| LOS
SIGNOS DE LA FATALIDAD |
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Alegoría
del regreso de los restos del
Emperador a Francia
Dibujo de Célestin Nanteuil,
Les rues de Paris,
1844. |
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©
Instituto Napoleónico México-Francia |
«
Sólo el infortunio le faltaba
a mi renombre.
He llevado la corona imperial de Francia,
la corona de hierro de Italia; y ahora
Inglaterra me ha dado otra más
grande aún y más gloriosa
- la que fue llevada por el Salvador
de Mundo -,
una corona de espinas »
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Napoleón
I.
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INTROITO
Observada
en el amplio mirador del Sagrado Corazón,
desde lo alto de Montmartre; acaso descubierta
hojeando cualquier libro sobre París, o
quizá escuetamente advertida a través
de la imagen televisada desde la capital francesa,
allí, visible desde cualquier punto de
la Ciudad Luz, hay una cúpula dorada.
Y allá,
bajo el áureo embovedado, el altar de una
capilla, la de los Inválidos; en lo hondo
del templo, circundado por majestuoso anillo de
mármoles que mueve a la respetuosa veneración,
un túmulo que hace suma de obra y grandeza;
allí, rodeada por águilas que no
mueren en la Historia, guardada mientras dure
el mundo, reposa dentro del catafalco de pórfido
rojo sobrepuesto en marmórea base verde,
en tálamo circundado por metales y maderas
preciosas, la reliquia de un ser predestinado:
NAPOLEÓN.
Después
de haber advertido tras tanta magnificencia un
señalado honor, sin duda que el viajero
o el estudioso se pregunten el por qué,
o bien sobre cuál habría sido la
razón por la que tan solemne edificio,
ideado y erigido por el arquitecto Louvois, el
hoy Museo del Ejército, antiguo Hospital
de Los Inválidos, fundado por Luis
XIV « para abrigar la vejez de los veteranos
de sus guerras » y cuyos últimos
huéspedes fueran en 1908 el general Niox,
el subteniente Buttner, el comandante Gallois
y el Ayudante Lecointe, tal edificación
regia, haya sido elegida como tumba tan destacada,
en tanto que está situada en medio del
pueblo francés que tanto amara Napoleón
Bonaparte Ramolino, la que acaso sólo encuentra
parangón con aquellas de los faraones,
en las inmediaciones del Nilo.
Y sin embargo,
la respuesta sobre el significado de ella, asentada
acaso centenas de metros del Sena, resulta sin
duda un reto para cualquier imaginación
ayuna o no de Historia, dado que un siglo como
el XIX, supo de hombres y mujeres dotados de espíritus
magníficos, cuyas cenizas, no obstante,
no están honradas allí y sí
las de uno, cabeza del Ejército, que fuera
capaz de cambiar los sistemas de la guerra y se
convirtiera, merced a ésta, en el árbitro
de la Victoria, aquél que precisamente,
al final de una vida apenas mayor de cincuenta
años deseara trascender, lográndolo,
por algo diametralmente opuesto a la espada o
la pólvora de los cañones: el Código
Civil que lleva su nombre.
Pocos seres humanos
han sido estrellas que iluminen su tiempo, pocos
los que logran serlo para un siglo, y solamente
uno, desde 1821 y a partir de 1769 permanece por
derecho propio en el seno de la historia del mundo.
Otras coincidencias: Pericles de Atenas, Alejandro
de Macedonia o César de Roma. No más.
He aquí un periplo a la inversa de algunos
de los instantes de su vida…
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«
Napoleón
una hora antes de su inhumación
».
Por Jean-Baptiste Mauzaisse. |
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LA VOZ
Al tiempo en
que nos sumergimos en el ámbito de un templo,
cuya cruz, al fondo, reclama recogimiento místico,
sentimos sin embargo que en lo profundo del silencio,
una voz se extiende en el ambiente, acaso como
un sentimiento que creyera encontrarse multiplicada
entre los ecos mil veces reiterados; la vibración
misma de aquella voz que incendiara al Ejército
de Italia en las postrimerías del siglo
XVIII, para con él y a través de
él, cambiar la Europa de entonces sumida
en la profunda ignición de 1789 y enriquecida
con el fuego sagrado de los Derechos del Hombre
y del Ciudadano, sin más que con soldados
« desnudos y desnutridos »; esa voz,
que creyéramos percibida por encima de
la frecuencia permitida al oído, una voz
que triste y extrañamente repite: ¡Desventura!
De pronto, ante
la magnificencia del templo, el sentido de la
desventura y el esplendor de la tumba violan sin
duda la cuadratura lógica dada a la mente;
no obstante, y apenas a unos pasos de los mármoles
y los bronces, en el propio cenotafio de glorias
francesas, otra tumba que proclama: Napoleón
Francisco José Carlos, duque de Reichtadt.
Cómo no recordar que el Emperador no deseaba
que su hijo fuese educado como príncipe
austriaco, sino francés, cómo no
apesadumbrarse al advertir la trágica caída
del Aguilucho, desde las alturas de un Rey de
Roma hasta las tristes cenizas de un duque de
21 años, envenenado quizá en el
cuerpo y acaso hasta del alma.
Aquí, sin
duda, el más doloroso germen de carencia
de ventura, puesto que en él se actuó
contra toda permisión de un padre que no
hubiera deseado ¡nunca! que su hijo, nacido
príncipe francés, fuese educado
como príncipe austriaco mas, ¡así
fue preparado! y aún antes, aquél
que había nacido Rey de Roma y llamado,
hijo del Águila, terminó sus días
a tan breve edad, si no envenenado, sí
corrompido por los sicarios de su propio abuelo
y ante el desenfado culpable de una madre que
sin pudor, pobre archiduquesa devenida Emperatriz
merced al Emperador de los Franceses, fue trocada
en ramera que entretenía sus ocios con
un oscuro militar de quinta clase, al tiempo que
en Santa Helena, el augusto padre, lloraba la
desventura de estar encarcelado por la jauría
británica, mirando de tarde en tarde y
con lágrimas en los ojos, un óleo
del niño aquel al que estaba condenado
a no volver a ver más.
La voz sigue hablando
de « desventura » y por algo que acaso
no entendimos nunca y quizá empezaremos
a comprender, al observar entre mil imágenes
de su rostro, en una diferente interpretación
cada vez y siempre él mismo, ninguna faz
ni actitud muestre, por lo menos, algo más
que una triste sonrisa.
- Hace
unas horas ¿minutos? que se dio
mi muerte, acusa la voz, y aunque para
la tierra han pasado ya muchos años
desde el doloroso pero sin duda liberador
5 de mayo de 1821; allá, donde
tú y la humanidad toda vive y está
condenada al rutinario y absurdo paso
de las horas que pretenden llamar tiempo,
me dice; poco se reflexiona ya en «
Santa
Helena, pequeña isla... »
y acaso los textos históricos,
que son tan naturalmente avaros ya que
sólo dan, a veces, apenas una página
a la labor de toda la existencia prodigiosa
como la que viví, y que de tan
Alto me fuera encomendada.
