Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
LA LITERATURA SE APODERA DE ÉL
 
El dios de la buenas gentes
Litografía de Horace Vernet (Colección Romi).

Por

Jules Bertaut

Instituto Napoleónico México-Francia.
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Puesto que ocupa su siglo, que todos los pueblos están atentos a su personalidad, los artistas, y entre ellos, los escritores, hallarán en su historia una fuente de inspiración tan bella que contribuirán grandemente a la leyenda, retomando los episodios de su carrera, magnificando al héroe.

De 1820 a 1840, en el momento en que se encontraba por doquier la figura de Napoleón en las estatuillas de metal y de madera, en los platos, en los mangos de los tenedores, en las cajas, en las pipas, en los estuches para tabaco y hasta en los morillos de las chimeneas, era natural que los poetas y los novelistas se apoderaran de esa gran sombra para cantarla en verso y en prosa.

Uno de los primeros que se ejercitó en la materia fue un bien olvidado hoy en día, Auguste Barthélemy. Originario de Marsella, apenas salido del famoso colegio de Sorrèze donde había realizado buenos estudios, Barthélemy no tardó en darse a conocer en los medios literarios por sus sátiras. Publicadas en los diarios locales, tuvieron de inmediato una gran resonancia y le hicieron ser admitido en el Cercle académique que poseía una publicación literaria, el Alcyon, en la que colaboró regularmente. Fue ahí donde hizo publicar, en 1831, su Statue de Napoleón (“Estatua de Napoleón”):

Lloremos a nuestro Emperador mártir
¡Que un recuerdo de luto, alimente nuestro odio!
Anatema a esos reyes, vomitados por el extranjero.
Todo, en nuestros muros conquistados, parece ultrajarlos.
Cuando vinieron, mezclados con los pueblos de Ucrania,
Bajo los altos monumentos por el pueblo construidos
Pasaban, todos avergonzados de verse tan pequeños.
El bronce imperial de la plaza octágona
Se torcía a sus ojos cual rostro de Gorgona.
¡Anatema sobre ellos! ¡Que sean aniquilados!

En su ciudad natal, Auguste Barthélemy no tarda en ligarse con otro camarada de su edad, Joseph Méry, cuyo nombre tampoco ha sobrevivido, pero que conocerá, durante su vida, éxitos estruendosos. Poeta de una fecundidad inagotable, inflamado, él también, por los recuerdos del Imperio, propuso a Barthélemy colaborar con él para la composición de un gran poema, Napoleón en Egipto. El editor Ambroise Dupont se los compró por una suma de 60 000 francos, derechos de autor considerables en ese entonces.
La obra conoció un inmenso éxito.
Hicieron homenaje de su Napoléon en Egypte a todos los miembros dispersos de la Familia Imperial. Barthélemy fue hasta Viena para tratar inútilmente de hacer entrega de un ejemplar al duque de Reichstadt.

De regreso en Marsella, vuelve a reunirse con Méry y escribe con él un nuevo poma, le Fils de l’Homme (“El Hijo del Hombre”) o recuerdos de Viena. Éxito considerable de nueva cuenta, pero, esta vez, el gobierno real les hace perseguir. El juicio fue llevado a cabo en París el 29 de julio de 1829, Barthélemy fue condenado a tres meses de prisión y 1,000 francos de multa.
No obstante, continuaron su campaña “bonapartista”, y, la víspera de la Revolución de 1830, publicaron un nuevo volumen de versos, Waterloo.

Junto a estos primeros poetas que celebraban la gloria del Imperio, he aquí un simple cancionista, Béranger, quien, al mismo tiempo, mima el combate, pero con un estruendo mucho más considerable.
Se sabe que Béranger, de una muy humilde extracción, se había, aún muy joven, ejercitado en la canción ligera. Miembro del Caveau, era un convive asiduo de los banquetes, muy numerosos en aquella época del Imperio, en los que encantaba a sus amigos, a la hora del postre, debitando sus coplas sobre el Roi d’Yvelot (“El Rey de Yvelot”) o las Infidélités de Lisette (“Las Infidelidades de Lisette”).
La caída de Napoleón le conmovió profundamente, las dos invasiones de 1814 y de 1815 desgarraron su corazón de patriota, el exilio del Emperador en Santa Helena le trastornó. A partir de entonces, sin abandonar el género en el que había obtenido sus primeros éxitos, modificó sus temas, explotó la vena bonapartista, « Elaborando para el uso del pueblo, dice J. Lucas-Dubreton (“Béranger”, París. 1931) un Napoleón liberal, símbolo de la igualdad victoriosa, el Napoleón del Código civil y de la Legión de Honor, aquel que cristalizó la Revolución echándole sobre los hombros un manto de gloria. El antiguo refractario que, dícese, trepidaba al oír un disparo, había logrado el prodigio de componerse, en literatura, el aspecto de un grognard. Celebraba a la vivandera del regimiento: “Tengo el pie liviano y el ojo picaresco...”, los exiliados del Campo de Asilo que habían tratado de fundar en Texas una colonia militar, y, en Arenenberg, la reina Hortensia que mantenía piadosamente el culto de su tío y se enternecía cantando su gloria ».

