Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Premio Memorial Conde de Las Cases.
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
LOS SIGNOS DE LA FATALIDAD
Alegoría del regreso de los restos del Emperador a Francia
Dibujo de Célestin Nanteuil (1813-1873) para Les rues de Paris, 1844.

Por el Profesor

José de Jesús Ochoa Vázquez

Prof. Ochoa Vázquez
Obra premiada con el Segundo Lugar en el
II Premio Memorial Conde de Las Cases
Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« Sólo el infortunio le faltaba a mi renombre.
He llevado la corona imperial de Francia, la corona de hierro de Italia; y ahora Inglaterra me ha dado otra más grande aún y más gloriosa - la que fue llevada por el Salvador de Mundo -,
una corona de espinas
»
Napoleón I.

 

INTROITO

Observada en el amplio mirador del Sagrado Corazón, desde lo alto de Montmartre; acaso descubierta hojeando cualquier libro sobre París, o quizá escuetamente advertida a través de la imagen televisada desde la capital francesa, allí, visible desde cualquier punto de la Ciudad Luz, hay una cúpula dorada.

Y allá, bajo el áureo embovedado, el altar de una capilla, la de los Inválidos; en lo hondo del templo, circundado por majestuoso anillo de mármoles que mueve a la respetuosa veneración, un túmulo que hace suma de obra y grandeza; allí, rodeada por águilas que no mueren en la Historia, guardada mientras dure el mundo, reposa dentro del catafalco de pórfido rojo sobrepuesto en marmórea base verde, en tálamo circundado por metales y maderas preciosas, la reliquia de un ser predestinado: NAPOLEÓN.

Después de haber advertido tras tanta magnificencia un señalado honor, sin duda que el viajero o el estudioso se pregunten el por qué, o bien sobre cuál habría sido la razón por la que tan solemne edificio, ideado y erigido por el arquitecto Louvois, el hoy Museo del Ejército, antiguo Hospital de Los Inválidos, fundado por Luis XIV « para abrigar la vejez de los veteranos de sus guerras » y cuyos últimos huéspedes fueran en 1908 el general Niox, el subteniente Buttner, el comandante Gallois y el Ayudante Lecointe, tal edificación regia, haya sido elegida como tumba tan destacada, en tanto que está situada en medio del pueblo francés que tanto amara Napoleón Bonaparte Ramolino, la que acaso sólo encuentra parangón con aquellas de los faraones, en las inmediaciones del Nilo.

Y sin embargo, la respuesta sobre el significado de ella, asentada acaso centenas de metros del Sena, resulta sin duda un reto para cualquier imaginación ayuna o no de Historia, dado que un siglo como el XIX, supo de hombres y mujeres dotados de espíritus magníficos, cuyas cenizas, no obstante, no están honradas allí y sí las de uno, cabeza del Ejército, que fuera capaz de cambiar los sistemas de la guerra y se convirtiera, merced a ésta, en el árbitro de la Victoria, aquél que precisamente, al final de una vida apenas mayor de cincuenta años deseara trascender, lográndolo, por algo diametralmente opuesto a la espada o la pólvora de los cañones: el Código Civil que lleva su nombre.

Pocos seres humanos han sido estrellas que iluminen su tiempo, pocos los que logran serlo para un siglo, y solamente uno, desde 1821 y a partir de 1769 permanece por derecho propio en el seno de la historia del mundo. Otras coincidencias: Pericles de Atenas, Alejandro de Macedonia o César de Roma. No más. He aquí un periplo a la inversa de algunos de los instantes de su vida…

« Napoleón una hora antes de su inhumación ».
Por Jean-Baptiste Mauzaisse (1784-1844).

 

LA VOZ

Al tiempo en que nos sumergimos en el ámbito de un templo, cuya cruz, al fondo, reclama recogimiento místico, sentimos sin embargo que en lo profundo del silencio, una voz se extiende en el ambiente, acaso como un sentimiento que creyera encontrarse multiplicada entre los ecos mil veces reiterados; la vibración misma de aquella voz que incendiara al Ejército de Italia en las postrimerías del siglo XVIII, para con él y a través de él, cambiar la Europa de entonces sumida en la profunda ignición de 1789 y enriquecida con el fuego sagrado de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, sin más que con soldados « desnudos y desnutridos »; esa voz, que creyéramos percibida por encima de la frecuencia permitida al oído, una voz que triste y extrañamente repite: ¡Desventura!

De pronto, ante la magnificencia del templo, el sentido de la desventura y el esplendor de la tumba violan sin duda la cuadratura lógica dada a la mente; no obstante, y apenas a unos pasos de los mármoles y los bronces, en el propio cenotafio de glorias francesas, otra tumba que proclama: Napoleón Francisco José Carlos, duque de Reichtadt. Cómo no recordar que el Emperador no deseaba que su hijo fuese educado como príncipe austriaco, sino francés, cómo no apesadumbrarse al advertir la trágica caída del Aguilucho, desde las alturas de un Rey de Roma hasta las tristes cenizas de un duque de 21 años, envenenado quizá en el cuerpo y acaso hasta del alma.

Aquí, sin duda, el más doloroso germen de carencia de ventura, puesto que en él se actuó contra toda permisión de un padre que no hubiera deseado ¡nunca! que su hijo, nacido príncipe francés, fuese educado como príncipe austriaco mas, ¡así fue preparado! y aún antes, aquél que había nacido Rey de Roma y llamado, hijo del Águila, terminó sus días a tan breve edad, si no envenenado, sí corrompido por los sicarios de su propio abuelo y ante el desenfado culpable de una madre que sin pudor, pobre archiduquesa devenida Emperatriz merced al Emperador de los Franceses, fue trocada en ramera que entretenía sus ocios con un oscuro militar de quinta clase, al tiempo que en Santa Helena, el augusto padre, lloraba la desventura de estar encarcelado por la jauría británica, mirando de tarde en tarde y con lágrimas en los ojos, un óleo del niño aquel al que estaba condenado a no volver a ver más.

La voz sigue hablando de « desventura » y por algo que acaso no entendimos nunca y quizá empezaremos a comprender, al observar entre mil imágenes de su rostro, en una diferente interpretación cada vez y siempre él mismo, ninguna faz ni actitud muestre, por lo menos, algo más que una triste sonrisa.

- Hace unas horas ¿minutos? que se dio mi muerte, acusa la voz, y aunque para la tierra han pasado ya muchos años desde el doloroso pero sin duda liberador 5 de mayo de 1821; allá, donde tú y la humanidad toda vive y está condenada al rutinario y absurdo paso de las horas que pretenden llamar tiempo, me dice; poco se reflexiona ya en « Santa Helena, pequeña isla... » y acaso los textos históricos, que son tan naturalmente avaros ya que sólo dan, a veces, apenas una página a la labor de toda la existencia prodigiosa como la que viví, y que de tan Alto me fuera encomendada.

Solamente quedan algunos que recuerden el hecho de que allá queda tal peñón, precisamente en medio del Atlántico, entre América del Sur y África, en donde terminó lo que sencillamente empezó casi cincuenta años antes de esa singular fecha, en una hora determinada, misma que quedara fija en el reloj que era visible desde mi catre mortuorio, el mismo que por azares fue también, en la Segunda Campaña de Italia, mi compañero en Marengo.

