| LOS
SIGNOS DE LA FATALIDAD |
 |
Alegoría
del regreso de los restos
del Emperador a Francia
Dibujo de Célestin
Nanteuil (1813-1873) para
Les rues de Paris,
1844. |
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Instituto Napoleónico México-Francia
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|
«
Sólo el infortunio
le faltaba a mi renombre.
He llevado la corona imperial
de Francia, la corona de hierro
de Italia; y ahora Inglaterra
me ha dado otra más grande
aún y más gloriosa
- la que fue llevada por el Salvador
de Mundo -,
una corona de espinas »
|
Napoleón
I.
|
|
INTROITO
Observada
en el amplio mirador del Sagrado Corazón,
desde lo alto de Montmartre; acaso descubierta
hojeando cualquier libro sobre París,
o quizá escuetamente advertida a través
de la imagen televisada desde la capital francesa,
allí, visible desde cualquier punto
de la Ciudad Luz, hay una cúpula dorada.
Y allá,
bajo el áureo embovedado, el altar
de una capilla, la de los Inválidos;
en lo hondo del templo, circundado por majestuoso
anillo de mármoles que mueve a la respetuosa
veneración, un túmulo que hace
suma de obra y grandeza; allí, rodeada
por águilas que no mueren en la Historia,
guardada mientras dure el mundo, reposa dentro
del catafalco de pórfido rojo sobrepuesto
en marmórea base verde, en tálamo
circundado por metales y maderas preciosas,
la reliquia de un ser predestinado: NAPOLEÓN.
Después
de haber advertido tras tanta magnificencia
un señalado honor, sin duda que el
viajero o el estudioso se pregunten el por
qué, o bien sobre cuál habría
sido la razón por la que tan solemne
edificio, ideado y erigido por el arquitecto
Louvois, el hoy Museo del Ejército,
antiguo Hospital
de Los Inválidos, fundado por Luis
XIV « para abrigar la vejez de los veteranos
de sus guerras » y cuyos últimos
huéspedes fueran en 1908 el general
Niox, el subteniente Buttner, el comandante
Gallois y el Ayudante Lecointe, tal edificación
regia, haya sido elegida como tumba tan destacada,
en tanto que está situada en medio
del pueblo francés que tanto amara
Napoleón Bonaparte Ramolino, la que
acaso sólo encuentra parangón
con aquellas de los faraones, en las inmediaciones
del Nilo.
Y sin embargo,
la respuesta sobre el significado de ella,
asentada acaso centenas de metros del Sena,
resulta sin duda un reto para cualquier imaginación
ayuna o no de Historia, dado que un siglo
como el XIX, supo de hombres y mujeres dotados
de espíritus magníficos, cuyas
cenizas, no obstante, no están honradas
allí y sí las de uno, cabeza
del Ejército, que fuera capaz de cambiar
los sistemas de la guerra y se convirtiera,
merced a ésta, en el árbitro
de la Victoria, aquél que precisamente,
al final de una vida apenas mayor de cincuenta
años deseara trascender, lográndolo,
por algo diametralmente opuesto a la espada
o la pólvora de los cañones:
el Código
Civil que lleva su nombre.
Pocos seres
humanos han sido estrellas que iluminen su
tiempo, pocos los que logran serlo para un
siglo, y solamente uno, desde 1821 y a partir
de 1769 permanece por derecho propio en el
seno de la historia del mundo. Otras coincidencias:
Pericles de Atenas, Alejandro de Macedonia
o César de Roma. No más. He
aquí un periplo a la inversa de algunos
de los instantes de su vida…
 |
«
Napoleón
una hora antes de su inhumación
».
Por Jean-Baptiste Mauzaisse
(1784-1844). |
|
LA
VOZ
Al tiempo
en que nos sumergimos en el ámbito
de un templo, cuya cruz, al fondo, reclama
recogimiento místico, sentimos sin
embargo que en lo profundo del silencio, una
voz se extiende en el ambiente, acaso como
un sentimiento que creyera encontrarse multiplicada
entre los ecos mil veces reiterados; la vibración
misma de aquella voz que incendiara al Ejército
de Italia en las postrimerías del siglo
XVIII, para con él y a través
de él, cambiar la Europa de entonces
sumida en la profunda ignición de 1789
y enriquecida con el fuego sagrado de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano, sin más
que con soldados « desnudos y desnutridos
»; esa voz, que creyéramos percibida
por encima de la frecuencia permitida al oído,
una voz que triste y extrañamente repite:
¡Desventura!
De pronto,
ante la magnificencia del templo, el sentido
de la desventura y el esplendor de la tumba
violan sin duda la cuadratura lógica
dada a la mente; no obstante, y apenas a unos
pasos de los mármoles y los bronces,
en el propio cenotafio de glorias francesas,
otra tumba que proclama: Napoleón
Francisco José Carlos, duque de Reichtadt.
Cómo no recordar que el Emperador no
deseaba que su hijo fuese educado como príncipe
austriaco, sino francés, cómo
no apesadumbrarse al advertir la trágica
caída del Aguilucho, desde las alturas
de un Rey de Roma hasta las tristes cenizas
de un duque de 21 años, envenenado
quizá en el cuerpo y acaso hasta del
alma.
Aquí,
sin duda, el más doloroso germen de
carencia de ventura, puesto que en él
se actuó contra toda permisión
de un padre que no hubiera deseado ¡nunca!
que su hijo, nacido príncipe francés,
fuese educado como príncipe austriaco
mas, ¡así fue preparado! y aún
antes, aquél que había nacido
Rey de Roma y llamado, hijo del Águila,
terminó sus días a tan breve
edad, si no envenenado, sí corrompido
por los sicarios de su propio abuelo y ante
el desenfado culpable de una madre que sin
pudor, pobre archiduquesa devenida Emperatriz
merced al Emperador de los Franceses, fue
trocada en ramera que entretenía sus
ocios con un oscuro militar de quinta clase,
al tiempo que en Santa Helena, el augusto
padre, lloraba la desventura de estar encarcelado
por la jauría británica, mirando
de tarde en tarde y con lágrimas en
los ojos, un óleo del niño aquel
al que estaba condenado a no volver a ver
más.
La voz sigue
hablando de « desventura » y por
algo que acaso no entendimos nunca y quizá
empezaremos a comprender, al observar entre
mil imágenes de su rostro, en una diferente
interpretación cada vez y siempre él
mismo, ninguna faz ni actitud muestre, por
lo menos, algo más que una triste sonrisa.
-
Hace unas horas ¿minutos? que
se dio mi muerte, acusa la voz, y
aunque para la tierra han pasado ya
muchos años desde el doloroso
pero sin duda liberador 5 de mayo
de 1821; allá, donde tú
y la humanidad toda vive y está
condenada al rutinario y absurdo paso
de las horas que pretenden llamar
tiempo, me dice; poco se reflexiona
ya en « Santa
Helena, pequeña isla...
» y acaso los textos
históricos, que son tan naturalmente
avaros ya que sólo dan, a veces,
apenas una página a la labor
de toda la existencia prodigiosa como
la que viví, y que de tan Alto
me fuera encomendada.
Solamente
quedan algunos que recuerden el hecho
de que allá queda tal peñón,
precisamente en medio del Atlántico,
entre América del Sur y África,
en donde terminó lo que sencillamente
empezó casi cincuenta años
antes de esa singular fecha, en una
hora determinada, misma que quedara
fija en el reloj que era visible desde
mi catre mortuorio, el mismo que por
azares fue también, en la Segunda
Campaña de Italia, mi compañero
en Marengo.
Pero
sin adelantar vísperas, he
aquí que estoy en este lugar
para que se me recuerde, no por las
batallas cuyos nombres están
entre puntas de estrella al pie de
este catafalco, sino por un Código
que lleva mi nombre y también
por haber sido el hombre de Estado
que llevó a la burguesía
al poder; aunque, claro, hoy el tiempo
de la burguesía es visto a
través de diferente óptica,
pero ni más ni menos, significa
que si en el pasado anterior a mis
obras, sólo los herederos de
sangre noble tenían acceso
al poder político, una vez
que estuve en el trono de Europa continental,
cualquiera que tuviera el talento
suficiente y el amor indudable a Francia
o a la patria en que le habría
tocado nacer, podía acceder
a la jerarquía que su aptitud
y empeño le permitieran.
