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| El
Pasado, el Presente y el Porvenir,
o Los Tres Estados sucesivos de la Inglaterra
otrora opulenta y próspera, ahora
arruinada por sus armamentos, mañana
reducida por el bloqueo a la miseria
y a la inopia. Serie de caricaturas
de la época del Imperio. |
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¿Qué
vale más para un pueblo: inmolar para sí
al mundo o inmolarse al mundo, mantenerse en sí
mismo o salir de sí? Cuestión es
ésta que siguen tratando de resolver, sin
haberlo conseguido aún, los destinos históricos
de los pueblos. Desde este punto de vista, el
duelo entre Inglaterra y Francia, entre la existencia
nacional y la existencia universal, dura todavía.
| El
extracto que proponemos a continuación
proviene del extraordinario libro del
ruso Dimitri Merejkovsky Vida
de Napoleón; se
trata del primer capítulo (integral)
de la cuarta parte de
dicha obra, La
Tarde. Este texto pertenece a la
edición en castellano de la casa
editorial Espasa-Calpe, colección
“Austral”, Madrid, 1938.
Traducción de José María
Quiroga Plá. Existen muy numerosas
reediciones. |
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EL DUELO
CON INGLATERRA (1808)
«Inglaterra
espera que cada cual cumplirá con su deber».
Esta señal, sencilla y grandiosa, digna
de un gran pueblo, fue izada en el mástil
de la fragata Victory por el almirante
Nelson, en el momento de la batalla de Trafalgar,
dada en aguas españolas, cerca de Cádiz,
el 21 de octubre de 1805, al día siguiente
de la capitulación de Ulm, la primera de
las victorias universales de Napoleón (1).
Nelson «cumplió con su deber»,
cayó en el combate; pero al morir, tuvo
la dicha de verse vencedor. La flota franco-española
fue aniquilada por la flota inglesa, y esa victoria
dio testimonio definitivo, a la faz del más
temible enemigo de Inglaterra, de que era a ésta
a quien pertenecía el imperio del mundo.
«Las tormentas
nos han hecho perder unos cuantos barcos, tras
un combate imprudentemente entablado», dirá
Napoleón, poniendo a mal tiempo buena cara
(2); pero no engañará a nadie: su
flota está hecha polvo, y todas sus victorias
en el continente -Marengo, Ulm, Austerlitz, Jena,
Friedland- son vanas. Lo mismo que en otro tiempo
en Egipto, después de Abukir, se encuentra,
después de Trafalgar, cogido en Europa
como un ratón en una ratonera.
¿Para qué atravesar y conquistar
toda Europa y todo el Asia hasta la India? El
continente sin el mar es para él una tumba
en la que está enterrado en vida, o una
cárcel eterna.
El bloqueo continental
declarado por el decreto de Berlín del
21 de noviembre de 1806 es la respuesta a Trafalgar.
Todos los puertos europeos quedan cerrados para
la flota inglesa; todos los barcos ingleses son
embargados; todas las mercancías confisca
como botín de guerra; los súbditos
ingleses son detenidos como prisioneros; hasta
las relaciones postales se interrumpen. La finalidad
del bloqueo es hacer que Inglaterra se ahogue
merced a la superproducción de mercancías
que ya no encuentran salida a los mercados exteriores,
hacerla morir de plétora, «como una
persona de temperamento sanguíneo se muere
de un derrame». Hay que «poner a esos
enemigos de las naciones fuera del derecho común»,
dice el Moniteur. «Es una guerra
a muerte.»
Se ha pretendido
que, de haber seguido adelante el bloqueo, no
hubiera sido Inglaterra, sino Europa la que se
hubiera ahogado tras la gigantesca muralla de
la China que se extendía desde Arkángel
a Constantinopla (...) el plan no podía
dar resultado sino en el caso imposible de que
todas las potencias de Europa hubiesen podido
entrar lealmente en sus combinaciones. Un solo
puerto que quedase libre lo echaba a perder todo»
(3). Por otra parte, el Gobierno francés
era el primero en abrir brecha en este cerco del
continente entero, al conceder licencia
para aquellos productos que necesitaba.
(...) Todas estas
objeciones no hacen más que indicar las
dificultades y peligros del bloqueo. Pero peligro
y dificultad no son imposi¬bilidad, sobre
todo para Napoleón. «Lo imposible
no es más que el espantajo de los tímidos
y el refugio de los flojos» (4).
No hay que olvidar que, en el duelo con Inglaterra,
su plan estratégico no fue ejecutado sino
en muy escasa medida, y que no es culpa suya si
la parte principal de ese plan -la conquista de
la cuenca mediterránea como base de operaciones
contra los ingleses- quedó sin realizar.
Si el plan se hubiera llevado a cabo íntegramente,
el águila napoleónica habría
cubierto toda Europa con la sombra de sus alas:
la izquierda en Gibraltar, la derecha en Constantinopla.