El poeta Joseph Méry (1797-1866)
Litografía romántica.
En el Vieux drapeau tricolore (la “Vieja bandera Tricolor”) su voz se inflamaba:

¡Él, quien seguro de vencer, voló
Veinte años, de batalla en batalla!
Cargado de laureles y de flores,
Brilló sobre Europa entera.
¿Cuándo sacudiré el polvo
Que deslustra sus nobles colores?

La canción tiene un poder de publicidad extraordinario, circula de boca en boca, se la canturrea en el taller, se la entona en los campos, el chaval la silba en la calle, la pequeña obrera la murmulla, los refranes van de puerta en puerta, de ciudad en ciudad, de choza en choza, es sobre todo en la gran masa del pueblo que se infiltra, que se esparce, que se extiende cual mancha de aceite. De ahí la enorme importancia que adquirió inmediatamente Béranger en esta resurrección de la leyenda del Águila.
En 1821, Béranger mandó imprimir una primera antología de canciones, en dos volúmenes, donde Firmin Didot. Él mismo había asumido los costos de la impresión, pero no tuvo que lamentarse, pues la venta de su libro fue extremamente rápida y ganó 32,000 francos, suma que le pareció prodigiosa. Por desgracia, hubo un revés a la medalla: el 27 de noviembre de 1821, era enviado ante la Audiencia de lo Criminal del Sena para responder de dieciséis juzgadas subversivas. Su Vieux drapeau, en particular, era perseguido « por provocación al porte de una señal de reunión no autorizada por el rey ».
Mal defendido por Dupin el mayor, fue condenado a tres meses de prisión y 500 francos de multa.

Internado durante tres meses en Sainte-Pélagie, en la celda misma que acababa de dejar Paul-Louis Courier, recibió a todo el París de las clases bonapartistas y liberales acudidas para felicitarle, verle, alentarle. En su celda las vituallas se amontonaban, obsequios de admiradores, patés de foie gras, botellas de vino fino. Había acabado por mantener una mesa abierta y alimentar a sus vecinos de prisión.
A partir de entonces, su renombre no cesó de crecer: Waterloo, los Deux Grenadiers (“Los dos Granaderos”), los Souvenirs du Peuple (“Los recuerdos del Pueblo”) se habían convertido en una verdadera imagen popular y llegaban derecho al corazón de los humildes:

Pierre-Jean de Béranger (1780-1857)
Prisionero en su celda de Sainte-Pélagie.

Habladnos de él, abuela,
Habladnos de él…

Formó parte activa en la Revolución de 1830 y murió en 1857.

 
Henri Beyle « Stendhal » (1783-1842)
Retratado por Johan Olaf Södermark, en 1840.

La pasión que Stendhal sintió por Napoleón es de una esencia muy diferente que la de Béranger. Al haber visto al Emperador de cerca, su recuerdo siempre encantó su imaginación. Fue soldado y funcionario durante el Imperio, no le olvidará jamás, a aquel a quien sirvió, a aquel con quien se encontró varias veces en París, a aquel a quien vio, el 11 de enero de 1805, en la Comédie Française donde se interpretaba la Mère Jalouse (“la Madre Celosa”) pieza de la que no sería capaz de hablar porque, durante toda la representación, no hizo más que mirar al Emperador a hasta el grado de tener « los ojos desacordados ». También le vio hacer su entrada a Berlín en gran uniforme de general de división y se estremece con ese recuerdo, le vio en el Consejo de Estado donde él mismo era auditor, le vio en Moscú, durante el incendio de la ciudad; le siguió a Silesia y, en Gœrlitz, fue honrado durante algunos minutos con una conversación con el Emperador. Así, declara en 1814: « Adoro a Napoleón. »

