Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.

EL DUELO CON INGLATERRA

El Pasado, el Presente y el Porvenir, o Los Tres Estados sucesivos de la Inglaterra otrora opulenta y próspera, ahora arruinada por sus armamentos, mañana reducida por el bloqueo a la miseria y a la inopia. Serie de caricaturas de la época del Imperio.

Por

Dimitri Merejkovski
(1866-1941)

El Sr. Jean-Claude Damamme, Miembro de Honor del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia.
D. Merejkovski 
Instituto Napoleónico México-Francia ©.
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
El extracto que proponemos a continuación proviene del extraordinario libro del ruso Dimitri Merejkovsky Vida de Napoleón; se trata del primer capítulo (integral) de la cuarta parte de dicha obra, La Tarde. Este texto pertenece a la edición en castellano de la casa editorial Espasa-Calpe, colección “Austral”, Madrid, 1938. Traducción de José María Quiroga Plá. Existen muy numerosas reediciones.

 

EL DUELO CON INGLATERRA (1808)

¿Qué vale más para un pueblo: inmolar para sí al mundo o inmolarse al mundo, mantenerse en sí mismo o salir de sí? Cuestión es ésta que siguen tratando de resolver, sin haberlo conseguido aún, los destinos históricos de los pueblos. Desde este punto de vista, el duelo entre Inglaterra y Francia, entre la existencia nacional y la existencia universal, dura todavía.

«Inglaterra espera que cada cual cumplirá con su deber». Esta señal, sencilla y grandiosa, digna de un gran pueblo, fue izada en el mástil de la fragata Victory por el almirante Nelson, en el momento de la batalla de Trafalgar, dada en aguas españolas, cerca de Cádiz, el 21 de octubre de 1805, al día siguiente de la capitulación de Ulm, la primera de las victorias universales de Napoleón (1). Nelson «cumplió con su deber», cayó en el combate; pero al morir, tuvo la dicha de verse vencedor. La flota franco-española fue aniquilada por la flota inglesa, y esa victoria dio testimonio definitivo, a la faz del más temible enemigo de Inglaterra, de que era a ésta a quien pertenecía el imperio del mundo.

«Las tormentas nos han hecho perder unos cuantos barcos, tras un combate imprudentemente entablado», dirá Napoleón, poniendo a mal tiempo buena cara (2); pero no engañará a nadie: su flota está hecha polvo, y todas sus victorias en el continente -Marengo, Ulm, Austerlitz, Jena, Friedland- son vanas. Lo mismo que en otro tiempo en Egipto, después de Abukir, se encuentra, después de Trafalgar, cogido en Europa como un ratón en una ratonera.
¿Para qué atravesar y conquistar toda Europa y todo el Asia hasta la India? El continente sin el mar es para él una tumba en la que está enterrado en vida, o una cárcel eterna.

El bloqueo continental declarado por el decreto de Berlín del 21 de noviembre de 1806 es la respuesta a Trafalgar. Todos los puertos europeos quedan cerrados para la flota inglesa; todos los barcos ingleses son embargados; todas las mercancías confisca como botín de guerra; los súbditos ingleses son detenidos como prisioneros; hasta las relaciones postales se interrumpen. La finalidad del bloqueo es hacer que Inglaterra se ahogue merced a la superproducción de mercancías que ya no encuentran salida a los mercados exteriores, hacerla morir de plétora, «como una persona de temperamento sanguíneo se muere de un derrame». Hay que «poner a esos enemigos de las naciones fuera del derecho común», dice el Moniteur. «Es una guerra a muerte.»

Se ha pretendido que, de haber seguido adelante el bloqueo, no hubiera sido Inglaterra, sino Europa la que se hubiera ahogado tras la gigantesca muralla de la China que se extendía desde Arkángel a Constantinopla (...) el plan no podía dar resultado sino en el caso imposible de que todas las potencias de Europa hubiesen podido entrar lealmente en sus combinaciones. Un solo puerto que quedase libre lo echaba a perder todo» (3). Por otra parte, el Gobierno francés era el primero en abrir brecha en este cerco del continente entero, al conceder licencia para aquellos productos que necesitaba.

(...) Todas estas objeciones no hacen más que indicar las dificultades y peligros del bloqueo. Pero peligro y dificultad no son imposi¬bilidad, sobre todo para Napoleón. «Lo imposible no es más que el espantajo de los tímidos y el refugio de los flojos» (4).
No hay que olvidar que, en el duelo con Inglaterra, su plan estratégico no fue ejecutado sino en muy escasa medida, y que no es culpa suya si la parte principal de ese plan -la conquista de la cuenca mediterránea como base de operaciones contra los ingleses- quedó sin realizar. Si el plan se hubiera llevado a cabo íntegramente, el águila napoleónica habría cubierto toda Europa con la sombra de sus alas: la izquierda en Gibraltar, la derecha en Constantinopla. Todos los pueblos europeos se hubieran lanzado como otros tantos cuerpos de un mismo ejército a un su¬premo asalto contra el poderío británico (5). Y tras Europa Asia; toda la tierra firme se habría volcado sobre el mar.
Parece que haya llegado a comunicar ese plan, a lo menos en parte, a Alejandro, cuando todavía duraba la luna de miel de Tilsitt. Una carta de Napoleón, fechada el 2 de febrero de 1806 deja adivinar de qué hablaban entonces en voz baja, como dos enamorados.

