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Agradecimiento
y recuerdo
(Colección del Príncipe
Víctor Napoleón). |
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por
Pierre Labracherie
Traducción y notas
del Instituto Napoleónico México-Francia
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Aquí
la leyenda se hace palpable, casi
se la puede tocar con el dedo. La
encontramos en todos los campos donde
el campesino la degusta como un vaso
de vino peleón fuerte para
« darse ánimo ».
Napoleón goza entonces del
mismo prestigio que el rey en tiempos
pasados: « ¡Si el rey
lo supiera! » gemía antaño
el palurdo cuando la suerte o un señor
lo agobiaba demasiado duramente. «
¡Si Napoleón estuviera
aquí! » suspira ahora.
Con este hombre, todo es posible.
Así, el campesino, impresionable
y puro, lo vio por doquier.
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Tras
la caída del Imperio, la sombra de Napoleón
no dejó de planear en los campos. Una vez
la paz de regreso, los heroicos despojos de la
Gran Armada volvieron a su parcela bordeada de
vallas vivas y su jacal tapizado de viejos grabados
a la efigie del «EX».
Durante el año que siguió a la Restauración,
se contentaron de pasar años sosegados
bajo el cetro del «mejor de los reyes».
El recuerdo de las tristes realidades de la guerra,
las hecatombes, las marchas agotadoras en las
nieves de la Berezina, los oficiales de guarnición
que perseguían a los refractarios a la
conscripción todavía estaban presentes
en el alma campesina.
Los años
pasaron. Los antiguos grognards (1) comenzaron
a soñar con su juventud atildada de dolores
prestigiosos: las victorias, las entradas triunfales
en las ciudades, las cosechas de gloria. Los sufrimientos
se difuminaban en provecho de la leyenda. El granadero
de Austerlitz de vuelta al campo engendraba el
mito del soldado labrador, esparcido por la imaginería
popular entre 1814 et 1830. Mostraba la distribución
de las águilas, Ulm, Austerlitz, Wagram.
Las novelas de Chatelain magnificaban al veterano
del Imperio, símbolo de la virtud y del
valor, contando sus campañas a las jóvenes
generaciones ávidas de entrar en la carrera.
Béranger anunciaba a los viejos guerreros
Empalidecidos por el sufrimiento,
Que ya no tienen entre sus laureles
De qué beber por Francia,
El regreso de los tiempos mejores.
En fin, estaba
el Otro, el Grande, el amo autoritario, convertido
en el recuerdo de sus soldados en El Pequeño
Cabo, personificación de la gloria
Francesa y protector de la pobre gente.
Para esos soldados-labradores que contaban durante
las veladas los fastos de la epopeya y educaban
al pueblo en el culto bonapartista, Napoleón,
surgido del pueblo, era el rey salido de los flancos
de la Revolución, el hombre que aseguraba
al campesinado la posesión de los bienes
nacionales y que respondía a la necesidad
de justicia de los humildes. Estaba demostrado,
gracias a él, que cada cual podía
ilustrarse por su valor, un teniente volverse
emperador, un pasante de alguacil, rey de Suecia,
un palafrenero, rey de Nápoles, veinticuatro
simples soldados, mariscales de Imperio.
Él mismo,
después de su regreso de la isla de Elba,
no había ocultado a Benjamín Constant
su predilección por los rurales: «Entre
los campesinos y yo hay la misma naturaleza...
No es como con los privilegiados. La nobleza me
ha servido, se echó en masa a mis antecámaras;
no hay plazas que no haya aceptado, pedido, solicitado;
tuve de los Montmorency, de los Noailles, de los
Beauveau, de los Rohan, de los Mortemart…
pero nunca hubo analogía. El caballo hacía
zalemas, estaba bien adiestrado pero lo sentía
trepidar...
Con el pueblo, es otra cosa; la fibra popular
responde a la mía. Yo salí de los
rangos del pueblo, mi voz actúa sobre él...
Mirad a esos conscriptos, esos hijos de campesinos;
no los halagaba, los trataba duramente; no por
ello me rodeaban menos; no gritaban menos “Viva
el Emperador”... Es que me ven como su sostén,
su salvador contra los nobles.»
En contraste,
la aristocracia renaciente trataba con desdeño
a los aparecidos (2) de la Grande Armada de bandoleros
del Loira; el terror blanco desolaba el Sur, el
mariscal Ney era ejecutado. Era cosa fácil
a la propaganda bonapartista estimular el odio
de los Borbones. Se volvió con un fervor
aún más grande hacia el cautivo
de Santa
Helena. El culto de la gran memoria no dejó
de crecer. Napoleón resucitaba en la isla
lejana, se erigía como dios del siglo.
Las viñetas de Lorentz que ilustraban en
1842 «la Historia del Emperador contada
en una granja» (3) de Balzac, representan
ora al sombrerito negro aureolado en una isla
en medio de las aguas, ora al general Bonaparte
montando la guardia ante el Padre Eterno o balanceado
por un frágil esquife, cruzando el mar.
Unas bolas de cañón austriacas saludan
al Emperador inmóvil bajo la metralla;
un águila con las alas desplegadas vuela
de campanario en campanario sobre el mundo.
LA CACERÍA DE SEDICIOSOS
La epopeya termina
entonces de apoderarse de Napoleón. Acaso
no profetizó él mismo, según
el Memorial: « Hoy
la persecución acabará de convertirme
en su Mesías [de las verdades
del nuevo orden]. ¡Aún
cuando yo ya no sea, seguiré siendo para
el pueblo, la Estrella! »
En vano el gobierno de la Restauración
se esforzaba por hacer desaparecer el recuerdo
del proscrito de Santa Helena, cada cual a su
manera celebraba su culto, en las barbas de las
autoridades. Los fervientes del Emperador tenían
por armas los objetos simbólicos, las imágenes,
las canciones, los almanaques esparcidos en los
campos y a los que los procuradores reales daban
caza. Los episodios de esta pequeña guerra
se cuentan por cientos y muchos no están
faltos de un toque pintoresco: en 1820, un señor
Placy, fabricante licorista de Lyon, puso etiquetas
« muy reprensibles » sobre botellas
llamadas: Elixir de Santa Helena.
