|
Escena
del congreso de Erfurt (1808),
durante el cual el Emperador
Napoleón trató
de convencer al Zar Alejandro
de establecer una paz durable
en Europa. |
|
El
texto siguiente pertenece
al excelente libro “Ce
que Napoléon a vraiment
dit” (Lo
que Napoleón dijo verdaderamente),
de Paul Ravignant, publicado
por las Editions Stock, en
1969. Presentamos a continuación
el capítulo 5 en la
traducción de Felicia
de Casas. |
|
Todo
el pensamiento napoleónico gira
en torno a dos ejes: el pacifismo
y la tolerancia.
A decir
verdad, el sistema imperial está
enteramente fundado sobre la tolerancia,
y el régimen de Bonaparte es, a
este respecto, una experiencia histórica
casi única: cuando el vencedor
de las Pirámides toma el poder,
en noviembre de 1799, se encuentra brutalmente
proyectado en el centro de un conflicto
de odios y desgarramiento s de singular
violencia.
Francia
está devorada por una multitud
de partidos que solo piensan en exterminarse:
monárquicos, jacobinos, girondinos,
liberales, clero constitucional, clero
refractario, ateos, anticlericales, chuanes,
etc.
Todos estos partidos tienen un rasgo común:
la violencia de su odio. Además,
estas rivalidades se desarrollan sobre
un fondo histórico de intolerancia
general, en el que Europa se regía
aún por la vieja ley: Cujus
regio, ejus religio. La desigualdad
es soberana en todas partes; las minorías
están oprimidas en todos sitios.
Bonaparte
se fija dos objetivos: reconciliar, por
las buenas o por las malas, a todos los
partidos que desde hace diez años
se destruyen encarnizadamente e instituir,
acto seguido, un régimen de tolerancia
efectiva. Sobre la primera fase de su
programa, Bonaparte se explica claramente
desde los primeros días de su gobierno,
y no dejará de repetido durante
años.
Deseo
que mi gobierno reúna a todos los
franceses; es un gran designio en el que
todos pueden colaborar. Solo se puede
lograr el fin de la Revolución
con el concurso de todos, y solo se logrará
contener a los diversos partidos y hacerlos
inofensivos unos para otros mediante una
piedra clave lo bastante fuerte como para
no ceder ante ningún esfuerzo.
Ya lo dije hace muchos años, antes
de 1793: la Revolución solo terminará
con el regreso de los emigrados, de los
sacerdotes, sometidos todos, contenidos
por un brazo de hierro, nacido en la Revolución,
alimentado por las opiniones del siglo,
y fuerte por el asentimiento nacional
que habrá sabido interpretar (1).
No
me separo de mis predecesores, y desde
Clodoveo hasta el Comité de Salud
Pública, me siento solidario de
todo; todo lo malo que puedan decir alegremente
contra los gobiernos que me han precedido,
lo considero dicho con la intención
de ofenderme (2).
Comencé
por querer poner de acuerdo a los partidos
que encontré enfrentados a mi negada
al Consulado. Pero las facciones no se
desaniman mientras se dé la impresión
de temerlas. Además, a veces se
pueden dominar los sentimientos, las opiniones
nunca. Me di cuenta de que no podía
hacer un pacto entre el1as, pero que podía
hacerlo con ellas por mi cuenta. El Concordato,
la amnistía, me han acercado a
los emigrados, y no tardaré en
ganármelos totalmente, porque ya
veréis cómo el aspecto de
la Corte los atraerá (3)...
Primer
Cónsul, Emperador, he sido el rey
del pueblo, he gobernado para él,
en su interés, sin dejarme desviar
por los clamores o por los intereses de
partido. Eso se sabe en Francia, por eso
me quiere el pueblo francés (4).
He
hecho todo lo factible para unificar a
todos los partidos, os he reunido en las
mismas habitaciones, os he hecho comer
en las mismas mesas, beber en las mismas
copas, vuestra unión ha sido el
objeto constante de mis cuidados; tengo
derecho a exigir que se me secunde...
