
| LA
LITERATURA SE APODERA DE Él |
| |
 |
El
Dios de la buena gente
Litografía de Horace
Vernet (Colección Romi) |
|
|
Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
|
Puesto
que ocupa su siglo, que todos los pueblos están
atentos a su personalidad, los artistas, y entre
ellos, los escritores, hallarán en su historia
una fuente de inspiración tan bella que
contribuirán grandemente a la leyenda,
retomando los episodios de su carrera, magnificando
al héroe.
De 1820 a 1840,
en el momento en que se encontraba por doquier
la figura
de Napoleón en las estatuillas de metal
y de madera, en los platos, en los mangos de los
tenedores, en las cajas, en las pipas, en los
estuches para tabaco y hasta en los morillos de
las chimeneas, era natural que los poetas y los
novelistas se apoderaran de esa gran sombra para
cantarla en verso y en prosa.
Uno de los primeros
que se ejercitó en la materia fue un bien
olvidado hoy en día, Auguste Barthélemy.
Originario de Marsella, apenas salido del famoso
colegio de Sorrèze donde había realizado
buenos estudios, Barthélemy no tardó
en darse a conocer en los medios literarios por
sus sátiras. Publicadas en los diarios
locales, tuvieron de inmediato una gran resonancia
y le hicieron ser admitido en el Cercle académique
que poseía una publicación literaria,
el Alcyon, en la que colaboró regularmente.
Fue ahí donde hizo publicar, en 1831, su
Statue de Napoleón (“Estatua
de Napoleón”):
Lloremos a
nuestro Emperador mártir
¡Que un recuerdo de luto, alimente nuestro
odio!
Anatema a esos reyes, vomitados por el extranjero.
Todo, en nuestros muros conquistados, parece ultrajarlos.
Cuando vinieron, mezclados con los pueblos de
Ucrania,
Bajo los altos monumentos por el pueblo construidos
Pasaban, todos avergonzados de verse tan pequeños.
El bronce imperial de la plaza octágona
Se torcía a sus ojos cual rostro de Gorgona.
¡Anatema sobre ellos! ¡Que sean aniquilados!
En su ciudad natal,
Auguste Barthélemy no tarda en ligarse
con otro camarada de su edad, Joseph Méry,
cuyo nombre tampoco ha sobrevivido, pero que conocerá,
durante su vida, éxitos estruendosos. Poeta
de una fecundidad inagotable, inflamado, él
también, por los recuerdos del Imperio,
propuso a Barthélemy colaborar con él
para la composición de un gran poema, Napoleón
en Egipto. El editor Ambroise Dupont se los
compró por una suma de 60 000 francos,
derechos de autor considerables en ese entonces.
La obra conoció un inmenso éxito.
Hicieron homenaje de su Napoléon en
Egypte a todos los miembros dispersos de
la Familia
Imperial. Barthélemy fue hasta Viena
para tratar inútilmente de hacer entrega
de un ejemplar al duque
de Reichstadt.
De
regreso en Marsella, vuelve a reunirse con
Méry y escribe con él un nuevo
poma, le Fils de l’Homme
(“El Hijo del Hombre”) o
recuerdos de Viena. Éxito considerable
de nueva cuenta, pero, esta vez, el gobierno
real les hace perseguir. El juicio fue llevado
a cabo en París el 29 de julio de
1829, Barthélemy fue condenado a
tres meses de prisión y 1,000 francos
de multa.
No obstante, continuaron su campaña
“bonapartista”, y, la víspera
de la Revolución de 1830, publicaron
un nuevo volumen de versos, Waterloo.
Junto a
estos primeros poetas que celebraban la
gloria del Imperio, he aquí un simple
cancionista, Béranger, quien, al
mismo tiempo, mima el combate, pero con
un estruendo mucho más considerable.
Se sabe que Béranger, de una muy
humilde extracción, se había,
aún muy joven, ejercitado en la canción
ligera. Miembro del Caveau, era
un convive asiduo de los banquetes, muy
numerosos en aquella época del Imperio,
en los que encantaba a sus amigos, a la
hora del postre, debitando sus coplas sobre
el Roi d’Yvelot (“El
Rey de Yvelot”) o las Infidélités
de Lisette (“Las Infidelidades
de Lisette”).