En 1817, publica su Historia de la pintura en Italia y su primer cuidado es dedicar su libro a « Napoleón el Grande, Emperador de los franceses, retenido en la isla de Santa Helena ».
« Sire, escribe, no puedo dedicar más convenientemente la Historia de la pintura en Italia, escrita en lengua francesa, más que al gran hombre que había dado a la patria ese hermoso museo que no existió más desde que dejó de ser apoyado por su mano poderosa... Es de temerse que Francia haya perdido, con el hombre más grande que jamás haya producido, su escuela naciente…
… La equitativa posteridad llorará la batalla de Waterloo como habiendo reculado de un siglo las ideas liberales. Ella verá que la acción de crear exige fuerza y que, sin los Rómulos, los Numa no podrían existir. Habéis sofocado los partidos durante catorce años, habéis forzado al chuán y al jacobino a ser franceses, y ese nombre, Sire, lo habéis portado tan alto que, tarde o temprano, se abrazarán al pie de vuestros trofeos. Este favor, el más grande que la nación pudiese recibir, asegura a Francia una incomparable libertad
… »

Firma: « Sire, de vuestra Majestad Imperial y Real el muy humilde y obediente servidor, el soldado que tomasteis de la solapa en Gœrlitz. »

Tras haber lanzado su libro, comenzó a escribir su Vida de Napoleón. Si está enternecido por él, es que el Emperador es desdichado, está encerrado en Santa Helena, es también porque Stendhal está exasperado de oír llamar al antiguo Emperador « Sr. de Buonaparte » por los realistas, de oírles decir que era feroz y cobarde. Es a manera de protesta que emprende la narración de las batallas de Napoleón.
Ataca violentamente a Madama de Staël, porque se ha expresado « con cobardía » acerca de Napoleón, cobardía tanto más infame cuanto que estaba vencido y prisionero.
« Nada tan grande como él había aparecido desde hacía siglos », dice aún, Stendhal. Es lo que asegura la inmortalidad a todos los que combatieron con él. El soldado que, por ejemplo, asistió a la campaña de Rusia, esta por siempre exento de ridículo; un gran recuerdo le protege. Ni siquiera se puede amar a otro jefe « después de haber visto actuar a Napoleón ».

Al evocar todo esto, Stendhal siente « una especie de sentimiento religioso ». El Emperador aparece en todas las imaginaciones con la grandeza de un dios. « Napoleón, concluye, fue nuestra única religión. »

He aquí ahora la voz poderosa que se deja oír, la de Víctor Hugo.

Hijo de un general de Imperio, arrullado, desde su infancia, en todas las ideas de la grandeza imperial, pudo, al principio de su adolescencia, unirse un instante a la realeza, no tardará en infeudarse a la gran corriente bonapartista que amenaza con llevárselo todo.
Es en 1827 cuando escribe la Oda a la Columna. Ese año, el embajador de Austria, el conde Apponyi, había juzgado pertinente, en una fiesta que había brindado, insultar a los mariscales del Imperio. En vez de hacer anunciar a éstos por el título que les había dado Napoleón, había ordenado que se les llamase por su apellido. En vez del duque de Trento, el ujier había anunciado al Sr. Mariscal Mac Donald, en vez del duque de Dalmacia, al Sr. Mariscal Soult, en vez del duque de Treviso, al Sr. Mariscal Mortier. Uno se imagina la emoción que esta medida había provocado en la prensa liberal.
- Es precisa una réplica, había dicho Víctor Hugo.

« Le parece que se insultaba a su padre, se escribe en Victor Hugo raconté par un témoin de sa vie (“Víctor Hugo contado por un testigo de su vida”), la sangre de soldado que tenía en las venas se le subió al rostro, fue invadido por una necesidad irresistible de vengarlo y escribió la Oda a la Columna” »:

¡Oh! Cuando él construía, con su mano colosal,
Para su trono, apoyado sobre la Europa vasalla,
Este pilar soberano,
Ese bronce, ante el cual todo no es más que polvo y arena,
Sublime monumento, dos veces imperecedero,
Hecho de gloria y de bronce;

Cuando lo construía, para que un día en la ciudad
O la guerra extranjera o la guerra civil
Contra ella quebraran su carro,
Y para que hiciera empalidecer en nuestras plazas públicas
A los frágiles herederos de vuestros nombres magníficos,
¡Alejandro y César!

Víctor Hugo en su juventud
Litografia romántica.