El caso no tiene consecuencias, pero el vendedor
tiene imitadores. En efecto se persigue en Besançon
a un cafetero culpable de vender botellas que
portan una etiqueta que representa a Napoleón.
El procurador del rey es formal: «¡Esto
constituye el delito de provocación por
ataque formal al orden de sucesión al trono!»
Misma historia en Montpellier donde unos vendedores
de limonada venden en la región el «licor
de los bravos», acompañado de
atributos de un carácter sedicioso; en
Lyon de nuevo donde unos licoristas proponen botellas
cuya etiqueta se orna con una cucarda tricolor
con la inscripción: «Dará
la vuelta al mundo.»
«Sería conveniente», hace notar
en esta ocasión el Procurador real, «hacer
desaparecer de los lugares públicos emblemas
que recuerdan el gobierno del Usurpador y
que se tiene el arte de multiplicar bajo todas
sus formas.»
Bajo todas sus formas, en efecto: en las ciudades
y hasta en las menores aldeas se desata una marea
de objetos simbólicos. El perfil imperial
se dibuja en el pomo de los bastones, en el fondo
de las tabaqueras, sobre la tabaquera de las pipas.
Los tasadores, las placas de chimenea, las pincitas,
los platos muestran el rostro de César.
En Pontgibaud, en la jurisdicción de Riom,
en 1816, es un águila de hojalata que sirve
de veleta lo que el señor Engelvin, propietario,
ha colocado sobre su casa. El adjunto del alcalde
acude con la gendarmería al lugar y manda
quitar e incautar el emblema temible.
El señor Engelvin se inclina, pero dirige
al adjunto una carta « marcada con el sello
de la ironía y de la pasión »
y en la cual, después de haber expresado
su espanto ante esta ofensiva de la gendarmería,
declara que al haber sido educado en el otrora
Lyceo (sic) Napoleón, posee tres botones
de uniforme «que portan los tres el
águila coronada, pero bien coronada, coronada
hasta el punto de no confundirse».
«Me deshago de buena gana, añade
el gracioso Engelvin, de esta propiedad que
deposito solemnemente en manos del Sr. Adjunto,
a fin de valer lo que de derecho, es decir los
elogios que merece nuestro celo común:
Sr. adjunto a hacer ejecutar las leyes y yo, a
prevenirlas.» El Tribunal renunció
a perseguir al águila de hojalata y a su
propietario.
Si los emblemas bonapartistas
ofenden la vista del gobierno de la Restauración,
los gritos, las palabras sediciosas hieren
sus oídos. El día siguiente
del asesinato del duque de Berry, el procurador
real del Gard señala que «horribles
palabras» han sido oídas
en muchos lugares. En Privas, un llamado
Martel invoca el nombre del Usurpador
«con loores y lamentos». En
Douai, el señor Toupet-Tanguy,
tirador en el 2º batallón
de Seine-et-Oise, es condenado a un año
de prisión «por haber
proclamado su apego al usurpador Bonaparte»,
añadiendo «que con su
sola bayoneta mataría a dieciocho
realistas». El 17 de mayo de
1820, el teniente de gendarmería,
en residencia en Cahors, al pasar una
revista en Millau, arranca a dos gendarmes
la decoración del lis y pronuncia
« palabras inconvenientes »:
«Tú eres de la fábrica
de 1815: hacíamos un buen trabajo
en aquel tiempo.»
Esta fidelidad al Emperador
era cultivada por los viajeros e comercio
que recorrían los campos, por los
institutores en los pueblos perdidos,
por los artesanos y sobre todo los escritores.
Pero los libros eran raros y caros; los
poemas, las canciones a la gloria de Napoleón
se comunicaban más fácilmente
gracias a los buhoneros que circulaban
por los campos. Una mujer llamada Marie-Claire
Merlin, detenida con una banda de cantantes
ambulantes por haber vendido una canción
titulada «El nacimiento de los
laureles», contó que
los cantantes se procuraban esas coplas
sediciosas en el faubourg Saint-Denis
y que recorrían los bulevares y
los merenderos antes de propagarlos en
los campos.
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| Este
es un ejemplo de las imágenes
que, transportadas por los buhoneros,
arraigaron la leyenda en las
ciudades y los campos de Francia
y Europa. Esta bella obra de
Raffet muestra
el interior de una taberna en
Bélgica. En la mesa común
han tomado lugar múltiples
militares. Se habla de la vida
de los campos. El viejo cura
belga interviene «
¡Yo he servido al gran
hombre! ». Se le
mira con sorpresa y admiración. |
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A propósito
de ese caso, el Procurador real de Nancy echó
pestes contra esos refranes subversivos «que
tienden a despertar en el espíritu del
pueblo ideas que tenía acerca de la gloria
que se había adquirido Bonaparte por medio
de sus diferentes conquistas y las victorias obtenidas
sobre todas las potencias de Europa. Esas canciones
son peligrosas, menos para el pueblo que está
tranquilo en nuestros departamentos que para el
soldado a quien se le hace extrañar a un
jefe que le daba la ocasión de señalarse
y de avanzar rápidamente. No hay uno de
esos soldados que no vea con nostalgia el tiempo
en que tenía como perspectiva el grado
de general. Lo tiene aún sin duda actualmente,
pero es a tal grado lejano que tiene pocas esperanzas
de alcanzarlo. He aquí lo que hace peligrosas
estas cosas. El soldado las canta en los cabarets
a los que los atrae el bajo precio del vino y
no es así como se le inspirará el
apego al rey…» (!)