La caída de Napoleón le conmovió
profundamente, las dos invasiones de 1814
y de 1815 desgarraron su corazón
de patriota, el exilio del Emperador en
Santa Helena le trastornó. A partir
de entonces, sin abandonar el género
en el que había obtenido sus primeros
éxitos, modificó sus temas,
explotó la vena bonapartista, «
Elaborando para el uso del pueblo,
dice J. Lucas-Dubreton (“Béranger”,
París. 1931) un Napoleón
liberal, símbolo de la igualdad victoriosa,
el Napoleón del Código
civil y de la Legión
de Honor, aquel que cristalizó
la Revolución echándole sobre
los hombros un manto de gloria. El antiguo
refractario que, dícese, trepidaba
al oír un disparo, había logrado
el prodigio de componerse, en literatura,
el aspecto de un grognard. Celebraba a la
vivandera del regimiento: “Tengo el
pie liviano y el ojo picaresco...”,
los exiliados del Campo de Asilo que habían
tratado de fundar en Texas una colonia militar,
y, en Arenenberg, la reina Hortensia que
mantenía piadosamente el culto de
su tío y se enternecía cantando
su gloria ».
|
 |
El
poeta Joseph Méry
(18-18)
Litografía romántica |
|
|
|
¡Él,
quien seguro de vencer, voló
Veinte años, de batalla en batalla!
Cargado de laureles y de flores,
Brilló sobre Europa entera.
¿Cuándo sacudiré el polvo
Que deslustra sus nobles colores?
La canción tiene
un poder de publicidad extraordinario,
circula de boca en boca, se la canturrea
en el taller, se la entona en los campos,
el chaval la silba en la calle, la pequeña
obrera la murmulla, los refranes van de
puerta en puerta, de ciudad en ciudad,
de choza en choza, es sobre todo en la
gran masa del pueblo que se infiltra,
que se esparce, que se extiende cual mancha
de aceite. De ahí la enorme importancia
que adquirió inmediatamente Béranger
en esta resurrección de la leyenda
del Águila.
En 1821, Béranger mandó
imprimir una primera antología
de canciones, en dos volúmenes,
donde Firmin Didot. Él mismo había
asumido los costos de la impresión,
pero no tuvo que lamentarse, pues la venta
de su libro fue extremamente rápida
y ganó 32,000 francos, suma que
le pareció prodigiosa. Por desgracia,
hubo un revés a la medalla: el
27 de noviembre de 1821, era enviado ante
la Audiencia de lo Criminal del Sena para
responder de dieciséis juzgadas
subversivas. Su Vieux drapeau,
en particular, era perseguido «
por provocación al porte de
una señal de reunión no
autorizada por el rey ».
Mal defendido por Dupin el mayor, fue
condenado a tres meses de prisión
y 500 francos de multa.
Internado durante tres
meses en Sainte-Pélagie, en la
celda misma que acababa de dejar Paul-Louis
Courier, recibió a todo el París
de las clases bonapartistas y liberales
acudidas para felicitarle, verle, alentarle.
En su celda las vituallas se amontonaban,
obsequios de admiradores, patés
de foie gras, botellas de vino
fino. Había acabado por mantener
una mesa abierta y alimentar a sus vecinos
de prisión.
A partir de entonces, su renombre no cesó
de crecer: Waterloo,
los Deux Grenadiers (“Los
dos Granaderos”), los Souvenirs
du Peuple (“Los recuerdos
del Pueblo”) se habían convertido
en una verdadera imagen popular y llegaban
derecho al corazón de los humildes:
|
 |
Pierre-Jean
de Béranger (1780-1857)
Prisionero
en su celda de Sainte-Pélagie |
|
|
Habladnos
de él, abuela,
Habladnos de él…
Formó
parte activa en la Revolución de
1830 y murió en 1857. |
 |
Henri
Beyle « Stendhal
» (1783-1842)
Retratado por Johan Olaf
Södermark, en 1840 |
|
|
La pasión que Stendhal
sintió por Napoleón es de
una esencia muy diferente que la de Béranger.
