 |
|
Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
|
|
LA
MUERTE DEL EMPERADOR |
|
LA
LIBERACIÓN |
|
| «
En su testamento, el Emperador,
a quien algunos han osado tachar
de insensibilidad, muestra toda
la profundidad de su corazón.
Cuán conmovedores son
los comentarios afables que
acompañan los legados,
ya sea que estén destinados
a personajes de rango elevado
o a simples domésticos
como Hubert, Lavigne y Dervieux
que estaban con él en
Egipto veintidós años
antes. Y ese monumento de amor,
lo redactó en medio de
dolores agudos, de vómitos
que le forzaban a suspender
lo que trazaba con tanta nitidez,
precisión y orden.
» Louis Marchand. |
|
|
| "De
qué murió Napoleón",
"Cómo murió Napoleón",
"Dónde murió Napoleón",
"Asesinato de Napoleón" |
 |
« Louis
Marchand velando al Emperador
Napoleón
»
Litografía de la época |
|
|
Por el fiel
Louis
Marchand
 |
Louis-Joseph
Marchand (1791-1876)
Por Jean-Baptiste Mauzaisse. |
|
|
Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
Esta página está disponible
al público de manera gratuita y
puede ser reproducida con fines no lucrativos,
siempre y cuando no sea mutilada, se cite
la fuente completa y su dirección
electrónica. De otra forma, requiere
permiso previo por escrito de la institución.
|
|
PRESENTACIÓN
GENERAL |
|
Louis-Joseph-Narcisse
Marchand, (1791-1873) se
incorpora a la Casa Imperial de
Francia en 1811 en calidad de muchacho
de cámara. Muy pronto se
distingue por su inteligencia, su
tacto y su devoción, y se
convierte, a partir de 1814, en
el primer valet de cámara
del Emperador Napoleón. Sin
imaginarlo, a partir de entonces
su camino estará inseparablemente
unido al de su señor: exilio
en la isla de Elba, los Cien Días,
Waterloo y finalmente Santa Elena,donde
durante las horas dolorosas se muestra
tan respetuoso, activo y atento
como en el palacio de las Tullerías. |
|
En el momento en que la desgracia
y la defección han hecho
que tantos cortesanos se alejen
o traicionen, Marchand al contrario
se esfuerza de apaciguar el dolor
de la deportación. En su
lecho de muerte, el Emperador le
otorga el título de conde
y le nombra depositario de su testamento,
dando así, por medio de este
acto inesperado y altamente simbólico,
una marca conmovedora de la estima
y el agradecimiento que tiene por
el fiel compañero del infortunio.
Sus servicios, según las
palabras mismas del gran proscrito,
no fueron los de un sirviente, sino
« los
de un amigo ». |
|
« Instruido
Noverraz de la posición del Emperador
y que éste podía morir sin que
le viese, salió de la cama en la que
él mismo estaba desde hacía un
mes; pálido, enflaquecido por la enfermedad,
avanzó con paso vacilante hasta el lecho
del Emperador quien, avistándole le dijo:
« Estás
bien cambiado, hijo mío, ¿ya estás
mejor? - Sí Sire.
– Estoy muy
contento de saberte fuera de peligro, no te
fatigues quedándote de pie, ve a descansar.
» Noverraz se sentía desfallecer;
impresionado por el estado en que veía
al Emperador, solo tuvo tiempo de llegar a la
pieza contigua donde se encontró mal.
Cuando recuperó el sentido, me dijo:
« No puedo deciros lo que sentí
al mirar al Emperador, pero me parecía
al hablarme que me atraía hacia él
y que me decía que le siguiese.
» Abundantes lágrimas desahogaron
su alma fuertemente conmovida por el espectáculo
que acababa de presentarse a sus ojos.
