Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
NAPOLEÓN EN LOS CAMPOS
 
 
Agradecimiento y recuerdo
Litografía popular decimonónica, colección del Príncipe Víctor Napoleón.

Por

Pierre Labracherie

Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Aquí la leyenda se hace palpable, casi se la puede tocar con el dedo. La encontramos en todos los campos donde el campesino la degusta como un vaso de vino peleón fuerte para « darse ánimo ».
Napoleón goza entonces del mismo prestigio que el rey en tiempos pasados: « ¡Si el rey lo supiera! » gemía antaño el palurdo cuando la suerte o un señor lo agobiaba demasiado duramente. « ¡Si Napoleón estuviera aquí! » suspira ahora. Con este hombre, todo es posible. Así, el campesino, impresionable y puro, lo vio por doquier.

Tras la caída del Imperio, la sombra de Napoleón no dejó de planear en los campos. Una vez la paz de regreso, los heroicos despojos de la Gran Armada volvieron a su parcela bordeada de vallas vivas y su jacal tapizado de viejos grabados a la efigie del « EX ». Durante el año que siguió a la Restauración, se contentaron de pasar años sosegados bajo el cetro del « mejor de los reyes ». El recuerdo de las tristes realidades de la guerra, las hecatombes, las marchas agotadoras en las nieves de la Berezina, los oficiales de guarnición que perseguían a los refractarios a la conscripción todavía estaban presentes en el alma campesina.

Los años pasaron. Los antiguos grognards (1) comenzaron a soñar con su juventud atildada de dolores prestigiosos: las victorias, las entradas triunfales en las ciudades, las cosechas de gloria. Los sufrimientos se difuminaban en provecho de la leyenda. El granadero de Austerlitz de vuelta al campo engendraba el mito del soldado labrador, esparcido por la imaginería popular entre 1814 et 1830. Mostraba la distribución de las águilas, Ulm, Austerlitz, Wagram. Las novelas de Chatelain magnificaban al veterano del Imperio, símbolo de la virtud y del valor, contando sus campañas a las jóvenes generaciones ávidas de entrar en la carrera. Béranger anunciaba a los viejos guerreros

Empalidecidos por el sufrimiento,
Que ya no tienen entre sus laureles
De qué beber por Francia,
El regreso de los tiempos mejores.

En fin, estaba el Otro, el Grande, el amo autoritario, convertido en el recuerdo de sus soldados en El Pequeño Cabo, personificación de la gloria Francesa y protector de la pobre gente.
Para esos soldados-labradores que contaban durante las veladas los fastos de la epopeya y educaban al pueblo en el culto bonapartista, Napoleón, surgido del pueblo, era el rey salido de los flancos de la Revolución, el hombre que aseguraba al campesinado la posesión de los bienes nacionales y que respondía a la necesidad de justicia de los humildes. Estaba demostrado, gracias a él, que cada cual podía ilustrarse por su valor, un teniente volverse emperador, un pasante de alguacil, rey de Suecia, un palafrenero, rey de Nápoles, veinticuatro simples soldados, mariscales de Imperio.

Él mismo, después de su regreso de la isla de Elba, no había ocultado a Benjamín Constant su predilección por los rurales: « Entre los campesinos y yo hay la misma naturaleza... No es como con los privilegiados. La nobleza me ha servido, se echó en masa a mis antecámaras; no hay plazas que no haya aceptado, pedido, solicitado; tuve de los Montmorency, de los Noailles, de los Beauveau, de los Rohan, de los Mortemart… pero nunca hubo analogía. El caballo hacía zalemas, estaba bien adiestrado pero lo sentía trepidar...
Con el pueblo, es otra cosa; la fibra popular responde a la mía. Yo salí de los rangos del pueblo, mi voz actúa sobre él... Mirad a esos conscriptos, esos hijos de campesinos; no los halagaba, los trataba duramente; no por ello me rodeaban menos; no gritaban menos “Viva el Emperador”... Es que me ven como su sostén, su salvador contra los nobles.
»

En contraste, la aristocracia renaciente trataba con desdeño a los aparecidos (2) de la Grande Armada de bandoleros del Loira; el terror blanco desolaba el Sur, el mariscal Ney era ejecutado. Era cosa fácil a la propaganda bonapartista estimular el odio de los Borbones. Se volvió con un fervor aún más grande hacia el cautivo de Santa Helena. El culto de la gran memoria no dejó de crecer. Napoleón resucitaba en la isla lejana, se erigía como dios del siglo. Las viñetas de Lorentz que ilustraban en 1842 « la Historia del Emperador contada en una granja » (3) de Balzac, representan ora al sombrerito negro aureolado en una isla en medio de las aguas, ora al general Bonaparte montando la guardia ante el Padre Eterno o balanceado por un frágil esquife, cruzando el mar. Unas bolas de cañón austriacas saludan al Emperador inmóvil bajo la metralla; un águila con las alas desplegadas vuela de campanario en campanario sobre el mundo.

