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| El
joven Napoleón leyendo |
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El
texto siguiente pertenece
al excelente libro “Ce
que Napoléon a vraiment
dit” (Lo
que Napoleón dijo verdaderamente),
de Paul Ravignant, publicado
por las Editions Stock, en
1969. Presentamos a continuación
el capítulo 2 en la
traducción de Felicia
de Casas. |
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En
relación con todos los regímenes
que lo han precedido o seguido, hay un
elemento que no puede dejar de llamarnos
la atención en el gobierno consular
y, más tarde, imperial: la edad
media de todos aquellos de los que se
rodeó Napoleón es prodigiosamente
baja. Al tomar el poder, Bonaparte exclamó:
“¡El gran arte
del gobierno, es no dejar que los hombres
envejezcan!”
En efecto,
él sólo tiene treinta años,
y sus más próximos colaboradores,
los que en 1800 le ayudan y sostienen
realmente, no sobrepasan, casi ninguno,
los treinta y cinco años. Talleyrand,
Fouché, Cambacérès,
que son los más viejos, tienen
cuarenta y cinco o cuarenta y seis años,
la edad a la que generalmente los políticos
comienzan su carrera. En cambio, el Primer
Cónsul tiene ayudantes de veintiuno
y veintidós años, y el ministro
del Interior, Luciano Bonaparte, apenas
tiene veinticinco años. De 1800
a 1815, una de las constantes preocupaciones
del Emperador es la de descubrir, formar
y utilizar a fondo a jóvenes competentes
y con talento, a los .que confía
inmediatamente las mayores responsabilidades.
Numerosos prefectos y subprefectos, sobre
todo en las provincias dependientes del
Imperio, tienen menos de treinta años.
Molé no los tiene cuando es nombrado
ministro.
Durante
quince años, Napoleón establece
un contacto diario con los más
brillantes jóvenes de su Imperio.
A cada sesión del Consejo de Estado
asiste un cierto número de ponentes,
con frecuencia muy jóvenes, que,
en principio, se conforman con asistir
a los debates, pero a los que el Emperador
hace intervenir frecuentemente en las
discusiones y a los que incluso llega
a consultar personalmente. Napoleón
considera a esos ponentes alumnos suyos
y los destina a las más elevadas
funciones. Formados en la extraordinaria
dialéctica napoleónica,
en esa precisión matemática
y en ese espíritu de síntesis
que asombran constantemente a la Corte
imperial, esos jóvenes se convertirán
todos, con títulos diversos, en
grandes hombres de Estado. El método
napoleónico consiste, además,
en confiar rápidamente puestos
importantes a los jóvenes mejor
dotados. A veces dedica horas enteras
a la lectura de los informes por ellos
redactados. Cuando un informe lo apasiona,
convoca inmediatamente a su autor y lo
nombra para una prefectura o para un puesto
gubernamental a veces delicado.
Una mañana,
mientras se estaba vistiendo, se hallaba
tan absorto en la lectura de uno de esos
informes, que permaneció durante
una hora con el brazo izquierdo introducido
a medias en la manga, con la chaqueta
arrastrando por el suelo.
Cuando
uno de los miembros de mi Consejo de Estado
me dice lo que no he podido obtener de
tres de mis ministros, merece que no lo
pierda de vista (1)...
El informe
estaba firmado por Camille de Tournon,
que no tenía aún veinticinco
años. Tournon es enviado inmediatamente
a Roma como prefecto del Tíber...
Esta preferencia
casi sistemática que el Emperador
concede a la juventud tiene dos razones
complementarias, profundamente ancladas
en la psicología napoleónica:
una fundamental desconfianza por el pasado
y una inmensa confianza en el porvenir.
Quiere
edificar un nuevo orden, revolucionario,
completamente diferente de todo lo que
le ha precedido. Después de un
siglo de República, nos es bastante
difícil percibir la oposición
entre monarquía imperial y monarquía
real. Olvidamos dos cosas: en primer lugar,
a comienzos del siglo XIX, la forma monárquica
era la única concebible por la
casi totalidad de la población,
y, en segundo lugar, después de
siglos de dinastía legítima,
la creación de una nueva dinastía,
fundada sobre principios filosóficos
y sociales completamente nuevos, constituye
ya en sí un orden nuevo que suscita
fervores y odios incondicionales.
Se acusa
con frecuencia a Napoleón de haber
vuelto a ciertas formas del Antiguo régimen,
de haberse rodeado de nobles, sobre todo
al final de su reinado, y haber, así,
dado ánimos a la reacción.
Eso es ignorar uno de los grandes designios
de Bonaparte. Da cargos a los emigrados,
aun sabiendo que, en el fondo, le odian,
porque así puede contar con los
hijos, integrarlos en su nuevo orden,
convertirlos incluso en los pilares de
ese orden; y los acontecimientos le dan
la razón: a partir de 1809-1810,
los hijos de los que siguen llamándolo
secretamente “usurpador” le
sirven con un entusiasmo y una devoción
sin límites: Ségur, Turenne,
Labédoyère y tantos otros.
No
he favorecido a los grandes señores:
siempre se han encontrado, incluso bajo
la Revolución, buenos sentimientos
entre la gente del pueblo. En el barrio
de Saint-Germain, nunca. Durante un cierto
tiempo, éste me ha considerado
su Mesías. Aún le convengo,
a falta de otro mejor. Espera que mi hijo
sea más manejable. Se ha sometido
sin convertirse. No me importa, sus hijos
se educarán con otras ideas, verán
10 que les ofrezco y ya no se acordarán
de los tiempos pasados (2)...