Pero no están
sólo las canciones para perpetuar el culto
del gran Emperador. Los campesinos reunidos en
torno a la caja del buhonero encuentran en ésta
las estampas heroicas y familiares. Representan
a Napoleón en la apoteosis de Austerlitz
y de Jena pero lo hacen bajar también de
su empíreo para ponerlo en las escenas
íntimas del vivaque. El dios de la victoria
se humaniza y fraterniza con los soldados. Helo
aquí buscando forzar la consigna de un
joven militar en calidad de centinela que le grita
« No se pasa »; aceptando
una patata que le ofrece un granadero: «Sire,
es la más cocida», o pasando
frente a jóvenes reclutas que le gritan:
«¡Sire, podéis contar con
nosotros como con la joven guardia!».
Pellizca la oreja de sus grognards llamándolos
por su nombre: «¡Te
vi en Lodi!». Se sienta campechanamente
bajo su tienda, frente al magro fuego o bebe de
una cantimplora que le tiende un viejo de
la vieja. (4)
¡« ÉL»
SE ESCAPÓ!
En suma, este
conquistador al que nada resiste y que se une
en la leyenda a los gigantes, los seres fabulosos
cuyas hazañas cuentan los cuentistas, en
la noche, frente a la chimenea de las granjas,
no es un hombre orgulloso y los campesinos lo
aprecian más por ello. El cautivo de Santa
Helena está ahí, siempre presente.
Al menos se aguarda, se espera su regreso. En
los campos aislados donde las noticias rara vez
llegaban, la gente simple, iletradas las más
veces, acogían con una fe inocente la noticia
de la evasión del Emperador que volvía
periódicamente a los campos. Desde noviembre
de 1815, en la región de Fontainebleau,
se detuvo a dos individuos que creaban una gran
agitación anunciando el regreso de Napoleón.
El Procurador real, describiendo con consternación
el mal estado del espíritu público,
atribuía esas falsas nuevas «a
los viajeros que difunden en las tabernas, en
las ciudades, argumentos que, entre más
ridículos son, más son acogidos
por la credulidad, a oficiales extranjeros de
todas naciones que también han recorrido
los campos, más como espías que
como militares. En fin a los bávaros que
pasaron por Fontainebleau y en el distrito y que
bajo pretexto que habían servido a Bonaparte,
volvieron a embriagar a los militares franceses
con todos los humos de la gloria. Hubo incluso
escenas que fueron llevadas hasta el escándalo».
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| Homenaje
solemne rendido a la vejez por el Emperador
de los franceses. Estampa
popular. |
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En el transcurso
de los años siguientes no fue raro ver
aparecer profetas de buena o de mala fe, anunciando
la gran nueva: en octubre de 1815, el cabo-furriel
Saint-Lambert, llegado a Soligny (Orne) en asueto
ilimitado cuenta al adjunto del alcalde que jugó
en el asunto un papel de provocador «que
se esperaba en París al Rey de Roma, que
en los cuatro días que pasó en París,
lo había visto anunciado en un cartel;
que había visto dos militares cuyos pasaportes
estaban firmados por María Luisa, que el
Emperador de Austria se quedaba en París
para la llegada del Rey de Roma que estaba en
Soissons, que había sido por traición
como Soissons había sido entregado a los
rusos; que el general ruso había querido
hacerle gritar a él y a sus camaradas «¡Viva
el Rey!», que lo habían gritado
añadiendo: «de Roma».
En enero de 1816, en la comuna rural de Riom,
el señor Louison Delage anuncia que Napoleón
por fin ha desembarcado en Francia a la cabeza
de un ejército considerable y que él,
Delage, se compromete a «¡matar a
treinta Realistas, por su parte!» En la
misma fecha, Mathieu Lugagne, de la ciudad de
Lodève, y Barthélemy Mathieu, perceptor
de la comuna de Octon, son detenidos «por
haber esparcido la espantosa noticia que la cucarda
roja era enarbolada desde Lyon hasta París».
En ese mismo mes de enero de 1816, Jean Marcheix,
cabaretero en Riom, va a la feria de Saint-Gervais.
Ahí, en la plaza pública, rodeado
por unas quince personas, anuncia el regreso de
Napoleón y brinda detalles impresionantes:
¡el Emperador ya se ha apoderado del fuerte
de Gibraltar, acompañado por el Sr. Forget,
ex-subprefecto en Riom, quien ha sido herido de
un lanzazo y acaba de señalarlo a sus parientes!
Estas noticias
no habían salido todas de la imaginación
de quienes las propagaban. El Prefecto del Jura
acusaba a la «Gazette de Lausanne»
de publicar esas «informaciones absurdas
y alarmantes» que penetraban bastante fácilmente
en Franco-Condado o incriminaba también
a periódicos alemanes enviados a Francia
a particulares. El Prefecto de Policía
recibió la orden de impedir en lo posible
la entrada al reino de folletos extranjeros.
¿LIBERADO
POR LOS AMERICANOS?
A partir de enero
de 1817, rumores más extraordinarios aún
se extendieron a través los campos franceses.
¡Esta vez venían de América!
Napoleón se había escapado de Santa
Helena, liberado por una escuadra estadounidense
bajo las órdenes de Lefebvre Desnouettes.
Se hallaba ahora en los Estados Unidos con una
flota armada de invasión comandada por
los oficiales salidos de Francia. Iba a desembarcar,
a restablecer el Imperio. ¡Ya la bandera
tricolor flotaba en Inglaterra!
Hasta hubo un testigo
para confirmar ese sensacional evento.