 

LA CACERÍA DE SEDICIOSOS

La epopeya termina entonces de apoderarse de Napoleón. Acaso no profetizó él mismo, según el Memorial: « Hoy la persecución acabará de convertirme en su Mesías [de las verdades del nuevo orden]. ¡Aún cuando yo ya no sea, seguiré siendo para el pueblo, la Estrella! »
En vano el gobierno de la Restauración se esforzaba por hacer desaparecer el recuerdo del proscrito de Santa Helena, cada cual a su manera celebraba su culto, en las barbas de las autoridades. Los fervientes del Emperador tenían por armas los objetos simbólicos, las imágenes, las canciones, los almanaques esparcidos en los campos y a los que los procuradores reales daban caza. Los episodios de esta pequeña guerra se cuentan por cientos y muchos no están faltos de un toque pintoresco: en 1820, un señor Placy, fabricante licorista de Lyon, puso etiquetas « muy reprensibles » sobre botellas llamadas: Elixir de Santa Helena.
El caso no tiene consecuencias, pero el vendedor tiene imitadores. En efecto se persigue en Besançon a un cafetero culpable de vender botellas que portan una etiqueta que representa a Napoleón. El procurador del rey es formal: « ¡Esto constituye el delito de provocación por ataque formal al orden de sucesión al trono! » Misma historia en Montpellier donde unos vendedores de limonada venden en la región el « licor de los bravos », acompañado de atributos de un carácter sedicioso; en Lyon de nuevo donde unos licoristas proponen botellas cuya etiqueta se orna con una cucarda tricolor con la inscripción: « Dará la vuelta al mundo. »
« Sería conveniente », hace notar en esta ocasión el Procurador real, « hacer desaparecer de los lugares públicos emblemas que recuerdan el gobierno del Usurpador y que se tiene el arte de multiplicar bajo todas sus formas. »
Bajo todas sus formas, en efecto: en las ciudades y hasta en las menores aldeas se desata una marea de objetos simbólicos. El perfil imperial se dibuja en el pomo de los bastones, en el fondo de las tabaqueras, sobre la tabaquera de las pipas. Los tasadores, las placas de chimenea, las pincitas, los platos muestran el rostro de César. En Pontgibaud, en la jurisdicción de Riom, en 1816, es un águila de hojalata que sirve de veleta lo que el señor Engelvin, propietario, ha colocado sobre su casa. El adjunto del alcalde acude con la gendarmería al lugar y manda quitar e incautar el emblema temible.
El señor Engelvin se inclina, pero dirige al adjunto una carta « marcada con el sello de la ironía y de la pasión » y en la cual, después de haber expresado su espanto ante esta ofensiva de la gendarmería, declara que al haber sido educado en el otrora Lyceo (sic) Napoleón, posee tres botones de uniforme « que portan los tres el águila coronada, pero bien coronada, coronada hasta el punto de no confundirse ». « Me deshago de buena gana, añade el gracioso Engelvin, de esta propiedad que deposito solemnemente en manos del Sr. Adjunto, a fin de valer lo que de derecho, es decir los elogios que merece nuestro celo común: Sr. adjunto a hacer ejecutar las leyes y yo, a prevenirlas. » El Tribunal renunció a perseguir al águila de hojalata y a su propietario.

Si los emblemas bonapartistas ofenden la vista del gobierno de la Restauración, los gritos, las palabras sediciosas hieren sus oídos. El día siguiente del asesinato del duque de Berry, el procurador real del Gard señala que « horribles palabras » han sido oídas en muchos lugares. En Privas, un llamado Martel invoca el nombre del Usurpador « con loores y lamentos ». En Douai, el señor Toupet-Tanguy, tirador en el 2º batallón de Seine-et-Oise, es condenado a un año de prisión « por haber proclamado su apego al usurpador Bonaparte », añadiendo « que con su sola bayoneta mataría a dieciocho realistas ». El 17 de mayo de 1820, el teniente de gendarmería, en residencia en Cahors, al pasar una revista en Millau, arranca a dos gendarmes la decoración del lis y pronuncia « palabras inconvenientes »: « Tú eres de la fábrica de 1815: hacíamos un buen trabajo en aquel tiempo. »

Esta fidelidad al Emperador era cultivada por los viajeros e comercio que recorrían los campos, por los institutores en los pueblos perdidos, por los artesanos y sobre todo los escritores. Pero los libros eran raros y caros; los poemas, las canciones a la gloria de Napoleón se comunicaban más fácilmente gracias a los buhoneros que circulaban por los campos. Una mujer llamada Marie-Claire Merlin, detenida con una banda de cantantes ambulantes por haber vendido una canción titulada « El nacimiento de los laureles », contó que los cantantes se procuraban esas coplas sediciosas en el faubourg Saint-Denis y que recorrían los bulevares y los merenderos antes de propagarlos en los campos.

Este es un ejemplo de las imágenes que, transportadas por los buhoneros, arraigaron intensamente la leyenda napoleónica en las ciudades y los campos de Francia y Europa. Esta bella obra de Raffet muestra el interior de una taberna en Bélgica. En la mesa común, han tomado lugar múltiples militares rodeados de burgueses, campesinos, mujeres y niños. Se habla de la vida de los campos. El viejo cura belga interviene « ¡Yo he servido al gran hombre! ». Se le mira con sorpresa y admiración.

A propósito de ese caso, el Procurador real de Nancy echó pestes contra esos refranes subversivos « que tienden a despertar en el espíritu del pueblo ideas que tenía acerca de la gloria que se había adquirido Bonaparte por medio de sus diferentes conquistas y las victorias obtenidas sobre todas las potencias de Europa. Esas canciones son peligrosas, menos para el pueblo que está tranquilo en nuestros departamentos que para el soldado a quien se le hace extrañar a un jefe que le daba la ocasión de señalarse y de avanzar rápidamente. No hay uno de esos soldados que no vea con nostalgia el tiempo en que tenía como perspectiva el grado de general. Lo tiene aún sin duda actualmente, pero es a tal grado lejano que tiene pocas esperanzas de alcanzarlo. He aquí lo que hace peligrosas estas cosas. El soldado las canta en los cabarets a los que los atrae el bajo precio del vino y no es así como se le inspirará el apego al rey… » (!)