«Un ejército de 150.000 hombres, ruso, francés, acaso un poco, inclusive, austriaco, que se dirigiera al Asia por Constantinopla, no bien hubiese llegado al Éufrates haría temblar a Inglaterra y la pondría a los pies del continente. Yo puedo hacerlo desde Dalmacia; Vuestra Majestad, desde el Danubio. Un mes después de que nos hubiésemos concertado, el ejército podría estar en el Bósforo. El golpe repercutiría en las Indias, e Inglaterra seria sometida...» «Nuestra estrecha amistad -decía también- ha situado al universo en una posición nueva. Vuestra Majestad y yo habríamos preferido las dulzuras de la paz y pasamos la vida en medio de nuestros vastos imperios, ocupados en vivificarlos y hacerlos felices... Los enemigos del mundo (los ingleses) no quieren que sea así. Tenemos que ser más grandes, a pesar nuestro.» (6).

Leer el Epitafio de William Pitt por Napoleón.
William Pitt « el Joven »
El carnicero de Europa

(...) Paralelamente a la expedición de las Indias proyecta Napoleón una expedición a Egipto, con miras a alzar a la vez los tres continentes -Europa, Asia y África-. «Ante nuestros puertos del mar del Norte y del Adriático se presentarán al mismo tiempo flotas y flotillas, y ejecutarán una serie de demostraciones; Irlanda, trabajada por nuestros agentes, se agitará, Y ágiles cruceros, deslizándose por todos los mares, irán a llevar por doquiera el terror a las posesiones enemigas. Entonces Inglaterra, aturdida por tanto choque, sin saber a cuál responder, agotándose en estériles esfuerzos, se tambaleará perdida, en medio de ese “torbellino del mundo”; acabadas sus fuerzas y, sobre todo, su valor, cesará de oponerse a los destinos de Francia, reconocerá a su vencedor y la paz definitiva surgirá de ese definitivo derrumbamiento» (7).

«El torbellino del mundo» es la revolución universal llevada a cabo por Napoleón; y la «paz definitiva» es la paz del mundo, el reino de Dios, adveniat regnum tuum, que dice el Evangelio, o el «paraíso terrenal», «la edad de oro», redeunt Saturnia regna, según la profecía mesiánica de Virgilio.

«El emperador está loco, loco de remate, y nos va a hacer andar a todos de cabeza, y todo esto va a acabar en una catástrofe espantosa», dice el ministro de Marina, Decrès (8). Quizá, al leer la carta de Napoleón, sintiera Alejandro parecida impresión, añadiendo a este espanto europeo, político, un temor ruso, místico: «Napoleón es el Anticristo

«La aspiración al dominio universal es cosa que lleva en su misma naturaleza; puede ser modificada, contenida, pero jamás se conseguiría ahogarla», dice Metternich. «Mi apreciación en cuanto al fondo de los proyectos y planes de Napoleón, no ha variado nunca. La monstruosa finalidad que consiste en sojuzgar todo el continente al dominio de uno solo, ha sido y sigue siendo su mira» (9).

¿Es realmente así? ¿Está realmente loco Napoleón? En todo caso no más que la Revolución y que toda la civilización europea, lava enfriada, volcán apagado de la Revolución. De ella heredó el duelo de Francia con Inglaterra por el imperio del mundo; de ella, asimismo, recibe el arma del duelo, el bloqueo continental. El principio de ese bloqueo fue adoptado, en efecto, desde 1795, por el Comité de Salud Pública (10).

Napoleón sabe perfectamente contra quién lucha. Su primera herida, en el sitio de Tolón, se la hizo una bayoneta inglesa; la última -Waterloo, Santa Elena- habrá de recibirla de Inglaterra, asimismo.
Pero eso no le impide reconocer la fuerza y la grandeza de sus enemigos: «Los ingleses son, en realidad, gente de un temple superior al nuestro... Si llego a haber tenido un ejército inglés hubiera conquistado el mundo; habría dado la vuelta a éste sin que el ejército se desmoralizase. De haber sido el hombre escogido por los ingleses, como fui el hombre escogido por los franceses, en 1815, hubiera podido perder diez batallas de Waterloo antes de haber perdido un voto en la Legislatura o un soldado de mis filas. Habría acabado por ganar la partida» (11).