Ese mismo día,
hacia las 2 horas, yo estaba solo con
el Emperador cuando suavemente Saint-Denis
vino a avisarme que el abate Vignali
pedía hablar conmigo, fui con
él: «el Emperador,
me dijo, me mandó decir por
el conde de Montholon que viniese a
verle, pero necesito estar a solas con
él». El abate vestía
traje burgués y llevaba en ese
mismo traje algo que buscaba disimular
y que no busqué adivinar, pensando
que venía a cumplir con un acto
religioso; mi corazón se estrujó
con fuerza con el pensamiento que todo
estaba perdido. Dejé al abate
Vignali solo con el Emperador, quedándome
en la puerta para prohibir la entrada
a quien pudiera presentarse. El gran
mariscal llegó cuando yo estaba
ahí y se informó de lo
que hacía el Emperador; le conté
cómo el abate Vignali me había
pedido ser introducido y quedarse solo
junto a él, que yo pensaba en
ese momento llevaba a cabo un acto religioso
en el cual el Emperador no quería
testigos: « Voy, me dijo,
donde Montholon, haced que se me
avise cuando Vignali salga. »
Una media hora después aproximadamente,
el abate al salir me dijo: «el
Emperador acaba de recibir la extrema
unción, el estado de su estómago
no permite otro sacramento».
Entré donde el
Emperador a quien hallé con los
ojos cerrados, el brazo extendido sobre
la orilla de su cama; puse una rodilla
en el suelo y acerqué mis labios
de su mano sin que sus ojos se abrieran.
Previne a Saint-Denis quien hizo lo
mismo, sin que el Emperador los abriera
tampoco. Seguí quedándome
solo de pie frente a la cama del Emperador
comprimiendo mis sollozos pero dejando
correr mis lágrimas. Saint-Denis
vino a prevenirme de que el Dr. Arnott
estaba ahí, fui ante él;
comprendiendo mi dolor que atribuyó
al estado desesperado del Emperador,
me apretó afectuosamente la mano.
Acercándome de la cama del Emperador,
le anuncié suavemente al Dr.
Amott, no dejando ver más que
un rostro tranquilo cuando mi corazón
estaba tan cruelmente desgarrado y me
enseguida eché al lado para dar
rienda suelta a mis lágrimas
que hoy corren aún por aquel
que merecía tan bien nuestros
lamentos y nuestra devoción.
El gran mariscal llegó poco después,
el Emperador charló con el doctor
del resultado de la consulta que encontró
bien insignificante y me dijo que le
diera de beber. Habiéndome quedado
solo tras la partida de esos señores,
no me habló del acto religioso
que acababa de consumar.
|
 |
El
abate Vignali administra el
viático a Napoleón
Esta rara y romántica
litografía del pintor,
ilustrador y grabador Horace
Vernet, data de 1838. Después
de haber comulgado, el Emperador
recibe los últimos sacramentos,
o extremaunción,
en la tarde del 3 de mayo de
1821. |
|
|
Como consecuencia
de esta consulta, se me pidió que diera
calomel
al Emperador; dije al gran mariscal
y al conde de Montholon que me hablaron de ello,
que el Emperador me había positivamente
dicho no querer ningún brebaje o poción
que no tuviese su aprobación y que debía
acordarse del enojo del Emperador con el Dr.
Antommarchi en semejante circunstancia. «
sí, sin duda, me dijo el gran
mariscal con su bondad acostumbrada, esto
es un último recurso que se intenta;
e1 Emperador está perdido, no debemos
tener que reprocharnos el no haber hecho todo
lo que humanamente se puede hacer para salvarle.
» Alentado por las últimas palabras
del gran mariscal, diluí ese polvo en
agua con un poco de azúcar cuando el
Emperador me pidió algo de beber, se
la presenté como agua azucarada. Abrió
la boca, tragó difícilmente e
incluso quiso, sin lograrlo, expeler todo; volteándose
entonces hacia mí me dijo con un tono
de reproche tan afectuoso y tan difícil
de traducir: « ¿me
engañas también? ».
Viendo la mirada que me lanzaba y en la que
matizaba tan vivamente el dolor del ser, el
gran mariscal presente durante este reproche
estuvo conmovido, y me dijo con un profundo
acento del alma: «¡Cuanta amistad
en ese reproche!». Era cierto, yo
estaba trastornado, pues finalmente acababa
de faltar a la promesa que le había hecho
de no administrarle nada sin su permiso; el
Emperador estaba bien mal sin duda, pero tenía
todavía la conciencia de lo que decía
y yo hubiera sido bien desdichado si esas palabras
hubiesen sido las últimas que me fueran
dirigidas por él, me hirieron tanto,
que me quedé con el pensamiento que tal
él vez ya no querría tomar más
nada de mí, cuando media hora después,
me pidió algo de beber y tomó
con confianza el agua enrojecida bien azucarada
que le ofrecí: « Está
bueno, está muy bueno, me
dijo después de haberla bebido. »
Confieso que solo entonces estuve tranquilo
acerca de lo que había hecho, ya que
él mismo ya ni se acordaba.