Pero no están sólo las canciones para perpetuar el culto del gran Emperador. Los campesinos reunidos en torno a la caja del buhonero encuentran en ésta las estampas heroicas y familiares. Representan a Napoleón en la apoteosis de Austerlitz y de Jena pero lo hacen bajar también de su empíreo para ponerlo en las escenas íntimas del vivaque. El dios de la victoria se humaniza y fraterniza con los soldados. Helo aquí buscando forzar la consigna de un joven militar en calidad de centinela que le grita « No se pasa »; aceptando una patata que le ofrece un granadero: « Sire, es la más cocida », o pasando frente a jóvenes reclutas que le gritan: « ¡Sire, podéis contar con nosotros como con la joven guardia! ». Pellizca la oreja de sus grognards llamándolos por su nombre: « ¡Te vi en Lodi! ». Se sienta campechanamente bajo su tienda, frente al magro fuego o bebe de una cantimplora que le tiende un viejo de la vieja. (4)

 

¡« ÉL » SE ESCAPÓ!

En suma, este conquistador al que nada resiste y que se une en la leyenda a los gigantes, los seres fabulosos cuyas hazañas cuentan los cuentistas, en la noche, frente a la chimenea de las granjas, no es un hombre orgulloso y los campesinos lo aprecian más por ello. El cautivo de Santa Helena está ahí, siempre presente. Al menos se aguarda, se espera su regreso. En los campos aislados donde las noticias rara vez llegaban, la gente simple, iletradas las más veces, acogían con una fe inocente la noticia de la evasión del Emperador que volvía periódicamente a los campos. Desde noviembre de 1815, en la región de Fontainebleau, se detuvo a dos individuos que creaban una gran agitación anunciando el regreso de Napoleón. El Procurador real, describiendo con consternación el mal estado del espíritu público, atribuía esas falsas nuevas « a los viajeros que difunden en las tabernas, en las ciudades, argumentos que, entre más ridículos son, más son acogidos por la credulidad, a oficiales extranjeros de todas naciones que también han recorrido los campos, más como espías que como militares. En fin a los bávaros que pasaron por Fontainebleau y en el distrito y que bajo pretexto que habían servido a Bonaparte, volvieron a embriagar a los militares franceses con todos los humos de la gloria. Hubo incluso escenas que fueron llevadas hasta el escándalo ».

Homenaje solemne rendido a la vejez por el Emperador de los franceses
El 27 de enero de 1807, Francisco Ignacio Narocki de 117 años de edad, antiguo militar y granjero nacido en Witki, cerca de Vilna, es presentado al Emperador Napoleón quien, respondiendo a su petición, otorga al venerable anciano una pensión anual de cien napoleones, ordenando además que un año le fuese pagado por adelantado. Estampa popular de la época.

En el transcurso de los años siguientes no fue raro ver aparecer profetas de buena o de mala fe, anunciando la gran nueva: en octubre de 1815, el cabo-furriel Saint-Lambert, llegado a Soligny (Orne) en asueto ilimitado cuenta al adjunto del alcalde que jugó en el asunto un papel de provocador « que se esperaba en París al Rey de Roma, que en los cuatro días que pasó en París, lo había visto anunciado en un cartel; que había visto dos militares cuyos pasaportes estaban firmados por María Luisa, que el Emperador de Austria se quedaba en París para la llegada del Rey de Roma que estaba en Soissons, que había sido por traición como Soissons había sido entregado a los rusos; que el general ruso había querido hacerle gritar a él y a sus camaradas « ¡Viva el Rey! », que lo habían gritado añadiendo: « de Roma ». En enero de 1816, en la comuna rural de Riom, el señor Louison Delage anuncia que Napoleón por fin ha desembarcado en Francia a la cabeza de un ejército considerable y que él, Delage, se compromete a « ¡matar a treinta Realistas, por su parte! » En la misma fecha, Mathieu Lugagne, de la ciudad de Lodève, y Barthélemy Mathieu, perceptor de la comuna de Octon, son detenidos « por haber esparcido la espantosa noticia que la cucarda roja era enarbolada desde Lyon hasta París ».
En ese mismo mes de enero de 1816, Jean Marcheix, cabaretero en Riom, va a la feria de Saint-Gervais. Ahí, en la plaza pública, rodeado por unas quince personas, anuncia el regreso de Napoleón y brinda detalles impresionantes: ¡el Emperador ya se ha apoderado del fuerte de Gibraltar, acompañado por el Sr. Forget, ex-subprefecto en Riom, quien ha sido herido de un lanzazo y acaba de señalarlo a sus parientes!

Estas noticias no habían salido todas de la imaginación de quienes las propagaban. El Prefecto del Jura acusaba a la « Gazette de Lausanne » de publicar esas « informaciones absurdas y alarmantes » que penetraban bastante fácilmente en Franco-Condado o incriminaba también a periódicos alemanes enviados a Francia a particulares. El Prefecto de Policía recibió la orden de impedir en lo posible la entrada al reino de folletos extranjeros.

 

¿LIBERADO POR LOS AMERICANOS?

A partir de enero de 1817, rumores más extraordinarios aún se extendieron a través los campos franceses. ¡Esta vez venían de América! Napoleón se había escapado de Santa Helena, liberado por una escuadra estadounidense bajo las órdenes de Lefebvre Desnouettes. Se hallaba ahora en los Estados Unidos con una flota armada de invasión comandada por los oficiales salidos de Francia. Iba a desembarcar, a restablecer el Imperio. ¡Ya la bandera tricolor flotaba en Inglaterra!