Al haber visto al Emperador de cerca,
su recuerdo siempre encantó su
imaginación. Fue soldado y funcionario
durante el Imperio, no le olvidará
jamás, a aquel a quien sirvió,
a aquel con quien se encontró varias
veces en París, a aquel a quien
vio, el 11 de enero de 1805, en la Comédie
Française donde se interpretaba
la Mère Jalouse (“la
Madre Celosa”) pieza de la que no
sería capaz de hablar porque, durante
toda la representación, no hizo
más que mirar al Emperador a hasta
el grado de tener « los ojos desacordados
». También le vio hacer su
entrada a Berlín en gran uniforme
de general de división y se estremece
con ese recuerdo, le vio en el Consejo
de Estado donde él mismo era auditor,
le vio en Moscú, durante el incendio
de la ciudad; le siguió a Silesia
y, en Gœrlitz, fue honrado durante
algunos minutos con una conversación
con el Emperador. Así, declara
en 1814: « Adoro a Napoleón.
»
En 1817, publica su Historia
de la pintura en Italia y su primer cuidado
es dedicar su libro a « Napoleón
el Grande, Emperador de los franceses,
retenido en la isla de Santa Helena
».
« Sire, escribe, no
puedo dedicar más convenientemente
la Historia de la pintura en Italia, escrita
en lengua francesa, más que al
gran hombre que había dado a la
patria ese hermoso museo que no existió
más desde que dejó de ser
apoyado por su mano poderosa... Es de
temerse que Francia haya perdido, con
el hombre más grande que jamás
haya producido, su escuela naciente…
… La equitativa posteridad llorará
la batalla de Waterloo como habiendo reculado
de un siglo las ideas liberales. Ella
verá que la acción de crear
exige fuerza y que, sin los Rómulos,
los Numa no podrían existir. Habéis
sofocado los partidos durante catorce
años, habéis forzado al
chuán y al jacobino a ser franceses,
y ese nombre, Sire, lo habéis portado
tan alto que, tarde o temprano, se abrazarán
al pie de vuestros trofeos. Este favor,
el más grande que la nación
pudiese recibir, asegura a Francia una
incomparable libertad… »
|
|
Firma: « Sire, de vuestra Majestad
Imperial y Real el muy humilde y obediente
servidor, el soldado que tomasteis de la solapa
en Gœrlitz. » |
Tras haber lanzado
su libro, comenzó a escribir su Vida
de Napoleón. Si está enternecido
por él, es que el Emperador es desdichado,
está encerrado en Santa Helena, es también
porque Stendhal está exasperado de oír
llamar al antiguo Emperador « Sr. de Buonaparte
» por los realistas, de oírles decir
que era feroz y cobarde. Es a manera de protesta
que emprende la narración de las batallas
de Napoleón.
Ataca violentamente a Madama de Staël, porque
se ha expresado « con cobardía »
acerca de Napoleón, cobardía tanto
más infame cuanto que estaba vencido y
prisionero.
« Nada tan grande como él había
aparecido desde hacía siglos »,
dice aún, Stendhal. Es lo que asegura la
inmortalidad a todos los que combatieron con él.
El soldado que, por ejemplo, asistió a
la campaña de Rusia, esta por siempre exento
de ridículo; un gran recuerdo le protege.
Ni siquiera se puede amar a otro jefe «
después de haber visto actuar a Napoleón
».
Al evocar todo
esto, Stendhal siente « una especie
de sentimiento religioso ». El Emperador
aparece en todas las imaginaciones con la grandeza
de un dios. « Napoleón,
concluye, fue nuestra única religión.
»
He aquí
ahora la voz poderosa que se deja oír,
la de Víctor Hugo.
