y su hijo,
el jóven Emmanuel |
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De estas
notas cuidadosamente recopiladas a lo
largo de trece meses y pacientemente reproducidas
durante las largas noches tropicales que
destina a la redacción de su Diario,
nacerá el famosísimo Memorial
de Santa Elena, «obra maestra
de extraño entusiasmo dirigido»
según el profesor Dunan, que hará
de Las Cases uno de los autores más
leídos del universo, y sobre todo
proyectará su nombre a las regiones
más alejadas de la inmortalidad
literaria.
Por desgracia, la estancia
de Las Cases en Santa Helena nos sería
larga. Sorprendido tratando de transmitir
secretamente al Príncipe Luciano
una carta de queja por el mal trato infligido
al Emperador en su prisión, documento
descubierto oculto en el revés
del saco de un isleño mulato, Las
Cases es aprehendido por el infame Hudson
Lowe, encarcelado, y finalmente deportado
de la isla.
¿Qué fue
lo que llevó al desafortunado chambelán,
de costumbre tan precavido y discreto,
a confiar a un indígena que le
servía una carta tan comprometedora,
cuando contaba con vías seguras
para transmitir su correspondencia? Él
nunca lo explicó, y nosotros no
lo sabremos jamás. Las malas lenguas
no se han privado de ver en este gesto
desconcertante los indicios, bien turbios
hay que decirlo, de un cálculo
oportunista de parte del Conde, quien
para entonces habría ya amasado
una masa considerable de material literario.
En todo caso, la mala
salud del pequeño Emmanuel, quien
para entonces era apenas un preadolescente
frágil y enjuto, así como
las quejumbres con las que le agobiaban
los generales de la Casa, pudieron no
haber sido ajenas a este acto inconsiderado.
Siendo el riesgo muy grande para una finalidad
bien mediocre, el pérfido Hudson
Lowe no podía más que suputar
algún plan… De inmediato
aprovechó la oportunidad.
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«Los servicios que
el conde prodigaba a Napoleón, - nos
dice un autor inglés -, los escritos
y las memorias que se sabían ocupaban todo
su tiempo, el tono arrojado y elevado con el que
se expresaba en las cartas enviadas a Inglaterra
en relación a los tratos indignos que se
sufrían en Santa Helena, todos esos hechos,
aislados o reunidos, servirían pronto como
motivos de una inquisición severa, de amenazas
personales y de persecuciones inmediatas de parte
del gobernador, Sir Hudson Lowe. Poco después,
so pretexto de sospechas contra un habitante de
la isla, que le servía en calidad de doméstico,
Lowe le retiraría a este individuo. Sin
embargo, este hombre encontró la manera
de regresar a las habitaciones de Las Cases habiendo
superado, según dijo, todos los obstáculos
que hacían tan difícil acercarse
de Longwood, y con aires de gran misterio, preguntó
a su antiguo patrón si tenía comisiones
para Londres, a donde, pretendía, estaba
a punto de ir. Confiado, el conde le entregó
cartas ya escritas, que estaban en un inicio destinadas
a pasar entre las manos del mismísimo gobernador
pero que, en virtud de las recientes amenazas
de éste, no loe habían sido enviadas.
Apenas habían pasado algunas horas cuando
las cartas confiadas al antiguo doméstico
se encontraban, ya sea por traición o por
algún accidente desafortunado, entre las
manos del gobernador. Éste
hizo apresar al conde, en presencia del mismo
Emperador, so pretexto de conspiración,
tramada por medio de cartas secretas, y lo hizo
llevar lejos de él. Las puertas de su apartamento
fueron derribadas, sus efectos rigurosamente revisados.
Los asaltantes se apoderaron de todos sus papeles,
y su persona misma fue confinada bajo la guardia
más severa.»
«En
el momento en que con su estado mayor hacía
cercar la casa,
–exclamará Napoleón–,
me recordaba los salvajes
de las islas del mar del sur, bailando alrededor
de los prisioneros a los que van a devorar».
Las Cases no vería
nunca más al Emperador después de
esta catástrofe. Como vimos, sus preciosos
manuscritos fueron atados, precintados, y llevados
al gobernador, quien en ese momento tenía
en sus manos el borrador y la copia de las Campañas
de Italia, cartas diversas, y el famoso Diario,
es decir, nada menos que el esbozo del Memorial.
«Tendré
que decidirme a quemar todo lo que he hecho,
refunfuñó Napoleón. Con
este esbirro siciliano, no hay ni garantía
ni seguridad.»
Oprimido por el
rigor de la inclaustración a la que estaba
sometido, Las Cases optó por provocar una
decisión solicitando su partida. En Longwood,
los franceses pensaron por algún tiempo
que Lowe llegaría a un arreglo, pero el
chambelán imperial parecía resueltamente
decidido a irse, sobre todo cuando tuvo en sus
manos una carta del Emperador que avalaba su trabajo
de memorialista. Decía lo siguiente: «
Vuestra sociedad me era
necesaria. ¡Cuántas noches habéis
pasado en vela durante mis enfermedades!»
Por su parte, el receloso Gourgaud gruñía:
«Las Cases no vino aquí más
que a hacer un libro ».
