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Napoleón
Primer Cónsul
Óleo de Thomas Phillips (1802) |
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Por |
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Dimitri
Merejkovski
(1866-1941) |
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| D.
Merejkovski |
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Instituto Napoleónico México-Francia
©
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| El
extracto que proponemos a continuación
proviene del extraordinario libro
del ruso Dimitri Merejkovsky Vida
de Napoleón;
se trata del primer capítulo
(integral) de la cuarta parte de
dicha obra,
La Tarde. Este texto pertenece
a la edición en castellano
de la casa editorial Espasa-Calpe,
colección “Austral”,
Madrid, 1938. Traducción de
José María Quiroga Plá.
Existen muy numerosas reediciones. |
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Cuando,
tras el 18
de Brumario, sustituyó al Directorio
un Consulado compuesto por tres personas, que
fueron el abad Sieyès, Roger Ducos y
Bonaparte, el Poder, en realidad, perteneció
al primer Cónsul, a Bonaparte.
El Poder, a cambio de la paz; tal era el pacto
tácitamente convenido entre él
y Francia.
Mas para conseguir la paz era ante todo indispensable
vencer, ganar Italia: para eso habla vuelto
él a Francia, dejando el ejército
de Egipto.
Una guerra larga era imposible, tanto por el
desesperado estado de la Hacienda como por el
ansia de paz, demasiado grande, que manifestaba
el país; habla que asestar al enemigo
un golpe repentino, de improviso, caer sobre
él como el rayo.
En marzo de
1800 el ejército austriaco del general
Melas, ahornándose,
según la expresión de Bonaparte,
en la Rivera ligur, donde ponla sitio a Génova,
habla evacuado el Piamonte, la Lombardía,
toda la Italia alta, dejando libres los pasos
de los Alpes helvéticos. Bonaparte resolvió
aprovecharse de ello para precipitarse sobre
Lombardía, cercar a Melas por la espalda,
sorprenderle, cortar los lazos que le unían
con su base de operaciones y aniquilarle. Mas
para todo esto hacia falta repetir la fabulosa
proeza de Aníbal: pasar los Alpes.
El 6 de mayo,
el primer cónsul dejaba París;
el 15, un ejército de reserva, compuesto
de 40.000 hombres, empezaba la ascensión
los Alpes; lucha de un hormiguero humano contra
tres colosos de hielo: el Simplón, el
San Gotardo, el San Bernardo.
El paso principal atravesaba el macizo del San
Bernardo, yendo de Martigny a Aosta. Por el
angosto desfiladero, más arriba de línea
de las nieves perpetuas, por resbaladizos senderos
helados, a orillas de precipicios vertiginosos,
por donde le hubiera costado trabajo pasar a
un hombre solo, marchaban la infantería,
la caballería, la artillería,
en fila interminable. Los cañones, desmontados
de sus cureñas, eran instalados en troncos
de pino ahuecados, con el extremo anterior redondeado
Y la parte inferior y externa allanada de modo
que pudiera deslizarse por la nieve; los artilleros
se enganchaban a los troncos y los arrastraban
por medio de cuerdas, cien hombres por cada
cañón. Las ráfagas de nieve
les daban en la cara; se extenuaban, caían
al suelo, levantábanse de nuevo, Y otra
vez a tirar de los cañones.
En los pasos más difíciles, la
música tocaba, el tambor redoblaba a
paso de carga y los soldados se lanzaban al
asalto de las escarpaduras como si fuesen a
atacar una fortaleza; encaramábanse unos
sobre los hombros de otros, formando una escalera
viva, y así trepaban por las abruptas
peñas; al agarrarse a las piedras puntiagudas,
se despellejaban las manos, sé partían
las uñas, se ensangrentaban los brazos.
Pero por todo ello pasaban alegremente, cantando
coplas revolucionarias, celebrando la marcha
victoriosa de la humanidad: « Per
aspera ad astra: por las asperezas hacia
los astros ».
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Paso
del Gran San Bernardo por el ejército
francés el 20 de mayo de 1800
Óleo de Charles Thévenin
(1764-1838); castillo de Versalles. |
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La bajada fue
aún más difícil que la
subida: en la vertiente septentrional quedaban
el invierno, con sus nieves endurecidas en la
vertiente meridional se encontraban ya con la
primavera con su nieve resquebrajada, blanda.