Solamente
quedan algunos que recuerden el hecho
de que allá queda tal peñón,
precisamente en medio del Atlántico,
entre América del Sur y África,
en donde terminó lo que sencillamente
empezó casi cincuenta años
antes de esa singular fecha, en una hora
determinada, misma que quedara fija en
el reloj que era visible desde mi catre
mortuorio, el mismo que por azares fue
también, en la Segunda Campaña
de Italia, mi compañero en Marengo.
Pero sin
adelantar vísperas, he aquí
que estoy en este lugar para que se me
recuerde, no por las batallas cuyos nombres
están entre puntas de estrella
al pie de este catafalco, sino por un
Código que lleva mi nombre y también
por haber sido el hombre de Estado que
llevó a la burguesía al
poder; aunque, claro, hoy el tiempo de
la burguesía es visto a través
de diferente óptica, pero ni más
ni menos, significa que si en el pasado
anterior a mis obras, sólo los
herederos de sangre noble tenían
acceso al poder político, una vez
que estuve en el trono de Europa continental,
cualquiera que tuviera el talento suficiente
y el amor indudable a Francia o a la patria
en que le habría tocado nacer,
podía acceder a la jerarquía
que su aptitud y empeño le permitieran.
Entre mis mariscales, lo mismo estaba
quien de joven fuera aprendiz de tintorero,
Lannes, cuya memoria guardo en el fondo
de mi corazón, puesto que lo conocí
pequeño y lo perdí gigante
que el descendiente de los antiguos nobles,
como Davout, heroico y leal.
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| Camastro
y objetos personales del Emperador
Napoleón |
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Por ejemplo, en
el Consejo de Estado, institución creada
por mí en la Navidad de 1799, un personaje
como Henri Marie Beyle, ¿Stendhal? tuvo
sus primeras responsabilidades, lo mismo que Alexandre
Dumas. En las aulas del Liceo y la Universidad
de París, se prepararon hombres como Victor
Hugo y Lamartine, asimismo, de las empresas florecientes
del Imperio, surgió una importante tradición
de competencia en los ramos textiles y de diseño.
Así de amplia era la concepción
que tuve del mundo, el mundo de los mejores para
servir mejor.
Gusté de
la oportunidad de ver en el pináculo del
éxito y comiendo en igualdad con las testas
coronadas de Europa, a príncipes y reinas
creados por mí. No dudo que recordarás
-me expresó la voz en tono divertido- mi
sentido del humor cuando al dirigirme al Príncipe
Regente de Inglaterra, le escribí: «
Querido Primo ». ¿Imaginas lo que
habrían pensado? y la voz sonrió
cristalina.
Valdría
la pena que destaques, que si bien has observado
que difícilmente existe una sonrisa en
las imágenes que se tomaron de mí,
mucho más difícil será encontrar
representaciones en que Napoleón empuñe
la espada. No es la gloria militar lo que me inspiró
nunca, acaso hice la guerra para conseguir una
paz para todos y de la que estuve cerca; si acaso
hubiera tomado en serio a Fulton y su máquina
de vapor que entonces me pareció un juguete...
en fin, estoy aquí por voluntad de lo Alto.
Engrandecido de gloria, pero muerto y sin conservarse
aquí nada más que mis restos, debajo
de todos estos cenotafios con los que sin duda
pretendieron exceptuarme. Lo cierto es que la
excepción me toca por lo que pude crear
desde del mero trono de una Francia gobernada
por la herencia -y Dios- sino el del pueblo francés,
que no es lo mismo.
Como bien lo puedes
ver, la novela de mi vida aparentemente terminaría
aquí, después de haber sido trasladado
por el Bella Paula a cargo del príncipe
de Joinville, el hijo de Luis Felipe de Orleans,
finalmente un nuevo rey que se dieron los franceses,
pero un rey que ya pertenecía, aún
sin quererlo él, a mi forja, a mi manera
de entender, después de 1815, la idea del
gobierno. Pude haber sido yo el primer Emperador
constitucional de la Historia, ni más ni
menos, pero no se logró, estuvo presente
Waterloo, después la traición, permanente
la soledad y siempre la desventura.
No
obstante ello, creo que es aquí,
en esta Capilla de los Inválidos,
donde debe empezar el drama, ya que es esta
tumba, la última instancia de mi
existir, pero acaso la que permita a muchos,
a través de los siglos, poder entender
las razones últimas que aquí
me trajeron.
Hasta antes
de la ceremonia de traslado, mi cuerpo descansaba
en un pequeño valle, con cierto verdor,
enseñoreado por un sauce de lacrimosas
ramas, un pequeño lugar que yo solía
visitar en mi estancia en el « generoso
» espacio que la familia reinante
de Inglaterra se sirvió darme por
encierro, colocándome, soberbio,
un océano como guardián y
no ¡claro! al infecto Lowe para entre
ambos asesinarme, hermanados al malsano
clima. Hicieron el mal a sabiendas…
Aquel fue
el lugar que elegí, convencido como
estaba entonces, de que jamás de
allí saldría. Sin embargo,
un 12 de mayo de 1840, el Ministro del Interior
de Luis Felipe de Orleáns hizo saber
a los diputados franceses, que reconocía:
«
Él fue Emperador y Rey; fue legítimo
soberano de nuestro país. Bajo este
concepto pudiera sepultarse en San Dionisio;
pero Napoleón no necesita el sepulcro
ordinario de los reyes; fuerza es que reine
y mande aun en el recinto donde van a descansar
los soldados de la patria, y donde irán
siempre a enardecerse los convocados para
defenderla. Su espada se depositará
sobre su tumba ».
El eco de
aquellas palabras se escuchó también
en la voz del mariscal Foch, cuando un 5
de mayo, pero de 1921, esto es cien años
después de Santa Helena, en este
lugar, me expresó:
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|
«Sire,
dormid en paz; desde la misma tumba vos trabajáis
siempre por Francia. Ante todo peligro de la patria,
nuestras banderas se agitan por el paso del Águila.
Si nuestras legiones han tornado victoriosas por
el Arco triunfal que vos habéis construido,
es porque esta espada de Austerlitz les había
trazado la dirección mostrándoles
como reunir y guiar las fuerzas que hacen la victoria.
Vuestras magistrales lecciones, vuestra tenaz
labor quedan como ejemplos imprescriptibles. Al
estudiarlas, al meditarlas, el arte de la guerra
se forma cada vez más grande. Es solamente
bajo los rayos piadosamente y cuidadosamente recogidos
de vuestra gloria inmortal que las generaciones
se elevarán en dignidad asiendo, por mucho
tiempo aún, la ciencia de los combates
y la maniobra de las armas, por la causa sagrada
de la defensa del país».
Acababa de finiquitarse
la que llamaron Gran Guerra y aún se esperaba
el tortuoso proyecto de una Alemania humillada
en demasía y naturalmente enferma de venganza.
Y yo, mientras tanto mantenía el fuego
mágico de la patria por debajo del catafalco
de pórfido.
