Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
¡Apoye al INMF!  - Soutenez l'INMF!
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.

(1799-1804)

EL CÓNSUL
Napoleón Primer Cónsul
Óleo de Thomas Phillips (1802)

Por

Dimitri Merejkovski
(1866-1941)

El Sr. Jean-Claude Damamme, Miembro de Honor del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia.
D. Merejkovski  
Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
El extracto que proponemos a continuación proviene del extraordinario libro del ruso Dimitri Merejkovsky Vida de Napoleón; se trata del primer capítulo (integral) de la cuarta parte de dicha obra, La Tarde. Este texto pertenece a la edición en castellano de la casa editorial Espasa-Calpe, colección “Austral”, Madrid, 1938. Traducción de José María Quiroga Plá. Existen muy numerosas reediciones.

Cuando, tras el 18 de Brumario, sustituyó al Directorio un Consulado compuesto por tres personas, que fueron el abad Sieyès, Roger Ducos y Bonaparte, el Poder, en realidad, perteneció al primer Cónsul, a Bonaparte.
El Poder, a cambio de la paz; tal era el pacto tácitamente convenido entre él y Francia.
Mas para conseguir la paz era ante todo indispensable vencer, ganar Italia: para eso habla vuelto él a Francia, dejando el ejército de Egipto.
Una guerra larga era imposible, tanto por el desesperado estado de la Hacienda como por el ansia de paz, demasiado grande, que manifestaba el país; habla que asestar al enemigo un golpe repentino, de improviso, caer sobre él como el rayo.

En marzo de 1800 el ejército austriaco del general Melas, ahornándose, según la expresión de Bonaparte, en la Rivera ligur, donde ponla sitio a Génova, habla evacuado el Piamonte, la Lombardía, toda la Italia alta, dejando libres los pasos de los Alpes helvéticos. Bonaparte resolvió aprovecharse de ello para precipitarse sobre Lombardía, cercar a Melas por la espalda, sorprenderle, cortar los lazos que le unían con su base de operaciones y aniquilarle. Mas para todo esto hacia falta repetir la fabulosa proeza de Aníbal: pasar los Alpes.

El 6 de mayo, el primer cónsul dejaba París; el 15, un ejército de reserva, compuesto de 40.000 hombres, empezaba la ascensión los Alpes; lucha de un hormiguero humano contra tres colosos de hielo: el Simplón, el San Gotardo, el San Bernardo.
El paso principal atravesaba el macizo del San Bernardo, yendo de Martigny a Aosta. Por el angosto desfiladero, más arriba de línea de las nieves perpetuas, por resbaladizos senderos helados, a orillas de precipicios vertiginosos, por donde le hubiera costado trabajo pasar a un hombre solo, marchaban la infantería, la caballería, la artillería, en fila interminable. Los cañones, desmontados de sus cureñas, eran instalados en troncos de pino ahuecados, con el extremo anterior redondeado Y la parte inferior y externa allanada de modo que pudiera deslizarse por la nieve; los artilleros se enganchaban a los troncos y los arrastraban por medio de cuerdas, cien hombres por cada cañón. Las ráfagas de nieve les daban en la cara; se extenuaban, caían al suelo, levantábanse de nuevo, Y otra vez a tirar de los cañones.
En los pasos más difíciles, la música tocaba, el tambor redoblaba a paso de carga y los soldados se lanzaban al asalto de las escarpaduras como si fuesen a atacar una fortaleza; encaramábanse unos sobre los hombros de otros, formando una escalera viva, y así trepaban por las abruptas peñas; al agarrarse a las piedras puntiagudas, se despellejaban las manos, sé partían las uñas, se ensangrentaban los brazos. Pero por todo ello pasaban alegremente, cantando coplas revolucionarias, celebrando la marcha victoriosa de la humanidad: « Per aspera ad astra: por las asperezas hacia los astros ».

Paso del Gran San Bernardo por el ejército francés el 20 de mayo de 1800
Óleo de Charles Thévenin (1764-1838); castillo de Versalles.