Al poner imprudentemente el pie sobre su frágil
corteza, hombres, caballos y mulos se hundían
en profundos hoyos llenos de húmeda nieve
y se ahogaban en ellos, o bien, al no poder
aferrarse a las peñas bruñidas
con el deshielo, particularmente resbaladizas,
caían a los precipicios.
Así estuvo a punto de perecer el propio
Bonaparte; su mulo dio un paso en falso a la
orilla del abismo, y si no llega a sujetarlo
por la brida su guía, hubiera caído
con su jinete.
El 27 de mayo
entraba, el ejército francés en
los valles sin defensa de Lombardía.
Fue ésta la maniobra capital de toda
la campaña. Desde el primer momento confirió
a Bonaparte absoluta superioridad estratégica
sobre el ejército austriaco, que de esta
manera quedaba en una posición anormal,
volviendo la espalda a Francia y dando la cara
a Lombardía, sorprendido y aislado por
completo de su base. Bonaparte había
forzado la puerta de la casa enemiga: había
caído sobre Italia como el rayo. El 2
de junio entraba en Milán, cuando todavía
le hacía en París el general Melas.
La primera parte
de la empresa estaba acabada; faltaba la segunda:
derrotar a Mélas. Éste había
cruzado el Po, pero considerando desventajosa
su posición y, en espera de refuerzos,
esquivaba el combate, hurtando el cuerpo al
enemigo. Bonaparte le perseguía, y para
alcanzarle había distendido y debilitado
su línea de combate. Mélas, excelente
estratega, se dio cuenta de ello y, merced a
una hábil maniobra, reunió todas
sus fuerzas en el vasto llano de San Giuliano
y de Marengo, con objeto de atravesar el centro
de Bonaparte.
El 14 de junio,
al alba, empezó la gran batalla que había
de decidir la suerte de Italia, de Austria,
de Francia, de toda Europa.
La ventaja estaba de parte de Mélas.
Su artillería era superior: cien piezas
contra quince. Los austriacos, presintiendo
la victoria, luchaban como leones; rechazaron
cuatro ataques generales y doce cargas de caballería;
en el llano tomaban pueblo tras pueblo, aplastando
a los franceses bajo un fuego de metralla ininterrumpido.
Por firme que el valor sea, la fuerza acaba
por quebrantarlo; los franceses no pudieron
resistir más, cejaron, y a las dos de
la tarde empezaron a replegarse en toda la línea.
Entonces Bonaparte lanzó a la batalla
su última reserva: los ochocientos granaderos
de la guardia consular. Este « reducto
de granito » forma en cuadro y permanece
así inmóvil, inquebrantable, bajo
el furioso empuje de la infantería, de
la caballería y de la artillería
austriacas; pero no podía hacer más
que proteger la retirada, la fuga casi, del
ejército; por fin, lentamente, lentamente,
empezó a retroceder también, paso
a paso; a cuatro kilómetros por hora.
Aquello era la derrota.
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La
batalla de Marengo (14
de junio de 1800)
Óleo de Louis-François
Lejeune (1775-1848). Castillo de Versalles. |
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Mélas,
contuso, pero loco de júbilo, había
enviado ya a Viena un despacho en que anunciaba
la victoria.
Bonaparte veía perfectamente que se le
escapaba la victoria; se había «
jugado el todo por el todo », y todo lo
había perdido; Italia, Francia, la baza
del 18 de brumario; un instante antes era todavía
César, y ahora volvía a ser un
desertor (doble alusión al rechazo
de Napoleón a comandar el Ejército
del Oeste, fuerza de exterminio de los realistas
en Vendée que le fue asignada por el
Directorio en marzo del 1795, así como
a su salida de Egipto el 23 de agosto de 1799;
NdT), un « criminal de Estado fuera de
la ley », el asesino de la Revolución,
su madre; « un loco o un malvado ».
- La batalla está
perdida - dijo a los oficiales del
Estado Mayor, sentado en una pendiente a la
orilla del camino, mordisqueando una brizna
de hierba - pero aún
no son más que las dos; todavía
nos queda tiempo de ganar hoy una si llega el
general Desaix trayendo reservas.