Publicada en el Journal des Débats y reproducida en otras publicaciones, esta Oda a la Columna obtuvo un éxito enorme.
A partir de ese día, Víctor Hugo es presa enteramente de la pasión bonapartista. En 1830, peticiones exigieron a la Cámara intervenir para hacer transportar las cenizas de Napoleón bajo la Columna: « trescientos abogados » pasaron a la orden del día. El poeta se indignó de ello: « Tienen miedo de tener al Emperador sobre su cabeza », dijo, y, retomando su pluma, lanzó estas estrofas vengadoras:

¡Duerme, iremos a buscarte! ¡Ese día llegará tal vez!
Pues te tuvimos por dios sin haberte tenido por señor!
Pues nuestro ojo se mojó de tu destino fatal,
Y, bajo los tres colores como bajo la oriflama,
¡Nosotros no nos colgamos de esta cuerda infame
Que te arranca a tu pedestal!

¡Ah! ¡Ve, te haremos un bello funeral! (…)
¡Estarás bien donde nosotros! Acostado bajo tu columna,
En este poderoso París que fermenta y bulle,
Bajo el cielo, tantas veces por borrascas obscurecido,
Bajo estos adoquines vivos que braman y se amontonan,
Donde redoblan los cañones, donde las legiones pasan
(…)

Un poco más tarde, en Napoleón II, evocaba

Mil ochocientos once, oh tiempos en que pueblos sin número
Esperaban, postrados bajo una nube sombría
Que el cielo hubiese dicho: ¡Sí!

Por doquier y siempre la gran sombra de Napoleón se perfilará en su obra hasta el final del reino de Luis Felipe. Como los Chants du Crépuscule (“Cantos del Crepúsculo”) y las Voix intérieures, (“Voces Interiores”) los Rayons et les Ombres (Los Rayos y las Sombras) están llenos de alusiones, de recuerdos sintéticos, de lamentos acordados a la época imperial.

Sin igualar a Víctor Hugo por su ardor bonapartista, se puede decir que Balzac habrá estado, desde el inicio de su vida, bajo el dominio del genio Napoleónico. Madama Ancelot cuenta que en la época en que vivía en la calle Cassini, Tenía en su gabinete de trabajo una estatuilla de Napoleón con esta inscripción:

Ce qu’il a commencé par l’épée, je l’achèverai par la plume - « Lo que él comenzó por la espada, yo lo acabaré por la pluma »

Más tarde, en una carta a la Señorita Ranska, escribía: « En suma, he aquí el juego que llevo a cabo: cuatro hombres tendrán en este medio siglo una influencia inmensa; Napoleón, Cuvier, O’Connen, yo quisiera ser el cuarto. El primero vivió de la sangre de Europa, el segundo desposó al orbe, el tercero se encarnó con el pueblo, yo, habré portado una sociedad toda entera en mi cabeza

En La Femme de trente ans (“La Mujer de treinta años”), Balzac, desde las primeras páginas, nos hará asistir a la famosa Revista del Quintidi en la que pasa el Emperador en una brillante y fugitiva visión. « Los muros de ese viejo palacio de las Tullerías parecen gritar: “¡Viva el Emperador!” No era algo humano, era una magia. El hombre, rodeado de tanto amor, de entusiasmo, de devoción, permaneció en su caballo tres pasos adelante del pequeño escuadrón dorado que le seguía. En el seno de tantas emociones suscitadas por él, ningún rasgo de su rostro pareció conmoverse. »

En Une ténébreuse affaire (“Un asunto tenebroso”), transpuso la aventura auténtica del senador Clément de Ris raptado en pleno día por una banda de hombres armados y enmascarados. Napoleón aparece en el desenlace y arregla todo de una manera soberana.

El Coronel Chabert también tiene por héroe a un coronel de la Grande Armada dado por muerto y abandonado en la batalla de Eylau. Tras las huellas de nuestros soldados Balzac transporta sus escritos a Prusia, a Rusia, a Austria o a España. En Une conversation entre onze heures et minuit, (“Una conversación entre las once y la media noche”) una de sus obras menos conocidas, pone en boca de un general dos historias espantosas que pasan, una en el Tirol, la otra en España, en 1809.

En La Rabouilleuse (“La Pescadora”), pintó, bajo los rasgos de Philippe Bridau, el retrato incomparable del medio-sueldo.

Honorato de Balzac
Retrato al óleo de juventud.