Un cierto Vidal, detenido en Auch, declaró
haber asistido a la batalla. Se encontraba,
dijo, en a bordo de una bricbarca inglesa
perteneciente a una pequeña escuadra
que cruzaba frente a Santa Helena. Repentinamente
estalló un vivo cañoneo
y se entabló un combate terrible.
Vidal describía la invasión
de la isla, la masacre de los ingleses,
la liberación de Napoleón.
En cuanto a él, siempre en su bricbarca,
había navegado rumbo a Inglaterra
de donde había sido rechazado hacia
Gibraltar y retenido como prisionero.
Tras lograr escaparse, había llegado
a Cádiz y había alcanzado
Bayona después de haber atravesado
toda España. Afirmaba haber dejado
las aguas de Santa Helena en el mes de
agosto y mostraba como prueba de ello
su hoja de ruta.
El hombre no era forzosamente un impostor.
Sin duda estaba, él también,
poseído por el gran mito. Pero
las autoridades no tienen el sentido de
lo maravilloso. Hasta desdeñaron
hacer comparecer ante la justicia al narrador
del combate de Santa Helena «en
virtud de los cuentos absurdos que propaló»
(!) No por ello la liberación de
Napoleón continuaba menos su camino.
En noviembre
1817 la mujer de un conductor de la diligencia
de Rouen a Pont-Audemer entregó,
por error, a una dama de esa ciudad, una
carta muy afirmativa. «El ruido
corre –se decía en ella–,
que el Emperador se ha escapado de
la Isla Santa Helena. Puedo hacerte una
fiel relación. He visto a una persona
digna de confianza que residía
ahí, partió de ahí
el pasado 15 de julio, cuatro días
después de la evacuación
de Su Majestad, en función de la
orden que fue dada a todos los franceses
por el gobierno.»
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| En
esta hermosa litografía,
enmarcada nuevamente en un típico
contexto rural de principios
del Siglo XIX, el dibujante
francés Charlet
volvió a representar
al viejo soldado -en este caso
alsaciano-, maestro de escuela
improvisado: «Listo,
os int’rrogo... call’se…
Qu’sho escuche un brofundo
zilencio, hablamosh de la cramática
francesha». El espíritu
de este tipo de institutores,
así como el de los niños
de este tipo de imágenes,
es el que describe Alfred de
Musset en sus Confesiones
de un hijo del siglo. |
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¡«Él»
estaba de vuelta! Es nuevamente lo que anunciaba
un buhonero que recorría la región
de Lons-le-Saunier y penetraba en las casas para
suministrar misteriosamente la relación
del regreso de Napoleón. Afirmaba que el
evento había tenido lugar desde hacía
poco tiempo y que las tropas se dirigían
del lado de Bayona. ¡El hombre añadía
que estaba encargado por el Prefecto, así
como otros cuarenta buhoneros, de dar a conocer
la noticia en el departamento!
El eco del extraño
rumor provenía, decían las autoridades,
de los diarios extranjeros, se propagaba también,
con variantes no menos extraordinarias, en la
Somme y en la Vendea.
Así es como en éste último
departamento, en Mareuil, llegó en marzo
de 1818, un desconocido a caballo que fue a alojarse
en la posada del señor Auvynet. El jinete
parecía tener 27 o 28 años de edad.
Estaba bien puesto, era muy distinguido, de una
fisonomía fina y espiritual. Se quedó
aproximadamente una media hora, preguntó
al hostelero si la región estaba tranquila,
si, durante los Cien Días, las tropas de
Napoleón habían molestado a la población,
si tras el regreso del rey, los vendeanos los
habían insultado, si se ocupaban de los
debates sobre la ley de reclutamiento, etc. Las
respuestas habiéndole parecido satisfactorias,
el misterioso viajero dio a Auvynet hijo un papel
que dijo provenir de una gaceta estadounidense.
Era nuevamente un relato de la evasión
de Napoleón. El cautivo habría sido
liberado por el emperador de Marruecos que le
daba así testimonio de su agradecimiento
por haberle devuelto a su hija, durante la campaña
de Egipto. La operación había sido
dirigida bajo la protección de tres fragatas
estadounidenses y de múltiples corvetas
que, después de haber capturado dos bricbarcas
inglesas, habían hecho prometer a sus capitanes
hacerlos abordar, lo cual fue hecho. Los generales
Grouchy y Savary quienes se hallaban a bordo lloraron
de gozo en cuanto estuvieron en presencia de Napoleón.
El texto refería entonces las palabras
del Emperador a sus dos oficiales: «Sé
que el cielo os ha enviado; pero aquel que me
ha protegido en los más grandes peligros
o combates nunca me ha abandonado. Europa verá
en mí un nuevo Marius siete veces conocido
por sus valientes hazañas.»
Luego, desenvainando su espada: «Que
el sol brille sobre Francia, esa nación
que no ha cesado en mi corazón de conservar
la más grande estima.» Al llegar
a Filadelfia, Napoleón hizo la proclama
siguiente: «Pueblo estadounidense, valiente
y generoso, no puedo más que estar agradecido,
puesto que habéis atravesado los mares
para lograr mi liberación; si el gobierno
quiere contar mis intenciones, dentro de poco
Gran Bretaña tendrá cuentas que
rendir a los príncipes y a las naciones
que no cesa de querer dominar.» El
general Humbert y el conde Deslons, después
de haber tomado las órdenes de Napoleón,
transmitidas por sus generales, navegaron con
rumbo a la corte de Austria a fin de anunciarle
esta importante noticia y exhortarla a renunciar
a la infame coalición. Están encargados
de hacer entrega a manera de presente de una joya
evaluada en un millón y medio.