Entre mis mariscales, lo mismo estaba
quien de joven fuera aprendiz de tintorero,
Lannes, cuya memoria guardo en el
fondo de mi corazón, puesto
que lo conocí pequeño
y lo perdí gigante que el descendiente
de los antiguos nobles, como Davout,
heroico y leal.
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| Camastro
y objetos personales del Emperador
Napoleón |
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Por ejemplo,
en el Consejo de Estado, institución
creada por mí en la Navidad de 1799,
un personaje como Henri Marie Beyle, ¿Stendhal?
tuvo sus primeras responsabilidades, lo mismo
que Alexandre Dumas. En las aulas del Liceo
y la Universidad de París, se prepararon
hombres como Victor Hugo y Lamartine, asimismo,
de las empresas florecientes del Imperio,
surgió una importante tradición
de competencia en los ramos textiles y de
diseño. Así de amplia era la
concepción que tuve del mundo, el mundo
de los mejores para servir mejor.
Gusté
de la oportunidad de ver en el pináculo
del éxito y comiendo en igualdad con
las testas coronadas de Europa, a príncipes
y reinas creados por mí. No dudo que
recordarás -me expresó la voz
en tono divertido- mi sentido del humor cuando
al dirigirme al Príncipe Regente de
Inglaterra, le escribí: « Querido
Primo ». ¿Imaginas lo que habrían
pensado? y la voz sonrió cristalina.
Valdría
la pena que destaques, que si bien has observado
que difícilmente existe una sonrisa
en las imágenes que se tomaron de mí,
mucho más difícil será
encontrar representaciones en que Napoleón
empuñe la espada. No es la gloria militar
lo que me inspiró nunca, acaso hice
la guerra para conseguir una paz para todos
y de la que estuve cerca; si acaso hubiera
tomado en serio a Fulton y su máquina
de vapor que entonces me pareció un
juguete... en fin, estoy aquí por voluntad
de lo Alto. Engrandecido de gloria, pero muerto
y sin conservarse aquí nada más
que mis restos, debajo de todos estos cenotafios
con los que sin duda pretendieron exceptuarme.
Lo cierto es que la excepción me toca
por lo que pude crear desde del mero trono
de una Francia gobernada por la herencia -y
Dios- sino el del pueblo francés, que
no es lo mismo.
Como bien
lo puedes ver, la novela de mi vida aparentemente
terminaría aquí, después
de haber sido trasladado por el Bella Paula
a cargo del príncipe de Joinville,
el hijo de Luis Felipe de Orleans, finalmente
un nuevo rey que se dieron los franceses,
pero un rey que ya pertenecía, aún
sin quererlo él, a mi forja, a mi manera
de entender, después de 1815, la idea
del gobierno. Pude haber sido yo el primer
Emperador constitucional de la Historia, ni
más ni menos, pero no se logró,
estuvo presente Waterloo, después la
traición, permanente la soledad y siempre
la desventura.
No
obstante ello, creo que es aquí,
en esta Capilla de los Inválidos,
donde debe empezar el drama, ya que
es esta tumba, la última instancia
de mi existir, pero acaso la que permita
a muchos, a través de los siglos,
poder entender las razones últimas
que aquí me trajeron.
Hasta
antes de la ceremonia de traslado, mi
cuerpo descansaba en un pequeño
valle, con cierto verdor, enseñoreado
por un sauce de lacrimosas ramas, un
pequeño lugar que yo solía
visitar en mi estancia en el «
generoso » espacio que la familia
reinante de Inglaterra se sirvió
darme por encierro, colocándome,
soberbio, un océano como guardián
y no ¡claro! al infecto Lowe para
entre ambos asesinarme, hermanados al
malsano clima. Hicieron el mal a sabiendas…
Aquel
fue el lugar que elegí, convencido
como estaba entonces, de que jamás
de allí saldría. Sin embargo,
un 12 de mayo de 1840, el Ministro del
Interior de Luis Felipe de Orleáns
hizo saber a los diputados franceses,
que reconocía:
«
Él fue Emperador y Rey; fue
legítimo soberano de nuestro
país. Bajo este concepto pudiera
sepultarse en San Dionisio; pero Napoleón
no necesita el sepulcro ordinario de
los reyes; fuerza es que reine y mande
aun en el recinto donde van a descansar
los soldados de la patria, y donde irán
siempre a enardecerse los convocados
para defenderla. Su espada se depositará
sobre su tumba ».
El eco
de aquellas palabras se escuchó
también en la voz del mariscal
Foch, cuando un 5 de mayo, pero de 1921,
esto es cien años después
de Santa Helena, en este lugar, me expresó: |
 |
| Hotel
de Los Inválidos.
Pastel de Adrien Sénéchal
(1895-1974) |
|
|
«Sire,
dormid en paz; desde la misma tumba vos trabajáis
siempre por Francia. Ante todo peligro de
la patria, nuestras banderas se agitan por
el paso del Águila. Si nuestras legiones
han tornado victoriosas por el Arco triunfal
que vos habéis construido, es porque
esta espada de Austerlitz les había
trazado la dirección mostrándoles
como reunir y guiar las fuerzas que hacen
la victoria. Vuestras magistrales lecciones,
vuestra tenaz labor quedan como ejemplos imprescriptibles.
Al estudiarlas, al meditarlas, el arte de
la guerra se forma cada vez más grande.
Es solamente bajo los rayos piadosamente y
cuidadosamente recogidos de vuestra gloria
inmortal que las generaciones se elevarán
en dignidad asiendo, por mucho tiempo aún,
la ciencia de los combates y la maniobra de
las armas, por la causa sagrada de la defensa
del país».
Acababa de
finiquitarse la que llamaron Gran Guerra y
aún se esperaba el tortuoso proyecto
de una Alemania humillada en demasía
y naturalmente enferma de venganza. Y yo,
mientras tanto mantenía el fuego mágico
de la patria por debajo del catafalco de pórfido.
Primera y
segunda guerras mundiales que de haberse cumplido
mi sino más allá de la desventura
y la fatalidad, no se hubieran dado jamás,
pues una sola nación, Europa, estaría
despuntando en la Utopía, al tiempo
que una América Latina, naturalmente
anfictiónica desde México hasta
la Argentina acaso no tendría la carga
inmensa de la ambición de estados falaces
unidos y sería ella, así, la
otra y quizá única gran nación
de aquel hemisferio del mundo.
UN
SILENCIO
Una vez más,
de pronto, el silencio, combándose
bajo la cúpula; la voz ha cerrado sus
tonos acerados, a veces trémulos, pero
nunca sollozantes ni claudicantes.
Semejante
al bronce de los gigantes que guardan
la puerta de la Tumba, velados, serenos
y dolientes, ataviados con el luto grecolatino
y conservando los signos de la dignidad
imperial, el silencio parece encerrar
en el frío metal de sus formas,
a todas o a cualesquiera de las pasiones.
Las
banderas testimoniales de la grandeza
y del dolor o del dolor en la grandeza,
filtran un silencio que termina por
recorrer todos los rincones, mas después
de haber protegido el venerado espacio
dedicado a conservar el gran collar
de la Legión de Honor, el negro
castor de aquel sombrero con la escarapela
tricolor que enseñoreo en Eylau
y la espada que única, frente
al emperador de Austria y el zar de
Rusia, reinó en Austerlitz.
Ese
mismo silencio, súbdito de leyes
físicas, al añorar tornarse
en el más escandaloso de los
ruidos, mide su paso frente al mármol
blanco tachonado de áureas abejas,
rodea los ropajes imperiales trocados
en diáspora, llega hasta el firme
vencedor coronado de laureles de oro,
en cuya diestra mantiene el cetro del
águila y en la siniestra la globalidad
del mundo cristiano y más, he
aquí que ahora resuena la voz
cual si surgiera de entre el fino labio
y el macizo mentón, inmóviles.