Escupió la brizna de hierba, arrancó
otra y se puso a masticarla. Estaba tranquilo;
pero cuando, veintiún años después,
en las ansias de la agonía, recuerde
ese instante, la misma muerte no le parecerá
más espantosa.
« General Bonaparte, general Bonaparte,
eso no es correcto. » Dicho en otras palabras:
« Habéis tenido miedo. »
Que el que ha dicho eso le mire en este momento:
acaso comprenda que sólo un terror sobrehumano
ha podido vencer al que había vencido
todos los terrores terrenales.
-¡Ah, ya está
aquí el general Desaix! -
dijo el general Bonaparte, tan tranquilo siempre,
como si supiera, como si recordase,
que así había de ser, que así
había sido; suspiró profundamente,
se levantó, montó a caballo y
se lanzó al combate como una centella.
-¡Soldados!
Necesito vuestra vida, y me la debéis!
(1).
La primera víctima
es Desaix, el hermano de armas caro a Napoleón:
acababa de arrojarse a la pelea cuando le mató
una bala que lo pasó de parte a parte;
al caer, no tuvo tiempo más que de proferir
una palabra: «¡Muerte!»
Pero el espíritu inmortal del héroe
se había transfundido a los soldados.
«¡Morir! ¡Vengarlo!»
Con este pensamiento se lanzaron al fuego los
seis mil hombres de la reserva de Desaix. Y
los cien cañones enmudecen, los fugitivos
vuelven al combate, los perseguidos persiguen
a su vez, los vencidos quedan vencedores.
«¡El hombre del Destino!»,
murmura Mélas, acometido de supersticioso
terror, mirando a la cara a Napoleón:
el rayo, y el ejército austriaco capitula.
Rendido el Piamonte, rendida la Lombardía
Y toda Italia hasta el Mincio.
Es Marengo, la victoria de las victorias, el
mediodía del sol napoleónico.
Francia exulta: ¡la victoria es la paz!
La paz de Luneville, con Austria, el 9 de febrero
de 1801; la paz de Amiens, con Inglaterra,
el 25 de marzo de 1802. Las guerras de la Revolución,
que duraban desde hacia diez años, han
acabado. Parece como que haya llegado la paz
del mundo, Bonaparte cumplió el pacto:
tomó el Poder e hizo la paz.
En la paz, su obra primera
fue la de insuflar de nuevo a Francia
el alma cristiana que la Revolución
le había arrancado. Sabía
que los hombres no pueden vivir sin
creer.
El 15 de julio de 1801
firma el Concordato entre Francia y
la Santa Sede; la Iglesia galicana es
restituida en todos sus derechos, unida
a la Iglesia romana, y de nuevo reconoce
como jefe suyo al Papa; el primer cónsul
nombra los obispos, el Vaticano los
ordena y confirma; ninguna bula pontificia
puede publicarse en Francia ni celebrarse
ningún concilio sin autorización
del gobierno.
« Era la victoria más
brillante que fuese posible conseguir
sobre el genio revolucionario, y todas
las que han venido después no
han sido, sin que se exceptúe
ninguna, más que consecuencias
de aquéllas - observa un
contemporáneo. Multitud de
personas que, antes del éxito,
no se atrevían a hacer ostentación
de sus sentimientos, ya no los disimulaban,
y fue evidente que Bonaparte había
calado el fondo de los corazones mejor
que cuantos le rodeaban ».
« ¿Es
que queréis que me mande hacer
una religión a mi capricho, que
no sea la de nadie? –
decía a los enemigos del Concordato
–. No
es así como yo lo entiendo. Necesito
la antigua religión católica;
sólo ella yace en lo hondo de
los corazones, de donde jamás
ha sido borrada; sólo ella puede
propiciármelos, solo ella está
en condiciones de allanar todos los
obstáculos»
(2).
« El
enemigo a quien hay que temer ahora
no es el fanatismo, sino el ateísmo
» (3). ¿Es solamente el
ateísmo del siglo XVIII el que
refutan estas palabras de Bonaparte?