Pero sin adelantar vísperas, he aquí que estoy en este lugar para que se me recuerde, no por las batallas cuyos nombres están entre puntas de estrella al pie de este catafalco, sino por un Código que lleva mi nombre y también por haber sido el hombre de Estado que llevó a la burguesía al poder; aunque, claro, hoy el tiempo de la burguesía es visto a través de diferente óptica, pero ni más ni menos, significa que si en el pasado anterior a mis obras, sólo los herederos de sangre noble tenían acceso al poder político, una vez que estuve en el trono de Europa continental, cualquiera que tuviera el talento suficiente y el amor indudable a Francia o a la patria en que le habría tocado nacer, podía acceder a la jerarquía que su aptitud y empeño le permitieran.
Entre mis mariscales, lo mismo estaba quien de joven fuera aprendiz de tintorero, Lannes, cuya memoria guardo en el fondo de mi corazón, puesto que lo conocí pequeño y lo perdí gigante que el descendiente de los antiguos nobles, como Davout, heroico y leal.

Camastro y objetos personales del Emperador Napoleón

Por ejemplo, en el Consejo de Estado, institución creada por mí en la Navidad de 1799, un personaje como Henri Marie Beyle, ¿Stendhal? tuvo sus primeras responsabilidades, lo mismo que Alexandre Dumas. En las aulas del Liceo y la Universidad de París, se prepararon hombres como Victor Hugo y Lamartine, asimismo, de las empresas florecientes del Imperio, surgió una importante tradición de competencia en los ramos textiles y de diseño. Así de amplia era la concepción que tuve del mundo, el mundo de los mejores para servir mejor.

Gusté de la oportunidad de ver en el pináculo del éxito y comiendo en igualdad con las testas coronadas de Europa, a príncipes y reinas creados por mí. No dudo que recordarás -me expresó la voz en tono divertido- mi sentido del humor cuando al dirigirme al Príncipe Regente de Inglaterra, le escribí: « Querido Primo ». ¿Imaginas lo que habrían pensado? y la voz sonrió cristalina.

Valdría la pena que destaques, que si bien has observado que difícilmente existe una sonrisa en las imágenes que se tomaron de mí, mucho más difícil será encontrar representaciones en que Napoleón empuñe la espada. No es la gloria militar lo que me inspiró nunca, acaso hice la guerra para conseguir una paz para todos y de la que estuve cerca; si acaso hubiera tomado en serio a Fulton y su máquina de vapor que entonces me pareció un juguete... en fin, estoy aquí por voluntad de lo Alto. Engrandecido de gloria, pero muerto y sin conservarse aquí nada más que mis restos, debajo de todos estos cenotafios con los que sin duda pretendieron exceptuarme. Lo cierto es que la excepción me toca por lo que pude crear desde del mero trono de una Francia gobernada por la herencia -y Dios- sino el del pueblo francés, que no es lo mismo.

Como bien lo puedes ver, la novela de mi vida aparentemente terminaría aquí, después de haber sido trasladado por el Bella Paula a cargo del príncipe de Joinville, el hijo de Luis Felipe de Orleans, finalmente un nuevo rey que se dieron los franceses, pero un rey que ya pertenecía, aún sin quererlo él, a mi forja, a mi manera de entender, después de 1815, la idea del gobierno. Pude haber sido yo el primer Emperador constitucional de la Historia, ni más ni menos, pero no se logró, estuvo presente Waterloo, después la traición, permanente la soledad y siempre la desventura.

No obstante ello, creo que es aquí, en esta Capilla de los Inválidos, donde debe empezar el drama, ya que es esta tumba, la última instancia de mi existir, pero acaso la que permita a muchos, a través de los siglos, poder entender las razones últimas que aquí me trajeron.

Hasta antes de la ceremonia de traslado, mi cuerpo descansaba en un pequeño valle, con cierto verdor, enseñoreado por un sauce de lacrimosas ramas, un pequeño lugar que yo solía visitar en mi estancia en el « generoso » espacio que la familia reinante de Inglaterra se sirvió darme por encierro, colocándome, soberbio, un océano como guardián y no ¡claro! al infecto Lowe para entre ambos asesinarme, hermanados al malsano clima. Hicieron el mal a sabiendas…

Aquel fue el lugar que elegí, convencido como estaba entonces, de que jamás de allí saldría. Sin embargo, un 12 de mayo de 1840, el Ministro del Interior de Luis Felipe de Orleáns hizo saber a los diputados franceses, que reconocía:

« Él fue Emperador y Rey; fue legítimo soberano de nuestro país. Bajo este concepto pudiera sepultarse en San Dionisio; pero Napoleón no necesita el sepulcro ordinario de los reyes; fuerza es que reine y mande aun en el recinto donde van a descansar los soldados de la patria, y donde irán siempre a enardecerse los convocados para defenderla. Su espada se depositará sobre su tumba ».

El eco de aquellas palabras se escuchó también en la voz del mariscal Foch, cuando un 5 de mayo, pero de 1921, esto es cien años después de Santa Helena, en este lugar, me expresó:

Hotel de Los Inválidos. Pastel de Adrien Sénéchal (1895-1974)

«Sire, dormid en paz; desde la misma tumba vos trabajáis siempre por Francia. Ante todo peligro de la patria, nuestras banderas se agitan por el paso del Águila. Si nuestras legiones han tornado victoriosas por el Arco triunfal que vos habéis construido, es porque esta espada de Austerlitz les había trazado la dirección mostrándoles como reunir y guiar las fuerzas que hacen la victoria. Vuestras magistrales lecciones, vuestra tenaz labor quedan como ejemplos imprescriptibles. Al estudiarlas, al meditarlas, el arte de la guerra se forma cada vez más grande. Es solamente bajo los rayos piadosamente y cuidadosamente recogidos de vuestra gloria inmortal que las generaciones se elevarán en dignidad asiendo, por mucho tiempo aún, la ciencia de los combates y la maniobra de las armas, por la causa sagrada de la defensa del país».

Acababa de finiquitarse la que llamaron Gran Guerra y aún se esperaba el tortuoso proyecto de una Alemania humillada en demasía y naturalmente enferma de venganza. Y yo, mientras tanto mantenía el fuego mágico de la patria por debajo del catafalco de pórfido.

Primera y segunda guerras mundiales que de haberse cumplido mi sino más allá de la desventura y la fatalidad, no se hubieran dado jamás, pues una sola nación, Europa, estaría despuntando en la Utopía, al tiempo que una América Latina, naturalmente anfictiónica desde México hasta la Argentina acaso no tendría la carga inmensa de la ambición de estados falaces unidos y sería ella, así, la otra y quizá única gran nación de aquel hemisferio del mundo.

 

UN SILENCIO

Una vez más, de pronto, el silencio, combándose bajo la cúpula; la voz ha cerrado sus tonos acerados, a veces trémulos, pero nunca sollozantes ni claudicantes.

Semejante al bronce de los gigantes que guardan la puerta de la Tumba, velados, serenos y dolientes, ataviados con el luto grecolatino y conservando los signos de la dignidad imperial, el silencio parece encerrar en el frío metal de sus formas, a todas o a cualesquiera de las pasiones.

Las banderas testimoniales de la grandeza y del dolor o del dolor en la grandeza, filtran un silencio que termina por recorrer todos los rincones, mas después de haber protegido el venerado espacio dedicado a conservar el gran collar de la Legión de Honor, el negro castor de aquel sombrero con la escarapela tricolor que enseñoreo en Eylau y la espada que única, frente al emperador de Austria y el zar de Rusia, reinó en Austerlitz.

Ese mismo silencio, súbdito de leyes físicas, al añorar tornarse en el más escandaloso de los ruidos, mide su paso frente al mármol blanco tachonado de áureas abejas, rodea los ropajes imperiales trocados en diáspora, llega hasta el firme vencedor coronado de laureles de oro, en cuya diestra mantiene el cetro del águila y en la siniestra la globalidad del mundo cristiano y más, he aquí que ahora resuena la voz cual si surgiera de entre el fino labio y el macizo mentón, inmóviles.