Desde que estoy al frente del gobierno,
¿se me ha oído preguntar
alguna vez lo que se era, lo que se había
sido, lo que se había dicho, hecho,
escrito?
¡Que me imiten!
Solo se me ha oído una pregunta,
conocido una sola finalidad:
¿quieres ser un buen francés
junto a mí? Y ante la afirmativa,
los he lanzado a todos por un desfiladero
de granito sin salida ni a derecha ni
a izquierda, obligados a avanzar hacia
el otro extremo, en el que estaba yo mostrando
con la mano el honor, la gloria, el esplendor
de la patria
(5).
Para apresurar
esa reconciliación, no retrocede
ante nada. Y, así, invita a París
a los principales jefes del partido católico
y realista, sobre todo a Cadoudal. Ofrece
una amnistía general a los rebeldes,
con autorización para los sacerdotes
refractarios de volver a abrir sus templos
y celebrar misa. La mayoría de
los chuanes se inclinan y rápidamente
se apacigua la Vendea. Salvo algunas bandas
de borbonistas irreductibles, que se entregan
al terrorismo y traman la muerte del Cónsul,
los bretones y los vendeanos se incorporan,
poco a poco, al régimen consular
y, más tarde, al imperial.
Cuando
Napoleón visita la Vendea en 1808,
es aclamado en todas partes con un sincero
entusiasmo.
-“¿Aún
se habla de los Borbones? -le pregunta
al alcalde de una pequeña ciudad
ultrarrealista en otro tiempo.
“- Hace mucho tiempo que los
favores de Su Majestad nos los han hecho
olvidar -responde el alcalde-. Hemos
servido fielmente al rey, Señor.
Os serviremos lo mismo...”
El gran
principio de Bonaparte, es utilizar sistemáticamente
las capacidades de los hombres procedentes
de los más opuestos partidos. Obliga
a políticos enemigos en otro tiempo
a sentarse ante la misma mesa de trabajo,
a discutir juntos y a colaborar amistosamente.
Pero este trabajo de reconciliación
está jalonado de trampas; cada
vez que se decreta una medida en favor
de una u otra tendencia, los adictos al
partido contrario se excitan e insurreccionan.
Tiene que proceder con una sabia dosificación,
manteniendo siempre un equilibrio, para
que no parezca que favorece a talo cual
partido.
Cuando
los emigrados vuelven a Francia masivamente,
gracias a la amnistía, se ve obligado
a tranquilizar a los que han adquirido
bienes nacionales que temen su restitución.
Cuando firma el Concordato, Bonaparte
consigue del Papa que, por un lado, las
diócesis sean repartidas equitativamente
entre obispos que han jurado la Convención
y obispos refractarios y, por otro lado,
que la religión católica
no sea reconocida como religión
del Estado, sino simplemente “religión
de la mayoría”, así
como el mantenimiento del divorcio. Napoleón
se da cuenta, sin embargo, de que los
furores encendidos en 1793 no se apagarán
rápida y espontáneamente.
Imagina entonces un insólito, pero
eficaz medio de reconciliación:
lo que llama la fusión, organizando
matrimonios entre jóvenes del antiguo
y del nuevo régimen. Si tienen
los mismos nietos, emigrados y regicidas
se verán obligados a reconciliarse.
El Emperador organiza un verdadero reclutamiento
de jóvenes, pidiendo a los prefectos
que establezcan una lista de todas las
jóvenes casaderas de su región;
se procede así a unir a los hijos
de los “generales de la República
con las hijas de los cortesanos de Versalles”.
Gracias
a esta preocupación de acercamiento
y de fusión, la Corte imperial
mezcla los nombres más antiguos
-compañeros de Hugo Capeto y de
San Luis- con los hijos de los zapateros
y los posaderos que se han convertido
en mariscales del Imperio. Pero Napoleón
cuida siempre de que los burgueses estén
en mayoría, para evitar que los
antiguos emigrados puedan hacerse de nuevo
con una influencia preponderante. Quiere
también que en los reinos vasallos
se siga la misma política. Por
esta razón llama al orden a su
hermano Luis, que deja que los nobles
acaparen los primeros puestos.