« Aparte de las miras políticas
que bien pronto habían de dirigirle
en todo lo referente a las cuestiones
eclesiásticas, su espíritu
alimentaba pensamientos secretos, su
corazón encerraba antiguos sentimientos
que probablemente le venían de
los primeros años de su infancia,
que han reaparecido en varias ocasiones
importantes de su carrera y que las
postreras horas de su vida han sacado
a la luz de manera nada dudosa
», dice el mismo contemporáneo
(4).
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Por
el brazo triunfante de
Bonaparte, la religión
sale del abismo en el
que la habían hundido
impíos
y ateos: desplegó
la fuerza de su brazo;
derrumbó a los
soberbios disipando sus
planes
Estampa popular que celebra
el restablecimiento del
culto católico
en Francia.
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No
en vano fue consagrado Napoleón
por su madre aún antes de nacer,
a la Virgen Madre; no en balde nació
el 15 de agosto, día de la Asunción,
ni en vano, al oír en el crepúsculo,
en las avenidas de tilos del parque de
Brienne, las campanas del ocaso que tocaban
el Ave María, les cobró
amor para toda la vida. |
El 18 de abril
de 1802, el domingo de Pascua, durante el oficio
solemne que por vez primera se celebraba después
de la Revolución en la iglesia metropolitana
de Notre-Dame, se anunciaron la paz de Amiens
y el Concordato: la paz con los hombres y la
paz con Dios. Tras nueve años de silencio
resonó de nuevo por sobre París
la campana grande de la catedral, y los bronces
sagrados de toda Francia le respondieron: «¡Cristo
ha resucitado!». «Los enemigos
del primer cónsul y de la Revolución
se alborozaron a cuenta de esto, y sus amigos
y el ejército en masa quedaron consternados»,
refiere el general Thiébault (5). En
el ejército, se indignaron todos los
generales ateos del 89.
« ¡Hermosísima ceremonia!
No le falta más que el millón
de hombres que se han hecho matar para destruir
lo que restauramos nosotros », dijo
el general Angereau durante el oficio pascual
del 18 de abril (6).
« Me ha costado
más trabajo restaurar el ejercicio del
culto que ganar batallas »,
confesaba más tarde Napoleón (7).
« Debemos recordar
- decía en 1813 el Papa Pío
VIl en Fontainebleau - que, después
de a Dios, a él es a quien principalmente
se debe el restablecimiento de la religión...
El Concordato fue un acto cristiano y heroicamente
salvador » (8).
La segunda obra
de paz de Bonaparte es el Código: «
Mi
verdadera gloria no está en haber ganado
cuarenta batallas. Waterloo borrará el
recuerdo de tantas victorias. Lo que nada borrará,
lo que vivirá eternamente, es mi Código
Civil »,
dirá (9). «
Mi Código es el ancla de salvación
que salvará a Francia, mi título
a las bendiciones de la posteridad
» (10).
« ¡Qué lejos estábamos
de conocerle del otro lado del mar! No podíamos
negar la evidencia de sus victorias y de sus
invasiones, es verdad. Pero Genserico, Atila,
Alarico habían hecho otro tanto. Así,
la impresión que me dejaba era de terror
mucho más que de admiración
- confesaba un antiguo ministro de Luis XVI
-. Pero desde que estoy aquí se me
ha ocurrido meter las narices en las discusiones
del Código Civil, y desde ese instante,
ya no he sentido más que profunda veneración.
Pero ¿dónde diablos había
aprendido todo aquello? ¡Ah, qué
hombre tenían ustedes en él! La
verdad es que por fuerza tiene que ser un prodigio
» (11).
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El Código
es « una de las obras más hermosas
que hayan salido de las manos de los hombres
» (12). En estos justísimos términos
expresa el general Marmont una de las principales
impresiones que deja el Código; su hermosura
está en su sencillez, en su claridad,
en su precisión, en el sentimiento de
la medida, en esas cualidades del genio grecorromano,
mediterráneo, que va desde Pitágoras
a Pascal: del genio apolíneo, solar,
por excelencia.
Napoleón no sabe definir ese sentimiento
de la medida sino Con una expresión de
su lengua natal, con una frase italiana, latina,
mediterránea: mezzo termine,
término medio.
Es, para hablar como Heráclito, «
la concordancia de los contrarios ».
Y, para hablar como Napoleón, el «
cuadrado del genio
». « La oposición engendra
la perfecta armonía. De la lucha nace
todo », dice Heráclito.
