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Napoleón
Primer Cónsul.
Óleo de Thomas Phillips (1802) |
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Cuando,
tras el 18 de brumario, sustituyó al Directorio
un Consulado compuesto por tres personas, que
fueron el abad Sieyès, Roger Ducos y Bonaparte,
el Poder, en realidad, perteneció al primer
Cónsul, a Bonaparte.
El Poder, a cambio de la paz; tal era el pacto
tácitamente convenido entre él y
Francia.
Mas para conseguir la paz era ante todo indispensable
vencer, ganar Italia: para eso habla vuelto él
a Francia, dejando el ejército de Egipto.
Una guerra larga era imposible, tanto por el desesperado
estado de la Hacienda como por el ansia de paz,
demasiado grande, que manifestaba el país;
habla que asestar al enemigo un golpe repentino,
de improviso, caer sobre él como el rayo.
En marzo de 1800
el ejército austriaco del general Melas,
ahornándose,
según la expresión de Bonaparte,
en la Rivera ligur, donde ponla sitio a Génova,
habla evacuado el Piamonte, la Lombardía,
toda la Italia alta, dejando libres los pasos
de los Alpes helvéticos. Bonaparte resolvió
aprovecharse de ello para precipitarse sobre Lombardía,
cercar a Melas por la espalda, sorprenderle, cortar
los lazos que le unían con su base de operaciones
y aniquilarle. Mas para todo esto hacia falta
repetir la fabulosa proeza de Aníbal: pasar
los Alpes.
El 6 de mayo,
el primer cónsul dejaba París; el
15, un ejército de reserva, compuesto de
40.000 hombres, empezaba la ascensión los
Alpes; lucha de un hormiguero humano contra tres
colosos de hielo: el Simplón, el San Gotardo,
el San Bernardo.
El paso principal atravesaba el macizo del San
Bernardo, yendo de Martigny a Aosta. Por el angosto
desfiladero, más arriba de línea
de las nieves perpetuas, por resbaladizos senderos
helados, a orillas de precipicios vertiginosos,
por donde le hubiera costado trabajo pasar a un
hombre solo, marchaban la infantería, la
caballería, la artillería, en fila
interminable. Los cañones, desmontados
de sus cureñas, eran instalados en troncos
de pino ahuecados, con el extremo anterior redondeado
Y la parte inferior y externa allanada de modo
que pudiera deslizarse por la nieve; los artilleros
se enganchaban a los troncos y los arrastraban
por medio de cuerdas, cien hombres por cada cañón.
Las ráfagas de nieve les daban en la cara;
se extenuaban, caían al suelo, levantábanse
de nuevo, Y otra vez a tirar de los cañones.
En los pasos más difíciles, la música
tocaba, el tambor redoblaba a paso de carga y
los soldados se lanzaban al asalto de las escarpaduras
como si fuesen a atacar una fortaleza; encaramábanse
unos sobre los hombros de otros, formando una
escalera viva, y así trepaban por las abruptas
peñas; al agarrarse a las piedras puntiagudas,
se despellejaban las manos, sé partían
las uñas, se ensangrentaban los brazos.
Pero por todo ello pasaban alegremente, cantando
coplas revolucionarias, celebrando la marcha victoriosa
de la humanidad: « Per aspera ad astra:
por las asperezas hacia los astros ».
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| Paso
del Gran San Bernardo el 20 de mayo
de 1800, por Thévenin;
castillo de Versalles. |
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La bajada fue
aún más difícil que la subida:
en la vertiente septentrional quedaban el invierno,
con sus nieves endurecidas en la vertiente meridional
se encontraban ya con la primavera con su nieve
resquebrajada, blanda. Al poner imprudentemente
el pie sobre su frágil corteza, hombres,
caballos y mulos se hundían en profundos
hoyos llenos de húmeda nieve y se ahogaban
en ellos, o bien, al no poder aferrarse a las
peñas bruñidas con el deshielo,
particularmente resbaladizas, caían a los
precipicios.
Así estuvo a punto de perecer el propio
Bonaparte; su mulo dio un paso en falso a la orilla
del abismo, y si no llega a sujetarlo por la brida
su guía, hubiera caído con su jinete.