La bajada fue aún más difícil que la subida: en la vertiente septentrional quedaban el invierno, con sus nieves endurecidas en la vertiente meridional se encontraban ya con la primavera con su nieve resquebrajada, blanda. Al poner imprudentemente el pie sobre su frágil corteza, hombres, caballos y mulos se hundían en profundos hoyos llenos de húmeda nieve y se ahogaban en ellos, o bien, al no poder aferrarse a las peñas bruñidas con el deshielo, particularmente resbaladizas, caían a los precipicios.
Así estuvo a punto de perecer el propio Bonaparte; su mulo dio un paso en falso a la orilla del abismo, y si no llega a sujetarlo por la brida su guía, hubiera caído con su jinete.

El 27 de mayo entraba, el ejército francés en los valles sin defensa de Lombardía.
Fue ésta la maniobra capital de toda la campaña. Desde el primer momento confirió a Bonaparte absoluta superioridad estratégica sobre el ejército austriaco, que de esta manera quedaba en una posición anormal, volviendo la espalda a Francia y dando la cara a Lombardía, sorprendido y aislado por completo de su base. Bonaparte había forzado la puerta de la casa enemiga: había caído sobre Italia como el rayo. El 2 de junio entraba en Milán, cuando todavía le hacía en París el general Melas.

La primera parte de la empresa estaba acabada; faltaba la segunda: derrotar a Mélas. Éste había cruzado el Po, pero considerando desventajosa su posición y, en espera de refuerzos, esquivaba el combate, hurtando el cuerpo al enemigo. Bonaparte le perseguía, y para alcanzarle había distendido y debilitado su línea de combate. Mélas, excelente estratega, se dio cuenta de ello y, merced a una hábil maniobra, reunió todas sus fuerzas en el vasto llano de San Giuliano y de Marengo, con objeto de atravesar el centro de Bonaparte.

El 14 de junio, al alba, empezó la gran batalla que había de decidir la suerte de Italia, de Austria, de Francia, de toda Europa.
La ventaja estaba de parte de Mélas. Su artillería era superior: cien piezas contra quince. Los austriacos, presintiendo la victoria, luchaban como leones; rechazaron cuatro ataques generales y doce cargas de caballería; en el llano tomaban pueblo tras pueblo, aplastando a los franceses bajo un fuego de metralla ininterrumpido. Por firme que el valor sea, la fuerza acaba por quebrantarlo; los franceses no pudieron resistir más, cejaron, y a las dos de la tarde empezaron a replegarse en toda la línea.
Entonces Bonaparte lanzó a la batalla su última reserva: los ochocientos granaderos de la guardia consular. Este « reducto de granito » forma en cuadro y permanece así inmóvil, inquebrantable, bajo el furioso empuje de la infantería, de la caballería y de la artillería austriacas; pero no podía hacer más que proteger la retirada, la fuga casi, del ejército; por fin, lentamente, lentamente, empezó a retroceder también, paso a paso; a cuatro kilómetros por hora.
Aquello era la derrota.

La batalla de Marengo (14 de junio de 1800)
Óleo de Louis-François Lejeune (1775-1848). Castillo de Versalles.

