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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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LA
MÚSICA DURANTE EL IMPERIO |
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| El
triunfo de Trajano |
Con
música de Lesueur,
fue representado por
primera vez el 23
de octubre de 1807.
Los decorados se inspiraban
en los monumentos
principales de Roma;
los cuatro caballos
que arrastran el carro
del emperador fueron
uno de los elementos
de la escenografía
que más contribuyeron
al impacto visual
y al éxito
de la pieza. |
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Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
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En
lo que concierne a la música, más
aún que en lo relativo a la literatura,
la época napoleónica aparece como
una transición. Hemos señalado
la persistencia, a comienzos del siglo XIX,
de las formas poéticas y dramáticas
del XVIII. Este rasgo es aún más
perceptible en las formas musicales, que no
están sometidas a la evolución
de la lengua ni a la de las ideas políticas;
además, la gran lentitud con que se renueva
el repertorio opone un poderoso freno a toda
rápida evolución. El programa
de la Ópera, hacia 1809, contaba muchas
obras que datan del período de Luis XIV,
e incluso anteriores, cual Le Devin de Village,
estrenada en 1752. De otro lado, las óperas
clásicas de Salieri o de Sacchini no
son sino imitaciones de Gluck, menos el genio.
En cuanto a la Ópera Cómica, casi
todos los autores aplaudidos allí durante
el Imperio habían comenzado unos veinte
o treinta años antes: Nina ou la
folle par amour de Dalayrac (con su romanza:
Quand le Bien-Aimé reviendra)
data de 1786, y Lucile de Grétry (Où
peut-on être mieux qu'au sein de sa famille?)
es de 1769. En cambio, la carrera de algunos
compositores famosos durante el Imperio continuó
después de Waterloo: La Dame Blanche
de Boieldieu triunfó durante la Restauración;
Gossec no murió hasta 1829, casi centenario;
y Cherubini vivió todavía lo bastante
como para no poder entender a Berlioz.
EL
TEATRO LÍRICO
A la música
lírica - ópera, ópera cómica
francesa y ópera italiana (más
buffa que seria) - la sociedad del
Imperio dio la mayor importancia. Más
importancia incluso que la sociedad del antiguo
régimen; en efecto, la música
religiosa había sufrido un eclipse casi
total por la supresión de cultos durante
la Revolución, y las grandes mansiones
donde se hacía música de cámara
estaban ferradas en su mayor parte. La nueva
sociedad que se había formado, compuesta
en su mayor parte de funcionarios y provincianos,
se encontraba a gusto en el teatro. Pero mientras
que el Teatro Francés era frecuentado,
y Stendhal, para poder ir a platea, tenía
que enviar a su criado a que hiciera cola tres
o cuatro horas antes, la Ópera habría
estado casi vacía de no ser por las entradas
de favor. Un informe de la policía de
1802, citado por Lanzac de Laborie, indica que
en una velada, de 150 butacas junto a la orquesta,
sólo 20 habían sido adquiridas
pagando, y que, en las butacas laterales,
que contenían 200 personas al menos,
no había nadie que hubiese pagado la
entrada.
Cuando el Imperio
había en París tres teatros líricos:
la Ópera, la Ópera Cómica
y el Teatro Italiano.
La Ópera
(Academia Imperial de Música) estaba
instalada, desde 1794, en la calle de la Loi,
en el emplazamiento de la actual plaza de Louvois.
Estuvo ahí hasta su demolición
en 1820, después del asesinato del duque
de Berry. Edificado rápidamente y con
el menor coste posible por Louis, el arquitecto
del admirable teatro de Burdeos, ese edificio
con 2000 plazas fue considerado siempre como
provisional. La administración de la
Ópera experimentó muchos cambios;
y, muy frecuentemente, la insubordinación
del personal y los caprichos de las estrellas
indispusieron a Napoleón, que gruñó
en 1807: « Si esto no termina, les mandaré
un buen militar que los hará marchar
a toque de tambor ». En efecto, el Emperador,
aunque poco dotado para la música, daba
gran importancia a la ópera, e iba con
bastante frecuencia a ella. Un detalle lo demuestra.
En los Bulletins de la Grande Armée
compara la reina de Prusia a Armida, y, más
tarde, la emperatriz de Austria a Medea. Son
recuerdos del final de las dos obras líricas
de Gluck y Cherubini, que a la sazón
estaban en el repertorio.