El 27 de mayo
entraba, el ejército francés en
los valles sin defensa de Lombardía.
Fue ésta la maniobra capital de toda la
campaña. Desde el primer momento confirió
a Bonaparte absoluta superioridad estratégica
sobre el ejército austriaco, que de esta
manera quedaba en una posición anormal,
volviendo la espalda a Francia y dando la cara
a Lombardía, sorprendido y aislado por
completo de su base. Bonaparte había forzado
la puerta de la casa enemiga: había caído
sobre Italia como el rayo. El 2 de junio entraba
en Milán, cuando todavía le hacía
en París el general Melas.
La primera parte
de la empresa estaba acabada; faltaba la segunda:
derrotar a Mélas. Éste había
cruzado el Po, pero considerando desventajosa
su posición y, en espera de refuerzos,
esquivaba el combate, hurtando el cuerpo al enemigo.
Bonaparte le perseguía, y para alcanzarle
había distendido y debilitado su línea
de combate. Mélas, excelente estratega,
se dio cuenta de ello y, merced a una hábil
maniobra, reunió todas sus fuerzas en el
vasto llano de San Giuliano y de Marengo, con
objeto de atravesar el centro de Bonaparte.
El 14 de junio,
al alba, empezó la gran batalla que había
de decidir la suerte de Italia, de Austria, de
Francia, de toda Europa.
La ventaja estaba de parte de Mélas. Su
artillería era superior: cien piezas contra
quince. Los austriacos, presintiendo la victoria,
luchaban como leones; rechazaron cuatro ataques
generales y doce cargas de caballería;
en el llano tomaban pueblo tras pueblo, aplastando
a los franceses bajo un fuego de metralla ininterrumpido.
Por firme que el valor sea, la fuerza acaba por
quebrantarlo; los franceses no pudieron resistir
más, cejaron, y a las dos de la tarde empezaron
a replegarse en toda la línea.
Entonces Bonaparte lanzó a la batalla su
última reserva: los ochocientos granaderos
de la guardia consular. Este « reducto de
granito » forma en cuadro y permanece así
inmóvil, inquebrantable, bajo el furioso
empuje de la infantería, de la caballería
y de la artillería austriacas; pero no
podía hacer más que proteger la
retirada, la fuga casi, del ejército; por
fin, lentamente, lentamente, empezó a retroceder
también, paso a paso; a cuatro kilómetros
por hora.
Aquello era la derrota.
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| La
batalla de Marengo (14 de junio
de 1800), por Lejeune; castillo de Versalles. |
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Mélas,
contuso, pero loco de júbilo, había
enviado ya a Viena un despacho en que anunciaba
la victoria.
Bonaparte veía perfectamente que se le
escapaba la victoria; se había «
jugado el todo por el todo », y todo lo
había perdido; Italia, Francia, la baza
del 18 de brumario; un instante antes era todavía
César, y ahora volvía a ser un desertor
(doble alusión al rechazo de Napoleón
a comandar el Ejército del Oeste, fuerza
de exterminio de los realistas en Vendée
que le fue asignada por el Directorio en marzo
del 1795, así como a su salida de Egipto
el 23 de agosto de 1799; NdT), un « criminal
de Estado fuera de la ley », el asesino
de la Revolución, su madre; « un
loco o un malvado ».
- La batalla está
perdida - dijo a los oficiales del
Estado Mayor, sentado en una pendiente a la orilla
del camino, mordisqueando una brizna de hierba
- pero aún no
son más que las dos; todavía nos
queda tiempo de ganar hoy una si llega el general
Desaix trayendo reservas.
Escupió la brizna de hierba, arrancó
otra y se puso a masticarla. Estaba tranquilo;
pero cuando, veintiún años después,
en las ansias de la agonía, recuerde ese
instante, la misma muerte no le parecerá
más espantosa.
« General Bonaparte, general Bonaparte,
eso no es correcto. » Dicho en otras palabras:
« Habéis tenido miedo. » Que
el que ha dicho eso le mire en este momento: acaso
comprenda que sólo un terror sobrehumano
ha podido vencer al que había vencido todos
los terrores terrenales.