El mismo día en que esta noticia era anunciada
en Mareuil, entre el medio día y la una,
un viajero se detuvo donde la Viuda Ribot, posadera,
en la ruta de Bourbon-Vendea, hacia las cuatro
y media. Preguntó si, en ese cantón,
no había Bonapartistas y le presentó
una proclama de Napoleón diciéndole
que reaparecería en Francia. El escrito
era el mismo que el precedente. Antes de la llegada
del viajero a Mareuil, los mismos ruidos habían
sido esparcidos en Nantes y en Burdeos. Se contaba
también que el rey José se hallaba
en Francia, que acababa de recorrer el departamento
de la Vendea, escoltado por la gendarmería
que lo había acompañado de Bressuire
a La Châtaigneraie.
Las tres personas arrestadas en fueron absueltas;
el tribunal de Fontenay estimó en efecto
que el escrito del que se trataba «era demasiado
absurdo para haber podido propagar la alarma y
despertar el espíritu de partido».
No por ello persistió
menos el regreso del Emperador, todavía
en 1819, en la región lyonesa donde la
policía buscó, sin éxito
por lo demás, a un antiguo militar quien,
en un cabaret de Villefranche, anunció,
él también, la liberación
de Napoleón. Incluso propuso a un empleado
del telégrafo enrolarse a su servicio,
añadiendo «que ya eran quince cientos
y que esta vez estaban bien seguros de no fallar
su golpe y hacerse amos de Lyon».
LAS FALSAS
PROCLAMAS
En ciertas regiones
de Francia, no se limitaban a anunciar la llegada
del Emperador. Falsas proclamas eran distribuidas
bajo mano y producían siempre un gran efecto.
Quien leía esos escritos, traídos
por una vía secreta, creía participar
a un misterio sagrado. Creía oír
la palabra del dios invisible que le dictaba sus
acciones y le vertía esperanza. Esos textos
estaban con frecuencia groseramente redactados
pero impresionaban la imaginación de la
gente simple. Así es como en 1816, el cantón
de Espalion fue muy conmovido al leer una proclama
en la que Napoleón se decaía generalísimo
de los ejércitos otomanos y anunciaba su
regreso a Francia a la cabeza de una armada de
150 000 hombres, ¡Franceses y marroquíes!
Otros boletines
propagados clandestinamente en el Gard se esforzaban
en serenar la opinión acerca de las intenciones
del Emperador:
«Tenéis
razón de llamarme vuestro padre;
no vivo más que por el honor y la
dicha de Francia. Mi regreso disipa todas
vuestras inquietudes, garantiza la conservación
de todas las propiedades; la igualdad entre
todas las clases y los derechos de los que
gozáis desde hace veinticinco años
y por los cuales habéis todos suspirado,
forman el día de hoy una parte de
vuestra existencia. En todas las circunstancias
en que pueda encontrarme, me acordaré
siempre con gran interés de todo
lo que he visto al atravesar vuestro país.»
|
Firmado:
Napoleón. |
Para
el Emperador, el gran Mariscal hasiendo
(sic) las funciones de mayor-general de
la Grande Armada. |
Firmado:
Bertrand. |
El
departamento de las Deux-Sèvres fue
gratificado con una proclama grandilocuente,
redactada, «en el cuartel general
de Valparaíso». «Napoleón,
generalísimo de los ejércitos
federados de la América»,
prometía a Francia vengarla «de
todas las desdichas que el gobierno inglés
le ha suscitado, desde hace muchos siglos,
para enriquecerse con sus despojos.»
«Franceses, declaraba, os
corresponde no frustrar mis esperanzas:
devolved a mi hijo el trono que le pertenece
y que una familia degenerada llama en vano
su herencia. Acordaos que los Borbones os
han sido traídos de vuelta por el
Extranjero, que os cuestan más de
cuatro millares, la pérdida de la
tercera parte de vuestras provincias, de
vuestros arsenales y de vuestra marina,
que os han ofendido durante más de
dos años y no olvidéis que
os deshonran diariamente al reprocharos
la muerte del último de vuestros
reyes que ellos mismos condujeron al cadalso.
Franceses, ¡América os debe
la libertad! A ella corresponde saldar su
deuda ofreciéndoos una alianza ofensiva
y defensiva para vengar vuestra injuria
y asociaros a un comercio de gloria y de
interés.» |
 |
| Napoleón
tocando a los apestados.
Imagen de Epinal |
|
|
En otra proclama,
Napoleón, intitulado «generalísimo
de los ejércitos federales de la América
meridional», se dirigía «al
pueblo del Nuevo Mundo » y juraba hacer
respetar su independencia. « Bravos
americanos, decía el manifiesto, tenemos
madera y hierro; si se quiere la guerra, la haremos
porque el buen derecho es nuestro. Malhaya a quienes
no querrán vivir en paz con los vencedores
de los ingleses y de los españoles: Ya
nuestras flotas cubren los mares; somos amos del
Perú y de Chile; marchamos hacia Brasil
mientras los ejércitos de los Estados Unidos
atacan a México y a Canadá después
de haber sometido las Floridas.»
En el mes de agosto
de 1819 otra proclama decomisada en la región
lyonesa: esta vez Napoleón portaba los
títulos de «Emperador de los
franceses, rey de Italia, Presidente de la gran
Dieta de África y de América, general
en jefe de Oriente, gran almirante de Asia, de
África y de América».
Era un boletín de victoria felicitando
a los estadounidenses por haber aniquilado la
flota inglesa y asegurando a los franceses que
iban a recobrar su libertad.
Las autoridades
afectaban desdeñar estos llamados fantasiosos,
al tanto que reconocían que eran de una
naturaleza «a despertar en el pueblo
temores adormecidos o a hacer nacer esperanzas
criminales». En verdad, la leyenda
estaba tan enraizada en el corazón de las
provincias que podía permitirse todo: hasta
hacer aparecer falsos Napoleones.
UN NAPOLEÓN
BIEN PARTICULAR
En el
mes de junio de 1817 un tal Charney comenzó
a circular en el departamento de la Mayenne
anunciando el regreso de Napoleón.
