Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
EL IMPERIO DE LA JUVENTUD

Por

Paul Ravignant

El joven Napoleón leyendo
 
El texto siguiente pertenece al excelente libro Ce que Napoléon a vraiment dit («Lo que Napoleón dijo verdaderamente»), de Paul Ravignant, publicado por las Editions Stock, en 1969. Presentamos a continuación el capítulo 2 en la traducción de Felicia de Casas.

En relación con todos los regímenes que lo han precedido o seguido, hay un elemento que no puede dejar de llamarnos la atención en el gobierno consular y, más tarde, imperial: la edad media de todos aquellos de los que se rodeó Napoleón es prodigiosamente baja. Al tomar el poder, Bonaparte exclamó: «El gran arte del gobierno, es no dejar que los hombres envejezcan!»

En efecto, él sólo tiene treinta años, y sus más próximos colaboradores, los que en 1800 le ayudan y sostienen realmente, no sobrepasan, casi ninguno, los treinta y cinco años. Talleyrand, Fouché, Cambacérès, que son los más viejos, tienen cuarenta y cinco o cuarenta y seis años, la edad a la que generalmente los políticos comienzan su carrera. En cambio, el Primer Cónsul tiene ayudantes de veintiuno y veintidós años, y el ministro del Interior, Luciano Bonaparte, apenas tiene veinticinco años. De 1800 a 1815, una de las constantes preocupaciones del Emperador es la de descubrir, formar y utilizar a fondo a jóvenes competentes y con talento, a los que confía inmediatamente las mayores responsabilidades. Numerosos prefectos y subprefectos, sobre todo en las provincias dependientes del Imperio, tienen menos de treinta años. Molé no los tiene cuando es nombrado ministro.

Durante quince años, Napoleón establece un contacto diario con los más brillantes jóvenes de su Imperio. A cada sesión del Consejo de Estado asiste un cierto número de ponentes, con frecuencia muy jóvenes, que, en principio, se conforman con asistir a los debates, pero a los que el Emperador hace intervenir frecuentemente en las discusiones y a los que incluso llega a consultar personalmente. Napoleón considera a esos ponentes alumnos suyos y los destina a las más elevadas funciones. Formados en la extraordinaria dialéctica napoleónica, en esa precisión matemática y en ese espíritu de síntesis que asombran constantemente a la Corte imperial, esos jóvenes se convertirán todos, con títulos diversos, en grandes hombres de Estado. El método napoleónico consiste, además, en confiar rápidamente puestos importantes a los jóvenes mejor dotados. A veces dedica horas enteras a la lectura de los informes por ellos redactados. Cuando un informe lo apasiona, convoca inmediatamente a su autor y lo nombra para una prefectura o para un puesto gubernamental a veces delicado.

Una mañana, mientras se estaba vistiendo, se hallaba tan absorto en la lectura de uno de esos informes, que permaneció durante una hora con el brazo izquierdo introducido a medias en la manga, con la chaqueta arrastrando por el suelo.

«Cuando uno de los miembros de mi Consejo de Estado me dice lo que no he podido obtener de tres de mis ministros, merece que no lo pierda de vista...» (1)

El informe estaba firmado por Camille de Tournon, que no tenía aún veinticinco años. Tournon es enviado inmediatamente a Roma como prefecto del Tíber...

Esta preferencia casi sistemática que el Emperador concede a la juventud tiene dos razones complementarias, profundamente ancladas en la psicología napoleónica: una fundamental desconfianza por el pasado y una inmensa confianza en el porvenir.

Quiere edificar un nuevo orden, revolucionario, completamente diferente de todo lo que le ha precedido. Después de un siglo de República, nos es bastante difícil percibir la oposición entre monarquía imperial y monarquía real. Olvidamos dos cosas: en primer lugar, a comienzos del siglo XIX, la forma monárquica era la única concebible por la casi totalidad de la población, y, en segundo lugar, después de siglos de dinastía legítima, la creación de una nueva dinastía, fundada sobre principios filosóficos y sociales completamente nuevos, constituye ya en sí un orden nuevo que suscita fervores y odios incondicionales.

Se acusa con frecuencia a Napoleón de haber vuelto a ciertas formas del Antiguo régimen, de haberse rodeado de nobles, sobre todo al final de su reinado, y haber, así, dado ánimos a la reacción. Eso es ignorar uno de los grandes designios de Bonaparte. Da cargos a los emigrados, aun sabiendo que, en el fondo, le odian, porque así puede contar con los hijos, integrarlos en su nuevo orden, convertirlos incluso en los pilares de ese orden; y los acontecimientos le dan la razón: a partir de 1809-1810, los hijos de los que siguen llamándolo secretamente «usurpador» le sirven con un entusiasmo y una devoción sin límites: Ségur, Turenne, Labédoyère y tantos otros.