-¡Ah, ya está
aquí el general Desaix! - dijo
el general Bonaparte, tan tranquilo siempre, como
si supiera, como si recordase, que así
había de ser, que así había
sido; suspiró profundamente, se levantó,
montó a caballo y se lanzó al combate
como una centella.
-¡Soldados! Necesito
vuestra vida, y me la debéis! (1).
La primera víctima
es Desaix, el hermano de armas caro a Napoleón:
acababa de arrojarse a la pelea cuando le mató
una bala que lo pasó de parte a parte;
al caer, no tuvo tiempo más que de proferir
una palabra: «¡Muerte!»
Pero el espíritu inmortal del héroe
se había transfundido a los soldados. «¡Morir!
¡Vengarlo!» Con este pensamiento se
lanzaron al fuego los seis mil hombres de la reserva
de Desaix. Y los cien cañones enmudecen,
los fugitivos vuelven al combate, los perseguidos
persiguen a su vez, los vencidos quedan vencedores.
«¡El hombre del Destino!», murmura
Mélas, acometido de supersticioso terror,
mirando a la cara a Napoleón: el rayo,
y el ejército austriaco capitula. Rendido
el Piamonte, rendida la Lombardía Y toda
Italia hasta el Mincio.
Es Marengo, la victoria de las victorias, el mediodía
del sol napoleónico.
Francia exulta: ¡la victoria es la paz!
La paz de Luneville, con Austria, el 9 de febrero
de 1801; la paz de Amiens, con Inglaterra, el
25 de marzo de 1802. Las guerras de la Revolución,
que duraban desde hacia diez años, han
acabado. Parece como que haya llegado la paz del
mundo, Bonaparte cumplió el pacto: tomó
el Poder e hizo la paz.
En
la paz, su obra primera fue la de insuflar
de nuevo a Francia el alma cristiana que
la Revolución le había arrancado.
Sabía que los hombres no pueden vivir
sin creer.
El 15 de julio de 1801 firma el Concordato
entre Francia y la Santa Sede; la Iglesia
galicana es restituida en todos sus derechos,
unida a la Iglesia romana, y de nuevo reconoce
como jefe suyo al Papa; el primer cónsul
nombra los obispos, el Vaticano los ordena
y confirma; ninguna bula pontificia puede
publicarse en Francia ni celebrarse ningún
concilio sin autorización del gobierno.
« Era la victoria más brillante
que fuese posible conseguir sobre el genio
revolucionario, y todas las que han venido
después no han sido, sin que se exceptúe
ninguna, más que consecuencias de
aquéllas - observa un contemporáneo.
Multitud de personas que, antes del éxito,
no se atrevían a hacer ostentación
de sus sentimientos, ya no los disimulaban,
y fue evidente que Bonaparte había
calado el fondo de los corazones mejor que
cuantos le rodeaban.» «
¿Es que
queréis que me mande hacer una religión
a mi capricho, que no sea la de nadie?
- decía a los enemigos del Concordato-.
No es así
como yo lo entiendo. Necesito la antigua
religión católica; sólo
ella yace en lo hondo de los corazones,
de donde jamás ha sido borrada; sólo
ella puede propiciármelos, solo ella
está en condiciones de allanar todos
los obstáculos»
(2).
« El
enemigo a quien hay que temer ahora no es
el fanatismo, sino el ateísmo
» (3). ¿Es solamente el ateísmo
del siglo XVIII el que refutan estas palabras
de Bonaparte?
« Aparte de las miras políticas
que bien pronto habían de dirigirle
en todo lo referente a las cuestiones eclesiásticas,
su espíritu alimentaba pensamientos
secretos, su corazón encerraba antiguos
sentimientos que probablemente le venían
de los primeros años de su infancia,
que han reaparecido en varias ocasiones
importantes de su carrera y que las postreras
horas de su vida han sacado a la luz de
manera nada dudosa », dice el
mismo contemporáneo (4). |
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«
Por el brazo triunfante
de Bonaparte, la religión
sale del abismo en el que
la habían hundido
impíos
y ateos: desplegó
la fuerza de su brazo; derrumbó
a los soberbios disipando
sus planes
». Estampa popular
que celebra el restablecimiento
del cult católico
en Francia.