Mélas, contuso, pero loco de júbilo, había enviado ya a Viena un despacho en que anunciaba la victoria.
Bonaparte veía perfectamente que se le escapaba la victoria; se había « jugado el todo por el todo », y todo lo había perdido; Italia, Francia, la baza del 18 de brumario; un instante antes era todavía César, y ahora volvía a ser un desertor (doble alusión al rechazo de Napoleón a comandar el Ejército del Oeste, fuerza de exterminio de los realistas en Vendée que le fue asignada por el Directorio en marzo del 1795, así como a su salida de Egipto el 23 de agosto de 1799; NdT), un « criminal de Estado fuera de la ley », el asesino de la Revolución, su madre; « un loco o un malvado ».
- La batalla está perdida - dijo a los oficiales del Estado Mayor, sentado en una pendiente a la orilla del camino, mordisqueando una brizna de hierba - pero aún no son más que las dos; todavía nos queda tiempo de ganar hoy una si llega el general Desaix trayendo reservas.
Escupió la brizna de hierba, arrancó otra y se puso a masticarla. Estaba tranquilo; pero cuando, veintiún años después, en las ansias de la agonía, recuerde ese instante, la misma muerte no le parecerá más espantosa.
« General Bonaparte, general Bonaparte, eso no es correcto. » Dicho en otras palabras: « Habéis tenido miedo. » Que el que ha dicho eso le mire en este momento: acaso comprenda que sólo un terror sobrehumano ha podido vencer al que había vencido todos los terrores terrenales.
-¡Ah, ya está aquí el general Desaix! - dijo el general Bonaparte, tan tranquilo siempre, como si supiera, como si recordase, que así había de ser, que así había sido; suspiró profundamente, se levantó, montó a caballo y se lanzó al combate como una centella.
-¡Soldados! Necesito vuestra vida, y me la debéis! (1).

La primera víctima es Desaix, el hermano de armas caro a Napoleón: acababa de arrojarse a la pelea cuando le mató una bala que lo pasó de parte a parte; al caer, no tuvo tiempo más que de proferir una palabra: «¡Muerte!»
Pero el espíritu inmortal del héroe se había transfundido a los soldados. «¡Morir! ¡Vengarlo!» Con este pensamiento se lanzaron al fuego los seis mil hombres de la reserva de Desaix. Y los cien cañones enmudecen, los fugitivos vuelven al combate, los perseguidos persiguen a su vez, los vencidos quedan vencedores.
«¡El hombre del Destino!», murmura Mélas, acometido de supersticioso terror, mirando a la cara a Napoleón: el rayo, y el ejército austriaco capitula. Rendido el Piamonte, rendida la Lombardía Y toda Italia hasta el Mincio.
Es Marengo, la victoria de las victorias, el mediodía del sol napoleónico.
Francia exulta: ¡la victoria es la paz!
La paz de Luneville, con Austria, el 9 de febrero de 1801; la paz de Amiens, con Inglaterra, el 25 de marzo de 1802. Las guerras de la Revolución, que duraban desde hacia diez años, han acabado. Parece como que haya llegado la paz del mundo, Bonaparte cumplió el pacto: tomó el Poder e hizo la paz.

En la paz, su obra primera fue la de insuflar de nuevo a Francia el alma cristiana que la Revolución le había arrancado. Sabía que los hombres no pueden vivir sin creer.

El 15 de julio de 1801 firma el Concordato entre Francia y la Santa Sede; la Iglesia galicana es restituida en todos sus derechos, unida a la Iglesia romana, y de nuevo reconoce como jefe suyo al Papa; el primer cónsul nombra los obispos, el Vaticano los ordena y confirma; ninguna bula pontificia puede publicarse en Francia ni celebrarse ningún concilio sin autorización del gobierno.
« Era la victoria más brillante que fuese posible conseguir sobre el genio revolucionario, y todas las que han venido después no han sido, sin que se exceptúe ninguna, más que consecuencias de aquéllas - observa un contemporáneo. Multitud de personas que, antes del éxito, no se atrevían a hacer ostentación de sus sentimientos, ya no los disimulaban, y fue evidente que Bonaparte había calado el fondo de los corazones mejor que cuantos le rodeaban ». « ¿Es que queréis que me mande hacer una religión a mi capricho, que no sea la de nadie? – decía a los enemigos del Concordato –. No es así como yo lo entiendo. Necesito la antigua religión católica; sólo ella yace en lo hondo de los corazones, de donde jamás ha sido borrada; sólo ella puede propiciármelos, solo ella está en condiciones de allanar todos los obstáculos» (2).
« El enemigo a quien hay que temer ahora no es el fanatismo, sino el ateísmo » (3). ¿Es solamente el ateísmo del siglo XVIII el que refutan estas palabras de Bonaparte?
« Aparte de las miras políticas que bien pronto habían de dirigirle en todo lo referente a las cuestiones eclesiásticas, su espíritu alimentaba pensamientos secretos, su corazón encerraba antiguos sentimientos que probablemente le venían de los primeros años de su infancia, que han reaparecido en varias ocasiones importantes de su carrera y que las postreras horas de su vida han sacado a la luz de manera nada dudosa », dice el mismo contemporáneo (4).