Las representaciones,
tres o cuatro por semana, comenzaban a las seis,
y luego a las siete de la tarde, para terminar
cuando se podía: las grandes escenografías,
la complicación de la maquinaria exigían
interminables entreactos. Ciertos cuadros causaban
sensación: se habló mucho tiempo
de los cuatro caballos blancos que arrastraban
el carro del Emperador en El triunfo de
Trajano (1807), y Stendhal admiraba un
bello amanecer en Borgoña, y comparaba
su blanca luz a la decoración del alba
en Les Bardes de Lesueur: « La
imitación en la Ópera es perfecta
».
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Las
representaciones apenas valían
más que aquellas de las que J.-J.
Rousseau se burlaba medio siglo antes.
Sobre todo el canto era mediocre. He aquí
cómo Fétis, en su Biographie
universelle des Musiciens, mina irreemplazable
de documentos, caracteriza a Láinez,
que durante cuarenta años mantuvo
con el mismo éxito su puesto de
primer tenor: «Una voz chillona
y temblorosa, carencia de toda educación
musical... sonidos guturales o nasales
mezclados a gritos». Le reconoce
un único mérito: su neta
articulación y su vigorosa acción
dramática. Louis Nourrit, que sucedió
a Láinez y había sido formado
por el admirable cantante de salón
que fue Garat, tenía las cualidades
y defectos contrarios: bello timbre, arte
refinado del canto, pero muy poca presencia
en escena. El primer bajo era Henri Dérivis,
cuyos inicios, a los veintitrés
años, causaron sensación
en 1803, en el papel de Zarastro, en La
flauta mágica transformada y «arreglada»
en Mystères d'Isis. Dérivis,
«sumo sacerdote nato», se
decía, triunfó especialmente
en La Vestale de Spontini y sólo
fue destronado cuando la «gran ópera»
sustituyó a la tragedia lírica
con Guillermo Tell y Roberto
el diablo. La primera cantante era
la Branchu, inolvidable Dido, también
discípula de Garat. Al frente de
la orquesta se hallaba desde 1776 el viejo
Jean-Baptiste Rey, fiel heredero de la
gran tradición de Gluck. Cuando
murió, a los setenta y seis años,
el director de canto, Persuis, le sucedió
y el carácter difícil de
los cantantes le hizo lamentar a Rey,
con frecuencia, no tratar aún con
los instrumentistas. |
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| Ossian
ou les bardes: Cartel
del estreno de Ossian, música
de Lesueur, el 10 de julio de 1804.
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El repertorio
de la Ópera debía enriquecerse
cada año, en principio, con ocho nuevas
obras líricas o ballets. Un jurado, formado
por tres compositores, tres escritores y tres
artistas de teatro juzgaba en primer lugar los
libretos y seguidamente las partituras. El Emperador,
inc1uso en campaña, se hacía tener
al corriente de las deliberaciones de ese comité
y más de una vez modificó sus
decisiones. La mayoría de las novedades
representadas en la calle de la Loi, durante
el reinado de Napoleón - mucho menos
numerosas de lo que se previera en el reglamento
- apenas dejaron un nombre. Los dos éxitos
mayores de la época los lograron Lesueur
y Spontini.
Lesueur, que
debía ser maestro de Berlioz, y que escribió
más prosa que música, puede ser
considerado como el introductor del romanticismo
en la Ópera con Ossian ou les Bardes
(1804). Ya hemos visto la gran fama que logró
la falacia literaria del escocés Macpherson;
la obra de Lesueur se benefició de ello,
por la bien conocida ley según la cual,
en el teatro lírico, los éxitos
importantes, a la larga, son debidos a las partituras,
pero los de público se deben a los libretos.
Ningún ser viviente en la actualidad
ha tenido, según creemos, ocasión
de oír una sola página, de Les
Bardes, pero la partitura es de curiosa
lectura: Lesueur, versado en la música
religiosa antigua (había sido maestro
de capilla en Nuestra Señora), intentó
hacer revivir en sus coros los modos medievales,
pues, en 1809, llegó a pretender, en
su Mort d'Adam, haber encontrado «el
carácter de la música de los patriarcas».