Puede
ser que a la distancia que media entre
tu vivir y mi acontecer, la palabra
desventura, signifique poco, dado que
la vida se habrá transformado,
allá donde existes, y merced
a la derrota de la latinidad en Waterloo,
donde murieron acaso sus últimos
héroes, y el consecuente y natural
advenimiento del pragmatismo como el
principal instrumento del imperialismo
británico y el de sus hijos de
ultramar, que ya seguramente soportareis
en todo su violento esplendor, en un
gozar sólo el instante, vivir
el momento y abandonar las quejas de
cualquier desventura posible sepultadas.
En mí, no obstante, la desventura
lo significa todo, porque en la medida
en que la victoria me utilizaba como
instrumento, uno a uno mis amores estaban
quedando atrás, el principal
de ellos, el cual siempre sentí
por Josefina, desdichadamente decaía.
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Napoleón
Por Toulouse Lautrec
(1864-1901). |
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|
Y retornó
el silencio, mientras imperturbables, los
rasgos del Emperador, fluían eternidad.
WATERLOO
Ese nombre...
acaso sería por la incógnita
cósmica de que siempre habrá
de suceder lo que sin duda ocurrirá.
Napoleón
era fatalista de origen. Pudiera aducirse
tal actitud al sino histórico de Córcega,
parecido a un destino abortado, misma que
le unió a Francia como ayer lo hiciera
con Italia o con España y más
lejos aún, con los Fenicios, agoreros
por naturaleza.
Tan apegado
a lo fatal, que durante la campaña
de Italia, le bastó con ver roto el
cristal que cubría el retrato de Josefina,
para declarar sin vacilación: «
Mi mujer
está enferma o me traiciona
».
En ocasiones
su adivinación era real, Josefina le
traicionaba y le mentía. Cuestión
de casualidades o acierto de augur, como acaso
lo fuera su dicho « Estoy
aquí porque Dios me considera necesario,
en el momento en que no me necesite, bastará
el vuelo de una mosca para derribarme
». La mosca se llamó Arturo Wellesley,
duque de Wellington.
Nunca como
en Waterloo, proclamaba Napoleón, los
soldados franceses fueron más grandes.
Tampoco antes un aviso de la mortal enfermedad
del Emperador habría sido tan inoportuno.
« ¡El
universo entero contra mí!.. ¿No
es aún una maravilla el que haya podido
resistir todavía más y que yo
haya estado más de una vez a un instante
de poder superar todo y de sortear un caos
más poderoso que nunca..?
»
¡Oh
destino de los hombres! ¡Oh sabiduría!
¡Oh previsión humana!
Frente a la
fatalidad de una batalla que pudo ser, de
haber vencido, el nuevo Austerlitz de la gloria
acaso para siempre, quizá para transformar
el perfil de un mundo mismo que sin cambio,
llegó trágicamente al fin de
un milenio más, cargado de la profunda
desesperación y angustia de quien no
sabe hacia dónde ir.
En Waterloo,
cada uno de los guerreros del Imperio napoleónico
se batió como un tigre, en hazañas
dignas, más tarde, del pincel de Raffet.
La fatalidad
y lo cósmico, una vez más en
indescifrable unión.
Fatales serán
también las grandes dudas de los historiadores
sobre el tiempo Napoleónico:
¿Por
qué ese ciego sentido del deber de
Grouchy? ¿Cuál fue la razón
de no someter su dignidad de mariscal al desesperado
grito de los vielles moustaches de
¡Au canon, mon Maréchal,
au canon! y abandonar la infecunda persecución
del feldmariscal Blücher, convertido
primero en un fantasma y luego tornado en
pesadilla? ¿Cuál sería
la razón de Ney para actuar como un
joven soberbio al que sólo le interesa
la vanidad y desoye por sistema a la propia
y mil veces demostrada experiencia? ¿Qué
fue lo que lo hizo tan ciego al punto tal
de olvidar que había sido el Valiente
entre los Valientes?
¡La
mosca giraba impertinente alrededor de su
víctima fatal!
Fiel al impasible
británico, Wellington no respondió
sino con cien pasos, cien pragmáticos
pasos de repliegue que le dieron valiosos
dividendos, frente a la presión de
los gallardos franceses, la Guardia imperial
misma que le hubiera obligado, en otras circunstancias,
a la retirada desordenada, y la que sería,
ni más ni menos que contra un bosque
que hubiera destrozado en jirones las rojas
casacas.
¿Por
qué habrán sido negras las banderas
prusianas y no las Águilas de la libertad,
la igualdad y la fraternidad las que tremolaron
definitivas en Waterloo? ¿Cuál
sería la razón por la que Quatre
Bras fuera el único punto estratégico?
Preguntas,
sólo preguntas, no más y en
medio de la planicie, el sacrificio de la
Guardia que nunca se rinde. Nunca antes tanta
sangre heroica fue derramada por la cobarde
fusilata que indudablemente deshonrará
a Inglaterra por el resto de los siglos.
La otra dramática
y malhadada pregunta que nunca dejará
tranquila a la filosofía de la Historia:
¿Waterloo como victoria Prusiana e
Inglesa, habrá significado el fracaso
del mundo?
¡Desventura!
¡Merde!
Cambronne,¡merde!
LOS
ADIOSES
 |
Napoleón
en gran traje de Consagración
Por Anne-Louis Girodet
(1767-1824) |
|
« L’image
souveraine de celui qui fut, entre les hommes,
celui qui a été le plus près
d’être nommé dieu
».
¡Qué
dislate!
No obstante,
en aquel instante, la atmósfera era
la misma que la del momento en que el sol
decae por el horizonte.
Athón
- Apolo revela sus últimos rayos al
hombre, precipitándolo en la penumbra
y acaso en la muerte tan parecida al sueño.
¿Amanecerá?
El patio de
mármol de Fontainebleu. La vieja guardia
formada alrededor del águila en la
que el oro bordaba Austerlitz, Marengo,
Iena.
De pronto,
el negro sombrero de extraño simbolismo
cósmico, más tarde el rostro
adusto tratando de recomponerse en sonrisa
triste, después, el redingote gris
desabotonado, en cuyo centro, el hombre es
cubierto por el uniforme de Coronel de Cazadores
de la Guardia, aquel que lucía el verde
esperanzador, el rojo de los recuerdos y el
beige del pantalón, base terrena, a
cuyo lado izquierdo, se mantenía enfundada
la espada.
Sobre el pecho
del Emperador, sus condecoraciones de oro,
destacando la Legión de Honor; entre
los botones del chaleco, la mano derecha descansando
sobre el vientre, quizá tratando de
frenar el ritmo del corazón o acaso
atenuando el incipiente y ya doloroso cáncer.
El sol está
por decaer en el horizonte y Napoleón
desciende por la escalinata de simbólico
trazo circular.
Una tenue
brisa agita al águila tricolor, se
inicia el adiós:
« Soldados
de mi vieja guardia, os doy mis adioses. Desde
hace veinte años, os he encontrado
constantemente en el camino del honor y de
la gloria. En estos últimos tiempos,
como en aquellos de nuestra prosperidad, no
habéis cesado de ser modelos de bravura
y de fidelidad. Con hombres tales como vosotros,
nuestra causa no estaría perdida. Pero
la guerra sería interminable; sería
la guerra civil y Francia no se tornaría
sino en desdichada. Por ello sacrifico todos
nuestros intereses por los de la patria; parto.
Vosotros, amigos míos, continuad en
el servicio de Francia. Su bienestar será
mi único pensamiento; ¡será
siempre el objeto de mis deseos! No lamentéis
mi suerte; si he consentido en sobrevivir,
es por servir aún a vuestra gloria;
¡voy a escribir las grandes cosas que
hicimos juntos! ¡Adiós, hijos
míos! Quisiera abrazaros a todos sobre
mi corazón; ¡que abrace yo al
menos vuestra bandera!..
¡Adiós
una vez más, mis viejos compañeros!