Hasta hubo un testigo para confirmar ese sensacional evento. Un cierto Vidal, detenido en Auch, declaró haber asistido a la batalla. Se encontraba, dijo, en a bordo de una bricbarca inglesa perteneciente a una pequeña escuadra que cruzaba frente a Santa Helena. Repentinamente estalló un vivo cañoneo y se entabló un combate terrible. Vidal describía la invasión de la isla, la masacre de los ingleses, la liberación de Napoleón. En cuanto a él, siempre en su bricbarca, había navegado rumbo a Inglaterra de donde había sido rechazado hacia Gibraltar y retenido como prisionero. Tras lograr escaparse, había llegado a Cádiz y había alcanzado Bayona después de haber atravesado toda España. Afirmaba haber dejado las aguas de Santa Helena en el mes de agosto y mostraba como prueba de ello su hoja de ruta.
El hombre no era forzosamente un impostor. Sin duda estaba, él también, poseído por el gran mito. Pero las autoridades no tienen el sentido de lo maravilloso. Hasta desdeñaron hacer comparecer ante la justicia al narrador del combate de Santa Helena « en virtud de los cuentos absurdos que propaló » (!) No por ello la liberación de Napoleón continuaba menos su camino.

En noviembre 1817 la mujer de un conductor de la diligencia de Rouen a Pont-Audemer entregó, por error, a una dama de esa ciudad, una carta muy afirmativa. « El ruido corre –se decía en ella–, que el Emperador se ha escapado de la Isla Santa Helena. Puedo hacerte una fiel relación. He visto a una persona digna de confianza que residía ahí, partió de ahí el pasado 15 de julio, cuatro días después de la evacuación de Su Majestad, en función de la orden que fue dada a todos los franceses por el gobierno. »

En esta hermosa litografía, enmarcada nuevamente en un típico contexto rural de principios del Siglo XIX, el dibujante francés Charlet volvió a representar al viejo soldado - en este caso alsaciano -, maestro de escuela improvisado: « Lishto, osh int’rrogo... call’she… Qu’sho eshcuche un brofundo zilencio, hablamosh de la crramática francesha ». El espíritu de este tipo de institutores, así como el de los niños de estas imágenes, es el que describe Alfred de Musset en sus Confesiones de un hijo del siglo.

¡« Él » estaba de vuelta! Es nuevamente lo que anunciaba un buhonero que recorría la región de Lons-le-Saunier y penetraba en las casas para suministrar misteriosamente la relación del regreso de Napoleón. Afirmaba que el evento había tenido lugar desde hacía poco tiempo y que las tropas se dirigían del lado de Bayona. ¡El hombre añadía que estaba encargado por el Prefecto, así como otros cuarenta buhoneros, de dar a conocer la noticia en el departamento!

El eco del extraño rumor provenía, decían las autoridades, de los diarios extranjeros, se propagaba también, con variantes no menos extraordinarias, en la Somme y en la Vendea.
Así es como en éste último departamento, en Mareuil, llegó en marzo de 1818, un desconocido a caballo que fue a alojarse en la posada del señor Auvynet. El jinete parecía tener 27 o 28 años de edad. Estaba bien puesto, era muy distinguido, de una fisonomía fina y espiritual. Se quedó aproximadamente una media hora, preguntó al hostelero si la región estaba tranquila, si, durante los Cien Días, las tropas de Napoleón habían molestado a la población, si tras el regreso del rey, los vendeanos los habían insultado, si se ocupaban de los debates sobre la ley de reclutamiento, etc. Las respuestas habiéndole parecido satisfactorias, el misterioso viajero dio a Auvynet hijo un papel que dijo provenir de una gaceta estadounidense.
Era nuevamente un relato de la evasión de Napoleón. El cautivo habría sido liberado por el emperador de Marruecos que le daba así testimonio de su agradecimiento por haberle devuelto a su hija, durante la campaña de Egipto. La operación había sido dirigida bajo la protección de tres fragatas estadounidenses y de múltiples corvetas que, después de haber capturado dos bricbarcas inglesas, habían hecho prometer a sus capitanes hacerlos abordar, lo cual fue hecho. Los generales Grouchy y Savary quienes se hallaban a bordo lloraron de gozo en cuanto estuvieron en presencia de Napoleón. El texto refería entonces las palabras del Emperador a sus dos oficiales: « Sé que el cielo os ha enviado; pero aquel que me ha protegido en los más grandes peligros o combates nunca me ha abandonado. Europa verá en mí un nuevo Marius siete veces conocido por sus valientes hazañas. » Luego, desenvainando su espada: « Que el sol brille sobre Francia, esa nación que no ha cesado en mi corazón de conservar la más grande estima. » Al llegar a Filadelfia, Napoleón hizo la proclama siguiente: « Pueblo estadounidense, valiente y generoso, no puedo más que estar agradecido, puesto que habéis atravesado los mares para lograr mi liberación; si el gobierno quiere contar mis intenciones, dentro de poco Gran Bretaña tendrá cuentas que rendir a los príncipes y a las naciones que no cesa de querer dominar. » El general Humbert y el conde Deslons, después de haber tomado las órdenes de Napoleón, transmitidas por sus generales, navegaron con rumbo a la corte de Austria a fin de anunciarle esta importante noticia y exhortarla a renunciar a la infame coalición. Están encargados de hacer entrega a manera de presente de una joya evaluada en un millón y medio.
El mismo día en que esta noticia era anunciada en Mareuil, entre el medio día y la una, un viajero se detuvo donde la Viuda Ribot, posadera, en la ruta de Bourbon-Vendea, hacia las cuatro y media. Preguntó si, en ese cantón, no había Bonapartistas y le presentó una proclama de Napoleón diciéndole que reaparecería en Francia. El escrito era el mismo que el precedente. Antes de la llegada del viajero a Mareuil, los mismos ruidos habían sido esparcidos en Nantes y en Burdeos. Se contaba también que el rey José se hallaba en Francia, que acababa de recorrer el departamento de la Vendea, escoltado por la gendarmería que lo había acompañado de Bressuire a La Châtaigneraie.
Las tres personas arrestadas en fueron absueltas; el tribunal de Fontenay estimó en efecto que el escrito del que se trataba « era demasiado absurdo para haber podido propagar la alarma y despertar el espíritu de partido ».