Su orquestación, en la medida que puede
juzgarse por la lectura, ofrece efectos nuevos
y un color pintoresco que a veces anuncia a
Mendelssohn.
La Vestale
de Spontini, en 1807, obtuvo un éxito
comparable; pero más duradero, ya que
se mantuvo en el repertorio hasta 1860 en Alemania
y se puede oír, de vez en cuando, en
Italia. Esta obra, de escritura muy clásica
y que con frecuencia ha sido comparada a las
tragedias de Gluck, no posee ni la fuerza interna
ni el acento dramático de éstas.
La Vestale fijó por bastante
tiempo las estructuras externas de la ópera,
con sus coros, su marcha triunfal, su oración
de la heroína, su ballet del acto tercero
y sus espectaculares finales como obligado corolario
de la representación.
La
Ópera daba también conciertos
de variado programa, y oratorios. Por
esto, La Creación, de
Haydn, figuraba en el cartel, el 24
de diciembre de 1800, el día
en que la bomba de la calle Saint-Nicaise
por poco pudo dar fin del Primer Cónsul.
Los
ballets atraían a la Ópera,
como en la actualidad, a un público
más sensible a las acrobacias
que a la música. En 1803, en
la Dansomanie de Méhul,
se vio por vez primera en escena bailar
el vals llamado a la sazón la
Walse. Así como la generación
siguiente debía presenciar el
triunfo de las bailarinas, cuando Napoleón,
tres bailarines se repartían
los favores del público: Vestris,
Duport y Gardel. La dinastía
de los Vestris comprende el abuelo,
el padre y el hijo.
Una velada comparecieron los tres juntos
en escena; pero ni el primero ni el
tercero lograron la reputación
del segundo. Igual que los cantantes
«bordaban», es decir, introducían
ornamentos y vocalizaciones hasta en
los aires más nobles de Gluck,
así los bailarines agregaban
piruetas a cada uno de sus pasos. Naturalmente,
cada uno tenía sus partidarios
y las discordias eran las más
de las veces muy enconadas y violentas.
La Ópera
Cómica era una especie de cooperativa
en la que se reunieron en 1801 los artistas
de los teatros Favart y Feydeau. Trabajaban
en la sala de la calle Feydeau; estrellas
de la compañía eran el
tenor Elleviou, el barítono Martiny
la Dugazon, entre las mujeres. Ésta,
como Martin, dejó su nombre a
su empleo, en Francia. El género
de la ópera cómica, obra
lírica alegre con escenas habladas,
como el vodevil con canciones del que
nació, gustaba más que
la ópera al público y
el .propio Emperador tarareaba a veces
las cancioncillas de moda. Grétry,
Dalayrac, Monsigny, Boieldieu, Berton,
Nicolo-Isouard son los principales representantes
del género; pero la única
verdadera obra maestra que vio nacer
Feydeau no se titula ópera cómica
por su mezcla de recitado y canciones;
es un oratorio mejor que una ópera,
ya que no integraba el amor ni las voces
femeninas. Nos referimos al admirable
Joseph de Méhul (1807),
que la Ópera Cómica daba
aún antes de 1914 y que contiene
voces dignas de Alcestes y
coros comparables a los de La flauta
mágica.
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| Dérivis,
bajo de la ópera, en el papel
de Zeto (Les Amazones). |
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| Elleviou,
tenor de la ópera cómica,
en el papel de Richard (Le Roi
et le Fermier). |
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La
historia del Teatro Italiano en París
no es más que una serie de quiebras
y mudanzas. Si Napoleón entendía
el italiano, no sucedía igual con
el público francés, al que
el elevado precio de las entradas (doble
que las de la Ópera) habría
bastado para hacerle desistir. La Montansier,
célebre desde hacía cerca
de medio siglo, primeramente como actriz,
luego como mujer de negocios, tuvo la
idea, probablemente estimulada por el
primer cónsul, de hacer regresar
a París a los bufones italianos
que se repatriaron cuando la Revolución.
Alquiló la pequeña sala
de conciertos de la calle Victoire, que
se llamaba a la sazón Salle Olympique,
y la stagione fue abierta, en
la primavera de 1801, con El matrimonio
secreto de Cimarrosa, en la que Teresa
Strinasacchi cantaba el papel de Carolina.