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No
en vano fue consagrado Napoleón por
su madre aún antes de nacer, a la
Virgen Madre; no en balde nació el
15 de agosto, día de la Asunción,
ni en vano, al oír en el crepúsculo,
en las avenidas de tilos del parque de Brienne,
las campanas del ocaso que tocaban el Ave
María, les cobró amor
para toda la vida. |
El 18 de abril
de 1802, el domingo de Pascua, durante el oficio
solemne que por vez primera se celebraba después
de la Revolución en la iglesia metropolitana
de Notre-Dame, se anunciaron la paz de Amiens
y el Concordato: la paz con los hombres y la paz
con Dios. Tras nueve años de silencio resonó
de nuevo por sobre París la campana grande
de la catedral, y los bronces sagrados de toda
Francia le respondieron: «¡Cristo
ha resucitado!». «Los enemigos
del primer cónsul y de la Revolución
se alborozaron a cuenta de esto, y sus amigos
y el ejército en masa quedaron consternados»,
refiere el general Thiébault (5). En el
ejército, se indignaron todos los generales
ateos del 89.
« ¡Hermosísima ceremonia!
No le falta más que el millón de
hombres que se han hecho matar para destruir lo
que restauramos nosotros », dijo el
general Angereau durante el oficio pascual del
18 de abril (6).
« Me ha costado
más trabajo restaurar el ejercicio del
culto que ganar batallas »,
confesaba más tarde Napoleón (7).
« Debemos recordar
- decía en 1813 el Papa Pío
VIl en Fontainebleau - que, después
de Dios, a él es a quien principalmente
se debe el restablecimiento de la religión...
El Concordato fue un acto cristiano y heroicamente
salvador » (8).
La segunda obra
de paz de Bonaparte es el Código: «
Mi
verdadera gloria no está en haber ganado
cuarenta batallas. Waterloo borrará el
recuerdo de tantas victorias. Lo que nada borrará,
lo que vivirá eternamente, es mi Código
Civil »,
dirá (9). « Mi Código
es el ancla de salvación que salvará
a Francia, mi título a las bendiciones
de la posteridad »
(10).
« ¡Qué lejos estábamos
de conocerle del otro lado del mar! No podíamos
negar la evidencia de sus victorias y de sus invasiones,
es verdad. Pero Genserico, Atila, Alarico habían
hecho otro tanto. Así, la impresión
que me dejaba era de terror mucho más que
de admiración - confesaba un antiguo
ministro de Luis XVI -. Pero desde que estoy
aquí se me ha ocurrido meter las narices
en las discusiones del Código Civil, y
desde ese instante, ya no he sentido más
que profunda veneración. Pero ¿dónde
diablos había aprendido todo aquello? ¡Ah,
qué hombre tenían ustedes en él!
La verdad es que por fuerza tiene que ser un prodigio
» (11).
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El Código
es « una de las obras más hermosas
que hayan salido de las manos de los hombres
» (12). En estos justísimos términos
expresa el general Marmont una de las principales
impresiones que deja el Código; su hermosura
está en su sencillez, en su claridad, en
su precisión, en el sentimiento de la medida,
en esas cualidades del genio grecorromano, mediterráneo,
que va desde Pitágoras a Pascal: del genio
apolíneo, solar, por excelencia.
Napoleón no sabe definir ese sentimiento
de la medida sino Con una expresión de
su lengua natal, con una frase italiana, latina,
mediterránea: mezzo termine, término
medio.
Es, para hablar como Heráclito, «
la concordancia de los contrarios ».
Y, para hablar como Napoleón, el «
cuadrado del genio
». « La oposición engendra
la perfecta armonía. De la lucha nace todo
», dice Heráclito.
En este sentido Napoleón es realmente,
como afirma Nietzsche, « la postrera encarnación
del dios Sol, de Apolo »; de igual suerte
que el dios Mitra, el sol invencible es, en el
sentido más profundo, metafísico,
el eterno Mediador, Misotes. El que concilia,
el que une los contrarios: el antiguo y el nuevo
mundo, la mañana y la tarde en el mediodía.