No
debes favorecer a los nobles, pero sí
obrar siempre de tal modo que estén
presentes en tus consejos... Mantenlos
en minoría, sin que parezca que
se trata de una medida preconcebida. Porque
hay que evitar que logren una influencia
preponderante en los asuntos del país.
Es así como he obrado siempre,
y este sistema me ha dado muy buenos resultados
(6).
Después
de su matrimonio con María Luisa,
el trabajo de reconciliación está
casi terminado: las viejas discordias
ya no son más que pesadillas del
pasado.
Se ha
acusado a menudo a Napoleón de
despotismo. Aparentemente, en efecto,
los partidos ya no tienen voz ni voto.
Pero, si bien Napoleón ha abolido
todos los partidos, por otro lado alienta
a que todas las opiniones se expresen
a título individual.
En el Consejo de Estado, que es el organismo
político esencial del régimen,
están representadas todas las tendencias.
Para el Emperador, poco importan las tendencias
ideológicas de un hombre. Solo
cuentan su talento, su inteligencia, sus
capacidades. Respeta indiferentemente
todas las opiniones. La única cosa
que no puede soportar es el fanatismo.
El
Código civil es el código
del siglo; en él no solamente se
preconiza la tolerancia, sino que se la
organiza. La tolerancia es el primer bien
del hombre (7).
Mi
política es gobernar a los hombres
como desea ser gobernada la mayoría.
Creo que ésta es la manera de reconocer
la soberanía del pueblo. Haciéndome
católico, terminé la guerra
de la Vendea; haciéndome musulmán,
me establecí en Egipto; haciéndome
ultramontano, me gané la opinión
en Italia. Si gobernase un pueblo de judíos,
restablecería el templo de Salomón
(8).
Deseaba
establecer una libertad de conciencia
universal. Mi sistema consistía
en no tener religión predominante
y en tolerar todos los cultos; quería
que cada cual creyese y pensase a su manera,
y que todos los hombres, protestantes,
católicos, musulmanes, deístas,
etc., fuesen iguales, de manera que la
religión no pudiese tener ninguna
influencia sobre la ocupación de
los empleos del gobierno, que no pudiese
contribuir a que se acogiera o rechazase
una petición, y que, para dar empleo
a un hombre, no se pudiese hacer ninguna
objeción fundada en sus creencias,
con tal de que tuviese la capacidad requerida.
Lo hice todo independiente de la religión:
los tribunales, los matrimonios, incluso
los cementerios, ya no estuvieron a disposición
de los sacerdotes, y ya no podían
negarse a enterrar el cuerpo de una persona
de culto diferente.
Mi
intención era hacer puramente civil
todo lo que perteneciese al Estado y a
la Constitución, sin relación
con ninguna religión. No quería
conceder a los sacerdotes ningún
poder ni influencia sobre los asuntos
civiles, sino obligarlos a limitarse a
sus asuntos espirituales, sin entrometerse
en ninguna otra cosa
(9).
Discusiones
vivas, inflamadas, oponen con frecuencia
a los miembros del Consejo de Estado.
Cada punto de vista se expone por turno
y nadie se molesta por la opinión
del vecino. Esta diversidad, por el contrario,
anima los debates, estimula la imaginación
creadora de los consejeros, y el Emperador
interviene generalmente para arbitrar,
conciliar ideas contradictorias, realizar
síntesis.
El dominio de un partido resulta odioso
para Napoleón en la medida en que,
de un lado, priva al país de los
servicios de todos los hombres competentes
del partido contrario y en que, de otro,
somete los destinos de la nación
a los intereses particulares de un partido
que rápidamente se hacen más
importantes, para los que profesan esa
opinión, que los propios intereses
del Estado.
Gobernar
mediante un partido es ponerse, antes
o después, bajo su dependencia.
No cometeré ese error. Soy nacional
(10).
El pensamiento
político de Napoleón es,
a este respecto, totalmente original,
tanto para su época como para la
nuestra.
