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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
EL REGRESO DE LAS CENIZAS
del Emperador Napoleón

RELATADO POR

JEAN-MARIE PUTIGNY

Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©

Retrato de Jean-Marie Putigny publicado en la primera edición de sus Memorias
Jean-Marie Putigny
 

El texto que presentamos a continuación, es un extracto de las « Memorias » del « grognard » (1) Jean-Marie Putigny, un veterano de la Grande Armada. Putigny nació el 9 de junio de 1774 en Saillenard (Saône-et-Loire), y quedándose huerfano, analfabeta, desde muy temprana edad se enrola en el regimiento de la Infantería de Navarre, en 1791, participando con el ejército del Norte en numerosas campañas, entre las cuales destacan las de Vendea e Italia, en donde se encuentra por primera vez con Napoleón, en Rívoli.

Algunos años más tarde, ya incorporado en la Grande Armada, Putigny formará parte de los regimientos inmortales de la división Friant, del cuerpo de armada del Mariscal Davout en Austerlitz. En esta batalla, recibirá su cruz de manos del mismo Emperador, tras haber salvado su bandera del enemigo. Lo hallamos enseguida en Auerstaedt, Eylau, Eckmühl y Ratisbonne. No faltará en Wagram, y ya con rango de capitán es uno de los supervivientes del « infierno de hielo » de las llanuras Rusas, de donde regresa con tan sólo cuatro de los 136 hombres de su compañía... Durante los Cien Días, participará todavía en la batalla de Ligny, última victoria del Imperio, faltando a Waterloo por hallarse en ese momento en Wavre, en el cuerpo de armada del Mariscal Grouchy...

Nombrado Barón del Imperio en 1809 y oficial de la Orden de la Legión de Honor en 1815, Jean-Marie Putigny fallece en Tournus el 5 de mayo de 1849, 28 años exactamente después de la muerte de su amado « Petit Caporal » (2), y tras 24 años de servicio y 60 batallas en su haber.

Menos conocidos que los testimonios legendarios de Coignet, Marbot o Bourgogne, los relatos de las vivencias de Putigny, narraciones coloridas y de trazos vívidos, de una sinceridad conmovedora y que no desmeritan nunca en lo que a pasión narrativa y profundidad dramática se refiere, no fueron publicados sino hasta 1950 (Gallimard) por su descendiente Bob Putigny, y reeditados más tarde en 1980 (Copernic).

Enseguida, leeremos un pasaje del emotivo recuento de este valiente, quien, el 15 de diciembre de 1840, tuvo el privilegio de recibir y acompañar a su emperador - por fín de regreso a « su buena ciudad de París » - en su último y triunfal recorrido...

 
El Regreso
Pintura de Jules Adolphe.

« Bajo del coche en el puente de Neuilly. A doscientos pasos de ahí un pequeño navío acaba de atracar en el muelle del Sena. Él está ahí, en su féretro. Mi emoción es tan intensa, las sensaciones, los recuerdos se suceden a tal velocidad que avanzo como un autómata, sin ver nada más que aquella caja negra sobre el puente del barco: Él. Pero me es preciso esperar largo tiempo antes de poder acercarme y de hallarme enseguida sobre el muelle en medio de un ejército de resucitados: rostros arrugados, siluetas encorvadas con uniformes descolorados, de todos los grados y de todas las armas. No sin dudar reconocí a algunos camaradas y, mirándolos mejor, descubro través de ellos en lo que ahora me he convertido: un viejo...

Ha anochecido desde hace largo tiempo. Las ráfagas del viento, al soplar a lo largo del río, estiran las flamas de los hachones prendidos cerca del Emperador, y avivan los fuegos alrededor de los cuales tratamos de calentarnos un poco. Nosotros, los veteranos de la Grande Armada, tosiendo y temblando, que Le han querido velar durante la primera noche de Su regreso a Francia.

A una decena de grados bajo cero, a pesar de los chalecos de lana, mis reumatismos de Rusia se despiertan, mis brazos y mis hombros están torcidos por el frío. Ya no siento mis pies, ni los dedos de mis manos, las orejas me duelen. Faltos de leña los fuegos se han apagado. Puedo protegerme, un poco, del cierzo glacial apoyándome contra una de las columnas del único edificio que existe en el muelle, una construcción de madera rematada por un frontón muy elevado bajo el cual guardan antes del alba, una enorme máquina: la carroza imperial. Las horas, los minutos se suceden, interminables... Acaba por ser de día.

A las nueve, después de una salva de artillería, las campanas repican: los marinos del barco que transporta al féretro franquean la pasarela; el Emperador está de nuevo entre nosotros, sobre el suelo de Francia. Olvido el frío y mis pobres dolores... Lágrimas corren en mis mejillas, mientras el féretro es colocado en la carroza fúnebre y que se forma el cortejo. Se habían previsto lugares para todo el mundo, para los oficiales, para el ejército nuevo, los funcionarios, los blancs-becs (3) que no Le habían conocido, para sus padres que Le habían traicionado o habían combatido contra Él. Pero nadie se había preocupado de nosotros, nadie había pensado que sus antiguos compañeros, sus fieles, los Impériaux (4) como se dice todavía, vendrían de todos los rincones del país, de un solo vuelo, con un solo impulso, acompañarlo a su última morada.

No fue sino hasta después de una delegación de alcaldes, de consejeros generales y de otros pequeños civiles cuando se nos autorizó a marchar, una última vez, detrás de nuestro Emperador.

Después de esa noche sin sueño, en ayunas desde ayer en la tarde, parece que hiciese aún más frío. La subida del puente de Neuilly a la Estrella es, para la mayoría de nosotros, un calvario. Me cuesta respirar. Mis piernas son de plomo, mis pies adoloridos, pero con toda mi voluntad, los pongo uno delante del otro aplicándome en caminar derecho, negándome a que me sostengan, a pesar de que a cada paso corro el peligro de caer. En este camino, tan malo, tropezamos en los hoyos y en las carriladas en las que la carroza muchas veces se hunde. Aunque no nieve más que muy poco y que no hayan más que algunos kilómetros que recorrer, esta marcha fúnebre me recuerda a Austerlitz por el esfuerzo, y a Rusia por el frío; ¡pues ya no tengo treinta años! Ahora soy viejo, y el Emperador está muerto.

« ¡Viva el Emperador!» Estos clamores repetidos surgen de la multitud inmensa, entre la cual desfilamos desde hace más de dos horas. Esta vez no le creo a mis oídos, pero siento mi corazón henchirse puesto que, en el de los franceses, el Emperador está siempre vivo...»

El grognard Jean-Marie Putigny.

NOTAS

1) Grognard, es decir « gruñón », o más exactamente « gruñente », nombre que se les daba a los soldados de la vieja guardia de la Grande Armada. NdT.
2) El pequeño cabo, nombre que le daban los soldados a Napoleón. NdT.
3) Barbilampiño, por extensión mocoso, novato, persona sin experiencia. NdT.
4) Los Imperiales, es decir los fieles, los irreductibles. NdT.


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