Primera y segunda
guerras mundiales que de haberse cumplido mi sino
más allá de la desventura y la fatalidad,
no se hubieran dado jamás, pues una sola
nación, Europa, estaría despuntando
en la Utopía, al tiempo que una América
Latina, naturalmente anfictiónica desde
México hasta la Argentina acaso no tendría
la carga inmensa de la ambición de estados
falaces unidos y sería ella, así,
la otra y quizá única gran nación
de aquel hemisferio del mundo.
UN SILENCIO
Una vez más,
de pronto, el silencio, combándose bajo
la cúpula; la voz ha cerrado sus tonos
acerados, a veces trémulos, pero nunca
sollozantes ni claudicantes.
Semejante
al bronce de los gigantes que guardan la
puerta de la Tumba, velados, serenos y dolientes,
ataviados con el luto grecolatino y conservando
los signos de la dignidad imperial, el silencio
parece encerrar en el frío metal
de sus formas, a todas o a cualesquiera
de las pasiones.
Las banderas
testimoniales de la grandeza y del dolor
o del dolor en la grandeza, filtran un silencio
que termina por recorrer todos los rincones,
mas después de haber protegido el
venerado espacio dedicado a conservar el
gran collar de la Legión de Honor,
el negro castor de aquel sombrero con la
escarapela tricolor que enseñoreo
en Eylau y la espada que única, frente
al emperador de Austria y el zar de Rusia,
reinó en Austerlitz.
Ese mismo
silencio, súbdito de leyes físicas,
al añorar tornarse en el más
escandaloso de los ruidos, mide su paso
frente al mármol blanco tachonado
de áureas abejas, rodea los ropajes
imperiales trocados en diáspora,
llega hasta el firme vencedor coronado de
laureles de oro, en cuya diestra mantiene
el cetro del águila y en la siniestra
la globalidad del mundo cristiano y más,
he aquí que ahora resuena la voz
cual si surgiera de entre el fino labio
y el macizo mentón, inmóviles.
Puede ser
que a la distancia que media entre tu vivir
y mi acontecer, la palabra desventura, signifique
poco, dado que la vida se habrá transformado,
allá donde existes, y merced a la
derrota de la latinidad en Waterloo, donde
murieron acaso sus últimos héroes,
y el consecuente y natural advenimiento
del pragmatismo como el principal instrumento
del imperialismo británico y el de
sus hijos de ultramar, que ya seguramente
soportareis en todo su violento esplendor,
en un gozar sólo el instante, vivir
el momento y abandonar las quejas de cualquier
desventura posible sepultadas. En mí,
no obstante, la desventura lo significa
todo, porque en la medida en que la victoria
me utilizaba como instrumento, uno a uno
mis amores estaban quedando atrás,
el principal de ellos, el cual siempre sentí
por Josefina, desdichadamente decaía.
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Napoleón
Por Toulouse Lautrec |
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Y retornó
el silencio, mientras imperturbables, los rasgos
del Emperador, fluían eternidad.
WATERLOO
Ese nombre...
acaso sería por la incógnita cósmica
de que siempre habrá de suceder lo que
sin duda ocurrirá.
Napoleón
era fatalista de origen. Pudiera aducirse tal
actitud al sino histórico de Córcega,
parecido a un destino abortado, misma que le unió
a Francia como ayer lo hiciera con Italia o con
España y más lejos aún, con
los Fenicios, agoreros por naturaleza.
Tan apegado a
lo fatal, que durante la campaña de Italia,
le bastó con ver roto el cristal que cubría
el retrato de Josefina, para declarar sin vacilación:
« Mi mujer
está enferma o me traiciona
».
En ocasiones su
adivinación era real, Josefina le traicionaba
y le mentía. Cuestión de casualidades
o acierto de augur, como acaso lo fuera su dicho
« Estoy
aquí porque Dios me considera necesario,
en el momento en que no me necesite, bastará
el vuelo de una mosca para derribarme
». La mosca se llamó Arturo Wellesley,
duque de Wellington.
Nunca como en
Waterloo, proclamaba Napoleón, los soldados
franceses fueron más grandes. Tampoco antes
un aviso de la mortal enfermedad del Emperador
habría sido tan inoportuno.
« ¡El
universo entero contra mí!.. ¿No
es aún una maravilla el que haya podido
resistir todavía más y que yo haya
estado más de una vez a un instante de
poder superar todo y de sortear un caos más
poderoso que nunca..? »
¡Oh destino
de los hombres! ¡Oh sabiduría! ¡Oh
previsión humana!
Frente a la fatalidad
de una batalla que pudo ser, de haber vencido,
el nuevo Austerlitz de la gloria acaso para siempre,
quizá para transformar el perfil de un
mundo mismo que sin cambio, llegó trágicamente
al fin de un milenio más, cargado de la
profunda desesperación y angustia de quien
no sabe hacia dónde ir.
En Waterloo, cada
uno de los guerreros del Imperio napoleónico
se batió como un tigre, en hazañas
dignas, más tarde, del pincel de Raffet.
La fatalidad y
lo cósmico, una vez más en indescifrable
unión.
Fatales serán
también las grandes dudas de los historiadores
sobre el tiempo Napoleónico:
¿Por qué
ese ciego sentido del deber de Grouchy? ¿Cuál
fue la razón de no someter su dignidad
de mariscal al desesperado grito de los vielles
moustaches de ¡Au canon, mon Maréchal,
au canon! y abandonar la infecunda persecución
del feldmariscal Blücher, convertido primero
en un fantasma y luego tornado en pesadilla? ¿Cuál
sería la razón de Ney para actuar
como un joven soberbio al que sólo le interesa
la vanidad y desoye por sistema a la propia y
mil veces demostrada experiencia? ¿Qué
fue lo que lo hizo tan ciego al punto tal de olvidar
que había sido el Valiente entre los Valientes?
¡La mosca
giraba impertinente alrededor de su víctima
fatal!
Fiel al impasible
británico, Wellington no respondió
sino con cien pasos, cien pragmáticos pasos
de repliegue que le dieron valiosos dividendos,
frente a la presión de los gallardos franceses,
la Guardia imperial misma que le hubiera obligado,
en otras circunstancias, a la retirada desordenada,
y la que sería, ni más ni menos
que contra un bosque que hubiera destrozado en
jirones las rojas casacas.
¿Por qué
habrán sido negras las banderas prusianas
y no las Águilas de la libertad, la igualdad
y la fraternidad las que tremolaron definitivas
en Waterloo? ¿Cuál sería
la razón por la que Quatre Bras fuera el
único punto estratégico?
Preguntas, sólo
preguntas, no más y en medio de la planicie,
el sacrificio de la Guardia que nunca se rinde.
Nunca antes tanta sangre heroica fue derramada
por la cobarde fusilata que indudablemente deshonrará
a Inglaterra por el resto de los siglos.
La otra dramática
y malhadada pregunta que nunca dejará tranquila
a la filosofía de la Historia:
¿Waterloo como victoria Prusiana e Inglesa,
habrá significado el fracaso del mundo?