Puede ser que a la distancia que media entre tu vivir y mi acontecer, la palabra desventura, signifique poco, dado que la vida se habrá transformado, allá donde existes, y merced a la derrota de la latinidad en Waterloo, donde murieron acaso sus últimos héroes, y el consecuente y natural advenimiento del pragmatismo como el principal instrumento del imperialismo británico y el de sus hijos de ultramar, que ya seguramente soportareis en todo su violento esplendor, en un gozar sólo el instante, vivir el momento y abandonar las quejas de cualquier desventura posible sepultadas. En mí, no obstante, la desventura lo significa todo, porque en la medida en que la victoria me utilizaba como instrumento, uno a uno mis amores estaban quedando atrás, el principal de ellos, el cual siempre sentí por Josefina, desdichadamente decaía.

Napoleón
Por Toulouse Lautrec (1864-1901).

Y retornó el silencio, mientras imperturbables, los rasgos del Emperador, fluían eternidad.

 

WATERLOO

Ese nombre... acaso sería por la incógnita cósmica de que siempre habrá de suceder lo que sin duda ocurrirá.

Napoleón era fatalista de origen. Pudiera aducirse tal actitud al sino histórico de Córcega, parecido a un destino abortado, misma que le unió a Francia como ayer lo hiciera con Italia o con España y más lejos aún, con los Fenicios, agoreros por naturaleza.

Tan apegado a lo fatal, que durante la campaña de Italia, le bastó con ver roto el cristal que cubría el retrato de Josefina, para declarar sin vacilación: « Mi mujer está enferma o me traiciona ».

En ocasiones su adivinación era real, Josefina le traicionaba y le mentía. Cuestión de casualidades o acierto de augur, como acaso lo fuera su dicho « Estoy aquí porque Dios me considera necesario, en el momento en que no me necesite, bastará el vuelo de una mosca para derribarme ». La mosca se llamó Arturo Wellesley, duque de Wellington.

Nunca como en Waterloo, proclamaba Napoleón, los soldados franceses fueron más grandes. Tampoco antes un aviso de la mortal enfermedad del Emperador habría sido tan inoportuno.

« ¡El universo entero contra mí!.. ¿No es aún una maravilla el que haya podido resistir todavía más y que yo haya estado más de una vez a un instante de poder superar todo y de sortear un caos más poderoso que nunca..? »

¡Oh destino de los hombres! ¡Oh sabiduría! ¡Oh previsión humana!

Frente a la fatalidad de una batalla que pudo ser, de haber vencido, el nuevo Austerlitz de la gloria acaso para siempre, quizá para transformar el perfil de un mundo mismo que sin cambio, llegó trágicamente al fin de un milenio más, cargado de la profunda desesperación y angustia de quien no sabe hacia dónde ir.

En Waterloo, cada uno de los guerreros del Imperio napoleónico se batió como un tigre, en hazañas dignas, más tarde, del pincel de Raffet.

La fatalidad y lo cósmico, una vez más en indescifrable unión.

Fatales serán también las grandes dudas de los historiadores sobre el tiempo Napoleónico:

¿Por qué ese ciego sentido del deber de Grouchy? ¿Cuál fue la razón de no someter su dignidad de mariscal al desesperado grito de los vielles moustaches de ¡Au canon, mon Maréchal, au canon! y abandonar la infecunda persecución del feldmariscal Blücher, convertido primero en un fantasma y luego tornado en pesadilla? ¿Cuál sería la razón de Ney para actuar como un joven soberbio al que sólo le interesa la vanidad y desoye por sistema a la propia y mil veces demostrada experiencia? ¿Qué fue lo que lo hizo tan ciego al punto tal de olvidar que había sido el Valiente entre los Valientes?

¡La mosca giraba impertinente alrededor de su víctima fatal!

Fiel al impasible británico, Wellington no respondió sino con cien pasos, cien pragmáticos pasos de repliegue que le dieron valiosos dividendos, frente a la presión de los gallardos franceses, la Guardia imperial misma que le hubiera obligado, en otras circunstancias, a la retirada desordenada, y la que sería, ni más ni menos que contra un bosque que hubiera destrozado en jirones las rojas casacas.

¿Por qué habrán sido negras las banderas prusianas y no las Águilas de la libertad, la igualdad y la fraternidad las que tremolaron definitivas en Waterloo? ¿Cuál sería la razón por la que Quatre Bras fuera el único punto estratégico?

Preguntas, sólo preguntas, no más y en medio de la planicie, el sacrificio de la Guardia que nunca se rinde. Nunca antes tanta sangre heroica fue derramada por la cobarde fusilata que indudablemente deshonrará a Inglaterra por el resto de los siglos.

La otra dramática y malhadada pregunta que nunca dejará tranquila a la filosofía de la Historia:
¿Waterloo como victoria Prusiana e Inglesa, habrá significado el fracaso del mundo?

¡Desventura!

¡Merde! Cambronne,¡merde!

LOS ADIOSES

Napoleón en gran traje de Consagración
Por Anne-Louis Girodet (1767-1824)

« L’image souveraine de celui qui fut, entre les hommes, celui qui a été le plus près d’être nommé dieu ».

¡Qué dislate!

No obstante, en aquel instante, la atmósfera era la misma que la del momento en que el sol decae por el horizonte.

Athón - Apolo revela sus últimos rayos al hombre, precipitándolo en la penumbra y acaso en la muerte tan parecida al sueño. ¿Amanecerá?

El patio de mármol de Fontainebleu. La vieja guardia formada alrededor del águila en la que el oro bordaba Austerlitz, Marengo, Iena.

De pronto, el negro sombrero de extraño simbolismo cósmico, más tarde el rostro adusto tratando de recomponerse en sonrisa triste, después, el redingote gris desabotonado, en cuyo centro, el hombre es cubierto por el uniforme de Coronel de Cazadores de la Guardia, aquel que lucía el verde esperanzador, el rojo de los recuerdos y el beige del pantalón, base terrena, a cuyo lado izquierdo, se mantenía enfundada la espada.

Sobre el pecho del Emperador, sus condecoraciones de oro, destacando la Legión de Honor; entre los botones del chaleco, la mano derecha descansando sobre el vientre, quizá tratando de frenar el ritmo del corazón o acaso atenuando el incipiente y ya doloroso cáncer.

El sol está por decaer en el horizonte y Napoleón desciende por la escalinata de simbólico trazo circular.

Una tenue brisa agita al águila tricolor, se inicia el adiós:

« Soldados de mi vieja guardia, os doy mis adioses. Desde hace veinte años, os he encontrado constantemente en el camino del honor y de la gloria. En estos últimos tiempos, como en aquellos de nuestra prosperidad, no habéis cesado de ser modelos de bravura y de fidelidad. Con hombres tales como vosotros, nuestra causa no estaría perdida. Pero la guerra sería interminable; sería la guerra civil y Francia no se tornaría sino en desdichada. Por ello sacrifico todos nuestros intereses por los de la patria; parto. Vosotros, amigos míos, continuad en el servicio de Francia. Su bienestar será mi único pensamiento; ¡será siempre el objeto de mis deseos! No lamentéis mi suerte; si he consentido en sobrevivir, es por servir aún a vuestra gloria; ¡voy a escribir las grandes cosas que hicimos juntos! ¡Adiós, hijos míos! Quisiera abrazaros a todos sobre mi corazón; ¡que abrace yo al menos vuestra bandera!..