No por ello persistió menos el regreso del Emperador, todavía en 1819, en la región lyonesa donde la policía buscó, sin éxito por lo demás, a un antiguo militar quien, en un cabaret de Villefranche, anunció, él también, la liberación de Napoleón. Incluso propuso a un empleado del telégrafo enrolarse a su servicio, añadiendo « que ya eran quince cientos y que esta vez estaban bien seguros de no fallar su golpe y hacerse amos de Lyon ».

 

LAS FALSAS PROCLAMAS

En ciertas regiones de Francia, no se limitaban a anunciar la llegada del Emperador. Falsas proclamas eran distribuidas bajo mano y producían siempre un gran efecto. Quien leía esos escritos, traídos por una vía secreta, creía participar a un misterio sagrado. Creía oír la palabra del dios invisible que le dictaba sus acciones y le vertía esperanza. Esos textos estaban con frecuencia groseramente redactados pero impresionaban la imaginación de la gente simple. Así es como en 1816, el cantón de Espalion fue muy conmovido al leer una proclama en la que Napoleón se decaía generalísimo de los ejércitos otomanos y anunciaba su regreso a Francia a la cabeza de una armada de 150 000 hombres, ¡Franceses y marroquíes!

Otros boletines propagados clandestinamente en el Gard se esforzaban en serenar la opinión acerca de las intenciones del Emperador:

« Tenéis razón de llamarme vuestro padre; no vivo más que por el honor y la dicha de Francia. Mi regreso disipa todas vuestras inquietudes, garantiza la conservación de todas las propiedades; la igualdad entre todas las clases y los derechos de los que gozáis desde hace veinticinco años y por los cuales habéis todos suspirado, forman el día de hoy una parte de vuestra existencia. En todas las circunstancias en que pueda encontrarme, me acordaré siempre con gran interés de todo lo que he visto al atravesar vuestro país. »
Firmado: Napoleón.
Para el Emperador, el gran Mariscal hasiendo (sic) las funciones de mayor-general de la Grande Armada.
Firmado: Bertrand.
 
El departamento de las Deux-Sèvres fue gratificado con una proclama grandilocuente, redactada, « en el cuartel general de Valparaíso ». « Napoleón, generalísimo de los ejércitos federados de la América », prometía a Francia vengarla « de todas las desdichas que el gobierno inglés le ha suscitado, desde hace muchos siglos, para enriquecerse con sus despojos. » « Franceses, declaraba, os corresponde no frustrar mis esperanzas: devolved a mi hijo el trono que le pertenece y que una familia degenerada llama en vano su herencia. Acordaos que los Borbones os han sido traídos de vuelta por el Extranjero, que os cuestan más de cuatro millares, la pérdida de la tercera parte de vuestras provincias, de vuestros arsenales y de vuestra marina, que os han ofendido durante más de dos años y no olvidéis que os deshonran diariamente al reprocharos la muerte del último de vuestros reyes que ellos mismos condujeron al cadalso. Franceses, ¡América os debe la libertad! A ella corresponde saldar su deuda ofreciéndoos una alianza ofensiva y defensiva para vengar vuestra injuria y asociaros a un comercio de gloria y de interés. »
Bonaparte tocando a los apestados. Imagen de Epinal

En otra proclama, Napoleón, intitulado « generalísimo de los ejércitos federales de la América meridional », se dirigía « al pueblo del Nuevo Mundo » y juraba hacer respetar su independencia. « Bravos americanos, decía el manifiesto, tenemos madera y hierro; si se quiere la guerra, la haremos porque el buen derecho es nuestro. Malhaya a quienes no querrán vivir en paz con los vencedores de los ingleses y de los españoles: Ya nuestras flotas cubren los mares; somos amos del Perú y de Chile; marchamos hacia Brasil mientras los ejércitos de los Estados Unidos atacan a México y a Canadá después de haber sometido las Floridas. »

En el mes de agosto de 1819 otra proclama decomisada en la región lyonesa: esta vez Napoleón portaba los títulos de « Emperador de los franceses, rey de Italia, Presidente de la gran Dieta de África y de América, general en jefe de Oriente, gran almirante de Asia, de África y de América ». Era un boletín de victoria felicitando a los estadounidenses por haber aniquilado la flota inglesa y asegurando a los franceses que iban a recobrar su libertad.

Las autoridades afectaban desdeñar estos llamados fantasiosos, al tanto que reconocían que eran de una naturaleza « a despertar en el pueblo temores adormecidos o a hacer nacer esperanzas criminales ». En verdad, la leyenda estaba tan enraizada en el corazón de las provincias que podía permitirse todo: hasta hacer aparecer falsos Napoleones.

