Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
EL GRAN RECONCILIADOR

Por

Paul Ravignant

Escena del congreso de Erfurt (1808), durante el cual el Emperador Napoleón trató de convencer al Zar Alejandro de establecer una paz durable en Europa.
 
El texto siguiente pertenece al excelente libro Ce que Napoléon a vraiment dit («Lo que Napoleón dijo verdaderamente»), de Paul Ravignant, publicado por las Editions Stock, en 1969. Presentamos a continuación el capítulo 5 en la traducción de Felicia de Casas.

Todo el pensamiento napoleónico gira en torno a dos ejes: el pacifismo y la tolerancia.

A decir verdad, el sistema imperial está enteramente fundado sobre la tolerancia, y el régimen de Bonaparte es, a este respecto, una experiencia histórica casi única: cuando el vencedor de las Pirámides toma el poder, en noviembre de 1799, se encuentra brutalmente proyectado en el centro de un conflicto de odios y desgarramiento s de singular violencia.

Francia está devorada por una multitud de partidos que solo piensan en exterminarse: monárquicos, jacobinos, girondinos, liberales, clero constitucional, clero refractario, ateos, anticlericales, chuanes, etc.
Todos estos partidos tienen un rasgo común: la violencia de su odio. Además, estas rivalidades se desarrollan sobre un fondo histórico de intolerancia general, en el que Europa se regía aún por la vieja ley: Cujus regio, ejus religio. La desigualdad es soberana en todas partes; las minorías están oprimidas en todos sitios.

Bonaparte se fija dos objetivos: reconciliar, por las buenas o por las malas, a todos los partidos que desde hace diez años se destruyen encarnizadamente e instituir, acto seguido, un régimen de tolerancia efectiva. Sobre la primera fase de su programa, Bonaparte se explica claramente desde los primeros días de su gobierno, y no dejará de repetido durante años.

« Deseo que mi gobierno reúna a todos los franceses; es un gran designio en el que todos pueden colaborar. Solo se puede lograr el fin de la Revolución con el concurso de todos, y solo se logrará contener a los diversos partidos y hacerlos inofensivos unos para otros mediante una piedra clave lo bastante fuerte como para no ceder ante ningún esfuerzo. Ya lo dije hace muchos años, antes de 1793: la Revolución solo terminará con el regreso de los emigrados, de los sacerdotes, sometidos todos, contenidos por un brazo de hierro, nacido en la Revolución, alimentado por las opiniones del siglo, y fuerte por el asentimiento nacional que habrá sabido interpretar» (1).

« No me separo de mis predecesores, y desde Clodoveo hasta el Comité de Salud Pública, me siento solidario de todo; todo lo malo que puedan decir alegremente contra los gobiernos que me han precedido, lo considero dicho con la intención de ofenderme» (2).

« Comencé por querer poner de acuerdo a los partidos que encontré enfrentados a mi negada al Consulado. Pero las facciones no se desaniman mientras se dé la impresión de temerlas. Además, a veces se pueden dominar los sentimientos, las opiniones nunca. Me di cuenta de que no podía hacer un pacto entre el1as, pero que podía hacerlo con ellas por mi cuenta. El Concordato, la amnistía, me han acercado a los emigrados, y no tardaré en ganármelos totalmente, porque ya veréis cómo el aspecto de la Corte los atraerá» (3)...

« Primer Cónsul, Emperador, he sido el rey del pueblo, he gobernado para él, en su interés, sin dejarme desviar por los clamores o por los intereses de partido. Eso se sabe en Francia, por eso me quiere el pueblo francés» (4).

« He hecho todo lo factible para unificar a todos los partidos, os he reunido en las mismas habitaciones, os he hecho comer en las mismas mesas, beber en las mismas copas, vuestra unión ha sido el objeto constante de mis cuidados; tengo derecho a exigir que se me secunde... Desde que estoy al frente del gobierno, ¿se me ha oído preguntar alguna vez lo que se era, lo que se había sido, lo que se había dicho, hecho, escrito?
¡Que me imiten!
Solo se me ha oído una pregunta, conocido una sola finalidad:
¿quieres ser un buen francés junto a mí? Y ante la afirmativa, los he lanzado a todos por un desfiladero de granito sin salida ni a derecha ni a izquierda, obligados a avanzar hacia el otro extremo, en el que estaba yo mostrando con la mano el honor, la gloria, el esplendor de la patria
» (5).