¡Desventura!
¡Merde!
Cambronne,¡merde!
LOS ADIOSES
 |
Napoleón
en gran traje de Consagración
Por Anne-Louis Girodet (1767-1824)
|
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« L’image
souveraine de celui qui fut, entre les hommes,
celui qui a été le plus près
d’être nommé dieu ».
¡Qué
dislate!
No obstante, en
aquel instante, la atmósfera era la misma
que la del momento en que el sol decae por el
horizonte.
Athón -
Apolo revela sus últimos rayos al hombre,
precipitándolo en la penumbra y acaso en
la muerte tan parecida al sueño. ¿Amanecerá?
El patio de mármol
de Fontainebleu. La vieja guardia formada alrededor
del águila en la que el oro bordaba Austerlitz,
Marengo, Iena.
De pronto, el
negro sombrero de extraño simbolismo cósmico,
más tarde el rostro adusto tratando de
recomponerse en sonrisa triste, después,
el redingote gris desabotonado, en cuyo centro,
el hombre es cubierto por el uniforme de Coronel
de Cazadores de la Guardia, aquel que lucía
el verde esperanzador, el rojo de los recuerdos
y el beige del pantalón, base terrena,
a cuyo lado izquierdo, se mantenía enfundada
la espada.
Sobre el pecho
del Emperador, sus condecoraciones de oro, destacando
la Legión de Honor; entre los botones del
chaleco, la mano derecha descansando sobre el
vientre, quizá tratando de frenar el ritmo
del corazón o acaso atenuando el incipiente
y ya doloroso cáncer.
El sol está
por decaer en el horizonte y Napoleón desciende
por la escalinata de simbólico trazo circular.
Una tenue brisa
agita al águila tricolor, se inicia el
adiós:
« Soldados
de mi vieja guardia, os doy mis adioses. Desde
hace veinte años, os he encontrado constantemente
en el camino del honor y de la gloria. En estos
últimos tiempos, como en aquellos de nuestra
prosperidad, no habéis cesado de ser modelos
de bravura y de fidelidad. Con hombres tales como
vosotros, nuestra causa no estaría perdida.
Pero la guerra sería interminable; sería
la guerra civil y Francia no se tornaría
sino en desdichada. Por ello sacrifico todos nuestros
intereses por los de la patria; parto. Vosotros,
amigos míos, continuad en el servicio de
Francia. Su bienestar será mi único
pensamiento; ¡será siempre el objeto
de mis deseos! No lamentéis mi suerte;
si he consentido en sobrevivir, es por servir
aún a vuestra gloria; ¡voy a escribir
las grandes cosas que hicimos juntos! ¡Adiós,
hijos míos! Quisiera abrazaros a todos
sobre mi corazón; ¡que abrace yo
al menos vuestra bandera!..
¡Adiós
una vez más, mis viejos compañeros!
¡Que este último beso permanezca
en vuestros corazones! »
El general Petit
se adelanta hacia el Petit Caporal, un
ciclo simbólico o fatal se cierra.
Los labios del
mayor soldado de la Historia se posan por última
vez en el áureo fleco del emblema tricolor
que fuera adalid de más de cuarenta batallas
campales, a cuyo final, los franceses clamaban
siempre: « La victoire est à
nous », ante la cual los soberanos
de Europa temblaron y acaso después palidecerán,
cuando se atrevieran a compararse con el Imperio
Napoleónico; los pequeños cruentos
o vacuos imperios posteriores, el diabólico
y oscuro aquel de la cruz gamada bañada
por la sangre del Holocausto y el otro, sin duda
semejante, el de Hiroshima y Nagasaki, que hoy
tras los disfraces de la libertad y la democracia,
corroe todavía al mundo, sometido por las
oprobiosas y salvajes leyes del mercado y la discriminación.
Pero silencio:
he aquí que los viejos soldados de Napoleón,
curtidos en el amplio lapso y espacio que va desde
Italia al calcinante sol de Egipto, por todos
los campos de batalla del continente, hasta el
inmisericorde hielo ruso, ¡lloran!, sus
pechos, en el sollozo contenido de lo heroico,
se agitan en doloroso sentimiento de amor y rabiosa
impotencia, de un poder reprimido, nuevamente,
coincidiendo que ello es ¡por el bien de
la patria! ¡Por no dividir a Francia!
Frente a muy otra
imagen, se antojaría pensar en Jesús
ante las mujeres de Israel: « No lloréis
por mí, sino por vosotras, por vuestros
hijos y los hijos de vuestros hijos... »
El sol se pierde
en el horizonte. La amenaza de la noche se convierte
en realidad. Napoleón se va.
« L’image
souveraine de celui qui, entre les hommes, fut
le plus près d’être nommé
dieu ». *
¡Qué
dislate!
* « La imagen
soberana de aquel que fue, entre los hombres,
el que más cerca ha estado de ser llamado
dios ». Federico Masson.
¿VENCIDO?
Quién que
haya visto las ilustraciones de los viejos libros
franceses, no recuerda con orgullo la imagen de
una Grande Armée llena de poder
y soberbia, antes de cruzar el Niemen, con el
fin de poner en orden al pusilánime Alejandro
I, quien temeroso del comerciante inglés,
había traicionado la palabra de un soberano
empeñada en Tilsit de mantener, en apoyo
del Emperador de los franceses, el bloqueo continental,
aquel Tilsit de la tienda de campaña a
sus orillas. La tienda de los emperadores. Lo
cierto es que de ambos sólo uno en realidad
lo era: Napoleón.
Hasta ese momento,
ningún ejército le era comparable.
Franceses, holandeses, wurtemburgueses alrededor
de un solo líder: Napoleón.
En ese momento,
aún con la amenaza de un invierno muy duro
por encima de las cabezas de los cuadros militares,
un grupo de hombres tal: 140 mil soldados, estaban
por cumplir, sin intuirlo, la gran hazaña
de la derrota, sin embargo, nada les arredraba,
estaban con Napoleón.
Uno quisiera haber
sido testigo, desde lo alto, del espectáculo
impresionante de ver en la distancia a un pequeño
jinete ataviado de sombrero negro y abrigo gris,
el que mira que sobre su cabalgadura los hombres
bajo su mando se encuentran ansiosos de recibir
la orden de marchar. Nadie entonces pensaría
en la falaz retirada, ni siquiera se tenía
la previsión de que llegarían a
Moscú. Menos aún que el invierno
los devoraría.
Desde cualquier
punto al que dirigiera su catalejo, el Emperador
miraba uniformes y rostros decididos, bridones
y espadas, lanzas y corazas, botas centelleantes
acostumbradas al triunfo. ¡Avance!, la orden
ha sido dada y desde los mariscales del Imperio
hasta el último soldado en cuya mochila
todavía se advertía el bastón
del mariscalato, daban, a un mismo impulso, el
paso primero hacia el sino de lo desconocido:
la derrota.