Por el brazo triunfante de Bonaparte, la religión sale del abismo en el que la habían hundido impíos y ateos: desplegó la fuerza de su brazo; derrumbó a los soberbios disipando sus planes
Estampa popular que celebra el restablecimiento del culto católico en Francia.

No en vano fue consagrado Napoleón por su madre aún antes de nacer, a la Virgen Madre; no en balde nació el 15 de agosto, día de la Asunción, ni en vano, al oír en el crepúsculo, en las avenidas de tilos del parque de Brienne, las campanas del ocaso que tocaban el Ave María, les cobró amor para toda la vida.

El 18 de abril de 1802, el domingo de Pascua, durante el oficio solemne que por vez primera se celebraba después de la Revolución en la iglesia metropolitana de Notre-Dame, se anunciaron la paz de Amiens y el Concordato: la paz con los hombres y la paz con Dios. Tras nueve años de silencio resonó de nuevo por sobre París la campana grande de la catedral, y los bronces sagrados de toda Francia le respondieron: «¡Cristo ha resucitado!». «Los enemigos del primer cónsul y de la Revolución se alborozaron a cuenta de esto, y sus amigos y el ejército en masa quedaron consternados», refiere el general Thiébault (5). En el ejército, se indignaron todos los generales ateos del 89.
« ¡Hermosísima ceremonia! No le falta más que el millón de hombres que se han hecho matar para destruir lo que restauramos nosotros », dijo el general Angereau durante el oficio pascual del 18 de abril (6).
« Me ha costado más trabajo restaurar el ejercicio del culto que ganar batallas », confesaba más tarde Napoleón (7).
« Debemos recordar - decía en 1813 el Papa Pío VIl en Fontainebleau - que, después de a Dios, a él es a quien principalmente se debe el restablecimiento de la religión... El Concordato fue un acto cristiano y heroicamente salvador » (8).

La segunda obra de paz de Bonaparte es el Código: « Mi verdadera gloria no está en haber ganado cuarenta batallas. Waterloo borrará el recuerdo de tantas victorias. Lo que nada borrará, lo que vivirá eternamente, es mi Código Civil », dirá (9). « Mi Código es el ancla de salvación que salvará a Francia, mi título a las bendiciones de la posteridad » (10).
« ¡Qué lejos estábamos de conocerle del otro lado del mar! No podíamos negar la evidencia de sus victorias y de sus invasiones, es verdad. Pero Genserico, Atila, Alarico habían hecho otro tanto. Así, la impresión que me dejaba era de terror mucho más que de admiración - confesaba un antiguo ministro de Luis XVI -. Pero desde que estoy aquí se me ha ocurrido meter las narices en las discusiones del Código Civil, y desde ese instante, ya no he sentido más que profunda veneración. Pero ¿dónde diablos había aprendido todo aquello? ¡Ah, qué hombre tenían ustedes en él! La verdad es que por fuerza tiene que ser un prodigio » (11).