«No he favorecido a los grandes señores: siempre se han encontrado, incluso bajo la Revolución, buenos sentimientos entre la gente del pueblo. En el barrio de Saint-Germain, nunca. Durante un cierto tiempo, éste me ha considerado su Mesías. Aún le convengo, a falta de otro mejor. Espera que mi hijo sea más manejable. Se ha sometido sin convertirse. No me importa, sus hijos se educarán con otras ideas, verán 10 que les ofrezco y ya no se acordarán de los tiempos pasados... (2)

He tenido y aún tengo que servirme de los hombres de la Revoluci6n porque cuentan con la opini6n del pueblo, e incluso con la del ejército. El pueblo y el ejército, dos generaciones completas no han visto otra cosa en el poder, en los negocios, es lo único que conocen... ¿No nos hemos visto obligados, en cierto modo, a arrastrar a los antiguos nobles a los cargos públicos? Os pregunto de buena fe, ¿cuántos hay entre ellos que sean competentes en los negocios hoy en día...? No tengo tiempo para esperar. Tengo .que caminar, actuar, avanzar. Necesito ojos, brazos, piernas, y no puedo servirme de los que no los tienen. Sus hijos servirán, pero tienen que formarse, son un elemento para el porvenir» (3).

Pero es a la juventud en general, cualquiera que sea su origen, a la que el Emperador quiere formar en su escuela. Los jóvenes le apasionan porque están libres de todo prejuicio, de toda idea preconcebida, de todas las deformaciones de sus padres; es un material humano que excitan el más alto grado su pasión creadora. En su fuero interno, Napoleón estima que los hombres que han conocido el Antiguo régimen están, casi siempre, marcados demasiado profundamente para poder adherirse totalmente a su obra; o están condicionados por la altanería aristocrática, o lo están por la ideología de los enciclopedistas, por ese sistematismo, ese intelectualismo, diríamos hoy, que el joven Bonaparte también atravesó, pero superó rápidamente.
Y lo que quiere son espíritus nuevos que no hayan sido alcanzados por el aristocratismo ni por el filosofismo, a los que él sabrá impregnar de la gran visión regeneradora que debe, según él, transformar perdurablemente la sociedad occidental. El mismo es, por lo demás, esencialmente joven, en la medida en que trata de renovarse continuamente.

«No debemos ajustamos siempre a lo que ya ha existido anteriormente, como si fuese imposible hacerla mejor» (4).

Napoleón ha querido siempre, seguirá siempre queriendo a los jóvenes y a los niños. En las Tullerías, en Malmaison, en Saint-Cloud, se mezcla continuamente a los juegos infantiles con una sensibilidad ingenua, casi pueril, que conservará hasta su muerte. En Santa Elena sólo se abandona con los hijos de sus compañeros, o con la pequeña Betsy Balcombe, que no teme gastarle bromas como a un compañero de su edad, con gran escándalo de Las Cases.. Hasta el fin del reinado, y aun años después, la juventud es el elemento más incondicionalmente bonapartista del Imperio. A su regreso de la isla de Elba, los liceos y las facultades manifiestan violentamente sus sentimientos napoleónicos, junto con el Ejército. El hijo de Carnot (padre del futuro Presidente de la República) cuenta cómo, al recibir la noticia del desembarque del Emperador y de su marcha triunfal hacia París, sus condiscípulos, incapaces de retener su alegría, se abrazaban y felicitaban ruidosamente, a pesar de la presencia de sus profesores realistas.

Napoleón es, en primer lugar y ante todo, el Emperador de los jóvenes y nada podrá ahogar ese entusiasmo, ni las invasiones, ni la derrota, ni la histérica propaganda anti-napoleánica de los Borbones, porque entre el Emperador y la juventud se ha concertado una especie de pacto tácito a partir del 18 Brumario. El régimen consular, más tarde imperial, es el régimen que da a cada joven, civil o militar, unas oportunidades no soñadas. Al entrar en la Administración o en el Ejército, cualquier muchacho de veinte años puede decirse: «Seré coronel o prefecto dentro de cinco años, seré mariscal o ministro dentro de diez años». Y para todos los jóvenes bien dotados, que han comenzado una brillante carrera, la caída del ídolo es una terrible decepción. Eso es lo que explica la actitud de Labédoyère y de tantos otros al regreso de la isla de Elba.
Esta decepción, esta amargura, han inspirado toda la literatura romántica. «¡Ah, si Napoleón reinase aún -exclama desesperadamente Julien Sorel en Rojo y Negro, de Stendhal-, yo sería general!».

La derrota de Napoleón marca el comienzo de una corriente de sensibilidad que va a desarrollarse y llegar hasta nuestros días: el mito de la juventud incomprendida, humillada, frustrada en sus aspiraciones, en sus legítimas responsabilidades; la derrota del Emperador será sentida por muchos como la derrota de la juventud, y con la Restauración comienza el reinado de los viejos, es decir, el triunfo de la rutina, del aburrimiento, del escepticismo, después del breve triunfo de la pasión creadora y del fervor.
La nostalgia de este gobierno de la juventud va a afirmarse a través de varias generaciones de poetas y pensadores y echará, poco a poco, sus raíces en el inconsciente colectivo de la juventud. Durante todo el siglo XIX y la primera mitad del XX, el conflicto de las generaciones permanecerá latente y soterrado, disimulado por la lucha de clases y por las guerras europeas y mundiales.

Napoleón dio el poder a la juventud. Su caída fue también la de la juventud.

NOTAS:

1) Trémont: Mémoires.
2) A Caulaincourt, diciembre de 1812. (Caulaincourt: Mémoires.).
3) A Molé, junio de 1813. (Molé: Mémoires.).
4) Al Consejo de Estado, abril de 1806. (Molé: Mémoires).

Leer del mismo autor en este sitio:

- El imperio del talento

- El gran reconciliador

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