Y he aquí
que tras del pequeño sombrero negro de
Brienne, que no tricornio a la Federico, una pléyade
de jóvenes y maduros latinos marchaban
en medio de águilas tricolores, marchas
heroicas, morriones negros, cascos de bronce pulido
y uniformes diversos en un espectro de color todo
dirigido hacia el mismo fin.
César pasó
el Rubicón y la suerte estuvo echada. Napoleón
traspuso el Niemen para que el destino del mundo
cambiara su rumbo. A lo lejos, dispuesto a asesinar
a las aves en pleno vuelo, atisbaba el llamado
general invierno.
«
En Tilsit, Rusia ha jurado eterna alianza a Francia
y guerra a Inglaterra. ¡Ella viola hoy sus
juramentos! No quiere dar alguna explicación
sobre su extraña conducta que las águilas
francesas no hayan repasado en Rhin, dejando a
nuestros aliados a su discreción, Rusia
es arrastrada por la fatalidad; sus destinos se
deben cumplir... »
Nuevamente se
estaba jugando el destino de los pueblos latinos,
ahora frente a los eslavos y los sajones. Quizá
era mucha arrogancia, pero estaban allí
reunidos los mejores soldados del mundo y no era
posible que nadie se les opusiera. El canto del
ejército del Rhin, ya era el himno nacional
de los ciudadanos de Francia y de los pueblos
libres del mundo. Al sonar la Marsellesa, se estaban
involucrando en una lucha de siglos, el antiguo
símbolo indoeuropeo, en contra de los pueblos
bárbaros.
|
Delenda
est Britania, pero para
que ello así fuera, el Zar
parricida, debe sumarse totalmente
al bloqueo. No tiene otro remedio el emperador
eslavo que reconsiderar su felonía.
El Imperio de Occidente, con su capital
Francia, el imperio de oriente, con su
capital Moscú. Todo era tan claro
que difícilmente se comprende tal
falta de entendimiento criterio.
Napoleón
I y Alejandro I, el mundo estaba, en ese
momento, a punto de abrirse hacia nuevos
rumbos. Sonaba acaso el fin de la barbarie.
Sin embargo,
¡no!, o no era esa la voluntad divina
o bien, ésta ya había sido
colmada y en exceso, por la soberbia de
un solo hombre, por grande que pareciera
al mundo o por halagüeños
que pudieran parecer sus planes.
Del regreso
de este Gran Ejército, del incendio
sistemático y salvaje de las ciudades
rusas tomadas por los franceses, el mundo
romántico ha enjugado muchas lágrimas
desde entonces, díganlo si no Byron,
Hugo o el propio Tolstoi.
Cuántas
historias alrededor de la fatal retirada,
¿será cierta la del mujik
que humildemente se acercó a Kutusov,
para decirle cómo hacían
los campesinos para evitar que sus cabalgaduras
cayeran?
|
« Padrecito,
yo veo que muchos de tus caballos caen, te quiero
decir que nosotros, cuando herramos a los nuestros
para el invierno, les dejamos un clavo salido
y así, siempre se mantienen sin caer e
inclusive corren sin dificultad ¿Por qué
tú no lo haces con tus caballos, padrecito?
»
En la mente agilitada
por la costumbre de combatir y conocer a Napoleón,
al general ruso se le aclara todo en un instante,
sonríe y le regala un rublo al inocente
y útil mujik.
De inmediato gira
la orden conducente a sus caballerías y
he aquí que un acaso sorprendente se coliga
al invierno para agravar la retirada ¡Desde
Moscú!
¿Fatalidad?
Mas, en realidad
¿Napoleón estaba entonces vencido?
Cuál sería su concepción
de la existencia en medio de las heladas estepas,
viendo desmoronarse uno a uno sus expectativas,
frente a un mundo que sin duda, estaba lejos de
la capacidad de comprenderlo. Más que vencido,
el Emperador estaba desencantado. Acaso muchos
de sus Mariscales estarían deseando, ya
desde entonces ¿incluso antes?, ser mariscales
de Luis XVIII. El fuego sagrado se extinguía...
Se ha hecho mucha
retórica sobre las causas que condujeron
al Gran Ejército a hundirse entre los hielos
rusos y las aguas del Berezina. De lo que poco
se ha dicho es del proceso que llevaría
a Europa, tras el triunfo de los proyectos napoleónicos,
del predominio idealista hacia la paz perpetua.
No fue así
y la consecuencia es palmaria. La humanidad ha
sufrido desde entonces muchísimos males:
el pragmatismo posterior a la Revolución
Industrial, la explotación del hombre por
el hombre, nacen como el producto más acabado
del triunfo británico-germano, en realidad
¿eslavo-germano-británico? sobre
la Francia del inicio del siglo XIX.
Totalitarismo
comunista, fascismo y nacionalsocialismo, también
una Guerra Mundial dividida en dos partes, 1914-1918
y 1939-1945, el Holocausto de los judíos,
el predominio de los mercados y las guerras perpetuas,
sean estas frías o no y finalmente la negra
página de los fundamentalismos, mucho más
tétricos y sanguinarios que cualquier nacionalismo
posible.
Quienes generaron
más que el individualismo liberal, el principio
del mercado como guía espiritual, sin duda
empequeñecieron el espíritu humano;
la libertad, la igualdad y la fraternidad quedaron
en palabras, sólo en palabras.
¡Fatalidad!
Si los Estados
Unidos de América son hasta entrado el
siglo XXI el monstruo que padece el mundo, es
sin duda por el desdichado derrumbe francés
de 1812.
Seamos justos,
si sumamos lo anterior a la previa venta de la
Luisiana, fatalidad histórica, nos veremos
tardíamente enardecidos y perennemente
dolientes, ya que será a través
de aquel territorio que descendieron hambrientas
de barbarie sobre el naciente México, las
turbas de las expulsadas escorias del Mayflower
avecindadas en Tejas donde la generosa tierra
de la Nueva España les enseñó
sin lograrlo, a ser humanos.
Es por eso, sin
duda que es por eso, que en el inconsciente colectivo
de los pueblos latinos, el fracaso napoleónico
sobre las nieves rusas, tiene un halo de dolor,
tan agudo como el cañoneo sobre los hielos
del río fatídico, que ya no sobre
los hombres, sino en la búsqueda de la
humillación, por parte de ejércitos
incapaces de enfrentarse hombre a hombre con Napoleón
y el Gran Ejército. También el hecho
cobarde de los anárquicos rusos, mucho
tiene que ver con la infeliz fusilata de los ingleses
contra la ya inerme y orgullosa Vieja Guardia,
en Waterloo.
Si dos pueblos
se alzan sin mancha de esa indignidad, esos son
la Prusia de Blücher en aquella llanura belga
y España, ella sí, resistiéndose,
hombre a hombre. Ambas naciones dispuestas a encarar
al Emperador, hasta el último hálito
de vida por el amor a su tierra y por su orgullo
mancillado.
Ingleses y rusos,
por el contrario, son la desdichada permanencia
de la barbarie sobre la cultura.