 

UN NAPOLEÓN BIEN PARTICULAR

En el mes de junio de 1817 un tal Charney comenzó a circular en el departamento de la Mayenne anunciando el regreso de Napoleón. El hombre era un simple estafador, pero esta declaración y sobre todo las que siguieron, lograron, dicen las relaciones oficiales, « a abusar de la credulidad de muchas personas y a fomentar la agitación que se dejó sentir en el departamento durante el mes de julio pasado ». El 9 de julio se fue a hospedarse a Saint-Paul, donde el señor Faguet que tenía una posada. Se hizo inscribir en su registro bajo el nombre de Pommier de Nantua, pero confió misteriosamente al hostelero que no era otro que Napoleón I. Faguet no dudó un solo instante. Dio a Charney su más bella recámara y le hizo llevar su merienda.

El pseudo-Emperador se cenaba confortablemente cuando el mesonero apareció, precediendo a Métrillot, el campanero, ferviente bonapartista, y le hizo la señal de que avanzara:
- Venid, mi buen viejo, deseabais ver al Emperador, y bien, lo veis frente a vuestros ojos.

El campanero cayó de rodillas ante Charney, quien lo levantó noblemente diciéndole que era un hombre y nada más que otro. En eso Faguet se llevó al admirador conmovido y desfalleciente diciéndole con un aire bien satisfecho: « ¡Y bien, lo habéis visto esta vez! » El posadero, cada vez más convencido de que hospedaba al Emperador, lo llevó el día siguiente cerca de Saint-Paul. Se dirigieron a la posada donde Charney se hizo pasar nuevamente por Napoleón, anunciando que sus armadas volverían pronto a Francia. Mientras hablaba, tenía la precaución de dejar percibir un listón rojo que llevaba al pecho bajo su camisa. Lo que le importaba a los campesinos no era tanto la gran política sino las cosechas. Se quejaron ante el pretendido Napoleón del alto precio del grano. « No es mi culpa, respondió, he enviado todo lo que era preciso para alimentar a Francia durante el año. El aumento de los precios se debe a los transportes, pero las cosas irán mejor enseguida. » En eso, Charney anunció que se iba por el rumbo de Carrouges a alcanzar a sus postas. Agregó que Napoleón II iba a subir al trono y que él sería su teniente general. Alguien pidió ver su corona. Charney respondió que los sacramentos se oponían a ello y con eso dejó ahí plantados a los curiosos.

De vez en cuando, Napoleón recorría la capital, no desdeñando detenerse aquí y allá para charlar con los parisinos. Un día, fue interpelado por una vendedora de legumbres que le dijo que hiciera cesar la guerra. « Cada quien su oficio, le respondió el Emperador; vended vuestras legumbres, madre, y dejadme a mí hacer política. »

El 20 del mismo mes, se presentó donde Pierre Valencot, cultivador en Rancé, y fue acogido y « tratado como un rey ». Durante su estancia, Charney abrevaba a su crédula hospedera con relatos abracadabrantes. Según él, el emperador de Marruecos, el rey de Persia y el emperador de los turcos debían próximamente llegar con sus tropas, para ponerlo en el trono. Esos importantes personajes, afirmaba gravemente, visitarían las chozas donde él se había quedado, se prosternarían ante los lechos donde había pernoctado. Los cuartos habitados por él serían decorados e iluminados. ¡Charney no dejaba de anunciar que la buena gente que había tenido la dicha de alojarle recibirían fuertes recompensas! Asombró una noche a la mujer Valencot mostrándole una estrella fugaz y declarando que ese astro era el suyo, que no lo dejaba nunca y venía a colocarse sobre su cabeza.
Después de haberse repantigado a costas de sus anfitriones por muchos días, Charney retomó el camino no sin haberse hecho entregar una suma de doscientos francos y amplias provisiones alimenticias.
El 31, se hallaba en Bourg donde compró un sombrerito de tres cuernos con trencilla de plata y flor de lis, tras lo cual se topó con un joven tambor de la 2ª legión del Loira y lo invitó a cenar. El falso Napoleón, hay que decirlo, era un discípulo de Coridón (5). Recurriendo a su prestigio imperial, sobornó al ingenuo militar atónito, festejó con él y lo dejó el día siguiente después de haberle obsequiado un pantalón de « nanquineto » (6) y un chaleco azul. Charney tomó enseguida el vehículo público de Bourg a Macon y se valió nuevamente de los mismos discursos napoleónicos. Aclamado por los viajeros, les regaló a todos refrescos e hizo distribuir dinero a los pobres que se encontraba en el camino. Pero el dinero de la mujer Valencot comenzaba a agotarse. Charney se escondió un cierto tiempo en un arrabal de Saint Macon. Fue ahí donde un cierto Berthelon, estafado por él, reconoció y denunció al falso Napoleón, que fue llevado a prisión.

 

DIVINIZADO COMO CÉSAR AUGUSTO

El bravo granadero le tiende su cantimplora al Emperador: « Después de vos, Sire », le dice. Luego, una súbita inquietud le abruma: « ¡Cómo se le va a subir! ». Estampa popular.
 

Una vez muerto el Emperador, el pueblo se negó a creerlo. El genio visionario de Balzac mostró en « El médico rural » (7), la pasión napoleónica que animaba a la legión de soldados campesinos. En 1829, Gondrin, único sobreviviente de los pontoneros de la Berezina, de regreso a su tierra natal, sin una medalla, sin una pensión, cree que el cautivo de Santa Helena sigue vivo aún. Goguelat, el cartero, otro antiguo grognard, cuenta durante la velada, en una granja, a los campesinos atentos, la epopeya imperial y les dice: « Ah, pues sí, muerto, se ve bien que no le conocen ».