Los pies del Emperador estaban constantemente
envueltos en toallas calientes para devolverles
el calor y el conde Bertrand y el conde de Montholon
velaron toda la noche. La señora mariscala
vino un instante a ver al Emperador y pasó
la jornada en la biblioteca en donde una mesa
fue servida para la cena. Los servidores que
no tenían acceso a la recámara
del Emperador, esperaban con ansiedad las noticias
que Saint-Denis o yo les dábamos al salir.
El 4 de mayo,
el Emperador se niega a todos los socorros que
le son ofrecidos; continúa bebiendo agua
y vino bien azucarados o agua azucarada con
flor de naranjo, es la única bebida que
parece serle agradable; cada vez que se la ofrezco,
me responde por estas palabras: « Está
muy bueno, hijo mío. »
Devuelve a menudo lo que toma, el hipo se hace
frecuente. Hace un esfuerzo por levantarse,
el Dr. Antommarchi quiere oponerse. Pero él
lo rechaza y parece contrariado de la violencia
que le es hecha, y demanda que se le deje tranquilo.
En la tarde, un hipo se establece y se prolonga
hasta muy entrada la velada. De vez en cuando,
el conde de Montholon le ofrece de beber; hacia
las 10, parece adormecido bajo su mosquitero
que está bajado. Permaneciendo junto
a su lecho, vigilo sus menores movimientos,
mientras que los dos médicos, el conde
de Montholon y el gran mariscal charlan suavemente
entre ellos junto a la chimenea. El Emperador
hace un esfuerzo para vomitar, levanté
enseguida el mosquitero para presentarle una
pequeña bandeja de plata en la que volvió
una materia negruzca, después de lo cual
su cabeza volvió a caer sobre la almohada.
El hipo que se presentaba a intervalos se hace
mucho más repetido, el delirio se apoderó
del Emperador; pronunció muchas palabras
inarticuladas que fueron traducidas por
Francia,...
mi hijo,...
ejército...
Se puede concluir con una perfecta seguridad
que sus últimas preocupaciones y su último
pensamiento fueron para Francia, para su hijo
y para la armada. Fueron las últimas
palabras que oiríamos. Este estado continuó
hasta las 4 de la mañana, las vesicatorias
aplicadas en las piernas no tienen efecto.
A las 4 de la
mañana, la calma sucede a la agitación.
Es la calma del valor y de la resignación;
el ojo del Emperador permanece fijo, la boca
está tendida, algunas gotas de agua azucarada
introducidas por el conde de Montholon vuelven
a elevar el pulso, un suspiro se escapa de su
noble pecho, renacemos a la esperanza, ¡pero
ay! No era más que la dilatación
del alma dejando la envoltura terrestre para
elevarse hacia la eternidad.
 |
« Napoleón
una hora antes de su inhumación
», por Jean-Baptiste Mauzaisse.
Esta conmovedora representación
del Emperador yaciente, en exposición
en la capilla ardiente de Longwood
House, fue realizada por el pintor
francés Jean-Baptiste Mausaisse
(1784-1844) directamente bajo las
directivas de Louis Marchand, su amigo
personal. Le vemos de hecho representado
a la izquierda, detrás de la
cortina. En primer plano, el abate
Vignali desempeñando el servicio
religioso. En otros aspectos, el atuendo
e insignias imperiales son descritas
en detalle, pues Marchand fue el responsable
de vestir el cuerpo de Napoleón
para su funeral. En cuanto al rostro
del difunto, se inspira en la legendaria
máscara
mortuoria de Napoleón.