He
tenido y aún tengo que servirme
de los hombres de la Revoluci6n porque
cuentan con la opini6n del pueblo, e incluso
con la del ejército. El pueblo
y el ejército, dos generaciones
completas no han visto otra cosa en el
poder, en los negocios, es lo único
que conocen... ¿No nos hemos visto
obligados, en cierto modo, a arrastrar
a los antiguos nobles a los cargos públicos?
Os pregunto de buena fe, ¿cuántos
hay entre ellos que sean competentes en
los negocios hoy en día...? No
tengo tiempo para esperar. Tengo .que
caminar, actuar, avanzar. Necesito ojos,
brazos, piernas, y no puedo servirme de
los que no los tienen. Sus hijos servirán,
pero tienen que formarse, son un elemento
para el porvenir (3).
Pero es
a la juventud en general, cualquiera que
sea su origen, a la que el Emperador quiere
formar en su escuela. Los jóvenes
le apasionan porque están libres
de todo prejuicio, de toda idea preconcebida,
de todas las deformaciones de sus padres;
es un material humano que excitan el más
alto grado su pasión creadora.
En su fuero interno, Napoleón estima
que los hombres que han conocido el Antiguo
régimen están, casi siempre,
marcados demasiado profundamente para
poder adherirse totalmente a su obra;
o están condicionados por la altanería
aristocrática, o lo están
por la ideología de los enciclopedistas,
por ese sistematismo, ese intelectualismo,
diríamos hoy, que el joven Bonaparte
también atravesó, pero superó
rápidamente.
Y lo que quiere son espíritus nuevos
que no hayan sido alcanzados por el aristocratismo
ni por el filosofismo, a los que él
sabrá impregnar de la gran visión
regeneradora que debe, según él,
transformar perdurablemente la sociedad
occidental. El mismo es, por lo demás,
esencialmente joven, en la medida en que
trata de renovarse continuamente.
No
debemos ajustamos siempre a lo que ya
ha existido anteriormente, como si fuese
imposible hacerla mejor (4).
Napoleón
ha querido siempre, seguirá siempre
queriendo a los jóvenes y a los
niños. En las Tullerías,
en Malmaison, en Saint-Cloud, se mezcla
continuamente a los juegos infantiles
con una sensibilidad ingenua, casi pueril,
que conservará hasta su muerte.
En Santa Elena sólo se abandona
con los hijos de sus compañeros,
o con la pequeña Betsy Balcombe,
que no teme gastarle bromas como a un
compañero de su edad, con gran
escándalo de Las Cases.. Hasta
el fin del reinado, y aun años
después, la juventud es el elemento
más incondicionalmente bonapartista
del Imperio. A su regreso de la isla de
Elba, los liceos y las facultades manifiestan
violentamente sus sentimientos napoleónicos,
junto con el Ejército. El hijo
de Carnot (padre del futuro Presidente
de la República) cuenta cómo,
al recibir la noticia del desembarque
del Emperador y de su marcha triunfal
hacia París, sus condiscípulos,
incapaces de retener su alegría,
se abrazaban y felicitaban ruidosamente,
a pesar de la presencia de sus profesores
realistas.
Napoleón
es, en primer lugar y ante todo, el Emperador
de los jóvenes y nada podrá
ahogar ese entusiasmo, ni las invasiones,
ni la derrota, ni la histérica
propaganda anti-napoleánica de
los Borbones, porque entre el Emperador
y la juventud se ha concertado una especie
de pacto tácito a partir del 18
Brumario. El régimen consular,
más tarde imperial, es el régimen
que da a cada joven, civil o militar,
unas oportunidades no soñadas.
Al entrar en la Administración
o en el Ejército, cualquier muchacho
de veinte años puede decirse: “Seré
coronel o prefecto dentro de cinco años,
seré mariscal o ministro dentro
de diez años.” Y para todos
los jóvenes bien dotados, que han
comenzado una brillante carrera, la caída
del ídolo es una terrible decepción.
Eso es lo que explica la actitud de Labédoyère
y de tantos otros al regreso de la isla
de Elba.
Esta decepción, esta amargura,
han inspirado toda la literatura romántica.
“¡Ah, si Napoleón
reinase aún -exclama desesperadamente
Julien Sorel en Rojo y Negro,
de Stendhal-, yo sería general!”.
La derrota
de Napoleón marca el comienzo de
una corriente de sensibilidad que va a
desarrollarse y llegar hasta nuestros
días: el mito de la juventud incomprendida,
humillada, frustrada en sus aspiraciones,
en sus legítimas responsabilidades;
la derrota del Emperador será sentida
por muchos como la derrota de la juventud,
y con la Restauración comienza
el reinado de los viejos, es decir, el
triunfo de la rutina, del aburrimiento,
del escepticismo, después del breve
triunfo de la pasión creadora y
del fervor.
La nostalgia de este gobierno de la juventud
va a afirmarse a través de varias
generaciones de poetas y pensadores y
echará, poco a poco, sus raíces
en el inconsciente colectivo de la juventud.
Durante todo el siglo XIX y la primera
mitad del XX, el conflicto de las generaciones
permanecerá latente y soterrado,
disimulado por la lucha de clases y por
las guerras europeas y mundiales.
Napoleón
dio el poder a la juventud. Su caída
fue también la de la juventud.
NOTAS:
1) Trémont:
Mémoires.
2) A Caulaincourt, diciembre de 1812.
(Caulaincourt: Mémoires.).
3) A Molé, junio de 1813. (Molé:
Mémoires.).
4) Al Consejo de Estado, abril de 1806.
(Molé: Mémoires).
Leer
del mismo autor:
- El
imperio del talento
- El
gran reconciliador