Ahora existe ya
la comunidad europea de naciones, que es tan solo
un resto del viejo anhelo de Napoleón por
establecer los Estados Unidos de Europa. Apenas
en las postrimerías del siglo XX, se usa
ya una moneda nueva, el Euro, para oponerse al
abuso del dólar. Tales ideas, tanto la
de una moneda común, como un total mundo
europeo es, también una premonición
del Emperador de los franceses.
La herencia de
Napoleón queda, del mismo modo que la cúpula
de oro permanece enhiesta y pura en el centro
de París.
Y canta la épica
de 1812:
« Soldado
¿tienes frío?
»
Y el gallardo
viejo de los viejos bigotes, se levanta de donde
estaba acurrucado, ya casi sin poder moverse.
Así se levanta y desde su imagen rígida
por el frío y respetuosa en el saludo a
su Emperador, responde « ¿frío
Sire? Si con sólo veros se me llenan de
fuego las venas y el corazón. No, Sire
¡No tengo frío! »
Y un instante
después, como una estatua de hielo elevada
al valor y al amor, el viejo soldado de los viejos
bigotes, causa alta en la Grande Armée
de los cielos.
REY DE
ROMA
En cuanto aquel
ser tan deseado dio las señales inequívocas
de la vida, luego incluso de haberlo dado por
muerto, quise creer, expresó la voz - sin
duda lo creí - que aquel pequeño
y rubio niño estaría “seguramente”
llamado a cumplir con un gran destino.
En el momento
mismo del alumbramiento retumbaron una a una 100
explosiones de cañón, las que, una
tras otra, y hasta después de la vigésimo
primera, daban a saber al pueblo de París
y al pueblo de toda Francia, que había
sido varón el hijo de su Emperador. Tenía
mis ojos y mi pecho, dijo orgulloso.
Desde el día
anterior, se habían presentado con los
dolores normales, también las dificultades.
María Luisa era además de joven,
primeriza y por lo mismo llena de temores sobre
la suerte que, por razones políticas comprensibles,
ella correría, ignorando el trato que se
le daría y hasta qué punto el Emperador
Napoleón tendría la grandeza de
alma como para guardar la vida de ella en el caso
extremo en que hubiera de pensarse en elegir cualquiera
de ambas existencias, tal disyuntiva se presentó.
La voz dijo con
gran firmeza:
Como hombre y
no como Emperador, me encontré ante la
nunca deseable alternativa y frente de la presunta
fatalidad de su muerte, no tuve duda alguna sobre
el conservar a la madre ya que, en su caso, bien
podría tener con ella otro hijo.
Temblaba el doctor
Dubois a quien tocó en suerte enfrentar
tal problema, no así ninguno de mis miembros;
en ese momento, fui, sin duda más hombre
de cabeza que de corazón. Actúe,
le dije, como lo haría con la esposa de
cualquiera ciudadano de cualquiera posición.
Mi hijo, el rey
de Roma, vino al mundo el 20 de marzo de 1811.
Me puedo envanecer de haber sido en aquella circunstancia,
tan buen marido como cualquier otro hombre del
mundo.
Sin duda que la
majestad de Dios y lo perfecto de la naturaleza
obrarían. Y así fue. Momentos después
de haber pasado la presión y los temores
de lo fatal, el pueblo de París, desde
la capital francesa hasta la última de
sus provincias, se contaban por cientos de miles
quienes se sentían satisfechos e incluso
dichosos por la buena nueva y por los buenos tiempos
que de ella procederían, incluso más
allá de las fronteras francesas, en la
propia Austria, entre los hombres de buena fe.
Bajo el balcón
de las Tullerías, el pueblo coreaba los
cañonazos, que al pasar de 21, darían
testimonio irrefutable de la deseable y posible
sucesión al trono imperial.
Sin embargo y
en razón directa con la fatalidad, todo
aquello no fue sino un hermoso sueño que
trocaría, 21 años después,
la cuna en tumba, cuando se diera la indignante
situación de que aquel que fuera llamado
al trono como Napoleón II, terminara sus
tristes y dolientes días como un obscuro
duque austríaco, abandonado incluso por
su infame madre.
Sin dudarlo, nada
más odioso le pudo haber sucedido a mi
destino: Mi estrella llegaba a un cenit de origen
laborioso, largo y accidentado, para en unos instantes
transformarse en vana, simple y doliente sombra.
Escribía
a mi querida Josefina, luego del alumbramiento:
« Mi
hijo, está gordo y de buena salud. Espero
que vendrá a bien. Tiene mi pecho, mi boca
y mis ojos. Espero que cumplirá su destino
».
El niño
y la lección de la vida, el hijo como cúspide
y desde ella una vida prometedora que acaso no
lo sería o, por la fatalidad, su destino
luminoso tener que convertirse en tragedia.
Tras del infortunado
Rey de Roma, solamente restan una hermosa cuna
de plata sobredorada en cuya parte más
alta, un ángel sostiene una corona, quizá
queden en alguna vitrina sus uniformes blancos
de austríaco; también la obra teatral
El Aguilucho de Edmundo Rostand que encarnara,
mejor que nadie al inicio del siglo XX la eximia
Sarah Bernhardt, la inmensa estela de dolor que
agravaba la distancia entre el augusto padre y
el también la del augusto y desdichado
hijo. Acaso en el Maximiliano mexicano, como se
dijo lo revelara el roto joyero que perteneciera
a la archiduquesa Sofía, en cuyo misterioso
mensaje se hallaría la verdad de lo que
acaso sería una rama más, trágica
también y la última acaso de los
emperadores napoleónidas.
 |
Apoteósis
del Rey de Roma
Napoleón, en la
celeste estancia, recibe a su hijo infortunado
cuya infancia brillante había
hecho concebir tan bellas esperanzas.
El Águila Imperial deja caer
en su dolor la espada del gran Napoleón
y el Globo del Mundo que le había
confiado. Litografía de
la época |
|
Finalmente y luego
del largo silencio, la voz del eco bajo la cúpula
de oro sentenció.
¡Que dura
fatalidad! Ahora aquí, en los Inválidos,
nuestras cenizas se encuentran más cercanas
de lo que estuvieron en vida nuestros cuerpos.
Sin embargo y Dios lo sabe, nunca el amor y la
esperanza de un padre hacia su hijo fueron tan
profundos, y tan desdichados.
La gran desgracia
escrita sobre mi sino, fue que no tuve la felicidad
que seguramente tuvo el más pobre de mis
súbditos, cuando vio crecer, a su lado,
al hijo de su amor, cuando tuvo acaso la oportunidad
de desenredar la maraña de la desdicha
para abrirle el mejor de los caminos, cuando exhaló
el último de sus suspiros protegido por
los brazos de su modesto vástago y contar
con la seguridad de que el más amado de
los seres, para él, pudiera cerrar sus
ojos el día final de su modesta existencia.
Algún día
se comprenderá al pobre Emperador de los
franceses y al desdichado Rey de Roma y acaso
los corazones sensibles rieguen con una lágrima
tan dolorosa memoria. No hay más triste
desdicha que la que tiene que estar vestida de
púrpura.