Para apresurar esa reconciliación, no retrocede ante nada. Y, así, invita a París a los principales jefes del partido católico y realista, sobre todo a Cadoudal. Ofrece una amnistía general a los rebeldes, con autorización para los sacerdotes refractarios de volver a abrir sus templos y celebrar misa. La mayoría de los chuanes se inclinan y rápidamente se apacigua la Vendea. Salvo algunas bandas de borbonistas irreductibles, que se entregan al terrorismo y traman la muerte del Cónsul, los bretones y los vendeanos se incorporan, poco a poco, al régimen consular y, más tarde, al imperial.

Cuando Napoleón visita la Vendea en 1808, es aclamado en todas partes con un sincero entusiasmo.

- «¿Aún se habla de los Borbones?» - le pregunta al alcalde de una pequeña ciudad ultrarrealista en otro tiempo.
- «Hace mucho tiempo que los favores de Su Majestad nos los han hecho olvidar - responde el alcalde -. Hemos servido fielmente al rey, Señor. Os serviremos lo mismo...»

El gran principio de Bonaparte, es utilizar sistemáticamente las capacidades de los hombres procedentes de los más opuestos partidos. Obliga a políticos enemigos en otro tiempo a sentarse ante la misma mesa de trabajo, a discutir juntos y a colaborar amistosamente. Pero este trabajo de reconciliación está jalonado de trampas; cada vez que se decreta una medida en favor de una u otra tendencia, los adictos al partido contrario se excitan e insurreccionan. Tiene que proceder con una sabia dosificación, manteniendo siempre un equilibrio, para que no parezca que favorece a talo cual partido.

Cuando los emigrados vuelven a Francia masivamente, gracias a la amnistía, se ve obligado a tranquilizar a los que han adquirido bienes nacionales que temen su restitución. Cuando firma el Concordato, Bonaparte consigue del Papa que, por un lado, las diócesis sean repartidas equitativamente entre obispos que han jurado la Convención y obispos refractarios y, por otro lado, que la religión católica no sea reconocida como religión del Estado, sino simplemente «religión de la mayoría», así como el mantenimiento del divorcio. Napoleón se da cuenta, sin embargo, de que los furores encendidos en 1793 no se apagarán rápida y espontáneamente. Imagina entonces un insólito, pero eficaz medio de reconciliación: lo que llama la fusión, organizando matrimonios entre jóvenes del antiguo y del nuevo régimen. Si tienen los mismos nietos, emigrados y regicidas se verán obligados a reconciliarse. El Emperador organiza un verdadero reclutamiento de jóvenes, pidiendo a los prefectos que establezcan una lista de todas las jóvenes casaderas de su región; se procede así a unir a los hijos de los «generales de la República con las hijas de los cortesanos de Versalles».

Gracias a esta preocupación de acercamiento y de fusión, la Corte imperial mezcla los nombres más antiguos -compañeros de Hugo Capeto y de San Luis- con los hijos de los zapateros y los posaderos que se han convertido en mariscales del Imperio. Pero Napoleón cuida siempre de que los burgueses estén en mayoría, para evitar que los antiguos emigrados puedan hacerse de nuevo con una influencia preponderante. Quiere también que en los reinos vasallos se siga la misma política. Por esta razón llama al orden a su hermano Luis, que deja que los nobles acaparen los primeros puestos.

«No debes favorecer a los nobles, pero sí obrar siempre de tal modo que estén presentes en tus consejos... Mantenlos en minoría, sin que parezca que se trata de una medida preconcebida. Porque hay que evitar que logren una influencia preponderante en los asuntos del país. Es así como he obrado siempre, y este sistema me ha dado muy buenos resultados» (6).

Después de su matrimonio con María Luisa, el trabajo de reconciliación está casi terminado: las viejas discordias ya no son más que pesadillas del pasado.

Se ha acusado a menudo a Napoleón de despotismo. Aparentemente, en efecto, los partidos ya no tienen voz ni voto. Pero, si bien Napoleón ha abolido todos los partidos, por otro lado alienta a que todas las opiniones se expresen a título individual.
En el Consejo de Estado, que es el organismo político esencial del régimen, están representadas todas las tendencias. Para el Emperador, poco importan las tendencias ideológicas de un hombre. Solo cuentan su talento, su inteligencia, sus capacidades. Respeta indiferentemente todas las opiniones. La única cosa que no puede soportar es el fanatismo.

« El Código civil es el código del siglo; en él no solamente se preconiza la tolerancia, sino que se la organiza. La tolerancia es el primer bien del hombre» (7).