« La fuerza de un gobierno se basa en
una medida de satisfacción general »
(13); esto lo ha comprendido él mejor que
nadie.
« Todo lo exagerado es insignificante
», decía Talleyrand; Bonaparte,
creador del Código, hubiera podido decir
otro tanto. Esas palabras quieren decir: nada
que sea exagerado es divino; sólo la medida
lo es.
« Para consolidar
la República es preciso que las leyes estén
basadas en la moderación -
dice inmediatamente después del 18 de brumario,
en la proclama redactada en nombre de los tres
cónsules-. La
moderación es la base de la moral y la
primera virtud del hombre. Sin ella, el hombre
no es más que un animal feroz. Sin ella
puede existir, desde luego, una facción,
pero jamás un Gobierno estable »
(14).
Y más tarde dirá en el Consejo de
Estado: « A esa
tenebrosa metafísica que, al rebuscar sutilmente
las causas primeras, quiere asentar sobre esa
base la legislación de los pueblos, en
lugar de adecuar las leyes al conocimiento del
corazón humano y a las lecciones de la
Historia, es a la que hay que atribuir todas las
calamidades por las que ha pasado nuestra hermosa
Francia » (15).
La « tenebrosa metafísica »
es la ideología de los jacobinos,
los revolucionarios extremados; a ellos es a quien
opone la « divina medida », el mezzo
termine.
Del muerto conocimiento - olvido hacia el vivo
conocimiento - recuerdo, del intelecto hacia la
intuición; tal es el camino de Bonaparte,
el camino del Código. « Su
objeto - el que la Revolución
no ha alcanzado - consiste
en establecer, consagrar por fin el imperio de
la razón y el pleno ejercicio, el goce
íntegro de todas las facultades humanas
» (16). No el imperio de la
razón abstracta, mecánica, sino
el del Logos vivo, orgánico.
El Código
de Napoleón « lleva, cuando menos,
no obstante sus imperfecciones y lagunas, a la
máxima suma de equidad y de razón
que hasta entonces hubiesen puesto nunca en las
leyes los hombres. Al consagrar la igualdad de
los franceses ante la ley, la liberación
de la tierra, la libertad civil, el pleno efecto
jurídico de la voluntad humana, codifica
en este sentido la Revolución... En él,
la ardiente materia se concreta en forma sólida,
indestructible; gracias a él, la Revolución,
en esta parte, se trueca en bronce y granito...
En todo hay un término medio, una “obra
de justo medio jurídico”, como se
ha definido perfectamente. Las clases e intereses
diversos hallan en él, en más o
menos grado, su satisfacción. Es esencialmente
democrático cuando garantiza a todo el
mundo contra la vuelta de los privilegios feudales;
es en muchos puntos un código burgués,
hecho para la clase media que había iniciado
la Revolución y había acabado por
volverse atrás de ella » (17).
Más tarde, « bajo Napoleón,
que estaba en guerra con medio mundo, la
igualdad ante la ley, la imparcialidad en la administración
de justicia y la reparación de los daños
causados por individuos o por las autoridades
han sido más reales, inclusive, que en
tiempos de paz con los gobiernos siguientes
» (18).
« Las naciones lo adoptaron porque les
traía la Revolución en lo que ésta
tenía de apreciable y tangible para la
mayoría de los humanos: el progreso sin
la subversión, el progreso horro de los
rigores y exageraciones de la teoría. El
Código triunfó y perduró
precisamente por lo que le faltaba de trascendente.
» El Código es la adaptación
del espíritu del Imperio romano a la Europa
contemporánea. « Napoleón,
como Roma al perder el imperio de los pueblos,
dejó a éstos sus leyes
» (19).
« He
consagrado la Revolución, la he infundido
en nuestras leyes », decía
seis meses antes de su muerte; y más tarde,
la víspera de morir, ya con los sufrimientos
de la agonía, en el delirio, repetía:
« He sancionado
todos los principios; los he infundido en mis
leyes, en mis actos; ni uno solo de ellos hay
que no haya consagrado » (20).