En este sentido Napoleón es realmente,
como afirma Nietzsche, « la postrera encarnación
del dios Sol, de Apolo »; de igual suerte
que el dios Mitra, el sol invencible es, en
el sentido más profundo, metafísico,
el eterno Mediador, Misotes. El que
concilia, el que une los contrarios: el antiguo
y el nuevo mundo, la mañana y la tarde
en el mediodía.
« La fuerza de un gobierno se basa
en una medida de satisfacción general
» (13); esto lo ha comprendido él
mejor que nadie.
« Todo lo exagerado es insignificante
», decía Talleyrand; Bonaparte,
creador del Código, hubiera podido decir
otro tanto. Esas palabras quieren decir: nada
que sea exagerado es divino; sólo la
medida lo es.
« Para consolidar
la República es preciso que las leyes
estén basadas en la moderación
- dice inmediatamente después del 18
de brumario, en la proclama redactada en nombre
de los tres cónsules-.
La moderación es la base de la moral
y la primera virtud del hombre. Sin ella, el
hombre no es más que un animal feroz.
Sin ella puede existir, desde luego, una facción,
pero jamás un Gobierno estable »
(14).
Y más tarde dirá en el Consejo
de Estado: « A
esa tenebrosa metafísica que, al rebuscar
sutilmente las causas primeras, quiere asentar
sobre esa base la legislación de los
pueblos, en lugar de adecuar las leyes al conocimiento
del corazón humano y a las lecciones
de la Historia, es a la que hay que atribuir
todas las calamidades por las que ha pasado
nuestra hermosa Francia »
(15).
La « tenebrosa metafísica »
es la ideología de los jacobinos,
los revolucionarios extremados; a ellos es a
quien opone la « divina medida »,
el mezzo termine.
Del muerto conocimiento - olvido hacia el vivo
conocimiento - recuerdo, del intelecto hacia
la intuición; tal es el camino de Bonaparte,
el camino del Código. « Su
objeto - el que la Revolución
no ha alcanzado - consiste
en establecer, consagrar por fin el imperio
de la razón y el pleno ejercicio, el
goce íntegro de todas las facultades
humanas » (16). No el imperio
de la razón abstracta, mecánica,
sino el del Logos vivo, orgánico.
El Código
de Napoleón « lleva, cuando
menos, no obstante sus imperfecciones y lagunas,
a la máxima suma de equidad y de razón
que hasta entonces hubiesen puesto nunca en
las leyes los hombres. Al consagrar la igualdad
de los franceses ante la ley, la liberación
de la tierra, la libertad civil, el pleno efecto
jurídico de la voluntad humana, codifica
en este sentido la Revolución... En él,
la ardiente materia se concreta en forma sólida,
indestructible; gracias a él, la Revolución,
en esta parte, se trueca en bronce y granito...
En todo hay un término medio, una “obra
de justo medio jurídico”, como
se ha definido perfectamente. Las clases e intereses
diversos hallan en él, en más
o menos grado, su satisfacción. Es esencialmente
democrático cuando garantiza a todo el
mundo contra la vuelta de los privilegios feudales;
es en muchos puntos un código burgués,
hecho para la clase media que había iniciado
la Revolución y había acabado
por volverse atrás de ella »
(17).
Más tarde, « bajo Napoleón,
que estaba en guerra con medio mundo, la
igualdad ante la ley, la imparcialidad en la
administración de justicia y la reparación
de los daños causados por individuos
o por las autoridades han sido más reales,
inclusive, que en tiempos de paz con los gobiernos
siguientes » (18).
« Las naciones lo adoptaron porque
les traía la Revolución en lo
que ésta tenía de apreciable y
tangible para la mayoría de los humanos:
el progreso sin la subversión, el progreso
horro de los rigores y exageraciones de la teoría.
El Código triunfó y perduró
precisamente por lo que le faltaba de trascendente.
» El Código es la adaptación
del espíritu del Imperio romano a la
Europa contemporánea. « Napoleón,
como Roma al perder el imperio de los pueblos,
dejó a éstos sus leyes
» (19).