Hijo de un general
de Imperio, arrullado, desde su infancia, en todas
las ideas de la grandeza imperial, pudo, al principio
de su adolescencia, unirse un instante a la realeza,
no tardará en infeudarse a la gran corriente
bonapartista que amenaza con llevárselo
todo.
Es en 1827 cuando escribe la Oda
a la Columna. Ese año, el embajador
de Austria, el conde Apponyi, había juzgado
pertinente, en una fiesta que había brindado,
insultar a los mariscales del Imperio. En vez
de hacer anunciar a éstos por el título
que les había dado Napoleón, había
ordenado que se les llamase por su apellido. En
vez del duque de Trento, el ujier había
anunciado al Sr. Mariscal Mac Donald, en vez del
duque de Dalmacia, al Sr. Mariscal Soult, en vez
del duque de Treviso, al Sr. Mariscal Mortier.
Uno se imagina la emoción que esta medida
había provocado en la prensa liberal.
- Es precisa una réplica, había
dicho Víctor Hugo.
«
Le parece que se insultaba a su padre,
se escribe en Victor Hugo raconté
par un témoin de sa vie (“Víctor
Hugo contado por un testigo de su vida”),
la sangre de soldado que tenía
en las venas se le subió al rostro,
fue invadido por una necesidad irresistible
de vengarlo y escribió la “Oda
a la Columna” »:
¡Oh!
Cuando él construía, con
su mano colosal,
Para su trono, apoyado sobre la Europa
vasalla,
Este pilar soberano,
Ese bronce, ante el cual todo no es más
que polvo y arena,
Sublime monumento, dos veces imperecedero,
Hecho de gloria y de bronce;
Cuando
lo construía, para que un día
en la ciudad
O la guerra extranjera o la guerra civil
Contra ella quebraran su carro,
Y para que hiciera empalidecer en nuestras
plazas públicas
A los frágiles herederos de vuestros
nombres magníficos,
¡Alejandro y César!
|
 |
Víctor
Hugo en su juventud
Litografia romántica |
|
|
Publicada en el
Journal des Débats y reproducida
en otras publicaciones, esta Oda a la Columna
obtuvo un éxito enorme.
A partir de ese día, Víctor Hugo
es presa enteramente de la pasión bonapartista.
En 1830, peticiones exigieron a la Cámara
intervenir para hacer transportar las cenizas
de Napoleón bajo la Columna: «
trescientos abogados » pasaron a la orden
del día. El poeta se indignó de
ello: « Tienen miedo de tener al Emperador
sobre su cabeza », dijo, y, retomando
su pluma, lanzó estas estrofas vengadoras:
¡Duerme,
iremos a buscarte! ¡Ese día llegará
tal vez!
Pues te tuvimos por dios sin haberte tenido por
señor!
Pues nuestro ojo se mojó de tu destino
fatal,
Y, bajo los tres colores como bajo la oriflama,
¡Nosotros no nos colgamos de esta cuerda
infame
Que te arranca a tu pedestal!
¡Ah!
¡Ve, te haremos un bello funeral!
(…)
¡Estarás bien donde nosotros!
Acostado bajo tu columna,
En este poderoso París que fermenta y bulle,
Bajo el cielo, tantas veces por borrascas obscurecido,
Bajo estos adoquines vivos que braman y se amontonan,
Donde redoblan los cañones, donde las legiones
pasan (…)
Un poco más
tarde, en Napoleón II, evocaba
Mil ochocientos
once, oh tiempos en que pueblos sin número
Esperaban, postrados bajo una nube sombría
Que el cielo hubiese dicho: ¡Sí!
Por doquier y
siempre la gran sombra de Napoleón se perfilará
en su obra hasta el final del reino de Luis Felipe.
Como los Chants du Crépuscule
(“Cantos del Crepúsculo”) y
las Voix intérieures, (“Voces
Interiores”) los Rayons et les Ombres (Los
Rayos y las Sombras) están llenos de alusiones,
de recuerdos sintéticos, de lamentos acordados
a la época imperial.
