Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
LA GENERACIÓN PERDIDA

Por

Alfred de Musset (1810-1857)

Alfred de Musset
Óleo de Charles Landelle
Extracto de la obra Confesiones de un niño del siglo (1836); Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« Durante las guerras del Imperio, mientras los maridos y los hermanos estaban en Alemania, las madres inquietas habían traído al mundo una generación ardiente, pálida, nerviosa. Concebidos entre dos batallas, educados en los colegios al son de los redobles de los tambores, miles de niños se miraban entre sí con un ojo sombrío, probando sus músculos enclenques. De vez en cuando, sus padres ensangrentados aparecían, los levantaban sobre sus pechos adornados con oro, luego los posaban en el suelo y volvían a subir a su caballo.

Un sólo hombre estaba vivo entonces en Europa; el resto de los seres trataba de llenarse los pulmones del aire que él había respirado. Cada año Francia ofrecía a aquel hombre trescientos mil jóvenes; y él, tomando con una sonrisa esa fibra nueva arrancada al corazón de la humanidad, la torcía entre sus manos y hacía con ella una cuerda nueva en su arco; enseguida colocaba en ese arco una de esas flechas que atravesaron el mundo y fueron a caer en un pequeño valle de una isla desierta bajo un sauce llorón.

Nunca hubo tantas noches sin sueño que en tiempos de aquel hombre; jamás se vio agacharse sobre las murallas de las ciudades semejante pueblo de madres desoladas; jamás hubo tal silencio alrededor de los que hablaban de muerte. Y sin embargo, jamás hubo tanta alegría, tanta vida, tantas fanfarrias guerreras en todos los corazones; jamás hubo soles tan puros como los que secaron toda esa sangre. Se decía que Dios los hacía para aquel hombre y se los llamaba sus soles de Austerlitz. Pero los hacía él mismo con sus cañones siempre tonantes y que no dejaban nubes hasta el día siguiente de sus batallas.
Era el aire de ese cielo sin mancha, en el que brillaba tanta gloria, donde resplandecía tanto acero, el que los niños respiraban entonces. Sabían bien que estaban destinados a las hecatombes; pero creían a Murat invulnerable, y se había visto pasar al Emperador en un puente donde silbaban tantas balas que no se sabe si podía morir.
Y aun cuando se hubiera debido morir, ¿qué es eso? ¡La muerte misma era tan bella entonces, tan grande, tan magnífica en su púrpura humeante! Se parecía tanto a la esperanza, segaba tan verdes espigas que por ello se había vuelto joven y ya no se creía en la vejez. Todas las cunas de Francia eran escudos; todos los féretros lo eran también; verdaderamente ya no había viejecillos; no había más que cadáveres o semidioses.

No obstante el inmortal Emperador estaba un día en una colina mirando siete pueblos degollarse; como aun no sabía si sería el amo del mundo o solamente de la mitad, Azrael pasó en el camino; lo rozó con la punta del ala y lo empujó al Océano. Al ruido de su caída, las viejas creencias moribundas se enderezaron en sus lechos de dolor, y, echando para adelante sus patas ganchudas, todas las reales arañas recortaron a Europa y con la púrpura de César se hicieron un traje de Arlequín.

Así como un viajero, mientras que está en el camino, corre noche y día en la lluvia y en el sol, sin darse cuenta de sus desvelos ni de los peligros; pero apenas ha llegado entre su familia y se sienta frente al fuego, siente una lasitud sin límites y apenas puede arrastrarse a su cama; así Francia, viuda de César, sintió de pronto su herida. Cayó en desfallecimiento y durmióse con

Oficial de cazadores a caballo de la Guardia Imperial cargando (1812)
Óleo de Théodore Géricault (1791-1824).
un sueño tan profundo que sus viejos reyes, creyéndola muerta, la envolvieron con una mortaja blanca.
El viejo ejército con cabellos grises volvió a casa agotada de fatiga, y las hogueras de los castillos desiertos se volvieron a encender tristemente.

Entonces aquellos hombres del Imperio que habían corrido tanto y tanto degollado besaron a sus mujeres enflacadas y hablaron de sus primeros amores; se miraron en las fuentes de sus praderas natales, y en ellas se vieron tan viejos, tan mutilados que se acordaron de sus hijos a fin que les cerraran los ojos. Se preguntaron donde estaban; los niños salieron de los colegios, y, no viendo más ni sables, ni corazas, ni soldados, ni jinetes, se preguntaron a su vez dónde estaban sus padres.
Pero se les respondió que la guerra había terminado, que César estaba muerto y que los retratos de Wellington y de Blücher estaban suspendidos en las antecámaras de los consulados y de las embajadas, con estas dos palabras en la parte baja: “Salvatoribus mundi”.

Entonces, se sentó sobre un mundo en ruinas, una juventud desasosegada. Todos esos niños eran gotas de una sangre ardiente que había inundado la tierra; habían nacido en el seno de la guerra, para la guerra. Habían soñado durante quince años con las nieves de Moscú y el sol de las Pirámides; Se les había empapado en el desprecio de la vida cual jóvenes espadas. No habían salido de sus ciudades, pero se les había dicho que por cada barrera de esas ciudades se iba a una capital de Europa. Tenían en la cabeza todo un mundo; miraban la tierra, el cielo, las calles y los caminos; todo aquello estaba vacío, y las campanas de sus parroquias resonaban solas a lo lejos.