« Mi política es gobernar a los hombres como desea ser gobernada la mayoría. Creo que ésta es la manera de reconocer la soberanía del pueblo. Haciéndome católico, terminé la guerra de la Vendea; haciéndome musulmán, me establecí en Egipto; haciéndome ultramontano, me gané la opinión en Italia. Si gobernase un pueblo de judíos, restablecería el templo de Salomón» (8).

« Deseaba establecer una libertad de conciencia universal. Mi sistema consistía en no tener religión predominante y en tolerar todos los cultos; quería que cada cual creyese y pensase a su manera, y que todos los hombres, protestantes, católicos, musulmanes, deístas, etc., fuesen iguales, de manera que la religión no pudiese tener ninguna influencia sobre la ocupación de los empleos del gobierno, que no pudiese contribuir a que se acogiera o rechazase una petición, y que, para dar empleo a un hombre, no se pudiese hacer ninguna objeción fundada en sus creencias, con tal de que tuviese la capacidad requerida. Lo hice todo independiente de la religión: los tribunales, los matrimonios, incluso los cementerios, ya no estuvieron a disposición de los sacerdotes, y ya no podían negarse a enterrar el cuerpo de una persona de culto diferente».

« Mi intención era hacer puramente civil todo lo que perteneciese al Estado y a la Constitución, sin relación con ninguna religión. No quería conceder a los sacerdotes ningún poder ni influencia sobre los asuntos civiles, sino obligarlos a limitarse a sus asuntos espirituales, sin entrometerse en ninguna otra cosa» (9).

Discusiones vivas, inflamadas, oponen con frecuencia a los miembros del Consejo de Estado. Cada punto de vista se expone por turno y nadie se molesta por la opinión del vecino. Esta diversidad, por el contrario, anima los debates, estimula la imaginación creadora de los consejeros, y el Emperador interviene generalmente para arbitrar, conciliar ideas contradictorias, realizar síntesis.
El dominio de un partido resulta odioso para Napoleón en la medida en que, de un lado, priva al país de los servicios de todos los hombres competentes del partido contrario y en que, de otro, somete los destinos de la nación a los intereses particulares de un partido que rápidamente se hacen más importantes, para los que profesan esa opinión, que los propios intereses del Estado.

«Gobernar mediante un partido es ponerse, antes o después, bajo su dependencia. No cometeré ese error. Soy nacional» (10).

El pensamiento político de Napoleón es, a este respecto, totalmente original, tanto para su época como para la nuestra.
Todos los jefes de Estado no monárquicos que han tenido acceso al poder desde entonces, lo han hecho apoyándose sobre un partido y reduciendo todos los demás al silencio por medio de arrestos o deportaciones masivas. Napoleón es el único jefe de Estado occidental moderno que no creó un partido único con una doctrina oficial. Su régimen no es una democracia ni, en el sentido habitual del término, una dictadura. El Imperio es, sin duda, uno de los pocos regímenes de la historia del mundo que haya erigido la tolerancia en verdadero sistema de gobierno. En este sentido, Napoleón adoptó una serie de medidas profundamente revolucionarias para su época. El haber conseguido de Roma la firma de un Concordato que se niega a reconocer al catolicismo como religión de Estado era ya una especie de desafío. Hay que recordar que, en esa misma época, todas las creencias minoritarias son, en los otros países, objeto de una persecución y una segregación odiosas. En Inglaterra, que pasa por ser el país más liberal, más democrático de Europa, los católicos no tienen acceso a ningún puesto oficial, están excluidos de los cuadros activos de la sociedad británica. No olvidemos que en Francia aún no está muy lejano el asunto Calas, que tanto indignó a Voltaire. Calas fue condenado a muerte, torturado y ejecutado cuando se le sabía inocente; pero era protestante y, en el reinado de Luis XV, los protestantes vivían aún al margen de la sociedad francesa.
El Emperador es el primer jefe de Estado occidental que haya impuesto una igualdad política, jurídica y administrativa total entre todas las religiones.

Es frecuente que la gente se entretenga comparando a Napoleón con Hitler, erigiendo un paralelismo entre esos dos «conquistadores» surgidos del pueblo, enemigos de Inglaterra y vencidos por el invierno ruso. En realidad, nada más absurdo que esta comparación. Hitler lo sabía muy bien y, si bien admiraba al corso, no tenía demasiada simpatía por él. Los dos personajes son casi diametralmente opuestos. Sin entrar en el detalle de esta antinomia, hay un hecho que no puede dejar de llamar nuestra atención. Mientras que Hitler, como es sabido, ha exterminado a los judíos, Napoleón los liberó. Por primera vez en la historia europea, los judíos adquirieron una total igualdad de derechos.