El público acogió mal la
obra, y, en 1802, la Montansier trasladó
su compañía y decorados
a la sala Favart, que estaba libre. Este
nuevo local no resultó más
favorable a la empresa, que dio fin a
su actividad en 1804. Picard, director
del Teatro Louvois, dio hospitalidad a
los italianos dos veces por semana. Sobre
todo ponían en escena la Ópera
buffa y raramente la seria; pero, al margen
del Matrimonio secreto y de L'Imprésario
embarrassé, las únicas
piezas que se mantuvieron más de
una temporada fueron, al parecer, Les
Cantatrices paysannes, Le Philosophe
de Campagne, y, sobre todo, el encantador
Barbero de Sevilla de Paisiello,
al que, por desgracia, echó del
repertorio el debido a Rossini.
En 1807,
Berton tomó la dirección
de la empresa y montó, en 1809,
Las bodas de Fígaro de
Mozart, que París sólo conocía
a través de un arreglo aproximado
dado en la Ópera. En 1810, Spontini,
y luego Paër, le sucedieron y los
Italianos se instalaron en el Odéon,
reconstruido tras el incendio de 1807;
pero la explotación financiera
siempre fue muy precaria y sólo
en 1814, en la primera Restauración,
fue cuando el Teatro Italiano, gracias
a los prodigiosos éxitos de la
cantante Angelica Catalani, a la vez prima
donna y directora, conoció un éxito
más estable. |
Los Italianos
tenían, con todo, sus fieles, y Stendhal,
en 1804, fue diez veces a ver El matrimonio
secreto, que le gustaba tanto como aborrecía
El califa de Bagdad. En 1811 no era
menos asiduo a las representaciones de Ópera
buffa del Odéon; verdad es que estaba
enamorado de Angelina Bereytter, que cantaba
los papeles secundarios de soprano y ganaba
3000 francos anuales (los primeros papeles se
pagaban a la sazón de 10 000 a 16 000
francos).
SINFONÍA
Y MÚSICA DE CÁMARA
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| Jean-François
Le Sueur (1760-1837) |
Existe, sin
embargo, un dominio musical en el cual la época
revolucionaria rompió con la tradición
del antiguo régimen, y en el que una
interesante evolución se produjo durante
el Imperio: el de la música sinfónica.
La Revolución había creado, por
iniciativa de Bernard Sarrette, el primer cuerpo
de música militar que existió
en Francia. Esta formación fue primero
la de la música de la Guardia Nacional;
después se convirtió en Escuela
de Música de la Comuna de París,
y tomó poco después, por un informe
de Marie-Joseph Chénier, el nombre de
Instituto Central de Música; finalmente,
después de haber absorbido la escuela
de canto fundada cuando Luis XVI, el de Conservatorio
de Música. Un cuerpo de 115 profesores
enseñaba allí composición,
solfeo, acompañamiento, canto y todos
los instrumentos de cuerdas y de viento. A su
frente había un comisario del Gobierno,
Sarrette, y cinco inspectores, Méhul,
Grétry, Gossec, Lesueur y Cherubini.
Ya hacia 1770, Gossec había introducido
en la orquesta sinfónica francesa algunos
instrumentos nuevos: el clarinete, la flauta,
la trompeta. Con el Instituto Central de Música,
las maderas y los cobres, notablemente reforzados,
prestaron su timbre marcial y su volumen sonoro
a las fiestas de la Revolución, y Gossec
escribió tres sinfonías en las
que empleó instrumentos de viento. De
todas las obras de circunstancia, compuestas
para las ceremonias cívicas celebradas
durante la Convención, el Chant du
Départ de Méhul casi es la
única que perdura; pero, a partir del
Directorio, el Conservatorio haría mucho
por la difusión en Francia de la música
sinfónica. Sus discípulos y profesores,
tras haber colaborado en las diversas tentativas
de reponer los « Conciertos espirituales
», pronto formaron una nueva orquesta
que dio, con el nombre de «Ejercicios
públicos», conciertos periódicos.