¡Que este último beso permanezca
en vuestros corazones! »
El general
Petit se adelanta hacia el Petit Caporal,
un ciclo simbólico o fatal se cierra.
Los labios
del mayor soldado de la Historia se posan
por última vez en el áureo fleco
del emblema tricolor que fuera adalid de más
de cuarenta batallas campales, a cuyo final,
los franceses clamaban siempre: « La
victoire est à nous »,
ante la cual los soberanos de Europa temblaron
y acaso después palidecerán,
cuando se atrevieran a compararse con el Imperio
Napoleónico; los pequeños cruentos
o vacuos imperios posteriores, el diabólico
y oscuro aquel de la cruz gamada bañada
por la sangre del Holocausto y el otro, sin
duda semejante, el de Hiroshima y Nagasaki,
que hoy tras los disfraces de la libertad
y la democracia, corroe todavía al
mundo, sometido por las oprobiosas y salvajes
leyes del mercado y la discriminación.
Pero silencio:
he aquí que los viejos soldados de
Napoleón, curtidos en el amplio lapso
y espacio que va desde Italia al calcinante
sol de Egipto, por todos los campos de batalla
del continente, hasta el inmisericorde hielo
ruso, ¡lloran!, sus pechos, en el sollozo
contenido de lo heroico, se agitan en doloroso
sentimiento de amor y rabiosa impotencia,
de un poder reprimido, nuevamente, coincidiendo
que ello es ¡por el bien de la patria!
¡Por no dividir a Francia!
Frente a muy
otra imagen, se antojaría pensar en
Jesús ante las mujeres de Israel: «
No lloréis por mí, sino
por vosotras, por vuestros hijos y los hijos
de vuestros hijos... »
El sol se
pierde en el horizonte. La amenaza de la noche
se convierte en realidad. Napoleón
se va.
« L’image
souveraine de celui qui, entre les hommes,
fut le plus près d’être
nommé dieu ». *
¡Qué
dislate!
* «
La imagen soberana de aquel que fue, entre
los hombres, el que más cerca ha estado
de ser llamado dios ». Federico Masson.
¿VENCIDO?
Quién
que haya visto las ilustraciones de los viejos
libros franceses, no recuerda con orgullo
la imagen de una Grande Armée
llena de poder y soberbia, antes de cruzar
el Niemen, con el fin de poner en orden al
pusilánime Alejandro I, quien temeroso
del comerciante inglés, había
traicionado la palabra de un soberano empeñada
en Tilsit de mantener, en apoyo del Emperador
de los franceses, el bloqueo continental,
aquel Tilsit de la tienda de campaña
a sus orillas. La tienda de los emperadores.
Lo cierto es que de ambos sólo uno
en realidad lo era: Napoleón.
Hasta ese
momento, ningún ejército le
era comparable. Franceses, holandeses, wurtemburgueses
alrededor de un solo líder: Napoleón.
En ese momento,
aún con la amenaza de un invierno muy
duro por encima de las cabezas de los cuadros
militares, un grupo de hombres tal: 140 mil
soldados, estaban por cumplir, sin intuirlo,
la gran hazaña de la derrota, sin embargo,
nada les arredraba, estaban con Napoleón.
Uno quisiera
haber sido testigo, desde lo alto, del espectáculo
impresionante de ver en la distancia a un
pequeño jinete ataviado de sombrero
negro y abrigo gris, el que mira que sobre
su cabalgadura los hombres bajo su mando se
encuentran ansiosos de recibir la orden de
marchar. Nadie entonces pensaría en
la falaz retirada, ni siquiera se tenía
la previsión de que llegarían
a Moscú. Menos aún que el invierno
los devoraría.
Desde cualquier
punto al que dirigiera su catalejo, el Emperador
miraba uniformes y rostros decididos, bridones
y espadas, lanzas y corazas, botas centelleantes
acostumbradas al triunfo. ¡Avance!,
la orden ha sido dada y desde los mariscales
del Imperio hasta el último soldado
en cuya mochila todavía se advertía
el bastón del mariscalato, daban, a
un mismo impulso, el paso primero hacia el
sino de lo desconocido: la derrota.
Y he aquí
que tras del pequeño sombrero negro
de Brienne, que no tricornio a la Federico,
una pléyade de jóvenes y maduros
latinos marchaban en medio de águilas
tricolores, marchas heroicas, morriones negros,
cascos de bronce pulido y uniformes diversos
en un espectro de color todo dirigido hacia
el mismo fin.
César
pasó el Rubicón y la suerte
estuvo echada. Napoleón traspuso el
Niemen para que el destino del mundo cambiara
su rumbo. A lo lejos, dispuesto a asesinar
a las aves en pleno vuelo, atisbaba el llamado
general invierno.
«
En Tilsit, Rusia ha jurado eterna alianza
a Francia y guerra a Inglaterra. ¡Ella
viola hoy sus juramentos! No quiere dar alguna
explicación sobre su extraña
conducta que las águilas francesas
no hayan repasado en Rhin, dejando a nuestros
aliados a su discreción, Rusia es arrastrada
por la fatalidad; sus destinos se deben cumplir...
»
Nuevamente
se estaba jugando el destino de los pueblos
latinos, ahora frente a los eslavos y los
sajones. Quizá era mucha arrogancia,
pero estaban allí reunidos los mejores
soldados del mundo y no era posible que nadie
se les opusiera. El canto del ejército
del Rhin, ya era el himno nacional de los
ciudadanos de Francia y de los pueblos libres
del mundo. Al sonar la Marsellesa, se estaban
involucrando en una lucha de siglos, el antiguo
símbolo indoeuropeo, en contra de los
pueblos bárbaros.
|
Delenda
est Britania, pero para
que ello así fuera, el Zar
parricida, debe sumarse totalmente
al bloqueo. No tiene otro remedio
el emperador eslavo que reconsiderar
su felonía. El Imperio de Occidente,
con su capital Francia, el imperio
de oriente, con su capital Moscú.
Todo era tan claro que difícilmente
se comprende tal falta de entendimiento
criterio.
Napoleón
I y Alejandro I, el mundo estaba,
en ese momento, a punto de abrirse
hacia nuevos rumbos. Sonaba acaso
el fin de la barbarie.
Sin
embargo, ¡no!, o no era esa
la voluntad divina o bien, ésta
ya había sido colmada y en
exceso, por la soberbia de un solo
hombre, por grande que pareciera al
mundo o por halagüeños
que pudieran parecer sus planes.
Del
regreso de este Gran Ejército,
del incendio sistemático y
salvaje de las ciudades rusas tomadas
por los franceses, el mundo romántico
ha enjugado muchas lágrimas
desde entonces, díganlo si
no Byron, Hugo o el propio Tolstoi.
Cuántas
historias alrededor de la fatal retirada,
¿será cierta la del
mujik que humildemente se acercó
a Kutusov, para decirle cómo
hacían los campesinos para
evitar que sus cabalgaduras cayeran?
|
« Padrecito,
yo veo que muchos de tus caballos caen, te
quiero decir que nosotros, cuando herramos
a los nuestros para el invierno, les dejamos
un clavo salido y así, siempre se mantienen
sin caer e inclusive corren sin dificultad
¿Por qué tú no lo haces
con tus caballos, padrecito? »
En la mente
agilitada por la costumbre de combatir y conocer
a Napoleón, al general ruso se le aclara
todo en un instante, sonríe y le regala
un rublo al inocente y útil mujik.
De inmediato
gira la orden conducente a sus caballerías
y he aquí que un acaso sorprendente
se coliga al invierno para agravar la retirada
¡Desde Moscú!
¿Fatalidad?
Mas, en realidad
¿Napoleón estaba entonces vencido?
Cuál sería su concepción
de la existencia en medio de las heladas estepas,
viendo desmoronarse uno a uno sus expectativas,
frente a un mundo que sin duda, estaba lejos
de la capacidad de comprenderlo. Más
que vencido, el Emperador estaba desencantado.
Acaso muchos de sus Mariscales estarían
deseando, ya desde entonces ¿incluso
antes?, ser mariscales de Luis XVIII. El fuego
sagrado se extinguía...