Ahí, que
lo sepan los siglos, frente de mí en la
fatídica Santa Helena, el rostro infantil
de mi hijo, que hermosamente imitaba el pincel
de un artista, fue la fuente única de mis
más íntimas y bellas remembranzas,
pero también la de mis más dolientes
y amargas lágrimas.
Y saber ¡oh
soberbia de los hombres! que por su venida al
mundo, aquel 20 de marzo de 1811, resonaron bajo
la comba celeste de París ciento y un golpes
de cañón.
Desventurada fatalidad...
« Dans ce flux et reflux d’espoir
et de douleurs! ».
9 DE FEBRERO (DOLOROSO AMANECER)
Dimos una tremenda
batalla, en la jornada del 8 de febrero, continuó
la voz con sereno dolor, una terrible batalla
si: Eylau, sitio elegido por nuestros enemigos
para pretender detenernos en nuestro seguro camino
hacia Koënigsberg, en la Prusia oriental.
Aquí, acaso por primera vez, la nieve proclamó
su fortaleza en mi contra; al oriente, a lo lejos,
estaba ya la frontera rusa del Niemen, también
Tilsit. En aquel momento, el problema de Polonia
mostraba ya serias dificultades para su posible
resolución.
Los aliados -
en mi contra y, por ende, en contra de Francia
y su Revolución - fortalecidos por los
soldados rusos, estaban, sin duda alguna, dispuestos
a vencer o a morir; lo verdaderamente trágico
es que aún así logré una
vez más la victoria, sí, pero el
costo de la misma fue más alto de lo que
cualquier guerrero hubo deseado en cualquier tiempo
o en cualquier lugar.
No hay tono más
abominable que el de la sangre coagulada entre
la nieve. Acaso el hielo me advertía que
el tiempo de terminar era justamente ahí,
como Lannes duramente lo previera, pero siete
años más habrían de pasar
hasta que las águilas, nuestras amadas
águilas fueran doblegadas.
La jornada del
9 de febrero se encuentra entra las más
amargas de mi carrera militar de triunfador; ahí,
confundidos los cuerpos con los gritos y el pavor,
cubiertos los restos de ceniza de pólvora,
mostrando dolientes quemaduras de carne viva,
yacían franceses y rusos, polacos y prusianos,
en el común denominador de la desdicha.
Ahí los jóvenes que nunca regresaron,
ahí aquellos que prometieran regresar un
mañana que nunca llegó.
Nuestros médicos,
afanosos, buscaban en la dantesca imagen, los
residuos de vida, entre los huesos quebrados y
las heridas posibles de curar, pero también,
identificar los miembros desgarrados, los cadáveres
a medio sepultar entre el helado sudario. Seguramente
que cuando la noche cubrió de luto el campo
de batalla, a la luz mortecina de vivacs recientemente
apagados y en el silencio tenebroso del final
de la batalla en que los hierros ya no chocan
ni las granadas estallan, el grito de dolor, los
ayes no acallados, se convirtieron en lágrimas
impotentes, resultado doliente de un destino infausto.
Ni siquiera el
barón Gros, con todo su genio pictórico,
especial talento y agudeza, pudo llevar íntegros
al lienzo los horrores que mis ojos vieron, no
solamente se podían mirar las columnas
de humo negro en el horizonte que ennegrecían
la más obscura noche previa al amanecer,
sino que muchos de los aspectos de la vida se
habían tornado en luto; los cascos de los
caballos no resonaban y fieles a su nobleza, las
pezuñas temblaban antes de pisar, por el
temor de hacerlo sobre un hombre muerto o un herido
a punto de fallecer, ahogados sus dolores por
la helada estepa.
Sí, el
valor de muchos de los soldados enemigos se había
alterado en aullante dolor, súplica y reclamo
en una sola faz. Temerosos los unos de los otros,
se arrastraban tratando de huir de los fieles
y humanos médicos. Las órbitas de
muchos ojos se abrían a su máximo
y pareciera que quisieran escapar del dolor de
sus cuerpos; los uniformes, hechos jirones, los
soberbios dorados, no eran ya sino guiñapos
y las manchas de la humedad, permeaban por las
gruesas telas desmadejadas hasta el interior de
los cuerpos, invirtiendo el color de la piel a
los tonos verdes y azulados de la desesperación
congelada.
Y ahí iba
yo, triunfador, recibiendo a la par, los signos
de la cortesanía o el elogio al vencedor,
allí, sobre aquel caballo que temblaba
hasta las crines, como un signo apocalíptico
adelantado a los siglos.
A mi derredor,
Murat, Ney, Bertrand, Augereau, eran otros testigos,
ese amanecer, enfundados en gruesos abrigos de
piel, yo mismo, cubierto por las necesidades del
helado tiempo con las galas imperiales para soportar
el invierno.
A los pies de
mi cabalgadura, los hijos de Francia, de Prusia
y de Rusia, eran el testimonio más doliente
y terrible de lo que la soberbia humana puede
alcanzar, y no solamente era ella era la mía,
ni todo el producto de una sola ambición,
era la inercia de la infausta calidad humana,
esa que entregaba a las viudas y a los huérfanos
al abismo de la desdicha, la pobreza y la mendicidad,
al tiempo que arrojaría a 24 mil hombres,
muertos o heridos, a la mera memoria de un cuadro,
por doliente que este sea.
Y yo, el triunfador,
el genio de la guerra, el estratega y táctico
en una sola y lúcida mente, sólo
tuve un homenaje justo que rendir: lágrimas,
estallido de dolor que si mi cuerpo palpitara
aún, continuarían rodando desde
mis ojos hasta el suelo sangriento de Eylau. Esa
fue acaso mi más dura lección militar,
la lección de aquel amanecer del 9 de febrero.
¡Fatalidad!
¡Cielos!
Desdicha y fatalidad
al unísono.
AUSTERLITZ
Si sólo
consideráramos perfección en la
táctica y rigurosa aplicación de
la estrategia, Austerlitz será, desde el
momento mismo en que se realiza, el modelo perfecto
de una batalla.
Ella se da precisamente
el 2 de diciembre de 1805, aniversario de la Consagración
del Emperador, y ocurrirá por el orgullo
y la ambición nunca frenados, no de Napoleón,
sino acaso y mayores aún en todos los necios
beligerantes de las coaliciones que se armaron
nuevamente en contra de Francia, beligerantes
necios que no le perdonaron nunca al país
de los galos su Revolución modelo, la reivindicación
del pueblo en la valerosa defensa de la patria
en peligro cuando la simbólica Valmy se
convirtió en inmortal.
Tampoco el intento
de terminar para siempre, por la guillotina y
el Terror, con cualquier tipo de desigualdad,
aunque el precio hubiera sido el cuello del pobre
rey Luis XVI.