Pero es sin duda en Le Médecin de campagne (“El Médico rural”) publicado en 1833, donde pudo dar la medida de su admiración por el Emperador. El Doctor Bénassis, el comandante Genestas asisten en una granja a una velada en la que un antiguo soldado de la Guardia Imperial, condecorado en el campo de batalla, cuenta a las buenas gentes del pueblo la historia de Napoleón.
Bajo la forma soldadesca, este relato es una pura obra maestra: « ¡Esos [los Borbones] dicen que está muerto! ¡Ah! ¡Pues sí, muerto! Se ve claro que no le conocen. Repiten esa patraña para engañar al pueblo y hacer que se esté tranquilo en su barraca de gobierno. Escuchad. La verdad de todo es que sus amigos le dejaron solo en el desierto, para satisfacer una profecía hecha acerca de él, pues olvidé enseñaros que su nombre de Napoleón quiere decir el león del desierto. Y he aquí lo que es cierto como el Evangelio. Todas las demás cosas que oiréis decir sobre el Emperador son tonterías que no tienen forma humana. Porque, lo veis, ¡no es al hijo de una mujer que Dios habría dado el derecho de trazar su nombre en rojo como él escribió el suyo sobre la tierra, que se acordará de él siempre! ¡Viva Napoleón, el padre del pueblo y del soldado!»

Algunas semanas después de la puesta a la venta de su novela, Balzac escribía a Madama Zulma Carraud: «Madama de Abrantès que rara vez llora estalló en lágrimas en el desastre de la Beresina en mi Vida de Napoleón contada en una granja». Madama de Abrantès no era la única en estar conmovida por este relato directo y sabroso que contribuyó al gran éxito del Médico rural.
Añadamos que Balzac tuvo un imitador en la persona de Frédéric Soulié quien, según la usanza de la juventud, compuso La lanterne magique (“La linterna mágica”), historia de1 Emperador contada por dos soldados.
No solo es en la poesía y en la novela donde la leyenda Napoleónica despertó y tomó un nuevo vuelo, fue también y sobre todo en el teatro: el número de piezas consagradas a Napoleón y a los grandes eventos del Imperio fue considerable y todas conocieron un gran éxito.
Cosa curiosa, fue en el Cirque Olympique que nació esta moda nueva. Hay que decir que, durante el Imperio, ese mismo establecimiento había montado pantomimas de gran espectáculo en las que había representado las batallas de la Grande Armada y los eventos militares más recientes: « L'Entrée triomphale des Français a Madrid » (“La Entrada triunfal de los franceses a Madrid”), en particular, había estado por las nubes. Esta entrada había tenido lugar dos meses antes, el público volvía a encontrar los incidentes relatados en el Moniteur, en ella veía a las figuras populares de generales, contemplaba los trajes de las tropas francesas mezcladas a todo lo pintoresco del escenario español. Ahí había una heroína que se llamaba Rosina, un héroe que era un galante oficial francés, uniformes destellantes, jinetes, soldados de infantería, artilleros y hasta cañones, al parecer, a los que se hacía disparar una salva en miniatura, si se le puede decir así.
Los años funestos de 1814 y de 1815 propinaron un golpe fatal a este género de espectáculo, pero había entrado tan bien en las costumbres que volvió a hallar su boga después de 1830. El Cirque Olympique dio Le Siège de Saragosse (“El Sitio de Zaragoza”), Le Vétéran (“El Veterano”), La Guinguette et le champ de bataille (“El ventorrillo y el campo de batalla”) ante los ojos maravillados de una multitud transportada por el recuerdo de las victorias de antaño. La Señorita Millot era la niña consentida de la tropa, interpretaba a las vivanderas, le servía una copita a los viejos soldados, los acompañaba a Moscú, a Berlín, a Viena. A todos les comunicaba el entusiasmo por su belleza, su ánimo, su alegría desbordante.
El público aplaudía tanto mejor cuanto que esos húsares, esos granaderos, esos coraceros, esos viejos veteranos eran, en su mayoría, los actores auténticos del gran drama, que por diez centavos, habían aceptado interpretar el papel de figurantes en una representación de sus antiguos combates.

« Conmovedora imagen, exclamaba Léon Gozlan, en la que, cada cual, puede reservarse un rincón y decir: ese capitán, soy yo; ese soldado, es mi padre; ese general, es mi primo; ese Emperador, es nuestro Emperador

El actor Prudent interpretando al Emperador en la obra Schönbrunn et Sainte-Hélène.
 
La actriz Virginie de Jazet
En el papel del joven Napoleón.