El hombre era un simple estafador, pero
esta declaración y sobre todo las
que siguieron, lograron, dicen las relaciones
oficiales, «a abusar de la credulidad
de muchas personas y a fomentar la agitación
que se dejó sentir en el departamento
durante el mes de julio pasado».
El 9 de julio se fue a hospedarse a Saint-Paul,
donde el señor Faguet que tenía
una posada. Se hizo inscribir en su registro
bajo el nombre de Pommier de Nantua, pero
confió misteriosamente al hostelero
que no era otro que Napoleón I.
Faguet no dudó un solo instante.
Dio a Charney su más bella recámara
y le hizo llevar su merienda.
El pseudo-Emperador
se cenaba confortablemente cuando el mesonero
apareció, precediendo a Métrillot,
el campanero, ferviente bonapartista,
y le hizo la señal de que avanzara:
- Venid, mi buen viejo, deseabais
ver al Emperador, y bien, lo veis frente
a vuestros ojos.
El campanero
cayó de rodillas ante Charney,
quien lo levantó noblemente diciéndole
que era un hombre y nada más que
otro. En eso Faguet se llevó al
admirador conmovido y desfalleciente diciéndole
con un aire bien satisfecho: «¡Y
bien, lo habéis visto esta vez!»
El posadero, cada vez más convencido
de que hospedaba al Emperador, lo llevó
el día siguiente cerca de Saint-Paul.
Se dirigieron a la posada donde Charney
se hizo pasar nuevamente por Napoleón,
anunciando que sus armadas volverían
pronto a Francia. Mientras hablaba, tenía
la precaución de dejar percibir
un listón rojo que llevaba al pecho
bajo su camisa. Lo que le importaba a
los campesinos no era tanto la gran política
sino las cosechas. Se quejaron ante el
pretendido Napoleón del alto precio
del grano. «No es mi culpa,
respondió, he enviado todo
lo que era preciso para alimentar a Francia
durante el año. El aumento de los
precios se debe a los transportes, pero
las cosas irán mejor enseguida.»
En eso, Charney anunció que se
iba por el rumbo de Carrouges a alcanzar
a sus postas. Agregó que Napoleón
II iba a subir al trono y que él
sería su teniente general. Alguien
pidió ver su corona. Charney respondió
que los sacramentos se oponían
a ello y con eso dejó ahí
plantados a los curiosos.
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De
vez en cuando, Napoleón
recorría a
caballo la capital,
no desdeñando
detenerse aquí
y allá para
charlar con los parisinos.
Un día, fue
interpelado por una
vendedora de legumbres
que le dijo que hiciera
cesar la guerra. «
Cada quien su
oficio, le respondió
el Emperador;
vended vuestras legumbres,
tía, y dejadme
a mí hacer
política.
» |
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El 20 del mismo
mes, se presentó donde Pierre Valencot,
cultivador en Rancé, y fue acogido y «tratado
como un rey». Durante su estancia,
Charney abrevaba a su crédula hospedera
con relatos abracadabrantes. Según él,
el emperador de Marruecos, el rey de Persia y
el emperador de los turcos debían próximamente
llegar con sus tropas, para ponerlo en el trono.
Esos importantes personajes, afirmaba gravemente,
visitarían las chozas donde él se
había quedado, se prosternarían
ante los lechos donde había pernoctado.
Los cuartos habitados por él serían
decorados e iluminados. ¡Charney no dejaba
de anunciar que la buena gente que había
tenido la dicha de alojarle recibirían
fuertes recompensas! Asombró una noche
a la mujer Valencot mostrándole una estrella
fugaz y declarando que ese astro era el suyo,
que no lo dejaba nunca y venía a colocarse
sobre su cabeza.
Después de haberse repantigado a costas
de sus anfitriones por muchos días, Charney
retomó el camino no sin haberse hecho entregar
una suma de doscientos francos y amplias provisiones
alimenticias.
El 31, se hallaba en Bourg donde compró
un sombrerito de tres cuernos con trencilla de
plata y flor de lis, tras lo cual se topó
con un joven tambor de la 2ª legión
del Loira y lo invitó a cenar. El falso
Napoleón, hay que decirlo, era un discípulo
de Coridón (5). Recurriendo a su prestigio
imperial, sobornó al ingenuo militar atónito,
festejó con él y lo dejó
el día siguiente después de haberle
obsequiado un pantalón de «nanquineto»
(6) y un chaleco azul. Charney tomó enseguida
el vehículo público de Bourg a Macon
y se valió nuevamente de los mismos discursos
napoleónicos. Aclamado por los viajeros,
les regaló a todos refrescos e hizo distribuir
dinero a los pobres que se encontraba en el camino.
Pero el dinero de la mujer Valencot comenzaba
a agotarse. Charney se escondió un cierto
tiempo en un arrabal de Saint Macon. Fue ahí
donde un cierto Berthelon, estafado por él,
reconoció y denunció al falso Napoleón,
que fue llevado a prisión.
DIVINIZADO
COMO CESAR AUGUSTO
 |
| El
granadero tiende su cantimplora al Emperador:
« Después de vos, Sire
». Luego, una inquietud lo abruma:
«¡Cómo se le
va a subir!». Estampa popular. |
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Una vez
muerto el Emperador, el pueblo se negó
a creerlo. El genio visionario de Balzac
mostró en «El médico
rural» (7), la pasión napoleónica
que animaba a la legión de soldados
campesinos. En 1829, Gondrin, único
sobreviviente de los pontoneros de la
Berezina, de regreso a su tierra natal,
sin una medalla, sin una pensión,
cree que el cautivo de Santa Helena sigue
vivo aún. Goguelat, el cartero,
otro antiguo grognard, cuenta durante
la velada, en una granja, a los campesinos
atentos, la epopeya imperial y les dice:
«Ah, pues sí, muerto,
se ve bien que no le conocen».