La Tercera Coalición
estaba ya dispuesta desde septiembre de ese año
que sería el de la cima bélica de
Napoleón: Austerlitz, de la cual supo desde
antes, dado su talento y previsión, la
hora de su inicio y el momento en que tocaría
su fin; dirían los románticos del
XIX, que en esa jornada, parecería que
Napoleón tuviera en sus manos el compás
de Cronos y pudiera manejar al sol por su voluntad.
El milagro militar
se había revelado gracias al predominio
matemático del genio, con la habilidad
del general, con la aplicación exacta de
las nuevas formas de la guerra que se habían
diseñado por primera vez en los campos
de Italia, cuando el Emperador, que entonces era
apenas el joven general que no se conformaba con
perseguir la utopía, sino que pletórico
de audacia y tocado por la disposición
de lo Alto, iniciaba la aurora de su prodigiosa
existencia.
En la llamada
Batalla de los Emperadores, por estar presentes
el de Austria, el de Rusia y el de los franceses,
este último todo lo intentó y todo
lo pudo, incluso aplicar la generosidad al perdonar
y no hacer prisioneros a quienes en su claro juicio
no eran simples hombres sino la representación
de sus naciones.
Es sin duda entonces
cuando el uniforme de coronel de cazadores de
la guardia lució como la corona de laurel
y encina, ceñida a la frente de quien cabalgaba
el proverbial tordillo. En lo alto, la estrella
del Emperador: el sol de Austerlitz.
Si acaso en todo
lo absurdo que pudiera ser la vecindad entre vida
y muerte, ambas tuvieran que compartir anverso
y reverso de una misma medalla, sin duda que dentro
del perfil y el ámbito de la época
romántica, bien pudieran revelarse como
las cumbres del sublime quehacer del hombre, a
la par de la Novena Sinfonía de Beethoven,
Austerlitz.
 |
Napoleón
y sus mariscales en Austerlitz
Por Jean-Louis-Ernest Meissonier
(1815-1891) |
|
Llena de orgullo
y con tono de plata dijo la voz:
La batalla de
Austerlitz es la más bella de todas las
cuales yo tuve la oportunidad de dar. He librado
treinta batallas por momentos tan parecidas como
aquella, pero no sé de ninguna donde la
victoria hubiera estado tan previamente decidida
y en la cual el destino tuviera que ver tan poco
en la balanza.
Finalmente los
reyes que ahora quedaban, en el siglo XX que feneció,
y que persisten en el XXI, no merecen ya batalla
alguna, puesto que muchos de ellos, lo que me
parece es que son ya simples y patéticas
comparsas de un viejo teatro del que solamente
quedan los disfraces, los abalorios y uno que
otro telón de fantasía, caducos,
que lo único que hacen, en su caso, es
rebajar al antiguo teatro de la nobleza a la calidad
indignante de carpa callejera.
No, no merecerían
la sangre de los héroes y mucho menos la
de aquellos que se batieron en Austerlitz.
UNA MAZMORRA,
UN VIEJO LIBRO Y...
Como consecuencia
de Thermidor, estuve a un tris de la muerte, ya
que entonces era más fácil morir
que ser.
Encerrado, en
algo así como bodega, solo y aparentemente
sin qué hacer, revisé el lugar:
cajas, escombros indeterminados, escobas y entre
los trebejos y barnizado de polvo, un libro viejo,
creo que las Pandectas, una parte del antiguo
Corpus Juris Civilis de Justiniano, y ese fue,
para mi bendición, quien me acompañaría
en esos tiempos malos que encaraba tranquilo,
mientras había luz, yo leía con
la sed de lectura que siempre me fue característica,
leía lo que parecería nunca tener
nada que ver con el entonces joven militar francés...
vendrían otros tiempos, sería entonces...
Afortunadamente
no hubo muerte decretada para mí, sino
simplemente el desempleo, el andar, el no tener
rumbo fijo y, sin embargo, desde lo alto, más
allá de lo más elevado, se cernía
la fina harina de un nuevo pan.
Eran tiempos complicados
y aparentemente no había bastado con llevar
a los termidorianos al poder, otros sectores de
la nación deseaban hacer su propia justicia.
Así, y de pronto, el Directorio, que así
se llamó el nuevo gobierno, estaba en el
filo de la navaja y vino San Roque.
¡Habían
fracasado todos! Políticos y militares
no acertaban a tranquilizar al pueblo y alguien,
en una selección en que aparentemente nada
tienen que ver los hombres, alguien voceo el apellido
Buonaparte, acaso alguien de los testigos
de Tolón, otro amigo de Salicetti, no lo
sé, lo que sí supe es que fui llamado
y liberado del ostracismo, se me ofreció
ser Comandante en Jefe del Ejército del
Interior, acepté dando como la única
de mis condiciones el que nadie se opusiera a
mis órdenes desde el momento en que desenvainara
la espada, se aceptó - calló la
voz para luego continuar ¡No sabían
que con ello firmaban ellos también el
futuro de su sentencia!
Los hechos de
armas se dieron a primera hora, yo había
aprovechado la madrugada para hacer llevar todos
los cañones que era posible conseguir,
para colocarlos en el atrio de San Roque. El pueblo
enardecido, pero desordenado, marchaba furibundo
con la peregrina idea de hacer caer al régimen,
gritos, pancartas y polvo, de mi parte, orden
y serenidad en las decisiones, mis cañones
cargados y apuntando a la turba.
En dos ocasiones
envié la orden de disolverse y retirarse,
pero nadie obedeció, y estando a tiro,
ordené fuego a mis baterías, entonces
todo fue confusión y terror, los que no
fueron alcanzados por el fuego, caían atropellándose,
cesaron los gritos de reto y se iniciaron los
ayes y la consecuente retirada, al poco rato,
volvía la tranquilidad a la ciudad y al
gobierno, que cayó de elogios sobre mí,
ya era el brazo armado y victorioso de aquel gobierno
al tiempo en que se iniciaba su ocaso.
Entonces conocí
a Josefina, luego de que consentí que en
un desarme total, Eugenio de Beauharnais, conservara
la espada de su padre, sacrificado en el terror.
La viuda me señaló
su agradecimiento y me invitó a su casa,
era la de ella una imagen magnífica, su
dulce mirada de amplios párpados, la piel
dorada de su rostro y brazos, su leve sonrisa.
su cuerpo espléndido y un andar garboso
y cálido, como su isla natal, Martinica,
le daban un aspecto único, y mis ojos de
provinciano, dejaron de ver a cualquiera otra,
fácilmente se olvidó que en Marsella
alguien bordaba ya una sábanas con el monograma
donde las letras D de Desirée y B de Buonaparte,
ya no tendrían el destino pensado originalmente...
bueno, aclaró la voz con tono de pícaro
buen humor, las sábanas y el monograma
no se desperdiciaron ya que más tarde la
que fuera mi novia marsellesa casó en el
entonces leal Bernardotte. Ella también,
y quizá a través de mí, llegara
a ser también reina, pero de Suecia.
La viuda de Beauharnais, tenía también
una hija, Hortensia, la que será esposa
de mi hermano Luis.
EL GRAN
CORSO