Todos los pueblos europeos se hubieran lanzado
como otros tantos cuerpos de un mismo ejército
a un su¬premo asalto contra el poderío
británico (5). Y tras Europa Asia; toda
la tierra firme se habría volcado sobre
el mar.
Parece que haya llegado a comunicar ese plan,
a lo menos en parte, a Alejandro, cuando todavía
duraba la luna de miel de Tilsitt. Una carta de
Napoleón, fechada el 2 de febrero de 1806
deja adivinar de qué hablaban entonces
en voz baja, como dos enamorados.
«Un ejército
de 150.000 hombres, ruso, francés, acaso
un poco, inclusive, austriaco, que se dirigiera
al Asia por Constantinopla, no bien hubiese llegado
al Éufrates haría temblar a Inglaterra
y la pondría a los pies del continente.
Yo puedo hacerlo desde Dalmacia; Vuestra Majestad,
desde el Danubio. Un mes después de que
nos hubiésemos concertado, el ejército
podría estar en el Bósforo. El golpe
repercutiría en las Indias, e Inglaterra
seria sometida...» «Nuestra estrecha
amistad -decía también- ha situado
al universo en una posición nueva. Vuestra
Majestad y yo habríamos preferido las dulzuras
de la paz y pasamos la vida en medio de nuestros
vastos imperios, ocupados en vivificarlos y hacerlos
felices... Los enemigos del mundo (los ingleses)
no quieren que sea así. Tenemos que ser
más grandes, a pesar nuestro.» (6).
|
William
Pitt «
el
Joven
»
El carnicero de Europa |
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(...) Paralelamente
a la expedición de las Indias proyecta
Napoleón una expedición a Egipto,
con miras a alzar a la vez los tres continentes
-Europa, Asia y África-. «Ante nuestros
puertos del mar del Norte y del Adriático
se presentarán al mismo tiempo flotas y
flotillas, y ejecutarán una serie de demostraciones;
Irlanda, trabajada por nuestros agentes, se agitará,
Y ágiles cruceros, deslizándose
por todos los mares, irán a llevar por
doquiera el terror a las posesiones enemigas.
Entonces Inglaterra, aturdida por tanto choque,
sin saber a cuál responder, agotándose
en estériles esfuerzos, se tambaleará
perdida, en medio de ese “torbellino del
mundo”; acabadas sus fuerzas y, sobre todo,
su valor, cesará de oponerse a los destinos
de Francia, reconocerá a su vencedor y
la paz definitiva surgirá
de ese definitivo derrumbamiento» (7).
«El torbellino
del mundo» es la revolución universal
llevada a cabo por Napoleón; y la «paz
definitiva» es la paz del mundo, el reino
de Dios, adveniat regnum tuum, que dice
el Evangelio, o el «paraíso terrenal»,
«la edad de oro», redeunt Saturnia
regna, según la profecía mesiánica
de Virgilio.
«El emperador
está loco, loco de remate, y nos va a hacer
andar a todos de cabeza, y todo esto va a acabar
en una catástrofe espantosa», dice
el ministro de Marina, Decrès (8). Quizá,
al leer la carta de Napoleón, sintiera
Alejandro parecida impresión, añadiendo
a este espanto europeo, político, un temor
ruso, místico: «Napoleón
es el Anticristo.»
«La aspiración
al dominio universal es cosa que lleva en su misma
naturaleza; puede ser modificada, contenida, pero
jamás se conseguiría ahogarla»,
dice Metternich. «Mi apreciación
en cuanto al fondo de los proyectos y planes de
Napoleón, no ha variado nunca. La monstruosa
finalidad que consiste en sojuzgar todo el continente
al dominio de uno solo, ha sido y sigue siendo
su mira» (9).
¿Es realmente
así? ¿Está realmente loco
Napoleón? En todo caso no más que
la Revolución y que toda la civilización
europea, lava enfriada, volcán apagado
de la Revolución. De ella heredó
el duelo de Francia con Inglaterra por el imperio
del mundo; de ella, asimismo, recibe el arma del
duelo, el bloqueo continental. El principio de
ese bloqueo fue adoptado, en efecto, desde 1795,
por el Comité de Salud Pública (10).
Napoleón
sabe perfectamente contra quién lucha.
Su primera herida, en el sitio de Tolón,
se la hizo una bayoneta inglesa; la última
-Waterloo, Santa Elena- habrá de recibirla
de Inglaterra, asimismo.
Pero eso no le impide reconocer la fuerza y la
grandeza de sus enemigos: «Los ingleses
son, en realidad, gente de un temple superior
al nuestro... Si llego a haber tenido un ejército
inglés hubiera conquistado el mundo; habría
dado la vuelta a éste sin que el ejército
se desmoralizase. De haber sido el hombre escogido
por los ingleses, como fui el hombre escogido
por los franceses, en 1815, hubiera podido perder
diez batallas de Waterloo antes de haber perdido
un voto en la Legislatura o un soldado de mis
filas. Habría acabado por ganar la partida»
(11).