« He
consagrado la Revolución, la he infundido
en nuestras leyes », decía
seis meses antes de su muerte; y más
tarde, la víspera de morir, ya con los
sufrimientos de la agonía, en el delirio,
repetía: « He
sancionado todos los principios; los he infundido
en mis leyes, en mis actos; ni uno solo de ellos
hay que no haya consagrado »
(20). Dijérase como que quiere justificarse
de un crimen terrible que pesa sobre toda su
vida. ¿No será del que le acusan
los jacobinos: de haber hecho algo peor que
dar muerte a la Revolución, su madre,
de haberla mancillado? El Código es el
infame lecho del incesto en que el hijo se unió
a su madre, Napoleón a la Revolución.
Pero los jacobinos no ven lo esencial: el misterio
divino en la tragedia humana; lo que pierde
a Edipo-Napoleón constituye la salvación
de los hombres: el fruto del incesto es un nuevo
eón, el « siglo de oro
».
« Es imposible, cuando no lo ha visto
uno antes y después del 18 de brumario,
figurarse hasta dónde habían llegado
las devastaciones de la Revolución
» (21).
Lo cual quiere decir: quien no lo ha visto,
ni siquiera puede figurarse lo que por Francia
ha hecho Bonaparte.
El erario estaba vacío (al advenimiento
del Primer Cónsul, no quedaba en el Tesoro
– literalmente – con qué
comprar un pollo); a los soldados no se les
pagaba, andaban mal alimentados, sin ropa; todos
los caminos estaban destruidos, no había
manera de pasar un puente sin exponerse a verlo
hundido; los ríos y los canales habían
dejado de ser navegables; los edificios públicos
y los monumentos se caían a pedazos;
las iglesias estaban cerradas, mudas las campanas,
abandonados los campos; por todas partes bandolerismo,
miseria, hambre (22). Todo esto antes del 18
de brumario; después « el Estado
salió del caos » (23). «
Todo se emprendió a la vez, todo anduvo
con igual rapidez »: la legislación,
la administración, la Hacienda, el comercio,
los medios de comunicación, el ejército,
la flota, la agrio cultura, la industria, las
ciencias, las artes, todo nace, todo prospera
súbitamente, como por obra de magia (24).
 |
A
la gloria del
Primer Cónsul, llevado sobre
el pavés
Alegoría atribuida a Guillaume
Boichot (1795-1814). |
|
« Más
saber hay en esa cabeza y más grandes
obras juntas en dos años de su vida que
en toda una dinastía de reyes de Francia
», decía de Bonaparte el consejero
de Estado Roederer (25). « Pronto
hará un año que gobierno
- dice el propio Bonaparte. He
cerrado el Picadero (guarida de
los jacobinos), he
rechazado ¡al enemigo, he puesto orden
en la Hacienda, lo he restablecido en la administración
y no he derramado ni una gota de sangre
» (26).
Y más tarde, cuando derrame sangre, siempre
tendrá presente que la gloria de la paz
es más grande que la gloria de la guerra.
« Me
aflige este modo de vivir que, arrastrándome
a los campos (de batalla),
a las expediciones,
desvía mis miradas del objeto primero
de mis cuidados: una buena y sólida organización
de lo referente a los bancos, a las manufacturas
y al comercio »,
escribe al ministro de Hacienda en 1805 (27).
Desde la campaña de Italia, a pesar de
que, según la expresión de Talleyrand,
este « sublime Ossian parece desprenderse
de la tierra » (28), Bonaparte no
ignora que se está pagando la carne a
diez sueldos a los abastecedores, cuando no
cuesta más que cinco sueldos en los mercados
(29). El mismo dios Demiurgo anima soles y átomos.
Como por milagro, todos los tejidos vivos del
país renacen, todas las heridas se cierran.
« Un tibio bienestar, una, sensación
de renuevo, la dulzura de revivir, la sensación
de estar curándose penetran en la Francia
convaleciente »; Y el médico
es Bonaparte (30).
« El efecto de esta revolución
(la, del 18 de brumario) sobre la opinión
pública fue enorme; resultó de
ella una gran confianza en lo porvenir, una
esperanza sin limites... », dice
un contemporáneo (31). « Francia
salía de ella con una felicidad que excedía
de cuanto las imaginaciones más dispuestas
a lisonjearse hubieran podido concebir nunca
», dice otro (32). Era la ventura
del « siglo de oro ».