Se ha hecho
mucha retórica sobre las causas que
condujeron al Gran Ejército a hundirse
entre los hielos rusos y las aguas del Berezina.
De lo que poco se ha dicho es del proceso
que llevaría a Europa, tras el triunfo
de los proyectos napoleónicos, del
predominio idealista hacia la paz perpetua.
No fue así
y la consecuencia es palmaria. La humanidad
ha sufrido desde entonces muchísimos
males: el pragmatismo posterior a la Revolución
Industrial, la explotación del hombre
por el hombre, nacen como el producto más
acabado del triunfo británico-germano,
en realidad ¿eslavo-germano-británico?
sobre la Francia del inicio del siglo XIX.
Totalitarismo
comunista, fascismo y nacionalsocialismo,
también una Guerra Mundial dividida
en dos partes, 1914-1918 y 1939-1945, el Holocausto
de los judíos, el predominio de los
mercados y las guerras perpetuas, sean estas
frías o no y finalmente la negra página
de los fundamentalismos, mucho más
tétricos y sanguinarios que cualquier
nacionalismo posible.
Quienes generaron
más que el individualismo liberal,
el principio del mercado como guía
espiritual, sin duda empequeñecieron
el espíritu humano; la libertad, la
igualdad y la fraternidad quedaron en palabras,
sólo en palabras.
¡Fatalidad!
Si los Estados
Unidos de América son hasta entrado
el siglo XXI el monstruo que padece el mundo,
es sin duda por el desdichado derrumbe francés
de 1812.
Seamos justos,
si sumamos lo anterior a la previa venta de
la Luisiana, fatalidad histórica, nos
veremos tardíamente enardecidos y perennemente
dolientes, ya que será a través
de aquel territorio que descendieron hambrientas
de barbarie sobre el naciente México,
las turbas de las expulsadas escorias del
Mayflower avecindadas en Tejas donde la generosa
tierra de la Nueva España les enseñó
sin lograrlo, a ser humanos.
Es por eso,
sin duda que es por eso, que en el inconsciente
colectivo de los pueblos latinos, el fracaso
napoleónico sobre las nieves rusas,
tiene un halo de dolor, tan agudo como el
cañoneo sobre los hielos del río
fatídico, que ya no sobre los hombres,
sino en la búsqueda de la humillación,
por parte de ejércitos incapaces de
enfrentarse hombre a hombre con Napoleón
y el Gran Ejército. También
el hecho cobarde de los anárquicos
rusos, mucho tiene que ver con la infeliz
fusilata de los ingleses contra la ya inerme
y orgullosa Vieja Guardia, en Waterloo.
Si dos pueblos
se alzan sin mancha de esa indignidad, esos
son la Prusia de Blücher en aquella llanura
belga y España, ella sí, resistiéndose,
hombre a hombre. Ambas naciones dispuestas
a encarar al Emperador, hasta el último
hálito de vida por el amor a su tierra
y por su orgullo mancillado.
Ingleses y
rusos, por el contrario, son la desdichada
permanencia de la barbarie sobre la cultura.
Ahora existe
ya la comunidad europea de naciones, que es
tan solo un resto del viejo anhelo de Napoleón
por establecer los Estados Unidos de Europa.
Apenas en las postrimerías del siglo
XX, se usa ya una moneda nueva, el Euro, para
oponerse al abuso del dólar. Tales
ideas, tanto la de una moneda común,
como un total mundo europeo es, también
una premonición del Emperador de los
franceses.
La herencia
de Napoleón queda, del mismo modo que
la cúpula de oro permanece enhiesta
y pura en el centro de París.
Y canta la
épica de 1812:
« Soldado
¿tienes frío?
»
Y el gallardo
viejo de los viejos bigotes, se levanta de
donde estaba acurrucado, ya casi sin poder
moverse. Así se levanta y desde su
imagen rígida por el frío y
respetuosa en el saludo a su Emperador, responde
« ¿frío Sire?
Si con sólo veros se me llenan de fuego
las venas y el corazón. No, Sire ¡No
tengo frío! »
Y un instante
después, como una estatua de hielo
elevada al valor y al amor, el viejo soldado
de los viejos bigotes, causa alta en la
Grande Armée de los cielos.
REY
DE ROMA
En cuanto
aquel ser tan deseado dio las señales
inequívocas de la vida, luego incluso
de haberlo dado por muerto, quise creer, expresó
la voz - sin duda lo creí - que aquel
pequeño y rubio niño estaría
“seguramente” llamado a cumplir
con un gran destino.
En el momento
mismo del alumbramiento retumbaron una a una
100 explosiones de cañón, las
que, una tras otra, y hasta después
de la vigésimo primera, daban a saber
al pueblo de París y al pueblo de toda
Francia, que había sido varón
el hijo de su Emperador. Tenía mis
ojos y mi pecho, dijo orgulloso.
Desde el día
anterior, se habían presentado con
los dolores normales, también las dificultades.
María Luisa era además de joven,
primeriza y por lo mismo llena de temores
sobre la suerte que, por razones políticas
comprensibles, ella correría, ignorando
el trato que se le daría y hasta qué
punto el Emperador Napoleón tendría
la grandeza de alma como para guardar la vida
de ella en el caso extremo en que hubiera
de pensarse en elegir cualquiera de ambas
existencias, tal disyuntiva se presentó.
La voz dijo
con gran firmeza:
Como hombre
y no como Emperador, me encontré ante
la nunca deseable alternativa y frente de
la presunta fatalidad de su muerte, no tuve
duda alguna sobre el conservar a la madre
ya que, en su caso, bien podría tener
con ella otro hijo.
Temblaba el
doctor Dubois a quien tocó en suerte
enfrentar tal problema, no así ninguno
de mis miembros; en ese momento, fui, sin
duda más hombre de cabeza que de corazón.
Actúe, le dije, como lo haría
con la esposa de cualquiera ciudadano de cualquiera
posición.
Mi hijo, el
rey de Roma, vino al mundo el 20 de marzo
de 1811. Me puedo envanecer de haber sido
en aquella circunstancia, tan buen marido
como cualquier otro hombre del mundo.
Sin duda que
la majestad de Dios y lo perfecto de la naturaleza
obrarían. Y así fue. Momentos
después de haber pasado la presión
y los temores de lo fatal, el pueblo de París,
desde la capital francesa hasta la última
de sus provincias, se contaban por cientos
de miles quienes se sentían satisfechos
e incluso dichosos por la buena nueva y por
los buenos tiempos que de ella procederían,
incluso más allá de las fronteras
francesas, en la propia Austria, entre los
hombres de buena fe.
Bajo el balcón
de las Tullerías, el pueblo coreaba
los cañonazos, que al pasar de 21,
darían testimonio irrefutable de la
deseable y posible sucesión al trono
imperial.
Sin embargo
y en razón directa con la fatalidad,
todo aquello no fue sino un hermoso sueño
que trocaría, 21 años después,
la cuna en tumba, cuando se diera la indignante
situación de que aquel que fuera llamado
al trono como Napoleón II, terminara
sus tristes y dolientes días como un
obscuro duque austríaco, abandonado
incluso por su infame madre.
Sin dudarlo,
nada más odioso le pudo haber sucedido
a mi destino: Mi estrella llegaba a un cenit
de origen laborioso, largo y accidentado,
para en unos instantes transformarse en vana,
simple y doliente sombra.
Escribía
a mi querida Josefina, luego del alumbramiento:
« Mi
hijo, está gordo y de buena salud.
Espero que vendrá a bien. Tiene mi
pecho, mi boca y mis ojos. Espero que cumplirá
su destino ».
El niño
y la lección de la vida, el hijo como
cúspide y desde ella una vida prometedora
que acaso no lo sería o, por la fatalidad,
su destino luminoso tener que convertirse
en tragedia.