Mientras
que el recuerdo de Napoleón revive
en la imaginación de los escritores,
de los artistas, de los poetas, los relatos
orales corren en los menores caseríos
a los que han vuelto los combatientes
de las grandes guerras. «Hay,
dice Edgard Quinet, una historia
inasequible que no está escrita
en ninguna parte, que se renueva y se
transforma en la boca de cada narrador.
Los campesinos, no sólo en Francia
sino en el mundo entero, ven en él
a un mago, un genio, un dios. Lo reverencian
al igual que un santo, le profesan un
culto».
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| Altar
en China dedicado al Emperador
Napoleón. Dibujo popular. |
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Una litografía
de 1833 representa a un viejo soldado convertido
en labrador que dice a un abate, mostrándole
el retrato del Emperador: «mirad, veis,
Señor Cura, para mí, helo ahí,
el Padre Eterno.». El mismo nombre del ídolo
basta para conjurar la mala suerte. A Henri Heine,
un pobre tullido le pide caridad «en
nombre de Napoleón». En tiempos
de la epidemia de cólera, los bonapartistas,
cuenta nuevamente Henri Heine, le aconsejaban
para curarse mirar la columna Vendôme. Dayot,
el autor de «Napoleón contado por
la imagen», viajaba en 1886 por Extremadura.
Al entrar a la cabaña de un leñador,
vio, colgado en el muro, junto a un retrato de
Raspail, un grabado inglés que reproducía
de manera bastante imperfecta a Bonaparte. Preguntó
quién era el personaje representado. «Napoleón»,
respondieron el leñador y su mujer, con
una voz trémula, alzando el dedo hacia
el cielo. «Esta palabra fue dicha con una
entonación en la que había a la
vez admiración, odio y terror.»
En Boloña, un pescador
percibe el 30 de julio de 1830 la bandera
tricolor que flota en el muelle. «Bien
sabía, exclama, que no
estaba muerto.»
Allende, en los otros puntos de la tierra,
el culto Napoleónico no deja de
crecer. Su retrato decora la casa de los
campesinos húngaros; está
esparcido en Asia; Léon Gozlan,
al visitar la Patagonia en 1829, cuenta
que un cacique que poseía un mal
retrato del Emperador le dirigió
estas palabras memorables: «Permite
que te bese ya que has visto a ese semidiós.»
«Él volverá»,
decía el campesino de la Restauración.
«Él volverá»,
repetía el campesino de 1848. ¡Había
vuelto! El hijo del Emperador había
muerto en Viena, pero el sobrino, Luis
Napoleón Bonaparte, resucitaba
de lo lindo el recuerdo el recuerdo del
águila y movilizaba la leyenda
en su provecho. Su candidatura a la presidencia
de la República dio lugar a una
propaganda desenfrenada. Se divulga a
profusión imágenes que representan
al príncipe ora solo, ora con el
tío que lo designa a Francia como
su heredero. Se prende al guardapolvo
rural medallas a su efigie y sobre las
cuales el campesino lanza una mirada murmurando:
«¡Si él estuviera aquí!»
En Santa Helena, aseguran los Bonapartistas,
el Emperador lamentaba amargamente no
haber podido realizar el sueño
de Enrique IV: el guiso de gallina cada
domingo, un pequeño desahogo, la
prosperidad, la tranquilidad para todos.
Será al sobrino a quien corresponderá
proseguir esta obra. Es digno de ella.
¿No profesaba, desde muy niño,
una verdadera adoración por su
tío? Se cuenta que el día
siguiente de Waterloo, cuando Napoleón
fue a la Malmaison a decirle adiós
a la reina Hortensia, hubo que arrancar
a Luis de los brazos del Emperador. ¡Se
aseguraba, que gritaba, al llorar, que
quería ir a tirar el cañón
como el rey de Roma!
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| «Mirad;
¿veis, Señor Cura?
Para mí, ay s’tá…'l
Padre Eterno» (Litografía
de Bellangé, 1833) . |
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La sombra de Napoleón
apoyaba, a cambio, la candidatura del sobrino.
Felicitaba a la nación de haberlo elegido
representante del pueblo y la estimulaba a llevarlo
a la presidencia. «Ningún hombre
vale, aseguraba un folleto de un tiraje de
40,000 ejemplares por un tal Besuchet, antiguo
oficial del Imperio, el sobrino del Emperador,
el nieto de la buena Josefina, el escritor que
tanto se ha ocupado del pueblo... El Emperador,
su tío, quiso la felicidad de Francia por
medio de la gloria; él querrá la
gloria de Francia por medio de la felicidad.»
Luis Napoleón Bonaparte se presentaba en
efecto como el restaurador de la paz, del orden
y de la prosperidad. Prometía el bienestar,
la disminución de los impuestos, el libre
comercio. Gracias a él, la idea napoleónica
se hacía social, industrial, agrícola,
humanitaria. Napoleón, era la abolición
de la miseria.
¡NAPOLEÓN
HA MUERTO, VIVA NAPOLEÓN!
Alocados por la
propaganda de los conservadores que les predecían
que los « rojos », los «compartientes»
(8) iban a invadir los campos y a apoderarse de
sus tierras, exasperados por la contribución
extraordinaria de los 45 céntimos, decretada
por el gobierno provisorio, los campesinos se
lanzan con tanto más apresuramiento a los
brazos del salvador. La crisis económica,
el antagonismo de los partidos acabaron de separar
al mundo rural de la República de 1848
que no les aportaba satisfacción inmediata.
Sentían una necesidad de unidad en el poder
y de fuerza en la autoridad que se formulaban
en un nombre: Luis Napoleón Bonaparte.