Mientras que el recuerdo de Napoleón revive en la imaginación de los escritores, de los artistas, de los poetas, los relatos orales corren en los menores caseríos a los que han vuelto los combatientes de las grandes guerras. « Hay, dice Edgard Quinet, una historia inasequible que no está escrita en ninguna parte, que se renueva y se transforma en la boca de cada narrador. Los campesinos, no sólo en Francia sino en el mundo entero, ven en él a un mago, un genio, un dios. Lo reverencian al igual que un santo, le profesan un culto ».

Altar en China dedicado al Emperador Napoleón. Dibujo popular.

Una litografía de 1833 representa a un viejo soldado convertido en labrador que dice a un abate, mostrándole el retrato del Emperador: « mirad, veis, Señor Cura, para mí, helo ahí, el Padre Eterno. ». El mismo nombre del ídolo basta para conjurar la mala suerte. A Henri Heine, un pobre tullido le pide caridad « en nombre de Napoleón ». En tiempos de la epidemia de cólera, los bonapartistas, cuenta nuevamente Henri Heine, le aconsejaban para curarse mirar la columna Vendôme. Dayot, el autor de « Napoleón contado por la imagen », viajaba en 1886 por Extremadura. Al entrar a la cabaña de un leñador, vio, colgado en el muro, junto a un retrato de Raspail, un grabado inglés que reproducía de manera bastante imperfecta a Bonaparte. Preguntó quién era el personaje representado. « Napoleón », respondieron el leñador y su mujer, con una voz trémula, alzando el dedo hacia el cielo. « Esta palabra fue dicha con una entonación en la que había a la vez admiración, odio y terror. »

En Boloña, un pescador percibe el 30 de julio de 1830 la bandera tricolor que flota en el muelle. « Bien sabía, exclama, que no estaba muerto. »
Allende, en los otros puntos de la tierra, el culto Napoleónico no deja de crecer. Su retrato decora la casa de los campesinos húngaros; está esparcido en Asia; Léon Gozlan, al visitar la Patagonia en 1829, cuenta que un cacique que poseía un mal retrato del Emperador le dirigió estas palabras memorables: « Permite que te bese ya que has visto a ese semidiós. »

« Él volverá », decía el campesino de la Restauración. « Él volverá », repetía el campesino de 1848. ¡Había vuelto! El hijo del Emperador había muerto en Viena, pero el sobrino, Luis Napoleón Bonaparte, resucitaba de lo lindo el recuerdo el recuerdo del águila y movilizaba la leyenda en su provecho. Su candidatura a la presidencia de la República dio lugar a una propaganda desenfrenada. Se divulga a profusión imágenes que representan al príncipe ora solo, ora con el tío que lo designa a Francia como su heredero. Se prende al guardapolvo rural medallas a su efigie y sobre las cuales el campesino lanza una mirada murmurando: « ¡Si él estuviera aquí! »

En Santa Helena, aseguran los Bonapartistas, el Emperador lamentaba amargamente no haber podido realizar el sueño de Enrique IV: el guiso de gallina cada domingo, un pequeño desahogo, la prosperidad, la tranquilidad para todos. Será al sobrino a quien corresponderá proseguir esta obra. Es digno de ella. ¿No profesaba, desde muy niño, una verdadera adoración por su tío? Se cuenta que el día siguiente de Waterloo, cuando Napoleón fue a la Malmaison a decirle adiós a la reina Hortensia, hubo que arrancar a Luis de los brazos del Emperador. ¡Se aseguraba, que gritaba, al llorar, que quería ir a tirar el cañón como el rey de Roma!

« Mirad; ¿veis, Señor Cura? Para mí, ay s’tá… l’Padre Eterno » (Litografía de Bellangé, 1833).

La sombra de Napoleón apoyaba, a cambio, la candidatura del sobrino. Felicitaba a la nación de haberlo elegido representante del pueblo y la estimulaba a llevarlo a la presidencia. « Ningún hombre vale, aseguraba un folleto de un tiraje de 40,000 ejemplares por un tal Besuchet, antiguo oficial del Imperio, el sobrino del Emperador, el nieto de la buena Josefina, el escritor que tanto se ha ocupado del pueblo... El Emperador, su tío, quiso la felicidad de Francia por medio de la gloria; él querrá la gloria de Francia por medio de la felicidad. »
Luis Napoleón Bonaparte se presentaba en efecto como el restaurador de la paz, del orden y de la prosperidad. Prometía el bienestar, la disminución de los impuestos, el libre comercio. Gracias a él, la idea napoleónica se hacía social, industrial, agrícola, humanitaria. Napoleón, era la abolición de la miseria.

 

¡NAPOLEÓN HA MUERTO, VIVA NAPOLEÓN!

Alocados por la propaganda de los conservadores que les predecían que los « rojos », los « compartientes » (8) iban a invadir los campos y a apoderarse de sus tierras, exasperados por la contribución extraordinaria de los 45 céntimos, decretada por el gobierno provisorio, los campesinos se lanzan con tanto más apresuramiento a los brazos del salvador. La crisis económica, el antagonismo de los partidos acabaron de separar al mundo rural de la República de 1848 que no les aportaba satisfacción inmediata. Sentían una necesidad de unidad en el poder y de fuerza en la autoridad que se formulaban en un nombre: Luis Napoleón Bonaparte. Cavaignac, Ledru-Rollin les parecían demasiado infeudados a la lucha política. Luis Napoleón se elevaría por arriba de los partidos.