Dijérase como que quiere justificarse de
un crimen terrible que pesa sobre toda su vida.
¿No será del que le acusan los jacobinos:
de haber hecho algo peor que dar muerte a la Revolución,
su madre, de haberla mancillado? El Código
es el infame lecho del incesto en que el hijo
se unió a su madre, Napoleón a la
Revolución. Pero los jacobinos no ven lo
esencial: el misterio divino en la tragedia humana;
lo que pierde a Edipo-Napoleón constituye
la salvación de los hombres: el fruto del
incesto es un nuevo eón, el « siglo
de oro ».
« Es imposible, cuando no lo ha visto
uno antes y después del 18 de brumario,
figurarse hasta dónde habían llegado
las devastaciones de la Revolución
» (21).
Lo cual quiere decir: quien no lo ha visto, ni
siquiera puede figurarse lo que por Francia ha
hecho Bonaparte.
El erario estaba vacío (al advenimiento
del Primer Cónsul, no quedaba en el Tesoro
– literalmente – con qué comprar
un pollo); a los soldados no se les pagaba, andaban
mal alimentados, sin ropa; todos los caminos estaban
destruidos, no había manera de pasar un
puente sin exponerse a verlo hundido; los ríos
y los canales habían dejado de ser navegables;
los edificios públicos y los monumentos
se caían a pedazos; las iglesias estaban
cerradas, mudas las campanas, abandonados los
campos; por todas partes bandolerismo, miseria,
hambre (22). Todo esto antes del 18 de brumario;
después « el Estado salió
del caos » (23). « Todo se
emprendió a la vez, todo anduvo con igual
rapidez »: la legislación, la
administración, la Hacienda, el comercio,
los medios de comunicación, el ejército,
la flota, la agrio cultura, la industria, las
ciencias, las artes, todo nace, todo prospera
súbitamente, como por obra de magia (24).
 |
| Alegoría
«
a
la gloria del
Primer Cónsul, llevado sobre
el pavés »,
atribuida a Guillaume Boichot. |
|
« Más
saber hay en esa cabeza y más grandes obras
juntas en dos años de su vida que en toda
una dinastía de reyes de Francia »,
decía de Bonaparte el consejero de Estado
Roederer (25). « Pronto
hará un año que gobierno
- dice el propio Bonaparte. He
cerrado el Picadero (guarida de los
jacobinos), he rechazado
¡al enemigo, he puesto orden en la Hacienda,
lo he restablecido en la administración
y no he derramado ni una gota de sangre
» (26).
Y más tarde, cuando derrame sangre, siempre
tendrá presente que la gloria de la paz
es más grande que la gloria de la guerra.
« Me aflige
este modo de vivir que, arrastrándome a
los campos (de batalla),
a las expediciones,
desvía mis miradas del objeto primero de
mis cuidados: una buena y sólida organización
de lo referente a los bancos, a las manufacturas
y al comercio », escribe
al ministro de Hacienda en 1805 (27).
Desde la campaña de Italia, a pesar de
que, según la expresión de Talleyrand,
este « sublime Ossian parece desprenderse
de la tierra » (28), Bonaparte no ignora
que se está pagando la carne a diez sueldos
a los abastecedores, cuando no cuesta más
que cinco sueldos en los mercados (29). El mismo
dios Demiurgo anima soles y átomos.
Como por milagro, todos los tejidos vivos del
país renacen, todas las heridas se cierran.
« Un tibio bienestar, una, sensación
de renuevo, la dulzura de revivir, la sensación
de estar curándose penetran en la Francia
convaleciente »; Y el médico
es Bonaparte (30).
« El efecto de esta revolución
(la, del 18 de brumario) sobre la opinión
pública fue enorme; resultó de ella
una gran confianza en lo porvenir, una esperanza
sin limites... », dice un contemporáneo
(31). « Francia salía de ella
con una felicidad que excedía de cuanto
las imaginaciones más dispuestas a lisonjearse
hubieran podido concebir nunca », dice
otro (32). Era la ventura del « siglo de
oro ».