¡Adiós una vez más, mis viejos compañeros! ¡Que este último beso permanezca en vuestros corazones! »

El general Petit se adelanta hacia el Petit Caporal, un ciclo simbólico o fatal se cierra.

Los labios del mayor soldado de la Historia se posan por última vez en el áureo fleco del emblema tricolor que fuera adalid de más de cuarenta batallas campales, a cuyo final, los franceses clamaban siempre: « La victoire est à nous », ante la cual los soberanos de Europa temblaron y acaso después palidecerán, cuando se atrevieran a compararse con el Imperio Napoleónico; los pequeños cruentos o vacuos imperios posteriores, el diabólico y oscuro aquel de la cruz gamada bañada por la sangre del Holocausto y el otro, sin duda semejante, el de Hiroshima y Nagasaki, que hoy tras los disfraces de la libertad y la democracia, corroe todavía al mundo, sometido por las oprobiosas y salvajes leyes del mercado y la discriminación.

Pero silencio: he aquí que los viejos soldados de Napoleón, curtidos en el amplio lapso y espacio que va desde Italia al calcinante sol de Egipto, por todos los campos de batalla del continente, hasta el inmisericorde hielo ruso, ¡lloran!, sus pechos, en el sollozo contenido de lo heroico, se agitan en doloroso sentimiento de amor y rabiosa impotencia, de un poder reprimido, nuevamente, coincidiendo que ello es ¡por el bien de la patria! ¡Por no dividir a Francia!

Frente a muy otra imagen, se antojaría pensar en Jesús ante las mujeres de Israel: « No lloréis por mí, sino por vosotras, por vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos... »

El sol se pierde en el horizonte. La amenaza de la noche se convierte en realidad. Napoleón se va.

« L’image souveraine de celui qui, entre les hommes, fut le plus près d’être nommé dieu ». *

¡Qué dislate!

* « La imagen soberana de aquel que fue, entre los hombres, el que más cerca ha estado de ser llamado dios ». Federico Masson.

 

¿VENCIDO?

Quién que haya visto las ilustraciones de los viejos libros franceses, no recuerda con orgullo la imagen de una Grande Armée llena de poder y soberbia, antes de cruzar el Niemen, con el fin de poner en orden al pusilánime Alejandro I, quien temeroso del comerciante inglés, había traicionado la palabra de un soberano empeñada en Tilsit de mantener, en apoyo del Emperador de los franceses, el bloqueo continental, aquel Tilsit de la tienda de campaña a sus orillas. La tienda de los emperadores. Lo cierto es que de ambos sólo uno en realidad lo era: Napoleón.

Hasta ese momento, ningún ejército le era comparable. Franceses, holandeses, wurtemburgueses alrededor de un solo líder: Napoleón.

En ese momento, aún con la amenaza de un invierno muy duro por encima de las cabezas de los cuadros militares, un grupo de hombres tal: 140 mil soldados, estaban por cumplir, sin intuirlo, la gran hazaña de la derrota, sin embargo, nada les arredraba, estaban con Napoleón.

Uno quisiera haber sido testigo, desde lo alto, del espectáculo impresionante de ver en la distancia a un pequeño jinete ataviado de sombrero negro y abrigo gris, el que mira que sobre su cabalgadura los hombres bajo su mando se encuentran ansiosos de recibir la orden de marchar. Nadie entonces pensaría en la falaz retirada, ni siquiera se tenía la previsión de que llegarían a Moscú. Menos aún que el invierno los devoraría.

Desde cualquier punto al que dirigiera su catalejo, el Emperador miraba uniformes y rostros decididos, bridones y espadas, lanzas y corazas, botas centelleantes acostumbradas al triunfo. ¡Avance!, la orden ha sido dada y desde los mariscales del Imperio hasta el último soldado en cuya mochila todavía se advertía el bastón del mariscalato, daban, a un mismo impulso, el paso primero hacia el sino de lo desconocido: la derrota.

Y he aquí que tras del pequeño sombrero negro de Brienne, que no tricornio a la Federico, una pléyade de jóvenes y maduros latinos marchaban en medio de águilas tricolores, marchas heroicas, morriones negros, cascos de bronce pulido y uniformes diversos en un espectro de color todo dirigido hacia el mismo fin.

César pasó el Rubicón y la suerte estuvo echada. Napoleón traspuso el Niemen para que el destino del mundo cambiara su rumbo. A lo lejos, dispuesto a asesinar a las aves en pleno vuelo, atisbaba el llamado general invierno.

« En Tilsit, Rusia ha jurado eterna alianza a Francia y guerra a Inglaterra. ¡Ella viola hoy sus juramentos! No quiere dar alguna explicación sobre su extraña conducta que las águilas francesas no hayan repasado en Rhin, dejando a nuestros aliados a su discreción, Rusia es arrastrada por la fatalidad; sus destinos se deben cumplir... »

Nuevamente se estaba jugando el destino de los pueblos latinos, ahora frente a los eslavos y los sajones. Quizá era mucha arrogancia, pero estaban allí reunidos los mejores soldados del mundo y no era posible que nadie se les opusiera. El canto del ejército del Rhin, ya era el himno nacional de los ciudadanos de Francia y de los pueblos libres del mundo. Al sonar la Marsellesa, se estaban involucrando en una lucha de siglos, el antiguo símbolo indoeuropeo, en contra de los pueblos bárbaros.

Delenda est Britania, pero para que ello así fuera, el Zar parricida, debe sumarse totalmente al bloqueo. No tiene otro remedio el emperador eslavo que reconsiderar su felonía. El Imperio de Occidente, con su capital Francia, el imperio de oriente, con su capital Moscú. Todo era tan claro que difícilmente se comprende tal falta de entendimiento criterio.

Napoleón I y Alejandro I, el mundo estaba, en ese momento, a punto de abrirse hacia nuevos rumbos. Sonaba acaso el fin de la barbarie.

Sin embargo, ¡no!, o no era esa la voluntad divina o bien, ésta ya había sido colmada y en exceso, por la soberbia de un solo hombre, por grande que pareciera al mundo o por halagüeños que pudieran parecer sus planes.

Del regreso de este Gran Ejército, del incendio sistemático y salvaje de las ciudades rusas tomadas por los franceses, el mundo romántico ha enjugado muchas lágrimas desde entonces, díganlo si no Byron, Hugo o el propio Tolstoi.

Cuántas historias alrededor de la fatal retirada, ¿será cierta la del mujik que humildemente se acercó a Kutusov, para decirle cómo hacían los campesinos para evitar que sus cabalgaduras cayeran?

« Padrecito, yo veo que muchos de tus caballos caen, te quiero decir que nosotros, cuando herramos a los nuestros para el invierno, les dejamos un clavo salido y así, siempre se mantienen sin caer e inclusive corren sin dificultad ¿Por qué tú no lo haces con tus caballos, padrecito? »

En la mente agilitada por la costumbre de combatir y conocer a Napoleón, al general ruso se le aclara todo en un instante, sonríe y le regala un rublo al inocente y útil mujik.

De inmediato gira la orden conducente a sus caballerías y he aquí que un acaso sorprendente se coliga al invierno para agravar la retirada ¡Desde Moscú!

¿Fatalidad?

Mas, en realidad ¿Napoleón estaba entonces vencido? Cuál sería su concepción de la existencia en medio de las heladas estepas, viendo desmoronarse uno a uno sus expectativas, frente a un mundo que sin duda, estaba lejos de la capacidad de comprenderlo. Más que vencido, el Emperador estaba desencantado. Acaso muchos de sus Mariscales estarían deseando, ya desde entonces ¿incluso antes?, ser mariscales de Luis XVIII. El fuego sagrado se extinguía...