Todos los jefes de Estado no monárquicos
que han tenido acceso al poder desde entonces,
lo han hecho apoyándose sobre un
partido y reduciendo todos los demás
al silencio por medio de arrestos o deportaciones
masivas. Napoleón es el único
jefe de Estado occidental moderno que
no creó un partido único
con una doctrina oficial. Su régimen
no es una democracia ni, en el sentido
habitual del término, una dictadura.
El Imperio es, sin duda, uno de los pocos
regímenes de la historia del mundo
que haya erigido la tolerancia en verdadero
sistema de gobierno. En este sentido,
Napoleón adoptó una serie
de medidas profundamente revolucionarias
para su época. El haber conseguido
de Roma la firma de un Concordato que
se niega a reconocer al catolicismo como
religión de Estado era ya una especie
de desafío. Hay que recordar que,
en esa misma época, todas las creencias
minoritarias son, en los otros países,
objeto de una persecución y una
segregación odiosas. En Inglaterra,
que pasa por ser el país más
liberal, más democrático
de Europa, los católicos no tienen
acceso a ningún puesto oficial,
están excluidos de los cuadros
activos de la sociedad británica.
No olvidemos que en Francia aún
no está muy lejano el asunto Calas,
que tanto indignó a Voltaire. Calas
fue condenado a muerte, torturado y ejecutado
cuando se le sabía inocente; pero
era protestante y, en el reinado de Luis
XV, los protestantes vivían aún
al margen de la sociedad francesa.
El Emperador es el primer jefe de Estado
occidental que haya impuesto una igualdad
política, jurídica y administrativa
total entre todas las religiones.
Es frecuente
que la gente se entretenga comparando
a Napoleón con Hitler, erigiendo
un paralelismo entre esos dos “conquistadores”
surgidos del pueblo, enemigos de Inglaterra
y vencidos por el invierno ruso. En realidad,
nada más absurdo que esta comparación.
Hitler lo sabía muy bien y, si
bien admiraba al corso, no tenía
demasiada simpatía por él.
Los dos personajes son casi diametralmente
opuestos. Sin entrar en el detalle de
esta antinomia, hay un hecho que no puede
dejar de llamar nuestra atención.
Mientras que Hitler, como es sabido, ha
exterminado a los judíos, Napoleón
los liberó. Por primera vez en
la historia europea, los judíos
adquirieron una total igualdad de derechos.
Otro
interés religioso había
merecido mi atención, porque podía
tener influencia sobre el acrecentamiento
de la riqueza nacional. Millones de judíos
estaban diseminados sobre la tierra; su
riqueza era inconmensurable. Cabía
atraérselos dándoles en
el Imperio iguales derechos que a los
católicos y a los protestantes
y convertidos en buenos ciudadanos. El
razonamiento era muy sencillo: sus rabinos
les enseñan que no deben practicar
la usura con los de su propia tribu, y
que solamente les está permitida
con los cristianos; a partir del momento
en que se les hiciese iguales que a los
demás súbditos del Emperador,
debían considerar a éste,
como a Salomón o como a Herodes,
jefe de su nación, y considerar
a los demás súbditos como
hermanos de tribus semejantes a la suya;
al beneficiarse de los derechos, les parecería
justo participar en las cargas, pagar
impuestos y someterse a la conscripción.
He realizado ya en parte estos proyectos.
Se consiguieron muchos buenos soldados
para el ejército francés;
grandes riquezas penetraron en Francia.
Mucho más se habría logrado
aún sin los acontecimientos de
1814, porque todos los judíos habrían
venido a instalarse posteriormente en
un país en el que tenían
asegurada la igualdad de derechos, en
el que estaba abierta para ellos la puerta
de los honores (11).
Napoleón
tuvo la idea de convocar un sanedrín
con representantes de todos los judíos
de Europa. Esta asamblea no había
vuelto a reunirse desde comienzos de la
era cristiana. La finalidad de este congreso
era definir las bases de una profunda
revisión de la condición
y estatuto de los judíos en Occidente.
“Díganme lo que desean
-declaró el Emperador a los judíos-,
y veremos juntos la forma de resolver
los problemas.” En
el Imperio napoleónico desaparece
cualquier clase de discriminación
o de segregación, y los
judíos tienen, desde ese momento,
acceso a todas las colocaciones, a todos
los puestos.