«Parece extraordinario
que el Conde de Las Cases, pudiendo quedarse,
quiera irse», exclamó
Napoleón, extrañado, cuando se enteró
de que el gobernador autorizaba una marcha atrás.
Las Cases no cambió de opinión.
Algún tiempo después, cuando el
gran mariscal Bertrand tuvo la ocasión
de entrevistarse con el pobre chambelán,
quedó abrumado por su estado de exaltación.
«Lo habrán
tenido tanto tiempo incomunicado que lo han de
haber vuelto loco», constató
Napoleón, desconcertado.
Recluido durante más de cinco semanas,
fue embarcado en un navío inglés
en dirección del Cabo de Buena Esperanza,
y permaneció cautivo, «en cuarentena»,
en esa colonia por ocho largos meses.
De regreso a Europa
tras pasar una cuarentena en el Cabo de Buena
Esperanza, en donde quedó prisionero por
ocho largos meses, sufrió de parte del
gobierno de Inglaterra las peores vejaciones,
prohibiéndosele el regreso a Francia y
siéndole asignada una residencia en Frankfurt-sobre-el-Main,
en donde vivió en condición de estricta
vigilancia. Obtendrá ulteriormente, gracias
a la intervención del emperador de Austria,
la autorización para vivir en Bélgica,
residiendo en esa tierra sombría e inhóspita
como un proscrito hasta 1822, un año después
de la muerte de Napoleón.
Entonces Las Cases consagró de lleno su
vida a la defensa de la memoria del Emperador,
sirviendo igualmente como portavoz de su soberano
ante la Familia Imperial, y haciendo las veces
de defensor desesperado ante las cortes reales
e imperiales europeas.
Por otra parte, después de muchos esfuerzos
logra recobrar los manuscritos de su Diario,
que habían sido confiscados por el gobierno
inglés durante su escala en Inglaterra.
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La
publicación de la primera edición
del Memorial tiene lugar en 1822-23
(8 volúmenes), propagándose
como fuego en pólvora y conociendo
de inmediato un éxito estruendoso
(su venta aportó 2 millones de
francos a Las Cases); se trata de la primera
obra de defensa de Napoleón después
de su derrota, que impulsa con gran fuerza
la leyenda napoleónica y proyectará
la carrera política de nuestro
autor, abriéndole el camino para
ser nombrado algunos años después
diputado de Seine Saint-Denis (1831–34;
1835–39). Entre las ediciones en
extremo numerosas, que se dieron posteriormente,
citemos la que apareció ilustrada
con los grabados de Charlet, en 1843 (4
vol. In-4º).
Ciego
y fatigado, su vejez transcurrió
en la entonces pequeña localidad
de Passy, en las cercanías de París,
hasta su muerte ocurrida el 15 de mayo
de 1842.
Anteriormente,
y aunque imposibilitado de participar
a la expedición del Príncipe
de Joinville a Santa Elena en busca de
los restos mortales del « Prometeo
moderno », tuvo no obstante la gran
dicha de asistir al regreso del Emperador
a Francia, y a su ingreso a su última
y legendaria morada, en la rotonda bajo
el Domo de Los
Inválidos, en París.
Tuvo también la dulce consolación
de ver el último deseo del Emperador
cumplirse: «Deseo
que mis cenizas reposen en las orillas
del Sena, en medio de ese pueblo francés
que tanto amé»,
escribió.
Volviendo
al impresionante éxito de la obra
de Las Cases, un hecho notable y poco
conocido es que el Memorial es
el tercer libro más publicado en
la historia de la edición a nivel
internacional, sólo superado por
la Biblia y el Nuevo Testamento. |
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Frontispicio
de la célebre edición
del Memorial de
Santa Elena publicada
en 1843, maravillosamente ilustrada
por dibujante y grabador Charlet. |
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Además
del Memorial, el Conde de Las
Cases nos dejó sus Memorias
de E. A.-D., conde de Las Cases, comunicadas
por él mismo, conteniendo la
historia de su vida, etc. (París,
1819), obra cuya publicación
hizo comparecer al editor ante el juez
de instrucción...
«Vuestra
conducta en Santa Helena ha sido como
vuestra vida, honorable y sin reproche:
me place decíroslo
- le diría el Emperador en una
carta de despedida - Si
veis un día a mi mujer y a mi
hijo, abrácelos… Recibid
mis abrazos, la seguridad de mi estima
y de mi amistad… sed feliz».
Semejantes líneas viniendo de
parte del inmortal cautivo son sin duda
un hermoso homenaje. No obstante, terminemos
dejando a nuestro memorialista las palabras
de conclusión de nuestra breve
reseña:
«...
Me creí - indica - en
la obligación indispensable de
ayudar, puesto que tenía los
medios para ello, a dar a conocer mejor
a aquel a quien se había conocido
tan mal; y, a pesar de mi estado, me
puse a la obra. El cielo ha bendecido
mis esfuerzos permitiéndome ir
hasta el final y terminar bien que mal
lo que tengo la dicha de hacer en este
instante. Si he logrado enderezar
corazones justos y rectos, si he destruido
prejuicios, vencido prevenciones, he
alcanzado mi finalidad más cara,
más dulce: mi misión está
cumplida».
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