Se ha hecho mucha retórica sobre las causas que condujeron al Gran Ejército a hundirse entre los hielos rusos y las aguas del Berezina. De lo que poco se ha dicho es del proceso que llevaría a Europa, tras el triunfo de los proyectos napoleónicos, del predominio idealista hacia la paz perpetua.

No fue así y la consecuencia es palmaria. La humanidad ha sufrido desde entonces muchísimos males: el pragmatismo posterior a la Revolución Industrial, la explotación del hombre por el hombre, nacen como el producto más acabado del triunfo británico-germano, en realidad ¿eslavo-germano-británico? sobre la Francia del inicio del siglo XIX.

Totalitarismo comunista, fascismo y nacionalsocialismo, también una Guerra Mundial dividida en dos partes, 1914-1918 y 1939-1945, el Holocausto de los judíos, el predominio de los mercados y las guerras perpetuas, sean estas frías o no y finalmente la negra página de los fundamentalismos, mucho más tétricos y sanguinarios que cualquier nacionalismo posible.

Quienes generaron más que el individualismo liberal, el principio del mercado como guía espiritual, sin duda empequeñecieron el espíritu humano; la libertad, la igualdad y la fraternidad quedaron en palabras, sólo en palabras.

¡Fatalidad!

Si los Estados Unidos de América son hasta entrado el siglo XXI el monstruo que padece el mundo, es sin duda por el desdichado derrumbe francés de 1812.

Seamos justos, si sumamos lo anterior a la previa venta de la Luisiana, fatalidad histórica, nos veremos tardíamente enardecidos y perennemente dolientes, ya que será a través de aquel territorio que descendieron hambrientas de barbarie sobre el naciente México, las turbas de las expulsadas escorias del Mayflower avecindadas en Tejas donde la generosa tierra de la Nueva España les enseñó sin lograrlo, a ser humanos.

Es por eso, sin duda que es por eso, que en el inconsciente colectivo de los pueblos latinos, el fracaso napoleónico sobre las nieves rusas, tiene un halo de dolor, tan agudo como el cañoneo sobre los hielos del río fatídico, que ya no sobre los hombres, sino en la búsqueda de la humillación, por parte de ejércitos incapaces de enfrentarse hombre a hombre con Napoleón y el Gran Ejército. También el hecho cobarde de los anárquicos rusos, mucho tiene que ver con la infeliz fusilata de los ingleses contra la ya inerme y orgullosa Vieja Guardia, en Waterloo.

Si dos pueblos se alzan sin mancha de esa indignidad, esos son la Prusia de Blücher en aquella llanura belga y España, ella sí, resistiéndose, hombre a hombre. Ambas naciones dispuestas a encarar al Emperador, hasta el último hálito de vida por el amor a su tierra y por su orgullo mancillado.

Ingleses y rusos, por el contrario, son la desdichada permanencia de la barbarie sobre la cultura.

Ahora existe ya la comunidad europea de naciones, que es tan solo un resto del viejo anhelo de Napoleón por establecer los Estados Unidos de Europa. Apenas en las postrimerías del siglo XX, se usa ya una moneda nueva, el Euro, para oponerse al abuso del dólar. Tales ideas, tanto la de una moneda común, como un total mundo europeo es, también una premonición del Emperador de los franceses.

La herencia de Napoleón queda, del mismo modo que la cúpula de oro permanece enhiesta y pura en el centro de París.

Y canta la épica de 1812:

« Soldado ¿tienes frío? »

Y el gallardo viejo de los viejos bigotes, se levanta de donde estaba acurrucado, ya casi sin poder moverse. Así se levanta y desde su imagen rígida por el frío y respetuosa en el saludo a su Emperador, responde « ¿frío Sire? Si con sólo veros se me llenan de fuego las venas y el corazón. No, Sire ¡No tengo frío! »

Y un instante después, como una estatua de hielo elevada al valor y al amor, el viejo soldado de los viejos bigotes, causa alta en la Grande Armée de los cielos.

 

REY DE ROMA

En cuanto aquel ser tan deseado dio las señales inequívocas de la vida, luego incluso de haberlo dado por muerto, quise creer, expresó la voz - sin duda lo creí - que aquel pequeño y rubio niño estaría “seguramente” llamado a cumplir con un gran destino.

En el momento mismo del alumbramiento retumbaron una a una 100 explosiones de cañón, las que, una tras otra, y hasta después de la vigésimo primera, daban a saber al pueblo de París y al pueblo de toda Francia, que había sido varón el hijo de su Emperador. Tenía mis ojos y mi pecho, dijo orgulloso.

Desde el día anterior, se habían presentado con los dolores normales, también las dificultades. María Luisa era además de joven, primeriza y por lo mismo llena de temores sobre la suerte que, por razones políticas comprensibles, ella correría, ignorando el trato que se le daría y hasta qué punto el Emperador Napoleón tendría la grandeza de alma como para guardar la vida de ella en el caso extremo en que hubiera de pensarse en elegir cualquiera de ambas existencias, tal disyuntiva se presentó.

La voz dijo con gran firmeza:

Como hombre y no como Emperador, me encontré ante la nunca deseable alternativa y frente de la presunta fatalidad de su muerte, no tuve duda alguna sobre el conservar a la madre ya que, en su caso, bien podría tener con ella otro hijo.

Temblaba el doctor Dubois a quien tocó en suerte enfrentar tal problema, no así ninguno de mis miembros; en ese momento, fui, sin duda más hombre de cabeza que de corazón. Actúe, le dije, como lo haría con la esposa de cualquiera ciudadano de cualquiera posición.

Mi hijo, el rey de Roma, vino al mundo el 20 de marzo de 1811. Me puedo envanecer de haber sido en aquella circunstancia, tan buen marido como cualquier otro hombre del mundo.

Sin duda que la majestad de Dios y lo perfecto de la naturaleza obrarían. Y así fue. Momentos después de haber pasado la presión y los temores de lo fatal, el pueblo de París, desde la capital francesa hasta la última de sus provincias, se contaban por cientos de miles quienes se sentían satisfechos e incluso dichosos por la buena nueva y por los buenos tiempos que de ella procederían, incluso más allá de las fronteras francesas, en la propia Austria, entre los hombres de buena fe.

Bajo el balcón de las Tullerías, el pueblo coreaba los cañonazos, que al pasar de 21, darían testimonio irrefutable de la deseable y posible sucesión al trono imperial.

Sin embargo y en razón directa con la fatalidad, todo aquello no fue sino un hermoso sueño que trocaría, 21 años después, la cuna en tumba, cuando se diera la indignante situación de que aquel que fuera llamado al trono como Napoleón II, terminara sus tristes y dolientes días como un obscuro duque austríaco, abandonado incluso por su infame madre.

Sin dudarlo, nada más odioso le pudo haber sucedido a mi destino: Mi estrella llegaba a un cenit de origen laborioso, largo y accidentado, para en unos instantes transformarse en vana, simple y doliente sombra.

Escribía a mi querida Josefina, luego del alumbramiento:

« Mi hijo, está gordo y de buena salud. Espero que vendrá a bien. Tiene mi pecho, mi boca y mis ojos. Espero que cumplirá su destino ».

El niño y la lección de la vida, el hijo como cúspide y desde ella una vida prometedora que acaso no lo sería o, por la fatalidad, su destino luminoso tener que convertirse en tragedia.