Las comunidades israelitas, por lo demás,
bendecirán a Napoleón y
le permanecerán siempre fieles,
más allá de las catástrofes,
del derrocamiento e, incluso, de la muerte.
En efecto, habiendo acrecentado considerablemente
su poder en la primera mitad del siglo
XIX, intervendrán para apoyar a
fondo a Luis Napoleón y contribuirán,
en amplia medida, a su ascensión.
Este apoyo masivo al sobrino es una especie
de agradecimiento póstumo dirigido
al tío.
Napoleón
ejerció esta tolerancia a lo largo
de toda su carrera y, a veces, en forma
espectacular. Está fundada en un
principio filosófico que se hallaba
en flagrante contradicción con
la mentalidad de la época y con
la ideología de los enciclopedistas
del siglo XVIII, según la cual
un sistema político o filosófico
ideal debe ser válido para cualquier
pueblo, en cualquier época, en
cualquier lugar. Napoleón considera
que una nación no puede desarrollarse
y alcanzar su apogeo, si no se respeta
su manera de comportarse y pensar que
corresponden a sus propias condiciones
históricas, a su particular forma
de cultura, a lo que podría llamarse
su alma.
“Católico
en Roma, protestante en Ginebra, musulmán
en El Cairo...”, tal es la divisa
de Bonaparte. En esto está completamente
fuera de su tiempo y de su mundo, que
practica una forma de pensamiento puramente
hegemónica, imperialista: exterminar
las otras formas de cultura para imponer
la propia. En esto, está muy próximo
a nosotros, muy próximo a corrientes
culturales recientes: respeto a los modos
de vida y de pensamiento más distintos
de los nuestros. Todas las civilizaciones
lo apasionan, todas tienen a sus ojos
igual carga de elementos positivos y negativos.
Nadie es menos racista que Napoleón.
La misma idea de racismo le parecería
pura demencia y una increíble tontería.
En Santa
Elena, el dueño del mundo, vencido
y desterrado, encontrará un día
a un viejo esclavo negro, Tobie, cuya
vida es un tejido de desgracias y sufrimientos.
Separado de su familia desde su más
tierna edad por unos negreros, vendido,
maltratado, acabando sus días en
las peores condiciones, exilado lejos
de los suyos, al igual que su prodigioso
interlocutor, al que no se le escapan
el extraño paralelismo de los dos
destinos. Nace una extraña amistad
entre esos dos hombres a los que todo
separa. El Emperador quiere comprar la
libertad del viejo negro, pero los ingleses
se niegan a ello: su cautivo no debe hacerse
popular entre los esclavos. Lo es, sin
embargo, por la simpatía y el respeto
humano que les manifiesta espontáneamente,
como ese día en que, durante un
paseo, se echa a un lado para dejar pasar
a un grupo de esclavos negros y, volviéndose
hacia las personas de su séquito,
exclama descubriéndose: “¡Honor
al trabajo!”.
Cuando
se piensa que la mayoría de los
europeos consideraban a los negros como
una variedad de simios, se puede medir
todo el alcance de la tolerancia napoleónica.
Pero este aspecto esencial de su pensamiento
constituye a lo largo de su carrera una
fuente de conflictos muchas veces inextricables.
Desde
su primera campaña en Italia, cuando
Francia está bañada en el
más virulento ateísmo, cuando
se están cerrando las iglesias
y se persigue a los sacerdotes refractarios,
el Directorio (algunos de cuyos miembros,
como Larevellière, son anticlericales
fanáticos) da a Bonaparte la orden
y la misión de avanzar sobre Roma
y destruir los Estados pontificios. El
vencedor de Lodi, que sabe a qué
extremos llegaría la sublevación
en toda Italia ante tal profanación,
toma sobre sí la responsabilidad
de desobedecer al Directorio. Después
de un simulacro de lucha contra las tropas
pontificias, se apresura a negociar con
el Papado y firma el tratado de Tolentino,
y hace enmudecer al Directorio con el
envío de tesoros religiosos. Al
mismo tiempo, tranquiliza a la población,
esencialmente piadosa, protegiendo a los
sacerdotes y a las iglesias, reclamando
de las tropas el más estricto respeto
hacia las costumbres y creencias locales.