En efecto, un ejemplar de ésta,
perteneciente a la colección
privada de Marchand, fue facilitada
al artista, deseoso de plasmar la
escena con gran realismo. |
|
A las 6, las
persianas están abiertas, y el gran mariscal
manda prevenir a la condesa Bertrand del estado
del Emperador; ella llega a las 7, un sillón
le es avanzado al pie del lecho donde se sienta
todo el día. Los franceses incorporados
al servicio del Emperador cuyas funciones no
dan acceso al interior entran a las 8; dominan
el dolor que los oprime; el alma helada por
el silencio de un cuarto de muerte, se forman
en torno al lecho que nosotros ya rodeábamos;
Noverraz, aunque débil, todavía
quiere recibir el último suspiro del
Emperador.
Nuestros ojos fijos sobre esa cabeza augusta,
no se separan más de ella más
que para buscar leer en las miradas del Dr.
Antommarchi, si alguna esperanza queda todavía.
Es en vano, la despiadada muerte está
ahí. De vez en cuando, por medio de una
esponja humectada con agua azucarada, el conde
Montholon aplaca la sed del Emperador que ya
no tiene la fuerza de tragar de otra manera,
sus labios sin movimiento se encuentran refrescados;
lo que no entra es enjugado por el conde de
Montholon con un pañuelo de batista.
A las 5 de la
tarde, el cañón de retreta se
deja oír, el sol desaparece en olas de
luz. Es también el momento en el que
el gran hombre que dominó al mundo con
su genio, va a envolverse en su gloria inmortal.
La ansiedad del Dr. Antommarchi redobla; esa
mano, que guiaba la victoria y cuyas pulsaciones
cuenta, se ha helado; el Dr. Arnott, con los
ojos sobre su reloj cuenta los intervalos de
un suspiro a otro quince segundos, luego treinta,
luego un minuto transcurre, esperamos todavía,
pero en vano.
¡El Emperador
no es más!
Los ojos se
abren súbitamente, el Dr. Antommarchi
colocado cerca de la cabeza del Emperador, siguiendo
en su cuello los últimos latidos del
pulso, se los cierra enseguida, los labios están
decolorados, la boca está débilmente
contraída; en este estado, el rostro
está tranquilo y sereno, una suave impresión
se deja notar. En ese instante, nuestros sollozos
estallan con tanta más fuerza cuanto
que habían estado comprimidos; el gran
mariscal se acercó a la cama, puso una
rodilla en el suelo y besó la mano del
Emperador, el conde de Montholon y todas las
personas presentes con el mismo respeto religioso
se acercaron y posaron un beso sobre esa mano
benefactora para todos, que la muerte acababa
de helar.
La Señora condesa Bertrand mandó
llamar a sus hijos para que ellos también
besasen la mano que desde hacía seis
años les había prodigado tantas
caricias; la escena de desolación que
se produjo frente a ellos no permitió
a sus jóvenes corazones soportar una
emoción tan viva; el mayor se desmayó
e hizo falta sacarlos de ese lugar de dolor.
La Señora Saint-Denis quiso también
que su pequeña hija, de apenas un año
de edad, imprimiese sus labios sobre la mano
que ya había extendido sus bondades sobre
ella, pronosticándole la felicidad; la
tomé de sus brazos y con una rodilla
en el suelo la acerqué a la mano del
Emperador que sus labios tocaron sin que resultara
ninguna emoción enojosa.
El capitán Crokat acompañado por
el Dr. Amott que había ido a prevenirle
de la muerte del Emperador entra para constatar
la hora; su andar se resiente del trastorno
de su alma, se retira con respeto y parece presentar
excusas por la obligación en la que se
encuentra de llenar esta misión. Poco
después, dos médicos ingleses
entran, se aproximan con respeto a la víctima
y regresaron a certificar a Sir Hudson Lowe
la relación del Dr. Arnott.
Así pereció
el Emperador Napoleón, legando el oprobio
de su muerte a la casa reinante de Inglaterra,
dejando a la posteridad el deber de vengarle
del sicario empleado en su guarda, rodeado de
amigos y de algunos sirvientes fieles y devotos,
pero exiliado lejos de esos objetos de afecto
que el hombre busca en sus últimos momentos:
una madre, una mujer, un hijo.
Ver también
en este sitio: El
último combate: la muerte del Emperador,
por Louis-Étienne Saint-Denis, el mameluco
Alí.
|
|
|