Tras del infortunado Rey de Roma, solamente restan una hermosa cuna de plata sobredorada en cuya parte más alta, un ángel sostiene una corona, quizá queden en alguna vitrina sus uniformes blancos de austríaco; también la obra teatral El Aguilucho de Edmundo Rostand que encarnara, mejor que nadie al inicio del siglo XX la eximia Sarah Bernhardt, la inmensa estela de dolor que agravaba la distancia entre el augusto padre y el también la del augusto y desdichado hijo. Acaso en el Maximiliano mexicano, como se dijo lo revelara el roto joyero que perteneciera a la archiduquesa Sofía, en cuyo misterioso mensaje se hallaría la verdad de lo que acaso sería una rama más, trágica también y la última acaso de los emperadores napoleónidas.

Apoteósis del Rey de Roma
Napoleón, en la celeste estancia, recibe a su hijo infortunado cuya infancia brillante había hecho concebir tan bellas esperanzas. El Águila Imperial deja caer en su dolor la espada del gran Napoleón y el Globo del Mundo que le había confiado. Litografía de la época

Finalmente y luego del largo silencio, la voz del eco bajo la cúpula de oro sentenció.

¡Que dura fatalidad! Ahora aquí, en los Inválidos, nuestras cenizas se encuentran más cercanas de lo que estuvieron en vida nuestros cuerpos. Sin embargo y Dios lo sabe, nunca el amor y la esperanza de un padre hacia su hijo fueron tan profundos, y tan desdichados.

La gran desgracia escrita sobre mi sino, fue que no tuve la felicidad que seguramente tuvo el más pobre de mis súbditos, cuando vio crecer, a su lado, al hijo de su amor, cuando tuvo acaso la oportunidad de desenredar la maraña de la desdicha para abrirle el mejor de los caminos, cuando exhaló el último de sus suspiros protegido por los brazos de su modesto vástago y contar con la seguridad de que el más amado de los seres, para él, pudiera cerrar sus ojos el día final de su modesta existencia.

Algún día se comprenderá al pobre Emperador de los franceses y al desdichado Rey de Roma y acaso los corazones sensibles rieguen con una lágrima tan dolorosa memoria. No hay más triste desdicha que la que tiene que estar vestida de púrpura.

Ahí, que lo sepan los siglos, frente de mí en la fatídica Santa Helena, el rostro infantil de mi hijo, que hermosamente imitaba el pincel de un artista, fue la fuente única de mis más íntimas y bellas remembranzas, pero también la de mis más dolientes y amargas lágrimas.

Y saber ¡oh soberbia de los hombres! que por su venida al mundo, aquel 20 de marzo de 1811, resonaron bajo la comba celeste de París ciento y un golpes de cañón.

Desventurada fatalidad... « Dans ce flux et reflux d’espoir et de douleurs! ».


9 DE FEBRERO (DOLOROSO AMANECER)

Dimos una tremenda batalla, en la jornada del 8 de febrero, continuó la voz con sereno dolor, una terrible batalla si: Eylau, sitio elegido por nuestros enemigos para pretender detenernos en nuestro seguro camino hacia Koënigsberg, en la Prusia oriental. Aquí, acaso por primera vez, la nieve proclamó su fortaleza en mi contra; al oriente, a lo lejos, estaba ya la frontera rusa del Niemen, también Tilsit. En aquel momento, el problema de Polonia mostraba ya serias dificultades para su posible resolución.

Los aliados - en mi contra y, por ende, en contra de Francia y su Revolución - fortalecidos por los soldados rusos, estaban, sin duda alguna, dispuestos a vencer o a morir; lo verdaderamente trágico es que aún así logré una vez más la victoria, sí, pero el costo de la misma fue más alto de lo que cualquier guerrero hubo deseado en cualquier tiempo o en cualquier lugar.

No hay tono más abominable que el de la sangre coagulada entre la nieve. Acaso el hielo me advertía que el tiempo de terminar era justamente ahí, como Lannes duramente lo previera, pero siete años más habrían de pasar hasta que las águilas, nuestras amadas águilas fueran doblegadas.

La jornada del 9 de febrero se encuentra entra las más amargas de mi carrera militar de triunfador; ahí, confundidos los cuerpos con los gritos y el pavor, cubiertos los restos de ceniza de pólvora, mostrando dolientes quemaduras de carne viva, yacían franceses y rusos, polacos y prusianos, en el común denominador de la desdicha. Ahí los jóvenes que nunca regresaron, ahí aquellos que prometieran regresar un mañana que nunca llegó.

Nuestros médicos, afanosos, buscaban en la dantesca imagen, los residuos de vida, entre los huesos quebrados y las heridas posibles de curar, pero también, identificar los miembros desgarrados, los cadáveres a medio sepultar entre el helado sudario. Seguramente que cuando la noche cubrió de luto el campo de batalla, a la luz mortecina de vivacs recientemente apagados y en el silencio tenebroso del final de la batalla en que los hierros ya no chocan ni las granadas estallan, el grito de dolor, los ayes no acallados, se convirtieron en lágrimas impotentes, resultado doliente de un destino infausto.

Ni siquiera el barón Gros, con todo su genio pictórico, especial talento y agudeza, pudo llevar íntegros al lienzo los horrores que mis ojos vieron, no solamente se podían mirar las columnas de humo negro en el horizonte que ennegrecían la más obscura noche previa al amanecer, sino que muchos de los aspectos de la vida se habían tornado en luto; los cascos de los caballos no resonaban y fieles a su nobleza, las pezuñas temblaban antes de pisar, por el temor de hacerlo sobre un hombre muerto o un herido a punto de fallecer, ahogados sus dolores por la helada estepa.

Sí, el valor de muchos de los soldados enemigos se había alterado en aullante dolor, súplica y reclamo en una sola faz. Temerosos los unos de los otros, se arrastraban tratando de huir de los fieles y humanos médicos. Las órbitas de muchos ojos se abrían a su máximo y pareciera que quisieran escapar del dolor de sus cuerpos; los uniformes, hechos jirones, los soberbios dorados, no eran ya sino guiñapos y las manchas de la humedad, permeaban por las gruesas telas desmadejadas hasta el interior de los cuerpos, invirtiendo el color de la piel a los tonos verdes y azulados de la desesperación congelada.

Y ahí iba yo, triunfador, recibiendo a la par, los signos de la cortesanía o el elogio al vencedor, allí, sobre aquel caballo que temblaba hasta las crines, como un signo apocalíptico adelantado a los siglos.

A mi derredor, Murat, Ney, Bertrand, Augereau, eran otros testigos, ese amanecer, enfundados en gruesos abrigos de piel, yo mismo, cubierto por las necesidades del helado tiempo con las galas imperiales para soportar el invierno.

A los pies de mi cabalgadura, los hijos de Francia, de Prusia y de Rusia, eran el testimonio más doliente y terrible de lo que la soberbia humana puede alcanzar, y no solamente era ella era la mía, ni todo el producto de una sola ambición, era la inercia de la infausta calidad humana, esa que entregaba a las viudas y a los huérfanos al abismo de la desdicha, la pobreza y la mendicidad, al tiempo que arrojaría a 24 mil hombres, muertos o heridos, a la mera memoria de un cuadro, por doliente que este sea.

Y yo, el triunfador, el genio de la guerra, el estratega y táctico en una sola y lúcida mente, sólo tuve un homenaje justo que rendir: lágrimas, estallido de dolor que si mi cuerpo palpitara aún, continuarían rodando desde mis ojos hasta el suelo sangriento de Eylau. Esa fue acaso mi más dura lección militar, la lección de aquel amanecer del 9 de febrero.

¡Fatalidad! ¡Cielos!

Desdicha y fatalidad al unísono.