« Otro interés religioso había merecido mi atención, porque podía tener influencia sobre el acrecentamiento de la riqueza nacional. Millones de judíos estaban diseminados sobre la tierra; su riqueza era inconmensurable. Cabía atraérselos dándoles en el Imperio iguales derechos que a los católicos y a los protestantes y convertidos en buenos ciudadanos. El razonamiento era muy sencillo: sus rabinos les enseñan que no deben practicar la usura con los de su propia tribu, y que solamente les está permitida con los cristianos; a partir del momento en que se les hiciese iguales que a los demás súbditos del Emperador, debían considerar a éste, como a Salomón o como a Herodes, jefe de su nación, y considerar a los demás súbditos como hermanos de tribus semejantes a la suya; al beneficiarse de los derechos, les parecería justo participar en las cargas, pagar impuestos y someterse a la conscripción. He realizado ya en parte estos proyectos. Se consiguieron muchos buenos soldados para el ejército francés; grandes riquezas penetraron en Francia. Mucho más se habría logrado aún sin los acontecimientos de 1814, porque todos los judíos habrían venido a instalarse posteriormente en un país en el que tenían asegurada la igualdad de derechos, en el que estaba abierta para ellos la puerta de los honores» (11).

Napoleón tuvo la idea de convocar un sanedrín con representantes de todos los judíos de Europa. Esta asamblea no había vuelto a reunirse desde comienzos de la era cristiana. La finalidad de este congreso era definir las bases de una profunda revisión de la condición y estatuto de los judíos en Occidente. «Díganme lo que desean - declaró el Emperador a los judíos - y veremos juntos la forma de resolver los problemas». En el Imperio napoleónico desaparece cualquier clase de discriminación o de segregación, y los judíos tienen, desde ese momento, acceso a todas las colocaciones, a todos los puestos.
Las comunidades israelitas, por lo demás, bendecirán a Napoleón y le permanecerán siempre fieles, más allá de las catástrofes, del derrocamiento e, incluso, de la muerte.
En efecto, habiendo acrecentado considerablemente su poder en la primera mitad del siglo XIX, intervendrán para apoyar a fondo a Luis Napoleón y contribuirán, en amplia medida, a su ascensión. Este apoyo masivo al sobrino es una especie de agradecimiento póstumo dirigido al tío.

Napoleón ejerció esta tolerancia a lo largo de toda su carrera y, a veces, en forma espectacular. Está fundada en un principio filosófico que se hallaba en flagrante contradicción con la mentalidad de la época y con la ideología de los enciclopedistas del siglo XVIII, según la cual un sistema político o filosófico ideal debe ser válido para cualquier pueblo, en cualquier época, en cualquier lugar. Napoleón considera que una nación no puede desarrollarse y alcanzar su apogeo, si no se respeta su manera de comportarse y pensar que corresponden a sus propias condiciones históricas, a su particular forma de cultura, a lo que podría llamarse su alma.

« Católico en Roma, protestante en Ginebra, musulmán en El Cairo...», tal es la divisa de Bonaparte. En esto está completamente fuera de su tiempo y de su mundo, que practica una forma de pensamiento puramente hegemónica, imperialista: exterminar las otras formas de cultura para imponer la propia. En esto, está muy próximo a nosotros, muy próximo a corrientes culturales recientes: respeto a los modos de vida y de pensamiento más distintos de los nuestros. Todas las civilizaciones lo apasionan, todas tienen a sus ojos igual carga de elementos positivos y negativos. Nadie es menos racista que Napoleón. La misma idea de racismo le parecería pura demencia y una increíble tontería.

En Santa Elena, el dueño del mundo, vencido y desterrado, encontrará un día a un viejo esclavo negro, Tobie, cuya vida es un tejido de desgracias y sufrimientos. Separado de su familia desde su más tierna edad por unos negreros, vendido, maltratado, acabando sus días en las peores condiciones, exilado lejos de los suyos, al igual que su prodigioso interlocutor, al que no se le escapan el extraño paralelismo de los dos destinos. Nace una extraña amistad entre esos dos hombres a los que todo separa. El Emperador quiere comprar la libertad del viejo negro, pero los ingleses se niegan a ello: su cautivo no debe hacerse popular entre los esclavos. Lo es, sin embargo, por la simpatía y el respeto humano que les manifiesta espontáneamente, como ese día en que, durante un paseo, se echa a un lado para dejar pasar a un grupo de esclavos negros y, volviéndose hacia las personas de su séquito, exclama descubriéndose: «¡Honor al trabajo!».