Tras del infortunado
Rey de Roma, solamente restan una hermosa
cuna de plata sobredorada en cuya parte más
alta, un ángel sostiene una corona,
quizá queden en alguna vitrina sus
uniformes blancos de austríaco; también
la obra teatral El Aguilucho de Edmundo Rostand
que encarnara, mejor que nadie al inicio del
siglo XX la eximia Sarah Bernhardt, la inmensa
estela de dolor que agravaba la distancia
entre el augusto padre y el también
la del augusto y desdichado hijo. Acaso en
el Maximiliano mexicano, como se dijo lo revelara
el roto joyero que perteneciera a la archiduquesa
Sofía, en cuyo misterioso mensaje se
hallaría la verdad de lo que acaso
sería una rama más, trágica
también y la última acaso de
los emperadores napoleónidas.
 |
Apoteósis
del Rey de Roma
Napoleón, en
la celeste estancia, recibe a su
hijo infortunado cuya infancia brillante
había hecho concebir tan
bellas esperanzas. El Águila
Imperial deja caer en su dolor la
espada del gran Napoleón
y el Globo del Mundo que le había
confiado. Litografía
de la época |
|
Finalmente
y luego del largo silencio, la voz del eco
bajo la cúpula de oro sentenció.
¡Que
dura fatalidad! Ahora aquí, en los
Inválidos, nuestras cenizas se encuentran
más cercanas de lo que estuvieron en
vida nuestros cuerpos. Sin embargo y Dios
lo sabe, nunca el amor y la esperanza de un
padre hacia su hijo fueron tan profundos,
y tan desdichados.
La gran desgracia
escrita sobre mi sino, fue que no tuve la
felicidad que seguramente tuvo el más
pobre de mis súbditos, cuando vio crecer,
a su lado, al hijo de su amor, cuando tuvo
acaso la oportunidad de desenredar la maraña
de la desdicha para abrirle el mejor de los
caminos, cuando exhaló el último
de sus suspiros protegido por los brazos de
su modesto vástago y contar con la
seguridad de que el más amado de los
seres, para él, pudiera cerrar sus
ojos el día final de su modesta existencia.
Algún
día se comprenderá al pobre
Emperador de los franceses y al desdichado
Rey de Roma y acaso los corazones sensibles
rieguen con una lágrima tan dolorosa
memoria. No hay más triste desdicha
que la que tiene que estar vestida de púrpura.
Ahí,
que lo sepan los siglos, frente de mí
en la fatídica Santa Helena, el rostro
infantil de mi hijo, que hermosamente imitaba
el pincel de un artista, fue la fuente única
de mis más íntimas y bellas
remembranzas, pero también la de mis
más dolientes y amargas lágrimas.
Y saber ¡oh
soberbia de los hombres! que por su venida
al mundo, aquel 20 de marzo de 1811, resonaron
bajo la comba celeste de París ciento
y un golpes de cañón.
Desventurada
fatalidad... « Dans ce flux et reflux
d’espoir et de douleurs! ».
9 DE FEBRERO (DOLOROSO AMANECER)
Dimos una
tremenda batalla, en la jornada del 8 de febrero,
continuó la voz con sereno dolor, una
terrible batalla si: Eylau, sitio elegido
por nuestros enemigos para pretender detenernos
en nuestro seguro camino hacia Koënigsberg,
en la Prusia oriental. Aquí, acaso
por primera vez, la nieve proclamó
su fortaleza en mi contra; al oriente, a lo
lejos, estaba ya la frontera rusa del Niemen,
también Tilsit. En aquel momento, el
problema de Polonia mostraba ya serias dificultades
para su posible resolución.
Los aliados
- en mi contra y, por ende, en contra de Francia
y su Revolución - fortalecidos por
los soldados rusos, estaban, sin duda alguna,
dispuestos a vencer o a morir; lo verdaderamente
trágico es que aún así
logré una vez más la victoria,
sí, pero el costo de la misma fue más
alto de lo que cualquier guerrero hubo deseado
en cualquier tiempo o en cualquier lugar.
No hay tono
más abominable que el de la sangre
coagulada entre la nieve. Acaso el hielo me
advertía que el tiempo de terminar
era justamente ahí, como Lannes duramente
lo previera, pero siete años más
habrían de pasar hasta que las águilas,
nuestras amadas águilas fueran doblegadas.
La jornada
del 9 de febrero se encuentra entra las más
amargas de mi carrera militar de triunfador;
ahí, confundidos los cuerpos con los
gritos y el pavor, cubiertos los restos de
ceniza de pólvora, mostrando dolientes
quemaduras de carne viva, yacían franceses
y rusos, polacos y prusianos, en el común
denominador de la desdicha. Ahí los
jóvenes que nunca regresaron, ahí
aquellos que prometieran regresar un mañana
que nunca llegó.
Nuestros médicos,
afanosos, buscaban en la dantesca imagen,
los residuos de vida, entre los huesos quebrados
y las heridas posibles de curar, pero también,
identificar los miembros desgarrados, los
cadáveres a medio sepultar entre el
helado sudario. Seguramente que cuando la
noche cubrió de luto el campo de batalla,
a la luz mortecina de vivacs recientemente
apagados y en el silencio tenebroso del final
de la batalla en que los hierros ya no chocan
ni las granadas estallan, el grito de dolor,
los ayes no acallados, se convirtieron en
lágrimas impotentes, resultado doliente
de un destino infausto.
Ni siquiera
el barón Gros, con todo su genio pictórico,
especial talento y agudeza, pudo llevar íntegros
al lienzo los horrores que mis ojos vieron,
no solamente se podían mirar las columnas
de humo negro en el horizonte que ennegrecían
la más obscura noche previa al amanecer,
sino que muchos de los aspectos de la vida
se habían tornado en luto; los cascos
de los caballos no resonaban y fieles a su
nobleza, las pezuñas temblaban antes
de pisar, por el temor de hacerlo sobre un
hombre muerto o un herido a punto de fallecer,
ahogados sus dolores por la helada estepa.
Sí,
el valor de muchos de los soldados enemigos
se había alterado en aullante dolor,
súplica y reclamo en una sola faz.
Temerosos los unos de los otros, se arrastraban
tratando de huir de los fieles y humanos médicos.
Las órbitas de muchos ojos se abrían
a su máximo y pareciera que quisieran
escapar del dolor de sus cuerpos; los uniformes,
hechos jirones, los soberbios dorados, no
eran ya sino guiñapos y las manchas
de la humedad, permeaban por las gruesas telas
desmadejadas hasta el interior de los cuerpos,
invirtiendo el color de la piel a los tonos
verdes y azulados de la desesperación
congelada.
Y ahí
iba yo, triunfador, recibiendo a la par, los
signos de la cortesanía o el elogio
al vencedor, allí, sobre aquel caballo
que temblaba hasta las crines, como un signo
apocalíptico adelantado a los siglos.
A mi derredor,
Murat, Ney, Bertrand, Augereau, eran otros
testigos, ese amanecer, enfundados en gruesos
abrigos de piel, yo mismo, cubierto por las
necesidades del helado tiempo con las galas
imperiales para soportar el invierno.
A los pies
de mi cabalgadura, los hijos de Francia, de
Prusia y de Rusia, eran el testimonio más
doliente y terrible de lo que la soberbia
humana puede alcanzar, y no solamente era
ella era la mía, ni todo el producto
de una sola ambición, era la inercia
de la infausta calidad humana, esa que entregaba
a las viudas y a los huérfanos al abismo
de la desdicha, la pobreza y la mendicidad,
al tiempo que arrojaría a 24 mil hombres,
muertos o heridos, a la mera memoria de un
cuadro, por doliente que este sea.
Y yo, el triunfador,
el genio de la guerra, el estratega y táctico
en una sola y lúcida mente, sólo
tuve un homenaje justo que rendir: lágrimas,
estallido de dolor que si mi cuerpo palpitara
aún, continuarían rodando desde
mis ojos hasta el suelo sangriento de Eylau.
Esa fue acaso mi más dura lección
militar, la lección de aquel amanecer
del 9 de febrero.
¡Fatalidad!
¡Cielos!
Desdicha y
fatalidad al unísono.
AUSTERLITZ
Si sólo
consideráramos perfección en
la táctica y rigurosa aplicación
de la estrategia, Austerlitz será,
desde el momento mismo en que se realiza,
el modelo perfecto de una batalla.