AUSTERLITZ

Si sólo consideráramos perfección en la táctica y rigurosa aplicación de la estrategia, Austerlitz será, desde el momento mismo en que se realiza, el modelo perfecto de una batalla.

Ella se da precisamente el 2 de diciembre de 1805, aniversario de la Consagración del Emperador, y ocurrirá por el orgullo y la ambición nunca frenados, no de Napoleón, sino acaso y mayores aún en todos los necios beligerantes de las coaliciones que se armaron nuevamente en contra de Francia, beligerantes necios que no le perdonaron nunca al país de los galos su Revolución modelo, la reivindicación del pueblo en la valerosa defensa de la patria en peligro cuando la simbólica Valmy se convirtió en inmortal.

Tampoco el intento de terminar para siempre, por la guillotina y el Terror, con cualquier tipo de desigualdad, aunque el precio hubiera sido el cuello del pobre rey Luis XVI.

La Tercera Coalición estaba ya dispuesta desde septiembre de ese año que sería el de la cima bélica de Napoleón: Austerlitz, de la cual supo desde antes, dado su talento y previsión, la hora de su inicio y el momento en que tocaría su fin; dirían los románticos del XIX, que en esa jornada, parecería que Napoleón tuviera en sus manos el compás de Cronos y pudiera manejar al sol por su voluntad.

El milagro militar se había revelado gracias al predominio matemático del genio, con la habilidad del general, con la aplicación exacta de las nuevas formas de la guerra que se habían diseñado por primera vez en los campos de Italia, cuando el Emperador, que entonces era apenas el joven general que no se conformaba con perseguir la utopía, sino que pletórico de audacia y tocado por la disposición de lo Alto, iniciaba la aurora de su prodigiosa existencia.

En la llamada Batalla de los Emperadores, por estar presentes el de Austria, el de Rusia y el de los franceses, este último todo lo intentó y todo lo pudo, incluso aplicar la generosidad al perdonar y no hacer prisioneros a quienes en su claro juicio no eran simples hombres sino la representación de sus naciones.

Es sin duda entonces cuando el uniforme de coronel de cazadores de la guardia lució como la corona de laurel y encina, ceñida a la frente de quien cabalgaba el proverbial tordillo. En lo alto, la estrella del Emperador: el sol de Austerlitz.

Si acaso en todo lo absurdo que pudiera ser la vecindad entre vida y muerte, ambas tuvieran que compartir anverso y reverso de una misma medalla, sin duda que dentro del perfil y el ámbito de la época romántica, bien pudieran revelarse como las cumbres del sublime quehacer del hombre, a la par de la Novena Sinfonía de Beethoven, Austerlitz.

Napoleón y sus mariscales en Austerlitz
Por Jean-Louis-Ernest Meissonier (1815-1891)

Llena de orgullo y con tono de plata dijo la voz:

La batalla de Austerlitz es la más bella de todas las cuales yo tuve la oportunidad de dar. He librado treinta batallas por momentos tan parecidas como aquella, pero no sé de ninguna donde la victoria hubiera estado tan previamente decidida y en la cual el destino tuviera que ver tan poco en la balanza.

Finalmente los reyes que ahora quedaban, en el siglo XX que feneció, y que persisten en el XXI, no merecen ya batalla alguna, puesto que muchos de ellos, lo que me parece es que son ya simples y patéticas comparsas de un viejo teatro del que solamente quedan los disfraces, los abalorios y uno que otro telón de fantasía, caducos, que lo único que hacen, en su caso, es rebajar al antiguo teatro de la nobleza a la calidad indignante de carpa callejera.

No, no merecerían la sangre de los héroes y mucho menos la de aquellos que se batieron en Austerlitz.

 

UNA MAZMORRA, UN VIEJO LIBRO Y...

Como consecuencia de Thermidor, estuve a un tris de la muerte, ya que entonces era más fácil morir que ser.

Encerrado, en algo así como bodega, solo y aparentemente sin qué hacer, revisé el lugar: cajas, escombros indeterminados, escobas y entre los trebejos y barnizado de polvo, un libro viejo, creo que las Pandectas, una parte del antiguo Corpus Juris Civilis de Justiniano, y ese fue, para mi bendición, quien me acompañaría en esos tiempos malos que encaraba tranquilo, mientras había luz, yo leía con la sed de lectura que siempre me fue característica, leía lo que parecería nunca tener nada que ver con el entonces joven militar francés... vendrían otros tiempos, sería entonces...

Afortunadamente no hubo muerte decretada para mí, sino simplemente el desempleo, el andar, el no tener rumbo fijo y, sin embargo, desde lo alto, más allá de lo más elevado, se cernía la fina harina de un nuevo pan.

Eran tiempos complicados y aparentemente no había bastado con llevar a los termidorianos al poder, otros sectores de la nación deseaban hacer su propia justicia. Así, y de pronto, el Directorio, que así se llamó el nuevo gobierno, estaba en el filo de la navaja y vino San Roque.

¡Habían fracasado todos! Políticos y militares no acertaban a tranquilizar al pueblo y alguien, en una selección en que aparentemente nada tienen que ver los hombres, alguien voceo el apellido Buonaparte, acaso alguien de los testigos de Tolón, otro amigo de Salicetti, no lo sé, lo que sí supe es que fui llamado y liberado del ostracismo, se me ofreció ser Comandante en Jefe del Ejército del Interior, acepté dando como la única de mis condiciones el que nadie se opusiera a mis órdenes desde el momento en que desenvainara la espada, se aceptó - calló la voz para luego continuar ¡No sabían que con ello firmaban ellos también el futuro de su sentencia!

Los hechos de armas se dieron a primera hora, yo había aprovechado la madrugada para hacer llevar todos los cañones que era posible conseguir, para colocarlos en el atrio de San Roque. El pueblo enardecido, pero desordenado, marchaba furibundo con la peregrina idea de hacer caer al régimen, gritos, pancartas y polvo, de mi parte, orden y serenidad en las decisiones, mis cañones cargados y apuntando a la turba.

En dos ocasiones envié la orden de disolverse y retirarse, pero nadie obedeció, y estando a tiro, ordené fuego a mis baterías, entonces todo fue confusión y terror, los que no fueron alcanzados por el fuego, caían atropellándose, cesaron los gritos de reto y se iniciaron los ayes y la consecuente retirada, al poco rato, volvía la tranquilidad a la ciudad y al gobierno, que cayó de elogios sobre mí, ya era el brazo armado y victorioso de aquel gobierno al tiempo en que se iniciaba su ocaso.

Entonces conocí a Josefina, luego de que consentí que en un desarme total, Eugenio de Beauharnais, conservara la espada de su padre, sacrificado en el terror.

La viuda me señaló su agradecimiento y me invitó a su casa, era la de ella una imagen magnífica, su dulce mirada de amplios párpados, la piel dorada de su rostro y brazos, su leve sonrisa. su cuerpo espléndido y un andar garboso y cálido, como su isla natal, Martinica, le daban un aspecto único, y mis ojos de provinciano, dejaron de ver a cualquiera otra, fácilmente se olvidó que en Marsella alguien bordaba ya una sábanas con el monograma donde las letras D de Desirée y B de Buonaparte, ya no tendrían el destino pensado originalmente... bueno, aclaró la voz con tono de pícaro buen humor, las sábanas y el monograma no se desperdiciaron ya que más tarde la que fuera mi novia marsellesa casó en el entonces leal Bernardotte. Ella también, y quizá a través de mí, llegara a ser también reina, pero de Suecia.
La viuda de Beauharnais, tenía también una hija, Hortensia, la que será esposa de mi hermano Luis.