Pero el toque está, precisamente, en que no podía ser el hombre escogido por Inglaterra, ser nacional; sólo podía serio de Francia, Ser universal. «Inglaterra confía en que cada cual cumplirá con su deber.» Francia está convencida de que cada cual morirá por su honor. ¿Qué es más grande, el deber o el honor? ¿El deber para con la patria o el honor ante el mundo? ¿Qué vale más para un pueblo: inmolar a sí el mundo o inmolarse al mundo, mantenerse en sí mismo o salir de sí? Cuestión es ésta que siguen tratando de resolver, sin haberlo conseguido aún, los destinos históricos de los pueblos. Desde este punto de vista, el duelo entre Inglaterra y Francia, entre la existencia nacional y la existencia universal, dura todavía.

Inglaterra, una isla, limitada en sí misma, en sí misma concentrada, sigue encerrada en sí misma; la Francia revolucionaria, y luego la Francia imperial, no cesa de rebasar sus propios limites, de salir de sí misma, de aspirar a la universalidad. Acaso no haya nadie que tenga tanto amor a la libertad como los ingleses; pero a la libertad sólo para ellos. Inglaterra es el más liberal y el más conservador, el menos revolucionario de todos los Estados europeos. Ha hecho su propia revolución nacional muy pronto, y la revolución universal es la cosa que más sin cuidado le trae. «Yo soy la Revolución» (12), dice Napoleón, y lo repetirá en una fórmula todavía más incisiva, más revolucionaria: «El Imperio es la Revolución» (13). «Yo soy la Reacción; Inglaterra es la Reacción», hubiera podido declarar ante la Revolución francesa, universal, cada inglés, desde el primer lord del Almirantazgo hasta el último ciudadano de la City.
Pero resulta que se produjo un enorme equívoco: «Inglaterra pasó a ser el hogar de la libertad», su baluarte contra Napoleón, el subyugador. «La buena suerte de las naciones ha querido que se hallase defendido por una barrera que no han podido cruzar las armas de Bonaparte. Unas cuantas leguas de mar han protegido a la civilización del. mundo» (14). Que se haya creído semejante cosa en el salón de madame de Rémusat, no tiene nada de extraño; lo que ya es más asombroso es que el mundo entero lo haya creído y que parezca creerlo todavía.

Napoleón, el «déspota monstruoso» está detrás de Francia; pero ¿quién está detrás de Inglaterra? Lord Pitt, el Parlamento, la City, business, y acaso, también, los bergantes, la plutocracia, ¿Qué es más terrible: un solo «déspota» grande, un «Robespierre a caballo», o un millón de bergantes ramplones?

Todo se trastrocó, como si el diablo hubiese embarullado las cartas de aquel juego de tramposos. Francia –la Revolución– se convirtió en la Reacción; Inglaterra –la Reacción– pasó a ser la Revolución; la libertad se trocó en esclavitud, y la esclavitud en libertad; el pasado se hizo porvenir; el porvenir, pasado. Hubiérase dicho, en verdad, que toda la tierra firme se habla volcado sobre el mar, y que ya no había ni mar ni tierra, que había venido un nuevo diluvio y que ahora imperaba el caos –el caos en los espíritus, solamente, ya que en realidad todo persevera o quiere perseverar en su ser de antes-. Pero no es posible; el caos de los espíritus engendra el caos de las cosas. Ya hemos visto su primer brote: la guerra universal; acaso veamos también el segundo: la revolución universal. Contra ese caos inminente es contra lo que lucha Napoleón, y es ese caos el que le vence...

Notas:

(1) Lacour-Gayet, Napoléon, sa vie, son œuvre, son temps (“Napoleón, su vida, su obra, su tiempo”) Paris, Hachette, página 239.
(2) Lacour-Gayet, página 240.
(3) Bourrienne, Mémoires (“Memorias”) IV, páginas 166-171.
(4) Houssaye, 1815, I, página 616.
(5) Vandal, Napoléon et Alexandre I, I, página 260.
(6) Vandal, L’Avènement de Bonaparte (“El advenimiento de Bonaparte”) I, páginas 242-243.
(7) Vandal, I, página 263.
(8) Marmont, Mémoires (“Memorias”) III, página 337.
(9) Taine, Les origines de la France contemporaine (“Los orígenes de la Francia contemporánea”) página 124; Metternich, Mémoires (“Memorias”), II, páginas 378-404.
(10) Vandal, II, página 440.
(11) Gourgaud, Journal inédit (“Diario inédito”), París, E. Flammarion, I, página 33, nota.
(12) Mme. de Rémusat, Mémoires (“Memorias”) I, página 338.
(13) Houssaye, 1815, I, página 512.
(14) Mme. de Rémusat, III, página 221.