Más aún, dirige al clero
de Milán un discurso asombroso
en el que afirma su veneración
por la religión de sus padres.
El clero italiano lo tendrá presente
en el momento de firmar el Concordato.
Pero el
mejor ejemplo de esta tolerancia, que
es a la vez sentimiento personal y cálculo
político, es el comportamiento
de Bonaparte durante la campaña
de Egipto. Su primera proclama al ejército
de Egipto antes de desembarcar en Alejandría
es significativa:
Los
pueblos con los que vamos a convivir son
mahometanos; éste es su primer
artículo de fe: “No hay más
que un solo Dios, y Mahoma es su profeta.”
No les llevéis la contraria; actuad
con ellos como hemos actuando con los
judíos, con los italianos; tratad
con respeto a sus muftis y a sus imanes,
como lo habéis hecho con los rabinos
y con los obispos.
Tened para las ceremonias que prescribe
el Corán, para las mezquitas, la
misma tolerancia que habéis tenido
para los conventos, para las sinagogas,
para la religión de Moisés
y de Jesucristo.
Las legiones romanas protegían
todas las religiones. Encontraréis
aquí costumbres distintas a las
de Europa: tenéis que acostumbraros
a ellas (12).
Desde
su entrada en El Cairo, después
de la victoria de las Pirámides,
el general manda fijar en los muros de
la capital egipcia un discurso redactado
en francés y en árabe, en
el que exalta las virtudes del Islam:
Venimos
como amigos... La República francesa
es la aliada natural del Islam: ¿Acaso
no hace la guerra contra vuestros enemigos
hereditarios?
Es difícil
ser más preciso y más riguroso
en el respeto de una civilización
y de una religión diferentes. Durante
toda su permanencia en Egipto y en Siria,
Bonaparte va a multiplicar las marcas
de devoción con respecto al Islam.
Destacamentos de tropas francesas están
encargados de proteger las caravanas de
peregrinos que se dirigen a La Meca y
de evitar que los fieles sean víctimas
de los bandidos. Todas las fiestas religiosas
se celebran con un fausto particular,
con un inusitado despliegue de lujo y
solemnidad. El mismo Bonaparte, con traje
oriental, un sable de pachá en
la cintura, preside todas estas ceremonias
con la mayor seriedad. Habiendo estudiado
minuciosamente el Corán, el general
sostiene largas conversaciones con los
jeques, imanes, ulemas y todos los jefes
espirituales locales. Discute con ellos
durante horas, sentado al estilo oriental,
adoptando todos los refinamientos y todas
las sutilezas verbales, comentando incansablemente
ciertos párrafos del libro santo,
intentando probar que su llegada a Egipto
había sido profetizada por Mahoma
en persona como el punto de partida de
un gran despertar del Islam y de un nuevo
imperio musulmán, de un nuevo califato
de Bagdad más poderoso aún
que el primero. Bonaparte se mueve tanto
y maniobra tan hábilmente, que
logra obtener una fetwa: por un decreto
de La Meca, todos los muecines del Oriente
Medio proclaman desde lo alto de los minaretes,
a la hora de la oración, que Napoleón
Bonaparte es el representante del Profeta
y que, en virtud de este título,
todos los creyentes le deben respeto y
obediencia. Cualquiera que sea el evidente
cálculo político que implica
esta actitud, Bonaparte demuestra con
ella una facultad de adaptación
que sería imposible sin una fundamental
tolerancia.
Hay que
meditar este punto: todos los grandes
proyectos que el Emperador intentará
realizar pasarán por el camino
de la tolerancia. Durante los bellos años
del Imperio, en pleno “despotismo”,
Napoleón dejará circular
libremente a sus peores enemigos. Solo
tomará medidas rigurosas cuando
se trate de conspiraciones con el propósito
de asesinado. Pero contra Mme. de Staël
o Chateaubriand, que no cesan de proclamar
su odio contra el “tirano”
y su deseo de que Francia sea derrotada,
el Emperador se limitará a pequeñas
severidades: el alejamiento a algunos
kilómetros de la capital, el exilio
en sus tierras, etc. En dos ocasiones
evita así Napoleón el escándalo
en el que varias decenas de altas personalidades
habrían visto hundirse su fortuna.