Corso de
lisos cabellos,
¡Oh, qué hermosa era tu Francia
bajo el gran sol de Messidor!
« Todo
ha cambiado de tal suerte que parece como si
los acontecimientos revolucionarios hubieran
ocurrido hace más de veinte años;
sus huellas se borran día a día
», anota en su diario un prefecto. «
Se ve a las almas recobrar su serenidad,
los corazones se abren a la esperanza, aprenden
de nuevo a amar. » « El
pueblo ya no recuerda más que dos fechas
de la Revolución: el 14 de julio y el
18 de brumario. Las intermedias se han borrado
» (33). Las ha borrado el « Sol
de Messidor », la felicidad del «
siglo de oro ».
Desterrado
está el siglo de hierro, pronto
apuntará la edad de oro.
Niño, la tierra te ofrecerá
las primicias de su seno virgíneo,
la vagabunda hiedra, el acanto y las salvajes
flores de los campos;
la dócil cabra volverá al
establo con las ubres henchidas,
ya no tendrán que temer los rebaños
el ataque de los poderosos leones,
y tu cuna se amará espontáneamente
con las flores más hermosas.
Morirán las serpientes y las hierbas
ponzoñosas se agostarán,
mas se verán crecer por doquier
bosquecillos de balsámicos árboles.
La mies de tiernas espigas esparcirá
su oro por nuestras llanuras,
los purpúreos pámpanos de
la vid enrojecerán los incultos
zarzales, ,
y la miel, como un rocío, manará
de la ruda encina.
Ya llega ese siglo; bien pronto ascenderás
a los sumos honores,
¡oh, retoño amado de los
dioses, sublime hijo de Júpiter!,
mira el mundo cómo tiembla ya con
todo su peso en tomo a su eje.
Mira: las tierras, los vastos mares, el
cielo y sus profundas bóvedas,
¡Todo se ha estremecido de júbilo
con la esperanza del siglo que llega!
(34). |
Desde el siglo
de Augusto - el siglo de Jesucristo - jamás
habían creído tanto, acaso, los
hombres en el advenimiento de la edad de oro
como en estos últimos años del
Consulado.
NOTAS:
(1) Taine, Les
origines de la France contemporaine, IX,
« Le régime moderne ». París,
Hachette, página. 105.
(2) Pasquier, Mémoires, 1, páginas
160-161. (3) J. Bertaut, página 158.
(4) Pasquier, 1, página 150.
(5) Thiébault, Mémoires,
111, página 274.
(6) Lacour-Gayet, Napoléon, sa vie,
son oeuvre, son temps, París, Hachette,
página 114.
(7) Lacour-Gayet, página 113.
(8) Lacour-Gayet, página 455.
(9) Lacour-Gayet, página 120.
(10) Antommarchi, Les derniers momens de
Napoléon, París, Armand Colin,
1, página 290.
(11) Vandal, L’avènement de
Bonaparte, 11. página 505.
(12) Lacour-Gayet. página 119.
(13) Marmont, 11, página 203.
(14) Vandal. 1, página 542.
(15) Pasquier, 11, página. 47.
(16) Conde de Las Cases, Mémorial
de Sainte-Hélène, París,
Garnier, 11, página 245.
(17) Vandal, 11, páginas 485-486.
(18) Lord Holland, Souvenirs, París,
Firmin Didot, 1862, página 199.
(19) Vandal, 11, página 486.
(20) Antommarchi, 1, página 290; 11,
página 107.
(21) Pasquier, 1, página 162.
(22) Memorial, 111, página 6; Pasquier,
l. página 163.
(23) Marmont, 11, página 106.
(24) Pasquier, 1, página 163.
(25) Roederer, Journal, París,
Dragon, 1909, página 93.
(26) Roederer, página 22.
(27) Lacour-Gayet, página 47.
(28) Arthur-Lévy, Napoléon
intime, París, Nelson, página
496.
(29) Arthur-Lévy, página 482.
(30) Vandal, 11, página 506.
(31) Marmont, 11, página 100.
(32) Pasquier, 1, página 161.
(33) Vandal, 11. página 504.
(34) Virgilio, égloga IV.