Sin igualar a
Víctor Hugo por su ardor bonapartista,
se puede decir que Balzac habrá estado,
desde el inicio de su vida, bajo el dominio del
genio Napoleónico. Madama Ancelot cuenta
que en la época en que vivía en
la calle Cassini, Tenía en su gabinete
de trabajo una estatuilla de Napoleón con
esta inscripción:
Ce qu’il
a commencé par l’épée,
je l’achèverai par la plume
- « Lo que él comenzó por
la espada, yo lo acabaré por la pluma »
Más tarde,
en una carta a la Señorita Ranska, escribía:
« En suma, he aquí el juego que
llevo a cabo: cuatro hombres tendrán en
este medio siglo una influencia inmensa; Napoleón,
Cuvier, O’Connen, yo quisiera ser el cuarto.
El primero vivió de la sangre de Europa,
el segundo desposó al orbe, el tercero
se encarnó con el pueblo, yo, habré
portado una sociedad toda entera en mi cabeza.»
En La Femme de trente
ans (“La Mujer de treinta años”),
Balzac, desde las primeras páginas,
nos hará asistir a la famosa Revista
del Quintidi en la que pasa el Emperador
en una brillante y fugitiva visión.
« Los muros de ese viejo palacio
de las Tullerías parecen gritar:
“¡Viva el Emperador!”
No era algo humano, era una magia. El
hombre, rodeado de tanto amor, de entusiasmo,
de devoción, permaneció
en su caballo tres pasos adelante del
pequeño escuadrón dorado
que le seguía. En el seno de tantas
emociones suscitadas por él, ningún
rasgo de su rostro pareció conmoverse.
»
En Une ténébreuse
affaire (“Un asunto tenebroso”),
transpuso la aventura auténtica
del senador Clément de Ris raptado
en pleno día por una banda de hombres
armados y enmascarados. Napoleón
aparece en el desenlace y arregla todo
de una manera soberana.
El Coronel Chabert
también tiene por héroe
a un coronel de la Grande Armada dado
por muerto y abandonado en la batalla
de Eylau. Tras las huellas de nuestros
soldados Balzac transporta sus escritos
a Prusia, a Rusia, a Austria o a España.
En Une conversation entre onze heures
et minuit, (“Una conversación
entre las once y la media noche”)
una de sus obras menos conocidas, pone
en boca de un general dos historias espantosas
que pasan, una en el Tirol, la otra en
España, en 1809.
En La Rabouilleuse
(“La Pescadora”), pintó,
bajo los rasgos de Philippe Bridau, el
retrato incomparable del medio-sueldo.
|
 |
Honorato
de Balzac
Retrato de juventud |
|
|
Pero es sin duda
en Le
Médecin de campagne (“El
Médico rural”) publicado en 1833,
donde pudo dar la medida de su admiración
por el Emperador. El Doctor Bénassis, el
comandante Genestas asisten en una granja a una
velada en la que un antiguo soldado de la Guardia
Imperial, condecorado en el campo de batalla,
cuenta a las buenas gentes del pueblo la historia
de Napoleón.
Bajo la forma soldadesca, este relato es una pura
obra maestra: « ¡Esos [los
Borbones] dicen que está muerto! ¡Ah!
¡Pues sí, muerto! Se ve claro que
no le conocen. Repiten esa patraña para
engañar al pueblo y hacer que se esté
tranquilo en su barraca de gobierno. Escuchad.
La verdad de todo es que sus amigos le dejaron
solo en el desierto, para satisfacer una profecía
hecha acerca de él, pues olvidé
enseñaros que su nombre de Napoleón
quiere decir el león del desierto. Y he
aquí lo que es cierto como el Evangelio.
Todas las demás cosas que oiréis
decir sobre el Emperador son tonterías
que no tienen forma humana. Porque, lo veis, ¡no
es al hijo de una mujer que Dios habría
dado el derecho de trazar su nombre en rojo como
él escribió el suyo sobre la tierra,
que se acordará de él siempre! ¡Viva
Napoleón, el padre del pueblo y del soldado!»
Algunas semanas después
de la puesta a la venta de su novela,
Balzac escribía a Madama Zulma
Carraud: «Madama de Abrantès
que rara vez llora estalló en lágrimas
en el desastre de la Beresina en mi Vida
de Napoleón contada en una granja».