Él protegería al campesino: su nombre deslumbraba a toda una parte de la población que veía en él al continuador de un tiempo de prosperidad y de gloria. En su simplicidad, muchos campesinos dudaban todavía que el gran Napoleón hubiera muerto. Se preparaban a votar por su sobrino porque era un Bonaparte. Los postillones que se cruzaban en los caminos se preguntaban: « ¿Napoleón, no es cierto? ». Los aplausos que saludaban un discurso de Emile Ollivier, de gira en el Aube, eran interrumpidos por un grito vigoroso: « ¡Viva Napoleón! ».
El mismo grito repercutido por todos los periódicos del « Partido del Orden » retumbaba en todas las comunas. Se lo repetía de pueblo en pueblo, de granja en granja, de choza en choza. Es al grito de « ¡Viva el Emperador! » que la población rural, en múltiples regiones, se negaba a pagar el impuesto. Su regreso era predicho por los sonámbulos y los organistas quienes cantaban:

Napoleón, vuelve a tu patria,
Napoleón, sé buen republicano...

Ya se le veía; ¡ahí estaba! En las ferias, en los mercados, circularon de nuevo ruidos extraordinarios. En Lisieux, en Chartres, en Santas, voceadores de diarios anunciaron que Napoleón marchaba sobre París a la cabeza de un ejército de cuarenta mil hombres. Se distribuyó en las Ardenas proclamas y llamados a las armas. En el Finisterre, se divulgó la noticia de que Cavaignac había muerto y que Napoleón era presidente de la República.

El hombre de Austerlitz había salvado a Francia de la anarquía durante la primera revolución. El sobrino del gran hombre daría, con su nombre mágico, con su fortuna personal, la seguridad al pueblo de que lo preservaría de la miseria.

Emisarios recorrían los campos, entraban a las granjas y las posadas y hacían magníficas. El príncipe reembolsaría los 45 céntimos de sus fondos personales y, de ser necesario, haría a los ingleses pagarlos. Iría incluso hasta suprimir los impuestos durante muchos años y los viejos soldados gozarían, gracias a él, de rentas vitalicias. Silenciosamente, con empecinamiento, el pueblo de los campos se agrupaba alrededor de Luis Napoleón, « candidato de los campesinos »... « Un sólo nombre, escribía Luis Blanc, habla a su recuerdo, un solo nombre abra a su pensamiento horizontes lejanos y tiene poder sobre su alma... Un feo grabado suspendido en los muros de su choza es para ellos toda la política, toda la poesía, toda la historia... »

En esta fotografía que data de 1982 vemos, detrás de una ventana opacada por la escarcha y marcada con la inscripción N, a una campesina de la antigua Checoslovaquia, mostrando la foto de su difunto esposo. Un ancestro de éste último combatió junto a Napoleón en el cercano poblado de Austerlitz, en 1805, tras lo cual se instaló en la región con su novia francesa e inició una humilde dinastía de granjeros y herreros. Como en el caso de aquel agricultor, el recuerdo del Emperador es fielmente perpetuado por esta viuda, y subsiste en aquellas tierras lejanas a través de los siglos gracias al amor de los leales campesinos locales.

El manifiesto lanzado por Luis Napoleón la víspera de las elecciones acarreó a los últimos vacilantes. El príncipe se convertía en un mito. Después de tantos días de miseria, aparecía como el salvador. El escrutinio tuvo lugar los días 10 y 11 de diciembre. Las rutas de Francia eran surcadas por guardapolvos que, en columnas estrechas dirigidas por el alcalde y el cura, precedidas de banderas y tambores, se encaminaban hacia la cabeza de distrito del cantón. « La furia francesa, -declaraba el « Journal des Débats » del 23 de diciembre-, parecía haberse transportado de los campos de batalla a las salas de elección. » La gente campesina, al llevar a Luis Napoleón a la Presidencia de la República respondía al voto de Persigny quien escribía en L’Occident français: « El tiempo ha llegado de anunciar en toda la tierra ese evangelio imperial que no tuvo apostolado. »

Pierre Labracherie.

NOTAS:

1) Grognards, es decir, algo así como « gruñentes » (que se la pasan rezongando); así se les llamaba a los veteranos de la Grande Armada.
2) Revenants, en el texto original. Expresión especial que tiene a la vez el doble significado « que vuelven » y « los resucitados ».
3) L’Histoire de l’Empereur racontée dans une grange.
4) Un veterano de la Vieja Guardia.
5) Personaje de la 2ª Égloga de Virgilio, Coridón era un pastor que, para lograr seducir a un joven esclavo, se presenta de la manera más favorable posible haciendo para ello gala de sus dotes líricas, de sus escasos y rurales bienes, así como de su aspecto físico agraciado.
6) El impostor Charney se equivoca queriendo emplear un término específico; nanquín sería el término correcto.
7) Le médecin de campagne, novela de Honorato de Balzac, 1833.
8) Les partageux era un término despectivo para evocar a los intelectuales socialistas de la época. Esos ideólogos, según una expresión del propio Napoleón, generalmente beneficiarios de múltiples bienes y cuantiosas rentas, predicaban no obstante, desde los sillones de terciopelo, los mármoles y las telas finas de sus confortables salones burgueses, la supresión de las clases sociales y la total repartición de los bienes. Como vemos, es esta una tradición que se ha conservado bien hasta nuestros días entre la gente de ese tipo.

Instituto Napoleónico México-Francia, INMF.