En ellos se ejecutaron por vez primera en Francia
la Primera sinfonía de Beethoven,
el 22 de febrero de 1807, y la Segunda,
el 10 de marzo de 1811. En principio, este conjunto
era dirigido cada año por el primer premio
de violín del certamen anterior, pero
pronto uno de esos galardonados, Habeneck, reveló
tales cualidades con la batuta que, con asentimiento
de todos, dirigió regularmente los Ejercicios
antes de convertirse en director titular de
la Sociedad de Conciertos del Conservatorio,
cuando su existencia adquirió carácter
oficial en 1828. Con esta falange de instrumentistas,
Habeneck dio entonces ejecuciones de las nueve
sinfonías; un juez tan exigente como
Wagner las declaró superiores a lo que
oyera hasta entonces.
 |
| Un
piano de estilo Imperio |
El
piano mesa fue
uno de los muebles más
característicos del
estilo Imperio. Su registro
era, por lo general, de
cinco octavas. |
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Debe
lamentarse que la Sociedad, especializándose
así en las obras de Beethoven,
desdeñara las cuatro sinfonías
de Méhul, la primera de las cuales,
escrita en 1797, es anterior a las de
Beethoven. Si Francia atribuyera a la
música el rango que merece, esas
cuatro obras se tocarían regularmente
en los conciertos.
No podemos
extendernos como sería preciso
sobre la música de cámara,
instrumental y vocal. Los cuartetos
de Beethoven, al menos los primeros,
fueron dados a conocer pronto, merced
a artistas como Habeneck, Baillot y
Lamare. El piano, que sucedió
al clavecín, con los instrumentos
de Erard y de Pleyel, alsacianos establecidos
en París, formaba parte, durante
el Imperio - sobre todo para las jóvenes
-, de toda educación cuidada.
El método de piano compuesto
por Ignace Pleyel con el checo Dussek
conoció, como el de Kalkbrenner,
una moda duradera; lo mismo sucedió
con el método de violín
de Rode y Baillot, que estuvo en uso
durante medio siglo en toda Europa.
En el
canto triunfó la romanza. Acompañada
con arpa por las muchachas que tenían
bellos brazos, o con piano por las demás,
popularizó textos anodinos y
melodías fáciles sobre
acordes de arpegios algo simples. Las
romanzas de Garat o de Pauline Duchambge
vieron su éxito contrarrestado
sólo por algunas arias de ópera,
y superado por Plaisir d’amour
de Martini, que era alemán y
se llamaba Schwartzendorf.
Jean-Paul-Egidius Martini pasa por haber
sido el primero en publicar romanzas
con su acompañamiento al piano
impreso en dos pentagramas bajo el del
canto. Esto es algo difícil de
comprobar.
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Como vemos,
durante el Imperio, la música, aparte
del concurso que se celebraba en relación
con las fiestas oficiales, desempeñó
un papel bastante frívolo como diversión
social. París, nuevamente convertida
en primera capital de Europa, no tenía
los admiradores apasionados que ese arte poseía
en Londres, ni el gran público medio
de Viena o Milán; pero la gloria de Napoleón
y el esplendor de la corte imperial atraían
a la ciudad a muchos compositores extranjeros:
Paisiello, Paër, Cherubini, después
de Gluck y Piccini, así como a virtuosos:
castrados cual Crescentini, sopranos como la
Grassini, pianistas de la categoría de
Clementi y Dussek, violinistas alemanes, trompas
checos. El Emperador hacía gala de su
amor a la música, al menos, como dijo
un día Cherubini, « la que no impide
a su majestad pensar en los negocios del Estado
». Favoreció a algunos músicos.
Paër recibió, como maestro de capilla
de la imperial, unos honorarios de mariscal;
Napoleón le mandó a Lesueur, tras
el estreno de Les Bardes, una tabaquera
de oro con 6000 francos en billetes de banco;
atestiguó menos simpatía a otros
compositores; pero no perjudicó a ninguno.
¿Por qué iba a haberlo hecho,
de otro lado? Como escribió Hoffmann,
que dirigía a la sazón, el pequeño
teatro de Bamberg: « ¿Se ha visto
alguna vez a la policía prender a una
sonata? ». Victorias y tratados de paz,
boda con María Luisa, nacimiento del
rey de Roma, cada una de tales solemnidades
fue concienzudamente celebrada por los compositores.
¿Debe sorprender que la inspiración
no siempre fuera fiel a esos compromisos oficiales?
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