El Código Napoleón

El Código es « una de las obras más hermosas que hayan salido de las manos de los hombres » (12). En estos justísimos términos expresa el general Marmont una de las principales impresiones que deja el Código; su hermosura está en su sencillez, en su claridad, en su precisión, en el sentimiento de la medida, en esas cualidades del genio grecorromano, mediterráneo, que va desde Pitágoras a Pascal: del genio apolíneo, solar, por excelencia.
Napoleón no sabe definir ese sentimiento de la medida sino Con una expresión de su lengua natal, con una frase italiana, latina, mediterránea: mezzo termine, término medio.
Es, para hablar como Heráclito, « la concordancia de los contrarios ». Y, para hablar como Napoleón, el « cuadrado del genio ». « La oposición engendra la perfecta armonía. De la lucha nace todo », dice Heráclito.
En este sentido Napoleón es realmente, como afirma Nietzsche, « la postrera encarnación del dios Sol, de Apolo »; de igual suerte que el dios Mitra, el sol invencible es, en el sentido más profundo, metafísico, el eterno Mediador, Misotes. El que concilia, el que une los contrarios: el antiguo y el nuevo mundo, la mañana y la tarde en el mediodía.
« La fuerza de un gobierno se basa en una medida de satisfacción general » (13); esto lo ha comprendido él mejor que nadie.
« Todo lo exagerado es insignificante », decía Talleyrand; Bonaparte, creador del Código, hubiera podido decir otro tanto. Esas palabras quieren decir: nada que sea exagerado es divino; sólo la medida lo es.
« Para consolidar la República es preciso que las leyes estén basadas en la moderación - dice inmediatamente después del 18 de brumario, en la proclama redactada en nombre de los tres cónsules-. La moderación es la base de la moral y la primera virtud del hombre. Sin ella, el hombre no es más que un animal feroz. Sin ella puede existir, desde luego, una facción, pero jamás un Gobierno estable » (14).
Y más tarde dirá en el Consejo de Estado: « A esa tenebrosa metafísica que, al rebuscar sutilmente las causas primeras, quiere asentar sobre esa base la legislación de los pueblos, en lugar de adecuar las leyes al conocimiento del corazón humano y a las lecciones de la Historia, es a la que hay que atribuir todas las calamidades por las que ha pasado nuestra hermosa Francia » (15).
La « tenebrosa metafísica » es la ideología de los jacobinos, los revolucionarios extremados; a ellos es a quien opone la « divina medida », el mezzo termine.
Del muerto conocimiento - olvido hacia el vivo conocimiento - recuerdo, del intelecto hacia la intuición; tal es el camino de Bonaparte, el camino del Código. « Su objeto - el que la Revolución no ha alcanzado - consiste en establecer, consagrar por fin el imperio de la razón y el pleno ejercicio, el goce íntegro de todas las facultades humanas » (16). No el imperio de la razón abstracta, mecánica, sino el del Logos vivo, orgánico.

El Código de Napoleón « lleva, cuando menos, no obstante sus imperfecciones y lagunas, a la máxima suma de equidad y de razón que hasta entonces hubiesen puesto nunca en las leyes los hombres. Al consagrar la igualdad de los franceses ante la ley, la liberación de la tierra, la libertad civil, el pleno efecto jurídico de la voluntad humana, codifica en este sentido la Revolución... En él, la ardiente materia se concreta en forma sólida, indestructible; gracias a él, la Revolución, en esta parte, se trueca en bronce y granito... En todo hay un término medio, una “obra de justo medio jurídico”, como se ha definido perfectamente. Las clases e intereses diversos hallan en él, en más o menos grado, su satisfacción. Es esencialmente democrático cuando garantiza a todo el mundo contra la vuelta de los privilegios feudales; es en muchos puntos un código burgués, hecho para la clase media que había iniciado la Revolución y había acabado por volverse atrás de ella » (17).
Más tarde, « bajo Napoleón, que estaba en guerra con medio mundo, la igualdad ante la ley, la imparcialidad en la administración de justicia y la reparación de los daños causados por individuos o por las autoridades han sido más reales, inclusive, que en tiempos de paz con los gobiernos siguientes » (18).
« Las naciones lo adoptaron porque les traía la Revolución en lo que ésta tenía de apreciable y tangible para la mayoría de los humanos: el progreso sin la subversión, el progreso horro de los rigores y exageraciones de la teoría. El Código triunfó y perduró precisamente por lo que le faltaba de trascendente. » El Código es la adaptación del espíritu del Imperio romano a la Europa contemporánea. « Napoleón, como Roma al perder el imperio de los pueblos, dejó a éstos sus leyes » (19).