Cuando se piensa que la mayoría de los europeos consideraban a los negros como una variedad de simios, se puede medir todo el alcance de la tolerancia napoleónica. Pero este aspecto esencial de su pensamiento constituye a lo largo de su carrera una fuente de conflictos muchas veces inextricables.

Desde su primera campaña en Italia, cuando Francia está bañada en el más virulento ateísmo, cuando se están cerrando las iglesias y se persigue a los sacerdotes refractarios, el Directorio (algunos de cuyos miembros, como Larevellière, son anticlericales fanáticos) da a Bonaparte la orden y la misión de avanzar sobre Roma y destruir los Estados pontificios. El vencedor de Lodi, que sabe a qué extremos llegaría la sublevación en toda Italia ante tal profanación, toma sobre sí la responsabilidad de desobedecer al Directorio. Después de un simulacro de lucha contra las tropas pontificias, se apresura a negociar con el Papado y firma el tratado de Tolentino, y hace enmudecer al Directorio con el envío de tesoros religiosos. Al mismo tiempo, tranquiliza a la población, esencialmente piadosa, protegiendo a los sacerdotes y a las iglesias, reclamando de las tropas el más estricto respeto hacia las costumbres y creencias locales. Más aún, dirige al clero de Milán un discurso asombroso en el que afirma su veneración por la religión de sus padres. El clero italiano lo tendrá presente en el momento de firmar el Concordato.

Pero el mejor ejemplo de esta tolerancia, que es a la vez sentimiento personal y cálculo político, es el comportamiento de Bonaparte durante la campaña de Egipto. Su primera proclama al ejército de Egipto antes de desembarcar en Alejandría es significativa:

« Los pueblos con los que vamos a convivir son mahometanos; éste es su primer artículo de fe: “No hay más que un solo Dios, y Mahoma es su profeta.” No les llevéis la contraria; actuad con ellos como hemos actuando con los judíos, con los italianos; tratad con respeto a sus muftis y a sus imanes, como lo habéis hecho con los rabinos y con los obispos.
Tened para las ceremonias que prescribe el Corán, para las mezquitas, la misma tolerancia que habéis tenido para los conventos, para las sinagogas, para la religión de Moisés y de Jesucristo.
Las legiones romanas protegían todas las religiones. Encontraréis aquí costumbres distintas a las de Europa: tenéis que acostumbraros a ellas
.» (12)

Desde su entrada en El Cairo, después de la victoria de las Pirámides, el general manda fijar en los muros de la capital egipcia un discurso redactado en francés y en árabe, en el que exalta las virtudes del Islam:

« Venimos como amigos... La República francesa es la aliada natural del Islam: ¿Acaso no hace la guerra contra vuestros enemigos hereditarios?»

Es difícil ser más preciso y más riguroso en el respeto de una civilización y de una religión diferentes. Durante toda su permanencia en Egipto y en Siria, Bonaparte va a multiplicar las marcas de devoción con respecto al Islam. Destacamentos de tropas francesas están encargados de proteger las caravanas de peregrinos que se dirigen a La Meca y de evitar que los fieles sean víctimas de los bandidos. Todas las fiestas religiosas se celebran con un fausto particular, con un inusitado despliegue de lujo y solemnidad. El mismo Bonaparte, con traje oriental, un sable de pachá en la cintura, preside todas estas ceremonias con la mayor seriedad. Habiendo estudiado minuciosamente el Corán, el general sostiene largas conversaciones con los jeques, imanes, ulemas y todos los jefes espirituales locales. Discute con ellos durante horas, sentado al estilo oriental, adoptando todos los refinamientos y todas las sutilezas verbales, comentando incansablemente ciertos párrafos del libro santo, intentando probar que su llegada a Egipto había sido profetizada por Mahoma en persona como el punto de partida de un gran despertar del Islam y de un nuevo imperio musulmán, de un nuevo califato de Bagdad más poderoso aún que el primero. Bonaparte se mueve tanto y maniobra tan hábilmente, que logra obtener una fetwa: por un decreto de La Meca, todos los muecines del Oriente Medio proclaman desde lo alto de los minaretes, a la hora de la oración, que Napoleón Bonaparte es el representante del Profeta y que, en virtud de este título, todos los creyentes le deben respeto y obediencia. Cualquiera que sea el evidente cálculo político que implica esta actitud, Bonaparte demuestra con ella una facultad de adaptación que sería imposible sin una fundamental tolerancia.