Ella se da
precisamente el 2 de diciembre de 1805, aniversario
de la Consagración del Emperador, y
ocurrirá por el orgullo y la ambición
nunca frenados, no de Napoleón, sino
acaso y mayores aún en todos los necios
beligerantes de las coaliciones que se armaron
nuevamente en contra de Francia, beligerantes
necios que no le perdonaron nunca al país
de los galos su Revolución modelo,
la reivindicación del pueblo en la
valerosa defensa de la patria en peligro cuando
la simbólica Valmy se convirtió
en inmortal.
Tampoco el
intento de terminar para siempre, por la guillotina
y el Terror, con cualquier tipo de desigualdad,
aunque el precio hubiera sido el cuello del
pobre rey Luis XVI.
La Tercera
Coalición estaba ya dispuesta desde
septiembre de ese año que sería
el de la cima bélica de Napoleón:
Austerlitz, de la cual supo desde antes, dado
su talento y previsión, la hora de
su inicio y el momento en que tocaría
su fin; dirían los románticos
del XIX, que en esa jornada, parecería
que Napoleón tuviera en sus manos el
compás de Cronos y pudiera manejar
al sol por su voluntad.
El milagro
militar se había revelado gracias al
predominio matemático del genio, con
la habilidad del general, con la aplicación
exacta de las nuevas formas de la guerra que
se habían diseñado por primera
vez en los campos de Italia, cuando el Emperador,
que entonces era apenas el joven general que
no se conformaba con perseguir la utopía,
sino que pletórico de audacia y tocado
por la disposición de lo Alto, iniciaba
la aurora de su prodigiosa existencia.
En la llamada
Batalla de los Emperadores, por estar presentes
el de Austria, el de Rusia y el de los franceses,
este último todo lo intentó
y todo lo pudo, incluso aplicar la generosidad
al perdonar y no hacer prisioneros a quienes
en su claro juicio no eran simples hombres
sino la representación de sus naciones.
Es sin duda
entonces cuando el uniforme de coronel de
cazadores de la guardia lució como
la corona de laurel y encina, ceñida
a la frente de quien cabalgaba el proverbial
tordillo. En lo alto, la estrella del Emperador:
el sol de Austerlitz.
Si acaso en
todo lo absurdo que pudiera ser la vecindad
entre vida y muerte, ambas tuvieran que compartir
anverso y reverso de una misma medalla, sin
duda que dentro del perfil y el ámbito
de la época romántica, bien
pudieran revelarse como las cumbres del sublime
quehacer del hombre, a la par de la Novena
Sinfonía de Beethoven, Austerlitz.
 |
Napoleón
y sus mariscales en Austerlitz
Por Jean-Louis-Ernest Meissonier
(1815-1891) |
|
Llena de orgullo
y con tono de plata dijo la voz:
La batalla
de Austerlitz es la más bella de todas
las cuales yo tuve la oportunidad de dar.
He librado treinta batallas por momentos tan
parecidas como aquella, pero no sé
de ninguna donde la victoria hubiera estado
tan previamente decidida y en la cual el destino
tuviera que ver tan poco en la balanza.
Finalmente
los reyes que ahora quedaban, en el siglo
XX que feneció, y que persisten en
el XXI, no merecen ya batalla alguna, puesto
que muchos de ellos, lo que me parece es que
son ya simples y patéticas comparsas
de un viejo teatro del que solamente quedan
los disfraces, los abalorios y uno que otro
telón de fantasía, caducos,
que lo único que hacen, en su caso,
es rebajar al antiguo teatro de la nobleza
a la calidad indignante de carpa callejera.
No, no merecerían
la sangre de los héroes y mucho menos
la de aquellos que se batieron en Austerlitz.
UNA
MAZMORRA, UN VIEJO LIBRO Y...
Como consecuencia
de Thermidor, estuve a un tris de la muerte,
ya que entonces era más fácil
morir que ser.
Encerrado,
en algo así como bodega, solo y aparentemente
sin qué hacer, revisé el lugar:
cajas, escombros indeterminados, escobas y
entre los trebejos y barnizado de polvo, un
libro viejo, creo que las Pandectas, una parte
del antiguo Corpus Juris Civilis de Justiniano,
y ese fue, para mi bendición, quien
me acompañaría en esos tiempos
malos que encaraba tranquilo, mientras había
luz, yo leía con la sed de lectura
que siempre me fue característica,
leía lo que parecería nunca
tener nada que ver con el entonces joven militar
francés... vendrían otros tiempos,
sería entonces...
Afortunadamente
no hubo muerte decretada para mí, sino
simplemente el desempleo, el andar, el no
tener rumbo fijo y, sin embargo, desde lo
alto, más allá de lo más
elevado, se cernía la fina harina de
un nuevo pan.
Eran tiempos
complicados y aparentemente no había
bastado con llevar a los termidorianos al
poder, otros sectores de la nación
deseaban hacer su propia justicia. Así,
y de pronto, el Directorio, que así
se llamó el nuevo gobierno, estaba
en el filo de la navaja y vino San Roque.
¡Habían
fracasado todos! Políticos y militares
no acertaban a tranquilizar al pueblo y alguien,
en una selección en que aparentemente
nada tienen que ver los hombres, alguien voceo
el apellido Buonaparte, acaso alguien
de los testigos de Tolón, otro amigo
de Salicetti, no lo sé, lo que sí
supe es que fui llamado y liberado del ostracismo,
se me ofreció ser Comandante en Jefe
del Ejército del Interior, acepté
dando como la única de mis condiciones
el que nadie se opusiera a mis órdenes
desde el momento en que desenvainara la espada,
se aceptó - calló la voz para
luego continuar ¡No sabían que
con ello firmaban ellos también el
futuro de su sentencia!
Los hechos
de armas se dieron a primera hora, yo había
aprovechado la madrugada para hacer llevar
todos los cañones que era posible conseguir,
para colocarlos en el atrio de San Roque.
El pueblo enardecido, pero desordenado, marchaba
furibundo con la peregrina idea de hacer caer
al régimen, gritos, pancartas y polvo,
de mi parte, orden y serenidad en las decisiones,
mis cañones cargados y apuntando a
la turba.
En dos ocasiones
envié la orden de disolverse y retirarse,
pero nadie obedeció, y estando a tiro,
ordené fuego a mis baterías,
entonces todo fue confusión y terror,
los que no fueron alcanzados por el fuego,
caían atropellándose, cesaron
los gritos de reto y se iniciaron los ayes
y la consecuente retirada, al poco rato, volvía
la tranquilidad a la ciudad y al gobierno,
que cayó de elogios sobre mí,
ya era el brazo armado y victorioso de aquel
gobierno al tiempo en que se iniciaba su ocaso.
Entonces conocí
a Josefina, luego de que consentí que
en un desarme total, Eugenio de Beauharnais,
conservara la espada de su padre, sacrificado
en el terror.
La viuda me
señaló su agradecimiento y me
invitó a su casa, era la de ella una
imagen magnífica, su dulce mirada de
amplios párpados, la piel dorada de
su rostro y brazos, su leve sonrisa. su cuerpo
espléndido y un andar garboso y cálido,
como su isla natal, Martinica, le daban un
aspecto único, y mis ojos de provinciano,
dejaron de ver a cualquiera otra, fácilmente
se olvidó que en Marsella alguien bordaba
ya una sábanas con el monograma donde
las letras D de Desirée y B de Buonaparte,
ya no tendrían el destino pensado originalmente...
bueno, aclaró la voz con tono de pícaro
buen humor, las sábanas y el monograma
no se desperdiciaron ya que más tarde
la que fuera mi novia marsellesa casó
en el entonces leal Bernardotte. Ella también,
y quizá a través de mí,
llegara a ser también reina, pero de
Suecia.
La viuda de Beauharnais, tenía también
una hija, Hortensia, la que será esposa
de mi hermano Luis.