« He consagrado la Revolución, la he infundido en nuestras leyes », decía seis meses antes de su muerte; y más tarde, la víspera de morir, ya con los sufrimientos de la agonía, en el delirio, repetía: « He sancionado todos los principios; los he infundido en mis leyes, en mis actos; ni uno solo de ellos hay que no haya consagrado » (20). Dijérase como que quiere justificarse de un crimen terrible que pesa sobre toda su vida. ¿No será del que le acusan los jacobinos: de haber hecho algo peor que dar muerte a la Revolución, su madre, de haberla mancillado? El Código es el infame lecho del incesto en que el hijo se unió a su madre, Napoleón a la Revolución. Pero los jacobinos no ven lo esencial: el misterio divino en la tragedia humana; lo que pierde a Edipo-Napoleón constituye la salvación de los hombres: el fruto del incesto es un nuevo eón, el « siglo de oro ».
« Es imposible, cuando no lo ha visto uno antes y después del 18 de brumario, figurarse hasta dónde habían llegado las devastaciones de la Revolución » (21).
Lo cual quiere decir: quien no lo ha visto, ni siquiera puede figurarse lo que por Francia ha hecho Bonaparte.
El erario estaba vacío (al advenimiento del Primer Cónsul, no quedaba en el Tesoro – literalmente – con qué comprar un pollo); a los soldados no se les pagaba, andaban mal alimentados, sin ropa; todos los caminos estaban destruidos, no había manera de pasar un puente sin exponerse a verlo hundido; los ríos y los canales habían dejado de ser navegables; los edificios públicos y los monumentos se caían a pedazos; las iglesias estaban cerradas, mudas las campanas, abandonados los campos; por todas partes bandolerismo, miseria, hambre (22). Todo esto antes del 18 de brumario; después « el Estado salió del caos » (23). « Todo se emprendió a la vez, todo anduvo con igual rapidez »: la legislación, la administración, la Hacienda, el comercio, los medios de comunicación, el ejército, la flota, la agrio cultura, la industria, las ciencias, las artes, todo nace, todo prospera súbitamente, como por obra de magia (24).

A la gloria del Primer Cónsul, llevado sobre el pavés
Alegoría atribuida a Guillaume Boichot (1795-1814).

« Más saber hay en esa cabeza y más grandes obras juntas en dos años de su vida que en toda una dinastía de reyes de Francia », decía de Bonaparte el consejero de Estado Roederer (25). « Pronto hará un año que gobierno - dice el propio Bonaparte. He cerrado el Picadero (guarida de los jacobinos), he rechazado ¡al enemigo, he puesto orden en la Hacienda, lo he restablecido en la administración y no he derramado ni una gota de sangre » (26).
Y más tarde, cuando derrame sangre, siempre tendrá presente que la gloria de la paz es más grande que la gloria de la guerra. « Me aflige este modo de vivir que, arrastrándome a los campos (de batalla), a las expediciones, desvía mis miradas del objeto primero de mis cuidados: una buena y sólida organización de lo referente a los bancos, a las manufacturas y al comercio », escribe al ministro de Hacienda en 1805 (27).
Desde la campaña de Italia, a pesar de que, según la expresión de Talleyrand, este « sublime Ossian parece desprenderse de la tierra » (28), Bonaparte no ignora que se está pagando la carne a diez sueldos a los abastecedores, cuando no cuesta más que cinco sueldos en los mercados (29). El mismo dios Demiurgo anima soles y átomos.
Como por milagro, todos los tejidos vivos del país renacen, todas las heridas se cierran. « Un tibio bienestar, una, sensación de renuevo, la dulzura de revivir, la sensación de estar curándose penetran en la Francia convaleciente »; Y el médico es Bonaparte (30).
« El efecto de esta revolución (la, del 18 de brumario) sobre la opinión pública fue enorme; resultó de ella una gran confianza en lo porvenir, una esperanza sin limites... », dice un contemporáneo (31). « Francia salía de ella con una felicidad que excedía de cuanto las imaginaciones más dispuestas a lisonjearse hubieran podido concebir nunca », dice otro (32). Era la ventura del « siglo de oro ».