Madama de Abrantès no era la única
en estar conmovida por este relato directo
y sabroso que contribuyó al gran
éxito del Médico rural.
Añadamos que Balzac tuvo un imitador
en la persona de Frédéric
Soulié quien, según la usanza
de la juventud, compuso La lanterne
magique (“La linterna mágica”),
historia de1 Emperador contada por dos
soldados.
No solo es en la poesía y en la
novela donde la leyenda Napoleónica
despertó y tomó un nuevo
vuelo, fue también y sobre todo
en el teatro: el número de piezas
consagradas a Napoleón y a los
grandes eventos del Imperio fue considerable
y todas conocieron un gran éxito.
Cosa curiosa, fue en el Cirque Olympique
que nació esta moda nueva. Hay
que decir que, durante el Imperio, ese
mismo establecimiento había montado
pantomimas de gran espectáculo
en las que había representado las
batallas de la Grande Armada y los eventos
militares más recientes: «
L'Entrée triomphale des Français
a Madrid » (“La Entrada
triunfal de los franceses a Madrid”),
en particular, había estado por
las nubes. Esta entrada había tenido
lugar dos meses antes, el público
volvía a encontrar los incidentes
relatados en el Moniteur, en
ella veía a las figuras populares
de generales, contemplaba los trajes de
las tropas francesas mezcladas a todo
lo pintoresco del escenario español.
Ahí había una heroína
que se llamaba Rosina, un héroe
que era un galante oficial francés,
uniformes destellantes, jinetes, soldados
de infantería, artilleros y hasta
cañones, al parecer, a los que
se hacía disparar una salva en
miniatura, si se le puede decir así.
Los años funestos de 1814 y de
1815 propinaron un golpe fatal a este
género de espectáculo, pero
había entrado tan bien en las costumbres
que volvió a hallar su boga después
de 1830. El Cirque Olympique
dio Le Siège de Saragosse
(“El Sitio de Zaragoza”),
Le Vétéran (“El
Veterano”), La Guinguette et
le champ de bataille (“El ventorrillo
y el campo de batalla”) ante los
ojos maravillados de una multitud transportada
por el recuerdo de las victorias de antaño.
La Señorita Millot era la niña
consentida de la tropa, interpretaba a
las vivanderas, le servía una copita
a los viejos soldados, los acompañaba
a Moscú, a Berlín, a Viena.
A todos les comunicaba el entusiasmo por
su belleza, su ánimo, su alegría
desbordante.
El público aplaudía tanto
mejor cuanto que esos húsares,
esos granaderos, esos coraceros, esos
viejos veteranos eran, en su mayoría,
los actores auténticos del gran
drama, que por diez centavos, habían
aceptado interpretar el papel de figurantes
en una representación de sus antiguos
combates.
« Conmovedora
imagen, exclamaba Léon Gozlan,
en la que, cada cual, puede reservarse
un rincón y decir: ese capitán,
soy yo; ese soldado, es mi padre; ese
general, es mi primo; ese Emperador, es
nuestro Emperador.»
|
 |
El
actor Prudent
En Schönbrunn
et Sainte-Hélène |
|
|
 |
La
actriz Virginie de Jazet
En el papel de Napoleón
joven |
|
|
Ya se imagina uno si semejante
éxito incita al teatro a montar
piezas Napoleónica, fue una verdadera
avalancha de obras dramáticas en
las que Napoleón estaba en escena.
En la Opéra-Comique,
se apresuraron a dar Joséphine
ou le retour de Wagram (“Josefina
o el regreso de Wagram”) de Gabriel
y Delaboulaye, música de Adolphe
Adam.
En el Vaudeville, fue Bonaparte lieutenant
d'artillerie (“Bonaparte teniente
de artillería”), de Duvert
y Saintine en donde el actor Bérenger
Persin figuraba a Bonaparte.