EL
GRAN CORSO
 |
El
general Bonaparte
Grabado romántico |
|
|
¿Qué
cuál es mi verdadera patria?,
Sin duda que una de las injusticias
más ingratas en que mis enemigos
pudieron manifestar su mediocridad,
fue cuando destacaban que yo no era
francés en tanto que había
nacido en Córcega, que mi origen
era toscano y ¡qué sé
yo! ¡Protervos! Y aquellos que
se dejaron llevar por la inercia,
¡ignorantes! Leer Historia es
una oportunidad para conocer el verdadero
fin de las grandes ideas y de los
grandes hombres. No leerla, es persistir,
torpes, en la constante equivocación
de causas y fines. Nací en
1769, un año
antes, 1768 fue cuando según
los habitantes de Córcega,
"la patria perecía"
en tanto que ese territorio había
sido vendido a Francia y el "babo"
Paoli, que encabezó primero
un partido corso y luego un partido
que luchaba por los intereses de Inglaterra.
En los años previos, mi padre
Carlo María y mi madre misma,
lucharon en el propio campo de batalla,
con valentía y entrega. Más
tarde, cuando los Bonaparte advirtieron
la equivocación de Paoli y
la necesidad de poner una barrera
que impidiera el triunfo del mercantilismo
en nuestra isla y sirviera, asimismo,
para elevar los principios de libertad,
igualdad y fraternidad, los Bonaparte
todos se afiliaron, para siempre,
al partido francés, a través
del cual, el pequeño Napolione,
como familiarmente se me decía
pudiera llegar como becario a las
escuelas militares francesas, iniciar
su carrera militar para más
tarde, luchar denodadamente por los
principios revolucionarios como joven
artillero, venciendo a los propios
ingleses que se habían apropiado
de la rada de Tolón.
¿Qué
cuál es mi verdadera patria?
¡Francia y ninguna otra!, si
me hablan de Córcega, la isla
de la belleza, sin duda que en mí,
se genera el tono melancólico
de la tierra que a uno lo vio nacer,
y sí, desde mi niñez
Córcega fue y será una
parte entrañable de Francia,
los primeros pasos de mi vida los
di en Córcega, suelo francés.
|
Quizá
ahora resulte incluso descriptivo el título
de Gran Corso, sin embargo, durante mucho
tiempo, resultó peyorativo para mi
persona, yo creo que muchos no se atreven
aún a definirme como el gran francés,
ni modo, es asunto de estaturas y no meramente
físicas, sino morales ¡Qué
pena! ¡Cómo les ha dolido y pesado
a los hombres comunes! - ¿mediocres?
- reconocer en cualquiera otro determinados
talentos y más aún si esos talentos
le son propios al hombre excepcional.
¡El
hecho de que surja lo excepcional entre la
medianía tiene, sin duda, mucho de
la fatalidad. En un mundo en que por desdicha
prevaleció el mercado como ley moral,
Dios no quiera que, como suelen hacerlo con
ciertas especies de mercado, el concepto estandarización,
se aplique nunca a los seres humanos, de lo
contrario: ¡el horror!
TOLÓN
« UN RECUERDO »
 |
En
educación los jóvenes
ante todo
Diseño para bajo
relieve. |
|
Si la voz
acaso hubiera previsto un silencio similar
al que precede la expectativa de la primera
nota musical en el seno de un foro, así,
tras el intervalo que el ansia hace eterno,
siguió expresando bajo la cúpula
de oro.
Cuán
difícil debe ser para ustedes allá
donde palpitan y yo moro a nivel de memoria,
explicar el prodigio y el genio. Y en tanto
que ello no es dable a su dimensión,
forjan palabras y conceptos filosóficos
que no son más que pálido reflejo
de la verdad y entre esas palabras –
anamnesis-.
Sí,
ricordare, volver a recordar. Yo
mismo jugué con palabras y situaciones,
y lo mismo deturpé genealogía,
a fin de hacer creer el mito aquel de Brumario
y nada más, sólo que, en paralelo,
dejé correr el juicio de que siempre
supe, y en especial desde Tolón, en
todo lo que rodea a una batalla, recordar,
sí, pero lo que ya sabía, lo
que acaso supe siempre. Sin conocer el por
qué, Platón me proveyó
del término y la circunstancia y lo
apliqué ¡juego de palabras!
Anamnesis,
nacer sabiéndolo todo y luego, pausadamente,
olvidar para finalmente engañarnos
y creer que sabemos, nada más poético
del viejo y eternamente joven Aristocles,
acaso el primer maestro de los románticos.
En realidad,
más allá de filosofías
e inspiraciones, si algo supe desde Tolón
y hasta Warterloo, fue que el estudio y el
trabajo constantes son los que logran la adivinación,
la prospectiva, lo que habrá de ser.
Claro, y el timbre se hizo sonriente, que
el idealismo platónico es más
hermoso y menos lleno de estudio y trabajo
constantes, decididos e imperturbables, sin
importar el tiempo que transcurre, ni la constante
y a veces heroica renuncia de las frivolidades
y las pasiones del tiempo.
Lo cierto,
confirmó la voz que surgió del
silencio, que más allá de la
inmortalidad del alma y las múltiples
y diversas formas de un devenir inmutable,
la famosa preexistencia, permite ver con matemática
exactitud, las consecuencias de nuestra humana
reflexión ¿heurística?,
otra palabra, lo único verdadero es
que, proporcionalmente, todo es consecuencia
de la labor apasionada y el estudio incesante.
Cómo
no iba yo a ver, entonces con claridad lo
inepto de Carteaux, un general que lo único
que revelaba su jerarquía eran las
plumas de su sombrero, con el cual cubría
el abismo de su torpeza y consecuente prepotencia.
Yo entonces ya había estudiado con
amorosa pasión, las cartas geográficas
antiguas y modernas, por convicción
me sentí en la obligación de
participar, señalando lo estratégico
del fuerte de La Eguillette, no se dejó
esperar la burla del inepto contra el que
sabe Confunde el lugar, el pobre cree que
allí es Tolón. ¡Torpe!
No y allí al tomar La Eguillete, se
conquistó Tolón.
Por fortuna el emplumado aunque valiente fue
trasladado, no sabía, simplemente,
no había estudiado…
Llegó
Dougommier, que sin ser la octava maravilla,
me dejó hacer y después repeler,
desde la hermosa Batería de los Hombre
sin Miedo, la invasión anglo española.
¬¡Siempre
supe que los hombres requerimos de magia
e incentivos para alcanzar las grandes
cosas! Y lo supe no por anamnesis, sino
porque en mi Córcega de niño,
Mamma Laetitia sabía siempre
el valor de la magia del impulso y lo
dulce del justo reconocimiento o del
adecuado castigo… Saberlo todo
desde antes, sí, desde niño
paso a paso, enriqueciéndose
vía curiosidad y método
con todo el grande conocimiento que
palpita entorno nuestro.
En Tolón,
las fallas en la artillería no
eran ni pólvora mojada ni cañones
mal fundidos. El éxito, la aplicación
de las cargas precisas, el conocer del
recular de las piezas y tener calculado
la segura dirección de las parábolas
hacia los objetivos. Estudiar, trabajar,
saber, eso es el verdadero todo de mis
éxitos.
¬¬Como
consecuencia, el grado de general de
brigada, ese que me abriría el
camino para la comandancia del Ejército
de Italia... Y lo que sucedió
después…
Anamnesis,
heurística, Me parece divertido,
pero no más, cuán difícil
es explicar el genio y el prodigio,
pero la ecuación es clara Estudio
+ Trabajo = Genio.
En cuanto
al prodigio, señaló la
voz antes de ausentarse una vez más
en el silencio expectante que se hizo
bajo la cúpula dorada, eso acaso,
lo podrán entender acá,
donde la zarza arde sin consumirse,
acá donde para morar… ¡Bueno! |
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El
gran San Bernardo
Litografía
de Nicolas Toussaint Charlet
(1792-1845). |
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Imperó
una vez última el generoso silencio,
se desvanecieron los tonos y, al salir del
recinto, en lo alto, el tapiz de las nubes
mostraba el bordado del águila que
inmensa, volaba en el cielo.