Hay que meditar este punto: todos los grandes proyectos que el Emperador intentará realizar pasarán por el camino de la tolerancia. Durante los bellos años del Imperio, en pleno «despotismo», Napoleón dejará circular libremente a sus peores enemigos. Solo tomará medidas rigurosas cuando se trate de conspiraciones con el propósito de asesinado. Pero contra Mme. de Staël o Chateaubriand, que no cesan de proclamar su odio contra el «tirano» y su deseo de que Francia sea derrotada, el Emperador se limitará a pequeñas severidades: el alejamiento a algunos kilómetros de la capital, el exilio en sus tierras, etc. En dos ocasiones evita así Napoleón el escándalo en el que varias decenas de altas personalidades habrían visto hundirse su fortuna. En primer lugar, durante el Consulado, hubo un inmenso complot en el que estaban comprometidos los más prestigiosos jefes militares: Bernadotte, Jourdan, Macdonald, etc. Estos soldados habían decidido eliminar a Bonaparte y repartir se el poder dividiendo a Francia en gobiernos militares. Bonaparte descubrió el complot y a sus autores. Posee suficientes pruebas para enviar al cadalso, no solo a los jefes militares en cuestión, sino también a sus cómplices, entre los que figuraban un buen número de senadores. Pero el Cónsul echa tierra al asunto. Cuando constituye el Imperio, la mayoría de los culpables son nombrados mariscales...

En 1815, cuando el Emperador vuelve de la isla de Elba y se re instala en las Tullerías, se encuentra con todos los papeles que Luis XVIII, en su precipitación, no ha podido destruir. Si hubiese querido utilizar esos documentos con un espíritu de venganza, habría podido detener a la mayoría de los jefes civiles y militares que se le han unido después de haber jurado fidelidad a los Borbones. Se limita a romper esos papeles y a lanzarlos a las llamas.

A todo lo largo de su reinado, el Emperador conoce perfectamente el nombre de los senadores, generales y ministros que lo traicionarán en la primera adversidad. El 30 de marzo de 1814, cuando se entera de la capitulación de París y envía a Caulaincourt a la capital con una misión de información, le dice:

« Vaya Caulaincourt, vaya a salvar a Francia y a su Emperador... Vea lo que se puede hacer, pero me temo que llegue demasiado tarde. No se puede imaginar la cantidad de intrigas que habrán montado en contra mía. No se puede imaginar el número de los que se preparan en este momento a abandonarme, a traicionarme. Podría nombrárselos a todos uno a uno, los conozco desde hace mucho...» (14

Sabe desde 1809 que Talleyrand lo traiciona, que está vendido a Metternich y a Austria. Pero no deja de utilizarlo, de consultarlo, de comunicarle todos los secretos que el príncipe de Benevento se apresura a vender a la embajada de Austria. Es algo más fuerte que él, el Emperador no puede dejar sin empleo a un gran talento... Hoy podemos afirmar con toda certeza lo siguiente: esta excesiva tolerancia ha sido una de las causas determinantes de la caída final. Si, en 1814, se hubiesen tomados medidas contra Talleyrand, París no hubiera capitulado probablemente, las tropas aliadas habrían sido aniquiladas; Napoleón habría vuelto a Berlín, Viena y Varsovia...

NOTAS:

1) A José, comienzos del Consulado.
2) Carta al rey Luis, diciembre de 1809.
3) A Mme. de Rémusat, 1807. (Rémusat: Mémoires.).
4) A Caulaincourt, diciembre de 1812. (Caulaincourt: Mémoires.).
5) Conversaciones, 1811. (Las Cases: Mémorial.).
6) A Luis Bonaparte, rey de Holanda.
7) Memorándum sobre la situación del Imperio, 1806.
8) A Roederer, agosto de 1800. (Roeder: Souvenirs.).
9) A O’Meara, Santa Elena. (O’Meara: La voix de Sainte-Hélène.) .
10) A Cambacérès, 1799. (Cambacérès: Mémoires.).
11) A Las Cases, Santa Elena. (Las Cases: Mémorial.).
12) Prolama al Ejército, junio de 1798.
13) Proclama a los habitantes de El Cairo, 1798.
14) A Caulaincourt, marzo de 1814. (Caulaincourt: Mémoires.).

Leer del mismo autor:

- El imperio de la juventud

- El imperio del talento

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