Cavaignac, Ledru-Rollin les parecían demasiado
infeudados a la lucha política. Luis Napoleón
se elevaría por arriba de los partidos.
Él
protegería al campesino: su nombre
deslumbraba a toda una parte de la población
que veía en él al continuador
de un tiempo de prosperidad y de gloria.
En su simplicidad, muchos campesinos dudaban
todavía que el gran Napoleón
hubiera muerto. Se preparaban a votar
por su sobrino porque era un Bonaparte.
Los postillones que se cruzaban en los
caminos se preguntaban: «¿Napoleón,
no es cierto?». Los aplausos que
saludaban un discurso de Emile Ollivier,
de gira en el Aube, eran interrumpidos
por un grito vigoroso: «¡Viva
Napoleón!».
El mismo grito repercutido por todos los
periódicos del « Partido
del Orden » retumbaba en todas las
comunas. Se lo repetía de pueblo
en pueblo, de granja en granja, de choza
en choza. Es al grito de «¡Viva
el Emperador!» que la población
rural, en múltiples regiones, se
negaba a pagar el impuesto. Su regreso
era predicho por los sonámbulos
y los organistas quienes cantaban:
Napoleón,
vuelve a tu patria,
Napoleón, sé buen republicano...
Ya se
le veía; ¡ahí estaba!
En las ferias, en los mercados, circularon
de nuevo ruidos extraordinarios. En Lisieux,
en Chartres, en Santas, voceadores de
diarios anunciaron que Napoleón
marchaba sobre París a la cabeza
de un ejército de cuarenta mil
hombres. Se distribuyó en las Ardenas
proclamas y llamados a las armas. En el
Finisterre, se divulgó la noticia
de que Cavaignac había muerto y
que Napoleón era presidente de
la República.
El hombre
de Austerlitz había salvado a Francia
de la anarquía durante la primera
revolución. El sobrino del gran
hombre daría, con su nombre mágico,
con su fortuna personal, la seguridad
al pueblo de que lo preservaría
de la miseria.
Emisarios
recorrían los campos, entraban
a las granjas y las posadas y hacían
magníficas. El príncipe
reembolsaría los 45 céntimos
de sus fondos personales y, de ser necesario,
haría a los ingleses pagarlos.
Iría incluso hasta suprimir los
impuestos durante muchos años y
los viejos soldados gozarían, gracias
a él, de rentas vitalicias. Silenciosamente,
con empecinamiento, el pueblo de los campos
se agrupaba alrededor de Luis Napoleón,
«candidato de los campesinos»...
«Un sólo nombre,
escribía Luis Blanc, habla
a su recuerdo, un solo nombre abra a su
pensamiento horizontes lejanos y tiene
poder sobre su alma... Un feo grabado
suspendido en los muros de su choza es
para ellos toda la política, toda
la poesía, toda la historia...»
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En esta fotografía de
1982, vemos, detrás de
una ventana opacada por la escarcha
y marcada con la inscripción
N, a una campesina
de la antigua Checoslovaquia
mostrando la foto de su difunto
esposo. Un ancestro de éste
último combatió
junto a Napoleón en el
cercano poblado de Austerlitz,
en 1805, tras lo cual se instaló
en la región con su novia
francesa e inició una
humilde dinastía de granjeros
y herreros. Como en el caso
del de este agricultor, el recuerdo
del Emperador es fielmente perpetuado
por esta viuda, y subsiste en
aquellas tierras lejanas a través
de los siglos gracias a los
leales campesinos locales. |
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El manifiesto
lanzado por Luis Napoleón la víspera
de las elecciones acarreó a los últimos
vacilantes. El príncipe se convertía
en un mito. Después de tantos días
de miseria, aparecía como el salvador.
El escrutinio tuvo lugar los días 10 y
11 de diciembre. Las rutas de Francia eran surcadas
por guardapolvos que, en columnas estrechas dirigidas
por el alcalde y el cura, precedidas de banderas
y tambores, se encaminaban hacia la cabeza de
distrito del cantón. «La furia francesa,
-declaraba el «Journal des Débats»
del 23 de diciembre-, parecía haberse transportado
de los campos de batalla a las salas de elección.
» La gente campesina, al llevar a Luis Napoleón
a la Presidencia de la República respondía
al voto de Persigny quien escribía en L’Occident
français: «El tiempo ha llegado
de anunciar en toda la tierra ese evangelio imperial
que no tuvo apostolado.»
Pierre Labracher.
NOTAS:
1) Grognards,
es decir, algo así como « gruñentes
» (que se la pasan rezongando); así
se les llamaba a los veteranos de la Grande Armada.
2) Revenants, en el texto original. Expresión
especial que tiene a la vez el doble significado
« que vuelven » y « los resucitados
».
3) L’Histoire de l’Empereur racontée
dans une grange.
4) Un veterano de la Vieja Guardia.
5) Personaje de la 2ª Égloga de Virgilio,
Coridón era un pastor que, para lograr
seducir a un joven esclavo, se presenta de la
manera más favorable posible haciendo para
ello gala de sus dotes líricas, escasos
y rurales bienes, así como e su aspecto
físico agraciado.
6) El impostor Charney se equivoca queriendo emplear
un término específico; nanquín
sería el término correcto.
7) Le médecin de campagne, novela de Honorato
de Balzac, 1833.
8) Les partageux era un término
despectivo para evocar a los intelectuales socialistas
de la época. Esos ideólogos,
según una expresión anterior del
mismo Napoleón, generalmente beneficiarios
de múltiples bienes y cuantiosas rentas,
predicaban sin embargo desde los sillones de terciopelo,
mármoles y telas finas de sus confortables
salones burgueses, la supresión de las
clases sociales y la total repartición
de los bienes. Como vemos, esta es una tradición
que se ha conservado hasta nuestros días.
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