En primer lugar, durante el Consulado,
hubo un inmenso complot en el que estaban
comprometidos los más prestigiosos
jefes militares: Bernadotte, Jourdan,
Macdonald, etc. Estos soldados habían
decidido eliminar a Bonaparte y repartir
se el poder dividiendo a Francia en gobiernos
militares. Bonaparte descubrió
el complot y a sus autores. Posee suficientes
pruebas para enviar al cadalso, no solo
a los jefes militares en cuestión,
sino también a sus cómplices,
entre los que figuraban un buen número
de senadores. Pero el Cónsul echa
tierra al asunto. Cuando constituye el
Imperio, la mayoría de los culpables
son nombrados mariscales...
En 1815,
cuando el Emperador vuelve de la isla
de Elba y se re instala en las Tullerías,
se encuentra con todos los papeles que
Luis XVIII, en su precipitación,
no ha podido destruir. Si hubiese querido
utilizar esos documentos con un espíritu
de venganza, habría podido detener
a la mayoría de los jefes civiles
y militares que se le han unido después
de haber jurado fidelidad a los Borbones.
Se limita a romper esos papeles y a lanzarlos
a las llamas.
A todo
lo largo de su reinado, el Emperador conoce
perfectamente el nombre de los senadores,
generales y ministros que lo traicionarán
en la primera adversidad. El 30 de marzo
de 1814, cuando se entera de la capitulación
de París y envía a Caulaincourt
a la capital con una misión de
información, le dice:
Vaya
Caulaincourt, vaya a salvar a Francia
y a su Emperador... Vea lo que se puede
hacer, pero me temo que llegue demasiado
tarde. No se puede imaginar la cantidad
de intrigas que habrán montado
en contra mía. No se puede imaginar
el número de los que se preparan
en este momento a abandonarme, a traicionarme.
Podría nombrárselos a todos
uno a uno, los conozco desde hace mucho
(14)...
Sabe desde
1809 que Talleyrand lo traiciona, que
está vendido a Metternich y a Austria.
Pero no deja de utilizarlo, de consultarlo,
de comunicarle todos los secretos que
el príncipe de Benevento se apresura
a vender a la embajada de Austria. Es
algo más fuerte que él,
el Emperador no puede dejar sin empleo
a un gran talento... Hoy podemos afirmar
con toda certeza lo siguiente: esta excesiva
tolerancia ha sido una de las causas determinantes
de la caída final. Si, en 1814,
se hubiesen tomados medidas contra Talleyrand,
París no hubiera capitulado probablemente,
las tropas aliadas habrían sido
aniquiladas; Napoleón habría
vuelto a Berlín, Viena y Varsovia...
NOTAS:
1) A José,
comienzos del Consulado.
2) Carta al rey Luis, diciembre de 1809.
3) A Mme. de Rémusat, 1807. (Rémusat:
Mémoires.).
4) A Caulaincourt, diciembre de 1812.
(Caulaincourt: Mémoires.).
5) Conversaciones, 1811. (Las Cases: Mémorial.).
6) A Luis Bonaparte, rey de Holanda.
7) Memorándum sobre la situación
del Imperio, 1806.
8) A Roederer, agosto de 1800. (Roeder:
Souvenirs.).
9) A O’Meara, Santa Elena. (O’Meara:
La voix de Sainte-Hélène.)
.
10) A Cambacérès, 1799.
(Cambacérès: Mémoires.).
11) A Las Cases, Santa Elena. (Las Cases:
Mémorial.).
12) Prolama al Ejército, junio
de 1798.
13) Proclama a los habitantes de El Cairo,
1798.
14) A Caulaincourt, marzo de 1814. (Caulaincourt:
Mémoires.).
Leer
del mismo autor:
- El
imperio de la juventud
- El
imperio del talento