En la Puerta St-Martin, Schönbrunn
et Sainte-Hélène de
Dupeuty, mostró los dos pálidos
extremos de la figura del Emperador, su
más alta grandeza y su cautiverio,
su agonía lejana. El actor que
encarnaba a Napoleón era un cierto
Gobert quien, a fuerza de representar
a este hombre ilustre, había acabado
por identificarse tan bien al personaje,
que conservaba en la ciudad sus mismos
gestos y sus mismas actitudes. Los chavalillos
del Boulevard du Temple le esperaban
a la salida para aclamarle, él
les agradecía pellizcándoles
la oreja.
La dificultad para los
directores de teatro era hallar un actor
que recordase más o menos la figura
imperial. Se buscaba qué talla,
qué nariz, qué perfil, qué
carácter, ayudados por los socorros
del arte, se acercarían más
a la fisonomía histórica.
Había un cierto número de
poses y de gestos, las detrás de
la espalda, el ejercicio del catalejo,
el de la toma de rapé, sin contar
el porte de la gabardina gris y del sombrerito
que debían dar la ilusión
del personaje. ¡Cuantos actores,
entonces, fueron solicitados y sometidos
a un examen severo!
|
Sin embargo el
público no se hartaba de aplaudir las piezas
napoleónicas. Tan solo la Gaité
montó dos de ellas: De la Malmaison
à Sainte-Hélène, de
Ducange y Pixérécourt, en la que
el Emperador era personificado por un cierto Joseph
que gozaba de una gran notoriedad en los escenarios
parisinos, y Napoleón au Paradis
(“Napoleón en el Paraíso”)
en la que un viejo soldado, muy sorprendido de
que se le pusieran trabas al Emperador para acogerle
en el cielo, prorrumpía:
Le
teméis aún hoy.
Os acordáis, mis buenos apóstoles,
Que antaño él era amo, en
casa
Y a menudo donde los demás.
Al dejarle libre en este lugar,
Se temería que un día de
broma,
El pequeño cabo dijese al Buen
Dios:
Quítate de ahí, ‘que
yo me ponga.
En fin no quisiéramos
que el nombre de Alejandro Dumas estuviese
ausente de esta lista de autores dramáticos
empeñados en resucitar la leyenda
del Águila. Presenta en el Odéon,
el 10 de enero de 1831, Trente ans
d'Histoire de France (“Treinta
años de Historia de Francia”),
en donde la vida del Emperador se desarrollaba
en cinco actos y diez cuadros.
« Esta pieza, declararía,
fue escrita en nueve días ».
¿Con cuantos colaboradores? Replicaron
los pequeños diarios. ¡Tan
sólo Cordelier-Delanoue confesaba
que había escrito dos actos! Por
lo demás, la pieza no estaba bien
interpretada pos Frédérick
Lemaître que se muestra insuficiente
en el rol del Emperador.
Cuando la hizo aparecer en las librerías,
Alejandro Dumas la hizo preceder por un
prefacio en el que explicaba que, a pesar
de las obligaciones que tenía para
con la Casa de Orleáns (Luis Felipe
le había dado un empleo en sus
oficinas del Palais Royal), no
había dudado por admiración
por el Imperio, en escribir esa pieza.
Había pedido una audiencia al rey
para explicarle su estado de ánimo.
Como el rey no le había respondido,
se había decidido a hacer representar
su obra. Ésta tuvo largas representaciones
y el Odéon cobró
ingresos a los que ese teatro no estaba
acostumbrado.
|
 |
Alexandre
Dumas padre, escritor (1802-1870)
Daguerrotipo de Félix
Nadar |
|
|
Así, en
el teatro como en la poesía y en la novela,
la leyenda del Águila halló, desde
los primeros tiempos de la Restauración,
escritores para resucitarla de todas las maneras.
Es una mina que parece inagotable, y, de hecho,
será explotada durante toda la Restauración
hasta la Revolución de 1848 cuando el advenimiento
del Segundo Imperio volvió a dar a la figura
de Napoleón una nueva actualidad. El Fénix
renace sin cesar de sus cenizas.
Jules Bertaut.
|
|
|