Ya se imagina uno si semejante éxito incita al teatro a montar piezas Napoleónica, fue una verdadera avalancha de obras dramáticas en las que Napoleón estaba en escena.

En la Opéra-Comique, se apresuraron a dar Joséphine ou le retour de Wagram (“Josefina o el regreso de Wagram”) de Gabriel y Delaboulaye, música de Adolphe Adam.
En el Vaudeville, fue Bonaparte lieutenant d'artillerie (“Bonaparte teniente de artillería”), de Duvert y Saintine en donde el actor Bérenger Persin figuraba a Bonaparte.
En la Puerta St-Martin, Schönbrunn et Sainte-Hélène de Dupeuty, mostró los dos pálidos extremos de la figura del Emperador, su más alta grandeza y su cautiverio, su agonía lejana. El actor que encarnaba a Napoleón era un cierto Gobert quien, a fuerza de representar a este hombre ilustre, había acabado por identificarse tan bien al personaje, que conservaba en la ciudad sus mismos gestos y sus mismas actitudes. Los chavalillos del Boulevard du Temple le esperaban a la salida para aclamarle, él les agradecía pellizcándoles la oreja.

La dificultad para los directores de teatro era hallar un actor que recordase más o menos la figura imperial. Se buscaba qué talla, qué nariz, qué perfil, qué carácter, ayudados por los socorros del arte, se acercarían más a la fisonomía histórica. Había un cierto número de poses y de gestos, las detrás de la espalda, el ejercicio del catalejo, el de la toma de rapé, sin contar el porte de la gabardina gris y del sombrerito que debían dar la ilusión del personaje. ¡Cuantos actores, entonces, fueron solicitados y sometidos a un examen severo!

Sin embargo el público no se hartaba de aplaudir las piezas napoleónicas. Tan solo la Gaité montó dos de ellas: De la Malmaison à Sainte-Hélène, de Ducange y Pixérécourt, en la que el Emperador era personificado por un cierto Joseph que gozaba de una gran notoriedad en los escenarios parisinos, y Napoleón au Paradis (“Napoleón en el Paraíso”) en la que un viejo soldado, muy sorprendido de que se le pusieran trabas al Emperador para acogerle en el cielo, prorrumpía:

Le teméis aún hoy.
Os acordáis, mis buenos apóstoles,
Que antaño él era amo, en casa
Y a menudo donde los demás.
Al dejarle libre en este lugar,
Se temería que un día de broma,
El pequeño cabo dijese al Buen Dios:
Quítate de ahí, ‘que yo me ponga.

En fin no quisiéramos que el nombre de Alejandro Dumas estuviese ausente de esta lista de autores dramáticos empeñados en resucitar la leyenda del Águila. Presenta en el Odéon, el 10 de enero de 1831, Trente ans d'Histoire de France (“Treinta años de Historia de Francia”), en donde la vida del Emperador se desarrollaba en cinco actos y diez cuadros.
« Esta pieza, declararía, fue escrita en nueve días ». ¿Con cuantos colaboradores? Replicaron los pequeños diarios. ¡Tan sólo Cordelier-Delanoue confesaba que había escrito dos actos! Por lo demás, la pieza no estaba bien interpretada pos Frédérick Lemaître que se muestra insuficiente en el rol del Emperador.
Cuando la hizo aparecer en las librerías, Alejandro Dumas la hizo preceder por un prefacio en el que explicaba que, a pesar de las obligaciones que tenía para con la Casa de Orleáns (Luis Felipe le había dado un empleo en sus oficinas del Palais Royal), no había dudado por admiración por el Imperio, en escribir esa pieza. Había pedido una audiencia al rey para explicarle su estado de ánimo. Como el rey no le había respondido, se había decidido a hacer representar su obra. Ésta tuvo largas representaciones y el Odéon cobró ingresos a los que ese teatro no estaba acostumbrado.

Alexandre Dumas padre, escritor (1802-1870)
Daguerrotipo de Félix Nadar.

Así, en el teatro como en la poesía y en la novela, la leyenda del Águila halló, desde los primeros tiempos de la Restauración, escritores para resucitarla de todas las maneras. Es una mina que parece inagotable, y, de hecho, será explotada durante toda la Restauración hasta la Revolución de 1848 cuando el advenimiento del Segundo Imperio volvió a dar a la figura de Napoleón una nueva actualidad. El Fénix renace sin cesar de sus cenizas.

Jules Bertaut.