 

EL GRAN CORSO

El general Bonaparte
Grabado romántico

¿Qué cuál es mi verdadera patria?, Sin duda que una de las injusticias más ingratas en que mis enemigos pudieron manifestar su mediocridad, fue cuando destacaban que yo no era francés en tanto que había nacido en Córcega, que mi origen era toscano y ¡qué sé yo! ¡Protervos! Y aquellos que se dejaron llevar por la inercia, ¡ignorantes! Leer Historia es una oportunidad para conocer el verdadero fin de las grandes ideas y de los grandes hombres. No leerla, es persistir, torpes, en la constante equivocación de causas y fines. Nací en 1769, un año antes, 1768 fue cuando según los habitantes de Córcega, "la patria perecía" en tanto que ese territorio había sido vendido a Francia y el "babo" Paoli, que encabezó primero un partido corso y luego un partido que luchaba por los intereses de Inglaterra. En los años previos, mi padre Carlo María y mi madre misma, lucharon en el propio campo de batalla, con valentía y entrega. Más tarde, cuando los Bonaparte advirtieron la equivocación de Paoli y la necesidad de poner una barrera que impidiera el triunfo del mercantilismo en nuestra isla y sirviera, asimismo, para elevar los principios de libertad, igualdad y fraternidad, los Bonaparte todos se afiliaron, para siempre, al partido francés, a través del cual, el pequeño Napolione, como familiarmente se me decía pudiera llegar como becario a las escuelas militares francesas, iniciar su carrera militar para más tarde, luchar denodadamente por los principios revolucionarios como joven artillero, venciendo a los propios ingleses que se habían apropiado de la rada de Tolón.

¿Qué cuál es mi verdadera patria? ¡Francia y ninguna otra!, si me hablan de Córcega, la isla de la belleza, sin duda que en mí, se genera el tono melancólico de la tierra que a uno lo vio nacer, y sí, desde mi niñez Córcega fue y será una parte entrañable de Francia, los primeros pasos de mi vida los di en Córcega, suelo francés.

Quizá ahora resulte incluso descriptivo el título de Gran Corso, sin embargo, durante mucho tiempo, resultó peyorativo para mi persona, yo creo que muchos no se atreven aún a definirme como el gran francés, ni modo, es asunto de estaturas y no meramente físicas, sino morales ¡Qué pena! ¡Cómo les ha dolido y pesado a los hombres comunes! - ¿mediocres? - reconocer en cualquiera otro determinados talentos y más aún si esos talentos le son propios al hombre excepcional.

¡El hecho de que surja lo excepcional entre la medianía tiene, sin duda, mucho de la fatalidad. En un mundo en que por desdicha prevaleció el mercado como ley moral, Dios no quiera que, como suelen hacerlo con ciertas especies de mercado, el concepto estandarización, se aplique nunca a los seres humanos, de lo contrario: ¡el horror!

 

TOLÓN « UN RECUERDO »

En educación los jóvenes ante todo
Diseño para bajo relieve.

Si la voz acaso hubiera previsto un silencio similar al que precede la expectativa de la primera nota musical en el seno de un foro, así, tras el intervalo que el ansia hace eterno, siguió expresando bajo la cúpula de oro.

Cuán difícil debe ser para ustedes allá donde palpitan y yo moro a nivel de memoria, explicar el prodigio y el genio. Y en tanto que ello no es dable a su dimensión, forjan palabras y conceptos filosóficos que no son más que pálido reflejo de la verdad y entre esas palabras – anamnesis-.

Sí, ricordare, volver a recordar. Yo mismo jugué con palabras y situaciones, y lo mismo deturpé genealogía, a fin de hacer creer el mito aquel de Brumario y nada más, sólo que, en paralelo, dejé correr el juicio de que siempre supe, y en especial desde Tolón, en todo lo que rodea a una batalla, recordar, sí, pero lo que ya sabía, lo que acaso supe siempre. Sin conocer el por qué, Platón me proveyó del término y la circunstancia y lo apliqué ¡juego de palabras!

Anamnesis, nacer sabiéndolo todo y luego, pausadamente, olvidar para finalmente engañarnos y creer que sabemos, nada más poético del viejo y eternamente joven Aristocles, acaso el primer maestro de los románticos.

En realidad, más allá de filosofías e inspiraciones, si algo supe desde Tolón y hasta Warterloo, fue que el estudio y el trabajo constantes son los que logran la adivinación, la prospectiva, lo que habrá de ser.
Claro, y el timbre se hizo sonriente, que el idealismo platónico es más hermoso y menos lleno de estudio y trabajo constantes, decididos e imperturbables, sin importar el tiempo que transcurre, ni la constante y a veces heroica renuncia de las frivolidades y las pasiones del tiempo.

Lo cierto, confirmó la voz que surgió del silencio, que más allá de la inmortalidad del alma y las múltiples y diversas formas de un devenir inmutable, la famosa preexistencia, permite ver con matemática exactitud, las consecuencias de nuestra humana reflexión ¿heurística?, otra palabra, lo único verdadero es que, proporcionalmente, todo es consecuencia de la labor apasionada y el estudio incesante.

Cómo no iba yo a ver, entonces con claridad lo inepto de Carteaux, un general que lo único que revelaba su jerarquía eran las plumas de su sombrero, con el cual cubría el abismo de su torpeza y consecuente prepotencia. Yo entonces ya había estudiado con amorosa pasión, las cartas geográficas antiguas y modernas, por convicción me sentí en la obligación de participar, señalando lo estratégico del fuerte de La Eguillette, no se dejó esperar la burla del inepto contra el que sabe Confunde el lugar, el pobre cree que allí es Tolón. ¡Torpe! No y allí al tomar La Eguillete, se conquistó Tolón.
Por fortuna el emplumado aunque valiente fue trasladado, no sabía, simplemente, no había estudiado…

Llegó Dougommier, que sin ser la octava maravilla, me dejó hacer y después repeler, desde la hermosa Batería de los Hombre sin Miedo, la invasión anglo española.

¬¡Siempre supe que los hombres requerimos de magia e incentivos para alcanzar las grandes cosas! Y lo supe no por anamnesis, sino porque en mi Córcega de niño, Mamma Laetitia sabía siempre el valor de la magia del impulso y lo dulce del justo reconocimiento o del adecuado castigo… Saberlo todo desde antes, sí, desde niño paso a paso, enriqueciéndose vía curiosidad y método con todo el grande conocimiento que palpita entorno nuestro.

En Tolón, las fallas en la artillería no eran ni pólvora mojada ni cañones mal fundidos. El éxito, la aplicación de las cargas precisas, el conocer del recular de las piezas y tener calculado la segura dirección de las parábolas hacia los objetivos. Estudiar, trabajar, saber, eso es el verdadero todo de mis éxitos.

¬¬Como consecuencia, el grado de general de brigada, ese que me abriría el camino para la comandancia del Ejército de Italia... Y lo que sucedió después…

Anamnesis, heurística, Me parece divertido, pero no más, cuán difícil es explicar el genio y el prodigio, pero la ecuación es clara Estudio + Trabajo = Genio.

En cuanto al prodigio, señaló la voz antes de ausentarse una vez más en el silencio expectante que se hizo bajo la cúpula dorada, eso acaso, lo podrán entender acá, donde la zarza arde sin consumirse, acá donde para morar… ¡Bueno!

El gran San Bernardo
Litografía de Nicolas Toussaint Charlet (1792-1845).

Imperó una vez última el generoso silencio, se desvanecieron los tonos y, al salir del recinto, en lo alto, el tapiz de las nubes mostraba el bordado del águila que inmensa, volaba en el cielo.