Pero el toque
está, precisamente, en que no podía
ser el hombre escogido por Inglaterra, ser nacional;
sólo podía serio de Francia, Ser
universal. «Inglaterra confía
en que cada cual cumplirá con su deber.»
Francia está convencida de que cada cual
morirá por su honor. ¿Qué
es más grande, el deber o el honor? ¿El
deber para con la patria o el honor ante el mundo?
¿Qué vale más para un pueblo:
inmolar a sí el mundo o inmolarse al mundo,
mantenerse en sí mismo o salir de sí?
Cuestión es ésta que siguen tratando
de resolver, sin haberlo conseguido aún,
los destinos históricos de los pueblos.
Desde este punto de vista, el duelo entre
Inglaterra y Francia, entre la existencia nacional
y la existencia universal, dura todavía.
Inglaterra, una
isla, limitada en sí misma, en sí
misma concentrada, sigue encerrada en sí
misma; la Francia revolucionaria, y luego la Francia
imperial, no cesa de rebasar sus propios limites,
de salir de sí misma, de aspirar a la universalidad.
Acaso no haya nadie que tenga tanto amor a la
libertad como los ingleses; pero a la
libertad sólo para ellos. Inglaterra
es el más liberal y el más conservador,
el menos revolucionario de todos los Estados europeos.
Ha hecho su propia revolución nacional
muy pronto, y la revolución universal es
la cosa que más sin cuidado le trae. «Yo
soy la Revolución» (12), dice Napoleón,
y lo repetirá en una fórmula todavía
más incisiva, más revolucionaria:
«El Imperio es la Revolución»
(13). «Yo soy la Reacción; Inglaterra
es la Reacción», hubiera podido declarar
ante la Revolución francesa, universal,
cada inglés, desde el primer lord del Almirantazgo
hasta el último ciudadano de la City.
Pero resulta que se produjo un enorme
equívoco: «Inglaterra pasó
a ser el hogar de la libertad», su baluarte
contra Napoleón, el subyugador.
«La buena suerte de las naciones ha querido
que se hallase defendido por una barrera que no
han podido cruzar las armas de Bonaparte. Unas
cuantas leguas de mar han protegido a la civilización
del. mundo» (14). Que se haya creído
semejante cosa en el salón de madame de
Rémusat, no tiene nada de extraño;
lo que ya es más asombroso es que
el mundo entero lo haya creído
y que parezca creerlo todavía.
Napoleón,
el «déspota monstruoso» está
detrás de Francia; pero ¿quién
está detrás de Inglaterra? Lord
Pitt, el Parlamento, la City, business,
y acaso, también, los bergantes, la plutocracia,
¿Qué es más terrible: un
solo «déspota» grande, un «Robespierre
a caballo», o un millón de bergantes
ramplones?
Todo se trastrocó,
como si el diablo hubiese embarullado las cartas
de aquel juego de tramposos. Francia -la Revolución-
se convirtió en la Reacción; Inglaterra
-la Reacción- pasó a ser la Revolución;
la libertad se trocó en esclavitud,
y la esclavitud en libertad; el pasado
se hizo porvenir; el porvenir, pasado. Hubiérase
dicho, en verdad, que toda la tierra firme se
habla volcado sobre el mar, y que ya no había
ni mar ni tierra, que había venido un nuevo
diluvio y que ahora imperaba el caos –el
caos en los espíritus, solamente, ya que
en realidad todo persevera o quiere perseverar
en su ser de antes-. Pero no es posible; el caos
de los espíritus engendra el caos de las
cosas. Ya hemos visto su primer brote: la guerra
universal; acaso veamos también el segundo:
la revolución universal. Contra ese caos
inminente es contra lo que lucha Napoleón,
y es ese caos el que le vence...
Notas:
(1) Lacour-Gayet,
Napoléon, sa vie, son œuvre, son
temps (“Napoleón, su vida, su
obra, su tiempo”) Paris, Hachette, página
239.
(2) Lacour-Gayet, página 240.
(3) Bourrienne, Mémoires (“Memorias”)
IV, páginas 166-171.
(4) Houssaye, 1815, I, página
616.
(5) Vandal, Napoléon et Alexandre I,
I, página 260.
(6) Vandal, L’Avènement de Bonaparte
(“El advenimiento de Bonaparte”) I,
páginas 242-243.
(7) Vandal, I, página 263.
(8) Marmont, Mémoires (“Memorias”)
III, página 337.
(9) Taine, Les origines de la France contemporaine
(“Los orígenes de la Francia contemporánea”)
página 124; Metternich, Mémoires
(“Memorias”), II, páginas 378-404.
(10) Vandal, II, página 440.
(11) Gourgaud, Journal inédit
(“Diario inédito”), París,
E. Flammarion, I, página 33, nota.
(12) Mme. de Rémusat, Mémoires
(“Memorias”) I, página 338.
(13) Houssaye, 1815, I, página
512.
(14) Mme. de Rémusat, III, página
221.