Corso de lisos cabellos,
¡Oh, qué hermosa era tu Francia bajo el gran sol de Messidor!

« Todo ha cambiado de tal suerte que parece como si los acontecimientos revolucionarios hubieran ocurrido hace más de veinte años; sus huellas se borran día a día », anota en su diario un prefecto. « Se ve a las almas recobrar su serenidad, los corazones se abren a la esperanza, aprenden de nuevo a amar. » « El pueblo ya no recuerda más que dos fechas de la Revolución: el 14 de julio y el 18 de brumario. Las intermedias se han borrado » (33). Las ha borrado el « Sol de Messidor », la felicidad del « siglo de oro ».

Desterrado está el siglo de hierro, pronto apuntará la edad de oro.
Niño, la tierra te ofrecerá las primicias de su seno virgíneo,
la vagabunda hiedra, el acanto y las salvajes flores de los campos;
la dócil cabra volverá al establo con las ubres henchidas,
ya no tendrán que temer los rebaños el ataque de los poderosos leones,
y tu cuna se amará espontáneamente con las flores más hermosas.
Morirán las serpientes y las hierbas ponzoñosas se agostarán,
mas se verán crecer por doquier bosquecillos de balsámicos árboles.
La mies de tiernas espigas esparcirá su oro por nuestras llanuras,
los purpúreos pámpanos de la vid enrojecerán los incultos zarzales, ,
y la miel, como un rocío, manará de la ruda encina.
Ya llega ese siglo; bien pronto ascenderás a los sumos honores,
¡oh, retoño amado de los dioses, sublime hijo de Júpiter!,
mira el mundo cómo tiembla ya con todo su peso en tomo a su eje.
Mira: las tierras, los vastos mares, el cielo y sus profundas bóvedas,
¡Todo se ha estremecido de júbilo con la esperanza del siglo que llega!
(34).

Desde el siglo de Augusto - el siglo de Jesucristo - jamás habían creído tanto, acaso, los hombres en el advenimiento de la edad de oro como en estos últimos años del Consulado.

NOTAS:

(1) Taine, Les origines de la France contemporaine, IX, « Le régime moderne ». París, Hachette, página. 105.
(2) Pasquier, Mémoires, 1, páginas 160-161. (3) J. Bertaut, página 158.
(4) Pasquier, 1, página 150.
(5) Thiébault, Mémoires, 111, página 274.
(6) Lacour-Gayet, Napoléon, sa vie, son oeuvre, son temps, París, Hachette, página 114.
(7) Lacour-Gayet, página 113.
(8) Lacour-Gayet, página 455.
(9) Lacour-Gayet, página 120.
(10) Antommarchi, Les derniers momens de Napoléon, París, Armand Colin, 1, página 290.
(11) Vandal, L’avènement de Bonaparte, 11. página 505.
(12) Lacour-Gayet. página 119.
(13) Marmont, 11, página 203.
(14) Vandal. 1, página 542.
(15) Pasquier, 11, página. 47.
(16) Conde de Las Cases, Mémorial de Sainte-Hélène, París, Garnier, 11, página 245.
(17) Vandal, 11, páginas 485-486.
(18) Lord Holland, Souvenirs, París, Firmin Didot, 1862, página 199.
(19) Vandal, 11, página 486.
(20) Antommarchi, 1, página 290; 11, página 107.
(21) Pasquier, 1, página 162.
(22) Memorial, 111, página 6; Pasquier, l. página 163.
(23) Marmont, 11, página 106.
(24) Pasquier, 1, página 163.
(25) Roederer, Journal, París, Dragon, 1909, página 93.
(26) Roederer, página 22.
(27) Lacour-Gayet, página 47.
(28) Arthur-Lévy, Napoléon intime, París, Nelson, página 496.
(29) Arthur-Lévy, página 482.
(30) Vandal, 11, página 506.
(31) Marmont, 11, página 100.
(32) Pasquier, 1, página 161.
(33) Vandal, 11. página 504.
(34) Virgilio, égloga IV.