Corso de lisos
cabellos,
¡Oh, qué hermosa era tu Francia bajo
el gran sol de Messidor!
« Todo
ha cambiado de tal suerte que parece como si los
acontecimientos revolucionarios hubieran ocurrido
hace más de veinte años; sus huellas
se borran día a día »,
anota en su diario un prefecto. « Se
ve a las almas recobrar su serenidad, los corazones
se abren a la esperanza, aprenden de nuevo a amar.
» « El pueblo ya no recuerda más
que dos fechas de la Revolución: el 14
de julio y el 18 de brumario. Las intermedias
se han borrado » (33). Las ha borrado
el « Sol de Messidor », la felicidad
del « siglo de oro ».
Desterrado
está el siglo de hierro, pronto apuntará
la edad de oro.
Niño, la tierra te ofrecerá
las primicias de su seno virgíneo,
la vagabunda hiedra, el acanto y las salvajes
flores de los campos;
la dócil cabra volverá al
establo con las ubres henchidas,
ya no tendrán que temer los rebaños
el ataque de los poderosos leones,
y tu cuna se amará espontáneamente
con las flores más hermosas.
Morirán las serpientes y las hierbas
ponzoñosas se agostarán,
mas se verán crecer por doquier bosquecillos
de balsámicos árboles.
La mies de tiernas espigas esparcirá
su oro por nuestras llanuras,
los purpúreos pámpanos de
la vid enrojecerán los incultos zarzales,
,
y la miel, como un rocío, manará
de la ruda encina.
Ya llega ese siglo; bien pronto ascenderás
a los sumos honores,
¡oh, retoño amado de los dioses,
sublime hijo de Júpiter!,
mira el mundo cómo tiembla ya con
todo su peso en tomo a su eje.
Mira: las tierras, los vastos mares, el
cielo y sus profundas bóvedas,
¡Todo se ha estremecido de júbilo
con la esperanza del siglo que llega!
(34). |
Desde el siglo
de Augusto - el siglo de Jesucristo - jamás
habían creído tanto, acaso, los
hombres en el advenimiento de la edad de oro como
en estos últimos años del Consulado.
NOTAS:
(1) Taine, Les
origines de la France contemporaine, IX,
« Le régime moderne ». París,
Hachette, página. 105.
(2) Pasquier, Mémoires, 1, páginas
160-161. (3) J. Bertaut, página 158.
(4) Pasquier, 1, página 150.
(5) Thiébault, Mémoires,
111, página 274.
(6) Lacour-Gayet, Napoléon, sa vie,
son oeuvre, son temps, París, Hachette,
página 114.
(7) Lacour-Gayet, página 113.
(8) Lacour-Gayet, página 455.
(9) Lacour-Gayet, página 120.
(10) Antommarchi, Les derniers momens de Napoléon,
París, Armand Colin, 1, página 290.
(11) Vandal, L’avènement de Bonaparte,
11. página 505.
(12) Lacour-Gayet. página 119.
(13) Marmont, 11, página 203.
(14) Vandal. 1, página 542.
(15) Pasquier, 11, página. 47.
(16) Conde de Las Cases, Mémorial de
Sainte-Hélène, París,
Garnier, 11, página 245.
(17) Vandal, 11, páginas 485-486.
(18) Lord Holland, Souvenirs, París,
Firmin Didot, 1862, página 199.
(19) Vandal, 11, página 486.
(20) Antommarchi, 1, página 290; 11, página
107.
(21) Pasquier, 1, página 162.
(22) Memorial, 111, página 6; Pasquier,
l. página 163.
(23) Marmont, 11, página 106.
(24) Pasquier, 1, página 163.
(25) Roederer, Journal, París,
Dragon, 1909, página 93.
(26) Roederer, página 22.
(27) Lacour-Gayet, página 47.
(28) Arthur-Lévy, Napoléon intime,
París, Nelson, página 496.
(29) Arthur-Lévy, página 482.
(30) Vandal, 11, página 506.
(31) Marmont, 11, página 100.
(32) Pasquier, 1, página 161.
(33) Vandal, 11. página 504.
(34) Virgilio, égloga IV.